martes, 20 de octubre de 2026

Algunas supersticiones y otras cosas

 

 

   La muerte es una experiencia que nos enseña a valorar la vida (E. Kubler-Ross)

     

  La fiesta de Halloween (el 31 de octubre), aunque la hayamos importado de Estados Unidos, tiene su origen en Europa, ese día del año, según una antigua tradición celta, se abrían las puertas que separaban el mundo de los vivos del de los muertos y se armaba “la de Dios es Cristo” (y eso que Jesús aún no había nacido).

  No sé a qué hora abrían ni cerraban esas puertas, y también desconozco si permanecían abiertas todo el día o solo unas horas, pero ese es un detalle nimio comparado con las consecuencias que conllevaba esa jornada de puertas abiertas, ya que los espíritus aprovechaban la coyuntura para volver a la Tierra a resolver algún asunto que hubieran dejado pendiente o, simplemente, a darse un garbeo; con el consiguiente susto de los habitantes de este mundo, debido a que el aspecto que presentaban debía ser espeluznante.

  Ese es el motivo por el que la gente que, actualmente celebra esta fiesta, se disfraza de muerto viviente y otras lindezas por el estilo, para intentar aterrorizar a la gente, rememorando a aquellos espíritus que volvían a la tierra.

  Sin embargo, aunque de tal celebración lo más llamativo que ha llegado hasta nuestros días sea lo grotesco, ya que la fiesta ha acabado convertida en un carnaval monográfico del terror, no deja de ser una celebración relacionada con la muerte y los espíritus.

 Cuando hablamos de espíritus, almas, ánimas, espectros, fantasmas…, algunos se preguntan si todos son la “misma cosa”, o existe alguna diferencia entre ellos y lo cierto es que la hay, aunque ésta es muy sutil. En términos generales, el asunto es así:  

 Los humanos tenemos una parte física que es el cuerpo o envase, como prefiera llamarlo cada uno, que es el responsable de que seamos más o menos feos o guapos, y otra parte espiritual que es el alma, siendo esta, a su vez, la que condiciona que seamos buenas o malas personas.

  En base a lo anterior, resulta fácil entender por qué se dice vulgarmente que no es lo mismo ser bueno/a, que estar bueno/a.

  Casi todas las religiones afirman que estamos en este mundo solo de paso y que nuestra existencia no acaba aquí, sino que continua después de la muerte, de modo que, cuando a cada uno nos llega la hora de palmarla,  el cuerpo deja de funcionar, lo que a los efectos se corresponde con la muerte física, pero el alma no muere, ésta abandona el mismo y marcha hacia “el más allá”, pasando a denominarse entonces ánima (si alguna vez estáis en La Alberca y veis a la Moza de Animas pedir “un Padre Nuestro y un Ave María por las benditas ánimas del purgatorio”, ya sabéis de que ánimas se trata).

  En cuanto a los fantasmas, aquí la definición es algo más complicada ya que, un fantasma es aquella persona presuntuosa a la que le gusta presumir de unas cualidades que no que tiene, siendo además un fantasma, según la IA “la imagen del espíritu o alma en pena de una persona fallecida que se aparece ante los vivos”.

   Como en realidad todos estos términos vienen a ser sinónimos, para simplificar el asunto, de aquí adelante, voy a denominarlos únicamente espíritus.

   Mi relación con ellos, con espíritus, empezó mucho antes de que la fiesta de Halloween llegase a España, un hecho que no ocurrió en una fecha concreta, ya que fue instaurándose progresivamente, dependiendo de cada lugar, a lo largo de las décadas de 1980-1990.

  Siendo niño, tendría 7 años, una tarde iba al cementerio con mi madre y, nada más cruzar la puerta de entrada, nos cruzamos con una mujer que en aquel momento se disponía a abandonar el recinto que iba totalmente vestida de negro (entonces era muy habitual que, cuando moría algún pariente próximo, las mujeres guardaran, durante una larga temporada, un riguroso luto); en su caso se debía a que el marido había fallecido recientemente.

  Mi madre la saludó preguntándola cómo se encontraba y la buena mujer respondió que, aunque iba superando el trance poco a poco, seguía echando de menos al esposo y que todas las tardes se acercaba un rato al cementerio para hablar con él.

  Continuaron aun conversando un rato y, una vez se despidieron, con la curiosidad propia de un niño, pregunté a mi madre cómo era posible que, si el marido de aquella mujer estaba muerto, fuera todas las tardes al cementerio para hablar con él.

 Mi madre permaneció durante un momento en silencio, supongo que pensando cómo  podía explicar debidamente a un niño, algo que escapada a toda la lógica y al fin respondió que eso era debido a que algunas personas pensaban que, cuando alguien moría, su espíritu seguía por allí porque se resistía a ir al cielo o donde le correspondiera, añadiendo además que, si a aquella mujer le apetecía ir a hablar con el marido, aunque este hubiera fallecido, y eso la confortaba, con ello no hacía mal a nadie.

  Tras aquella explicación, reconozco que sentí miedo ante la posibilidad de que por allí anduviera pululando el espíritu del marido de la mujer que acababa de irse y, ante la posibilidad de que quisiera seguir hablando con alguien y se nos apareciera a nosotros, le dije a mi madre que por qué no nos íbamos ya, para evitar que tal cosa sucediera.

   Al ver mi preocupación, empezó a reír mientras yo la miraba sorprendido, ya que no veía que el asunto tuviera gracia alguna debido al susto que tenía encima.

 Cuando se calmó, viendo mi desasosiego, intentando tranquilizarme comentó que aquello tan solo eran supersticiones y que podía estar plenamente seguro que a nosotros no se nos iba a presentar el espíritu del señor XXX (así se llamaba el difunto marido de la señora).

  De paso, aprovechó para decir:

 -     ¡Mira hijo!, si hay que tener miedo a alguien, es a algunos vivos, nunca a los muertos.

 Yo, que no sabía qué era un espíritu, seguí preguntando: 

 -    ¿Cómo son los espíritus?

 

-    No lo sé -respondió - Nunca he visto alguno y tampoco deseo hacerlo, pero te repito que eso solo son supersticiones y que no debes tener miedo alguno a estas cosas.

  A tan corta edad, yo no sabía qué era un espíritu y tampoco una superstición, así que la respuesta no me convenció demasiado, por lo que me agarré fuertemente a su mano y no volví a soltarla hasta que abandonamos el cementerio.

  Durante el rato que permanecimos allí, no dejé de mirar en momento alguno a nuestro alrededor, vigilante ante la posible aparición del espíritu del señor XXX, con el que todas las tardes hablaba su mujer. Afortunadamente no llegó a aparecer, cosa que agradecí enormemente.

  Desde aquel día hasta la actualidad, ha pasado mucho tiempo y también muchas cosas; entre ellas, que mi infancia hace décadas ha quedado atrás, pero siempre que voy al cementerio recuerdo esta anécdota.

  Hay personas a quienes estar en los cementerios les produce cierta inquietud, quizá sea porque les recuerda que algún día ellos también serán “huéspedes” en alguno de esos lugares; en cambio, a mí ir a esos lugares me es indiferente; pienso que “no es lo mismo ir al cementerio por ti mismo, a que te lleven otros”.

 Recientemente volví a ese lugar, aunque en esta ocasión no pude ir con mi madre, ella está allí desde hace muchos años, y volví a recordar una vez más aquella anécdota vivida en la infancia, con la diferencia de que ahora sé perfectamente que las  supersticiones son actos o creencias relacionadas con algo sobrenatural, que carecen de una base científica; vendría a ser algo en lo que se cree o que se hace “porque sí”, con un objetivo determinado; por consiguiente, lo que hacía en su día nuestra paisana, cuando iba a hablar por las tardes con difunto marido, se ajustaba perfectamente a la definición,

 Después supe que lo que ella había hecho, que me había parecido en su día tan extraño, no era algo excepcional, sino que era una práctica bastante habitual; además conocí muchas más supersticiones relacionadas con los espíritus.

 Hasta no hace mucho tiempo, los velatorios se hacían en la casa del difunto y en cierta ocasión, una señora de nuestro pueblo que asistía a uno de ellos, se dirigió al cadáver del fallecido y, ante la sorpresa de los presentes, en voz alta, le dio un recado para su padre muerto unos meses antes, pidiéndole que se lo transmitiera cuando se encontrara con él en el cielo.

 Ella no tenía duda de alguna de que se iban a encontrar allí.


 

  Cuando los espíritus (las almas) abandonan el cuerpo, lo lógico es que vayan directas al cielo, al purgatorio, o de patitas al inferno, dependiendo de los méritos que haya hecho cada uno en vida; sin embargo, a veces la cosa no discurre así y algunos permanecen entre nosotros, ya sea porque no saben qué ruta seguir (para ir a esos sitios no hay GPS que valga), o simplemente, porque se resisten a abandonar el mundo de los vivos, dando unos sustos tremendos a aquel que los ve (o cree verlos).

  Por ese motivo, es muy recomendable ayudarles a irse.

 Nuestros antepasados, que eran muy previsores, (como podemos ver, lo de prevenir es bueno para todo, no solo para las enfermedades), para evitar que los espíritus permanecieran en este mundo, a menudo tomaban determinadas medidas para ayudarles a emprender el camino y también para evitar que, una vez lo hubieran tomado, regresaran.   

 En este sentido, una de las costumbres que había consistía en que, nada más morir una persona, había que cerrar la puerta de la habitación donde había sucedido el deceso, para evitar que su espíritu entrara en otras dependencias de la casa y permaneciera en ella; así como abrir la ventana, hiciera frío o calor, para favorecer que saliera de la habitación a través de ella y emprendiera su camino.

  En otras ocasiones, yo llegué a verlo en una ocasión, ponían un vaso con sal encima del difundo; en este caso, el objetivo era evitar que el espíritu volviese al cuerpo que acababa de abandonar (ese día aprendí que la sal, además de servir para condimentar las comidas, tenía propiedades esotéricas).

 Con el mismo fin, evitar que el espíritu regresase a la casa, algunos incluso llegaban a quemar la ropa del fallecido e incluso la cama donde había tenido lugar el óbito (esta medida tan radical supongo que estaba reservada para aquellas personas que en vida resultaban insoportables para los convivientes. Como para ellos, su muerte representaba  una auténtica liberación, no querían, en modo alguno, correr el riesgo de que su espíritu volviera a darles la vara después de muerto).

  También se decía que, durante el sepelio, cuando un difunto era llevado en el ataúd desde su domicilio a la iglesia, para el funeral previo a su enterramiento, si el cortejo fúnebre no era acompañado por un sacerdote, si el espíritu aún no había abandonado el cuerpo, era cuando lo hacía y no llegaba a la iglesia; convirtiéndose en un alma errante.

 El toque de la campana durante el entierro, algo que en muchos sitios continúa realizándose, también juega un importante papel en todo esto ya que, el tañido monótono y cansino de la misma sirve para que su sonido ahuyente al espíritu impidiendo así que regrese al cuerpo que va a ser enterrado.

  Otra de las supersticiones era que, cuando el difunto era llevado en el ataúd a hombros por cuatro hombres, la comitiva del entierro, en su trayecto por el pueblo camino hacia la iglesia y, posteriormente, de ésta al cementerio, no podía parar en momento alguno porque, si se detenía ante la puerta de alguien, era signo de mal agüero para los habitantes de esa casa, ya que alguno de ellos iba a morir antes de un año. 

  En relación con estos espíritus o almas en pena, recuerdo perfectamente cómo nuestros padres y abuelos, cuando en el transcurso de alguna conversación, mencionaban a alguien fallecido, siempre expresaban el consabido “Que Dios lo tenga en su gloria”; lo cual es un claro reflejo del interés que antes suscitaba, que las almas estuvieran donde les correspondía y no por aquí, haciendo travesuras entre los vivos.

  Actualmente, somos más racionales y casi nadie cree o practica estas supersticiones; de hecho, los ateos no creen en la inmortalidad de las almas, para ellos, “todo empieza en la Tierra y todo acaba aquí”.

Nota

  Aunque hay mucha gente que duda de la inmortalidad del alma, si hay algo de lo que nadie duda, es de la existencia de la muerte; saber que todos tenemos fecha de caducidad y que un día nuestra vida se va acabar, es algo que debe servirnos para darla sentido a la vida y motivarnos a vivir el presente lo mejor posible, siendo conscientes de que, cada día que vivimos, es un auténtico regalo.

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