martes, 22 de septiembre de 2026

El Mirlo

 

 

   Cuando hablamos de un pueblo, a nuestra mente lo primero que acude es el espacio físico, el conjunto de casas con las respectivas calles y plazas que lo conforman; sin embargo, quienes le dan su identidad a un pueblo es la gente que vive en él,  de ahí que sea más acertado definirlo como una comunidad de personas que comparten un espacio físico y además tienen un origen, una cultura y unas costumbres comunes, de ahí que, en sentido figurado, podamos equipar un pueblo como el nuestro, salvando las distancias, con una tribu de las que a veces vemos en los documentales, con la diferencia de que, mientras en ellas el líder es un jefe que es asesorado por los hombres más sabios de la aldea, el líder de cada pueblo es un alcalde, en este caso asesorado por concejales, los cuales vendrían a ocupar un  papel  equivalente al de “los sabios” consejeros tribales.

  En las tribus, ¡perdón!... en los pueblos, la mayoría de los vecinos son gente normal que ocupa el tiempo en sus quehaceres diarios, conviviendo con la familia, amigos, vecinos, compañeros de bar...,  llevando una vida apacible y pasando desapercibidos ante los demás, lo cual es estupendo... todo sea dicho. A los efectos, decía San Agustín: “Si vas a Roma, haz lo que los romanos”; así que podríamos decir, recurriendo a la metáfora de ese santo, que “viven como un romano más”.

  Pero al lado de los ciudadanos normales, casi siempre existen personajes un poco especiales que, pretendiéndolo o sin pretenderlo, son famosos por destacar en algo (no siempre por algo bueno, que quede claro) y acaban siendo conocidos hasta por los gatos y perros del lugar, ya que nada más oír su nombre, todos sabemos de quien se trata.

   En cada uno de los pueblos de nuestra comarca, al contar con pocos habitantes (me temo que el censo va continuar disminuyendo aún más) todos nos conocemos, si no directamente, al menos conocemos a la familia de donde procede cada uno: tú eres hijo de tal, hermano de cual, primo de tal y cual… Son expresiones que nos resultan muy familiares a la hora de averiguar las parentelas de cada uno.

  No obstante, hasta la segunda mitad del siglo pasado, resultaba más fácil que ahora localizar a algunas personas, aunque no fueran famosas, debido a que proliferaban los apodos; éstos, que eran de todo tipo,  servían para diferenciar, de una forma bastante eficaz, a aquellas personas cuyos nombres eran demasiado comunes y se repetían mucho; en un pueblo como el nuestro podía haber veinte Pacos, veinticinco Manolos, treinta Antonios, etc; de modo que, para diferenciar a unos de los otros, no era raro que muchos tuviesen un sobrenombre como era el caso de ”el Mirlo”.

   Este hombre, era conocido por este sobrenombre y yo, concretamente, llegué a conocer su verdadero nombre bastante tarde pues, a pesar de que le conocía desde que era niño y le veía casi a diario,  como todos, para nombrarle, usaban el apodo, nunca había oído a nadie llamarle Antonio que era como se llamaba.

   Siendo adolescente, reconozco que tanto yo, como los amigos, éramos un poco bárbaros y una de nuestras aficiones consistía en matar pájaros con la escopeta de aire comprimido y en subir a los árboles a coger los huevos de los nidos –si entonces hubiéramos tenido móviles y ordenadores para divertirnos, seguramente no lo hubiéramos hecho, pero como aún no los había...

  Mi actitud hacia los pájaros cambió radicalmente al llegar a la edad  adulta, siendo entonces cuando empecé a quererlos y respetarlos; no fue hasta entonces cuando me llamó la atención que había un señor ya mayor, que era conocido por “El Mirlo”

  Entonces, desde la perspectiva de un chico de 17 años, que era los que yo tenía, un señor mayor era todo aquel que tenía cincuenta, sesenta, setenta…, así que no sabría decir con exactitud su edad, porque nunca lo indagué, lo que sí hice fue preguntarle un día por qué le llamaban Mirlo, aun a riesgo que se enfadara por utilizar el apodo para nombrarle (hay que tener en cuenta que había muchas personas a las que no les gustaba que las llamaran por el mote o alias con el que eran conocidas), pero él, que era un hombre agradable y con un excelente sentido del humor, al oír mi pregunta, lejos de enfadarse, empezó reír, lo cual indicaba que el sobrenombre de El Mirlo, no le desagradaba.

 -       ¿Por qué quieres saberlo? Preguntó.

 -       Por simple curiosidad, me gustan los pájaros y los mirlos, como son bonitos y cantan bien, supongo que el motivo de que le llamen así fue debido a algo agradable. Si le llamaran el Cuervo o el Buitre, no  se le preguntaría, por si acaso. 

 Reímos los dos por mi respuesta, y sin más preámbulo, empezó a contar:

 

-       El hecho por el que me llaman así sucedió hace mucho tiempo; cuando era niño me gustaban mucho los pájaros; cuando digo que me gustaban, tómalo al pie de la letra porque los cazaba y después mi madre los preparaba y yo los comía. Como puedes ver, me gustaban los pajaritos… pero fritos.

     Eso hoy día no se puede hacer porque es ilegal, pero entonces era algo muy habitual.

 

    ¿Has visto alguna vez un palomar en el campo? - continuó diciendo. Son unas construcciones cilíndricas con muchos huecos en la parte interior de las paredes, donde anidaban las palomas. ¡Bueno!, pues algunas familias tenían palomares para coger huevos y a las propias palomas para comerlos.

 

-       ¿Las crías de las palomas como se llaman, pichones…o palominos? Pregunté.

 -       Las dos cosas. Los pichones son las crías de todas las aves incluidas las palomas, en cambio, los             palominos son los pichones de las palomas.

  Como iba diciendo, si tener un palomar pasaba por ser una “forma civilizada” de comer palomas y sus huevos, además estábamos los muchachos que actuábamos como unos auténticos depredadores cazando pájaros con tirachinas o con liga, que es una sustancia muy pegajosa que se ponía cerca de fuentes o en sitios donde se posaban las pobres aves, quedándose allí pegadas sin poder volar ¡Ah!, y también había cepos. Por si aún no fuera suficiente, más adelante llegaron las escopetas de balines, así que los pobres pájaros lo tenían muy mal para sobrevivir en un ambiente tan hostil.

       La verdad es que no entiendo cómo, a pesar de cazarlos sin control alguno, entonces había muchos más pájaros que ahora. Actualmente, a pesar de estar protegidos, hay muchos menos.

   Aquel hombre, rememorando su niñez, me estaba dando una lección de cómo cazar pájaros; llevaba bastante rato oyéndole y seguía sin saber el motivo de su apodo, así que antes de que tuviera la tentación de contarme cómo se preparaban los pajaritos fritos, decidí redirigir la conversación al motivo que me había llevado a dirigirme a él.

 

-       ¿Y por qué empezaron a llamarle El Mirlo? Insistí.

 

-       Por una cosa bastante curiosa que sucedió un día. Yo cazaba con tirachinas fundamentalmente, tenía buena puntería, los más fáciles de acertar, lógicamente, eran los pájaros de mayor tamaño y dentro de este grupo estaban los mirlos. Supongo que los conocerás.

 

-       Por supuesto. Respondí. Son unas aves fáciles de ver, de un tamaño mediano, como bien dice, con una cola larga; los machos tienen el plumaje totalmente negro y el pico de color amarillo o anaranjado, en cambio “las mirlas” tienen un plumaje más claro, de color pardo.

 

-       ¡Exacto! Respondió él. Veo que los conoces. Resulta que una vez vi un pájaro que me dejó muy sorprendido ya que, además de ser igualito que un mirlo y cantar como un mirlo, su plumaje, en vez de ser negro, era totalmente blanco.

      Apunté con el tirachinas con tan buena suerte para mí y tan mala para él, que le di y lo maté.

avesdelcielo.blogspot.com

    

     Cuando volví a casa, lo llevaba en la mano, estaba ya en mi calle y me encontré a dos vecinos hablando, así que se lo enseñé a ver si sabían de qué pájaro se trataba, coincidiendo que ninguno de los dos tampoco había visto nunca un pájaro así.

     

      Cuando les dije que pensaba que era un mirlo “un poco raro”, ambos empezaron a reír comentando que todo el mundo sabía que los mirlos eran totalmente negros. Además, uno de ellos que era muy bromista, para tomarme el pelo, siguió diciendo que a ver si el problema era que yo no sabía distinguir el color blanco del color negro, y si eso era así, qué era lo que aprendíamos en la escuela. 

      Pero sucedió una cosa muy curiosa ¿Has oído alguna vez el dicho de “Quien menta a Roma, por la puerta asoma”?

 

-       Si, se dice cuando estás hablando de alguien y casualmente aparece ante tu vista en ese momento.

 

-       ¡Efectivamente! Eso fue lo que pasó. Acababa de decir mi vecino el bromista que qué aprendíamos en la escuela y en aquel momento vimos que por la calle venía caminando en nuestra dirección el maestro.

  Entonces, en los pueblos, generalmente, sólo había un maestro para los muchachos y una maestra para las muchachas; al contrario que ahora, las familias tenían muchos hijos y cada maestro a veces tenía setenta u ochenta alumnos de todas las edades ¡Imagínate como era la clase!

 ¡Bueno!, pues cuando llegó a nuestra altura, uno de mis vecinos le dijo, mientras señalaba al pájaro que yo tenía en la mano:

 

-       ¡Don XXX! Mire qué pájaro tan raro ha cazado Toñito. Cree que es un mirlo, porque cantaba como ese tipo de pájaros, pero todos sabemos que los mirlos son negros. Aunque los dos le hemos dicho que es imposible, no acaba de creerlo, así que dígaselo usted a ver si le hace caso y se convence.

   El maestro me pidió el pájaro para examinarlo, lo cogió en su mano un instante mirándolo con atención e inmediatamente me lo devolvió dirigiéndose a mis vecinos:

 

-       Queréis que convenza al chico de que no es un mirlo ¡Vamos a ver!, Imaginad los dos que un día soleado como hoy, estáis sentados uno al lado del otro y tenéis el sol de espaldas. De pronto, sentís que desde atrás se acerca un animal y se detiene, la sombra del mismo se proyecta ante vuestra vista y comprobáis que corresponde a un animal grande, que tiene cuatro patas, un rabo, un cuerpo ancho y largo, una cabeza alargada, dos orejas largas y que rebuzna. Si se diera el caso ¿qué animal pensaríais que tenéis a vuestras espaldas?

 

-    Un animal así, solo puede ser un burro. Respondieron los dos, casi al unísono, sin dudarlo un momento.

 

-       ¡Muy bien! Respondió el maestro. Sin haber visto al animal, sabríais que era un burro. Suponed que llego yo en ese momento y os pregunto, sin daros la vuelta y por lo tanto sin haberlo visto aún, de qué color tiene el pelaje: gris, negro, blanco, marrón…

 

-       Cómo vamos a saberlo, si no lo vemos. Respondió uno de ellos.

 

-       ¡En eso estoy de acuerdo! Sería imposible saberlo; pero, aun así, desconociendo el color del pelaje, seguiríais afirmando que es un burro. 

   Olvidaos ahora del color del pájaro que ha cazado Toño y fijaos en todo lo demás: el cuerpo, el      pico, las patas, la cola…, y ahora, imaginaos por un momento que es negro ¿tendríais entonces alguna duda de que pájaro podría ser?

 

-       En ese caso diría que sí, que era un mirlo. Respondió uno de ellos.

 

-    ¡Perfecto! Respondió el maestro satisfecho de que aquellos alumnos tan mayores prestasen atención a sus palabras y siguieran sus razonamientos. Estamos de acuerdo de que, si prescindimos del color del pájaro, entonces pensaríais que se trata de un mirlo. Ahora responded a una pregunta sumamente fácil ¿Qué color tiene el pájaro?

   Mis dos vecinos, bastante sorprendidos, se miraron en silencio, primero entre sí y después al maestro, dudando si responder a aquella pregunta tan obvia que acababa de hacerles, debían pensar que era alguna encerrona, pero el docente no les dio opción a responder, al seguir hablando:

 

-       Indudablemente el pájaro es blanco. El color del pelaje del burro nunca lo sabremos, porque solo era un ejemplo, pero el de este pobre pájaro, que se ha cargado Toño, a la vista está. Si gracias al rebuzno adivinasteis que la sombra del animal era de un burro, aún sin saber el color del pelaje; aquí sucede lo mismo.

  Un pájaro que tiene el cuerpo igual a un mirlo y canta igual que un mirlo, independientemente del color que tenga, solo puede ser un mirlo y el chico tiene toda la razón, es un mirlo blanco.

       

       Miradlo bien, ya que poder ver pájaro así es extraordinariamente raro; en latín se dice que es una “rara avis” y, posiblemente, no volvamos a ver, ninguno de los cuatro, otro pájaro igual en nuestra vida.

 

      A medida que el maestro explicaba todo aquello, mis vecinos asentían en silencio, ya convencidos de que el pájaro era un mirlo blanco y que por lo tanto era yo quien tenía razón; en cuanto al maestro, antes de despedirse, se dirigió a mí diciendo:

-       ¡Toño, por favor!, si alguna vez vuelves a ver otro mirlo blanco, no lo mates como has hecho con este.

   El maestro tenía razón cuando dijo que era algo excepcional ver un mirlo blanco; yo, con todos los años que tengo, no he vuelto a ver otro similar. Una vez que te he contado esto, ya sabes por qué empezaron llamarme “el Mirlo”.

  

-       Ya veo. Contesté yo. Aunque no fue debido a un mirlo cualquiera, el hecho estuvo relacionado, nada más y nada menos que con un mirlo blanco. Supongo que te lo comerías después y que sabría como todos.

 

-      De eso no puedo informarte porque.mi madre, que era bastante supersticiosa, cuando supo que el maestro había dicho que era un pájaro tan especial, consideró que no era bueno que lo comiera porque eso podía traerme mala suerte.

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