sábado, 25 de julio de 2026

Amores extraños IV

 

 

 El incidente que ocurrió en la fuente, entre Caya, Alpino y sus burros, si en algún momento llegaron a pensar que todo iba a quedar entre los cuatro, estaban muy confundidos.


  En un pueblo como el nuestro, donde la vida privada es un concepto demasiado abstracto, ya que todo, o casi todo, tarde o temprano acaba siendo del dominio público, pasó lo que ya era previsible de antemano debido a que Sinforosa Segismunda, conocida por todos, simplemente, como “la Sinfo”, también se había acercado hasta la fuente a por agua (a veces pienso que a algunos padres de los de antes, debieran haberles multado por poner ciertos nombres a sus hijas)

  Como ya dije anteriormente, al carecer aún, en aquella época, de agua corriente en las casas (todavía debieron pasar muchas décadas para que eso ocurriera), era una práctica habitual acudir a la fuente a por ella y coincidió que, esta mujer, cuando aquel día llegó al lugar con su cántaro, lo hizo en el crítico momento en el que Caya, habiéndole arrebatado el palo a Alpino, le estaba amenazando con él, mientras que el burro, con “otro palo muy diferente”, estaba intentando hacer de las suyas a la burra.

  La Sinfo, cuando llegó a la fuente y vio a la chica bastante alterada, preguntó:

 -       ¡Caya! ¡Qué ha ocurrido! ¿Te ha hecho algo este sinvergüenza? Si es así, dale un estacazo.

  El muchacho, muy contrariado al ver que no estaban solos y que la recién llegada pensaba que había ofendido de alguna manera a la chica, exclamó:

 -       ¡Yo no le he hecho nada!  Además, ese palo es mío; ha sido ella quien me lo ha cogido.

 -      ¡Algo le habrás hecho! Insistió la mujer. Los jóvenes de ahora sois todos unos sinvergüenzas y no      hacéis más que molestar a las muchachas cuando tenéis ocasión (si esto pensaba entonces, aquella mujer, de los chicos de comienzos del siglo XX, no soy capaz de imaginar qué pensaría de los  jóvenes actuales)

 -       ¡Que yo no he hecho nada! Repitió Alpino, defendiéndose y alzando la voz bastante alterado, al           ver que sus palabras no convencían a la Sinfo. Además, todo ha sido por culpa de la burra de Caya.

 -   ¡Encima la insultas diciendo que es una burra! Ahora era la mujer quien alzaba la voz ¡Desde luego        menudo sinvergüenza! Está visto que los chicos, cuando veis una chica sola, pensáis que todo el              monte es orégano.

   Aquello iba de mal en peor para Alpino; el burro había roto dos cántaros y sabía que cuando volviera a casa no le iban a felicitar precisamente por ello, sino todo lo contrario; a pesar de que con Caya tan solo había cruzado unas palabras, aquella mujer pensaba que era poco menos que un violador en serie; para empeorar la cosa, también estaba convencida que había insultado a la chica comparándola con un asno… del sexo femenino, eso sí, y, si eso aún no bastara para completar el cuadro de males, allí, el único que había corrido realmente un peligro físico había sido él, cuando Caya le había amenazado con medirle las costillas con el palo que le había arrebatado.

  Según su criterio, en aquel lugar si había una víctima incomprendida era, única y exclusivamente, él; no obstante, en vez de intentar seguir exculpándose a sabiendas que la Sinfo ya le había prejuzgado como un sinvergüenza redomado, en un alarde de autocontrol mental, reaccionó con mucha madurez y dirigiéndose a Caya le dijo.

-       Dame el palo para que me lleve el burro un rato mientras acabas. Después vuelvo cuando ya te hayas ido

  Ella le devolvió la estaca al chico y este, a pesar de la resistencia que puso el burro, tras un esfuerzo ímprobo, consiguió alejarlo de allí, ya que el animal, a toda costa, quería continuar cerca de la burra. Para conseguir que el asno se alejase de la burra, no fue suficiente hablarle dulcemente al oído, tuvo que emplearse a fondo tirando fuertemente del rabero y ayudarse del palo (Si esto hubiera sucedido hoy día, seguramente habría acabado siendo acusado de maltrato animal),

  El pobre asno debió quedar tan frustrado al alejarse de la burra, sin conseguir su objetivo "de cogerla", como dicen en muchos países americanos que, si hubiese psicólogos para los burros, seguramente hubiera necesitado una docena de sesiones al menos para superar el aquel trance.

   Hay un dicho que dice “de boca en boca la noticia se trastoca”; valga como muestra de ello lo que sucedió una vez en una facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Estaba un día un profesor hablando de la alteración que a veces sufren las noticias y les dijo a los alumnos:

-       Si yo transmito a una persona un mensaje, estoy seguro de lo que he dicho, pero no puedo saber con exactitud lo que esa persona ha entendido; por ello, en el caso de una noticia, por muy clara que ésta parezca, cuando pasa de una persona otra y ésta la transmite después a una tercera, es muy fácil que, a esta última, ya le llega algo alterada; por lo tanto, cuanto más larga sea la cadena de informadores, más posibilidades existen de que la noticia, cuando llegue al destinatario final, ya no sea exactamente igual que al principio.

 Para que podáis comprobar por vosotros mismos que las noticias a menudo pueden ir sufriendo 

 algunas modificaciones, a medida que se transmiten de un informador a otro, vamos a hacer, entre 

 todos, un experimento.

 

He escrito en una hoja de papel un pequeño texto y se lo voy a leer a uno de vosotros sin que lo oigan los demás; después, él lo transmitirá a un compañero, también sin que lo oigan el resto y así 

sucesivamente hasta que le llegue al último de la clase.

Este, anotará en un papel el mensaje que ha recibido, lo comparamos con el mío y ya veréis como los dos no son totalmente iguales.

   El mensaje que el profesor tenía anotado en un papel y que transmitió al primer alumno fue:

 “Dos personas Noelia y Jonás, son novios y están haciendo a pie el Camino de Santiago, me refiero al camino francés, y, tras una agradable jornada, hacen noche en Logroño para continuar al día siguiente la ruta”.

   Cuando el alumno que había recibido el mensaje del profesor se dispuso a pasarlo al segundo compañero, le comentó lo siguiente:

 “La verdad es que no me enterado muy bien de lo que ha dicho el profesor; ha hablado de dos personas que iban a Logroño y, aunque no estoy seguro de sus nombres, uno, a pesar de ser francés, creo que se llamaba Santiago; además, creo que ya estaban un poco hartos de hacer la ruta”.

   El mensaje que el segundo alumno transmitió al tercero fue el siguiente:

 “Son varias personas y están en ruta, pero no sé adónde van; supongo que viajan en coche. Aunque no estoy seguro de los nombres, uno puede ser Santiago. También sé que otra de ellas es una mujer porque está hasta el coño de un francés, que debe ser su novio”.

  Si el mensaje que llegó del segundo al tercero, ya iba tan distorsionado, es fácil comprender que siguió empeorando a medida que iba pasando de unos a otros y, aunque los tres primeros habían transmitido correctamente la palabra ruta, esa palabra ni siquiera llegó al final.

  Cuando el profesor le pidió al último alumno que escribiera en un papel lo que el penúltimo compañero le había transmitido, se resistió a ello diciendo que no lo veía procedente; pero el profesor, muy enfadado, exigió que lo hiciera pues quería demostrar, con aquel experimento, que su teoría era cierta y que el mensaje que había recibido el último alumno no coincidía exactamente con el suyo ¡y vaya si lo consiguió!

  El mensaje que había recibido el último alumno y que escribió en papel fue:

 “El profesor es un hijo de p…”

   Tengo la certeza que aquel profesor, a pesar de que el experimento resultó ser todo un éxito, a partir     de aquel día, no quiso volver repetirlo. Pero volvamos a nuestros paisanos.

  Los cotilleos, son intercambios de información entre las personas que no siempre son veraces y, aunque parecen ser algo muy actual debido a que hay algunas revistas y espacios televisivos especializados en ellos, existen desde siempre; seguramente, hace miles de años, nuestros antepasados en Atapuerca ya los practicaban, así que, cuando ocurrió el incidente entre Caya y Alpino en la fuente, podemos afirmar no solo que ya existiesen, sino que además formaban una parte importante de la idiosincrasia de los pueblos.

  En todos los núcleos de población, sin excepción, siempre existieron... y existen, personas a quienes les encanta inmiscuirse en los asuntos ajenos y “la Sinfo” reunía ese perfil al 100% (hay que ver la mala suerte que tuvieron aquellos chicos al coincidir en ella en la fuente, el mismo día y a la misma hora).

  No sabemos qué contó con exactitud, esta mujer, del incidente presenciado, a la primera mujer que se encontró; en cambio, sí conocemos lo que ésta segunda contó a una tercera. Fue algo así:

 -     Te voy a contar una cosa que ha ocurrido hoy en la Fuente. Me lo ha contado la Sinfo, advirtiéndome que no lo contara a nadie… ya ves, ella relatándomelo a mí todo y encima pidiendo discreción. Resulta que hoy, al ir por agua a la fuente, se encontró allí dos chicos jóvenes, Caya y Alpino, que discutían y estaban los dos solos, así que vete tú a saber qué habrían estado haciendo antes de que  ella llegara ¡Ah!, y un detalle importante, cuando llegó vio que Caya tenía en una mano el palo del  chico.  

 

-       Cuando hablas del palo de Alpino, a qué te refieres ¡al pito!  

 -       La verdad es que no estoy segura del todo, lo único que sé es que la Sinfo dijo que la chica tenía el palo del chico en la mano, pero no me aclaró a qué palo se refería. 

 

-       ¿Y si no era el pito y era un simple palo, para qué lo iba a tener en la mano? Continuó preguntando   la segunda mujer, muerta de curiosidad.

 

-       ¡Mira no lo sé! De lo único que estoy segura es que la muchacha, el palo que fuera, lo tenía en su mano y no lo soltó hasta que él le pidió que lo hiciera. Además, coincidió que la burra de Caya “estaba a machos” (una forma coloquial que antes se empleaba para decir que un animal hembra estaba en celo), y el burro de Alpino intentó montarla allí en la fuente.

   La Sinfo piensa que los chicos estaban distraídos en lo suyo y, como el burro no estaba atado; no se dieron cuenta de lo que hacían los animales; con decirte que hasta rompieron dos cántaros…

 

Aquel cotilleo siguió circulando por el pueblo y, a medida que iba pasando de unos a otros, fue sufriendo algunas modificaciones sucediendo algo muy similar al experimento del profesor, resultando que, entre lo que había sucedido realmente y el mensaje final que se contaban unos a otros, existía muy poco parecido; con el agravante de que aquello no se trataba de un experimento, sino de un hecho real que afectaba a dos personas, dando lugar a que, a media tarde, ambos muchachos eran la comidilla de todo el pueblo.

    Por lo visto al ir pasando de unos a otros, fue entremezclándose todo formándose un revoltijo entre lo que presuntamente podían haber hecho los chicos y lo que realmente había estado a punto de suceder entre sus burros -no olvidar que el burro había intentado satisfacer sus instintos con la burra- siendo el mensaje final que Caya y Alpino habían estado realizando ¡¡juegos sexuales!! en la fuente a plena luz del día, y que habían sido pillados en plena faena por la Sinfo.

 La consecuencia inmediata que todo esto trajo consigo, fue que los dos chicos empezaron a ser considerados novios por todo el mundo ya que, de otro modo, era impensable que hubieran estado jugando a aquellas cosas en la fuente.

 Me atrevo a afirmar que tanto en aquellos tiempos, como en los actuales, a nadie se le hubiera ocurrido una “hazaña así” a plena luz del día y menos en un sitio tan transitado como era entonces la fuente; pero para el imaginario popular, era algo que todos daban por cierto.

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 Esta historia que me contó E, el nieto de Caya y Alpino, en la misma fuente donde sucedieron los hechos, me pareció tan sorprendente que no pude menos que preguntarle:

 -       ¿Esto ocurrió así, tal como lo has contado, o tan solo es una historia que se te ha ocurrido?

 

-       Eso sucedió tal como te lo he contado y así lo contaba mi abuela Caya que, por cierto, lo pasó fatal. Entonces las mujeres debían permanecer castas y puras hasta llegar al matrimonio y a ella todo esto le afectó mucho ya que, ante los ojos de los demás, ya no lo era.

      Decía que si al menos todo lo que se decía hubiera sido verdad, tendría que aguantarse y tomarlo           con deportividad, pero aquello era una mentira descomunal.

       Nos repetía una y otra vez “Tu abuelo y yo, aquel día en la fuente, tan solo reñimos un poco y ya está; fueron los burros quienes estaban dispuestos a “cogerse el uno a la otra” si les hubiéramos dejado…naturalmente, ¡¡pero nosotros...!!”

 

       A mi abuelo Alpino también le sentó muy mal ser la comidilla del pueblo y encima por algo que no había sucedido ¿Sabes qué frase utilizaba para intentar convencer a la gente de que todo era mentira? Les decía: “Ojalá hubiera sido verdad”.

 -       Al menos todo acabó bien, ya que se casaron. Comenté yo.

 

-       ¡Cómo no se iban casar! Si desde el primer momento todo el mundo decía que eran novios, aún sin serlo, al final decidieron darles la razón.