martes, 20 de octubre de 2026

Algunas supersticiones y otras cosas

 

 

   La muerte es una experiencia que nos enseña a valorar la vida (E. Kubler-Ross)

     

  La fiesta de Halloween (el 31 de octubre), aunque la hayamos importado de Estados Unidos, tiene su origen en Europa, ese día del año, según una antigua tradición celta, se abrían las puertas que separaban el mundo de los vivos del de los muertos y se armaba “la de Dios es Cristo” (y eso que Jesús aún no había nacido).

  No sé a qué hora abrían ni cerraban esas puertas, y también desconozco si permanecían abiertas todo el día o solo unas horas, pero ese es un detalle nimio comparado con las consecuencias que conllevaba esa jornada de puertas abiertas, ya que los espíritus aprovechaban la coyuntura para volver a la Tierra a resolver algún asunto que hubieran dejado pendiente o, simplemente, a darse un garbeo; con el consiguiente susto de los habitantes de este mundo, debido a que el aspecto que presentaban debía ser espeluznante.

  Ese es el motivo por el que la gente que, actualmente celebra esta fiesta, se disfraza de muerto viviente y otras lindezas por el estilo, para intentar aterrorizar a la gente, rememorando a aquellos espíritus que volvían a la tierra.

  Sin embargo, aunque de tal celebración lo más llamativo que ha llegado hasta nuestros días sea lo grotesco, ya que la fiesta ha acabado convertida en un carnaval monográfico del terror, no deja de ser una celebración relacionada con la muerte y los espíritus.

 Cuando hablamos de espíritus, almas, ánimas, espectros, fantasmas…, algunos se preguntan si todos son la “misma cosa”, o existe alguna diferencia entre ellos y lo cierto es que la hay, aunque ésta es muy sutil. En términos generales, el asunto es así:  

 Los humanos tenemos una parte física que es el cuerpo o envase, como prefiera llamarlo cada uno, que es el responsable de que seamos más o menos feos o guapos, y otra parte espiritual que es el alma, siendo esta, a su vez, la que condiciona que seamos buenas o malas personas.

  En base a lo anterior, resulta fácil entender por qué se dice vulgarmente que no es lo mismo ser bueno/a, que estar bueno/a.

  Casi todas las religiones afirman que estamos en este mundo solo de paso y que nuestra existencia no acaba aquí, sino que continua después de la muerte, de modo que, cuando a cada uno nos llega la hora de palmarla,  el cuerpo deja de funcionar, lo que a los efectos se corresponde con la muerte física, pero el alma no muere, ésta abandona el mismo y marcha hacia “el más allá”, pasando a denominarse entonces ánima (si alguna vez estáis en La Alberca y veis a la Moza de Animas pedir “un Padre Nuestro y un Ave María por las benditas ánimas del purgatorio”, ya sabéis de que ánimas se trata).

  En cuanto a los fantasmas, aquí la definición es algo más complicada ya que, un fantasma es aquella persona presuntuosa a la que le gusta presumir de unas cualidades que no que tiene, siendo además un fantasma, según la IA “la imagen del espíritu o alma en pena de una persona fallecida que se aparece ante los vivos”.

   Como en realidad todos estos términos vienen a ser sinónimos, para simplificar el asunto, de aquí adelante, voy a denominarlos únicamente espíritus.

   Mi relación con ellos, con espíritus, empezó mucho antes de que la fiesta de Halloween llegase a España, un hecho que no ocurrió en una fecha concreta, ya que fue instaurándose progresivamente, dependiendo de cada lugar, a lo largo de las décadas de 1980-1990.

  Siendo niño, tendría 7 años, una tarde iba al cementerio con mi madre y, nada más cruzar la puerta de entrada, nos cruzamos con una mujer que en aquel momento se disponía a abandonar el recinto que iba totalmente vestida de negro (entonces era muy habitual que, cuando moría algún pariente próximo, las mujeres guardaran, durante una larga temporada, un riguroso luto); en su caso se debía a que el marido había fallecido recientemente.

  Mi madre la saludó preguntándola cómo se encontraba y la buena mujer respondió que, aunque iba superando el trance poco a poco, seguía echando de menos al esposo y que todas las tardes se acercaba un rato al cementerio para hablar con él.

  Continuaron aun conversando un rato y, una vez se despidieron, con la curiosidad propia de un niño, pregunté a mi madre cómo era posible que, si el marido de aquella mujer estaba muerto, fuera todas las tardes al cementerio para hablar con él.

 Mi madre permaneció durante un momento en silencio, supongo que pensando cómo  podía explicar debidamente a un niño, algo que escapada a toda la lógica y al fin respondió que eso era debido a que algunas personas pensaban que, cuando alguien moría, su espíritu seguía por allí porque se resistía a ir al cielo o donde le correspondiera, añadiendo además que, si a aquella mujer le apetecía ir a hablar con el marido, aunque este hubiera fallecido, y eso la confortaba, con ello no hacía mal a nadie.

  Tras aquella explicación, reconozco que sentí miedo ante la posibilidad de que por allí anduviera pululando el espíritu del marido de la mujer que acababa de irse y, ante la posibilidad de que quisiera seguir hablando con alguien y se nos apareciera a nosotros, le dije a mi madre que por qué no nos íbamos ya, para evitar que tal cosa sucediera.

   Al ver mi preocupación, empezó a reír mientras yo la miraba sorprendido, ya que no veía que el asunto tuviera gracia alguna debido al susto que tenía encima.

 Cuando se calmó, viendo mi desasosiego, intentando tranquilizarme comentó que aquello tan solo eran supersticiones y que podía estar plenamente seguro que a nosotros no se nos iba a presentar el espíritu del señor XXX (así se llamaba el difunto marido de la señora).

  De paso, aprovechó para decir:

 -     ¡Mira hijo!, si hay que tener miedo a alguien, es a algunos vivos, nunca a los muertos.

 Yo, que no sabía qué era un espíritu, seguí preguntando: 

 -    ¿Cómo son los espíritus?

 

-    No lo sé -respondió - Nunca he visto alguno y tampoco deseo hacerlo, pero te repito que eso solo son supersticiones y que no debes tener miedo alguno a estas cosas.

  A tan corta edad, yo no sabía qué era un espíritu y tampoco una superstición, así que la respuesta no me convenció demasiado, por lo que me agarré fuertemente a su mano y no volví a soltarla hasta que abandonamos el cementerio.

  Durante el rato que permanecimos allí, no dejé de mirar en momento alguno a nuestro alrededor, vigilante ante la posible aparición del espíritu del señor XXX, con el que todas las tardes hablaba su mujer. Afortunadamente no llegó a aparecer, cosa que agradecí enormemente.

  Desde aquel día hasta la actualidad, ha pasado mucho tiempo y también muchas cosas; entre ellas, que mi infancia hace décadas ha quedado atrás, pero siempre que voy al cementerio recuerdo esta anécdota.

  Hay personas a quienes estar en los cementerios les produce cierta inquietud, quizá sea porque les recuerda que algún día ellos también serán “huéspedes” en alguno de esos lugares; en cambio, a mí ir a esos lugares me es indiferente; pienso que “no es lo mismo ir al cementerio por ti mismo, a que te lleven otros”.

 Recientemente volví a ese lugar, aunque en esta ocasión no pude ir con mi madre, ella está allí desde hace muchos años, y volví a recordar una vez más aquella anécdota vivida en la infancia, con la diferencia de que ahora sé perfectamente que las  supersticiones son actos o creencias relacionadas con algo sobrenatural, que carecen de una base científica; vendría a ser algo en lo que se cree o que se hace “porque sí”, con un objetivo determinado; por consiguiente, lo que hacía en su día nuestra paisana, cuando iba a hablar por las tardes con difunto marido, se ajustaba perfectamente a la definición,

 Después supe que lo que ella había hecho, que me había parecido en su día tan extraño, no era algo excepcional, sino que era una práctica bastante habitual; además conocí muchas más supersticiones relacionadas con los espíritus.

 Hasta no hace mucho tiempo, los velatorios se hacían en la casa del difunto y en cierta ocasión, una señora de nuestro pueblo que asistía a uno de ellos, se dirigió al cadáver del fallecido y, ante la sorpresa de los presentes, en voz alta, le dio un recado para su padre muerto unos meses antes, pidiéndole que se lo transmitiera cuando se encontrara con él en el cielo.

 Ella no tenía duda de alguna de que se iban a encontrar allí.


 

  Cuando los espíritus (las almas) abandonan el cuerpo, lo lógico es que vayan directas al cielo, al purgatorio, o de patitas al inferno, dependiendo de los méritos que haya hecho cada uno en vida; sin embargo, a veces la cosa no discurre así y algunos permanecen entre nosotros, ya sea porque no saben qué ruta seguir (para ir a esos sitios no hay GPS que valga), o simplemente, porque se resisten a abandonar el mundo de los vivos, dando unos sustos tremendos a aquel que los ve (o cree verlos).

  Por ese motivo, es muy recomendable ayudarles a irse.

 Nuestros antepasados, que eran muy previsores, (como podemos ver, lo de prevenir es bueno para todo, no solo para las enfermedades), para evitar que los espíritus permanecieran en este mundo, a menudo tomaban determinadas medidas para ayudarles a emprender el camino y también para evitar que, una vez lo hubieran tomado, regresaran.   

 En este sentido, una de las costumbres que había consistía en que, nada más morir una persona, había que cerrar la puerta de la habitación donde había sucedido el deceso, para evitar que su espíritu entrara en otras dependencias de la casa y permaneciera en ella; así como abrir la ventana, hiciera frío o calor, para favorecer que saliera de la habitación a través de ella y emprendiera su camino.

  En otras ocasiones, yo llegué a verlo en una ocasión, ponían un vaso con sal encima del difundo; en este caso, el objetivo era evitar que el espíritu volviese al cuerpo que acababa de abandonar (ese día aprendí que la sal, además de servir para condimentar las comidas, tenía propiedades esotéricas).

 Con el mismo fin, evitar que el espíritu regresase a la casa, algunos incluso llegaban a quemar la ropa del fallecido e incluso la cama donde había tenido lugar el óbito (esta medida tan radical supongo que estaba reservada para aquellas personas que en vida resultaban insoportables para los convivientes. Como para ellos, su muerte representaba  una auténtica liberación, no querían, en modo alguno, correr el riesgo de que su espíritu volviera a darles la vara después de muerto).

  También se decía que, durante el sepelio, cuando un difunto era llevado en el ataúd desde su domicilio a la iglesia, para el funeral previo a su enterramiento, si el cortejo fúnebre no era acompañado por un sacerdote, si el espíritu aún no había abandonado el cuerpo, era cuando lo hacía y no llegaba a la iglesia; convirtiéndose en un alma errante.

 El toque de la campana durante el entierro, algo que en muchos sitios continúa realizándose, también juega un importante papel en todo esto ya que, el tañido monótono y cansino de la misma sirve para que su sonido ahuyente al espíritu impidiendo así que regrese al cuerpo que va a ser enterrado.

  Otra de las supersticiones era que, cuando el difunto era llevado en el ataúd a hombros por cuatro hombres, la comitiva del entierro, en su trayecto por el pueblo camino hacia la iglesia y, posteriormente, de ésta al cementerio, no podía parar en momento alguno porque, si se detenía ante la puerta de alguien, era signo de mal agüero para los habitantes de esa casa, ya que alguno de ellos iba a morir antes de un año. 

  En relación con estos espíritus o almas en pena, recuerdo perfectamente cómo nuestros padres y abuelos, cuando en el transcurso de alguna conversación, mencionaban a alguien fallecido, siempre expresaban el consabido “Que Dios lo tenga en su gloria”; lo cual es un claro reflejo del interés que antes suscitaba, que las almas estuvieran donde les correspondía y no por aquí, haciendo travesuras entre los vivos.

  Actualmente, somos más racionales y casi nadie cree o practica estas supersticiones; de hecho, los ateos no creen en la inmortalidad de las almas, para ellos, “todo empieza en la Tierra y todo acaba aquí”.

Nota

  Aunque hay mucha gente que duda de la inmortalidad del alma, si hay algo de lo que nadie duda, es de la existencia de la muerte; saber que todos tenemos fecha de caducidad y que un día nuestra vida se va acabar, es algo que debe servirnos para darla sentido a la vida y motivarnos a vivir el presente lo mejor posible, siendo conscientes de que, cada día que vivimos, es un auténtico regalo.

martes, 22 de septiembre de 2026

El Mirlo

 

 

   Cuando hablamos de un pueblo, a nuestra mente lo primero que acude es el espacio físico, el conjunto de casas con las respectivas calles y plazas que lo conforman; sin embargo, quienes le dan su identidad al mismo es la gente que vive en él,  de ahí que sea más acertado definirlo como una comunidad de personas que comparten un espacio físico y que, además, tienen un origen, una cultura y unas costumbres comunes, de modo que, en sentido figurado, podamos equipar un pueblo como el nuestro, salvando las distancias, con una tribu de las que a veces vemos en los documentales, con la diferencia de que, mientras en ellas el líder es un jefe que es asesorado en sus funciones por los hombres más sabios de la aldea, el líder de cada pueblo es un alcalde, en este caso asesorado por concejales, los cuales vendrían a ocupar un  papel  equivalente al de “los sabios” consejeros tribales.

  En las tribus, ¡perdón!... en los pueblos, la mayoría de los vecinos son gente normal que ocupa el tiempo en sus quehaceres diarios, conviviendo con la familia, amigos, vecinos, compañeros de bar...,  llevando una vida apacible y pasando desapercibidos ante los demás, lo cual es estupendo... todo sea dicho. A los efectos, decía San Agustín: “Si vas a Roma, haz lo que los romanos”; así que podríamos decir, recurriendo a la metáfora de ese santo, que “viven como un romano más”.

  Pero al lado de los ciudadanos normales, casi siempre existen personajes un poco especiales que, pretendiéndolo o sin pretenderlo, son famosos por destacar en algo (no siempre por algo bueno, que quede claro) y acaban siendo conocidos hasta por los gatos y perros del lugar, ya que nada más oír su nombre, todos sabemos de quien se trata.

   En cada uno de los pueblos de nuestra comarca, al contar con pocos habitantes (me temo que el censo va continuar disminuyendo aún más) todos nos conocemos, si no directamente, al menos conocemos a la familia de donde procede cada uno: tú eres hijo de tal, hermano de cual, primo de tal y cual… Son expresiones que nos resultan muy familiares a la hora de averiguar la parentela de cada uno.

  No obstante, hasta la segunda mitad del siglo pasado, resultaba más fácil que ahora localizar a algunas personas, aunque no fueran famosas, debido a que proliferaban los apodos; éstos, que eran de todo tipo,  servían para diferenciar, de una forma bastante eficaz, a aquellas personas cuyos nombres eran demasiado comunes y se repetían mucho; en un pueblo como el nuestro podía haber veinte Pacos, veinticinco Manolos, treinta Antonios, etc; de modo que, para diferenciar a unos de los otros, no era raro que muchos tuviesen un sobrenombre como era el caso de ”el Mirlo”.

   Este hombre, era conocido por este sobrenombre y yo, concretamente, no llegué a conocer su verdadero nombre hasta bastante tarde pues, a pesar de que le conocía desde que era niño y le veía casi a diario,  como todos para nombrarle usaban el apodo, nunca había oído a nadie llamarle Antonio que era como se llamaba.

   Siendo adolescente, reconozco que, tanto los amigos como yo, éramos un poco bárbaros y una de nuestras aficiones consistía en matar pájaros con la escopeta de aire comprimido además de subir a los árboles a coger los huevos de los nidos –si entonces hubiéramos tenido móviles y ordenadores para divertirnos, seguramente no lo hubiéramos hecho, pero como aún no los había...

  Mi actitud hacia los pájaros cambió radicalmente al llegar a la edad  adulta, siendo entonces cuando empecé a quererlos y respetarlos; coincidiendo además en esa época , cuando me llamó la atención que había un señor ya mayor, que era conocido por “El Mirlo”

  Entonces, desde la perspectiva de un chico de 17 años, que era los que yo tenía, un señor mayor era todo aquel que tenía cincuenta, sesenta, setenta…, así que no sabría decir con exactitud su edad, porque nunca lo indagué, lo que sí hice fue preguntarle un día por qué le llamaban Mirlo, aun a riesgo que se enfadara por utilizar el apodo para nombrarle (hay que tener en cuenta que había muchas personas a las que no les gustaba que las llamaran por el mote o alias con el que eran conocidas), pero él, que era un hombre agradable y con un excelente sentido del humor, al oír mi pregunta, lejos de enfadarse, empezó reír, lo cual indicaba que el sobrenombre de El Mirlo, no le desagradaba.

 -       ¿Por qué quieres saberlo? Preguntó.

 -       Por simple curiosidad, me gustan los pájaros y los mirlos, como son bonitos y cantan bien, supongo que el motivo de que le llamen así fue debido a algo agradable. Si le llamaran el Cuervo o el Buitre, no  se le preguntaría, por si acaso. 

 Reímos los dos por mi respuesta, y sin más preámbulo, empezó a contar:

 

-       El hecho por el que me llaman así, sucedió hace mucho tiempo; cuando era niño me gustaban mucho los pájaros, y, si digo que me gustaban, tómalo al pie de la letra porque los cazaba y después mi madre los preparaba y yo los comía. Como puedes ver, me gustaban los pajaritos… pero fritos.

     Aunque eso hoy día no se puede hacer porque es ilegal, entonces era algo muy habitual.

 

    ¿Has visto alguna vez un palomar en el campo? - continuó diciendo. Son unas construcciones cilíndricas con muchos huecos en la parte interior de las paredes, donde anidaban las palomas. ¡Bueno!, pues algunas familias tenían palomares para coger huevos y a las propias palomas para comerlos.

 

-       ¿Las crías de las palomas como se llaman exactamente, pichones…o palominos? Pregunté.

 -       Las dos cosas. Los pichones son las crías de todas las aves incluidas las palomas, en cambio, los             palominos son exclusivamente los pichones de las palomas.

  Como iba diciendo, si tener un palomar pasaba por ser una “forma civilizada” de comer palomas y sus huevos, además estábamos los muchachos que actuábamos como unos auténticos depredadores cazando pájaros con tirachinas o con liga, que es una sustancia muy pegajosa que se ponía cerca de fuentes o en sitios donde se posaban las pobres aves, quedándose allí pegadas sin poder volar ¡Ah!, y también había cepos. Por si aún no fuera suficiente, más adelante llegaron las escopetas de balines, así que los pobres pájaros lo tenían muy mal para sobrevivir en un ambiente tan hostil.

       La verdad es que no entiendo cómo, a pesar de cazarlos sin control alguno, entonces había muchos más pájaros que ahora. Actualmente, a pesar de estar protegidos, hay muchos menos.

   Aquel hombre, rememorando su niñez, me estaba dando una lección de cómo cazar pájaros; llevaba bastante rato oyéndole y seguía sin saber el motivo de su apodo, así que antes de que tuviera la tentación de contarme cómo se preparaban los pajaritos fritos, decidí redirigir la conversación al motivo que me había llevado a dirigirme a él.

 

-       ¿Y por qué empezaron a llamarle El Mirlo? Insistí.

 

-       Por una cosa bastante curiosa que sucedió un día. Yo cazaba con tirachinas fundamentalmente, tenía buena puntería, los más fáciles de acertar, lógicamente, eran los pájaros de mayor tamaño y dentro de este grupo estaban los mirlos. Supongo que los conocerás.

 

-       Por supuesto. Respondí. Son unas aves fáciles de ver, de un tamaño mediano, como bien dice, con una cola larga; los machos tienen el plumaje totalmente negro y el pico de color amarillo o anaranjado, en cambio “las mirlas” tienen un plumaje más claro, de color pardo.

 

-       ¡Exacto! Respondió él. Veo que los conoces. Resulta que una vez vi un pájaro que me dejó muy sorprendido ya que, además de ser igualito que un mirlo y cantar como un mirlo, su plumaje, en vez de ser negro, era totalmente blanco.

      Apunté con el tirachinas con tan buena suerte para mí y tan mala para él, que le di y lo maté.

avesdelcielo.blogspot.com

    

     Cuando volví a casa, lo llevaba en la mano, estaba ya en mi calle y me encontré a dos vecinos hablando, así que se lo enseñé a ver si sabían de qué pájaro se trataba, coincidiendo que ninguno de los dos tampoco había visto nunca un pájaro así.

     

      Cuando les dije que pensaba que era un mirlo “un poco raro”, ambos empezaron a reír comentando que todo el mundo sabía que los mirlos eran totalmente negros. Además, uno de ellos que era muy bromista, para tomarme el pelo, siguió diciendo que a ver si el problema era que yo no sabía distinguir el color blanco del color negro, y si eso era así, qué era lo que aprendíamos en la escuela. 

      Pero sucedió una cosa muy curiosa ¿Has oído alguna vez el dicho de “Quien menta a Roma, por la puerta asoma”?

 

-       Si, se dice cuando estás hablando de alguien y casualmente aparece ante tu vista en ese momento.

 

-       ¡Efectivamente! Eso fue lo que pasó. Acababa de decir mi vecino el bromista que qué aprendíamos en la escuela y en aquel momento vimos que por la calle venía caminando en nuestra dirección el maestro.

  Entonces, en los pueblos, generalmente, sólo había un maestro para los muchachos y una maestra para las muchachas; al contrario que ahora, las familias tenían muchos hijos y cada maestro a veces tenía setenta u ochenta alumnos de todas las edades ¡Imagínate como era la clase!

 ¡Bueno!, pues cuando llegó a nuestra altura, uno de mis vecinos le dijo, mientras señalaba al pájaro que yo tenía en la mano:

 

-       ¡Don XXX! Mire qué pájaro tan raro ha cazado Toñito. Cree que es un mirlo, porque cantaba como ese tipo de pájaros, pero todos sabemos que los mirlos son negros. Aunque los dos le hemos dicho que es imposible, que lo sea no acaba de creerlo, así que dígaselo usted a ver si le hace caso y se convence.

   El maestro me pidió el pájaro para examinarlo, lo cogió en su mano un instante mirándolo con atención e inmediatamente me lo devolvió dirigiéndose a mis vecinos:

 

-       Queréis que convenza al chico de que no es un mirlo ¡Vamos a ver!, Imaginad los dos que un día soleado como hoy, estáis sentados uno al lado del otro y tenéis el sol de espaldas. De pronto, sentís que desde atrás se acerca un animal y se detiene, la sombra del mismo se proyecta ante vuestra vista y comprobáis que corresponde a un animal grande, que tiene cuatro patas, un rabo, un cuerpo ancho y largo, una cabeza alargada, dos orejas largas y que rebuzna. Si se diera el caso ¿qué animal pensaríais que tenéis a vuestras espaldas?

 

-    Un animal así, solo puede ser un burro. Respondieron los dos, casi al unísono, sin dudarlo un momento.

 

-       ¡Muy bien! Respondió el maestro. Sin haber visto al animal, sabríais que era un burro. Suponed que llego yo en ese momento y os pregunto, sin daros la vuelta y por lo tanto sin haberlo visto aún, de qué color tiene el pelaje: gris, negro, blanco, marrón…

 

-       Cómo vamos a saberlo, si no lo vemos. Respondió uno de ellos.

 

-       ¡En eso estoy de acuerdo! Sería imposible saberlo; pero, aun así, desconociendo el color del pelaje, seguiríais afirmando que es un burro. 

   Olvidaos ahora del color del pájaro que ha cazado Toño y fijaos en todo lo demás: el cuerpo, el      pico, las patas, la cola…, y ahora, imaginaos por un momento que es negro ¿tendríais entonces alguna duda de que pájaro podría ser?

 

-       En ese caso diría que sí, que era un mirlo. Respondió uno de ellos.

 

-    ¡Perfecto! Respondió el maestro satisfecho de que aquellos improvisados alumnos prestasen atención a sus palabras y siguieran sus razonamientos. Estamos de acuerdo en que, si prescindimos del color del pájaro, entonces pensaríais que se trata de un mirlo. Ahora responded a una pregunta sumamente fácil ¿Qué color tiene el pájaro?

   Mis dos vecinos, bastante sorprendidos, se miraron en silencio, primero entre sí y después al maestro, dudando si responder a aquella pregunta tan obvia que acababa de hacerles, debían pensar que era alguna encerrona, pero el docente no les dio opción a responder, al seguir hablando:

 

-       Indudablemente el pájaro es blanco. El color del pelaje del burro nunca lo sabremos, porque solo era un ejemplo, pero el de este pobre pájaro, que se ha cargado Toño, a la vista está. Si gracias al rebuzno adivinasteis que la sombra del animal era de un burro, aún sin saber el color del pelaje; aquí sucede lo mismo.

  Un pájaro que tiene el cuerpo igual a un mirlo y canta igual que un mirlo, independientemente del color que tenga, solo puede ser un mirlo y el chico tiene toda la razón, es un mirlo blanco.

       

       Miradlo bien ya que, volver a ver un pájaro así es extraordinariamente raro; en latín se dice que es una “rara avis” y, posiblemente, no volvamos a ver, ninguno de los cuatro, otro pájaro igual en nuestra vida.

 

      A medida que el maestro explicaba todo aquello, mis vecinos asentían en silencio, ya convencidos de que el pájaro era un mirlo blanco y que por lo tanto era yo quien tenía razón; en cuanto al maestro, antes de despedirse, se dirigió a mí diciendo:

-       ¡Toño, por favor!, si alguna vez vuelves a ver otro mirlo blanco, no lo mates como has hecho con este, poder ver un pájaro así, es algo excepcional.

   El maestro tenía razón cuando dijo que era sumamente raro ver un mirlo blanco; yo, con todos los años que tengo, no he vuelto a ver otro similar. Y no hay más que contar, ya sabes porqué empezaron llamarme “el Mirlo”.

  

-       Ya veo. Contesté yo. Pero puede presumir que  no fue debido a un mirlo cualquiera, sino que estuvo relacionado, nada más y nada menos que, con un mirlo blanco. Supongo que se lo comería después y que sabría como todos. 

 

-      Eso no pude saberlo porque mi madre, que era bastante supersticiosa, cuando supo que el maestro había dicho que era un pájaro tan especial, consideró que no era bueno que lo comiera porque eso podía traerme mala suerte y no quiso preparármelo.

domingo, 26 de julio de 2026

Amores extraños IV

 


   El incidente que ocurrió en la fuente. entre Caya, Alpino y sus burros, si en algún momento llegaron a pensar que todo iba a quedar entre los cuatro, estaban muy confundidos.


  En un pueblo como el nuestro, donde la vida privada es un concepto demasiado abstracto ya que todo, o casi todo, tarde o temprano acaba siendo del dominio público, pasó lo que ya era previsible de antemano debido a que Sinforosa Segismunda, conocida por todos, simplemente, como “la Sinfo”, también se había acercado hasta la fuente a por agua (a veces pienso que, a algunos padres de los de antes, debieran haberles multado por poner ciertos nombres a sus hijas)

  Como ya dije anteriormente, al carecer aún, en aquella época, de agua corriente en las casas (todavía debieron pasar muchas décadas para que eso ocurriera), era una práctica habitual acudir a la fuente a por ella y coincidió que esta mujer, cuando aquel día llegó al lugar con su cántaro, lo hizo en el crítico momento en el que Caya, habiéndole arrebatado el palo a Alpino, le estaba amenazando con él, mientras que el burro, con “otro palo muy diferente”, estaba intentando hacer de las suyas a la burra.

  La Sinfo, cuando llegó a la fuente y vio a la chica bastante alterada, preguntó:

 -       ¡Caya! ¡Qué ha ocurrido! ¿Te ha hecho algo este sinvergüenza? Si es así, dale un estacazo.

  El muchacho, muy contrariado al ver que no estaban solos y que la recién llegada pensaba que había ofendido de alguna manera a la chica, exclamó:

 -       ¡Yo no le he hecho nada!  Además, ese palo es mío; ha sido ella quien me lo ha cogido.

 

-       ¡Algo le habrás hecho! Insistió la mujer. Los jóvenes de ahora sois todos unos sinvergüenzas y no hacéis más que molestar a las muchachas cuando tenéis ocasión (si esto pensaba aquella mujer de los chicos de comienzos del siglo XX, no soy capaz de imaginar qué pensaría de los jóvenes actuales)

 

-       ¡¡Que yo no he hecho nada!! Repitió Alpino, defendiéndose y alzando la voz bastante alterado, al ver que sus palabras no convencían a la Sinfo.

      Además, todo ha sido por culpa de la burra de Caya.

 

-     ¡Encima la insultas diciendo que es una burra! Ahora era la mujer quien alzaba la voz ¡Desde luego… vaya sinvergüenza! Está visto que los chicos, cuando veis una chica sola, pensáis que todo el monte es orégano.

   Aquello iba de mal en peor para Alpino; el burro había roto dos cántaros y sabía que cuando volviera a casa no le iban a felicitar precisamente por ello, sino todo lo contrario; a pesar de que con Caya tan solo había cruzado unas palabras, aquella mujer pensaba que era poco menos que un violador en serie; para empeorar la cosa, también creía que había insultado a la chica comparándola con un asno… del sexo femenino, eso sí, y, si eso aún no bastara para completar el cuadro de males, allí, el único que había corrido realmente un peligro físico había sido él cuando Caya le había amenazado con medirle las costillas con el palo que le había arrebatado.

  Según su criterio, en aquel lugar si había una víctima incomprendida era, única y exclusivamente, él; no obstante, en vez de intentar seguir exculpándose a sabiendas que la Sinfo ya le había prejuzgado como un sinvergüenza redomado, en un alarde de autocontrol mental, reaccionó con mucha madurez y dirigiéndose a Caya le dijo.

-       Dame el palo para que me lleve el burro un rato mientras acabas. Después vuelvo cuando ya te hayas ido

  Ella le devolvió la estaca al chico y este, a pesar de la resistencia que puso el burro, tras un esfuerzo ímprobo, consiguió alejarlo de allí; ya que el animal, a toda costa, quería continuar cerca de la burra. El método empleado para conseguir que el asno se alejase de la burra, no consistió en hablarle dulcemente al oído, sino que tuvo que emplearse a fondo tirando fuertemente del rabero y ayudarse del palo (Si esto hubiera sucedido hoy día, seguramente habría acabado siendo acusado de maltrato animal),

  El pobre asno debió quedar tan frustrado, al alejarse de la burra, sin conseguir su objetivo de cogerla, como dicen en muchos países americanos que, si hubiese psicólogos para los burros, seguramente hubiera necesitado una docena de sesiones de psicoterapia al menos para superar aquel trance.

 

  Hay un dicho que dice “de boca en boca la noticia se trastoca”; valga como muestra de ello lo que sucedió una vez en una facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Estaba un día un profesor hablando de la alteración que a veces sufren las noticias y les dijo a los alumnos:

-       Si yo comunico un mensaje a una persona, estoy seguro de lo que he dicho, pero no puedo saber con exactitud lo que esa persona ha entendido; por ello, cuando una noticia, por muy clara que parezca, pasa de una persona otra y ésta la transmite después a otra tercera; con frecuencia, a esta última  persona, seguramente, ya le llega algo alterada de modo que, cuanto más larga sea la cadena de informadores, más posibilidades existen de que la noticia, cuando llegue al destinatario final, ya no sea exactamente la misma que le dije a la primera persona, porque ya está algo cambiada.

      Para que podáis comprobar por vosotros mismos que las noticias, a menudo, pueden ir sufriendo algunas modificaciones a medida que se transmiten de un informador a otro, vamos a hacer, entre todos, un experimento.

 

  He escrito en una hoja de papel un pequeño texto y se lo voy a leer a uno de vosotros sin que lo oigan los demás; después, él lo transmitirá a un compañero también sin que lo oigan el resto y así sucesivamente hasta que le llegue al último de la clase.

  Este, anotará en un papel el mensaje que ha recibido, lo comparamos con el mío y ya veréis como los dos no son totalmente iguales.

   El mensaje que el profesor tenía anotado en un papel y que transmitió al primer alumno fue:

 “Dos personas que son novios, Noelia y Jonás, están haciendo, a pie, el Camino de Santiago; me refiero al camino francés y, tras una agradable jornada, hacen noche en Logroño para continuar al día siguiente la ruta”.

   Cuando el alumno que había recibido el mensaje del profesor se dispuso a transmitirlo al segundo compañero, le comentó lo siguiente:

  “La verdad es que no me enterado muy bien de lo que ha dicho el profesor; ha hablado de dos personas que iban a Logroño y, aunque no estoy seguro de sus nombres, uno, a pesar de ser francés, creo que se llamaba Santiago; además, creo que ya estaban un poco hartos de hacer la ruta”.

   El mensaje que el segundo alumno transmitió al tercero fue el siguiente:

 “Son varias personas y están en ruta, pero no sé adónde van; supongo que viajan en coche. Tampoco  estoy seguro de los nombres, uno puede ser Santiago, pero al menos sé que otra de ellas es una mujer porque está hasta el coño de un francés, que debe ser su novio”.

  Si el mensaje que llegó del segundo al tercero, ya iba tan alterado, es fácil comprender que siguió distorsionándose a medida que iba pasando de unos a otros y, aunque los tres primeros habían transmitido correctamente la palabra ruta, esa palabra ni siquiera llegó al final.

  Cuando el profesor le pidió al último alumno que escribiera en un papel lo que el penúltimo compañero le había contado, al principio se resistía diciendo que no lo veía procedente; pero el profesor, muy enfadado, exigió que lo hiciera ya que deseaba demostrar, con aquel experimento, que su teoría era cierta y que el mensaje que había recibido el último alumno no coincidía exactamente con el suyo ¡y vaya si lo consiguió!

  El mensaje que había recibido el último alumno y que escribió en papel fue:

 “El profesor es un hijo de p…”

   Tengo la certeza que aquel profesor, a pesar de que el experimento resultó ser todo un éxito, a partir de aquel día, no quiso volver repetirlo.

   Pero volvamos a nuestros paisanos.

 

  Los cotilleos, son intercambios de información entre las personas que no siempre son veraces y, aunque parecen ser algo muy actual debido a que hay algunas revistas y espacios televisivos especializados en ellos, vienen desde antiguo; seguramente, hace miles de años, nuestros antepasados en Atapuerca ya los practicaban, así que,  cuando ocurrió el incidente de Caya y Alpino en la fuente, podemos afirmar, sin ningún género de duda, no solo que ya existiesen, sino que además formaban una parte importante de la idiosincrasia de los pueblos.

  En todos los núcleos de población, sin excepción alguna, siempre existieron, y existen, personas a quienes les encanta inmiscuirse en los asuntos ajenos y “la Sinfo” reunía ese perfil al 100% (hay que ver la mala suerte que tuvieron aquellos chicos al coincidir en ella en la fuente, el mismo día y a la misma hora).

   No sabemos qué contó con exactitud, esta mujer, del incidente presenciado a la primera mujer que se encontró; en cambio, sí conocemos lo que ésta segunda contó a una tercera. Fue algo así:

 

-       Te voy a contar una cosa que ha ocurrido hoy en la Fuente. Me lo ha contado la Sinfo y me advirtió que no lo contara a nadie… ya ves, ella relatándomelo a mí y encima pidiendo discreción.

  Resulta que hoy, al ir por agua a la fuente, se encontró allí dos chicos jóvenes, Caya y Alpino, que discutían y estaban los dos solos, así que vete tú a saber qué habrían estado haciendo antes de que ella llegara ¡Ah!, y un detalle importante, cuando llegó vio que Caya tenía en una mano el palo del chico.  

 

-       Cuando hablas del palo de Alpino, a qué palo de refieres ¿al pito? Preguntó la compañera con malicia.  

 -       La verdad es que no estoy segura del todo. Lo único que sé es que la Sinfo dijo "el palo" sin más. 

 

-       ¿Y si no era el pito y era un simple palo, para qué lo iba a tener en la mano? Insistió la segunda mujer a la informante, muerta de curiosidad.

 

-       ¡Mira no lo sé! Lo único que sé, es que la muchacha lo tenía en su mano y no lo soltó hasta que él le pidió que lo hiciera. Además, coincidió que la burra de Caya “estaba a machos” (una forma coloquial que antes se empleaba para decir que un animal hembra estaba en celo), y el burro de Alpino intentó montarla allí, al mismo lado de la fuente.

   La Sinfo piensa que los chicos estaban distraídos en lo suyo y, como el burro no estaba atado, no se dieron cuenta de lo que hacían los animales; con decirte que hasta rompieron dos cántaros…

 

  Aquel cotilleo siguió circulando por el pueblo y, a medida que iba pasando de unos a otros, fue variando su contenido sucediendo algo muy similar al experimento del profesor; resultó que, entre lo que había sucedido realmente y el mensaje final que se contaban unos a otros, había muy poco parecido, con el agravante de que aquello no se trataba de un experimento, sino de un hecho real que afectaba a dos personas, a Caya y a Alpino, dando lugar a que, a media tarde, ambos muchachos fuesen la comidilla de todo el pueblo.

  Por lo visto, al ir pasando el cotilleo de unos a otros, acabó entremezclándose todo, creándose un revoltijo entre lo que presuntamente podían haber hecho los chicos y lo que realmente había estado a punto de suceder entre sus burros -no olvidar que el burro había intentado satisfacer sus instintos con la burra- siendo el mensaje final que Caya y Alpino habían estado realizando ¡¡juegos sexuales en la fuente a plena luz del día!!, y que habían sido pillados en plena faena por la Sinfo.

  La consecuencia inmediata que todo esto trajo consigo, fue que los dos chicos empezaron a ser considerados novios por todo el mundo pues, de otro modo, era impensable que hubieran estado jugando a aquellas cosas en la fuente.

  Me atrevo a afirmar que tanto en aquellos tiempos, como en los actuales, a nadie se le hubiera ocurrido una “hazaña así” a plena luz del día y menos en un sitio tan transitado como era entonces la fuente; pero para el imaginario popular, era algo que todos daban por cierto.

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  Esta historia que me contó E, el nieto de Caya y Alpino, en la misma fuente donde sucedieron los hechos, me pareció tan sorprendente que no pude menos que preguntarle:

 -       ¿Esto ocurrió así, tal como lo has contado, o tan solo es una historia que se te ha ocurrido?

 

-       Eso sucedió tal como lo he contado y así lo contaba mi abuela Caya que, por cierto, lo pasó fatal. Entonces las mujeres debían permanecer castas y puras para llegar al matrimonio y a ella todo esto le afectó mucho ya que, ante los ojos de los demás, ya no lo era.

    Decía que, si al menos todo lo que se decía hubiera sido verdad, tendría que haberse aguantado y            tomarlo con deportividad, pero es que aquello era una descomunal mentira.

       Nos repetía una y otra vez “Tu abuelo y yo, aquel día en la fuente, tan solo reñimos un poco y ya está; fueron los burros quienes estaban dispuestos a “cogerse el uno a la otra” si les hubiéramos dejado…naturalmente ¡Pero nosotros…!”

 

       A mi abuelo Alpino, como comprenderás, también le sentó muy mal ser la comidilla del pueblo y encima por algo que no había sucedido ¿Sabes qué frase utilizaba para intentar convencer a la gente de que todo era mentira? Les decía: “Ojalá hubiera sido verdad”.

 -       Al menos todo acabó bien, ya que al final se casaron. Comenté yo.

 

-       ¡Cómo no se iban casar! Desde el primer momento, todo el mundo decía que eran novios aun sin serlo, y al final decidieron darles la razón.