lunes, 29 de junio de 2026

Amores extraños III

 


   Afirmar que el agua es un elemento fundamental para la vida, es algo tan obvio como decir que es bueno respirar, de ahí que, desde la más remota antigüedad, los humanos nos hayamos visto obligados a vivir en lugares donde el acceso a la misma fuese relativamente fácil.   

 Si un día hiciésemos un recorrido por la geografía peninsular y visitásemos la totalidad de las capitales de provincia, podríamos apreciar que todas ellas, excepto una, se encuentran situadas al lado de un río, siendo este un hecho que no obedece a la casualidad, sino a la necesidad de que la población pudiera tener el agua a mano.

  Por cierto, esto va para los curiosos. Si alguien desea saber cuál es la única capital de provincia que no está a la vera de un río, es Cáceres.

  Con los pueblos sucedía lo mismo que con las ciudades y por ello, cuando no están situados al lado de un río como aquellas, se encuentran ubicados en lugares donde hay una o varias fuentes naturales que sirvieron para proporcionar a la población, en su día, el agua necesaria para beber, asearse, abrevar el ganado, regar las plantas…

  Hoy por hoy, el acceso al agua es muy sencillo pues tan solo basta abrir un grifo en nuestras casas para disponer de agua limpia y potable; este hecho, tener agua corriente en las casas, en nuestra comarca no fue posible hasta ya entrada la segunda mitad del siglo XX. Fue en esa época cuando comenzaron a realizarse las obras de abastecimiento y conducción del agua hasta nuestros domicilios y ello que supuso  un hito importantísimo en la vida de nuestros padres y de nosotros mismos (cuando digo nosotros mismos, me estoy refiriendo solo a los más viejos… claro está).

  Actualmente, gracias a las tuberías, depósitos, estaciones de bombeo…, es posible llevar el agua a gran distancia; de hecho, el agua que utilizamos en nuestras casas proviene de la Presa de Almendra, que no está ahí al lado precisamente. Gracias a ello, el hecho de que cualquier pueblo o ciudad esté más o menos cerca o lejos de los ríos y fuentes, hace tiempo que dejó de ser un algo tan trascendental como antes sucedía.

  Sin embargo, no debemos olvidar que una de las razones fundamentales por la que los pueblos y ciudades se encuentren localizados donde están, se debió a que los primeros habitantes… los fundadores, eligieron lugares situados cerca de ríos, arroyos o fuentes para poder tener fácil acceso al líquido elemento, una forma algo cursi que algunos emplean para llamar al agua (menos mal que  la cerveza, aunque es tan líquida como el agua, todos la llamamos cerveza sin más ¿Os imagináis llegar a un bar y pedir una caña de líquido elemento?).

  La conclusión a la que quiero llegar tras esta larga introducción, es que Barrueco está donde está, porque cuenta con unas fuentes que proporcionaron durante siglos el agua suficiente a nuestros antepasados para beber; además de beberla, supongo que alguno también se aseaba con ella.

   En nuestro pueblo, en su término municipal, hay muchas fuentes dando algunas de ellas nombre a los parajes donde se localizan, como Fuente Cubierta, Fuente Losa, Fuente de la Sartén, Fuente Luenga, Fuente de la Toza, Fuente del Palacio, Fuente Elvira …, pero hoy me voy a centrar, únicamente, en aquellas que están en el propio pueblo o en las inmediaciones del mismo.

  Hace dos veranos (2024) estuve unos días en el pueblo; como durante la época estival prefiero no beber el agua del grifo, pregunté a un vecino si él la bebía resultando que acostumbraba a hacer lo mismo que yo. Respondió que, en verano, no bebía agua del grifo porque, aunque fuera potable, no le gustaba el sabor (aunque por definición el agua es incolora, inodora e insípida, a veces la del grifo no cumple ninguna de esas tres propiedades). Además, me sugirió que, si quería beber un agua de calidad, hiciese lo mismo que él, ya que iba a la Fuente con una o dos garrafas y la cogía del caño.

  Cuando le pregunté a qué fuente se refería, me miró con incredulidad diciéndome que le parecía mentira que alguien como yo, con ocho apellidos vascos de Barrueco, no supiera cual era la Fuente, así que tuve que aclararle que, de mis posibles ochos apellidos barroqueños, solo tenía seis, porque uno procedía de Vilvestre y otro de Becedas, un pueblo de Ávila; de modo que, al no ser nativo al 100% como él, estaba exento de saber a qué fuente concreta se refería, ya que en el pueblo había varias.

 Algunas de estas fuentes, han desaparecido o perdido su función original, como La Fuentona, que estaba situada al lado del antiguo instituto, la Fuente de la Arena, la Fuente del Tirobarra que estaba en la plaza ( en ella, hace años se hizo un sondeo) y el Pozo de la Ollera que estaba, y continua estándolo, en la Zaranda. Posiblemente falte alguna más.

  De estas anteriores me habló el vecino, así como de aquellas que siguen “en activo” proporcionando aún una magnífica agua para beber, como el pilar del Manzanar, el pilar de La Fontanina y la que fue y sigue siendo considerada la Fuente por antonomasia, que era a la que él se refería y me estaba recomendando:

 - Vas al valle Cardadal, o a la Alameda... como prefieras llamarlo, y una vez pasado el Barrio Nuevo,        nada más salir del pueblo, tan solo unos metros más allá de donde está el almacén de piensos de              Miguel Delgado, a la derecha del camino, allí tienes la Fuente.

  Según lo estaba explicando mi vecino, enseguida recordé a qué fuente se refería. Seguramente, debido a que tan solo tengo seis apellidos barroqueños y no ocho, unido a que el lugar me pillaba lejos de casa, había olvidado que allí había una fuente a la que aún sigue acudiendo gente a surtirse de agua para beber.

La Fuente 

  Tras nuestra conversación sobre geografía hídrica local, cogí una garrafa vacía y en el coche me acerqué hasta allí; mientas hacía el trayecto iba pensando que nuestros antepasados, cada vez que iban a aquella fuente a coger agua, no lo hacían en coche como yo; unos iban en el coche de San Fernando “ese que cuando no haces el trayecto corriendo lo haces andando”, otros llevaban los cántaros en un carretillo y los más “avanzados tecnológicamente“ lo hacían con un burro al que le colocaban sobre el lomo una especie de alforjas de mimbre –unas aguaderas- donde colocaban unos cántaros de barro cocido, habitualmente cuatro, dos a cada lado, equilibrando de este modo el peso.

  Era media mañana cuando llegué a la altura de la fuente; paré el coche bajando del mismo con mi garrafa; me acerqué al caño y en uno de los poyos de piedra de la propia fuente, que hicieron en la misma cuando la remodelaron, encontré un hombre sentado que no tenía recipiente alguno, así que fue fácil deducir que no había ido a por agua como era mi caso.

  Le conocía y sobradamente, ya que en el pueblo nos conocemos casi todos; una vez nos saludamos, me dijo que todas las mañanas pasaba por allí paseando y que una de sus rutinas consistía en pasar por la fuente para beber agua sentándose después un rato para ver como salía del caño y de paso escuchar su sonido.

Y escuchar el sonido del agua

  Aquello me pareció bastante poético, le dije que me gustaba aquella costumbre suya de beber, mirar y escuchar el sonido del agua e iniciamos una charla sobre cómo, antiguamente, se las arreglaba la gente para poder disponer de ella, especialmente durante los veranos excesivamente secos y el agua escaseaba.

  Actualmente, no son muchas las personas que van hasta allí a coger agua, pero en tiempo de nuestros antepasados, había un continuo tránsito de gente desde el pueblo hasta la fuente. Entonces, aún no existía el Barrio Nuevo, siendo un valle el lugar donde está ubicado.

  Mi acompañante me explicó que a la fuente acudía gente de todas las edades; los niños a menudo eran enviados por los padres con botijos y barriles; algunas mujeres llevaban dos cántaros, uno en la cabeza y otro en el cuadril en un alarde de fortaleza y equilibrio, y, cuando recordé a nuestro paisano..., voy a llamarle E, que los más afortunados eran aquellos que disponían de burro y aguaderas, al oír esto último asintió mientras una sonrisa cruzaba su cara, una sonrisa que al final desembocó en una carcajada.

  Una vez oí decir a un payaso, me refiero a un payaso auténtico… de los de circo, que “la risa era la gasolina del alma” y tenía razón. Cuando alguien ríe, es signo de que es feliz, al menos en ese instante; así que permanecí al lado de E en silencio, pensando que tendría sus razones para reír de aquel modo y que, posiblemente, me explicaría la causa de aquella risotada cuando se calmara, como así sucedió.

 - Me río –continuó diciendo-  porque estoy recordando que, por culpa del burro y las aguaderas, a mi abuelo le sucedió aquí, en esta misma fuente, algo gracioso que después acabó convirtiéndose en un escándalo del que no te puedes hacer una idea. Fue algo comentadísimo en todo el pueblo y al final tuvo un desenlace inesperado.

  Aquello prometía ser interesante y no dudé en pedirle que me contara el suceso relacionado con su abuelo.

  - ¡Verás! Comenzó a contar. Mi abuelo tenía un nombre muy raro; antes, la gente tenía muchos hijos, a los primeros empezaban poniéndoles el nombre de los padres, después el de los abuelos y, cuando se agotaban los nombres de la familia, a veces acababan poniéndoles el del santo del día en que nacían, siendo ese el motivo de que algunos, si tenían mala suerte, acabaran teniendo unos nombres rarísimos.

 Mi abuelo nació el día de San Alpino, no Albino…ese es otro, y ese fue el motivo de que se llamara así.

   Eran seis hermanos, él era el más pequeño y, cuando sucedió lo que te voy a contar, era ya un mozo. Un día vino a por agua con el burro y las aguaderas y coincidió que, en aquel momento, había una chica más o menos de su misma edad, que también había venido a por agua.

  Ella era bastante guapa y se llamaba Caya, como su padre; él se llamaba Cayo, evidentemente, y, como  no tenía hijos varones, por eso a ella le habían puesto ese nombre tan poco habitual para una mujer.

  La familia de la chica tenía una burra y la había traído para transportar el agua; la había atado por el rabero para que no se alejara y, cuando llegó mi abuelo, que entonces era un chico joven como ya he dicho antes, ella estaba llenando los cántaros coincidiendo que, en aquellos momentos, era la única usuaria de la fuente.

 A él le gustaba mucho la chica ya de antes y, al verla allí llenando sus cántaros, se puso muy contento porque así podía hablar con ella. Al coincidir que estaban solos, debió pensar que era su día de suerte ya que la ocasión era ideal para cortejarla.

  Se emocionó demasiado, bajó del burro a toda prisa y se le olvidó atarlo, tal como había hecho ella con su burra, acercándose a la chica que, como ya te he dicho anteriormente, se encontraba al lado del caño llenando los cántaros.

  Se saludaron, él empezó a echarla piropos diciendo que estaba muy guapa y cosas así y ella lo mandó a la mierda –palabras textuales de mi abuelo- respondiéndole que dejara de decir tonterías y que vigilara a su burro, ya que se había acercado a la parte trasera de la burra y, muy inquieto, había empezado a olerla (vamos, que el burro con la burra estaba igual de emocionado que Alpino con Caya y, salvando las distancias, por el mismo motivo).

  Coincidía que la burra de Caya estaba en celo y el burro de mi abuelo; cuando hablo del burro en este caso me estoy refiriendo al burro…burro, no es que mi abuelo fuese un burro, aunque muy fino tampoco es que fuera.  ¡Bueno!, pues cuando el burro de mi abuelo Alpino notó que la burra estaba en celo, se puso como loco de contento.

    Alpino,  haciendo caso a la chica, se acercó al animal arreándole unos estacazos con un palo que traía, para que se apartara de la burra consiguiendo así que, el pobre animal, ante unos argumentos tan convincentes, se alejara un poco de “su enamorada” de cuatro patas.

 Entonces, convencido que la situación estaba controlada, volvió a lo suyo acercándose nuevamente a Caya; pero mientras tanto el burro, cuyo instinto era demasiado fuerte, a pesar de los palos que se había ganado, hizo lo mismo que el amo de manera que,  a la par que rebuznada de una forma estruendosa, volvió a acercarse a la burra colocándose a la altura de su grupa.

- ¡Llévate ese burro de ahí hasta que me vaya, que va a acabar rompiendo algún cántaro! Avisó Caya

  Ella tenía sus cántaros al pie de la fuente para llenarlos, pero los de Alpino aún estaban en las aguaderas sobre el burro ya que, debido a la prisas por estar al lado de Caya, no los había bajado aún.

Aguaderas. Museosdesobrarle.com

- ¡La culpa es de tu burra que está en celo!

  Respondió él bromeando, y, para continuar con la chanza, siguió diciendo:

- Además, si yo fuera el burro, haría lo mismo.

Caya, sin poder disimular su enfado, le dirigió una mirada que hubiera hecho temblar al más valiente mientras que por su mente debieron pasar al menos media docena de insultos de grueso calibre para decírselos; pero como en aquellos tiempos no estaba bien visto que una chica dijera palabrotas, al final se conformó con exclamar: 

- ¡No me explico cómo puede haber alguien tan tonto como tú!

  Pero él ni se inmutó al escucharla; aquella chica le gustaba mucho y, aún enfadada, la encontraba guapísima, así que el hecho de que le insultase le era indiferente (aunque una actitud así, en la actualidad, es conocida como resilencia, entonces era definida como estar abobado) .

  En ese momento, el burro volvió a rebuznar ruidosamente, los dos miraron en aquella dirección y pudieron ver cómo, guiándose por un impulso irrefrenable, había sacado su “propia estaca” (lo anterior tan solo es una metáfora, como comprenderéis, lo que el burro había sacado y estaba a la vista, era otra cosa) y se disponía a subirse a la grupa de la burra con aguaderas y cantaros incluidos, cayendo dos de ellos al suelo que, al ser de barro, naturalmente, se rompieron.

  Alpino, atónito, permaneció inmóvil sin saber qué hacer ante lo que estaba pasando y entonces Caya, muy enojada, al ver la inoperancia del chico, muy resuelta, le quitó el palo que llevaba en la mano y dijo:

- ¡A quien prefieres que le dé un estacazo para que tu burro deje en paz a mi burra, a ti… a él…o a             los dos!

  Al llegar a este punto de su relato, reímos E y yo con ganas, y comenté:

 - Supongo que esto lo recordarás a menudo cuando vienes a la fuente.

-  Claro que lo recuerdo...y muchas veces; es algo que me hace mucha gracia y hasta siento cierta              nostalgia recordando a mi abuelo Alpino; a veces pienso que aquí, en este mismo lugar, donde                estamos ahora tú y yo; él, hace más de cien años, siendo un jovenzuelo que estaba en la  edad del            pavo,  sentía una gran  atracción hacía Caya y en las tonterías que hacía intentando ligar con ella.

 - Eso ocurría entonces y ahora. Respondí. Estoy seguro que, tú, en su día, también harías alguna que          otra tontería.

  - ¡Alguna dices! Si te soy sincero, debo reconocer que bastantes.

  - ¡Supongo que este episodio, lo sucedido entre tu abuelo con Caya, te lo contaría él.

  Mi interlocutor, me miró muy sonriente, permaneciendo en silencio unos instantes antes de responder, intuí que estaba recreándose en sus recuerdos y que, a todo aquello que había contado, aún faltaba alguna puntualización que hacer. Nno me confundí, pues continuó diciendo:

 - Eso a él no le gustaba contarlo, porque le daba vergüenza recordarlo. Fue mi abuela la que nos lo            contó a los nietos y más de una vez ¿Qué te parece si te digo que mi abuela se llamaba Caya?

- ¡No me digas! ¿Entonces...al final, tu abuelo, logró conquistarla y se casaron?

- Así fue, pero pasaron muchas cosas antes de eso sucediera. La más llamativo de todo ello fue que            hubo un escándalo tremendo, que estuvo corriendo "de boca en boca" por todo el pueblo durante unos    días. Si no tienes mucha prisa, y quieres, te lo cuento.

 Como ya he dicho anteriormente, era una agradable mañana de verano y la temperatura, a aquellas horas del día, era magnífica; había ido a la fuente a llenar una garrafa de agua y me había encontrado con un paisano al que le gustaba compartir sus recuerdos; estábamos sentados los dos viendo correr el agua del caño y si a ello se añadía que yo era totalmente dueño de mi tiempo, ya que no había quedado con nadie, me dispuse a seguir oyendo a nuestro paisano, al que he bautizado como E. 

 ¡Por supuesto que deseaba seguir escuchando las vicisitudes de Caya y Alpino con el correspondiente escándalo incluido!

  

miércoles, 15 de abril de 2026

Las sopas de vino

 

  En nuestro pueblo, todos sabemos perfectamente qué es una frontera ya que es algo que nos pilla muy cerca. Cuando subimos al Castillo, si miramos hacia el oeste, lo que vemos, a tan solo unos kilómetros… pocos, al otro lado del Duero, es Portugal.

  La frontera entre España y Portugal, he consultado en varios sitios cuanto mide y algunos cifran el resultado en aproximadamente 1300 km de longitud pero, eso de "aproximadamente" no acababa de convencerme y por ello decidí medirla personalmente, recorriendo, con un metro en la mano, la distancia entre A Guarda (Pontevedra) a orillas del Miño y Ayamonte (Huelva), a orillas del Guadiana, con tan buena suerte que alguien ya lo había hecho previamente, librándome de esa tarea, resultando que tiene 1.292.000 metros de longitud (lo que vienen a ser 1292 km).

  Los geógrafos hacen una distinción entre lo que es el límite entre dos países, que es la línea imaginaria que los separa, de lo que es la frontera, ya que definen a esta última, como la franja de territorio, en ambos territorios, que está a menos de 25 km de la línea divisoria; por lo tanto, si les hacemos caso (aunque no siempre hagamos caso a la pareja, padre, madre, hijos...; a los geógrafos sí debemos hacérselo), al estar Barrueco incluido en esta franja, también debemos considerarlo un pueblo fronterizo.

 En Salamanca, así como en el resto de provincias españolas del oeste peninsular, a la frontera, familiarmente, la conocemos como “La Raya” (en Galicia y Portugal es “A Raia”) y ello parece ser debido a que las fronteras, en los mapas, aparecen representadas gráficamente por rayas, siendo a su vez el motivo de que los habitantes de los pueblos limítrofes con Portugal seamos también llamados rayanos -ya veis, resulta que toda la vida he sido un rayano y yo sin saberlo-.

  Además de las fronteras entre países, en España tenemos los límites entre regiones o comunidades y, dentro de ellas, están también los límites entre las provincias con sus correspondientes líneas divisorias. A su vez, las provincias se encuentran divididas, administrativamente, en partidos judiciales con sus correspondientes límites y en cada partido judicial, también tenemos los pueblos y aldeas con sus correspondientes términos municipales, y las pertinentes líneas divisorias que separan unos de otros.

 Actualmente, cuando salimos al campo, vemos que casi todo el terreno está cercado, ya sea con alambradas o paredes de piedra, pero, antiguamente, todo eran tierras abiertas y para delimitar el terreno perteneciente a un pueblo del de los pueblos vecinos, en los confines de los términos municipales, se colocaba un mojón.

  Cuando hablo de mojones, que nadie se confunda, me estoy refiriendo a los mojones topográficos, no a mojones de los otros. Antes, y supongo que también ahora, la gente que estaba en el campo, cuando tenía ganas de evacuar las secreciones sólidas (que cada cual busque el sinónimo que le parezca), buscaba un lugar discreto y allí, en plena naturaleza, con más o menos esfuerzo, colocaba un mojón; pero estos mojones, como podréis entender, no valían para el asunto que nos interesa.

 Los mojones topográficos que servían de referencian para delimitar los términos municipales de los pueblos, habitualmente eran de piedra y los hay de diferentes formas.

  A veces, simplemente, era una peña que estaba situada en un determinado lugar, la que era tomada como referencia para señalar los límites entre dos o más pueblos; un ejemplo de ello lo tenemos en una peña muy singular que, según la tradición, servía como referencia para delimitar los límites entre los términos municipales de Vilvestre, Cerezal y Barrueco, que se encuentra en la parte norte del valle de Mamula. 

  De ella, aunque siempre se ha dicho que era él límite entre los términos de los tres pueblos, tengo serias dudas de que eso responda a la realidad, ya que solo separa los de Cerezal y Barrueco; de lo que no cabe duda alguna es que se trata de una “peña sagrada” ya que tiene varias cruces grabadas sobre la misma.

  Son conocidas como peñas sagradas, aquellas que, para los habitantes más remotos que poblaron la zona, durante la Prehistoria, tenían un valor especial; a algunas las marcaban como a ésta, haciendo

Escultura prehistórica

cruces sobre la misma, mientras que sobre otras hacían cavidades a modo de ojos, intentando crear un rostro; son las “peñas con ojos”, de las cuales hay varias en Barrueco; pero volvamos a los mojones o mojoneras.

   El mojón más destacado que aún podemos ver, es un monolito de piedra granítica tallada de más de 2 metros de altura, situado en la carretera de El Milano, en el lugar que conocemos los de nuestro pueblo  como la “Raya de El Milano” y los del pueblo vecino  como la “Raya de Barrueco”.

  Si vamos por esa carretera, en dirección a Vitigudino…Salamanca…Calvarrasa de Arriba, o a El Milano ¡por qué no!,  una vez en El Pontón, ya pasada una curva cerrada que hay, que está bordeada en el lado derecho por un prado, con una charca muy próxima a la carretera; unos 300 - 400 metros más adelante, en el margen derecho de la carretera, parcialmente oculto entre dos letreros de Coto Privado de Caza, uno por cada lado, avisando que allí comienza y termina el coto de caza de cada pueblo, se encuentra el susodicho mojón marcando la línea divisoria entre los términos de ambos pueblos.

  Este hito, como ya indiqué anteriormente, es una piedra granítica rectangular que en su día, siglos otras, debió costar bastante darle forma, transportarla hasta allí y después colocarla en ese lugar, debido al tamaño y peso de la misma, un hecho indicativo del interés que debieron tener nuestros antepasados cuando la colocaron allí para de marcar el límite y de paso que nadie pudiera moverla alegremente y desplazarla en uno u otro sentido y así intentar ganar terreno “al otro pueblo".

La Raya de El Milano

  La raya entre los dos pueblos no está en la mitad del camino entre ambos lugares, se encuentra más cerca de El Milano que de Barrueco y, siempre que paso por allí, me pregunto por qué está en ese sitio concreto y no más acá o más allá.

  Cuando vemos un mapa de la provincia, podemos apreciar que el término municipal de cada pueblo (el terreno que administrativamente le pertenece) nunca es igual que el del vecino, siendo ese el motivo para que un día decidiera averiguar, cuando se crearon los pueblos de la comarca, cómo se determinaban los límites de sus términos municipales.

  Mi interés se centró fundamentalmente en saber cómo habían acordado los vecinos de Barrueco y El Milano establecer que aquel era el límite entre ambos lugares y, tras “arduas investigaciones”, al fin logré saber por qué el mojón o mojonera (la Ministra de Igualdad supongo que estará contenta con los mojones, ya que pueden ser indistintamente masculinos o femeninos), está donde está.

  Evidentemente, esto no sucedió anteayer, ocurrió hace mucho tiempo, ¿siglos X –XI?; entonces, como no existía el catastro y tampoco había ingenieros de caminos, ni topógrafos, resulta que, para establecer el límite o la raya entre dos pueblos, cada cual se las arreglaba como podía, pues no había un  procedimiento concreto para hacerlo, sino varios.   

  Cuentan las crónicas (y si no lo cuentan, deberían hacerlo), que los vecinos de Barrueco y El Milano, que entonces eran muy pocos, acordaron que, para repartirse el terreno existente entre ambos pueblos, iban soltar un perro en cada pueblo para que fuera corriendo en dirección hacia el otro, y el sitio del camino donde se encontrasen, sería la línea divisoria entre ambos lugares.

  Llegó el día y la hora indicados, soltaron en cada pueblo a su perro, para que fuese corriendo en dirección hacia el pueblo contrario y ocurrió algo que no estaba previsto. Al perro que había salido de El Milano, se le cruzó una liebre en el camino y, siguiendo su instinto, en vez de continuar corriendo hacia Barrueco, se desvió persiguiéndola campo a través para intentar cazarla.

  Mientras tanto, el perro que había salido de Barrueco, al no encontrarse con el otro perro, siguió corriendo sin parar, llegó al mismo pueblo de El Milano y sus habitantes se llevaron un disgusto tremendo, pensaron que toda la tierra iba a ser para los de Barrueco y que a ellos nos les iba a quedar terreno ni para colocar un tiesto.

  Ante tal desaguisado, elevaron una protesta ante la autoridad competente que entonces era un rey de los que mandaban de verdad, no como los de ahora, y el monarca decidió que la prueba realizada no era válida ordenando que buscaran otra solución ya que los de El Milano no podían quedarse sin tierras, así que decidieron hacer otra carrera pero, en vez de perros, la realizarían dos personas y el objetivo sería el mismo: el lugar del camino donde se encontrasen, esa iba ser la raya entre ambos lugares y, mirad por donde, resultó que las personas elegidas fueron dos  viejas, una de cada lugar, como es obvio.

  Os preguntaréis por qué las elegidas fueron dos viejas y no dos jóvenes atléticos; la respuesta es que, a la hora de elegir al representante de cada pueblo, con el fin de que la prueba fuese justa y equitativa, era necesario que no hubiera ventaja alguna entre los competidores de cada lugar. Como podéis comprender, no iba a correr un joven en plena forma por una parte y un viejo con artritis por la otra; de modo que la condición “sine qua non” era que debían ser dos personas de la misma edad y sexo.

  Como en aquella época eran muy pocos los habitantes de ambos pueblos (casi como ahora), resultó que las únicas personas que reunían el perfil adecuado para competir eran dos viejas y ellas fueron las elegidas para defender los intereses de cada lugar (no olvidar que, cuanto más lejos llegara cada una en su recorrido, más terreno correspondería a sus paisanos en detrimento de los habitantes del pueblo contrario)

  Aquellas buenas mujeres, a pesar de que muy ágiles no es que fueran… las dos usaban bastones para ayudarse a andar, eran muy voluntariosas y, como el camino no podían hacerlo corriendo sino caminando, una mañana de abril a primera hora de la mañana, creo que eran las ocho en punto, ambas iniciaron el camino saliendo cada una de su pueblo en dirección al pueblo vecino, con la intención de avanzar lo máximo posible, antes de encontrarse en el camino con su oponente.

  El hito que delimita los términos entre Barrueco y El Milano, está más cerca de este segundo pueblo lo cual significa que la vieja de Barrueco corrió anduvo más y más rápido que la contrincante; pero si ambas mujeres tenían la misma edad y capacidad física para caminar, y su estado de salud era igual (igual de malo… eso sí) ¿Cómo puede explicarse ese resultado tan desigualdad?

 La respuesta es muy sencilla, fue debido a la alimentación. Ambas mujeres apenas tenían dientes (entonces no había buenos dentistas como ahora) y solo comían sopas; la mujer de El Milano había desayunado “sopas de leche”, o lo que es lo mismo, leche migada con pan, mientras que la de Barrueco, que era un poco borrachilla... todo hay que decirlo, había desayunado “sopas de vino” y encima había repetido tomando dos tazas; de modo que, cuando partieron las dos de sus respectivos pueblos a la misma hora, resultó que la que había tomado las sopas de vino, al tener más energía, logró un mejor desempeño en su andadura y llegó más lejos que la otra.

  Alguno de El Milano quizá piense: “Si le hubieran hecho la prueba de la alcoholemia a la de Barrueco, posiblemente la hubieran sancionado y el resultado hubiera sido diferente” . Pero amigos, qué queréis que os diga; en aquellos tiempos, había vino...eso sí, pero no alcoholímetros.

martes, 24 de febrero de 2026

La Fuente del Amor

 

   Si a finales de febrero o comienzos de marzo, un día escuchas decir a alguno de nuestros paisanos que “es tiempo de mimosas”, no se está refiriendo a que las mujeres, tanto las niñas como las que no lo son tanto, son más cariñosas y zalameras que en otras épocas del año, sino que unos árboles, las acacias amarillas (el nombre de Acacias dealbatas se lo dejamos a los biólogos) ya han florecido mostrando sus ramas llenas de flores amarillas y desprendiendo un intenso aroma si te acercas a ellas.


   Uno de estos días del final del invierno, con las mimosas ya florecidas, volvía de dar un largo paseo por el campo; aquella vez había llegado hasta la Raya de Saucelle; en mi recorrido había pasado por algunos parajes de nuestro pueblo tan conocidos como Las Cabritas, Mata las Cubas, Vasito del Cuco, La Rodilla, Valle de Penillas… y, cuando por fin llegué al Manzanar, me acerqué al pilar de cuyo caño salía un abundante chorro de agua.

  Como estaba cansado, me acerqué hasta allí sentándome en el borde del pilar para llenar una botella que llevo para mis paseos; una vez llena, bebí aquel agua natural que provenía directamente del manantial y, cuando sacié mi sed, volví a ponerla bajo el caño para rellenarla viendo que, en aquel momento, se acercaban al pilar dos mujeres que salían del pueblo, procedentes del Barrio de Cantarranas,

  No iban por agua, pues no llevaban recipiente alguno, simplemente iban de paseo; si yo volvía al pueblo por estar acabando el mío, ellas estaban empezando el suyo.

   Nos saludamos, yo aún permanecía al lado del caño cerrando el tapón de la botella y una de ellas se acercó a mí diciendo que iba a beber agua del caño, así que me aparté para dejarla el sitio libre, mientras ella comentaba:

 -     Siempre que paso por aquí, paro a beber agua.

 -     Yo también hago lo mismo. Respondí ¿Quieres beber de la botella?

 -     No, gracias; desde siempre estoy acostumbrada a hacerlo directamente del caño…lo prefiero así.

  Entonces yo, inspirado por las musas, aunque quizá tratándose de un manantial fueron las ninfas de la mitología griega, se me ocurrió decir:

 -   Haces muy bien, así es como hay que beber en los pilares. Cuando alguien bebe agua del caño, existe una comunión directa entre la madre tierra y dicha persona, sin recipientes intermedios que puedan alterar las propiedades del agua. Beberla así, de una forma tan natural, es pura magia y resulta estupendo para nuestra salud espiritual.

  A las dos mujeres les hizo gracia mi comentario y empezaron a reír, diciendo con ironía la que no se había acercado a beber:

 -     Pues tú bebes de la botella, así que lo de la madre tierra veo que da de lado.

 Reímos los tres por sus palabras y tuve que darle la razón, “de poco sirven las palabras ante la evidencia de los hechos” (esto ya lo decía Cicerón, un filósofo romano hace más de 2000 años) para salir airoso del paso, prometí que, a partir de aquel momento ya siempre bebería el agua directamente del caño, tal como hacía su compañera, para que me llegase directamente la magia de la madre tierra,

  Cuando eres de un pueblo pequeño, como nos conocemos casi todos, es estupendo cruzarte con los paisanos/as pues, aunque hayan pasado meses e incluso años sin vernos, nos saludamos como si nos hubiéramos visto el día antes, algo que es totalmente impensable en una ciudad.

  Una de las cosas positivas que conlleva ser de un pueblo, son los vínculos que proporciona el paisanaje… pertenecer a la misma tribu, donde los vecinos, muchas veces, pasan a ser una extensión de la familia.

  Aquellas dos mujeres no eran familiares y ni siquiera vecinas de casa, pero las conocía mucho ya que eran amigas de la familia y entre nosotros había una estrecha confianza. Si no hubiera sido así, el comentario sobre la madre tierra no se me hubiera ocurrido decirlo.

Valiéndome de la confianza pregunté:

 -  ¿Alguna de las dos sabe por qué al sitio donde estamos recibe el nombre de Manzanal?  Es que no veo manzano alguno por aquí.

 

-     Pues no lo sé. Respondió la que estaba a mi lado dispuesta a beber el agua, directamente, de la madre tierra (o sea, del caño).

 En cambio, su compañera, que estaba más alejada, respondió:


 -   Ten en cuenta que todo esto, aunque actualmente casi todo son prados y cortinas, antes debían ser huertas y quizá, en algún momento, hubo muchos manzanos por aquí. 

  Si hubieran sido perales, imagino que, en vez  de El Manzanal, este sitio se llamaría El Peral.

 La gente de antes, muchas veces, ponía nombre a los parajes dependiendo de lo que hubiera en cada lugar; por eso creo que debieron llamarle en su día así y, aunque ahora no haya manzanos, se ha quedado con el nombre.

  Ocurre lo mismo que con “El Castañero”, aunque le llamamos así, allí no hay ni un castaño, todo son robles

 

-     Seguramente sea por eso. 


 Respondí, apoyando su opinión, preguntando a continuación:

 -     Os voy a hacer otra pregunta, a ver si la sabéis alguna de las dos. Los lugares donde brota el agua de la tierra, decimos que son manantiales y es sobre ellos donde interviene la mano del hombre  construyendo fuentes o pilares como este, para un mejor aprovechamiento del agua.

 Aquí, antes que el pilar, estoy seguro que había una fuente, ¿sabéis algo de esa fuente y si también la llamaban fuente del Manzanal?

 

 La mujer que estaba bebiendo del caño en ese momento, una vez acabó de hacerlo, se incorporó y comentó:

 -    Esta otra pregunta yo te la puedo responder y además me trae muy buenos recuerdos. Tienes razón  en lo que has dicho, antes de que hicieran el pilar, aquí había una fuente.

   En mi familia, como siempre hemos vivido en Cantarranas, antes de que hubiera agua corriente en  las casas, nosotros veníamos aquí a coger el agua para beber y yo, desde que era una niña, siempre he conocido el pilar, pero mi madre recordaba perfectamente que, antes de que lo hicieran, aquí había  una fuente.

  Los pilares no suelen tener nombre, a este lo llamamos pilar del Manzanal, simplemente, porque está  en el Manzanal, igual que hablamos del pilar del Candenal porque está en ese valle; en cambio, con las fuentes sucede todo lo contrario, todas tiene nombre propio; ahí tenemos la Fuente de la Toza, Fuente Elvira, Fuente de Penillas y muchas otras.

 

     La que había aquí antes de que hicieran el pilar, también tenía un nombre y además muy bonito, era  conocida por la gente como la “Fuente del Amor” y en torno a ella conozco una historia muy curiosa. Si queréis os la cuento.

 

-     ¡Claro que queremos… cuéntanosla! 

   Esta respuesta la dio su compañera, que por lo visto estaba tan interesada como yo en saber qué historia había sucedido relacionada con aquella fuente.

 -  Una de las protagonistas fue mi madre, siguió su amiga contando, aunque ella solamente tuvo un  papel secundario.

 

-     ¿Entonces… eso que nos vas a contar, sucedió realmente? Pregunté.

 

-    ¡Pues claro que lo fue! Y estoy segura que conocéis a la protagonistas, después os digo de quien se trata.

 Tras decir estas palabras, empezó a contar:

   Antes, la gente se casaba siendo bastante más joven que ahora, de modo que, aquellos mozos y mozas que no estaban casados a determinadas edades, eran catalogados como solterones o solteronas, y mi madre tenía unos vecinos con una hija que entraba dentro de esa categoría.

  Aquella chica nunca había tenido un novio y nadie sabía por qué, ya que era agradable en el trato y “bastante curiosita” (ser bastante curiosita no tenía nada que ver con la curiosidad, significaba que, sin llegar a ser un bellezón, era bastante guapa).

  Al ser vecinas, tenían mucho trato y un día mi madre, hablando con ella, le dijo:

 -     ¡Claudina! Con lo maja que tú eres, pasa el tiempo y veo que aún “no te ha salido un novio”.  ¿Qué ocurre…?, Eres muy exigente con los hombres.

 

-     ¡No!, no soy exigente, pero no sé lo que pasa. Si no le gusto a ningún chico, ¡qué quieres que yo le haga! Lo que sí que tengo claro es que a San Antonio no voy a hacerle una novena y gastarme dinero en ponerle una vela, porque yo no creo en esas cosas.

 

-     A San Antonio no tienes por qué implicarle para esto, pero podrías hacer lo mismo que hizo la Etelvina (esta mujer era otra vecina del barrio, bastante mayor que Claudina) A ella le pasaba lo mismo que a ti; todas sus amigas ya tenían novio o estaban casadas, pensaba que se iba a quedar para vestir santos, buscó un remedio y al poco tiempo ya había conseguido un novio. Tú deberías hacer lo mismo que hizo ella.

 -    ¿Qué hizo ella? Preguntó la chica que, aunque era muy escéptica con el asunto de los novios, no pudo ocultar su  curiosidad.

 -     El remedio es muy sencillo y además lo tienes muy cerca; consiste en beber agua durante siete días seguidos en la Fuente del Amor. Es importante que la bebas directamente del caño.

 -   ¡La Fuente del Amor…! Exclamó Claudina muy sorprendida ¿Dónde está esa fuente? Nunca he oído hablar de ella.

 -     La Fuente del Amor es el pilar del Manzanal, explicó mi madre; lo que sucede es que nunca has oído hablar de ella porque eres muy joven. Allí, antes había una fuente, sobre ella hicieron el pilar y la gente olvidó el nombre de la fuente, pero el manantial y el agua son los mismos.

Claudina escuchaba a mi madre con una mezcla de incredulidad y desconfianza y acabó preguntando:

 -     Dices que la Etelvina bebió el agua del modo que estás diciendo, que después le apareció un novio y  encima quieres que me lo crea.

 

-     Sé que cuesta creerlo, pero para que te convenzas de que, todo lo que digo es cierto, puedes preguntarle a Etelvina.

 -     ¡Cómo voy a preguntarle eso!, me muero de vergüenza si lo hago.

 -     ¡Mira! Yo en tu lugar lo intentaba, no pierdes nada en hacerlo. El pilar del Manzanal lo tienes ahí mismo; si bebes agua del caño durante siete días seguidos, siempre a la misma hora y del propio caño, este último detalle no lo olvides, te aseguro que muy pronto te vemos paseando con un buen novio.


   La narradora que nos contaba aquello a su compañera de paseo y a mí, al llegar a este punto hizo una pausa y preguntó.

 - ¿Qué os parece? 

   Los dos inconscientemente miramos hacia el caño por el que corría un abundante chorro de agua y comenté yo:

 -    Sería estupendo que el agua de este pilar tuviera esas propiedades. Se acabarían todos los solteros/as de la comarca; pero qué pasó con Claudina.

 

  Ella aún permaneció un momento en silencio, sin responder, mirándonos muy sonriente, con la certeza de que su narración nos había sorprendido bastante y al fin contestó:

 -     Pues pasó lo que tenía que pasar, Claudina vino al pilar durante siete días a beber al agua, antes del séptimo día hubo un chico que se interesó por ella y se hicieron novios.

 -   Ahora ya solo hace falta que digas “Cuento banasta…para cuento ya basta”, como decían nuestros abuelos cuando nos contaban un cuento.

 Esto último lo dije yo y provocó que la narradora de aquella historia se enojase un poco.


 -     ¡Os he dicho que esto sucedió realmente y que no es un cuento!

 -     ¡O sea! Según tú, el agua del pilar tiene esa magia. 

  Esto lo dijo su compañera de paseo que, igual que yo, había permanecido muy atenta escuchando aquella extraña historia.

 -    ¡Claro! Respondí yo con ironía, dirigiéndome a la narradora; ahora entiendo por qué siempre bebes  del caño… como Etelvina y Claudina.

 Reímos los tres por el comentario, y la interpelada protestó:

 - ¡Oye! Yo, aunque soy viuda, no busco novio alguno… eso te lo garantizo.

 Hizo una pausa antes de continuar y siguió contando: 

 -    Veo que no acabáis de creeros lo que os he contado, pero os aseguro que sucedió tal como os lo he dicho. Etelvina ya murió de mayor, pero Claudina vive; cuando la veáis, podéis preguntarla si eso ocurrió así.

  Hace mucho que no vive en el pueblo ya que, al poco tiempo de casarse, ella y el marido emigraron al Norte, pero viene todos los veranos.

 Nuestra narradora hizo otra pausa mirándonos con atención, intentando adivinar si al fin había conseguido convencernos de que aquello había sucedido realmente y que la Fuente del Amor, si recibía tal nombre, era justificadamente y continuó diciendo:

 -   Como Claudina consiguió un novio, supongo que os preguntaréis si es cierto que esta agua tiene magia; pero no os preocupéis porque ahora mismo os explico lo que sucedió y salís de la duda.  

  El agua tuvo que ver bastante con el noviazgo…eso cierto, pero hubo que ayudarla un poco. Si   hubiese sido solo por el agua, posiblemente esa mujer se hubiera quedado soltera.

  Mi madre, tras aquella conversación con Claudina, a los dos días la vio venir al pilar con un botijo en la mano; estuvo pendiente el día siguiente a ver si hacía lo mismo y, con gran satisfacción, pudo ver que, a la misma hora del día anterior, salía de nuevo de su casa con el botijo y tomaba nuevamente el camino del Manzanal.

  Venir todos los días tan solo a beber agua del caño, podía haber despertado la curiosidad de alguien que la viera; ella no quería despertar sospechas de que estaba siguiendo aquel ritual y por ello, para disimular, era por lo que traía un botijo con la excusa de que venía a llenarlo de agua.

 

    Al comprobar que venía al Manzanal repetidamente, mi madre ya no tuvo duda alguna que estaba siguiendo sus indicaciones al pie de la letra y entonces lo que hizo fue hablar con un chico al que conocía mucho, también soltero, diciéndole que, si quería una novia, sabía de una chica muy maja que estaba muy receptiva a tener un novio.

  Además, le informó a qué hora tenía que pasar por el pilar “por casualidad”; recomendándole que se olvidara de timideces y que hablara con Claudina, asegurándole que todo iba a ir muy bien.

     El chico siguió las indicaciones y se hicieron novios.

    Ahora que ya lo sabéis todo, qué opináis los dos ¿Tuvo o no tuvo que ver algo el agua para que Claudina consiguiera un novio?