martes, 22 de septiembre de 2026

El Mirlo

 

 

   Cuando hablamos de un pueblo, a nuestra mente lo primero que acude es el espacio físico, el conjunto de casas con las respectivas calles y plazas que lo conforman; sin embargo, quienes le dan su identidad a un pueblo es la gente que vive en él,  de ahí que sea más acertado definirlo como una comunidad de personas que comparten un espacio físico y además tienen un origen, una cultura y unas costumbres comunes, de ahí que, en sentido figurado, podamos equipar un pueblo como el nuestro, salvando las distancias, con una tribu de las que a veces vemos en los documentales, con la diferencia de que, mientras en ellas el líder es un jefe que es asesorado por los hombres más sabios de la aldea, el líder de cada pueblo es un alcalde, en este caso asesorado por concejales, los cuales vendrían a ocupar un  papel  equivalente al de “los sabios” consejeros tribales.

  En las tribus, ¡perdón!... en los pueblos, la mayoría de los vecinos son gente normal que ocupa el tiempo en sus quehaceres diarios, conviviendo con la familia, amigos, vecinos, compañeros de bar...,  llevando una vida apacible y pasando desapercibidos ante los demás, lo cual es estupendo... todo sea dicho. A los efectos, decía San Agustín: “Si vas a Roma, haz lo que los romanos”; así que podríamos decir, recurriendo a la metáfora de ese santo, que “viven como un romano más”.

  Pero al lado de los ciudadanos normales, casi siempre existen personajes un poco especiales que, pretendiéndolo o sin pretenderlo, son famosos por destacar en algo (no siempre por algo bueno, que quede claro) y acaban siendo conocidos hasta por los gatos y perros del lugar, ya que nada más oír su nombre, todos sabemos de quien se trata.

   En cada uno de los pueblos de nuestra comarca, al contar con pocos habitantes (me temo que el censo va continuar disminuyendo aún más) todos nos conocemos, si no directamente, al menos conocemos a la familia de donde procede cada uno: tú eres hijo de tal, hermano de cual, primo de tal y cual… Son expresiones que nos resultan muy familiares a la hora de averiguar las parentelas de cada uno.

  No obstante, hasta la segunda mitad del siglo pasado, resultaba más fácil que ahora localizar a algunas personas, aunque no fueran famosas, debido a que proliferaban los apodos; éstos, que eran de todo tipo,  servían para diferenciar, de una forma bastante eficaz, a aquellas personas cuyos nombres eran demasiado comunes y se repetían mucho; en un pueblo como el nuestro podía haber veinte Pacos, veinticinco Manolos, treinta Antonios, etc; de modo que, para diferenciar a unos de los otros, no era raro que muchos tuviesen un sobrenombre como era el caso de ”el Mirlo”.

   Este hombre, era conocido por este sobrenombre y yo, concretamente, llegué a conocer su verdadero nombre bastante tarde pues, a pesar de que le conocía desde que era niño y le veía casi a diario,  como todos, para nombrarle, usaban el apodo, nunca había oído a nadie llamarle Antonio que era como se llamaba.

   Siendo adolescente, reconozco que tanto yo, como los amigos, éramos un poco bárbaros y una de nuestras aficiones consistía en matar pájaros con la escopeta de aire comprimido y en subir a los árboles a coger los huevos de los nidos –si entonces hubiéramos tenido móviles y ordenadores para divertirnos, seguramente no lo hubiéramos hecho, pero como aún no los había...

  Mi actitud hacia los pájaros cambió radicalmente al llegar a la edad  adulta, siendo entonces cuando empecé a quererlos y respetarlos; no fue hasta entonces cuando me llamó la atención que había un señor ya mayor, que era conocido por “El Mirlo”

  Entonces, desde la perspectiva de un chico de 17 años, que era los que yo tenía, un señor mayor era todo aquel que tenía cincuenta, sesenta, setenta…, así que no sabría decir con exactitud su edad, porque nunca lo indagué, lo que sí hice fue preguntarle un día por qué le llamaban Mirlo, aun a riesgo que se enfadara por utilizar el apodo para nombrarle (hay que tener en cuenta que había muchas personas a las que no les gustaba que las llamaran por el mote o alias con el que eran conocidas), pero él, que era un hombre agradable y con un excelente sentido del humor, al oír mi pregunta, lejos de enfadarse, empezó reír, lo cual indicaba que el sobrenombre de El Mirlo, no le desagradaba.

 -       ¿Por qué quieres saberlo? Preguntó.

 -       Por simple curiosidad, me gustan los pájaros y los mirlos, como son bonitos y cantan bien, supongo que el motivo de que le llamen así fue debido a algo agradable. Si le llamaran el Cuervo o el Buitre, no  se le preguntaría, por si acaso. 

 Reímos los dos por mi respuesta, y sin más preámbulo, empezó a contar:

 

-       El hecho por el que me llaman así sucedió hace mucho tiempo; cuando era niño me gustaban mucho los pájaros; cuando digo que me gustaban, tómalo al pie de la letra porque los cazaba y después mi madre los preparaba y yo los comía. Como puedes ver, me gustaban los pajaritos… pero fritos.

     Eso hoy día no se puede hacer porque es ilegal, pero entonces era algo muy habitual.

 

    ¿Has visto alguna vez un palomar en el campo? - continuó diciendo. Son unas construcciones cilíndricas con muchos huecos en la parte interior de las paredes, donde anidaban las palomas. ¡Bueno!, pues algunas familias tenían palomares para coger huevos y a las propias palomas para comerlos.

 

-       ¿Las crías de las palomas como se llaman, pichones…o palominos? Pregunté.

 -       Las dos cosas. Los pichones son las crías de todas las aves incluidas las palomas, en cambio, los             palominos son los pichones de las palomas.

  Como iba diciendo, si tener un palomar pasaba por ser una “forma civilizada” de comer palomas y sus huevos, además estábamos los muchachos que actuábamos como unos auténticos depredadores cazando pájaros con tirachinas o con liga, que es una sustancia muy pegajosa que se ponía cerca de fuentes o en sitios donde se posaban las pobres aves, quedándose allí pegadas sin poder volar ¡Ah!, y también había cepos. Por si aún no fuera suficiente, más adelante llegaron las escopetas de balines, así que los pobres pájaros lo tenían muy mal para sobrevivir en un ambiente tan hostil.

       La verdad es que no entiendo cómo, a pesar de cazarlos sin control alguno, entonces había muchos más pájaros que ahora. Actualmente, a pesar de estar protegidos, hay muchos menos.

   Aquel hombre, rememorando su niñez, me estaba dando una lección de cómo cazar pájaros; llevaba bastante rato oyéndole y seguía sin saber el motivo de su apodo, así que antes de que tuviera la tentación de contarme cómo se preparaban los pajaritos fritos, decidí redirigir la conversación al motivo que me había llevado a dirigirme a él.

 

-       ¿Y por qué empezaron a llamarle El Mirlo? Insistí.

 

-       Por una cosa bastante curiosa que sucedió un día. Yo cazaba con tirachinas fundamentalmente, tenía buena puntería, los más fáciles de acertar, lógicamente, eran los pájaros de mayor tamaño y dentro de este grupo estaban los mirlos. Supongo que los conocerás.

 

-       Por supuesto. Respondí. Son unas aves fáciles de ver, de un tamaño mediano, como bien dice, con una cola larga; los machos tienen el plumaje totalmente negro y el pico de color amarillo o anaranjado, en cambio “las mirlas” tienen un plumaje más claro, de color pardo.

 

-       ¡Exacto! Respondió él. Veo que los conoces. Resulta que una vez vi un pájaro que me dejó muy sorprendido ya que, además de ser igualito que un mirlo y cantar como un mirlo, su plumaje, en vez de ser negro, era totalmente blanco.

      Apunté con el tirachinas con tan buena suerte para mí y tan mala para él, que le di y lo maté.

avesdelcielo.blogspot.com

    

     Cuando volví a casa, lo llevaba en la mano, estaba ya en mi calle y me encontré a dos vecinos hablando, así que se lo enseñé a ver si sabían de qué pájaro se trataba, coincidiendo que ninguno de los dos tampoco había visto nunca un pájaro así.

     

      Cuando les dije que pensaba que era un mirlo “un poco raro”, ambos empezaron a reír comentando que todo el mundo sabía que los mirlos eran totalmente negros. Además, uno de ellos que era muy bromista, para tomarme el pelo, siguió diciendo que a ver si el problema era que yo no sabía distinguir el color blanco del color negro, y si eso era así, qué era lo que aprendíamos en la escuela. 

      Pero sucedió una cosa muy curiosa ¿Has oído alguna vez el dicho de “Quien menta a Roma, por la puerta asoma”?

 

-       Si, se dice cuando estás hablando de alguien y casualmente aparece ante tu vista en ese momento.

 

-       ¡Efectivamente! Eso fue lo que pasó. Acababa de decir mi vecino el bromista que qué aprendíamos en la escuela y en aquel momento vimos que por la calle venía caminando en nuestra dirección el maestro.

  Entonces, en los pueblos, generalmente, sólo había un maestro para los muchachos y una maestra para las muchachas; al contrario que ahora, las familias tenían muchos hijos y cada maestro a veces tenía setenta u ochenta alumnos de todas las edades ¡Imagínate como era la clase!

 ¡Bueno!, pues cuando llegó a nuestra altura, uno de mis vecinos le dijo, mientras señalaba al pájaro que yo tenía en la mano:

 

-       ¡Don XXX! Mire qué pájaro tan raro ha cazado Toñito. Cree que es un mirlo, porque cantaba como ese tipo de pájaros, pero todos sabemos que los mirlos son negros. Aunque los dos le hemos dicho que es imposible, no acaba de creerlo, así que dígaselo usted a ver si le hace caso y se convence.

   El maestro me pidió el pájaro para examinarlo, lo cogió en su mano un instante mirándolo con atención e inmediatamente me lo devolvió dirigiéndose a mis vecinos:

 

-       Queréis que convenza al chico de que no es un mirlo ¡Vamos a ver!, Imaginad los dos que un día soleado como hoy, estáis sentados uno al lado del otro y tenéis el sol de espaldas. De pronto, sentís que desde atrás se acerca un animal y se detiene, la sombra del mismo se proyecta ante vuestra vista y comprobáis que corresponde a un animal grande, que tiene cuatro patas, un rabo, un cuerpo ancho y largo, una cabeza alargada, dos orejas largas y que rebuzna. Si se diera el caso ¿qué animal pensaríais que tenéis a vuestras espaldas?

 

-    Un animal así, solo puede ser un burro. Respondieron los dos, casi al unísono, sin dudarlo un momento.

 

-       ¡Muy bien! Respondió el maestro. Sin haber visto al animal, sabríais que era un burro. Suponed que llego yo en ese momento y os pregunto, sin daros la vuelta y por lo tanto sin haberlo visto aún, de qué color tiene el pelaje: gris, negro, blanco, marrón…

 

-       Cómo vamos a saberlo, si no lo vemos. Respondió uno de ellos.

 

-       ¡En eso estoy de acuerdo! Sería imposible saberlo; pero, aun así, desconociendo el color del pelaje, seguiríais afirmando que es un burro. 

   Olvidaos ahora del color del pájaro que ha cazado Toño y fijaos en todo lo demás: el cuerpo, el      pico, las patas, la cola…, y ahora, imaginaos por un momento que es negro ¿tendríais entonces alguna duda de que pájaro podría ser?

 

-       En ese caso diría que sí, que era un mirlo. Respondió uno de ellos.

 

-    ¡Perfecto! Respondió el maestro satisfecho de que aquellos alumnos tan mayores prestasen atención a sus palabras y siguieran sus razonamientos. Estamos de acuerdo de que, si prescindimos del color del pájaro, entonces pensaríais que se trata de un mirlo. Ahora responded a una pregunta sumamente fácil ¿Qué color tiene el pájaro?

   Mis dos vecinos, bastante sorprendidos, se miraron en silencio, primero entre sí y después al maestro, dudando si responder a aquella pregunta tan obvia que acababa de hacerles, debían pensar que era alguna encerrona, pero el docente no les dio opción a responder, al seguir hablando:

 

-       Indudablemente el pájaro es blanco. El color del pelaje del burro nunca lo sabremos, porque solo era un ejemplo, pero el de este pobre pájaro, que se ha cargado Toño, a la vista está. Si gracias al rebuzno adivinasteis que la sombra del animal era de un burro, aún sin saber el color del pelaje; aquí sucede lo mismo.

  Un pájaro que tiene el cuerpo igual a un mirlo y canta igual que un mirlo, independientemente del color que tenga, solo puede ser un mirlo y el chico tiene toda la razón, es un mirlo blanco.

       

       Miradlo bien, ya que poder ver pájaro así es extraordinariamente raro; en latín se dice que es una “rara avis” y, posiblemente, no volvamos a ver, ninguno de los cuatro, otro pájaro igual en nuestra vida.

 

      A medida que el maestro explicaba todo aquello, mis vecinos asentían en silencio, ya convencidos de que el pájaro era un mirlo blanco y que por lo tanto era yo quien tenía razón; en cuanto al maestro, antes de despedirse, se dirigió a mí diciendo:

-       ¡Toño, por favor!, si alguna vez vuelves a ver otro mirlo blanco, no lo mates como has hecho con este.

   El maestro tenía razón cuando dijo que era algo excepcional ver un mirlo blanco; yo, con todos los años que tengo, no he vuelto a ver otro similar. Y no hay más que contar, ya sabes porqué empezaron llamarme “el Mirlo”.

  

-       Ya veo. Contesté yo. Puedes presumir que  no fue debido a un mirlo cualquiera ya que estuvo relacionado, nada más y nada menos que con un mirlo blanco. Supongo que te lo comerías después y que sabría como todos. 

 

-      Eso nunca llegué a saberlo porque mi madre, que era bastante supersticiosa, cuando supo que el maestro había dicho que era un pájaro tan especial, consideró que no era bueno que lo comiera porque eso podía traerme mala suerte y no quiso preparármelo.

domingo, 26 de julio de 2026

Amores extraños IV

 


   El incidente que ocurrió en la fuente. entre Caya, Alpino y sus burros, si en algún momento llegaron a pensar que todo iba a quedar entre los cuatro, estaban muy confundidos.


  En un pueblo como el nuestro, donde la vida privada es un concepto demasiado abstracto ya que todo, o casi todo, tarde o temprano acaba siendo del dominio público, pasó lo que ya era previsible de antemano debido a que Sinforosa Segismunda, conocida por todos, simplemente, como “la Sinfo”, también se había acercado hasta la fuente a por agua (a veces pienso que, a algunos padres de los de antes, debieran haberles multado por poner ciertos nombres a sus hijas)

  Como ya dije anteriormente, al carecer aún, en aquella época, de agua corriente en las casas (todavía debieron pasar muchas décadas para que eso ocurriera), era una práctica habitual acudir a la fuente a por ella y coincidió que esta mujer, cuando aquel día llegó al lugar con su cántaro, lo hizo en el crítico momento en el que Caya, habiéndole arrebatado el palo a Alpino, le estaba amenazando con él, mientras que el burro, con “otro palo muy diferente”, estaba intentando hacer de las suyas a la burra.

  La Sinfo, cuando llegó a la fuente y vio a la chica bastante alterada, preguntó:

 -       ¡Caya! ¡Qué ha ocurrido! ¿Te ha hecho algo este sinvergüenza? Si es así, dale un estacazo.

  El muchacho, muy contrariado al ver que no estaban solos y que la recién llegada pensaba que había ofendido de alguna manera a la chica, exclamó:

 -       ¡Yo no le he hecho nada!  Además, ese palo es mío; ha sido ella quien me lo ha cogido.

 

-       ¡Algo le habrás hecho! Insistió la mujer. Los jóvenes de ahora sois todos unos sinvergüenzas y no hacéis más que molestar a las muchachas cuando tenéis ocasión (si esto pensaba aquella mujer de los chicos de comienzos del siglo XX, no soy capaz de imaginar qué pensaría de los jóvenes actuales)

 

-       ¡¡Que yo no he hecho nada!! Repitió Alpino, defendiéndose y alzando la voz bastante alterado, al ver que sus palabras no convencían a la Sinfo.

      Además, todo ha sido por culpa de la burra de Caya.

 

-     ¡Encima la insultas diciendo que es una burra! Ahora era la mujer quien alzaba la voz ¡Desde luego… vaya sinvergüenza! Está visto que los chicos, cuando veis una chica sola, pensáis que todo el monte es orégano.

   Aquello iba de mal en peor para Alpino; el burro había roto dos cántaros y sabía que cuando volviera a casa no le iban a felicitar precisamente por ello, sino todo lo contrario; a pesar de que con Caya tan solo había cruzado unas palabras, aquella mujer pensaba que era poco menos que un violador en serie; para empeorar la cosa, también creía que había insultado a la chica comparándola con un asno… del sexo femenino, eso sí, y, si eso aún no bastara para completar el cuadro de males, allí, el único que había corrido realmente un peligro físico había sido él cuando Caya le había amenazado con medirle las costillas con el palo que le había arrebatado.

  Según su criterio, en aquel lugar si había una víctima incomprendida era, única y exclusivamente, él; no obstante, en vez de intentar seguir exculpándose a sabiendas que la Sinfo ya le había prejuzgado como un sinvergüenza redomado, en un alarde de autocontrol mental, reaccionó con mucha madurez y dirigiéndose a Caya le dijo.

-       Dame el palo para que me lleve el burro un rato mientras acabas. Después vuelvo cuando ya te hayas ido

  Ella le devolvió la estaca al chico y este, a pesar de la resistencia que puso el burro, tras un esfuerzo ímprobo, consiguió alejarlo de allí; ya que el animal, a toda costa, quería continuar cerca de la burra. El método empleado para conseguir que el asno se alejase de la burra, no consistió en hablarle dulcemente al oído, sino que tuvo que emplearse a fondo tirando fuertemente del rabero y ayudarse del palo (Si esto hubiera sucedido hoy día, seguramente habría acabado siendo acusado de maltrato animal),

  El pobre asno debió quedar tan frustrado, al alejarse de la burra, sin conseguir su objetivo de cogerla, como dicen en muchos países americanos que, si hubiese psicólogos para los burros, seguramente hubiera necesitado una docena de sesiones de psicoterapia al menos para superar aquel trance.

 

  Hay un dicho que dice “de boca en boca la noticia se trastoca”; valga como muestra de ello lo que sucedió una vez en una facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Estaba un día un profesor hablando de la alteración que a veces sufren las noticias y les dijo a los alumnos:

-       Si yo comunico un mensaje a una persona, estoy seguro de lo que he dicho, pero no puedo saber con exactitud lo que esa persona ha entendido; por ello, cuando una noticia, por muy clara que parezca, pasa de una persona otra y ésta la transmite después a otra tercera; con frecuencia, a esta última  persona, seguramente, ya le llega algo alterada de modo que, cuanto más larga sea la cadena de informadores, más posibilidades existen de que la noticia, cuando llegue al destinatario final, ya no sea exactamente la misma que le dije a la primera persona, porque ya está algo cambiada.

      Para que podáis comprobar por vosotros mismos que las noticias, a menudo, pueden ir sufriendo algunas modificaciones a medida que se transmiten de un informador a otro, vamos a hacer, entre todos, un experimento.

 

  He escrito en una hoja de papel un pequeño texto y se lo voy a leer a uno de vosotros sin que lo oigan los demás; después, él lo transmitirá a un compañero también sin que lo oigan el resto y así sucesivamente hasta que le llegue al último de la clase.

  Este, anotará en un papel el mensaje que ha recibido, lo comparamos con el mío y ya veréis como los dos no son totalmente iguales.

   El mensaje que el profesor tenía anotado en un papel y que transmitió al primer alumno fue:

 “Dos personas que son novios, Noelia y Jonás, están haciendo, a pie, el Camino de Santiago; me refiero al camino francés y, tras una agradable jornada, hacen noche en Logroño para continuar al día siguiente la ruta”.

   Cuando el alumno que había recibido el mensaje del profesor se dispuso a transmitirlo al segundo compañero, le comentó lo siguiente:

  “La verdad es que no me enterado muy bien de lo que ha dicho el profesor; ha hablado de dos personas que iban a Logroño y, aunque no estoy seguro de sus nombres, uno, a pesar de ser francés, creo que se llamaba Santiago; además, creo que ya estaban un poco hartos de hacer la ruta”.

   El mensaje que el segundo alumno transmitió al tercero fue el siguiente:

 “Son varias personas y están en ruta, pero no sé adónde van; supongo que viajan en coche. Tampoco  estoy seguro de los nombres, uno puede ser Santiago, pero al menos sé que otra de ellas es una mujer porque está hasta el coño de un francés, que debe ser su novio”.

  Si el mensaje que llegó del segundo al tercero, ya iba tan alterado, es fácil comprender que siguió distorsionándose a medida que iba pasando de unos a otros y, aunque los tres primeros habían transmitido correctamente la palabra ruta, esa palabra ni siquiera llegó al final.

  Cuando el profesor le pidió al último alumno que escribiera en un papel lo que el penúltimo compañero le había contado, al principio se resistía diciendo que no lo veía procedente; pero el profesor, muy enfadado, exigió que lo hiciera ya que deseaba demostrar, con aquel experimento, que su teoría era cierta y que el mensaje que había recibido el último alumno no coincidía exactamente con el suyo ¡y vaya si lo consiguió!

  El mensaje que había recibido el último alumno y que escribió en papel fue:

 “El profesor es un hijo de p…”

   Tengo la certeza que aquel profesor, a pesar de que el experimento resultó ser todo un éxito, a partir de aquel día, no quiso volver repetirlo.

   Pero volvamos a nuestros paisanos.

 

  Los cotilleos, son intercambios de información entre las personas que no siempre son veraces y, aunque parecen ser algo muy actual debido a que hay algunas revistas y espacios televisivos especializados en ellos, vienen desde antiguo; seguramente, hace miles de años, nuestros antepasados en Atapuerca ya los practicaban, así que,  cuando ocurrió el incidente de Caya y Alpino en la fuente, podemos afirmar, sin ningún género de duda, no solo que ya existiesen, sino que además formaban una parte importante de la idiosincrasia de los pueblos.

  En todos los núcleos de población, sin excepción alguna, siempre existieron, y existen, personas a quienes les encanta inmiscuirse en los asuntos ajenos y “la Sinfo” reunía ese perfil al 100% (hay que ver la mala suerte que tuvieron aquellos chicos al coincidir en ella en la fuente, el mismo día y a la misma hora).

   No sabemos qué contó con exactitud, esta mujer, del incidente presenciado a la primera mujer que se encontró; en cambio, sí conocemos lo que ésta segunda contó a una tercera. Fue algo así:

 

-       Te voy a contar una cosa que ha ocurrido hoy en la Fuente. Me lo ha contado la Sinfo y me advirtió que no lo contara a nadie… ya ves, ella relatándomelo a mí y encima pidiendo discreción.

  Resulta que hoy, al ir por agua a la fuente, se encontró allí dos chicos jóvenes, Caya y Alpino, que discutían y estaban los dos solos, así que vete tú a saber qué habrían estado haciendo antes de que ella llegara ¡Ah!, y un detalle importante, cuando llegó vio que Caya tenía en una mano el palo del chico.  

 

-       Cuando hablas del palo de Alpino, a qué palo de refieres ¿al pito? Preguntó la compañera con malicia.  

 -       La verdad es que no estoy segura del todo. Lo único que sé es que la Sinfo dijo "el palo" sin más. 

 

-       ¿Y si no era el pito y era un simple palo, para qué lo iba a tener en la mano? Insistió la segunda mujer a la informante, muerta de curiosidad.

 

-       ¡Mira no lo sé! Lo único que sé, es que la muchacha lo tenía en su mano y no lo soltó hasta que él le pidió que lo hiciera. Además, coincidió que la burra de Caya “estaba a machos” (una forma coloquial que antes se empleaba para decir que un animal hembra estaba en celo), y el burro de Alpino intentó montarla allí, al mismo lado de la fuente.

   La Sinfo piensa que los chicos estaban distraídos en lo suyo y, como el burro no estaba atado, no se dieron cuenta de lo que hacían los animales; con decirte que hasta rompieron dos cántaros…

 

  Aquel cotilleo siguió circulando por el pueblo y, a medida que iba pasando de unos a otros, fue variando su contenido sucediendo algo muy similar al experimento del profesor; resultó que, entre lo que había sucedido realmente y el mensaje final que se contaban unos a otros, había muy poco parecido, con el agravante de que aquello no se trataba de un experimento, sino de un hecho real que afectaba a dos personas, a Caya y a Alpino, dando lugar a que, a media tarde, ambos muchachos fuesen la comidilla de todo el pueblo.

  Por lo visto, al ir pasando el cotilleo de unos a otros, acabó entremezclándose todo, creándose un revoltijo entre lo que presuntamente podían haber hecho los chicos y lo que realmente había estado a punto de suceder entre sus burros -no olvidar que el burro había intentado satisfacer sus instintos con la burra- siendo el mensaje final que Caya y Alpino habían estado realizando ¡¡juegos sexuales en la fuente a plena luz del día!!, y que habían sido pillados en plena faena por la Sinfo.

  La consecuencia inmediata que todo esto trajo consigo, fue que los dos chicos empezaron a ser considerados novios por todo el mundo pues, de otro modo, era impensable que hubieran estado jugando a aquellas cosas en la fuente.

  Me atrevo a afirmar que tanto en aquellos tiempos, como en los actuales, a nadie se le hubiera ocurrido una “hazaña así” a plena luz del día y menos en un sitio tan transitado como era entonces la fuente; pero para el imaginario popular, era algo que todos daban por cierto.

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  Esta historia que me contó E, el nieto de Caya y Alpino, en la misma fuente donde sucedieron los hechos, me pareció tan sorprendente que no pude menos que preguntarle:

 -       ¿Esto ocurrió así, tal como lo has contado, o tan solo es una historia que se te ha ocurrido?

 

-       Eso sucedió tal como lo he contado y así lo contaba mi abuela Caya que, por cierto, lo pasó fatal. Entonces las mujeres debían permanecer castas y puras para llegar al matrimonio y a ella todo esto le afectó mucho ya que, ante los ojos de los demás, ya no lo era.

    Decía que, si al menos todo lo que se decía hubiera sido verdad, tendría que haberse aguantado y            tomarlo con deportividad, pero es que aquello era una descomunal mentira.

       Nos repetía una y otra vez “Tu abuelo y yo, aquel día en la fuente, tan solo reñimos un poco y ya está; fueron los burros quienes estaban dispuestos a “cogerse el uno a la otra” si les hubiéramos dejado…naturalmente ¡Pero nosotros…!”

 

       A mi abuelo Alpino, como comprenderás, también le sentó muy mal ser la comidilla del pueblo y encima por algo que no había sucedido ¿Sabes qué frase utilizaba para intentar convencer a la gente de que todo era mentira? Les decía: “Ojalá hubiera sido verdad”.

 -       Al menos todo acabó bien, ya que al final se casaron. Comenté yo.

 

-       ¡Cómo no se iban casar! Desde el primer momento, todo el mundo decía que eran novios aun sin serlo, y al final decidieron darles la razón.

lunes, 29 de junio de 2026

Amores extraños III

 


   Afirmar que el agua es un elemento fundamental para la vida, es algo tan obvio como decir que es bueno respirar, de ahí que, desde la más remota antigüedad, los humanos nos hayamos visto obligados a vivir en lugares donde el acceso a la misma fuese relativamente fácil.   

 Si un día hiciésemos un recorrido por la geografía peninsular y visitásemos la totalidad de las capitales de provincia, podríamos apreciar que todas ellas, excepto una, se encuentran situadas al lado de un río, siendo este un hecho que no obedece a la casualidad, sino a la necesidad de que la población pudiera tener el agua a mano.

  Por cierto, esto va para los curiosos. Si alguien desea saber cuál es la única capital de provincia que no está a la vera de un río, es Cáceres.

  Con los pueblos sucedía lo mismo que con las ciudades y por ello, cuando no están situados al lado de un río como aquellas, se encuentran ubicados en lugares donde hay una o varias fuentes naturales que sirvieron para proporcionar a la población, en su día, el agua necesaria para beber, asearse, abrevar el ganado, regar las plantas…

  Hoy por hoy, el acceso al agua es muy sencillo pues tan solo basta abrir un grifo en nuestras casas para disponer de agua limpia y potable; este hecho, tener agua corriente en las casas, en nuestra comarca no fue posible hasta ya entrada la segunda mitad del siglo XX. Fue en esa época cuando comenzaron a realizarse las obras de abastecimiento y conducción del agua hasta nuestros domicilios y ello supuso  un hito importantísimo en la vida de nuestros padres y de nosotros mismos (cuando digo nosotros mismos, me estoy refiriendo solo a los más viejos… claro está).

  Actualmente, gracias a las tuberías, depósitos, estaciones de bombeo…, es posible llevar el agua a gran distancia; de hecho, el agua que utilizamos en nuestras casas proviene de la Presa de Almendra, que no está ahí al lado precisamente. Gracias a ello, el hecho de que cualquier pueblo o ciudad esté más o menos cerca o lejos de los ríos y fuentes, hace tiempo que dejó de ser un algo tan trascendental como antes sucedía.

  Sin embargo, no debemos olvidar que una de las razones fundamentales por la que los pueblos y ciudades se encuentren localizados donde están, se debió a que los primeros habitantes… los fundadores, eligieron lugares situados cerca de ríos, arroyos o fuentes para poder tener fácil acceso al líquido elemento, una forma algo cursi que algunos emplean para llamar al agua (menos mal que  la cerveza, aunque es tan líquida como el agua, todos la llamamos cerveza sin más ¿Os imagináis llegar a un bar y pedir una caña de líquido elemento?).

  La conclusión a la que quiero llegar tras esta larga introducción, es que Barrueco está donde está, porque cuenta con unas fuentes que proporcionaron durante siglos el agua suficiente a nuestros antepasados para beber; además de beberla, supongo que alguno también se aseaba con ella.

   En nuestro pueblo, en su término municipal, hay muchas fuentes dando algunas de ellas nombre a los parajes donde se localizan, como Fuente Cubierta, Fuente Losa, Fuente de la Sartén, Fuente Luenga, Fuente de la Toza, Fuente del Palacio, Fuente Elvira …, pero hoy me voy a centrar, únicamente, en aquellas que están en el propio pueblo o en las inmediaciones del mismo.

  Hace dos veranos (2024) estuve unos días en el pueblo; como durante la época estival prefiero no beber el agua del grifo, pregunté a un vecino si él la bebía y resultó que acostumbraba a hacer lo mismo que yo respondiendo que, en verano, no bebía agua del grifo porque, aunque fuera potable, no le gustaba el sabor (aunque por definición el agua es incolora, inodora e insípida, a veces la del grifo no cumple ninguna de esas tres propiedades). Además, me sugirió que, si quería beber un agua de calidad, hiciese lo mismo que él, ya que iba a la Fuente con una o dos garrafas y la cogía del caño.

  Cuando le pregunté a qué fuente se refería, me miró con incredulidad diciéndome que le parecía mentira que alguien como yo, con ocho apellidos vascos de Barrueco, no supiera cual era la Fuente, así que tuve que aclararle que, de mis posibles ochos apellidos barroqueños, solo tenía seis, porque uno procedía de Vilvestre y otro de Becedas, un pueblo de Ávila; de modo que, al no ser nativo al 100% como él, estaba exento de saber a qué fuente concreta se refería, ya que en el pueblo había varias.

 Algunas de estas fuentes, han desaparecido o perdido su función original, como La Fuentona, que estaba situada al lado del antiguo instituto, la Fuente de la Arena, la Fuente del Tirobarra que estaba en la plaza ( en ella, hace años se hizo un sondeo) y el Pozo de la Ollera que estaba, y continua estándolo, en la Zaranda. Posiblemente falte alguna más.

  De estas anteriores me habló el vecino, así como de aquellas que siguen “en activo” proporcionando aún una magnífica agua para beber, como el pilar del Manzanar, el pilar de La Fontanina y la que fue y sigue siendo considerada la Fuente por antonomasia, que era a la que él se refería y me estaba recomendando:

 - Vas al valle Cardadal, o a la Alameda... como prefieras llamarlo, y una vez pasado el Barrio Nuevo,        nada más salir del pueblo, tan solo unos metros más allá de donde está el almacén de piensos de              Miguel Delgado, a la derecha del camino, allí tienes la Fuente.

  Según lo estaba explicando mi vecino, enseguida recordé a qué fuente se refería. Seguramente, debido a que tan solo tengo seis apellidos barroqueños y no ocho, unido a que el lugar me pillaba lejos de casa, había olvidado que allí había una fuente a la que aún sigue acudiendo gente a surtirse de agua para beber.

La Fuente 

  Tras nuestra conversación sobre geografía hídrica local, cogí una garrafa vacía y en el coche me acerqué hasta allí; mientas hacía el trayecto iba pensando que nuestros antepasados, cada vez que iban a aquella fuente a coger agua, no lo hacían en coche como yo; unos iban en el coche de San Fernando “ese que cuando no haces el trayecto corriendo lo haces andando”, otros llevaban los cántaros en un carretillo y los más “avanzados tecnológicamente“ lo hacían con un burro al que le colocaban sobre el lomo una especie de alforjas de mimbre –unas aguaderas- donde colocaban unos cántaros de barro cocido, habitualmente cuatro, dos a cada lado, equilibrando de este modo el peso.

  Era media mañana cuando llegué a la altura de la fuente; paré el coche bajando del mismo con mi garrafa; me acerqué al caño y en uno de los poyos de piedra de la propia fuente, que hicieron en la misma cuando la remodelaron, encontré un hombre sentado que no tenía recipiente alguno, así que fue fácil deducir que no había ido a por agua como era mi caso.

  Le conocía y sobradamente, ya que en el pueblo nos conocemos casi todos; una vez nos saludamos, me dijo que todas las mañanas pasaba por allí paseando y que una de sus rutinas consistía en pasar por la fuente para beber agua sentándose después un rato para ver como salía del caño y de paso escuchar su sonido.

Y escuchar el sonido del agua

  Aquello me pareció bastante poético, le dije que me gustaba aquella costumbre suya de beber, mirar y escuchar el sonido del agua e iniciamos una charla sobre cómo, antiguamente, se las arreglaba la gente para poder disponer de ella, especialmente cuando los veranos eran excesivamente secos y escaseaba.

  Actualmente, no son muchas las personas que van hasta allí a coger agua, pero en tiempo de nuestros antepasados, había un continuo tránsito de gente desde el pueblo hasta la fuente. Entonces, aún no existía el Barrio Nuevo, siendo un valle el lugar donde está ubicado.

  Mi acompañante me explicó que a la fuente acudía gente de todas las edades; los niños a menudo eran enviados por los padres con botijos y barriles; algunas mujeres llevaban dos cántaros, uno en la cabeza y otro en el cuadril en un alarde de fortaleza y equilibrio, y, cuando recordé a nuestro paisano, voy a llamarle E, que los más afortunados eran aquellos que disponían de burro y aguaderas, al oír esto último asintió mientras una sonrisa cruzaba su cara, una sonrisa que al final desembocó en una carcajada.

  Una vez oí decir a un payaso, me refiero a un payaso auténtico… de los de circo, que “la risa era la gasolina del alma” y tenía razón. Cuando alguien ríe, es signo de que es feliz, al menos en ese instante; así que permanecí al lado de E en silencio, pensando que tendría sus razones para reír de aquel modo y que, posiblemente, me explicaría la causa de aquella risotada cuando se calmara, como así sucedió.

 - Me río –continuó diciendo-  porque estoy recordando que, por culpa del burro y las aguaderas, a mi abuelo le sucedió aquí, en esta misma fuente, algo gracioso que después acabó convirtiéndose en un escándalo del que no te puedes hacer una idea. Fue algo comentadísimo en todo el pueblo y al final tuvo un desenlace inesperado.

  Aquello prometía ser interesante y no dudé en pedirle que me contara el suceso relacionado con su abuelo.

  - ¡Verás! Comenzó a contar. Mi abuelo tenía un nombre muy raro; antes, la gente tenía muchos hijos, a los primeros empezaban poniéndoles el nombre de los padres, después el de los abuelos y, cuando se agotaban los nombres de la familia, a veces acababan poniéndoles el del santo del día en que nacían, siendo ese el motivo de que algunos, si tenían mala suerte, acabaran teniendo unos nombres rarísimos.

 Mi abuelo nació el día de San Alpino, no Albino…ese es otro, y ese fue el motivo de que se llamara así.

   Eran seis hermanos, él era el más pequeño y, cuando sucedió lo que te voy a contar, era ya un mozo. Un día vino a por agua con el burro y las aguaderas y coincidió que, en aquel momento, había una chica más o menos de su misma edad, que también había venido a por agua.

  Ella era bastante guapa y se llamaba Caya, como su padre; él se llamaba Cayo, evidentemente, y, como  no tenía hijos varones, por eso a ella le habían puesto ese nombre tan poco habitual para una mujer.

  La familia de la chica tenía una burra y la había traído para transportar el agua; la había atado por el rabero para que no se alejara y, cuando llegó mi abuelo, que entonces era un chico joven como ya he dicho antes, ella estaba llenando los cántaros coincidiendo que, en aquellos momentos, era la única usuaria de la fuente.

 A él le gustaba mucho la chica ya de antes y, al verla allí llenando sus cántaros, se puso muy contento porque así podía hablar con ella. Al coincidir que estaban solos, debió pensar que era su día de suerte ya que la ocasión era ideal para cortejarla.

  Se emocionó demasiado, bajó del burro a toda prisa y se le olvidó atarlo, tal como había hecho ella con su burra, acercándose a la chica que, como ya te he dicho anteriormente, se encontraba al lado del caño llenando los cántaros.

  Se saludaron, él empezó a echarla piropos diciendo que estaba muy guapa y cosas así y ella lo mandó a la mierda –palabras textuales de mi abuelo- respondiéndole que dejara de decir tonterías y que vigilara a su burro, ya que se había acercado a la parte trasera de la burra y, muy inquieto, había empezado a olerla (vamos, que el burro con la burra estaba igual de emocionado que Alpino con Caya y, salvando las distancias, por el mismo motivo).

  Coincidía que la burra de Caya estaba en celo y el burro de mi abuelo; cuando hablo del burro en este caso me estoy refiriendo al burro…burro, no es que mi abuelo fuese un burro, aunque muy fino tampoco es que fuera.  ¡Bueno!, pues cuando el burro de mi abuelo Alpino notó que la burra estaba en celo, se puso como loco de contento.

    Alpino,  haciendo caso a la chica, se acercó al animal arreándole unos estacazos con un palo que traía, para que se apartara de la burra consiguiendo así que, el pobre animal, ante unos argumentos tan convincentes, se alejara un poco de “su enamorada” de cuatro patas.

 Entonces, convencido que la situación estaba controlada, volvió a lo suyo acercándose nuevamente a Caya; pero mientras tanto el burro, cuyo instinto era demasiado fuerte, a pesar de los palos que se había ganado, hizo lo mismo que el amo de manera que,  a la par que rebuznada de una forma estruendosa, volvió a acercarse a la burra colocándose a la altura de su grupa.

- ¡Llévate ese burro de ahí hasta que me vaya, que va a acabar rompiendo algún cántaro! Avisó Caya

  Ella tenía sus cántaros al pie de la fuente para llenarlos, pero los de Alpino aún estaban en las aguaderas sobre el burro ya que, debido a la prisas por estar al lado de Caya, no los había bajado aún.

Aguaderas. Museosdesobrarle.com

- ¡La culpa es de tu burra que está en celo!

  Respondió él bromeando, y, para continuar con la chanza, siguió diciendo:

- Además, si yo fuera el burro, haría lo mismo.

Caya, sin poder disimular su enfado, le dirigió una mirada que hubiera hecho temblar al más valiente mientras que por su mente debieron pasar al menos media docena de insultos de grueso calibre para decírselos; pero como en aquellos tiempos no estaba bien visto que una chica dijera palabrotas, al final se conformó con exclamar: 

- ¡No me explico cómo puede haber alguien tan tonto como tú!

  Pero él ni se inmutó al escucharla; aquella chica le gustaba mucho y, aún enfadada, la encontraba guapísima, así que el hecho de que le insultase le era indiferente (aunque una actitud así, en la actualidad, es conocida como resilencia, entonces,  se le definiría simplemente como estar abobado) .

  En ese momento, el burro volvió a rebuznar ruidosamente, los dos miraron en aquella dirección y pudieron ver cómo, guiándose por un impulso irrefrenable, había sacado su “propia estaca” (lo anterior tan solo es una metáfora, como comprenderéis, lo que el burro había sacado y estaba a la vista, era otra cosa) y se disponía a subirse a la grupa de la burra con aguaderas y cantaros incluidos, cayendo dos de ellos al suelo que, al ser de barro, naturalmente, se rompieron.

  Alpino, atónito, permaneció inmóvil sin saber qué hacer ante lo que estaba pasando y entonces Caya, irritadísima, al ver la inoperancia del chico, muy resuelta, le quitó el palo que él llevaba en la mano y dijo:

- ¡A quien prefieres que le dé un estacazo para que tu burro deje en paz a mi burra, a ti… a él…o a             los dos!

  Al llegar a este punto de su relato, reímos E y yo con ganas, y comenté:

 - Supongo que esto lo recordarás a menudo cuando vienes a la fuente.

-  Claro que lo recuerdo...y muchas veces; es algo que me hace mucha gracia y hasta siento cierta      nostalgia recordando a mi abuelo Alpino; a veces pienso que aquí, en este mismo lugar, donde estamos ahora tú y yo, hará más de cien años, siendo un jovenzuelo que estaba en la  edad del pavo, sentía una gran  atracción hacía Caya y también en las tonterías que hacía intentando ligar con ella.

 - Eso ocurría entonces y ahora. Respondí. Estoy seguro que, tú, en su día, también harías alguna que          otra tontería.

  - ¡Alguna dices! Si te soy sincero, debo reconocer que bastantes.

  - ¡Supongo que este episodio, lo sucedido entre tu abuelo con Caya, te lo contaría él.

  Mi interlocutor, me miró muy sonriente, permaneciendo en silencio unos instantes antes de responder, e intuí que estaba recreándose en sus recuerdos y que, a todo aquello que había contado, aún faltaba alguna puntualización que hacer. No me confundí, pues continuó diciendo:

 - Esto a él no le gustaba contarlo, porque le daba vergüenza recordarlo. Fue mi abuela la que nos lo            contó a los nietos y más de una vez ¿Qué opinas si te digo que mi abuela se llamaba Caya?

- ¡No me digas! ¿Entonces...al final, tu abuelo, logró conquistarla y se casaron?

- Así fue, pero pasaron muchas cosas antes de que eso sucediera. La más llamativo de todo ello es que tras el episodio de la fuente que acabo de contarte, además hubo un escándalo tremendo que estuvo corriendo "de boca en boca" por todo el pueblo durante unos días. Si no tienes mucha prisa, y quieres, te lo cuento.

 Como ya he dicho anteriormente, era una agradable mañana de verano y la temperatura, a aquellas horas del día, era magnífica; había ido a la fuente a llenar una garrafa de agua y me había encontrado con un paisano al que le gustaba compartir sus recuerdos; estábamos sentados los dos viendo correr el agua del caño y si a ello se añadía que yo era totalmente dueño de mi tiempo, ya que no había quedado con nadie aquella mañana, me dispuse a seguir oyendo a nuestro paisano, al que he bautizado como E. 

 ¡Por supuesto que deseaba seguir escuchando las vicisitudes de Caya y Alpino con el correspondiente escándalo incluido!