Si un día hiciésemos un recorrido por la geografía
peninsular y visitásemos la totalidad de las capitales de provincia, podríamos
apreciar que todas ellas, excepto una, se encuentran situadas al lado de un río, siendo este un hecho que no obedece a la casualidad, sino a la necesidad de que la población pudiera tener el agua a mano.
Por cierto, esto va para los curiosos. Si
alguien desea saber cuál es la única capital de provincia que no está a la vera
de un río, es Cáceres.
Con los pueblos sucedía lo mismo que con las
ciudades y por ello, cuando no están situados al lado de un río como aquellas, se encuentran ubicados en lugares donde hay una o varias fuentes naturales que sirvieron para proporcionar a la población, en su día, el agua necesaria para beber, asearse, abrevar el ganado, regar las plantas…
Hoy por hoy, el acceso al agua es muy sencillo pues tan solo basta abrir un grifo en nuestras casas para disponer de agua limpia y potable; este hecho, tener agua corriente en las casas, en nuestra
comarca no fue posible hasta ya entrada la segunda mitad del
siglo XX. Fue en esa época cuando comenzaron a realizarse las obras de abastecimiento y conducción del
agua hasta nuestros domicilios y ello que supuso un hito importantísimo en
la vida de nuestros padres y de nosotros mismos (cuando digo nosotros mismos, me estoy refiriendo solo a los más viejos…
claro está).
Actualmente, gracias a las tuberías, depósitos, estaciones de bombeo…, es posible llevar el agua a gran distancia; de hecho, el agua que utilizamos en nuestras casas proviene de la Presa de Almendra, que no está ahí al lado precisamente. Gracias a ello, el hecho de que cualquier pueblo o ciudad esté más o menos cerca o lejos de los ríos y fuentes, hace tiempo que dejó de ser un algo tan trascendental como antes sucedía.
Sin embargo, no debemos olvidar que una de
las razones fundamentales por la que los pueblos y ciudades se encuentren localizados
donde están, se debió a que los primeros habitantes… los fundadores, eligieron
lugares situados cerca de ríos, arroyos o fuentes para poder tener fácil acceso
al líquido elemento, una forma algo cursi que algunos emplean para llamar al
agua (menos mal que la cerveza, aunque es
tan líquida como el agua, todos la llamamos cerveza sin más ¿Os imagináis llegar a un bar y pedir una caña de líquido elemento?).
La conclusión a la que quiero llegar tras esta larga introducción, es que Barrueco está donde está, porque cuenta con unas fuentes que proporcionaron durante siglos el agua suficiente a nuestros
antepasados para beber; además de beberla, supongo que alguno también
se aseaba con ella.
En nuestro pueblo, en su término municipal,
hay muchas fuentes dando algunas de ellas nombre a los parajes donde se
localizan, como Fuente Cubierta, Fuente Losa, Fuente de la Sartén, Fuente
Luenga, Fuente de la Toza, Fuente del Palacio, Fuente Elvira …, pero hoy me
voy a centrar, únicamente, en aquellas que están en el propio pueblo o en las
inmediaciones del mismo.
Hace dos veranos (2024) estuve unos días en
el pueblo; como durante la época estival prefiero no beber el agua del grifo, pregunté a un vecino si él la bebía resultando que acostumbraba a hacer lo mismo que yo. Respondió que, en verano, no bebía agua
del grifo porque, aunque fuera potable, no le gustaba el sabor (aunque por definición el agua es incolora,
inodora e insípida, a veces la del grifo no cumple ninguna de esas tres
propiedades). Además, me sugirió que, si quería beber un agua de calidad, hiciese
lo mismo que él, ya que iba a la Fuente con una o dos
garrafas y la cogía del caño.
Cuando le pregunté a qué fuente se refería,
me miró con incredulidad diciéndome que le parecía mentira que alguien como yo,
con ocho apellidos vascos de Barrueco, no supiera cual era la Fuente, así
que tuve que aclararle que, de mis posibles ochos apellidos barroqueños, solo tenía
seis, porque uno procedía de Vilvestre y otro de Becedas, un pueblo de Ávila; de
modo que, al no ser nativo al 100% como él, estaba exento de saber a qué fuente concreta se refería, ya que en el pueblo había varias.
Algunas de estas fuentes, han
desaparecido o perdido su función original, como La Fuentona, que estaba
situada al lado del antiguo instituto, la Fuente de la Arena, la Fuente del
Tirobarra que estaba en la plaza ( en ella, hace años se hizo un sondeo) y el Pozo
de la Ollera que estaba, y continua estándolo, en la Zaranda. Posiblemente falte alguna más.
De estas anteriores me habló el vecino, así como de aquellas que siguen “en activo”
proporcionando aún una magnífica agua para
beber, como el pilar del Manzanar, el pilar de La Fontanina y la que fue y sigue siendo considerada
la Fuente por antonomasia, que era a la que él se refería y me estaba recomendando:
- Vas al valle Cardadal, o a la Alameda... como
prefieras llamarlo, y una vez pasado el Barrio Nuevo, nada más salir del
pueblo, tan solo unos metros más allá de donde está el almacén de piensos de Miguel Delgado, a la derecha del camino, allí tienes la Fuente.
Según lo estaba explicando mi vecino, enseguida recordé a qué fuente se refería. Seguramente, debido a que tan solo tengo seis apellidos barroqueños y no ocho, unido a que el lugar me pillaba lejos de casa, había olvidado que allí había una fuente a la que aún sigue acudiendo gente a surtirse de agua para beber.
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| La Fuente |
Tras nuestra conversación sobre geografía
hídrica local, cogí una garrafa vacía y en el coche me acerqué hasta allí; mientas
hacía el trayecto iba pensando que nuestros antepasados, cada vez que iban a
aquella fuente a coger agua, no lo hacían en coche como yo; unos iban en el
coche de San Fernando “ese que cuando no haces el trayecto corriendo lo haces
andando”, otros llevaban los cántaros en un carretillo y los más “avanzados tecnológicamente“ lo hacían con un burro al que le colocaban sobre el lomo una especie de alforjas
de mimbre –unas aguaderas- donde colocaban unos cántaros de barro cocido,
habitualmente cuatro, dos a cada lado, equilibrando de este modo el peso.
Era media mañana cuando llegué a la altura de
la fuente; paré el coche bajando del mismo con mi garrafa; me acerqué al caño y en uno de los poyos de piedra de la propia fuente, que hicieron en la misma
cuando la remodelaron, encontré un hombre sentado que no tenía
recipiente alguno, así que fue fácil deducir que no había ido a por agua como era mi caso.
Le conocía y sobradamente, ya que en el pueblo nos conocemos casi todos; una vez nos saludamos, me dijo que todas las mañanas pasaba por allí paseando y que una de sus rutinas consistía en pasar por la fuente para beber agua sentándose después un rato para ver como salía del caño y de paso escuchar su sonido.
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| Y escuchar el sonido del agua |
Aquello me pareció bastante poético, le dije
que me gustaba aquella costumbre suya de beber, mirar y escuchar el sonido del
agua e iniciamos una charla sobre cómo, antiguamente, se las arreglaba la gente
para poder disponer de ella, especialmente durante los veranos
excesivamente secos y el agua escaseaba.
Actualmente, no son muchas las personas que
van hasta allí a coger agua, pero en tiempo de nuestros antepasados, había un
continuo tránsito de gente desde el pueblo hasta la fuente. Entonces, aún no existía
el Barrio Nuevo, siendo un valle el lugar donde está ubicado.
Mi acompañante me explicó que a la fuente
acudía gente de todas las edades; los niños a menudo eran enviados por los
padres con botijos y barriles; algunas mujeres llevaban dos cántaros, uno en la
cabeza y otro en el cuadril en un alarde de fortaleza y equilibrio, y, cuando
recordé a nuestro paisano..., voy a llamarle E, que los más afortunados eran aquellos que
disponían de burro y aguaderas, al oír esto último asintió mientras una sonrisa
cruzaba su cara, una sonrisa que al final desembocó en una carcajada.
Una vez
oí decir a un payaso, me refiero a un payaso auténtico… de los de circo, que “la risa era la gasolina del alma” y tenía razón. Cuando alguien ríe, es
signo de que es feliz, al menos en ese instante; así que permanecí al lado de E en
silencio, pensando que tendría sus razones para reír de aquel modo y que, posiblemente, me
explicaría la causa de aquella risotada cuando se calmara, como así sucedió.
- Me río –continuó diciendo- porque estoy recordando que, por culpa del
burro y las aguaderas, a mi abuelo le sucedió aquí, en esta misma fuente, algo
gracioso que después acabó convirtiéndose en un escándalo del que no te puedes hacer
una idea. Fue algo comentadísimo en todo el pueblo y al final tuvo un desenlace
inesperado.
Aquello prometía ser interesante y no dudé en
pedirle que me contara el suceso relacionado con su abuelo.
- ¡Verás! Comenzó a contar. Mi abuelo tenía un nombre muy raro; antes, la
gente tenía muchos hijos, a los primeros empezaban poniéndoles el nombre de los
padres, después el de los abuelos y, cuando se agotaban los nombres de la
familia, a veces acababan poniéndoles el del santo del día en que nacían, siendo ese el motivo de que algunos, si tenían mala suerte, acabaran teniendo unos nombres rarísimos.
Mi abuelo nació el día de San
Alpino, no Albino…ese es otro, y ese fue el motivo de que se llamara así.
Eran seis hermanos, él era el más pequeño y, cuando sucedió lo que te voy a contar, era ya un mozo. Un día vino a por agua con el burro y las aguaderas y coincidió que, en aquel momento, había una chica más o menos de su misma edad, que también había venido a por agua.
Ella era bastante guapa y se llamaba Caya, como su padre; él se llamaba Cayo, evidentemente, y, como no tenía hijos varones, por eso a ella le habían puesto ese nombre tan poco habitual
para una mujer.
La
familia de la chica tenía una burra y la había traído para transportar el agua; la había atado por el rabero para que no se alejara y, cuando
llegó mi abuelo, que entonces era un chico joven como ya he dicho antes, ella estaba llenando
los cántaros coincidiendo que, en aquellos momentos, era la única usuaria de
la fuente.
A él le gustaba mucho la chica ya de antes y, al verla allí llenando sus cántaros, se puso muy contento porque así podía hablar con ella. Al coincidir que estaban solos, debió pensar que era su día de suerte ya que la
ocasión era ideal para cortejarla.
Se emocionó demasiado, bajó del burro a toda
prisa y se le olvidó atarlo, tal como había hecho ella con su burra, acercándose a
la chica que, como ya te he dicho anteriormente, se encontraba al lado del caño llenando
los cántaros.
Se
saludaron, él empezó a echarla piropos diciendo que estaba muy guapa y cosas
así y ella lo mandó a la mierda –palabras
textuales de mi abuelo- respondiéndole que dejara de decir tonterías y que
vigilara a su burro, ya que se había acercado a la parte trasera de la burra y,
muy inquieto, había empezado a olerla (vamos,
que el burro con la burra estaba igual de emocionado que Alpino con Caya y, salvando las distancias, por
el mismo motivo).
Coincidía que la burra de Caya estaba en celo y el burro de mi abuelo; cuando hablo del burro en este caso me estoy refiriendo al burro…burro, no es que mi abuelo fuese un burro, aunque muy fino tampoco es que fuera. ¡Bueno!, pues cuando el burro de mi abuelo Alpino notó que la burra estaba en celo, se puso como loco de contento.
Alpino, haciendo
caso a la chica, se acercó al animal arreándole unos estacazos con un palo que
traía, para que se apartara de la burra consiguiendo así que, el pobre animal, ante unos argumentos tan
convincentes, se alejara un poco de “su enamorada” de cuatro patas.
Entonces, convencido que la situación estaba controlada, volvió a lo suyo
acercándose nuevamente a Caya; pero mientras tanto el burro, cuyo instinto era demasiado fuerte, a pesar de los palos que se había ganado, hizo lo
mismo que el amo de manera que, a la par que rebuznada de una forma estruendosa, volvió a acercarse a
la burra colocándose a la altura de su grupa.
- ¡Llévate ese burro de ahí hasta que me vaya, que va a acabar rompiendo algún cántaro! Avisó Caya
Ella tenía sus cántaros al pie de la fuente para llenarlos, pero los de Alpino aún estaban en las aguaderas sobre el burro ya que, debido a la prisas por estar al lado de Caya, no los había bajado aún.
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| Aguaderas. Museosdesobrarle.com |
-
¡La culpa es de tu burra que está en celo!
Respondió él bromeando, y, para continuar con la chanza, siguió diciendo:
- Además, si yo fuera el burro, haría lo mismo.
Caya,
sin poder disimular su enfado, le dirigió una mirada que hubiera hecho
temblar al más valiente mientras que por su mente debieron pasar al menos media docena de insultos
de grueso calibre para decírselos; pero como en aquellos tiempos no estaba bien
visto que una chica dijera palabrotas, al final se conformó con exclamar:
-
¡No me explico cómo puede haber alguien tan tonto como tú!
Pero él ni se inmutó al escucharla; aquella chica
le gustaba mucho y, aún enfadada, la encontraba guapísima, así que el hecho de
que le insultase le era indiferente (aunque una actitud así, en la actualidad, es conocida como resilencia, entonces era definida como estar abobado) .
En ese
momento, el burro volvió a rebuznar ruidosamente, los dos miraron en aquella dirección y pudieron ver cómo, guiándose
por un impulso irrefrenable, había sacado su “propia estaca” (lo anterior tan solo es una metáfora, como comprenderéis, lo que el burro había sacado y estaba a la vista, era otra cosa) y se disponía a subirse a la grupa de la burra con aguaderas y cantaros incluidos, cayendo dos de ellos al suelo
que, al ser de barro, naturalmente, se rompieron.
Alpino, atónito, permaneció inmóvil sin saber
qué hacer ante lo que estaba pasando y entonces Caya, muy enojada, al ver la
inoperancia del chico, muy resuelta, le quitó el palo que llevaba en la mano y
dijo:
- ¡A quien prefieres que le dé un estacazo para que tu burro deje en paz a mi burra, a ti… a él…o a los dos!
Al llegar a este punto de su relato, reímos E y yo con ganas, y comenté:
- Supongo que esto lo recordarás a menudo cuando vienes a la fuente.
- Claro que lo recuerdo...y muchas veces; es algo que me hace mucha gracia y hasta siento cierta nostalgia recordando a mi abuelo Alpino; a veces pienso que
aquí, en este mismo lugar, donde estamos ahora tú y yo; él, hace más de cien años, siendo un jovenzuelo que estaba en la edad del pavo, sentía una gran atracción hacía Caya y en las tonterías que hacía intentando ligar con ella.
-
¡Alguna dices! Si te soy sincero, debo reconocer que bastantes.
- ¡Supongo que este episodio, lo sucedido entre tu abuelo con Caya, te lo contaría él.
Mi interlocutor, me miró muy
sonriente, permaneciendo en silencio unos instantes antes de responder, intuí que estaba recreándose en sus recuerdos y que, a todo aquello que había contado, aún faltaba alguna puntualización que
hacer. Nno me confundí, pues continuó diciendo:
- Eso a él no le gustaba contarlo, porque le
daba vergüenza recordarlo. Fue mi abuela la que nos lo contó a los nietos y más de una vez ¿Qué te parece si te digo que mi abuela se llamaba Caya?
- ¡No me digas! ¿Entonces...al final, tu abuelo, logró conquistarla y se casaron?
- Así fue, pero pasaron muchas cosas antes de eso sucediera. La más llamativo de todo ello fue que hubo un escándalo tremendo, que estuvo corriendo "de boca en boca" por todo el pueblo durante unos días. Si no tienes
mucha prisa, y quieres, te lo cuento.
Como ya he dicho anteriormente, era una agradable mañana de verano y la temperatura, a aquellas horas del día, era magnífica; había ido a la fuente a llenar una garrafa de agua y me había encontrado con un paisano al que le gustaba compartir sus recuerdos; estábamos sentados los dos viendo correr el agua del caño y si a ello se añadía que yo era totalmente dueño de mi tiempo, ya que no había quedado con nadie, me dispuse a seguir oyendo a nuestro paisano, al que he bautizado como E.
¡Por supuesto que deseaba seguir escuchando las vicisitudes de Caya y Alpino con el correspondiente escándalo incluido!




