El incidente que ocurrió en la fuente. entre Caya, Alpino y sus burros, si en algún momento llegaron a pensar que todo iba a quedar entre los cuatro, estaban muy confundidos.
En un
pueblo como el nuestro, donde la vida privada es un concepto demasiado
abstracto, ya que todo, o casi todo, tarde o temprano acaba siendo del dominio
público, pasó lo que ya era previsible de antemano debido a que Sinforosa Segismunda, conocida por todos, simplemente, como “la
Sinfo”, también se había acercado hasta la fuente a por agua (a veces pienso que, a algunos padres de los
de antes, debieran haberles multado por poner ciertos nombres a sus hijas)
Como ya dije anteriormente, al carecer aún, en aquella época, de agua
corriente en las casas (todavía debieron pasar muchas décadas para que eso
ocurriera), era una práctica habitual acudir a la fuente a por ella y coincidió
que esta mujer, cuando aquel día llegó al lugar con su cántaro, lo hizo en el
crítico momento en el que Caya, habiéndole arrebatado el palo a Alpino, le estaba
amenazando con él, mientras que el burro, con “otro palo muy diferente”, estaba
intentando hacer de las suyas a la burra.
La Sinfo, cuando llegó a la fuente y vio a la chica bastante alterada, preguntó:
El muchacho, muy contrariado al ver que no estaban solos y que la recién
llegada pensaba que había ofendido de alguna manera a la chica, exclamó:
- ¡Algo
le habrás hecho! Insistió la mujer. Los jóvenes de ahora sois todos unos
sinvergüenzas y no hacéis más que molestar a las muchachas cuando tenéis
ocasión (si esto pensaba aquella mujer de
los chicos de comienzos del siglo XX, no soy capaz de imaginar qué pensaría de
los jóvenes actuales)
- ¡¡Que
yo no he hecho nada!! Repitió Alpino, defendiéndose y alzando la voz bastante alterado,
al ver que sus palabras no convencían a la Sinfo.
Además, todo ha sido por culpa de la
burra de Caya.
- ¡Encima
la insultas diciendo que es una burra! Ahora era la mujer quien alzaba la voz ¡Desde
luego… vaya sinvergüenza! Está visto que los chicos, cuando veis una chica sola,
pensáis que todo el monte es orégano.
Según su criterio, en aquel lugar si había
una víctima incomprendida era, única y exclusivamente, él; no obstante, en vez
de intentar seguir exculpándose a sabiendas que la Sinfo ya le había prejuzgado
como un sinvergüenza redomado, en un alarde de autocontrol mental, reaccionó
con mucha madurez y dirigiéndose a Caya le dijo.
-
Dame el palo para
que me lleve el burro un rato mientras acabas. Después vuelvo cuando ya te
hayas ido
Ella le devolvió la estaca al chico y este, a pesar de la resistencia
que puso el burro, tras un esfuerzo ímprobo, consiguió alejarlo de allí; ya que
el animal, a toda costa, quería continuar cerca de la burra. Para conseguir que el asno se alejase
de la burra, no fue suficiente hablarle dulcemente al oído, tuvo que emplearse
a fondo tirando fuertemente del rabero y ayudarse del palo (Si esto hubiera sucedido hoy día, seguramente habría acabado siendo
acusado de maltrato animal),
El pobre asno debió quedar tan frustrado, al alejarse de la burra, sin
conseguir su objetivo de cogerla, como dicen en muchos países americanos, que, si
hubiese psicólogos para los burros, seguramente hubiera necesitado una docena
de sesiones al menos para superar el aquel trance.
Hay un dicho que dice “de boca en boca la noticia se trastoca”; valga como muestra de
ello lo que sucedió una vez en una facultad de Ciencias Políticas y Sociología.
Estaba un día un profesor hablando de la alteración que a veces sufren las
noticias y les dijo a los alumnos:
- Si
yo comunico un mensaje a una persona, estoy seguro de lo que he dicho, pero no
puedo saber con exactitud lo que esa persona ha entendido; por ello, cuando una
noticia, por muy clara que parezca, pasa de una persona otra y ésta la
transmite después a otra; con frecuencia, a esta tercera persona, seguramente ya
le llega algo alterada de modo que, cuanto más larga sea la cadena de informadores,
más posibilidades existen de que la noticia, cuando llegue al destinatario
final, ya no sea exactamente la misma que le dije a la primera persona y que esté algo cambiada.
Para que podáis comprobar por vosotros
mismos que las noticias, a menudo, pueden ir sufriendo algunas modificaciones a
medida que se transmiten de un informador a otro, vamos a hacer, entre todos, un
experimento.
He escrito en una hoja de papel un pequeño
texto y se lo voy a leer a uno de vosotros sin que lo oigan los demás; después,
él lo transmitirá a un compañero también sin que lo oigan el resto y así sucesivamente
hasta que le llegue al último de la clase.
Este, anotará en un papel el mensaje que ha
recibido, lo comparamos con el mío y ya veréis como los dos no son totalmente
iguales.
Cuando el profesor le pidió al último alumno que escribiera en un papel lo que el penúltimo compañero le había contado, al principio se resistía diciendo que no lo veía procedente; pero el profesor, muy enfadado, exigió que lo hiciera ya que deseaba demostrar, con aquel experimento, que su teoría era cierta y que el mensaje que había recibido el último alumno no coincidía exactamente con el suyo ¡y vaya si lo consiguió!
El mensaje que había recibido el último alumno y que escribió en papel
fue:
Pero volvamos a nuestros
paisanos.
Los cotilleos, son intercambios de información entre las personas que no siempre son veraces y, aunque parecen ser algo muy actual debido a que hay algunas revistas y espacios televisivos especializados en ellos, vienen desde antiguo; seguramente, hace miles de años, nuestros antepasados en Atapuerca ya los practicaban, así que, cuando ocurrió el incidente de Caya y Alpino en la fuente, podemos afirmar, sin ningún género de duda, no solo que ya existiesen, sino que además formaban una parte importante de la idiosincrasia de los pueblos.
En todos los núcleos de población, sin excepción alguna, siempre existieron, y
existen, personas a quienes les encanta inmiscuirse en los asuntos ajenos y “la
Sinfo” reunía ese perfil al 100% (hay que
ver la mala suerte que tuvieron aquellos
chicos al coincidir en ella en la fuente, el mismo día y a la misma hora).
- Te
voy a contar una cosa que ha ocurrido hoy en la Fuente. Me lo ha contado la
Sinfo y me advirtió que no lo contara a nadie… ya ves, ella relatándomelo a mí y
encima pidiendo discreción.
Resulta
que hoy, al ir por agua a la fuente, se encontró allí dos chicos jóvenes, Caya
y Alpino, que discutían y estaban los dos solos, así que vete tú a saber qué
habrían estado haciendo antes de que ella llegara ¡Ah!, y un detalle importante,
cuando llegó vio que Caya tenía en una mano el palo del chico.
- Cuando
hablas del palo de Alpino, a qué palo de refieres ¿al pito? Preguntó la compañera con malicia.
- ¿Y
si no era el pito y era un simple palo, para qué lo iba a tener en la mano? Insistió la segunda mujer a la informante, muerta de curiosidad.
- ¡Mira
no lo sé! Lo único que sé, es que la muchacha lo tenía en su mano y no
lo soltó hasta que él le pidió que lo hiciera. Además, coincidió que la burra
de Caya “estaba a machos” (una forma
coloquial que antes se empleaba para decir que un animal hembra estaba en celo),
y el burro de Alpino intentó montarla allí, al mismo lado de la fuente.
La
Sinfo piensa que los chicos estaban distraídos en lo suyo y, como el burro no
estaba atado, no se dieron cuenta de lo que hacían los animales; con decirte
que hasta rompieron dos cántaros…
Aquel cotilleo siguió circulando por el pueblo y, a medida que iba pasando
de unos a otros, fue variando su contenido sucediendo algo muy
similar al experimento del profesor; resultó que, entre lo que había
sucedido realmente y el mensaje final que se contaban unos a otros, había muy
poco parecido, con el agravante de que aquello no se trataba de un experimento,
sino de un hecho real que afectaba a dos personas, a Caya y a Alpino, dando
lugar a que, a media tarde, ambos muchachos fuesen la comidilla de todo el pueblo.
- Eso
sucedió tal como te lo he contado y así lo contaba mi abuela Caya que, por
cierto, lo pasó fatal. Entonces las mujeres debían permanecer castas y puras
para llegar al matrimonio y a ella todo esto le afectó mucho ya que, ante los ojos
de los demás, ya no lo era.
Decía que, si al menos todo lo que se decía hubiera sido verdad, tendría que haberse aguantado y tomarlo con deportividad, pero es aquello era una descomunal mentira.
Nos repetía una y otra vez “Tu
abuelo y yo, aquel día en la fuente, tan solo reñimos un poco y ya está; fueron
los burros quienes estaban dispuestos a “cogerse el uno a la otra” si les
hubiéramos dejado…naturalmente ¡Pero nosotros…!”
A mi abuelo Alpino, como comprenderás, también le sentó muy
mal ser la comidilla del pueblo y encima por algo que no había sucedido ¿Sabes
qué frase utilizaba para intentar convencer a la gente de que todo era mentira?
Les decía: “Ojalá hubiera sido verdad”.
- ¡Cómo
no se iban casar! Como, desde el primer momento, todo el mundo decía que eran
novios aún sin serlo, al final decidieron darles la razón.




