miércoles, 15 de abril de 2026

La Carrera de las Viejas

 

  En nuestro pueblo, todos sabemos perfectamente qué es una frontera ya que es algo que nos pilla muy cerca. Cuando subimos al Castillo, si miramos hacia el oeste, lo que vemos, a tan solo unos kilómetros… pocos, al otro lado del Duero, es Portugal.

  La frontera entre España y Portugal, he consultado en varios sitios cuanto mide y algunos redondean el resultado indicando que tiene 1300 km de longitud pero, como a mí no me convencía tanto redondeo,  un día que estaba aburrido, con un metro en la mano y un poco de paciencia, estuve midiéndola sobre el terreno y, desde A Guarda (Pontevedra) a orillas del Miño, hasta Ayamonte (Huelva), a orillas del Guadiana, me salieron 1.292.000 metros de longitud (lo que vienen a ser 1292 km).

  Los geógrafos hacen una distinción entre lo que es el límite entre dos países, que es la línea imaginaria que los separa, de lo que es la frontera, ya que definen a esta última, como la franja de territorio, en ambos territorios, que está a menos de 25 km de la línea divisoria; por lo tanto, si les hacemos caso (aunque no siempre hagamos caso a la pareja, padre, madre, hijos...; a los geógrafos sí debemos hacérselo), al estar Barrueco incluido en esta franja, también debemos considerarlo un pueblo fronterizo.

 En Salamanca, así como en el resto de provincias españolas del oeste peninsular, a la frontera, familiarmente, la conocemos como “La Raya” (en Galicia y Portugal es “A Raia”) y ello parece ser debido a que las fronteras, en los mapas, aparecen representadas gráficamente por rayas, siendo a su vez el motivo de que los habitantes de los pueblos limítrofes con Portugal seamos también llamados rayanos -ya veis, resulta que toda la vida he sido un rayano y yo sin saberlo-.

  Además de las fronteras entre países, en España tenemos los límites entre regiones o comunidades y, dentro de ellas, están también los límites entre las provincias con sus correspondientes líneas divisorias. A su vez, las provincias se encuentran divididas, administrativamente, en partidos judiciales con sus correspondientes límites y en cada partido judicial, también tenemos los pueblos y aldeas con sus correspondientes términos municipales, y las pertinentes líneas divisorias que separan unos de otros.

 Actualmente, cuando salimos al campo, vemos que casi todo el terreno está cercado, ya sea con alambradas o paredes de piedra, pero, antiguamente, todo eran tierras abiertas y para delimitar el terreno perteneciente a un pueblo del de los pueblos vecinos, en los confines de los términos municipales, se colocaba un mojón.

  Cuando hablo de mojones, que nadie se confunda, me estoy refiriendo a los mojones topográficos, no a mojones de los otros. Antes, y supongo que también ahora, la gente que estaba en el campo, cuando tenía ganas de evacuar las secreciones sólidas (que cada cual busque el sinónimo que le parezca), buscaba un lugar discreto y allí, en plena naturaleza, con más o menos esfuerzo, colocaba un mojón; pero estos mojones, como podréis entender, no valían para el asunto que nos interesa.

 Los mojones topográficos que servían de referencian para delimitar los términos municipales de los pueblos, habitualmente eran de piedra y los hay de diferentes formas.

  A veces, simplemente, era una peña que estaba situada en un determinado lugar, la que era tomada como referencia para señalar los límites entre dos o más pueblos; un ejemplo de ello lo tenemos en una peña muy singular que, según la tradición, servía como referencia para delimitar los límites entre los términos municipales de Vilvestre, Cerezal y Barrueco, que se encuentra en la parte norte del valle de Mamula. 

  De ella, aunque siempre se ha dicho que era él límite entre los términos de los tres pueblos, tengo serias dudas de que eso responda a la realidad, ya que solo separa los de Cerezal y Barrueco; de lo que no cabe duda alguna es que se trata de una “peña sagrada” ya que tiene varias cruces grabadas sobre la misma.

  Son conocidas como peñas sagradas, aquellas que, para los habitantes más remotos que poblaron la zona, durante la Prehistoria, tenían un valor especial; a algunas las marcaban como a ésta, haciendo

Escultura prehistórica

cruces sobre la misma, mientras que sobre otras hacían cavidades a modo de ojos, intentando crear un rostro; son las “peñas con ojos”, de las cuales hay varias en Barrueco; pero volvamos a los mojones o mojoneras.

   El mojón más destacado que aún podemos ver, es un monolito de piedra granítica tallada de más de 2 metros de altura, situado en la carretera de El Milano, en el lugar que conocemos los de nuestro pueblo  como la “Raya de El Milano” y los del pueblo vecino  como la “Raya de Barrueco”.

  Si vamos por esa carretera, en dirección a Vitigudino…Salamanca…Calvarrasa de Arriba, o a El Milano ¡por qué no!,  una vez en El Pontón, ya pasada una curva cerrada que hay, que está bordeada en el lado derecho por un prado, con una charca muy próxima a la carretera; unos 300 - 400 metros más adelante, en el margen derecho de la carretera, parcialmente oculto entre dos letreros de Coto Privado de Caza, uno por cada lado, avisando que allí comienza y termina el coto de caza de cada pueblo, se encuentra el susodicho mojón marcando la línea divisoria entre los términos de ambos pueblos.

  Este hito, como ya indiqué anteriormente, es una piedra granítica rectangular que en su día, siglos otras, debió costar bastante darle forma, transportarla hasta allí y después colocarla en ese lugar, debido al tamaño y peso de la misma, un hecho indicativo del interés que debieron tener nuestros antepasados cuando la colocaron allí para de marcar el límite y de paso que nadie pudiera moverla alegremente y desplazarla en uno u otro sentido y así intentar ganar terreno “al otro pueblo".

La Raya de El Milano

  La raya entre los dos pueblos no está en la mitad del camino entre ambos lugares, se encuentra más cerca de El Milano que de Barrueco y, siempre que paso por allí, me pregunto por qué está en ese sitio concreto y no más acá o más allá.

  Cuando vemos un mapa de la provincia, podemos apreciar que el término municipal de cada pueblo (el terreno que administrativamente le pertenece) nunca es igual que el del vecino, siendo ese el motivo para que un día decidiera averiguar, cuando se crearon los pueblos de la comarca, cómo se determinaban los límites de sus términos municipales.

  Mi interés se centró fundamentalmente en saber cómo habían acordado los vecinos de Barrueco y El Milano establecer que aquel era el límite entre ambos lugares y, tras “arduas investigaciones”, al fin logré saber por qué el mojón o mojonera (la Ministra de Igualdad supongo que estará contenta con los mojones, ya que pueden ser indistintamente masculinos o femeninos), está donde está.

  Evidentemente, esto no sucedió anteayer, ocurrió hace mucho tiempo, ¿siglos X –XI?; entonces, como no existía el catastro y tampoco había ingenieros de caminos, ni topógrafos, resulta que, para establecer el límite o la raya entre dos pueblos, cada cual se las arreglaba como podía, pues no había un  procedimiento concreto para hacerlo, sino varios.   

  Cuentas las crónicas (y si no lo cuentan, deberían hacerlo), que los vecinos de Barrueco y El Milano, que entonces eran muy pocos, acordaron que, para repartirse el terreno existente entre ambos pueblos, iban soltar un perro en cada pueblo para que fuera corriendo en dirección hacia el otro, y el sitio del camino donde se encontrasen, sería la línea divisoria entre ambos lugares.

  Llegó el día y la hora indicados, soltaron en cada pueblo a su perro, para que fuese corriendo en dirección hacia el pueblo contrario y ocurrió algo que no estaba previsto. Al perro que había salido de El Milano, se le cruzó una liebre en el camino y, siguiendo su instinto, en vez de continuar corriendo hacia Barrueco, se desvió persiguiéndola campo a través para intentar cazarla.

  Mientras tanto, el perro que había salido de Barrueco, al no encontrarse con el otro perro, siguió corriendo sin parar, llegó al mismo pueblo de El Milano y sus habitantes se llevaron un disgusto tremendo, pensaron que toda la tierra iba a ser para los de Barrueco y que a ellos nos les iba a quedar terreno ni para colocar un tiesto.

  Ante tal desaguisado, elevaron una protesta ante la autoridad competente que entonces era un rey de los que mandaban de verdad, no como los de ahora, y el monarca decidió que la prueba realizada no era válida ordenando que buscaran otra solución ya que los de El Milano no podía quedarse sin tierras, así que decidieron hacer otra carrera pero, en vez de perros, la realizarían dos personas y el objetivo sería el mismo: el lugar del camino donde se encontrasen, esa iba ser la raya entre ambos lugares y, mirad por donde, resultó que las personas elegidas fueron dos  viejas, una de cada lugar, como es obvio.

  Os preguntaréis por qué las elegidas fueron dos viejas y no dos jóvenes atléticos; la respuesta es que, a la hora de elegir al representante de cada pueblo, con el fin de que la prueba fuese justa y equitativa, era necesario que no hubiera ventaja alguna entre los competidores de cada lugar. Como podéis comprender, no iba a correr un joven en plena forma por una parte y un viejo con artritis por la otra; de modo que la condición “sine qua non” era que debían ser dos personas de la misma edad y sexo.

  Como en aquella época eran muy pocos los habitantes de ambos pueblos (casi como ahora), resultó que las únicas personas que reunían el perfil adecuado para competir eran dos viejas y ellas fueron las elegidas para defender los intereses de cada lugar (no olvidar que, cuanto más lejos llegara cada una en su recorrido, más terreno correspondería a sus paisanos en detrimento de los habitantes del pueblo contrario)

  Aquellas buenas mujeres, a pesar de que muy ágiles no es que fueran… las dos usaban bastones para ayudarse a andar, eran muy voluntariosas y, como el camino no podían hacerlo corriendo sino caminando, una mañana de abril a primera hora de la mañana, creo que eran las ocho en punto, ambas iniciaron el camino saliendo cada una de su pueblo en dirección al pueblo vecino, con la intención de avanzar lo máximo posible, antes de encontrarse en el camino con su oponente.

  El hito que delimita los términos entre Barrueco y El Milano, está más cerca de este segundo pueblo lo cual significa que la vieja de Barrueco corrió anduvo más y más rápido que la contrincante; pero si ambas mujeres tenían la misma edad y capacidad física para caminar, y su estado de salud era igual (igual de malo… eso sí) ¿Cómo puede explicarse ese resultado tan desigualdad?

 La respuesta es muy sencilla, fue debido a la alimentación. Ambas mujeres apenas tenían dientes (entonces no había buenos dentistas como ahora) y solo comían sopas; la mujer de El Milano había desayunado “sopas de leche”, o lo que es lo mismo, leche migada con pan, mientras que la de Barrueco, que era un poco borrachilla... todo hay que decirlo, había desayunado “sopas de vino” y encima había repetido tomando dos tazas; de modo que, cuando partieron las dos de sus respectivos pueblos a la misma hora, resultó que la que había tomado las sopas de vino, al tener más energía, logró un mejor desempeño en su andadura y llegó más lejos que la otra.

  Alguno de El Milano quizá piense: “Si le hubieran hecho la prueba de la alcoholemia a la de Barrueco, posiblemente la hubieran sancionado y el resultado hubiera sido diferente” . Pero amigo qué queréis que os diga; en aquellos tiempos, había vino...eso sí, pero no alcoholímetros.

martes, 24 de febrero de 2026

La Fuente del Amor

 

   Si a finales de febrero o comienzos de marzo, un día escuchas decir a alguno de nuestros paisanos que “es tiempo de mimosas”, no se está refiriendo a que las mujeres, tanto las niñas como las que no lo son tanto, son más cariñosas y zalameras que en otras épocas del año, sino que unos árboles, las acacias amarillas (el nombre de Acacias dealbatas se lo dejamos a los biólogos) ya han florecido mostrando sus ramas llenas de flores amarillas y desprendiendo un intenso aroma si te acercas a ellas.


   Uno de estos días del final del invierno, con las mimosas ya florecidas, volvía de dar un largo paseo por el campo; aquella vez había llegado hasta la Raya de Saucelle; en mi recorrido había pasado por algunos parajes de nuestro pueblo tan conocidos como Las Cabritas, Mata las Cubas, Vasito del Cuco, La Rodilla, Valle de Penillas… y, cuando por fin llegué al Manzanar, me acerqué al pilar de cuyo caño salía un abundante chorro de agua.

  Como estaba cansado, me acerqué hasta allí sentándome en el borde del pilar para llenar una botella que llevo para mis paseos; una vez llena, bebí aquel agua natural que provenía directamente del manantial y, cuando sacié mi sed, volví a ponerla bajo el caño para rellenarla viendo que, en aquel momento, se acercaban al pilar dos mujeres que salían del pueblo, procedentes del Barrio de Cantarranas,

  No iban por agua, pues no llevaban recipiente alguno, simplemente iban de paseo; si yo volvía al pueblo por estar acabando el mío, ellas estaban empezando el suyo.

   Nos saludamos, yo aún permanecía al lado del caño cerrando el tapón de la botella y una de ellas se acercó a mí diciendo que iba a beber agua del caño, así que me aparté para dejarla el sitio libre, mientras ella comentaba:

 -     Siempre que paso por aquí, paro a beber agua.

 -     Yo también hago lo mismo. Respondí ¿Quieres beber de la botella?

 -     No, gracias; desde siempre estoy acostumbrada a hacerlo directamente del caño…lo prefiero así.

  Entonces yo, inspirado por las musas, aunque quizá tratándose de un manantial fueron las ninfas de la mitología griega, se me ocurrió decir:

 -   Haces muy bien, así es como hay que beber en los pilares. Cuando alguien bebe agua del caño, existe una comunión directa entre la madre tierra y dicha persona, sin recipientes intermedios que puedan alterar las propiedades del agua. Beberla así, de una forma tan natural, es pura magia y resulta estupendo para nuestra salud espiritual.

  A las dos mujeres les hizo gracia mi comentario y empezaron a reír, diciendo con ironía la que no se había acercado a beber:

 -     Pues tú bebes de la botella, así que lo de la madre tierra veo que da de lado.

 Reímos los tres por sus palabras y tuve que darle la razón, “de poco sirven las palabras ante la evidencia de los hechos” (esto ya lo decía Cicerón, un filósofo romano hace más de 2000 años) para salir airoso del paso, prometí que, a partir de aquel momento ya siempre bebería el agua directamente del caño, tal como hacía su compañera, para que me llegase directamente la magia de la madre tierra,

  Cuando eres de un pueblo pequeño, como nos conocemos casi todos, es estupendo cruzarte con los paisanos/as pues, aunque hayan pasado meses e incluso años sin vernos, nos saludamos como si nos hubiéramos visto el día antes, algo que es totalmente impensable en una ciudad.

  Una de las cosas positivas que conlleva ser de un pueblo, son los vínculos que proporciona el paisanaje… pertenecer a la misma tribu, donde los vecinos, muchas veces, pasan a ser una extensión de la familia.

  Aquellas dos mujeres no eran familiares y ni siquiera vecinas de casa, pero las conocía mucho ya que eran amigas de la familia y entre nosotros había una estrecha confianza. Si no hubiera sido así, el comentario sobre la madre tierra no se me hubiera ocurrido decirlo.

Valiéndome de la confianza pregunté:

 -  ¿Alguna de las dos sabe por qué al sitio donde estamos recibe el nombre de Manzanal?  Es que no veo manzano alguno por aquí.

 

-     Pues no lo sé. Respondió la que estaba a mi lado dispuesta a beber el agua, directamente, de la madre tierra (o sea, del caño).

 En cambio, su compañera, que estaba más alejada, respondió:


 -   Ten en cuenta que todo esto, aunque actualmente casi todo son prados y cortinas, antes debían ser huertas y quizá, en algún momento, hubo muchos manzanos por aquí. 

  Si hubieran sido perales, imagino que, en vez  de El Manzanal, este sitio se llamaría El Peral.

 La gente de antes, muchas veces, ponía nombre a los parajes dependiendo de lo que hubiera en cada lugar; por eso creo que debieron llamarle en su día así y, aunque ahora no haya manzanos, se ha quedado con el nombre.

  Ocurre lo mismo que con “El Castañero”, aunque le llamamos así, allí no hay ni un castaño, todo son robles

 

-     Seguramente sea por eso. 


 Respondí, apoyando su opinión, preguntando a continuación:

 -     Os voy a hacer otra pregunta, a ver si la sabéis alguna de las dos. Los lugares donde brota el agua de la tierra, decimos que son manantiales y es sobre ellos donde interviene la mano del hombre  construyendo fuentes o pilares como este, para un mejor aprovechamiento del agua.

 Aquí, antes que el pilar, estoy seguro que había una fuente, ¿sabéis algo de esa fuente y si también la llamaban fuente del Manzanal?

 

 La mujer que estaba bebiendo del caño en ese momento, una vez acabó de hacerlo, se incorporó y comentó:

 -    Esta otra pregunta yo te la puedo responder y además me trae muy buenos recuerdos. Tienes razón  en lo que has dicho, antes de que hicieran el pilar, aquí había una fuente.

   En mi familia, como siempre hemos vivido en Cantarranas, antes de que hubiera agua corriente en  las casas, nosotros veníamos aquí a coger el agua para beber y yo, desde que era una niña, siempre he conocido el pilar, pero mi madre recordaba perfectamente que, antes de que lo hicieran, aquí había  una fuente.

  Los pilares no suelen tener nombre, a este lo llamamos pilar del Manzanal, simplemente, porque está  en el Manzanal, igual que hablamos del pilar del Candenal porque está en ese valle; en cambio, con las fuentes sucede todo lo contrario, todas tiene nombre propio; ahí tenemos la Fuente de la Toza, Fuente Elvira, Fuente de Penillas y muchas otras.

 

     La que había aquí antes de que hicieran el pilar, también tenía un nombre y además muy bonito, era  conocida por la gente como la “Fuente del Amor” y en torno a ella conozco una historia muy curiosa. Si queréis os la cuento.

 

-     ¡Claro que queremos… cuéntanosla! 

   Esta respuesta la dio su compañera, que por lo visto estaba tan interesada como yo en saber qué historia había sucedido relacionada con aquella fuente.

 -  Una de las protagonistas fue mi madre, siguió su amiga contando, aunque ella solamente tuvo un  papel secundario.

 

-     ¿Entonces… eso que nos vas a contar, sucedió realmente? Pregunté.

 

-    ¡Pues claro que lo fue! Y estoy segura que conocéis a la protagonistas, después os digo de quien se trata.

 Tras decir estas palabras, empezó a contar:

   Antes, la gente se casaba siendo bastante más joven que ahora, de modo que, aquellos mozos y mozas que no estaban casados a determinadas edades, eran catalogados como solterones o solteronas, y mi madre tenía unos vecinos con una hija que entraba dentro de esa categoría.

  Aquella chica nunca había tenido un novio y nadie sabía por qué, ya que era agradable en el trato y “bastante curiosita” (ser bastante curiosita no tenía nada que ver con la curiosidad, significaba que, sin llegar a ser un bellezón, era bastante guapa).

  Al ser vecinas, tenían mucho trato y un día mi madre, hablando con ella, le dijo:

 -     ¡Claudina! Con lo maja que tú eres, pasa el tiempo y veo que aún “no te ha salido un novio”.  ¿Qué ocurre…?, Eres muy exigente con los hombres.

 

-     ¡No!, no soy exigente, pero no sé lo que pasa. Si no le gusto a ningún chico, ¡qué quieres que yo le haga! Lo que sí que tengo claro es que a San Antonio no voy a hacerle una novena y gastarme dinero en ponerle una vela, porque yo no creo en esas cosas.

 

-     A San Antonio no tienes por qué implicarle para esto, pero podrías hacer lo mismo que hizo la Etelvina (esta mujer era otra vecina del barrio, bastante mayor que Claudina) A ella le pasaba lo mismo que a ti; todas sus amigas ya tenían novio o estaban casadas, pensaba que se iba a quedar para vestir santos, buscó un remedio y al poco tiempo ya había conseguido un novio. Tú deberías hacer lo mismo que hizo ella.

 -    ¿Qué hizo ella? Preguntó la chica que, aunque era muy escéptica con el asunto de los novios, no pudo ocultar su  curiosidad.

 -     El remedio es muy sencillo y además lo tienes muy cerca; consiste en beber agua durante siete días seguidos en la Fuente del Amor. Es importante que la bebas directamente del caño.

 -   ¡La Fuente del Amor…! Exclamó Claudina muy sorprendida ¿Dónde está esa fuente? Nunca he oído hablar de ella.

 -     La Fuente del Amor es el pilar del Manzanal, explicó mi madre; lo que sucede es que nunca has oído hablar de ella porque eres muy joven. Allí, antes había una fuente, sobre ella hicieron el pilar y la gente olvidó el nombre de la fuente, pero el manantial y el agua son los mismos.

Claudina escuchaba a mi madre con una mezcla de incredulidad y desconfianza y acabó preguntando:

 -     Dices que la Etelvina bebió el agua del modo que estás diciendo, que después le apareció un novio y  encima quieres que me lo crea.

 

-     Sé que cuesta creerlo, pero para que te convenzas de que, todo lo que digo es cierto, puedes preguntarle a Etelvina.

 -     ¡Cómo voy a preguntarle eso!, me muero de vergüenza si lo hago.

 -     ¡Mira! Yo en tu lugar lo intentaba, no pierdes nada en hacerlo. El pilar del Manzanal lo tienes ahí mismo; si bebes agua del caño durante siete días seguidos, siempre a la misma hora y del propio caño, este último detalle no lo olvides, te aseguro que muy pronto te vemos paseando con un buen novio.


   La narradora que nos contaba aquello a su compañera de paseo y a mí, al llegar a este punto hizo una pausa y preguntó.

 - ¿Qué os parece? 

   Los dos inconscientemente miramos hacia el caño por el que corría un abundante chorro de agua y comenté yo:

 -    Sería estupendo que el agua de este pilar tuviera esas propiedades. Se acabarían todos los solteros/as de la comarca; pero qué pasó con Claudina.

 

  Ella aún permaneció un momento en silencio, sin responder, mirándonos muy sonriente, con la certeza de que su narración nos había sorprendido bastante y al fin contestó:

 -     Pues pasó lo que tenía que pasar, Claudina vino al pilar durante siete días a beber al agua, antes del séptimo día hubo un chico que se interesó por ella y se hicieron novios.

 -   Ahora ya solo hace falta que digas “Cuento banasta…para cuento ya basta”, como decían nuestros abuelos cuando nos contaban un cuento.

 Esto último lo dije yo y provocó que la narradora de aquella historia se enojase un poco.


 -     ¡Os he dicho que esto sucedió realmente y que no es un cuento!

 -     ¡O sea! Según tú, el agua del pilar tiene esa magia. 

  Esto lo dijo su compañera de paseo que, igual que yo, había permanecido muy atenta escuchando aquella extraña historia.

 -    ¡Claro! Respondí yo con ironía, dirigiéndome a la narradora; ahora entiendo por qué siempre bebes  del caño… como Etelvina y Claudina.

 Reímos los tres por el comentario, y la interpelada protestó:

 - ¡Oye! Yo, aunque soy viuda, no busco novio alguno… eso te lo garantizo.

 Hizo una pausa antes de continuar y siguió contando: 

 -    Veo que no acabáis de creeros lo que os he contado, pero os aseguro que sucedió tal como os lo he dicho. Etelvina ya murió de mayor, pero Claudina vive; cuando la veáis, podéis preguntarla si eso ocurrió así.

  Hace mucho que no vive en el pueblo ya que, al poco tiempo de casarse, ella y el marido emigraron al Norte, pero viene todos los veranos.

 Nuestra narradora hizo otra pausa mirándonos con atención, intentando adivinar si al fin había conseguido convencernos de que aquello había sucedido realmente y que la Fuente del Amor, si recibía tal nombre, era justificadamente y continuó diciendo:

 -   Como Claudina consiguió un novio, supongo que os preguntaréis si es cierto que esta agua tiene magia; pero no os preocupéis porque ahora mismo os explico lo que sucedió y salís de la duda.  

  El agua tuvo que ver bastante con el noviazgo…eso cierto, pero hubo que ayudarla un poco. Si   hubiese sido solo por el agua, posiblemente esa mujer se hubiera quedado soltera.

  Mi madre, tras aquella conversación con Claudina, a los dos días la vio venir al pilar con un botijo en la mano; estuvo pendiente el día siguiente a ver si hacía lo mismo y, con gran satisfacción, pudo ver que, a la misma hora del día anterior, salía de nuevo de su casa con el botijo y tomaba nuevamente el camino del Manzanal.

  Venir todos los días tan solo a beber agua del caño, podía haber despertado la curiosidad de alguien que la viera; ella no quería despertar sospechas de que estaba siguiendo aquel ritual y por ello, para disimular, era por lo que traía un botijo con la excusa de que venía a llenarlo de agua.

 

    Al comprobar que venía al Manzanal repetidamente, mi madre ya no tuvo duda alguna que estaba siguiendo sus indicaciones al pie de la letra y entonces lo que hizo fue hablar con un chico al que conocía mucho, también soltero, diciéndole que, si quería una novia, sabía de una chica muy maja que estaba muy receptiva a tener un novio.

  Además, le informó a qué hora tenía que pasar por el pilar “por casualidad”; recomendándole que se olvidara de timideces y que hablara con Claudina, asegurándole que todo iba a ir muy bien.

     El chico siguió las indicaciones y se hicieron novios.

    Ahora que ya lo sabéis todo, qué opináis los dos ¿Tuvo o no tuvo que ver algo el agua para que Claudina consiguiera un novio?


martes, 13 de enero de 2026

Pájaro, pajarito y pajarón

 

 

   Una historia, es una narración oral o escrita que está basada en hechos reales, cosa bien distinta es que describa fielmente como acontecieron; en cambio, un cuento narra hechos que son ficticios o imaginarios, como podemos ver, la diferencia entre ellos parece estar clara.

   Al lado de los cuentos “de autor” como los de los hermanos Grimm (Cenicienta, Blancanieves) o Christian Andersen (El Patito Feo, La Sirenita) que son mundialmente conocidos, tenemos los cuentos tradicionales, aquellos que, pasando de generación en generación, contaba la gente de cada lugar y que, al contrario que los primeros, si hablamos de popularidad, a veces incluso son desconocidos por los habitantes de los pueblos o aldeas de donde son originarios.

   Los cuentos tradicionales, aunque pueden ser fantásticos, en la mayoría de ellos vemos reflejadas actividades humanas existiendo cuentos picarescos, ejemplarizantes, satíricos, de curas y amas, de médicos, de héroes y villanos… y, al contrario que las historias, son intemporales comenzando muchos de ellos con los consabidos: había una vez; en tiempos de Maricastaña; cuando las ranas criaban pelo

   Además de las historias y los cuentos, encontramos las leyendas que narran hechos extraordinarios a veces basados en personajes o circunstancias donde se entremezclan la ficción y la realidad.

 Como ejemplo de leyendas, tenemos la del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda, o la leyenda de la Cueva de Salamanca que nos pilla más cerca, en la que propio diablo aparecía dando clases de ciencias ocultas (magia y adivinación), en la que conviven una ficción (el diablo dando clases), y una realidad (la cueva existe y todo aquel que lo desee puede visitarla).

   Dentro de las narraciones, también tenemos los mitos. Estos, igual que sucede con los cuentos, narran hechos imaginarios cuyos protagonistas suelen ser dioses y héroes (la mitología griega y romana son un claro ejemplo de ello), aunque también puede tratarse de elementos naturales (el hecho de que la cueva del Toral y la del Teso de Peña Horcada comunican entre sí, es un mito que tenemos en nuestra comarca); árboles extraordinarios que hablan, se mueven o son tan altos que llegan al cielo, animales monstruosos…

   En ocasiones, cuando escuchamos o leemos una narración, no es fácil discernir si estamos ante una leyenda, un mito o un cuento, pues no hay una clara frontera entre ellos que sirva para distinguir unos de los otros. Llegados a este punto, yo, que no soy especialista en estos temas, ni tampoco pretendo serlo, distinguir qué es un cuento, una leyenda o un mito, es una batalla que di por perdida hace mucho tiempo.  

   Todo esto “viene a cuento” porque una vez, cuando era un joven universitario, hace… vamos a dejarlo solo en joven universitario, me contaron algo que no sabía situarlo en alguno de los apartados anteriores y que al final acabó siendo algo que estaba en las antípodas de lo que pensaba.

  En mi época de estudiante, cuando llegaban las vacaciones, durante una temporada me dediqué a indagar sobre las tradiciones y costumbres de nuestra comarca, especialmente sobre nuestro folklore; en un momento dado me interesé por los cuentos tradicionales y eso supuso para mí un auténtico descubrimiento debido a la gran variedad y abundancia de los mismos, siendo posible todo ello gracias a los magníficos informantes que tuve. El procedimiento que seguía era el siguiente:

   Quedaba con ellos por las tardes, procurando que estuvieran libres de sus tareas habituales; tomaba nota de todo, o lo grababa con un radiocasete, que era lo que había entonces y todo iba muy bien.

  Tras llevar una temporada escuchando a unos y otros contar “cuentos”, me di cuenta que entremezclaban narraciones de todo tipo: historias, cuentos, leyendas, mitos, fábulas, chascarrillos, chistes…, y que, a medida que pasaba el tiempo, la cosa empezó a ser poco productiva debido a que algunos informantes sólo recordaban los cuentos más populares que ya eran conocidos por mí, por haberlos oído anteriormente a otras personas.

   Como mi pretensión era descubrir material nuevo, para evitar que me repitieran lo mismo una y otra vez, acabé siendo yo quien guiaba las entrevistas, sugiriendo el tema a tratar en cada ocasión.

   Una tarde me encontraba con un paisano de Barrueco y hablábamos del tema de “los asustaniños”, unos seres mitológicos populares creados para asustar a los niños, con el objetivo de evitar que incurrieran en actitudes incorrectas o bien que se expusieran a algún peligro.

  Le pregunté si conocía a la Fiera Corrupia, un animal fantástico que se comía a los niños si salían al campo solos, y respondió que sí; después le pregunté si conocía a la Marimanta, otro animal mítico que vivía en los pozos y agarraba por los pelos a los niños, si se asomaban a ellos, arrastrándolos al interior, respondiendo también afirmativamente y continuó diciendo:

 -     A veces también nos amenazaban, con el hombre del saco y con el sacamantecas para que no nos acercáramos a desconocidos; también con el Coco si éramos desobedientes o no queríamos dormirnos, y hasta con las brujas; de ellas nos decían que, si andábamos de noche por la calle solos, nos agarraban de los pelos, nos llevaban volando con ellas y nadie volvía a saber de nosotros.

 -     Además de la Fiera Corrupia y la Marimanta ¿Conoces algún otro animal fantástico? Pregunté.

 

-     De otros animales no recuerdo nada.

 

-     ¿Y algún vampiro u hombre lobo? Insistí yo.   

 

-     De eso tampoco oí hablar nunca a mis padres.

 

Tras mi tentativa fallida, de intentar descubrir algún otro animal fantástico, decidí no darme aún por vencido y seguí insistiendo:

 

-   Para evitar que los niños fueran al río, aprovechando que allí hay una colonia de buitres, ¿Os amenazaron alguna vez con que un buitre o algún otro pájaro gigante, os podía llevar volando?

 

Mi interlocutor se tomó un tiempo antes de responder:

 

-     Para que no fuésemos al río, no nos amenazaban con pájaro alguno, nos decían que allí había una serpiente enorme que se comía a los niños; pero como el río queda muy lejos, allí nunca íbamos solos, así que la pobre debía pasar mucha hambre. Bromeó él.

Sin embargo -continuó diciendo-, estoy recordando algo que a lo mejor te sirve. Se trata de un pajarón, aunque nunca oí decir que sirviera para asustar a los niños; de todos modos, puedes preguntarle a su dueño por él.

 

-     ¡Estás diciendo que hay un pajarón y que encima tiene dueño! Exclamé muy sorprendido.

   Aquello sí que era un descubrimiento. Si la mitología griega y romana contaban con el Ave Fénix, un pájaro que cada 500 años ardía en una hoguera y resurgía de sus cenizas, simbolizando la inmortalidad; en Chile con Alicanto, otro pájaro mitológico que se alimentaba de oro y plata, o los mejicanos con Quetzal, el ave sagrada azteca, se estaba abriendo ante mí la posibilidad de haber encontrado otro pájaro mítico en nuestro pueblo.

 Permanecí unos momentos en silencio, enfrascado en mis pensamientos y mi informante siguió comentando

 

-     Estoy hablando del “pajarón del tío Adolfo”, pero no te vayas a confundir con eso. Si a un hombre se le olvida subir la cremallera del pantalón y queda la bragueta abierta, a veces, cuando alguien lo ve, le avisa de ello con una indirecta, para que se la suba, diciéndole: - Se te va a enfriar el pajarito. A ver si vas a pensar que ese hombre lo tenía enorme y en vez de pajarito lo que tenía era un pajarón...  no se trata de eso; me refiero a que, en uno de sus prados, hay un edificio que es conocido por todos como “el Pajarón”.

       A lo mejor han tenido allí, alguna vez, encerrado un pájaro de gran tamaño y de ahí le viene el                nombre; el tío Adolfo murió hace bastantes años, pero puedes preguntarle al hijo si eso tiene                    alguna relación con lo que tú andas buscando. 

  Valorando la posibilidad de que el edificio que indicaba mi informante, alguna vez hubiera albergado un pájaro de gran tamaño, ello me obligó a reconsiderar la cuestión. No estaba ante un mito, leyenda o cuento, sino una historia, algo que, aunque hubiera sucedido tiempo atrás, era real y por lo tanto me olvidé del Ave Fénix, del Alicanto, de Quetzal y resto de aves míticas.

   Si el pájaro era de gran tamaño, pensé en la posibilidad de que se hubiera tratado de una avutarda, que es el ave de mayor tamaño que habita en la península (aunque en algunos lugares de España hay

SEOBirlife (Avutarda)


granjas de avestruces, en Barrueco hasta ahora nunca ha sucedido tal cosa)
pero no encontraba explicación alguna de porqué habían podido tener un pobre pájaro encerrado y con qué fin.

 Cuando alguien tiene una duda y desea resolverla, lo  indicado es preguntar a alguien que pueda hacerlo y por suerte, en aquel caso, existía una persona idónea para ello... el hijo del tío Adolfo, el heredero y dueño, en aquel momento, del prado donde estaba situado el edificio que era conocido como “El Pajarón”, así que decidí hablar con él.

  Aquella misma tarde me acerqué a su casa con tan buena suerte que lo encontré allí, ya que acababa de regresar del campo. Era un hombre muy agradable a quien conocía bien y, cuando le dije que el motivo de mi visita era porque buscaba información sobre el pajarón deseando saber si guardaba relación con algún pájaro grande que hubiera tenido allí encerrado alguna vez su padre, comenzó a reír con ganas. Al ver su reacción, ante mi pregunta, intuí que la teoría del pájaro misterioso “hacía aguas” por algún lado.

  Si ya había descartado de antemano lo del pájaro mítico pensando que, el trasfondo de la cuestión, pasaba por una historia relacionada con un pájaro de carne y hueso de gran tamaño, al ver cómo se reía aquel hombre, empecé a sospechar que por ahí tampoco iba el asunto y, lo que era aún peor, además tuve la sensación de que el ridículo sobre volaba sobre nuestras cabezas, estaba a punto de caer sobre uno de los dos, y yo tenía todas las papeletas aquel día.

-     ¡Verás! Empezó a decir cuando se calmó. Ese edificio lo mandó hacer mi padre y yo, desde que era niño, siempre lo he conocido como “el Pajarón”.

  Ahora en algunas fincas, para alimentar los animales cuando no hay hierba, en las naves o cabañales se almacenan pacas de heno o paja; pero antes, tanto el heno como la paja, se almacenaban sueltos y no en pacas. Al sitio donde se guardaba el heno, lo llamábamos henar y, donde se guardaba la paja, lo llamábamos pajar.

  A ese edificio lo llamamos así, simplemente, por el tamaño. Como es grande, en vez de decir que es un pajar, siempre lo hemos llamado pajarón; el nombre está relacionado con la paja no con pájaro alguno.

 A medida que escuchaba sus palabras, me reproché a mí mismo haber relacionado, desde el primer momento, el nombre de pajarón, exclusivamente, con el mundo de las aves sin valorar que, además, el edificio del que hablábamos, también podía ser un pajar que no guardaba relación con pájaro alguno, ya fuera mítico o sin mitificar.

 Además, pude sentir cómo el ridículo ya no sobrevolaba sobre nosotros, había caído pesadamente sobre mí.

 Agradecí al dueño del “Pajarón” la aclaración que acababa de hacerme; me despedí de él y, mientras regresaba caminando hacia mi casa, iba pensando en ese dicho tan común que dice “nunca te acostarás sin aprender algo nuevo”. Aquel día yo había aprendido dos cosas:

 a)    Que pajarón es un aumentativo, tanto de pajar como de pájaro.

 b)     Lo fácil que resulta a veces hacer el ridículo, aún sin proponérnoslo; aunque, pensándolo bien, si            no lo hiciéramos nunca, la vida sería muy aburrida ¿no os parece? Eso sí…tampoco hay que abusar.