La muerte es una experiencia que nos enseña a valorar la vida (E. Kubler-Ross)
La fiesta de Halloween (el 31 de octubre), aunque la hayamos importado de Estados Unidos, tiene su origen en Europa, ese día del año, según una antigua tradición celta, se abrían las puertas que separaban el mundo de los vivos del de los muertos y se armaba “la de Dios es Cristo” (y eso que Jesús aún no había nacido).
No sé a
qué hora abrían ni cerraban esas puertas, y también desconozco si permanecían
abiertas todo el día o solo unas horas, pero ese es un detalle nimio comparado
con las consecuencias que conllevaba esa jornada de puertas abiertas, ya que los
espíritus aprovechaban la coyuntura para volver a la Tierra a resolver algún
asunto que hubieran dejado pendiente o, simplemente, a darse un garbeo; con el
consiguiente susto de los habitantes de este mundo, debido a que el aspecto que
presentaban debía ser espeluznante.
Ese es el motivo por el que la gente que,
actualmente celebra esta fiesta, se disfraza de muerto viviente y otras
lindezas por el estilo, para intentar aterrorizar a la gente, rememorando a
aquellos espíritus que volvían a la tierra.
Sin
embargo, aunque de tal celebración lo más llamativo que ha llegado hasta
nuestros días sea lo grotesco, ya que la fiesta ha acabado convertida en un
carnaval monográfico del terror, no deja de ser una celebración relacionada con
la muerte y los espíritus.
Cuando hablamos de espíritus, almas, ánimas, espectros, fantasmas…, algunos se preguntan si todos son la “misma cosa”, o existe alguna diferencia entre ellos y lo cierto es que la hay, aunque ésta es muy sutil. En términos generales, el asunto es así:
En base a lo anterior, resulta fácil entender
por qué se dice vulgarmente que no es lo mismo ser bueno/a, que estar bueno/a.
En
cuanto a los fantasmas, aquí la definición es algo más complicada ya que,
un fantasma es aquella persona presuntuosa a la que le gusta presumir de unas
cualidades que no que tiene, siendo además un fantasma, según la IA “la imagen del espíritu o alma en pena de
una persona fallecida que se aparece ante los vivos”.
Como en realidad todos estos términos vienen a
ser sinónimos, para simplificar el asunto, de aquí adelante, voy a denominarlos
únicamente espíritus.
Mi
relación con ellos, con espíritus, empezó mucho antes de que la fiesta de
Halloween llegase a España, un hecho que no ocurrió en una fecha
concreta, ya que fue instaurándose progresivamente, dependiendo de cada lugar,
a lo largo de las décadas de 1980-1990.
Siendo niño, tendría 7 años, una tarde iba al
cementerio con mi madre y, nada más cruzar la puerta de entrada, nos cruzamos
con una mujer que en aquel momento se disponía a abandonar el recinto que iba
totalmente vestida de negro (entonces era muy habitual que, cuando moría algún
pariente próximo, las mujeres guardaran, durante una larga temporada, un riguroso
luto); en su caso se debía a que el marido había fallecido recientemente.
Mi madre la saludó preguntándola cómo se
encontraba y la buena mujer respondió que, aunque iba superando el trance poco
a poco, seguía echando de menos al esposo y que todas las tardes se acercaba un
rato al cementerio para hablar con él.
Continuaron
aun conversando un rato y, una vez se despidieron, con la curiosidad propia de
un niño, pregunté a mi madre cómo era posible que, si el marido de aquella
mujer estaba muerto, fuera todas las tardes al cementerio para hablar con él.
Mi madre permaneció durante un momento en
silencio, supongo que pensando cómo podía
explicar debidamente a un niño, algo que escapada a toda la lógica y al fin respondió
que eso era debido a que algunas personas pensaban que, cuando alguien moría, su
espíritu seguía por allí porque se resistía a ir al cielo o donde le
correspondiera, añadiendo además que, si a aquella mujer le apetecía ir a
hablar con el marido, aunque este hubiera fallecido, y eso la confortaba, con
ello no hacía mal a nadie.
Tras aquella explicación, reconozco que sentí
miedo ante la posibilidad de que por allí anduviera pululando el espíritu del marido
de la mujer que acababa de irse y, ante la posibilidad de que quisiera seguir
hablando con alguien y se nos apareciera a nosotros, le dije a mi madre que por
qué no nos íbamos ya, para evitar que tal cosa sucediera.
Al ver mi preocupación, empezó a reír mientras yo la miraba sorprendido, ya que no veía que el asunto tuviera gracia alguna debido al susto que tenía encima.
Cuando se calmó, viendo mi desasosiego, intentando
tranquilizarme comentó que aquello tan solo eran supersticiones y que podía
estar plenamente seguro que a nosotros no se nos iba a presentar el espíritu
del señor XXX (así se llamaba el difunto marido de la señora).
De paso, aprovechó para decir:
Yo, que no sabía qué era un espíritu, seguí preguntando:
- No
lo sé -respondió - Nunca he visto alguno y tampoco deseo hacerlo, pero te
repito que eso solo son supersticiones y que no debes tener miedo alguno a
estas cosas.
A tan corta edad, yo no sabía qué era un espíritu y tampoco una superstición, así que la respuesta no me convenció demasiado, por lo que me agarré fuertemente a su mano y no volví a soltarla hasta que abandonamos el cementerio.
Durante el rato que permanecimos allí, no
dejé de mirar en momento alguno a nuestro alrededor, vigilante ante la posible
aparición del espíritu del señor XXX, con el que todas las tardes hablaba su mujer.
Afortunadamente no llegó a aparecer, cosa que agradecí enormemente.
Desde aquel día hasta la actualidad, ha pasado mucho tiempo y también muchas cosas; entre ellas, que mi infancia hace décadas ha quedado atrás, pero siempre que voy al cementerio recuerdo esta anécdota.
Recientemente volví a ese lugar, aunque en esta ocasión no pude ir con mi madre, ella está allí desde hace muchos años, y volví a recordar una vez más aquella anécdota vivida en la infancia, con la diferencia de que ahora sé perfectamente que las supersticiones son actos o creencias relacionadas con algo sobrenatural, que carecen de una base científica; vendría a ser algo en lo que se cree o que se hace “porque sí”, con un objetivo determinado; por consiguiente, lo que hacía en su día nuestra paisana, cuando iba a hablar por las tardes con difunto marido, se ajustaba perfectamente a la definición,
Después supe que lo que ella había hecho, que
me había parecido en su día tan extraño, no era algo excepcional, sino que era una
práctica bastante habitual; además conocí muchas más supersticiones
relacionadas con los espíritus.
Hasta no hace mucho tiempo, los velatorios se hacían en la casa del difunto y en cierta ocasión, una señora de nuestro pueblo que asistía a uno de ellos, se dirigió al cadáver del fallecido y, ante la sorpresa de los presentes, en voz alta, le dio un recado para su padre muerto unos meses antes, pidiéndole que se lo transmitiera cuando se encontrara con él en el cielo.
Ella no tenía duda de alguna de que se iban a encontrar allí.
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Cuando los espíritus (las almas) abandonan
el cuerpo, lo lógico es que vayan directas al cielo, al purgatorio, o de
patitas al inferno, dependiendo de los méritos que haya hecho cada uno en vida;
sin embargo, a veces la cosa no discurre así y algunos permanecen entre
nosotros, ya sea porque no saben qué ruta seguir (para ir a esos sitios no hay GPS que valga), o simplemente,
porque se resisten a abandonar el mundo de los vivos, dando unos sustos
tremendos a aquel que los ve (o cree verlos).
Por ese motivo, es muy recomendable ayudarles a irse.
Nuestros antepasados, que eran muy previsores, (como podemos ver, lo de prevenir es bueno para todo, no solo para las enfermedades), para evitar que los espíritus permanecieran en este mundo, a menudo tomaban determinadas medidas para ayudarles a emprender el camino y también para evitar que, una vez lo hubieran tomado, regresaran.
En otras ocasiones, yo llegué a verlo en una
ocasión, ponían un vaso con sal encima del difundo; en este caso, el objetivo era
evitar que el espíritu volviese al cuerpo que acababa de abandonar (ese día aprendí que la sal, además de
servir para condimentar las comidas, tenía propiedades esotéricas).
Con el mismo fin, evitar que el espíritu regresase a la casa, algunos incluso llegaban a quemar la ropa del fallecido e incluso la cama donde había tenido lugar el óbito (esta medida tan radical supongo que estaba reservada para aquellas personas que en vida resultaban insoportables para los convivientes. Como para ellos, su muerte representaba una auténtica liberación, no querían, en modo alguno, correr el riesgo de que su espíritu volviera a darles la vara después de muerto).
También se decía que, durante el sepelio, cuando un difunto era llevado en el ataúd desde su domicilio a la iglesia, para el funeral previo a su enterramiento, si el cortejo fúnebre no era acompañado por un sacerdote, si el espíritu aún no había abandonado el cuerpo, era cuando lo hacía y no llegaba a la iglesia; convirtiéndose en un alma errante.
El toque de la campana durante el entierro,
algo que en muchos sitios continúa realizándose, también juega un importante papel
en todo esto ya que, el tañido monótono y cansino de la misma sirve para que su
sonido ahuyente al espíritu impidiendo así que regrese al cuerpo que va a ser
enterrado.
Otra de las supersticiones era que, cuando el
difunto era llevado en el ataúd a hombros por cuatro hombres, la comitiva del
entierro, en su trayecto por el pueblo camino hacia la iglesia y,
posteriormente, de ésta al cementerio, no podía parar en momento alguno porque, si se detenía ante la puerta de alguien, era signo de mal agüero para los
habitantes de esa casa, ya que alguno de ellos iba a morir antes de un año.
En relación con estos espíritus o almas en
pena, recuerdo perfectamente cómo nuestros padres y abuelos, cuando en el transcurso
de alguna conversación, mencionaban a alguien fallecido, siempre expresaban el
consabido “Que Dios lo tenga en su gloria”;
lo cual es un claro reflejo del interés que antes suscitaba, que las almas
estuvieran donde les correspondía y no por aquí, haciendo travesuras entre los
vivos.
Actualmente, somos más racionales y casi
nadie cree o practica estas supersticiones; de hecho, los ateos no creen en la
inmortalidad de las almas, para ellos, “todo empieza en la Tierra y todo acaba
aquí”.
Nota

