domingo, 1 de julio de 2018


Historias del contrabando (I)


De contrabando y contrabandistas

   Uno de los fundamentos del comercio, quizá el más importante de todos, consiste en llevar productos desde un lugar donde son abundantes, y por lo tanto baratos, a otro donde escasean  y, consecuentemente, son más caros; cuanto mayor sea la diferencia de precio, entre el punto de origen y el de destino, mas importantes serán las ganancias de los comerciantes.
  Según el ámbito geográfico, donde  se desarrolla el comercio, éste puede ser nacional, cuando el intercambio de productos ocurre entre distintas zonas de un mismo país; o internacional, si tiene lugar entre diferentes países. En este segundo caso,  al llegar a la aduana de un país las mercancías importadas desde el exterior, los funcionarios correspondientes inspeccionan las productos y determinan la cuantía de los impuestos que hay que pagar, los aranceles,  para que éstas puedan ser comercializadas en el país receptor.  Así es como funciona a nivel administrativo, a grandes rasgos, este tipo de comercio.

   Al lado de este comercio internacional, que se ajusta a la legalidad, está el contrabando; una actividad en la que , aunque también hay un intercambio de productos, entre países, es realizada fuera de los canales oficiales;  bien porque las mercancías son ilícitas -el tráfico de drogas, un tema de triste actualidad, no deja de ser contrabando - , o, aún siendo licitas, para evitar pagar en las aduanas los impuestos pertinentes.
  
   El contrabando es un delito muy perseguido por los distintos gobiernos, ya que les priva de recaudar los correspondientes aranceles aduaneros. Hay un conocido eslogan que dice: "No robes, al gobierno no le gusta la competencia", que le viene como anillo al dedo para estas situaciones. 
  En ambos casos, tanto si el comercio es legal como ilegal, las ganancias más sustanciosas del negocio acaban en manos del gobierno o de los contrabandistas, pero nunca en las de los productores, que resultan ser siempre los menos beneficiados en los distintos negocios.

    En el año 1985, España y Portugal pasaron a ser estados miembros de la UE y se incorporaron al espacio común europeo de libre comercio, un hecho que supuso la  desaparición de las aduanas entre ambos países; pero, hasta entonces, en lo referente al comercio, ambos países habían mantenido unos regímenes fiscales distintos, y esto era un campo abonado para el contrabando.
   Las mercancías que se pasaban clandestinamente, de uno a otro país, eran muy diversas y fueron variando a largo del tiempo.

   A comienzos de la década de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial,  el producto estrella, objeto de contrabando, fue el Wolframio: al tratarse de un mineral empleado en la fabricación de armamento, durante esa contienda se convirtió en un bien codiciado por todos los contendientes  subiendo mucho su precio; en España, lo compraban los alemanes, mientras que en Portugal los compradores eran los ingleses.
   El flujo de este contrabando, en la frontera, a lo largo de los años que duró la guerra, no era constante, tuvo lugar en ambas direcciones dependiendo de la cotización  que tenía el wolframio en cada momento. Éste, aunque mantuvo un elevado precio a lo largo de todo el tiempo que  duró esa guerra, hubo épocas en las que valía más en un país que en el otro y, dependiendo de esta circunstancia, cuando los británicos lo pagaban más, eran contrabandistas españoles quienes lo llevaban a Portugal; en cambio, cuando eran los alemanes, en España, quienes mejor lo pagaban, eran contrabandistas portugueses quienes pasaban, clandestinamente, la frontera española para venderlo aquí.

   Posteriormente, aunque, en un sentido estricto, no podemos considerarlo contrabando; a finales de la década de 1960 y comienzos de 1970, nuestra frontera fue testigo del tráfico  de personas.
     Entonces, Portugal aún mantenía sus colonias en África (Angola, Mozambique y Guinea Bisau), en estos territorios habían comenzado su actividad unos movimientos de independencia, integrados por grupos armados, y el gobierno luso procedió, de forma masiva, a reclutar jóvenes para ir a defender sus colonias africanas, ya que no quería desprenderse de ellas.  
   En teoría, los soldados sólo iban a las colonias a cumplir un "pacífico" servicio militar,  pero este podía durar años, y, además, era poco pacífico ya que  en la colonias había un permanente estado de guerra y morían muchos de ellos; por este motivo,  una gran cantidad de jóvenes portugueses optó por abandonar su tierra para evitar ser reclutados.
  Como Portugal sólo tiene frontera con España, aquellos chicos que querían abandonar el país, para evitar ir a las colonias, lo hacían a través de la frontera española; mas éste no era un lugar  seguro para ellos; eran tiempos de dictadura en ambos países, (en España nuestro destino estaba en manos de Franco, mientras que, en el vecino país, lo estaba en las de Salazar, presidente de la república portuguesa), había una gran sincronía entre ambos gobiernos y, cuando alguno de estos jóvenes, que intentaba huir de la guerra colonial, era pillado en España, inmediatamente era detenido y devuelto a Portugal.
  
   Aprovechando la circunstancia, en España surgieron organizaciones que ayudaban a cruzar la frontera  a los jóvenes portugueses que querían evitar ser enviados a las colonias. Estos, eran recogidos en la frontera portuguesa y desde allí eran trasladados hasta Francia, donde ya podían estar seguros de no ser devueltos a su país.
  Esta "ayuda" no era desinteresada y distaba mucho de ser una acción humanitaria; las organizaciones que se dedicaban a esta actividad no eran precisamente ONGs, y cada joven luso tenía que pagar elevadas cantidades de dinero "por el servicio recibido".

    En los dos casos anteriores, el wolframio y el tráfico de personas, el destino final de ambas actividades acababa muy lejos de la frontera;  en el primer caso, el wolframio iba a Inglaterra o Alemania, donde era utilizado para la fabricación de armas; mientras que en el caso de los jóvenes  portugueses, el objetivo consistía en llevarlos más allá de Los Pirineos; luego podríamos catalogarlo como un "contrabando" de largo alcance; pero, además de lo anterior, existía otro tipo de contrabando "más doméstico", cuyo objetivo era,  simplemente, ganar dinero, pasando clandestinamente mercancías de uno a otros país, aprovechando la gran diferencia de precio existente en algunos productos, dependiendo del lado de la frontera en el que fueran vendidos.
   Algunos de los artículos que se vendían en Portugal, llegaban a duplicar, e incluso triplicar, su precio cuando eran vendidos en España.
   Los productos, que despertaban el interés de los contrabandistas, fueron variando a lo largo del tiempo; ocupando el café y el tabaco rubio, durante muchos años, los primeros puestos del escalafón, pues cumplían plenamente los requisitos para realizar contrabando con ellos: eran muy demandados, la diferencia de precio entre ambos países era muy elevada, no eran perecederos y, además, eran fáciles de transportar y almacenar.
  
   Esta diferencia de precio, en muchos artículos, dependiendo del país en el que son vendidos, es lo que ha condicionado que, en los pueblos y ciudades fronterizos, siempre haya habido una gran actividad comercial, como es el caso de Fuentes de Oñoro y Miranda do Douro, por poner unos ejemplos cercanos.

   Hoy día, es común ver, especialmente los sábados, ciudadanos portugueses en los pueblos y ciudades españolas, próximos  a la frontera,  comprando distintos artículos y llenando los depósitos de sus coches de combustible, ya que éste es algo más barato aquí; en cambio, los españoles somos clientes habituales de los mercadillos que se organizan en algunos pueblos portugueses de la Raya; pero, tanto en uno como en otro caso, no hay excesivas diferencias en la disponibilidad, ni en el precio de las cosas entre ambos países, al pertenecer ambos al espacio común europeo.

   En aquellos tiempos, cuando España y Portugal aún no eran integrantes de la Unión Europea, como la diferencia de precios, en algunos productos, era muy significativa entre ambos países, los españoles. con frecuencia, cruzáramos la frontera lusa para comprar, entre otras cosas, café y tabaco rubio, aprovechando que en el país vecino valían mucho menos que aquí; con la salvedad de que, a partir de una determinada cantidad, estaban sujetos al pago del correspondiente arancel.
   En lo que respecta a los productos antes indicados, estaba establecido que cada persona podía volver a España con un kilo de café y un  cartón de tabaco  -10 cajetillas- , sin tener que pagar por ello impuesto alguno. 
Todocoleccion.net

   Recuerdo una anécdota que ocurrió en una fiesta de "El Almendro", en La Fregeneda, un festejo que celebran,  desde la década de 1960, en este pueblo, todos los años, al final del invierno, durante el último fin de semana de febrero, o el primero de marzo. En  sus inicios, ese día, excepcionalmente, se podía pasar a Portugal, a Barca D`Alba, y los españoles aprovechábamos la fiesta para hacer allí compras - la fiesta, cuyo nombre oficial era, y es,  "Fiesta del Almendro en Flor", entre los comarcanos, también era conocida, popularmente, como la "Fiesta del café", pues todo el mundo aprovechaba la misma para pasar a Portugal a comprar este producto- .
   Un año, entre los españoles que acudieron, lo hizo una pareja con su hijo de corta edad, de tan sólo unos meses.
   Cuando regresábamos a España, con lo comprado en Portugal,  había que pasar el control que hacía la Guardia Civil para que nadie pasara con más artículos de los autorizados, y la pareja con el bebé traía  3 kg.  de café  y 3 cartones de tabaco. Pudieron pasar el control sin problema alguno pues el límite autorizado era el correcto (además de los dos adultos, al bebé también tenía derecho a pasar su kilo de café y el tabaco correspondiente).

  Al lado de este comercio transfronterizo, que se ajustaba a la legalidad, existían "emprendedores", gente que pasaba la frontera clandestinamente, lejos de los pasos fronterizos; adquirían en Portugal una buena carga de café o tabaco, y la traían para España donde vendían la mercancía a un precio muy superior al que les había costado a ellos, obteniendo así pingües beneficios. Eran los contrabandistas.
   Salamanca, al ser una de las provincias fronterizas  con Portugal, era zona propicia para realizar contrabando y  esto determinaba que, en casi todos los pueblos de La Raya,  hubiera  puestos de la guardia civil, ya que la Benemérita debía patrullar constantemente la frontera para evitar que aquello fuera un coladero de contrabandistas.

   El contrabando, en la provincia de Salamanca, se desarrolló fundamentalmente en la comarca de Ciudad Rodrigo, (La Raya Seca), ya que, allí, la frontera es un simple hito en el terreno, con pocos obstáculos naturales,  y ello favorecía mucho el trabajo de los  contrabandistas,
   En cambio, en nuestra comarca, la frontera está conformada por los ríos Duero y Águeda (La Raya Húmeda). Ambas corriente fluviales discurren en el fondo de unos profundos cañones, de varios centenares de metros profundidad, en  algunos de sus tramos -a estos accidentes del terreno, los lugareños los conocemos como Arribes-  configurando  unas laderas de gran pendiente.
   A la existencia de estos profundos abismos, que separan ambos países, había que sumar la propia dificultad que suponía la corriente de los ríos, ya que, para pasar de uno a otro país, había que atravesarlos. Todo ello dificultaba, enormemente, la labor de los contrabandistas en nuestra zona; siendo éste el motivo de que 
El Duero Internacional (Raya Húmeda)
 el paso clandestino de mercancías entre ambos países, en nuestra comarca, fuese un hecho poco frecuente; pero,  pesar de todo, en nuestra zona  también hubo gente "muy vocacional" que no desperdiciaba la ocasión de ganar algún dinero.
  Entonces, casi todas las economías familiares eran muy escuetas, se vivía con lo justo para ir tirando, y el dinero extra que podía proporcionar esta actividad venía muy bien a estos aventureros.

   Los artículos, objeto de contrabando, fueron variando con el paso del tiempo; el contrabando de ganado sólo era posible en la Raya Seca, pues en esos pueblos fronterizos la cuestión no pasaba de arrear los animales hasta el otro país, mientras que por aquí, como había que atravesar el río en barca, "trabajar" con el ganado era poco factible; por ello, en nuestra comarca, el contrabando se centró en artículos inanimados, fácilmente transportables. 

   Dentro del gremio de los contrabandistas, había varias categorías: Estaban los "aficionados", aquellos que trabajaban, por su cuenta, con pequeñas cantidades. Se ocupaban de pasar la mercancía y, una vez aquí, ellos mismos, o alguien próximo, se ocupaba de venderla; eran unos auténticos   "artesanos" del oficio, que ejercían la profesión  con el fin de ganar algo de dinero para complementar los ingresos de la economía familiar.
   Paralelamente, a estos minoristas, estaban los "profesionales"; unas organizaciones que movían gran cantidad de mercancía a ambos lados de la frontera, cuyo funcionamiento, salvando las distancias, era similar al de cualquier empresa comercial.
   Al frente, de cada uno de estos consorcios había un jefe único, o varios socios, que eran quienes "hacían la inversión": ponían el dinero para la compra de la mercancía y, al final, recogían las ganancias tras la venta. Bajo su mando se encontraban los demás integrantes de la "empresa", los empleados, a quienes se les pagaba por trabajo realizado -recibían  habitualmente, una comisión que dependía de la cantidad de mercancía que transportaban-. 
   Las organizaciones contaban con proveedores en Portugal, gente que compraba el producto y lo acercaba a la frontera española donde españoles, habitualmente de los pueblos fronterizos, cruzaban La Raya, recogían los fardos y los traían para España.
   Una vez aquí, otros colegas se encargaban de trasladarlos lejos de la frontera, generalmente a la ciudad y a otros lugares, para su distribución y venta. 
    
   Dentro del comercio, conocemos por logística el nexo entre la producción (el origen del producto) y el mercado (el punto de venta del mismo); luego, nuestros paisanos, aquellos que se dedicaban al contrabando; sin saberlo, formaban parte de la logística del proceso.

  Como indiqué anteriormente, aunque por aquí el número de contrabandistas era muy inferior a los existentes en la zona de Ciudad Rodrigo, los que había eran muy vocacionales pues, a pesar de las grandes dificultades que ofrecía el terreno, y de la guardia civil, que vigilaba continuamente la frontera, no dudaban en dedicarse a "este trabajo".
  En cuanto a su motivación...¿pues cuál iba a ser?: "Don Dinero", esa cosa que , desde el principio de los tiempos, ha sido objeto de deseo por parte de los hombres y mujeres de todas las civilizaciones y épocas, y que hace iguales al rico y al pordiosero, tal  como decía Quevedo.




2 comentarios:

  1. I n t e r e s a n t í s i m o, c u r i o s í s i m o, d i d á c t i c o y d i v e r t i d o.
    Así me parece a mí, este relato de hoy, con tantos detalles, que nos los haces vivir; pues si varias vivencias de aquellos tiempos que describes, algunos por edad recordamos, otras desconocidas, las documentas tan bien que nos parecen haberlas vivido. ¡Qué tiempos! ¡Cuánto ha cambiado la vida y circunstancias de aquellos estraperlos.
    Hay que pedir a la Diputación salmantina que vaya haciendo un hueco para publicar el libro que recoja todas estas curiosidades, historias y cosas que te contaron y túe tan bien nos vas contando en tu blog.
    -Manolo-

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  2. Hola Manolo, me alegro que te parezcan interesantes estos recuerdos sobre el contrabando, una actividad que formaba parte de nuestra idiosincrasia, ligada al hecho de que nuestra comarca esté en la frontera con Portugal.
    En mi pueblo, cuando era niño, había gente particular que vendía café más barato que en las tiendas; yo, entonces, nunca me pregunté porqué lo vendían ni de donde procedía. De ello me enteré mucho más tarde.

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