El incidente que ocurrió en la fuente, entre Caya, Alpino y sus burros, si en algún momento llegaron a pensar que todo iba a quedar entre los cuatro, estaban muy confundidos.
En un
pueblo como el nuestro, donde la vida privada es un concepto demasiado
abstracto, ya que todo, o casi todo, tarde o temprano acaba siendo del dominio
público, pasó lo que ya era previsible de antemano debido a que Sinforosa Segismunda, conocida por todos, simplemente, como “la
Sinfo”, también se había acercado hasta la fuente a por agua (a veces pienso que a algunos padres de los
de antes, debieran haberles multado por poner ciertos nombres a sus hijas)
Como ya dije anteriormente, al carecer aún, en aquella época, de agua
corriente en las casas (todavía debieron pasar muchas décadas para que eso
ocurriera), era una práctica habitual acudir a la fuente a por ella y coincidió
que, esta mujer, cuando aquel día llegó al lugar con su cántaro, lo hizo en el
crítico momento en el que Caya, habiéndole arrebatado el palo a Alpino, le estaba
amenazando con él, mientras que el burro, con “otro palo muy diferente”, estaba
intentando hacer de las suyas a la burra.
La Sinfo, cuando llegó a la fuente y vio a la chica bastante alterada, preguntó:
El muchacho, muy contrariado al ver que no estaban solos y que la recién
llegada pensaba que había ofendido de alguna manera a la chica, exclamó:
- ¡Que yo no he hecho nada! Repitió Alpino, defendiéndose y alzando la voz bastante alterado, al ver que sus palabras no convencían a la Sinfo. Además, todo ha sido por culpa de la burra de Caya.
Según su criterio, en aquel lugar si había
una víctima incomprendida era, única y exclusivamente, él; no obstante, en vez
de intentar seguir exculpándose a sabiendas que la Sinfo ya le había prejuzgado
como un sinvergüenza redomado, en un alarde de autocontrol mental, reaccionó
con mucha madurez y dirigiéndose a Caya le dijo.
-
Dame el palo para
que me lleve el burro un rato mientras acabas. Después vuelvo cuando ya te
hayas ido
Ella le devolvió la estaca al chico y este, a pesar de la resistencia
que puso el burro, tras un esfuerzo ímprobo, consiguió alejarlo de allí, ya que
el animal, a toda costa, quería continuar cerca de la burra. Para conseguir que el asno se alejase
de la burra, no fue suficiente hablarle dulcemente al oído, tuvo que emplearse
a fondo tirando fuertemente del rabero y ayudarse del palo (Si esto hubiera sucedido hoy día, seguramente habría acabado siendo
acusado de maltrato animal),
El pobre asno debió quedar tan frustrado al alejarse de la burra, sin
conseguir su objetivo "de cogerla", como dicen en muchos países americanos que, si
hubiese psicólogos para los burros, seguramente hubiera necesitado una docena
de sesiones al menos para superar el aquel trance.
- Si yo transmito a una persona un mensaje, estoy seguro de lo que he dicho, pero no puedo saber con exactitud lo que esa persona ha entendido; por ello, en el caso de una noticia, por muy clara que ésta parezca, cuando pasa de una persona otra y ésta la transmite después a una tercera, es muy fácil que, a esta última, ya le llega algo alterada; por lo tanto, cuanto más larga sea la cadena de informadores, más posibilidades existen de que la noticia, cuando llegue al destinatario final, ya no sea exactamente igual que al principio.
Para que podáis comprobar por vosotros mismos que las noticias a menudo pueden ir sufriendo
algunas modificaciones, a medida que se transmiten de un informador a otro, vamos a hacer, entre
todos, un experimento.
He escrito en una hoja de papel un pequeño texto y se lo voy a leer a uno de vosotros sin que lo oigan los demás; después, él lo transmitirá a un compañero, también sin que lo oigan el resto y así
sucesivamente hasta que le llegue al último de la clase.
Este, anotará en un papel el mensaje que ha
recibido, lo comparamos con el mío y ya veréis como los dos no son totalmente
iguales.
Cuando el profesor le pidió al último alumno que escribiera en un papel lo que el penúltimo compañero le había transmitido, se resistió a ello diciendo que no lo veía procedente; pero el profesor, muy enfadado, exigió que lo hiciera pues quería demostrar, con aquel experimento, que su teoría era cierta y que el mensaje que había recibido el último alumno no coincidía exactamente con el suyo ¡y vaya si lo consiguió!
El mensaje que había recibido el último alumno y que escribió en papel
fue:
En todos los núcleos de población, sin excepción, siempre existieron... y
existen, personas a quienes les encanta inmiscuirse en los asuntos ajenos y “la
Sinfo” reunía ese perfil al 100% (hay que
ver la mala suerte que tuvieron aquellos
chicos al coincidir en ella en la fuente, el mismo día y a la misma hora).
- Cuando
hablas del palo de Alpino, a qué te refieres ¡al pito!
- ¿Y
si no era el pito y era un simple palo, para qué lo iba a tener en la mano?
Continuó preguntando la segunda mujer, muerta de curiosidad.
- ¡Mira
no lo sé! De lo único que estoy segura es que la muchacha, el palo que fuera, lo tenía en su mano y no
lo soltó hasta que él le pidió que lo hiciera. Además, coincidió que la burra
de Caya “estaba a machos” (una forma
coloquial que antes se empleaba para decir que un animal hembra estaba en celo),
y el burro de Alpino intentó montarla allí en la fuente.
La
Sinfo piensa que los chicos estaban distraídos en lo suyo y, como el burro no
estaba atado; no se dieron cuenta de lo que hacían los animales; con decirte
que hasta rompieron dos cántaros…
Aquel cotilleo siguió circulando por el pueblo y, a medida que iba pasando de unos a otros, fue sufriendo algunas modificaciones sucediendo algo muy similar al experimento del profesor, resultando que, entre lo que había sucedido realmente y el mensaje final que se contaban unos a otros, existía muy poco parecido; con el agravante de que aquello no se trataba de un experimento, sino de un hecho real que afectaba a dos personas, dando lugar a que, a media tarde, ambos muchachos eran la comidilla de todo el pueblo.
Esta historia que me contó E, el nieto de Caya y Alpino, en la misma fuente donde sucedieron los hechos, me pareció tan sorprendente que no pude menos que preguntarle:
- Eso
sucedió tal como te lo he contado y así lo contaba mi abuela Caya que, por
cierto, lo pasó fatal. Entonces las mujeres debían permanecer castas y puras hasta llegar al matrimonio y a ella todo esto le afectó mucho ya que, ante los ojos
de los demás, ya no lo era.
Decía que si al menos todo lo que se decía hubiera sido verdad, tendría que aguantarse y tomarlo con deportividad, pero aquello era una mentira descomunal.
Nos repetía una y otra vez “Tu
abuelo y yo, aquel día en la fuente, tan solo reñimos un poco y ya está; fueron
los burros quienes estaban dispuestos a “cogerse el uno a la otra” si les
hubiéramos dejado…naturalmente, ¡¡pero nosotros...!!”
A mi abuelo Alpino también le sentó muy
mal ser la comidilla del pueblo y encima por algo que no había sucedido ¿Sabes
qué frase utilizaba para intentar convencer a la gente de que todo era mentira?
Les decía: “Ojalá hubiera sido verdad”.
- ¡Cómo
no se iban casar! Si desde el primer momento todo el mundo decía que eran
novios, aún sin serlo, al final decidieron darles la razón.

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