domingo, 7 de mayo de 2017

Curanderos: entre la ciencia y la magia 


 La salud es el bien más importante que tenemos los humanos, un regalo que nos presta la naturaleza; pero somos tan tontos que, hasta que no nos falta, no sabemos apreciarla en su justo valor. Schopenhauer, decía muy acertadamente: “La salud no lo es todo, pero sin salud, lo demás es nada”, y es que estar enfermo nos condiciona negativamente para todo.
  Las enfermedades, al ser algo inherente al hombre, han estado presentes en su vida desde el principio de los tiempos; también ha sufrido, a lo largo de su existencia, todo tipo de accidentes  (cazar mamuts debió ser una profesión de alto riesgo), por ello, desde siempre, ha tenido la necesidad de buscar remedio a sus males.

   En los albores de la humanidad, el concepto que el hombre primitivo tenía de enfermedad era muy diferente al que ahora tenemos. En aquellos tiempos, muchos de los hechos o fenómenos que ocurrían a su alrededor, o le sucedían a él mismo, escapaban a su comprensión y, al no encontrar una clara explicación ante lo mismos, vivía plenamente convencido de la existencia  de unas fuerzas sobrenaturales que lo controlaban todo; por ello, cuando sobrevenía alguna enfermedad, pensaba que los dioses estaban irritados con él y, para recuperar la salud perdida, debía contentarlos con la ayuda de los sacerdotes (o sus equivalentes). Éstos, mediante plegarias e invocaciones, se dirigían a la correspondiente divinidad con la pretensión de que el enfermo sanase. Era un acto de auténtica magia ya que, utilizando únicamente la palabra, pretendían curar al enfermo (menos mal que entonces no existía un servicio de atención al usuario, para presentar las correspondientes reclamaciones, porque si no…).
   Estos son los antecedentes más remotos de la medicina: la “medicina mágica”.

   En épocas posteriores, el hombre descubrió que en la naturaleza había productos, casi siempre de origen vegetal, que aliviaban las enfermedades, y comenzó a usarlos con este fin. Habían nacido los sanadores. Éstos, que a lo largo del tiempo, en cada cultura, han recibido distintos nombres: druidas
Druida Panoramix 
, chamanes, hechiceros, brujos, etc; en España fueron (y son) llamados curanderos, sanadores o sabios y, durante siglos, incluso milenios, han sido los encargados de aliviar las enfermedades del paisanaje. Este tipo de actividad  se encuadra dentro de lo que se conoce como medicina tradicional.

  Hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo pasado, especialmente en las zonas rurales, era frecuente acudir al curandero. Entonces, en los pueblos pequeños no había médico -igual que sucede ahora- y cuando aparecía algún problema de salud, primero se intentaba solucionarlo, en el propio domicilio, con remedios caseros, y¸ si con ellos no era posible curar el proceso, antes de ir al médico era frecuente que la gente acudiera a algún curandero próximo.
  Los sanadores tradicionales solían ser hombres y mujeres de condición humilde que vivían en el medio rural y conocían las propiedades terapéuticas  de las plantas. Sus  conocimientos los adquirían generalmente, por parte de alguno de sus ascendientes, padres o abuelos, que también habían sido curanderos; o bien, a través de  la propia experiencia.
  Los remedios naturales que aplicaban: infusiones, lociones, emplastos... solían  elaborarlos ellos mismos, y las fórmulas, generalmente, eran secretas.
  Había curanderos que sólo trataban algunas enfermedades concretas; otros eran expertos en solucionar problemas musculo esqueléticos: dolores articulares y musculares, luxaciones e incluso fracturas, para lo cual poseían una gran habilidad manual, y, por último,  estaban “los grandes curanderos", aquellos que eran capaces de tratarlo casi todo, tanto enfermedades del cuerpo como del espíritu.
   En muchas ocasiones, además de la aplicación de los tratamientos, realizaban  rezos e invocaciones buscando la ayuda de los espíritus benignos, y posteriormente, de Dios o de algún santo. Como podemos ver, empleaban productos naturales pero seguían usando la magia.
   Estas personas, que durante siglos aliviaron los males de la gente, cuando apenas había médicos,  con el desarrollo de la medicina actual fueron perdiendo terreno ante la misma y su número disminuyó considerablemente, pero nunca han llegado a desaparecer.

   Actualmente, tenemos una medicina científica donde los diagnósticos y tratamientos que se utilizan están respaldados por investigaciones suficientemente contrastadas; una medicina moderna que permite tratar, eficazmente, casi todas las enfermedades; pero, a pesar de  los grandes avances que ha experimentado en  los últimos tiempos, aún queda un gran número de cosas por hacer.
   Mucha gente vive con el convencimiento de que la medicina actual puede solucionarlo  todo, y esto, desgraciadamente, no es así; aún hay enfermedades que no pueden curarse. Ante estos “fracasos” de la medicina, algunas personas llegan a perder la confianza en los médicos y, a pesar de vivir en pleno siglo XXI, deciden acudir  a los curanderos… no están dispuestos a renunciar a la magia. Esto es lo que hizo decir al psiquiatra Thomas Szasz: “Antes, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora, que la religión es débil y la ciencia fuerte, el hombre confunde la medicina con la magia”.

   Entre los sanadores actuales, existe un nutrido grupo de ellos, auténticos charlatanes, que a través de Internet, sin pudor alguno, se anuncian y, desde la distancia, te venden “energía positiva” sin  importar el lugar del planeta en que te encuentres, prometiendo solucionar no sólo los problemas de salud, sino todo tipo de dificultades; previo pago, eso sí (con la tarjeta de crédito transfieres al “sanador” la cantidad establecida, y éste, sin saber quién es, cómo es, ni  en qué parte del mundo se encuentra, te transfiere“la  energía espiritual  que necesitas”, para solucionar tu problema.
  Muy diferentes eran aquellos curanderos tradicionales que tuve ocasión de conocer personalmente, o por referencias, en la segunda mitad del siglo XX. Muchos de ellos estaban convencidos de tener  un don o una gracia  que no solamente les permitía, sino que además les obligaba a  ayudar  a los demás. No se anunciaban en ningún lado y desempeñaban su trabajo de forma bastante altruista  (con ellos no necesitabas tarjeta de crédito alguna ya que no cobraban por sus servicios, sólo aceptaban lo que libremente quisiera darle el paciente.  Muchos, incluso rehusaban ser gratificados con dinero, con una docena de huevos, o un chorizo, podías arreglar el asunto).

   Alguno puede preguntarse si los curanderos, realmente, curaban a alguien. Claro que curaban…pero no a todos. Algo similar ocurre con la medicina actual;  por muy avanzada que esté, no puede curarnos a todos.




domingo, 23 de abril de 2017

Que Dios le de salud para…

(Bienaventurados los borrachos, porque verán a Dios dos veces)

   Todos los de Mieza / son unos borrachos / se beben el vino / y se gastan los cuartos. Esta canción, la escuché una vez en Vilvestre  y en ella, como podemos ver, los de Mieza no salen bien parados.   
En cambio, en Mieza, cantaban lo siguiente: Los mozos de Vilvestre / son unos borrachos / se beben el vino / y se gastan los cuartos.
   Que en cuál de los dos pueblos hay más borrachos, pues no lo sé; tampoco es plan de hacer una encuesta para ver si alguno de ellos destaca en estos menesteres.
   Antes, era muy común la aversión que había entre la gente de pueblos colindantes; raro era el lugar donde sus vecinos no cantasen alguna cantinela en la que los habitantes de algún pueblo aledaño salían malparados; aunque, en el pueblo aludido, también solían tener otra similar donde los   perjudicados eran los del primer pueblo, tal como ocurría con el asunto de los borrachos de Mieza y Vilvestre.
   En este sentido, es famosa la disputa que mantienen, desde tiempo inmemorial, entre Saucelle y Vilvestre,  sobre cuál de ambos lugares es el pueblo de los “averriaos” -obviamente, en cada uno de ellos  afirman que los averriaos son “los otros”-. A pesar de la enorme importancia que tiene el asunto, y de la gran trascendencia que conlleva, para los habitantes de ambas localidades, vivir con la incertidumbre de saber, a ciencia cierta, quienes son “los averriaos”; tras largos y concienzudos estudios que se han realizado sobre el tema, aún no ha sido posible resolver este dilema.

   Bueno, pues esto sucedió hace ya mucho tiempo, y el asunto también estaba relacionado con borrachos; aunque será mejor empezar desde el principio.
   El hecho aconteció a comienzos del siglo XX y en España reinaba por entonces Alfonso XIII; en esa época apenas había carreteras,  las pocas que había unían ciudades y pueblos importantes y, los pueblos estaban unidos entre sí por caminos de herradura.
   Para viajar a la ciudad había transporte público, unos coches de caballos similares a las diligencias de las películas del oeste americano -sin indios, eso sí- , y cuando la gente se desplazaba de un pueblo a otro, solía hacerlo a caballo (esto lo hacían las personas ricas de entonces, hoy equivaldrían a los que se mueven en BMW, Audi y Mercedes), en burro, en mulo, o caminando.
   Era un Primero de Mayo y ese día, aunque es la Fiesta del Trabajo, en  Barrueco lo que realmente celebran es la fiesta de su patrón, San Felipe, que es muy anterior a la otra.   Actualmente, la festividad se reduce a un solo día, el uno de mayo, pero antes duraba tres días, ya que comenzaba el día de San Felipe (uno de mayo) y terminaba el día de la Cruz (3 de mayo).
   En este pueblo, por San Felipe, se celebraba una importante feria de ganado a la que acudía gran cantidad de gente de todos los pueblos de la comarca y de fuera de ella, y aquel año,  entre el numeroso el gentío que llenaba las calles del pueblo, se encontraban cuatro mozos de Saldeana. Habían llegado a media mañana, juntos, cada uno en su burro; llevaban merienda, como era habitual entonces, y, a la hora de comer, en uno de los bares del pueblo, entre los cuatro compraron una garrafa de vino para acompañar los alimentos. 
   El morapio  debía estar  muy bueno y los cuatro rellenaron los vasos una y otra vez, hasta que lo terminaron todo. Aunque la garrafa no era demasiado grande, imagino que para cuatro podría ser de medio cántaro (unos 8 litros), cuando quisieron darse cuenta ésta estaba muy  vacía, y ellos muy llenos y alegres;  se habían trasegado cada uno de ellos una buena cantidad de vino, ese licor que, en el decir del Viejo Testamento, alegra el corazón de los hombres.
   A media tarde, cuando llegó la hora de regresar a su pueblo, los cuatro estaban aún muy alegres, y cada uno se subió a su “vehículo” para iniciar su itinerario.  
   Las previsiones para el viaje de regreso eran excelentes;  el día, plenamente primaveral, había sido  soleado y la temperatura era agradable; aunque estaban algo desorientados por lo del  vino, no había peligro alguno de perdida ya que los burros conocían perfectamente el camino de vuelta, así que sus amos ni siquiera necesitaron arrearlos para iniciar la ruta.
  Por entonces no se hacían controles de alcoholemia a los viajeros, tal como sucede ahora, de modo que, aunque todos ellos iban un poco achispados, ello tampoco suponía un problema para el viaje¸ aunque yendo en burro tengo grandes dudas que se lo hicieran incluso en la actualidad.
  Entonces, no había carretera para ir a Saldeana, aún faltaban varias décadas para que ésta fuera una realidad, y el trayecto había que hacerlo a través de algún camino; para regresar a su pueblo existían tres caminos distintos: El de Arriba, el de Enmedio, y el de Abajo ( no es broma) , y ellos, los burros más bien, siguieron el de Enmedio, que es por el que habían venido a la fiesta.
 El camino que siguieron atraviesa un valle, en el que hay un pilar , y los asnos, al llegar a su altura, se acercaron al mismo a beber agua. Mientras estaban en ello,  uno de los cuatro jóvenes miró con atención a los compañeros y se le ocurrió contarlos. No se incluyó en el recuento, y, evidentemente, sólo llegó hasta tres.
En el valle había un pilar
-      ¡Ay madre!, dijo en voz alta.  Se ha perdido uno. Éramos cuatro  y ahora solo somos tres.
-      Déjame contar a mí, dijo  el compañero que tenía más cerca. Te habrás equivocado. Y mira que con el vino que has bebido deberías ver el doble.
     Comenzó a hacer el recuento y tampoco se incluyó en el mismo, tal como había hecho el compañero anterior, por lo que también sólo llegó hasta tres.
-      ¡Es verdad!, ¡Falta uno! , exclamo muy preocupado. De los cuatro, uno se ha perdido por el camino y no nos hemos dado cuenta. ¡Pobrecito!, qué va a hacer ahora cuando se dé cuenta de que se ha perdido, dijo al borde de las lágrimas  -el vino ocasiona estas reacciones, a unos le da euforia y a otros les pone tristes- ¿Qué hacemos ahora?
-      Dejadme que cuente yo, dijo un tercero. No me fío mucho de vosotros. Yo creo que  es que os habéis pasado un poco con el vino y no sois capaces de contar bien.  
   Desde el burro, tal como hicieran los dos anteriores, contó a los tres compañeros, tampoco se incluyó en el recuento y obtuvo el mismo resultado  que los dos anteriores.
-      ¡Tenéis razón! ¡Sólo estamos tres! ¡Pero no sé quién es el que falta! ¿Ahora qué hacemos? Seguro que anda por ahí perdido sin saber ni dónde está . ¿Qué le vamos a decir a su padre, cuando nos vea volver sin él?
-      ¿Al padre de quién?, dijo el cuarto. Porque yo tampoco sé quién es el que falta. -éste también había contado sólo a sus otros tres compañeros, sin incluirse en el recuento, tal como habían hecho los demás, y había llegado a la misma conclusión-.
     En estas disquisiciones se encontraban, cuando llegó un hombre al pilar, a dar agua a las vacas.             Vio a los cuatro mozos  allí parados, cada uno subido en su burro, y les preguntó que si pasaba algo.
-      Verá usted, somos de Saldeana y volvemos de San Felipe. Esta mañana, al venir, éramos cuatro; ahora sólo somos tres y es que no sabemos quién de los cuatro es el que falta. ¿Puede usted ayudarnos?
 El dueño de las vacas rápido se dio cuenta del estado en el que se encontraban aquellos jinetes. Apenas eran capaces de sostenerse en los burros y encima pretendían hacer ejercicios de contabilidad; hasta se maravilló porque hubiesen sido capaces de contar hasta tres. Consideró que era urgente ayudarles para que siguieran la ruta hasta su pueblo, antes de que se les hiciera demasiado tarde, y, además, debía ser muy convincente ya que los que abusan del vino no suelen tener la conciencia muy despierta.  
-  Venga, voy a ayudaros. Poneros todos aquí, cerca de mí.
   Con el palo que llevaba en la mano, para las vacas, le arreó al que estaba más cerca un golpe en la cabeza…suave…pero un golpe al fin y al cabo, y contó:
-¡Uno!  
  Éste, se quejó por el golpe y se llevó la mano a la cabeza.
-  ¡Dos!, continuó el benefactor, dándole otro estacazo al segundo, con el mismo resultado.
   De igual modo procedió con los otros dos, dándole a cada uno con el palo en la cabeza, a la par que los enumeraba, y cuando acabó dijo:
-  ¡Y cuatro!, ya estáis todos. Mirad, aquí hay cuatro personas y cuatro burros. Podéis iros tranquilos a vuestro pueblo, que no falta ninguno. De todos modos, si queréis os cuento otra vez, para estar más seguro.
-  ¡NOOOOOOO!, dijeron, doloridos, todos a la vez, mientras se rascaban la cabeza.
Ya más tranquilos, por haber encontrado “al compañero perdido”, aguijaron los burros  para proseguir el camino y uno de ellos, volviendo la cabeza, se dirigió al hombre de las vacas que había resuelto en entuerto.
-   ¡Señor!, muchas gracias por encontrar al compañero perdido. Que Dios le de salud para seguir haciendo favores.


(Éste es un cuento popular muy conocido.  Aunque me lo contaron personalizándolo en unos mozos de Saldeana; en este pueblo, seguramente, también lo contaban, aunque  los borrachos,  en su caso, seguramente eran de Barrueco.
   Los cuentos populares suelen tener una amplia difusión; de hecho, éste lo cuentan también en Extremadura, Castilla la Mancha y posiblemente en otros muchos lugares)

miércoles, 5 de abril de 2017

El hombre que no amaba a las mujeres


   Esto ocurrió hace ya bastantes años, cuando me encontraba estudiando en Salamanca; era un día de abril, un Viernes de Dolores para ser más exactos, y me iba al pueblo de vacaciones de Semana Santa. Entonces, tener coche era un auténtico lujo y, como la mayoría de las familias no disponían de él, cuando viajábamos, casi todos lo hacíamos en el transporte público. 
   Aquella tarde, la estación de autobuses estaba abarrotada de gente y maletas; daba la sensación de que todos los estudiantes habíamos decidido ir a nuestros pueblos, el mismo día y a la misma hora.
   La empresa Bautista, que era entonces la encargada de la ruta en nuestra zona, aquel día había reforzado el servicio con más autobuses y, aun así, todos iban  llenos de pasajeros.
   Tras localizar el autobús que me correspondía, guardé el equipaje en el maletero, subí al mismo y busqué el asiento que tenía asignado, que se encontraba en la parte de atrás. Unas filas anteriores a mí, viajaba un hombre de mi pueblo (vamos a llamarle Teodomiro) al que saludé al pasar por el pasillo, antes de acomodarme en mi asiento.
   A las seis de la tarde, hora oficial de salida, el autobús estaba completo con todos los pasajeros ya sentados en nuestros asientos, el equipaje guardado en los bajos de autobús con los portones ya cerrados,  y el conductor se encontraba también, ya sentado ante el volante… pero el coche no arrancaba. Nadie sabía por qué no nos íbamos ya.
   Salir con retraso era algo muy habitual y aquel día no fue la excepción, salimos de Salamanca “solo” veinte minutos más tarde de lo previsto. En esta ocasión, la demora era debida a que la empresa había vendido billetes por encima de la capacidad de los autobuses, y no había asiento para todos los pasajeros (aunque pueda parecer que el overbooking es un invento nuevo de las compañías aéreas, en realidad la línea salmantina de autobuses Bautista, ya lo había inventado hace más de 40 años). La empresa, en eso hay que alabarla, al contrario que las compañías aéreas, nunca dejaba a nadie “en tierra”. En nuestro autobús subieron, aquel día, dos pasajeros, “de más” que permanecieron de pie, en el pasillo. Irían allí hasta que bajase alguien, en alguno de los pueblos más próximos a la ciudad, y quedaran asientos libres.
   Actualmente, cuando viajamos en un medio de transporte público: tren, autobús, avión…podemos apreciar cómo ha cambiado la sociedad en lo que respecta a la comunicación entre las personas. Entonces no había móviles, mp3, tablets, ni ordenadores portátiles, y los pasajeros, durante el viaje, generalmente hablábamos con el compañero que te tocaba al lado. Estar dos horas sentado, a pocos  centímetros  de tu vecino de asiento, sin dirigirle apenas la palabra, era impensable. En cambio, hoy día, lo habitual es que el compañero de al lado se coloque los auriculares, se ponga a navegar -o divagar- por internet, o a hablar o “”guasapear” por el móvil, y ni te mira aunque compartas con él varias horas de viaje.  
  Los nuevos sistemas de comunicación, con los que contamos hoy día, nadie pone en duda que son una  maravilla; pero, en algunos aspectos, no son tan estupendos. Te acercan a la gente que está lejos, sí, pero te alejan de la que tienes al lado (este fenómeno ocurre también hasta en los propios domicilios, no hace falta viajar para para comprobarlo).
   En aquellos tiempos, como aún no existían estas nuevas tecnologías, una vez que el autobús arrancó e inició el recorrido, muchos pasajeros comenzaron a hablar con sus vecinos de asiento y , como buenos españoles, encima lo hacían bastante alto, oyéndose dentro del autobús, simultáneamente, varias conversaciones.
  Los dos pasajeros que iban de pie, en el pasillo, también conversaban y uno de ellos lo hacía en voz alta, gesticulando mucho,  parecía estar muy enfadado. En un momento dado, todos pudimos oírle decir con claridad, en un tono de voz bastante elevado:
-   ¡Si es que todas las mujeres son unas putas!
    A escuchar esto, casi todas las conversaciones se interrumpieron y muchos miramos al hombre que había hecho tal afirmación.
-        ¡Cállate!¸ le recriminó el compañero, al darse cuenta. Nos están mirando todos.
   El autor de la frase, también se dio cuenta de que era observado por gran parte del pasaje  e hizo caso al compañero, permaneciendo los dos en silencio.
   A los diez minutos, cuando el autobús iba dejando atrás las últimas casas de la ciudad, casi todos los pasajeros, incluidos los que iban a pie en el pasillo, ya habían reanudado sus charlas. La conversación de estos dos últimos, en realidad, no era un diálogo, se trataba de un monólogo ya
WWW.monbus.es
que uno hablaba muy exaltado (el orador), elevando cada vez más el tono de la voz, mientras el otro sólo escuchaba (el escuchante).
   Un poco antes de llegar Doñinos, el primer pueblo de la ruta, donde tenía paraba al autobús,  todos pudimos oír de nuevo, al mismo pasajero del pasillo de antes, al orador, decir con mucha vehemencia:
-   ¡De verdad. Todas las mujeres… pero todas…son unas zorras y unas putas!
   Lo cierto es que desagradaba tanta insistencia sobre el tema. Desde que somos niños, siempre
nos han enseñado que no hay que meterse en conversaciones privadas; pero aquella conversación era cualquier cosa menos privada ya que, sin pretenderlo,  la estábamos oyendo prácticamente todos los  que viajábamos en el autobús. Teodomiro, que se encontraba muy próximo al hombre que lanzaba aquellas aseveraciones sobre las mujeres, muy contrariado, se dirigió a él en estos términos:
-   ¡Oiga! Usted dice, que todas las mujeres son unas putas ¿no?
-   ¡Pues sí!, respondió el otro, muy seguro de sí mismo ¡lo digo y lo repito las veces que sea necesario!
-   Entonces…por lo que dice…su madre también lo es, claro, afirmó Teodomiro.
   Al escuchar estas palabras, el hombre enrojeció de ira, dudó durante un momento qué hacer, y se abalanzó sobre nuestro paisano. Éste, que tenía un paraguas en la mano, se levantó del asiento y le dijo que si se le acercaba  le arreaba  con él.
   Se armó una escandalera tremenda en el autocar. Se oyeron insultos, hubo amenazas, y no llegaron a las manos porque los viajeros, que estaban más próximos a ellos, se interpusieron entre los dos hombres. En la trifulca intervinieron también varias mujeres que apoyaron a su paladín, con palabras y de paso aprovecharon para insultar al deslenguado pasajero del pasillo.
   El conductor tuvo que parar el autobús, y, tras restablecer un poco el orden, para evitar nuevos enfrentamientos, sugirió que uno de los dos protagonistas de la gresca se bajara allí mismo para  continuar el viaje en otro autocar de la empresa que venía detrás de nosotros; pero ninguno quería abandonar el autobús,  eso suponía dar la razón al otro. 
   Un hombre, que iba en la parte delantera del autobús, se ofreció a dejar su asiento  a “el hombre que no amaba a las mujeres”, y siguió el viaje en pie, en el pasillo, en su lugar, con el fin de      separar a los dos contrincantes.
   De este modo, pudimos continuar la ruta (aquel día, el coche de línea, en vez de las dos horas      habituales que empleaba, en hacer el trayecto, tardó tres horas en llegar al pueblo; ya que, al horario  habitual hubo que sumar el retraso en la salida y la trifulca que hubo en el autobús.  
   Más de uno felicitamos a nuestro paisano por su buen hacer, defendiendo la honra de las mujeres, y  éste intentaba quitarle importancia al asunto, echando mano del refranero:
  ­- ¡Bah!, ha pasado lo de siempre: “Quien dice lo que no debe, escucha lo que no quiere”



sábado, 18 de marzo de 2017

Asuntos divinos y profanos II

Una voz “celestial”

   No hace mucho tiempo, en un pueblo de Extremadura, tuve ocasión de leer un letrero, que el cura había colocado en la puerta de  la iglesia, con el siguiente aviso: “Apaguen el móvil durante la misa. Para hablar con Dios, no lo van a necesitar”. Esto me hizo recordar una anécdota que ocurrió hace ya bastantes años.
   Todos sabemos que  los caminos de Dios son inconmensurables,  y que Éste puede manifestarse de las más diversas formas;  pero  hay modos de hacerlo que nunca, por mucha imaginación que le echemos al asunto, podemos sospechar  que ocurra, tal como sucedió aquel día.
   Situémonos  en 1970. En esta época, existía en Barruecopardo un instituto  de bachillerato elemental  que  dependía  del homónimo de Ciudad Rodrigo.  Un día, debían ser entre las cinco y

las seis de la tarde, los alumnos  nos encontrábamos  en clase de religión y el profesor de la asignatura,  uno de los curas del pueblo (entonces había dos) explicaba algún capítulo del Viejo Testamento. En un momento dado, exclamó:
-      Entonces  el Señor dijo…, e hizo un silencio calculado, antes de reproducir, con solemnidad, las palabras dichas por Dios). 
   Nosotros permanecíamos muy atentos, para escuchar lo que había dicho Dios, y  pudimos oír, con toda claridad, las siguientes palabras:  
-   ¡Vaaca, vaaca veeee! ¡Como te dé un estacazo, vas a ir por donde yo te diga!  (Esto es lo que oímos los alumnos, tras la introducción que había hecho el cura).
   Obviamente, estas palabras no salieron de la boca de nuestro profesor de religión. Las había dicho  un hombre que pasaba con sus vacas, en ese momento, por la calle; una de ellas debió desmandarse un poco y su dueño, para restablecer el  orden en el rebaño, le dedicó esos improperios.  El momento coincidió, exactamente,  con  el preámbulo que había hecho el profesor,  para  transmitirnos las palabras divinas, y  el resultado fue que los alumnos  lo único que  llegamos a oír fueron las amenazas que dedicó el dueño a su vaca. 
  El  profesor también oyó las voces del paisano, se dio cuenta de lo ocurrido y, ante nuestras risas, quiso guardar la compostura,  intentando mostrar enfado por lo sucedido; pero se tapaba  la boca con el libro que tenía en la mano  para disimular  una risa floja que intentaba contener.

 - ¡Dios no dijo eso, os lo aseguro! Aclaró el cura, que ya no podía disimular una risa franca. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Asuntos divinos y profanos 

El final del invierno

   Los misioneros/as son gente admirable que dedican su trabajo, y su vida, a ayudar a los más necesitados desarrollando una gran labor en los países más pobres. Actualmente,  también existen  ONG que prestan ayuda  a los ciudadanos de otros países en situaciones de pobreza, enfermedad, hambre…, pero, hasta no hace muchos años,  esta labor era desarrollada, fundamentalmente, por este colectivo de hombres y mujeres extraordinarios.
   Aunque pueden ser seglares, en su gran mayoría son religiosos, y allí donde van, además de  acristianar a la gente,  intentan mejorar las condiciones de vida de esas personas prestando ayuda sanitaria, alimentaria, educacional…. Pero, para  desarrollar estas actividades ,  no basta con ser personas virtuosas y tener buenas intenciones, también son necesarios medios materiales; por decirlo de otra forma:  si los misioneros  pretenden  vivir en otros países, construir escuelas, consultorios, capillas,  pozos de agua potable  y una larga lista de cosas,  en aquellos lugares donde realizan su labor,   necesitan dinero y éste nunca es suficiente (ni en las misiones, ni en ningún otro lado, todo hay que decirlo).  Por este motivo,  a mediados del siglo pasado, en las décadas de 1960 y 1970, algunos misioneros, cuando volvían a España de vacaciones desde los países donde desarrollaban su trabajo, aprovechaban su estancia aquí para visitar las parroquias de los pueblos, solicitando ayuda económica, con el fin de poder seguir desarrollando su actividad en aquellos lugares.  En realidad, era una continuación de su labor misionera: aquí recogían lo que podían, y allí lo distribuían después.
  Cuando venían a los pueblos, habitualmente,  lo hacían en tiempo cálido: primavera o  verano; pero  un  año llegaron a nuestro pueblo en la primera quincena de marzo, a finales del invierno. 
En estas fechas,  aunque la primavera cronológica ya está próxima, a veces no ocurre lo mismo con la primavera climática pues el ambiente aún sigue siendo demasiado invernal, manteniéndose las temperaturas excesivamente bajas, como ocurría aquel año.  
   Las iglesias suelen ser lugares bastante frescos; este hecho, que durante el verano es estupendo,  cuando llega el  invierno no lo es tanto, y en los pueblos, como antes en ninguna de ellas había  calefacción, en esta estación eran auténticas neveras.   
Las iglesia suelen ser sitios frescos
   Durante los días que permanecían los misioneros en el pueblo  se celebraban diversos  actos religiosos (rosarios, misas, o simples reuniones)  en el templo, y,  debido a que el  clima, aquel año, aún era bastante frío,  el párroco y los dos misioneros que habían venido al pueblo, en esta ocasión, conscientes de la situación, hablaron del tema y llegaron a la conclusión de que una cosa es ser buen cristiano  y otra quedarse congelado en la templo (debieron pensar que la iglesia católica ya tenía  muchos mártires, y que no necesitaba más), así que acordaron que el número de actos  con los feligreses se mantendría, pero procurando que  duraran el menor tiempo posible.
 
   Las celebraciones religiosas tenían lugar al caer la tarde y, más o menos, transcurrían de este modo: El párroco del pueblo oficiaba el  acto religioso oportuno, acompañado de los  misioneros y, en un momento dado, uno de estos  tomaba la palabra y hablaba a la grey sobre la bondad, la hermandad entre las personas, la desigualdad entre países pobres y ricos, y de lo bien que vivíamos nosotros -según ellos-   mientras que en los países, donde  estaban de misión,  todo eran necesidades… La conclusión final era que   nosotros, como buenos cristianos,  debíamos ser generosos con “los hermanos de los otros países”.
  Todo esto no se resumía a un solo día; los misioneros,  permanecían en el pueblo  dos o tres días y después se iban a otro lugar a continuar su labor.
   En aquella  época, la religiosidad de la gente era  mucho mayor que ahora y lo habitual era que los feligreses acudieran en gran número, a la iglesia.  
  Una noche, en plena celebración,  el misionero que hablaba aquel día debía estar muy inspirado pues, a pesar del clima tan gélido que había en esos momentos en el templo,  olvidó el compromiso que adquirido con los colegas, respecto a la brevedad de las celebraciones,  y llevaba más de media hora hablando sin parar, inmune al frío, mientras los feligreses le escuchaban  “engarañados”.
   Nuestros  paisanos: hombres,  mujeres, viejos, jóvenes y niños, todos ellos, estaban literalmente helados, aguantando estoicamente las palabras del orador, haciendo méritos para ir al cielo.  Éste  seguía con su plática,  como si nada, y,  en un momento dado, comenzó a amenazar con las llamas del infierno a aquellos malos cristianos que no fueran  generosos con los hermanos pobres de los otros continentes (a este tipo de acciones, hoy día, los psicólogos lo llaman chantaje emocional).
   Un hombre de reconocida religiosidad, hasta ese día,  como todos los demás, estaba aterido de frío; encogido, dentro de su abrigo,  tiritaba,  casi le castañeteaban los dientes  y apenas sentía los pies, de lo helados que los tenía. Por su mente pasaban un montón de pensamientos y todos estaban relacionados con el intenso frío que sentía (pensaba en lo bien que estaría en su casa al  brasero, en su mesa camilla. Se juraba a sí mismo que jamás volvería a escuchar  a ningún misionero aunque viniera en pleno  mes de julio; y, finalmente, llegó a la conclusión de que, como siguiera unos minutos más en la iglesia, le iba a pasar algo… y él no tenía madera de mártir).
  Se hallaba sumido en estos pensamientos, cuando oyó la amenaza de “las llamas del infierno para los malos cristianos”,  esto le  hizo recordar la acogedora lumbre que había dejado encendida en su casa, y ya no  aguantó más. Se levantó  del banco en el que se encontraba sentado y pudo apreciar  que todo el mundo le observaba. Hasta el misionero interrumpió la larga charla que estaba dando, mirándole también. Debieron pensar todos que quizá le sucedía algo malo; lo que, en cierto modo, no dejaba de ser verdad ya que el frío que tenía el hombre no era nada bueno.

   Pero nuestro paisano ya sólo pensaba  en su lumbre; se imaginaba lo bien que estaría sentado en la chimenea de su cocina, calentando el cuerpo por fuera, e incluso tomándose además una copa de coñac, para calentarlo también por dentro, y tomó una decisión irrevocable: no aguantaba en la iglesia un minuto más… se iba para casa. Allá los demás si querían seguir pasando frío;  por él,  podían seguir escuchando al misionero “hasta  el Día del Juicio, por la tarde”.
   A las personas, generalmente,   les avergüenza abandonar una celebración, sea religiosa, o de cualquier otro tipo, sin que ésta haya acabado;  pero este hombre estaba desesperado por el intenso frío que tenía  y, a pesar de que todos continuaban mirándole,  ya nada podía detenerle.
   Dirigió sus pasos hacia la salida del templo y cuentan que, en el trayecto, hasta llegar a la puerta, alguien le oyó mascullar:

-         ¡Qué suerte tienen los malos cristianos! ¡Lo a gusto que deben estar en el infierno!