martes, 13 de enero de 2026

Pájaro, pajarito y pajarón

 

 

   Una historia, es una narración oral o escrita que está basada en hechos reales, cosa bien distinta es que describa fielmente como acontecieron; en cambio, un cuento narra hechos que son ficticios o imaginarios y, como podemos ver, la diferencia entre ellos parece estar clara.

   Al lado de los cuentos “de autor” como los de los hermanos Grimm (Cenicienta, Blancanieves) o Christian Andersen (El Patito Feo, La Sirenita) que son mundialmente conocidos, tenemos los cuentos tradicionales, aquellos que, pasando de generación en generación, contaba la gente de cada lugar y que, al contrario que los primeros, si hablamos de popularidad, a veces incluso son desconocidos por los habitantes de los pueblos o aldeas de donde son originarios.

   Los cuentos tradicionales, aunque pueden ser fantásticos, en la mayoría de ellos vemos reflejadas actividades humanas existiendo cuentos picarescos, ejemplarizantes, satíricos, de curas y amas, de médicos, de héroes y villanos… y, al contrario que las historias, son intemporales comenzando muchos de ellos con los consabidos: había una vez; en tiempos de Maricastaña; cuando las ranas criaban pelo

   Además de las historias y los cuentos, encontramos las leyendas que narran hechos extraordinarios a veces basados en personajes o circunstancias donde se entremezclan la ficción y la realidad.

 Como ejemplo de leyendas, tenemos la del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda, o la leyenda de la Cueva de Salamanca que nos pilla más cerca, en la que propio diablo aparecía dando clases de ciencias ocultas (magia y adivinación), en la que conviven una ficción (el propio diablo dando clases), y una realidad (la cueva existe y todo aquel que lo desee puede visitarla).

   Dentro de las narraciones, también tenemos los mitos. Estos, igual que sucede con los cuentos, narran hechos imaginarios cuyos protagonistas suelen ser dioses y héroes (la mitología griega y romana son un claro ejemplo de ello), aunque también puede tratarse de elementos naturales (el hecho de que la cueva del Toral y la del Teso de Peña Horcada comunican entre sí, es un mito que tenemos en nuestra comarca); árboles extraordinarios que hablan, se mueven o son tan altos que llegan al cielo, animales monstruosos…

   En ocasiones, cuando escuchamos o leemos una narración, no es fácil discernir si estamos ante una leyenda, un mito o un cuento, pues no hay una clara frontera entre ellos que sirva para distinguir unos de los otros. Llegados a este punto, yo, que no soy especialista en estos temas, ni tampoco pretendo serlo, distinguir qué es un cuento, una leyenda o un mito, es una batalla que di por perdida hace mucho tiempo.  

   Todo esto “viene a cuento” porque una vez, cuando era un joven universitario, hace… vamos a dejarlo solo en joven universitario, me contaron algo que no sabía situarlo en alguno de los apartados anteriores y que al final acabó siendo algo que estaba en las antípodas de lo que pensaba.

  En mi época de estudiante, cuando llegaban las vacaciones, durante una temporada me dediqué a indagar sobre las tradiciones y costumbres de nuestra comarca, especialmente sobre nuestro folklore; en un momento dado me interesé por los cuentos tradicionales y eso supuso para mí un auténtico descubrimiento debido a la gran variedad y abundancia de los mismos, siendo posible todo ello gracias a los magníficos informantes que tuve. El procedimiento que seguía era el siguiente:

   Quedaba con ellos por las tardes, procurado que estuvieran libres de sus tareas habituales; tomaba nota de todo, o lo grababa con un radiocasete, que era lo que había entonces y todo iba muy bien.

  Tras llevar una temporada escuchando a unos y otros contar “cuentos”, me di cuenta que entremezclaban narraciones de todo tipo: historias, cuentos, leyendas, mitos, fábulas, chascarrillos, chistes…, y que, a medida que pasaba el tiempo, la cosa empezó a ser poco productiva debido a que algunos informantes sólo recordaban los cuentos más populares que ya eran conocidos por mí, por haberlos oído anteriormente a otras personas.

   Como mi pretensión era descubrir material nuevo, para evitar que me repitieran lo mismo una y otra vez, acabé siendo yo quien guiaba las entrevistas, sugiriendo el tema a tratar en cada ocasión.

   Una tarde me encontraba con un paisano de Barrueco y hablábamos del tema de “los asustaniños”, unos seres mitológicos populares creados para asustar a los niños, con el objetivo de evitar que incurrieran en actitudes incorrectas o bien que se expusieran a algún peligro.

  Le pregunté si conocía a la Fiera Corrupia, un animal fantástico que se comía a los niños si salían al campo solos, y respondió que sí; después le pregunté si conocía a la Marimanta, otro animal mítico que vivía en los pozos y agarraba por los pelos a los niños, si se asomaban a ellos, arrastrándolos al interior, respondiendo también afirmativamente y continuó diciendo:

 -     A veces también nos amenazaban, con el hombre del saco y con el sacamantecas para que no nos acercáramos a desconocidos; también con el Coco si éramos desobedientes o no queríamos dormirnos, y hasta con las brujas; de ellas nos decían que, si andábamos de noche por la calle solos, nos agarraban de los pelos, nos llevaban volando con ellas y nadie volvía a saber de nosotros.

 -     Además de la Fiera Corrupia y la Marimanta ¿Conoces algún otro animal fantástico? Pregunté.

 

-     De otros animales no recuerdo nada.

 

-     ¿Y algún vampiro u hombre lobo? Insistí yo.   

 

-     De eso tampoco oí hablar nunca a mis padres.

 

Tras mi tentativa fallida, de intentar descubrir algún otro animal fantástico, decidí no darme aún por vencido y seguí insistiendo:

 

-   Para evitar que los niños fueran al río, aprovechando que allí hay una colonia de buitres, ¿Os amenazaron alguna vez con que un buitre o algún otro pájaro gigante, os podía llevar volando?

 

Mi interlocutor se tomó un tiempo antes de responder:

 

-     Para que no fuésemos al río, no nos amenazaban con pájaro alguno, nos decían que allí había una serpiente enorme que se comía a los niños; pero como el río queda muy lejos, allí nunca íbamos solos, así que la pobre debía pasar mucha hambre. Bromeó él.

Sin embargo -continuó diciendo-, estoy recordando algo que a lo mejor te sirve. Se trata de un pajarón, aunque nunca oí decir que sirviera para asustar a los niños; de todos modos, puedes preguntarle a su dueño por él.

 

-     ¡Estás diciendo que hay un pajarón y que encima tiene dueño! Exclamé muy sorprendido.

   Aquello sí que era un descubrimiento. Si la mitología griega y romana contaban con el Ave Fénix, un pájaro que cada 500 años ardía en una hoguera y resurgía de sus cenizas, simbolizando la inmortalidad; en Chile el Alicanto, otro pájaro mitológico que se alimentaba de oro y plata, o los mejicanos a Quetzal, el ave sagrada azteca, se estaba abriendo ante mí la posibilidad de haber encontrado otro pájaro mítico en nuestro pueblo.

 Permanecí unos momentos en silencio, enfrascado en mis pensamientos y mi informante siguió comentando

 

-     Estoy hablando del “pajarón del tío Adolfo”, pero no te vayas a confundir con eso. Si a un hombre se le olvida subir la cremallera del pantalón y queda la bragueta abierta, a veces, cuando alguien lo ve, le avisa de ello con una indirecta, para que se la suba, diciéndole: - Se te va a enfriar el pajarito. A ver si vas a pensar que ese hombre lo tenía enorme y en vez de pajarito lo que tenía era un pajarón...  no se trata de eso; me refiero a que, en uno de sus prados, hay un edificio que es conocido por todos como “el Pajarón”.

       A lo mejor han tenido allí, alguna vez, encerrado un pájaro de gran tamaño y de ahí le viene el                nombre; el tío Adolfo murió hace bastantes años, pero puedes preguntarle al hijo si eso tiene                    alguna relación con lo que tú andas buscando. 

  Valorando la posibilidad de que el edificio que indicaba mi informante, alguna vez hubiera albergado un pájaro de gran tamaño, ello me obligó a reconsiderar la cuestión. No estaba ante un mito, leyenda o cuento, sino una historia, algo que, aunque hubiera sucedido tiempo atrás, era real y por lo tanto me olvidé del Ave Fénix, del Alicanto, de Quetzal y resto de aves míticas.

   Si el pájaro era de gran tamaño, pensé en la posibilidad de que se hubiera tratado de una avutarda, que es el ave de mayor tamaño que habita en la península (aunque en algunos lugares de España hay

SEOBirlife (Avutarda)


granjas de avestruces, en Barrueco hasta ahora nunca ha sucedido tal cosa)
pero no encontraba explicación alguna de porqué habían podido tener un pobre pájaro encerrado y con qué fin.

 Cuando alguien tiene una duda y desea resolverla, lo  indicado es preguntar a alguien que pueda hacerlo y por suerte, en aquel caso, existía una persona idónea para ello... el hijo del tío Adolfo, el heredero y dueño, en aquel momento, del prado donde estaba situado el edificio que era conocido como “El Pajarón”, así que decidí hablar con él.

  Aquella misma tarde me acerqué a su casa con tan buena suerte que lo encontré allí, ya que acababa de regresar del campo. Era un hombre muy agradable a quien conocía bien y, cuando le dije que el motivo de mi visita era porque buscaba información sobre el pajarón deseando saber si guardaba relación con algún pájaro grande que hubiera tenido allí encerrado alguna vez su padre, comenzó a reír con ganas. Al ver su reacción, ante mi pregunta, intuí que la teoría del pájaro misterioso “hacía aguas” por algún lado.

  Si ya había descartado de antemano lo del pájaro mítico pensando que, el trasfondo de la cuestión, pasaba por una historia relacionada con un pájaro de carne y hueso de gran tamaño, al ver cómo se reía aquel hombre, empecé a sospechar que por ahí tampoco iba el asunto y, lo que era aún peor, además tuve la sensación de que el ridículo sobre volaba sobre nuestras cabezas, estaba a punto de caer sobre uno de los dos, y yo tenía todas las papeletas aquel día.

-     ¡Verás! Empezó a decir cuando se calmó. Ese edificio lo mandó hacer mi padre y yo, desde que era niño, siempre lo he conocido como “el Pajarón”.

  Ahora en algunas fincas, para alimentar los animales cuando no hay hierba, en las naves o cabañales se almacenan pacas de heno o paja; pero antes, tanto el heno como la paja, se almacenaban sueltos y no en pacas. Al sitio donde se guardaba el heno, lo llamábamos henar y, donde se guardaba la paja, lo llamábamos pajar.

  A ese edificio lo llamamos así, simplemente, por el tamaño. Como es grande, en vez de decir que es un pajar, siempre lo hemos llamado pajarón; el nombre está relacionado con la paja no con pájaro alguno.

 A medida que escuchaba sus palabras, me reproché a mí mismo haber relacionado, desde el primer momento, el nombre de pajarón, exclusivamente, con el mundo de las aves sin valorar que, además, el edificio del que hablábamos, también podía ser un pajar que no guardaba relación con pájaro alguno, ya fuera mítico o sin mitificar.

 Además, pude sentir cómo el ridículo ya no sobrevolaba sobre nosotros, había caído pesadamente sobre mí.

 Agradecí al dueño del “Pajarón” la aclaración que acababa de hacerme; me despedí de él y, mientras regresaba caminando hacia mi casa, iba pensando en ese dicho tan común que dice “nunca te acostarás sin aprender algo nuevo”. Aquel día yo había aprendido dos cosas:

 a)    Que pajarón es un aumentativo, tanto de pajar como de pájaro.

 b)     Lo fácil que resulta a veces hacer el ridículo, aún sin proponérnoslo; aunque, pensándolo bien, si            no lo hiciéramos nunca, la vida sería muy aburrida ¿no os parece? Eso sí…tampoco hay que abusar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario