martes, 22 de julio de 2025

Algunos retazos de geografía local


   Si en Mieza existe el camino de Barrueco y en nuestro pueblo, a su vez, existe el camino de Mieza, a nadie se le escapa que hay un camino que une ambos pueblos. Así al menos se lo expliqué a mi perro, él me miraba con atención y cuando terminé dijo ¡guau! Supongo que eso significaba, en su lenguaje canino, que lo había entendido todo. 

  Actualmente, cuando alguien desea ir a Mieza desde Barruecopardo, no lo hace siguiendo el antedicho camino, emplea una ruta diferente. Sube al coche, toma la carretera de Aldeadávila (DSA 580); a la altura del cruce con la carretera DSA 560 (el cruce de Cerezal de toda la vida), sigue ésta última en dirección a Cerezal de PeñaHorcada; al llegar a ese pueblo pasa de largo y en un momento llega a su destino, tras haber recorrido en total unos 12 km. 

 Si esa persona desea hacer ejercicio, puede realizar el mismo recorrido en bicicleta; en este caso, al llegar a Cerezal, puede parar a descansar y llenar la cantimplora con agua en el magnífico pilar que hay al lado de la carretera; una vez ha descansado, con energías renovadas, en poco rato llegará a su destino, ya que el terreno es bastante llano y no presenta dificultad alguna; aunque, si debe regresar a Barrueco, lógicamente, solo ha hecho la mitad del recorrido y aún debe pedalear bastante. 

 Hoy día, este es el itinerario recomendado pero, antes de que existieran las carreteras actuales y los vehículos con motor, a lo largo de los siglos, para ir a ese pueblo, nuestros antepasados seguían el antiguo camino de Mieza, cuyo trayecto es más corto, haciéndolo a pie o a lomos de una caballería. 

 Una vez leí un folleto turístico que presentaba a Barrueco como un “cruce de caminos”, lo cual es innegable; pero si consideramos que, para un madrileño, el centro del mundo (de su mundo) es Madrid, y que, para los neoyorquinos, el centro del mundo es New York; para nosotros, el centro del mundo es nuestro pueblo; por lo tanto, no deberíamos considerarlo un cruce de caminos, sino el origen de todos ellos. 

 Conclusión. Si alguno de vosotros un día coge un avión y recala en Australia, no debería decir: “qué lejos está mi pueblo de aquí”, más bien corresponde decir lo contrario “qué lejos pilla Australia de Barrueco”. 

 Una vez aclarado que nuestro pueblo es el centro del mundo –solo para nosotros, eso sí- y ya convencidos de que no es un simple cruce de caminos sino el origen de varios de estos, me gustaría aclarar que estos caminos aún existen, casi nunca coinciden con las carreteras actuales y todos son perfectamente reconocibles. 

 Tenemos el camino de Saucelle y el de Hinojosa, el de Bermellar, los de Saldeana (para ir a este pueblo hay tres caminos que son el de Arriba, el del Medio y el de Abajo - no es ninguna broma-), el de Barreras, el de Villasbuenas, el de El Milano, el de Cerezal de Peñahorcada, el de Mieza y el de Vilvestre. 
  Aunque en algunos tramos comparten parte de sus trayectos, en total suman doce, lo cual no está nada mal.
 Si alguien desea recorrerlos hoy día, aún puede hacerlo antes de que hagan la concentración parcelaria, pero para ello debe olvidarse del coche, ya que la mayoría de ellos solo es posible transitarlos a pie; también es posible, en algunos casos, recorrerlos, total o parcialmente, en bicicleta y, llegado el caso, incluso a caballo. En burro es bastante más difícil y no porque el camino ofrezca alguna dificultad especial para estos animales; la dificultad, en este caso, reside en encontrar un burro. 

 Volviendo al antiguo camino de Mieza, su inicio se encuentra algo más allá del “Barrio Nuevo”, donde tiene su negocio Miguel Delgado; allí, a la altura de la báscula municipal, hay una bifurcación de caminos debiendo seguir el de la derecha, pasando ante el transformador de la luz; continuamos hacia adelante sin desviarnos y atravesamos un valle (La Mata del Leonardo), continuamos rectos dejando a la derecha el camino de “Los Piconitos”, alcanzamos una calleja, seguimos la misma que nos lleva a otro valle (la Mata del Viñadero), continuamos el camino que cruza este valle y, a unos 100 metros desde que abandonamos la anterior calleja, ya en pleno valle, a la izquierda del camino que llevamos, surge otro que nos lleva a otra calleja. 

 Hasta aquí, el camino es común tanto para Cerezal como para Mieza (vamos a llamarlos opción A y opción B), porque ha llegado la hora de elegir; si alguien quiere ir a Cerezal (opción A), debe continuar en línea recta, siguiendo el camino que atraviesa el valle; y si lo que desea es ir a Mieza (opción B), debe desviarse, tomando el de la izquierda que discurre unos metros más adelante por una calleja, sigue la misma y puede ver que ésta acaba en un pequeño valle que es cruzado por un regato; estamos en las "Casas Santas", nombre de recibe no solo valle, sino también el terreno que hay en torno al mismo; en cuanto al regato que por allí pasa y que hemos de cruzar, es la "Rivera de las Casas Santas".
Bifurcación de caminos (opción A y Opción B)


 Aunque en los mapas este regato aparece nombrado oficialmente como rivera, nosotros le llamamos indistintamente regato y arroyo. 
 Llegados a este punto, parece oportuno hacerse la siguiente pregunta ¿hay alguna diferencia entre un regato, un arroyo y una rivera? Por lo visto, sí la hay. 

 En la escuela nos decían que un río es una corriente continua de agua dulce, o dicho de otro modo, es una corriente de agua que corre a lo largo de todas las estaciones del año. -Una vez sabido esto, os pido que cuando llegue el verano, seáis indulgentes con el Uces, el Huebra y el Camaces y sigáis llamándoles ríos a pesar de todo- 

  En cambio, un regato, un arroyo y una rivera… los tres, son corrientes discontinuas de agua, lo cual significa que hay períodos a lo largo del año, especialmente en verano, en los que deja correr el agua por ellos. 
  La diferencia que hay entre los tres radica, simplemente, en el volumen del caudal y en el tiempo que este sigue corriendo por el cauce. Un regato, vendría a ser el hermano pequeño de los tres; cuando corre tiene poco caudal y lo hace solo cuando llueve y durante unos días o semanas más. Un arroyo tiene un caudal mayor que el del regato y la corriente de agua dura más tiempo: semanas o meses. Una rivera vendría a ser la hermana mayor de ellos, pues lleva un caudal más considerable que los anteriores y, además, el agua sigue corriendo por su cauce durante más tiempo. 

 Como podemos ver una vez más, aquí el tamaño sí importa

 De todos modos, no hay un límite concreto respecto al tiempo y la cantidad de agua que debe llevar cada uno de ellos, para ser designado de uno u otro modo, quedando a nuestro libre albedrío llamar a la rivera de las Casas Santas, regato o arroyo; de hecho, aguas abajo, a la altura de "El Arroyo", es conocido como arroyo sin más, y sigue siendo el mismo curso de agua. 

 Conclusión: Aunque en los mapas figure como Rivera de las Casas Santas, nosotros podemos llamarle regato o arroyo cuando se nos antoje, que para eso es nuestro. 

 Se dice también, que la diferencia de las riveras, respecto a los regatos y arroyos, no solo reside en el volumen y duración del caudal de agua, a ello hay que añadir que las riveras están más humanizadas; lo cual significa que tienen un mayor aprovechamiento por parte de los humanos gracias a su mayor volumen de agua, algo que es muy válido para nuestra Rivera de las Casas Santas. 
 A lo largo del tiempo, algunos aprovechamientos que nuestros antepasados han hecho de la misma han sido: 

 Zona de baño. Antes de que hubiese piscinas en la comarca, esta rivera, junto con los pilos de los pozos en las huertas y alguna charca que otra, eran la zona de baño habitual para nuestros antepasados.   Mientras corría el regato y el agua se mantenía clara y limpia, algo que sucedía hasta junio e incluso hasta principios de julio aquellos años que habían sido más lluviosos durante la primavera, nuestros padres y abuelos aprovechaban algunos de sus caozos para bañarse. 
 Una vez el regato dejaba de correr, el agua acumulada en los caozos se volvía rápidamente insalubre y se fastidiaba el asunto del baño. 
 Había dos zonas bien diferenciadas para el baño; nuestras abuelas, siendo jovenzuelas…eso sí, se bañaban en las Casas Santas, mientras que los varones lo hacían aguas abajo, a la altura de la Fuente de la Sartén. 
  Lo interesante del asunto era que muchos/as no usaban bañador -en realidad es que carecían de él- siendo unos avanzados/as para su tiempo, ya que practicaban el nudismo, variando el comportamiento según se tratara de ellos y ellas. En tanto muchos chicos se bañaban a “pelo” sin importarles demasiado poder ser vistos por gente ajena al baño que pasara cerca; ellas, para evitar ser vistas, se organizaban perfectamente, mientras una de las chicas vigilaba, el resto de las compañeras se bañaban y, si veía que alguien se aproximaba, daba aviso a las demás para que saliesen del agua y se protegieran, evitando así ser vistas. 

 Molinos harineros. A lo largo de la rivera de las Casas Santas había varios molinos harineros -aún podemos ver los restos de tres de ellos- que aprovechaban la fuerza del agua para mover las piedras que molían el grano. 

 Lavaderos. Antes de que hubiera agua corriente y lavadoras en las casas, habitualmente, se lavaba la ropa en los lavaderos públicos -las bordas-; que yo recuerde, eran cuatro y estaban en el Candenal, la Fontanina, el Charco y la Rodilla. 
 Además de emplear los lavaderos públicos, algunas mujeres también lavaban ropa en este regato, en un lugar determinado de "El Arroyo"; en estos casos lo hacían para lavar la ropa de los parientes que habían fallecido recientemente, pues estaba mal visto que lo hicieran en alguno de los lavaderos públicos, junto con la de los vivos (así al menos me lo contaron a mí). 

Huertas. Las huertas a menudo estaban localizadas, y lo están, al lado de los arroyos, como sucedía en este caso también.

 Una vez que la rivera de las Casas Santas abandona el término municipal de Barrueco, entra en el de Saucelle; pasa bajo el puente de la carretera que une ambos pueblos; algo más abajo, lo hace bajo el “Puente de Palo” en el antiguo camino de Saucelle - este puente, aunque un su día era de madera, actualmente es de hormigón - ;el terreno va siendo cada vez más abrupto a medida que se acerca al Huebra y, un poco más abajo, pasa bajo otro puente en la carretera de La Molinera (la DSA 576 que une Lumbrales y Saucelle), antes de desembocar en el río. 

 Tan solo unos metros por encima de este último puente; el regato conforma una bonita cascada, cuando ha llovido en abundancia los días previos, conocida como “Cachón de Carranzo”. 
Cachón de Carranzo


 Esta rivera, arroyo o regato de las Casas Santas -que cada uno la denomine como le plazca-, atraviesa numerosos parajes a lo largo del término de Barrueco y toma el nombre de uno de ellos: “Las Casas Santas”, un hecho que siempre me había llamado enormemente la atención ¿Por qué ese paraje se llama así y además da nombre a la rivera que pasa por allí? 

 Pensé que en algún momento de nuestra intrahistoria, en aquel lugar, debió haber sucedido algún hecho singular que hubiera dado pie a que nuestros antepasados le pusiesen tal nombre, y durante unos días estuve investigando el asunto. 

 Como los viejos de antes, el equivalente a la gente de la tercera edad actual –ahora llamar viejos a los viejos, no está bien visto- siempre han sido los principales transmisores de la tradición oral, me dirigí no solo a uno, sino a varios de ellos/as, preguntándoles si conocían algún hecho extraordinario o circunstancia que pudiera justificar el nombre de Casas Santas, así como la época aproximada en la que aquello pudo suceder, pero nadie sabía nada del asunto. 

 Pasó el tiempo y, cuando pensaba que ya nunca iba a saberlo, una vez más fue la casualidad la que me permitió encontrar una pista para aclarar el asunto; ésta, a su vez, me llevó a otra y ello hizo posible que al fin lograra enterarme del hecho que motivó, que el paraje de las Casas Santas y la rivera que por allí pasa reciban tal nombre. 

 Curiosamente, quien me informó del hecho no era de nuestro pueblo, sino de Mieza y, precisamente,  está relacionado con el camino hacia ese pueblo que por allí pasa. La informante no era vieja, se trataba de una persona bastante joven y la conversación surgió al azar, hablando del antiguo camino de Mieza a Barrueco. 
 Yo lo había recorrido el verano anterior, se lo comenté a una mujer de era de aquel pueblo y ella me dijo que, siendo niña, había oído hablar a uno de sus abuelos de un hecho muy extraño ¡un posible milagro!, cuyo protagonista había sido su bisabuelo, y que el suceso había ocurrido en dicho camino, en un lugar de Barrueco conocido como “Casas Santas”. 
 Al apreciar mi cara de asombro, empezó a reír y dijo: 

 - Sé que te va a parecer increíble, porque así me lo pareció a mí y aún sigue pareciéndomelo, pero mi abuelo afirmaba que eso sucedió realmente, y que el protagonista había sido su padre. Para situarlo en el tiempo, hay que remontarse al siglo XIX, ten en cuenta que no se trata de mi abuelo, sino de mi bisabuelo. 
  Todo empezó una mañana de verano, el padre de mi abuelo se llamaba Tarsicio y aprovecho para decirte que fue el último de la familia en llevar ese nombre ya que ,después de él, nadie quiso ponérselo a ninguno de los descendientes. 
  Un día, la esposa…mi bisabuela, despertó con un fuerte dolor abdominal, llamaron al médico, este le indicó un preparado y entonces no era como ahora, pues casi todas las medicinas las elaboraban los propios farmacéuticos en la farmacia. 
  Como aún no había automóviles ni carreteras, mi bisabuelo tuvo que coger la mula e ir a Barrueco a por la medicina, porque en mi pueblo no había farmacia. 

 Llegó a tu pueblo cerca del mediodía, al farmacéutico le llevó su tiempo elaborar el producto que necesitaba, aprovechando mientras tanto el viajero aquel rato para comer “el cacho” –así llamaban algunos a la merienda que llevaban, cuando no comían en casa y que no debemos confundir con “pillar cacho”-; por el oeste se vislumbraban ya alguna nube que presagiaba una típica tormenta de verano y, cuando volvió a la farmacia a recoger la medicina, se oyó a lo lejos el primer trueno. 

- Se avecina una tormenta. Comentó el farmacéutico. Antes de regresar a su pueblo, espere a que se pase, porque como se ponga en camino ahora, le va pillar en pleno campo. 

 Tarsicio, mi bisabuelo, miró al farmacéutico y respondió: 

- Gracias por el consejo, pero mi mujer está mala desde esta mañana, necesita tomar esto y tengo que regresar ya a mi pueblo sin importar que truene, llueva o relampaguee. 

  La gente de antes era recia y dura, no tenía miedo a nada y aquel hombre respondía al prototipo. El boticario, al ver la determinación de aquel hombre, dijo: 

- Espere un momento. 

Entró en la rebotica y salió con un paraguas. 

- Tenga, lléveselo. Si la tormenta trae agua, le va a venir bien.

 - Muchas gracias, pero no sé cuándo podré devolvérselo. 

 - Ahora no piense en eso, no me corre prisa alguna… cuando pueda. Si su mujer esta mala y necesita la medicina, comprendo la prisa, pero aun así insisto; yo, si estuviera en su lugar, esperaría a que pase la tormenta y puede quedarse aquí conmigo si quiere; porque, como le pille en el campo, puede ser peligroso  A lo mejor solo son cuatro truenos y pasa rápido. 

 - Usted acaba de decir que a lo mejor solo son cuatro truenos, pero es que pueden ser muchos más. Las tormentas pueden ser flojas y durar poco rato, o ser fuertes y durar horas; pero eso a mí ahora me da igual, venga como venga, tengo irme y no puedo esperar más. 

 El viajero salió a la calle acompañado por el boticario y sonó otro trueno. 

- Viene de Portugal y aún está lejos. Exclamó este. 

- Eso creo yo también, a ver si hay suerte, tarda en llegar y de paso hace poco daño en las huertas. Respondió Tarsicio. 

- ¡Mientras no le dañe a usted! 

 - Si mañana oye que en el camino de Mieza ha aparecido un hombre  achicharrado por un rayo, ya sabe que soy yo. Añadió el viajero, haciendo gala de un humor negro desmedido.. 

- ¡No bromee con eso! , a mí, desde que era niño, las tormentas me dan miedo tremendo; yo no saldría ahora al campo por nada del mundo. 

 - Por suerte no tiene que hacerlo, pero yo estoy obligado a ello. Tengo la ventaja de que a mí no me da miedo alguno, más de una vez me ha pillado alguna en al campo y aquí estoy. 
  Siempre se ha dicho que “nadie se muere el día de la víspera”, que ese momento le toca a uno cuando le toca y da igual que estés en la cama durmiendo plácidamente, o en el medio del campo con tormenta. Si es tu día no hay quien te salve; y si no lo es, no hay tormenta que te mate. 

 La actitud de aquel hombre, en la antigua Grecia, hubieses sido considerada propia de un estoico; en cambio el boticario, que en aquel momento no estaba para filosofías, pensaba que estaba ante “un cabezón de cuidado” y admiraba su valentía, viéndole dispuesto a emprender el camino aun en contra de los elementos. 

  El viajero, que tenía la mula atada a una argolla clavada 
en la pared, algo que era muy corriente entonces en las casas, desató al animal, subió al mismo y 
desde allí se inclinó para despedirse del boticario
 
dándole la mano; arreó la mula y se alejó calle
adelante buscando la salida del pueblo, mientras  
que a lo lejos volvió a oírse otro trueno.

domingo, 6 de julio de 2025

El alcalde "libertario"

 

  

 

  Aquel día, tras cerrar el consultorio del pueblo, el médico miró el reloj y comprobó con satisfacción que la consulta había acabado a una hora razonable. Estaba contento ya que, tras el intenso trabajo que había tenido a lo largo de la semana anterior, la situación parecía haberse normalizado y el estado de salud de los pacientes había vuelto a su nivel habitual. Era mediodía y como buen español que era, antes de regresar a su casa, decidió tomar algo en el bar, así que dirigió sus pasos hacia el mismo y en el camino fue recordando lo sucedido.

 

   Era la primera semana de julio, el verano estaba en sus inicios y en el pueblo, como era habitual  por estas fechas,  la población se  había incrementado notablemente; pero el motivo que tanto había intensificado  su trabajo, durante los días previos, no había sido originado por este crecimiento poblacional, sino por otro muy distinto

  

   El agua es un elemento imprescindible para nuestra existencia, que siempre ha condicionado, enormemente la vida del hombre ya que, desde el principio de los tiempos, se ha visto obligado a asentarse en lugares donde fuera fácil el acceso a este preciado elemento. Algo tan sencillo como abrir un grifo en casa y que por él salga agua apta para el consumo, para nosotros es algo rutinario y parece muy simple; pero hasta que esto ha podido ser una realidad, tanto los habitantes de los pueblos como los de las ciudades han tenido que sufrir, previamente, un montón de vicisitudes.

  Esta dependencia del agua, entre otras cosas, ha sido el motivo de que la mayoría de las ciudades estén ubicadas al lado de algún río, y de que los pueblos, cuando no tienen algún curso de agua cercano, se encuentren situados en lugares donde el agua subterránea, a través de fuentes, pozos y pilares pueda ser accesible a sus habitantes.

  Durante siglos, para el consumo habitual, la gente recogía el agua directamente de ríos, arroyos, lagos, fuentes…, ésta en ocasiones se contaminaba y quienes la bebían contraían infecciones gastrointestinales, un hecho que era bastante común de modo que el problema que nuestros antepasados tenían, respecto al agua, no se limitaba únicamente a poder disponer de ella en cantidad suficiente, siendo también necesario que fuese potable, algo que no siempre era posible.     

 

 

   Beber agua potable que procede directamente del manantial, ya sea en pozos, pilares o fuentes, es un lujo que aún nos podemos permitir en nuestros pueblos; es un agua natural, sin cloro ni sustancias añadidas que interfieran con sus características organolépticas y, aunque es un agua estupenda, a veces puede llegar a contaminarse por gérmenes, un hecho que es más común en verano cuando disminuye el caudal de los ríos y las fuentes y con ello las posibilidades de depuración natural. 

  El refranero popular dice al respecto que “agua corriente no mata a la gente”; también podríamos decir que “cuando el caudal flojea, llega la diarrea” (esto último no sé si lo dice también el refranero, o quizá fuera Platón. Y si no fue alguno de ellos, pues lo añado yo).

 

    Bueno, pues el problema de salud que había ocurrido en el pueblo, durante los días anteriores, estaba relacionado con el agua; concretamente, con una fuente pública. Ésta, proporcionaba un agua abundante, de gran calidad que, desde tiempo inmemorial, había saciado la sed de los lugareños; por ello, cuando en el pueblo se hicieron las obras de abastecimiento para llevar el agua a los domicilios, habían decidido mantenerla, tal como estaba, para que quien lo deseara pudiera seguir utilizándola.  

  Desde el otoño, cuando comenzaban las lluvias, hasta los inicios del verano siguiente, la fuente conservaba un abundante caudal, pero cuando llegaba el estío,  a medida que pasaban las semanas, el chorro del  caño iba decreciendo progresivamente de modo que, aunque el manantial casi nunca llegaba a secarse, cuando llegaba septiembre  por el caño solamente corría un pequeño hilillo de agua dando la sensación de que iba a agotarse en cualquier momento.

   En el pueblo, a pesar de que en todas las casas ya había agua corriente, la gente seguía utilizando para beber el agua de la fuente, pues la calidad de ésta era muy superior a la del abastecimiento general; reservando, ésta última, para el aseo, la limpieza de la casa y demás menesteres.

  


   El tema del agua funcionaba de ese modo: casi todo el mundo la bebía de la fuente durante otoño, invierno y primavera con total confianza, pues el caño mantenía un copioso caudal. En cambio, al llegar el verano, cuando el chorro de la fuente empezaba a menguar, los habitantes del lugar, conscientes de que, a medida que el caudal del mismo disminuía, aumentaban las posibilidades de que el agua se contaminara; por prudencia, casi todos ellos dejaban de beberla de allí pasando a beber entonces el agua del grifo de sus casas.  

   La fecha en la que la gente cambiaba sus hábitos respecto al agua no era fija ya que oscilaba todos los años dependiendo de lo abundante que hubiera sido la temporada de lluvias que condicionaba el caudal del caño; por esta circunstancia, todos los veranos el asunto de calcular cuándo dejar de beber agua de la fuente levantaba mucha expectación.

 

   El boticario había recomendado, repetidamente, al alcalde, que prohibiese a los paisanos beber agua de la fuente durante el verano ya que, al no estar potabilizada como la del suministro general, raro era el año en el que no había algún caso de gastroenteritis, mas éste nunca le había hecho caso.

  Aunque eran los últimos tiempos del franquismo y España seguía siendo un estado totalitario, donde el sentido de la autoridad se mantenía muy arraigado,  el regidor del pueblo debía ser  algo  libertario, una cosa extremadamente rara para esa época (quizá es que no tenía los suficientes redaños para enfrentarse a los vecinos, algo que no podemos descartar ) y siempre le  respondía que el agua de la fuente era estupenda, así que tenían que ser los vecinos del pueblo, y no el alcalde ni el boticario, quienes debían decidir, libremente, cuándo dejar de utilizar el agua de la fuente, cada verano.

   En realidad, casi nunca pasaba nada importante pues todos los años, cuando alguien pillaba una diarrea, lo comunicaba a los vecinos y familiares, el “boca a boca” funcionaba muy bien, y, en cuestión de horas, todos los habitantes del lugar sabían que el agua de la fuente ya no era potable y dejaban de consumirla hasta el otoño, cuando el caño volvía a recuperar un buen caudal.    

  

   Este asunto se había convertido en una tradición más del pueblo y sus habitantes, conscientes de que a medida que avanzaba el verano aumentaban las probabilidades de que se contaminara el agua de la fuente, habían establecido la costumbre de considerar al día de la Virgen del Carmen (16 de julio) como la fecha límite para dejar de beberla; así que, “por si acaso”, a partir de ese día, casi todo el mundo empezaba a beber el agua que llegaba del suministro general a los domicilios.

   Evidentemente, esto no era nada científico y, como la fecha era meramente orientativa, siempre había “valientes” que apuraban mucho los días y continuaban bebiendo agua de la fuente durante más allá de ese día. Curiosamente, los más imprudentes eran los más viejos, que seguían consumiéndola durante varias semanas más y casi nunca les pasaba nada (o si les pasaba, no lo decían).

 

  Del mismo modo que en Asturias hay un día al año en el que celebran la pesca en los ríos del primer salmón de la temporada, al que llaman “El Campano”, siendo una fecha muy señalada en el principado, en el pueblo -salvando las distancias-  también era un día muy señalado aquel en el que aparecía la primera persona de la temporada con diarrea, pues ese era el indicador de que la gente debía dejar de beber definitivamente el agua de la fuente hasta el otoño.

   

   Ese año, el otoño y el invierno anteriores habían sido especialmente secos y la   primavera también había sido muy pobre en lluvias; por ello, como los manantiales se habían cebado poco, el caudal de la fuente comenzó a mermar muy pronto. Debido a esta circunstancia, o bien a alguna otra causa que nunca llegó a saberse, resultó que, en la última semana de junio, el agua de la fuente perdió su salubridad.

 

   El primer aviso, de que el agua del caño había dejado de ser potable, no sobrevino del mismo modo a lo que venía siendo habitual durante  los años anteriores; hasta entonces, cuando alguno de “los valientes” que seguían bebiendo agua de la fuente, más allá del día de la Virgen del Carmen,  resultaba  afectado,  lo que siempre había acontecido,  cuando aparecía la primera persona afectada por gastroenteritis -que venía a ser como “El Campano” del pueblo-, ésta avisaba a los demás y, en cuestión de horas, o a lo sumo un día,  desaparecían “todos los valientes” y ya nadie bebía agua de la fuente.

   En esta ocasión, lo ocurrido fue que, como aún faltaban tres semanas para el día de la Virgen del Carmen, todo el mundo seguía bebiendo agua de la fuente ya que aún eran “fechas seguras”, y sobrevino un verdadero boom…una auténtica explosión gastroenterítica (vamos, una cagalera generalizada), resultando afectados, los habitantes del pueblo, por docenas.

 

   Durante el tiempo que duró la epidemia, los medicamentos para tratar vómitos, diarreas y dolores de abdominales corrieron a raudales, ya que era rara la familia donde uno o varios de sus integrantes no hubieran enfermado por el agua contaminada. Mientras tanto, la conciencia del farmacéutico estaba en un estado de disociación múltiple: Pensamiento positivo: estaba contento porque, al aumentar la venta de medicamentos y agua mineral (entonces, el agua mineral en los pueblos apenas se usaba y sólo se vendía en farmacias), el negoció mejoró ostensiblemente esos días.  Él, no es que se alegrara porque los vecinos se “fueran de vareta”, pero consideraba que, si estaban así y necesitaban medicamentos, alguien tenía que vendérselos. Pensamiento negativo: en su fuero interno estaba muy cabreado con el “alcalde libertario”, esa “rara avis franquista” que, haciendo caso omiso a su recomendación, nunca había querido poner un letrero en la fuente avisando de que el agua no estaba potabilizada.

 

   En la intrahistoria de los pueblos siempre acontecen hechos significativos, hitos importantes que marcan un antes y un después, tal como ocurrió con la epidemia de gastroenteritis de aquel año. Al haber sido ésta tan brutal y afectar a tantos paisanos, motivó que el alcalde perdiera súbitamente su “sensibilidad libertaria” olvidándose del derecho de los vecinos a elegir libremente el sitio donde coger el agua para beber, que tantas veces había defendido ante el boticario y decidió ejercer de alcalde con “mando en plaza” (en este caso, quizá habría que decir con “mando en fuente”), así que ordenó al alguacil poner un letrero en la fuente, para avisar del problema del agua

 

  Letrero sugerido por el boticario: “Agua no potabilizada”

  Letrero que finalmente se puso: “Prohibido beber agua de la fuente hasta nueva orden”

 

  Cuentan las crónicas que el motivo que llevó al alcalde, mandar colocar el letrero, no obedeció a la sugerencia del farmacéutico -éste llevaba años intentando convencerle de ello, sin éxito-, sino a que él resultó ser uno de los afectados (como podemos ver, las bacterias, al contrario que las personas, son justas e imparciales y les importan “un comino” las jerarquías y la autoridad).

   Lo cierto es que el aviso del letrero no tuvo utilidad alguna ya que, cuando lo colocó el alguacil en la fuente, los vecinos llevaban ya varios días sin beber agua de la misma.

 

 

(Nota aclaratoria: Aunque la foto que acompaña al texto corresponde a la fuente de Vilvestre, y en ella hay un letrero donde pone “Agua no potable” quiero aclarar que esto no ocurrió en ese pueblo).