lunes, 4 de agosto de 2025

¿ Por qué Casas Santas ?

 


   Cuando Tarsicio salió del pueblo, una vez tomó el camino de Mieza, miró hacia el oeste y observo que el cielo se iba nublando por momentos ante la avanzadilla de las primeras nubes; si hasta entonces los truenos se habían oído lejos, ahora se escuchaban más cerca ya que la tormenta, que hasta entonces se hallaba en Portugal, había cruzado la frontera y se estaba aproximando, pero eso no le preocupaba demasiado y avanzaba a buen paso a lomos de la mula.

  Tras media hora de camino, el cielo se había oscurecido totalmente al quedar el sol oculto por las nubes y la tormenta ya se encontraba encima del viajero. Era seca, ya que las nubes no descargaban lluvia ni granizo, pero el fuerte estruendo de los truenos y, sobre todo, el intenso resplandor de los relámpagos, asustaban a la mula que estaba muy inquieta y a veces incluso se detenía, viéndose obligado el jinete a azuzarla para que continuase el camino.

 

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  Si no hubiera sido por la prisa que llevaba, se habría bajado de la mula y habría avanzado caminando delante de ella llevándola del rabero; pero la imagen de la esposa enferma, que llevaba varias horas esperando la medicina, no le abandonaba y ello le empujaba a recorrer lo antes posible el largo trayecto que aún tenía por delante.

  Había pasado el lugar donde se separan el camino de Cerezal y el de Mieza; una vez tomado este segundo, había llegado al regato de las Casas Santas -entonces aún no recibía tal nombre- y, como eran los primeros días de agosto, hacía semanas que ya no corría agua alguna por él.

   Aunque había una “pequeña puente” para cruzarlo (en aquella época los puentes eran del género femenino), decidió bajarse de la mula para cruzar el lecho seco del regato, situándose delante de ella; cogió el rabero para guiarla, deteniéndose un momento para examinar el terreno donde pisaba; de pronto oyó un fuerte chasquido y, cuando alzó la vista, vio horrorizado cómo un rayo caía sobre el pobre animal que cayó fulminado al suelo. 

  Él, a su vez, sintió una sensación muy extraña en la cabeza, percibió que todo daba vueltas a su alrededor; no sentía su cuerpo; notó una debilidad extrema en las piernas y cayó inconsciente al suelo.

  Cuando recuperó la conciencia, no recordaba nada; tenía la cabeza embotada y  sentía todo el cuerpo dolorido; totalmente confundido, permanecía con los ojos cerrados y la primera sensación que percibió fue escuchar el tamborileo de la lluvia en un tejado a la par que percibía un olor a tierra mojada –el sentido del oído y del olfato estaban indemnes- ; hizo un gran esfuerzo para abrir los ojos y, cuando lo logró , vio mucha oscuridad y una luz mortecina entrando por una puerta entreabierta -el sentido de la vista también estaba bien.

  Se encontraba en el interior de un edificio y por ello oía el repiqueteo de la lluvia al chocar sobre las tejas.

- ¡Ha abierto los ojos! - oyó que decía una mujer.

  Giró la cabeza lentamente hacia donde acababa de oír la voz y, a pesar de la penumbra, logró ver dos rostros sobre su cabeza, que le miraban con atención.

- ¡Como estás amigo! - ahora era una voz de hombre la que preguntaba.

- ¡Un rayo! ¡Un rayo nos ha caído encima, a la mula y a mí, y nos ha matado! -acertó a contestar Tarsicio. Porque estoy muerto ¿verdad? ¿Esto es el cielo?

Las dos personas que le miraban, al oír la pregunta, comenzaron a reír y respondió el hombre:

- Si el cielo es como esto, está visto que no merece la pena ser bueno en esta vida para acabar allí. Esto es una vieja casa de campo y estas vivo. Mi mujer y yo estábamos aquí refugiados de la tormenta, pero como pasaba el tiempo y ya duraba demasiado, decidimos volver al pueblo. Cuando íbamos a salir al camino, vimos que cayó un rayo muy cerca y al llegar al regato os vimos a la mula y a ti tirados en el suelo, así que pensamos que el rayo os había caído encima y que estabais los dos muertos; pero mi mujer puso la oreja en tu pecho y vio que tu corazón funcionaba, así que te subimos en la burra como pudimos y volvimos para acá los cuatro, la burra y nosotros tres. Tranquilízate, porque no estás muerto, hoy no era tu día.

  Tenías un dedo de la mano derecha dislocado… supongo que habrá sido al caerte, pero Santa te lo ha recolocado y seguramente ha sido el dolor de la maniobra lo que te ha despertado; llevas mucho rato sin conocimiento ¿Notas dolor en esa mano? 

- ¡En la mano…! Me duele todo, sobre todo la espalda.

- Es que estás echado en el suelo, aquí no hay cama alguna. Aunque tenemos esta casa, vivimos en el pueblo. Te pusimos un saco debajo, pero eso alivia poco. Aparte del dedo escoñado, menos mal que el rayo no te ha hecho nada, pero la mula no veas como ha quedado.

   Tarsicio, a pesar de haber recuperado la conciencia y oír bien, su capacidad de raciocinio aún era poco fluida y no estaba seguro de haberlo comprendido todo:

 - Entonces… la mula está muerta y yo no.

 - Así es, la mula está destrozada y tú aún no me explico cómo estás vivo, si os ha caído un rayo encima a los dos.

   El herido permaneció en silencio un rato intentando aclarar sus pensamientos; como estaba tendido en el suelo, hizo ademán de sentarse, apoyó la mano derecha y ahora sí que sintió dolor en la misma.

- No debe apoyar la mano, ni coger peso con ella durante unos días –dijo la mujer. Aunque le he colocado el dedo en su sitio, es mejor que lo use lo mínimo posible.

  Tarsicio, que por momentos iba recordando cosas, dijo:

- Ya recuerdo lo que ha pasado; me acababa de bajar de la mula y, si no llega a ser por eso, ahora estaría igual que ella –hizo una pausa y continuó preguntando- ¿Vosotros quienes sois y que hacéis por aquí con esta tormenta?

- Esta es mi mujer, yo me llamo Julián y la casa y el prado donde estamos son nuestros. Tenemos ganado y un huerto al lado del regato. Habíamos venido a dar agua al ganado ya que ahora, como no corre el regato, hay que llevarlo al pilar, y también a cuidar un poco el huerto. Venimos todas las tardes y hoy… pues nos ha pillado aquí la tormenta.

  Como al principio era seca, decidimos volvernos al pueblo; pero os hemos encontrado a ti y a la mula tirados en el suelo, te hemos recogido y por eso nos volvimos a la casa; una vez aquí, ha sido cuando ha empezado a llover y no veas con que ganas lo hace. Como puedes ver, lo nuestro tiene un pase, ¡pero tú…! ¿Qué haces por aquí en plena tormenta? Porque del pueblo no eres.

 - Soy de Mieza y me llamo Tarsicio, he venido esta mañana a por una medicina a la farmacia, llegué cerca del mediodía e iba de vuelta. La medicina es para mi mujer, que se ha levantado mala esta mañana, por eso quería regresar cuanto antes. 

  El boticario me recomendó que esperara a que pasara la tormenta, pero ¡cómo iba a hacerle caso, si mi mujer necesita la medicina! La llevaba en las alforjas y con la lluvia a lo mejor ya se ha estropeado.

   Tarsicio permaneció un momento en silencio pensativo, su mente ya funcionaba perfectamente y de pronto exclamó:

 - ¡Por qué ha tenido que pasarme esta desgracia! ¡A la mula la ha matado un rayo…! ¡Yo aún no estoy seguro si estoy vivo o muerto…! ¡No tengo la medicina…! ¡Y la mujer…, la pobre, sigue en el pueblo mala!

   El pobre miezuco yo no aguanto más la emoción del momento y, aunque desde niño había sido educado en la creencia de que “los hombres no lloran”, le fue imposible contenerse y entre grandes sollozos empezó a llorar desconsoladamente.

   El matrimonio miraba al hombre que, totalmente abatido, no podía reprimir las lágrimas y Julián intentó consolarlo:

 - ¡No te pongas así!, piensa que estás vivo y eso es lo único importante. A la mula…, que Dios la ampare; si cayó el rayo, mejor que lo hiciera encima de ella y no de ti ¿no te parece? Puede decirse que hoy has vuelto a nacer. 

  - De las alforjas no se preocupe usted -añadió la mujer. Las recogimos también; así que lo que lleve en ellas, no puede haberse estropeado.

  A Tarsicio, a pesar de la conmoción del momento, le resultaba curioso apreciar que ella le hablaba de usted al tratarse de un desconocido, mientras que el marido le tuteaba como si fueran viejos amigos.

- ¡Anímate hombre! –continuó diciendo Julián. Aunque te has llevado un susto de muerte, piensa que lo tuyo ha sido un milagro; además, Santa te ha arreglado el dedo y gracias a que estabas inconsciente no te has enterado. Repito que hoy has vuelto a nacer y eso hay que celebrarlo ¡Santa!, pásale la bota de vino que está ahí a tu lado, a ver si se anima un poco este hombre.

  Tarsicio, una vez logró contenerse y reprimir el llanto, se enjugó las lágrimas con un pañuelo que sacó del bolsillo y vio que la mujer aflojaba el tapón de la bota de vino para que no forzara el dedo lesionado, antes de tendérsela; cogió la bota y ya bastante calmado, dijo:

- Disculpadme, pero entre el miedo tan horrible que he pasado y los nervios, no he podido contenerme. Os agradezco mucho lo que habéis hecho por mí ¡Salud para todos! –añadió.

  Empinó la bota, dio un generoso trago y aquel vino le supo divinamente. Un dicho popular dice ”El vino es la forma que tiene Dios de decirnos que nos quiere” y Tarsicio debió pensar algo similar pues ya más reconfortado, continuó diciendo:

- Por qué te llama Santa tu marido.

 Al oírle, rieron los dos cónyuges y contestó ella.

- Por lo mismo que a usted le llaman Tarsicio. Porque es mi nombre. 

- Cuéntaselo todo -intervino el marido. No solo es por eso, Santa es la única mujer por aquí que se llama así y yo empecé a decir en broma que es la santa del pueblo; además, tiene un don para curar enfermedades, ha curado a mucha gente y algunos, muy agradecidos, comentan que para ellos es una auténtica santa.   

- ¡No digas tonterías! –protestó enfadada la mujer. Sabes que esas bromas no me gustan.

- No son tonterías. ¡Mira Tarsicio!, como estabas sin conocimiento, no has visto cómo tenías el dedo, estaba totalmente fuera de su sitio y míralo ahora; está donde tiene que estar y seguro que puedes moverlo.

  El aludido, movió todos los dedos de la mano derecha y comprobó con satisfacción que, aunque le dolía el dedo dislocado y recolocado, podía moverlo igual que los demás.

- ¿Tú crees que cualquiera sabe hacer eso?  –insistió Julián.

- La verdad es que no me he enterado de nada, pero, a partir de ahora, para mí también eres una santa.

 - ¡Mira Tarsicio, deja de decir las mismas bobadas que mi marido! (Santa estaba visiblemente enfadada y ello había ocasionado que se hubiera olvidado del respeto y la distancia que había guardado hasta ese momento hacia el forastero) ¡Julián se pone muy tonto cuando empina la bota y no quiero que vayas a empezar a decir, tú ahora, las mismas tonterías que él!

- Disculpa. Era con la mejor intención.

- ¡Me da igual que la intención sea la mejor o la peor! ¡No bromees con lo de santa!

  Era evidente que la mujer estaba muy enojada y Tarsicio no entendía muy bien el motivo de dicho enfado, pero ese pensamiento desapareció al cambiar ella repentinamente de tema:

 - Tu mujer como se llama.

- ¿Mi mujer…?, Casilda.

- ¿Qué le pasaba esta mañana?

- Se levantó con unos dolores tremendos en la barriga y no podía ni moverse de la cama.

- ¿Le dolía toda, o solo en un sitio concreto?

- No lo sé –respondió Tarsicio extrañado por el súbito interés de Santa por su mujer. Creo que toda.

- ¿La vio el médico?

- Naturalmente, fue él quien le recetó la medicina que he venido a buscar a Barrueco.

- Estoy seguro que, si la hubiera visto Santa, le hubiera sobado la barriga y en unos minutos la hubiera curado – afirmó Julián (Hoy día, Julián en vez de sobar seguramente hubiera dicho masajear)

Tarsicio al escucharle, comentó:

- Entonces, usted es curandera (Ahora era él quien empezó a tratar a Santa de usted).

- Mi madre lo era, pero yo no. Solo sé curar algunas cosas que ella me enseño.

- No le hagas caso –dijo Julián- Lo es y muy buena, ha curado a mucha gente y, a pesar de que al médico no le gusta que lo haga, sigue haciéndolo porque dice que lo que sabe, su madre se le enseñó para ayudar a los demás y por eso no les cobra nada.

  Además, está lo de la broma de la santa; cuando el cura oye decir a alguien que en este pueblo hay una santa, se enfada mucho, ¡pero qué culpa tiene ella de llamarse así!

  Es por eso por lo que se ha enfadado, no quiere que digan que es curandera y menos una santa.

 -  No sabe cuánto lo siento –se disculpó Tarsicio. Me ha curado usted el dedo y yo encima, en vez de agradecérselo, estoy aquí fastidiándola.

 - No te preocupes. No me he enfadado contigo sino con Julián, sabe que no me gusta lo de la broma de la santa y encima de haber sido él causante…quien la empezó, sigue y sigue con ella. También dice que yo tengo un don y no es cierto, yo no tengo don alguno; lo que sé, es porque me lo enseño mi madre.

 Si yo tuviera algún don, supongo que gracias a él sería capaz de ganar dinero y viviríamos mejor, pero ya ves cómo estamos; nosotros solo tenemos esto, una casa en el pueblo y poco más.

  Afuera, a pesar del tiempo transcurrido, la tormenta proseguía con mucha virulencia, llovía con intensidad y aún tronaba; los tres veían caer la lluvia a través de la puerta entreabierta y dijo ella:

- La tormenta no acaba de irse, así que vamos a rezar para que se vaya de una vez y de paso para que se cure Casilda, aunque tengo la sensación de que a estas horas ya se le ha pasado el dolor.

- ¡Dios la oiga! –exclamó Tarsicio, que al saber que ella curaba a la gente, no dudaba en tratarla con el máximo respeto. ¿Por qué cree usted eso?

- Porque sabe cosas que nosotros no sabemos. Respondió Julián, sin dar opción a que ella contestara.

- ¿Tú también crees que mi mujer ya está bien?

- Si Santa lo afirma, no me queda duda alguna.

- ¡Callad ya los dos y vamos a rezar! -Exclamó ella levantando la voz.

  En el siglo XIX, que una mujer levantara la voz no solo a un hombre, sino a dos, debía ser algo excepcional, pero en aquel caso, si había algo excepcional era aquella mujer y los dos hombres lo reconocían, así que obedecieron sin dudarlo un momento; el marido porque estaba acostumbrado a hacerlo desde siempre, y Tarsicio porque no salía de su asombro ante las palabras de Julián afirmando que Santa tenía poderes, y si ella quería rezar para que se alejase la tormenta y de paso para que sanase Casilda, no podía negarse.

   Rezaron un poco, dirigiendo Santa las oraciones, después hizo la clásica invocación a Santa Bárbara para que les protegiese de la tormenta; también pidió a la misma santa que Casilda se sanase y al poco rato la tormenta, con la ayuda o sin la ayuda de Santa Bárbara…, eso nunca lo sabremos, fue alejándose poco a poco, dejó de llover y salió el sol.

 Salieron de la casa; recogieron el vehículo del matrimonio -la burra que estaba en una cuadra adyacente a la casa – y se la prestaron a Tarsicio para que volviera a Mieza.

  Se dice que “el amor y la amistad no se buscan, sino que se encuentran” cumpliéndose en este caso una vez más el proverbio, ya que, tras haberse conocido en unas circunstancias tan extrañas, se inició entre ellos una sólida amistad.

 A la hora de despedirse, Santa le dijo a Tarsicio:

- Vete tranquilo, estoy casi segura que Casilda ya está bien.

 Tarsicio llegó a Mieza a media tarde bajo un cielo totalmente despejado y encontró a Casilda en la puerta de casa, estaba perfectamente sin dolor alguno. Curiosamente, al verla tan bien, no sintió extrañeza alguna; tras las palabras de Santa, no sabía explicar por qué, pero él también estaba casi convencido que iba a encontrarla sana, a pesar de que el medicamento aún seguía en las alforjas.

  Ella, al verle regresar en una burra y no en la mula, muy extrañada preguntó si había pasado algo.

- ¡Que si ha ocurrido algo! Entremos en casa y ya sentados te lo cuento todo. No vas a creértelo.

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   Tarsicio, pasados unos días, volvió a Barrueco para devolver la burra a Santa y Julián, pues sabía que era un “vehículo de trabajo” muy necesario para ellos.

  Como buen miezuco, tenía una excelente huerta y llevaba en las alforjas abundante de fruta para sus nuevos amigos, en agradecimiento por los favores recibidos.

   También pasó por la botica para devolver el paraguas prestado al boticario, contándole lo sucedido, que le había caído un rayo a la mula salvándose él de milagro, y que, si hubiese caído unos minutos antes, no estaría departiendo con él en aquel momento.

  También le contó que había sido recogido por un matrimonio y que, gracias a ellos, lo más crudo de la tormenta lo había pasado en una casa de campo.

Casa de las Santas

   El boticario, que ya conocía todo lo sucedido - en su día, este hecho fue muy comentado en toda la comarca-, se alegró mucho al verle y le informó que aquella casa era conocida como la Casa de las Santas, porque en ella habían vivido los padres de Santa cuando ella era niña, y como la madre también se llamaba Santa y una y una suman dos, y dos es plural,  de ahí el nombre.

 - Recordará -comentó Tarsicio-, que bromeé con usted diciendo que, si oía que un hombre había aparecido achicharrado en el camino de Mieza era yo ¡Qué poco ha faltado!

 

martes, 22 de julio de 2025

Algunos retazos de geografía local


   Si en Mieza existe el camino de Barrueco y en nuestro pueblo, a su vez, existe el camino de Mieza, a nadie se le escapa que hay un camino que une ambos pueblos. Así al menos se lo expliqué a mi perro, él me miraba con atención y cuando terminé dijo ¡guau! Supongo que eso significaba, en su lenguaje canino, que lo había entendido todo. 

  Actualmente, cuando alguien desea ir a Mieza desde Barruecopardo, no lo hace siguiendo el antedicho camino, emplea una ruta diferente. Sube al coche, toma la carretera de Aldeadávila (DSA 580); a la altura del cruce con la carretera DSA 560 (el cruce de Cerezal de toda la vida), sigue ésta última en dirección a Cerezal de PeñaHorcada; al llegar a ese pueblo pasa de largo y en un momento llega a su destino, tras haber recorrido en total unos 12 km. 

 Si esa persona desea hacer ejercicio, puede realizar el mismo recorrido en bicicleta; en este caso, al llegar a Cerezal, puede parar a descansar y llenar la cantimplora con agua en el magnífico pilar que hay al lado de la carretera; una vez ha descansado, con energías renovadas, en poco rato llegará a su destino, ya que el terreno es bastante llano y no presenta dificultad alguna; aunque, si debe regresar a Barrueco, lógicamente, solo ha hecho la mitad del recorrido y aún debe pedalear bastante. 

 Hoy día, este es el itinerario recomendado pero, antes de que existieran las carreteras actuales y los vehículos con motor, a lo largo de los siglos, para ir a ese pueblo, nuestros antepasados seguían el antiguo camino de Mieza, cuyo trayecto es más corto, haciéndolo a pie o a lomos de una caballería. 

 Una vez leí un folleto turístico que presentaba a Barrueco como un “cruce de caminos”, lo cual es innegable; pero si consideramos que, para un madrileño, el centro del mundo (de su mundo) es Madrid, y que, para los neoyorquinos, el centro del mundo es New York; para nosotros, el centro del mundo es nuestro pueblo; por lo tanto, no deberíamos considerarlo un cruce de caminos, sino el origen de todos ellos. 

 Conclusión. Si alguno de vosotros un día coge un avión y recala en Australia, no debería decir: “qué lejos está mi pueblo de aquí”, más bien corresponde decir lo contrario “qué lejos pilla Australia de Barrueco”. 

 Una vez aclarado que nuestro pueblo es el centro del mundo –solo para nosotros, eso sí- y ya convencidos de que no es un simple cruce de caminos sino el origen de varios de estos, me gustaría aclarar que estos caminos aún existen, casi nunca coinciden con las carreteras actuales y todos son perfectamente reconocibles. 

 Tenemos el camino de Saucelle y el de Hinojosa, el de Bermellar, los de Saldeana (para ir a este pueblo hay tres caminos que son el de Arriba, el del Medio y el de Abajo - no es ninguna broma-), el de Barreras, el de Villasbuenas, el de El Milano, el de Cerezal de Peñahorcada, el de Mieza y el de Vilvestre. 
  Aunque en algunos tramos comparten parte de sus trayectos, en total suman doce, lo cual no está nada mal.
 Si alguien desea recorrerlos hoy día, aún puede hacerlo antes de que hagan la concentración parcelaria, pero para ello debe olvidarse del coche, ya que la mayoría de ellos solo es posible transitarlos a pie; también es posible, en algunos casos, recorrerlos, total o parcialmente, en bicicleta y, llegado el caso, incluso a caballo. En burro es bastante más difícil y no porque el camino ofrezca alguna dificultad especial para estos animales; la dificultad, en este caso, reside en encontrar un burro. 

 Volviendo al antiguo camino de Mieza, su inicio se encuentra algo más allá del “Barrio Nuevo”, donde tiene su negocio Miguel Delgado; allí, a la altura de la báscula municipal, hay una bifurcación de caminos debiendo seguir el de la derecha, pasando ante el transformador de la luz; continuamos hacia adelante sin desviarnos y atravesamos un valle (La Mata del Leonardo), continuamos rectos dejando a la derecha el camino de “Los Piconitos”, alcanzamos una calleja, seguimos la misma que nos lleva a otro valle (la Mata del Viñadero), continuamos el camino que cruza este valle y, a unos 100 metros desde que abandonamos la anterior calleja, ya en pleno valle, a la izquierda del camino que llevamos, surge otro que nos lleva a otra calleja. 

 Hasta aquí, el camino es común tanto para Cerezal como para Mieza (vamos a llamarlos opción A y opción B), porque ha llegado la hora de elegir; si alguien quiere ir a Cerezal (opción A), debe continuar en línea recta, siguiendo el camino que atraviesa el valle; y si lo que desea es ir a Mieza (opción B), debe desviarse, tomando el de la izquierda que discurre unos metros más adelante por una calleja, sigue la misma y puede ver que ésta acaba en un pequeño valle que es cruzado por un regato; estamos en las "Casas Santas", nombre de recibe no solo valle, sino también el terreno que hay en torno al mismo; en cuanto al regato que por allí pasa y que hemos de cruzar, es la "Rivera de las Casas Santas".
Bifurcación de caminos (opción A y Opción B)


 Aunque en los mapas este regato aparece nombrado oficialmente como rivera, nosotros le llamamos indistintamente regato y arroyo. 
 Llegados a este punto, parece oportuno hacerse la siguiente pregunta ¿hay alguna diferencia entre un regato, un arroyo y una rivera? Por lo visto, sí la hay. 

 En la escuela nos decían que un río es una corriente continua de agua dulce, o dicho de otro modo, es una corriente de agua que corre a lo largo de todas las estaciones del año. -Una vez sabido esto, os pido que cuando llegue el verano, seáis indulgentes con el Uces, el Huebra y el Camaces y sigáis llamándoles ríos a pesar de todo- 

  En cambio, un regato, un arroyo y una rivera… los tres, son corrientes discontinuas de agua, lo cual significa que hay períodos a lo largo del año, especialmente en verano, en los que deja correr el agua por ellos. 
  La diferencia que hay entre los tres radica, simplemente, en el volumen del caudal y en el tiempo que este sigue corriendo por el cauce. Un regato, vendría a ser el hermano pequeño de los tres; cuando corre tiene poco caudal y lo hace solo cuando llueve y durante unos días o semanas más. Un arroyo tiene un caudal mayor que el del regato y la corriente de agua dura más tiempo: semanas o meses. Una rivera vendría a ser la hermana mayor de ellos, pues lleva un caudal más considerable que los anteriores y, además, el agua sigue corriendo por su cauce durante más tiempo. 

 Como podemos ver una vez más, aquí el tamaño sí importa

 De todos modos, no hay un límite concreto respecto al tiempo y la cantidad de agua que debe llevar cada uno de ellos, para ser designado de uno u otro modo, quedando a nuestro libre albedrío llamar a la rivera de las Casas Santas, regato o arroyo; de hecho, aguas abajo, a la altura de "El Arroyo", es conocido como arroyo sin más, y sigue siendo el mismo curso de agua. 

 Conclusión: Aunque en los mapas figure como Rivera de las Casas Santas, nosotros podemos llamarle regato o arroyo cuando se nos antoje, que para eso es nuestro. 

 Se dice también, que la diferencia de las riveras, respecto a los regatos y arroyos, no solo reside en el volumen y duración del caudal de agua, a ello hay que añadir que las riveras están más humanizadas; lo cual significa que tienen un mayor aprovechamiento por parte de los humanos gracias a su mayor volumen de agua, algo que es muy válido para nuestra Rivera de las Casas Santas. 
 A lo largo del tiempo, algunos aprovechamientos que nuestros antepasados han hecho de la misma han sido: 

 Zona de baño. Antes de que hubiese piscinas en la comarca, esta rivera, junto con los pilos de los pozos en las huertas y alguna charca que otra, eran la zona de baño habitual para nuestros antepasados.   Mientras corría el regato y el agua se mantenía clara y limpia, algo que sucedía hasta junio e incluso hasta principios de julio aquellos años que habían sido más lluviosos durante la primavera, nuestros padres y abuelos aprovechaban algunos de sus caozos para bañarse. 
 Una vez el regato dejaba de correr, el agua acumulada en los caozos se volvía rápidamente insalubre y se fastidiaba el asunto del baño. 
 Había dos zonas bien diferenciadas para el baño; nuestras abuelas, siendo jovenzuelas…eso sí, se bañaban en las Casas Santas, mientras que los varones lo hacían aguas abajo, a la altura de la Fuente de la Sartén. 
  Lo interesante del asunto era que muchos/as no usaban bañador -en realidad es que carecían de él- siendo unos avanzados/as para su tiempo, ya que practicaban el nudismo, variando el comportamiento según se tratara de ellos y ellas. En tanto muchos chicos se bañaban a “pelo” sin importarles demasiado poder ser vistos por gente ajena al baño que pasara cerca; ellas, para evitar ser vistas, se organizaban perfectamente, mientras una de las chicas vigilaba, el resto de las compañeras se bañaban y, si veía que alguien se aproximaba, daba aviso a las demás para que saliesen del agua y se protegieran, evitando así ser vistas. 

 Molinos harineros. A lo largo de la rivera de las Casas Santas había varios molinos harineros -aún podemos ver los restos de tres de ellos- que aprovechaban la fuerza del agua para mover las piedras que molían el grano. 

 Lavaderos. Antes de que hubiera agua corriente y lavadoras en las casas, habitualmente, se lavaba la ropa en los lavaderos públicos -las bordas-; que yo recuerde, eran cuatro y estaban en el Candenal, la Fontanina, el Charco y la Rodilla. 
 Además de emplear los lavaderos públicos, algunas mujeres también lavaban ropa en este regato, en un lugar determinado de "El Arroyo"; en estos casos lo hacían para lavar la ropa de los parientes que habían fallecido recientemente, pues estaba mal visto que lo hicieran en alguno de los lavaderos públicos, junto con la de los vivos (así al menos me lo contaron a mí). 

Huertas. Las huertas a menudo estaban localizadas, y lo están, al lado de los arroyos, como sucedía en este caso también.

 Una vez que la rivera de las Casas Santas abandona el término municipal de Barrueco, entra en el de Saucelle; pasa bajo el puente de la carretera que une ambos pueblos; algo más abajo, lo hace bajo el “Puente de Palo” en el antiguo camino de Saucelle - este puente, aunque un su día era de madera, actualmente es de hormigón - ;el terreno va siendo cada vez más abrupto a medida que se acerca al Huebra y, un poco más abajo, pasa bajo otro puente en la carretera de La Molinera (la DSA 576 que une Lumbrales y Saucelle), antes de desembocar en el río. 

 Tan solo unos metros por encima de este último puente; el regato conforma una bonita cascada, cuando ha llovido en abundancia los días previos, conocida como “Cachón de Carranzo”. 
Cachón de Carranzo


 Esta rivera, arroyo o regato de las Casas Santas -que cada uno la denomine como le plazca-, atraviesa numerosos parajes a lo largo del término de Barrueco y toma el nombre de uno de ellos: “Las Casas Santas”, un hecho que siempre me había llamado enormemente la atención ¿Por qué ese paraje se llama así y además da nombre a la rivera que pasa por allí? 

 Pensé que en algún momento de nuestra intrahistoria, en aquel lugar, debió haber sucedido algún hecho singular que hubiera dado pie a que nuestros antepasados le pusiesen tal nombre, y durante unos días estuve investigando el asunto. 

 Como los viejos de antes, el equivalente a la gente de la tercera edad actual –ahora llamar viejos a los viejos, no está bien visto- siempre han sido los principales transmisores de la tradición oral, me dirigí no solo a uno, sino a varios de ellos/as, preguntándoles si conocían algún hecho extraordinario o circunstancia que pudiera justificar el nombre de Casas Santas, así como la época aproximada en la que aquello pudo suceder, pero nadie sabía nada del asunto. 

 Pasó el tiempo y, cuando pensaba que ya nunca iba a saberlo, una vez más fue la casualidad la que me permitió encontrar una pista para aclarar el asunto; ésta, a su vez, me llevó a otra y ello hizo posible que al fin lograra enterarme del hecho que motivó, que el paraje de las Casas Santas y la rivera que por allí pasa reciban tal nombre. 

 Curiosamente, quien me informó del hecho no era de nuestro pueblo, sino de Mieza y, precisamente,  está relacionado con el camino hacia ese pueblo que por allí pasa. La informante no era vieja, se trataba de una persona bastante joven y la conversación surgió al azar, hablando del antiguo camino de Mieza a Barrueco. 
 Yo lo había recorrido el verano anterior, se lo comenté a una mujer de era de aquel pueblo y ella me dijo que, siendo niña, había oído hablar a uno de sus abuelos de un hecho muy extraño ¡un posible milagro!, cuyo protagonista había sido su bisabuelo, y que el suceso había ocurrido en dicho camino, en un lugar de Barrueco conocido como “Casas Santas”. 
 Al apreciar mi cara de asombro, empezó a reír y dijo: 

 - Sé que te va a parecer increíble, porque así me lo pareció a mí y aún sigue pareciéndomelo, pero mi abuelo afirmaba que eso sucedió realmente, y que el protagonista había sido su padre. Para situarlo en el tiempo, hay que remontarse al siglo XIX, ten en cuenta que no se trata de mi abuelo, sino de mi bisabuelo. 
  Todo empezó una mañana de verano, el padre de mi abuelo se llamaba Tarsicio y aprovecho para decirte que fue el último de la familia en llevar ese nombre ya que ,después de él, nadie quiso ponérselo a ninguno de los descendientes. 
  Un día, la esposa…mi bisabuela, despertó con un fuerte dolor abdominal, llamaron al médico, este le indicó un preparado y entonces no era como ahora, pues casi todas las medicinas las elaboraban los propios farmacéuticos en la farmacia. 
  Como aún no había automóviles ni carreteras, mi bisabuelo tuvo que coger la mula e ir a Barrueco a por la medicina, porque en mi pueblo no había farmacia. 

 Llegó a tu pueblo cerca del mediodía, al farmacéutico le llevó su tiempo elaborar el producto que necesitaba, aprovechando mientras tanto el viajero aquel rato para comer “el cacho” –así llamaban algunos a la merienda que llevaban, cuando no comían en casa y que no debemos confundir con “pillar cacho”-; por el oeste se vislumbraban ya alguna nube que presagiaba una típica tormenta de verano y, cuando volvió a la farmacia a recoger la medicina, se oyó a lo lejos el primer trueno. 

- Se avecina una tormenta. Comentó el farmacéutico. Antes de regresar a su pueblo, espere a que se pase, porque como se ponga en camino ahora, le va pillar en pleno campo. 

 Tarsicio, mi bisabuelo, miró al farmacéutico y respondió: 

- Gracias por el consejo, pero mi mujer está mala desde esta mañana, necesita tomar esto y tengo que regresar ya a mi pueblo sin importar que truene, llueva o relampaguee. 

  La gente de antes era recia y dura, no tenía miedo a nada y aquel hombre respondía al prototipo. El boticario, al ver la determinación de aquel hombre, dijo: 

- Espere un momento. 

Entró en la rebotica y salió con un paraguas. 

- Tenga, lléveselo. Si la tormenta trae agua, le va a venir bien.

 - Muchas gracias, pero no sé cuándo podré devolvérselo. 

 - Ahora no piense en eso, no me corre prisa alguna… cuando pueda. Si su mujer esta mala y necesita la medicina, comprendo la prisa, pero aun así insisto; yo, si estuviera en su lugar, esperaría a que pase la tormenta y puede quedarse aquí conmigo si quiere; porque, como le pille en el campo, puede ser peligroso  A lo mejor solo son cuatro truenos y pasa rápido. 

 - Usted acaba de decir que a lo mejor solo son cuatro truenos, pero es que pueden ser muchos más. Las tormentas pueden ser flojas y durar poco rato, o ser fuertes y durar horas; pero eso a mí ahora me da igual, venga como venga, tengo irme y no puedo esperar más. 

 El viajero salió a la calle acompañado por el boticario y sonó otro trueno. 

- Viene de Portugal y aún está lejos. Exclamó este. 

- Eso creo yo también, a ver si hay suerte, tarda en llegar y de paso hace poco daño en las huertas. Respondió Tarsicio. 

- ¡Mientras no le dañe a usted! 

 - Si mañana oye que en el camino de Mieza ha aparecido un hombre  achicharrado por un rayo, ya sabe que soy yo. Añadió el viajero, haciendo gala de un humor negro desmedido.. 

- ¡No bromee con eso! , a mí, desde que era niño, las tormentas me dan miedo tremendo; yo no saldría ahora al campo por nada del mundo. 

 - Por suerte no tiene que hacerlo, pero yo estoy obligado a ello. Tengo la ventaja de que a mí no me da miedo alguno, más de una vez me ha pillado alguna en al campo y aquí estoy. 
  Siempre se ha dicho que “nadie se muere el día de la víspera”, que ese momento le toca a uno cuando le toca y da igual que estés en la cama durmiendo plácidamente, o en el medio del campo con tormenta. Si es tu día no hay quien te salve; y si no lo es, no hay tormenta que te mate. 

 La actitud de aquel hombre, en la antigua Grecia, hubieses sido considerada propia de un estoico; en cambio el boticario, que en aquel momento no estaba para filosofías, pensaba que estaba ante “un cabezón de cuidado” y admiraba su valentía, viéndole dispuesto a emprender el camino aun en contra de los elementos. 

  El viajero, que tenía la mula atada a una argolla clavada 
en la pared, algo que era muy corriente entonces en las casas, desató al animal, subió al mismo y 
desde allí se inclinó para despedirse del boticario
 
dándole la mano; arreó la mula y se alejó calle
adelante buscando la salida del pueblo, mientras  
que a lo lejos volvió a oírse otro trueno.

domingo, 6 de julio de 2025

El alcalde "libertario"

 

  

 

  Aquel día, tras cerrar el consultorio del pueblo, el médico miró el reloj y comprobó con satisfacción que la consulta había acabado a una hora razonable. Estaba contento ya que, tras el intenso trabajo que había tenido a lo largo de la semana anterior, la situación parecía haberse normalizado y el estado de salud de los pacientes había vuelto a su nivel habitual. Era mediodía y como buen español que era, antes de regresar a su casa, decidió tomar algo en el bar, así que dirigió sus pasos hacia el mismo y en el camino fue recordando lo sucedido.

 

   Era la primera semana de julio, el verano estaba en sus inicios y en el pueblo, como era habitual  por estas fechas,  la población se  había incrementado notablemente; pero el motivo que tanto había intensificado  su trabajo, durante los días previos, no había sido originado por este crecimiento poblacional, sino por otro muy distinto

  

   El agua es un elemento imprescindible para nuestra existencia, que siempre ha condicionado, enormemente la vida del hombre ya que, desde el principio de los tiempos, se ha visto obligado a asentarse en lugares donde fuera fácil el acceso a este preciado elemento. Algo tan sencillo como abrir un grifo en casa y que por él salga agua apta para el consumo, para nosotros es algo rutinario y parece muy simple; pero hasta que esto ha podido ser una realidad, tanto los habitantes de los pueblos como los de las ciudades han tenido que sufrir, previamente, un montón de vicisitudes.

  Esta dependencia del agua, entre otras cosas, ha sido el motivo de que la mayoría de las ciudades estén ubicadas al lado de algún río, y de que los pueblos, cuando no tienen algún curso de agua cercano, se encuentren situados en lugares donde el agua subterránea, a través de fuentes, pozos y pilares pueda ser accesible a sus habitantes.

  Durante siglos, para el consumo habitual, la gente recogía el agua directamente de ríos, arroyos, lagos, fuentes…, ésta en ocasiones se contaminaba y quienes la bebían contraían infecciones gastrointestinales, un hecho que era bastante común de modo que el problema que nuestros antepasados tenían, respecto al agua, no se limitaba únicamente a poder disponer de ella en cantidad suficiente, siendo también necesario que fuese potable, algo que no siempre era posible.     

 

 

   Beber agua potable que procede directamente del manantial, ya sea en pozos, pilares o fuentes, es un lujo que aún nos podemos permitir en nuestros pueblos; es un agua natural, sin cloro ni sustancias añadidas que interfieran con sus características organolépticas y, aunque es un agua estupenda, a veces puede llegar a contaminarse por gérmenes, un hecho que es más común en verano cuando disminuye el caudal de los ríos y las fuentes y con ello las posibilidades de depuración natural. 

  El refranero popular dice al respecto que “agua corriente no mata a la gente”; también podríamos decir que “cuando el caudal flojea, llega la diarrea” (esto último no sé si lo dice también el refranero, o quizá fuera Platón. Y si no fue alguno de ellos, pues lo añado yo).

 

    Bueno, pues el problema de salud que había ocurrido en el pueblo, durante los días anteriores, estaba relacionado con el agua; concretamente, con una fuente pública. Ésta, proporcionaba un agua abundante, de gran calidad que, desde tiempo inmemorial, había saciado la sed de los lugareños; por ello, cuando en el pueblo se hicieron las obras de abastecimiento para llevar el agua a los domicilios, habían decidido mantenerla, tal como estaba, para que quien lo deseara pudiera seguir utilizándola.  

  Desde el otoño, cuando comenzaban las lluvias, hasta los inicios del verano siguiente, la fuente conservaba un abundante caudal, pero cuando llegaba el estío,  a medida que pasaban las semanas, el chorro del  caño iba decreciendo progresivamente de modo que, aunque el manantial casi nunca llegaba a secarse, cuando llegaba septiembre  por el caño solamente corría un pequeño hilillo de agua dando la sensación de que iba a agotarse en cualquier momento.

   En el pueblo, a pesar de que en todas las casas ya había agua corriente, la gente seguía utilizando para beber el agua de la fuente, pues la calidad de ésta era muy superior a la del abastecimiento general; reservando, ésta última, para el aseo, la limpieza de la casa y demás menesteres.

  


   El tema del agua funcionaba de ese modo: casi todo el mundo la bebía de la fuente durante otoño, invierno y primavera con total confianza, pues el caño mantenía un copioso caudal. En cambio, al llegar el verano, cuando el chorro de la fuente empezaba a menguar, los habitantes del lugar, conscientes de que, a medida que el caudal del mismo disminuía, aumentaban las posibilidades de que el agua se contaminara; por prudencia, casi todos ellos dejaban de beberla de allí pasando a beber entonces el agua del grifo de sus casas.  

   La fecha en la que la gente cambiaba sus hábitos respecto al agua no era fija ya que oscilaba todos los años dependiendo de lo abundante que hubiera sido la temporada de lluvias que condicionaba el caudal del caño; por esta circunstancia, todos los veranos el asunto de calcular cuándo dejar de beber agua de la fuente levantaba mucha expectación.

 

   El boticario había recomendado, repetidamente, al alcalde, que prohibiese a los paisanos beber agua de la fuente durante el verano ya que, al no estar potabilizada como la del suministro general, raro era el año en el que no había algún caso de gastroenteritis, mas éste nunca le había hecho caso.

  Aunque eran los últimos tiempos del franquismo y España seguía siendo un estado totalitario, donde el sentido de la autoridad se mantenía muy arraigado,  el regidor del pueblo debía ser  algo  libertario, una cosa extremadamente rara para esa época (quizá es que no tenía los suficientes redaños para enfrentarse a los vecinos, algo que no podemos descartar ) y siempre le  respondía que el agua de la fuente era estupenda, así que tenían que ser los vecinos del pueblo, y no el alcalde ni el boticario, quienes debían decidir, libremente, cuándo dejar de utilizar el agua de la fuente, cada verano.

   En realidad, casi nunca pasaba nada importante pues todos los años, cuando alguien pillaba una diarrea, lo comunicaba a los vecinos y familiares, el “boca a boca” funcionaba muy bien, y, en cuestión de horas, todos los habitantes del lugar sabían que el agua de la fuente ya no era potable y dejaban de consumirla hasta el otoño, cuando el caño volvía a recuperar un buen caudal.    

  

   Este asunto se había convertido en una tradición más del pueblo y sus habitantes, conscientes de que a medida que avanzaba el verano aumentaban las probabilidades de que se contaminara el agua de la fuente, habían establecido la costumbre de considerar al día de la Virgen del Carmen (16 de julio) como la fecha límite para dejar de beberla; así que, “por si acaso”, a partir de ese día, casi todo el mundo empezaba a beber el agua que llegaba del suministro general a los domicilios.

   Evidentemente, esto no era nada científico y, como la fecha era meramente orientativa, siempre había “valientes” que apuraban mucho los días y continuaban bebiendo agua de la fuente durante más allá de ese día. Curiosamente, los más imprudentes eran los más viejos, que seguían consumiéndola durante varias semanas más y casi nunca les pasaba nada (o si les pasaba, no lo decían).

 

  Del mismo modo que en Asturias hay un día al año en el que celebran la pesca en los ríos del primer salmón de la temporada, al que llaman “El Campano”, siendo una fecha muy señalada en el principado, en el pueblo -salvando las distancias-  también era un día muy señalado aquel en el que aparecía la primera persona de la temporada con diarrea, pues ese era el indicador de que la gente debía dejar de beber definitivamente el agua de la fuente hasta el otoño.

   

   Ese año, el otoño y el invierno anteriores habían sido especialmente secos y la   primavera también había sido muy pobre en lluvias; por ello, como los manantiales se habían cebado poco, el caudal de la fuente comenzó a mermar muy pronto. Debido a esta circunstancia, o bien a alguna otra causa que nunca llegó a saberse, resultó que, en la última semana de junio, el agua de la fuente perdió su salubridad.

 

   El primer aviso, de que el agua del caño había dejado de ser potable, no sobrevino del mismo modo a lo que venía siendo habitual durante  los años anteriores; hasta entonces, cuando alguno de “los valientes” que seguían bebiendo agua de la fuente, más allá del día de la Virgen del Carmen,  resultaba  afectado,  lo que siempre había acontecido,  cuando aparecía la primera persona afectada por gastroenteritis -que venía a ser como “El Campano” del pueblo-, ésta avisaba a los demás y, en cuestión de horas, o a lo sumo un día,  desaparecían “todos los valientes” y ya nadie bebía agua de la fuente.

   En esta ocasión, lo ocurrido fue que, como aún faltaban tres semanas para el día de la Virgen del Carmen, todo el mundo seguía bebiendo agua de la fuente ya que aún eran “fechas seguras”, y sobrevino un verdadero boom…una auténtica explosión gastroenterítica (vamos, una cagalera generalizada), resultando afectados, los habitantes del pueblo, por docenas.

 

   Durante el tiempo que duró la epidemia, los medicamentos para tratar vómitos, diarreas y dolores de abdominales corrieron a raudales, ya que era rara la familia donde uno o varios de sus integrantes no hubieran enfermado por el agua contaminada. Mientras tanto, la conciencia del farmacéutico estaba en un estado de disociación múltiple: Pensamiento positivo: estaba contento porque, al aumentar la venta de medicamentos y agua mineral (entonces, el agua mineral en los pueblos apenas se usaba y sólo se vendía en farmacias), el negoció mejoró ostensiblemente esos días.  Él, no es que se alegrara porque los vecinos se “fueran de vareta”, pero consideraba que, si estaban así y necesitaban medicamentos, alguien tenía que vendérselos. Pensamiento negativo: en su fuero interno estaba muy cabreado con el “alcalde libertario”, esa “rara avis franquista” que, haciendo caso omiso a su recomendación, nunca había querido poner un letrero en la fuente avisando de que el agua no estaba potabilizada.

 

   En la intrahistoria de los pueblos siempre acontecen hechos significativos, hitos importantes que marcan un antes y un después, tal como ocurrió con la epidemia de gastroenteritis de aquel año. Al haber sido ésta tan brutal y afectar a tantos paisanos, motivó que el alcalde perdiera súbitamente su “sensibilidad libertaria” olvidándose del derecho de los vecinos a elegir libremente el sitio donde coger el agua para beber, que tantas veces había defendido ante el boticario y decidió ejercer de alcalde con “mando en plaza” (en este caso, quizá habría que decir con “mando en fuente”), así que ordenó al alguacil poner un letrero en la fuente, para avisar del problema del agua

 

  Letrero sugerido por el boticario: “Agua no potabilizada”

  Letrero que finalmente se puso: “Prohibido beber agua de la fuente hasta nueva orden”

 

  Cuentan las crónicas que el motivo que llevó al alcalde, mandar colocar el letrero, no obedeció a la sugerencia del farmacéutico -éste llevaba años intentando convencerle de ello, sin éxito-, sino a que él resultó ser uno de los afectados (como podemos ver, las bacterias, al contrario que las personas, son justas e imparciales y les importan “un comino” las jerarquías y la autoridad).

   Lo cierto es que el aviso del letrero no tuvo utilidad alguna ya que, cuando lo colocó el alguacil en la fuente, los vecinos llevaban ya varios días sin beber agua de la misma.

 

 

(Nota aclaratoria: Aunque la foto que acompaña al texto corresponde a la fuente de Vilvestre, y en ella hay un letrero donde pone “Agua no potable” quiero aclarar que esto no ocurrió en ese pueblo). 

jueves, 1 de mayo de 2025

Un trabajo de campo

 


  Siendo estudiante en Salamanca, muchas tardes iba a estudiar a la biblioteca universitaria que entonces estaba en el edificio histórico, en la calle Libreros y en ella coincidíamos estudiantes de diversas facultades siendo allí donde conocí a una chica llamada Jimena, como la mujer del Cid.

 Como entonces no había móviles ni internet, los estudiantes, cuando nos tomábamos un rato de descanso, salíamos de la biblioteca y hablábamos entre nosotros, siendo en una de esas pausas cuando la conocí. Estudiaba Filología Hispánica (Lengua y Literatura Española) y, aunque era de León, estaba cursando su carrera en la universidad salmantina.

  Ya estaba en su último año, le interesaba mucho el dialecto leonés y, cuando le dije que era de Barrueco y que el pueblo estaba situado en la frontera portuguesa, comentó que nuestra zona, lingüísticamente, debía ser muy interesante ya que había oído que la gente de aquellos pueblos  aún seguía utilizando muchas palabras del dialecto leonés, añadiendo que le gustaría ir un día a  alguno de aquellos lugares  para realizar un “trabajo de campo” y así poder comprobarlo.

  Yo, hasta ese día, pensaba que un trabajo de campo era la tarea que a diario hacía la gente de los pueblos, criando ganado y labrando la tierra, aclarándome ella que no era lo mismo trabajar en el campo, que hacer un “trabajo de campo” ya que este último es un método de investigación que se desarrolla en un entorno determinado, para conocer directamente, sobre el terreno, aquello sobre lo que se quiere investigar.

  En este caso, la pretensión de Jimena era recoger palabras del léxico que hablaba la gente en su vida cotidiana y averiguar cuales de ellas se correspondían con el dialecto leonés, insistiendo en que lo ideal sería poder hablar con los viejos de entonces –me temo que hoy pasaría yo por ser uno de ellos- porque eran quienes mejor conservaban el vocabulario que a ella le interesaba investigar.

  La chica tenía tanto interés, y hablaba con tanto entusiasmo del tema, que la invité a ir al pueblo donde le presentaría a algún viejo para que hablaran con ella y así pudiera comprobar, si lo que le habían dicho de nosotros, respecto al antedicho dialecto, se correspondía con la realidad.

 Ella no pretendía obtener material para hacer una tesis doctoral; simplemente, deseaba obtener una pequeña colección de palabras, las suficientes para escribir un artículo en una revista...eso fue lo que me confesó, y aceptó encantada la invitación. Iríamos los dos un día a nuestro pueblo, para que conociera y hablara con algunos lugareños.

  Aunque le propuse emplear un día entero (llegaríamos al pueblo una tarde y regresaríamos a Salamanca el día siguiente, advirtiéndole que el hospedaje iba a ser gratuito, ya que estaríamos en casa de mis padres)  esa opción no la aceptó alegando que eso requeriría hacer equipaje, por lo que acordamos ir y volver al pueblo en el día. Más adelante, dependiendo del material que encontrase, valoraría si merecía la pena volver o no otro día.

  En aquella época, los estudiantes, salvo rarísimas excepciones, no teníamos coche –en realidad, ni siquiera muchos de nuestros padres lo tenían- así que fuimos al pueblo en el autobús de la línea regular que entonces había, perteneciente a la Empresa Bautista.

  El plan era coger el autobús que salía de Salamanca a las 10 de la mañana, llegando a Barrueco alrededor de las 12 si el viaje se daba bien (este duraba dos horas, sumado el recorrido y la inevitable e interminable parada técnica en Vitigudino), para regresar aquella misma tarde a Salamanca, en el  autobús que pasaba por nuestro pueblo a las 3 de la tarde, llegando a las 5 a la ciudad, tras las dos horas correspondientes de recorrido

 Conclusión: Aquel viaje nos llevaría  siete horas en total, cuatro en realizar el trayecto de ida y vuela, y   tres de permanencia en Barrueco.

  Como la estancia en el pueblo iba ser muy corta y había que aprovechar el tiempo, cuando llegamos al pueblo, para no perder tiempo, una vez bajamos del autobús, fuimos directos a casa de los informantes que previamente le había buscado a mi amiga la filóloga y que eran gente de confianza; eso al menos pensaba yo entonces, ya que eran uno de mis tíos, que, por cierto, era bastante bromista y su mujer... mi tía consorte.

  Ella, a aquellas horas, estaba haciendo la comida y no pudo atenderla como es debido según supe después, así que el responsable de proporcionar el 100% de la información fue él.

  Jimena estuvo con el informante hasta las 14 horas (las dos de la tarde, para quienes no quieran pensar demasiado a que hora corresponden las 14) siendo entonces cuando pasé a recogerla para ir a comer a casa de mis padres. Una vez presentados y ya comiendo, ellos le preguntaron que si el “trabajo de campo” había merecido la pena y respondió que había anotado bastantes palabras en su cuaderno pero, como tenía que estudiarlas para ver si coincidían con otras leonesas, aún no podía adelantarnos nada.

   A las 15 horas, subimos en el autobús para regresar a Salamanca y, una vez acomodados en nuestros asientos, le pregunté cómo había ido la entrevista añadiendo además que, si necesitaba regresar al pueblo para ampliar la investigación, podía hacerlo cuando lo deseara sin necesidad de que yo la acompañara, ya que mis padres la recibirían gustosos, aunque volviese  sola. Ella, al oírme, comenzó a reír...algo que me desconcertó un poco.

 - Ahora te explico por que me río. Dijo. Tu tío es muy majo y ha colaborado muy bien en la entrevista; en cambio tu tía apenas ha intervenido porque estuvo casi todo el rato en la cocina. Al principio empezó en serio, después fue cogiendo confianza y al final se reía todo el rato cada vez que iba recordando algunas palabras antiguas...así es como él las llamaba. Ha dicho bastantes, aunque algunas dudo hasta que existan y que no las haya inventado él.

  Para empezar, me preguntó si me sonaba machado, le respondí que, si se refería Antonio Machado, y comentó riendo:

-  Te he pillado...sabía que ibas a responder eso. Un machado es un hacha que se maneja con dos               manos y una machada es un hacha más pequeña, que solo se utiliza con una mano.

 Mientras yo tomaba nota de ello en el cuaderno, él siguió preguntando

-  Y un machadón ¿sabes lo que es?

  Cuando respondí que no, él, entre risas, dijo que tampoco lo sabía. Entonces le pedí que hiciera el favor de evitar las bromas, porque teníamos poco tiempo; tu tía, que estaba cerca, le riñó diciéndole que dejara de decir tonterías; que yo había ido a vuestro pueblo, desde Salamanca, solo para verles a ellos; que aquello era un trabajo serio, y que dejara de bromear y tomarme el pelo. 

  La riña le vino bien ya que a partir de ese momento se formalizó un poco y empezó a recordar “palabras más raras de lo habitual”, repito que así era como las denominaba él.

-  A partir de ahí supongo que todo iría bien. Comenté yo ¿Dijo alguna palabra del antiguo dialecto             leonés?

-  Palabras dijo muchas, pero la mayoría creo que son simples vulgarismos del castellano; aunque hay        una porción de ellas que no estoy segura y tengo que investigarlo.

-  Dime algunas, a ver si las reconozco. Al fin y al cabo, yo también soy un nativo de Barrueco

-  ¿Te suena “contrimas”?

-  Por supuesto. Es el equivalente a “cuanto más esto…o lo otro”.

-  Eso no es leones. Aclaró Jimena. Solo es un vulgarismo del castellano

-  Dime con otra. Insistí.

-  "Má”, “pá”, “va pallá”, “ven pacá”

-  Eso es muy fácil: Mamá; papá, voy para allá y ven para acá. Más vulgarismos ¿cierto?

-    Efectivamente. Respondió ella. Eso es puro castellano. La gente, para economizar el esfuerzo fonético, con frecuencia se come letras de algunas palabras, aunque conservan el significado

-  Entonces tampoco es leonés. Afirme yo.

-   ¡Leones dices…! Hasta en Barcelona puedes oírlo.

-   También dijo: “Aahpayá” y “vaaacaveé”

 Al oírla decir eso, los dos comenzamos a reír, aclarándole yo.

-    Eso no pertenece al dialecto leonés ni al de ningún lado; es una jerga que usan los vaqueros para dirigirse a las vacas cuando quieren dirigirlas por donde ellos quieren; pero, aunque digan esas palabras, las vacas no hacen caso alguno por mucho que se esfuercen en hablarlas así, pero bueno… lo intentan.

-    Tu tío también dijo “Cagondiez”, un taco con tintes escatológicos

-    Eso seguro que sí es leones. Bromeé yo.

-    Eso se dice en León, en tu pueblo y hasta en Logroño.

  A medida que transcurría la conversación, estaba viendo que la filóloga no había quedado demasiado satisfecha de la entrevista; pero aun así, no quise darlo todo por perdido.

-    Dime alguna palabra más, a ver si encontramos algo

-     “Ir a firmar un papel a la cuadra”. Esa frase también la dijo, pero de leonés te garantizo que no tiene absolutamente nada; es una frase, en un perfecto castellano, que se empleaba como metáfora para indicar que iba uno la cuadra, cuando no había servicios aún.

A continuación, siguió contando:

-       Después me dijo que si sabía lo que era una “Moñiga”, respondí que suponía que eran las heces de las vacas, pero que se conocían como “Boñigas” y, a partir de ahí, me informó que los Boñigos eran la heces del cerdo; los “cagajones” del caballo y burro y las “cagalitas” de cabras y ovejas”

-   ¡Pero  que coños le pasaba a mi tío hoy!  ¡Se estaba doctorando en Escatología o qué!

-   Ha debido ser eso. Respondió ella riendo. A pesar de todo, algo aprendí, porque, aunque conocía el nombre de los excrementos de casi todos los animales, el boñigo de los cerdos no... esa palabra es nueva para mí. Después dijo otra palabra y cuando le indiqué que  tampoco la conocía, comentó  que, como era muy descriptiva, no hacía falta que me dijera el significado y que intentase adivinarla por mí misma; también me dijo que, si no lo averiguaba, que te lo preguntase a ti.

-   Que palabra es.

-  “Cagalambres”

-  Yo nunca he oído esa palabra. Respondí. ¡Este tío! ¡Vaya desastre de entrevista! Cuando vuelva al pueblo me acerco a verle y le riño. No sabes cuánto lo siento. Creo que no se ha tomado en serio lo de tu trabajo. Viajar casi 200 km, entre ida y vuelta, en un autobús, para saber como se llaman las cagadas de los animales, no es muy edificante que digamos.

Llevo anotadas en el cuaderno

-  No te preocupes; además dijo otras palabras que llevo anotadas en el cuaderno; así que no todo está perdido. Además, he descubierto, y sin  pretenderlo, algo que posiblemente sea un localismo.

-  Que has descubierto. Pregunté lleno de curiosidad.

-  Ha sido en tu casa, lo usan tus padres y seguro que tú también, al menos cuando estas con ellos. Les he oído emplear varias veces, el verbo dar a modo de verbo auxiliar

   En el idioma español, sabes que los verbos auxiliares son haber, ser y estar, usándose en los tiempos compuestos; unos ejemplos pueden ser: fui admitido, estuvo riendo, está haciendo, ha comido, estuvo llorando, etc. Bueno, pues vosotros, además de ellos, usáis el verbo dar como auxiliar. Les he oído decir: no lo daba hecho, no lo daba empezado, no daba venido

-   Ese localismo, es del pueblo o solo de mi familia. Pregunté ¿Qué crees?

-   Eso ya no lo sé, tendrás que averiguarlo tú. Cuando hables con tus paisanos, comprueba si ellos              también la usan y podrás saberlo.

  Mi amiga acababa de descubrir que en Barrueco se usaba el verbo dar como verbo auxiliar y yo, intentando justificar ese hecho, le dije:

-  Creo que lo que sucede es que en mi pueblo somos muy generosos, por eso usamos tanto el verbo dar.

 

Postdata

- Jimena no volvió después al pueblo para continuar con su trabajo de campo, fui yo quien le proporcionó posteriormente una lista con varias docenas de “palabras típicas" de nuestra comarca, que recopilé.

- Por cierto, “cagalambres”, nunca supe lo que significaba y, al cabo de los años, aún sigo sin saberlo