miércoles, 24 de mayo de 2023

El día después

   
   En la vida, todos los días son importantes, aunque, si debemos darle prioridad a alguno de ellos, sin duda alguna, es el actual; una vez, un pensador decía “el pasado ya no volverá, el futuro aún no ha llegado, aprovechemos el presente, vivamos lo mejor posible el día de hoy, es el mejor día de nuestra  vida...es el único real” ; pero, a lo largo de la biografía personal de cada uno, además del día actual, hay algunas fechas que representan  hitos importantes en nuestras vidas y que determinan un antes y un después, como el día que te casas por primera vez; ese día dejas de ser soltero para siempre, porque, aunque después vuelvas a casarte por segunda vez, tercera, cuarta o quinta -no sigo enumerando, porque insistir en casarse más de cinco veces roza lo patológico-, ya sólo puedes hacerlo en calidad de separado, viudo o divorciado, porque ya no eres soltero. 

   El día que nace tu primer hijo, también es una fecha única e irrepetible en la que cambias de estatus para siempre...pues pasas a ser padre o madre -podrás, posteriormente,  tener hasta diez hijos o más, si se diera el caso; pero a partir del primero, variará la cantidad de hijos, pero no tu condición de padre o madre, porque ya lo eras- 

  La fecha en que te incorporas al mundo laboral, en tu primer trabajo, es otra fecha única en tu historia personal pues, aunque cambies posteriormente de trabajo, media docena de veces, a los sucesivos empleos ya no accedes a ellos como neófito, sino como un antiguo trabajador. 

  El día que te tocan dos millones de euros en la Lotería Primitiva, también supongo que debe ser un día único e irrepetible y que va a cambiar tu vida para siempre –la verdad es que, hablar de ello, es entrar dentro del terreno de la fabulación y esa experiencia no la he vivido aún ...la tengo pendiente- 

   A las anteriores fechas, aún debemos sumar otras dos que, además de importantes, son claves en la vida de las personas; me refiero al día que nacemos y el día que morimos. De este último, muchos no quieren ni oír hablar de él, pero de poco les sirve no hacerlo, ese día nos va llegar a todos antes o después -mejor que sea después-, y tomaremos el camino del “más allá”

    Sólo nacemos una vez y solo morimos una vez, aquí no cabe discusión alguna. 
  Lo de “ha vuelto a nacer”, es una expresión que oímos con cierta frecuencia, cuando alguien sobrevive a un incidente grave, sea del tipo que sea, pero no deja de ser un simple eufemismo. El cese de las funciones vitales, la auténtica muerte, sólo ocurre una vez y nadie vuelve a nacer  . 

   Si el día de nuestro nacimiento, como indiqué anteriormente, es una de las dos fechas claves que marcan nuestra existencia; la otra es el día en que estiramos la pata, abandonamos este mundo, descansamos en paz -mucha paz, eso sí-, o entregamos nuestra alma a Dios (que cada cual lo adorne como quiera) en resumen…cuando morimos. 
   Entre esas dos fechas, ocurre un hecho maravillo que a veces no sabemos valorarlo debidamente y no es otro que la vida. 

   Mi abuelo decía al respecto “Dios nos libre del día de las alabanzas”, refiriéndose a la última de las dos fechas anteriores, y es que él, aunque no pertenecía a ninguna prestigiosa escuela filosófica, a su modo era un auténtico filósofo. 

  Cuando una persona deja de existir, todos, sin excepción, hablan bien de ella; sus antiguos amigos, la gente que le apreciaba, ese día, recuerdan las cosas buenas del fallecido y le alaban por ello; mientras que los enemigos del finado, como a partir de ese día dejan de ser enemigos, por razones obvias, también hablan en positivo de él (en este caso, porque ahora ya tienen un enemigo menos). 

  Una vez se encontraron dos amigos, llevaban tiempo sin verse, y dijo el uno al otro: 

 - ¡No sabes lo que me alegra verte! Últimamente, me han hablado tan bien de ti, que hasta pensé que te habías muerto. 

  Cuando a una persona le llega el día D –De    palmarla- podríamos pensar que, para ella, ya todo se ha acabado, pero eso no es así; aún queda otra fecha importante, si no para él, al menos para los parientes cercanos, que es “el día después”. 

  El “día después”, es el del entierro o la incineración del finado, según los casos. En tal fecha, como el protagonista del evento, evidentemente, solo lo es de forma pasiva, lo lógico sería pensar que es imposible que se entere de como discurre la jornada 
 ¿Imposible? Aquí no hay nada imposible, una vez, una persona, en la ciudad de Badajoz, tuvo ocasión de asistir a su “día después”. 

   Esto ocurrió en la década de 1980, unos tiempos en que los móviles e internet aún no formaban parte de nuestras vidas. 
   Una mañana, en el domicilio de un médico, un conocido ginecólogo para más señas,  desde muy temprano la esposa empezó a recibir llamadas, a través del teléfono fijo, para darle el pésame por la defunción del marido, preguntando, además, a qué hora era el entierro. 

  Ella, como le había visto salir de casa para ir trabajar, un rato antes, camino del su hospital, y estaba,  aparentemente sano, no hizo caso alguno a la primera llamada pensando que estaba siendo víctima de una broma de mal gusto; pero las llamadas fueron sucediéndose y alguien le aclaró que había visto la esquela en el periódico. 
   La mujer, entonces decidió llamar al hospital para ponerle al corriente de lo sucedido y asegurarse, a su vez, que no era una neo viuda; cuando habló con él, éste le dijo que ya conocía la noticia e incluso hasta le habían enseñado un periódico con la correspondiente esquela. Alguien había tenido la humorada de encargarla y pagarla. 

  El encargo había sido hecho la tarde anterior, no en las oficinas del periódico, sino en una librería donde, además de vender aquel diario, colaboraban con él en estos asuntos. Allí, el autor o autora de la broma, vamos a llamarlo/a así, había elegido el tamaño de la esquela, así como el contenido; la había pagado en mano; nadie le pidió identificación alguna, y cuando el muerto-vivo, el ginecólogo, denunció el hecho a la policía, ya que leer su propia esquela no le había hecho gracia alguna, esta no logró encontrar al autor/a de la gamberrada. 

   Si esto hubiera sucedido en Sicilia, nuestro ginecólogo, seguramente, lo hubiera tomado como un aviso subliminal (o no tan subliminal) de la mafia, se sentiría amenazado y hubiera puesto tierra por medio; pero como sucedió en la ciudad de Badajoz que es un lugar muy pacífico donde, generalmente, todos son buena gente, aunque alguno sea más gamberro de lo habitual, no huyó de la ciudad y siguió viviendo tan feliz en ella, ejerciendo su profesión como si nada hubiera pasado. 

   Lo que no preveía, él, ni nadie, es que al cabo de algún tiempo, alguien volvió a encargar otra esquela similar, en el mismo periódico; aunque en esta ocasión, al leerla la gente, casi nadie creyó que fuese verdadera y todos los que llamaron a su domicilio, en esta ocasión, no lo hicieron para preguntar a qué hora era el entierro, como la vez anterior, sino para asegurarse si era verdad o no lo del óbito del ginecólogo.. 

  Sospecho que, en esta ocasión,  la mujer ni se molestó en llamarle al hospital para avisarle de que, según los “los papeles”, había “muerto” por segunda vez. 

   Por cierto, creo que tampoco pudo ser identificado el autor/a que encargó aquella segunda esquela (es probable que en los dos casos se tratara de la misma persona). 

  Como nunca apareció el causante de esta broma tan macabra, tampoco pudo saberse cuál era el objetivo o razón de la misma; lo que sí quedó fuera de toda duda es que, si pretendía fastidiar y amargarle el día al médico, lo consiguió y por partida doble. 

  Lo único en claro que podemos sacer de lo ocurrido, es que el ginecólogo tuvo la oportunidad de asistir a “su día después”, aunque solo fuera sobre el papel, en dos ocasiones y, a pesar de que las esquelas decían que había fallecido, él siguió vivo y coleando -bueno, lo de mover la cola, aunque lo doy por supuesto, eso ya era un asunto particular entre él y su mujer-. 

  Unos años después, en un hospital distinto, también en Badajoz, otro médico, en este caso no era ginecólogo -Voy a llamarlo Dr. X-, había estado de guardia un fin de semana; la madrugada del domingo al lunes la había tenido muy complicada, pues había tenido dos urgencias de las auténticas,  las que requieren una atención inmediata, y había estado en el quirófano, durante varias horas, operando a sus dos pacientes; acabó todo alrededor de las 7 de la mañana y ya no se acostó. 
   A las 8, cuando llegó el primer compañero de su servicio, le dio el relevo y se fue a su casa a descansar, ya que era su día de libranza; llegó a su domicilio, desayunó y se acostó para recuperarse del sueño y cansancio acumulados. 

   Aquella misma mañana del lunes, una doctora que era compañera suya, aunque de otra especialidad, que trabajaba en el mismo hospital; alrededor de las 9 recibió una llamada desde su casa. Era el marido quien la llamaba y, muy alarmado, le preguntó qué era lo que le había ocurrido al Dr. X, al que también conocía, informándola que estaba viendo el periódico, lo tenía abierto en la página de las esquelas y que en una de ellas aparecía X con los correspondientes apellidos. 
  Eso la había llamado poderosamente la atención, porque el primer apellido era extremadamente  raro, posiblemente único, en aquella zona, y por ello estaba casi seguro que la esquela era de su compañero. 

  Ella respondió que ni sabía ni había oído nada, pero que iba a preguntar por él y después le llamaría para confirmar si se trataba o no del mismo. 

   Llamó a la planta del hospital, donde estaban ingresados los pacientes pertenecientes al servicio del Dr. X, y habló con el control de enfermería, un lugar de apenas dos metros cuadrados, existente en todas las plantas hospitalarias, donde a veces hay una persona, a veces dos, en ocasiones ninguna y otras, en cambio, seis, siete o más: dos enfermeras o más enfermeras, dos o más auxiliares de enfermería, una enfermera supervisora, un celador, algún médico… y todos hablando; siendo muy frecuente que se mezclen varias conversaciones distintas, tal como sucedía aquella mañana, formándose a veces un guirigay del carajo. 

   Cuando sonó el teléfono en el control, lo cogió la enfermera que estaba más próxima al mismo y al oír la pregunta de la doctora, preguntando por el compañero, ella contestó que no le había visto, pero que iba a preguntar a las compañeras. 

- ¿Ha visto alguien al Dr. X o sabe algo de él? Oyó la doctora preguntar a la enfermera, al otro lado del teléfono. 

 - ¡Esta mañana, a primera hora, me crucé con él! Respondió una compañera, desde lejos, mientras se acercaba al control. -Esto lo oyó la enfermera que estaba al teléfono, pero no la doctora que había llamado- 
   Lo vi en el pasillo, cuando entraba yo -continuó relatando la enfermera que lo había visto- El pobre tenía un aspecto horrible porque ha tenido una guardia muy mala y se ha pasado toda la noche en quirófano…estaba muerto -le faltó decir que de cansancio y sueño-.

   La frase estaba muerto, la había pronunciado una vez había llegado al control con las demás compañeras  y fue la única que oyó la doctora con claridad, siendo eso es lo que desencadenó todo. 

  Al oír, través del auricular, dicha frase, su cerebro debió bloquearse ahí y no quiso escuchar más, colgando el aparato muy angustiada, sin esperar más aclaraciones de la enfermera que le había respondido; había llegado a la conclusión de que las sospechas de su marido eran reales.

  Éste, la había llamado diciendo que estaba leyendo una esquela con el nombre y apellidos del Dr. X, y una enfermera de su propio servicio acababa de decir que estaba muerto, ¿ qué más pruebas necesitaba para comprender lo que había pasado? Su ya ex compañero, había pasado a mejor…o quién sabe, si a peor vida -algunos doctores también van al infierno- 

  No pudo reprimir las lágrimas de la rabia que le entró; pensó que la vida no era justa ya que, una persona tan joven, con la que había estado trabajando y bromeando dos días antes, el viernes anterior, había fallecido, repentinamente, durante el fin de semana, sin tener ninguna enfermedad conocida. Además, estaba enfadada porque nadie la había avisado del suceso, a pesar de que eran amigos además de compañeros.

  Llamó al marido para confirmarle la mala noticia, fue a ver a los compañeros del servicio del "compañero fallecido", para preguntarles qué era exactamente lo que le había sucedido,  y al primero que vio lo encontró en un pasillo. 

   No se anduvo con rodeos y le preguntó, directamente, de qué había muerto X,  dejándole pasmado por la noticia. 

 - ¡Pero qué dices! ¡No tengo ni idea! ¡Me dejas de piedra! ¡No sabía que había muerto! He estado de viaje el fin de semana, volví ayer noche, esta mañana he venido directamente al hospital y nadie me ha dicho nada. 

 - ¿Quién puede informarnos qué lo que ha pasado? Preguntó ella 

 - Pues el director del hospital; a él, indudablemente, se lo tienen que haber comunicado…es más, como X estaba de guardia el fin de semana, seguro que le han llamado para que, además de saberlo, localizaran  a otro compañero para que viniera a hacerse cargo de la guardia. 
  Yo, como no estaba aquí, no sé si me habrán llamado a casa, pero si lo hicieron no pude contestar porque estaba de viaje, como te he dicho - como en esa época aún no se había generalizado el uso de los móviles, teníamos que apañarnos sólo con los fijos- 

   Cuando los dos llegaron al despacho del director, comprobaron que éste desconocía que hubiera “muerto” alguno de sus médicos durante el fin de semana, así que llamó al jefe del servicio al que pertenecía X que, obviamente, tampoco sabía que había tenido una baja en el mismo. 

  El jefe, cuando averiguó que X estaba saliente de guardia, y por tanto era su día de libranza, llamo a su casa para comprobar si debía encargar una corona de flores o no, de parte de los compañeros del servicio. 

  El Dr. X , estaba tan a gusto en su cama, profundamente dormido, tras la pésima noche que había pasado y como a esas horas estaba solo en el domicilio, el sonido del teléfono, que estaba en la mesilla de noche, fue quien le despertó, después de sonar con insistencia. 

   Fue una voz, casi de ultratumba, la que oyó el jefe al otro lado del auricular:

 - ¡Sí...Diga! 

 - ¿Hola X?  Mira, soy R… ¿Estás bien? 

 - Todo lo bien que puede estar uno en la cama después de una mala guardia -contestó- , ¿ qué pasa? 

 - No pasa nada. Sigue durmiendo. Solo quería saber si estabas vivo…es que hay una esquela tuya en el periódico de hoy…bueno, como veo que no es tuya, ahora ya no sabemos de quien puede ser, pero tiene tú nombre y apellidos. 

 - Y para eso me llamas y me despiertas ¿Para hablarme de una esquela? 

 - No te he llamado por eso, sino para saber si eras tú el muerto o se trataba de otro. Me alegro que sea otro. Descansa y disculpa que te haya despertado. 

 Colgó el jefe del servicio el teléfono, también colgó X, y, aunque permaneció aún un rato más en la cama, fue incapaz de volver a conciliar el sueño. 

  La noticia de que había una esquela en el periódico con su nombre y apellidos y que algunos compañeros hubieran pensado que había fallecido, no le agradó demasiado, y, vista la imposibilidad de seguir durmiendo, se levantó. 

  Estaba suscrito al periódico provincial y como se lo llevaban todos los días a casa, a primera hora de la mañana, salió a la puerta, abrió el buzón, comprobó que allí estaba y lo recogió; una vez que  entró en casa, se sentó en una mesa, lo abrió, buscó la página donde estaban las esquelas y pudo comprobar que, efectivamente, de las tres que había aquel día, en una de ellas estaban escritos su nombre y el primer apellido, el segundo apellido ya no coincidía con el suyo. Estaba asistiendo involuntariamente a "su día después" aunque ficticio.  
El cielo debe esperar


 - Menos mal que no soy yo (se dijo a sí mismo),   el cielo aún debe esperar - el hombre, como podemos ver, era muy optimista y  esperaba acabar allí-  
   Además - siguió pensando- un domingo  es un día horrible para morirse; si ya de por sí es una pena hacerlo, eso de que te entierren un lunes, y encima lloviendo como hoy...

domingo, 23 de abril de 2023

¿Saya o saia?



   Hasta la segunda mitad del siglo XX, la religiosidad en España era un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad, lo cual no debe extrañarnos lo más mínimo si consideramos que, durante siglos, para la gente, siempre había sido la providencia quien había regulado y guiado sus vidas. 

   Los matrimonios tenían los hijos que Dios les concedía; la gente enfermaba y sanaba porque Dios lo disponía; si alguien moría, también era por voluntad del Creador; cuando había sequía, se hacían rogativas al Ser Supremo para que lloviera; las chicas pedían un novio a San Antonio; los toreros se encomendaban a multitud de cristos y vírgenes antes de salir al ruedo para no tener percances…Aún podríamos seguir nombrando un sinfín de ejemplos, pero hoy voy a centrarme exclusivamente en la salud y el dinero –el amor, aunque también es muy importante, queda pendiente para otro día-. 

  Un psiquiatra norteamericano, de origen húngaro, Thomas Szasz, decía: “Antiguamente, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora, cuando la ciencia es fuerte y la religión débil, toma la medicina por magia” 
  Esto, explicado en términos menos técnicos, significa que, hasta la segunda mitad del siglo pasado, la ciencia (la medicina) desafortunadamente, aún era poco eficaz para tratar muchas enfermedades; esta situación, por suerte, ha mejorado considerablemente y, actualmente, la medicina ha avanzado bastante (la ciencia hoy es fuerte) siendo posible tratar eficazmente muchas patologías, que antes carecían de un tratamiento eficaz. 

  Pero antes, cuando la “ciencia aún era débil”, la gente, con frecuencia, pretendía recuperar la salud dirigiéndose a Dios a través de algún cristo, virgen o santo, para que este, en su infinita bondad, como dice la gente religiosa, le restituyese la salud perdida; de todos modos, cuando venían mal dadas, y las enfermedades eran incurables, tal como sucede ahora, “no te salvaba ni Dios”, pero algo había que hacer y, como la esperanza es lo último que se pierde… 

  Dios, aunque esté en todos los lados, no lo vemos, y como mirar a la nada no nos ha gusta a los humanos -al menos a mí me sucede- esto explica que tanto nuestros abuelos, como nuestros padres y algún contemporáneo que otro, a la hora de pedir a Dios las cosas, lo hacían y hacen, dirigiéndose a Él través de alguna imagen de nuestras iglesia o ermitas. 

  Sobre este particular, hay que decir que, en nuestra comarca, había dos cristos muy milagreros, nuestro Cristo de las Mercedes, que si se llama así es, precisamente, por las mercedes o favores que concedía a quienes a él se dirigían, y el Nazareno de San Felices de los Gallegos. 
   
  Cuando existen dos figuras similares, sean del tipo que sean, cada una de ellas tiene sus partidarios y esto también ocurría con nuestros dos cristos, estando, en este caso, las preferencias, sobre el uno o el otro, determinadas, fundamentalmente, por la zona donde vivía cada uno de sus adeptos; es obvio que, en la margen derecha del Huebra, en nuestro lado, nuestro cristo ganaba en número de fieles; mientras que en el otro lado, en El Abadengo (Lumbrales y alrededores), quien se llevaba las preferencias, con diferencia, era el Nazareno de San Felices. 
  Lo bueno del asunto es que aquí ni hay, ni había, competencia o rivalidad de ningún tipo, como ocurre con otras cosas – cuando eres hincha del Real Madrid o del F. C. Barcelona, lo eres del uno o del otro, pero de los dos es imposible – Uno puede ser devoto de ambos cristos y asistir, además, a sus respectivas fiestas, ya que ambas de celebran en fechas diferentes. 
   
  El día 3 de mayo, se celebra la Cruz de Mayo o Invención de la Santa Cruz, conmemorándose,
Jesús Nazareno. San Felices
según la tradición, el hallazgo de la Cruz por Santa Elena; siendo ésta la fiesta dedicada al Nazareno de San Felices.

   El 14 de septiembre, se festeja la Cruz de Septiembre o Exaltación de la Cruz, fecha que recuerda la consagración de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén (año 335), siendo este día del año cuando celebramos la fiesta del Cristo de las Mercedes. 

  Como ser devoto de los dos cristos era y es perfectamente compatible, antes había mucha gente que no dudaba en acudir a ambas fiestas. 

   Ir de Barrueco al Cristo, es uno de los clásicos paseos que hacemos y apenas supone esfuerzo alguno ya que la ermita está cerca, menos de un km, y supone una agradable caminata que podemos hacer siguiendo varios trayectos. Podemos ir por Santana - Santana, Santa Ana, La Cruz de los Caídos y el antiguo cementerio son todo lo mismo, no olvidarlo -, o bien a través del valle Cardadal (o Cadadal), donde estaba La Alameda. 

 Hace muchos años, el ayuntamiento de aquel momento -hay que aclarar que el actual no tiene nada que ver con esto- decidió cortar los chopos del valle, supongo que para vender la madera -no creo que lo hicieran porque daban demasiada sombra en verano - y nos quedamos sin alameda. No critico que tomaran esa decisión, supongo que lo hicieron pensando en el bien del pueblo, pero podían haber plantado después otros chopos y hoy día podríamos seguir teniendo otra hermosa alameda, igual o mejor que la desaparecida. 

  Ir hasta San Felices, a la ermita del Nazareno, desde nuestro pueblo, si queremos hacerlo dando un paseo, ya es otra cosa. “Google maps” indica que hay 32,5 km, y que para hacer ese trayecto, caminando, se tardan 7 horas, en coche 31 minutos y en bici 1 hora y 52 minutos -si paramos ocho minutos para mear y descansar, ya tenemos las dos horas justas- 

   Lo que no dice Google, es cuanto se tarda en burro o en caballo, vehículos en los que, antes, mucha gente iba a la Fiesta de la Cruz del 3 de mayo de ese pueblo, cuando aún no había coches y las carreteras eran caminos. 

  La gente que iba a San Felices desde Barrueco, Saldeana, Villasbuenas, etc cruzaba el río por el puente Resbala y seguía, habitualmente, el camino hasta el cruce con la carretera C-517, Salamanca–La Fregeneda, tomando dirección a Lumbrales. 
   
   Una vez en la carretera comarcal, aproximadamente a medio km del cruce, en el lado izquierdo de la misma, existe un pequeño tramo de la antigua carretera, fuera de servicio, donde hay una fuente conocida como “Caño de Bebe y Vete”, porque al lado del caño existía una inscripción con ese mensaje, dirigido a quienes pasaban por allí y paraban a beber agua. 
   Visité el caño el verano pasado y como ocurre con tantas cosas de nuestra comarca, la fuente existe; obviamente, nadie se la ha llevado a otro lugar, pero el entorno estaba totalmente abandonado. 

   En relación con la fiesta de los dos cristos, existía una costumbre en nuestra comarca que tenía una conexión directa, nada y nada menos, con la siesta, ese deporte nacional que, al ser desconocido en muchos países, dudo mucho que pueda ser admitido alguna vez como deporte olímpico –llegado el caso, los españoles, ahí, nos llevaríamos todas las medallas, no me queda duda alguna- 
   Una vez un pensador dijo que “La siesta es la forma en que la naturaleza nos recuerda que la vida es grata”. Estoy seguro que se le ocurrió una tarde de verano al levantarse de una de ellas. 

  Volviendo a la siesta, nuestros antepasados decían que el período hábil para echársela, era aquel que transcurría desde “la Cruz de Mayo” hasta “la Cruz de Septiembre” habiendo mucha gente que respetaba escrupulosamente esta costumbre. 

  En esta vida, todo es a cambio de algo. Una persona trabaja a cambio de su salario; cuando vas a comprar algo, tienes que pagar su valor con dinero; para viajar en autobús, tren, barco o avión, es necesario pagar el billete…, pero no todo se resume a las cosas materiales. Así, cuando tienes novio/a  lo que hay es un intercambio de afectos -y otras cosas- pero es un intercambio, al fin y al cabo. 

  Esto, si lo trasladamos al campo de la religión, podemos ver que también ocurría con las peticiones que hacía la gente al Creador. Cuando una persona pedía algún bien a Dios a través de algún intermediario, ya fuera un santo, virgen o cristo, lo hacía a cambio de una promesa. 
  Una promesa, religiosa en este caso, es una petición que se hace a la divinidad comprometiéndose  a hacer algo a cambio. Un ejemplo muy simple de promesa, era la que hacían las madres cuando aún había servicio militar obligatorio -la famosa mili- Antes del sorteo de los quintos, en el que se determinaba el lugar donde cada uno era destinado, algunas le llevaban una vela al Cristo pidiéndole que su hijo obtuviera un buen destino. No era lo mismo acabar haciéndola en Cáceres, por poner un ejemplo, que en Ceuta o Melilla. 

   Las peticiones, y promesas correspondientes, eran de todo tipo; como pedir un buen trabajo, aprobar una oposición a guardia civil, policía, bombero o incluso a catedrático de universidad, etc. a cambio de ofrecer velas, acudir a novenas, encargar misas -pagándolas, evidentemente- . Eran promesas que suponían un mayor o menor coste económico para el interesado/a ; de modo que, cuando alguien andaba liado en alguno de estos menesteres, no dudaba en solicitar la ayuda del cielo, siendo acorde a la categoría de la petición, el alcance de la promesa que el interesado hacía. 
  Éstas últimas, no siempre se cumplían; unas veces era la providencia quien hacía oídos sordos a las peticiones, y otras eran los interesados quienes, a pesar de recibir el bien solicitado, incumplían lo prometido. 
  Aunque en la política esto es lo habitual, ya que muchos políticos hacen todo tipo de promesas antes de las elecciones y, una vez consiguen ser elegidos, se olvidan de todo; las promesas religiosas casi siempre se cumplían. 

  En ocasiones, la promesa era de tipo espiritual -vamos a llamarlo así-, consistiendo la misma en realizar algún esfuerzo o una acción externa significativa, estando relacionadas las peticiones, muchas veces, con algún problema de salud. 
  Si una persona o algún familiar próximo, como un hijo pequeño, tenían alguna enfermedad; era frecuente hacer una promesa, pidiendo ayuda al cielo, para recuperar la salud perdida. 

   En lo que respecta al Nazareno de San Felices, una de las promesas más comunes, que hacía la gente, era acudir a rezarle el día de su fiesta (el 3 de mayo), oír misa y/o rosario en la ermita y acompañar a la imagen en la procesión de su traslado a la iglesia. 
 La promesa podía consistir, simplemente, en acudir hasta ese pueblo, el día de su fiesta, en peregrinación; un año, dos, tres, cinco e incluso de por vida, dependiendo de los casos. 
  Algunos peregrinos iban caminando descalzos desde su pueblo hasta a la ermita y muchos portaban un escapulario, para que no le quedara duda a nadie de cuál era su destino. 
  También había personas que sólo iban descalzas durante la procesión. Otros, al llegar desde su pueblo a la ermita, se postraban de rodillas y se ponían a rezar durante mucho tiempo, sin cambiar de posición, a veces con los brazos extendidos en cruz -un sufrimiento o mortificación que visto desde los tiempos actuales no es fácil entender- 

  En ocasiones, las promesas eran exageradísimas llegando a extremos inimaginables. Siendo muy niño, una vez fui con mi familia, un 3 de mayo, a San Felices; nosotros fuimos en coche y la promesa que habían hecho mis padres, aquel año, era muy sencilla ya que consistía, simplemente, en ir a la fiesta del nazareno y acudir a los oficios religiosos.  
  Había mucha gente; la ermita estaba a rebosar; en la calle estábamos una multitud esperando la salida de la imagen para iniciar la procesión, en su bajada hasta la iglesia del pueblo, y una vez iniciado el
Ermita de Jesús Nazareno San Felices

recorrido, una mujer había hecho la promesa de hacerlo entero avanzando de rodillas; tras recorrer tan solo unos metros, empezaron a sangrarle ambas piernas y el cura, con muy buen criterio, detuvo la procesión y le impidió seguir. 
  Le dijo que ya era suficiente, que Dios había visto que había cumplido la promesa y que ya sólo tenía que rezar para hacerle sus peticiones. 

 Las mejores promesas, las más sinceras, eran aquellas que se hacían a nivel particular…un compromiso entre Dios y el interesado, sin que éste comunicara a los demás lo que pensaba hacer; de ahí que mucha gente no hiciera público el tipo de promesa que había hecho. 

  Una vez, en un pueblo, a comienzos del siglo pasado, había una joven pareja -a diferencia de ahora, entonces, todas las parejas, estaban compuesta por un hombre y una mujer y estaban casados por la iglesia, “como Dios mandaba”- y el 3 de mayo de aquel año fueron a San Felices, dirigiéndose a la ermita del Nazareno porque ella había hecho una promesa. 

  Aquí el asunto no tenía nada que ver con la salud, eran jóvenes y estaban muy sanos. El tema iba por otros derroteros; ella tenía un tío ya mayor, bastante rico, estaba soltero, no tenía hijos y ella había dicho al marido que tenía hecha una promesa al Nazareno para que su tío, en vez de repartir la herencia entre todos los sobrinos, se la diera solo a ella -como podemos ver, al pobre nazareno las peticiones que le llegaban, a veces, eran bastante pintorescas-

  El marido no la había tomado en serio, pensaba que tan solo era una excusa para ir a la Fiesta de San Felices, no dijo nada, y allí que se presentaron los dos. 

 Actualmente, cuando hay una fiesta religiosa, podemos ver que el vestuario de las mujeres es muy variado: vestidos de fiesta; trajes pantalón; ropa actual y no tan actual; faldas largas y cortas; a veces, incluso hay chicas con minifalda ante el disgusto de algunos curas –los que no somos curas, no nos disgustamos tanto- , pero, hasta mediados del siglo pasado, los vestidos de las mujeres, tanto para fiestas como para cualquier actividad eran más homogéneos ya que, sin excepción, todas vestían con saya, una falda larga de vuelo ancho, que cubría desde la cintura hasta los tobillos - no estaba bien visto que las mujeres usaran pantalones-. 
  Debajo de la saya llevaban, sobre todo en invierno, un refajo, otra falda gruesa, en este caso de paño más basto que servía para protegerse del frío; y algunas, aún, llevaban una tercera capa: unas enaguas: otra falda de tela lisa y más fina, que estaba en contacto con la piel; o pololos, aunque estos últimos eran muy poco usados. 
  Cada mujer vestía a su gusto igual que ahora, con/sin refajo; con/sin enaguas. 
  En cuanto a las bragas… pues bueno, ¿qué era eso?, preguntaban algunas, y es que muchas nunca las usaban. 
 Una vez oí a una mujer decir: ¡Que suerte tenéis los hombres, porque podéis mear de pie! 
 Le respondí que mi abuela sí lo hacía. Se subía un poco la saya para no mojarla y era capaz de hacerlo perfectamente. 

  Bueno, pues nuestra mujer, la que quería que el nazareno hiciera lo posible para que el tío la dejara como heredera universal, era de esa época; de cuando las mujeres vestían sayas que iban desde la cintura a los tobillos y, si se lo proponían, también meaban de pie. 

  Una vez que comenzó la procesión de traslado de la imagen del nazareno, desde su ermita a la iglesia del pueblo, comenzó a lloviznar y ella se disgustó mucho, ya que había ido a la peluquería el día anterior; pensó que la lluvia iba a estropearle el peinado y, para protegerlo, como aquel día iba con saya y enaguas, se le ocurrió subirse la saya por detrás, para proteger el cabello de la lluvia, con la intención de dejar cubierta la retaguardia con las enaguas;  mas no cálculo bien y se subió las dos prendas quedando a la vista, de todos los que iban tras ella, las piernas y las posaderas; pero ella,  como no se veía por atrás, continuo en la procesión, caminando tan tranquila. 

 “Casualmente”, la gente que iba tras ella, en la procesión, eran hombres; estos, quedaron sorprendidos por lo que veían y no la avisaron, ya que estaban encantados por el espectáculo que ella, involuntariamente, estaba ofreciendo. 
  Al cabo de un rato, fue una mujer quién la avisó de lo que estaba sucediendo y ella, muy enfadada, se bajó a toda prisa la saya y las enaguas para taparse, encarándose después con el marido preguntándole que por qué no la había alertado, ya que él sí estaba al tanto de lo que pasaba, respondiendo éste: 

 - Es que pensaba que esa era la promesa que habías hecho. 

 Nota

   A la fiesta de la Cruz, de San Felices, acudían también muchos portugueses de los pueblos próximos, del otro lado de La Raya y este cuento, historia, anécdota o como cada cual quiera catalogarlo, se contaba en los pueblos de ambos lados de la frontera. 
  En el lado español, decían que la protagonista de la historia, la mujer que se había subido la saya, era portuguesa; en cambio, en el lado portugués afirmaban que "a mulher que tinha subida a saia” era española; y ahí está el dilema. ¿Con qué se protegió la protagonista el peinado?, ¿era una saya? o ¿era uma saia?.

lunes, 3 de abril de 2023

Los amigos

 


   Fonsi y Boni tenían la misma edad, 46 años, y cuando eran niños habían sido compañeros de escuela; un día, se pelearon en el patio;  eran tiempos en que los profesores aún tenían licencia para educar libremente y su maestro les preguntó qué es lo que había pasado y quién había comenzado la contienda;  viendo que ambos se culpaban mutuamente, rememorando a Salomón resolviendo disputas, no anduvo perdiendo el tiempo con indagaciones ya que entonces las peleas entre chicos eran un juego más, así que decidió que ambos eran culpables -nadie era inocente hasta que se demostrara lo contrario- , uno por haber iniciado la reyerta y al otro por haber sido incapaz de controlar sus impulsos primarios y haberla continuado, imponiendo  a los dos el mismo castigo..

   Los dos chicos, sintiéndose víctimas del “dictador del maestro”, al tener un enemigo común, olvidaron sus propias rencillas, comenzaron a sentir un aprecio mutuo y, a partir de ahí, se hicieron amigos inseparables; continuaron su amistad en la adolescencia, juventud, y en la edad adulta. Se casaron ambos con dos chicas del lugar continuando, ya de casados, siendo camaradas y, como vivían en un pueblo y en estos lugares, antes, la gente  era muy dada a poner  apodos a las personas; en su caso, compartían el mismo, algo que, por otra parte, les satisfacía mucho a los dos, cosa extraña tratándose de un mote. Ambos, eran conocidos en el pueblo por el sobrenombre de “los amigos”, debido a su inquebrantable amistad.

   Tras tantos años de relación, habían sido inevitables las riñas y disputas entre ambos, casi siempre por nimiedades; pero siempre se habían reconciliado rápidamente ya que su amistad estaba firmemente  consolidada; aun en las etapas de mayor enfado, incluso cuando dejaban de hablarse, algo que no duraba más allá de unas horas o como mucho un día, siempre hablaba bien uno del otro diciendo entonces: “yo ahora no me hablo con “mi amigo” Boni, o Fonsi -según los casos- .O sea, durante esas breves etapas de enfado, ellos en vez de amigos, pasaban a ser “enemigos amigables” y de ahí no pasaba el asunto. Por ello, aquel día de abril, a las doce del mediodía, nadie se explicaba qué cosa tan terrible debía haber pasado entre ellos, para que ambos estuvieran en el cuartel de la Guardia Civil declarando sobre un hecho ocurrido dos horas antes.

    No solo se habían peleado verbalmente, también habían llegado a las manos; no teniendo la pelea  consecuencias más serias, gracias a la intervención de dos paisanos que se hallaban cerca. Estos, habían oído los improperios que se habían dirigido los rivales al empezar la gresca, se habían acercado a ver lo que pasaba, y los encontraron en el  suelo dándose puñetazos en la cara, costándole un enorme esfuerzo  separarlos ya que los dos insistían en continuar el combate pues aún no estaban satisfechos de la ración de golpes que cada uno le había proporcionado al otro –me atrevo afirmar que aún  los estaban menos de los golpes recibidos-.

  Una vez consiguieron apartarlos, cada pacificador se llevó a uno de los púgiles, alejándose de allí por caminos diferentes para evitar que aquellos boxeadores noveles tuvieran la tentación de enzarzarse en un segundo asalto. Como ambos tenían erosiones y contusiones en la cara, sus asistentes decidieron llevar, cada uno por su lado, al luchador correspondiente, a la consulta del médico para que les curara las heridas de guerra.

   Era media mañana, en la sala de espera del consultorio se encontraban varios “pacientes y pacientas” esperando su turno para ser atendidos por el médico, que en ese momento estaba en la consulta viendo a una mujer, y cuando vieron llegar al primero de los contendientes, a Boni, con las heridas en la cara, acompañado de su asistente, todos se dirigieron a  él preguntando qué había pasado; pero el lesionado fue muy parco en sus explicaciones y contestó que había tenido un incidente sin mencionar con quién.

  Le informaron que el doctor estaba ocupado y que cuando saliera le cedían la vez, dándole preferencia absoluta, por ser un herido en combate; alguien le cedió una silla y todos los presentes permanecían mirando en silencio al herido que en ningún momento quiso dar explicaciones sobre lo sucedido, pero la paz de la sala de  espera se rompió cuando apareció por la puerta Fonsi con su acompañante y con la cara en el mismo estado que Boni, algo que dejó estupefactos a todos los presentes. Este ultimo,  les dijo que había tenido un incidente sin dar más información, y lo que menos se esperaban todos era que hubiera sido, precisamente, con su amigo del alma...con Fonsi.

   Aunque todos sentían una gran curiosidad por saber lo ocurrido, nadie pudo preguntar nada pues, al verse de nuevo, frente a frente, “los amigos”, ahora tornados enemigos, empezaron a increparse y amenazarse de nuevo y, a semejanza de lo que sucede en un ring de boxeo, donde cada uno de los luchadores, al comenzar cada asalto, sale de su esquina al sonar el gong; allí, sin necesidad de que sonara nada, los dos avanzaron hacia el centro de la sala, con intención de zurrarse de nuevo. 

  Lo espectadores -los usuarios de la sala de espera- , al ver que aquellos boxeadores aficionados se disponían a reanudar su pelea particular, intervinieron interponiéndose entre ellos y gritándoles para intentar calmarles, formándose tal el guirigai, que hasta el médico y la mujer que estaba atendiendo, alarmados se asomaron a la sala de espera, ahora convertida en campo de batalla, a ver qué es lo que sucedía.

  El sanitario, al ver aquella revuelta y tanta violencia verbal, volvió a entrar rápidamente en la consulta y avisó telefónicamente a la guardia civil, para evitar males mayores, presentándose, en cuestión de minutos, una pareja de agentes en el lugar, para poner orden.

   El hecho de que el coche de la guardia civil llegara a toda prisa a la puerta del consultorio y de que los agentes bajaran del mismo a toda prisa y pasaran al interior, fue motivo suficiente para  que todo el que pasara por la calle parase a ver qué es lo que estaba pasando allí dentro, dando lugar a que, en poco rato, hubiese en la calle una caterva de curiosos esperando a ver si salía alguien del interior e informaba de lo que estaba sucediendo, pues dentro seguía oyéndose un tremendo vocerío.   

  Los guardias civiles, al entrar en la sala de espera y ver tal algarabía, decidieron poner orden mostrando gran eficacia y un buen hacer; lo primero que hicieron, fue pedirle a la gente, no directamente implicada, que abandonaran la sala de espera y salieran a la calle para quedarse ellos solos, con los luchadores y los asistentes que les habían acompañado allí, consiguiendo, de este modo, tras mucho esfuerzo, que reinara el silencio.

   Una vez que pasó Boni a ser atendido por el médico, de sus heridas, los agentes aprovecharon para avisar a otra patrulla de modo que, cuando salió de la cura se lo llevaron al cuartel a declarar. Después, pasó Fonsi a recibir atención médica y una vez acabada la misma, siguió el mismo camino siendo también conducido por los guardias al puesto, tal como sucediera con su compañero, a declarar.

    Mientras tanto, en la calle, se habían concentrado frente al consultorio médico más de dos docenas de personas, preguntando, sumamente extrañados, unos a otros, qué es lo que había pasado exactamente, sin dar crédito a lo que estaban viendo: Boni y Fonsi  se habían enfadado, insultado y hasta agredido…algo inaudito; era lo último que podían esperar de aquellos dos hombres que, si por algo se caracterizaban era, precisamente, por la profunda amistad que, al menos hasta ese momento, siempre habían mantenido y que era el motivo de ser conocidos en el pueblo por el sobrenombre de “los amigos”.

   El caso es que ninguno de los dos había abierto la boca para decir qué es lo que realmente había pasado, ni cuál había sido el origen de tamaña trifulca, y cada espectador, aunque  cada uno expresaba su propia teoría, todos coincidían en lo mismo: No les cabía duda alguna de que el origen de aquel monumental zipizape debía haber sido motivado por algo sumamente grave.

   El sargento de la guardia civil, que fue quien se encargó de tomar declaración a los contendientes, tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no reírse cuando supo la causa que había ocasionado la pelea entre “los amigos”. Ambos coincidieron en señalar que el origen de lo ocurrido, que había desembocado en aquel enorme alboroto, había sido consecuencia de una broma surgida a raíz del canto de ¡¡un pájaro!!, concretamente, de un cuco.

    Las aves pueden ser clasificadas de diversas formas, siendo una de ellas la que las diferencia en dos grandes grupos: sedentarias, que son aquellas que permanecen entre nosotros a lo largo de todo el año, y migratorias, grupo en el que se incluyen las que pasan solo una determinada época del año por estas latitudes. A este segundo grupo, pertenecen los cucos.

    Todos los años, a finales de marzo o comienzos abril, en nuestros campos, comienzan a oírse unos sonidos inconfundibles, los cuu-cus que emiten estos pájaros y que causan gran alegría a la gente en los pueblos, pues esto es un anuncio sonoro de la llegada de la primavera.

   Los cucos, tras pasar el otoño y el invierno en el sur de África, hacen coincidir su regreso a España con el comienzo de esta estación, lo que supone que el invierno ya ha quedado atrás y que el florecimiento de las plantas, tras el descanso invernal, va a dar comienzo de forma inminente acorde a los ciclos de la naturaleza, como viene ocurriendo desde el principio de los tiempos.

    Estos pájaros, como el resto  de las aves migratorias, aprovechan su estancia en la península para criar, permaneciendo entre nosotros toda la primavera y la mayor parte del verano, regresando a sus cuarteles de invierno, a África, en agosto, o comienzos de septiembre los más rezagados.   En junio, con la llegada del verano, dejan de cantar y no porque se queden mudos por el aumento del calor, sino porque su canto, que es un reclamo de los machos para atraer a las hembras -cosas del ligoteo-, ya no es necesario, porque el periodo de celo y crianza ya ha acabado.

    A partir junio, como dejan de cantar, da la sensación de que han desaparecido, lo que podría hacernos  pensar que han adelantado su marcha pero eso no es así, pues, como indiqué anteriormente, se van  al final del verano, y aún siguen con nosotros. No los vemos, simplemente, porque son unas  aves muy reservadas y, cuando dejan de cantar, pasan totalmente desapercibidas ya que están siempre están emboscadas en las ramas de los árboles que en esta época del año se encuentran pletóricos de hojas, por lo que no es fácil apreciar la avifauna que se refugia en ellos.

    Una de las características más destacables de los cucos, es que son aves parásitas. Ellos, no elaboran, como otras aves, nidos para criar a sus polluelos, y tampoco los incuban. La hembra del cuco,   cuando necesita poner un huevo, localiza el nido de alguna pareja que está criando y empollando sus huevos, aprovecha uno de los ratos en que los propietarios del nido lo abandonan, se posa en el mismo en calidad de okupa, elimina uno de los huevos de la pareja titular y en su lugar pone el suyo,  abandonando después el "nido okupado"; así, cuando vuelven los "dueños legales" del nido , no se dan cuenta del cambio y siguen incubando los huevos, tanto los propios como el depositado por la cuca, convirtiéndose así en padres adoptivos del pollo de un cuco, sin saberlo.

  Cuando nacen los pollos, el del cuco suele ser mayor que los pollos auténticos, sin embargo, los padres adoptivos creen que es suyo –como ellos lo han empollado, piensan que, aunque ese hijo es un poco más raro de lo habitual, es suyo- 

    Los pájaros, cuando llega la época de criar, habitualmente se emparejan; construyen su nido; la hembra deposita en él sus huevos; los empollan y, cuando eclosionan los huevos y salen los pollos, los alimentan y protegen hasta que son capaces de volar y emanciparse, comportándose como “unos padres ejemplares”.

   En cambio, los cucos, como podemos ver, son unos auténticos vividores y la paternidad responsable no es una de sus virtudes. En el mismo territorio suelen coincidir una hembra y varios machos, no hay parejas establecidas, y ella “se relaciona” con unos y con otros – lo del poliamor, ese concepto nuevo, que algunos consideran tan actual, ya estaba inventado por los cucos desde hace  miles de años- 

   Además, tampoco construyen nido alguno  –¿para qué, dirá la cuca, si sus huevos se los empollan otros pájaros-

 Simbolismos y supersticiones en torno a los cuccos

   Los cucos, al ser unas aves tan conocidas, están presentes de manera notoria en el folklore en forma de canciones, supersticiones, refranes, historias y leyendas.

 

Si el cuco no viene, entre marzo y abril,

Es que el cuco se ha muerto, o ha llegado el fin

 

 ¿Quién no ha oído este refrán alguna vez?

 

En lo alto la cigüeña, en el nido está ya

A lo lejos el cuco, no deja de cucar

Y de noche a las ranas, se las oye croar


  Es el fragmento de una canción, una jota, concretamente, de Cerezal de Peñahorcada, en la que, curiosamente aparece el verbo cucar. En el diccionario, cucar existe con el significado de azuzar, incitar o estimular; pero no he encontrado nada que lo relaciona con el cuco (Si la RAE, continuamente, está admitiendo anglicismos; supongo que no debería tener inconveniente en admitir que, en Cerezal, el canto del cuco es cucar ¿no os parece?).

     Los cucos, con frecuencia, también se asocian con la locura; de hecho, la gente a veces emplea la palabra «cuco» para describir a una persona loca. A los cinéfilos supongo que esto debe recordarles la película “Alguien voló sobre el nido del cuco”, donde el actor Jack Nicholson, desempeña un magistral papel como protagonista.

   Otra de las curiosidades relacionadas con esta ave, son los relojes de cuco; aunque sigue habiéndolos, ya no son tan populares como hace años, donde eran numerosas las casas que presumían de tener uno de estos relojes.

Reloj de cuco (Wikipedia)

   Se trata de unos relojes de pared que tienen, además de las agujas o el mecanismo digital, una figura en forma de pájaro, con movimiento, que representa un cuco; éste, está habitualmente escondido tras una puerta, en el cuerpo del reloj, y, cada vez que le aguja grande recorre toda la esfera del reloj y llega a las doce, el pájaro sale de su escondite a la par que el reloj emite unos  sonidos que recuerdan los cuu-cus, coincidiendo el número de los sonidos con la hora que marca el reloj.

    Sobre el cuco, también existen algunas supersticiones de tipo adivinatorio; así, las chicas que no tenían novio, al llegar la primavera, al primer cuco que oían le preguntaban cuántos años quedaban para su boda. El número de veces seguidas que oían su canto, a continuación de la pregunta, coincidía con el número de años que restaban para la misma -si el cuco estaba inspirado en ese momento y cantaba muchas veces, seguro que la chica no quedaba demasiado contenta, pero le estaba bien empleado por fiar su futuro, nada menos que a un cuco-   

    También los recién casados que aún no tenían hijos, a veces utilizaban la misma técnica para saber el número de ellos que iban a tener, debiéndose llevar, algunas parejas, unos sustos tremendos -como desde que aparecieron los anticonceptivos, la gente ya no deja en manos del azar el número de hijos que desea tener, dudo mucho de que aún haya alguien que siga preguntándole al cuco sobre este particular-

  Aunque esta ave resulta simpática, ya que su presencia y sus cantos están asociados a la primavera, la época más bonita que nos proporciona la naturaleza a lo largo del año; también existen en él algunas connotaciones menos positivas, ya que el cuco es considerado un símbolo de fraude; decir de una persona que es muy cuca, implica que es muy astuta y se vale,  a menudo, de malas prácticas para obtener beneficio propio. Esta similitud, no debe extrañarnos demasiado a la vista de los hábitos de esta ave parásita, que elimina huevos de nidos ajenos, tirándolos al suelo e introduciendo en su lugar los suyos, engañando a otras aves para que estas empollen otras aves.

También se le asocia, frecuentemente, con el adulterio, algo que, si nos atenemos a la realidad, no es correcto. Tanto la cuca, como el cuco, no practican el adulterio, ellos no se inmiscuyen en las parejas ya establecidas, haciendo que un pájaro / a sea infiel a su “consorte”, ya que ni siquiera se emparejan entre ellos, sino que practican, como indiqué anteriormente, el “poliamor”. Aunque, tanto el cuco como la cuca, cada temporada suelen tener “varios novios/as”, no se lían con la pareja de nadie.

De todos modos, la relación del cuco con el adulterio sigue presente y los hombres, cuando escuchan cantar al cuco, a menudo bromean con ello; pero hay bromas que no gustan a nadie,  si uno le dice a otro que el cuco le está cantando a él, indirectamente, le está llamando cornudo, y la respuesta que suele dar el compañero es bastante previsible.

Aquella mañana del mes de abril, Boni y Fonsi caminaban juntos por un valle; era un magnífico día soleado, la temperatura era muy agradable y las expectativas de que ambos iban tener una buena jornada eran óptimas. Todo iba perfectamente, hasta que cantó un cuco.

-        Ya está el cuco por aquí y creo que te ha cantado a ti. Dijo Boni, que tenía ganas de broma.

   A Fonsi, no le gustó demasiado la broma y contestó:

     -        En todo caso te habrá cantado a ti…no te jode.

-        A mí, jamás me va a cantar el cuco.

-      ¿Jamás dices?  Nunca podemos estar seguros al 100% de nada. Ya lo dice el refrán: “Nunca digas de esta agua no beberé y este cura no es mi padre”.

-        ¿Estás insinuando, que mi mujer me la puede estar pegando?

-        No estoy dando a entender nada, sólo pretendo decirte que ninguno estamos totalmente a salvo.

-        Serás tú con tu mujer.

-        A mi mujer ni se te ocurra mencionarla, porque si no…

-        Porque si no…qué.

 

   Y llegaron el qué, el cual y el cómo. 


    Así es como había empezado el conflicto que había dado lugar a que ambos amigos acabaran en el cuartel de la guardia civil aquella mañana.

 

   Al ser Boni el primero en ser llevado por los guardias al cuartel, también fue el primero a quien el sargento tomó declaración. Una vez acabada la misma, mientras que el sargento le leía la transcripción de lo que había dicho, para ver si estaba de acuerdo;  el declarante apenas le prestaba  atención pues estaba sumido en sus pensamientos, meditando lo ocurrido.


-        ¿Estás de acuerdo?, dijo el sargento. ¡Si es así…firma aquí!

-        ¿Y qué pasa si la firmo?. Preguntó Boni.

-       La envío al juzgado, te avisarán de allí para que te ratifiques en la declaración y ya te dirán como se va desarrollar el proceso

-        O sea, que si firmo significa que estoy denunciando a mi amigo.

-        ¡Pues claro!, él te ha pegado ¿No acabas de decir eso?

-        Sí, pero yo también le he pegado a él; así que estamos en paz. Además, es mi amigo ¿Cómo voy a denunciarle? Yo no voy a firmar nada.

 

    El sargento quedó muy sorprendido al escuchar las palabras que acababa de oír. Tenía ante él a un hombre que una hora antes estaba enfadadísimo con otro paisano; ambos  se habían lanzado amenazas de todo tipo, se habían agredido físicamente y ahora, tras haberlo pensado fríamente, mientras hacía la declaración, había llegado a la conclusión de que una cosa era pelearse con él y otra denunciarle ante la justicia, algo que no estaba dispuesto a hacer porque, a pesar de todo, incluso de los golpes recibidos, seguía considerando que era su amigo.  


     - Ahí fuera está Fonsi -advirtió el sargento- y le voy a tomar declaración también; si opina lo mismo que tú...pues se acabó. Si él tampoco firma la denuncia, como comprenderás, no voy enviar nada a ningún lado; pero tengo que tomarle declaración, así que no te vayas aún, después hablamos.

      Cuando salió Boni del despacho, vio a Fonsi sentado, vigilado por un guardia, esperando su       turno. Tenía algún apósito en la cara, tapando alguna herida, también hematomas y sintió un enorme       remordimiento al recordar que las heridas se las había ocasionado él. Fonsi, a su vez, le miró y  seguramente debió sentir la misma sensación.

        La declaración de Boni había durado cerca de una hora, pero la de Fonsi apenas cinco minutos. 

        Se  abrió la puerta del despacho, se  asomó el sargento y dijo:


-        ¡Boni, entra! 

        El sargento se sentó en la mesa, le hizo sentar al otro lado de la misma, junto a Fonsi y se  dirigió a los dos:

 -        Lo primero que quiero deciros, es que siento envidia de vosotros. No sabéis lo que me gustaría que mis amigos tuvieran un sentido de la amistad tan alto como el que los dos tenéis, ya que, a pesar de partiros la cara el uno al otro, insistís en que seguís siendo amigos.

  -      ¡Mira Boni!, Fonsi tampoco te va a denunciar.