martes, 24 de enero de 2017

Las beatas


   En todos los pueblos suele haber  personas a quienes les encanta acudir a todas las celebraciones religiosas que se le pongan por delante: Misas, rosarios, procesiones,  funerales, confesiones.... Cuando se trata de misas, ya sean en día festivo o laborable,  por la mañana o por la tarde, por muy   intempestiva que ésta sea la hora, allí están ellas sin faltar ni una al culto; me refiero a ellas porque,  todo hay que decirlo, casi la totalidad de estas personas tan devotas son mujeres y pertenecen a un selecto grupo de personas que, en  muchos pueblos, son conocidas por el resto del vecindario como  “las beatas”.
  Si de verdad existe el cielo, evidentemente, ellas ocuparan allí un lugar preferente pues para eso se lo han currado  tanto (sobre el asunto del cielo, tengo una duda. No sé si cuando uno está en ese lugar, hay que seguir asistiendo o no a misa , si la respuesta es afirmativa, ¿quién dice las misas allí?. En fin, ya lo veré cuando llegue la hora de irse para allá, y que conste que no tengo prisa alguna. Prefiero seguir con la duda).

  Una vez me contaron este hecho que ocurrió un día, hace años, en un pueblo donde los curas del arciprestazgo tenían una reunión. El arciprestazgo es  una unidad administrativa, dentro de las diócesis, que está integrado por varios pueblos. Las diócesis u obispados, cuya máxima autoridad religiosa es un obispo, territorialmente, no se corresponden con las provincias; así,  en Salamanca, encontramos pueblos que pertenecen a la diócesis de Ciudad Rodrigo, a la de Salamanca, y a la de Plasencia  (Cáceres). Cada diócesis está compuesta  por distintos arciprestazgos, y cada uno de ellos, a su vez, está integrado  por varios pueblos.
  Bueno, pues ese día  se encontraba el cura del pueblo en la sacristía y, al mirar el reloj, comprobó que faltaba ya poco rato para la reunión, así que decidió dejar lo que estaba haciendo para ir encontrarse con el resto de los compañeros. Salió de la sacristía y,  tras cerrar la puerta de la misma, ya en el templo, vio  que en los bancas delanteros había un grupo de mujeres.
  Como tenía mucha prisa, debido a que la reunión era inminente, se quedó muy sorprendido pues no esperaba que hubiese nadie allí a esa hora; por lo que se dirigió a las parroquianas.
Como vimos la puerta abierta
    - ¿Qué hacéis aquí? Ya avisé el domingo que hoy no hay misa.
    - Sí, contestó una de ellas,  lo sabemos; pero usted dijo  que podía  confesar a quien lo necesitara y, como hemos visto la puerta de la iglesia abierta, hemos entrado a confesarnos.
   El sacerdote permaneció unos segundos sin saber qué hacer para poder salir airoso del lío, y de pronto - inspirado por la necesidad del momento, no por el Espíritu Santo- ,  tuvo una  idea.
   - ¡Vamos a ver! Hoy tengo algo de prisa pues, como ya sabéis, nos reunimos todos los sacerdotes del arciprestazgo, así que no puedo confesaros a todas. Que se queden sólo las que tengan pecados mortales, que con toda seguridad serán muy pocas;  a  ellas, a  las que tengan  pecados graves, sí las confieso…no faltaría más. En cambio, las que tengan pecados veniales, pueden venir mañana, un rato antes de misa, y las confieso entonces.
   Las mujeres comenzaron a mirarse unas a otras, valorando cada una de ellas la categoría de los pecados que tenía que confesar,  y una tomó la decisión de irse, abandonando el banco donde se encontraba; después lo hizo otra, a continuación otra,  y otra, y...  Lo cierto es que cada vez salían más deprisa, pues ninguna quería ser la última, y en menos de un minuto no quedaba ninguna mujer en el templo.
   ¡Cualquiera se quedaba allí para confesarse! ¡Que hubieran pensado las demás!




martes, 10 de enero de 2017

El Pronosticador


  Actualmente, es fácil saber el tiempo que va a hacer durante los días próximos. Miramos el teléfono móvil y allí encontramos aplicaciones que nos indican, entre otros datos, la temperatura, la velocidad del viento, si va a estar soleado o nuboso o si va a llover. En caso de lluvia, incluso nos informa  de su intensidad  y hasta de la  hora aproximada en que comenzarán a descargar las nubes (si alguno lo desea, también nos proporciona información de la temperatura que hace en Tokio, lo cual es interesantísimo para los que vivimos por aquí). 
  Si elegimos la televisión, para ver las previsiones del tiempo, la información que ésta nos ofrece es completísima, allí encontramos espacios dedicados al tiempo que, durante diez o quince minutos, ofrecen una inmensa cantidad de información,  no sólo sobre las previsiones del tiempo que vamos a tener, sino de otros muchos aspectos  relacionados con el clima. Todo esto, es posible gracias a la Meteorología, que es la ciencia de la que se valen los meteorólogos  para elaborar los  pronósticos del  tiempo.
  Hoy día, aunque el grado de cumplimiento de las previsiones climáticas  nunca llega a ser del 100%,  el porcentaje de aciertos se  aproxima  mucho a esta  cifra.
   La televisión, la radio, los teléfonos móviles y los demás medios que nos permiten recibir  noticias del tiempo, aunque parece que llevan ya mucho  tiempo entre nosotros,  en realidad forman parte de nuestra existencia desde  épocas bastante cercanas; por  ello, antes era la propia gente de los pueblos quien hacía sus propias previsiones del tiempo.
   En casi todos los lugares había personas “expertas” que sabían predecir el tiempo que iba a hacer, en su zona, de un modo bastante fiable, pues poseían una serie de conocimientos que habían adquirido observando los distintos fenómenos naturales: los vientos de la comarca,  la forma de las nubes, el estado del cielo, la observación del sol y de la luna, el aspecto de las plantas, el comportamiento de los animales…
  Con estos estudiosos del clima, aunque acertaban bastante en sus pronósticos, el grado de cumplimiento de las previsiones que hacían era bastante bajo  y la gente no confiaba demasiado en sus aciertos; así, era frecuente escuchar dichos como el siguiente: “Cuando la luna está en cuarto menguante, llueve mucho, llueve poco, no llueve nada, o se queda el tiempo como estaba”.  
  Al lado de estos “expertos meteorólogos rurales”, cuyos conocimientos se basaban en la observación de  la Naturaleza, había otros  “pronosticadores del tiempo” que, a pesar no entender nada del asunto, como los primeros,  también hacían anuncios sobre el clima venidero. En estos casos, el grado de cumplimiento de sus previsiones  era ínfimo  (si era verano, pronosticaban calor; y si era invierno frío, y poco más). Aunque nadie hacía caso de sus pronósticos,  ellos insistían una y otra vez en adivinar cómo iba a ser el clima, tal como sucedió con el protagonista de este suceso.
  
   Una noche de enero iban dos amigos hacia la taberna y hacía un frío intenso, propio de la fecha, de esos que “escarallan el pellejo”;  ambos  caminaban deprisa con el fin de llegar lo antes posible al bar, para poder calentarse un poco,  y, durante el trayecto, uno de ellos comentó al otro.
-  ¿Sabes lo que te digo, amigo mío? Mañana va a nevar, estoy seguro de ello.
   Jonás, que es como se llamaba el amigo,  muy extrañado  miró inquisitivamente hacia arriba y pudo ver un cielo totalmente despejado. Aquella noche, la bóveda celeste ofrecía un espectáculo espléndido, totalmente colmada de estrellas, como sólo es posible apreciar durante el primer mes del año, en estas latitudes.  
  En el cielo, durante las noches de enero, es posible distinguir a simple vista, con total claridad, multitud de estrellas y diversas constelaciones: Las  Osas Mayor y Menor, Casiopea, El Dragón, Andrómeda, Perseo, la Vía Láctea… pero,  aunque aquella noche el firmamento ofrecía un aspecto grandioso, Jonás no reparó demasiado en  estrellas ni constelaciones, sólo pretendía comprobar  si había nubes por algún lado, y tras mirar  en todas las direcciones pudo cerciorarse de la ausencia total de éstas.  
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  -  Mira Jeremías, no hay nubes por ningún lado ¿Por qué dices que va a nevar?
  -  Lo sé, respondió éste, con rotundidad.  Te lo puedo asegurar al 100%. Mañana va a caer una buena nevada, y yo no me voy a levantar de la cama hasta el mediodía, ya lo verás.
   Al día siguiente, una espesa niebla matutina cubría los campos y las casas del pueblo, a media mañana el sol logró abrirse paso a través de la bruma, ésta fue  elevándose poco a poco, y, a mediodía nuestra estrella solar lucía vigorosa sobre un cielo azul totalmente despejado.
   Después de comer, ambos amigos coincidieron en el bar  e, inevitablemente, hablaron del tema. Jonás se dirigió a Jeremías “el pronosticador” diciéndole:
-        Ayer dijiste que hoy iba a nevar con ganas, incluso afirmaste que las probabilidades eran del 100%, y, como puedes ver,  no ha nevado, no hay una  triste nube y hace un sol estupendo. 
-        De todos modos, contestó Jeremías,  el 50% de mis previsiones se han cumplido.    
-        ¡¿Pero qué dices?! protestó el compañero, algo enfadado ¡No veo cómo! ¡Mira que sol tenemos!
-        Vamos a ver, respondió “el pronosticador del tiempo”. Lo que dije exactamente fue: “Mañana nevará y yo me levantaré a mediodía”  ¿Fue eso…o no fue eso, lo que yo dije?
-        Efectivamente, eso fue, respondió  Jonás.
Jeremías permaneció en silencio unos instantes, pensando cómo rematar su explicación, y continuó diciendo:  
-        Bueno…no habrá nevado,  pero yo sí me he levantado a mediodía. Luego, no negarás que la mitad de mis pronósticos se han cumplido.


 (Jeremías, uno de los profetas mayores, escribió alguno de los libros  del Antiguo Testamento y sus profecías se cumplieron; a nuestro Jeremías, “el pronosticador”, en cierto modo, también podríamos catalogarlo de profeta; al fin y al cabo, aunque no escribiera libros, también era capaz de adivinar  el futuro: podía predecir la hora en la que pensaba levantarse el día siguiente)