martes, 31 de octubre de 2017

Asuntos divinos y profanos III

Teología tabernaria


   Las tabernas, tascas, pub, cafeterías… los bares  en general,  son sitios de encuentro donde la gente va a beber vino, cerveza, café , copas  -siempre hay algún raro  que también bebe agua- cubatas, etc;  pero no sólo son “bebederos”, además, especialmente en los pueblos,  son verdaderos clubs sociales donde   se juega a las cartas y  otros juegos de mesa,  se ven los deportes en la TV y se habla con la gente. En estos lugares tan interesantes, es frecuente  encontrar “expertos oradores” que dominan todos los temas: política, fútbol, economía, trabajo,  críticas al prójimo y un largo etcétera. Allí  se habla de todo, tanto de lo  divino, como de lo humano.

   Cuando llega  la noche, tras la  abundante  cantidad de vino y cerveza que se  han pimplado algunos,  la lengua está muy suelta (las neuronas  no suelen estarlo tanto, todo sea dicho), y los asuntos  mundanos que se han debatido a lo largo del día ya están agotados;  por ello,  no es extraño que se hable de otros temas; estableciéndose, a veces, entre los parroquianos, debates más profundos... incluso filosóficos, convirtiéndose el bar, por unos momentos, en una auténtica Escuela de Atenas.
   Si hubiera que buscar una consigna filosófica,  para los que vamos a los bares, encontramos  una buena referencia en Descartes, un pensador francés, autor de la conocida frase: “Pienso, luego existo”.
   No sé en qué ambiente o circunstancia se le ocurrió a este filósofo su frase; pero,  si hubiera frecuentado los bares, como hacemos nosotros, en vez del referido aforismo,  seguramente, hubiera dicho: “Bebo, luego existo”, lo cual no deja de tener el mismo sentido y es más apropiado para estos ambientes.    
   Bueno, pues una noche se encontraban unos paisanos, de los que “beben“ y “existen”, en el bar,  apurando los últimos tragos de la jornada, hablando animadamente, y la conversación había derivado ese día hacia lo divino.  No sé cómo había comenzado  el tema, ni como había tomado  estos derroteros, pero el caso es que  la conversación giraba en torno a la religión.
   - Dios existe, no tengo ninguna  duda, decía uno de nuestros teólogos  tabernarios,  la prueba la tenemos en nosotros mismos.  Creó al hombre de la nada y somos una maravilla (evidentemente, el paisano tenía la autoestima muy alta), sólo hay que vernos: tenemos un cerebro para  pensar,  comemos, bebemos, jo*****, respiramos, cazamos,  pescamos,  venimos al bar a hablar con los amigos…  Todo esto es así,  porque nos ha hecho un ser superior… o sea, Dios.
   Tras acabar su pequeño discurso, miró atentamente a  sus interlocutores, intentando adivinar el impacto que sus palabras habían ocasionado en ellos, y apuró el  medio vaso de cerveza que aún le quedaba.  Estaba  satisfecho por los  argumentos expuestos y, a la vez, extrañado de que a estas horas su mente fuera capaz de razonar de este modo, sin que le doliera la cabeza.
 - Pues yo, dijo otro “teólogo” que andaba por allí, no creo mucho en Dios por lo mismo.
- ¿Cómo que  no crees en Dios, por lo mismo?  exclamó el primero, sorprendido. Eso es imposible. Tendrás tus propias razones para no creer en Dios,  pero no pueden ser las mismas que tengo yo para creer en Él.  
-  Sí es posible -respondió el segundo teólogo tabernario-. Yo, si sigo tu razonamiento,  llego a  la conclusión contraria…es imposible que  Dios exista. La Biblia dice  que creó al hombre y lo hizo a su imagen y semejanza ¿Es así?
-  Efectivamente, respondió “el creyente”.
- Verás -siguió razonando “el ateo”-,  es imposible que Dios haya creado al ser humano, y, además, parecido a Él.  El hombre es un ser  ruin, un mentiroso...un auténtico cabronazo; capaz de robar y de explotar a sus subordinados  en el trabajo (sospecho que este segundo teólogo tabernario, ese día, debió haber tenido algún problema con el jefe). Somos el único animal que  mata a otros animales por gusto, no porque lo necesitemos para comer; de provocar  guerras y matar a otros hombres  por territorios, dinero, por ideas políticas o religiosas…
   Si  Dios existiera, es imposible que hubiese creado a los hombres. Somos la prueba viviente de que Dios no existe. Estoy totalmente seguro de que a gente  como mi jefe -esto último lo dijo enfadado, alzando la voz- , Dios no la hubiera  creado nunca. Las dos cosas son incompatibles: Si hubiera un Dios, mi jefe es imposible que existiera; pero, como mi jefe sí existe, es imposible que exista  el Otro  (la sospecha se confirma, este segundo teólogo había tenido un mal día con su superior…tan malo, tan malo, que hasta le hizo renegar de su religión).


jueves, 12 de octubre de 2017

Culebrones. Entre la ciencia y la magia III


   El culebrón (o culebrilla), es una enfermedad de la piel en la que se forma, en una determinada zona del cuerpo, un conglomerado de vesículas. Éstas, que son muy frágiles, duran poco pues rápidamente se rompen, quedando en su lugar unas pequeñas ulceraciones. Además de las lesiones cutáneas, la enfermedad cursa también con un dolor en la misma zona, que a veces es muy intenso. 

  La enfermedad es conocida desde la antigüedad, pero la naturaleza de la misma -su origen- es relativamente reciente y, hasta hace unas cuantas décadas, no muchas, la medicina no contaba con remedios eficaces para su tratamiento; por lo que la gente solía recurrir a los curanderos para que trataran este mal.

 Antes, cuando no había lavadoras, la ropa se lavaba a mano  en las bordas, lavaderos,  arroyos y ríos -entonces, ser lavandera era una profesión-  y, una vez limpia, a menudo era puesta a secar tendida sobre la hierba, o encima de alguna pared.
   Las vesículas que se originan en esta enfermedad, muchas veces, se agrupan adoptando una disposición lineal; basándose en este hecho, se creía que la  enfermedad ocurría porque había pasado una culebra sobre la ropa puesta a secar en el campo; la serpiente, en su paseo textil, dejaba allí un veneno, y, posteriormente, cuando alguien se ponía esa ropa, la zona   de la misma, por donde había pasado el reptil, al entrar en contacto con la piel, era la responsable de que apareciera la enfermedad, de ahí el nombre de culebrón que recibe la misma.

   La distribución de las vesículas sobre la piel, al ser alargada,  recuerda, lejanamente
-muy lejanamente-, una culebra; por lo que en el imaginario popular, el culebrón vendría a ser una proyección del reptil sobre la piel del afectado, donde sus distintas zonas representarían la cabeza, el  cuerpo y la cola.

 Alguien, podría preguntarse por qué razón sigue habiendo culebrones, si tanto el lavado, que se hace en lavadoras, como el secado de la ropa, tiene lugar en las casas y ésta yo no se tiende en el campo.
   La explicación a ello corresponde a la ciencia; pero, como aún  estamos en el "tiempo de la magia" vamos a seguir con ella, dejando la respuesta para algo más adelante..

  El culebrón puede aparecer en cualquier zona del cuerpo, siendo su localización más común en el tórax. A este nivel, casi siempre podemos ver que lo hace de forma unilateral, en un lado del pecho, quedando "la cola" a la  altura de la columna, "el cuerpo" sigue un trayecto paralelo a alguna costilla hacia adelante, y "la cabeza" se ubica en la parte anterior del tórax, no sobrepasando nunca la línea media.
   Cuando las lesiones de la piel no son unilaterales y se extienden por ambos lados del tórax, rodeando totalmente el pecho, se dice que se ha unido “el rabo con la cabeza”. Si esto sucediera, el afectado "puede darse por perdido", ya que, casi, con total seguridad, va  a morir asfixiado (Claro que esto es excepcional y no suele ocurrir nunca).

  Hasta hace unos años -no muchos-, cuando alguien tenía un culebrón, lo habitual era que esa persona acudiera a un curandero para que le sanase el mal.
  El sanador, lo primero que hacía era examinar las lesiones de la piel para asegurarse de estar ante un auténtico culebrón, ya que hay enfermedades dermatológicas, bastante  parecidas, que no lo son, y, una vez, ya convencido de que el paciente tenía tal dolencia, procedía a curarlo; para ello, realizaba unas invocaciones o rezos, aplicando además, sobre la piel, en la zona afectada, un producto elaborado por él mismo, un polvo de color claro, cuya fórmula, secreta era transmitida de padres a hijos. 
   La duración habitual del tratamiento era de siete a nueve sesiones, a razón de una diaria; pero, si, al finalizar éstas, el enfermo aún no estaba curado, era necesario realizar unas cuantas más. Cuando acababa esta segunda serie, ya se habían curado, prácticamente, el 95% de los pacientes, habiendo desaparecido para entonces, casi siempre, todas las lesiones cutáneas.
   Aunque el polvo blanco, que le era aplicado al paciente en la piel, servía para aliviar las lesiones cutáneas; para que el culebrón desapareciera totalmente el curandero tenía que “rezarlo”.
  La justificación de estos rezos la encontramos en la mismísima Biblia: Al culebrón es preciso rezarlo porque ha sido ocasionado por la serpiente, y ésta es el símbolo del diablo (recordad a Adán y Eva, la manzana de la discordia, y la serpiente que hablaba, que no era otra que el mismo demonio) luego, como éste (la culebra = demonio) había sido el auténtico causante del culebrón, era necesario rezar a  Dios para que expulsara el mal del cuerpo.

   Todo lo escrito hasta aquí, pertenece al campo de la magia; ahora, vamos a entrar, muy someramente, en el campo de la ciencia.
    
   El culebrón, conocido por la ciencia médica como Herpes Zoster, es una infección vírica, originada por el virus Varicela-Zoster, que afecta a los nervios y a la piel.
   El primer síntoma de la enfermedad es un dolor que aparece en una zona del cuerpo;  allí, unos días más tarde, sobre la piel,  surgen unas vesículas que se rompen con facilidad quedando en su lugar unas  pequeñas úlceras.
   Las lesiones epidérmicas, siguen el trayecto del nervio afectado, de ahí que, a veces, tengan una distribución alargada y, al haber, también, afectación nerviosa, la enfermedad suele cursar con neuralgia (un intenso dolor), difícil de tratar.
   Las lesiones de la piel desaparecen, generalmente, en dos-tres semanas; pero el dolor, a menudo, persiste durante varios meses, para desesperación del paciente, ya que puede ser muy intenso.
   Hoy día, existe un tratamiento antivírico, bastante eficaz, para tratar el Herpes Zoster; pero, hasta finales de la década de 1980, hace sólo unos 30 años, no lo había. Por entonces, aunque ya se sabía que era una enfermedad ocasionada por un virus, la medicina no contaba con medicamentos eficaces ante el mismo.
  
   Por esa época, yo me encontraba estudiando medicina en Salamanca y tenía la asignatura de Dermatología.
   Un día, estaba de prácticas en una consulta, en el Hospital Clínico.  Allí nos encontrábamos, con un dermatólogo,  3 alumnos de la asignatura y el enfermo que iba a entrar, en ese momento, venía a revisión, y tenía un culebrón.
   El dermatólogo leyó su historia clínica,  antes de que pasara a la consulta, y nos comentó el caso.
-  Ahora va a entrar un paciente que tiene un herpes zoster torácico. La evolución es muy larga y, hasta hora, no está siendo favorable. Esta enfermedad suele curar en 2-3 semanas, pero en algunos casos se prolonga más tiempo, y es lo que le ocurre a este hombre. Lleva ya, con esta patología, cerca de 3 meses. En la última revisión, que fue el mes pasado, aún continuaba con el cuadro epidérmico y, además, tenía una neuralgia tremenda, que le impedía hacer una vida normal. Vamos a ver cómo lo encontramos hoy.
   Sabéis que, para el Herpes Zoster, no contamos con un tratamiento específico que permita eliminar el virus, y que sólo podemos aliviar los síntomas. Los analgésicos y el tratamiento tópico (loción o crema sobre la piel)  están resultando poco efectivos, el dolor que tiene es intenso, la evolución, repito, es muy larga, y lo está pasando muy mal. Cuando estuvo aquí, en la última revisión, se encontraba desesperado.
 
   Hizo una pausa, antes de seguir con su exposición, y continuó con su explicación:
  - El paciente me comentó que le habían hablado de curanderos que tratan los culebrones, y que, como apenas mejoraba con medicinas, estaba pensando acudir a uno de ellos;  así que me preguntó qué opinaba del asunto. 
   Yo, le aclaré que la medicina, hoy por hoy, no cuenta con un tratamiento  antivírico eficaz para curar este padecimiento, y que sólo podíamos calmarle los síntomas  mientras curaba la enfermedad. Que si quería recurrir a un curandero, allá él; pero le recomendé no abandonar el tratamiento médico y continuar viniendo a revisión.

   Hizo otra pausa -supongo que dudaba si proseguir o no con su explicación -y continuó con la charla:
    -También me preguntó, que si conocía a algún curandero solvente...a mí. Imaginaos, a un dermatólogo enviando pacientes al curandero. Lo cierto es que el hombre estaba muy mal, le vi tan desesperado que le sugerí ir a Barruecopardo, un pueblo de aquí, de Salamanca; está lejos, cerca de Portugal, por la zona de Vitigudino. Alguien me dijo un día que en ese pueblo hay un curandero que trata los culebrones.
   Mis compañeros de prácticas eran una chica de Zamora y un chico de un pueblo Cáceres. No conocían Barrueco y yo, prudentemente,  me callé.
- A lo mejor ha ido al curandero, se ha curado y no ha venido -bromeó el dermatólogo-.
   Sus esperanzas se disiparon rápidamente, pues la enfermera llamó al paciente y sí que había acudido a la revisión.
   El hombre entró en la consulta, acompañado por su mujer, y estaba muy sonriente, hecho que agradó al médico. En las anteriores revisiones, la cara del paciente debió haber sido de sufrimiento, por el intenso dolor que tenía, y todos sabemos que la cara es el espejo del alma.
   Tras los oportunos saludos, preguntó el dermatólogo:
  -¿Cómo sigue?
-Mire usted, ya estoy bien. Respondió el enfermo. Fui al curandero que me recomendó, en Barruecopardo. No es un curandero, es una curandera. Tuve que ir nueve días. Desde mi pueblo, que está en la provincia de Ávila, iba todos los días a ese pueblo. Queda lejos, la verdad, pero estaba tan desesperado que hubiera ido a donde fuese. Al quinto día empecé a mejorar y al séptimo ya no tenía dolores. Hombre lo sentía algo, pero ni mucho menos como estaba, que no me dejaba vivir.
   No sabe lo agradecido que estoy por haberme enviado allí. Ojalá hubiera ido antes.
     El dermatólogo escuchaba con atención las explicaciones del paciente  y, con gran curiosidad,  preguntó.
  - ¿Cómo es el tratamiento? ¿Qué le hacía la curandera?
   -Pues me echaba unos polvos blancos en la piel y hacía unos rezos. No sé si le si rezaba a Dios o al demonio; a mí me da igual ; el caso es que me ha curado y estoy contentísimo.
   Yo, ahora, ya estoy bien y le puedo decir que  me he reconciliado con la vida; estos últimos meses, cuando tenía el culebrón, a veces, me dolía tanto, que casi quería morirme. ¿Por qué seremos tan tontos que, hasta que no estamos malos, no nos convencemos  de que la salud es el bien más importante que tenemos?

   El médico estaba estupefacto, y más que se quedó cuando el hombre  le pidió a su mujer una bolsa, que ésta traía en la mano, y sacó un lomo. 
   -Tenga usted. En agradecimiento, por enviarme a la curandera de ese pueblo. Como ya estaba bien, no sabía si venir a la consulta cuando me citaron, pero tenía que traerle esto y por eso he venido.
   -¡A mí no tiene que darme nada!, protestó el médico. En todo caso a la curandera.
  Pero el hombre hizo caso omiso al dermatólogo, y depositó el lomo sobre la mesa
   - Mire usted, esa mujer no quería que le pagara -continuo hablando el paciente-, decía que lo que ella sabía se lo había enseñado su madre para ayudar a los demás y que no le debía nada. Sólo aceptaba la voluntad... y si quería. Le regalé otro lomo como éste que le dejo a usted,  y dos docenas de huevos. No aceptó nada más. No quiso dinero alguno. Le hubiera pagado lo que me hubiera pedido, la verdad. No sabe esa mujer, el bien que me ha hecho.
  Cuando el paciente y su mujer abandonaron la consulta, se hizo el silencio, nadie se atrevía a comentar lo sucedido,  y éste, lo rompió el dermatólogo.
   -La verdad, es que la medicina, hoy día, como ya os dije antes, carece de un tratamiento eficaz para el Herpes Zoster.
   Yo creo que, esto que ha sucedido, ha sido debido a que la inmunidad natural de este hombre -las defensas que crea el cuerpo ante las infecciones- ha conseguido controlar el virus; eso es, realmente, lo que le ha curado y resulta que esto ha coincidido en el tiempo con el tratamiento del curandero; o quién sabe...a lo mejor han sido los  polvos que le ha echado esa mujer.
   En fin, el caso es que está curado y yo me alegro infinitamente. Os confieso que, si no me lo cuenta el propio paciente, no me lo creo.
  Eso sí, no vayáis a decirle a nadie que un dermatólogo de este hospital remitió un paciente a una curandera. Reconozco que es verdad y me alegro enormemente por el hombre, ya que estaba desesperado y dispuesto a hacer lo que fuera; pero, de esto, haced el favor... ni una palabra a nadie. 

   Una vez que acabó la consulta, ya en la calle, los tres estudiantes comentamos el hecho y aproveché para hacer patria, comentándoles que era de Barrueco, y que, si un día tenían un culebrón, con gusto les presentaría a Julia, la curandera.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Fábula del erizo


   El erizo común, es un simpático animal que vive en nuestros campos, cuyo rasgo más destacable es que tiene la espalda cubierta de púas -unos gruesos pelos largos y duros, compuestos por queratina, que le dan gran rigidez-  de hasta 3 cm de longitud; de modo que, cuando se siente amenazado, se enrolla sobre sí mismo convirtiéndose en una bola de púas. Es su forma de defenderse, pues, una vez que adopta esta forma de pelota de pinchos, la mayoría de los animales evitan atacarlo. 
  Visto de frente, podemos apreciar que tiene una cara muy graciosa. En la parte superior sobresalen sus orejas que son redondeada; mientras que en la parte central presenta un hocico prominente, encima de la boca, con unos ojos vivarachos sobre el mismo.  Su cuerpo, de aspecto rechoncho, tiene la espalda cubierta de púas, tal como se indicó anteriormente, terminando 
CurioSfera.com
en una pequeña cola de unos 5 cm de longitud, y sus patas, 
a pesar de ser cortas, le permiten desplazarse con gran agilidad.
   Los ejemplares adultos pueden alcanzar una longitud algo superior a los 30 cm,  sin incluir la cola, llegando a adquirir un peso algo superior a 1 kg.   
  
   De hábitos nocturnos, pasa el día dormido en su madriguera de la que sale, una vez que  ha anochecido, para volver a ella antes de que amanezca; convirtiéndose, durante la noche, en un infatigable cazador ya que, guiado por el oído y el olfato, que tiene muy desarrollados, deambula   incansablemente por el campo buscando su alimento.
   Es un animal muy útil para al hombre ya que gran parte de su dieta está compuesta por   animales que resultan dañinos para la agricultura. Come  insectos, gusanos, lombrices, arañas, ratones,  ranas, reptiles y otros pequeños  mamíferos; una dieta a la que, llegado el caso, no duda en añadir algunos frutos.   
   Es un gran andarín, pudiendo recorrer durante su "jornada laboral" , a lo largo de la noche, varios kilómetros; resultando ser también un buen nadador; de modo que, si tiene que atravesar algún río o arroyo, lo hace con suma facilidad.   
   Al final del otoño, una vez que llega el frío, el erizo busca, o fabrica, un agujero bajo tierra, una madriguera, donde se hace una bola y queda sumido en un profundo letargo que se prolonga hasta la llegada de la primavera.  
   
   Un día se lamentaba un erizo por tener la piel cubierta de púas, ya que ello impedía que los demás animales se le acercasen.
   Veía a los pájaros cubiertos por sus suaves plumajes y se moría de envidia. Miraba al conejo, y a su prima la liebre, y se decía: ¡Qué pelo más sedoso, si yo tuviese un pelaje así, sería el animal más feliz del mundo!
   Un día, la zorra se le acercó y le dijo:
- Te veo triste y preocupado, amigo erizo ¿Te pasa algo?
- Estoy harto de mis púas, respondió el erizo. ¡Cómo me gustaría deshacerme de ellas! Por culpa de mis pinchos, los demás animales no se acercan a mí, y tampoco quieren que yo me acerque a ellos.
- Si quieres, yo te las corto. Le dijo amablemente la raposa.
  El ofrecimiento de la zorra, le pareció algo maravilloso.
- ¿De verdad lo harías? , contestó el erizo. Te estaría infinitamente agradecido. 
  Dicho y hecho, la raposa le cortó, una a una, todas las púas, y tan pronto acabó con la última de ellas, se acercó al erizo, sí…pero con intención comérselo.
  El pobre erizo deseaba que los demás animales se le acercasen, pero no con esas pretensiones.
  Salvó el pellejo por "los pelos" - pues pinchos ya no tenía-, gracias a que encontró una madriguera  próxima, pudiendo así eludir el ataque de su "peluquera".
  Allí tuvo que permanecer una larga temporada, hasta que sus púas crecieron y pudieron  protegerle de los depredadores. 
   Durante su estancia en la madriguera, desde la boca de la misma, un día observó cómo la zorra  cazaba un pájaro con su “suave plumaje” ; en otra ocasión, pudo ver a un zorro llevando en sus fauces a un pobre conejo, con su “sedoso pelo” incluido.  

  Desde luego, decía para sí el erizo, soy tan tonto como los humanos. Nunca están conformes con lo que tienen.  

domingo, 3 de septiembre de 2017

El criado portugués


   La comarca de Las Arribes, nuestra comarca, se encuentra en el oeste de la península y es una zona limítrofe con Portugal; como en los mapas, las fronteras están representadas mediante rayas;  por ello, nosotros decimos que somos de la Raya. 
   En la provincia de Salamanca, existen dos tipos rayas, la Raya Seca, en la comarca de Ciudad Rodrigo, donde la frontera no es más que  un hito sobre el terreno que separa ambos países, y la Raya Húmeda, la nuestra, llamada así porque el límite fronterizo entre ambos países está conformado por dos ríos, El Duero y El Águeda -este segundo, uno de sus afluentes, desemboca en el primero a la altura de La Fregeneda- constituyendo, ambos, una formidable frontera natural. 

  A pesar de que, en nuestra comarca, durante siglos, la frontera entre España y Portugal ha estado, prácticamente, cerrada al tránsito de personas;  los pueblos de ambos lados de la misma se encuentran próximos entre sí y siempre ha habido bastante relación entre los habitantes de ambos lados de La Raya. Unas veces, la relación era comercial (contrabando),  otras veces era social (no eran infrecuentes los matrimonios mixtos entre gente de ambos países), y otras laboral  (era bastante común que más de uno  cruzara la frontera para trabajar en el otro país).

   Esto sucedió hace bastante tiempo, cuando mi bisabuelo aún era joven.
   Una vez llegó al pueblo un portugués buscando trabajo y Eutimio, un hombre del lugar, lo contrató de criado para que le ayudase en las labores del campo.
   Sólo había un problema: el portuguesiño no sabía absolutamente nada de español, y su nuevo patrón desconocía totalmente el portugués.
   Hoy día, en los pueblos de ambos lados de la frontera, es fácil sintonizar cadenas de TV y radio del “otro país”;  de ahí que, nosotros, con frecuencia, oímos palabras en portugués y ellos las oyen en nuestro idioma;  por lo que, sin pretenderlo,  conocemos bastantes palabras del otro lado de la Raya,  
Arribes del Duero
igual que sucede con ellos; pero entonces aún no existían estos medios audiovisuales  y el desconocimiento del otro idioma, a pesar de estar tan próximos, era total.
  Desde siempre, este ha sido nuestro sino: Portugal, tan cerca, físicamente; y tan lejos   espiritualmente.
 
   Al compartir ambos idiomas, español y portugués, la misma raíz latina, tienen mucha semejanza entre sí; esto lo sabía  el criado que, además, como era muy voluntarioso, le dijo al nuevo patrón que no habría problema alguno de comunicación ya que estaba totalmente convencido de que, para un portugués, el español era muy fácil; y que si le enseñaba las palabras más necesarias, en una semana él se comprometía a hablar nuestra lengua como el mejor.
   A Eutimio, los buenos propósitos de su nuevo criado, de que en pocos días sería capaz de parlotear un perfecto español,  lejos de satisfacerle, no le gustaron nada y hasta sintió algo de enfado. ¡Pues sí que era pretencioso el hombre!  ¡Cómo pretenderá poder hablar español en cuatro días, si yo tardé en hablarlo correctamente tres años, según contaba mi madre! -por lo visto Eutimio no debió ser un niño demasiado espabilado- ¡Y encima pretende que yo sea su maestro! ¡Se va a enterar  éste de “lo fácil” que es hablar español! Todo esto pensaba el amo, para sus adentros.

   Se dirigieron ambos, el patrón y el criado, a la casa del primero, y en la puerta encontraron al gato que estaba en el umbral echado, tomando el sol.
   - Em português es um gato, dijo el criado señalando al animal.
- Pues en español  no, respondió el amo. Es un “conejodomésticosedosoyhermoso “.
 Entraron en la casa y salió a su encuentro la mujer del amo, que era muy guapa.
- ¿Es a bela mulher?, preguntó el criado.
- No, contestó muy serio el amo. Es “projimanostraquealegralapajarilla”.
   El “alumno de español”, tras las dos primeras palabras que había escuchado, empezó a preocuparse seriamente.  Siempre había oído que lusos e hispanos se entendían bien, debido a la similitud de ambos idiomas -aún  más en nuestra zona, donde comparten muchas expresiones del antiguo dialecto leonés, a ambos lados de la frontera-, pero se estaba dando cuenta de que estas primeras palabras de español, que le había enseñado su “profesor de idiomas”, no guardaban el más mínimo parecido con sus homónimas portuguesas.
   El patrón continuó toda la tarde tomándole  el pelo al nuevo criado, enseñándole varias palabras, cada cual más enrevesada, y éste, aunque ponía gran atención, cada vez estaba más confundido.
  El brasero resultó llamarse “sitiocalientedondegustaestaralagente”,  las faldillas de la mesa pasaron a ser “sayasbonitasyacogedoras”, las chispas se llamaban “Chiribitasitasitas”,  las patas de la mesa se llamaban  “piernasbellasfuertesytorneadas”,  la cayada se llamaba  “instrumentoderechoylargo”,  y así una larga lista de palabras, cada cual más rebuscada que la anterior.
  El pobre portuguesiño, a pesar de la gran dificultad que le suponía el aprendizaje del “nuevo idioma”, hacía progresos y, tras la primera semana, ya parloteaba este español tan particular que su nuevo amo le enseñaba.
 
   Una tarde, volvieron juntos del campo, el amo y el criado, y una vez que entraron en la casa vieron al ama que en ese momento estaba metiendo el brasero en la mesa camilla. Las faldillas de la mesa  estaban subidas, para poder colocarlo en la caja, y resulta que el gato estaba echado allí mismo, en el hueco del brasero;  así que la dueña dejó un momento el brasero en el suelo, al lado de la mesa, y cogió con cariño al gato, acariciándolo un poco,  antes de echarlo de allí para poder colocar el brasero en su sitio.
   La mujer se incorporó con el gato aún cogido en las manos, haciendo intención de soltarlo  para colocar el brasero en su sitio, y  Eutimio, en ese mismo momento, que  venía con la cayada en la mano, al acercarse a ella para darle un beso, perdió el equilibrio al tropezar con el borde de una alfombra y, al ver que el porrazo era inevitable, soltó la cayada para intentar amortiguar la caída con las manos yendo a parar encima de su mujer, cayendo ambos al suelo.
   Ella, al ver que el marido se le venía encima, soltó el gato y éste, asustado, saltó  cayendo encima de uno de los bordes del brasero que volcó sobre el suelo aparatosamente, saliendo despedidas chispas, ceniza y algunos tizones de cisco,  quedando todo esparcido por el piso de la habitación.
   La mala suerte quiso que una de las chispas  alcanzase la cortina de la ventana, y ésta empezó a arder.
  El criado reaccionó con prontitud y, con las propias manos, apagó el pequeño conato de incendio de la cortina; ayudando, posteriormente, a incorporarse  al amo y al ama que se encontraban en el suelo entrelazados uno sobre la otra, doloridos por el golpe, y, muy sorprendidos por el follón que, en pocos segundos,  se había armado en el comedor.
  Tras recuperarse del sobresalto, comprobaron que no había sucedido nada importante: Las personas y el gato, salvo el susto que se habían llevado los tres, estaban bien, y el único daño colateral lo había sufrido la cortina, que tenía un pequeño agujero por la quemadura;  pero, como el lío pudo haber acabado mucho peor, estaban contentos.

   Al día siguiente, se encontró en la calle el patrón con un vecino, y este, muy serio, le  dijo:
- Debéis tener cuidado tu mujer y tú, cuando os pongáis "al asunto"; evitad que os vea vuestro criado. Mira que luego lo cuenta todo.
   Eutimio miró extrañado al vecino, sin saber a qué se estaba refiriendo, y le preguntó
-  ¿Pero de qué asunto hablas?
-  De lo que pasó ayer. Me lo ha contado Joao con todo detalle.
  Eutimio estaba confundido, ya que no tenía ni idea de lo que su vecino estaba intentando decirle, y algo enfadado le dijo:
-  ¡Mira, dime que te ha contado mi criado, porque no sé de qué me estás hablando! 
- Verás, dijo el vecino bajando la voz  -como estaban en la calle, y el tema parecía bastante delicado, pretendía que sus palabras sólo pudieran ser oídas por los dos-   
- Tu criado me contó lo que ocurrió ayer noche…lo que hacíais  la Antonia y tú en el comedor. La verdad es que no entiendo cómo se os ocurre hacer esas cosas allí, expuestos  a que él os vea.  
  Eutimio no entendía en absoluto qué es lo que, con tanto misterio, pretendía decirle el vecino. La noche anterior, salvo el incidente del brasero, no recordaba que hubiera ocurrido nada destacable y estaba empezando a enfadarse.
- ¡Vamos a ver!, dijo alzando la voz  -al contrario que su interlocutor, él no encontraba motivo alguno para tanta  discreción-  Lo repito. Dime lo que sea…lo que te haya  contado Joao…a ver si me entero de una vez, qué es lo que me quieres decir. Porque no sé de qué coños me estás hablando.
   El vecino entonces dijo:
- Pues tu criado me ha dicho que ayer tarde, cuando llegasteis a casa, encontrasteis en el salón a tu     mujer, que  estaba  con las “sayasbonitas” levantadas, acariciando el conejohermosoysedoso;   que tú te acercaste hacia ella con el “instrumentoderecho” en la mano,  lo soltaste y acabaste encima de ella, allí entre las “piernasbellasfuertesytorneadas”,  en el “sitiocalientedondegustaestaralagente”, y que hasta salieron chiribitas. Está más claro que el agua.
     
   Eutimio no daba crédito a lo que estaba oyendo. Resulta que Joao le había contado al vecino, exactamente, lo ocurrido la noche anterior, utilizando el lenguaje “neoespañol” tan enrevesado,  que él le había enseñado,  y el vecino había entendido otra cosa.
  Dudaba si merecía la pena explicarle la verdad ya que estaba plenamente convencido de que no iba a a creerle.

(Este es  un conocido cuento tradicional, del cual existen dos versiones; una apta para un público infantil, la más conocida, y ésta que es para adultos. Recuerdo que antiguamente, cuando había niños presentes y los adultos hablaban de temas poco  adecuadas para los primeros, decían: “no puedo seguir, porque hay ropa tendida”. Entonces, una de dos: o lo dejaban pendiente para otra ocasión, o, lo que era más habitual, nos echaban  de allí para quedarse solos y poder seguir hablando libremente entre ellos. 
   Estoy  versión era de las que se reservaban para aquellas situaciones en que a “la ropa tendida” la mandaban fuera de la reunión)


lunes, 14 de agosto de 2017

Historias riberanas 

 Las manzanas más ricas 

   La hospitalidad es una virtud que consiste en acoger a los forasteros en tu casa y ofrecerles, llegado el caso, cama, alimento y amistad. Esta definición, aunque algo simple, se aproxima bastante a lo que encierra el significado de dicha palabra.
   Algunas personas presumen de tener a la hospitalidad entre uno sus valores esenciales y, sin apenas conocerte, te ofrecen su casa “para lo que quieras”; cosa bien diferente es que el ofrecimiento sea sincero ya que a veces aceptas la invitación y resulta que, una vez allí, no eres bien recibido.
   Otra gente, en cambio, reserva su hospitalidad, exclusivamente, para los amigos más íntimos, evitando hacer ofrecimientos vanos a los demás; de modo que, cuando invitan a alguien a ir a su casa, siempre es bien acogido.
   Este segundo tipo de personas, son más sinceros que los anteriores; sin embargo, ante los demás, pasan por ser poco hospitalarios.
   Tras este preámbulo, se me plantea una duda ¿somos los salmantinos hospitalarios? En cierta ocasión, oí decir a un hombre que no lo somos mucho; en cambio, yo estoy plenamente convencido de que lo somos en la misma medida que los demás pues se trata de una cualidad que no tiene relación alguna con la latitud de cada lugar, ni con el clima; es algo muy particular que depende exclusivamente de cada persona.
 
   Bueno, pues esto me lo contaron en Mieza, trata sobre la hospitalidad y el hecho ocurrió a mediados del siglo XX. Entonces, a pesar de que ya comenzaban a circular algunos coches por nuestras carreteras, y había autobuses de línea regular para ir a la ciudad, los automóviles particulares eran prácticamente inexistentes, por lo que mucha gente aún seguía utilizando caballerías -mulos, burros o caballos- para desplazarse de un pueblo a otro.
   También era muy común encontrar por los caminos gente que lo hacía en el “coche de San Fernando”: unas veces a pie, y otras andando (la actividad de caminar por el campo, hoy día muy de moda, es conocida como hacer senderismo; quién iba a decirle a aquellas personas que, sin saberlo, ya eran senderistas). 
 
   En esa misma época, también era frecuente encontrar vendedores ambulantes, hombres, casi todos ellos, originarios de pueblos de La Ribera: Mieza, Vilvestre, Aldeadavila… que recorrían las distintas poblaciones de la comarca vendiendo fruta, aceite, vino y otras productos -el café de contrabando, no era ajeno a estas ventas-. Llevaban la mercancía en canastas que iban bien sujetas a los lomos de las mulas y burros, o en carros, y con ellos iban por los pueblos a realizar su negocio; un tipo de comercio directo, del productor al comprador; muy distinto al actual en el que existe un gran número de intermediarios entre uno y otro - mayoristas, transportistas, minoristas - que incrementa bastante el precio de los productos.
 
   Dos de estos vendedores, uno de Aldeadávila y otro de Mieza, cuando llegaba la época, todos los años, recorrían los pueblos de la comarca vendiendo sus productos, y, como a veces coincidían haciendo sus ventas, en distintos lugares, llegaron a establecer una buena relación.
   Una vez, a primeros de agosto, el de Aldeadávila, que se llamaba Acacio, recaló en Mieza, a vender su mercancía, y aprovechó la ocasión para visitar al colega de este segundo pueblo, que le acogió con agrado, agasajándole lo mejor que pudo.
   Su mujer y él le sentaron a comer a su mesa, le prestaron una cama para que durmiera la siesta, y, una vez que se levantó de la misma, no le permitieron irse sin tomarse un café y una copa de sol y sombra.
   Muy agradecido, el forastero invitó al de Mieza, y a su consorte, a la fiesta de su pueblo.
 - Por San Bartolomé tenéis que ir a Aldeadávila, a los toros. Cogéis la mula, os vais “palla”, comemos, vamos a los toros y después os venís. Las tardes todavía son largas y podéis estar de vuelta antes de que anochezca. O si no, os quedáis allí y os venís “al otro día”, o cuando queráis. Esos días, aunque hay mucha gente en las casas, un sitio donde comer y dormir no os va a faltar.
 - No sé, Acacio. Falta mucho aún, dijo el de Mieza.
 - ¡“Qué va a faltar”!…"El Toro" está ahí mismo y la invitación, queda hecha, apostilló el colega. Como la fiesta “son” varios días, vosotros vais cuando se os antoje, que allí estamos para todo lo que queráis. No hace falta ni que aviséis.
   El caso es que la invitación quedó en el aire, y, cuando llegó San Bartolomé, el matrimonio de Mieza decidió acudir “al Toro de Aldeadávila”.
   A pesar de haber madrugado algo más de lo acostumbrado, para llegar a buena hora a ese pueblo, como había que dejar hechos “los oficios” habituales, se entretuvieron un poco más de lo previsto y, cuando quisieron darse cuenta, se les había hecho ya un poco tarde. Incluso valoraron dejarlo para el día siguiente, ya que la invitación había quedado abierta para cualquiera de los días festivos, pero al final decidieron seguir con el plan previsto partiendo para la fiesta en la mula.
   Antes de salir, la esposa, como mujer previsora que era, sugirió llevar merienda para el camino, pero el hombre no lo consideró apropiado, esgrimiendo estas razones:
 - Mujer. Vamos a casa de Acacio ¿cómo vamos a ir con merienda? Si se entera puede le puede sentar mal y decir que confiamos muy poco en su hospitalidad. No te preocupes que, aunque lleguemos algo tarde, estos días de fiesta siempre hay comida de sobra. “Estate” convencida de que hoy vamos a comer muy bien.
 - Muy bien, no lo sé, respondió la mujer dubitativa, pero con el hambre que vamos a tener a la hora “en que lleguemos”, cualquier cosa que nos den va a parecernos una maravilla -no sé si la señora habría leído a los clásicos griegos, cosa que dudo mucho, pues alguno de ellos, hace unos 2500 años ya decía que el “mejor cocinero es el hambre”, coincidiendo plenamente con lo que pensaba la esposa del vendedor de Mieza-.
   Llevaban ya un buen rato de camino y comentó la esposa:
- Teníamos que haber llamado por teléfono a Aldeadávila. Aunque Acacio no tiene teléfono, la telefonista podría haberle dado el recado de que íbamos. Mira que no nos espera.
- No te preocupes…que no hace falta -contestó el marido, que iba delante arreando la caballería- Le oíste decir, igual que yo, que podíamos ir el día que quisiéremos, y que no hacía falta avisar.
   El caso es que, aunque la mula era excelente y llevaba un buen paso, los kilómetros hay que hacerlos y Aldeadávila no está demasiado cerca de Mieza. Como habían salido algo retrasados, el marido calculaba que antes de las cuatro de la tarde era imposible llegar a su destino, pero iba confiado pues sabía que los días de fiesta la gente siempre come más tarde y pensaba que, con un poco de suerte, cuando llegaran a Aldeadavila, el amigo y la familia aún estarían sentados a la mesa y ellos se sumarían entonces a la comida, antes de ir a los toros.
   Aunque la distancia entre ambos pueblos, en línea recta, no es tanta, la fragosidad de las arribes obliga a rodear un poco para hacer el camino a través de terreno llano (unos 12-13 km en total), siendo necesario pasar por La Zarza de Pumareda.
   Una vez pasado este pueblo, tras haber dejado atrás las últimas casas, en el camino de Aldeadavila, había varias huertas y en una de ellas pudieron ver varios árboles frutales. Uno de éstos, un manzano, estaba próximo al camino y algunas de sus ramas sobresalían por encima de la pared, colgando de
ellas algunas manzanas que quedaban casi al alcance de la mano. La mujer, que ya había salido con algo de hambre de su pueblo, a aquellas alturas ésta había aumentado a unos niveles poco recomendables, así que le dijo al marido:
 - ¿Por qué no paras un poco la mula, cogemos unas manzanas y las vamos comiendo mientras llegamos? Algunas están bastante maduras, y yo… ¡tengo un hambre!
 - ¡De ninguna manera! Respondió el marido No quiero que nadie nos vea cogiendo manzanas y piense que somos unos ladrones.
- Coger dos o tres manzanas, no es robar. Protestó la mujer.
   Pero el marido, haciendo oídos sordos a las protestas de la esposa, no quiso parar la mula y siguió hablando para convencerla
- Es tarde, y, si encima paramos, nos entretenemos más. Vamos a seguir la ruta, que no falta mucho…y esas manzanas, olvídalas. Ahí al sol, deben estar muy calientes. Seguro que no te iban a gustar nada. Cuando lleguemos a Aldeadávila, piensa en lo bien que vamos a comer: cordero, cabrito o lo que tengan.
   La mujer, claro que pensaba en la comida; con el hambre que llevaba, es que no podía pensar en otra cosa. Cuando se sale con retraso de un lugar, es casi imposible llegar puntual al destino; eso ocurría entonces, a mediados del siglo XX, sucede en la actualidad, y siempre será así; y, si hay algún cambio sobre el plan previsto, casi siempre es para empeorar la situación.
   Un poco antes de llegar a Aldeadávila, al lado del camino, había un pilar y la mula fue directa hacia él a beber agua. A pesar de la prisa, el dueño no pudo negarse; se había portado muy bien, les había traído a su grupa a ambos, sin apenas parar, y merecía beber toda el agua que quisiera. Si a ello sumamos que, cuando entraron en el pueblo, además de llegar tarde, no tenían GPS -éste tardaría aún muchos años en aparecer-, y no sabían dónde vivía el anfitrión, tuvieron que preguntar a más de uno donde estaban la calle y la casa del mismo; resultando que éste vivía lejos de la entrada por donde ellos habían llegado, casi al otro extremo del pueblo; así que, a medida que pasaba el tiempo, la demora iba incrementándose más.
   Cuánto sería el retraso acumulado que, cuando por fin llegaron a su destino, encontraron al amigo y a su esposa que, en ese preciso momento, estaban en la calle cerrando la puerta de su casa para ir a los toros -entonces, éstos comenzaban antes que ahora-.
   Acacio, al verles llegar, se quedó muy sorprendido. Evidentemente, no los esperaba. Debido a la sorpresa inicial, estuvo unos segundos indeciso, sin saber qué hacer; aunque reaccionó rápidamente, saludando así a los recién llegados.
 - ¡Pero hombre! ¿Cómo venís ahora? ¡Si ya hemos comido! Es tarde y nos vamos a los toros para poder coger un buen sitio…que luego se llena mucho la plaza. Vamos rápido a meter la mula en el corral, le echo algo de paja para que coma y vosotros ya comeréis por ahí lo que se tercie.
 El caso es que los anfitriones llevaron a los recién llegados directamente a la plaza, sin parar en ningún lado donde los forasteros hubieran podido comer algo, y allí se encontraban, viendo los toros, en un buen sitio, tal como deseaba Acacio.
  Comenzó la corrida y los de Mieza, como es natural, tenían una hambruna fuera de lo común y apenas estaban a la corrida. La mujer no hacía más que acordarse de las manzanas “calientes y al sol”, que habían dejado en la La Zarza, y a estas alturas debían parecerle un manjar de los dioses. En cuanto “a los amigos”, como estaban con la barriga llena, disfrutaban a lo grande de los toros; en cambio, ellos, que estaban desde la hora del desayuno sin llevarse nada al “papo”, no estaban para toros ni para nada - cuando uno no tiene cubiertas las necesidades primarias del cuerpo: respirar, comer, dormir…, el espíritu no está para fiestas-
   Al finalizar la corrida, que debió parecerles eterna a "los invitados”; éstos, casi desmayados, veían que sus anfitriones no tenían prisa alguna por volver a casa. En cambio, ellos sí que la tenían para regresar a Mieza con el fin de llegar al destino antes de que se les echase la noche encima; así que se excusaron, cogieron la mula que había tenido mejor suerte que ellos en el corral, donde había comido abundante paja, y tomaron el camino de regreso a su pueblo.
   Iban ambos sobre la mula, hablaban poco, y cada vez que lo hacían era para maldecir la hospitalidad del “amigo”.
- Qué ganas tengo de llegar a La Zarza para coger alguna manzana, exclamó en un momento determinado la mujer. Si está el dueño, se las pedimos… y si no está, las cogemos igual. Yo, es que me estoy poniendo mala del hambre que tengo.
- Y yo, confesó el hombre. Este Acacio ¡será c*******zo! ¡Con que venid cuando queráis, que nada os ha de faltar! ¡En la vida he pasado yo tanta hambre!
 
   Hay días en los que más le valía a uno no salir de Mieza -tuvieron que pensar los que iban en la mula-, pues cuando llegaron al anhelado manzano, resulta que el dueño había recogido aquella tarde las manzanas maduras que tenía y tuvieron que conformarse con un puñado de ellas, pequeñas y verdes; pero, a pesar de todo, se los comieron con avidez.
   La mujer, en un momento determinado, llegó a decirle al hombre:
- Son las manzanas más ricas que he comido en toda mi vida -una vez más, la esposa, sin saberlo, estaba emulando a los filósofos clásicos griegos cuando afirmaban que “No hay nada como el hambre para que cualquier alimento parezca un manjar”-.

 (Nota: Aunque Acacio podría haber alegado que los de Mieza llegaron demasiado tarde, la verdad es que su hospitalidad, ese día, dejó mucho que desear; pero eso no quiere decir que ésta sea la tónica general de la gente de Aldeadávila. Como en todos los lados, allí hay gente para todo. Yo, particularmente, siempre que he estado en este pueblo, he sido bien recibido. Eso sí, no tuve ocasión de conocer a Acacio; la historia me llegó “de la otra parte”, de los que se comieron las manzanas verdes).

martes, 25 de julio de 2017

El espantapájaros


   El verano estaba ya bien avanzado, a las nueve de la mañana el sol ya llevaba un buen rato sobre el horizonte, soplaba un vientecillo suave que resultaba agradable e Hiscio,  como todos los días, iba caminando hacia la huerta muy pensativo.

  Aquel año, climatológicamente, estaba siendo muy bueno para el campo; el dios de la lluvia había sido generoso y ésta había sido abundante en el otoño e invierno anteriores; el frío había comenzado, permanecido y cesado a su debido tiempo, sin que alguna inoportuna helada  tardía hubiera afectado la floración de los árboles frutales; y durante la primavera, también había llovido lo suficiente.  Aunque la gente que vive del campo nunca está satisfecha con el clima, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que lo que viene bien para unas cosas, no lo es tanto para otras,  el año agrícola estaba resultando muy bueno.    
   El refranero, que suele basarse en la experiencia, cuenta con mucha expresiones relativas a la influencia del clima sobre las cosechas, como el que dice   “Lluvias de octubre a enero, aseguran el puchero. Lluvias de marzo y abril, alegran al labrador y también me alegran a mí”.
    El caso es que, debido a la bonanza del clima, la huerta presentaba un aspecto magnífico; allí había de todo: legumbres, patatas hortalizas, maíz, melones, sandías…, pero, lo que más le satisfacía era que los árboles frutales: manzanos, perales y melocotoneros, que había plantado tres años atrás, por primera vez, estaban pletóricos de fruta. Esto era motivo de gran contento para él y su mujer, satisfacción que era compartían por los pájaros que lo celebraban  acudiendo a los árboles,  a catar la fruta, con gran disgusto de ambos cónyuges.

   Las aves, a pesar de la mala prensa que tienen, en lo referente a los cultivos,  son muy beneficiosas para los mismos, son unos magníficos insecticidas naturales, pues comen ingentes cantidades de insectos y gusanos que atacan a las plantas; pero si consideramos que los frutales están en el campo, y ellas viven en el campo, no es de extrañar  que a veces picoteen la fruta, con “la virtud” añadida de que saben seleccionarla muy bien y eligen siempre la más dulce y madura.  
   Por este motivo, a los pájaros tampoco debe extrañarles que el hombre, desde siempre, haya utilizado diversos artilugios para espantarlos y tratar de evitar que hagan excesivo daño en las cosechas.   
   
   Existe una gran variedad de artefactos que, mediante el movimiento, el sonido, o el reflejo de la luz, son empleados para intentar espantar a la avifauna de los cultivos: cintas de aluminio  o discos compactos (CD) colgados de las ramas de los árboles que se mueven con el viento, botellas de plástico -a algunas de ellas,  recortando sus zonas laterales se les fabrican unas aletas para que giren-,  molinillos, campanillas, pistolas automáticas que mediante gas producen estampidos, reproducciones de halcones o algún otro ave de presa colocado en un sitio visible…  
    Como podemos ver, la variedad de aparatos empleados para ahuyentar  a los pájaros, es muy amplia., aunque el hecho de que exista tal cantidad y variedad  de ellos constituye  una clara prueba de que ninguno de ellos es totalmente eficaz para lograr este objetivo.  Si cualquiera de ellos lo fuese¸ todo el mundo emplearía  ese modelo y se omitirían los demás.
   Hasta ahora, el espantapájaros más popular, y efectivo para algunos, es el clásico monigote, o pelele, que reproduce la figura humana, que se coloca en huertas para que los pájaros piensen que allí hay una persona. Como ellos son conscientes de que, desde el principio de los tiempos, siempre que han estado cerca de los humanos han llevado las de perder -las perdices están buenísimas-, 

saben lo que les conviene y  procuran no acercarse a “ese hombre”; pero, con el tiempo acaban acostumbrándose a todo y, si tienen mucha hambre, no hay espantapájaros que les ahuyente.

   La mujer de Hiscio, harta de que los pájaros pretendieran compartir con ellos lo mejor de sus frutales, había elaborado un espantapájaros esmerándose enormemente para darle el mayor parecido posible  al cuerpo de un hombre, -hoy, que vivimos en una época donde se promueve la igualdad de géneros, lo cual es estupendo, aquí hay que hacer constar la existencia de una clara deriva sexista a la que no acabo de encontrar una clara explicación: ¿por qué los espantapájaros siempre son “hombres” y nunca mujeres?-.
   La fabricación del espantajo había sido bastante laboriosa y le había ocupado una tarde entera; sin embargo, una vez terminado, lo examinó con atención y quedó muy satisfecha por el resultado obtenido. Ante ella tenía un magnífico espantapájaros que reproducía la figura de un hombre, con bastante realismo.
   Había cogido una camisa y unos pantalones viejos del marido, los había cosido entre sí formando un único cuerpo, cerrando todas las posibles aberturas, y lo había rellenado con heno. Además, había confeccionado, con tela, a modo de cabeza, una esfera, que rellenó también con heno, cosiéndola al cuello de la camisa; formando así, con el resto del cuerpo del pelele, una sola unidad, y, para terminar, le colocó un sombrero de paja. Desde lejos, cualquiera podría afirmar que se trataba del auténtico Hiscio.
  Estaba convencida de que un espantapájaros tan elaborado conseguiría alejar a toda la avifauna del lugar, y así sería posible preservar la fruta de sus apetitos.  
  
  Ambos, el marido y ella,  habían decidido que el mejor lugar para colocarlo era en la mitad de la huerta, donde estaban las sandías, y melones, que era el sitio más visible; así, los pájaros, al verlo, creerían que el marido estaba trabajando allí, se espantarían  y por fin podría atajarse el problema.  
   El monigote había sido terminado dos días antes,  el marido lo había colocado el día anterior, y esa mañana era la fecha en la que éste iba a comprobar si el objetivo marcado, que el espantapájaros ahuyentara los pájaros de la huerta, se había conseguido.
 
   Cuando Hiscio se dirigía aquella mañana a la huerta, iba bastante intrigado pensando en la respuesta de los pájaros ante la presencia del pelele que había dejado plantado, hacía apenas  24 horas, y, una vez allí, pudo comprobar sobre el terreno, con gran disgusto, que el resultado esperado no respondía exactamente a las grandes expectativas que tanto él, como su mujer, se habían creado.

   Hasta entonces, todos los días, al llegar a la huerta, siempre encontraba en los frutales pájaros de distintas especies cuya visión hubiera hecho las delicias de cualquier ornitólogo; el, en cambio, como los árboles eran suyos, no disfrutaba en absoluto del espectáculo. De todos modos, compartía con  los ornitólogos el gusto por los pajaritos; con la única diferencia de que a él, como realmente le gustaban eran  fritos.
   Hiscio había comprobado que, cada vez que llegaba la huerta, los pájaros  abandonaban precipitadamente los árboles frutales y, durante todo el rato que permanecía allí trabajando, ninguno volvía a acercarse.
   Este hecho lo había constatado, repetidamente, día tras día, y por ello tenía fundadas esperanzas de que el espantapájaros, hecho con su propia ropa y cubierto con uno de sus sombreros, iba a ser la solución para proteger la frutales; por ello, aquella mañana no esperaba encontrar ave alguna, en su propiedad; pero todas sus esperanzas se esfumaron, rápidamente, nada más llegar a la huerta.
   No sólo es que hubiese pájaros en los  frutales, que es lo que se pretendía evitar;  es que, además, varios de ellos estaban posados encima del propio espantapájaros. Resulta que éste, además de no espantarlos, les servía de posadero.
   Estuvo toda la mañana haciendo las labores habituales y comprobó que, durante todo el tiempo que permaneció en la huerta, igual que había ocurrido todos los días anteriores, ni una sola de las aves osó acercarse a los frutales.
   Ya cerca del mediodía, antes de que hiciese demasiado calor, decidió acabar la tarea, volvió a casa y, nada más entrar por la puerta, la mujer, con gran curiosidad, se dirigió a él preguntando:
-     ¿Hiscio, qué tal en la huerta? Supongo que, gracias al espantapájaros, ya no habría pájaros comiéndose la fruta.  
   El marido la miró sin saber cómo explicarle, en pocas palabras, que todo el trabajo que había realizado, el espantajo, no servía para nada;  y que su obra había sido un completo  fracaso.
   Por unos instantes permaneció en silencio, pensando cómo decírselo para herirla lo menos posible, y al fin, acertó a decir:
-         Mira, te diré una cosa. Aquí, el único espantapájaros que funciona soy yo.