sábado, 23 de septiembre de 2017

Fábula del erizo


   El erizo común, es un simpático animal que vive en nuestros campos, cuyo rasgo más destacable es que tiene la espalda cubierta de púas -unos gruesos pelos largos y duros, compuestos por queratina, que le dan gran rigidez-  de hasta 3 cm de longitud; de modo que, cuando se siente amenazado, se enrolla sobre sí mismo convirtiéndose en una bola de púas. Es su forma de defenderse, pues, una vez que adopta esta forma de pelota de pinchos, la mayoría de los animales evitan atacarlo. 
  Visto de frente, podemos apreciar que tiene una cara muy graciosa. En la parte superior sobresalen sus orejas que son redondeada; mientras que en la parte central presenta un hocico prominente, encima de la boca, con unos ojos vivarachos sobre el mismo.  Su cuerpo, de aspecto rechoncho, tiene la espalda cubierta de púas, tal como se indicó anteriormente, terminando 
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en una pequeña cola de unos 5 cm de longitud, y sus patas, 
a pesar de ser cortas, le permiten desplazarse con gran agilidad.
   Los ejemplares adultos pueden alcanzar una longitud algo superior a los 30 cm,  sin incluir la cola, llegando a adquirir un peso algo superior a 1 kg.   
  
   De hábitos nocturnos, pasa el día dormido en su madriguera de la que sale, una vez que  ha anochecido, para volver a ella antes de que amanezca; convirtiéndose, durante la noche, en un infatigable cazador ya que, guiado por el oído y el olfato, que tiene muy desarrollados, deambula   incansablemente por el campo buscando su alimento.
   Es un animal muy útil para al hombre ya que gran parte de su dieta está compuesta por   animales que resultan dañinos para la agricultura. Come  insectos, gusanos, lombrices, arañas, ratones,  ranas, reptiles y otros pequeños  mamíferos; una dieta a la que, llegado el caso, no duda en añadir algunos frutos.   
   Es un gran andarín, pudiendo recorrer durante su "jornada laboral" , a lo largo de la noche, varios kilómetros; resultando ser también un buen nadador; de modo que, si tiene que atravesar algún río o arroyo, lo hace con suma facilidad.   
   Al final del otoño, una vez que llega el frío, el erizo busca, o fabrica, un agujero bajo tierra, una madriguera, donde se hace una bola y queda sumido en un profundo letargo que se prolonga hasta la llegada de la primavera.  
   
   Un día se lamentaba un erizo por tener la piel cubierta de púas, ya que ello impedía que los demás animales se le acercasen.
   Veía a los pájaros cubiertos por sus suaves plumajes y se moría de envidia. Miraba al conejo, y a su prima la liebre, y se decía: ¡Qué pelo más sedoso, si yo tuviese un pelaje así, sería el animal más feliz del mundo!
   Un día, la zorra se le acercó y le dijo:
- Te veo triste y preocupado, amigo erizo ¿Te pasa algo?
- Estoy harto de mis púas, respondió el erizo. ¡Cómo me gustaría deshacerme de ellas! Por culpa de mis pinchos, los demás animales no se acercan a mí, y tampoco quieren que yo me acerque a ellos.
- Si quieres, yo te las corto. Le dijo amablemente la raposa.
  El ofrecimiento de la zorra, le pareció algo maravilloso.
- ¿De verdad lo harías? , contestó el erizo. Te estaría infinitamente agradecido. 
  Dicho y hecho, la raposa le cortó, una a una, todas las púas, y tan pronto acabó con la última de ellas, se acercó al erizo, sí…pero con intención comérselo.
  El pobre erizo deseaba que los demás animales se le acercasen, pero no con esas pretensiones.
  Salvó el pellejo por "los pelos" - pues pinchos ya no tenía-, gracias a que encontró una madriguera  próxima, pudiendo así eludir el ataque de su "peluquera".
  Allí tuvo que permanecer una larga temporada, hasta que sus púas crecieron y pudieron  protegerle de los depredadores. 
   Durante su estancia en la madriguera, desde la boca de la misma, un día observó cómo la zorra  cazaba un pájaro con su “suave plumaje” ; en otra ocasión, pudo ver a un zorro llevando en sus fauces a un pobre conejo, con su “sedoso pelo” incluido.  

  Desde luego, decía para sí el erizo, soy tan tonto como los humanos. Nunca están conformes con lo que tienen.  

domingo, 3 de septiembre de 2017

El criado portugués


   La comarca de Las Arribes, nuestra comarca, se encuentra en el oeste de la península y es una zona limítrofe con Portugal; como en los mapas, las fronteras están representadas mediante rayas;  por ello, nosotros decimos que somos de la Raya. 
   En la provincia de Salamanca, existen dos tipos rayas, la Raya Seca, en la comarca de Ciudad Rodrigo, donde la frontera no es más que  un hito sobre el terreno que separa ambos países, y la Raya Húmeda, la nuestra, llamada así porque el límite fronterizo entre ambos países está conformado por dos ríos, El Duero y El Águeda -este segundo, uno de sus afluentes, desemboca en el primero a la altura de La Fregeneda- constituyendo, ambos, una formidable frontera natural. 

  A pesar de que, en nuestra comarca, durante siglos, la frontera entre España y Portugal ha estado, prácticamente, cerrada al tránsito de personas;  los pueblos de ambos lados de la misma se encuentran próximos entre sí y siempre ha habido bastante relación entre los habitantes de ambos lados de La Raya. Unas veces, la relación era comercial (contrabando),  otras veces era social (no eran infrecuentes los matrimonios mixtos entre gente de ambos países), y otras laboral  (era bastante común que más de uno  cruzara la frontera para trabajar en el otro país).

   Esto sucedió hace bastante tiempo, cuando mi bisabuelo aún era joven.
   Una vez llegó al pueblo un portugués buscando trabajo y Eutimio, un hombre del lugar, lo contrató de criado para que le ayudase en las labores del campo.
   Sólo había un problema: el portuguesiño no sabía absolutamente nada de español, y su nuevo patrón desconocía totalmente el portugués.
   Hoy día, en los pueblos de ambos lados de la frontera, es fácil sintonizar cadenas de TV y radio del “otro país”;  de ahí que, nosotros, con frecuencia, oímos palabras en portugués y ellos las oyen en nuestro idioma;  por lo que, sin pretenderlo,  conocemos bastantes palabras del otro lado de la Raya,  
Arribes del Duero
igual que sucede con ellos; pero entonces aún no existían estos medios audiovisuales  y el desconocimiento del otro idioma, a pesar de estar tan próximos, era total.
  Desde siempre, este ha sido nuestro sino: Portugal, tan cerca, físicamente; y tan lejos   espiritualmente.
 
   Al compartir ambos idiomas, español y portugués, la misma raíz latina, tienen mucha semejanza entre sí; esto lo sabía  el criado que, además, como era muy voluntarioso, le dijo al nuevo patrón que no habría problema alguno de comunicación ya que estaba totalmente convencido de que, para un portugués, el español era muy fácil; y que si le enseñaba las palabras más necesarias, en una semana él se comprometía a hablar nuestra lengua como el mejor.
   A Eutimio, los buenos propósitos de su nuevo criado, de que en pocos días sería capaz de parlotear un perfecto español,  lejos de satisfacerle, no le gustaron nada y hasta sintió algo de enfado. ¡Pues sí que era pretencioso el hombre!  ¡Cómo pretenderá poder hablar español en cuatro días, si yo tardé en hablarlo correctamente tres años, según contaba mi madre! -por lo visto Eutimio no debió ser un niño demasiado espabilado- ¡Y encima pretende que yo sea su maestro! ¡Se va a enterar  éste de “lo fácil” que es hablar español! Todo esto pensaba el amo, para sus adentros.

   Se dirigieron ambos, el patrón y el criado, a la casa del primero, y en la puerta encontraron al gato que estaba en el umbral echado, tomando el sol.
   - Em português es um gato, dijo el criado señalando al animal.
- Pues en español  no, respondió el amo. Es un “conejodomésticosedosoyhermoso “.
 Entraron en la casa y salió a su encuentro la mujer del amo, que era muy guapa.
- ¿Es a bela mulher?, preguntó el criado.
- No, contestó muy serio el amo. Es “projimanostraquealegralapajarilla”.
   El “alumno de español”, tras las dos primeras palabras que había escuchado, empezó a preocuparse seriamente.  Siempre había oído que lusos e hispanos se entendían bien, debido a la similitud de ambos idiomas -aún  más en nuestra zona, donde comparten muchas expresiones del antiguo dialecto leonés, a ambos lados de la frontera-, pero se estaba dando cuenta de que estas primeras palabras de español, que le había enseñado su “profesor de idiomas”, no guardaban el más mínimo parecido con sus homónimas portuguesas.
   El patrón continuó toda la tarde tomándole  el pelo al nuevo criado, enseñándole varias palabras, cada cual más enrevesada, y éste, aunque ponía gran atención, cada vez estaba más confundido.
  El brasero resultó llamarse “sitiocalientedondegustaestaralagente”,  las faldillas de la mesa pasaron a ser “sayasbonitasyacogedoras”, las chispas se llamaban “Chiribitasitasitas”,  las patas de la mesa se llamaban  “piernasbellasfuertesytorneadas”,  la cayada se llamaba  “instrumentoderechoylargo”,  y así una larga lista de palabras, cada cual más rebuscada que la anterior.
  El pobre portuguesiño, a pesar de la gran dificultad que le suponía el aprendizaje del “nuevo idioma”, hacía progresos y, tras la primera semana, ya parloteaba este español tan particular que su nuevo amo le enseñaba.
 
   Una tarde, volvieron juntos del campo, el amo y el criado, y una vez que entraron en la casa vieron al ama que en ese momento estaba metiendo el brasero en la mesa camilla. Las faldillas de la mesa  estaban subidas, para poder colocarlo en la caja, y resulta que el gato estaba echado allí mismo, en el hueco del brasero;  así que la dueña dejó un momento el brasero en el suelo, al lado de la mesa, y cogió con cariño al gato, acariciándolo un poco,  antes de echarlo de allí para poder colocar el brasero en su sitio.
   La mujer se incorporó con el gato aún cogido en las manos, haciendo intención de soltarlo  para colocar el brasero en su sitio, y  Eutimio, en ese mismo momento, que  venía con la cayada en la mano, al acercarse a ella para darle un beso, perdió el equilibrio al tropezar con el borde de una alfombra y, al ver que el porrazo era inevitable, soltó la cayada para intentar amortiguar la caída con las manos yendo a parar encima de su mujer, cayendo ambos al suelo.
   Ella, al ver que el marido se le venía encima, soltó el gato y éste, asustado, saltó  cayendo encima de uno de los bordes del brasero que volcó sobre el suelo aparatosamente, saliendo despedidas chispas, ceniza y algunos tizones de cisco,  quedando todo esparcido por el piso de la habitación.
   La mala suerte quiso que una de las chispas  alcanzase la cortina de la ventana, y ésta empezó a arder.
  El criado reaccionó con prontitud y, con las propias manos, apagó el pequeño conato de incendio de la cortina; ayudando, posteriormente, a incorporarse  al amo y al ama que se encontraban en el suelo entrelazados uno sobre la otra, doloridos por el golpe, y, muy sorprendidos por el follón que, en pocos segundos,  se había armado en el comedor.
  Tras recuperarse del sobresalto, comprobaron que no había sucedido nada importante: Las personas y el gato, salvo el susto que se habían llevado los tres, estaban bien, y el único daño colateral lo había sufrido la cortina, que tenía un pequeño agujero por la quemadura;  pero, como el lío pudo haber acabado mucho peor, estaban contentos.

   Al día siguiente, se encontró en la calle el patrón con un vecino, y este, muy serio, le  dijo:
- Debéis tener cuidado tu mujer y tú, cuando os pongáis "al asunto"; evitad que os vea vuestro criado. Mira que luego lo cuenta todo.
   Eutimio miró extrañado al vecino, sin saber a qué se estaba refiriendo, y le preguntó
-  ¿Pero de qué asunto hablas?
-  De lo que pasó ayer. Me lo ha contado Joao con todo detalle.
  Eutimio estaba confundido, ya que no tenía ni idea de lo que su vecino estaba intentando decirle, y algo enfadado le dijo:
-  ¡Mira, dime que te ha contado mi criado, porque no sé de qué me estás hablando! 
- Verás, dijo el vecino bajando la voz  -como estaban en la calle, y el tema parecía bastante delicado, pretendía que sus palabras sólo pudieran ser oídas por los dos-   
- Tu criado me contó lo que ocurrió ayer noche…lo que hacíais  la Antonia y tú en el comedor. La verdad es que no entiendo cómo se os ocurre hacer esas cosas allí, expuestos  a que él os vea.  
  Eutimio no entendía en absoluto qué es lo que, con tanto misterio, pretendía decirle el vecino. La noche anterior, salvo el incidente del brasero, no recordaba que hubiera ocurrido nada destacable y estaba empezando a enfadarse.
- ¡Vamos a ver!, dijo alzando la voz  -al contrario que su interlocutor, él no encontraba motivo alguno para tanta  discreción-  Lo repito. Dime lo que sea…lo que te haya  contado Joao…a ver si me entero de una vez, qué es lo que me quieres decir. Porque no sé de qué coños me estás hablando.
   El vecino entonces dijo:
- Pues tu criado me ha dicho que ayer tarde, cuando llegasteis a casa, encontrasteis en el salón a tu     mujer, que  estaba  con las “sayasbonitas” levantadas, acariciando el conejohermosoysedoso;   que tú te acercaste hacia ella con el “instrumentoderecho” en la mano,  lo soltaste y acabaste encima de ella, allí entre las “piernasbellasfuertesytorneadas”,  en el “sitiocalientedondegustaestaralagente”, y que hasta salieron chiribitas. Está más claro que el agua.
     
   Eutimio no daba crédito a lo que estaba oyendo. Resulta que Joao le había contado al vecino, exactamente, lo ocurrido la noche anterior, utilizando el lenguaje “neoespañol” tan enrevesado,  que él le había enseñado,  y el vecino había entendido otra cosa.
  Dudaba si merecía la pena explicarle la verdad ya que estaba plenamente convencido de que no iba a a creerle.

(Este es  un conocido cuento tradicional, del cual existen dos versiones; una apta para un público infantil, la más conocida, y ésta que es para adultos. Recuerdo que antiguamente, cuando había niños presentes y los adultos hablaban de temas poco  adecuadas para los primeros, decían: “no puedo seguir, porque hay ropa tendida”. Entonces, una de dos: o lo dejaban pendiente para otra ocasión, o, lo que era más habitual, nos echaban  de allí para quedarse solos y poder seguir hablando libremente entre ellos. 
   Estoy  versión era de las que se reservaban para aquellas situaciones en que a “la ropa tendida” la mandaban fuera de la reunión)


lunes, 14 de agosto de 2017

Historias riberanas 

 Las manzanas más ricas 

   La hospitalidad es una virtud que consiste en acoger a los forasteros en tu casa y ofrecerles, llegado el caso, cama, alimento y amistad. Esta definición, aunque algo simple, se aproxima bastante a lo que encierra el significado de dicha palabra.
   Algunas personas presumen de tener a la hospitalidad entre uno sus valores esenciales y, sin apenas conocerte, te ofrecen su casa “para lo que quieras”; cosa bien diferente es que el ofrecimiento sea sincero ya que a veces aceptas la invitación y resulta que, una vez allí, no eres bien recibido.
   Otra gente, en cambio, reserva su hospitalidad, exclusivamente, para los amigos más íntimos, evitando hacer ofrecimientos vanos a los demás; de modo que, cuando invitan a alguien a ir a su casa, siempre es bien acogido.
   Este segundo tipo de personas, son más sinceros que los anteriores; sin embargo, ante los demás, pasan por ser poco hospitalarios.
   Tras este preámbulo, se me plantea una duda ¿somos los salmantinos hospitalarios? En cierta ocasión, oí decir a un hombre que no lo somos mucho; en cambio, yo estoy plenamente convencido de que lo somos en la misma medida que los demás pues se trata de una cualidad que no tiene relación alguna con la latitud de cada lugar, ni con el clima; es algo muy particular que depende exclusivamente de cada persona.
 
   Bueno, pues esto me lo contaron en Mieza, trata sobre la hospitalidad y el hecho ocurrió a mediados del siglo XX. Entonces, a pesar de que ya comenzaban a circular algunos coches por nuestras carreteras, y había autobuses de línea regular para ir a la ciudad, los automóviles particulares eran prácticamente inexistentes, por lo que mucha gente aún seguía utilizando caballerías -mulos, burros o caballos- para desplazarse de un pueblo a otro.
   También era muy común encontrar por los caminos gente que lo hacía en el “coche de San Fernando”: unas veces a pie, y otras andando (la actividad de caminar por el campo, hoy día muy de moda, es conocida como hacer senderismo; quién iba a decirle a aquellas personas que, sin saberlo, ya eran senderistas). 
 
   En esa misma época, también era frecuente encontrar vendedores ambulantes, hombres, casi todos ellos, originarios de pueblos de La Ribera: Mieza, Vilvestre, Aldeadavila… que recorrían las distintas poblaciones de la comarca vendiendo fruta, aceite, vino y otras productos -el café de contrabando, no era ajeno a estas ventas-. Llevaban la mercancía en canastas que iban bien sujetas a los lomos de las mulas y burros, o en carros, y con ellos iban por los pueblos a realizar su negocio; un tipo de comercio directo, del productor al comprador; muy distinto al actual en el que existe un gran número de intermediarios entre uno y otro - mayoristas, transportistas, minoristas - que incrementa bastante el precio de los productos.
 
   Dos de estos vendedores, uno de Aldeadávila y otro de Mieza, cuando llegaba la época, todos los años, recorrían los pueblos de la comarca vendiendo sus productos, y, como a veces coincidían haciendo sus ventas, en distintos lugares, llegaron a establecer una buena relación.
   Una vez, a primeros de agosto, el de Aldeadávila, que se llamaba Acacio, recaló en Mieza, a vender su mercancía, y aprovechó la ocasión para visitar al colega de este segundo pueblo, que le acogió con agrado, agasajándole lo mejor que pudo.
   Su mujer y él le sentaron a comer a su mesa, le prestaron una cama para que durmiera la siesta, y, una vez que se levantó de la misma, no le permitieron irse sin tomarse un café y una copa de sol y sombra.
   Muy agradecido, el forastero invitó al de Mieza, y a su consorte, a la fiesta de su pueblo.
 - Por San Bartolomé tenéis que ir a Aldeadávila, a los toros. Cogéis la mula, os vais “palla”, comemos, vamos a los toros y después os venís. Las tardes todavía son largas y podéis estar de vuelta antes de que anochezca. O si no, os quedáis allí y os venís “al otro día”, o cuando queráis. Esos días, aunque hay mucha gente en las casas, un sitio donde comer y dormir no os va a faltar.
 - No sé, Acacio. Falta mucho aún, dijo el de Mieza.
 - ¡“Qué va a faltar”!…"El Toro" está ahí mismo y la invitación, queda hecha, apostilló el colega. Como la fiesta “son” varios días, vosotros vais cuando se os antoje, que allí estamos para todo lo que queráis. No hace falta ni que aviséis.
   El caso es que la invitación quedó en el aire, y, cuando llegó San Bartolomé, el matrimonio de Mieza decidió acudir “al Toro de Aldeadávila”.
   A pesar de haber madrugado algo más de lo acostumbrado, para llegar a buena hora a ese pueblo, como había que dejar hechos “los oficios” habituales, se entretuvieron un poco más de lo previsto y, cuando quisieron darse cuenta, se les había hecho ya un poco tarde. Incluso valoraron dejarlo para el día siguiente, ya que la invitación había quedado abierta para cualquiera de los días festivos, pero al final decidieron seguir con el plan previsto partiendo para la fiesta en la mula.
   Antes de salir, la esposa, como mujer previsora que era, sugirió llevar merienda para el camino, pero el hombre no lo consideró apropiado, esgrimiendo estas razones:
 - Mujer. Vamos a casa de Acacio ¿cómo vamos a ir con merienda? Si se entera puede le puede sentar mal y decir que confiamos muy poco en su hospitalidad. No te preocupes que, aunque lleguemos algo tarde, estos días de fiesta siempre hay comida de sobra. “Estate” convencida de que hoy vamos a comer muy bien.
 - Muy bien, no lo sé, respondió la mujer dubitativa, pero con el hambre que vamos a tener a la hora “en que lleguemos”, cualquier cosa que nos den va a parecernos una maravilla -no sé si la señora habría leído a los clásicos griegos, cosa que dudo mucho, pues alguno de ellos, hace unos 2500 años ya decía que el “mejor cocinero es el hambre”, coincidiendo plenamente con lo que pensaba la esposa del vendedor de Mieza-.
   Llevaban ya un buen rato de camino y comentó la esposa:
- Teníamos que haber llamado por teléfono a Aldeadávila. Aunque Acacio no tiene teléfono, la telefonista podría haberle dado el recado de que íbamos. Mira que no nos espera.
- No te preocupes…que no hace falta -contestó el marido, que iba delante arreando la caballería- Le oíste decir, igual que yo, que podíamos ir el día que quisiéremos, y que no hacía falta avisar.
   El caso es que, aunque la mula era excelente y llevaba un buen paso, los kilómetros hay que hacerlos y Aldeadávila no está demasiado cerca de Mieza. Como habían salido algo retrasados, el marido calculaba que antes de las cuatro de la tarde era imposible llegar a su destino, pero iba confiado pues sabía que los días de fiesta la gente siempre come más tarde y pensaba que, con un poco de suerte, cuando llegaran a Aldeadavila, el amigo y la familia aún estarían sentados a la mesa y ellos se sumarían entonces a la comida, antes de ir a los toros.
   Aunque la distancia entre ambos pueblos, en línea recta, no es tanta, la fragosidad de las arribes obliga a rodear un poco para hacer el camino a través de terreno llano (unos 12-13 km en total), siendo necesario pasar por La Zarza de Pumareda.
   Una vez pasado este pueblo, tras haber dejado atrás las últimas casas, en el camino de Aldeadavila, había varias huertas y en una de ellas pudieron ver varios árboles frutales. Uno de éstos, un manzano, estaba próximo al camino y algunas de sus ramas sobresalían por encima de la pared, colgando de
ellas algunas manzanas que quedaban casi al alcance de la mano. La mujer, que ya había salido con algo de hambre de su pueblo, a aquellas alturas ésta había aumentado a unos niveles poco recomendables, así que le dijo al marido:
 - ¿Por qué no paras un poco la mula, cogemos unas manzanas y las vamos comiendo mientras llegamos? Algunas están bastante maduras, y yo… ¡tengo un hambre!
 - ¡De ninguna manera! Respondió el marido No quiero que nadie nos vea cogiendo manzanas y piense que somos unos ladrones.
- Coger dos o tres manzanas, no es robar. Protestó la mujer.
   Pero el marido, haciendo oídos sordos a las protestas de la esposa, no quiso parar la mula y siguió hablando para convencerla
- Es tarde, y, si encima paramos, nos entretenemos más. Vamos a seguir la ruta, que no falta mucho…y esas manzanas, olvídalas. Ahí al sol, deben estar muy calientes. Seguro que no te iban a gustar nada. Cuando lleguemos a Aldeadávila, piensa en lo bien que vamos a comer: cordero, cabrito o lo que tengan.
   La mujer, claro que pensaba en la comida; con el hambre que llevaba, es que no podía pensar en otra cosa. Cuando se sale con retraso de un lugar, es casi imposible llegar puntual al destino; eso ocurría entonces, a mediados del siglo XX, sucede en la actualidad, y siempre será así; y, si hay algún cambio sobre el plan previsto, casi siempre es para empeorar la situación.
   Un poco antes de llegar a Aldeadávila, al lado del camino, había un pilar y la mula fue directa hacia él a beber agua. A pesar de la prisa, el dueño no pudo negarse; se había portado muy bien, les había traído a su grupa a ambos, sin apenas parar, y merecía beber toda el agua que quisiera. Si a ello sumamos que, cuando entraron en el pueblo, además de llegar tarde, no tenían GPS -éste tardaría aún muchos años en aparecer-, y no sabían dónde vivía el anfitrión, tuvieron que preguntar a más de uno donde estaban la calle y la casa del mismo; resultando que éste vivía lejos de la entrada por donde ellos habían llegado, casi al otro extremo del pueblo; así que, a medida que pasaba el tiempo, la demora iba incrementándose más.
   Cuánto sería el retraso acumulado que, cuando por fin llegaron a su destino, encontraron al amigo y a su esposa que, en ese preciso momento, estaban en la calle cerrando la puerta de su casa para ir a los toros -entonces, éstos comenzaban antes que ahora-.
   Acacio, al verles llegar, se quedó muy sorprendido. Evidentemente, no los esperaba. Debido a la sorpresa inicial, estuvo unos segundos indeciso, sin saber qué hacer; aunque reaccionó rápidamente, saludando así a los recién llegados.
 - ¡Pero hombre! ¿Cómo venís ahora? ¡Si ya hemos comido! Es tarde y nos vamos a los toros para poder coger un buen sitio…que luego se llena mucho la plaza. Vamos rápido a meter la mula en el corral, le echo algo de paja para que coma y vosotros ya comeréis por ahí lo que se tercie.
 El caso es que los anfitriones llevaron a los recién llegados directamente a la plaza, sin parar en ningún lado donde los forasteros hubieran podido comer algo, y allí se encontraban, viendo los toros, en un buen sitio, tal como deseaba Acacio.
  Comenzó la corrida y los de Mieza, como es natural, tenían una hambruna fuera de lo común y apenas estaban a la corrida. La mujer no hacía más que acordarse de las manzanas “calientes y al sol”, que habían dejado en la La Zarza, y a estas alturas debían parecerle un manjar de los dioses. En cuanto “a los amigos”, como estaban con la barriga llena, disfrutaban a lo grande de los toros; en cambio, ellos, que estaban desde la hora del desayuno sin llevarse nada al “papo”, no estaban para toros ni para nada - cuando uno no tiene cubiertas las necesidades primarias del cuerpo: respirar, comer, dormir…, el espíritu no está para fiestas-
   Al finalizar la corrida, que debió parecerles eterna a "los invitados”; éstos, casi desmayados, veían que sus anfitriones no tenían prisa alguna por volver a casa. En cambio, ellos sí que la tenían para regresar a Mieza con el fin de llegar al destino antes de que se les echase la noche encima; así que se excusaron, cogieron la mula que había tenido mejor suerte que ellos en el corral, donde había comido abundante paja, y tomaron el camino de regreso a su pueblo.
   Iban ambos sobre la mula, hablaban poco, y cada vez que lo hacían era para maldecir la hospitalidad del “amigo”.
- Qué ganas tengo de llegar a La Zarza para coger alguna manzana, exclamó en un momento determinado la mujer. Si está el dueño, se las pedimos… y si no está, las cogemos igual. Yo, es que me estoy poniendo mala del hambre que tengo.
- Y yo, confesó el hombre. Este Acacio ¡será c*******zo! ¡Con que venid cuando queráis, que nada os ha de faltar! ¡En la vida he pasado yo tanta hambre!
 
   Hay días en los que más le valía a uno no salir de Mieza -tuvieron que pensar los que iban en la mula-, pues cuando llegaron al anhelado manzano, resulta que el dueño había recogido aquella tarde las manzanas maduras que tenía y tuvieron que conformarse con un puñado de ellas, pequeñas y verdes; pero, a pesar de todo, se los comieron con avidez.
   La mujer, en un momento determinado, llegó a decirle al hombre:
- Son las manzanas más ricas que he comido en toda mi vida -una vez más, la esposa, sin saberlo, estaba emulando a los filósofos clásicos griegos cuando afirmaban que “No hay nada como el hambre para que cualquier alimento parezca un manjar”-.

 (Nota: Aunque Acacio podría haber alegado que los de Mieza llegaron demasiado tarde, la verdad es que su hospitalidad, ese día, dejó mucho que desear; pero eso no quiere decir que ésta sea la tónica general de la gente de Aldeadávila. Como en todos los lados, allí hay gente para todo. Yo, particularmente, siempre que he estado en este pueblo, he sido bien recibido. Eso sí, no tuve ocasión de conocer a Acacio; la historia me llegó “de la otra parte”, de los que se comieron las manzanas verdes).

martes, 25 de julio de 2017

El espantapájaros


   El verano estaba ya bien avanzado, a las nueve de la mañana el sol ya llevaba un buen rato avanzando sobre el horizonte, soplaba un vientecillo suave que resultaba agradable e Hiscio,  como todos los días, iba caminando hacia la huerta muy pensativo.

  Aquel año, climatológicamente, estaba siendo muy bueno para el campo; el dios de la lluvia había sido generoso y ésta había sido abundante en el otoño e invierno anteriores; el frío había comenzado, permanecido y cesado a su debido tiempo, sin que alguna inoportuna helada  tardía hubiera afectado la floración de los árboles frutales; y durante la primavera, también había llovido lo suficiente.  Aunque la gente que vive del campo nunca está satisfecha con el clima, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que lo que viene bien para unas cosas, no lo es tanto para otras,  el año agrícola estaba resultando muy bueno.    
   El refranero, que suele basarse en la experiencia, cuenta con mucha expresiones relativas a la influencia del clima sobre las cosechas, como el que dice   “Lluvias de octubre a enero, aseguran el puchero. Lluvias de marzo y abril, alegran al labrador y también me alegran a mí”.
    El caso es que, debido a la bonanza del clima, la huerta presentaba un aspecto magnífico; allí había de todo: legumbres, patatas hortalizas, maíz, melones, sandías…, pero, lo que más le satisfacía era que los árboles frutales: manzanos, perales y melocotoneros, que había plantado tres años atrás, por primera vez, estaban pletóricos de fruta. Esto era motivo de gran contento para él y su mujer, satisfacción que era compartían por los pájaros que lo celebraban  acudiendo a los árboles,  a catar la fruta, con gran disgusto de ambos cónyuges.

   Las aves, a pesar de la mala prensa que tienen, en lo referente a los cultivos,  son muy beneficiosas para los mismos, son unos magníficos insecticidas naturales, pues comen ingentes cantidades de insectos y gusanos que atacan a las plantas; pero si consideramos que los frutales están en el campo, y ellas viven en el campo, no es de extrañar  que a veces picoteen la fruta, con “la virtud” añadida de que saben seleccionarla muy bien y eligen siempre la más dulce y madura.  
   Por este motivo, a los pájaros tampoco debe extrañarles que el hombre, desde siempre, haya utilizado diversos artilugios para espantarlos y tratar de evitar que hagan excesivo daño en las cosechas.   
   
   Existe una gran variedad de artefactos que, mediante el movimiento, el sonido, o el reflejo de la luz, son empleados para intentar espantar a la avifauna de los cultivos: cintas de aluminio  o discos compactos (CD) colgados de las ramas de los árboles que se mueven con el viento, botellas de plástico -a algunas de ellas,  recortando sus zonas laterales se les fabrican unas aletas para que giren-,  molinillos, campanillas, pistolas automáticas que mediante gas producen estampidos, reproducciones de halcones o algún otro ave de presa colocado en un sitio visible…  
    Como podemos ver, la variedad de aparatos empleados para ahuyentar  a los pájaros, es muy amplia., aunque el hecho de que exista tal cantidad y variedad  de ellos constituye  una clara prueba de que ninguno de ellos es totalmente eficaz para lograr este objetivo.  Si cualquiera de ellos lo fuese¸ todo el mundo emplearía  ese modelo y se omitirían los demás.
   Hasta ahora, el espantapájaros más popular, y efectivo para algunos, es el clásico monigote, o pelele, que reproduce la figura humana, que se coloca en huertas para que los pájaros piensen que allí hay una persona. Como ellos son conscientes de que, desde el principio de los tiempos, siempre que han estado cerca de los humanos han llevado las de perder -las perdices están buenísimas-, 

saben lo que les conviene y  procuran no acercarse a “ese hombre”; pero, con el tiempo acaban acostumbrándose a todo y, si tienen mucha hambre, no hay espantapájaros que les ahuyente.

   La mujer de Hiscio, harta de que los pájaros pretendieran compartir con ellos lo mejor de sus frutales, había elaborado un espantapájaros esmerándose enormemente para darle el mayor parecido posible  al cuerpo de un hombre, -hoy, que vivimos en una época donde se promueve la igualdad de géneros, lo cual es estupendo, aquí hay que hacer constar la existencia de una clara deriva sexista a la que no acabo de encontrar una clara explicación: ¿por qué los espantapájaros siempre son “hombres” y nunca mujeres?-.
   La fabricación del espantajo había sido bastante laboriosa y le había ocupado una tarde entera; sin embargo, una vez terminado, lo examinó con atención y quedó muy satisfecha por el resultado obtenido. Ante ella tenía un magnífico espantapájaros que reproducía la figura de un hombre, con bastante realismo.
   Había cogido una camisa y unos pantalones viejos del marido, los había cosido entre sí formando un único cuerpo, cerrando todas las posibles aberturas, y lo había rellenado con heno. Además, había confeccionado, con tela, a modo de cabeza, una esfera, que rellenó también con heno, cosiéndola al cuello de la camisa; formando así, con el resto del cuerpo del pelele, una sola unidad, y, para terminar, le colocó un sombrero de paja. Desde lejos, cualquiera podría afirmar que se trataba del auténtico Hiscio.
  Estaba convencida de que un espantapájaros tan elaborado conseguiría alejar a toda la avifauna del lugar, y así sería posible preservar la fruta de sus apetitos.  
  
  Ambos, el marido y ella,  habían decidido que el mejor lugar para colocarlo era en la mitad de la huerta, donde estaban las sandías, y melones, que era el sitio más visible; así, los pájaros, al verlo, creerían que el marido estaba trabajando allí, se espantarían  y por fin podría atajarse el problema.  
   El monigote había sido terminado dos días antes,  el marido lo había colocado el día anterior, y esa mañana era la fecha en la que éste iba a comprobar si el objetivo marcado, que el espantapájaros ahuyentara los pájaros de la huerta, se había conseguido.
 
   Cuando Hiscio se dirigía aquella mañana a la huerta, iba bastante intrigado pensando en la respuesta de los pájaros ante la presencia del pelele que había dejado plantado, hacía apenas  24 horas, y, una vez allí, pudo comprobar sobre el terreno, con gran disgusto, que el resultado esperado no respondía exactamente a las grandes expectativas que tanto él, como su mujer, se habían creado.

   Hasta entonces, todos los días, al llegar a la huerta, siempre encontraba en los frutales pájaros de distintas especies cuya visión hubiera hecho las delicias de cualquier ornitólogo; el, en cambio, como los árboles eran suyos, no disfrutaba en absoluto del espectáculo. De todos modos, compartía con  los ornitólogos el gusto por los pajaritos; con la única diferencia de que a él, como realmente le gustaban eran  fritos.
   Hiscio había comprobado que, cada vez que llegaba la huerta, los pájaros  abandonaban precipitadamente los árboles frutales y, durante todo el rato que permanecía allí trabajando, ninguno volvía a acercarse.
   Este hecho lo había constatado, repetidamente, día tras día, y por ello tenía fundadas esperanzas de que el espantapájaros, hecho con su propia ropa y cubierto con uno de sus sombreros, iba a ser la solución para proteger la frutales; por ello, aquella mañana no esperaba encontrar ave alguna, en su propiedad; pero todas sus esperanzas se esfumaron, rápidamente, nada más llegar a la huerta.
   No sólo es que hubiese pájaros en los  frutales, que es lo que se pretendía evitar;  es que, además, varios de ellos estaban posados encima del propio espantapájaros. Resulta que éste, encima de no espantarlos, les servía de posadero.
   Estuvo toda la mañana haciendo las labores habituales y comprobó que, durante todo el tiempo que permaneció en la huerta, igual que había ocurrido todos los días anteriores, ni una sola de las aves osó acercarse a los frutales.
   Ya cerca del mediodía, antes de que hiciese demasiado calor, decidió acabar la tarea, volvió a casa y, nada más entrar por la puerta, la mujer, con gran curiosidad, se dirigió a él preguntando:
-     ¿Hiscio, qué tal en la huerta? Supongo que, gracias al espantapájaros, ya no habría pájaros comiéndose la fruta.  
   El marido la miró sin saber cómo explicarle, en pocas palabras, que todo el trabajo que había realizado, el espantajo, no servía para nada;  y que su obra había sido un completo  fracaso.
   Por unos instantes permaneció en silencio, pensando cómo decírselo para herirla lo menos posible, y al fin, acertó a decir:
-         Mira, te diré una cosa. Aquí, el único espantapájaros que funciona soy yo. 





martes, 11 de julio de 2017

                                              Un eco sorprendente 


   El eco, es un fenómeno acústico que sucede cuando las ondas sonoras chocan contra un obstáculo, rebotan en el mismo, y vuelven hasta el mismo lugar de donde han surgido. Esto da lugar a la repetición del sonido que, obviamente, se oye unos segundos después del sonido original.
   Para poder percibir el eco, nuestro oído necesita que haya un retardo mínimo; una distancia mínima entre el lugar donde surge el ruido, y el obstáculo en el que éste choca. Si la distancia es pequeña, el sonido reflejado vuelve rápidamente y se entremezcla con el original; en estos casos, como el cerebro no los diferencia, los interpreta como un solo sonido y no hay eco.
   La distancia mínima necesaria, entre el emisor del ruido y el obstáculo donde éste choca, para que ambos sonidos no se mezclen y haya eco, es de unos 100 metros aproximadamente.
   A veces, los obstáculos son varios y se encuentran a diferentes distancias; en estos casos, podemos oír un eco múltiple (distintos ecos, simultáneamente).
   El eco, es posible oírlo sobre todo en aquellos lugares donde existen terrenos escarpados, con paredes verticales, como ocurre en las montañas, desfiladeros, y en los cañones de los ríos.
   A grandes rasgos, esta es la explicación científica de la formación del eco, a falta de algunas matizaciones; como que el obstáculo, donde debe chocar el sonido, ha de ser una superficie dura; el ambiente ha de ser silencioso, el sonido emitido ha de ser alto, suficientemente potente para llegar al obstáculo correspondiente; no debe haber viento, etc.

   La mitología griega, por su parte, nos presenta otra explicación sobre la naturaleza del eco, más original e interesante, que tiene poco que ver con los fundamentos físicos del sonido. Eco, era¸ y es (hay que tener en cuenta que los dioses son inmortales), una ninfa de la montaña. Según la mitología, las ninfas viven asociadas a algunos sitios concretos como pueden ser corrientes de agua, montes, manantiales, grutas… , y, como eran muy hermosas, a Zeus le encantaba cortejarlas; por ello, a menudo, solía visitarlas en la Tierra (las visitas no eran precisamente para rezar el rosario).
   Hera, la esposa de Zeus, tenía fundadas sospechas de que éste le era infiel -ni de los dioses puede una fiarse-, y harta de que el marido estuviera casi más tiempo en la Tierra que en el Olimpo, un día bajó a la Tierra intentando pillar a Zeus con alguna ninfa, en plena faena.
   Eco, que la vio llegar, para evitar que Hera descubriera la infidelidad de Zeus, y para proteger a la ninfa que aquel día estaba con él, de las iras de la esposa enfurecida; con el fin de de entretenerla, estuvo hablándole durante mucho rato, dando tiempo a los amantes para que se escabulleran.
   Hera, permaneció un tiempo escuchando a Eco, pero pronto se hartó y se fue a buscar a los amantes; cuando llegó al lugar donde sospechaba que iba a encontrar a Zeus con las manos en…, comprobó que tanto él, como la ninfa, ya se habían largado. Muy irritada, al percatarse del ardid de Eco para obstaculizar su investigación, la maldijo condenándola a no poder hablar con nadie. Solo podría repetir las últimas palabras que dijeran los demás.
   Por lo tanto, cuando llegamos a un lugar donde hay eco y damos voces para escucharlo; según la mitología, allí no hay ondas sonoras que reboten en las peñas, ni nada por el estilo. A quien estamos oyendo, realmente, es a Eco, la ninfa de la montaña, condenada por Hera a repetir las últimas palabras que gritamos.

   Nuestras arribes, si por algo se caracterizan es por lo escarpado del terreno. Los distintos ríos de la zona, gracias a la erosión que han ido ejerciendo en el suelo, a lo largo de millones de años, han conformado unos profundos cañones que, en algunos sitios, ofrecen unas condiciones óptimas para que haya eco.

   Un día, siendo adolescentes, habíamos ido tres amigos a los Arribes del Huebra y estábamos contemplando el impresionante paisaje que ofrece el cañón del río, desde la parte superior de la orilla en la que nos encontrábamos. Desde allí veíamos al Huebra correr a nuestros pies, encajonado en el fondo de los arribes, a más de 200 m. de profundidad. Nos encontrábamos en una peña, en el mismo borde del abismo, y frente a nosotros, en la orilla opuesta, admirábamos los arribes de ese lado; un
Arribes del Huebra
terreno de lo más abrupto: con unos imponentes paredones de granito.
   Allí, los únicos seres vivos capaces de alcanzar aquellos riscos son los pájaros; fundamentalmente los buitres leonados, que tienen allí sus posaderos y nidos. Ellos, son sedentarios y viven allí durante todo el año compartiendo su residencia, gran parte de la primavera y el verano, con los alimoches. Estos últimos, en cambio, son aves migratorias que van a pasar el invierno a África.
   Aquel día, veíamos algunas de estas rapaces sobrevolando la zona mostrándonos que el mejor modo de desenvolverse por aquel terreno tan escabroso es volando, tal como hacían ellas.
   La belleza que guardan las Arribes es espectacular. Allí, lejos de la civilización, reina un silencio impresionante; roto, únicamente, por los sonidos propios de la naturaleza: el canto de los pájaros; el zumbido de los insectos, en verano; alguna vaca lejana que muge ocasionalmente... Son lugares mágicos donde uno casi se siente un intruso. Mientras admirábamos la grandeza del paisaje, uno de los compañeros dijo:
   - ¿Sabéis que aquí hay eco?
   - Pues claro, contestamos a la vez el otro y yo. Los tres éramos del lugar, y no era la primera vez que íbamos al río. Sin mediar más palabras, comencé a gritar yo:
    - ¡ Eeeeeeeeeh!
    - ¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeh! respondió el eco, tras unos segundos de espera. No una, sino varias veces, ya que es un eco múltiple el que allí se puede escuchar.
   Seguimos dando voces, varias veces más y el eco, que aquel día era excelente, nos respondió otras tantas veces Tras hacer una pausa, uno de mis compañeros, en un "alarde de fineza", gritó.
   - ¡Cabrooooooooón!
   - ¡Cabrooooooooooooooooooooooooooón! Contestó el eco, también multiplicando la respuesta, varias veces.
   Una vez que se hizo el silencio, después de que se acabara el eco, pudimos oír con toda claridad:
   - ¡Cabrón tuuuuuuuuuuuuuuuuuuú!

   Los tres, nos quedamos estupefactos el escuchar aquello. El eco repite los sonidos que emites; pero de ahí, a que añada palabras propias... no sabíamos que decir.
   Si nos atenemos a la mitología, hasta podríamos haber culpado a la ninfa Eco. ¿Y si ésta,  excepcionalmente,  ese día , en vez de repetir nuestras voces, se había enfadado con el compañero por decir palabras soeces, había recuperado el habla, y era ella quien había respondido?
   Pero estábamos seguros que las ninfas no dicen esas palabras y, además, aunque nunca habíamos escuchado a una ninfa -al menos yo-, y no teníamos referencias de cómo es su voz, lo que habíamos oído era una voz varonil…de eso no teníamos duda; así que descartamos de inmediato la teoría de la ninfa.
   Entonces, observamos que, en la orilla opuesta, en la parte alta de los arribes del río, había unas vacas pastando; debido a la larga distancia, apenas eran perceptibles desde el lugar donde nos encontrábamos y la conclusión a la que llegamos fue que la voz que habíamos oído no se trataba de ningún eco extraño, sino que debía pertenecer al dueño del ganado que andaría por allí. Habría oído el improperio que había lanzado el compañero al aire, se había dado por aludido y había contestado.      Este razonamiento parecía más lógico que echar mano de la mitología para explicar lo sucedido; pero no teníamos prismáticos y, a simple vista, debido a la distancia, éramos incapaces de distinguir la silueta de persona alguna en la otra orilla.
   Tras la gran sorpresa que nos habíamos llevado, no sabíamos qué hacer. No era plan de excusarse a voces ante el misterioso hombre cuya voz habíamos oído, pero al que éramos incapaces de ver.       Además, el compañero no había insultado a nadie; únicamente, se había dirigido al eco en términos poco apropiados, pensando que estábamos solos por estos parajes, y la casualidad había querido que no fuera así, Indudablemente, aquello había sido "un accidente".
   La moraleja que aprendimos aquel día es que, siempre, hay que medir bien las palabras que uno dice... aunque se las diga al eco; haciendo caso al refrán castellano que dice “Palabra y piedra suelta no tienen vuelta”

lunes, 26 de junio de 2017

La asadura del cura

  
   El Concilio Vaticano II (1962-1965), supuso un hito muy importante para la  Iglesia Católica pues de él surgieron una serie de reformas que tuvieron gran relevancia para los cristianos. De todas ellas, quizá las más destacadas, o al menos las más visibles, fueron las que se introdujeron en la celebración de los oficios religiosos.
   Hasta entonces,  los sacerdotes celebraban la misa de cara al altar, y, a partir de entonces, pasaron a hacerlo mirando a la gente, tal como acontece en la actualidad. 
   Otra de las reformas, que trajo consigo este concilio, fue cambiar el idioma en el que se celebraban los actos litúrgicos; durante siglos, éstos habían sido en latín, pasando a serlo, a partir de entonces,  en las lenguas vernáculas de los distintos países. De este modo, fue posible hacer más compresible la palabra de Dios a la grey, ya que la gente, salvo raras excepciones, no sabía latín.
   Hoy día, cuesta bastante imaginar al cura celebrando la misa, tal como se hacía antes del antedicho concilio, sin mirar apenas a la gente ya que, durante la mayor parte de la ceremonia, permanecía de espaldas a los fieles, con la mirada puesta en el altar. Si a ello sumamos que, a lo largo de toda la liturgia, utilizaba una lengua, el latín, que era desconocida para la mayoría de los feligreses; fácilmente, llegamos a la conclusión de que la Iglesia vivía, literalmente, de espaldas al pueblo.
 
  Debido al asunto del latín, entonces, la figura del sacristán era fundamental en los oficios religiosos pues él, generalmente, lo sabía y acompañaba al sacerdote durante las distintas celebraciones. Habitualmente, se situaba en la parte trasera del templo, en el coro,  y desde allí acompañaba y contestaba al oficiante en los rezos y cantos correspondientes.
   Los feligreses, a pesar de desconocer la lengua de Ovidio,  intentaban participar también en la misa -no sabían la letra, sólo la música-  y tal como hacíamos muchos de nosotros, que cantábamos las canciones de “Los Beatles”, sin saber nada de inglés; ellos  tatareaban o “parlucheaban”, como mejor podían, los diversos cantos, rezos y letanías.
 
   Bueno, pues esto ocurrió antes del Concilio Vaticano II,  cuando las misas aún eran en latín.
   Un domingo, el cura del pueblo se fue a decir la misa, tenía un ama llamada Mariquilla, y, cuando ésta se disponía a cocinar una pierna de cordero, que era lo que había previsto hacer  para ese día, cayó en la cuenta de que el sacerdote había olvidado decirle cómo quería que  se la preparara.
  A toda prisa, se acercó a la iglesia para ver si aún no había comenzado la ceremonia, con el fin de resolver su duda, pero ésta ya había empezado. Aquel día, la misa era cantada y el sacristán, desde el coro, contestaba  acompañando en los cantos, al cura.
  Mariquilla, permaneció un  rato parada ante la puerta del templo, muy preocupada, sin saber qué hacer, y decidió subir al coro, para hablar con el sacristán, a ver si podía resolverle la duda de cómo quería el cura que le preparara la carne. Tras explicarle el problema, el sacristán le respondió.
El sacristán desde el coro contestaba
-   No te preocupes, yo se lo pregunto ahora mismo, cantando en latín.
 Cuando le tocó intervenir al sacristán, cantó lo siguiente:
    
     Mariquilla vino aquí
     Muy triste y desconsolada
     Como quiere la asadura
     Si frita o si guisada
 
   El cura, cuando le oyó, contestó también cantando:

     Mariquilla vete a casa
     Y componme la asadura
     Echalé ajo y pimentorum
     Questá sécula seculorum

   El sacristán, cuando lo escuchó se lo dijo a Mariquilla y así ésta pudo enterarse de cómo quería el cura que le preparara el cordero. 
   La gente, al no saber  latín, no se enteró de nada…ni de la misa, que era lo habitual… ni del asunto de la asadura de la carne.


   (Éste es un cuento popular, muy conocido, que contaban los padres y abuelos, a hijos y nietos. Cuando llegaban a la parte de las estrofas, las cantaban con la melodía propia de los cantos de misa)

lunes, 12 de junio de 2017

Curanderos. Entre la ciencia y la magia II

El curandero de Aliste

Aliste, es una comarca situada al noroeste de la provincia de Zamora que tiene muchas cosas en común con la nuestra (quizá sería más acertado decir que tiene unos problemas muy similares a la nuestra). Es fronteriza con Portugal, se trata de una zona muy deprimida y su economía se basa fundamentalmente en la ganadería. Sus pueblos, ya pequeños de por sí,  cada vez lo son más debido a que sufren, desde hace décadas, una progresiva pérdida de población motivada por el éxodo de sus habitantes hacia otras zonas del país, en busca de unas  oportunidades laborales que allí no encuentran, ocurriendo, todo esto, sin que  en el horizonte haya  perspectiva alguna de que este problema pueda ser atajado en un corto plazo de tiempo.
Esta es la triste suerte que ha seguido no sólo Aliste, sino la práctica totalidad de las comarcas del oeste español, rayanas con el vecino país; todas ellas adolecen de los mismos males, ostentando el triste récord de encontrarse entre las zonas más empobrecidas de toda la Unión Europea.
No sé si  están abandonadas de la mano de Dios, como se dice vulgarmente; pero de quien sí lo están, eso sí es seguro, es de la mano de los políticos. Para la gran mayoría de ellos, ni existimos.
  
    Bueno, pues en uno de estos pueblos alistanos vivía, en la segunda mitad del siglo XX, un curandero al que acudía mucha gente buscando alivio para sus males.
Entre los antiguos curanderos, algunos intentaban aliviar determinadas enfermedades concretas: problemas musculares y óseos, de la piel, el mal de ojo…; en cambio, otros trataban  todo tipo de males, tanto del cuerpo, como del espíritu.
Algunos de estos sanadores llegaron a ser muy famosos, trascendiendo su fama no sólo a los pueblos de la comarca o provincia donde ejercían su actividad, sino también a otras provincias…y eso que la única publicidad con la que contaban era el “boca a boca” de la gente.

Nuestro curandero pertenecía al segundo grupo: trataba enfermedades de todo tipo, era bastante famoso, y tenía un “don”, o habilidad, que le diferenciaba del resto de los curanderos que consistía en que apenas  necesitaba preguntar a los pacientes cual era el mal que les había empujado a buscar sus servicios, ya que les cogía la mano, les tomaba el pulso, y así era capaz de averiguar qué era lo que le pasaba al enfermo y, además,  el lugar del cuerpo donde se  localizaba la dolencia.
Esto era posible porque el curandero, una vez que establecía el contacto con el paciente a través de la mano, sentía en su propio cuerpo una molestia similar y en el mismo órgano, que aquel. Después, ya hablaba con él y le indicaba el tratamiento a seguir.

Evidentemente, esto era algo maravilloso. A veces, cuando se tiene una enfermedad  y  se va al médico;  éste, para poder prescribir o realizar un tratamiento, necesita hacer previamente el oportuno diagnóstico y ello, frecuentemente, conlleva a solicitar pruebas radiológicas, análisis, etc, que tardan algún tiempo en ser realizadas y que desencadena nuevas consultas, retrasos en el diagnóstico y comienzo del tratamiento, mayores gastos de dinero (y de paciencia), convirtiéndose todo ello en un proceso largo y desesperante, por qué no reconocerlo.
En cambio, a todo aquel que iba a este curandero; éste, le tomaba el pulso e, inmediatamente, era capaz de averiguar lo que le ocurría, proporcionándole, a continuación, el oportuno tratamiento. Todo ello sucedía en un corto espacio de tiempo, en una sola consulta que apenas duraba unos minutos.

Claro que en esta vida nada es perfecto y,  en todo aquello que hacemos o nos proponemos, siempre existe algún inconveniente o dificultad. Es sabido que, cuando en cualquier tipo de actividad, sea material o inmaterial, todo parece perfecto ante nuestros ojos y no encontramos inconveniente alguno; esto, casi siempre, es debido  a que no hemos  mirado bien, o a que algo se nos ha pasado por alto; en cambio, si volvemos a mirar la cosa, o el asunto, detenidamente, desde al ángulo adecuado, entonces, la mayoría de las veces, logramos encontrar alguna imperfección o dificultad que nos había pasado desapercibida en un primer momento.   
En este caso, el inconveniente que había era bastante evidente y no hacía falta investigar mucho para encontrarlo. Resulta que al curandero, a consecuencia de algún accidente que había sufrido en una pierna, le habían quedado serías secuelas en la misma y cojeaba.

Un día llegó a la casa del curandero un hombre que tenía fuertes dolores en una pierna, y era conocedor de la metodología de trabajo del mismo. Confiaba en que la pierna donde al sanador tenía su problema no fuera la misma en la que él tenía el dolor;  pero sus esperanzas desaparecieron nada más verle. No obstante, como ya estaba allí, decidió continuar la consulta.
Cuando el curandero se disponía a tomarle el pulso,  para localizar la enfermedad, el paciente dijo:

-         Antes de nada, quiero hacerle una pregunta. Usted, al tomar el pulso, sabe dónde está el mal  de los que venimos, porque lo siente en el mismo sitio en su cuerpo. ¿Es cierto?
-         Es cierto, contestó muy serio el curandero. Yo siento algo semejante a lo que le ocurre, y en el mismo lugar.
-      Y si el mal que yo tengo, estuviera en su pierna mala, ¿cómo va a saber, entonces, lo que tengo?
-         Eso es muy sencillo, respondió el curandero, sin inmutarse lo más mínimo, ante la impertinencia de la pregunta. Si yo tomo el pulso a alguien y no siento nada, entonces sé que el mal lo tiene en esa pierna.

Esta anécdota se la atribuyen a Simón, un antiguo curandero de San Cristóbal de Aliste (Zamora). No puedo asegurar que este hecho sucediera realmente, pero lo que sí es cierto es que,  usaba su “don” y tomaba el pulso a los pacientes, para hacer sus diagnósticos; no obstante, esto era sólo una parte más de la consulta; pues, como todos los curanderos, tenía una gran capacidad 
Iglesia de San Cristóbal de Aliste. Foto: Adata.es
de observación, a la par de una  enorme habilidad para interrogar a la gente que a  él acudía, para que le contaran sus males y así completar sus diagnósticos.

  Simón, para tratar las enfermedades, empleaba remedios naturales, fórmulas magistrales elaboradas, básicamente, con plantas.
Muchos curanderos, elaboraban ellos mismos  los “productos terapéuticos”  que les daban a los pacientes, procurando mantener en el más absoluto secreto su composición; en cambio, con el curandero de San Cristóbal de Aliste no existía ocultismo alguno ya que, a las personas que trataba, les proporcionaba la fórmula final del producto que recomendaba para el correspondiente tratamiento  (la lista de las sustancias que lo componían, así como la proporción de cada una de ellas); explicándoles,  además, cómo elaborar adecuadamente la mezcla, y la forma de administrar el producto correctamente.

       ¿Que si los tratamientos eran eficaces? Supongo que unas veces lo serían y otras no.
  Yo una vez tuve ocasión de utilizar uno de sus remedios para evitar la caída del pelo. En esta ocasión, al ser el diagnóstico era tan evidente, no fue necesario que utilizara su “don” para llegar al mismo.

   Recomendó una fórmula magistral, que había que debía ser aplicada en el cuero cabelludo,  en forma de loción. Cuando me hice con ella, la usé tal como dijo el curandero y …