martes, 11 de julio de 2017

                                              Un eco sorprendente 


   El eco, es un fenómeno acústico que sucede cuando las ondas sonoras chocan contra un obstáculo, rebotan en el mismo, y vuelven hasta el mismo lugar de donde han surgido. Esto da lugar a la repetición del sonido que, obviamente, se oye unos segundos después del sonido original.
   Para poder percibir el eco, nuestro oído necesita que haya un retardo mínimo; una distancia mínima entre el lugar donde surge el ruido, y el obstáculo en el que éste choca. Si la distancia es pequeña, el sonido reflejado vuelve rápidamente y se entremezcla con el original; en estos casos, como el cerebro no los diferencia, los interpreta como un solo sonido y no hay eco.
   La distancia mínima necesaria, entre el emisor del ruido y el obstáculo donde éste choca, para que ambos sonidos no se mezclen y haya eco, es de unos 100 metros aproximadamente.
   A veces, los obstáculos son varios y se encuentran a diferentes distancias; en estos casos, podemos oír un eco múltiple (distintos ecos, simultáneamente).
   El eco, es posible oírlo sobre todo en aquellos lugares donde existen terrenos escarpados, con paredes verticales, como ocurre en las montañas, desfiladeros, y en los cañones de los ríos.
   A grandes rasgos, esta es la explicación científica de la formación del eco, a falta de algunas matizaciones; como que el obstáculo, donde debe chocar el sonido, ha de ser una superficie dura; el ambiente ha de ser silencioso, el sonido emitido ha de ser alto, suficientemente potente para llegar al obstáculo correspondiente; no debe haber viento, etc.

   La mitología griega, por su parte, nos presenta otra explicación sobre la naturaleza del eco, más original e interesante, que tiene poco que ver con los fundamentos físicos del sonido. Eco, era¸ y es (hay que tener en cuenta que los dioses son inmortales), una ninfa de la montaña. Según la mitología, las ninfas viven asociadas a algunos sitios concretos como pueden ser corrientes de agua, montes, manantiales, grutas… , y, como eran muy hermosas, a Zeus le encantaba cortejarlas; por ello, a menudo, solía visitarlas en la Tierra (las visitas no eran precisamente para rezar el rosario).
   Hera, la esposa de Zeus, tenía fundadas sospechas de que éste le era infiel -ni de los dioses puede una fiarse-, y harta de que el marido estuviera casi más tiempo en la Tierra que en el Olimpo, un día bajó a la Tierra intentando pillar a Zeus con alguna ninfa, en plena faena.
   Eco, que la vio llegar, para evitar que Hera descubriera la infidelidad de Zeus, y para proteger a la ninfa que aquel día estaba con él, de las iras de la esposa enfurecida; con el fin de de entretenerla, estuvo hablándole durante mucho rato, dando tiempo a los amantes para que se escabulleran.
   Hera, permaneció un tiempo escuchando a Eco, pero pronto se hartó y se fue a buscar a los amantes; cuando llegó al lugar donde sospechaba que iba a encontrar a Zeus con las manos en…, comprobó que tanto él, como la ninfa, ya se habían largado. Muy irritada, al percatarse del ardid de Eco para obstaculizar su investigación, la maldijo condenándola a no poder hablar con nadie. Solo podría repetir las últimas palabras que dijeran los demás.
   Por lo tanto, cuando llegamos a un lugar donde hay eco y damos voces para escucharlo; según la mitología, allí no hay ondas sonoras que reboten en las peñas, ni nada por el estilo. A quien estamos oyendo, realmente, es a Eco, la ninfa de la montaña, condenada por Hera a repetir las últimas palabras que gritamos.

   Nuestras arribes, si por algo se caracterizan es por lo escarpado del terreno. Los distintos ríos de la zona, gracias a la erosión que han ido ejerciendo en el suelo, a lo largo de millones de años, han conformado unos profundos cañones que, en algunos sitios, ofrecen unas condiciones óptimas para que haya eco.

   Un día, siendo adolescentes, habíamos ido tres amigos a los Arribes del Huebra y estábamos contemplando el impresionante paisaje que ofrece el cañón del río, desde la parte superior de la orilla en la que nos encontrábamos. Desde allí veíamos al Huebra correr a nuestros pies, encajonado en el fondo de los arribes, a más de 200 m. de profundidad. Nos encontrábamos en una peña, en el mismo borde del abismo, y frente a nosotros, en la orilla opuesta, admirábamos los arribes de ese lado; un
Arribes del Huebra
terreno de lo más abrupto: con unos imponentes paredones de granito.
   Allí, los únicos seres vivos capaces de alcanzar aquellos riscos son los pájaros; fundamentalmente los buitres leonados, que tienen allí sus posaderos y nidos. Ellos, son sedentarios y viven allí durante todo el año compartiendo su residencia, gran parte de la primavera y el verano, con los alimoches. Estos últimos, en cambio, son aves migratorias que van a pasar el invierno a África.
   Aquel día, veíamos algunas de estas rapaces sobrevolando la zona mostrándonos que el mejor modo de desenvolverse por aquel terreno tan escabroso es volando, tal como hacían ellas.
   La belleza que guardan las Arribes es espectacular. Allí, lejos de la civilización, reina un silencio impresionante; roto, únicamente, por los sonidos propios de la naturaleza: el canto de los pájaros; el zumbido de los insectos, en verano; alguna vaca lejana que muge ocasionalmente... Son lugares mágicos donde uno casi se siente un intruso. Mientras admirábamos la grandeza del paisaje, uno de los compañeros dijo:
   - ¿Sabéis que aquí hay eco?
   - Pues claro, contestamos a la vez el otro y yo. Los tres éramos del lugar, y no era la primera vez que íbamos al río. Sin mediar más palabras, comencé a gritar yo:
    - ¡ Eeeeeeeeeh!
    - ¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeh! respondió el eco, tras unos segundos de espera. No una, sino varias veces, ya que es un eco múltiple el que allí se puede escuchar.
   Seguimos dando voces, varias veces más y el eco, que aquel día era excelente, nos respondió otras tantas veces Tras hacer una pausa, uno de mis compañeros, en un "alarde de fineza", gritó.
   - ¡Cabrooooooooón!
   - ¡Cabrooooooooooooooooooooooooooón! Contestó el eco, también multiplicando la respuesta, varias veces.
   Una vez que se hizo el silencio, después de que se acabara el eco, pudimos oír con toda claridad:
   - ¡Cabrón tuuuuuuuuuuuuuuuuuuú!

   Los tres, nos quedamos estupefactos el escuchar aquello. El eco repite los sonidos que emites; pero de ahí, a que añada palabras propias... no sabíamos que decir.
   Si nos atenemos a la mitología, hasta podríamos haber culpado a la ninfa Eco. ¿Y si ésta,  excepcionalmente,  ese día , en vez de repetir nuestras voces, se había enfadado con el compañero por decir palabras soeces, había recuperado el habla, y era ella quien había respondido?
   Pero estábamos seguros que las ninfas no dicen esas palabras y, además, aunque nunca habíamos escuchado a una ninfa -al menos yo-, y no teníamos referencias de cómo es su voz, lo que habíamos oído era una voz varonil…de eso no teníamos duda; así que descartamos de inmediato la teoría de la ninfa.
   Entonces, observamos que, en la orilla opuesta, en la parte alta de los arribes del río, había unas vacas pastando; debido a la larga distancia, apenas eran perceptibles desde el lugar donde nos encontrábamos y la conclusión a la que llegamos fue que la voz que habíamos oído no se trataba de ningún eco extraño, sino que debía pertenecer al dueño del ganado que andaría por allí. Habría oído el improperio que había lanzado el compañero al aire, se había dado por aludido y había contestado.      Este razonamiento parecía más lógico que echar mano de la mitología para explicar lo sucedido; pero no teníamos prismáticos y, a simple vista, debido a la distancia, éramos incapaces de distinguir la silueta de persona alguna en la otra orilla.
   Tras la gran sorpresa que nos habíamos llevado, no sabíamos qué hacer. No era plan de excusarse a voces ante el misterioso hombre cuya voz habíamos oído, pero al que éramos incapaces de ver.       Además, el compañero no había insultado a nadie; únicamente, se había dirigido al eco en términos poco apropiados, pensando que estábamos solos por estos parajes, y la casualidad había querido que no fuera así, Indudablemente, aquello había sido "un accidente".
   La moraleja que aprendimos aquel día es que, siempre, hay que medir bien las palabras que uno dice... aunque se las diga al eco; haciendo caso al refrán castellano que dice “Palabra y piedra suelta no tienen vuelta”

lunes, 26 de junio de 2017

La asadura del cura

  
   El Concilio Vaticano II (1962-1965), supuso un hito muy importante para la  Iglesia Católica pues de él surgieron una serie de reformas que tuvieron gran relevancia para los cristianos. De todas ellas, quizá las más destacadas, o al menos las más visibles, fueron las que se introdujeron en la celebración de los oficios religiosos.
   Hasta entonces,  los sacerdotes celebraban la misa de cara al altar, y, a partir de entonces, pasaron a hacerlo mirando a la gente, tal como acontece en la actualidad. 
   Otra de las reformas, que trajo consigo este concilio, fue cambiar el idioma en el que se celebraban los actos litúrgicos; durante siglos, éstos habían sido en latín, pasando a serlo, a partir de entonces,  en las lenguas vernáculas de los distintos países. De este modo, fue posible hacer más compresible la palabra de Dios a la grey, ya que la gente, salvo raras excepciones, no sabía latín.
   Hoy día, cuesta bastante imaginar al cura celebrando la misa, tal como se hacía antes del antedicho concilio, sin mirar apenas a la gente ya que, durante la mayor parte de la ceremonia, permanecía de espaldas a los fieles, con la mirada puesta en el altar. Si a ello sumamos que, a lo largo de toda la liturgia, utilizaba una lengua, el latín, que era desconocida para la mayoría de los feligreses; fácilmente, llegamos a la conclusión de que la Iglesia vivía, literalmente, de espaldas al pueblo.
 
  Debido al asunto del latín, entonces, la figura del sacristán era fundamental en los oficios religiosos pues él, generalmente, lo sabía y acompañaba al sacerdote durante las distintas celebraciones. Habitualmente, se situaba en la parte trasera del templo, en el coro,  y desde allí acompañaba y contestaba al oficiante en los rezos y cantos correspondientes.
   Los feligreses, a pesar de desconocer la lengua de Ovidio,  intentaban participar también en la misa -no sabían la letra, sólo la música-  y tal como hacíamos muchos de nosotros, que cantábamos las canciones de “Los Beatles”, sin saber nada de inglés; ellos  tatareaban o “parlucheaban”, como mejor podían, los diversos cantos, rezos y letanías.
 
   Bueno, pues esto ocurrió antes del Concilio Vaticano II,  cuando las misas aún eran en latín.
   Un domingo, el cura del pueblo se fue a decir la misa, tenía un ama llamada Mariquilla, y, cuando ésta se disponía a cocinar una pierna de cordero, que era lo que había previsto hacer  para ese día, cayó en la cuenta de que el sacerdote había olvidado decirle cómo quería que  se la preparara.
  A toda prisa, se acercó a la iglesia para ver si aún no había comenzado la ceremonia, con el fin de resolver su duda, pero ésta ya había empezado. Aquel día, la misa era cantada y el sacristán, desde el coro, contestaba  acompañando en los cantos, al cura.
  Mariquilla, permaneció un  rato parada ante la puerta del templo, muy preocupada, sin saber qué hacer, y decidió subir al coro, para hablar con el sacristán, a ver si podía resolverle la duda de cómo quería el cura que le preparara la carne. Tras explicarle el problema, el sacristán le respondió.
El sacristán desde el coro contestaba
-   No te preocupes, yo se lo pregunto ahora mismo, cantando en latín.
 Cuando le tocó intervenir al sacristán, cantó lo siguiente:
    
     Mariquilla vino aquí
     Muy triste y desconsolada
     Como quiere la asadura
     Si frita o si guisada
 
   El cura, cuando le oyó, contestó también cantando:

     Mariquilla vete a casa
     Y componme la asadura
     Echalé ajo y pimentorum
     Questá sécula seculorum

   El sacristán, cuando lo escuchó se lo dijo a Mariquilla y así ésta pudo enterarse de cómo quería el cura que le preparara el cordero. 
   La gente, al no saber  latín, no se enteró de nada…ni de la misa, que era lo habitual… ni del asunto de la asadura de la carne.


   (Éste es un cuento popular, muy conocido, que contaban los padres y abuelos, a hijos y nietos. Cuando llegaban a la parte de las estrofas, las cantaban con la melodía propia de los cantos de misa)

lunes, 12 de junio de 2017

Curanderos. Entre la ciencia y la magia II

El curandero de Aliste

Aliste, es una comarca situada al noroeste de la provincia de Zamora que tiene muchas cosas en común con la nuestra (quizá sería más acertado decir que tiene unos problemas muy similares a la nuestra). Es fronteriza con Portugal, se trata de una zona muy deprimida y su economía se basa fundamentalmente en la ganadería. Sus pueblos, ya pequeños de por sí,  cada vez lo son más debido a que sufren, desde hace décadas, una progresiva pérdida de población motivada por el éxodo de sus habitantes hacia otras zonas del país, en busca de unas  oportunidades laborales que allí no encuentran, ocurriendo, todo esto, sin que  en el horizonte haya  perspectiva alguna de que este problema pueda ser atajado en un corto plazo de tiempo.
Esta es la triste suerte que ha seguido no sólo Aliste, sino la práctica totalidad de las comarcas del oeste español, rayanas con el vecino país; todas ellas adolecen de los mismos males, ostentando el triste récord de encontrarse entre las zonas más empobrecidas de toda la Unión Europea.
No sé si  están abandonadas de la mano de Dios, como se dice vulgarmente; pero de quien sí lo están, eso sí es seguro, es de la mano de los políticos. Para la gran mayoría de ellos, ni existimos.
  
    Bueno, pues en uno de estos pueblos alistanos vivía, en la segunda mitad del siglo XX, un curandero al que acudía mucha gente buscando alivio para sus males.
Entre los antiguos curanderos, algunos intentaban aliviar determinadas enfermedades concretas: problemas musculares y óseos, de la piel, el mal de ojo…; en cambio, otros trataban  todo tipo de males, tanto del cuerpo, como del espíritu.
Algunos de estos sanadores llegaron a ser muy famosos, trascendiendo su fama no sólo a los pueblos de la comarca o provincia donde ejercían su actividad, sino también a otras provincias…y eso que la única publicidad con la que contaban era el “boca a boca” de la gente.

Nuestro curandero pertenecía al segundo grupo: trataba enfermedades de todo tipo, era bastante famoso, y tenía un “don”, o habilidad, que le diferenciaba del resto de los curanderos que consistía en que apenas  necesitaba preguntar a los pacientes cual era el mal que les había empujado a buscar sus servicios, ya que les cogía la mano, les tomaba el pulso, y así era capaz de averiguar qué era lo que le pasaba al enfermo y, además,  el lugar del cuerpo donde se  localizaba la dolencia.
Esto era posible porque el curandero, una vez que establecía el contacto con el paciente a través de la mano, sentía en su propio cuerpo una molestia similar y en el mismo órgano, que aquel. Después, ya hablaba con él y le indicaba el tratamiento a seguir.

Evidentemente, esto era algo maravilloso. A veces, cuando se tiene una enfermedad  y  se va al médico;  éste, para poder prescribir o realizar un tratamiento, necesita hacer previamente el oportuno diagnóstico y ello, frecuentemente, conlleva a solicitar pruebas radiológicas, análisis, etc, que tardan algún tiempo en ser realizadas y que desencadena nuevas consultas, retrasos en el diagnóstico y comienzo del tratamiento, mayores gastos de dinero (y de paciencia), convirtiéndose todo ello en un proceso largo y desesperante, por qué no reconocerlo.
En cambio, a todo aquel que iba a este curandero; éste, le tomaba el pulso e, inmediatamente, era capaz de averiguar lo que le ocurría, proporcionándole, a continuación, el oportuno tratamiento. Todo ello sucedía en un corto espacio de tiempo, en una sola consulta que apenas duraba unos minutos.

Claro que en esta vida nada es perfecto y,  en todo aquello que hacemos o nos proponemos, siempre existe algún inconveniente o dificultad. Es sabido que, cuando en cualquier tipo de actividad, sea material o inmaterial, todo parece perfecto ante nuestros ojos y no encontramos inconveniente alguno; esto, casi siempre, es debido  a que no hemos  mirado bien, o a que algo se nos ha pasado por alto; en cambio, si volvemos a mirar la cosa, o el asunto, detenidamente, desde al ángulo adecuado, entonces, la mayoría de las veces, logramos encontrar alguna imperfección o dificultad que nos había pasado desapercibida en un primer momento.   
En este caso, el inconveniente que había era bastante evidente y no hacía falta investigar mucho para encontrarlo. Resulta que al curandero, a consecuencia de algún accidente que había sufrido en una pierna, le habían quedado serías secuelas en la misma y cojeaba.

Un día llegó a la casa del curandero un hombre que tenía fuertes dolores en una pierna, y era conocedor de la metodología de trabajo del mismo. Confiaba en que la pierna donde al sanador tenía su problema no fuera la misma en la que él tenía el dolor;  pero sus esperanzas desaparecieron nada más verle. No obstante, como ya estaba allí, decidió continuar la consulta.
Cuando el curandero se disponía a tomarle el pulso,  para localizar la enfermedad, el paciente dijo:

-         Antes de nada, quiero hacerle una pregunta. Usted, al tomar el pulso, sabe dónde está el mal  de los que venimos, porque lo siente en el mismo sitio en su cuerpo. ¿Es cierto?
-         Es cierto, contestó muy serio el curandero. Yo siento algo semejante a lo que le ocurre, y en el mismo lugar.
-      Y si el mal que yo tengo, estuviera en su pierna mala, ¿cómo va a saber, entonces, lo que tengo?
-         Eso es muy sencillo, respondió el curandero, sin inmutarse lo más mínimo, ante la impertinencia de la pregunta. Si yo tomo el pulso a alguien y no siento nada, entonces sé que el mal lo tiene en esa pierna.

Esta anécdota se la atribuyen a Simón, un antiguo curandero de San Cristóbal de Aliste (Zamora). No puedo asegurar que este hecho sucediera realmente, pero lo que sí es cierto es que,  usaba su “don” y tomaba el pulso a los pacientes, para hacer sus diagnósticos; no obstante, esto era sólo una parte más de la consulta; pues, como todos los curanderos, tenía una gran capacidad 
Iglesia de San Cristóbal de Aliste. Foto: Adata.es
de observación, a la par de una  enorme habilidad para interrogar a la gente que a  él acudía, para que le contaran sus males y así completar sus diagnósticos.

  Simón, para tratar las enfermedades, empleaba remedios naturales, fórmulas magistrales elaboradas, básicamente, con plantas.
Muchos curanderos, elaboraban ellos mismos  los “productos terapéuticos”  que les daban a los pacientes, procurando mantener en el más absoluto secreto su composición; en cambio, con el curandero de San Cristóbal de Aliste no existía ocultismo alguno ya que, a las personas que trataba, les proporcionaba la fórmula final del producto que recomendaba para el correspondiente tratamiento  (la lista de las sustancias que lo componían, así como la proporción de cada una de ellas); explicándoles,  además, cómo elaborar adecuadamente la mezcla, y la forma de administrar el producto correctamente.

       ¿Que si los tratamientos eran eficaces? Supongo que unas veces lo serían y otras no.
  Yo una vez tuve ocasión de utilizar uno de sus remedios para evitar la caída del pelo. En esta ocasión, al ser el diagnóstico era tan evidente, no fue necesario que utilizara su “don” para llegar al mismo.

   Recomendó una fórmula magistral, que había que debía ser aplicada en el cuero cabelludo,  en forma de loción. Cuando me hice con ella, la usé tal como dijo el curandero y …

lunes, 22 de mayo de 2017

EL VAQUERO DE BOGAJO

  En todas las profesiones encontramos trabajadores cuyas aptitudes laborales resultan de lo más heterogéneo. Hay operarios que dominan perfectamente su oficio; cada día que pasa, intentan hacer mejor la tarea que desempeñan , y , además, son proactivos de modo que, si surge algún problema relacionado con su trabajo, rápidamente intentan solucionarlo.
   Se involucran mucho en la labor que realizan disfrutando tanto con lo que hacen, que el tiempo se les pasa volando; así, cuando llega el fin de semana, apenas lo disfrutan y están deseando que llegue el lunes para continuar la tarea.
   Estos son los profesionales diez, un ejemplo para los demás, lo mejor de lo mejor.  
   Todo empresario desearía tener en nómina empleados de este tipo, pero casi nunca los encuentra ya que escasean y, los pocos que hay, están en peligro de extinción.
   
   En el extremo opuesto, tenemos a un tipo de profesionales que podríamos considerarlos casi  incompatibles con el trabajo. Han nacido con el “gen de la laboriosidad” atrofiado.  Esto no tendría excesiva importancia si fueran ricos y pudieran vivir de las rentas, pero eso casi nunca es así, y, como para poder vivir es necesario trabajar, no les queda más remedio que incorporarse al mundo laboral. Eso sí, una vez en él, procuran aplicarse a la tarea lo mínimo posible; a lo largo de su vida profesional no encuentran trabajo alguno  que les motive y, por ello, frecuentemente, pasan por una interminable serie de profesiones en las que suelen permanecer poco tiempo ya que ninguna  responde a sus expectativas (éstas últimas, para ellos, seguramente  serían   estar  ya  jubilados a los 20 años).
   Las semanas les parecen eternas y se  deprimen los lunes, los martes,  los  miércoles…, mejorando su estado de ánimo, espectacularmente, los sábados, los domingos y los periodos vacacionales.
   Cuando aparecen problemas en su ámbito laboral, no es que sean poco  proactivos a la hora de intentar  solucionarlos, lo que sucede es que, casi siempre, el auténtico problema son ellos.
  También sirven de ejemplo para los demás operarios; aunque, en este caso, constituyen un perfecto modelo de lo que no debe ser un trabajador.
   A este tipo de empleados, los empresarios no quieren verlos ni de lejos;  abundan bastante más que los anteriores, y no están en peligro de extinción.

   Entre estos dos extremos se  encuentra  el resto de los asalariados,  gente normal que quiere trabajar lo suficiente, descansar lo suficiente y, a final de mes, cobrar lo suficiente para poder vivir dignamente.

   Esta introducción, de lo que acontece en el mundo  del trabajo, sirve para comprender lo que sucedió una vez en  Bogajo (Salamanca). En este pueblo, igual que en los pueblos cercanos, la gente vive fundamentalmente de la agricultura y la ganadería, especialmente la segunda, y el sistema de explotación es la dehesa, un terreno de pastos y encinas que conforma uno de los paisajes  más característicos de la provincia.
   Bueno, pues  hace ya muchos años, estamos hablando de mediados del siglo pasado, un día  se presentó en Bogajo, buscando trabajo, un hombre de los que nacen con el “gen de la laboriosidad”  atrofiado.  Era de un pueblo vecino y en su haber tenía un  amplio currículum laboral, ya que había trabajado para varios amos, en su lugar de origen; todos los trabajos le habían durado poco, y ya nadie quería contratarle allí.  
   El caso es que era buena persona y ponía buena voluntad para todo; pero, entre sus “otras virtudes”  estaba la de ser bastante irresponsable  y  muy descuidado;  éste era el motivo por el que todos los antiguos amos habían prescindido de sus servicios (injustificadamente, según él).

   Una  empresa multinacional, cuando estima que, en su ámbito de actuación, el mercado se encuentra saturado, extiende su campo de acción a otros lugares distintos  para aumentar sus beneficios;  del mismo modo, Argipilo -vamos a llamarlo así-, como en su pueblo el mercado laboral ya no le ofrecía más posibilidades, también decidió ampliar su campo de acción acudiendo a un
pueblo diferente al suyo, donde no le conocieran, en busca de nuevas oportunidades. Este fue el motivo por el que un día se presentó en Bogajo donde el destino quiso que encontrara una familia que necesitaba un criado para cuidar  el ganado (un vaquero).
   Resulta que en este pueblo había gente que necesitaba trabajar, pero nadie aceptaba el puesto que ofrecían estos patronos debido a que las condiciones laborales distaban de ser buenas: pretendían obtener un buen servicio, pagando muy poco (es curioso observar cómo esta familia, sin que alguno de sus componentes hubiera ido nunca a alguna Escuela Superior de Negocios, o Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, dominaba  perfectamente  el ideario empresarial: “obtener el máximo beneficio posible, al mínimo coste”).
   El caso es que hablaron y, como una de las partes  necesitaba un trabajo y la otra un trabajador, llegaron rápidamente a un acuerdo laboral.
    Los contratos, entonces,  eran verbales y si ambos, empleado y empleador, estaban satisfechos, generalmente, duraban un año  -en el campo, los periodos de inicio y finalización de los contratos solían ser por San Juan. Ese día, se cambiaba de amo y de criado, o, si había acuerdo, la relación continuaba otro año más- , pero había mucha flexibilidad  laboral pues si, en un momento determinado, alguna de las partes, el amo, o el criado,  no estaban de acuerdo en algo.  el contrato podía romperse sin ningún problema. Así de simple era la relación laboral de entonces; aún tardarían mucho tiempo en llegar los contratos de diferente tipo, becarios, oficinas de empleo, empresas de empleo temporal, laudos arbitrales, despidos procedentes e improcedentes…
  El caso es que este hombre fue contratado de vaquero y las condiciones laborales eran las habituales de entonces: una cantidad de dinero y el alojamiento, que incluía la manutención y la cama.
   El primer día de trabajo,  la tarea parecía fácil: debía cuidar vacas en terreno abierto, en un valle (entonces, había mucho terreno sin cerrar y pastores y vaqueros se pasaban el día en el campo cuidando el ganado). Él debía vigilar para que no se extraviara ninguna vaca y, además, evitar que éstas se metieran en el terreno de otros; tenía que dejarlas pastar, llevarlas a abrevar a algún pilar o charca y, al atardecer, recogerlas en los corrales.    
   El vaquero,  muy ufano,  a primera hora de la mañana  salió con las vacas, a realizar su primera jornada de trabajo, y llegó hasta el lugar donde éstas pastarían. Una vez allí, se dispuso a cuidar la manada que estaba compuesta, exactamente, por cien vacas moruchas.
   El día estaba soleado, la temperatura era agradable, había abundante hierba  para el ganado, y el ama le había metido una buena merienda para pasar el día; así que la jornada se presentaba muy favorable. En un ambiente tan bucólico, observando cómo se alimentaba el ganado, el vaquero  estaba muy satisfecho con su nuevo empleo.
   A mediodía, tras comer las viandas,  decidió echar una cabezadita  y, tras extender  sobre la hierba la manta que llevaba, se dispuso a dormir un poco. 
  En el ámbito rural,  el período “establecido”, para echarse la siesta, es el comprendido entre  la Cruz de Mayo y la Cruz de Septiembre  (del 3  de mayo al 14 de septiembre). No sé si este día se encontraba o no dentro de esas fechas, pero eso al vaquero no debía preocuparle demasiado. Se tumbó  sobre la manta muy a gusto, cerró los ojos,  y el ratito de siesta se prolongó durante más de dos horas.
  Para algunas personas, el momento más feliz del día es el de la siesta. Viéndolas, mientras la duermen, parecen la felicidad personificada, y Argipilo  pertenecía a este selecto grupo de gente.
   Se despertó muy satisfecho;  permaneció allí tumbado,  sobre la manta, un buen rato  mirando el cielo, que aquel día era de un azul intenso;  siguió con la vista el vuelo pausado de un milano real que con gran maestría sobrevolaba la zona, aprovechando las corrientes de aire;  después, se entretuvo otro rato siguiendo el rápido vuelo de varios vencejos, y por fin decidió incorporarse.
   Se desperezó estirando los brazos y bostezando ruidosamente; recogió la manta y las alforjas, echándoselo todo al hombro, y fue a ver cómo estaba la manada de vacas  que en teoría estaba cuidando… pero  allí no había  manada alguna.  En todo el valle, sólo encontró una vaca pastando. ¡¡¡Habían desaparecido noventa y nueve vacas!!!
   Otro, en su lugar, se hubiera alarmado mucho; le habría embargado un gran estado  ansiedad; posiblemente, hasta tendría taquicardia por el susto; recorrería a toda prisa los alrededores intentando localizar las vacas y, en el caso de no hallarlas, hubiera ido corriendo hasta el pueblo  a buscar al amo, para comunicarle la pérdida e iniciar la búsqueda lo antes posible. Pero él era un gran experto en superar  situaciones de crisis, como la presente  -sospecho que no era la primera vez que perdía el ganado-  y decidió permanecer allí, en el valle, imperturbable (el corazón  creo que, en todo momento,  mantuvo su ritmo normal),   como si no hubiera pasado nada, cuidando al “resto de la manada”: aquella vaca que, en un acto de insolidaridad con el resto de sus compañeras -quizá por despiste- había decidido permanecer en el valle, mientras que las demás vacas se habían fugado, aprovechando el sueño del vaquero.
   Al atardecer, volvió al pueblo con la vaca despistada y al llegar ante la casa de los amos, éstos, la mujer y el marido, muy enfadados, salieron a recibirle y, de paso, pedirle explicaciones.
- ¡Argipilo! ¿Qué ha pasado con las vacas?, dijo uno de ellos.
  Éste, les miró sucesivamente a ambos y haciendo gala de un gran autocontrol mental -una prueba más de que ya estaba entrenado para este tipo de situaciones- , con gran serenidad, contestó:
-  Pues nada de particular. Debéis comprender que cuidar cien vacas es muy difícil,  y resulta que  se han extraviado noventa y nueve…eso es lo que ha pasado. En cambio, a ésta la he cuidado muy bien: ha comido,  la he llevado al pilar para que bebiera  agua, y aquí la tenéis sana y salva.
- ¡¡¡¿Y las otras?!!! Preguntó el amo muy irritado,  alzando la voz, ante la indolencia del vaquero.
- Por ahí andarán, hombre; no te preocupes, que ya aparecerán… muy lejos no pueden estar. El que las encuentre seguro que las trae. Respondió Argipilo, sin mostrar el menor signo de preocupación.  
  Tanto el marido como la mujer, estaban perplejos ante la pasmosa tranquilidad que mostraba su nuevo vaquero, y, a al mismo tiempo, indignadísimos por la pachorra que mostraba ante tamaño desastre: era el primer día de trabajo, había perdido casi la totalidad de la manada y allí lo tenían frente a ellos, diciéndoles que les veía muy estresados y que debían calmarse  (resulta que las vacas,  durante la larga siesta del empleado, habían vuelto por sí solas a la casa de los dueños  y ellos ya las habían recogido).
-  Encima querrás que no te despidamos, dijo la mujer.
 - Vamos a ver, respondió el vaquero, que en todo momento se había mantenido absolutamente tranquilo, como si el enfado de los amos no fuera con él. Ya os he dicho antes que cuidar cien vacas es muy complicado; en cambio, a una sí  me comprometo a atenderla. Si  queréis que siga de vaquero, con vosotros, yo, más de una vaca  no voy a cuidar; así que vais a tener que contratar otro criado para que me ayude a guardar las demás. Si es así…me quedo, y si no…me dais la cuenta  que me voy para mi pueblo ahora mismo. .
   Obviamente, los dueños de las vacas despidieron al vaquero con cajas destempladas y éste   regresó a su pueblo.  Mientras hacía el camino, iba pensando el hombre:
 ¡Coño!, pues sí que son delicados los de Bogajo, si sólo se han perdido unas cuantas vacas.   

Nota.

   Argipilo regresó a su pueblo y allí prosiguió sus actividades habituales (no me atrevo a llamarlas  laborales). Al ser  originario de uno de los pueblos limítrofes con Bogajo; yo, una vez los recorrí todos preguntando por él, pues tenía gran curiosidad por conocer algo más de las andanzas de este hombre, pero en todos ellos afirmaban no saber nada de su existencia, lo cual es sumamente extraño. Un personaje así no suele pasar desapercibido.

domingo, 7 de mayo de 2017

Curanderos: entre la ciencia y la magia 


 La salud es el bien más importante que tenemos los humanos, un regalo que nos presta la naturaleza; pero somos tan tontos que, hasta que no nos falta, no sabemos apreciarla en su justo valor. Schopenhauer, decía muy acertadamente: “La salud no lo es todo, pero sin salud, lo demás es nada”, y es que estar enfermo nos condiciona negativamente para todo.
  Las enfermedades, al ser algo inherente al hombre, han estado presentes en su vida desde el principio de los tiempos; también ha sufrido, a lo largo de su existencia, todo tipo de accidentes  (cazar mamuts debió ser una profesión de alto riesgo), por ello, desde siempre, ha tenido la necesidad de buscar remedio a sus males.

   En los albores de la humanidad, el concepto que el hombre primitivo tenía de enfermedad era muy diferente al que ahora tenemos. En aquellos tiempos, muchos de los hechos o fenómenos que ocurrían a su alrededor, o le sucedían a él mismo, escapaban a su comprensión y, al no encontrar una clara explicación ante lo mismos, vivía plenamente convencido de la existencia  de unas fuerzas sobrenaturales que lo controlaban todo; por ello, cuando sobrevenía alguna enfermedad, pensaba que los dioses estaban irritados con él y, para recuperar la salud perdida, debía contentarlos con la ayuda de los sacerdotes (o sus equivalentes). Éstos, mediante plegarias e invocaciones, se dirigían a la correspondiente divinidad con la pretensión de que el enfermo sanase. Era un acto de auténtica magia ya que, utilizando únicamente la palabra, pretendían curar al enfermo (menos mal que entonces no existía un servicio de atención al usuario, para presentar las correspondientes reclamaciones, porque si no…).
   Estos son los antecedentes más remotos de la medicina: la “medicina mágica”.

   En épocas posteriores, el hombre descubrió que en la naturaleza había productos, casi siempre de origen vegetal, que aliviaban las enfermedades, y comenzó a usarlos con este fin. Habían nacido los sanadores. Éstos, que a lo largo del tiempo, en cada cultura, han recibido distintos nombres: druidas
Druida Panoramix 
, chamanes, hechiceros, brujos, etc; en España fueron (y son) llamados curanderos, sanadores o sabios y, durante siglos, incluso milenios, han sido los encargados de aliviar las enfermedades del paisanaje. Este tipo de actividad  se encuadra dentro de lo que se conoce como medicina tradicional.

  Hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo pasado, especialmente en las zonas rurales, era frecuente acudir al curandero. Entonces, en los pueblos pequeños no había médico -igual que sucede ahora- y cuando aparecía algún problema de salud, primero se intentaba solucionarlo, en el propio domicilio, con remedios caseros, y¸ si con ellos no era posible curar el proceso, antes de ir al médico era frecuente que la gente acudiera a algún curandero próximo.
  Los sanadores tradicionales solían ser hombres y mujeres de condición humilde que vivían en el medio rural y conocían las propiedades terapéuticas  de las plantas. Sus  conocimientos los adquirían generalmente, por parte de alguno de sus ascendientes, padres o abuelos, que también habían sido curanderos; o bien, a través de  la propia experiencia.
  Los remedios naturales que aplicaban: infusiones, lociones, emplastos... solían  elaborarlos ellos mismos, y las fórmulas, generalmente, eran secretas.
  Había curanderos que sólo trataban algunas enfermedades concretas; otros eran expertos en solucionar problemas musculo esqueléticos: dolores articulares y musculares, luxaciones e incluso fracturas, para lo cual poseían una gran habilidad manual, y, por último,  estaban “los grandes curanderos", aquellos que eran capaces de tratarlo casi todo, tanto enfermedades del cuerpo como del espíritu.
   En muchas ocasiones, además de la aplicación de los tratamientos, realizaban  rezos e invocaciones buscando la ayuda de los espíritus benignos, y posteriormente, de Dios o de algún santo. Como podemos ver, empleaban productos naturales pero seguían usando la magia.
   Estas personas, que durante siglos aliviaron los males de la gente, cuando apenas había médicos,  con el desarrollo de la medicina actual fueron perdiendo terreno ante la misma y su número disminuyó considerablemente, pero nunca han llegado a desaparecer.

   Actualmente, tenemos una medicina científica donde los diagnósticos y tratamientos que se utilizan están respaldados por investigaciones suficientemente contrastadas; una medicina moderna que permite tratar, eficazmente, casi todas las enfermedades; pero, a pesar de  los grandes avances que ha experimentado en  los últimos tiempos, aún queda un gran número de cosas por hacer.
   Mucha gente vive con el convencimiento de que la medicina actual puede solucionarlo  todo, y esto, desgraciadamente, no es así; aún hay enfermedades que no pueden curarse. Ante estos “fracasos” de la medicina, algunas personas llegan a perder la confianza en los médicos y, a pesar de vivir en pleno siglo XXI, deciden acudir  a los curanderos… no están dispuestos a renunciar a la magia. Esto es lo que hizo decir al psiquiatra Thomas Szasz: “Antes, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora, que la religión es débil y la ciencia fuerte, el hombre confunde la medicina con la magia”.

   Entre los sanadores actuales, existe un nutrido grupo de ellos, auténticos charlatanes, que a través de Internet, sin pudor alguno, se anuncian y, desde la distancia, te venden “energía positiva” sin  importar el lugar del planeta en que te encuentres, prometiendo solucionar no sólo los problemas de salud, sino todo tipo de dificultades; previo pago, eso sí (con la tarjeta de crédito transfieres al “sanador” la cantidad establecida, y éste, sin saber quién es, cómo es, ni  en qué parte del mundo se encuentra, te transfiere“la  energía espiritual  que necesitas”, para solucionar tu problema.
  Muy diferentes eran aquellos curanderos tradicionales que tuve ocasión de conocer personalmente, o por referencias, en la segunda mitad del siglo XX. Muchos de ellos estaban convencidos de tener  un don o una gracia  que no solamente les permitía, sino que además les obligaba a  ayudar  a los demás. No se anunciaban en ningún lado y desempeñaban su trabajo de forma bastante altruista  (con ellos no necesitabas tarjeta de crédito alguna ya que no cobraban por sus servicios, sólo aceptaban lo que libremente quisiera darle el paciente.  Muchos, incluso rehusaban ser gratificados con dinero, con una docena de huevos, o un chorizo, podías arreglar el asunto).

   Alguno puede preguntarse si los curanderos, realmente, curaban a alguien. Claro que curaban…pero no a todos. Algo similar ocurre con la medicina actual;  por muy avanzada que esté, no puede curarnos a todos.




domingo, 23 de abril de 2017

Que Dios le de salud para…

(Bienaventurados los borrachos, porque verán a Dios dos veces)

   Todos los de Mieza / son unos borrachos / se beben el vino / y se gastan los cuartos. Esta canción, la escuché una vez en Vilvestre  y en ella, como podemos ver, los de Mieza no salen bien parados.   
En cambio, en Mieza, cantaban lo siguiente: Los mozos de Vilvestre / son unos borrachos / se beben el vino / y se gastan los cuartos.
   Que en cuál de los dos pueblos hay más borrachos, pues no lo sé; tampoco es plan de hacer una encuesta para ver si alguno de ellos destaca en estos menesteres.
   Antes, era muy común la aversión que había entre la gente de pueblos colindantes; raro era el lugar donde sus vecinos no cantasen alguna cantinela en la que los habitantes de algún pueblo aledaño salían malparados; aunque, en el pueblo aludido, también solían tener otra similar donde los   perjudicados eran los del primer pueblo, tal como ocurría con el asunto de los borrachos de Mieza y Vilvestre.
   En este sentido, es famosa la disputa que mantienen, desde tiempo inmemorial, entre Saucelle y Vilvestre,  sobre cuál de ambos lugares es el pueblo de los “averriaos” -obviamente, en cada uno de ellos  afirman que los averriaos son “los otros”-. A pesar de la enorme importancia que tiene el asunto, y de la gran trascendencia que conlleva, para los habitantes de ambas localidades, vivir con la incertidumbre de saber, a ciencia cierta, quienes son “los averriaos”; tras largos y concienzudos estudios que se han realizado sobre el tema, aún no ha sido posible resolver este dilema.

   Bueno, pues esto sucedió hace ya mucho tiempo, y el asunto también estaba relacionado con borrachos; aunque será mejor empezar desde el principio.
   El hecho aconteció a comienzos del siglo XX y en España reinaba por entonces Alfonso XIII; en esa época apenas había carreteras,  las pocas que había unían ciudades y pueblos importantes y, los pueblos estaban unidos entre sí por caminos de herradura.
   Para viajar a la ciudad había transporte público, unos coches de caballos similares a las diligencias de las películas del oeste americano -sin indios, eso sí- , y cuando la gente se desplazaba de un pueblo a otro, solía hacerlo a caballo (esto lo hacían las personas ricas de entonces, hoy equivaldrían a los que se mueven en BMW, Audi y Mercedes), en burro, en mulo, o caminando.
   Era un Primero de Mayo y ese día, aunque es la Fiesta del Trabajo, en  Barrueco lo que realmente celebran es la fiesta de su patrón, San Felipe, que es muy anterior a la otra.   Actualmente, la festividad se reduce a un solo día, el uno de mayo, pero antes duraba tres días, ya que comenzaba el día de San Felipe (uno de mayo) y terminaba el día de la Cruz (3 de mayo).
   En este pueblo, por San Felipe, se celebraba una importante feria de ganado a la que acudía gran cantidad de gente de todos los pueblos de la comarca y de fuera de ella, y aquel año,  entre el numeroso el gentío que llenaba las calles del pueblo, se encontraban cuatro mozos de Saldeana. Habían llegado a media mañana, juntos, cada uno en su burro; llevaban merienda, como era habitual entonces, y, a la hora de comer, en uno de los bares del pueblo, entre los cuatro compraron una garrafa de vino para acompañar los alimentos. 
   El morapio  debía estar  muy bueno y los cuatro rellenaron los vasos una y otra vez, hasta que lo terminaron todo. Aunque la garrafa no era demasiado grande, imagino que para cuatro podría ser de medio cántaro (unos 8 litros), cuando quisieron darse cuenta ésta estaba muy  vacía, y ellos muy llenos y alegres;  se habían trasegado cada uno de ellos una buena cantidad de vino, ese licor que, en el decir del Viejo Testamento, alegra el corazón de los hombres.
   A media tarde, cuando llegó la hora de regresar a su pueblo, los cuatro estaban aún muy alegres, y cada uno se subió a su “vehículo” para iniciar su itinerario.  
   Las previsiones para el viaje de regreso eran excelentes;  el día, plenamente primaveral, había sido  soleado y la temperatura era agradable; aunque estaban algo desorientados por lo del  vino, no había peligro alguno de perdida ya que los burros conocían perfectamente el camino de vuelta, así que sus amos ni siquiera necesitaron arrearlos para iniciar la ruta.
  Por entonces no se hacían controles de alcoholemia a los viajeros, tal como sucede ahora, de modo que, aunque todos ellos iban un poco achispados, ello tampoco suponía un problema para el viaje¸ aunque yendo en burro tengo grandes dudas que se lo hicieran incluso en la actualidad.
  Entonces, no había carretera para ir a Saldeana, aún faltaban varias décadas para que ésta fuera una realidad, y el trayecto había que hacerlo a través de algún camino; para regresar a su pueblo existían tres caminos distintos: El de Arriba, el de Enmedio, y el de Abajo ( no es broma) , y ellos, los burros más bien, siguieron el de Enmedio, que es por el que habían venido a la fiesta.
 El camino que siguieron atraviesa un valle, en el que hay un pilar , y los asnos, al llegar a su altura, se acercaron al mismo a beber agua. Mientras estaban en ello,  uno de los cuatro jóvenes miró con atención a los compañeros y se le ocurrió contarlos. No se incluyó en el recuento, y, evidentemente, sólo llegó hasta tres.
En el valle había un pilar
-      ¡Ay madre!, dijo en voz alta.  Se ha perdido uno. Éramos cuatro  y ahora solo somos tres.
-      Déjame contar a mí, dijo  el compañero que tenía más cerca. Te habrás equivocado. Y mira que con el vino que has bebido deberías ver el doble.
     Comenzó a hacer el recuento y tampoco se incluyó en el mismo, tal como había hecho el compañero anterior, por lo que también sólo llegó hasta tres.
-      ¡Es verdad!, ¡Falta uno! , exclamo muy preocupado. De los cuatro, uno se ha perdido por el camino y no nos hemos dado cuenta. ¡Pobrecito!, qué va a hacer ahora cuando se dé cuenta de que se ha perdido, dijo al borde de las lágrimas  -el vino ocasiona estas reacciones, a unos le da euforia y a otros les pone tristes- ¿Qué hacemos ahora?
-      Dejadme que cuente yo, dijo un tercero. No me fío mucho de vosotros. Yo creo que  es que os habéis pasado un poco con el vino y no sois capaces de contar bien.  
   Desde el burro, tal como hicieran los dos anteriores, contó a los tres compañeros, tampoco se incluyó en el recuento y obtuvo el mismo resultado  que los dos anteriores.
-      ¡Tenéis razón! ¡Sólo estamos tres! ¡Pero no sé quién es el que falta! ¿Ahora qué hacemos? Seguro que anda por ahí perdido sin saber ni dónde está . ¿Qué le vamos a decir a su padre, cuando nos vea volver sin él?
-      ¿Al padre de quién?, dijo el cuarto. Porque yo tampoco sé quién es el que falta. -éste también había contado sólo a sus otros tres compañeros, sin incluirse en el recuento, tal como habían hecho los demás, y había llegado a la misma conclusión-.
     En estas disquisiciones se encontraban, cuando llegó un hombre al pilar, a dar agua a las vacas.             Vio a los cuatro mozos  allí parados, cada uno subido en su burro, y les preguntó que si pasaba algo.
-      Verá usted, somos de Saldeana y volvemos de San Felipe. Esta mañana, al venir, éramos cuatro; ahora sólo somos tres y es que no sabemos quién de los cuatro es el que falta. ¿Puede usted ayudarnos?
 El dueño de las vacas rápido se dio cuenta del estado en el que se encontraban aquellos jinetes. Apenas eran capaces de sostenerse en los burros y encima pretendían hacer ejercicios de contabilidad; hasta se maravilló porque hubiesen sido capaces de contar hasta tres. Consideró que era urgente ayudarles para que siguieran la ruta hasta su pueblo, antes de que se les hiciera demasiado tarde, y, además, debía ser muy convincente ya que los que abusan del vino no suelen tener la conciencia muy despierta.  
-  Venga, voy a ayudaros. Poneros todos aquí, cerca de mí.
   Con el palo que llevaba en la mano, para las vacas, le arreó al que estaba más cerca un golpe en la cabeza…suave…pero un golpe al fin y al cabo, y contó:
-¡Uno!  
  Éste, se quejó por el golpe y se llevó la mano a la cabeza.
-  ¡Dos!, continuó el benefactor, dándole otro estacazo al segundo, con el mismo resultado.
   De igual modo procedió con los otros dos, dándole a cada uno con el palo en la cabeza, a la par que los enumeraba, y cuando acabó dijo:
-  ¡Y cuatro!, ya estáis todos. Mirad, aquí hay cuatro personas y cuatro burros. Podéis iros tranquilos a vuestro pueblo, que no falta ninguno. De todos modos, si queréis os cuento otra vez, para estar más seguro.
-  ¡NOOOOOOO!, dijeron, doloridos, todos a la vez, mientras se rascaban la cabeza.
Ya más tranquilos, por haber encontrado “al compañero perdido”, aguijaron los burros  para proseguir el camino y uno de ellos, volviendo la cabeza, se dirigió al hombre de las vacas que había resuelto en entuerto.
-   ¡Señor!, muchas gracias por encontrar al compañero perdido. Que Dios le de salud para seguir haciendo favores.


(Éste es un cuento popular muy conocido.  Aunque me lo contaron personalizándolo en unos mozos de Saldeana; en este pueblo, seguramente, también lo contaban, aunque  los borrachos,  en su caso, seguramente eran de Barrueco.
   Los cuentos populares suelen tener una amplia difusión; de hecho, éste lo cuentan también en Extremadura, Castilla la Mancha y posiblemente en otros muchos lugares)