martes, 25 de julio de 2017

El espantapájaros


   El verano estaba ya bien avanzado, a las nueve de la mañana el sol ya llevaba un buen rato sobre el horizonte, soplaba un vientecillo suave que resultaba agradable e Hiscio,  como todos los días, iba caminando hacia la huerta muy pensativo.

  Aquel año, climatológicamente, estaba siendo muy bueno para el campo; el dios de la lluvia había sido generoso y ésta había sido abundante en el otoño e invierno anteriores; el frío había comenzado, permanecido y cesado a su debido tiempo, sin que alguna inoportuna helada  tardía hubiera afectado la floración de los árboles frutales; y durante la primavera, también había llovido lo suficiente.  Aunque la gente que vive del campo nunca está satisfecha con el clima, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que lo que viene bien para unas cosas, no lo es tanto para otras,  el año agrícola estaba resultando muy bueno.    
   El refranero, que suele basarse en la experiencia, cuenta con mucha expresiones relativas a la influencia del clima sobre las cosechas, como el que dice   “Lluvias de octubre a enero, aseguran el puchero. Lluvias de marzo y abril, alegran al labrador y también me alegran a mí”.
    El caso es que, debido a la bonanza del clima, la huerta presentaba un aspecto magnífico; allí había de todo: legumbres, patatas hortalizas, maíz, melones, sandías…, pero, lo que más le satisfacía era que los árboles frutales: manzanos, perales y melocotoneros, que había plantado tres años atrás, por primera vez, estaban pletóricos de fruta. Esto era motivo de gran contento para él y su mujer, satisfacción que era compartían por los pájaros que lo celebraban  acudiendo a los árboles,  a catar la fruta, con gran disgusto de ambos cónyuges.

   Las aves, a pesar de la mala prensa que tienen, en lo referente a los cultivos,  son muy beneficiosas para los mismos, son unos magníficos insecticidas naturales, pues comen ingentes cantidades de insectos y gusanos que atacan a las plantas; pero si consideramos que los frutales están en el campo, y ellas viven en el campo, no es de extrañar  que a veces picoteen la fruta, con “la virtud” añadida de que saben seleccionarla muy bien y eligen siempre la más dulce y madura.  
   Por este motivo, a los pájaros tampoco debe extrañarles que el hombre, desde siempre, haya utilizado diversos artilugios para espantarlos y tratar de evitar que hagan excesivo daño en las cosechas.   
   
   Existe una gran variedad de artefactos que, mediante el movimiento, el sonido, o el reflejo de la luz, son empleados para intentar espantar a la avifauna de los cultivos: cintas de aluminio  o discos compactos (CD) colgados de las ramas de los árboles que se mueven con el viento, botellas de plástico -a algunas de ellas,  recortando sus zonas laterales se les fabrican unas aletas para que giren-,  molinillos, campanillas, pistolas automáticas que mediante gas producen estampidos, reproducciones de halcones o algún otro ave de presa colocado en un sitio visible…  
    Como podemos ver, la variedad de aparatos empleados para ahuyentar  a los pájaros, es muy amplia., aunque el hecho de que exista tal cantidad y variedad  de ellos constituye  una clara prueba de que ninguno de ellos es totalmente eficaz para lograr este objetivo.  Si cualquiera de ellos lo fuese¸ todo el mundo emplearía  ese modelo y se omitirían los demás.
   Hasta ahora, el espantapájaros más popular, y efectivo para algunos, es el clásico monigote, o pelele, que reproduce la figura humana, que se coloca en huertas para que los pájaros piensen que allí hay una persona. Como ellos son conscientes de que, desde el principio de los tiempos, siempre que han estado cerca de los humanos han llevado las de perder -las perdices están buenísimas-, 

saben lo que les conviene y  procuran no acercarse a “ese hombre”; pero, con el tiempo acaban acostumbrándose a todo y, si tienen mucha hambre, no hay espantapájaros que les ahuyente.

   La mujer de Hiscio, harta de que los pájaros pretendieran compartir con ellos lo mejor de sus frutales, había elaborado un espantapájaros esmerándose enormemente para darle el mayor parecido posible  al cuerpo de un hombre, -hoy, que vivimos en una época donde se promueve la igualdad de géneros, lo cual es estupendo, aquí hay que hacer constar la existencia de una clara deriva sexista a la que no acabo de encontrar una clara explicación: ¿por qué los espantapájaros siempre son “hombres” y nunca mujeres?-.
   La fabricación del espantajo había sido bastante laboriosa y le había ocupado una tarde entera; sin embargo, una vez terminado, lo examinó con atención y quedó muy satisfecha por el resultado obtenido. Ante ella tenía un magnífico espantapájaros que reproducía la figura de un hombre, con bastante realismo.
   Había cogido una camisa y unos pantalones viejos del marido, los había cosido entre sí formando un único cuerpo, cerrando todas las posibles aberturas, y lo había rellenado con heno. Además, había confeccionado, con tela, a modo de cabeza, una esfera, que rellenó también con heno, cosiéndola al cuello de la camisa; formando así, con el resto del cuerpo del pelele, una sola unidad, y, para terminar, le colocó un sombrero de paja. Desde lejos, cualquiera podría afirmar que se trataba del auténtico Hiscio.
  Estaba convencida de que un espantapájaros tan elaborado conseguiría alejar a toda la avifauna del lugar, y así sería posible preservar la fruta de sus apetitos.  
  
  Ambos, el marido y ella,  habían decidido que el mejor lugar para colocarlo era en la mitad de la huerta, donde estaban las sandías, y melones, que era el sitio más visible; así, los pájaros, al verlo, creerían que el marido estaba trabajando allí, se espantarían  y por fin podría atajarse el problema.  
   El monigote había sido terminado dos días antes,  el marido lo había colocado el día anterior, y esa mañana era la fecha en la que éste iba a comprobar si el objetivo marcado, que el espantapájaros ahuyentara los pájaros de la huerta, se había conseguido.
 
   Cuando Hiscio se dirigía aquella mañana a la huerta, iba bastante intrigado pensando en la respuesta de los pájaros ante la presencia del pelele que había dejado plantado, hacía apenas  24 horas, y, una vez allí, pudo comprobar sobre el terreno, con gran disgusto, que el resultado esperado no respondía exactamente a las grandes expectativas que tanto él, como su mujer, se habían creado.

   Hasta entonces, todos los días, al llegar a la huerta, siempre encontraba en los frutales pájaros de distintas especies cuya visión hubiera hecho las delicias de cualquier ornitólogo; el, en cambio, como los árboles eran suyos, no disfrutaba en absoluto del espectáculo. De todos modos, compartía con  los ornitólogos el gusto por los pajaritos; con la única diferencia de que a él, como realmente le gustaban eran  fritos.
   Hiscio había comprobado que, cada vez que llegaba la huerta, los pájaros  abandonaban precipitadamente los árboles frutales y, durante todo el rato que permanecía allí trabajando, ninguno volvía a acercarse.
   Este hecho lo había constatado, repetidamente, día tras día, y por ello tenía fundadas esperanzas de que el espantapájaros, hecho con su propia ropa y cubierto con uno de sus sombreros, iba a ser la solución para proteger la frutales; por ello, aquella mañana no esperaba encontrar ave alguna, en su propiedad; pero todas sus esperanzas se esfumaron, rápidamente, nada más llegar a la huerta.
   No sólo es que hubiese pájaros en los  frutales, que es lo que se pretendía evitar;  es que, además, varios de ellos estaban posados encima del propio espantapájaros. Resulta que éste, además de no espantarlos, les servía de posadero.
   Estuvo toda la mañana haciendo las labores habituales y comprobó que, durante todo el tiempo que permaneció en la huerta, igual que había ocurrido todos los días anteriores, ni una sola de las aves osó acercarse a los frutales.
   Ya cerca del mediodía, antes de que hiciese demasiado calor, decidió acabar la tarea, volvió a casa y, nada más entrar por la puerta, la mujer, con gran curiosidad, se dirigió a él preguntando:
-     ¿Hiscio, qué tal en la huerta? Supongo que, gracias al espantapájaros, ya no habría pájaros comiéndose la fruta.  
   El marido la miró sin saber cómo explicarle, en pocas palabras, que todo el trabajo que había realizado, el espantajo, no servía para nada;  y que su obra había sido un completo  fracaso.
   Por unos instantes permaneció en silencio, pensando cómo decírselo para herirla lo menos posible, y al fin, acertó a decir:
-         Mira, te diré una cosa. Aquí, el único espantapájaros que funciona soy yo. 





martes, 11 de julio de 2017

                                              Un eco sorprendente 


   El eco, es un fenómeno acústico que sucede cuando las ondas sonoras chocan contra un obstáculo, rebotan en el mismo, y vuelven hasta el mismo lugar de donde han surgido. Esto da lugar a la repetición del sonido que, obviamente, se oye unos segundos después del sonido original.
   Para poder percibir el eco, nuestro oído necesita que haya un retardo mínimo; una distancia mínima entre el lugar donde surge el ruido, y el obstáculo en el que éste choca. Si la distancia es pequeña, el sonido reflejado vuelve rápidamente y se entremezcla con el original; en estos casos, como el cerebro no los diferencia, los interpreta como un solo sonido y no hay eco.
   La distancia mínima necesaria, entre el emisor del ruido y el obstáculo donde éste choca, para que ambos sonidos no se mezclen y haya eco, es de unos 100 metros aproximadamente.
   A veces, los obstáculos son varios y se encuentran a diferentes distancias; en estos casos, podemos oír un eco múltiple (distintos ecos, simultáneamente).
   El eco, es posible oírlo sobre todo en aquellos lugares donde existen terrenos escarpados, con paredes verticales, como ocurre en las montañas, desfiladeros, y en los cañones de los ríos.
   A grandes rasgos, esta es la explicación científica de la formación del eco, a falta de algunas matizaciones; como que el obstáculo, donde debe chocar el sonido, ha de ser una superficie dura; el ambiente ha de ser silencioso, el sonido emitido ha de ser alto, suficientemente potente para llegar al obstáculo correspondiente; no debe haber viento, etc.

   La mitología griega, por su parte, nos presenta otra explicación sobre la naturaleza del eco, más original e interesante, que tiene poco que ver con los fundamentos físicos del sonido. Eco, era¸ y es (hay que tener en cuenta que los dioses son inmortales), una ninfa de la montaña. Según la mitología, las ninfas viven asociadas a algunos sitios concretos como pueden ser corrientes de agua, montes, manantiales, grutas… , y, como eran muy hermosas, a Zeus le encantaba cortejarlas; por ello, a menudo, solía visitarlas en la Tierra (las visitas no eran precisamente para rezar el rosario).
   Hera, la esposa de Zeus, tenía fundadas sospechas de que éste le era infiel -ni de los dioses puede una fiarse-, y harta de que el marido estuviera casi más tiempo en la Tierra que en el Olimpo, un día bajó a la Tierra intentando pillar a Zeus con alguna ninfa, en plena faena.
   Eco, que la vio llegar, para evitar que Hera descubriera la infidelidad de Zeus, y para proteger a la ninfa que aquel día estaba con él, de las iras de la esposa enfurecida; con el fin de de entretenerla, estuvo hablándole durante mucho rato, dando tiempo a los amantes para que se escabulleran.
   Hera, permaneció un tiempo escuchando a Eco, pero pronto se hartó y se fue a buscar a los amantes; cuando llegó al lugar donde sospechaba que iba a encontrar a Zeus con las manos en…, comprobó que tanto él, como la ninfa, ya se habían largado. Muy irritada, al percatarse del ardid de Eco para obstaculizar su investigación, la maldijo condenándola a no poder hablar con nadie. Solo podría repetir las últimas palabras que dijeran los demás.
   Por lo tanto, cuando llegamos a un lugar donde hay eco y damos voces para escucharlo; según la mitología, allí no hay ondas sonoras que reboten en las peñas, ni nada por el estilo. A quien estamos oyendo, realmente, es a Eco, la ninfa de la montaña, condenada por Hera a repetir las últimas palabras que gritamos.

   Nuestras arribes, si por algo se caracterizan es por lo escarpado del terreno. Los distintos ríos de la zona, gracias a la erosión que han ido ejerciendo en el suelo, a lo largo de millones de años, han conformado unos profundos cañones que, en algunos sitios, ofrecen unas condiciones óptimas para que haya eco.

   Un día, siendo adolescentes, habíamos ido tres amigos a los Arribes del Huebra y estábamos contemplando el impresionante paisaje que ofrece el cañón del río, desde la parte superior de la orilla en la que nos encontrábamos. Desde allí veíamos al Huebra correr a nuestros pies, encajonado en el fondo de los arribes, a más de 200 m. de profundidad. Nos encontrábamos en una peña, en el mismo borde del abismo, y frente a nosotros, en la orilla opuesta, admirábamos los arribes de ese lado; un
Arribes del Huebra
terreno de lo más abrupto: con unos imponentes paredones de granito.
   Allí, los únicos seres vivos capaces de alcanzar aquellos riscos son los pájaros; fundamentalmente los buitres leonados, que tienen allí sus posaderos y nidos. Ellos, son sedentarios y viven allí durante todo el año compartiendo su residencia, gran parte de la primavera y el verano, con los alimoches. Estos últimos, en cambio, son aves migratorias que van a pasar el invierno a África.
   Aquel día, veíamos algunas de estas rapaces sobrevolando la zona mostrándonos que el mejor modo de desenvolverse por aquel terreno tan escabroso es volando, tal como hacían ellas.
   La belleza que guardan las Arribes es espectacular. Allí, lejos de la civilización, reina un silencio impresionante; roto, únicamente, por los sonidos propios de la naturaleza: el canto de los pájaros; el zumbido de los insectos, en verano; alguna vaca lejana que muge ocasionalmente... Son lugares mágicos donde uno casi se siente un intruso. Mientras admirábamos la grandeza del paisaje, uno de los compañeros dijo:
   - ¿Sabéis que aquí hay eco?
   - Pues claro, contestamos a la vez el otro y yo. Los tres éramos del lugar, y no era la primera vez que íbamos al río. Sin mediar más palabras, comencé a gritar yo:
    - ¡ Eeeeeeeeeh!
    - ¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeh! respondió el eco, tras unos segundos de espera. No una, sino varias veces, ya que es un eco múltiple el que allí se puede escuchar.
   Seguimos dando voces, varias veces más y el eco, que aquel día era excelente, nos respondió otras tantas veces Tras hacer una pausa, uno de mis compañeros, en un "alarde de fineza", gritó.
   - ¡Cabrooooooooón!
   - ¡Cabrooooooooooooooooooooooooooón! Contestó el eco, también multiplicando la respuesta, varias veces.
   Una vez que se hizo el silencio, después de que se acabara el eco, pudimos oír con toda claridad:
   - ¡Cabrón tuuuuuuuuuuuuuuuuuuú!

   Los tres, nos quedamos estupefactos el escuchar aquello. El eco repite los sonidos que emites; pero de ahí, a que añada palabras propias... no sabíamos que decir.
   Si nos atenemos a la mitología, hasta podríamos haber culpado a la ninfa Eco. ¿Y si ésta,  excepcionalmente,  ese día , en vez de repetir nuestras voces, se había enfadado con el compañero por decir palabras soeces, había recuperado el habla, y era ella quien había respondido?
   Pero estábamos seguros que las ninfas no dicen esas palabras y, además, aunque nunca habíamos escuchado a una ninfa -al menos yo-, y no teníamos referencias de cómo es su voz, lo que habíamos oído era una voz varonil…de eso no teníamos duda; así que descartamos de inmediato la teoría de la ninfa.
   Entonces, observamos que, en la orilla opuesta, en la parte alta de los arribes del río, había unas vacas pastando; debido a la larga distancia, apenas eran perceptibles desde el lugar donde nos encontrábamos y la conclusión a la que llegamos fue que la voz que habíamos oído no se trataba de ningún eco extraño, sino que debía pertenecer al dueño del ganado que andaría por allí. Habría oído el improperio que había lanzado el compañero al aire, se había dado por aludido y había contestado.      Este razonamiento parecía más lógico que echar mano de la mitología para explicar lo sucedido; pero no teníamos prismáticos y, a simple vista, debido a la distancia, éramos incapaces de distinguir la silueta de persona alguna en la otra orilla.
   Tras la gran sorpresa que nos habíamos llevado, no sabíamos qué hacer. No era plan de excusarse a voces ante el misterioso hombre cuya voz habíamos oído, pero al que éramos incapaces de ver.       Además, el compañero no había insultado a nadie; únicamente, se había dirigido al eco en términos poco apropiados, pensando que estábamos solos por estos parajes, y la casualidad había querido que no fuera así, Indudablemente, aquello había sido "un accidente".
   La moraleja que aprendimos aquel día es que, siempre, hay que medir bien las palabras que uno dice... aunque se las diga al eco; haciendo caso al refrán castellano que dice “Palabra y piedra suelta no tienen vuelta”