jueves, 24 de noviembre de 2016

El Cristo de las Aguas

   La Meteorología, entre otras cosas, permite hacer pronósticos del tiempo que va a hacer. Hoy día,   podemos comprobar que las predicciones que hacen los meteorólogos son bastante certeras siendo esto posible porque estamos ante una ciencia que, como tal, se apoya en datos objetivos como son  los satélites meteorológicos, las estaciones meteorológicas de medición distribuidas en distintas zonas, y en otros medios.
  Antiguamente,  cuando aún no existían las agencias de meteorología, las predicciones del tiempo las hacía la propia gente de los pueblos. Pronosticar el tiempo que iba a hacer era uno de los temas favoritos  en las conversaciones de la gente y, en todos los lugares, siempre había algunas personas que eran auténticos expertos en augurar cómo iba a ser el clima durante los siguientes días. El método que utilizaban  estos pronosticadores del tiempo,  para vaticinar los cambios climáticos,  era poco  científico y, si hubiera que definirlo de alguna manera, habría que catalogarlo como un  auténtico arte: se basaban en la observación de las nubes, del sol, de la luna, de los vientos, del aspecto del cielo, del comportamiento de los animales… Además de sus apreciaciones personales, echaban mano de otros medios “más científicos” como eran las Cabañuelas, y el popular Calendario Zaragozano.

   Actualmente, cuando lleva mucho tiempo sin llover, y hay sequía, los meteorólogos buscan una explicación científica que justifique la prolongada falta de lluvia (otra cosa es que la encuentren),  y la solución que proponen los  expertos, en estos casos, siempre es la misma: que consumamos poca agua  (más de uno, en su afán por ahorrar agua; bien siguiendo las indicaciones de aquellos, o por iniciativa propia, dejó de consumir  agua,  comenzó a beber cerveza, tinto de verano, cubatas… y no ha vuelto a probarla ¿ ecologismo?, ¿borrachismo?, pues la verdad es que no sé como catalogar su actitud,  pero bueno, ahí siguen...ahorrando agua).

   En tiempos pretéritos, nuestros antepasados, antes de que la tecnología y la ciencia hicieran aparición en nuestra existencia,  vivían con la convicción de que sus vidas dependían enteramente de la  Providencia y consideraban que la ausencia de lluvia  estaba motivada porque Dios, de alguna forma, estaba enfadado con ellos, siendo por lo tanto, las sequías, un modo de ser castigados por sus pecados. Por ello, había que pedirle a algún Cristo, o alguna Virgen, que intercediera por ellos ante  el Supremo Hacedor para que Éste le quitara “el candado a las nubes”, volviera a llover, y de este modo desapareciera la sequía.
  Esta petición, que se hacía a algún Cristo o Virgen, con tal fin, era conocida como “hacer rogativas” y consistía en sacar en procesión a la correspondiente imagen, rezándole y cantándole para que lloviera.
  Quizá haya incrédulos  que duden  de la eficacia de las rogativas; a ellos,  es necesario  aclarar  que éstas nunca fallaban… eran infalibles. Siempre que se hacían  rogativas  llovía  (podía ocurrir  a los pocos días, tras unas semanas, o quizá al cabo de unos meses…pero siempre acababa lloviendo).
 
   Una vez, en un pueblo, llevaba mucho tiempo sin llover y  había una sequía tremenda; los campos estaban agostados, los regatos no corrían desde mucho tiempo atrás, las charcas solo albergaban barro reseco, por los caños de los pilares no corría agua alguna y la mayoría de los pozos se habían secado; el caso es que la situación era ya insostenible y los labradores estaban desesperados. Un día, varios de ellos, acudieron a hablar con el cura del pueblo.
    - Mire usted, don Frigiliano, hay que sacar en procesión al "Cristo de las Aguas" para hacer unas rogativas. El campo está totalmente seco, el otoño e invierno pasados no llovió absolutamente nada, la primavera va por el mismo camino, el verano está ahí mismo y la situación es desesperada.
   Al cura, esta petición de los agricultores le dejó pensativo y, a la vez muy extrañado. El  crucificado, que la gente conocía como "Cristo de las Aguas", era una imagen que estaba en la sacristía, olvidada por todos. Él llevaba en el pueblo varios años y no recordaba que el anterior cura le hubiera informado nada respecto a dicha imagen.
    Al principio le resultó raro que estuviera en la sacristía y no en la iglesia, con el resto de las imágenes;  pero como en cada pueblo tienen sus costumbres, no le había dado excesiva importancia al asunto y decidió que, si el Cristo estaba en la en la sacristía, debía continuar en el mismo lugar.  
   - ¡Pero que estáis diciendo!, dijo el viejo sacristán, al oír la propuesta de los labradores ¡Eso no puede ser!
   - ¿Por qué?, preguntó don Frigiliano extrañado.
   - Puede ser peor el remiendo que el agujero, sentenció el sacristán.
    - Peor imposible, afirmó uno de los labradores. Hay que sacar a esa imagen en procesión. Yo una vez le oí decir a mi abuelo que hubo una sequía tremenda, sacaron al Cristo de las Aguas en  procesión, y se puso a llover de inmediato.
   El párroco era escéptico respecto a los resultados de las rogativas, pero consideró que, por sacar en procesión al Cristo, no se perdía nada. El pobre llevaba muchos años encerrado y un poco de aire no le vendría mal.
   - Vale, dijo a los labradores. Sacaremos al Cristo en procesión y  haremos rogativas, pero debéis saber que, si no llueve, puede ser por otras circunstancias. No debemos ser soberbios y pedir a Dios milagros. Él los hace cuando lo estima conveniente,  no cuando nosotros queramos.
 -¡Llover, lloverá! Por eso no se preocupe, afirmó el sacristán, muy convencido.
Los regatos se derbordaban
   Al día siguiente, el Cristo fue sacado en procesión;  a las dos horas comenzaron a aparecer nubes en el horizonte, y al poco rato empezó a llover ante el alborozo de todos.
   Pasaron los días,  pasaron las semanas, y seguía lloviendo. El terreno ya había embebido todo el agua de la que era capaz y los campos estaban totalmente inundados, los pilares corrían a chorro lleno, las charcas rebosaban y los regatos se derbordaban.  
  La gente del pueblo estaba desesperada por aquellas lluvias tan persistentes.
   El sacristán, en su casa, veía llover a través de la ventana  y decía para sus adentros: La gente lo que no sabe es que El  Cristo estaba encerrado, sí… pero por malo.



domingo, 13 de noviembre de 2016

El médico cazador

   En la sociedad actual, especialmente en las ciudades, podemos ver cómo ha aumentado espectacularmente el número de personas, de toda condición y edad, que tienen  perros como animales de compañía.
   La relación que establecen las personas, con estos animales, es muy positiva; con los perros se puede interactuar mucho: son inteligentes, cariñosos,  te defienden sin importar cual sea el enemigo; cada vez que regresas a casa te reciben  locos de alegría;  buscan el contacto para que les acaricies y ellos se refriegan a ti con el mismo fin;  son fieles hasta el infinito… (Alguien me contó que, en Londres, visitando  un cementerio de animales, vio una placa sobre la tumba de un perro donde la dueña había mandado grabar la siguiente inscripción: “A ******   que me fue más fiel que mi marido”. No es éste, precisamente, el tipo de fidelidad al que me refería, pero alguna relación sí que hay).
   Son unos estupendos animales de compañía, especialmente beneficiosos para aquellas personas, cada vez más abundantes,  que hacen su vida en solitario,  ya sea por decisión personal, u obligadas por las circunstancias. A estos, el hecho de tener un perro evita que se sientan solos, con la ventaja sobreañadida de que son muy discretos y, si llegan tarde a casa, nunca les piden explicaciones (la gente con pareja, en cambio, no tiene esa suerte… a ellos sí se las piden).
   Se convierten en un miembro muy importante de la familia y establecen unos fuertes lazos afectivos con sus dueños,  a quienes hacen  la vida  mucho más agradable (los vecinos no siempre piensan lo mismo, todo hay que decirlo).
  Aprovechando el amor que se les tiene a los perros, ha surgido toda una industria en torno a los cuidados que éstos precisan: hay tiendas especializadas en productos para animales donde se les puede comprar comida, productos para el aseo, juguetes,  ropa (y eso que todos vienen al mundo con un magnífico abrigo de piel) ; también hay peluquerías caninas, guarderías  para que los puedan dejar temporalmente allí sus dueños; clínicas veterinarias donde les vacunan y tratan sus enfermedades;  hospitales de animales donde son ingresados y operados si es necesario, y, cuando les llega la hora final, también existe la posibilidad de que sean convenientemente sedados para evitar sufrimientos innecesarios. 
   Este tipo de relaciones, que se establecen entre las personas y sus  perros de compañía,  son de carácter emocional… de afecto. Es un cariño en las dos direcciones  y ello determina que algunas personas, como quieren tanto a su perro,  no dudan en gastarse todo el dinero que sea necesario para el bienestar de éste.  
   Esto, a algunos, quizá les puede parecer excesivo;  especialmente, a aquellos que ya no somos tan jóvenes, y que en la infancia y adolescencia vivíamos en un medio rural, pues las relaciones que había entonces con los animales diferían algo de las actuales.
  Hasta hace unas cuantas décadas, la sociedad era diferente a la actual en muchos aspectos;  respecto a la  relación que mantenían entonces los perros y sus dueños, podríamos que era fundamentalmente “profesional”. La gente tenía perros sobre todo con un fin utilitario: cuidaban la casa, guardaban el ganado y eran un compañero insustituible  para la caza  (estas  funciones aún las mantienen, pero a un menor nivel).
 A pesar de que la relación con los canes era esencialmente “ laboral”,  y no se les compraban juguetes, champú y peines para el aseo, ni ropa de temporada;  también  se les quería mucho, y, cuando el perro ya era muy viejo, a veces perdía muchas de sus capacidades: no veía, no oía, apenas podía masticar,  le dolían las articulaciones y cualquier movimiento le ocasionaba dolor… en fin, que había llegado al final de su ciclo vital. 
   En los tiempos actuales, llegada esta situación, el camino a seguir es buscar un veterinario que puede sedar al animal y poner fin a su vida dignamente;  pero, en aquellos tiempos,  la mayoría de las veces, por no decir nunca, esto no era posible siendo el propio dueño del can el que, para evitar que sufriera innecesariamente, debía realizar la eutanasia activa -una forma fina de decir que tenía que “cargarse al perro”.
  Realizar este acto a un animal que  ha convivido contigo muchos años, al que le tienes mucho afecto, es muy duro y no todos tenían el suficiente valor para llevarlo a cabo. Aún recuerdo una ocasión en la que un hombre llevó a su perro al campo para acabar con él y regresaron los dos a casa porque decía que el pobre animal le miraba y no se atrevió a rematar la faena.
 En estos casos, había que recurrir a gente ajena a la familia, que no estuviera implicada emocionalmente con el perro, que tuviera experiencia en matar animales a sangre fría; unas personas resueltas  a madrugar todo lo necesario para estar en el campo con las primeras luces del amanecer,  sin importarles el frío, lluvia u otras inclemencias del tiempo; gente dispuesta a hacer muchos kilómetros a lo largo del día, cruzando montes, valles, regatos, y todo ello por el afán de encontrar alguna perdiz, conejo o liebre a la que pegarle un tiro...sí, había que recurrir a algún cazador.
  Éste era uno de los  clásicos favores que recibían los cazadores: “mira, cuando vayas de caza, haz el favor de llevarte un día a mi perro, y que no vuelva”.  
   Con estos antecedentes, no resulta extraño lo que ocurrió un día en un pueblo.  Resulta que el médico de ese lugar era un  cazador empedernido y  sólo vivía para la caza. A lo largo del año,  él sólo distinguía dos épocas: cuando se podía cazar, y cuando no se podía cazar; de forma que, cuando acababa la temporada de caza,  pasaba el tiempo contando los días que quedaban para el inicio de la siguiente.  
   Cada persona se imagina el Paraíso a su modo: un político lo imagina como un lugar donde la gente se deja engañar con facilidad, todos le votan y gana siempre por amplia mayoría. Un trabajador, como un lugar donde el horario es muy bueno, se trabaja poco, se gana mucho y tienes muchas vacaciones. Un hombre feo,  como una isla con muchas mujeres guapas donde él es el único varón -esto último, realmente,  no sé si acabaría siendo un paraíso o un infierno- … En fin, que cada cual que se lo imagina a su gusto.
   Este médico debía imaginarlo como un gran coto lleno de perdices, conejos y liebres, en el que no existiese restricción alguna para la caza,  pudiendo salir a ejercer su afición todos los días del año. De hecho, cuando se levantaba le veda, de los días hábiles para cazar no perdonaba ni uno.
   Un día, se encontraba cazando y fueron a avisarle porque en el pueblo uno de los convecinos, que ya era muy mayor, se había puesto malo.
   El galeno, tal como estaba, con su ropaje de cazador, se echó la escopeta a la espalda y  de esta manera se dirigió al domicilio del paciente, con el fin de perder el menor tiempo posible, para  volver al coto a continuar la jornada de caza, una vez hubiera atendido al enfermo.   
   Al llegar a la casa del paciente, entró en la habitación donde éste se encontraba y le vio postrado en la cama, sin apenas poder moverse.
    El hombre, al ver llegar al médico vestido con la ropa de camuflaje y la escopeta a la espalda, a pesar de lo fastidiado que estaba, sin saber de dónde, sacó fuerzas y se incorporó sobresaltado, diciendo:
- ¡Don ********, la escopeta no la habrá traído para rematarme! ¿Verdad?