lunes, 26 de junio de 2017

La asadura del cura

  
   El Concilio Vaticano II (1962-1965), supuso un hito muy importante para la  Iglesia Católica pues de él surgieron una serie de reformas que tuvieron gran relevancia para los cristianos. De todas ellas, quizá las más destacadas, o al menos las más visibles, fueron las que se introdujeron en la celebración de los oficios religiosos.
   Hasta entonces,  los sacerdotes celebraban la misa de cara al altar, y, a partir de entonces, pasaron a hacerlo mirando a la gente, tal como acontece en la actualidad. 
   Otra de las reformas, que trajo consigo este concilio, fue cambiar el idioma en el que se celebraban los actos litúrgicos; durante siglos, éstos habían sido en latín, pasando a serlo, a partir de entonces,  en las lenguas vernáculas de los distintos países. De este modo, fue posible hacer más compresible la palabra de Dios a la grey, ya que la gente, salvo raras excepciones, no sabía latín.
   Hoy día, cuesta bastante imaginar al cura celebrando la misa, tal como se hacía antes del antedicho concilio, sin mirar apenas a la gente ya que, durante la mayor parte de la ceremonia, permanecía de espaldas a los fieles, con la mirada puesta en el altar. Si a ello sumamos que, a lo largo de toda la liturgia, utilizaba una lengua, el latín, que era desconocida para la mayoría de los feligreses; fácilmente, llegamos a la conclusión de que la Iglesia vivía, literalmente, de espaldas al pueblo.
 
  Debido al asunto del latín, entonces, la figura del sacristán era fundamental en los oficios religiosos pues él, generalmente, lo sabía y acompañaba al sacerdote durante las distintas celebraciones. Habitualmente, se situaba en la parte trasera del templo, en el coro,  y desde allí acompañaba y contestaba al oficiante en los rezos y cantos correspondientes.
   Los feligreses, a pesar de desconocer la lengua de Ovidio,  intentaban participar también en la misa -no sabían la letra, sólo la música-  y tal como hacíamos muchos de nosotros, que cantábamos las canciones de “Los Beatles”, sin saber nada de inglés; ellos  tatareaban o “parlucheaban”, como mejor podían, los diversos cantos, rezos y letanías.
 
   Bueno, pues esto ocurrió antes del Concilio Vaticano II,  cuando las misas aún eran en latín.
   Un domingo, el cura del pueblo se fue a decir la misa, tenía un ama llamada Mariquilla, y, cuando ésta se disponía a cocinar una pierna de cordero, que era lo que había previsto hacer  para ese día, cayó en la cuenta de que el sacerdote había olvidado decirle cómo quería que  se la preparara.
  A toda prisa, se acercó a la iglesia para ver si aún no había comenzado la ceremonia, con el fin de resolver su duda, pero ésta ya había empezado. Aquel día, la misa era cantada y el sacristán, desde el coro, contestaba  acompañando en los cantos, al cura.
  Mariquilla, permaneció un  rato parada ante la puerta del templo, muy preocupada, sin saber qué hacer, y decidió subir al coro, para hablar con el sacristán, a ver si podía resolverle la duda de cómo quería el cura que le preparara la carne. Tras explicarle el problema, el sacristán le respondió.
El sacristán desde el coro contestaba
-   No te preocupes, yo se lo pregunto ahora mismo, cantando en latín.
 Cuando le tocó intervenir al sacristán, cantó lo siguiente:
    
     Mariquilla vino aquí
     Muy triste y desconsolada
     Como quiere la asadura
     Si frita o si guisada
 
   El cura, cuando le oyó, contestó también cantando:

     Mariquilla vete a casa
     Y componme la asadura
     Echalé ajo y pimentorum
     Questá sécula seculorum

   El sacristán, cuando lo escuchó se lo dijo a Mariquilla y así ésta pudo enterarse de cómo quería el cura que le preparara el cordero. 
   La gente, al no saber  latín, no se enteró de nada…ni de la misa, que era lo habitual… ni del asunto de la asadura de la carne.


   (Éste es un cuento popular, muy conocido, que contaban los padres y abuelos, a hijos y nietos. Cuando llegaban a la parte de las estrofas, las cantaban con la melodía propia de los cantos de misa)

lunes, 12 de junio de 2017

Curanderos. Entre la ciencia y la magia II

El curandero de Aliste

Aliste, es una comarca situada al noroeste de la provincia de Zamora que tiene muchas cosas en común con la nuestra (quizá sería más acertado decir que tiene unos problemas muy similares a la nuestra). Es fronteriza con Portugal, se trata de una zona muy deprimida y su economía se basa fundamentalmente en la ganadería. Sus pueblos, ya pequeños de por sí,  cada vez lo son más debido a que sufren, desde hace décadas, una progresiva pérdida de población motivada por el éxodo de sus habitantes hacia otras zonas del país, en busca de unas  oportunidades laborales que allí no encuentran, ocurriendo, todo esto, sin que  en el horizonte haya  perspectiva alguna de que este problema pueda ser atajado en un corto plazo de tiempo.
Esta es la triste suerte que ha seguido no sólo Aliste, sino la práctica totalidad de las comarcas del oeste español, rayanas con el vecino país; todas ellas adolecen de los mismos males, ostentando el triste récord de encontrarse entre las zonas más empobrecidas de toda la Unión Europea.
No sé si  están abandonadas de la mano de Dios, como se dice vulgarmente; pero de quien sí lo están, eso sí es seguro, es de la mano de los políticos. Para la gran mayoría de ellos, ni existimos.
  
    Bueno, pues en uno de estos pueblos alistanos vivía, en la segunda mitad del siglo XX, un curandero al que acudía mucha gente buscando alivio para sus males.
Entre los antiguos curanderos, algunos intentaban aliviar determinadas enfermedades concretas: problemas musculares y óseos, de la piel, el mal de ojo…; en cambio, otros trataban  todo tipo de males, tanto del cuerpo, como del espíritu.
Algunos de estos sanadores llegaron a ser muy famosos, trascendiendo su fama no sólo a los pueblos de la comarca o provincia donde ejercían su actividad, sino también a otras provincias…y eso que la única publicidad con la que contaban era el “boca a boca” de la gente.

Nuestro curandero pertenecía al segundo grupo: trataba enfermedades de todo tipo, era bastante famoso, y tenía un “don”, o habilidad, que le diferenciaba del resto de los curanderos que consistía en que apenas  necesitaba preguntar a los pacientes cual era el mal que les había empujado a buscar sus servicios, ya que les cogía la mano, les tomaba el pulso, y así era capaz de averiguar qué era lo que le pasaba al enfermo y, además,  el lugar del cuerpo donde se  localizaba la dolencia.
Esto era posible porque el curandero, una vez que establecía el contacto con el paciente a través de la mano, sentía en su propio cuerpo una molestia similar y en el mismo órgano, que aquel. Después, ya hablaba con él y le indicaba el tratamiento a seguir.

Evidentemente, esto era algo maravilloso. A veces, cuando se tiene una enfermedad  y  se va al médico;  éste, para poder prescribir o realizar un tratamiento, necesita hacer previamente el oportuno diagnóstico y ello, frecuentemente, conlleva a solicitar pruebas radiológicas, análisis, etc, que tardan algún tiempo en ser realizadas y que desencadena nuevas consultas, retrasos en el diagnóstico y comienzo del tratamiento, mayores gastos de dinero (y de paciencia), convirtiéndose todo ello en un proceso largo y desesperante, por qué no reconocerlo.
En cambio, a todo aquel que iba a este curandero; éste, le tomaba el pulso e, inmediatamente, era capaz de averiguar lo que le ocurría, proporcionándole, a continuación, el oportuno tratamiento. Todo ello sucedía en un corto espacio de tiempo, en una sola consulta que apenas duraba unos minutos.

Claro que en esta vida nada es perfecto y,  en todo aquello que hacemos o nos proponemos, siempre existe algún inconveniente o dificultad. Es sabido que, cuando en cualquier tipo de actividad, sea material o inmaterial, todo parece perfecto ante nuestros ojos y no encontramos inconveniente alguno; esto, casi siempre, es debido  a que no hemos  mirado bien, o a que algo se nos ha pasado por alto; en cambio, si volvemos a mirar la cosa, o el asunto, detenidamente, desde al ángulo adecuado, entonces, la mayoría de las veces, logramos encontrar alguna imperfección o dificultad que nos había pasado desapercibida en un primer momento.   
En este caso, el inconveniente que había era bastante evidente y no hacía falta investigar mucho para encontrarlo. Resulta que al curandero, a consecuencia de algún accidente que había sufrido en una pierna, le habían quedado serías secuelas en la misma y cojeaba.

Un día llegó a la casa del curandero un hombre que tenía fuertes dolores en una pierna, y era conocedor de la metodología de trabajo del mismo. Confiaba en que la pierna donde al sanador tenía su problema no fuera la misma en la que él tenía el dolor;  pero sus esperanzas desaparecieron nada más verle. No obstante, como ya estaba allí, decidió continuar la consulta.
Cuando el curandero se disponía a tomarle el pulso,  para localizar la enfermedad, el paciente dijo:

-         Antes de nada, quiero hacerle una pregunta. Usted, al tomar el pulso, sabe dónde está el mal  de los que venimos, porque lo siente en el mismo sitio en su cuerpo. ¿Es cierto?
-         Es cierto, contestó muy serio el curandero. Yo siento algo semejante a lo que le ocurre, y en el mismo lugar.
-      Y si el mal que yo tengo, estuviera en su pierna mala, ¿cómo va a saber, entonces, lo que tengo?
-         Eso es muy sencillo, respondió el curandero, sin inmutarse lo más mínimo, ante la impertinencia de la pregunta. Si yo tomo el pulso a alguien y no siento nada, entonces sé que el mal lo tiene en esa pierna.

Esta anécdota se la atribuyen a Simón, un antiguo curandero de San Cristóbal de Aliste (Zamora). No puedo asegurar que este hecho sucediera realmente, pero lo que sí es cierto es que,  usaba su “don” y tomaba el pulso a los pacientes, para hacer sus diagnósticos; no obstante, esto era sólo una parte más de la consulta; pues, como todos los curanderos, tenía una gran capacidad 
Iglesia de San Cristóbal de Aliste. Foto: Adata.es
de observación, a la par de una  enorme habilidad para interrogar a la gente que a  él acudía, para que le contaran sus males y así completar sus diagnósticos.

  Simón, para tratar las enfermedades, empleaba remedios naturales, fórmulas magistrales elaboradas, básicamente, con plantas.
Muchos curanderos, elaboraban ellos mismos  los “productos terapéuticos”  que les daban a los pacientes, procurando mantener en el más absoluto secreto su composición; en cambio, con el curandero de San Cristóbal de Aliste no existía ocultismo alguno ya que, a las personas que trataba, les proporcionaba la fórmula final del producto que recomendaba para el correspondiente tratamiento  (la lista de las sustancias que lo componían, así como la proporción de cada una de ellas); explicándoles,  además, cómo elaborar adecuadamente la mezcla, y la forma de administrar el producto correctamente.

       ¿Que si los tratamientos eran eficaces? Supongo que unas veces lo serían y otras no.
  Yo una vez tuve ocasión de utilizar uno de sus remedios para evitar la caída del pelo. En esta ocasión, al ser el diagnóstico era tan evidente, no fue necesario que utilizara su “don” para llegar al mismo.

   Recomendó una fórmula magistral, que había que debía ser aplicada en el cuero cabelludo,  en forma de loción. Cuando me hice con ella, la usé tal como dijo el curandero y …