lunes, 27 de junio de 2016

Historias del verano

El alcalde “libertario”

  Aquel día, tras cerrar el consultorio del pueblo,  el médico miró el reloj y comprobó con satisfacción que  la consulta había acabado a una  hora razonable. Estaba contento ya que,  tras el intenso trabajo que había tenido a lo largo de la semana anterior,  la situación parecía haberse normalizado  y el estado de salud de los pacientes había vuelto a su nivel habitual. Era mediodía y como buen español que era, antes de regresar a su casa, decidió tomar algo en el bar así que dirigió sus pasos hacia el mismo y en el camino fue recordando lo sucedido.

   Era la primera semana de julio, el verano estaba en sus inicios, y en el pueblo, como era habitual  por estas fechas,  la población se  había incrementado notablemente; pero el motivo que tanto había intensificado  su trabajo, durante los días previos, no había sido originado por este crecimiento poblacional, sino por otro muy distinto
  
   El agua es un elemento imprescindible para nuestra existencia que siempre ha condicionado, enormemente, la vida del hombre ya que, desde el principio de los tiempos, se ha visto obligado a asentarse en lugares donde fuera fácil  el acceso a este preciado elemento. Algo tan sencillo como abrir un grifo en casa y que por él salga agua apta para el consumo, para nosotros es algo rutinario y parece  muy simple;  pero,  hasta que esto ha podido ser una realidad, tanto los habitantes de los pueblos como los de las ciudades han  tenido que sufrir, previamente, un montón de vicisitudes.
  Esta dependencia del agua, entre otras cosas,  ha sido el motivo de que la mayoría de las ciudades estén ubicadas al lado de algún río, y de que los pueblos, cuando  no tienen algún curso de agua cercano, se encuentren situados en lugares donde el agua subterránea, a través de fuentes, pozos y pilares pueda ser accesible  a sus habitantes.
  Durante siglos, para el  consumo habitual,  la gente recogía el agua directamente de  ríos, arroyos, lagos,  fuentes…, ésta, en ocasiones se contaminaba y quienes la bebían contraían  infecciones gastrointestinales, un hecho que era bastante común. Por lo tanto, el  problema que nuestros antepasados tenían, no se limitaba únicamente a poder disponer de agua en cantidad suficiente, a veces ocurría que ésta no siempre  era  potable.    
A lo largo del tiempo, los países desarrollados han conseguido solucionar el problema de abastecimiento de agua mediante una serie de infraestructuras que, básicamente, han consistido en obras de captación y almacenamiento; en una adecuada potabilización  para que esté  limpia y libre de gérmenes; y en trabajos de canalización que permiten  llevarla a las casas donde, una vez usada, es eliminada en forma de aguas residuales a través del alcantarillado.
Las obras que han permitido llegar a la situación actual fueron ejecutándose,  progresivamente,  a lo largo de los  años: primero  en las ciudades, después en los pueblos más grandes y cercanos a éstas, y, finalmente, como siempre ocurre con todo lo que suponga  desarrollo, fueron los lugares pequeños y alejados los últimos que pudieron beneficiarse de este servicio. Los  pueblos de nuestra comarca, como pertenecen a ese último grupo,   tuvieron que esperar hasta finales de la década de 1960 y comienzos de los 1970, para que se realizaran las trabajos que permitieron llevar agua corriente a las casas; un hecho que mejoró, de forma notoria, la calidad de vida de nuestros paisanos ya que,  hasta entonces, siempre habían tenido que ir a cogerla  a la fuente.   
  
   Beber agua que procede directamente del manantial, ya sea en pozos, pilares o fuentes,  es un lujo que aún nos podemos permitir en nuestros pueblos; es un agua natural, sin cloro ni sustancias añadidas que interfieran con sus características organolépticas pero, aunque es un agua estupenda, a veces puede llegar a contaminarse por gérmenes, un hecho que es más común  en verano cuando disminuye el caudal de los ríos y las fuentes y con ello las posibilidades de depuración natural.  El refranero popular dice al respecto que “agua corriente no mata a la gente”; también podríamos decir que  “cuando el caudal flojea, llega la diarrea” (esto último no sé si lo dice también el refranero, o quizá fuera  Platón…Y si no fue alguno de ellos, pues lo añado yo).

    Bueno, pues el problema de salud que había ocurrido en el pueblo, durante los días anteriores,   estaba relacionado con el agua;  concretamente, con una fuente pública. Ésta, proporcionaba un agua abundante, de gran calidad que, desde tiempo inmemorial, había saciado la sed de los lugareños; por ello, cuando en el pueblo se hicieron las obras de abastecimiento para  llevar el agua a los domicilios,  habían decidido mantenerla, tal como estaba, para que quien lo deseara pudiera seguir utilizándola.  
  Desde el otoño, cuando comenzaban las lluvias, hasta los inicios del  verano, la fuente conservaba un abundante caudal;  pero  con el estío,  a medida que pasaban las semanas, el chorro del  caño iba decreciendo progresivamente de modo que, aunque el manantial casi nunca llegaba a secarse,
Fuente de Vilvestre
cuando llegaba septiembre  por el caño solamente corría un pequeño hilillo de agua dando la sensación de que iba a agotarse en cualquier momento.
   En el pueblo, a pesar de que  en todas las casas ya  había agua corriente, la gente seguía  utilizando para beber  el agua de la fuente, pues la calidad de ésta era muy  superior a la del abastecimiento general; reservando, ésta última, para el  aseo, la limpieza de la casa y demás menesteres.
  
   El tema del agua funcionaba de ese modo: casi todo el mundo la bebía de la fuente durante otoño, invierno y primavera con total confianza, pues el caño mantenía un copioso  caudal. En cambio, al llegar el verano, cuando el chorro de la fuente empezaba a menguar, los habitantes del lugar, conscientes de que, a medida que el caudal del mismo disminuía, aumentaban las posibilidades de que el agua se contaminara;  por prudencia, casi todos ellos dejaban de beberla de allí.  
   La fecha en la que la gente cambiaba sus hábitos respecto al agua no era fija, oscilaba todos los años dependiendo de lo abundante que hubiera sido la temporada de lluvias; por esta circunstancia,  todos los veranos el asunto de calcular cuándo dejar de beber agua de la fuente levantaba mucha expectación.

   El boticario  había recomendado, repetidamente, al alcalde, que prohibiese a los paisanos  beber agua de la fuente durante el verano ya que, al no estar potabilizada  como la del suministro general, raro era el año en el que no había  algún caso de gastroenteritis, mas  éste nunca le había hecho caso. Aunque eran los últimos tiempos del franquismo y España seguía siendo un estado totalitario, donde el sentido de la autoridad se mantenía muy arraigado,  el regidor del pueblo debía ser  algo  libertario, una cosa extremadamente rara para esa época (quizá es que no tenía los suficientes redaños para enfrentarse a los vecinos, algo que no podemos descartar ) y siempre le  respondía que el agua de la fuente era estupenda, así que tenían que ser los vecinos del pueblo, y no el alcalde ni el boticario, quienes debían decidir, libremente, cuándo dejar de utilizar el agua de la fuente, cada verano.
   En realidad, casi nunca pasaba nada importante pues todos los años, cuando alguien pillaba  una diarrea, lo comunicaba a los vecinos y  familiares, el “boca a boca” funcionaba muy bien, y, en cuestión de horas, todos los habitantes del lugar sabían que el agua de la fuente ya no era potable  y dejaban de consumirla hasta el otoño, cuando el caño volvía a recuperar un  buen caudal.    
  
   Este asunto se había convertido en una tradición más del pueblo y sus habitantes, conscientes de que  a medida que avanzaba el verano  aumentaban las probabilidades de que se contaminara el agua de la fuente, habían establecido la costumbre de  considerar al día de  la Virgen del Carmen (16 de julio)  como la fecha límite  para dejar de beberla; así que, “por si acaso”, a partir de ese día, casi todo el mundo empezaba a beber el agua que llegaba del suministro general a los domicilios.
   Evidentemente, esto no era nada científico y, como la fecha era meramente orientativa, siempre había “valientes” que apuraban mucho los días y  continuaban  bebiendo agua de la fuente durante más  tiempo. Curiosamente, los más imprudentes eran los  más viejos, que seguían consumiéndola durante varias semanas más y casi nunca les pasaba nada (o si les pasaba, no lo decían).

  Del mismo modo que en Asturias hay un día al año en el que celebran la pesca en los ríos del primer salmón de la temporada,  al que llaman “El Campano”,  y es una jornada muy señalada; en el pueblo  -salvando las distancias-  también era un día muy señalado aquel en el que  aparecía la primera persona de la temporada con diarrea pues ese era el indicador de que la gente debía dejar de beber definitivamente el agua de la fuente hasta el otoño.
   
   Ese año, el otoño y el  invierno anteriores habían sido especialmente secos y la   primavera  también fue muy pobre en lluvias;  por ello,  como los  manantiales se habían cebado poco,  el caudal de la fuente comenzó a mermar muy pronto. Debido a esta circunstancia, o  bien  a alguna otra causa que nunca llegó a saberse,  resulta  que, en la última semana de junio, el agua de la fuente perdió su salubridad.
   El primer aviso, de que el agua del caño había dejado de ser potable, no sobrevino del mismo modo a lo que venía siendo habitual durante  los años anteriores; hasta entonces, cuando alguno de “los valientes” que seguían bebiendo agua de la fuente, más allá del día de la Virgen del Carmen,  resultaba  afectado,  lo que siempre había acontecido,  cuando aparecía la primera persona afectada por gastroenteritis -que venía a ser como “El Campano” del pueblo-, ésta avisaba a los demás y, en cuestión de horas, o a lo sumo un día,  desaparecían “todos los valientes” y ya nadie bebía agua de la fuente.
   En esta ocasión, lo ocurrido fue que, como aún faltaban tres semanas para el día de la Virgen del Carmen,  todo el mundo seguía bebiendo agua de la fuente ya que aún eran “fechas seguras”, y sobrevino un verdadero boom…una auténtica explosión gastroenterítica  (vamos, una cagalera generalizada), resultando afectados, los  habitantes del pueblo, por docenas.

   Durante el tiempo que duró la epidemia, los medicamentos para tratar vómitos, diarreas, dolores de barriga…  corrieron a raudales, ya que rara era la familia donde uno o varios de sus integrantes no hubieran enfermado por el agua contaminada. Mientras tanto, la conciencia del farmacéutico estaba en un estado de disociación múltiple: Pensamiento positivo: estaba contento porque, al  aumentar la venta de  medicamentos y agua mineral (entonces, el agua mineral en los pueblos apenas se usaba y sólo se vendía en farmacias), el negoció  mejoró ostensiblemente esos días.  Él, no es que se alegrara porque los vecinos se “fueran de vareta”, pero consideraba que, si estaban así y necesitaban  medicamentos, alguien tenía que vendérselos. Pensamiento negativo: en su fuero interno estaba muy cabreado con el “alcalde libertario”, esa “rara avis franquista” que, haciendo caso omiso a su recomendación, nunca  había querido  poner un letrero en la fuente avisando de que el agua no estaba potabilizada.

   En la intrahistoria de los pueblos siempre acontecen hechos significativos, hitos importantes que marcan un antes y un después, tal como ocurrió con la epidemia de gastroenteritis de aquel año, pues, al ser ésta tan brutal y afectar a tantos paisanos, motivó que el alcalde perdiera súbitamente su “sensibilidad libertaria”  olvidándose del derecho de los vecinos a elegir libremente el sitio donde coger el agua para beber, que tantas veces había defendido,  decidiendo ejercer de alcalde con “mando en plaza” (en este caso, quizá habría que decir con “mando en fuente”), así que  ordenó al alguacil  poner un letrero en la fuente, para avisar del problema del agua

  Letrero sugerido por el boticario: “Agua no potabilizada”
  Letrero que finalmente se puso: “Prohibido beber agua de la fuente hasta nueva orden”

  Cuentan las crónicas que el motivo que llevó  al alcalde,  mandar colocar el letrero, no obedeció  a la sugerencia del  farmacéutico -éste llevaba años intentando convencerle de ello, sin éxito- , sino a que él resultó ser uno de los afectados (como podemos ver, las bacterias, al contrario que las personas, son justas e imparciales  y les importan “un comino” las jerarquías y la autoridad).
   Lo cierto es que el aviso del letrero no tuvo utilidad alguna  ya que, cuando lo colocó el alguacil  en la fuente, los vecinos llevaban ya varios días sin beber agua de la misma.


(Nota aclaratoria: Aunque la foto que acompaña al texto corresponde a la fuente de Vilvestre,  y en ella hay un letrero donde pone “Agua no potable” quiero aclarar que esto no ocurrió en ese pueblo). 

sábado, 18 de junio de 2016

La noche mágica


   El día de San Juan (24 de junio) es una festividad cristiana cuyos  orígenes  tienen poco que ver con el santo.  La fiesta, aunque deriva de la celebración que hacían  los celtas  en esta época del año para festejar el Solsticio de Verano, tiene un origen aún más  remoto que hunde sus raíces en la noche de los tiempos. 
   El Solsticio de Verano  (21 de junio) aunque es conocido, en el hemisferio norte, como el “día más largo”, esto no es así, todos los días tienen 24 horas; en realidad, se trata del día  con más horas de luz natural.   Este hecho ocurre porque es, en esta fecha, cuando la Tierra,  en su órbita  anual alrededor del sol,  alcanza el plano más vertical respecto al mismo y ello determina que los rayos solares lleguen, a lo largo del día,  durante un mayor espacio de tiempo  a nuestro planeta.
   El fenómeno del solsticio, en la actualidad, tiene una explicación científica y apenas llama la atención; pero ¿cómo lo vivían nuestros antepasados,  hace  tres mil años?
    En los pueblos primitivos, todo aquello que no tuviera una explicación lógica era considerado un hecho sobrenatural… algo mágico, y,  a lo largo del año, uno de los días más mágicos era el Solsticio de Verano, el día con más horas de luz, cuando el dios sol muestra toda su fortaleza y la transmite a las plantas, al agua, a los animales y a las personas.
    Para los celtas,  los primeros pobladores conocidos de nuestra comarca, la fecha del Solsticio de Verano era una noche especial  en la que veneraban al  sol haciendo hogueras - el fuego  es lo más parecido a los rayos solares -  realizando, además, una serie de ritos relacionados con el agua y las plantas que ese día adquirían unas propiedades especiales.  Pretendían, con todo ello,  preservar la salud del cuerpo y del espíritu.
    En los inicios del cristianismo, los Padres de la Iglesia pusieron gran empeño en suprimir estas fiestas paganas, pero algunas estaban demasiado arraigadas y no lograron su objetivo. Entonces,  optaron  por cristianizarlas; de este modo, la fiesta del Solsticio de Verano continuó celebrándose, pero la pusieron bajo la advocación de San Juan  que pasó a ser el protagonista central de la misma, en detrimento del dios sol.
   Aunque la batalla para nominar la fiesta la ganó San Juan; aquellas ancestrales costumbres  que realizaban nuestros antepasados, con ocasión del solsticio, se mantuvieron, y gran parte de ellas han llegado  hasta nuestros días.
   
Rituales para la noche de San Juan

   Los rituales realizados durante la noche de San Juan son muy abundantes y giran, casi todos ellos, alrededor de tres elementos: El fuego, el reino vegetal y el agua.

 Ritos del fuego
    De todos los ritos  asociados a la víspera de San Juan, los relacionados con el fuego son los  que más han perdurado y también  los más extendidos  pues, de una u otra forma,  se siguen practicando en casi todos los rincones de España.
El fuego purificador
  En algunos sitios se queman trastos viejos, relacionándose esto con la renovación (desprenderse de lo viejo); mientras que  en otros  lugares hacen hogueras con leña para saltarlas. Se dice que el humo  de estas fogatas previene enfermedades y ahuyenta los malos espíritus. 

 Ritos de agua
  Igual que el fuego,  el agua es otro de los principales  símbolos de esta fecha.  Se cree que el agua del mar, de las fuentes, de los ríos y de los lagos, ese día tiene poderes especiales;  por ello, bañarse esa noche, a la luz de la luna, y beber de ciertas fuentes  o, simplemente, lavarse la cara con ese agua (en algunos lugares dicen que debe proceder de siete fuentes distintas), sirve para asegurarse la salud todo el año.

 Ritos vegetales  
   También  son numerosos los ritos relacionados con el mundo vegetal, algunos con un claro fin  “medicinal”.
   En los días previos al Solsticio de Verano, los rayos de sol inciden durante un gran número de horas  sobre la superficie terrestre, un hecho que alcanza su punto máximo el propio día del solsticio;  esta abundancia de luz determina que el agua y las plantas (los otros seres vivos), estos  días, tengan unas virtudes especiales.
   Si queremos aprovechar esa energía especial, el día de San Juan es una fecha excelente para salir al campo a recoger hierbas y plantas medicinales que servirán para tratar  muchas enfermedades. La recolección ha de hacerse, preferiblemente, antes de la salida del sol, o en el momento del amanecer, para que no pierdan sus propiedades.
   Algunas de estas plantas,  que “necesariamente” se han de recoger este día, son una serie de flores y ramas de arbustos conocidas como hierbas sanjuaneras: manzanilla, hipérico o hierba de San Juan, mejorana, romero, tomillo…

   Otro rito, asociado a las plantas, consiste en adornar con ramas de árboles y arbustos (romero, laurel, olivo, roble o fresno…) los  umbrales de las puertas. El fin de esta actividad no es ornamental,  sirve para proteger  nuestras casas ante los  rayos, las brujas, y otros seres maléficos que siempre están al acecho intentando romper la paz de los hogares.  

   Durante esta noche  se sigue practicando,  en algunos pueblos, la costumbre de plantar en la plaza  el árbol de San Juan (“un mayo”), generalmente, un  chopo o un pino. La intención que se persigue, en estos casos, es atraer al pueblo la protección del espíritu del árbol. Estamos ante un claro vestigio de Dendrolatría, el culto que los antiguos tenían a los árboles.

Otras Supersticiones en torno a  San Juan

   Existe aún una serie de supersticiones y creencias que, desde tiempos inmemoriales, acompañan a la fecha. 

   Es un día apropiado para encontrar tesoros escondidos. No es raro que los rayos de sol, al  mediodía, incidan sobre algún objeto (alguna piedra o peña)  y su sombra nos muestre el lugar donde se encuentra un tesoro oculto.

  También estamos ante una noche especial para las hadas. Es una de las pocas ocasiones, a lo largo del año, en que se hacen visibles en cuevas,  fuentes, bosques, ríos…  Si  algún hombre pasa cerca de ellas, y escucha su voz, puede sufrir encantamiento;  de ahí la precaución que han de tener las personas del género masculino,  la noche de San Juan, al pasar por ciertos lugares, si no quieren quedar hechizados. También la Dama del Lago, de las tradiciones celtas, hace acto de presencia en fecha tan señalada.

   La mañana de este día es una fecha propicia para encontrar  pareja. Aquellas mozas/os que durante esa noche cuenten  nueve estrellas;  al  primer chico/a que vean al día siguiente, después del amanecer, será su futura pareja.

  Otros hechos  asociados a San Juan  son el cambio de amo, o de criado (los pastores, cabreros, porqueros… ese día se ajustaban para todo el año), y la apertura de los ejidos para  iniciar las labores de la trilla.

  También el sol, el elemento fundamental de la festividad, tiene en esta fecha su parte mágica. Este día, en el momento del amanecer, podemos ver cómo nuestro astro rey baila. Para poder apreciar tal fenómeno es necesario  subir a un altozano y mirar hacia el este, al sol naciente, provistos de un cristal ahumado, para  protegernos la vista.   
   Todas estas creencias relativas al baile solar están basadas en un hecho astronómico: el sol, una vez que ha alcanzado en el cielo el punto más alto (el punto solsticial), empieza a descender  en el horizonte de forma casi imperceptible y ello ocasiona una refracción de los rayos solares, esto es lo que produce la impresión óptica de que gira sobre sí mismo.

La fiesta de San Juan en  Barruecopardo
  
   De todos los antiguos rituales relativos a la noche de San Juan, en Barrueco, actualmente, sólo se  realiza el encendido de alguna hoguera, lo cual  no deja de tener su magia: las hogueras de tomillo desprenden un   humo  abundante, denso y muy  aromático, que impregna el ambiente. Todo aquel que salte la hoguera y se ahúme quedará purificado e inmune ante todo tipo de  enfermedades, a lo largo de  todo el año  (el chamuscarse el pelo es un pequeño  tributo que  a veces hay que pagar por saltar la hoguera).

   Hasta no hace tantos años,  los rituales que pervivían, tanto en Barrueco como en el resto de los   pueblos de la comarca, eran los siguientes:

  Se hacían numerosas hogueras. Por todo el pueblo, en  las calles y plazas, se encendían gran cantidad  fogatas  con tomillos recogidos para la ocasión, a los que se sumaban aquellos que se habían recolectado,  en fechas anteriores,  para alfombrar las calles durante la procesión del Corpus. También el día de San Pedro se hacían hogueras,  aunque en menor número.

   Una vez acabado el ceremonial de la hoguera, los mozos hacían La Enramada, costumbre que consistía en salir a rondar a las mozas en “edad de merecer”. Además de cantar canciones de ronda, con las que ensalzaban el amor y la belleza de las damas,  colocaban ramos de flores en ventanas y  balcones. Al lado del ramo, en ocasiones, ponían  un letrero, o escribían directamente sobre la pared o en la acera  un texto. Cuando la intención era con buen fin (mostrar amor), el ramo era de rosas, flores silvestres, ramas de arbustos…, y los textos eran agradables: “Alguien te quiere”, “La más guapa vive en esta casa”…. Pero el ritual  no siempre era tan bonito, veces había por medio historias de rechazo o desamor y, en estos casos, las canciones eran de contenido chusco, los ramos  pasaban a ser de cardos, y los letreros no eran precisamente agradables: “Las guapas viven en otra calle”,  “Para la más antipática”, y cosas mucho peores.

  También por San Juan  algunos salían al campo a recoger  plantas medicinales, se abría El Ejido para comenzar la trilla, y el cabrero, y porquero (cuando los había) se ajustaban para todo el año.

Guía para celebrar la noche de San Juan en el siglo XXI

 Conscientes de la gran cantidad de energía positiva que podemos recibir, si practicamos estas costumbres milenarias, se hacía necesario elaborar una guía sobre el ritual sanjuanero que nos permita captar toda la magia que encierra  ese día.  Los actos que hemos de realizar esa noche, si queremos gozar de buena salud física  y espiritual durante todo el año, son:   

1.- Hacer una hoguera de  tomillos.  Así podemos  inhalar el intenso aroma que éstos desprenden al ser quemados, y ahumarnos al saltarla. Con ello preservamos la salud en general, y la de los ojos en particular- el humo es tan denso que hace llorar a quienes se aproximan mucho-  (Nota: para que el beneficio sea pleno, hay que saltar la fogata con cuidado para evitar caerse ya que, si nos rompemos una pierna, un brazo…, desaparece toda la magia).

2.- Bañarse desnudo, a la luz de la luna, en un rio o arroyo que aún mantenga un agua medianamente limpia (Aviso importante: que nadie se bañe en una charca buscando efectos mágicos;  y menos aún que espere ver a la Dama del Lago en ese lugar.  Un abrevadero de ganado es un sitio poco mágico…y eso, la Dama lo sabe).

3.- Salir al campo a buscar hierbas medicinales, y plantas para condimentar alimentos. No es preciso hacerlo durante la noche…ni siquiera al amanecer. Es mejor ir  a plena luz del día  para poder ver, realmente, qué es lo que se está cogiendo (el asunto de hacerlo durante la noche, para que las plantas no pierdan sus propiedades, lo he consultado con un druida actual y dice que, aunque la recolección se realice a plena luz del día, conservan toda la magia). 

4.- Beber agua de siete fuentes, pozos, o pilares, diferentes. Este hecho es factible en nuestros pueblos, y bueno para la salud. Si mezclamos en un recipiente el agua de siete fuentes  y nos lavamos la cara con ella,  sus grandes poderes mágicos evitarán que, mientras seamos jóvenes, nos salgan arrugas

5.- Buscar el tesoro. La leyenda dice que hay   una peña  que,  el día de San Juan, concretamente, a las 12 del mediodía,  la sombra que proyecta  sobre el suelo está indicando  el lugar exacto donde  hay un tesoro escondido (no se sabe quien lo enterró, pero seguro que todavía permanece allí porque
Buscar la Peña del Tesoro
aún nadie lo ha encontrado). Este día hay que intentar localizar la peña que custodia el tesoro  (algunos dicen que hay tantas posibilidades de encontrar el tesoro, como de que le toque a uno un Bote de la Primitiva, pero no hay que hacerles caso, lo dicen para desanimar a los demás y poder buscarlo ellos solos).

6.- Si nos sobra tiempo, podemos acercarnos a Villasbuenas  para ver cómo ponen, esa noche, el Árbol de San Juan (“un mayo)” en la plaza de la Iglesia  -este pueblo es (¿era?) el único de la comarca donde aún conservan esta tradición-. 

7.- Ver el baile solar. Otra actividad recomendada,  para la mañana de San Juan, consiste en subir, al amanecer, a un altozano,  provistos de un cristal  ahumado y, si no hay alguna nube inoportuna, podremos ver cómo baila el sol (Aviso: si alguien piensa que nuestra estrella va a ofrecernos una sesión de Capoeira, más vale que se quede en la cama. Como mucho podremos ver al sol girar,  lentamente, sobre sí mismo.

8.- Contar nueve estrellas  y esperar que llegue un novio/a. Si  alguien busca pareja, no debe confiar  mucho en contar estrellas y esperar a ver quién es el primer hombre/mujer que pasa por su puerta en la mañana siguiente. Emparejarse no es tan simple  -en nuestros pueblos ha habido mucho soltero por confiar excesivamente en el método- los asuntos amorosos requieren un trabajo más activo, más personal. Aunque no se pierde nada por contar  estrellas, lo cierto es que la magia de San Juan ayuda poco para estos menesteres.


9.- Felicitar a los Juanes/as que conozcas. Esto no es que sea muy mágico, pero es su día y se alegrarán. 

viernes, 10 de junio de 2016


El terror de los amorosos

   “No quiso la lengua castellana que de casado a cansado hubiese más de una letra de diferencia”, esa frase que empleó Lope de Vega, uno de los genios de nuestra literatura, para expresar el estado anímico de muchos casados, sirve de ejemplo para apreciar la gran diferencia, en cuanto al significado, que puede existir entre dos palabras que llevadas al papel son tan similares.
   Con otros vocablos de nuestro idioma ocurre lo mismo, como es el caso de moroso y amoroso. Ambos se diferencian también, únicamente, en una letra, y tienen un significado muy distinto. Un amoroso, es una persona que siente amor hacia alguien;  mientras que un moroso es una persona que se retrasa en el pago de una cantidad de dinero, ya sea  un impuesto o  un préstamo que le han hecho.

   Una vez tenían  en un pueblo  un alcalde bastante ignorante. No sabemos, en la escuela, lo bueno o mal alumno que pudo ser, ni lo que llegó a aprender; pero, cuando a los 10 años la abandonó (aún no existía la ESO),  dejó de instruirse y apenas leía nada, “porque no le hacía falta” -según afirmaba el hombre- . Ocasionalmente, si algún periódico caía en sus manos, leía sólo  títulos de las noticias de la portada y no pasaba de ahí, lo demás ya le parecía un exceso, así que desconocía muchos términos del vocabulario.
  Bueno, pues este hombre un día llegó a ser la máxima autoridad de su pueblo (en los lugares pequeños, cuando se elige al alcalde, muchas veces, las opciones que hay en la elección no son demasiado buenas y quien resulta vencedor termina siéndolo el menos malo de los aspirantes. En este pueblo, si hubo dos candidatos y quien resultó elegido había sido él, no soy capaz de imaginar cómo sería el otro. Otra posibilidad es que sólo hubiese optado él a la alcaldía y sucediera lo mismo que a Eva le pasaba con Adán, que para ella, sin lugar a dudas. el más guapo del lugar. Fuera por una circunstancia, o bien la otra, el caso es que era el “mandamás” de su pueblo).
  El regidor, además de ser un lerdo, era un poco bruto, bastante honrado si lo comparamos con lo que se lleva hoy día entre la gente de su gremio , muy decidido - por aquí diríamos que era un “tirao palante”-,  y  no se amilanaba ante nada;  por ello, desde que resultó elegido, hablaba de todos los asuntos, habidos y por haber , con mucha suficiencia, como si el hecho de ser alcalde llevara aparejado  haber sido investido de sabiduría por parte del Espíritu Santo, como le ocurriera  a los apóstoles, y, a menudo,  usaba términos cuyo significado desconocía;  cometiendo, continuamente, errores mayúsculos con el vocabulario.  
  Además era bastante orgulloso y, si alguien intentaba corregirle, se enfadaba mucho, por lo que los demás lo dejaban a su libre albedrío originándose a veces, en los plenos  municipales,  situaciones que provocaban hilaridad en el resto de compañeros de corporación, que lo pasaban realmente mal, pues, continuamente, cuando hablaba el alcalde, tenían que hacer esfuerzos sobrehumanos para contener la risa y no siempre lo conseguían.

   Aquel día, había pleno municipal  y el secretario leyó uno de los temas del día que trataba  sobre los vecinos que no pagaban los impuestos dentro del plazo establecido,  y de las medidas que se debían adoptar para acabar con los morosos. Cuando éste acabó de leer el contenido del  apartado, el primero que tomó la palabra, como siempre, fue el alcalde.
-        El problema de los amorosos lo arreglo yo rápido. Verás, dijo mirando al secretario, luego me dejas la lista de todos los amorosos que haya  y yo me encargo de llamarles la atención. En dos días, os garantizo que no va a quedar ningún amoroso en este pueblo.
   
   En otra ocasión, estaba una mañana el alcalde, en el despacho del ayuntamiento, y alguien llamó a la puerta.
-        ¡Pasa!, dijo desde el sillón donde estaba sentado.
   Entró un vecino del pueblo, ya mayor, y saludó al regidor tal como antes se hacía, cuando la educación era un valor que se estimaba en su justo valor.
-        Buenos días nos de Dios.
 Al oír el saludo, el regidor se enfadó:
-        ¡Escucha!, contestó. Este ayuntamiento, desde que yo soy el alcalde, ha dejado de  ser católico… oooo religioso… ooo lo que sea, da igual.  Sé que hay  una palabra para decirlo, pero no me acuerdo creo que es laso…o laiso… bueno, no sé
-        ¿Laico?, preguntó el vecino, dudando si era esa la palabra que quería decir  su interlocutor.
-        Sí, eso es…este es un ayuntamiento democrático y muy laico, respondió el alcalde.
  El vecino le escucha estupefacto, a la par que miraba el crucifijo que colgaba en la pared, a la espalda de su interlocutor. La máxima autoridad del pueblo, una vez ya sabida la palabra que quería expresar, continuó su verborrea.  
-        Y como no quiero que aquí haya nada que tenga que ver con la religión,  nadie puede venir a verme  saludando de este modo. Así que vuelves a salir… llamas de nuevo…y al entrar saludas como Dios manda.


(Nota: Este alcalde, que pretendía acabar con los amorosos de su pueblo, realmente existió. Su mandato tuvo lugar en la década de 1980 y, aunque a alguno pueda recordarle a algún alcalde conocido, es preciso aclarar que no perteneció a nuestra comarca)

jueves, 2 de junio de 2016

Habitantes celestes 


   Una vez había un cabrero que era poco religioso y apenas cumplía con los preceptos que manda la Santa Madre Iglesia: no se confesaba, no comulgaba, no iba a misa.... , ponía como disculpa que, como tenía que llevar las cabras a pastar al campo todos los días, incluidos los domingos y fiestas de guardar, no tenía tiempo para otros menesteres.
    El cura del pueblo estaba muy enfadado con él y más de una vez le había amenazado con las llamas del infierno asegurando que acabaría allí por no ser buen cristiano; mas el cabrero era bastante escéptico al respecto y la amenaza de ir a ese lugar, una vez hubiera “estirado la pata”, no le preocupaba mucho. Debía pensar que bastante infierno tenía ya con cuidar las cabras, todos los días del año, en el campo, tal como se hacía antes: siempre a la intemperie, soportando fríos, calores, vientos, lluvias, granizos…, para obtener unos ingresos bastante escasos, así que la posibilidad de acabar en el “otro infierno” no le amedrentaba en absoluto.
   Un día, se encontraba el hombre cuidando su atajo de cabras y, en rato de descuido, una de ellas se metió en una tierra que estaba sembrada. Cuando se percató de que el animal se encontraba en medio del maraojo, comenzó gritar y a proferir amenazas de todo tipo para que saliera de allí; pero la cabra, que debía estar muy a gusto comiendo a su libre albedrío, no le hacía caso alguno.
   El cabrero, muy irritado con la cabra rebelde, corrió hacia ella blandiendo el cayado para obligarla a salir del sembrado, y tuvo tan mala fortuna que resbaló y cayó al suelo dándose un cogotón tremendo contra una peña.
   Un pastor que estaba cerca vio lo sucedido y acudió en auxilio del cabrero, que se encontraba tendido en el suelo, “cuan largo era”. Tenía una brecha en la cabeza, había perdido el conocimiento, y el compañero le llamaba moviéndole con insistencia, pero no respondía a estímulo alguno, por lo que llegó a pensar en la posibilidad de que se hubiera matado a consecuencia del golpe.
   Asustado, rápidamente fue a buscar ayuda y cuando volvió con otros hombres lo llevaron a casa; una vez allí, a pesar del largo tiempo transcurrido desde que se diera el golpe, el pobre cabrero continuaba inconsciente y todos temieron lo peor ¡Está muerto!, decían convencidos los vecinos, que se habían acercado a la casa del cabrero.
   Avisaron al médico y una vez que llegó, tras reconocer al herido, informó a la familia y a todos los allí presentes que estaba vivo pero que podía haberle ocurrido algo grave, ya que el tiempo que llevaba sin recuperar el conocimiento era excesivo. Entonces, decidieron avisar al cura, “por si acaso” y éste, cuando llegó, se dispuso a administrarle los Santos Óleos. Fue en estos momentos, mientras el sacerdote se encontraba realizando el ceremonial correspondiente, cuando nuestro hombre recuperó el conocimiento y al verse rodeado de tanta gente se asustó.
- ¿Qué ha pasado?, preguntó.
 - Te has dado un golpe tremendo en la cabeza y has estado inconsciente casi una hora. Pensábamos que te habías muerto.
- Claro que he estado muerto, afirmó este, y he visitado el cielo. San Pedro me dejó entrar un rato y vi mucha gente allí, lo que pasa es que no querían que me quedara aún en ese lugar, y por eso he vuelto.    Todos escuchaban asombrados las palabras del cabrero y el cura, muy intrigado, preguntó:
 - ¿Tú… en el cielo?
- Sí, señor. Respondió el cabrero, muy ufano. Yo he estado en el cielo.
  El sacerdote no daba crédito a las palabras del accidentado, y continuó indagando.
- Vamos a ver, además de San Pedro, ¿a quién más viste en el cielo? Porque has dicho que allí había mucha gente ¿no?
 - En el cielo había zapateros, cabreros, labradores, sastres, panaderos, y gente de otros oficios.
- ¿Y curas?, preguntó el sacerdote ¿No viste curas?
- No, dijo el cabrero muy seguro…en el cielo no hay curas.