viernes, 19 de agosto de 2016

Historias del verano V

Siempre hay que dar gracias a Dios

   El Salto de Aldeadávila es un magnífico complejo hidroeléctrico que construyó   Iberduero (Iberdrola)  en el Duero, en su tramo internacional, donde  el río es  frontera natural entre España y Portugal.  Se trata de un espacio de  gran belleza donde todo es espectacular,  tanto la obra humana (la presa y la central hidroeléctrica excavada en la roca), como el paisaje que la Naturaleza ha configurado  allí (el gran cañón que, durante millones de años, el río ha  ido excavando en el terreno). 
   El lugar es muy  atractivo  y todos los años recibe un gran número de visitantes, pero el encanto de este sitio se ve empañado  por la dificultad que encierra llegar hasta allí;  pues,  debido a lo abrupto del terreno, acceder hasta el Salto no es fácil. 
   Para  salvar el gran desnivel existente, entre la penillanura de la meseta y las orillas del Duero,  hay que seguir  una  carretera muy sinuosa que  está conformada  por  infinidad de curvas, cada cual más cerrada,  a lo que hay que sumar la fuerte pendiente del terreno; todo ello determina que, incluso para los conductores más avezados, la bajada al salto sea bastante complicada ya que es preciso mantener un estrecho control de la velocidad, si no queremos precipitarnos al vacío a la vuelta de cualquier curva.
   Al llegar al Salto, la carretera  sigue directa hacia la Central y la Presa; pero si deseamos ir al poblado, donde vivían (y viven) los empleados de la empresa,  hay que desviarse a la izquierda  mediante un ramal que forma una curva cerrada, de 180 grados. 
     He estado recientemente en el Salto de Aldeadávila, hacía varios años que no había vuelto por allí, y, aunque lo he encontrado algo cambiado, lo esencial se mantiene tal como lo recordaba. La grandiosidad del paisaje no ha variado, siempre ha estado ahí; en cuanto a la Presa y la Central, también siguen ahí  y eso tampoco ha cambiado (habría que destacar, únicamente, que antes se podía acceder libremente a la parte superior de la Presa  para contemplarla desde arriba,  y hoy esto ya no es posible porque un enorme portón lo impide). El cambio fundamental que pude apreciar fue en el poblado ya que, actualmente, está casi deshabitado.
   Antes, no es que aquello fuese un lugar populoso; allí vivían, únicamente, los trabajadores de la empresa -aproximadamente, unas cincuenta familias-, y contaba con los servicios propios de un pueblo: tenía bar, un comercio, servicio de correos, maestro, enfermero, médico y cura (estos dos últimos, aunque vivían allí, ejercían también su actividad en el Salto de Saucelle); en cambio, hoy día, el lugar está prácticamente despoblado y  todo esto ha desaparecido
   Mientras recorría las desiertas calles del poblado,  iba recordando cómo era la vida en el Salto hace años, cuando era un núcleo de población muy moderno, con unos servicios de los que aún carecían muchos de los pueblos vecinos…cuando aún tenía vida, y, al pasar delante del edificio donde estaba el bar, recordé una anécdota que me contaron allí.  
    Era un día de verano, allá por la  década de 1980,  concretamente, un lunes por la mañana. Me dirigía al Salto de Aldeadávila y, al llegar a la entrada, cuando estaba  a punto de tomar el ramal izquierdo de la carretera para desviarme hacia el poblado, vi que por la carretera que conduce a la Central y la Presa subía un camión grúa que llevaba encima un vehículo.
  Paré a la derecha, apartando un poco el coche,  para favorecer el paso del camión que se acercaba,  y cuando  llegó a mí altura pude ver la carga que transportaba  que resultaron ser los restos de una
Carretera de El Salto
 furgoneta. La parte frontal estaba totalmente hundida, también lo estaban el techo,  ambos  lados,  la zona trasera...no había ninguna parte intacta.  Por supuesto, no había sobrevivido ningún cristal al impacto y, además, le faltaban algunas  ruedas.
   Al advertir el penoso estado en el que había quedado el vehículo siniestrado,  me sobrecogí  pensando en el brutal accidente que debía haber ocurrido y en las pobres víctimas que irían en su interior
   En aquella época, como ya indiqué anteriormente, Iberduero tenía un médico contratado para atender a los trabajadores de los  Saltos de Aldeadávila y Saucelle (entonces no existían los Centros de Salud),  el galeno se encontraba de vacaciones  y  aquel mes era yo su sustituto;  por ello,  el motivo de ir  allí  no era otro que hacer la consulta.  Como era el médico en funciones,  me extrañó mucho  no haber sido avisado para tratar a los heridos.  
   En estos lares, al ser el terreno tan escarpado y estar la  carretera bordeada de precipicios, son pocos los accidentes que ocurren debido al sumo cuidado que ponemos todos en la conducción, pero cuando los hay  son  graves; por ello, considerando el estado en el que había quedado la furgoneta,  buscando una explicación lógica  respecto al motivo de no haber sido requerido para atender a los accidentados,  pensé  que el siniestro debió haber sido  brutal,  y  que los ocupantes no habían resultado heridos,  sino algo mucho peor. La Guardia Civil, siempre tan eficaz, seguramente habría llamado directamente al forense.
  Con estos pensamientos tan poco tranquilizadores llegué a mi destino  (en aquellos tiempos, no  existía el 112  y, cuando ocurría algún  accidente, se avisaba directamente al médico del lugar y a la Guardia Civil).
   Tenía como compañero de trabajo a “un practicante” (entonces a los enfermeros/as o ATS, se les llamaba así) que, como empleado de Iberduero que era, vivía en el poblado con el resto de sus compañeros;   cuando le vi, le conté que había visto la furgoneta y le pregunté por el accidente
  Mi colega era una persona muy agradable, con gran sentido del humor, y siempre tenía ganas de  cháchara. Como vivía allí, en el Salto,  estaba  seguro que a él sí le habrían avisado para atender a los accidentados.
   Lo cierto es que no apreciaba en su cara rastro alguno de preocupación por la tragedia ocurrida, un hecho que atribuí a que se trataba de un hombre experimentado, con muchos años de  profesión,  y debía estar acostumbrado a ver todo tipo de accidentes, cada cual más trágico. Por ello, ya estaba “vacunado”  ante este tipo de catástrofes  -especialmente dura debió ser la etapa de construcción del Salto pues,  durante ese período de tiempo,  hubo numerosos accidentes con bastantes víctimas mortales-. 
   Un buen sanitario, para poder ejercer su labor con plena eficacia,  tiene que ser objetivo y mantener la tranquilidad en todo momento. Por lo visto, el practicante, este aspecto de la profesión lo dominaba perfectamente; en cambio, yo aún tenía mucho que aprender. Sólo había visto  la furgoneta, y todavía seguía angustiado pensando en las víctimas.
   Como aún faltaba casi media hora para comenzar la faena, el compañero sugirió que, hasta entonces,  tomáramos un café y, mientras tanto, me contaría lo sucedido con todo detalle.
   El bar  tenía unas  magníficas vistas  hacia Duero y la orilla portuguesa,  elegimos  una mesa  al lado de una de las ventanas  para tomar nuestro café y, una vez sentados, el practicante comenzó a relatar lo sucedido.     
- Empezaré desde el principio, dijo mi interlocutor. El accidente de la furgoneta,  que has visto en la grúa, ocurrió ayer tarde.  El vehículo es de unas monjas…de un colegio de Salamanca, no sé exactamente de qué congregación. Eran 7 monjas.
- ¿Eran? - pregunté asustado- ¿Pero han muerto todas?
   Mi compañero, en ese momento, estaba bebiendo un poco de café y levantó la mano con la palma hacia a mí,  indicándome que me esperara. Dejó la taza en el plato, y continuó su relato.
-  Habían venido de excursión, a ver los saltos de Saucelle y Aldeadávila,  así que imagino que saldrían de Salamanca a media mañana, pasarían por  Vitigudino, hasta  Lumbrales,  y bajarían  por Hinojosa al Salto de Saucelle. Creo que comieron allí, a las orillas del Duero. Seguro que llevaban merienda ¡menudas son las monjas, como para gastar dinero en restaurantes! Descansarían algo, subirían hasta Saucelle,  pasarían  por tu pueblo,  y llegaron  aquí sobre las cinco de la tarde.
El terreno es muy abrupto por estos lares

   Las palabras del compañero me estaban dejando  bastante confuso. No comprendía cómo, después de la tragedia ocurrida, éste, en vez de ir directamente al hecho y comentar  los pormenores del accidente, estaba tan despreocupado narrando lo ocurrido con tanto detalle,  y encima añadiendo comentarios de su propia cosecha.
  - La furgoneta era una DKV; en la parte delantera iban la conductora, que tenía poca experiencia,  con  la superiora  de copiloto, y detrás iban  las demás.  ¡Imagínate una furgoneta llena de monjas, con una hermana  novata conduciendo por estas carreteras! ¡Todavía no sé como bajaron  al Salto de Saucelle y subieron después, sin que les pasara nada!
    Bueno, pues  cuando han llegado a esta carretera y han empezado a bajar, la conductora, en vez de meter marchas cortas para controlar la velocidad,  venía frenando todo el rato; y  claro… son muchos km… mucha pendiente… se le calentaron los frenos…y  pasó lo que tenía que pasar (en esa época, los frenos de los vehículos no eran demasiado buenos, y no existía aún el sistema ABS en los coches).
   Mi informante, hizo entonces otra pausa,  acabó el café, y encendió un cigarro; le dio unas chupadas, disfrutando del mismo, y se dispuso a seguir narrando lo acontecido.  
   Yo estaba impaciente,  esperando enterarme de lo ocurrido,  y mi asombro por la actitud del compañero  aumentaba por momentos ¡Hay que ver los rodeos que estaba dando para contarme lo sucedido! ¡Como si no le importaran nada las monjas!  (La verdad es que para estos casos, las religiosas  tienen enchufe directo para ir al cielo. Pero hombre, un poco de consideración sí se merecían)
  - Bueno- siguió hablando mi narrador- , los frenos se calentaron mucho, la conductora empezó a notar que la DKV cada vez respondía menos  y, como veía que apenas  podía controlarla,  se lo dijo a la superiora. Ésta, al enterarse del problema,  decidió que lo mejor que podían hacer,  para que no les pasara nada, es que se pusieran todas a rezar. ¡Mucho confiar en Dios, sí, y mucho rezo, pero las pobres debían estar muertas de miedo! 
 Yo, que estaba deseando conocer el final del relato, interrumpí al practicante.
-        ¿Pero hubo accidente, o no?
      ¡Pues claro que hubo accidente! ¿Acaso no has visto la furgoneta? Espera un poco, que ya acabo de contártelo.  Lo he dejado en que las monjas, muy asustadas, iban todas rezando; y que la conductora seguía frenando continuamente, sin cambiar de marcha, así que la DKV cada vez respondía menos y apenas podía controlar la velocidad.   
       Entonces, llegaron a la entrada del poblado  y  siguieron rectas, cuesta abajo, por la carretera de la Central. ¡Tuvieron que pasarlas canutas antes de llegar al final!
   Mi compañero hizo otra pausa, y aprovechó para fumar un poco de su cigarro.
   Yo llevaba un rato barruntando que la despreocupación del practicante resultaba algo sospechosa. Pensaba que si hubieran muerto siete monjas  en el Salto, la noticia habría corrido como la pólvora y que, por uno u otro medio, yo me hubiera enterado. Además, mi compañero, aún con todos sus años de profesión, y “su gran capacidad para no implicarse emocionalmente con los pacientes”, no estaría allí tan tranquilo contándome los apuros de una monja inexperta, conduciendo una DKV, mientras bajaba al Salto. Pero yo había visto la furgoneta totalmente destrozada, de eso no había duda alguna, así que algo tenía que haber pasado. Además, el practicante también había confirmado  la existencia  del accidente.
    Éste, fumó otro poco del cigarro, y se dispuso a contarme el desenlace final (eso esperaba yo al menos).
-  Bueno, pues tenemos  la furgoneta por la carretera, cuesta abajo… a la conductora pisando a fondo el freno, que cada vez respondía menos…a las demás monjas rezando, mirando al río de reojo,  pensando  que iban a acabar en él y, milagrosamente,  llegaron a la parte más baja de la carretera, al sitio donde cambia el sentido de la pendiente… donde ésta  comienza a subir hasta la Presa y la Central.
     El alivio que debieron sentir todas las hermanas, sobre todo la conductora, al ver que se había acabado la cuesta abajo,  que ahora iban subiendo cuesta arriba, y que ya no necesitaba frenar, sino acelerar, tuvo que ser mayúsculo. Siguieron su ascenso, llegaron a un punto que les pareció bien, y pararon. 
    Cuando bajaron, estaban todas que  “no se les pegaba la ropa al cuerpo”  del miedo que habían pasado; pero lo cierto es que estaban todas bien, y  la superiora decidió que debían  hacer un “rezo extra”, en acción de gracias a Dios, por haberlas protegido de sufrir un accidente.
   Imagino que se pusieron  en círculo orando y, mientras estaban en ello, la furgoneta, que estaba parada en un sitio con algo de pendiente, empezó a moverse sola.  Por lo visto,  la  conductora, debido al nerviosismo, con la prisa por salir del vehículo, no había dejado metida marcha alguna, sólo los frenos, pero éstos ya no  frenaban nada.
   Todas pudieron ver cómo la DKV iba  cogiendo cada vez más velocidad, tomó la pendiente abajo, acabó saliéndose de la carretera, cayó por un precipicio dándose golpes por todos los lados, y cuando paró en su caída estaba “hecha mistos”.  
   Las pobres monjas debieron  quedar aterradas  al ver el estado en el que quedó el vehículo, y lo que les podía haber  ocurrido  si se la hubieran pegado  cuando bajaban (el practicante, en  realidad,  dijo acojonadas, no aterradas; pero, si consideramos que todas eran mujeres, pienso que ese término es poco apropiado, por ello  me he tomado la libertad de cambiarlo).
  Las hermanas, con el nuevo susto, habían interrumpido los rezos y la conductora se dirigió a la  superiora  para explicarle lo sucedido, y de paso justificarse:
-      Hermana ****,  la furgoneta debe haberse ido porque no habría ninguna  marcha metida.  El freno sí lo he dejado puesto, de eso estoy segura, pero como  no funcionaba bien… menos mal que no estábamos subidas. Ha sido un auténtico milagro que la furgoneta se haya ido sola al precipicio y que nosotras  estemos sanas y salvas.  
   Nadie decía nada y, tras unos momentos de tenso silencio, la hermana conductora siguió hablando:
-        ¿Qué hacemos? ¿Seguimos dando gracias a Dios?
  La superiora, que aún no se había recuperado del susto de la bajada, cuando vio  los tremendos  golpes que se había llevado la furgoneta, y el estado en que había quedado en el  fondo de un  despeñadero,  fue consciente de la tragedia que podía haber ocurrido si el accidente hubiera tenido lugar con ellas dentro de la DKV, así que estaba al borde de un ataque de nervios. A ello se sumaba  el asunto económico, ya que  la Comunidad  había adquirido la furgoneta recientemente y había quedado inservible.  
   Al  principio, debido a la impresión, no era capaz de articular palabra alguna;  después  se recuperó, cogió algo de resuello,  miró a la conductora,  y con gran enfado, respondió:
-     ¡Hermana, siempre hay que dar gracias a Dios! ¡Siempre!  ¡Por lo que le ha pasado a la furgoneta, no lo sé…pero sí que hay que dárselas,  por no haber permitido que nos matarás a todas!


domingo, 7 de agosto de 2016

                                    Historias del verano IV 

                                    El rayo de la discordia 



   La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un conflicto en el que se vieron implicadas casi todas las naciones europeas, siendo España uno de los pocos países que no intervino en la contienda.     Durante dicha guerra, aunque aquí nos encontrábamos en “período de paz”, tampoco es que esto fuera, precisamente, una arcadia feliz; tras nuestra reciente Guerra Civil, estábamos en plena postguerra y si algo abundaba en esta época, en nuestro país, eran el hambre y la miseria. 
   El wolframio, durante las contiendas bélicas, al ser una de las materias primas empleadas en la fabricación de armas, adquiere un gran valor estratégico; ese fue el motivo de que, durante la Segunda Guerra Mundial, al fabricarse una ingente cantidad de armamento, aumentase espectacularmente la cotización de este metal, un hecho que tuvo gran repercusión en Barruecopardo pues fue el detonante para que se pusieran en explotación todas las minas, de ese metal, que se encuentran dispersas por el término. 
   El alto precio que alcanzó el wolframio, durante la década de 1940, motivó que, en contraposición a la pobreza que imperaba en el resto del país, nuestro pueblo alcanzase, en esa época, un gran nivel de riqueza. 
   Este período de bonanza económica, en Barrueco, fue bien aprovechado por algunas personas que, gracias a la actividad minera, ganaron grandes fortunas. Una de ellas fue Higinio Severino, dueño de la mina que existió en el paraje conocido como Val de Barbao. Natural de Pereña, este hombre fue uno de los personajes más peculiares y conocidos en nuestra comarca, durante la primera mitad del siglo pasado. Con gran capacidad para los negocios, además de la mina de wolframio, tenía muchas propiedades, tanto en la comarca, como fuera de ella; siendo, también, titular de una ganadería brava que pastaba en Fuenlabrada (Olmedo de Camaces), una de sus fincas. 
   Un hombre (o mujer) no gana una fortuna trabajando ocho horas diarias…ni tampoco rezando; para hacerse millonario hay que seguir otros caminos. Higinio los siguió, tuvo mucho éxito, y logró hacerse un potentado. 
   Los ricos piensan que el dinero lo puede todo y del mismo modo que los nobles y reyes, en la Edad Media, hacían donaciones a iglesias y catedrales para hacerse enterrar en ellas, pensando que así se aseguraban un lugar en el cielo; Higinio Severino, un día, no sabemos si con el mismo fin, decidió donar a la iglesia de Barruecopardo una imagen del Sagrado Corazón de Jesús (la que está en lo alto de la torre del campanario). 
   Esta dádiva fue motivo de controversia en el pueblo. Por un lado estaban los críticos, a quienes no agradaba el regalo. Hay que tener en cuenta que el personaje, Higinio, no despertaba demasiadas simpatías entre mucha le gente (los ricos, desde el comienzo de los tiempos, si algún sentimiento despiertan en los demás no es precisamente simpatía. Es envidia). Éstos decían que lo hacía, únicamente, para compensar algún negocio poco honesto que hubiera realizado, y que no se trataba de un acto de generosidad, que había donado la imagen para purgar todos sus pecados -lo que se reiría este señor cuando escuchara alguno de estos comentarios-. 
    En el lado opuesto estaban los defensores, quienes alababan la generosidad del donante. Hay que tener en cuenta que era un empresario que daba trabajo a mucha gente y ésta le estaba agradecida (En aquella época, además de la mina de Val de Barbao, era dueño de La Zaceda, una finca, en Barrueco, donde tenía una explotación ganadera, y una extensa viña -esta última fue arrancada en fechas posteriores-, y contrataba bastantes trabajadores, tanto para la mina, como para trabajar en la finca).      Lo cierto es que Higinio donó la imagen del Sagrado Corazón, ésta fue ubicada en el campanario, tal como la podemos ver en la actualidad, y allí quedó aguantando calores y fríos, soles y lunas, lluvias y nieves… 
   Un caluroso día de verano, de esos en los que buscamos la sombra ya desde la mañana porque los rayos solares llegan con tal intensidad a la Tierra que, en el decir de nuestros paisanos, “pica el sol sobre la piel”; bueno, pues un día de estos, por la tarde, se originó una fuerte tormenta, “de esas que vienen de Portugal”. 
   Al principio, se veían a lo lejos los relámpagos escuchándose unos segundos más tarde los truenos, hecho indicativo de que la tormenta aún estaba lejos. Después, se fue acercando y acabó situándose sobre el mismo pueblo, obligando a nuestros paisanos a refugiarse en sus casas. 
   La tormenta que cayó aquel día en Barruecopardo fue de primera categoría. Hay ocasiones en que la Naturaleza hace demostraciones de la fuerza que puede tener y esa tormenta fue un claro ejemplo de ello. 
   Los truenos eran tan potentes que, cada vez que sonaba uno, vibraban los cristales de las casas; a la par que los relámpagos, iluminaban constantemente las calles del pueblo. 
   El remedio para las tormentas siempre es el mismo: rezar a Santa Bárbara para pedirle que las aleje de cada lugar y que no les pase nada a las personas y a los animales; pero Santa Bárbara sólo hay una, tormentas en el mundo hay muchas, y la santa no puede estar a todas. El caso es que ese día debió olvidarse de los de Barrueco pues la tormenta tardó en irse y, durante dos largas horas, cayeron sobre el pueblo multitud de truenos, relámpagos y rayos acompañados de un buen charpazo. 
   Como tras la tempestad siempre llega la calma; cuando la tormenta se fue, con sus truenos y aparato eléctrico a otra parte, los habitantes del pueblo, muy aliviados, pudieron salir a la calle a comprobar si había ocurrido algún estropicio grave. 
   Los vecinos que vivían cerca de la Iglesia habían visto caer un rayo sobre el campanario y miraban con atención el mismo para comprobar si había sufrido algún daño; pero nuestro campanario es una construcción muy sólida, construida con sillares graníticos, a prueba de tormentas, y allí estaba íntegro, dispuesto a soportar todas las tormentas habidas y por haber. Entonces, alguien reparó en el Sagrado Corazón y observó que su corona había desaparecido. El rayo había caído sobre la imagen y, aunque a esta no le había pasado nada, había perdido la aureola. 
   Este suceso acarreó muchos comentarios y también fue motivo de controversia. Unos afirmaban que lo sucedido no era producto de la casualidad, que la gran tormenta había descargado sobre el pueblo porque el Sagrado Corazón estaba descontento con el donante de la imagen y, el rayo sobre la misma, con la pérdida de la corona, era un aviso divino para demostrar su disconformidad por la donación de Higinio Severino. 
   Otros, en cambio, opinaban lo contrario. Afirmaban que lo ocurrido había sido un auténtico milagro; que el Sagrado Corazón, para evitar que el rayo cayera en alguna casa vecina donde, con total seguridad, habría causado alguna desgracia grave, lo había atraído hacia la imagen del campanario, evitando de este modo un desastre. 
   ¿Qué quién tenía razón? Yo no lo sé. Habría que preguntarle al Sagrado Corazón. Lo cierto es que ese día perdió la corona, y así continua.


martes, 19 de julio de 2016

Historias del verano III

Filosofía en las eras

   Todos sabemos qué es la verdad, pero no es fácil encontrar una definición de la misma que convenza a todo el mundo. La religión, la filosofía, la ciencia, las matemáticas…,  todas estas disciplinas han estado buscando la verdad a lo largo de los siglos.
  Está la verdad de los políticos, esos señores que un día dicen una cosa, al día siguiente la contraria, y las dos veces afirman que es verdad -con razón tienen tan poca credibilidad-; tenemos la verdad de la Religión, donde cada corriente religiosa afirma estar en posesión de la verdad, “su verdad”, pero si las religiones son varias y cada cual tiene su propia verdad ¿cuál es “la buena”?  Está la verdad  de los matemáticos; ellos consideran que su verdad es indiscutible pues dicen: 1+1=2, ¿hay alguien que pueda poner este resultado en entredicho? Aparentemente no, pero resulta que uno más una no siempre son dos, a veces son tres si no se toman las debidas precauciones (con razón dice  el dicho: “más vale prevenir que amamantar”. Si entramos en el campo de la Filosofía la cosa se complica bastante pues los filósofos, en su caso, ya no defienden si la auténtica verdad es ésta o la otra; ellos lo que hacen es establecer un debate para discutir sobre el concepto: qué es la verdad.
  Como podemos ver,  el asunto era muy complicado y, a lo largo de la historia,  las distintas civilizaciones no acababan de encontrar una verdad real y definitiva, que convenciera a todos.
  Afortunadamente, a mediados del siglo XX, un día  alguien encontró la verdad  y  esto supuso un gran hito para la humanidad. Tan grande fue la importancia del hallazgo que, desde entonces, el mundo es más feliz e incluso el planeta Tierra gira con más brío alrededor del sol.
  Los autores de tan importante hallazgo descubrieron una verdad auténtica, genuina e indiscutible; por cierto, quienes la encontraron era gente muy cercana a nosotros y el suceso tuvo lugar en un lugar insospechado. 
   Es sorprendente que, con lo grande que es el mundo y lo alejada que está nuestra zona de los centros científicos, económicos y de poder, haya sido precisamente aquí, en uno de los pueblos de nuestra comarca, donde encontraron la verdad.
   No puedo precisar si  el hecho ocurrió en Peralejos de Arriba, o en el de Abajo, pero lo cierto es que sucedió en uno de los dos Peralejos. Un día, por casualidad, tal como ha ocurrido a lo largo de la historia con otros grandes descubrimientos, hallaron la verdad.  
  Las primeras cosechadoras de cereal no aparecieron en nuestra comarca hasta finales de la década de 1960;  por ello, en épocas anteriores, cuando llegaba el verano, comenzaba para las familias campesinas , posiblemente, la época más dura del año pues había que recolectar la cosecha de cereales y ello se hacía casi todo,  manualmente.  Esto conllevaba un largo y laborioso proceso en el que intervenían todos los componentes de la familia.
   Cuando los cereales estaban maduros, se  procedía a segarlos y acarrearlos hasta las eras, donde eran trillados. Después había que limpiarlos,  proceso que consistía en separar la paja del grano y, por último, la actividad concluía con el transporte del grano y la paja a los graneros y pajares. 
   Todo este proceso, que comenzaba con la siega de las mieses y terminaba cuando se recogía el último carro de paja, era muy laborioso requiriendo interminables jornadas de trabajo para la gente del campo. Posteriormente, con las cosechadoras, se ha simplificado  espectacularmente toda esta tarea y afortunadamente, han desapareciendo las agotadoras labores de siega, acarreo, trilla...
  
   Situémonos en un verano de aquellos, en los que aún no había cosechadoras, cuando todavía  se trillaba en las eras y ejidos a lo largo de los meses de julio y agosto. El panorama no podía ser más ingrato: días y días de intenso trabajo, bajo un sol abrasador propio de esta época del año.  
  Esta ingente labor,  en un ambiente tan caluroso, requería hidratarse bien; por ello,  para aliviar la sed, era necesario beber agua constantemente y el mejor amigo del labrador, a lo largo de todo el verano, era sin duda alguna el botijo de barro.    
  Existen diferentes tipos de botijo o botija (en nuestra comarca también lo llamábamos barril),  dependiendo del tamaño, color, número de bocas…. siendo el más común de todos el que tiene en la parte superior un asa y dos bocas: una ancha, por donde se echa el agua en el recipiente, conocida como boca o embocadura, y otra estrecha,  por donde sale el chorrito de agua para beber, conocida como pitorro.

Botijo de barro (Pereruela.net)

 
   Una tarde, en Peralejos, una familia estaba enfrascada en plena trilla y guardaba su botijo a la sombra de una parva. Un paisano que andaba por allí tenía mucha sed, vio la botija y, sin pedir permiso a sus dueños, la cogió y bebió largos tragos de agua fresca. Una vez sació la sed,  al ir a colocar el recipiente  entre los haces de trigo, en el lugar donde lo encontró, se dio cuenta de que el botijo apenas pesaba. Había bebido tanta agua que lo había dejado prácticamente vacío.
  Alguien más honesto hubiera cogido el botijo y se hubiera acercado a algún pozo o pilar cercano para rellenarlo de agua;  pero el hombre, para ahorrarse el trabajo de ir a rellenar la botija y evitar que se dieran cuenta los dueños que estaba casi vacía, miró  hacia ambos lados, se aseguró  que nadie le observaba y meó dentro de la vasija. Al acabar la faena, colocó el botijo en el mismo lugar donde lo encontró y se alejó de allí sin que nadie le viera -como podemos ver, era un auténtico cabronazo-. 

  Un poco más tarde, el dueño se acercó a la parva a beber agua y cogió el botijo, lo alzó por encima de su cabeza, apuntó el pitorro hacia la boca,  tomó un buen trago y cuando el líquido llegó a su garganta comenzó a escupir haciendo grandes aspavientos de asco. Entonces, dijo en voz alta:
  - ¡El agua está malísima! ¡Como si alguien hubiera meado en el botijo!
     Se acercó otro, bebió también, y dijo:
  - Es verdad.
     Vino un tercero, que a su vez probó el contenido, y afirmó.
  - Sí, es verdad.
     Cuentan que aún hubo un cuarto catador que bebió del botijo,  paladeó el líquido en la boca, como si de un vino de crianza se tratara, lo escupió,  y proclamó con solemnidad:
   - Pues sí, yo os garantizo que es verdad.

   Así, de esta manera, en las eras de Peralejos, una calurosa tarde de julio, sin pretenderlo, encontraron la verdad. 

jueves, 7 de julio de 2016

Historias del verano II

Una lección de salud

Continuando la historia anterior, habíamos dejado al médico  del pueblo caminando calle adelante, mientras  iba  recordando el “tsunami” gastroenterítico ocurrido la semana anterior  originado por el agua de la fuente y, cuando llegó a la plaza, vio al cura que, en ese momento, se disponía a entrar en el bar.  Era un hombre simpático y dicharachero que con frecuencia ejercía su apostolado en los bares - unos sitios muy propicios para encontrar  “ovejas descarriadas”-, rebasaba con holgura los sesenta años,  llevaba mucho tiempo en el pueblo ejerciendo su ministerio y estaba sanísimo. Pertenecía a ese selecto grupo de personas con una  “salud de hierro”, que son la envida de los demás.  
El doctor sólo coincidía con él  en la calle y en el bar -y en misa, cuando iba, claro está-, pues la consulta apenas la frecuentaba, y llevaba mucho tiempo preguntándose cómo se las arreglaría don Raimundo, que es como llamaba la gente al sacerdote,  para estar tan sano a pesar de haber dejado la juventud ya bastante atrás.

La edad, en sí, no es una enfermedad, pero la Madre Naturaleza,  a medida que cumplimos años,   va “llenándonos las alforjas” de dolencias y las de Raimundo estaban vacías, pues estaba sano como un roble  siendo esto,  precisamente, lo que suscitaba tanto interés del médico. De acuerdo que, como cura que era, no tenía mujer ni hijos y esto, llevado a terreno psicológico, ahorra un montón de preocupaciones,  pero no bastaba para justificar su excelente salud física.
Seguro que ha bebido agua de la fuente, como el resto de los vecinos, y no le ha afectado; cavilaba  el médico  mientras se acercaba a la puerta del bar donde el cura, que ya le había visto a lo lejos, estaba esperándole.       

 Se encontraba muy sonriente, como era habitual en él, y el doctor consideró que, al ser  la cara  el reflejo del alma, si tenía una gastroenteritis lo disimulaba muy bien. Mas el cura no tenía  enfermedad  alguna,  ni nada que se le pareciera. Tras saludarse, Raimundo aprovechó para preguntarle si había alguna persona enferma en la cama,  que hubiera que visitar, para auxiliarla espiritualmente; como los pacientes y los feligreses eran las mismas personas - él era médico de los cuerpos y el otro de las almas-   el “material” con el que ambos trabajaban era el mismo y  a veces hablaban del tema.

-  Mira, afortunadamente, ahora no hay nadie que tenga que guardar cama. Estos días pasados ha habido mucha gente con gastroenteritis,  por lo del agua de la fuente, pero ya se les ha pasado a casi  todos.
-  Eso está muy bien, respondió el cura. Pasa y tomamos algo, hoy  invito yo.
Una vez que ambos entraron en el bar,  el médico preguntó al sacerdote.
-  Raimundo, te he dicho más de una vez que estoy admirado por la buena salud que tienes, y, por supuesto, deseo que sigas así mucho tiempo; pero cada vez me tienes más asombrado. Esta semana pasada, más de la mitad del pueblo ha tenido  gastroenteritis y veo que eso a ti tampoco te ha afectado ¿Qué pasa? ¿Eres de los raros que, en vez de beber agua de la fuente, tomas la del  grifo de casa durante todo el año? ¿O es que a ti Dios te protege más que a los demás?, porque a los otros, en esta ocasión,  poco les ha protegido.

    Al cura le hizo gracia el comentario del doctor, comenzó a reír, y contestó:
-  No metas a Dios en esto. Él protege a todos por igual, sean curas o no lo sean. Además, yo no he bebido  agua de la fuente…y del  grifo, tampoco.  
-  ¿Entonces, qué bebes? ¿Agua mineral?
- Tampoco bebo agua mineral,  contestó el cura divertido, viendo cómo el médico  buscaba una explicación  que justificara el que no hubiera resultado afectado por gastroenteritis, como el resto de la grey.
-  No irás a decirme que estamos ante algo sobrenatural, ironizó el médico. ¿Por fin podemos ver un milagro en este pueblo?

   Raimundo, observaba  al médico en silencio, dudando si hacerle partícipe o no del “secreto” de su buena salud,  y decidió responderle. Al fin y al cabo, no era  ningún secreto. Él ya se lo había contado a mucha gente y  nunca lo había ocultado. Una cosa bien distinta es que la gente le creyera, o no.    
-  Siento decepcionarte. Aquí no hay milagro alguno. Vas a tener que seguir esperando. La explicación es muy  terrenal y te la voy a decir para que quedes tranquilo. A mí es imposible que el agua del  pueblo me siente mal porque, aunque llevo aquí de párroco más de 20 años, la verdad es que nunca la he probado.


   (Las palabras del cura, lejos de tranquilizar al médico, le dejaron confuso. Si, tal como afirmaba, no probaba el agua…entonces, qué es lo que bebía  que tan bien le conservaba la salud)

lunes, 27 de junio de 2016

Historias del verano

El alcalde “libertario”

  Aquel día, tras cerrar el consultorio del pueblo,  el médico miró el reloj y comprobó con satisfacción que  la consulta había acabado a una  hora razonable. Estaba contento ya que,  tras el intenso trabajo que había tenido a lo largo de la semana anterior,  la situación parecía haberse normalizado  y el estado de salud de los pacientes había vuelto a su nivel habitual. Era mediodía y como buen español que era, antes de regresar a su casa, decidió tomar algo en el bar, así que dirigió sus pasos hacia el mismo y en el camino fue recordando lo sucedido.

   Era la primera semana de julio, el verano estaba en sus inicios, y en el pueblo, como era habitual  por estas fechas,  la población se  había incrementado notablemente; pero el motivo que tanto había intensificado  su trabajo, durante los días previos, no había sido originado por este crecimiento poblacional, sino por otro muy distinto
  
   El agua es un elemento imprescindible para nuestra existencia que siempre ha condicionado, enormemente, la vida del hombre pues, desde el principio de los tiempos, se ha visto obligado a asentarse en lugares donde fuera fácil  el acceso a este preciado elemento. Algo tan sencillo como abrir un grifo en casa, y que por él salga agua apta para el consumo, para nosotros es algo rutinario que parece  muy simple;  pero,  hasta que esto ha podido ser una realidad, tanto los habitantes de los pueblos como los de las ciudades, han  tenido que sufrir, previamente, un montón de vicisitudes.
  Esta dependencia del agua, entre otras cosas,  ha sido el motivo de que la mayoría de las ciudades estén ubicadas al lado de algún río, y de que los pueblos, cuando  no tienen algún curso de agua cercano, se encuentren situados en lugares donde el agua subterránea, a través de fuentes, pozos y pilares pueda ser accesible  a sus habitantes.
  Durante siglos, para el  consumo habitual,  la gente recogía el agua directamente de  ríos, arroyos, lagos,  fuentes…, ésta, en ocasiones se contaminaba y quienes la bebían contraían  infecciones gastrointestinales, un hecho que era bastante común. Por lo tanto, el  problema que nuestros antepasados tenían, no se limitaba únicamente a poder disponer de agua en cantidad suficiente, a veces ocurría que ésta no siempre  era  potable.    
A lo largo del tiempo, los países desarrollados han conseguido solucionar el problema de abastecimiento de agua mediante una serie de infraestructuras que, básicamente, han consistido en obras de captación y almacenamiento; en una adecuada potabilización  para que esté  limpia y libre de gérmenes; y en trabajos de canalización que permiten  llevarla a las casas donde, una vez usada, es eliminada en forma de aguas residuales a través del alcantarillado.
Las obras que han permitido llegar a la situación actual fueron ejecutándose,  progresivamente,  a lo largo de los  años: primero  en las ciudades, después en los pueblos más grandes y cercanos a éstas, y, finalmente, como siempre ocurre con todo lo que suponga  desarrollo, fueron los lugares pequeños y alejados los últimos que pudieron beneficiarse de este servicio. Los  pueblos de nuestra comarca, como pertenecen a ese último grupo,   tuvieron que esperar hasta finales de la década de 1960 y comienzos de los 1970, para que se realizaran las trabajos que permitieron llevar agua corriente a las casas; un hecho que mejoró, de forma notoria, la calidad de vida de nuestros paisanos ya que,  hasta entonces, siempre habían tenido que ir a cogerla  a la fuente.   
  
   Beber agua que procede directamente del manantial, ya sea en pozos, pilares o fuentes,  es un lujo que aún nos podemos permitir en nuestros pueblos; es un agua natural, sin cloro ni sustancias añadidas que interfieran con sus características organolépticas pero, aunque es un agua estupenda, a veces puede llegar a contaminarse por gérmenes, un hecho que es más común  en verano cuando disminuye el caudal de los ríos y las fuentes y con ello las posibilidades de depuración natural.  El refranero popular dice al respecto que “agua corriente no mata a la gente”; también podríamos decir que  “cuando el caudal flojea, llega la diarrea” (esto último no sé si lo dice también el refranero, o quizá fuera  Platón…Y si no fue alguno de ellos, pues lo añado yo).

    Bueno, pues el problema de salud que había ocurrido en el pueblo, durante los días anteriores,   estaba relacionado con el agua;  concretamente, con una fuente pública. Ésta, proporcionaba un agua abundante, de gran calidad que, desde tiempo inmemorial, había saciado la sed de los lugareños; por ello, cuando en el pueblo se hicieron las obras de abastecimiento para  llevar el agua a los domicilios,  habían decidido mantenerla, tal como estaba, para que quien lo deseara pudiera seguir utilizándola.  
  Desde el otoño, cuando comenzaban las lluvias, hasta los inicios del  verano, la fuente conservaba un abundante caudal;  pero  con el estío,  a medida que pasaban las semanas, el chorro del  caño iba decreciendo progresivamente de modo que, aunque el manantial casi nunca llegaba a secarse,
Fuente de Vilvestre
cuando llegaba septiembre  por el caño solamente corría un pequeño hilillo de agua dando la sensación de que iba a agotarse en cualquier momento.
   En el pueblo, a pesar de que  en todas las casas ya  había agua corriente, la gente seguía  utilizando para beber  el agua de la fuente, pues la calidad de ésta era muy  superior a la del abastecimiento general; reservando, ésta última, para el  aseo, la limpieza de la casa y demás menesteres.
  
   El tema del agua funcionaba de ese modo: casi todo el mundo la bebía de la fuente durante otoño, invierno y primavera con total confianza, pues el caño mantenía un copioso  caudal. En cambio, al llegar el verano, cuando el chorro de la fuente empezaba a menguar, los habitantes del lugar, conscientes de que, a medida que el caudal del mismo disminuía, aumentaban las posibilidades de que el agua se contaminara;  por prudencia, casi todos ellos dejaban de beberla de allí.  
   La fecha en la que la gente cambiaba sus hábitos respecto al agua no era fija, oscilaba todos los años dependiendo de lo abundante que hubiera sido la temporada de lluvias; por esta circunstancia,  todos los veranos el asunto de calcular cuándo dejar de beber agua de la fuente levantaba mucha expectación.

   El boticario  había recomendado, repetidamente, al alcalde, que prohibiese a los paisanos  beber agua de la fuente durante el verano ya que, al no estar potabilizada  como la del suministro general, raro era el año en el que no había  algún caso de gastroenteritis, mas  éste nunca le había hecho caso. Aunque eran los últimos tiempos del franquismo y España seguía siendo un estado totalitario, donde el sentido de la autoridad se mantenía muy arraigado,  el regidor del pueblo debía ser  algo  libertario, una cosa extremadamente rara para esa época (quizá es que no tenía los suficientes redaños para enfrentarse a los vecinos, algo que no podemos descartar ) y siempre le  respondía que el agua de la fuente era estupenda, así que tenían que ser los vecinos del pueblo, y no el alcalde ni el boticario, quienes debían decidir, libremente, cuándo dejar de utilizar el agua de la fuente, cada verano.
   En realidad, casi nunca pasaba nada importante pues todos los años, cuando alguien pillaba  una diarrea, lo comunicaba a los vecinos y  familiares, el “boca a boca” funcionaba muy bien, y, en cuestión de horas, todos los habitantes del lugar sabían que el agua de la fuente ya no era potable  y dejaban de consumirla hasta el otoño, cuando el caño volvía a recuperar un  buen caudal.    
  
   Este asunto se había convertido en una tradición más del pueblo y sus habitantes, conscientes de que  a medida que avanzaba el verano  aumentaban las probabilidades de que se contaminara el agua de la fuente, habían establecido la costumbre de  considerar al día de  la Virgen del Carmen (16 de julio)  como la fecha límite  para dejar de beberla; así que, “por si acaso”, a partir de ese día, casi todo el mundo empezaba a beber el agua que llegaba del suministro general a los domicilios.
   Evidentemente, esto no era nada científico y, como la fecha era meramente orientativa, siempre había “valientes” que apuraban mucho los días y  continuaban  bebiendo agua de la fuente durante más  tiempo. Curiosamente, los más imprudentes eran los  más viejos, que seguían consumiéndola durante varias semanas más y casi nunca les pasaba nada (o si les pasaba, no lo decían).

  Del mismo modo que en Asturias hay un día al año en el que celebran la pesca en los ríos del primer salmón de la temporada,  al que llaman “El Campano”,  y es una jornada muy señalada; en el pueblo  -salvando las distancias-  también era un día muy señalado aquel en el que  aparecía la primera persona de la temporada con diarrea pues ese era el indicador de que la gente debía dejar de beber definitivamente el agua de la fuente hasta el otoño.
   
   Ese año, el otoño y el  invierno anteriores habían sido especialmente secos y la   primavera  también fue muy pobre en lluvias;  por ello,  como los  manantiales se habían cebado poco,  el caudal de la fuente comenzó a mermar muy pronto. Debido a esta circunstancia, o  bien  a alguna otra causa que nunca llegó a saberse,  resulta  que, en la última semana de junio, el agua de la fuente perdió su salubridad.
   El primer aviso, de que el agua del caño había dejado de ser potable, no sobrevino del mismo modo a lo que venía siendo habitual durante  los años anteriores; hasta entonces, cuando alguno de “los valientes” que seguían bebiendo agua de la fuente, más allá del día de la Virgen del Carmen,  resultaba  afectado,  lo que siempre había acontecido,  cuando aparecía la primera persona afectada por gastroenteritis -que venía a ser como “El Campano” del pueblo-, ésta avisaba a los demás y, en cuestión de horas, o a lo sumo un día,  desaparecían “todos los valientes” y ya nadie bebía agua de la fuente.
   En esta ocasión, lo ocurrido fue que, como aún faltaban tres semanas para el día de la Virgen del Carmen,  todo el mundo seguía bebiendo agua de la fuente ya que aún eran “fechas seguras”, y sobrevino un verdadero boom…una auténtica explosión gastroenterítica  (vamos, una cagalera generalizada), resultando afectados, los  habitantes del pueblo, por docenas.

   Durante el tiempo que duró la epidemia, los medicamentos para tratar vómitos, diarreas, dolores de barriga…  corrieron a raudales, ya que rara era la familia donde uno o varios de sus integrantes no hubieran enfermado por el agua contaminada. Mientras tanto, la conciencia del farmacéutico estaba en un estado de disociación múltiple: Pensamiento positivo: estaba contento porque, al  aumentar la venta de  medicamentos y agua mineral (entonces, el agua mineral en los pueblos apenas se usaba y sólo se vendía en farmacias), el negoció  mejoró ostensiblemente esos días.  Él, no es que se alegrara porque los vecinos se “fueran de vareta”, pero consideraba que, si estaban así y necesitaban  medicamentos, alguien tenía que vendérselos. Pensamiento negativo: en su fuero interno estaba muy cabreado con el “alcalde libertario”, esa “rara avis franquista” que, haciendo caso omiso a su recomendación, nunca  había querido  poner un letrero en la fuente avisando de que el agua no estaba potabilizada.

   En la intrahistoria de los pueblos siempre acontecen hechos significativos, hitos importantes que marcan un antes y un después, tal como ocurrió con la epidemia de gastroenteritis de aquel año, pues, al ser ésta tan brutal y afectar a tantos paisanos, motivó que el alcalde perdiera súbitamente su “sensibilidad libertaria”  olvidándose del derecho de los vecinos a elegir libremente el sitio donde coger el agua para beber, que tantas veces había defendido,  decidiendo ejercer de alcalde con “mando en plaza” (en este caso, quizá habría que decir con “mando en fuente”), así que  ordenó al alguacil  poner un letrero en la fuente, para avisar del problema del agua

  Letrero sugerido por el boticario: “Agua no potabilizada”
  Letrero que finalmente se puso: “Prohibido beber agua de la fuente hasta nueva orden”

  Cuentan las crónicas que el motivo que llevó  al alcalde,  mandar colocar el letrero, no obedeció  a la sugerencia del  farmacéutico -éste llevaba años intentando convencerle de ello, sin éxito- , sino a que él resultó ser uno de los afectados (como podemos ver, las bacterias, al contrario que las personas, son justas e imparciales  y les importan “un comino” las jerarquías y la autoridad).
   Lo cierto es que el aviso del letrero no tuvo utilidad alguna  ya que, cuando lo colocó el alguacil  en la fuente, los vecinos llevaban ya varios días sin beber agua de la misma.


(Nota aclaratoria: Aunque la foto que acompaña al texto corresponde a la fuente de Vilvestre,  y en ella hay un letrero donde pone “Agua no potable” quiero aclarar que esto no ocurrió en ese pueblo).