martes, 10 de enero de 2017

El Pronosticador


  Actualmente, es fácil saber el tiempo que va a hacer durante los días próximos. Miramos el teléfono móvil y allí encontramos aplicaciones que nos indican, entre otros datos, la temperatura, la velocidad del viento, si va a estar soleado o nuboso o si va a llover. En caso de lluvia, incluso nos informa  de su intensidad  y hasta de la  hora aproximada en que comenzarán a descargar las nubes (si alguno lo desea, también nos proporciona información de la temperatura que hace en Tokio, lo cual es interesantísimo para los que vivimos por aquí). 
  Si elegimos la televisión, para ver las previsiones del tiempo, la información que ésta nos ofrece es completísima, allí encontramos espacios dedicados al tiempo que, durante diez o quince minutos, ofrecen una inmensa cantidad de información,  no sólo sobre las previsiones del tiempo que vamos a tener, sino de otros muchos aspectos  relacionados con el clima. Todo esto, es posible gracias a la Meteorología, que es la ciencia de la que se valen los meteorólogos  para elaborar los  pronósticos del  tiempo.
  Hoy día, aunque el grado de cumplimiento de las previsiones climáticas  nunca llega a ser del 100%,  el porcentaje de aciertos se  aproxima  mucho a esta  cifra.
   La televisión, la radio, los teléfonos móviles y los demás medios que nos permiten recibir  noticias del tiempo, aunque parece que llevan ya mucho  tiempo entre nosotros,  en realidad forman parte de nuestra existencia desde  épocas bastante cercanas; por  ello, antes era la propia gente de los pueblos quien hacía sus propias previsiones del tiempo.
   En casi todos los lugares había personas “expertas” que sabían predecir el tiempo que iba a hacer, en su zona, de un modo bastante fiable, pues poseían una serie de conocimientos que habían adquirido observando los distintos fenómenos naturales: los vientos de la comarca,  la forma de las nubes, el estado del cielo, la observación del sol y de la luna, el aspecto de las plantas, el comportamiento de los animales…
  Con estos estudiosos del clima, aunque acertaban bastante en sus pronósticos, el grado de cumplimiento de las previsiones que hacían era bastante bajo  y la gente no confiaba demasiado en sus aciertos; así, era frecuente escuchar dichos como el siguiente: “Cuando la luna está en cuarto menguante, llueve mucho, llueve poco, no llueve nada, o se queda el tiempo como estaba”.  
  Al lado de estos “expertos meteorólogos rurales”, cuyos conocimientos se basaban en la observación de  la Naturaleza, había otros  “pronosticadores del tiempo” que, a pesar no entender nada del asunto, como los primeros,  también hacían anuncios sobre el clima venidero. En estos casos, el grado de cumplimiento de sus previsiones  era ínfimo  (si era verano, pronosticaban calor; y si era invierno frío, y poco más). Aunque nadie hacía caso de sus pronósticos,  ellos insistían una y otra vez en adivinar cómo iba a ser el clima, tal como sucedió con el protagonista de este suceso.
  
   Una noche de enero iban dos amigos hacia la taberna y hacía un frío intenso, propio de la fecha, de esos que “escarallan el pellejo”;  ambos  caminaban deprisa con el fin de llegar lo antes posible al bar, para poder calentarse un poco,  y, durante el trayecto, uno de ellos comentó al otro.
-  ¿Sabes lo que te digo, amigo mío? Mañana va a nevar, estoy seguro de ello.
   Jonás, que es como se llamaba el amigo,  muy extrañado  miró inquisitivamente hacia arriba y pudo ver un cielo totalmente despejado. Aquella noche, la bóveda celeste ofrecía un espectáculo espléndido, totalmente colmada de estrellas, como sólo es posible apreciar durante el primer mes del año, en estas latitudes.  
  En el cielo, durante las noches de enero, es posible distinguir a simple vista, con total claridad, multitud de estrellas y diversas constelaciones: Las  Osas Mayor y Menor, Casiopea, El Dragón, Andrómeda, Perseo, la Vía Láctea… pero,  aunque aquella noche el firmamento ofrecía un aspecto grandioso, Jonás no reparó demasiado en  estrellas ni constelaciones, sólo pretendía comprobar  si había nubes por algún lado, y tras mirar  en todas las direcciones pudo cerciorarse de la ausencia total de éstas.  
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  -  Mira Jeremías, no hay nubes por ningún lado ¿Por qué dices que va a nevar?
  -  Lo sé, respondió éste, con rotundidad.  Te lo puedo asegurar al 100%. Mañana va a caer una buena nevada, y yo no me voy a levantar de la cama hasta el mediodía, ya lo verás.
   Al día siguiente, una espesa niebla matutina cubría los campos y las casas del pueblo, a media mañana el sol logró abrirse paso a través de la bruma, ésta fue  elevándose poco a poco, y, a mediodía nuestra estrella solar lucía vigorosa sobre un cielo azul totalmente despejado.
   Después de comer, ambos amigos coincidieron en el bar  e, inevitablemente, hablaron del tema. Jonás se dirigió a Jeremías “el pronosticador” diciéndole:
-        Ayer dijiste que hoy iba a nevar con ganas, incluso afirmaste que las probabilidades eran del 100%, y, como puedes ver,  no ha nevado, no hay una  triste nube y hace un sol estupendo. 
-        De todos modos, contestó Jeremías,  el 50% de mis previsiones se han cumplido.    
-        ¡¿Pero qué dices?! protestó el compañero, algo enfadado ¡No veo cómo! ¡Mira que sol tenemos!
-        Vamos a ver, respondió “el pronosticador del tiempo”. Lo que dije exactamente fue: “Mañana nevará y yo me levantaré a mediodía”  ¿Fue eso…o no fue eso, lo que yo dije?
-        Efectivamente, eso fue, respondió  Jonás.
Jeremías permaneció en silencio unos instantes, pensando cómo rematar su explicación, y continuó diciendo:  
-        Bueno…no habrá nevado,  pero yo sí me he levantado a mediodía. Luego, no negarás que la mitad de mis pronósticos se han cumplido.


 (Jeremías, uno de los profetas mayores, escribió alguno de los libros  del Antiguo Testamento y sus profecías se cumplieron; a nuestro Jeremías, “el pronosticador”, en cierto modo, también podríamos catalogarlo de profeta; al fin y al cabo, aunque no escribiera libros, también era capaz de adivinar  el futuro: podía predecir la hora en la que pensaba levantarse el día siguiente)

jueves, 22 de diciembre de 2016

Tiempo de Navidad

¿Cantamos, rezamos o lloramos?
  
   
   Todos los años, cuando el mes de diciembre se acerca a su final, llegan las navidades; unas fiestas que para los niños resultan maravillosas y que para los adultos no lo son tanto.
  La celebración de estas fiestas gira en torno al día de Navidad (25 de diciembre), fecha en la que conmemoramos el nacimiento de Jesús, y, a pesar de ser una de las más importantes festividades cristianas, actualmente, muchos  han perdido totalmente  la perspectiva de lo que representan.   
   El día de  Navidad  se circunscribe sólo a esa fecha pero, generalmente, hablamos de  navidades en plural ya que  durante estos días, además de esta festividad, celebramos otras fiestas; por ello, quizá es más correcto hablar de Tiempo de Navidad.
  Existe cierta confusión respecto a la  duración de las navidades. La mayoría de la gente considera  Tiempo de Navidad  el que transcurre entre Nochebuena (24 de diciembre), y el día de los Reyes  (6 de enero); pero las fechas no coinciden, exactamente, con lo que la Iglesia Católica establece como Tiempo Litúrgico de Navidad, que es el comprendido entre el día de Nochebuena y el domingo posterior a los Reyes (el bautismo de Jesús por San Juan Evangelista); por lo tanto, si nos atenemos a la Liturgia,  podemos apreciar que la duración de las navidades es variable dependiendo de los años.
   En esta vida, con el paso del tiempo, todo va evolucionando e igual sucede con el Tiempo de Navidad ya que la forma de celebrar estas fiestas también ha ido cambiando a largo de los años.
  La celebración religiosa, que dio origen a esta celebración, en la actualidad ha pasado a un segundo plano y  la gente, cuando llega esta época del año, hace planes de todo tipo, pero casi ninguno de ellos pasa por asistir a la Misa del Gallo.
  Para algunos, las navidades son, simplemente, un periodo vacacional más y  aprovechan estas fechas para viajar (son los típicos pseudoateos: no creen en los preceptos religiosos y, en cambio, sí  que creen en las vacaciones de navidad, en las de semana santa y todas las festividades religiosas del calendario). Para estos turistas invernales, su tiempo de navidad no se corresponde con las dos semanas reglamentarias del resto de los mortales,  sino con el tiempo que dura el viaje que tienen programado.  
   Los centros comerciales, por su parte, intentan convencernos de que las  navidades duran dos meses, y que es necesario que gastemos un montón de dinero para poder ser felices;  por ello, cada año que pasa inician la campaña de ventas navideñas  con mayor antelación no siendo raro ver ya, en la segunda quincena de octubre, cómo algunos establecimientos empiezan a ofrecer en sus estanterías productos navideños.
   Podemos encontrar lotería de navidad a la venta, en las  administraciones, desde el verano;  en noviembre, la televisión  ya nos trae a la pantalla películas sobre temas navideños ; a primeros de diciembre, casi todas las ciudades alumbran sus calles con las luces de navidad;  llegan las inevitables
comidas y cenas de empresa  en las que te ves sentado a la mesa con gente a la que incluso aborreces;  hay que hacer frente a la interminable lista de regalos de Papa Noel y de los Reyes Magos, la televisión nos bombardea continuamente con anuncios de juguetes, cava y  colonias -como si sólo necesitáramos oler bien en esta época del año-.
   La suma de todo este barullo de cosas y circunstancias, que por estas fechas se nos viene encima,  provoca que muchas personas acaben sintiendo auténtica aversión hacia la Navidad, y que suponga para ellos un gran alivio dejar atrás el día de Reyes, una vez que finalizan las fiestas,  aunque haya que enfrentarse a la cuesta de enero. Una cuesta que, en realidad, la creamos nosotros con los gastos que realizamos durante las navidades;  y es que la paga extra, quien la tiene, no da para muchos dispendios.

   Esta distorsión de la Navidad a la que asistimos es especialmente perceptible en las ciudades, pero el fenómeno no es ajeno a los pueblos; en muchos de ellos, la celebración de la navidad ha cambiado enormemente dando lugar a que una serie de costumbres, que se desarrollaban en ellos durante el Tiempo de Navidad, hayan desaparecido, prácticamente, en su totalidad,  siendo sustituidas por otras “más acordes” a los tiempos actuales; algunas, incluso rozan el esperpento como lo ocurrido en un pueblo  donde el alcalde un año se empeñó  en encender personalmente las luces del pino que había mandado colocar en la plaza,  convocando a los vecinos,  como si aquello fuera el árbol de navidad del Rockefeller Center neoyorkino.  El pueblo apenas superaba  los 200 habitantes, era de noche, hacía mucho frío, y al evento solo asistió el alcalde, acompañado por algún familiar próximo y el alguacil (este último, al ser funcionario municipal, supongo que lo haría obligado por las circunstancias).
   En otro pueblo, los quintos organizaron una Cabalgata de Reyes y, al no haber camellos, lo cual es comprensible, utilizaron unos burros en su lugar. Como sólo había montura para dos, decidieron que sólo saldrían dos reyes en la cabalgata, con el consiguiente enojo del cura cuando se enteró de lo sucedido, por el poco rigor histórico que supuso haber prescindido de un rey (aquellos que quieran pensar un poco, les reto a que  averigüen cuál de los tres reyes  no salió  aquel día en la cabalgata) 
  Otra vez, el día de Navidad,  un bromista -algunos sospechan que fue obra de un estudiante de publicidad y marketing -  colocó  en la puerta de la única entidad bancaria del  pueblo una misiva escrita, que decía así: “Con un préstamo de esta entidad, la Virgen hubiera parido en una buena clínica”
  Al día siguiente, el empleado de la oficina, al incorporarse a su trabajo,  no reparó en la nota  permaneciendo allí expuesta,  en la puerta,  gran parte de la mañana,  hasta que una mujer llegó a la oficina a hacer una operación y, tras leerla, le dijo al empleado que le parecía irreverente que una caja de ahorros hiciese ese tipo de publicidad.  Éste, no dando crédito a lo que oía, se asomó a la puerta y, asombrado, comprobó la veracidad del asunto  (lo veraz  es que allí estaba la nota, no que la entidad ofreciese el préstamo).

  Estas son “formas modernas” de celebrar la navidad en el medio rural; en cambio, en los pueblos, hasta no hace muchos años,  durante el Tiempo de Navidad se celebraban una serie de tradiciones muy interesantes,  muchas de ellas ya  desaparecidas. Una de estas tradiciones, ya en desuso, era la de pedir “el aguinaldo”.
  Conocemos por aguinaldo el regalo que, en dinero o especie, se daba durante el Tiempo de Navidad a grupos de jóvenes que recorrían el pueblo cantando, a la puerta de las casas, unas canciones de estructura y musicalidad sencilla, específicas para la ocasión.
   El día de pedir el aguinaldo  variaba, dependiendo de cada lugar; en unos sitios se hacía el día de Navidad;  en otros el día de Año Nuevo y, finalmente, en otros pueblos,  tenía lugar la víspera de Reyes.  En esta última fecha, es  cuando salían a pedirlo en Barruecopardo.
   El petitorio  tenía lugar en la tarde-noche del 5 de Enero. Cuadrillas de niños y adolescentes recorrían todo el pueblo llamando en la puerta de las casas y, cuando sus moradores salían a abrir,  les preguntaban: Sr./a ******** ¿ Cantamos, rezamos o lloramos ?
   Si el amo/a  de la casa solicitaba  rezar, todos  rezaban  (esta opción era la elegida cuando había fallecido algún familiar próximo, a los dueños de la casa, durante el año anterior).  Si lo elegido era llorar, todos lloraban; eso sí, con poca convicción,  pero como se iba a pedir, con tal de agradar, había que cumplir lo solicitado), y si la opción elegida era cantar, cantaban "El Aguinaldo" que en este pueblo decía así:
  
                      Hoy es víspera de Reyes
                      Año Nuevo ya pasado
                      entre damas y doncellas
                      vengo a pedir "el guinaldo"
  
                      Yo se lo vengo a pedir
                      a este caballero honrado
                      que me dé de los sus bienes
                      ya que Dios se los ha dado

                      Cuchillito de oro
                      veo relucir
                      chorizo y morcilla
                      me van a partir

                      No quiero morcilla rancia
                      ni tampoco farinato
                      que quiero una longaniza
                      que es lo mejor del garrapo


         Entonces "el caballero honrado" les daba a los componentes de la cuadrilla un donativo en dinero (pocas veces), o en especie (morcilla, farinato, almendras, dulces...). La longaniza, que es lo que se pedía en la canción,  casi  nunca llegaba. 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Historias del otoño

  
   La entrada de España en la UE trajo consigo importantes cambios en el medio rural, pues obligó a realizar una importante reestructuración en las explotaciones agrarias, tanto agrícolas, como ganaderas. Uno de los cambios que originó la nueva normativa europea fue el que obligaba a ubicar las explotaciones ganaderas fuera del casco urbano. Desde entonces, el ganado permanece siempre en el campo, en fincas y valles, mientras que en el pueblo sólo viven las personas.  
  Anteriormente, animales de 2 y 4 patas convivíamos en los pueblos en estrecha hermandad. Por  las mañanas, el ganado bovino, caprino y lanar era llevado al campo a pastar y permanecía allí  hasta la tarde; entonces, volvía al pueblo donde era  devuelto a los corrales para pasar la noche.
   Los cerdos, en cambio, eran animales exclusivamente urbanos pues no salían al campo, vivían en los pueblos, en cuadras, donde eran cebados hasta que les llegaba su “San Martín”.
  Una familia de tipo medio, generalmente, adquiría los lechones a comienzos de primavera: uno, dos, tres… dependiendo del número de personas que la componían, para cebarlos hasta diciembre o enero, los meses matanceros por excelencia.
  La carne del cochino ha sido, y sigue siendo, uno de los pilares básicos de nuestra dieta;  por ello, había que alimentar y mimar bien a estos animales para poder tener durante todo el año  jamones, lomos, chorizos, salchichones, tocino,...la lista es larga ya que del cerdo se aprovecha todo.   
   El hecho de que muriera un cerdo, ya cebado, antes de la matanza, era una auténtica desgracia para sus dueños pues, además de la infinidad de horas de trabajo que había que dedicarle durante su crianza, suponía una importante pérdida económica.
   Una tragedia de este tipo aconteció a una familia, en un pueblo de nuestra comarca, en la década de 1960; aunque,  afortunadamente,  lo que comenzó siendo una tragedia, terminó en tragicomedia.
   Corrían los últimos días de noviembre, bien avanzado el otoño, y los dos cerdos de nuestros paisanos estaban ya  muy lustrosos, debían andar  entre 17-18 arrobas,  listos para la matanza.  Ésta, habían decidido hacerla por la Purísima (la Constitución no existía aún en nuestro calendario, llegaría en 1978),  y ya sólo faltaban  dos semanas para el evento.
  El ama, todos los días, alimentaba a sus puercos mañana y tarde y, aunque siempre les administraba nutrientes en abundancia, las raciones en esta última etapa de engorde eran especialmente  generosas, con el fin de cebarles lo máximo posible, para que diesen un buen  rendimiento en carne.
   Los marranos son omnívoros, comen de todo,  por tanto su alimentación puede ser todo lo variada que se desee. En las pocilgas se les alimentaba con pienso, complementándose el mismo con  otros productos de la huerta y del campo que variaban según la época: patatas pequeñas que se desechaban para el consumo humano,  remolachas, fruta que no estaba en condiciones optimas…   Si hubiera que utilizar tres palabras para resumir lo que comen los cerdos serían las siguientes: “Comen de todo”.        Una tarde, a la hora habitual, fue la mujer a echar de comer a sus cerdos y, tras ponerles la correspondiente ración de pienso, añadió como suplemento lo que tenía por allí más a mano, llenando nuevamente la pila donde los puercos comían.  Una hora más tarde, volvió a la cuadra a  echarles agua y despedirse de ellos hasta el día siguiente y, al acercarse a la zahúrda,  antes de alcanzar la puerta, algo llamó su atención.  Los puercos, siempre están dispuestos a engullir todo lo que se les eche; de modo que, cuando alguien va a la pocilga, se acercan a la puerta, impacientes, gruñendo ruidosamente, pues creen que les llevan algo para comer; mas, en esta ocasión, había un silencio poco habitual en la cuadra, algo que extrañó mucho al ama.
www.tipos.co/tipos-de-cerdo/
  Cuando ésta se asomó a la porqueriza, se llevó un susto morrocotudo: ambos cerdos estaban inmóviles, tumbados en el suelo, y al ver a la dueña ni se inmutaron.  
    Uno de ellos, con gran esfuerzo, logró incorporarse y entonces la mujer suspiró aliviada - al menos, no están muertos, pensó ella-,  pero el consuelo duró poco; apenas logró el cerdo ponerse en pie, se tambaleó y cayó aparatosamente al suelo, permaneciendo allí tirado con el compañero.
   Esto sí que intranquilizó a la dueña de los cochinos.  Por su cabeza cruzaban pensamientos poco tranquilizadores: Los cerdos tienen alguna enfermedad,  y debe ser grave pues no se tienen en pie. Ocho meses alimentándolos mañana y tarde,  y a dos semanas de la matanza, cuando  ya están totalmente desarrollados, con buenas arrobas de carne encima, se han puesto malos. - esto pensaba la señora, sobrecogida por la desazón - 
  Con lágrimas en los ojos,  por la rabia contenida,  fue a ver al marido a comunicarle la mala nueva. Éste,  cuando vio la cara de la esposa, adivinó que algo serio ocurría y se alarmó.  
-      ¿Qué ocurre?
-      Los marranos, contestó ella. Están muy malos. Ni gruñen, ni bullen. Están en el suelo tirados  y no pueden con su alma (es muy discutible que los cerdos tengan alma, pero es así como se expresó la mujer).
Al escuchar el marido, las explicaciones de la esposa, se alarmó mucho. El hecho de que pudieran morir los cerdos, ya totalmente cebados, a escasas fechas la matanza,  era algo muy grave. Ambos se acercaron rápidamente a la cuadra y allí pudieron ver cómo los dos puercos seguían tumbados  en el suelo, tal como los había dejado el ama.  Al verles, el mismo cerdo que anteriormente había logrado ponerse en pie hizo un esfuerzo sobrehumano (la verdad es que si son puercos, los esfuerzos no pueden ser sobrehumanos,  pero estos cerdos se parecían mucho a los humanos, como luego veremos) y volvió a incorporarse. Se mantuvo sobre sus patas unos segundos, intentó dar un paso, se tambaleó y, tal como sucediera anteriormente,  cayó  al suelo ante los asustados ojos de  sus dueños.
-      ¡Están muy mal!, exclamó preocupado el marido. Y el otro ni se menea. Habrá que avisar al veterinario. Si no los puede curar y mueren, al menos que nos diga si podemos aprovechar la carne.
-      ¡Mira, si se mueren no vamos a aprovechar nada! , respondió enfadada la mujer ¿Y si nos ponemos malos nosotros, por comerla?
Tienes razón, contestó el marido que miraba apesadumbrado a los cerdos. Entonces, observó que en la pila de granito, donde éstos comían habitualmente, había restos de  borras.   
-      ¡Oye! ¿que les has echado a los cerdos esta tarde?
-      El pienso de todos los días y después unas borras.  Ayer les di unas pocas, vi que se las comían bien y hoy, después del pienso, les he puesto más.
-      ¿Le echaste muchas?
-       Pues les llené la pila y se las comieron muy bien. ¡Ay, Dios mío!, exclamo la esposa, a ver si va a ser eso, que estaban  malas y encima los he envenenado yo
    El marido al oír las palabras de la esposa suspiró aliviado.
-      Entonces es eso, mujer. A los cerdos no les pasa nada
-      ¿Cómo que no les pasa nada?, protestó ella ¡Pero no ves lo malos que están!
-      Creo que los has emborrachado, afirmó el hombre. Eso lo que les pasa.
-      Es imposible, respondió ella ¿Cómo van a estar borrachos unos cerdos?  Pero si solo han comido unos pellejos de uva. Estarían malas y por eso se han puesto así.
 -  Están borrachos, te lo digo yo, respondió el marido muy convencido, y las borras estaban bien no te preocupes. Lo que ocurre es que tienen mucho alcohol y si encima dices que han comido muchas… ¿No ves que con ellas se hace el aguardiente?  Los marranos se han cogido una buena curda y por eso no se tienen en pié.  Les pasa lo mismo que a las personas cuando se “les va la mano” con el vino. Ellos no se van a poner a cantar, claro está, pero tienen que dormirla. Verás cómo mañana están bien… con resaca, eso sí, pero serenos.
   El hombre estaba plenamente convencido de su diagnóstico, y la sonrisa había vuelto a su cara. La mujer, en cambio, no estaba muy conforme con la conclusión a la que había llegado el marido.  Aunque si éste afirmaba que los cerdos estaban borrachos, quizá tuviera razón; al fin y al cabo, ella no entendía de borracheras y él sí  (Descartes decía que la Razón es el bien más abundante del mundo, pues todos creemos tenerla siempre de nuestra parte. Ella, en esta ocasión, deseó  que la razón estuviera de parte del marido)  
   Decidieron no llamar al veterinario y esperar a la mañana siguiente a ver qué pasaba.
   La esposa, preocupada por sus cerdos, pasó mala noche. Tardó en conciliar el sueño y, cuando lo consiguió, éste duró poco. Se despertó infinidad de veces,  dio múltiples vueltas en la cama,  y a las cinco de la mañana estaba totalmente despierta.  Como aún era noche cerrada no era cuestión de levantarse; así que aburrida, sin saber qué hacer,  se dedicó a rezar a San Antonio (pensaba que al ser el patrón de los animales, algo podría hacer por sus cerdos enfermos.  Por otra parte, si sólo era una borrachera y éstos no precisaban la ayuda del Santo, mejor que mejor). El marido, en cambio, durmió plácidamente durante toda la noche, convencido de su diagnóstico.
   Por la mañana, ambos cónyuges se levantaron temprano y se acercaron intrigados a la cuadra, a ver cómo seguían sus cerdos y comprobar si, efectivamente, eran unos simples “porcus ebrius” que  habían estado de borrachera,  o se trataba de algo mucho peor.
   Antes de llegar a la puerta de la pocilga, los marranos los sintieron y, como pensaban que ya les iban a llevar la ración matutina de alimento,  se pusieron a gruñir fuertemente, ante el alivio de los dueños.

Ambos, se miraron entre sí, muy contentos, y dijeron a la par: - Ha sido una borrachera.

jueves, 24 de noviembre de 2016

El Cristo de las Aguas

   La Meteorología, entre otras cosas, permite hacer pronósticos del tiempo que va a hacer. Hoy día,   podemos comprobar que las predicciones que hacen los meteorólogos son bastante certeras siendo esto posible porque estamos ante una ciencia que, como tal, se apoya en datos objetivos como son  los satélites meteorológicos, las estaciones meteorológicas de medición distribuidas en distintas zonas, y en otros medios.
  Antiguamente,  cuando aún no existían las agencias de meteorología, las predicciones del tiempo las hacía la propia gente de los pueblos. Pronosticar el tiempo que iba a hacer era uno de los temas favoritos  en las conversaciones de la gente y, en todos los lugares, siempre había algunas personas que eran auténticos expertos en augurar cómo iba a ser el clima durante los siguientes días. El método que utilizaban  estos pronosticadores del tiempo,  para vaticinar los cambios climáticos,  era poco  científico y, si hubiera que definirlo de alguna manera, habría que catalogarlo como un  auténtico arte: se basaban en la observación de las nubes, del sol, de la luna, de los vientos, del aspecto del cielo, del comportamiento de los animales… Además de sus apreciaciones personales, echaban mano de otros medios “más científicos” como eran las Cabañuelas, y el popular Calendario Zaragozano.

   Actualmente, cuando lleva mucho tiempo sin llover, y hay sequía, los meteorólogos buscan una explicación científica que justifique la prolongada falta de lluvia (otra cosa es que la encuentren),  y la solución que proponen los  expertos, en estos casos, siempre es la misma: que consumamos poca agua  (más de uno, en su afán por ahorrar agua; bien siguiendo las indicaciones de aquellos, o por iniciativa propia, dejó de consumir  agua,  comenzó a beber cerveza, tinto de verano, cubatas… y no ha vuelto a probarla ¿ ecologismo?, ¿borrachismo?, pues la verdad es que no sé como catalogar su actitud,  pero bueno, ahí siguen...ahorrando agua).

   En tiempos pretéritos, nuestros antepasados, antes de que la tecnología y la ciencia hicieran aparición en nuestra existencia,  vivían con la convicción de que sus vidas dependían enteramente de la  Providencia y consideraban que la ausencia de lluvia  estaba motivada porque Dios, de alguna forma, estaba enfadado con ellos, siendo por lo tanto, las sequías, un modo de ser castigados por sus pecados. Por ello, había que pedirle a algún Cristo, o alguna Virgen, que intercediera por ellos ante  el Supremo Hacedor para que Éste le quitara “el candado a las nubes”, volviera a llover, y de este modo desapareciera la sequía.
  Esta petición, que se hacía a algún Cristo o Virgen, con tal fin, era conocida como “hacer rogativas” y consistía en sacar en procesión a la correspondiente imagen, rezándole y cantándole para que lloviera.
  Quizá haya incrédulos  que duden  de la eficacia de las rogativas; a ellos,  es necesario  aclarar  que éstas nunca fallaban… eran infalibles. Siempre que se hacían  rogativas  llovía  (podía ocurrir  a los pocos días, tras unas semanas, o quizá al cabo de unos meses…pero siempre acababa lloviendo).
 
   Una vez, en un pueblo, llevaba mucho tiempo sin llover y  había una sequía tremenda; los campos estaban agostados, los regatos no corrían desde mucho tiempo atrás, las charcas solo albergaban barro reseco, por los caños de los pilares no corría agua alguna y la mayoría de los pozos se habían secado; el caso es que la situación era ya insostenible y los labradores estaban desesperados. Un día, varios de ellos, acudieron a hablar con el cura del pueblo.
    - Mire usted, don Frigiliano, hay que sacar en procesión al "Cristo de las Aguas" para hacer unas rogativas. El campo está totalmente seco, el otoño e invierno pasados no llovió absolutamente nada, la primavera va por el mismo camino, el verano está ahí mismo y la situación es desesperada.
   Al cura, esta petición de los agricultores le dejó pensativo y, a la vez muy extrañado. El  crucificado, que la gente conocía como "Cristo de las Aguas", era una imagen que estaba en la sacristía, olvidada por todos. Él llevaba en el pueblo varios años y no recordaba que el anterior cura le hubiera informado nada respecto a dicha imagen.
    Al principio le resultó raro que estuviera en la sacristía y no en la iglesia, con el resto de las imágenes;  pero como en cada pueblo tienen sus costumbres, no le había dado excesiva importancia al asunto y decidió que, si el Cristo estaba en la en la sacristía, debía continuar en el mismo lugar.  
   - ¡Pero que estáis diciendo!, dijo el viejo sacristán, al oír la propuesta de los labradores ¡Eso no puede ser!
   - ¿Por qué?, preguntó don Frigiliano extrañado.
   - Puede ser peor el remiendo que el agujero, sentenció el sacristán.
    - Peor imposible, afirmó uno de los labradores. Hay que sacar a esa imagen en procesión. Yo una vez le oí decir a mi abuelo que hubo una sequía tremenda, sacaron al Cristo de las Aguas en  procesión, y se puso a llover de inmediato.
   El párroco era escéptico respecto a los resultados de las rogativas, pero consideró que, por sacar en procesión al Cristo, no se perdía nada. El pobre llevaba muchos años encerrado y un poco de aire no le vendría mal.
   - Vale, dijo a los labradores. Sacaremos al Cristo en procesión y  haremos rogativas, pero debéis saber que, si no llueve, puede ser por otras circunstancias. No debemos ser soberbios y pedir a Dios milagros. Él los hace cuando lo estima conveniente,  no cuando nosotros queramos.
 -¡Llover, lloverá! Por eso no se preocupe, afirmó el sacristán, muy convencido.
Los regatos se derbordaban
   Al día siguiente, el Cristo fue sacado en procesión;  a las dos horas comenzaron a aparecer nubes en el horizonte, y al poco rato empezó a llover ante el alborozo de todos.
   Pasaron los días,  pasaron las semanas, y seguía lloviendo. El terreno ya había embebido todo el agua de la que era capaz y los campos estaban totalmente inundados, los pilares corrían a chorro lleno, las charcas rebosaban y los regatos se derbordaban.  
  La gente del pueblo estaba desesperada por aquellas lluvias tan persistentes.
   El sacristán, en su casa, veía llover a través de la ventana  y decía para sus adentros: La gente lo que no sabe es que El  Cristo estaba encerrado, sí… pero por malo.



domingo, 13 de noviembre de 2016

El médico cazador

   En la sociedad actual, especialmente en las ciudades, podemos ver cómo ha aumentado espectacularmente el número de personas, de toda condición y edad, que tienen  perros como animales de compañía.
   La relación que establecen las personas, con estos animales, es muy positiva; con los perros se puede interactuar mucho: son inteligentes, cariñosos,  te defienden sin importar cual sea el enemigo; cada vez que regresas a casa te reciben  locos de alegría;  buscan el contacto para que les acaricies y ellos se refriegan a ti con el mismo fin;  son fieles hasta el infinito… (Alguien me contó que, en Londres, visitando  un cementerio de animales, vio una placa sobre la tumba de un perro donde la dueña había mandado grabar la siguiente inscripción: “A ******   que me fue más fiel que mi marido”. No es éste, precisamente, el tipo de fidelidad al que me refería, pero alguna relación sí que hay).
   Son unos estupendos animales de compañía, especialmente beneficiosos para aquellas personas, cada vez más abundantes,  que hacen su vida en solitario,  ya sea por decisión personal, u obligadas por las circunstancias. A estos, el hecho de tener un perro evita que se sientan solos, con la ventaja sobreañadida de que son muy discretos y, si llegan tarde a casa, nunca les piden explicaciones (la gente con pareja, en cambio, no tiene esa suerte… a ellos sí se las piden).
   Se convierten en un miembro muy importante de la familia y establecen unos fuertes lazos afectivos con sus dueños,  a quienes hacen  la vida  mucho más agradable (los vecinos no siempre piensan lo mismo, todo hay que decirlo).
  Aprovechando el amor que se les tiene a los perros, ha surgido toda una industria en torno a los cuidados que éstos precisan: hay tiendas especializadas en productos para animales donde se les puede comprar comida, productos para el aseo, juguetes,  ropa (y eso que todos vienen al mundo con un magnífico abrigo de piel) ; también hay peluquerías caninas, guarderías  para que los puedan dejar temporalmente allí sus dueños; clínicas veterinarias donde les vacunan y tratan sus enfermedades;  hospitales de animales donde son ingresados y operados si es necesario, y, cuando les llega la hora final, también existe la posibilidad de que sean convenientemente sedados para evitar sufrimientos innecesarios. 
   Este tipo de relaciones, que se establecen entre las personas y sus  perros de compañía,  son de carácter emocional… de afecto. Es un cariño en las dos direcciones  y ello determina que algunas personas, como quieren tanto a su perro,  no dudan en gastarse todo el dinero que sea necesario para el bienestar de éste.  
   Esto, a algunos, quizá les puede parecer excesivo;  especialmente, a aquellos que ya no somos tan jóvenes, y que en la infancia y adolescencia vivíamos en un medio rural, pues las relaciones que había entonces con los animales diferían algo de las actuales.
  Hasta hace unas cuantas décadas, la sociedad era diferente a la actual en muchos aspectos;  respecto a la  relación que mantenían entonces los perros y sus dueños, podríamos que era fundamentalmente “profesional”. La gente tenía perros sobre todo con un fin utilitario: cuidaban la casa, guardaban el ganado y eran un compañero insustituible  para la caza  (estas  funciones aún las mantienen, pero a un menor nivel).
 A pesar de que la relación con los canes era esencialmente “ laboral”,  y no se les compraban juguetes, champú y peines para el aseo, ni ropa de temporada;  también  se les quería mucho, y, cuando el perro ya era muy viejo, a veces perdía muchas de sus capacidades: no veía, no oía, apenas podía masticar,  le dolían las articulaciones y cualquier movimiento le ocasionaba dolor… en fin, que había llegado al final de su ciclo vital. 
   En los tiempos actuales, llegada esta situación, el camino a seguir es buscar un veterinario que puede sedar al animal y poner fin a su vida dignamente;  pero, en aquellos tiempos,  la mayoría de las veces, por no decir nunca, esto no era posible siendo el propio dueño del can el que, para evitar que sufriera innecesariamente, debía realizar la eutanasia activa -una forma fina de decir que tenía que “cargarse al perro”.
  Realizar este acto a un animal que  ha convivido contigo muchos años, al que le tienes mucho afecto, es muy duro y no todos tenían el suficiente valor para llevarlo a cabo. Aún recuerdo una ocasión en la que un hombre llevó a su perro al campo para acabar con él y regresaron los dos a casa porque decía que el pobre animal le miraba y no se atrevió a rematar la faena.
 En estos casos, había que recurrir a gente ajena a la familia, que no estuviera implicada emocionalmente con el perro, que tuviera experiencia en matar animales a sangre fría; unas personas resueltas  a madrugar todo lo necesario para estar en el campo con las primeras luces del amanecer,  sin importarles el frío, lluvia u otras inclemencias del tiempo; gente dispuesta a hacer muchos kilómetros a lo largo del día, cruzando montes, valles, regatos, y todo ello por el afán de encontrar alguna perdiz, conejo o liebre a la que pegarle un tiro...sí, había que recurrir a algún cazador.
  Éste era uno de los  clásicos favores que recibían los cazadores: “mira, cuando vayas de caza, haz el favor de llevarte un día a mi perro, y que no vuelva”.  
   Con estos antecedentes, no resulta extraño lo que ocurrió un día en un pueblo.  Resulta que el médico de ese lugar era un  cazador empedernido y  sólo vivía para la caza. A lo largo del año,  él sólo distinguía dos épocas: cuando se podía cazar, y cuando no se podía cazar; de forma que, cuando acababa la temporada de caza,  pasaba el tiempo contando los días que quedaban para el inicio de la siguiente.  
   Cada persona se imagina el Paraíso a su modo: un político lo imagina como un lugar donde la gente se deja engañar con facilidad, todos le votan y gana siempre por amplia mayoría. Un trabajador, como un lugar donde el horario es muy bueno, se trabaja poco, se gana mucho y tienes muchas vacaciones. Un hombre feo,  como una isla con muchas mujeres guapas donde él es el único varón -esto último, realmente,  no sé si acabaría siendo un paraíso o un infierno- … En fin, que cada cual que se lo imagina a su gusto.
   Este médico debía imaginarlo como un gran coto lleno de perdices, conejos y liebres, en el que no existiese restricción alguna para la caza,  pudiendo salir a ejercer su afición todos los días del año. De hecho, cuando se levantaba le veda, de los días hábiles para cazar no perdonaba ni uno.
   Un día, se encontraba cazando y fueron a avisarle porque en el pueblo uno de los convecinos, que ya era muy mayor, se había puesto malo.
   El galeno, tal como estaba, con su ropaje de cazador, se echó la escopeta a la espalda y  de esta manera se dirigió al domicilio del paciente, con el fin de perder el menor tiempo posible, para  volver al coto a continuar la jornada de caza, una vez hubiera atendido al enfermo.   
   Al llegar a la casa del paciente, entró en la habitación donde éste se encontraba y le vio postrado en la cama, sin apenas poder moverse.
    El hombre, al ver llegar al médico vestido con la ropa de camuflaje y la escopeta a la espalda, a pesar de lo fastidiado que estaba, sin saber de dónde, sacó fuerzas y se incorporó sobresaltado, diciendo:
- ¡Don ********, la escopeta no la habrá traído para rematarme! ¿Verdad?