miércoles, 7 de diciembre de 2016

Historias del otoño

  
   La entrada de España en la UE trajo consigo importantes cambios en el medio rural, pues obligó a realizar una importante reestructuración en las explotaciones agrarias, tanto agrícolas, como ganaderas. Uno de los cambios que originó la nueva normativa europea fue el que obligaba a ubicar las explotaciones ganaderas fuera del casco urbano. Desde entonces, el ganado permanece siempre en el campo, en fincas y valles, mientras que en el pueblo sólo viven las personas.  
  Anteriormente, animales de 2 y 4 patas convivíamos en los pueblos en estrecha hermandad. Por  las mañanas, el ganado bovino, caprino y lanar era llevado al campo a pastar y permanecía allí  hasta la tarde; entonces, volvía al pueblo donde era  devuelto a los corrales para pasar la noche.
   Los cerdos, en cambio, eran animales exclusivamente urbanos pues no salían al campo, vivían en los pueblos, en cuadras, donde eran cebados hasta que les llegaba su “San Martín”.
  Una familia de tipo medio, generalmente, adquiría los lechones a comienzos de primavera: uno, dos, tres… dependiendo del número de personas que la componían, para cebarlos hasta diciembre o enero, los meses matanceros por excelencia.
  La carne del cochino ha sido, y sigue siendo, uno de los pilares básicos de nuestra dieta;  por ello, había que alimentar y mimar bien a estos animales para poder tener durante todo el año  jamones, lomos, chorizos, salchichones, tocino,...la lista es larga ya que del cerdo se aprovecha todo.   
   El hecho de que muriera un cerdo, ya cebado, antes de la matanza, era una auténtica desgracia para sus dueños pues, además de la infinidad de horas de trabajo que había que dedicarle durante su crianza, suponía una importante pérdida económica.
   Una tragedia de este tipo aconteció a una familia, en un pueblo de nuestra comarca, en la década de 1960; aunque,  afortunadamente,  lo que comenzó siendo una tragedia, terminó en tragicomedia.
   Corrían los últimos días de noviembre, bien avanzado el otoño, y los dos cerdos de nuestros paisanos estaban ya  muy lustrosos, debían andar  entre 17-18 arrobas,  listos para la matanza.  Ésta, habían decidido hacerla por la Purísima (la Constitución no existía aún en nuestro calendario, llegaría en 1978),  y ya sólo faltaban  dos semanas para el evento.
  El ama, todos los días, alimentaba a sus puercos mañana y tarde y, aunque siempre les administraba nutrientes en abundancia, las raciones en esta última etapa de engorde eran especialmente  generosas, con el fin de cebarles lo máximo posible, para que diesen un buen  rendimiento en carne.
   Los marranos son omnívoros, comen de todo,  por tanto su alimentación puede ser todo lo variada que se desee. En las pocilgas se les alimentaba con pienso, complementándose el mismo con  otros productos de la huerta y del campo que variaban según la época: patatas pequeñas que se desechaban para el consumo humano,  remolachas, fruta que no estaba en condiciones optimas…   Si hubiera que utilizar tres palabras para resumir lo que comen los cerdos serían las siguientes: “Comen de todo”.        Una tarde, a la hora habitual, fue la mujer a echar de comer a sus cerdos y, tras ponerles la correspondiente ración de pienso, añadió como suplemento lo que tenía por allí más a mano, llenando nuevamente la pila donde los puercos comían.  Una hora más tarde, volvió a la cuadra a  echarles agua y despedirse de ellos hasta el día siguiente y, al acercarse a la zahúrda,  antes de alcanzar la puerta, algo llamó su atención.  Los puercos, siempre están dispuestos a engullir todo lo que se les eche; de modo que, cuando alguien va a la pocilga, se acercan a la puerta, impacientes, gruñendo ruidosamente, pues creen que les llevan algo para comer; mas, en esta ocasión, había un silencio poco habitual en la cuadra, algo que extrañó mucho al ama.
www.tipos.co/tipos-de-cerdo/
  Cuando ésta se asomó a la porqueriza, se llevó un susto morrocotudo: ambos cerdos estaban inmóviles, tumbados en el suelo, y al ver a la dueña ni se inmutaron.  
    Uno de ellos, con gran esfuerzo, logró incorporarse y entonces la mujer suspiró aliviada - al menos, no están muertos, pensó ella-,  pero el consuelo duró poco; apenas logró el cerdo ponerse en pie, se tambaleó y cayó aparatosamente al suelo, permaneciendo allí tirado con el compañero.
   Esto sí que intranquilizó a la dueña de los cochinos.  Por su cabeza cruzaban pensamientos poco tranquilizadores: Los cerdos tienen alguna enfermedad,  y debe ser grave pues no se tienen en pie. Ocho meses alimentándolos mañana y tarde,  y a dos semanas de la matanza, cuando  ya están totalmente desarrollados, con buenas arrobas de carne encima, se han puesto malos. - esto pensaba la señora, sobrecogida por la desazón - 
  Con lágrimas en los ojos,  por la rabia contenida,  fue a ver al marido a comunicarle la mala nueva. Éste,  cuando vio la cara de la esposa, adivinó que algo serio ocurría y se alarmó.  
-      ¿Qué ocurre?
-      Los marranos, contestó ella. Están muy malos. Ni gruñen, ni bullen. Están en el suelo tirados  y no pueden con su alma (es muy discutible que los cerdos tengan alma, pero es así como se expresó la mujer).
Al escuchar el marido, las explicaciones de la esposa, se alarmó mucho. El hecho de que pudieran morir los cerdos, ya totalmente cebados, a escasas fechas la matanza,  era algo muy grave. Ambos se acercaron rápidamente a la cuadra y allí pudieron ver cómo los dos puercos seguían tumbados  en el suelo, tal como los había dejado el ama.  Al verles, el mismo cerdo que anteriormente había logrado ponerse en pie hizo un esfuerzo sobrehumano (la verdad es que si son puercos, los esfuerzos no pueden ser sobrehumanos,  pero estos cerdos se parecían mucho a los humanos, como luego veremos) y volvió a incorporarse. Se mantuvo sobre sus patas unos segundos, intentó dar un paso, se tambaleó y, tal como sucediera anteriormente,  cayó  al suelo ante los asustados ojos de  sus dueños.
-      ¡Están muy mal!, exclamó preocupado el marido. Y el otro ni se menea. Habrá que avisar al veterinario. Si no los puede curar y mueren, al menos que nos diga si podemos aprovechar la carne.
-      ¡Mira, si se mueren no vamos a aprovechar nada! , respondió enfadada la mujer ¿Y si nos ponemos malos nosotros, por comerla?
Tienes razón, contestó el marido que miraba apesadumbrado a los cerdos. Entonces, observó que en la pila de granito, donde éstos comían habitualmente, había restos de  borras. Estas, son los pellejos u hollejos de las uvas una vez prensadas. Hasta mediados del siglo XX, en los  pueblos de nuestra comarca era común que las  familias tuvieran viña, con el fin de elaborar vino para autoconsumo. Algunos tenían viñas grandes y, como elaboraban mucho vino, vendían el excedente.  
-      ¡Oye! ¿que les has echado a los cerdos esta tarde?
-      El pienso de todos los días y después unas borras.  Ayer les di unas pocas, vi que se las comían bien y hoy, después del pienso, les he puesto más.
-      ¿Le echaste muchas?
-       Pues les llené la pila y se las comieron muy bien. ¡Ay, Dios mío!, exclamo la esposa, a ver si va a ser eso, que estaban  malas y encima los he envenenado yo
    El marido al oír las palabras de la esposa suspiró aliviado.
-      Entonces es eso, mujer. A los cerdos no les pasa nada
-      ¿Cómo que no les pasa nada?, protestó ella ¡Pero no ves lo malos que están!
-      Creo que los has emborrachado, afirmó el hombre. Eso lo que les pasa.
-      Es imposible, respondió ella ¿Cómo van a estar borrachos unos cerdos?  Pero si solo han comido unos pellejos de uva. Estarían malas y por eso se han puesto así.
 -  Están borrachos, te lo digo yo, respondió el marido muy convencido, y las borras estaban bien no te preocupes. Lo que ocurre es que tienen mucho alcohol y si encima dices que han comido muchas… ¿No ves que con ellas se hace el aguardiente?  Los marranos se han cogido una buena curda y por eso no se tienen en pié.  Les pasa lo mismo que a las personas cuando se “les va la mano” con el vino. Ellos no se van a poner a cantar, claro está, pero tienen que dormirla. Verás cómo mañana están bien… con resaca, eso sí, pero serenos.
   El hombre estaba plenamente convencido de su diagnóstico, y la sonrisa había vuelto a su cara. La mujer, en cambio, no estaba muy conforme con la conclusión a la que había llegado el marido.  Aunque si éste afirmaba que los cerdos estaban borrachos, quizá tuviera razón; al fin y al cabo, ella no entendía de borracheras y él sí  (Descartes decía que la Razón es el bien más abundante del mundo, pues todos creemos tenerla siempre de nuestra parte. Ella, en esta ocasión, deseó  que la razón estuviera de parte del marido)  
   Decidieron no llamar al veterinario y esperar a la mañana siguiente a ver qué pasaba.
   La esposa, preocupada por sus cerdos, pasó mala noche. Tardó en conciliar el sueño y, cuando lo consiguió, éste duró poco. Se despertó infinidad de veces,  dio múltiples vueltas en la cama,  y a las cinco de la mañana estaba totalmente despierta.  Como aún era noche cerrada no era cuestión de levantarse; así que aburrida, sin saber qué hacer,  se dedicó a rezar a San Antonio (pensaba que al ser el patrón de los animales, algo podría hacer por sus cerdos enfermos.  Por otra parte, si sólo era una borrachera y éstos no precisaban la ayuda del Santo, mejor que mejor). El marido, en cambio, durmió plácidamente durante toda la noche, convencido de su diagnóstico.
   Por la mañana, ambos cónyuges se levantaron temprano y se acercaron intrigados a la cuadra, a ver cómo seguían sus cerdos y comprobar si, efectivamente, eran unos simples “porcus ebrius” que  habían estado de borrachera,  o se trataba de algo mucho peor.
   Antes de llegar a la puerta de la pocilga, los marranos los sintieron y, como pensaban que ya les iban a llevar la ración matutina de alimento,  se pusieron a gruñir fuertemente, ante el alivio de los dueños.

Ambos, se miraron entre sí, muy contentos, y dijeron a la par: - Ha sido una borrachera.

jueves, 24 de noviembre de 2016

El Cristo de las Aguas

   La Meteorología, entre otras cosas, permite hacer pronósticos del tiempo que va a hacer. Hoy día,   podemos comprobar que las predicciones que hacen los meteorólogos son bastante certeras siendo esto posible porque estamos ante una ciencia que, como tal, se apoya en datos objetivos como son  los satélites meteorológicos, las estaciones meteorológicas de medición distribuidas en distintas zonas, y en otros medios.
  Antiguamente,  cuando aún no existían las agencias de meteorología, las predicciones del tiempo las hacía la propia gente de los pueblos. Pronosticar el tiempo que iba a hacer era uno de los temas favoritos  en las conversaciones de la gente y, en todos los lugares, siempre había algunas personas que eran auténticos expertos en augurar cómo iba a ser el clima durante los siguientes días. El método que utilizaban  estos pronosticadores del tiempo,  para vaticinar los cambios climáticos,  era poco  científico y, si hubiera que definirlo de alguna manera, habría que catalogarlo como un  auténtico arte: se basaban en la observación de las nubes, del sol, de la luna, de los vientos, del aspecto del cielo, del comportamiento de los animales… Además de sus apreciaciones personales, echaban mano de otros medios “más científicos” como eran las Cabañuelas, y el popular Calendario Zaragozano.

   Actualmente, cuando lleva mucho tiempo sin llover, y hay sequía, los meteorólogos buscan una explicación científica que justifique la prolongada falta de lluvia (otra cosa es que la encuentren),  y la solución que proponen los  expertos, en estos casos, siempre es la misma: que consumamos poca agua  (más de uno, en su afán por ahorrar agua; bien siguiendo las indicaciones de aquellos, o por iniciativa propia, dejó de consumir  agua,  comenzó a beber cerveza, tinto de verano, cubatas… y no ha vuelto a probarla ¿ ecologismo?, ¿borrachismo?, pues la verdad es que no sé como catalogar su actitud,  pero bueno, ahí siguen...ahorrando agua).

   En tiempos pretéritos, nuestros antepasados, antes de que la tecnología y la ciencia hicieran aparición en nuestra existencia,  vivían con la convicción de que sus vidas dependían enteramente de la  Providencia y consideraban que la ausencia de lluvia  estaba motivada porque Dios, de alguna forma, estaba enfadado con ellos, siendo por lo tanto, las sequías, un modo de ser castigados por sus pecados. Por ello, había que pedirle a algún Cristo, o alguna Virgen, que intercediera por ellos ante  el Supremo Hacedor para que Éste le quitara “el candado a las nubes”, volviera a llover, y de este modo desapareciera la sequía.
  Esta petición, que se hacía a algún Cristo o Virgen, con tal fin, era conocida como “hacer rogativas” y consistía en sacar en procesión a la correspondiente imagen, rezándole y cantándole para que lloviera.
  Quizá haya incrédulos  que duden  de la eficacia de las rogativas; a ellos,  es necesario  aclarar  que éstas nunca fallaban… eran infalibles. Siempre que se hacían  rogativas  llovía  (podía ocurrir  a los pocos días, tras unas semanas, o quizá al cabo de unos meses…pero siempre acababa lloviendo).
 
   Una vez, en un pueblo, llevaba mucho tiempo sin llover y  había una sequía tremenda; los campos estaban agostados, los regatos no corrían desde mucho tiempo atrás, las charcas solo albergaban barro reseco, por los caños de los pilares no corría agua alguna y la mayoría de los pozos se habían secado; el caso es que la situación era ya insostenible y los labradores estaban desesperados. Un día, varios de ellos, acudieron a hablar con el cura del pueblo.
    - Mire usted, don Frigiliano, hay que sacar en procesión al "Cristo de las Aguas" para hacer unas rogativas. El campo está totalmente seco, el otoño e invierno pasados no llovió absolutamente nada, la primavera va por el mismo camino, el verano está ahí mismo y la situación es desesperada.
   Al cura, esta petición de los agricultores le dejó pensativo y, a la vez muy extrañado. El  crucificado, que la gente conocía como "Cristo de las Aguas", era una imagen que estaba en la sacristía, olvidada por todos. Él llevaba en el pueblo varios años y no recordaba que el anterior cura le hubiera informado nada respecto a dicha imagen.
    Al principio le resultó raro que estuviera en la sacristía y no en la iglesia, con el resto de las imágenes;  pero como en cada pueblo tienen sus costumbres, no le había dado excesiva importancia al asunto y decidió que, si el Cristo estaba en la en la sacristía, debía continuar en el mismo lugar.  
   - ¡Pero que estáis diciendo!, dijo el viejo sacristán, al oír la propuesta de los labradores ¡Eso no puede ser!
   - ¿Por qué?, preguntó don Frigiliano extrañado.
   - Puede ser peor el remiendo que el agujero, sentenció el sacristán.
    - Peor imposible, afirmó uno de los labradores. Hay que sacar a esa imagen en procesión. Yo una vez le oí decir a mi abuelo que hubo una sequía tremenda, sacaron al Cristo de las Aguas en  procesión, y se puso a llover de inmediato.
   El párroco era escéptico respecto a los resultados de las rogativas, pero consideró que, por sacar en procesión al Cristo, no se perdía nada. El pobre llevaba muchos años encerrado y un poco de aire no le vendría mal.
   - Vale, dijo a los labradores. Sacaremos al Cristo en procesión y  haremos rogativas, pero debéis saber que, si no llueve, puede ser por otras circunstancias. No debemos ser soberbios y pedir a Dios milagros. Él los hace cuando lo estima conveniente,  no cuando nosotros queramos.
 -¡Llover, lloverá! Por eso no se preocupe, afirmó el sacristán, muy convencido.
Los regatos se derbordaban
   Al día siguiente, el Cristo fue sacado en procesión;  a las dos horas comenzaron a aparecer nubes en el horizonte, y al poco rato empezó a llover ante el alborozo de todos.
   Pasaron los días,  pasaron las semanas, y seguía lloviendo. El terreno ya había embebido todo el agua de la que era capaz y los campos estaban totalmente inundados, los pilares corrían a chorro lleno, las charcas rebosaban y los regatos se derbordaban.  
  La gente del pueblo estaba desesperada por aquellas lluvias tan persistentes.
   El sacristán, en su casa, veía llover a través de la ventana  y decía para sus adentros: La gente lo que no sabe es que El  Cristo estaba encerrado, sí… pero por malo.



domingo, 13 de noviembre de 2016

El médico cazador

   En la sociedad actual, especialmente en las ciudades, podemos ver cómo ha aumentado espectacularmente el número de personas, de toda condición y edad, que tienen  perros como animales de compañía.
   La relación que establecen las personas, con estos animales, es muy positiva; con los perros se puede interactuar mucho: son inteligentes, cariñosos,  te defienden sin importar cual sea el enemigo; cada vez que regresas a casa te reciben  locos de alegría;  buscan el contacto para que les acaricies y ellos se refriegan a ti con el mismo fin;  son fieles hasta el infinito… (Alguien me contó que, en Londres, visitando  un cementerio de animales, vio una placa sobre la tumba de un perro donde la dueña había mandado grabar la siguiente inscripción: “A ******   que me fue más fiel que mi marido”. No es éste, precisamente, el tipo de fidelidad al que me refería, pero alguna relación sí que hay).
   Son unos estupendos animales de compañía, especialmente beneficiosos para aquellas personas, cada vez más abundantes,  que hacen su vida en solitario,  ya sea por decisión personal, u obligadas por las circunstancias. A estos, el hecho de tener un perro evita que se sientan solos, con la ventaja sobreañadida de que son muy discretos y, si llegan tarde a casa, nunca les piden explicaciones (la gente con pareja, en cambio, no tiene esa suerte… a ellos sí se las piden).
   Se convierten en un miembro muy importante de la familia y establecen unos fuertes lazos afectivos con sus dueños,  a quienes hacen  la vida  mucho más agradable (los vecinos no siempre piensan lo mismo, todo hay que decirlo).
  Aprovechando el amor que se les tiene a los perros, ha surgido toda una industria en torno a los cuidados que éstos precisan: hay tiendas especializadas en productos para animales donde se les puede comprar comida, productos para el aseo, juguetes,  ropa (y eso que todos vienen al mundo con un magnífico abrigo de piel) ; también hay peluquerías caninas, guarderías  para que los puedan dejar temporalmente allí sus dueños; clínicas veterinarias donde les vacunan y tratan sus enfermedades;  hospitales de animales donde son ingresados y operados si es necesario, y, cuando les llega la hora final, también existe la posibilidad de que sean convenientemente sedados para evitar sufrimientos innecesarios. 
   Este tipo de relaciones, que se establecen entre las personas y sus  perros de compañía,  son de carácter emocional… de afecto. Es un cariño en las dos direcciones  y ello determina que algunas personas, como quieren tanto a su perro,  no dudan en gastarse todo el dinero que sea necesario para el bienestar de éste.  
   Esto, a algunos, quizá les puede parecer excesivo;  especialmente, a aquellos que ya no somos tan jóvenes, y que en la infancia y adolescencia vivíamos en un medio rural, pues las relaciones que había entonces con los animales diferían algo de las actuales.
  Hasta hace unas cuantas décadas, la sociedad era diferente a la actual en muchos aspectos;  respecto a la  relación que mantenían entonces los perros y sus dueños, podríamos que era fundamentalmente “profesional”. La gente tenía perros sobre todo con un fin utilitario: cuidaban la casa, guardaban el ganado y eran un compañero insustituible  para la caza  (estas  funciones aún las mantienen, pero a un menor nivel).
 A pesar de que la relación con los canes era esencialmente “ laboral”,  y no se les compraban juguetes, champú y peines para el aseo, ni ropa de temporada;  también  se les quería mucho, y, cuando el perro ya era muy viejo, a veces perdía muchas de sus capacidades: no veía, no oía, apenas podía masticar,  le dolían las articulaciones y cualquier movimiento le ocasionaba dolor… en fin, que había llegado al final de su ciclo vital. 
   En los tiempos actuales, llegada esta situación, el camino a seguir es buscar un veterinario que puede sedar al animal y poner fin a su vida dignamente;  pero, en aquellos tiempos,  la mayoría de las veces, por no decir nunca, esto no era posible siendo el propio dueño del can el que, para evitar que sufriera innecesariamente, debía realizar la eutanasia activa -una forma fina de decir que tenía que “cargarse al perro”.
  Realizar este acto a un animal que  ha convivido contigo muchos años, al que le tienes mucho afecto, es muy duro y no todos tenían el suficiente valor para llevarlo a cabo. Aún recuerdo una ocasión en la que un hombre llevó a su perro al campo para acabar con él y regresaron los dos a casa porque decía que el pobre animal le miraba y no se atrevió a rematar la faena.
 En estos casos, había que recurrir a gente ajena a la familia, que no estuviera implicada emocionalmente con el perro, que tuviera experiencia en matar animales a sangre fría; unas personas resueltas  a madrugar todo lo necesario para estar en el campo con las primeras luces del amanecer,  sin importarles el frío, lluvia u otras inclemencias del tiempo; gente dispuesta a hacer muchos kilómetros a lo largo del día, cruzando montes, valles, regatos, y todo ello por el afán de encontrar alguna perdiz, conejo o liebre a la que pegarle un tiro...sí, había que recurrir a algún cazador.
  Éste era uno de los  clásicos favores que recibían los cazadores: “mira, cuando vayas de caza, haz el favor de llevarte un día a mi perro, y que no vuelva”.  
   Con estos antecedentes, no resulta extraño lo que ocurrió un día en un pueblo.  Resulta que el médico de ese lugar era un  cazador empedernido y  sólo vivía para la caza. A lo largo del año,  él sólo distinguía dos épocas: cuando se podía cazar, y cuando no se podía cazar; de forma que, cuando acababa la temporada de caza,  pasaba el tiempo contando los días que quedaban para el inicio de la siguiente.  
   Cada persona se imagina el Paraíso a su modo: un político lo imagina como un lugar donde la gente se deja engañar con facilidad, todos le votan y gana siempre por amplia mayoría. Un trabajador, como un lugar donde el horario es muy bueno, se trabaja poco, se gana mucho y tienes muchas vacaciones. Un hombre feo,  como una isla con muchas mujeres guapas donde él es el único varón -esto último, realmente,  no sé si acabaría siendo un paraíso o un infierno- … En fin, que cada cual que se lo imagina a su gusto.
   Este médico debía imaginarlo como un gran coto lleno de perdices, conejos y liebres, en el que no existiese restricción alguna para la caza,  pudiendo salir a ejercer su afición todos los días del año. De hecho, cuando se levantaba le veda, de los días hábiles para cazar no perdonaba ni uno.
   Un día, se encontraba cazando y fueron a avisarle porque en el pueblo uno de los convecinos, que ya era muy mayor, se había puesto malo.
   El galeno, tal como estaba, con su ropaje de cazador, se echó la escopeta a la espalda y  de esta manera se dirigió al domicilio del paciente, con el fin de perder el menor tiempo posible, para  volver al coto a continuar la jornada de caza, una vez hubiera atendido al enfermo.   
   Al llegar a la casa del paciente, entró en la habitación donde éste se encontraba y le vio postrado en la cama, sin apenas poder moverse.
    El hombre, al ver llegar al médico vestido con la ropa de camuflaje y la escopeta a la espalda, a pesar de lo fastidiado que estaba, sin saber de dónde, sacó fuerzas y se incorporó sobresaltado, diciendo:
- ¡Don ********, la escopeta no la habrá traído para rematarme! ¿Verdad?

                                                  

domingo, 30 de octubre de 2016

 Historias del más allá ( aunque ocurrieron acá)

En los pueblos, actualmente, personas y animales viven separados; las  personas lo hacen en el  casco urbano y el ganado permanece siempre en el campo; esto es así desde finales del siglo pasado. Hasta entonces,  el ganado durante el día pastaba en el campo, por las noches era recogido y llevado al pueblo a pernoctar en los corrales, y en la mañana siguiente otra vez era conducido al campo; así que los ganaderos andaban todo el día paseando a los animales, del pueblo al campo y viceversa.  
  Hace más de cuarenta años, cuando los ganaderos aún paseaban el ganado a diario, ocurrió este hecho. Tuvo lugar durante los  primeros días de noviembre, y el protagonista se llamaba Domiciano (Domi, para los amigos).
  Una madrugada,  este hombre se desveló totalmente y ya no tenía sueño alguno, estaba  harto de dar vueltas en la cama mientras veía cómo la mujer, a su lado, dormía plácidamente, y, a pesar de que aún no había amanecido, decidió levantarse;  tras desayunar, comenzó a hacer las tareas de la jornada así que ordeñó las cabras y, a pesar de que aún era noche cerrada, decidió llevarlas al campo.   
   La oscuridad  envolvía totalmente al pueblo, cuyas calles aún permanecían iluminadas por el alumbrado público, cuando el cabrero, con su rebaño de cabras, dejaba atrás las últimas casas del lugar, camino del prado donde los animales pastarían ese día.  
   El Alba apenas comenzaba a insinuarse en el horizonte y la luz natural era mínima, pero las cabras y el  dueño madrugador conocían  perfectamente la ruta a seguir y avanzaban a buen paso.  
  El camino que aquella mañana seguía el cabrero, con sus animales, pasaba delante del cementerio y  si a ello sumamos la gran oscuridad que había a aquella hora,  el aspecto que ofrecía el camino era de lo más tenebroso, mas esto no inquietaba en absoluto al pastor. Domi era un hombre ya mayor, experimentado en los avatares de la vida, y el asunto de la muerte no le asustaba lo más mínimo. Era consciente de que el curso de nuestra existencia es imparable, que todo ser vivo, por el hecho de serlo, nace, crece, se reproduce, y cuando le llega la hora final, muere; siempre había vivido en un medio natural, en el pueblo, y asistir el final del ciclo de la vida,  tanto en animales como en personas, era una  realidad que vivía con bastante frecuencia y para él, el cementerio era, simplemente, el lugar donde  permanecían los restos de las personas, una vez que terminaban sus días, y ahí acababa todo.  
  Era muy racional y sólo creía en lo que veía; aunque sólo había estudiado en la universidad de la vida, las grandes discusiones teológicas y  filosóficas, sobre la existencia de “un más allá” le traían sin cuidado, por lo que no creía en espíritus, fantasmas,  muertos vivientes ni nada por el estilo.
   Si hubiera vivido hoy día, le hubiera resultado difícil entender cómo mucha gente, cuando llegan  las fechas de los Santos y los Difuntos, abandona la tradición local de honrar a sus muertos y, en cambio,  acepta con tanto entusiasmo la celebración de Halloween (otra fiesta de los muertos); una costumbre totalmente ajena a nuestra cultura, donde uno de sus aspectos más llamativos es que la gente se  disfraza de muerto viviente u otro tipo de espantajo, para  intentar infundir miedo a los demás -estoy seguro que si se disfrazaran de inspectores de hacienda asustarían mucho más-.
   Pero, volvamos con el cabrero y su hato de ganado.
   Cuando el rebaño de cabras estaba a punto de llegar a la altura del cementerio,  Domi  observó que alguien venía en sentido contrario, por el lado opuesto del camino, pero, como la luminosidad ambiental era exigua, no podía apreciar con claridad si la criatura  que se le acercaba era un animal o  se trataba de una persona; únicamente distinguía una silueta negra sin una forma determinada -era muy ancha para tratarse de una persona, y tampoco parecía un animal-  así que le entraron grandes dudas sobre la índole de aquel ser.
  Como a esas horas tan tempranas del día, no es habitual que las personas anden por el campo,  el cabrero descartó la idea de que pudiera  tratase de un ser humano y, como el cementerio estaba allí mismo, a pesar de no creer en cosas sobrenaturales, por un momento le entró la duda y llegó a barajar la posibilidad de que la criatura que venía a su encuentro, pudiera tratarse  de un espíritu que hubiera salido del Camposanto. Por esta época, los días, inmediatamente anteriores y posteriores a los Santos, hay mucho ajetreo en los cementerios y la gente mete mucho ruido en un sitio donde lo que predomina habitualmente es el silencio ¿Y si  estoy confundido y los espíritus existen, están hartos porque la gente no les deja descansar en paz durante estos días, uno de ellos se ha desvelado como yo y ha salido a dar una vuelta?  Estos pensamientos vinieron a la cabeza de Domi  - ya se sabe que de noche todos los gatos son pardos, y hasta al más incrédulo  le surgen dudas de todo tipo-  pero el cabrero, rápidamente, consideró que era un pensamiento  ridículo y, aunque lo desechó de inmediato, estaba algo intranquilo ya que ante él había algo que no sabía lo que era, y que se acercaba por momentos.
   Los animales tienen un sexto sentido que les pone en alerta cuando aprecian un peligro, o alguna presencia extraña,  pero el sujeto, que estaba ya a punto de cruzarse con las cabras, no debía causarles inquietud alguna pues éstas seguían avanzando tranquilamente por el camino. En cambio, el cabrero, inconscientemente,  aflojó el paso y, en un momento dado, se  detuvo mirando con suma atención a la sombra  que cada vez se acercaba más al punto donde él se encontraba.  
  El silencio de la mañana permitía escuchar, perfectamente, cómo avanzaba por el camino el ente matutino, con el que Domi  había tenido la mala fortuna de cruzarse aquella mañana,  y el pastor percibió que el sonido que emitía, en su caminar, aquel ser, no se correspondía con los pasos normales de una persona. No parecían unas pisadas, sino algo que avanzara arrastrándose.
 El cabrero, lo que estaba viendo y oyendo era algo real, aquello no era una sensación subjetiva, y esto provocó que pasara de la incredulidad a la certeza. Ahora ya no tenía duda alguna de que se encontraba ante un espectro matutino. A esas horas, en ese lugar, y con esas señas, sólo podía tratarse de algo sobrenatural. Cuando llegó a esta conclusión, hasta sintió que se le erizaba el vello por la impresión.
   Siempre había vivido convencido de que los espíritus eran tonterías e imaginaciones de gente medrosa, y resulta ahora se encontraba ante uno de ellos. 
   Bastante asustado, sopesó la posibilidad de echar a correr y huir de allí; pero si los capitanes  son los últimos en abandonar el barco, cuando ocurre una catástrofe; él, como capitán de su  rebaño,  ¡cómo iba a abandonar a las cabras! Decidió permanecer en el sitio donde se encontraba y enfrentarse a aquel espíritu que se aproximaba, así que empuño con fuerza el palo que llevaba en la mano dispuesto a defenderse de la sombra  que ya se encontraba allí mismo.
   Cuando la tuvo sólo a dos metros de distancia, pudo apreciar, con gran alivio,  que aquel ser informe, cuyas pisadas sobre el suelo no parecían humanas, sino que avanzaba arrastrándose, que tanto le había asustado,  iba tomando forma ante sus ojos, a pesar de la oscuridad.
  Se trataba de una mujer del pueblo, vestida de negro, tal como hacían habitualmente las mujeres mayores de antes, que iba arrastrando una escoba de gran tamaño, de las que se recogen en el campo para hacer lumbre. ¡A qué hora habría salido la señora al campo, para estar ya de regreso a tan temprana hora!
Escoba en primavera
-      ¡Coño, XXX!  ¿Cómo andas tan temprano por aquí?, recriminó el cabrero a la mujer. No sabes el susto que me has dado. A estas horas, y al lado del cementerio, pensé que eras un alma en pena.  ¿Pero no te da miedo andar sola, de noche, por el campo?

-      ¡A mí qué me va a dar miedo!, contestó la mujer.  Mis padres siempre decían que a los muertos no hay que tenerles miedo alguno, esos ya no pueden hacer  nada. Si a alguien hay que temer es a los vivos, y en el campo, a estas horas, no hay ningún vivo. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

LA BUFA

                   
    En nuestro pueblo, como en todo pueblo salmantino que se precie, antiguamente  existían  muchas tradiciones y, aunque en la actualidad aún subsisten algunas,  muchas ya han desaparecido persistiendo, únicamente, en nuestro recuerdo.
   Toda tradición tiene una justificación, o  una razón de ser que, casi siempre, es fácil de comprender. Veamos unos ejemplos: En épocas de sequía se hacían rogativas  para que lloviese, y,  para quienes son creyentes, estaban muy justificadas. Si el agua viene del cielo, y Dios es el rey de los cielos ¿a quién rogar si no para que llueva?  Otro ejemplo lo tenemos en La Enramada, una  costumbre  que consistía en colocar ramos de flores en las ventanas y balcones de las chicas la noche de San Juan; en este caso, el fin que pretendía cada mozo, poniendo el ramo, en la ventana de una moza concreta, era para demostrarle que era de su gusto y estaba interesado por ella.  
   Al lado de estas tradiciones, cuya existencia tenía un objetivo más o menos clara, había otras cuya justificación es difícil de explicar y cuyo su origen se remonta, casi siempre,  a la noche de los tiempos. Una de ellas es La Bufa.
    Ésta, se realizaba en determinadas bodas, cuando uno o ambos cónyuges eran viudos: “Llegada la noche, una vez que los novios lograban escapar de los invitados, se retiraban al tálamo nupcial.  Entonces, los invitados, que de antemano sabían en que casa iba a pernoctar el nuevo matrimonio,  se dirigían a la misma provistos de cencerros y plantándose ante ella les dedicaban una sonora cencerrada. En ocasiones, además de tocar los cencerros, hacían una hoguera  delante de la casa, en la que quemaban pelos, cuernos, excrementos de vaca...con el fin de que todo ello desprendiese un olor pestilente”. Éste ritual era conocido como La Bufa.
   El fin que se perseguía con este antiquísimo rito (ruido y un fuerte olor desagradable)  era ahuyentar  al espíritu del cónyuge muerto  para que  dejase en paz a los nuevos cónyuges, durante esa noche, con el fin de que  éstos pudieran consumar felizmente su matrimonio  pues,  por el hecho de haber contraído nuevas nupcias, el espíritu, lógicamente, estaría irritado por “la infidelidad” de su ex pareja viva, e intentaría, por todos los medios, impedir que el matrimonio cumpliera “las tareas de cama”  propias de una noche de bodas ( entonces, hasta que no estaba uno casado, no había forma de  ******).
   Esta costumbre, que en sus inicios, no sabemos cuando, pudo tener un fin serio (en esencia se trata de un auténtico ritual de magia para ahuyentar espíritus), con el tiempo fue perdiendo su significado inicial y  persistió, simplemente, como un divertimento más en el que los novios acaban convertidos en víctimas. Unos novios que, en su afán por evitar la cencerrada, seguramente se esforzaban al máximo en guardar en el más absoluto secreto el sitio donde iban a pasar la noche de bodas, prefiriendo entendérselas ellos solitos con el espíritu del muerto (seguramente estarían tan ocupados aquella noche, que ni se acordaban de este).
   La cencerrada no era "privilegio" exclusivo de viudos, también podían recibirla aquellos novios forasteros que no hubiesen pagado "el vino" a los mozos del pueblo, como mandaba la tradición; aunque, en este caso, el asunto carecía de magia alguna, tratándose, simplemente, de una venganza ante el novio tacaño.
   Aunque la cencerrada a los novios, y la hoguera, constituían el aspecto más esotérico  de la Bufa, el ceremonial era mucho más amplio.
   Las bodas en las que uno o ambos contrayentes era/n viudo/s, casi siempre se realizaban con la máxima discreción y, a menudo, la celebración se limitaba exclusivamente a la ceremonia religiosa que era muy austera  pues a ella asistían, únicamente, los novios y los padrinos.
   La fecha de la celebración se mantenía en el más absoluto secreto, y era muy común que el enlace matrimonial tuviera lugar  antes del amanecer, a las cinco o seis de la mañana, para evitar ser vistos por el resto del paisanaje; algunos, incluso iban más allá y decidían casarse en algún pueblo vecino, o en la ciudad, buscando una mayor  intimidad.
   Otros novios, en cambio, no eran partidarios de tanto secretismo, estaban muy contentos por haber encontrado un novio/a  para rehacer una vida en pareja, y festejaban su nuevo matrimonio por todo lo alto, convirtiéndose la jornada de la boda en un auténtico jolgorio.
  En estos casos, era habitual que al salir los novios de la iglesia, una vez casados, encontraran a la puerta de ésta un carro engalanado que era empujado por los propios invitados, en el que debían subir y con el que eran conducidos a lo largo del día, a todos los lados (actualmente, para estos menesteres, algunos novios alquilan lujosas   limusinas. Quién sabe si la idea la tomarían de estos sencillos carros de trabajo que, en tiempos pretéritos, se empleaban en las bodas de viudos).  
  El hecho de ser llevados a todos los sitios en un carro engalanado tirado por los propios invitados, en un primer momento podríamos considerarlo un auténtico honor y una muestra de afecto hacia los novios; pero,  según iba discurriendo  el día, tras el convite, la comida, el baile, el vino y los licores… el asunto de los novios llevados en el carro, tirado por los invitados, iba degenerando y esto acababa la mayoría de las veces convirtiéndose en un auténtico pitorreo (en una bufa), no siendo raro que el carro, con los novios encima, acabara dentro de alguna charca cercana (Sabiendo esto,  es fácil entender por qué la mayoría de los viudos prefería casarse a escondidas para evitar estas “celebraciones”).
   Actualmente,  la Bufa no se hace. Si es penoso que  en los pueblos muchas tradiciones hayan desaparecido; ésta, personalmente, creo que no hemos de añorarla. Cada uno es muy libre de emparejarse con quien le plazca sin que una algarabía de cencerros proclame a los cuatro vientos que eres viudo.
   Eso sí, si a pesar de todo alguien desea recibir una cencerrada en su boda, y ser paseado en un carro, que lo diga y verá cumplidos sus deseos. Todo sea por la tradición