martes, 21 de septiembre de 2021

Los Borregos

 

      En España tenemos varios tipos de fiestas, celebramos las fiestas nacionales, comunes a todas las regiones de España, como Semana Santa, Navidad o  los Santos; están las fiestas autonómicas, donde cada región española, intentando parecer diferente a las demás, acaba haciendo lo mismo que el resto: hacer una fiesta (la nuestra es el 23 de abril), y, por último, están las fiestas locales, propias de cada pueblo o lugar, que se celebran, casi siempre, en honor del correspondiente patrón/a.

   En nuestra comarca, estas últimas, se suceden a lo largo de todo el año. La más temprana de todas, ya en enero, es San Sebastián (Vilvestre), a continuación, empezamos el mes de febrero con San Blas (Corporario); en abril encontramos a San Jorge (Olmedo de Camaces) y a San Marcos (Cerezal); iniciamos el mes de mayo con San Felipe (Barrueco) y la Santa Cruz, ( Masueco y San Felices de los Gallegos) y, cuando llega junio llegan las festividades de San Antonio (El Milano), y San Juan ( Villasbuenas e Hinojosa).

   En verano, es cuando asistimos a la mayor concentración de festejos. En julio está San Cristobal (Guadramiro); los primeros días de agosto, en Cerralbo, festejan Nuestra Señora de los Ángeles, y, después llegan San Lorenzo (Saucelle y La Zarza), la Virgen del Socorro (Vitigudino), San Roque (Villarino), San Bartolomé (Aldeadávila), para continuar en septiembre con las correspondientes vírgenes del 8 de septiembre, y los cristos del 14, así como la virgen del Rosario, ya en octubre, que es el día elegido en muchos lugares para celebrar la Fiesta de las Madrinas.

  La lista es mucho más amplia, pero voy a dejarlo aquí.

  Aunque el origen, y motivo fundamental de estas fiestas, es conmemorar al santo, virgen o cristo correspondiente, con los oportunos actos litúrgicos, paralelamente a estos tienen lugar las celebraciones “civiles” en las que destacan, de forma notoria, los toros en todas sus formas: encierros, capeas, novilladas, corridas… pues nuestra comarca siempre ha sido muy taurina.

  Podemos asistir a espectáculos taurinos de todo tipo. Si alguien desea disfrutar de una  corrida de toros, en toda regla, puede ir a Vitigudino donde es posible ver primeras figuras del toreo, venidas a menos eso sí, pero que aún conservan toda su esencia; también podemos asistir a encierros matutinos que, aunque no son famosos como los de Pamplona, si cabe, son más divertidos que estos (los más afamados y concurridos son los de Aldeadávila, Villarino y Lumbrales - ¡ojo!, digo los más afamados, no los únicos-); y, por último, podemos asistir a novilladas y capeas que se celebran en muchos de nuestros pueblos

   Últimamente, la celebración de estas fiestas ha experimentado algunos cambios que, en algunos casos, pueden resultar incluso pintorescos; como celebrar a San Sebastián o San Marcos en agosto, o San Felipe, este año, en septiembre, que chocan un poco con la tradición.

   Las fiestas religiosas que, según la Iglesia, son inamovibles; justificada o injustificadamente, han dejado de serlo (No sé qué pensarán los santos afectados, desde “el cielo”, por haberles cambiado la fecha de su fiesta y si eso afecta a sus currículums o qué, pero hay que ser realistas y vivir con los tiempos. Supongo que ellos lo entenderán; al fin y al cabo “son buena gente”, pues para eso son santos).

  Cuando oímos el nombre de Ovidio, generalmente, lo relacionamos con el poeta romano de ese mismo nombre que, en los comienzos de nuestra era, escribió obras tan conocidas como Las Metamorfosis, y El Arte de Amar; pero, para la gente de su pueblo, Ovidio no era otro que el hijo de Casto, el carnicero.

   Actualmente, existe una normativa europea que regula todas las fases de producción de la carne; comienza en las propias fincas donde pastan los animales, vigilando la sanidad de estos;  se extiende hasta la fase final del procesado y venta de la carne, y abarca todas fases y aspectos relacionados con la producción, como el bienestar animal –el bienestar del carnicero creo que no lo menciona- ,  la higiene, transporte, funcionamiento de los mataderos, distribución de los productos, venta al público…

   Una de las consecuencias que trajo consigo esta reglamentación, fue que desapareciera en los pueblos la figura del carnicero tradicional, un profesional que antes se ocupaba de realizar todas las etapas del proceso como es la compra de la materia prima (los animales), así como de su sacrificio y posterior venta, sin que mediara intermediario alguno en todo ello.

  Casto, era uno de estos carniceros tradicionales, estoy hablando de comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, cuando aún no había comenzado a aplicarse la normativa actual; su padre, también carnicero, le había enseñado el oficio, y él, que tenía un único hijo, Ovidio, intentaba enseñárselo a éste para que pudiera dedicarse también a ello y así ganarse la vida.

 El negocio iba bien y el funcionamiento de la empresa era el siguiente: Casto era el “Jefe del Departamento de Compras” ya que era quien seleccionaba y compraba los animales, una labor que compaginaba con la “Jefatura de Producción”, pues también era el encargado de sacrificar los animales y procesar la carne ( la verdad  es que era jefe, operario y capataz a la vez, ya que no tenía empleados), mientras que su mujer, Otilia, era la “Jefa de Ventas” y “Administradora General de la empresa”, ya que se encargaba de vender los productos en la carnicería y llevar la contabilidad.

  En cuanto al hijo, Ovidio, alguien podría pensar que le correspondería ser subjefe de algo, en el escalafón, pero eso aún estaba por llegar ya que, aunque ayudaba al padre y a la madre, de buen grado, en sus correspondientes menesteres, no se implicaba demasiado en el aprendizaje del oficio.

   A los padres, lógicamente, les preocupaba mucho el futuro del hijo; en cambio, las preocupaciones   de éste iban por otro camino, y se dedicaba a estas últimas con gran entusiasmo. Su filosofía de la vida consistía en vivir el presente, sin preocuparle en absoluto el futuro, de modo que su principal actividad, a la que se dedicaba en cuerpo y alma, no era otra que divertirse al máximo y no se perdía ninguna de las fiestas que tenían lugar en los pueblos de la comarca.

    (Aunque a los jóvenes de hoy la actitud de Ovidio puede parecerles muy normal, ya que muchos de ellos se incorporan al mercado laboral muy tarde y siguen conviviendo con los padres hasta pasados los treinta, e incluso hasta edades más avanzadas; en aquellos tiempos, un chico de 21, que era la edad de Ovidio, era ya muy común “que volara solo”).

  Cuando a alguien le gusta mucho un lugar o un paisaje, es frecuente oírle decir: “Si un día me pierdo, que me busquen en tal o cual sitio, que allí me encontrarán”. Esto, si lo trasladamos a Ovidio, podríamos decir que, si un día se perdía, no era necesario indagar demasiado para encontrarlo, pues todo el mundo sabía que si había fiesta en algún pueblo de la comarca, indefectiblemente podían encontrarle allí, ya que acudía a todos los festejos.

   Su padre, para el negocio, había comprado una furgoneta Citroën Dos Caballos, que entonces eran muy populares, y en la misma había encargado que le pintasen, con grandes letras, lo siguiente: “Carnicería Casto”, con el nombre de su pueblo debajo. Él, no tenía carnet de conducir y el conductor

habitual de la misma era su hijo.

 

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El vehículo era empleado para transportar animales vivos, podríamos pensar que sólo viajaban en él corderos, cabritos u ovejas, pues el tamaño de la furgoneta no daba para más, pero Ovidio, que era muy habilidoso para estas cosas, se las arreglaba para meter también terneras.

  Como entonces muy poca gente tenía coche, cuentan que, en alguna ocasión, llevando en la furgoneta una ternera, el joven recogió a algún vecino que iba caminando por la carretera, para acercarle al pueblo. Éste, contento y agradecido, una vez  sentado en el sitio del copiloto, sin haberse fijado en la carga, se llevó un susto tremendo al escuchar un mugido a tan solo unos centímetros del oído.

   Otras veces, cuando alguien se cruzaba en la carretera con el vehículo, veía dos cabezas en su interior: a Ovidio, y una cabeza sobresaliendo encima del otro asiento delantero. Aquellos con quienes se cruzaba en la carretera, desconocedores de las habilidades de chico para transportar ganado, en ningún momento pensaban que una ternera pudiera viajar en tal vehículo y acababan convencidos de que el hijo del carnicero iba acompañado por otra persona. Comentan que alguno llegó a decir:

    -      No sé quién iba hoy con Ovidio en la furgoneta, pero ¡qué feo era!


  El joven, que era muy extrovertido y dicharachero, se lo pasaba muy bien en todos los lugares a donde fuese; en cambio los progenitores, que ejercían de padres tolerantes (resignados más bien, -al fin y al cabo, era el mejor hijo que tenían. Y el único-), no ganaban para disgustos.

  Aunque el padre había comprado la furgoneta para el negocio, Ovidio la empleaba para éste y para otros menesteres, sobre todo para “los otros”, pues usaba el vehículo para ir a todas las fiestas. Lo único positivo que se podría extraer de todo ello, es que, gracias al letrero escrito en la misma, en todos los pueblos de la comarca sabían que en el pueblo X había un hombre llamado Casto que tenía una carnicería, porque el coche recorría todos los lugares.

   Cuando le preguntaba a Ovidio alguna mujer mayor, si él era Casto. Siempre respondía con la misma letanía:

  -   ¡Pues claro que soy casto! ¡Mucho más de lo que yo quisiera!

 

En cambio, cuando la preguntaba procedía de una mujer joven, la respuesta tenía otro matiz:

- Sí, soy casto. Pero cuando quieras, dejo de serlo.

 

Si el curioso era un hombre, la respuesta era muy diferente:

   -      No señor, Casto es mi padre

Un día de finales de agosto, era la Fiesta del Toro en Vilvestre (esta fiesta creo que no tiene fecha fija y suele coincidir con el último fin de semana de ese mes); la Guardia Civil estaba de vigilancia en un cruce que carreteras que hay antes de llegar a este pueblo, y, ¡cómo no!, vieron acercarse la furgoneta de Ovidio que se dirigía a la fiesta.

Las furgonetas Citroën "Dos Caballos", tenían la particularidad de que sus amortiguadores eran muy blandos y, si se cargaba excesivamente la parte posterior del vehículo, se desequilibraban rápidamente elevándose la parte anterior. Daba la sensación de que, de un momento a otro, iba a ponerse a volar tal como hacen los aviones al iniciar el despegue; por lo que de lejos se sabía cuándo iban cargadas y cuando no.

   Los guardias conocían sobradamente el vehículo, así como a Ovidio, ya que pertenecían al puesto del pueblo donde éste residía y, aunque entonces no se hacían pruebas de alcoholemia, no eran obligatorios los cinturones de seguridad, y tampoco había radares para controlar la velocidad, existían otras posibles infracciones que había que vigilar, como es el exceso de carga u ocupantes, y aquella furgoneta que se acercaba, podía percibirse de lejos que iba muy cargada.

  Al llegar a la altura de los guardias, estos hicieron indicaciones al conductor para que parara, y vieron a Ovidio y a otra persona ocupando los asientos delanteros.

-     ¡Hola!  ¡Aquí trabajando! ¿No? Saludó Ovidio a la pareja, despreocupadamente.

 

Como pertenecían al cuartel del pueblo, conocía sobradamente a los dos guardias.

      Estos, antes de contestar, miraron a través de la ventanilla del conductor el interior del  vehículo, para ver qué carga llevaba, y vieron que una cortinilla impedía ver la parte posterior del mismo.

   ¡Qué tipo de carga lleva usted! Preguntó uno de ellos


 Los guardias civiles, solían actuar así, para sorpresa de los paisanos. Cuando no estaban de servicio, trataban con familiaridad al paisanaje; pero cuando sí lo estaban, se mantenían serios y guardaban las distancias, aunque estuvieran ante personas conocidas (el deber es el deber, se justificaban ellos).

-       Son unos borregos que ha comprado mi padre esta tarde. contestó Ovidio. Como los va a matar mañana temprano, por eso no los he bajado del coche.


   En ese momento, como si se hubieran sentido aludidos, comenzaron a balar en la parte posterior de la furgoneta los borregos, y Ovidio siguió hablando.

-   ¿No los oís? Al haber parado, los pobres deben pensar que ya los quieran matar, y se han asustado.

- Los va a matar tu padre mañana, ¿y te los llevas de fiesta? Preguntó uno de los guardias, sumamente extrañado.

-     Sí, contestó Ovidio con naturalidad. Pero sólo vamos a estar un rato y nos damos la vuelta pronto. Si los hubiera soltado, mañana muy temprano tendría que ir a recogerlos al prado; por eso no los he sacado de la furgoneta.

 

 (Hoy día, de acuerdo a las normas de bienestar animal, el hecho de tener encerrados a unos borregos en la furgoneta, en tan poco espacio, toda la noche, podría ser motivo de sanción; pero ese tipo de sanciones, entonces, aún, no estaba contemplado)

 

   Los borregos seguían balando, atropelladamente, todos a la vez, y de pronto, ante el asombro de todos, tanto de los guardias civiles, como de Ovidio y el acompañante, se oyó una fuerte carcajada en la parte posterior del vehículo, tras la cortina que ocultaba “la mercancía”.

 

   Que unos borregos balen asustados, porque intuyen que cuando los separan del rebaño y los meten en un espacio cerrado y estrecho, no es para nada bueno, es comprensible; pero que uno de ellos sufra un ataque de risa ya no lo es tanto; así que los guardias le ordenaron a Ovidio que bajase de la furgoneta y abriese el portón trasero, para ver a “los asustados animales”.

   Ellos, sospechaban desde el principio que la cortinilla puesta, estratégicamente, para separar los asientos del conductor y copiloto, de la parte posterior de la furgoneta, no formaba parte del “mobiliario habitual” de ésta, sino que había sido colocada allí, intencionadamente, para ocultar algo; además, desde lejos, era evidente que venía con mucha carga atrás, por lo que estaban convencidos de que si había  animales en la parte posterior del vehículo, eran de dos patas.

   Una vez que el conductor abrió la puerta trasera de la furgoneta, pudieron comprobar que sus sospechas eran fundadas.

   Ovidio había invitado a cinco amigos a ir a la fiesta del pueblo vecino; uno iba con él, adelante, y los otros cuatro lo hacían en la parte trasera de la furgoneta; ese era el motivo de que esta fuese tan cargada. Habían colocado aquella cortina, y también tapado las ventanas posteriores para impedir que los pasajeros traseros pudieran ser visibles desde el exterior del vehículo. En cuanto a los falsos balidos, también formaba parte del plan.

   Las instrucciones que les había dado el Ovidio a los amigos que iban atrás, es que, si les paraban, debían ponerse a balar lastimeramente como unos auténticos borregos.

  Con lo que no contaba Ovidio es que a uno de los “borregos” pudiera darle un ataque de risa.

lunes, 16 de agosto de 2021

La boda

 


    Todos los años, cuando llega agosto, nuestros pueblos presentan un aspecto inusual: coches aparcados por todos los lados, casas que permanecen cerradas y vacías el resto de año, ahora están abiertas y ocupadas, bares muy concurridos, hay niños y adolescentes por las calles…, claro que esto no es más que un espejismo de la realidad ya que, el resto del año, la imagen que ofrecen es muy distinta.

  Durante el verano, muchas personas nacidas en los pueblos, y sus descendientes, que habitualmente residen en otras zonas del país, regresan a sus lugares de origen de vacaciones, a pasar unos días, para reencontrarse con la familia y amigos, con el paisaje, o consigo mismos.

Coches en todas la calles

     El estereotipo de unas vacaciones estupendas, casi siempre aparece asociado a sitios exóticos y lejanos, lugares paradisíacos e idílicos los llaman las agencias de viajes ¡casi nada!, que a veces están situados a miles de kilómetros, con playas espectaculares de arena muy fina, bañadas por mares de aguas claras y cristalinas; en los spots publicitarios, estas playas siempre aparecen soleadas y desiertas, para gozo y disfrute de quien elige estos destinos, aunque no es oro todo lo que reluce ya que, una vez que estás allí, te preguntas cómo lograron hacer la foto de la playa vacía, porque tú la encuentras llena de gente a todas horas.

   En cuanto a los hoteles que nos muestran las agencias o portales de internet, todos tienen un aspecto magnífico, sin colas de gente en los comedores, con un camarero sonriente, siempre cerca de ti, para que le pidas lo que desees; en cambio, una vez allí, te das cuenta que, a veces, encontrar un camarero se convierte en una auténtica aventura.

  Para poder disfrutar de todo lo anterior, obviamente, es necesario desembolsar una cuantiosa cantidad de dinero, pero si el presupuesto no alcanza para tanto, existe la alternativa de ir a destinos más cercanos, fundamentalmente de sol y playa, algo que está a nuestro alcance sin tener que salir del país, ya que en España tenemos unas magníficas costas.

   Tanto en uno como en otro caso, son unas vacaciones para los sentidos: tomar el sol, bañarse, comer bien, ver bonitos paisajes, realizar actividades recreativas que uno no hace uno habitualmente…

   Otros, en cambio, se decantan por otro tipo de vacaciones donde lo fundamental no consiste en satisfacer los sentidos, sino en alimentar el alma…son unas vacaciones más espirituales, y no es que me esté refiriendo a pasar una semana en un monasterio conviviendo con la comunidad de frailes o monjas correspondiente, algo que también es factible y  puede resultar una experiencia  muy positiva,  me refiero  a aquellos que, por cuestiones laborales, tuvieron que salir de su pueblo buscando otros horizontes, dejando atrás familia y amigos, y, cuando llegan sus vacaciones, el espíritu les pide renovar los lazos afectivos que les unen a sus lugares de origen y deciden pasarlas, total o parcialmente, en el pueblo.

  Recuerdo una paisana mía que se trasladó hace años, con su familia, a trabajar a San Sebastián; llevaban ya bastantes años residiendo allí, y un día me confesó que, a pesar del tiempo transcurrido, raro era el día que no tenía algún recuerdo del pueblo.

  Si la mujer fuera portuguesa o gallega, le hubiera informado que tenía saudade, pero como era de Salamanca, le aclaré que lo suyo era un claro caso de añoranza crónica, haciéndole mucha gracia cuando le dije:

-  Mira, lo que te pasa es que, aunque el cuerpo esté en San Sebastián, tu espíritu nunca se ha ido del todo y parte de él permanece por aquí.

 (Menos mal que no me preguntó cómo era posible dividir el espíritu de las personas en mitades, porque no hubiera tenido respuesta para esta pregunta.)

   A las personas les gusta regresar a aquellos lugares donde han sido felices, y si hay una época donde lo hemos sido es en la infancia y adolescencia, de ahí que algunos psicólogos opinen que esta tendencia a volver a nuestras raíces obedece a un deseo inconsciente de recuperar esa felicidad perdida.

  Pero bueno, voy a dejar a un lado las saudades, morriñas, nostalgias, añoranzas y similares, y me centraré en otro tema que en los veranos está muy de actualidad, como son las bodas.

     El trabajo en el campo está ligado a los ciclos de la naturaleza, por ello, hasta no hace muchos años, las bodas, generalmente, se celebraban una vez finalizada la cosecha, de ahí que en verano apenas hubiera enlaces matrimoniales pues, como el período estival era, posiblemente, la época del año en la que más labores había que realizar y no había tiempo para otras cosas, solían elegirse otras épocas del año para estas celebraciones. Con el tiempo, los modos de vida han evolucionado y el verano ha pasado a ser la época predilecta para celebrar las bodas, de modo que, actualmente, casi 90 de ellas tienen lugar en primavera y verano.

   Las relaciones de pareja, también han experimentado un gran cambio en los últimos 40 años. Si antes un hombre y una mujer, tras un largo noviazgo, se casaban “para toda la vida” y se hablaba de las “cadenas del matrimonio”, hoy, estas cadenas han pasado a ser “lacitos” que se rompen con suma facilidad, en cualquier momento, llevando a la separación o al divorcio. En ocasiones, estas uniones son demasiado frágiles, tanto… tanto, que a veces nos encontramos ante situaciones muy difíciles de entender, como lo acontecido a una pareja que se casó, fueron de luna de miel al Caribe, y a la vuelta del viaje, ella fue a ver a un abogado para pedir la separación.

    Claro que estas cosas siempre le ocurren a los demás, así pensaban Jonás y Yolanda; originarios los dos del medio rural, aunque de diferentes pueblos, eran gente formada, con estudios universitarios; los dos trabajaban en la misma ciudad, en aquello para lo que habían estudiado, algo que hoy en día es una auténtica suerte; llevaban viviendo juntos varios años, tenían un niño de dos, e incluso ya habían comprado un piso…todo iba de maravilla. Podríamos decir que eran un auténtico matrimonio de hecho, aunque no de derecho.

   Con estos antecedentes, siendo además jóvenes y guapos, a los ojos de los demás pasaban por ser la pareja ideal; además, si esto no fuera suficiente, para contento de los padres, habían decidido casarse, “como Dios manda”, aquel verano.

   Llevaban varios meses, con gran ilusión, preparando el acontecimiento para que no faltara detalle alguno, y llegó el gran día. La fecha que habían elegido era un sábado del mes de agosto y a las siete de la tarde estábamos citados los invitados en la iglesia para la celebración.

   Las mujeres estaban elegantísimas, algunas de ellas, que iban con vestidos de fiesta largos y estrechos, se las veía caminar con cierta dificultad; no sé si era debido a que estaban poco habituadas a este tipo de vestimenta, porque usaban zapatos con tacones demasiado altos, o ambas cosas

   De los hombres, hay que decir que también estábamos muy guapos, y nos dividíamos en dos categorías a) “Los adaptados” -al clima, evidentemente- vestidos de un modo más informal, en camisa de manga corta y zapatos cómodos, b) “Los inadaptados” –también al clima, claro-, aquellos que, “obligados por las circunstancias”, íbamos con traje y corbata, en pleno mes de agosto, soportando estoicamente la temperatura de aquella calurosa tarde.

   Algunos, como no estaban acostumbrados a llevar corbata, se llevaban repetidamente la mano al nudo de ésta, intentando aflojarlo, para paliar la incomodidad de llevar el cuello oprimido. También, en el grupo de “los trajeados”, a más de uno se le notaba ostensiblemente que no había comprado el traje para la ocasión, pues le quedaba demasiado ajustado. Seguramente ya lo había usado tiempo atrás, en alguna otra celebración, y una de dos: o el dueño del mismo había engordado, o el traje había encogido. Se dice irónicamente que las calorías son unos bichitos que entran en los armarios y encogen la ropa; por lo visto, deben cebarse, especialmente, con los trajes y vestidos de fiesta, que nos ponemos de tarde en tarde.

    En cuestión de celebraciones, un dicho popular afirma que es mejor asistir a una mala boda que a un buen entierro, y allí estábamos todos, amigos, familia y allegados, a la puerta del templo, dispuestos a celebrar el enlace de Jonás y Yolanda en lo que se presumía no una mala, sino una magnífica boda. Después de la ceremonia, el banquete nupcial iba a celebrarse en un local de prestigio, y, a continuación, había baile con un conjunto musical…aquel era el mejor plan posible para una tarde-noche de agosto.

   Los invitados, a partir de las 6,30, habíamos comenzado a llegar a la puerta de la iglesia aprovechando la circunstancia para saludarnos, ya que son ocasiones muy propicias para encuentros entre amigos y familiares que llevan bastante tiempo sin verse, y las siete en punto llegó el coche del novio.

   Conducía Jonás, algo inusual en estos casos, y al lado, como copiloto, le acompañaba su madre, que era la madrina. Pararon a la puerta del templo y bajaron los dos a la vez.

   La imagen que uno tiene de unos novios a punto de casarse es de gente sonriente y feliz - la cara es el espejo del alma-, pero en este caso la cara de Jonás era de circunstancias; además, tampoco se les veía, a él, ni a la madrina, demasiado elegantes para la ocasión, algo que nos extrañó un poco a quienes estábamos próximos a la puerta de la iglesia.

    El novio hizo un gesto de saludo a la concurrencia con la mano, y sin detenerse a hablar con nadie entró a toda prisa en el templo. La madre, en cambio, quedó fuera y se dirigió a todos nosotros.

-          ¡¡¡Acercaos por favor!!! Dijo, en voz alta. ¡¡¡Acercaos, que tengo que deciros algo!!!

   Hasta ese momento, se había oído un gran murmullo de conversaciones, debía haber más de 150 invitados, y hacerlos callar a todos parecía ser una empresa difícil; pero la voz de la madrina y lo extraño que nos estaba pareciendo todo aquello lograron que rápidamente se hiciera un silencio total. Todos presentíamos que allí estaba pasando algo serio, y atentos nos dispusimos a escuchar lo que la madre de Jonás iba a decirnos.

 -       ¡Lo primero de todo, es agradeceros que estéis en la boda! ¡Sé que algunos habéis venido de bastante lejos! ¡Muchas gracias a todos! ¡Lo digo de corazón, y lo repito! ¡¡Muchas gracias!!

      Hizo una pausa, supongo que sopesando bien lo que iba a comunicarnos, y a continuación siguió con su alocución:

 -       ¡Ha ocurrido un inconveniente de última hora, y tenemos que aplazar la ceremonia! ¡Yolanda se ha puesto mala y comprenderéis que sin novia no puede haber boda! ¡De todos modos, la cena se va a celebrar, y el baile también…todo va seguir según lo previsto!¡Ellos ya se casarán más adelante…cuando se pueda! ¡Pero la celebración la vamos a hacer de todos modos!¡Ya hemos pagado la mitad, es mucho, y no vamos a perderlo!

  

  El silencio que se había producido, mientras escuchábamos a la madrina, aún se prolongó unos segundos más ante lo inesperado de la noticia, y otra vez volvieron las conversaciones.

 

-           ¿Qué le ha pasado a Yolanda? Preguntó a alguien. ¿Es grave?

-           ¡No! Respondió, rápidamente la madrina. -evidentemente sabía que iba a recibir esa pregunta, y

       ya tenía la respuesta preparada de antemano- ¡No, es grave! Le dolía mucho la cabeza

       esta mañana. Supongo que es debido a las preocupaciones de la boda y el ajetreo que esto

        conlleva, y no se le acaba de pasar. La ha visto el médico y seguramente tenga que ir al hospital.

        Ella dice que no nos preocupemos y que estemos tranquilos, porque ya le ha pasado más veces.                  Jonás ha entrado a decirle al cura lo que pasa.  Cuando salga, volvemos a casa y después, a                         las nueve, nos vemos en el salón de celebraciones.

 

    A la hora convenida, los invitados estábamos en el restaurante dispuestos a celebrar ¿¿¿¿¿??????, no sabíamos qué. La familia de la novia no se presentó al banquete nupcial. No se escucharon vivas a los novios y, evidentemente, tampoco a nadie se le ocurrió decir que se besaran los novios, ni los padrinos; en cuanto a la tarta nupcial, tampoco era nupcial, pues alguien se había encargado de retirar la figura de la pareja de novios que se le suele poner encima. Fue un banquete un tanto atípico.

 

  Entre los invitados, también se establecieron dos grupos. El de los “bien pensados”, que lamentaban el inoportuno dolor de cabeza de la novia, que había obligado a suspender la boda, deseando que ésta se recuperara lo antes posible, para poder celebrarla más adelante, aunque fuera en la intimidad; y el de los “mal pensados”, estos opinaban que los novios, unas horas antes de la boda, se habían enfadado y Yolanda había decidido no casarse.

Eso sí, todos coincidíamos en “el papelón” que estaba haciendo la familia del novio asistiendo a un banquete nupcial que no era nupcial.

      Más adelante, nos enteraríamos que los “mal pensados” fueron quienes estaban en lo cierto

martes, 20 de julio de 2021

El Apaño

 

     Orión, es una conocida constelación fácil observar tanto en el hemisferio norte como en el sur, y, aunque es posible verla durante todo el año, es especialmente visible, en nuestra bóveda celeste nocturna, en invierno, sobre todo entre noviembre y enero.

   También es conocida como constelación del cazador, ya que representa al mítico guerrero alzando su espada, enfrentándose a Tauro que va persiguiendo a las Pléyades, y su cinturón está formado por tres estrellas muy brillantes: Mintaka,  Altinak y Alminam, que  también son conocidas, en el mundo de la astrofísica,

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como las tres Marías; los antiguos egipcios, grandes conocedores de nuestro firmamento, pensaban que era el lugar donde reposaba el alma de Osiris, uno de sus dioses más destacados.

   Otras tres Marías, mucho más conocidas, son las del Evangelio; en este caso, se trata de María Salome, que era mujer de Zebedeo y madre de los apóstoles Santiago el Mayor y de Juan; María de Cleofás, hermana de la Virgen María, y la propia Virgen María, que acompañaron a Jesús en sus últimos momentos. Sobre este particular, hay que decir que no hay un acuerdo unánime respecto a quienes fueron exactamente estas tres mujeres, pues uno de los evangelios afirma que eran María Magdalena, la Virgen María y María Salomé; otro, en cambio, afirma que las tres Marías eran María Magdalena, María Salomé y María de Cleofás.

  De una u otra forma, son tradiciones basadas en relatos bíblicos y tampoco tienen demasiada importancia estas disquisiciones sobre quienes eran las tres Marías que acompañaron a Jesucristo, en su etapa final en la Tierra.

  Claro que Apolinar no tenía duda alguna de quienes eran las tres Marías de su pueblo. Él, era el clásico solterón que con frecuencia encontramos en muchas familias, y, al ser el pequeño de los hermanos, una vez que los demás se casaron, continuó viviendo con su madre, que era viuda; de modo que, cuando ésta murió, continuó morando solo en la casa familiar.

   Mientras convivió con la progenitora, su vida transcurría con total normalidad; ella se ocupaba de hacer las tareas domésticas y él siempre estaba impecable: bien vestido y alimentado, la casa siempre limpia …, todo iba sobre ruedas; pero, desde el fallecimiento de la madre, su vida había experimentado un cambio muy significativo, en este caso, en sentido negativo, y la cosa iba de mal en peor.

   En aquellos tiempos, a pesar de que aún ni se hablaba aún de machismo en España, las labores domésticas eran una tarea exclusiva de mujeres y él, tras la muerte de la madre, siguió viviendo como si no hubiera pasado nada; pero sí que pasaban cosas ya que el polvo y la suciedad no tienen consideración con nadie, viva solo o acompañado, y, a medida que pasaba el tiempo, se acumulaban por todos los rincones de la casa.

    Su morada, cada vez estaba más sucia y las vecinas hasta hacían bromas sobre el asunto diciendo que la casa de Apolinar era “El Palacio de las Telarañas”, también,  jocosamente, comentaban que allí, si alguien caía al suelo, era imposible hacerse daño, porque, al haber tal cantidad de polvo sobre el piso, lo haría en sitio mullido.

   En fin, ya sabemos que en los pueblos pequeños la gente a veces se aburre y todo aquello que se sale de lo habitual es motivo de burla y escarnio. Somos “tan buena gente”, que, a menudo, nos “preocupamos” demasiado de los problemas ajenos olvidándonos de los propios, a pesar de que, en ocasiones, son mayores que los de nuestros vecinos.

    Apolinar, no sabía, ni quería, cocinar y tampoco lavaba la ropa, por lo que siempre comía platos fríos y a menudo se tiraba semanas con la misma vestimenta que, obviamente, con el paso del tiempo, iba estando cada vez más sucia y deteriorada…

   Él, se había adaptado perfectamente a la nueva situación y, aparentemente, vivía satisfecho en su “Palacio”, en compañía de las arañas, despreocupado por estas “menudencias”. Su día a día consistía en trabajar y, cuando se terciaba, iba al “club social”, que en los pueblos no es otro que el bar, y así iba discurriendo plácidamente el tiempo hasta que un día recibió la visita de dos de sus hermanos que estaban preocupados por la forma de vivir que llevaba.

-          - ¡Apolinar!, dijo la hermana. Esto no puede seguir así. La casa está hecha una pena. Si llega a resucitar nuestra madre y ve cómo la tienes, se muere otra vez del susto; tu alimentación deja mucho que desear ; vistes peor que mal,  y cuando estás en casa no tienes ni un gato con quien hablar. Antes estabas acostumbrado a comer bien y estar siempre bien arreglado con madre, pero la pobre ya no está y esto tiene que cambiar.

  -- ¡Mira Generosa!, así se llamaba la hermana. Yo estoy bien y no me importa vivir solo. Ya lo dice el refrán: “El buey solo bien se lame”.

        -  ¡Vamos a ver !, continuó hablando el otro hermano. Una mujer se las arregla bien viviendo sola, pero nosotros los hombres, en ese aspecto, somos unos inútiles. Así que Gene y yo hemos pensado que lo mejor que puedes hacer es casarte.

          -  ¡¡Yoooooo!! ¿¿Casarme?? Respondió Apolinar, muy sorprendido, ante lo que acababa de oír.

         -  ¡Sí! ¡¡Tu!! Contestó secamente Generosa. Necesitas una mujer que te gobierne un poco y haga las cosas de la casa, y como ya eres un poco mayor para andar buscando una novia, Bernabé, -así se llamaba el otro hermano- y yo, ya hemos pensado en una. Sólo hace falta que aceptes . De lo demás no tienes que preocuparte en absoluto, yo hablo con ella y creo que no va a haber problema alguno.

   Apolinar no daba crédito a lo que estaba escuchando, en boca de sus hermanos. Cuando era jovencito, había salido con una chica, pero la cosa no cuajo, tras una corta relación lo dejaron y desde entonces nunca había vuelto a tener novia.

   Se dice que el amor y la amistad no se buscan, sino que se encuentran; y él, ni había buscado, ni había encontrado a alguien de quien enamorarse. Las circunstancias que llevan a una persona a no encontrar pareja son muchas. Unas veces por timidez hacia las personas del otro sexo; otras porque “lo que quiero no me lo dan y lo que me dan no lo quiero”; otras por vagancia mental, ya que buscar una novia/o requiera un esfuerzo, otras por… Apolinar, no es que tuviera fobia social, pero para relacionarse con los demás, era más bien perezoso.

   El caso es que la situación había llegado hasta donde estaba y ahora se encontraba con que sus hermanos, haciendo de celestinos, (obviando, descaradamente, todas las fases de una relación hombre-mujer convencional) querían hacer un matrimonio de conveniencia donde los presuntos novios, tanto él como ella, sospechaba que eran los últimos en enterarse.

     - Entonces, sin contar conmigo, habéis pensado que lo mejor que puedo hacer es casarme.

- ¡Así es!, respondieron al unísono sus dos hermanos. Creemos que es lo mejor para ti. Para   enamoramientos y demás, tú ya no tienes edad. Pero una buena mujer te vendría bien, y si encima a ella también le viene bien, “miel sobre hojuelas”. Si os enamoráis después, eso que ganáis los dos.

- ¿Y quién es esa buena mujer en la que habéis pensado? Preguntó Apolinar que, aunque estaba enfadado con sus hermanos, por meterse donde nadie les había llamado, sentía curiosidad por saber quién era la “afortunada novia” que le tenían destinada.  

-   Yo he pensado en María… “la del Medio”, claro. Respondió Generosa. Evidentemente, no te vas a casar con la abuela o con la nieta.

    En el pueblo, había tres mujeres que eran conocidas como las tres Marías y eran parientes entre sí: abuela, hija y nieta respectivamente. La hija, María la “del Medio”, como era conocida por los paisanos, era madre soltera, tenía una hija de 8 años, María “la Chica”, y del padre, que era un forastero, nunca más se supo.

   Esto que hoy, afortunadamente, lo hubiéramos tomado con mucha naturalidad, hasta mediados del siglo XX constituía, muchas veces, un hándicap tremendo para estas mujeres, pues casi nunca conseguían rehacer una vida en pareja, ya que encontrar un marido en aquella época, aportando el hijo de otro, era una empresa harto difícil; así que, con gran esfuerzo, unas veces con ayuda de la familia y otras veces sin ella, estas valerosas mujeres tenían que educar a sus hijos y salir adelante por sí solas.

  María “la del Medio”, era muy trabajadora y se ganaba la vida haciendo trabajos eventuales, limpiando las casas de los demás y en todo aquello que se terciara; con un físico agradable, incluso Apolinar se había fijado más de una vez en ella, pero nunca había pensado siquiera “decirle algo”.

-   ¡¡Estáis tontos los dos!!  ¿Pensáis que María se va a casar conmigo, sólo porque vosotros se lo digáis?

 -     ¡Vamos a ver!, contestó Generosa. ¡Tranquilízate! Eso se lo tienes que decir tú. Yo primero tengo que tantear el terreno, hablo con su madre y veo que cara pone. Si le parece bien, las dos hablamos con ella, la convencemos, y entonces ya es cuando intervienes tú. El plan es que vayas a tiro hecho, porque como dejemos que lo intentes tú sólo, vas listo.

(El plan del que hablaba Generosa, es lo que se conocía popularmente como “hacer un apaño”. La RAE tiene varias definiciones de apaño: Disposición, maña o habilidad para hacer algo. Relación amorosa circunstancial o irregular. Acomodo, avío, conveniencia... Como podemos ver, todas van bastante acorde con lo que allí se estaba tratando)

  Los tres hermanos aún siguieron un buen rato debatiendo sobre el tema. Los dos mayores, persuadidos  de que el arreglo que pretendían era estupendo, intentaban convencer al pequeño de que aquello era lo más conveniente para él; lo veían muy factible por varias razones a) Desde un punto de vista legal, los dos “afectados”, estaban solteros y sin compromiso, así que en ese sentido no había impedimento alguno por parte del poder civil, ni eclesiástico, que pudiera alterar sus propósitos, y b) Desde el punto de vista práctico, ambos saldrían ganando. Apolinar, solterón y huérfano, perdería la primera condición, y María “la del Medio”, que se dedicaba a realizar trabajos eventuales para poder ganarse la vida, haciendo limpieza en algunas casas, sería la señora de Apolinar, económicamente, tendría asegurado su futuro, y pasaría a limpiar, únicamente, su propia casa; por añadidura, c) desde el punto de vista social, su hija tendría un padre como los demás niños del pueblo.

  Apolinar, que consideraba aquello un auténtico disparate, en principio se mantuvo firme en sus convicciones de permanecer soltero y tachaba a sus hermanos de ser unos entrometidos e ilusos, pero ante tanta insistencia, acabó haciendo introspección sobre el asunto, pensó fríamente en cómo le gustaría que fuera su futuro, y se dio cuenta de que María era una mujer que realmente le agradaba, así que dejó de oponerse de forma tan decidida al plan que sus hermanos tenían sobre “su vida amorosa”, si a esto se le puede llamar así; reconociendo que quizá tuvieran razón y había llegado la hora de ingresar en el honorable –a veces no tan honorable- gremio de los casados.

  Pero el camino a seguir, para poder alcanzar el objetivo, lo veía largo y tortuoso, y no se veía con fuerzas para recorrerlo. En cambio, Generosa y Bernabé iban disparados, deseaban que tomara la decisión ya mismo y no estaban dispuestos a abandonar la casa del hermano con un no por respuesta y tampoco les valía un “lo pensaré”. Querían un compromiso inmediato por su parte, aceptando lo que ellos consideraban una buena oportunidad para mejorar su vida. 

  Nuestro soltero escuchaba a sus dos hermanos, mientras exponían sus argumentos a favor de la idea, y pensó que eran excesivamente optimistas… demasiado fácil lo veían los dos; en cambio, él, tenía muchas dudas. ¿Y si María se negaba? Sentiría un ridículo espantoso.

  Cuando alegó tal posibilidad, Generosa dejó cerrado ese camino diciéndole que esa disyuntiva ya  estaba contemplada, y que por ello era necesario que predominara, ante todo, la discreción. Así que,  de forma oficiosa, todo pasaría porque él no sabía nada, y que el asunto era exclusivamente “cosa” de sus hermanos, de este modo, que, si se "torcía la cosa", él quedaría al margen de todo. 

   A Sócrates, un filósofo griego, un día le preguntó un joven ateniense que debía tener las mismas dudas de Apolinar, si debía casarse a no. El filósofo le dio esta respuesta:

- Haz lo que te parezca, ya que, hagas lo que hagas, te arrepentirás

   Si Apolinar hubiera conocido la respuesta de Sócrates, posiblemente ésta le hubiese generado aún más dudas de las que ya tenía, pues sabría que, hiciera lo que hiciera, en el futuro, siempre habría momentos en los que iba a acabar teniendo la sensación de no haber acertado en su elección, pero como no lo conocía, tuvo que tomar la decisión por sí solo y, “ligeramente” influido por sus hermanos mayores, acabó aceptando su propuesta.

 -    Yo ya lo tengo todo pensado. Dijo Generosa, que por lo visto era la ideóloga del plan trazado para casarle. Como María se dedica a limpiar casas, tienes que contratarla para limpiar la tuya. Eso sí, la pobre, vaya trabajo que va a tener; porque ¡hay que ver cómo está esto!, pero mejor, así le puedes decir que venga varios días.

Antes de eso, hay que adecentarte a ti y tienes que dejar de vivir como un guarro en su zahurda. Mañana vengo a por tu ropa y me la llevo toda para lavarla. Además, Bernabé va a venir conmigo y te va a ayudar a afeitarte y lavarte, no vaya a ser que, en la espalda, como no te ves, sea necesario tener que refregarte con un estropajo. De ahora en adelante, vas a ser la persona más limpia y aseada del pueblo.

   En cuanto a los modales, también hay que pulirte un poco. Llevas mucho tiempo viviendo solo y hay cosas que se olvidan rápido cuando uno deja de convivir con otras personas. Tienes que volver a ser el hombre educado y agradable que siempre has sido; pero bueno, ya vendré yo a aleccionarte sobre todo ello.

  Al cabo de una semana, la primera parte del plan establecido por la hermana había ido cumpliéndose minuciosamente. Tal como había indicado Generosa, Bernabé acudió a la casa de Apolinar para asegurarse de que estaba limpio por todos los lados; ella, a su vez, se ocupó de que su ropa estuviera impecable, le aleccionó sobre lo que las mujeres de entonces esperaban de un hombre honesto y cabal, y llegó el día D. 

    María “la del Medio”, al día siguiente, iba a ir a su casa para empezar a limpiarla. 

 Apolinar, la noche anterior, no durmió bien debido al nerviosismo; tuvo varias pesadillas y todas giraban en torno al mismo tema. En una de ellas, incluso se despertó sobresaltado pues soñaba que, cual Jesucristo camino del calvario, al que acompañaban las tres Marías, las originales, mostrando angustia y pena; en su sueño, él iba por una larga y desconocida calle y le seguían las tres Marías del pueblo burlándose de él por sus pretensiones de enmaridarse con María la “del Medio”. En fin, el subconsciente que a veces es muy puñetero, le impidió dormir en condiciones esa noche. 

 El caso es que, al llegar la mañana, media hora antes de que “la futura novia” llamara a su puerta, dispuesta a enfrentarse al polvo y telarañas acumulados a lo largo de tantos meses; siguiendo las instrucciones establecidas por la hermana, estaba mejor vestido de lo habitual y olía a colonia. Aquello “cantaba” mucho, pero Generosa le había dicho que eso daba igual, pues si María pensaba que le recibía así, porque quería darle una buena impresión, ese era, precisamente, el objetivo.

A las nueve en punto, que era la hora convenida, sonó el llamador de la puerta y sintió una sensación extraña, algo similar al miedo escénico que sienten los actores cuando se enfrentan a un primer papel.

En la vida de las personas, a menudo, nos encontramos ante situaciones donde un acto, aparentemente banal, es determinante para nuestro futuro, pudiéndonos llevar al éxito o al fracaso: acudir o no a una cita, elegir uno u otro trabajo, aprobar una oposición y elegir uno u otro destino… (en el casamiento, aun accediendo a él con las mejores expectativas posibles, el futuro es siempre incierto, esto le llevó a alguien a decir : “El matrimonio es un puente que conduce al cielo, o al infierno”).   

En aquel momento, el acto que iba a condicionar el futuro de Apolinar también parecía muy simple,  y era decidir si abrir o no la puerta de la calle. Si no la abría, sabía lo que acontecería después:  despedirse para siempre de María y seguir viviendo solo; en cuanto a sus hermanos… ¡cualquiera volvía a vérselas con Generosa! En cambio, si la abría…

Indeciso, permaneció inmóvil en la sala donde se encontraba y el llamador de la puerta volvió a sonar por segunda vez. Esta vez, recorrió lentamente el pasillo, se detuvo unos segundos ante la misma, y…

Nota

·  El hecho de conocer a alguien, ir intimando con él/ella progresivamente, enamorarse y, posteriormente emparejarse, con matrimonio o sin él, es algo bonito, natural y siempre ha sido planteado como el modelo ideal a seguir en las relaciones de pareja en nuestra cultura. Pero los apaños, esas “cosas que se hacían antes”, en cierto modo, aún existen en nuestros días, aunque a otro nivel, ya que, que intentar encontrar un novio/a por internet, bajo mi criterio, si no es un apaño, se le asemeja bastante.