miércoles, 5 de septiembre de 2018


Historias del contrabando (III)

Un “Cuculumbrero” no era


   Ubaldo, desde la orilla del Duero hasta el pueblo, tenía un largo camino por recorrer, unos 4 km., aproximadamente, siguiendo un itinerario bastante complicado ya que se encontraba en la parte baja de los arrribes del río.
  Conocemos por Arribes, al terreno que circunda los ríos de nuestra comarca. Estos, durante millones de años, han ido erosionado el terreno conformando unos profundos cañones de gran pendiente en cuyo fondo discurren las corrientes fluviales; éstas depresiones del terreno, en algunos sitios, están formadas por barrancos con paredes verticales de gran altura superando en algunos sitios los 300 m. de caída libre; en aquellos lugares donde no hay barrancos, el terreno ofrece unos desniveles más suaves, pero siempre con una gran pendiente.
   La gran depresión del terreno existente, entre la meseta y la orilla del río, determina que la ladera del Duero presente unos grandes desniveles y, consecuentemente,  que los caminos que la recorren tengan interminables subidas (o bajadas, dependiendo del sentido de la marcha), rampas, repechos, cortados…para salvar la pendiente; esto supone una gran dificultad para el caminante que transita por ellos, que se ve obligado a realizar un esfuerzo considerable para superar las dificultades del terreno; en ocasiones, los caminos sólo son estrechos senderos y veredas y si a ello sumamos que los contrabandistas, muchas veces, recorrían los mismos a la luz de la luna, podemos hacernos una clara idea de lo complicada que era la labor de aquellos hombres.    

   La dificultad del camino era algo que Ubaldo ya tenía asumido y no le suponía problema alguno,  estaba en buena forma física, conocía perfectamente los vericuetos del terreno y, precisamente por eso, había sido elegido por su maestro como aprendiz de contrabandista (aparte de ser un enchufado, pues para eso eran cuñados).
   Si aquella noche la luna hubiese estado en fase de luna nueva, en vez de luna llena, y Ubaldo hubiese mirado en algún momento el firmamento, habría podido ver la bóveda celeste llena de estrellas con las constelaciones propias de la estación: Vía Láctea, las Osas Mayor y Menor, Casiopea, El Dragón, Perseo, Andrómeda...; a los planetas Venus y Marte y, con suerte, alguna estrella fugaz…un espectáculo nocturno que habría hecho las delicias de cualquier aficionado a la astronomía; pero él no estaba allí para ver espectáculos estelares sino por asuntos terrenales y  avanzaba mirando continuamente el suelo para evitar dar un traspiés y caerse. 
   Era medianoche y calculaba que, al paso que llevaba, el recorrido hasta el pueblo le llevaría  cerca de cuatro horas; una vez allí, descargaría la mercancía y, si todo iba bien, antes de 5 horas, con la satisfacción del deber cumplido, estaría durmiendo y soñando con los angelitos; eso, si no tenía la mala fortuna de encontrarse con la Guardia Civil, porque entonces...
   Una vez iniciada la ruta, avanzaba despacio tirando suavemente del rabero del mulo y éste le seguía dócilmente; el primer tramo del camino era el más dificultoso, el terreno era bastante irregular y con muchos repechos; pero, tras dos horas de marcha, ya había logrado superarlo.    
   Aunque algo fatigado, estaba satisfecho por lo bien que iba discurriendo todo; la temperatura de la noche estival era agradable, durante su marcha iba escuchando el canto insistente de los grillos junto al ulular lejano de algún ave nocturna, y el mulo iba con la carga, tras él. con paso seguro, como si lo que hacer caminatas nocturnas fuese algo habitual. 
  Con la mejoría del terreno, ya no era necesario ir tan pendiente del suelo que pisaba y su mente se entretuvo en pensar en el dinero que recibiría por el trabajo que estaba realizando, en el que le pagarían por los próximos viajes que haría, hasta que el maestro se recuperara, y en lo bien que le vendría la pasta. Estos pensamientos hicieron que le mejorara el ánimo y hasta le entraron ganas de cantar, pero se contuvo; alguien que debe pasar desapercibido, no puede hacerlo a las dos de la mañana. aunque esté en el campo.    
   Se encontraba ya próximo a una calleja bordeada por paredes de piedra, tan comunes en nuestra zona, que   le facilitaría mucho el camino y, como estaba algo cansado, al llegar al comienzo de la misma, decidió que era un buen momento para descansar y se sentó sobre una piedra plana, dejando al mulo suelto para que
Calleja bordeada de paredes de piedra
descansara también.
 Tras una corta pausa, se incorporó a la calleja para continuar la ruta y, con la mejoría del firme y la referencia de las paredes a ambos lados, logró avanzar más deprisa.
  Aquella noche, el cielo estaba totalmente despejado y los rayos de la luna permitían una aceptable visión del terreno más cercano; pero, unos metros más allá, ésta era muy limitada, resultando imposible vislumbrar, con claridad, lo que había alrededor. Sólo era posible percibir un paisaje nocturno de tonos claro oscuros, conformado por bultos y sombras.
 
   Hasta ese momento, Ubaldo sólo se había preocupado en superar las dificultades propias del camino, y estaba tranquilo; como el pueblo aún quedaba lejos, sabía que hasta allí las posibilidades de ser pillado por la autoridad eran mínimas; sin embargo, éstas irían aumentando a medida que se fuera acercando al destino. Cuando estos pensamientos ocuparon su mente se intranquilizó un poco; hasta entonces, ni siquiera había barajado la posibilidad de que le cogiesen con el alijo de tabaco
  Era consciente de que la guardia civil, aunque vigilaba habitualmente las carreteras y los sitios próximos al pueblo,no se limitaba siempre a ello; en algunas ocasiones, también se adentraba en los caminos y por ello no podía descartar la posibilidad de poder encontrársela en cualquier lado.
  Tras hacer este razonamiento, comenzó a sentir algo de desasosiego; inconscientemente, fue disminuyendo la velocidad de su paso y acabó deteniéndose; algo que también hizo el mulo. Permaneció unos minutos quieto, reconsiderando la situación, respiró profundamente intentando tranquilizarse y, tras meditarlo un poco, determinó que no era momento para vacilaciones; lo que estaba haciendo ya no tenía vuelta atrás y la única alternativa que le quedaba era seguir hacia delante.
  Reanudó su camino, el mulo obedientemente le siguió y, tras haber avanzado un corto trayecto, pudo ver, al lado de una de las paredes que bordeaban la calleja, dos bultos que le parecieron sospechosos  y, debido al susto, volvió a detenerse.  
  Demasiado sencillo estaba resultando todo, pensaba Ubaldo; la entrega de la mercancía, la subida desde el río hasta ese punto, lo contento que iba, pensando en el dinero que iba a ganar por este trabajo; evidentemente, había pecado de optimista ¿cómo no había pensado en la posibilidad de tener un encontronazo en el camino con la autoridad? ¿Y si resultaba que aquellos dos bultos sospechosos al lado de una pared, eran dos guardias al acecho de algún pringado, como él?
   Le entró un gran nerviosismo, sintió que el corazón se le aceleraba dentro del pecho y reconoció que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.
   Allí parado, en medio de la calleja, a pesar de que había una hermosa “lua cheia” como dicen los portugueses, por mucho que intentara aguzar la vista, la claridad ambiental era insuficiente para ver con nitidez la zona donde sospechaba que la patrulla se encontraba vigilando el camino.
  Permaneció unos minutos quieto y, tras comprobar que las sombras sospechosas no se movían, se serenó un poco; el sentido común le llevó a pensar que, como “de noche todos los gatos son pardos” y era su primer viaje, lo único que estaba ocurriendo es que, aquella noche, no es que fueran pardos, sino que  él lo veía todo muy negro, y que lo único que estaba pasando era, simplemente, que tenía miedo escénico.
   Lo lógico era que aquellas cosas oscuras y sospechosas, que sobresalían sobre la pared, fueran unas matas de zarzales u otro tipo de arbusto; porque, pensándolo bien ¿qué iban a hacer dos guardias civiles, allí perdidos, en el campo, en la mitad de la nada, al lado de un muro de piedras?
  Tras llegar a esta conclusión, se convenció a si mismo que sólo era una falsa alarma y esto le tranquilizó; pero allí seguía habiendo algo y, fuera lo que fuese, personas o elementos inanimados, a aquella distancia era imposible distinguir de qué se trataba.
   Nuestro becario contrabandista, aún estuvo un rato más en la calleja detenido sin saber cómo actuar, mientras que el mulo le miraba inquisitivamente, como si quisiera invitarle a que se moviera ya que, al fin y al cabo, quien llevaba la carga era él y no su dueño.
  Ubaldo intentó imaginar qué habría hecho su maestro en semejante circunstancia y no recordaba que Ezequiel le hubiese dicho nada sobre estos aspectos del oficio -seguramente, no lo había hecho para evitar que se asustara innecesariamente -, al no saber cómo proceder, tuvo que improvisar.
   Retrocedió unos metros por la calleja, metió el mulo en un prado, lo ató por el rabero a un árbol, volvió sobre sus pasos y avanzó hasta la zona conflictiva; si eran guardias civiles quienes estaban allí, la verdad es que iban a sorprenderse: un paisano, paseando sólo, de madrugada, tan lejos del pueblo, resultaba, si cabe, más sospechoso aún que un contrabandista con su alijo, pero no se le ocurrió otra cosa.
   Al llegar a la zona sospechosa pudo comprobar que los bultos que sobresalían sobre la pared sólo eran unas matas de zarzales y no cabezas de personas, sintió un gran alivio por ello y decidió proseguir su camino.
   Tras recoger la caballería, una vez reanudada la marcha, consiguió avanzar a buen paso  pero, tras haber caminado unos quince minutos, se llevó un nuevo sobresalto - Si hubiera leído el horóscopo, seguramente, éste, le hubiera informado que no era un buen día para los negocios y hubiera acertado, porque  aquella noche no ganaba para sustos- 
   A lo lejos, calleja adelante, se veía una luz por encima de las paredes; aunque, por suerte, estaba muy distante; fue entonces cuando reconoció que Ezequiel tenía razón cuando le dijo que no debía encender la linterna durante el trayecto,salvo extrema necesidad, porque podrían verle a gran distancia.
   Si allí adelante había gente con linternas, y no tenían inconveniente alguno en ser vistos, sólo podía ser la autoridad que estaba vigilando el camino; esto es lo que pensó Ubaldo, al ver aquella luz, y ahora sí llegó al convencimiento de que el peligro era real.
  Maldijo a su mujer y a Ezequiel por haberle convencido para que aceptara "el trabajo” y, sobre todo, se maldijo a sí mismo por haberse dejado convencer, dando lugar a que se hallara en esa situación, preguntándose que qué pintaba allí, en plena noche, en aquella calleja, con el mulo cargado con un alijo de tabaco, en vez de estar en la cama, tan a gusto...y todo por ganar algo de dinero.
   Para ser feliz, hacen falta pocas cosas: salud, dinero suficiente para vivir con desahogo, tener cerca a alguien a quien querer y que te corresponda, un trabajo que sea de tu gusto, y poco más. Si tienes eso, ganar más dinero contribuye muy poco para ser más feliz (Todo ello pensaba Ubaldo en ese momento, y es que uno se vuelve muy filosófico ante las situaciones más insospechadas)

   Afortunadamente, la luz que veía estaba lejos y, gracias a la distancia que les separaba, no podían verle a él. Alguien dijo: “si un día te encuentras en un callejón sin salida, no te quedes allí, sal por donde entraste” . Eso es lo que tuvo que hacer Ubaldo; como no podía avanzar, decidió retroceder sobre sus pasos por la calleja abajo, con la intención de buscar una ruta alternativa; aún quedaba mucha noche por delante para llegar al pueblo.
   El lado positivo del asunto era que ya sabía dónde se encontraba la patrulla de la benemérita, vigilando y, “si estaba allí…no podía estar en otro lado” -está visto que, para pensar con lógica, no hace falta ir a la universidad-
   Desanduvo el camino hasta el sitio donde se iniciaba la calleja, una vez allí, consideró que ya estaba lo suficientemente de lejos de la luz y decidió descansar un rato sentándose sobre la misma piedra que antes había usado para el mismo fin. Dejó suelto al mulo que permaneció quieto, a su lado, y se puso a planificar la nueva ruta que iba a tomar. 
   De pronto, el silencio de la noche quedó roto por un fuerte ruido entre la maleza, a escasa distancia  de donde se encontraban él y el mulo descansando.
   Es curioso comprobar cómo, cada uno de nosotros, ante un mismo hecho, reaccionamos de forma tan distinta. Ubaldo, a consecuencia del ruido, se llevó un susto tan grande que le dejó totalmente paralizado en el lugar donde estaba sentado; en cambio, en el mulo, el ruido ejerció el efecto contrario pues se espantó y, al estar suelto, inició una rápida carrera, tal como si fuera un auténtico caballo pura sangre en un hipódromo, hacia la calleja por la que, con tanto sigilo, acababan de volver, en dirección a la luz que su dueño intentaba evitar. 
   Al ver hacia donde se había dirigido el mulo desbocado, Ubaldo quedó atónito. Ahora sí que se había fastidiado todo…cualquiera lo perseguía. Nunca, en sus pensamientos más pesimistas, había pensado que pudiera ocurrir algo así.
   El ruido había sido ocasionado por un tejón que andaba a aquellas horas de corribanda nocturna; El bicho, ajeno a los miedos del contrabandista novato, al detectar su presencia, había huido precipitadamente del lugar, metiendo mucho ruido al rozar su cuerpo con el pasto y los matorrales.
   Ubaldo se maldijo, nuevamente, por haber aceptado el encargo ¿¡¡A esto lo llamaban ganar un dinero fácil!!?; todo esto pensaba a la par que  unos pensamientos abrumadores acudían a su mente: Si la luz que había visto en la calleja pertenecía a la patrulla de la guardia civil, estaba perdido: cogerían el mulo con la carga, por la mañana ya sabrían quién era su dueño, irían a su casa a buscarle y después... No quería ni pensar lo que vendría después.
   De nuevo se encontró ante el dilema de no saber cómo actuar. Aventurarse por la calleja, a buscar el mulo, equivaldría a meterse voluntariamente en la boca del lobo y esa posibilidad inmediatamente la desechó. Permaneció un buen rato en el lugar, bastante abatido, sin saber qué hacer y, finalmente, optó por regresar a casa tomando una ruta alternativa; se alejaría de aquella zona dando un rodeo y ya, sin el mulo, incluso podría ir campo a través.
   Al menos, esta parte del plan salió bien y en poco más de una hora, con gran cautela, llegó al pueblo cuyas calles, al ser aún noche cerrada, permanecían desiertas.  
   Entró en su casa con gran sigilo, para no despertar a la familia, y, a pesar de las emociones pasadas: disgustos, sobresaltos, miedos… pensó que lo mejor que podía hacer era acostarse e intentar dormir algo; aún faltaban varias horas hasta el amanecer y quién sabía si  al día siguiente tendría que hacerlo en un calabozo.
   La esposa, ajena a todo, estaba profundamente dormida y, cuando Ubaldo se tumbó a su lado, en la cama, se despertó y preguntó:
  - ¿Ya has vuelto? - una pregunta de lo más retórico; tener delante a alguien que ha estado fuera, y preguntarle si ya ha vuelto, es algo que hacemos con frecuencia-.  ¡Qué bien! ¡menos mal que no ha pasado nada y estás aquí, sano y salvo!  
  - ¿¡¡Que no ha pasado nada!!?  contestó Ubaldo muy enfadado. Sí que ha pasado…y mucho.
 ­ - ¿Qué ha pasado? Preguntó Mari Flor que, sobresaltada, encendió la luz sentándose en la cama.
  - De momento nada, respondió él, lacónicamente...pero va a pasar. No sé cómo voy a salir de esta. Mañana va a venir los guardia a buscarme. Menudo lío se ha preparado…¡y todo por haceros caso a ti y a tu hermano!.
-        ¡Pero dime ya lo que te ha pasado!, exclamo ella muy preocupada.
-     A mi nada, pero el mulo, con la carga de tabaco, se espantó y echó a correr hacia una calleja donde estaba la guardia civil. Yo, lo que he hice fue alejarme de allí y he venido dando un rodeo. ¡Con que era un dinero fácil! ¡Verás tu por donde nos va a salir ese dinero!
-        Pero tú estás bien, ¿no?, insistió Mari Flor.
-        Sí, de momento sí; pero cuando vean el mulo con el tabaco…
-        ¿Y estás seguro de que eran guardias civiles?, volvió a insistir ella.
-      De cerca no los he visto; lo que vi fue una luz delante de mí, en la calleja por la que venía, a bastante distancia, y, a las 3 de la mañana, o era la Guardia Civil, o era “La Huesteda”; yo, como no creo en cosas raras, me inclino por lo primero. -Lo que nuestros abuelos llamaban “La Huesteda” es conocida, en Galicia, como La Santa Compaña. En todos los lados es lo mismo: una procesión nocturna de ánimas con velas; pero en cada sitio recibe un nombre diferente-  
-        A ti no te vieron en ningún momento ¿verdad?, continuo Mari Flor hablando, a la vez que pensaba cómo podía solucionarse aquel embrollo. En el peor de los casos, siguió diciendo ella,  puedes decir que alguien te cogió el mulo sin permiso y que se lo llevó para hacer contrabando. Aunque todos en el pueblo saben que Ezequiel se dedica a esto, es del dominio público que tiene una pierna rota y que él no puede haber sido…y a Portugal no van a ir preguntando que a quien le pasaron el tabaco.
-        ¡Qué fácil lo veis todo las mujeres!, protestó Ubaldo. Claro, como el delincuente soy yo…
-        ¡Fácil no es, y cuesta un poco creerlo!, respondió ella; pero algo habrá que contar. Si no te han visto, a ver cómo demuestran que has sido tú, siguió  Mari Flor con su razonamiento. Lo importante es que estás bien. Vamos a intentar dormir algo y que sea lo que Dios quiera. Es una pena…con lo bien que nos hubiera venido el dinero.
  
   Como aún era de noche, intentaron dormir algo; pero el pobre Ubaldo, después de tantas emociones, no logró pegar el ojo; la esposa, en cambio, pudo reanudar su sueño con facilidad.
      Se levantaron temprano y, tras desayunar, permanecieron en silencio, sentados en la mesa de la cocina, sin saber qué hacer; esperando que, de un momento a otro, llegara la Guardia Civil preguntando por Ubaldo…pero allí no venía nadie.
   Mari Flor, como había dormido bien, razonaba mucho mejor que Ubaldo y le dijo a éste:
   - ¡Mira! vamos a hacer nuestras tareas diarias como si no hubiera pasado nada. Si uno quiere pasar por inocente, debe parecerlo -Creo que algo parecido le dijo el Cesar, en la antigua Roma, en alguna ocasión, a su mujer, aunque, en este caso, referido a la decencia- No podemos estar aquí esperando a que vengan los guardias, con cara de culpables...como si hubiéramos hecho algo malo. Si te parece bien,  tú te vas al campo y yo me pongo a hacer los oficios de la casa.
 - Sí, tienes razón, contestó el marido. Me voy a la huerta hasta mediodía y que sea lo que tenga que ser. Cuando venga la Guardia Civil, les dices que no sabes nada y que yo he estado en casa toda la noche. Después los mandas para allá.
   Cuando Ubaldo salió a la calle para ir a trabajar a la huerta, lo hizo con cierto recelo. Estaba convencido de que la autoridad, de un momento a otro, iba a venir a detenerle y no quería que eso ocurriera allí, delante de todos los vecinos, por lo que tenía prisa por alejarse de la casa.
   Una vez que cerró la puerta, cuando se disponía a ir calle abajo, lo que vio le dejó sumamente
Calle de un pueblo ribereño
sorprendido. En ese momento, el mulo, con la carga de tabaco íntegra, subía calle arriba. Éste, tras el susto del tejón, cuando detuvo su carrera, había parado en algún lugar indeterminado y, una vez que amaneció, se había orientado perfectamente tomando el camino de vuelta al pueblo; había atravesado varias calles, a plena luz del día, y allí estaba... a punto de llegar al domicilio.
   En aquella época, en un pueblo ribereño, ver un mulo cargado era algo muy habitual y no había llamado la atención de nadie.
   Ubaldo, metió a la caballería en el corral, llamó a la mujer y entre los dos descargaron la mercancía, que no había sufrido daño alguno. Ambos estaban muy contentos, especialmente él que había pasado de la angustia más absoluta, a la euforia; tan exultante estaba que casi le dio un beso al mulo por el gran peso que acababa de quitarle de encima, mas no se atrevió; estaba la esposa delante y se hubiera enfadado con él. Podría haber pensado que lo quería tanto como a ella.
-        Entonces, preguntó Mari Flor, la luz que viste ¿era “La Huesteda?  
-    Pues no sé si lo sería, respondió Ubaldo, pero te aseguro que un Cuculumbrero no era.

 Post data:
   Existen dos interrogantes,
   a) La luz que vio aquella noche Ubaldo, si no pertenecía a la Guardia Civil, ¿qué otra cosa podía ser sino “La Huesteda”?. Los “Cuculumbreros”, aunque se vengan arriba e iluminen mucho, solo es posible verlos si estamos muy cerca de ellos; como la luz que él vio estaba bastante distante, era imposible que se tratara de uno de estos insectos..
   b) Este primer viaje de Ubaldo, tras las peripecias que sufrió, ¿Supuso el comienzo de una larga y prometedora carrera como contrabandista? Estoy convencido de que, tras los sustos y miedos, que pasó aquella noche, no le quedaron ganas de volver a hacer más viajes, aunque más vale que Mari Flor pensara igual que él, porque si no…

domingo, 2 de septiembre de 2018

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Historias del contrabando (II)


El primer viaje


   Las postrimerías de lo que puede considerarse la Época Dorada del contrabando, en la frontera hispanoportuguesa, podemos situarlas en los primeros años de la década de 1970 -contrabando, en realidad, nunca ha dejado de haber-; en esta época, aún había mucho "negocio" y ser contrabandista era una actividad bastante común.
   Un paisano nuestro -no voy a decir su pueblo de procedencia, solo aclararé que era ribereño del Duero-, por esa época, ya era un veterano del oficio y trabajaba para una de estas "empresas de importación"; en una ocasión, tuvo un accidente y se fracturó una pierna; consecuentemente, se vio obligado a estar apartado del negocio durante varios meses y su jefe le propuso que buscara un contrabandista interino de plena confianza para ""cubrir su baja laboral".
   Si eres contrabandista, no puedes poner anuncios en ningún lado solicitando un sustituto; por ello, tuvo  que buscarlo en su círculo más cercano y el elegido resultó ser un cuñado…sí, uno de esos parientes que, a veces, en las cenas y comidas de navidad, te encuentras sentado en la misma mesa que él y no te explicas cómo puede estar ocurriendo esto cuando tú jamás, ni estando borracho,  le invitarías a la tuya ni él te invitaría la suya. Claro que también hay cuñados bien avenidos, como era el caso.
   Ubaldo, que así se llamaba el elegido, estaba casado con una hermana de Ezequiel, el contrabandista titular, y ella siempre había sentido bastante envidia por el nivel de vida que llevaba la familia de su hermano ya que, económicamente, siempre habían vivido mejor que ellos gracias al segundo empleo de éste: contrabandista a tiempo parcial - lo de sentir envidia, siendo españoles, no debe extrañarnos lo más mínimo que suceda. En este país, al nacer, estoy convencido de que todos venimos al mundo con un gen que nos predispone a ello-
   Mari Flor, así se llamaba la mujer de Ubaldo, al conocer el ofrecimiento del hermano para que su marido le sustituyese durante unos meses, se puso muy contenta; era la ocasión perfecta para hacerse con un dinero fácil que vendría de perlas a la economía familiar; en cambio, a Ubaldo, el aspirante a contrabandista sustituto, que era poco amante del riesgo y la aventura, la propuesta de su cuñado no acababa de convencerlo.
  Una tarde, Ezequiel explicó al cuñado todos los pormenores del trabajo y lo sencillo que resultaría ganar un dinero extra; mas a Ubaldo la vida le había enseñado que si alguien quiere ganar mucho,  tiene que trabajar mucho, y eso de ganar mucho, a cambio de poco, no le convencía.
  - ¿Y si me cogen con la mercancía, que va a pasar? ¿Iré a la cárcel?, preguntó Ubaldo.
   - ¡De ningún modo!, respondió su instructor. Es sólo un delito económico…te ponen una multa, se paga y ya está
- ¿¡¡Solo una multa!!?, pero si yo no tengo dinero para pagar multas, protestó el aprendiz.
- No te preocupes de nada, contestó el cuñado en tono tranquilizador. Si te pilla la Guardia Civil, te limitas a decir que eres el responsable de todo y que no hay nadie más implicado, que querías ganar dinero para comprar algo, lo que se te ocurra…algo creíble, y que por eso hacías contrabando. Si estás callado y no delatas a nadie, el jefe paga la multa.
- ¿En serio?, ¡eso es otra cosa!, contestó Ubaldo muy aliviado; entonces, sí.
- Lo que ocurre es que el dinero hay que devolverlo después, advirtió Ezequiel. En principio, tú no tienes que desembolsar nada; en ese aspecto, debes estar tranquilo; lo único que pasaría es que tendrías que volver a hacer más viajes y con lo que te pagase el jefe, por los nuevos trabajos, se va cobrando.
   Esta explicación ya no gustó tanto al aspirante a contrabandista, estaba visto que nadie regalaba nada y que, si había multa, al final el "pagano" iba a acabar siéndolo él; ya se veía detenido por la guardia civil, pagando la multa correspondiente y haciendo multitud de viajes hasta la frontera para devolverle la pasta al jefe que no debía delatar -pero cómo iba a delatarlo si no sabía quién era, donde vivía, ni como se llamaba-
   Mari Flor, por su parte, estaba contentísima con el dinero que el marido iba a ganar con su nuevo trabajo y le animaba fervientemente a que lo aceptara:
- ¡Tú eres el más indicado para sustituir a Ezequiel!, le dijo, repetidamente, al esposo. Le haces un favor a él y de paso nos lo haces a nosotros; además, sólo van a ser unos cuantos viajes, hasta que él pueda caminar bien.
  Ubaldo, se dedicaba al campo, estaba muy satisfecho con su trabajo y lo de convertirse en contrabandista, aunque fuera eventualmente, no acababa de convencerlo; reconocía que dicha actividad podría reportarle un dinero fácil que le vendría muy bien, pero también tenía su riesgo y las expectativas de que le pillara la guardia civil ahí estaban, así que no quiso aceptar el empleo.  
   Ante su negativa, Ezequiel, buen conocedor de la condición humana, al comprobar que la oratoria y la retórica no eran suficientes para convencer al cuñado, tuvo que echar mano de otros recursos.
   Cicerón, un filósofo romano, decía hace más de 2000 años que "Habiendo dinero suficiente, no hay fortaleza que se resista" y el contrabandista titular, aún sin haber leído a este pensador, siguió su consejo ofreciéndole al cuñado una cantidad de dinero superior a la inicial, "libre de impuestos", por el trabajo a realizar. Tras esta nueva oferta, pudo comprobar que el filósofo tenía razón ya que "la fortaleza" cayó -Ubaldo acabó aceptando el trabajo-.
  Los argumentos económicos no fueron los únicos que motivaron a Ubaldo a aceptar su nueva ocupación; su esposa, que consideraba aquello un verdadero golpe de suerte, también estaba a favor de que “diera el sí” y utilizó para convencerlo sus propios argumentos femeninos. Hay un viejo refrán que dice: "Si tu mujer te dice que te tires de un tajo, procura que sea bajo" (porque al final te tiras).
   De este modo, Ubaldo, de la noche a la mañana, ingresó en el “honorable” gremio de los contrabandistas.

  Contrabando entre España y Portugal ha habido siempre, pero su mayor apogeo tuvo lugar antes del ingreso de España y Portugal en la UE ya que entonces, entre ambos países, existía una gran diferencia en el precio de algunos productos y eso creaba una situación óptima para el desarrollo de esta actividad.
  La época en la que Ubaldo accedió al oficio, Portugal aún tenía sus colonias africanas y desde ellas   llegaba, al país vecino, abundante café que era bueno y barato. Éste, junto con el tabaco rubio, era uno de los artículos preferidos para hacer contrabando ya que en España su precio era muy superior.

   Las rutas que seguían los contrabandistas, para su actividad, discurrían a través de caminos poco transitados y alejados de las vías principales para evitar los controles de la Guardia Civil, realizándose el transporte de las mercancías a lomos de mulos o burros ya que, entonces, los caminos que había en Los Arribes, para subir por la ladera del río, no eran aptos para vehículos mecánicos.
   Respecto al horario, el paso de los productos objeto de contrabando, de uno a otro país, muchas veces ocurría durante la noche ya que, a pesar de que realizar el trabajo en horario nocturno resultaba bastante complicado, los contrabandistas se sentían más seguros al amparo de la oscuridad.
 
   En nuestra comarca, la frontera portuguesa está delimitada por los ríos Duero y Águeda, así que el paso de mercancías, de uno a otro país, fuera de los pasos fronterizos habituales, sólo podía hacerse atravesando los ríos, una labor que, en El Duero, era realizada por pescadores lusos. Debía ser poco rentable para ellos vivir exclusivamente de la pesca en el río y por ello ampliaban su actividad laboral pescando “otras cosas” durante la noche.
   Una vez que cruzaban el río con la mercancía, hasta la orilla española, allí les estaban esperando los colegas españoles que recogían el alijo y lo subían hasta el pueblo de donde procedían. Esta última parte del procedimiento era realizada por nuestros paisanos, que eran quienes mejor conocían el terreno y sabían por dónde transcurrían las callejas, senderos, coladas, roderas... evitando los caminos principales, que eran los más vigilados.
   El plan que había trazado Ezequiel para su discípulo, básicamente, consistía en reproducir los pasos que seguía él, habitualmente, cuando estaba en activo: bajaría hasta el Duero con discreción para no llamar la atención; cogería los fardos y los trasladaría hasta las proximidades del pueblo, escondiéndolos en un lugar seguro. Posteriormente, otro empleado de la "empresa" pasaría a recogerlos y los llevaría a la ciudad para proceder a su distribución y venta.
   Ubaldo, nuestro novel contrabandista, estaba preocupado por lo que se avecinaba y su inquietud se acentuó aún más el día que recibió un aviso de su cuñado para que pasara por su casa a verle; una vez allí, Ezequiel le comunicó que todo estaba preparado para que hiciera el primer viaje: el debut iba a ser el día siguiente y quería darle las últimas recomendaciones.
   Le indicó el lugar concreto donde tendría que recoger la mercancía, así como la hora a la que tenía que estar a la orilla del Duero; entonces, no había teléfonos móviles para comunicarse (aún faltaban décadas para que estos formaran parte de nuestras vidas), y estos asuntos se prefijaban de antemano, a conciencia, para evitar errores innecesarios.
   Le aclaró que ese día el alijo iba a ser de tabaco rubio, que el colega portugués ya sabía que iba a ir él en su lugar, que todo iba a ser muy fácil y que era fundamental que estuviera tranquilo... las recomendaciones propias de un profesor a su becario, antes de un examen.
  Se tomaron unos vasos de vino mientras que el discípulo era aleccionado por su maestro y éste, además, aprovechó la ocasión para motivarle con el fin de que perdiera el temor que siempre nos embarga a todos cuando nos enfrentamos a algo por primera vez. 
- La tarea, concluyó Ezequiel, es muy sencilla…ya lo verás. Debes a tener cuidado con los fardos para que no se estropeen, los guardas donde ya sabemos y, una vez vengan a recogerlos, recibirás el dinero inmediatamente.
   Le contó que el jefe era muy serio en los pagos y que “la empresa”, en este aspecto,  actuaba de forma ejemplar ya que todo trabajo hecho era pagado de inmediato.

   Cuando alguien tiene un negocio, si quiere que funcione correctamente, es fundamental que los empleados estén muy motivados y la primera norma para conseguirlo, independientemente del ramo o actividad que desarrolle, es que el pago de los salarios esté siempre al día. Como podemos ver, el jefe sabía lo que se traía entre manos.
  Tras las oportunas palabras de Ezequiel y las expectativas de un dinero próximo, Ubaldo aquella noche volvió a su casa con la moral muy alta para abordar la empresa que le esperaba; pero en la mañana siguiente, al despertar, la euforia de la noche anterior había desaparecido y estaba bastante nervioso ya que esa noche iba iniciarse en su nueva profesión. 
     
    La puntualidad, además de ser signo de buena educación, es otro de los principios necesarios para el buen funcionamiento de una empresa y Ubaldo, que estaba dispuesto a cumplir su cometido como el mejor, desde un buen rato antes de la hora fijada ya se encontraba a la orilla del Duero.
   El sitio para la descarga de la mercancía había sido elegido a conciencia, se trataba de un paraje bastante apartado donde la barca podía atracar fácilmente, cuyo acceso, desde tierra, no era demasiado complicado para las caballerías.
   Desde que en el Duero Internacional se construyeron las presas de Saucelle y Aldeadávila, en el lado español, y las correspondientes del lado portugués, el río está embalsado y esto hace que, en algunas zonas, la distancia entre ambas orillas sea bastante grande; no obstante, tiene la ventaja de
El Duero internacional 
que el curso del río está siempre tranquilo al no haber corriente.
   Ubaldo, llevaba una linterna para avisar al colega portugués que, como él, estaría en el lado opuesto del río esperando su señal, y, a la hora indicada, la enfocó hacia la orilla portuguesa encendiéndola y apagándola un número determinado de veces, tal como le había dicho Ezequiel, para indicar que el nuevo contrabandista ya estaba allí.
  Sabía que lo que ocurriera a partir de entonces era un acto de fe, ya que desde el otro lado del río no iban a responderle (si había alguien vigilando desde el lado español y le devolvían las señales luminosas, podrían ver la luz desde gran distancia y eso era peligroso). Una vez hecho el aviso, tenía que limitarse a esperar y, si todo iba bien, al cabo de un rato, el colega portugués habría atravesado el río y estaría a su lado en la orilla española. 
   Aquella noche, nuestro satélite estaba en fase de luna llena permitiendo una visión bastante aceptable del entorno; las aves diurnas, desde hacía varias horas, descansaban en sus dormideros dando paso a las nocturnas y, aunque se escuchaba muy cercano el ulular de un búho, Ubaldo no lo oyó; él no estaba allí para admirar a la Naturaleza sino por "asuntos laborales" y no dejaba de mirar con gran atención el río.
  Apenas había pasado una media hora, vio que algo se movía sobre la superficie del agua; inicialmente, era una masa informe que, a medida que pasaban los minutos y se aproximaba, iba adquiriendo forma; era la silueta de una barca con alguien sobre ella remando -no empleaba motor alguno, para no delatarse con el ruido- que se acercaba, silenciosamente, hacía el lugar donde él se encontraba.
  Como aquel era el sitio habitual de los encuentros anteriores, el colega portugués tenía memorizado el lugar y, a pesar de haber hecho el trayecto guiándose sólo con los rayos lunares, se había orientado perfectamente, había atravesado el río y allí lo tenía frente a él, muy próximo a la orilla. Entonces, Ubaldo, una vez más, volvió a encender la linterna para guiarle hasta el sitio exacto donde se encontraba.
   Cuando la barca llegó a la orilla, vio que en ella venían dos personas; su dueño, que era quien remaba, y otro acompañante que debía ser el encargado de la mercancía.
   La luz ambiental que proporcionaba la luna era suficiente para poder desenvolverse por allí y cuando los dos portugueses bajaron de la barca, tras saludarse, sin pérdida de tiempo, descargaron los fardos de tabaco y ayudaron a Ubaldo a colocar la carga en el mulo.
   Una vez que acabaron esta labor, los dos ocupantes de la barca se despidieron, subieron a la misma y volvieron por donde habían venido, mientras que el neófito contrabandista se dispuso a iniciar la   ruta que tenía por delante.
   La carga, aunque era voluminosa, no pesaba mucho y el mulo caminaba con mucha soltura.  

domingo, 5 de agosto de 2018


El terror de las huertas


   Los burros, asnos o pollinos, son animales domésticos que, desde la antigüedad,  han sido utilizados por el hombre en todo tipo de actividades: para trabajar (tirar del carro,  trillar, arar…); con un fin lúdico (ir a comer la merienda al campo, a la fiesta de algún pueblo vecino...), o como medio de transporte para ir de uno a otro pueblo o a la ciudad - igual que sucede actualmente con los coches, antes también había clases: la gente pudiente iba en caballo y la menos pudiente, en asnos o caminando -; como podemos ver, servían para todo.   Ahora que tanto nos preocupa el cuidado de la Naturaleza, hay que destacar que son unos “vehículos” 100% ecológicos; las continuas subidas de carburantes, a sus dueños, le traen al fresco; no necesitan pasar revisiones en el taller, no precisan hacer la ITV, y, además de no contaminar, producen abono natural.
   A pesar de estas ventajas “tan evidentes”; en la actualidad, apenas vemos
Argolla en la pared
ya, en nuestros pueblos, asnos y caballos, pues ya no son utilizados en  labores agrícolas, ni como medio de transporte para ir al campo; esta última actividad, la realiza la gente en todoterrenos o furgonetas.
   Antes de que llegara la mecanización al campo, en el medio rural, burros, mulos y caballos eran parte del paisaje habitual por ello, en cada casa, en las paredes de las fachadas, era frecuente encontrar argollas fijadas a la pared, para sujetar los raberos de las caballerías (era su lugar de aparcamiento)
  
   Centrándonos en los asnos domésticos; los hay grandes y pequeños, dóciles y broncos, de pelajes claros y oscuros…, pero,  independientemente de su morfología, estos animales siempre han tenido fama de ser torpes y testarudos.
   Todos nosotros, cuando cometemos algún error, es frecuente que nos digan (a unos más que a  otros): ¡pero qué burro eres!, cuando la realidad es que esta fama, muchas veces, es inmerecida. Algunos asnos, presentan rasgos de inteligencia que causan admiración entre sus dueños; al respecto, una vez hablaban dos hombres sobre las excelencias de estos animales y decía uno al otro: 
 - No sé por qué dicen que los burros son torpes, los hay muy inteligentes; es más, yo creo que algunos, incluso son más listos que el dueño.
  Su interlocutor asentía ante la afirmación del amigo, y contestó:
 - ¡Coño! el mío sin ir más lejos (éste hombre, se apresuró tanto en su respuesta, que no debió meditar bien lo que estaba diciendo).

  Bueno, pues esto sucedió en Barruecopardo, a mediados del siglo pasado; en esa época, el ganado equino aún era muy abundante en los pueblos, apenas había llegado la mecanización al campo, y, al contrario que ahora, rara era la casa donde no tuvieran uno o un par de asnos como animales de trabajo.
  Había una familia que tenía una burra muy fuerte, se desenvolvía bien en el trabajo y, además, era bastante dócil: la dueña la llevaba a buscar agua a la fuente, con las aguaderas, y nunca había roto un cántaro, aceptaba de buen grado que los niños se subieran a ella… El caso es que el dueño estaba muy satisfecho con ella; pero, como en esta vida no hay nada perfecto, también tenía un lado oscuro y, en sus ratos libres, tenía iniciativas propias que se salían de lo común.
   Al animal no le gustaba estar solo de modo que, cuando su amo la dejaba en algún lugar, aunque estuviera sujeta, había aprendido a desprenderse de la cabezada y volver al pueblo, al domicilio del dueño, dejándolo tirado, en el campo, en más de una ocasión. Esta habilidad asnal, había obligado al amo del animal a ingeniárselas para buscar nuevos métodos que permitieran un  reajuste en la cabezada, hasta que encontró uno con el que pudo de evitar que volviera a desprenderse de ella.
   Cuando el dueño pensó que ya tenía dominada la situación, un día volvió con la burra al campo, la dejó atada a la rama de un árbol, se alejó de allí un tiempo para hacer sus tareas y, cuando volvió, observó que no estaba; lo había vuelto a hacer… se había largado de allí tras roer la rama del árbol a la que estaba sujeta. Con el consiguiente enfado, el amo del animal tuvo que volver caminando a casa.
   En otra ocasión, volvió el dueño con el animal al campo y, para evitar que se fugase nuevamente, venía provisto de una buena cuerda, atando con ella uno de los extremos a una pata del animal a la vez que pasaba el otro cabo de la cuerda alrededor del tronco de  un roble; así sujeta, se fue a hacer las tareas con la certeza de que esta vez iba a ser imposible que se largara la burra ya que, por mucho que mordiera el tronco, no iba a poder escaparse de allí; pero, a las dos horas, cuando volvió a recogerla, se llevó una sorpresa mayúscula al comprobar que había vuelto a fugarse, en este caso, rompiendo la propia cuerda mediante mordiscos.
    La burra escapista, sólo realizaba estas “hazañas” cuando el amo la dejaba sola; estando presente, aunque estuviera suelta, no se alejaba de él, de modo que procuraba siempre tenerla cerca, a la vista y así es como iba soslayando el problema, para evitar que volviera a dejarle tirado.
   (El que a uno le deje plantado la novia, no tiene gracia alguna, pero tiene un pase…te buscas otra y ya está, ¡pero que lo haga tu burra!)

   Un día Clodoveo, así se llamaba el dueño del animal, fue con ella a la huerta; el acceso a la misma era a través de un valle, tenía una portera con una puerta de madera para entrar, que estaba bastante vieja, y le fue imposible abrirla; para evitar romperla, decidió crear un portillo en la pared
Pared de piedra granítica
retirando unas cuantas piedras y entró en la huerta a través de él, dejando a la burra en el valle, tras cerrar el portillo que había hecho, para evitar que entrara el animal.
   Era verano, la huerta presentaba un aspecto espléndido, y el hombre se puso a trabajar regando las plantas y quitando malas hierbas; estaba enfrascado en la tarea y, en un momento dado, al levantar la vista de los surcos, se llevó una gran sorpresa. El animal se encontraba dentro de la huerta y estaba comiéndose una lechuga, cosa que le enfadó mucho.
   El portillo de la pared, que él había hecho, retirando unas piedras, y que después había vuelto a rehacer, estaba abierto con las piedras caídas en el suelo, y por él había entrado el animal en la huerta. ¡Vaya con la burra!, no se conformaba con la hierba seca del valle y allí la tenía amenazando con comerse las plantas recién regadas.   
   La sacó de allí a cajas destempladas, para evitar que hiciera estropicios en la huerta, a través del portillo que estaba caído, y no dejaba de preguntarse si las piedras se habían caído solas, porque habían quedado mal colocadas, o había sido la burra quien las había empujado, tras haberle visto a él hacerlo anteriormente; esta segunda opción, automáticamente, la descartó. Consideró que era imposible que un asno, por muy listo que sea, fuera capaz de aprender esas cosas.

   En las relaciones humanas, se dice de forma metafórica que “uno recoge lo que siembra”; cuando esto lo llevamos al mundo real y uno tiene una huerta, como sucedía con Clodoveo, no hay metáfora que valga, eso es literal, uno recoge lo que ha sembrado previamente, y si quiere que la cosecha sea buena, tiene que esmerarse en cuidar la huerta, así que una de sus labores diarias, en aquella época del año, consistía en ir a la huerta a regar y a mimar sus patatas, melones, sandías, lechugas,  hortalizas,  frutales…
   Al día siguiente, cuando volvió a la huerta con su burra, iba prevenido con herramientas para abrir la vieja puerta de madera y, una vez que lo consiguió, entró en la huerta y cerró la puerta, dejando a la burra en el valle, ya que tenerla dentro de la huerta, por razones obvias, no era muy recomendable.
   Llevaba un buen rato trabajando sobre los surcos y,  de pronto, oyó un ruido a sus espaldas; al volverse pudo ver que el portillo de la pared, que había hecho el día anterior para poder entrar, y había reconstruido al irse, estaba caído, y, en ese momento, la burra, muy contenta, estaba entrando en la huerta a través del mismo.
   Clodoveo sólo había oído el ruido de las piedras de la pared al caer al suelo y no había visto lo ocurrido, pero estaba totalmente convencido de que había sido el animal, quien las había empujado desde el exterior. Era, junto con lo ocurrido el día anterior, ya la segunda vez que se caía el portillo de piedra y no creía que fuese una casualidad.
 -  Cuando cuente lo sucedido, no me van a creer, se decía a sí mismo; algo que pudo comprobar cuando regresó a casa. Le comentó a la familia lo ocurrido, y al decirles que la burra era muy lista, ya que había aprendido a caer las piedras de la pared para hacer portillos y entrar en la huerta, no le hicieron caso alguno, pensando que era una ocurrencia suya.

   En esa época, en los veranos, aún se trillaba en las eras y, al final del día, muchas veces,  se soltaba el ganado en los valles donde pasaban la noche; lugares donde coincidían caballerías de distintos dueños.
  Una mañana, en una huerta que tenía su entrada desde uno de estos valles, un vecino sorprendió, en el interior de la misma, a un grupo de caballos, mulos y burros; entre ellos se encontraba la burra de Clodoveo. Durante la noche, de forma inexplicable, en el muro de piedra que separaba la huerta del valle, se había caído un trozo de la pared creándose un portillo y, a través de él, habían penetrado las   caballerías en su interior, dándose un banquete de cuidado con los productos de la huerta.
   El paisano dio parte al guarda jurado, éste recogió a los equinos okupas y los encerró en el Corral del Concejo y; después, evaluó con el dueño de la huerta los daños, para pasarle la factura a los amos de los animales (el guarda jurado es un oficio ya desaparecido; se trataba de un hombre que contrataba la Hermandad de Labradores,  una entidad existente en los pueblos, cuyo fin era vigilar que todas las actividades del campo se desarrollaran con normalidad: vigilaban que los animales respetaran los cultivos como era el caso, que se respetaran las Hojas,  limpiaban y cuidan las fuentes y pilares..).
   Clodoveo, que resultó ser uno de los afectados, estaba totalmente seguro de que lo sucedido aquella noche, la caída de un trozo de pared, en aquella huerta, y la entrada del ganado en la misma,  no había sido accidental, sino que era consecuencia de las habilidades  de su burra; ésta, habría decidido invitar a sus colegas a comer productos frescos de la huerta y había caído las piedras para hacer el portillo; pero como nadie había visto la acción, tendría que seguir con sus suposiciones.
   Pagó la parte que le correspondió por los daños causados y decidió olvidar el asunto; aunque, en su fuero interno, estaba totalmente convencido de que esto no iba acabar aquí (Siempre se ha dicho que el primer pecado es el que más cuesta. Si cometes uno, ya tienes que confesarte, así que ya puestos a ello, ya da igual hacerlo por uno que por una docena… y la burra ya era reincidente).
   Sus temores se confirmaron a los pocos días pues una noche, una banda de ganado caballar y asnal que estaba pastando en un valle, entró en otra huerta a través de un portillo que “alguien” había hecho derribando unas cuantas piedras de la pared, con el agravante de que esta vez se trataba de su huerta.
   El guarda jurado fue a comunicarle lo ocurrido, y también le informó que entre los equinos delincuentes se encontraba su burra, cosa que Clodoveo ya daba por sentado.
   Fueron el guarda y él a la huerta a evaluar los daños ocasionados por la razzia equina nocturna y, al comprobar que estos no habían sido excesivos, declinó reclamar indemnización al resto de los dueños del ganado, ante la extrañeza del guarda. Estaba plenamente convencido de que la inductora, del ataque a la huerta, era precisamente su burra; a estas alturas, toda una experta en derribar con el hocico piedras de las paredes; aunque no quiso decirle al guarda el motivo de la negativa a que le indemnizaran los dueños de los otros animales, a quienes su burra, muy hospitalaria ella, había invitado a catar delicatessen de la huerta de su dueño.
   Clodoveo pasó el resto del día muy enfadado por lo ocurrido y, a la vez, preocupado; no tenía pruebas concluyentes de que su burra fuera la causante de crear portillos en las paredes de piedra y, encima, invitara a los colegas a darse un festín en las huertas, pero estaba totalmente seguro de ello.
Pensaba que debía actuar con prontitud, si quería evitar que el animal dejara de ser el terror de las huertas, y tomó la decisión de deshacerse de ella.
   Lo que estaba claro es que no podía vendérsela a alguien del pueblo, la burra conocía todo el término y de poco valdría que cambiara sólo de dueño.  
   Habló con un amigo de Vilvestre, un pueblo vecino, por si conocía a alguien que quisiera comprar una burra joven, sana y fornida (las otras virtudes se las calló) y antes de una semana el animal había cambiado de dueño y se había convertido en vilvestrano.
 
   Clodoveo, una vez que vendió la burra delincuente, por fin consiguió volver a dormir tranquilo por las noches, libre de pesadillas; pero, a pesar de todo, el hecho de haber tenido una burra tan peculiar les había marcado bastante y tanto a él, como al resto de la familia, se preguntaban cómo le iría al nuevo dueño con ella.
   Espero que le vaya bien, pensaba Clodoveo, algo arrepentido por no haberle explicado, al nuevo amo, las “cualidades ocultas del animal”; pero ya se sabe…si alguien quiere vender algo, su misión es nombrar las virtudes y alabarlo; quien tiene que buscar los defectos, para intentar bajar el precio, es la parte contraria, el comprador, y él, en este caso, era el vendedor.

     Habrían pasado unas dos semanas y una mañana, al salir de casa para ir al campo, a iniciar las tareas del día, tuvo un encuentro inesperado: ante la puerta de la casa estaba su burra con albarda, pero sin la cabezada; se la había quitado y, una vez libre, había decidido darse una vuelta, desde el pueblo vecino, e ir a saludar a su antiguo dueño.  
   Clodoveo, no es que la echase de menos, pero en el fondo se alegró al verla. Conociendo sus habilidades como escapista, no le extrañó en absoluto verla allí, mirándole y dándole los buenos días. Después, supo que su nuevo dueño había ido aquel día cerca del término de Barrueco, ella debió haber reconocido el terreno y, al dejarla sola, atada a algún lado; ésta, tras haberse soltado la cabezada, una nadería para ella, había decidió ir a dar un vuelta a su antigua casa. 
   Al rato, apareció su dueño preocupado por la burra perdida; no sabía si ésta había tirado hacia Vilvestre o hacia su antiguo pueblo, había decidió iniciar la búsqueda en el segundo lugar y se puso muy contento cuando la vio a la puerta de Clodoveo; éste, le hizo pasar a su casa, donde le invitó a tomar algo y aprovechó para aleccionarle de las virtudes del animal, advirtiéndole también que, como ya había tenido ocasión de comprobar, cuando se quedaba sola no era de fiar.
   Tal como ocurriera en su día, con su familia, cuando Clodoveo le contó “las virtudes” de la burra a su nuevo  dueño, éste tampoco quiso creerle, pues pensaba que lo que estaba oyendo, tratándose de un asno, era algo imposible. 
   No había pasado aún una semana, desde el episodio anterior, y, un día, al atardecer, cuando volvía Clodoveo del campo, al llegar a casa, salió la mujer a abrir la puerta, y le preguntó riendo:
   - ¿A que no sabes quién está en el corral?
   Él, no tuvo duda alguna de quien se trataba; entre otras cosas, porque si te visita una persona en tu casa no la encierras en el corral, así que tenía que ser un animal, y si era un animal sólo podía tratarse de la burra escapista.
   La esposa le informó que se había presentado a media tarde, ante la puerta de la casa, y que ya había telefoneado a Vilvestre para que le dieran el recado al dueño de “aquella joya”.
   Clodoveo estaba harto del asunto de la burra, el hecho de haberla vendido en otro pueblo no parecía haber resuelto el problema y aquella noche volvió a tener pesadillas en las que el actual amo del animal insistía para que se la recomprara porque ya no la quería.
   Al día siguiente, el dueño de la burra pasó a recogerla prometiendo que haría todo lo posible para que no se volviera a escapar ya que él no podía estar continuamente persiguiéndola.
   Pasó un tiempo y Clodoveo no volvió a tener noticias de la burra; a pesar de ello, no podía quitársela del pensamiento ya que eran muchas las peripecias que el jumento le había ocasionado.
   Al llegar el otoño, un día, Clodoveo y su familia fueron a una boda a Vilvestre y aprovecharon el viaje para visitar al dueño de la burra y preguntar por ella. Éste les contó lo siguiente:
-          ¡Pues qué queréis que os diga!, eso no es un asno… es un auténtico demonio. No quise creer lo que me decías de ella, Clodoveo, y debo reconocer que tenías toda la razón. Se suelta cuando le da la gana, da igual que esté atada a la argolla, a un árbol o a donde sea.  Además, un día la llevé a la huerta, se puso a tocar la pared con el hocico y, cuando llegó a un tramo donde las piedras no estaban bien colocadas, las tiró haciendo un portillo y entró dentro. No comió nada porque estaba yo allí y no la dejé.  
-          ¿Entonces viste cómo lo hacía?, preguntó Clodoveo con gran curiosidad. Lo pregunto porque yo sospechaba que lo hacía, pero nunca llegué a verla en plena faena.
-          ¡Claro que la vi!, respondió el de Vilvestre. No sabes con qué facilidad lo hizo; después, lo repitió más veces y en otras huertas que no eran la mía…ni sé las lechugas que se habrá comido, y los portillosde piedra que he tenido que levantar. ¡Cómo va a comer hierba seca y paja, como los demás asnos, si entra en las huertas cuando quiere, y come lo que se le antoja!
      El caso es que ya no vivía tranquilo. Cuando estaba sola, no sabía que trastada podría estar haciendo y acabé vendiéndola. La venta la hice la semana pasada; ¡Y pensar que encima le tuve que decir al tratante que era buenísima! Solo le puse una condición, que tenía que venderla lejos de aquí. ¡Pobre de aquel que la compre!