lunes, 11 de marzo de 2019


El bar de los solteros


   Uno de los problemas que tienen los habitantes de los pueblos más pequeños -uno más entre tantos- es la falta de unos servicios adecuados; un hecho que les obliga a llevar una vida llena de limitaciones.  En muchas aldeas no hay carnicerías, pescaderías, panaderías, y, ni siquiera, comercios donde poder comprar los productos básicos que necesitamos para nuestra vida diaria; por ello, esta gente, cuando necesita adquirir cosas de uso cotidiano, o alimentos para llenar la despensa, tiene que echar mano del coche y desplazarse a algún pueblo vecino de mayor entidad, o esperar a que pase por allí algún vendedor ambulante.

  En los pueblos algo mayores, allí sí hay tiendas: pequeños negocios familiares que, aunque en la actualidad suelen centrar sus ventas en productos de alimentación y droguería, antes eran más polivalentes y vendían todo tipo de artículos a los clientes. Al respecto, recuerdo, hace ya muchos años, en un pueblo cercano de Lumbrales, una tienda que era a la vez comercio, bar y salón de baile. No tengo seguridad plena de ello, pero creo que el dueño de aquel “centro comercial y de ocio” además era el cartero del lugar.
  
   En estos establecimientos, podemos surtirnos de artículos de primera necesidad, pero si queremos adquirir algo fuera de lo habitual: ropa, zapatos, electrodomésticos, material informático o telefónico y un sinfín de artículos más, nos vemos obligados a desplazarnos a la ciudad, a las grandes superficies o a tiendas especializadas, con la consiguiente pérdida de tiempo y dinero, ya que los coches sin combustible no andan.
   Hasta ahora, ésta era la única opción que teníamos, en las zonas rurales, para realizar estas compras “inhabituales”; sin embargo, de un tiempo para acá, esto ha cambiado gracias a Internet;  este medio, ha hecho posible que, tener que desplazarse a la ciudad, para comprar los productos que no podemos adquirir en nuestros pueblos, haya pasado de ser una necesidad, a ser tan solo una opción.

   La Red Informática de Comunicación (Internet), ha hecho posible que, desde cualquier lugar donde vivamos, por muy apartado que esté, casi todo esté a nuestro alcance sin movernos de nuestro domicilio.  Esto, en una ciudad, no es tan importante, ya que allí encontramos tiendas de todo tipo; pero en un pueblo, donde sólo podemos encontrar los artículos básicos para la vida diaria, no deja de ser una maravilla poder comprar lo que queramos, en cualquier lugar del mundo, y que nos lo traigan hasta la puerta de casa.
   Este hecho es estupendo, aunque tiene el inconveniente de que, además de pagar el producto, los gastos de transporte corren de nuestra cuenta ¡cómo no!. 
   La conclusión a la que nos lleva esto, siempre acaba siendo la misma: independientemente de que vivas en el medio rural o en la ciudad, la vida siempre es más fácil cuando tienes dinero.

   En los pueblos, Internet no solo nos ha abierto una puerta al mundo para poder realizar compras on-line; además, ha permitido un cambio radical de la forma en que se relaciona la gente.
  
   Una de las virtudes que conlleva vivir en un lugar pequeño es que, al ser nuestro entorno personal muy limitado, el contacto entre sus habitantes es muy estrecho; como son pocos, todo el mundo se conoce. Es frecuente que un paisano, de cualquier pueblo, se relaciones más con alguien del lugar, aunque viva en el otro extremo del municipio, que un habitante de la ciudad con el vecino de la puerta de al lado.
  Una relación tan estrecha, tiene sus ventajas; cuando ocurre alguna desgracia o hay necesidad de que alguien nos eche una mano, esta ayuda nunca va a faltar ya que los vecinos de los pueblos suelen ser muy solidarios entre ellos; pero esta forma de vivir también lleva aparejados algunos inconvenientes, especialmente en lo relacionado con la vida privada; como se dice vulgarmente, “no hay cena sin factura”.
   En el medio rural, la vida privada es un bien prácticamente inexistente; todo el mundo quiere saberlo todo sobre los demás: su estado de salud, la situación laboral, y, sobre todo, hay una predilección especial en todo relacionado con el amor. No sé por qué, pero en todos los pueblos, sean chicos o grandes, uno de los “deportes” favoritos de la gente consiste en estar pendientes y hablar de las relaciones sentimentales de los vecinos.  
  
   En tiempos pretéritos, cuando alguien era joven y estaba en edad de buscar pareja, era tomado como un hecho normal por la comunidad y, aparte de la curiosidad sobre quién era el/la afortunado/a que pretendía cada uno/a, de ahí no pasaba el asunto; en cambio, cuando uno era ya mozo viejo, o viudo, era habitual que a uno no le dejaban en paz y, con frecuencia, recibía consejos y ofertas de ayuda para encontrar pareja, no siendo raro que escuchara cosas así: ¿Por qué no le dices algo a …?; también, era común que alguien le dijera: “Conozco a una moza en tal pueblo que es muy buena chica; si quieres le hablo de ti y te la presento”. 
   Algún viudo o solterón, también podía recibir la visita de algún bienintencionado/a que le decía: “Mi hermana la soltera, como mis padres ya han muerto, vive sola; ¿qué te parece si hablo con ella y llegáis a un arreglo?”

   Hoy día, escuchar este tipo de conversaciones, seguramente, podría ser motivo de risa; pero antes eran bastante comunes y a los pobres mozo/as viejos/as y viudos/ as - divorciados antes no había ya que el divorcio en nuestro país no se implantó hasta el año 1981- , no les dejaban tranquilos.
  Daba la sensación de que la comunidad estaba “preocupada” porque las necesidades amorosas de los paisanos estuvieran cubiertas y siempre había personas dispuestas a hacer “favores” de este tipo, sin comprender que se estaban metiendo en aspectos personales que solo incumbían a los protagonistas. Estos, por su parte, reaccionaban de distintas formas: A algunos, les parecía bien que intentaran echarles una mano para poder emparejarse; otros, simplemente, no respondían siguiendo literalmente el refrán de “a palabras necias, oídos sordos”, y, por último, también estaban aquellos que despedían con cajas destempladas a aquellos “celestinos/as” impertinentes que, muchas veces, incapaces de organizar sus propias vidas, se empeñaban en arreglar las ajenas.

   Este tipo de actitudes, antes tan comunes en los pueblos, hoy día, ya están superadas; actualmente, soy incapaz de imaginar que a alguna persona adulta se le dirija alguien, recomendándole lo que debe hacer con su vida -la respuesta que iba a llevarse el casamentero, es fácil imaginarla-; sin embargo, en los pueblos sigue habiendo solteros ya entrados en años, viudos, separados y divorciados -ahora sí-, de ambos sexos; muchos de ellos aún siguen abiertos al amor y, cuando deciden buscar “un apaño”, se dan de bruces con la triste realidad, ya que, en estos lugares, la tarea resulta sumamente complicada.  
   Si ya de por sí, en los pueblos, hay pocos habitantes; el “mercado amoroso”, a ciertas edades, es muy reducido, cuando no inexistente; así que encontrar una pareja, que sea del mismo pueblo, es una tarea tremendamente difícil, cuando no imposible.
   Llegados a este punto, algunos, sabiamente, deciden que, si en su pueblo no encuentran la pareja que quieren, y no quieren renunciar a ello, deben buscarla fuera de allí.

   Cuando uno cuenta sus años por decenas, es frecuente que no se sienta demasiado motivado para vestirse con elegancia, ponerse la mejor colonia que tenga  e ir a ligar por ahí, dando lugar a que  le cataloguen de viejo/a  salido/a,  o cosas peores; además; son personas que “tienen prisa” y no pueden, ni quieren, andar perdiendo el tiempo en largos noviazgos de resultado incierto; por ello,  gracias al “anonimato” que les permiten las redes sociales, no tienen reparos en acceder a través de Internet, a un portal de amistad y expresar sus deseos de forma muy directa, escribiendo algo así:  

   “Chico de 65 años -o más-, busca amistad con mujer de menos de 55. Estoy sano, tengo un aspecto agradable y, económicamente, soy bastante solvente”
    Además del texto, suben una fotografía de cuando eran jóvenes y guapos, y a esperar respuesta

   -Aclaraciones:  a) Ellos siempre las prefieren más jóvenes, y el número de años, de la novia que buscan, depende de lo optimista que sea cada uno, b) El aspecto económico, a estas edades, es fundamental, no engañarse. Si uno no reúne “esa virtud” nunca va a tener éxito- c) Es aconsejable no exagerar demasiado con la foto; aunque pueda estar bien poner una de cuando se era más joven, la de la primera comunión no vale

   Con toda probabilidad, alguien igual de deseoso por emparejarse, responderá al anuncio de amistad y ya tenemos dos novios “virtuales”. 
   Seguramente, quien se muestre receptivo/a al anuncio y responda al mismo, es mayor de lo que afirmaba ser, y, si mostraba alguna foto en la página de contactos de internet, está no estaba actualizada; por ello, al llegar la hora de conocerse en persona, todas las mentiras publicadas van a quedar en evidencia, de ahí que no sea recomendable, al pregonar las bondades de cada uno, exagerar demasiado.
   Hay que tener en cuenta que el amor sólo es ciego cuando somos jóvenes; pero, cuando uno va haciéndose mayor, sólo se cree lo que tiene ante sus ojos. 
   Cuando dos novios “virtuales”, que han contactado por Internet, llegan a conocerse personalmente, puede ocurrir lo de siempre: que se acepten y pasen a ser novios reales, o que no se gusten y, educadamente, “queden sólo como amigos”.

   Esta forma de iniciar una relación, hoy día, es bastante común; hay mucha gente que vive sola y, como las personas somos animales sociales por naturaleza; a través de Internet, no sólo en los pueblos, también en las ciudades, buscan la oportunidad que nunca tuvieron anteriormente; o bien, una segunda oportunidad.
   Esto, en absoluto es criticable;  cada uno es muy dueño de buscar pareja por el medio que sea y le parezca oportuno; si logra establecer una relación agradable es estupendo, aunque, cuando somos mayores, no es nada fácil encontrar al hombre o mujer de tus sueños…es más, si hay que hablar de sueños, más vale estar muy despierto, ya que la mayoría de las personas que se prestan este tipo de relación, a ciertas edades, casi siempre, vienen de vuelta de relaciones anteriores.   

   Esta facilidad que nos proporcionan las redes sociales, para poder relacionarnos desde casa, contrasta, notablemente, con las tremendas dificultades que antes encontraban los mozos viejos y los viudos, en los pueblos pequeños, para emparejarse. De hecho, muchos, aun pretendiéndolo, no lo lograban nunca.
   
   En la intrahistoria de cada lugar, siempre ocurren hechos destacados que afectan a toda la comunidad, y otros menos conocidos que afectan, únicamente, a determinados ámbitos.  
   El hecho que a continuación describo, no sé en cuál de las anteriores categorías habría que situarlo; sin embargo, no tengo duda alguna de que, si en mi pueblo, hubiera un cronista oficial, debería tomar nota de ello para que no se repitiera.

   Hace bastantes años, en Barrueco, hubo una época en la que había muchos solteros. ¡ojo! digo solteros, no solteras; ante este hecho tan fehaciente, yo no encontraba explicación alguna ya  que  veía que las cualidades de los chicos casaderos, de entonces, eran similares a las de los pueblos cercanos.  

   Ser guapo o feo, es algo que viene determinado por la Madre Naturaleza... es cuestión de genética; el clima, el aire y el agua de cada lugar, influyen poco en ello. Aunque para nuestras madres, nosotros éramos los más guapos del mundo -la verdad es que muy imparciales no eran-; lo cierto es que éramos igual de atractivos que la gente de nuestro entorno; así que no veía yo que el asunto de la belleza pudiera ser el origen del problema.
   Además, en lo que respecta a nuestras cualidades personales, yo constataba que éramos igual de brutos que el resto de la gente de la comarca, e igual de ricos -más bien, igual de pobres-, así que, a primera vista, no evidenciaba ningún agente externo que justificara la abundancia de afectos a la soltería que había en el pueblo.  

   Al no existir una causa evidente que, desde un punto de vista científico, pudiera justificar la tremenda desproporción existente entre solteros y solteras que había en el pueblo -mientras que el número de solteras se ajustaba a la media, el índice de solteros era excesivamente alto- empecé a sospechar que estábamos ante un fenómeno sobrenatural que escapaba a mi entendimiento ¿Existía alguna fuerza oculta en el ambiente que impedía a los mozos del pueblo emparejarse debidamente? ¿Acaso se trataba de una maldición divina?
   Si las mozas del lugar, siendo igual de guapas que las de los pueblos vecinos, acababan casi todas casadas, ya fuera con algún eventual nativo, o con forasteros, ¿por qué muchos de nosotros, con el mismo grado de atractivo que los mozos de los pueblos de nuestro entorno, pasaba el tiempo y seguíamos estando solteros y sin compromiso?
   Evidentemente, esto debía tener una justificación, ya fuera normal o paranormal, que era necesario descubrir. Por suerte, un día, por casualidad, tal como ha ocurrido con otros tantos descubrimientos de la humanidad, pudo resolverse ese misterio.  

   Entre los bares del pueblo, había uno que siempre cerraba más tarde que los demás; esto favorecía  que los clientes adictos a visitar estos establecimientos siempre acabaran recalando. a última hora, en el mismo, antes de dar por finalizada la jornada. Esto ocurría a diario, pero era especialmente notorio los fines de semana; como a esas horas, siempre estaban los mismos personajes, en este lugar; aquello podríamos catalogarlo como “el club de los 

noctámbulos”.
  
   Un sábado por la noche, aunque no pertenecíamos a ese selecto club, un amigo y yo nos habíamos entretenido un poco más de lo habitual y, circunstancialmente, estábamos en dicho bar entremezclados con los parroquianos habituales.
   Mi compañero, aquel día, estaba muy contento ya que celebraba su cumpleaños, y aún no tenía ganas de irse para casa. Éste era el motivo de que aún estuviéramos en aquel lugar, aquel día a aquella hora.
   En un momento dado, la dueña del bar levantó la voz y nos dijo a todos.

-     ¡Acabad lo que estéis bebiendo e id pagando, porque vamos a cerrar!

Supuse que aquel debía ser el de primer aviso de otros que vendrían a continuación, pues todos siguieron bebiendo y hablando sin hacer caso alguno al requerimiento. En aquel momento, debíamos estar en el establecimiento de doce a quince personas y Silvio, mi acompañante -no es su auténtico nombre- insistió en pagar, ya que era su celebración, y me dijo.

-     Vámonos, no sea que se enfade la *******, que era la dueña del local, salga con la escoba y nos barra los pies. A mí, me da igual; al fin y al cabo, ya estoy casado y no me va a pasar nada, pero a ti, como te barra los pies, no vas a poder casarte nunca.

Las palabras de Silvio me dejaron muy sorprendido. Era la primera noticia que tenía yo sobre este hecho y, además, eso lo explicaba todo. Si según la tradición, cuando una mujer le barre los pies a un hombre soltero, este ya no va a poder casarse;  estaba muy claro lo que estaba ocurriendo allí ¡¡¡esa era la causa de que en el pueblo hubiera tal caterva de solteros!!!.
A la mayoría de los hombres, que había en ese momento en el bar, les habían barrido...no una, sino muchas veces los pies; luego, no cabía la menor duda de que los pobres, sin saberlo, eran víctimas de “La leyenda de la escoba” -olvidaba decir que la mayoría de los allí presentes estaban  solteros-.

Pasado un cuarto de hora, la dueña del negocio, una vez que se aseguró que todos habíamos pagado nuestras consumiciones, al ver que la gente se resistía a abandonar el local, dejó su lugar tras la barra y salió al “terreno enemigo”, donde estábamos los clientes. Una vez allí, a modo de segundo aviso, abrió la puerta de la calle de par en par y, a continuación, con mucha energía, empezó a barrer el suelo del local comenzando en el lado de la barra, ¡entre los pies de los clientes!, obligándonos así a alejarnos se de la misma y acercarnos a la puerta.
 Haciendo memoria de aquella noche, no estoy totalmente seguro de si la dueña del bar llegó o no a barrerme los pies a mí; aunque sospecho que no llegó a hacerlo…como estoy casado.

domingo, 17 de febrero de 2019


Man in the rain


   Los pueblos del oeste salmantino siempre han estado, y siguen estándolo, abandonados por las distintas administraciones, sin importar el régimen político existente en cada momento: monarquía o república, dictadura o democracia…, todos nuestros gobernantes, desde siempre, han debido pensar que somos ciudadanos de segunda categoría, y, por ello, los servicios públicos y estructuras necesarias para poder vivir en condiciones dignas: la luz eléctrica, teléfono, carreteras, ferrocarril, internet, concentraciones parcelarias… , cuando llegaron a estos lares, lo hicieron con importantes retrasos respeto a otras zonas del país.  

   Sólo en una ocasión, el gobierno de turno decidió que fuésemos los primeros en algo -para eso sí se acordaron de nosotros- La línea férrea que cruzaba nuestra comarca, uniendo La Fuente de San Esteban con  Barca d´Alva, fue una de las primeras, en toda España,  en ser suprimida;  concretamente, el 1 de enero de 1985 dejaron de circular los trenes por la misma, porque Renfe había decidido concentrar el empleo de sus recursos en otros lados (estaba a punto de construirse el AVE entre Madrid y Sevilla).
   Es lo que tiene vivir en zonas periféricas, lejos de todo, tanto de la  capital de la provincia, como de la autonómica y la de la nación. 

   Si pretendemos buscar ejemplos de este abandono secular, sobran por todos los lados; uno de éstos, lo constituyen el alcantarillado y pavimentación de las calles de nuestros pueblos.
   En la actualidad, cuando damos un paseo en cualquier municipio de la zona, podemos ver que el suelo de las calles está convenientemente recubierto  con cemento o alquitrán, pero esto no siempre fue así. Mientras que en nuestra comarca, la pavimentación de las calles no empezó a ser una realidad hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX;  en otros lugares de la geografía nacional, regional, e incluso provincial, ésta, ya había sido realizada con bastante anterioridad.
   Una vez que se inició el adecentamiento de las vía públicas, el proceso en ningún caso fue ágil. Era muy común que, en los planes provinciales de obras de la Diputación, cada año saliera aprobado, únicamente, el arreglo de una o  dos calles en cada lugar; tal dejadez, motivó que, en la mayor parte de los casos, pasaran bastantes años hasta que pudo completarse el proceso.
   Aunque tarde, gracias a ello, podemos decir que hoy día, cuando apenas queda gente para deambular por los paseos, plazas y  avenidas de los pueblos, cuando más despoblados están, es cuando mejor pavimentación tienen.

  Antes de que nuestras calles estuvieran debidamente pavimentadas, el piso de las calzadas era de tierra; de modo que, cuando llovía, en algunos sitios, se formaban unos barrizales tremendos que se mantenían, prácticamente, a lo largo de todo el invierno, dando lugar a que, durante largas temporadas, muchas
Unos barrizales tremendos
zonas, en las calles y plazas,  estuvieran prácticamente intransitables debido al barro, así que era muy común que el calzado preferido por la gente, para desplazarse por el pueblo, sobre todo los días de lluvia, fuesen las botas de agua -de caucho y de de caña alta-; las únicas que, a pesar de su incomodidad, permitían a la gente cruzar aquellos lodazales sin mojarse los pies.
   Cada vez que el “dios de la lluvia” lloraba sobre nuestra comarca y los habitantes de cada casa llegábamos a nuestro hogar, tras cruzar aquellos fangales, al franquear la puerta, o incluso antes de hacerlo, nos cambiábamos de calzado para evitar manchar con nuestras pisadas el suelo.  
   A veces, el problema surgía cuando una persona, hombre, mujer o niño, llegaba a algún domicilio ajeno con las susodichas botas llenas de barro. En estos casos,  solía ser considerado/a y permanecía en la puerta de la calle, sin traspasar el umbral de la misma, intentando resolver desde allí el asunto que le hubiera llevado hasta la casa; pero siempre había excepciones, gente descuidada que entraba en los domicilios dejando en el suelo las huellas de sus pisadas, algo que enfadaba mucho a la dueña del lugar, que se veía obligada a fregar el piso, para quitar el rastro que había dejado el inoportuno visitante.

 -Nota antropológica: Antes, era muy común que en el recibidor de las casas, los dueños, como muestra de hospitalidad,  colocasen una placa, casi siempre de cerámica, dirigida a los forasteros, que ponía “Bienvenido”. Se comenta que muchos de estos letreros  fueron retirados un día de lluvia, tras la inoportuna visita de algún hombre o mujer que había dejado manchado el suelo con el barro de la calle, al considerar el ama de la casa que, de allí en adelante, no todo el mundo podía ser bienvenido-

   A comienzos de la década de 1970, en nuestra comarca, todavía había bastantes pueblos cuyas calles aún tenían el piso de tierra; eran unos tiempos en los que la gente que vivía del campo lo hacía en un ambiente donde todo era superlativo: se trabajaba muchísimo y se ganaba poquísimo; por ello, en la mayoría de las familias, los padres, si era factible, querían que los hijos estudiasen  para que buscaran su futuro laboral en profesiones ajenas a la agricultura y ganadería.

   En esa época, en un pueblo de nuestra comarca, vivía una mujer: Dulce Nombre de María (vamos a dejarlo en Dulcenombre) con su marido, tenían tres hijas y la mayor estaba estudiando Filología Inglesa en la Universidad . En aquella época, estudiar esa carrera era una rareza ya que, en los colegios e institutos, casi todos los alumnos estudiaban francés como lengua extranjera -el boom de estudiar  inglés llegaría mucho más adelante-

   Un contemporáneo suyo era Críspulo “el Guapo”. Este hombre, vivía en otro municipio y era un pedigüeño muy conocido por la gente de la comarca.
   Si un indigente es aquella persona que carece de lo necesario para vivir; él, no reunía criterios para ser considerado como tal. Tenía casa en su pueblo, una buena huerta y, también, hacía trabajos eventualmente para el ayuntamiento; además, como era soltero y carecía de cargas familiares,  podemos afirmar que contaba con   medios suficientes para vivir holgadamente.
  Este hombre, había aprendido que se saca más de pedir que de dar y se pasaba el día pidiendo  dinero a los paisanos de la comarca; como no era un indigente al uso, realmente, habría que catalogarlo como un auténtico caradura.
   Hoy día, son multitud las personas, especialmente en las ciudades, que, formando parte del paisaje urbano, se pasan el día pidiendo dinero a los ciudadanos, con cualquier excusa. Ellos los consideran  “una profesión” donde el “material de trabajo” somos nosotros, aunque no jugamos un papel de benefactores -no nos engañemos-, sino de víctimas.
   Críspulo, como ya dominaba “este arte” a la perfección, hace mas de 40 años, podríamos considerarlo un auténtico adelantado del gremio.   

   Es sabido que donde hay gente hay negocio, así que él, con buen criterio “mercantil”, frecuentaba los sitios donde había concentraciones de personas, siendo habitual verle los martes en Vitigudino, ya que era día de mercado;  si había fiesta en un pueblo, a ella nunca faltaba este hombre; cuando se enteraba que tenían lugar, en alguno de los pueblos vecinos, celebraciones particulares: bodas, bautizos, comuniones, e incluso entierros, allí acudía también Críspulo para saludar a los novios, padres, padrinos o  familiares, y, de paso, solicitarles un donativo; mas esto no acababa aquí, ya que su actividad no se reducía a las fiestas y celebraciones. Su “trabajo” lo desarrollaba, de forma continuada, casi todos los días del año.
   Él, usualmente, planificaba su actividad del siguiente modo: como en su pueblo era sobradamente conocido y sus vecinos no le hacían caso alguno, su ámbito de actuación, generalmente, lo desarrollaba en el resto de los pueblos de la comarca -si para las cosas buenas, nadie es “profeta en su tierra”, para estas, que de buenas tienen poco,  menos aún-
   Subía al coche de línea que, procedente de la ciudad, pasaba por su pueblo, y desde allí se  desplazaba a los distintos lugares de la comarca por los que éste realizaba su recorrido;  permanecía unas horas en el municipio que hubiera elegido aquel día, y, cuando el autobús hacía el recorrido de vuelta, lo cogía de nuevo, regresando a su pueblo con la “satisfacción del deber cumplido”. Otras veces hacía auto stop, pero tenía poco éxito ya que los conductores al verle, en vez de parar, aceleraban el coche para perderle de vista lo antes posible.
   El muy pícaro, como era muy vocacional, no perdía tiempo alguno en su labor; así que una vez que subía la autobús, comenzaba allí mismo la faena pidiendo dinero a los viajeros que aquel día habían tenido la mala suerte de viajar con aquel inoportuno compañero de viaje; no se libraba ni el conductor del autobús. Cosa bien distinta es que éste y los viajeros respondieran a sus requerimientos. Es bien conocido por todos que, ante “el vicio de pedir, existe la virtud de no dar”, y, en su camino, encontraba muchos “virtuosos” que se negaban a darle algo a aquel perillán.  

   La buena gente de los pueblos, a pesar de todo, se preocupaba por él y, con frecuencia, le ofrecían alimentos que casi nunca aceptaba, a no ser que fuera mediodía, estuviera en otro pueblo y tuviera hambre en ese momento. En cambio, las invitaciones a tomar vino en los bares, nunca las rechazaba.
  Si es verdad que son necesarias 10.000 horas de trabajo, en cualquier actividad,  para ser considerado un experto en la misma, Críspulo ya hacía tiempo que había sobrepasado la excelencia, ya que eran muchos los años que llevaba dedicado al asunto del petitorio.   
  Era todo un profesional “en su oficio” y, como hacen los altos ejecutivos, administraba perfectamente su tiempo y planificaba muy bien la tarea, de modo que, a la hora de ejercer su labor, seguía unos itinerarios preestablecidos, con el correspondiente calendario de visitas, por los distintos pueblos. En ellos aparecía con una periodicidad determinada: semanal, bisemanal, mensual… y, cuando llegaba a los distintos lugares, incluso ya tenía un recorrido marcado, visitando, únicamente, los domicilios de la gente donde sabía que podía obtener algo.  
   En todos los sitios hay gente generosa, predispuesta a dar limosna, y él, que sabía quienes eran los benefactores de cada lugar, siempre iba a verles -vamos, que no se libraban de su visita- .
   En el polo opuesto está la gente “del puño cerrado”, aquella a la que, por mucho que se le insista, no sueltan ni un céntimo; lógicamente, a las casas de estas personas nunca se acercaba evitando así gastar energía inútilmente; no obstante, como buen “currante” que era,  todo aquel que se cruzara en  la calle con Críspulo “el Guapo”, sin importar el lugar, ni la hora, era susceptible de ser abordado por nuestro personaje.  

  Los días que se acercaba al pueblo de Dulcenombre, a veces pasaba por su casa. El coche de línea  llegaba a ese lugar un poco antes del mediodía y, una vez allí, el hombre procedía a realizar su recorrido habitual. Como el autobús, para regresar a su lugar de origen, tenía que cogerlo a las tres; la hora de la comida, en aquel pueblo, siempre le pillaba en plena “jornada laboral”.
  Dulcenombre, que entraba en la categoría de gente bondadosa, formaba parte de la “cartera de clientes” de Críspulo, así que la casa de esta mujer era uno de los sitios donde sabía que, si pasaba por allí, había altas probabilidades de obtener algo; ella nunca le daba dinero, pero siempre salía con un buen bocadillo para comer aquel día.

  Cuando alguien llega a una casa y encuentra la puerta cerrada, lo correcto es llamar al timbre o al picaporte y esperar a que el dueño/a salga a recibirle; sin embargo, el modus operandi de nuestro sacacuartos, cuando llegaba a un domicilio, no era llamar y esperar como hacemos el resto de los  mortales. Críspulo, como en los pueblos las puerta de las casas, habitualmente, no están cerradas con llave durante el día, empujaba la puerta, entraba sin llamar y, sin pedir permiso alguno, pasaba directamente hasta la cocina.
   Aunque era un auténtico sinvergüenza, él no robaba, todo hay que decirlo; pero los sustos que les daba a las mujeres, cuando entraba de esta forma en sus casas, eran bastante considerables.
 
   Nuestro pedigüeño, durante el invierno, habitualmente, calzaba las consabidas botas de agua para poder caminar por las calles embarradas; vestía unos pantalones de pana muy gastados que tuvieron sus mejores tiempos quizá una década atrás; se cubría con un grueso chaquetón que originalmente no debió ser suyo sino de alguien más alto, producto de alguna donación, ya que le quedaba fatal (era tan largo que le llegaba hasta las rodillas); siempe iba con barba de varios días y tapaba su cabeza con una gorra campera, gastadísima, calada hasta las orejas.
   Era el prototipo del desaliño, cosa que a él le traía sin cuidado y que le había valido el apodo de “el Guapo”.
  
   Un día, Críspulo fue a realizar su “tarea” al pueblo de Dulcenombre; había estado lloviendo los días previos, y aquella mañana seguía cayendo una lluvia fina sobre los campos y casas, purificando el ambiente.
   En aquella época, sólo unas pocas calles del pueblo estaban debidamente pavimentadas, así que el resto de ellas, como no lo estaban, con la lluvia estaban muy embarradas
  -Se dice que cuando llueve, los puercos se lavan y los hombres se empuercan, una expresión que, seguramente, debió orrurírsele a alguien un día de lluvia en medio de un barrizal-.
   Para él, los días de lluvia no eran el mejor escenario para “trabajar” ya que las calles estaban poco transitadas y apenas encontraba “clientes” en ellas. El plan establecido, en estos casos, consistía en refugiarse en los bares y, cuando dejaba de llover, se daba una vuelta por “las casas de confianza” donde sabía que siempre le daban algo.
  
   Eran las navidades y la hija mayor de Dulcenombre, la universitaria, estaba en el pueblo de vacaciones; se encontraba en una salita de la casa con sus hermanas pequeñas; estaba estudiando  inglés y, en un momento dado, a través de la ventana, vio pasar a Críspulo calle arriba.
  Como estaba lloviznando -los comarcanos decimos pingoteando-, y apenas andaba nadie por la vía pública, le hizo gracia ver a aquel hombre que, a pesar de la lluvia, sin paraguas ni chubasquero, había decidido ir a su pueblo aquel día, paseándo por la calle.
  Al verle pasar, frente a su casa, les dijo a las hermanas:
-     Mirad: “Man in the rain”.
-     ¿Eso qué significa? . Preguntaron sus dos hermanas, muy interesadas en los conocimientos de inglés de la primogénita -La frase les había sonado muy poética, y no concebían qué tipo de belleza había podido apreciar su hermana mayor en Críspulo “el Guapo”-.
-     Significa “Un hombre en la lluvia” -contestó la hermana- .

Apenas había transcurrido media hora, cuando Críspulo, tras haber visitado otros domicilios, llegó a la puerta de su casa y, siguiendo su costumbre, sin llamar, la empujó, abriéndola y entrando directamente, a través del pasillo, hasta la cocina; donde Dulcenombre estaba acabando de hacer la comida del día.
 Entonces, desde la salita en la que se encontraban, oyeron cómo su madre, muy enfadada, se dirigía al pedigüeño en estos términos.

-     ¡¡¡Vamos a ver, Críspulo!!!, ¡Esta mañana, ya he fregado el pasillo dos veces! ¡Como está lloviendo,  no “se me da secado”! ¡Y ahora vienes tú,  con esas botas llenas de barro, y me has puesto todo el pasillo perdido! ¡Esto es el colmo! ¡Mira!, como se te ocurra volver a entrar en esta casa sin llamar, aunque sea verano ¿eh? , en vez de darte un bocadillo, lo que te voy a dar son unos escobazos. ¡Será sinvergüenza este hombre!. ¡Encima que viene a pedir, mira cómo me lo ha puesto todo! ¡Ahora, otra vez que me toca volver a fregar el pasillo!

   Críspulo, permaneció imperturbable ante las palabras de la mujer; los largos años que llevaba en “el oficio” le habían hecho adquirir una gran autodisciplina mental y no se asustaba por cualquier cosa; de modo que, las amenazas por parte de la dueña de la casa, de recibir unos escobazos por haber llenado de barro, con sus pisadas, el suelo del corredor, le dejaron indiferente. Él no veía que eso fuera razón suficiente para irse sin más, así que le dijo a Dulcenombre:

-  ¿Por qué no me das algo para el coche de línea?, es que no tengo dinero para volver a mi pueblo.  
-  ¡¡¡Pues te vas caminando!!! Respondió Dulcenombre, que estabe enojadísima. Tengo a mis pobres hijas en la salita, sin dejarlas salir, hasta que se seque el pasillo, y ahora vienes tú, me lo llenas todo de barro y encima quieres que te de dinero…¡esto es inaudito!.
   ¡Lárgate!, que estoy muy enfadada y hoy no voy a darte nada. Tu no eres un necesitado, lo que eres es un sinvergüenza que te aprovechas de la buena voluntad de la gente…de lo tontos que somos los demás.

   Críspulo comprendió que el nivel de enfado, que aquel día tenía Dulcenombre, era excesivamente alto como para esperar recibir nada, así que inició la retirada y dirigió sus pasos hacia la puerta.   
 Las hijas, mientras tanto, al escuchar las voces de la madre, se habían asomado al pasillo para ver si ésta necesitaba ayuda de algún tipo, y Críspulo, al verlas, se puso muy contento y las saludó.

-       Que chicas tan guapas.  ¿Por qué no me dais un beso?
  
   A estas alturas, a Dulcenombre, una mujer que, haciendo honor a su nombre, habitualemnte era muy dulce, ya no le quedaba dulzura alguna y eso fue lo que colmó su paciencia. ¡¡¿Aquel sinvergüenza queriendo que sus hijas le dieran un beso?!! Enarboló la escoba y se dirigió hacia Críspulo con intención de atizarle con ella.

-       ¡Ni se te ocurra tocar a mis hijas!. Avisó la madre, enfurecida.

      Si aquel hombre no se resignaba a salir de la casa sin que le dieran algo, iba a salirse con
  la suya…aunque un escobazo no era, precisamente, lo que él pretendía llevarse.
   El pedigüeño, al ver que la amenaza de la mujer iba en serio, salió de la casa a toda prisa entre la risotadas de las chicas. Entonces la hija mayor, la estudiante de Filología Inglesa, dijo:

-  ¡Madre,! Eres una auténtica superwoman

(“Man in the rain”, es una canción, compuesta por Mike Oldfield, un músico inglés, que alcanzó un gran éxito a finales de la década de  1990. Confieso que, cada vez que la oigo, a quien recuerdo no es a su autor sino a Crispulo, con sus botas de goma, en invierno, recorriendo las calles de mi pueblo, ya que ese hombre y “la Superwoman” son -fueron- personajes reales)

lunes, 21 de enero de 2019


El nuevo San Blas
 

      San Blas, es un santo muy popular; vivió en el siglo IV; fue obispo de Sebaste, una ciudad de Turquía, que por entonces formaba parte del Imperio Romano de Oriente y su festividad se celebra el día 3 de febrero, en Occidente, y el 11 del mismo mes en Oriente; siendo, además, patrón de los otorrinos y protector de los enfermos de garganta.
  La tradición dice que, en este aspecto, se ganó su credibilidad salvando la vida a un niño al que se le había clavado una espina de pescado en la garganta. Entonces, no había 112 al que recurrir, y la gente, ante estos casos, no sabía cómo actuar; afortunadamente, San Blas que, casualmente, pasaba por allí, vio al niño e imagino que milagrosamente - ya que no tenía pinzas, endoscopios ni el instrumental que hoy día necesitan los ORL para estas ocasiones-, se la sacó logrando salvar a la criatura.
  En la época que le tocó vivir a San Blas, no corrían buenos tiempos para los cristianos ya que, entonces, uno de los deportes favoritos de los emperadores romanos consistía en perseguirlos, una actividad en la que pusieron bastante empeño; se describen diez grandes persecuciones romanas contra el Cristianismo siendo, cada una de ellas, denominada con el nombre del emperador que la decretó.
   San Blas, tuvo mala suerte pues le cogió la última de ellas, la de Diocleciano y fue decapitado; era éste, un método muy común que utilizaban los romanos de entonces; aunque ellos decían que, en realidad, lo único que pretendían, con él, era curar la caspa del cuero cabelludo a la gente de un modo eficaz, realmente lo usaban para acabar con disidentes como ocurrió con San Blas que era un cristiano muy destacado, pasando así, el pobre, a engrosar la lista de mártires de la Iglesia. 
  En el santoral, como en todos los gremios, hay rangos; dentro de estos, podemos afirmar que el santo es de categoría superior ya que, tras su martirio, alcanzó un gran renombre y la devoción hacia el mismo se extendió rápidamente; concretamente, en España, son incontables los lugares que lo tienen como patrón.
  
   Cuando llega la festividad del santo, es corriente encontrar en las calles, así como en las iglesias y ermitas con advocación al mismo, vendedores de gargantillas -unos cordones que deben haber sido previamente bendecidos-.
   Si queremos evitar tener males en la garganta, ese día, es recomendable adquirir una de estas
Gargantilla de San Blas
gargantillas, colocarla alrededor del cuello y  mantenerla hasta el miércoles de ceniza; ese día, una vez que nos la quitamos, debemos quemarla.
  Si seguimos estas recomendaciones, al pie de la letra, estaremos protegidos durante todo el año de las enfermedades de la garganta -Un aviso: la gargantilla, aunque es bastante eficaz, no lo es al 100%; por ello, si alguien tiene dudas, entre vacunarse o no de la gripe, que no dude en hacerlo. Al santo no le va a sentar mal esta falta de fe- 

   Volviendo a San Blas, esto ocurrió una vez en un pueblo donde era su patrón. Un año, al ir a sacar la imagen de la iglesia para hacer la romería, resulta que estaba muy deteriorada, ya que era muy antigua, y, al intentar moverla, se les estropeó del todo no pudiendo hacer la procesión -está visto que el paso del tiempo no respeta a nadie, ni a las personas  ni a los santos-
   Entonces, los parroquianos, como le tenían mucha devoción al santo, decidieron que había que hacer una nueva imagen; así que el cura del pueblo, tras organizar una colecta entre los vecinos, contactó con un escultor para que éste les hiciese un San Blas nuevo. 

   El tío Ardano, un hombre de ese lugar, en un prado había cortado un árbol con un tronco estupendo, largo y grueso, para hacer un pesebre. Cuando el imaginero se acercó al pueblo para ajustar con el cura el trabajo que iba a realizar, vio aquel árbol, le gustó mucho, y le pidió a su dueño una porción del tronco para hacer la imagen del santo, petición a la que el tío Ardano accedió gustoso. 
    El escultor, con paciencia y buen oficio, fue tallando la madera y, pasado un tiempo, consiguió que el tronco acabara convertido en un magnífico San Blas. Tras los últimos retoques, una vez que estuvo pintada la imagen, dio su trabajo por concluido y quedó un día con el cura del pueblo para entregar el encargo.  
  Era la última semana de enero y, como faltaban tan solo unos días para la fiesta del santo, el párroco decidió dejar la imagen colocada en la iglesia, en su capilla, pero cubierta con una tela. Esperaría a
Ermita de San Blas (Cáceres)
que fuera el día de San Blas para bendecirla y presentarla a los feligreses.
   
  El hecho de que estuviera ya el santo en la iglesia del pueblo, y no poder verlo por estar tapado, despertó una enorme curiosidad entre los feligreses que estaban deseando ver el trabajo efectuado por el imaginero; así que el día de la fiesta, la iglesia estaba llena de gente. 
   El nuevo San Blas, ya sin tela que lo ocultara, con su báculo y mitra -no olvidemos que era obispo-
ese día no estaba en su capilla, sino en la parte delantera de la iglesia, colocado en unas andas para ser sacado en procesión, así que antes de comenzar la misa, la gente fue acercándose a la nueva imagen para verla de cerca.

   El tío Ardano, que había decidido quedarse el último para poder ver la imagen detenidamente, una vez que se acercó, la estudió con gran atención; dio dos vueltas alrededor de la misma, admirando el trabajo realizado por el escultor, y se dirigió al santo en estos términos:
- Bendito seas San Blas, aunque sé de dónde vienes: Eres hermano del pesebre de mi burro.

  (Este es un cuento popular, muy conocido, que me contaron en mi pueblo. Como los cuentos y leyendas a veces están basados en hechos reales, un día, aprovechando que San Blas es el patrón de Corporario, pregunté a alguien de allí si esto pudo haber ocurrido en ese pueblo. Mi informante, muy enfadada, contestó que su santo no es hermano de pesebre alguno).

miércoles, 19 de diciembre de 2018


Unas navidades inolvidables

   El frío era intenso aquella noche del 24 de diciembre y el reloj del ayuntamiento acababa de dar once campanadas, una hora en la que todas las familias se encontraban reunidas en torno a la mesa dando buena cuenta de la opípara cena que, para la Nochebuena, se prepara en todas las casas; por lo que resultaba sumamente extraño ver pasear por las solitarias calles del pueblo a aquel hombre.
  
   Fidencio, vamos a llamarle así, iba calle abajo, caminando muy despacio, paró un momento para encender un cigarro y a continuación lo acercó a los labios mientras miraba a lo lejos sin fijar  su mirada en nada concreto, mientras recordaba lo que había ocurrido en su casa, aquella noche tan entrañable y llena de emociones, haciendo balance de cómo había resultado la cena de Nochebuena que, con tanta ilusión, habían preparado, él y su mujer, para toda su familia. Se había propuesto que aquella noche fuera especial, y ¡vaya si lo había conseguido! Todos iban a guardar un recuerdo imborrable de aquella fecha.  
   Era un hombre muy ordenado, le gustaba planificar todo al detalle, sin dejar nada al azar, y la organización de la cena, que acababa de vivir, había empezado a gestarse con varias semanas de antelación a la llegada esta fiesta.    
  
   Para la Iglesia Católica, los prolegómenos de la Navidad comienzan con el Adviento; un tiempo litúrgico durante el cual los cristianos nos preparamos (o deberíamos hacerlo) espiritualmente para la Natividad de Jesús.
   El tiempo de Adviento, comprende los cuatro domingos previos al día de Navidad y su duración no es fija, oscila entre 22 y 28 días. Cada año, al llegar estas fechas, si queramos localizar el primero de estos domingos, podemos comprobar que, indefectiblemente, siempre se corresponde con el más próximo a San Andrés, (30 de noviembre), y, dependiendo de los años, puede estar situado entre el 27 de noviembre y el 3 de diciembre.
   Si prescindimos del ámbito religioso, la verdad es que no encontramos una fecha concreta que sirva para indicarnos que ya estamos en los preámbulos de la navidad. El primer aviso, suelen darlo las administraciones de lotería que comienzan a ofrecer sus números, para el sorteo de navidad, en pleno verano; las agencias de viajes, apenas ha finalizado el período estival, lanzan sus ofertas para viajar durante los últimos días del año; los productos navideños comienzan a aparecer en las estanterías de los supermercados en octubre; los operarios municipales, o empresas concesionarias, se afanan en colocar las luces para el alumbrado navideño de las calles, en noviembre… En fin, que desde varios meses antes, de la llegada de estas celebraciones, estamos recibiendo, continuamente, avisos desde  todos los sectores, recordándonos que la navidad está al caer; no sea que se nos olvide y, una vez lleguemos a ella, nos pase desapercibida.
  
   Los sentimientos que despiertan estas fiestas, en la gente, son muy diversos. En uno de los extremos están aquellos a quienes la llegada de las navidades les hace una tremenda ilusión, pues en ellos aún subyace la sensación de felicidad que sentíamos de niños, con la parafernalia asociada a estas fiestas; en cambio, en el polo opuesto se encuentran los que desearían cerrar los ojos, dormirse el 23 de
Alumbrado de Navidad
diciembre -vamos a dejarles despiertos el 22 por si les toca la lotería-, y despertarse el días 8 de enero, evitando así tener que vivir estas fechas de consumo compulsivo que parecen estar hechas a medida de los grandes almacenes, fábricas de juguetes, turrones y colonias; embotelladoras de cavas y “champanes”; telefonía… , y no de las personas normales, cuyas pagas extras se quedan cada vez más exiguas a la hora de afrontar lo que se nos viene encima.
  
   Fidencio, era una de las personas a quienes la celebración de las navidades despertaba sentimientos positivos y, al llegar estas fechas, sentía mucha nostalgia evocando la alegría que él sentía en la infancia, aunque ésta ya había quedado bastante lejana. Acababa de superar los setenta años, la salud le había respetado bastante y, tras haber desarrollado su vida laboral en la ciudad, tal como hacen las aves migratorias todos los años, que regresan a sus nidos tras pasar el invierno en África, al alcanzar su jubilación había decidido volver a vivir al pueblo con su esposa, Domitila -“La Domi”, como él, cariñosamente,  la llamaba-.
   Tenían dos hijas que eran mellizas bivitelinas, un término que emplean los médicos para definir a los hermanos nacidos en el mismo parto, cuyo parecido físico, entre sí, sólo es similar al que pueden tener con el resto de los hermanos; desde el momento del nacimiento, habían sido siempre el principal motivo de preocupación y de alegría, tanto de él como de su mujer, y estaban estrechamente unidos a ellas.  
   Los hermanos mellizos, tienen la siguiente particularidad: o se quieren mucho, o no se aguantan, no hay términos medios; ellas, por suerte, pertenecían al primer grupo y siempre se habían llevado muy bien; habían recibido la misma educación en los mismos colegios, habían compartido los mismos amigos… Sus vidas habían transcurrido siempre tan paralelas que, incluso a la hora del noviazgo, ambas se habían emparejado con dos chicos que, a su vez, eran amigos entre sí, y, a la vez, socios de un negocio.
   Los casamientos de las dos hermanas se habían realizado con tan sólo dos meses de diferencia y aunque los ahorros de los padres, Fidencio y Domitila, prácticamente, habían desaparecido tras las bodas; al verlas tan ilusionadas y felices, el dinero gastado lo dieron por bien empleado.
   Tras los casamientos, todo había ido muy bien; los amigos-cuñados-socios mantenían una estupenda relación entre sí y las dos hermanas estaban encantadas por la suerte que les había deparado el destino; mas al poco tiempo, el negocio de los socios-cuñados empezó a ir mal, las ganancias cada vez eran menores, y empezaron los problemas.
   Cuando un negocio no marcha bien, casi nunca es debido a una causa concreta, suelen concurrir varias; pero los dos cuñados, cada vez más angustiados por las estrecheces económicas, empezaron a culparse mutuamente del mal funcionamiento de la empresa, el descalabro empresarial siguió su curso y aquello acabó como el Rosario de la Aurora: la empresa cerró y ambos socios dejaron de hablarse. De socios-amigos-cuñados, pasaron a ser, únicamente, cuñados y mal avenidos.
   El efecto secundario que esto acarreó, fue que sus consortes, las hermanas mellizas, aunque sí se hablaban, acabaron distanciándose y esto disgustó mucho a sus padres.
   Fidencio, era un hombre afable, muy buena gente, como se dice vulgarmente, y para él era inconcebible que sus dos yernos, anteriormente tan amigos, hubiesen llegado a tal grado de enemistad.
Si el problema se ciñera exclusivamente a ellos dos, podían darle por saco a ambos -pensaba el suegro- lo que realmente le preocupaba era que la buena relación, que siempre habían mantenido sus hijas, hubiera empeorado tan ostensiblemente; ya que, aunque seguían llevándose bien, ese ambiente fraternal, de plena confianza, que habían mantenido desde que su más tierna infancia, había desaparecido a raíz de los problemas entre sus respectivos cónyuges.
   Cuando Fidencio hablaba con sus yernos, veía que el trato era muy correcto, incluso cordial -aunque a la relación entre suegros/as y yernos/nueras no se le puede pedir la excelencia, la que él mantenía con los maridos de sus hijas era  bastante buena- , así que llegó a la conclusión de que, si ambos eran buenas personas, lo único que se necesitaba, para reconducir la situación y superar sus desavenencias, pasaba porque ambos “enemigos” mantuvieran entre sí una charla sincera y clarificadora.
   Estaba plenamente convencido de que el problema personal, surgido a consecuencia del cierre del negocio, debió haber sido ocasionado por algún malentendido, ya que, si eran socios en la empresa al 50%, y ésta había fracasado, en ese aspecto, tan culpable era el uno como el otro. Pensaba que, si un día eran capaces de reconocerlo así, a partir de ese momento sería fácil solventar la situación, desaparecerían sus desavenencias, volverían a ser amigos y sus hijas podrían recuperar la óptima relación que siempre habían mantenido desde niñas.
   Como entre ellos no se hablaban, si quería que se reconciliaran, era imprescindible que lo hicieran, así que pensó que era necesaria la presencia de un consejero, una especie de intermediario que gozara de la confianza de los dos, capaz de mantener un equilibrio entre ambas partes, ¿y quién mejor que él, que era tan suegro del uno como del otro, para tal menester? 
   Sus dos hijas, y los cuñados enemistados, vivían en la ciudad; la Nochebuena estaba ya a unas semanas vista y Fidencio consideró que, si en esa fecha es habitual que las familias, por tradición, se reúnen en torno a la mesa, aquella era la ocasión perfecta para llevar a cabo su idea. Además, el espíritu navideño, que estos días impregna el ambiente, jugaría a su favor y favorecería sus propósitos. Plenamente convencido de que si lograba que ambos cuñados se sentaran a la misma mesa, y él actuaba de intermediario, todo iba a arreglarse y volvería a reinar la concordia en la familia, decidido a ejecutar el plan, habló con “Domi” y le dijo lo siguiente:

-       He pensado, que el Día de Nochebuena deberíamos cenar todos juntos; nuestros yernos no pueden seguir así. Tienen que hacer las paces y volver a ser amigos. ¿Qué culpa tienen nuestras hijas de lo que pasara con el negocio? Ellos ya trabajan, cada uno en un sitio distinto, y ya no tienen intereses en común, así que, en ese aspecto, está todo resuelto. Lo único que necesitan es hablar y aclarar sus diferencias. Los dos son buenos chicos y tienen que volver a entenderse. Creo que esa noche es una ocasión perfecta para encontrarnos todos y normalizar la situación.

-     No sabes lo que me gustaría que se reconciliaran y volvieran a ser amigos - respondió la mujer -. Te aseguro que lo deseo más que nadie, pero no es una buena idea Fidencio. Raquel y Ana - que eran las hijas-, dicen que por ahora lo ven imposible; nosotros, además, no somos sus padres, sólo los suegros y si la cosa sale mal, que es lo previsible, encima nos van a coger una manía tremenda.  
        Del tema de la Nochebuena y Navidad, aunque aún falta mucho, ya he hablado con nuestras hijas y las dos coinciden en que hay que evitar que estén juntos. Los dos matrimonios, por supuesto que vendrán a vernos, pero por separado…una pareja cenará con nosotros en Nochebuena, y la otra vendrá a comer el día de Navidad.

       Estas explicaciones, a Fidencio no le gustaron nada, ya que eso suponía no poder llevar a cabo su plan, por lo que le insistió a Domi:

-     Pues habla con ellas de nuevo. Tienen que estar todos aquí en Nochebuena. Puedes decírselo sólo a ellas, y, si es necesario, que los engañen y no sepan nada hasta que se encuentren aquí en pueblo, en nuestra casa. Cuando vengan, en primer lugar, hablaré con los dos por separado y después lo hacemos los tres juntos; al fin y al cabo, ellos conmigo no tienen nada.  Ya verás cómo consigo que esa noche se reconcilien…yo no lo veo tan difícil. Estoy convencido de que este año vamos a vivir unas navidades inolvidables.

-     ¡Tú estás tonto! -contestó la esposa enfadada-. ¡Cómo van a traerlos engañados! ¿Quieres apagar el fuego echándole más leña? ¡Pero a qué cazurro se le puede ocurrir eso! Con razón decía tu madre que eras el más tonto de todos sus hijos.

-     ¿Cómo iba a decir mi madre eso de mí? -respondió Fidencio sorprendido- ¡Pero si yo era hijo único!

-     ¿No ves cómo tu madre tenía toda la razón? -contestó Domi con ironía. Mira -continuó ella diciendo-, hablaré de nuevo con las dos, e insistiré…por eso no te preocupes. Yo tengo tanto o más interés que tú en que todo se solucione, pero hay cosas que llevan su tiempo. Siempre se ha dicho que los peores enemigos son los amigos más próximos, porque son los que más saben de ti, y nuestros yernos estaban próximos antes como amigos, y ahora lo siguen estando pero como enemigos;  por eso veo muy difícil que ellos acepten venir, a pesar de que ellas se lo pidan.   

-     Tú insístele a las dos , dijo Fidencio. Que no quería renunciar a su proyecto de reconciliar a sus yernos el Día de Nochebuena.  

   Domitila habló por teléfono varias veces con sus hijas, para que intentaran convencer a las respectivos esposos de que sus suegros estaban muy ilusionados en que hicieran la cena de Nochebuena todos juntos…pero sin trampa alguna; ambas partes lo harían sabiendo que iban a compartir mantel con “el enemigo”, aunque éste estuviera en el lado opuesto de la mesa y no quisiera dirigirle la palabra durante la cena.  
   Ninguno de los matrimonios tenía hijos aún, así que a la pretendida “conferencia de paz” sólo asistirían los seis.

 Si hubiera sido la ONU, la encargada de organizar aquella cena, seguramente, nunca se hubiera celebrado; pero Domi era mucho más eficiente que este organismo, a veces tan inútil, y, tras numerosas conversaciones telefónicas con los aliados (las hijas), en un derroche de alta diplomacia, tras duras y laboriosas negociaciones entre todas las partes, por fin se llegó a un acuerdo de mínimos.
   Para conseguir que ambos contendientes accedieran a sentarse a la misma mesa, el Día de Nochebuena, fue necesario elaborar “unos estatutos”, con el fin de  evitar puntos de fricción, que todos tuvieron que aprobar:  

   El encuentro se reduciría a la cena y ninguno de los adversarios iba a permanecer en ella más allá de los postres; no habría sobremesa, porque ninguna de las partes estaba dispuesta a que el encuentro se prolongara más allá de lo recomendable.
   Comenzaría a las 22 horas y ambos antagonistas llegarían al evento tan solo unos momentos antes de su inicio; como es sabido que la falta de puntualidad, con frecuencia, es fuente de conflicto, ésta debería ser exquisita. Si se considera que vendrían al pueblo, desde la ciudad, se acordó que sólo se tolerarían demoras no superiores a los 15 minutos. El que tardara más en llegar, pasaría a ser tachado de impuntual por todos los asistentes; en cambio, el puntual tendría libertad para volverse a la ciudad sin quedarse a cenar y sin tener que dar explicación alguna.
   La cena tendría un tiempo límite de duración, de modo que ninguno de los matrimonios invitados estaba obligado a prolongar la estancia, en el hogar de los suegros, más allá de las 24 horas, sin posibilidad de prórroga, ambos regresarían a dormir a la ciudad, a sus respectivas casas; los suegros, a su vez, habían adquirido el compromiso de que en ningún momento se pondrían pesados, incitándoles a permanecer más tiempo del acordado en el “campo de maniobras” -en la mesa-.  
   Los asistentes acudirían vestidos de forma informal, con ropa cómoda, evitando ir elegantes para que no hubiese rivalidades respecto a calidad de la ropa, accesorios, joyas…
   Respecto a los alimentos, hubo arduas negociaciones para su elección -al fin y al cabo, se trataba de una cena-. Una vez descartado el pescado como plato estrella, tras decantarse por la carne, unos y otros fueron exponiendo sus preferencias y acabaron siendo rechazados, sucesivamente, pavo,  capón, lechazo, cochinillo, ternera…, por suerte, al final, hubo consenso resultando elegido el cabrito al horno -aquel año había poca oferta de cabritos, y Fidencio tuvo que recorrer varios pueblos hasta que pudo hacerse con uno. Mas, como era para una buena causa, se tomó con mucha deportividad el esfuerzo realizado- Tanto el cabrito, como el resto de los alimentos, incluidos los mariscos, postres, bebidas… todo ello, correría a cargo de los anfitriones; ninguno de los invitados podría aportar nada, para evitar que alguien cayera en la tentación de presumir de que su vino, turrón, mazapán…  era mejor que el del adversario. 
 Los temas de conversación también estaban seleccionados:
 La economía sería un tema tabú; no se podría hablar de trabajos, ni de negocios pasados, presentes o futuros -siempre se ha dicho que no se debe hablar de la cuerda en casa del ahorcado-

 En cuanto al fútbol; aunque no estaría prohibido hablar del tema, se rogaba cierta contención, evitando posiciones extremas, resulta que, aunque ambos cuñados coincidían en ser, los dos, hinchas del Real Madrid,  Fidencio -aún nadie ha logrado saber por qué- lo era del Barcelona.
 Los dos cuñados, aunque católicos, eran poco practicantes; por lo que se acordó también que no se hablaría de religión. No habría la más mínima insinuación para ir a la Misa del Gallo y estaría totalmente prohibido cantar y poner música ambiental, especialmente, villancicos con voces infantiles -si se contravenía alguno de estos apartados, especialmente el de los villancicos infantiles, cualquiera de los asistentes tendría plena libertad para levantarse de la mesa y largarse de allí sin necesidad de dar explicaciones-
Se sugería hablar del tiempo, de salud y del amor; debiendo evitar preguntar a ninguno de los jóvenes matrimonios ¿para cuándo los hijos?, con el fin de no dar pie a recibir alguna contestación extemporánea.  

Todos estos condicionantes, que habían ido poniendo las dos partes, a lo largo de las “negociaciones previas”; en realidad, eran objeciones que interponían los implicados, con la esperanza de que “el otro”, harto de tanta chorrada, se hartara, se echara para atrás y así suspender el evento; pero como nadie quería ser señalado de boicoteador, el caso es que pasó el tiempo y llegó el día  del encuentro.
 Algo que, semanas atrás, parecía totalmente irrealizable, estaba a punto de suceder.

    El día 24 de diciembre, ya desde la mañana, Domitila estaban bastante nerviosa por lo que se avecinaba. Era bastante pesimista al respecto y pensaba que, aunque en las cenas de nochebuena es típico utilizar el asunto de los cuñados como chiste; la cena de aquella noche, con los yernos-cuñados, no tenía visos de ser nada graciosa, ya que  ninguno de ellos iba a acudir, precisamente, con ganas de contar chistes, sino todo lo contrario.  
   Presionada por su marido, ella había presionado a sus hijas y estas, a su vez, a sus maridos…, allí había demasiada presión y cualquier pequeño detalle podía hacer que estallara todo, así que ella, en su fuero interno, estaba convencida de que aquello iba a ser un auténtico desastre.
Fidencio, en cambio,  se mostraba muy optimista por el resultado que esperaba obtener con su “conferencia de paz”; por fin había llegado el Día de Nochebuena, iban a estar sentados en la misma mesa los dos cuñados-enemigos-yernos, y era la ocasión ideal para que se reconciliaran.
Su plan era hablar, al principio, de banalidades; por supuesto, ajustándose a los “estatutos” negociados para la ocasión, y después abordaría directamente el tema. Incluso ya tenía preparadas las palabras que les iba a dirigir. Estaba plenamente convencido de que, gracias a él, la nochebuena de aquel año iba a resultar inolvidable para toda su familia.

La mañana y la tarde del día discurrieron sin novedad y, cuando llegó la noche, a la hora señalada, todo empezó muy bien pues el tema de la puntualidad se cumplió escrupulosamente. A las 21,50 horas, el coche de la primera pareja estaba aparcando a la puerta de la casa de Fidencio y éste salió a la calle a recibirlos. Tras saludar, efusivamente, a su hija y al marido, como la noche estaba muy fría, mientras ella entraba en la casa, él abrió la cochera para que el yerno guardara en su interior el coche durante la cena. 
Estaban los dos, aún, cerrando la puerta de ésta, y en ese momento vieron llegar el coche de la otra hija con su marido; así que Fidencio se acercó a la ventanilla a hablar con el yerno, que era quien conducía, para decirle que metiera también su ´vehículo en la cochera. Mientras tanto, su hija, que se había bajado del mismo, se acercó a saludarle, vio que el el primer yerno, su cuñado, había permanecido a la puerta de la cochera, mirándolos, y se acercó hasta él para darle dos besos, entrando a continuación en la casa, a saludar a su madre y la hermana.
Fidencio estaba muy complacido con lo que había visto. Su hija había ido a saludar al cuñado “enemigo”, lo cual era una muestra palpable de que la enemistad sólo existía entre ellos y, además, los dos habían sido muy puntuales. Para él, esto era un claro presagio de que todo iba a acabar bien.
Le indicó al yerno que había llegado en segundo lugar, cómo debía meter su automóvil en la cochera, y una vez que lo hizo, al bajarse del mismo, ya en el interior de la misma, se creó una situación bastante tensa: allí estaban ambos cuñados, a dos metros de distancia, mirándose entre sí, muy serios, sin dirigirse una palabra y sin hacer ademán de saludarse.
Al ver la escena, Fidencio decidió que aquello no podía esperar más; era hora de que “el pacificador” comenzara a realizar su cometido. Pensó que, si el problema real era exclusivamente entre hombres, y allí sólo estaban presentes ellos, era el momento idóneo para resolverlo; así que se dirigió a los dos en estos términos:

-        Estaría bien que os saludarais, pero no es necesario. Antes de entrar en casa, quiero deciros que estoy muy contento porque habéis aceptado venir, a sabiendas de que ibais a coincidir los dos. Yo eso lo valoro mucho. Sé que os va a costar mucho ahora, al principio, e imagino que no vais a empezar a hablaros sólo porque yo os lo diga; pero estoy convencido de que, en el futuro, volveréis a llevaros bien y a ser amigos como antes. Sólo os pido que pongáis algo de voluntad los dos.

Ambos yernos escucharon las palabras, que acababa de pronunciar Fidencio, en total silencio -en realidad, ninguno de los dos había abierto la boca desde el momento en que habían coincidido en el lugar-, y uno de ellos contestó:

-        Mira Fidencio, yo he venido por respeto a Domi y a ti, que sois mis suegros, y porque Ana (que era su mujer), me ha insistido mucho…pero olvídate de todo lo demás.

  El otro yerno, tampoco se quedó atrás y le dijo al suegro lo siguiente:
-        A mí me ocurre lo mismo, no quiero que pienses otra cosa.  He venido por vosotros dos, y por la insistencia de Raquel (la otra hija). La quiero mucho, no quería disgustarla y estoy aquí sólo por eso. Lo último que yo hubiera deseado hacer esta noche, sería cenar con el tonto este.

Cuando la palabra tonto salió a relucir, siendo españoles, es fácil suponer lo que ocurrió a continuación. Hubo palabras de grueso calibre por ambas partes, se escucharon voces e incluso intentaron agredirse ambos cuñados. Fidencio, que asistía atónito al intercambio dialéctico, se interpuso entre ellos para que no se alcanzaran y consiguió su objetivo, pues no se alcanzaron; además, la lid quedó muy equilibrada entre ambos ya que el pobre suegro se ganó un puñetazo de cada lado -es sabido que, si te interpones entre dos asnos, siempre acabas recibiendo coces-
Los yernos, al ver que le habían atizado al suegro es cuando se apaciguaron.
Al hombre que buscaba la paz, Fidencio, con los golpes recibidos, súbitamente, debió llegarle la lucidez, estuvo uno sisntantes en silencio sin saber cómo reaccionar, y después explotó; olvidó todo su pacifismo anterior, y tomó también los caminos de la guerra diciéndoles a los “púgiles”:
- ¡¡¡Sois unos imbéciles!!! ¡¡¡Cada cual, mayor!!! ¡¡¡Largaos de aquí!!! ¡¡¡Mis hijas pueden venir cuando quieran, pero a vosotros ni se os ocurra volver a mi casa!!!

       Excitadísimo, no sabiendo como actuar y al borde del infarto, Fidencio decidió abandonar el campo de batalla y alejarse de aquellos “gallos de pelea”, así que, desde la cochera, salió directamente a la calle, y se alejó de la casa.

      Si el reloj del ayuntamiento acababa de dar las once, ya había transcurrido una hora desde que ocurriera el incidente, exactamente el tiempo que llevaba deambulando por las calles del pueblo, sin un rumbo fijo. Debido a la hora, y a la celebración del día, no había llegado a cruzarse con nadie, cosa
A esas horas, no andaba nadie por la calle 
que agradeció.
      Suponía que al oír el jaleo, tanto Domi como sus hijas se habrían asomado a la cochera alarmadas a ver qué había pasado, y, cuando ellos se lo hubieran contado, no habrían demostrado extrañeza alguna por lo ocurrido. Estaba demostrado que, excepto él, todos los demás estaban convencidos de que el espíritu de la navidad, por sí solo, no sirve para solucionar conflictos.
     
      De pronto, oyó a sus espaldas llegar un automóvil que paró a unos veinte metros, al volverse, para ver de quién se trataba, observó que de él bajaba una persona que le resultó muy familiar. El vehículo, a continuación, reinició su marcha y se alejó calle adelante; se trataba del coche de uno de sus yernos y la persona que había bajado de él era Domi, que se acercó hasta aquel caminante que andaba vagando por las calles del pueblo, sin saber a dónde ir.
 
      Ella, cuando se enteró de lo sucedido, muy práctica, reaccionó con mucha naturalidad. Desde el principio, estaba totalmente convencida de que aquello no podía terminar bien y sus previsiones, simplemente, se habían cumplido. Dividió la suculenta cena que había estado elaborando, a lo largo de toda la tarde, en tres partes; les dio una de ellas a cada una de sus hijas y les agradeció  infinitamente que hubieran hecho el esfuerzo de ir a verles; aclarándoles que todo lo sucedido había sido consecuencia del empeño personal de Fidencio y, por lo tanto, si había que encontrar un responsable de todo lo ocurrido,  era exclusivamente él; así que no debían sentirse mal, ni ellas ni ellos; aunque sería bueno que éstos, más adelante, se disculparan con el suegro. Por último, les pidió que, aunque aún faltaba mucho para las 24 horas, que era el límite establecido como tope para permanecer en el lugar, volvieran ya a sus casas; cosa que agradecieron mucho -ya habían tenido suficientes emociones aquella noche, y no querían estar allí presentes cuando volviera Fidencio- 

     Al llegar Domi a la altura del marido, se dirigió al mismo en estos términos:
-    ¡ Vamos a ver, calamidad!. ¿Ya te has convencido, de que lo que no puede ser, no puede ser?

Este la miro muy serio y le respondió con otra pregunta
-     ¿Es verdad que mi madre, siendo hijo único, decía que yo era el más torpe de sus hijos?

Cuando oyó la pregunta, Domi, a pesar de la gravedad de lo sucedido, y de que "no estaba el horno para bollos" , le entro la risa y respondió:
-     Era una broma, hombre.  Una madre nunca habla mal de un hijo.
-     No estoy yo tan seguro -respondió Fidencio, que, tras los golpes recibidos, había comprobado cómo su bonhomanía, seriamente dañada, había sido sustituida por la triste realidad-. Hoy, si viviera mi madre, estoy convencido de que lo del hijo torpe sí lo diría.