miércoles, 31 de octubre de 2018


El itinerario de las almas


   La biología dice que son seres vivos aquellos que tienen la capacidad de nacer, crecer, reproducirse y morir, unas propiedades que, en la Naturaleza, poseen los animales y las plantas. Estos, al nacer, tienen unas expectativas de vida que son muy variables dependiendo de las distintas especies; mientras hay mosquitos que viven tan solo unos días – menos aún si nos pican y los pillamos-, algunas tortugas marinas y ballenas alcanzan una supervivencia que se aproxima a los 200 años; pero si buscamos récords de longevidad, donde vamos a encontrarlos es en el reino vegetal siendo las Secoyas Rojas quienes poseen el récord absoluto; algunas de estas espectaculares coníferas, que llegan a alcanzar los 100 metros de altura, pueden superar los 2.000 años. El problema que se plantea, para quien desee verlas, es que debe viajar hasta la costa oeste de Estados Unidos, que es donde se encuentran; por ello, si alguien quiere ver árboles longevos más cercanos, pueden servirle nuestros robles y encinas, cuya edad se contabiliza en centenares de años.  

   Independientemente de la mayor o menor supervivencia que alcanzamos los seres vivos, todos tenemos un inicio y un final -el nacimiento y la muerte-, el período tiempo que transcurre entre estos dos momentos tan importantes de nuestra existencia, es la vida.    
   Los humanos, como animales que somos -unos más que otros, eso sí-, tenemos las mismas propiedades biológicas que “nuestros hermanos”; sin embargo, hay algo que nos diferencia de ellos y es que, al ser racionales, como podemos pensar y razonar, somos conscientes de lo que es la vida y, lo que es más terrible, que esta tiene un final cuando llega la muerte; vivimos con la certeza de que estamos predestinados a morir en un plazo de tiempo más o menos lejano y esto es algo que no llevamos bien.
   
   Una de las grandes preguntas que se ha hecho el hombre, desde la más remota antigüedad, es qué pasa después de la muerte; enfrentarse a ese trance es algo que siempre nos ha creado una gran inquietud.
   Las distintas civilizaciones, siempre han intentado soslayar el hecho de la muerte negándose a admitir que ésta sea la meta final de nuestro camino y todas, sin excepción, han coincidido en aceptar la idea de que, tras la muerte, existe “un más allá”, un mundo diferente al nuestro, el terrenal, al que vamos después de morir.
   Esta idea de considerar a la muerte, “simplemente”, como un tránsito hacia “el otro mundo”, ha permitido al hombre que el hecho de enfrentarse a ella no resulte tan abrumado; no obstante, hay que reconocer que, aunque la humanidad lleva sobre la tierra varios miles de años, y han existido (y existen), innumerables teorías que intentan proporcionar respuestas a esta duda, ninguna de ellas ha podido ser demostrada -seguimos sin saber dónde está “físicamente” ese otro mundo-  por lo tanto, para seguir hablando del tema, es preciso abandonar los caminos de la ciencia y entrar en el terreno de la fe; es en este contexto, y no en otro, donde cada cultura o religión ha tratado de resolver este dilema buscando sus propias creencias.

   En la Grecia clásica, hace aproximadamente 2.500 años, algunos filósofos como Pitágoras, Platón y Empédocles intentaron explicar el asunto de la vida y la muerte afirmando que el hombre es la suma del cuerpo y del alma; una idea que, aunque la habían tomado de otras civilizaciones anteriores, ellos “perfeccionaron" y que, de un modo u otro, ha llegado hasta nuestros días. Ellos llegaron a esta conclusión:
   El cuerpo es el envase, la parte material u orgánica; si buscamos un símil con la informática, diríamos que es el hardware, y es mortal; mientras que el alma, ánima o espíritu, es la parte inmaterial de la persona -lo que determina que el hombre sea un ser racional-; vendría a ser el software, y es inmortal.
   Cuando un ser humano muere, no cabe discusión alguna con el destino del cuerpo; al tratarse de algo material, es incinerado o enterrado, la Naturaleza sigue su curso, y acaba convertido en polvo haciendo bueno el dicho de que “de un polvo vienes y, al final, en polvo te conviertes” (quizá no sea ésta, exactamente, la frase escrita en el Génesis, pero para el sentido es el mismo)   
   El problema se plantea a la hora de buscar un destino al alma (Alma=espíritu=ánima). ¿Qué ocurre con el espíritu de las personas, cuando mueren?
   Los griegos creían que el espíritu de una persona, al morir, sufría una transmigración (reencarnación) de modo que al nacer otra persona, se incorporaba a ella. Sostenían que el alma era inmortal, sobrevivía a la muerte del cuerpo, y regresaba bajo otras formas.
   En este sentido, las diversas religiones han seguido caminos parecidos -en realidad, las ideas o creencias, como antes no existían los derechos de autor, han ido copiándose de unas religiones a  otras; por supuesto, cada una de ellas afirma que sus dogmas son los auténticos- y, de una u otra forma, todas prometen otro mundo -otra vida- en el más allá, marcando a los creyentes un camino a seguir, una serie de normas que deben cumplir, para poder alcanzarlo con garantías.

   La percepción que han tenido (y tienen) las distintas culturas, respecto al asunto de la muerte, coincide en lo fundamental: en la inmortalidad del alma y en la existencia de otro mundo tras la muerte; sin embargo, cada una de ellas le ha imprimido sus propias particularidades.

   Los nativos norteamericanos, cuando morían, estaban destinados a cabalgar por las Praderas del Gran Espíritu -supongo que los sioux debían imaginárselas llenas de bisontes para cazar y libres de rostros pálidos”-
 
   Los celtas, también creían en la existencia de dos mundos: el de los vivos -el nuestro-, y el de los muertos. La Fiesta de Halloween, que se celebra el 31 de octubre, tiene su origen en la tradición celta; ellos pensaban que ese día se abrían las puertas del otro mundo para que los espíritus pudieran volver a la Tierra a arreglar aquellos asuntos que hubieran dejado pendientes.
-La costumbre de disfrazarse de zombis, espantajos y demás lindezas, durante la noche de Halloween, parece tener su origen en la creencia del regreso, este día, de los espíritus a la Tierra. La gente, con sus disfraces, pretendía adoptar el mismo aspecto que ellos para evitar que les reconocieran-.

  Los vikingos, a su vez, tenían el Valhalla, la morada de los dioses. Éste era el destino de los guerreros que morían en batalla, al que eran conducidos por las Valkirias -imagino que el resto de los vikingos, aunque no murieran en combate, también tendrían sitio en el Valhalla, aunque fuese en lugares con menos glamour-.
 
 La gente de mi tribu (los de la zona noroeste de Salamanca), así como el resto de los cristianos, cuando la Parca viene a visitarnos, nuestras almas tienen como destino final el Cielo o Paraíso
-supongo que nuestro cielo, el Valhalla y los cielos de las otras religiones, deben ser colindantes y quedar todos en la misma zona-.    

   Los cristianos, tenemos razones suficientes para sentir envidia de los vikingos, ya que nos cuesta mucho más que a ellos llegar al Cielo: no tenemos valkirias que nos enseñen el camino y, además, mientras que a ellos les bastaba morir en una batalla para ir hasta allí, nosotros necesitamos currárnoslo mucho si queremos que nos admitan en El Paraíso; para obtener este privilegio, estamos obligados a ser buenos a lo largo de toda la vida, y ¡eso es más difícil!
  
   Nuestra religión, que es la buena, en sus comienzos, también admitía la reencarnación de las almas, tal como pensaban los antiguos griegos, pero había algunos aspectos que no quedaban demasiado claros: Si uno era muy malo, la persona en quien se reencarnaba su alma, cuando moría,  ¿iba a ser malo también?; si en una época determinada había más recién nacidos que almas en uso ¿los sobrantes se quedaban sin alma?, y si sucedía lo contrario y había más almas que recién nacidos, ¿en qué lugar se almacenaban éstas?      
   Estas y otras preguntas, relacionadas con la transmigración de las almas, carecían de respuestas convincentes y esto creaba una gran confusión; por ello, un Papa, creo que fue en el siglo VI, decidió que eso de que las almas se reencarnaran en otras personas no molaba mucho y determinó que, a partir de ese momento, cada uno de nosotros, cuando viniéramos al mundo, lo haríamos con un alma de nueva generación. 
   Entonces, si al nacer venimos al mundo con un alma nueva; al morir, ¿cuál es el destino de las almas viejas…las de los difuntos?

    Cuando era niño, mi catequista, que sabía mucho de estas cosas,  nos contaba lo siguiente: las almas de los malos van de patitas al Infierno, las de los buenos -aquellos que tienen un expediente impecable-, van derechitas al Paraíso (Cielo), y las de los regulares (los que son buenos y malos a tiempo parcial) van al Purgatorio, que es un lugar de tránsito, donde las ánimas deben permanecer un tiempo, purgando sus pecados, para poder entrar en el cielo. Vendría a ser un lugar para el reciclado de almas.

   (Nota: Hasta que fui adulto, mi existencia era muy triste, pues desde pequeño siempre me habían dicho que, para alcanzar el Paraíso, era condición “sine qua non” tener que morir, algo que no me hacía especial ilusión; sin embargo, un día descubrí que hay otro paraíso aquí en la tierra, concretamente, ¡en nuestra comarca! y mi vida cambió. ¡Es fantástico! Puedo ir al Paraíso, siempre que quiero, sin
necesidad de morirme; es un sitio muy recomendable y desplazarse hasta allí es muy fácil, se puede   llegar en coche hasta la misma puerta. Si alguien quiere ir a pasar un rato al Paraíso, sólo tiene que acercarse a Aldeadávila: La “Cafetería restaurante El Paraíso” es uno de los bares más emblemáticos de ese pueblo.

   Volviendo a las ánimas; cuando alguien muere, el espíritu debe abandonar el cuerpo y emprender el camino hacia el cielo; pero, en ocasiones, muchas almas, al ser inmortales, no son conscientes de que el cuerpo que las albergaba ha perdido su vitalidad, desconocen que tienen que abandonarlo y, por eso, hay que echarles una mano.
  En algunos pueblos de Salamanca, la familia del fallecido, para ayudar a que su alma abandonase el cuerpo, a veces colocaba encima del pecho del finado una taza con sal y pimienta. Esto lo pude ver, una vez, en la década de 1980, en un pueblo de la zona de Béjar (entonces los velatorios se realizaban en el domicilio del difunto).
  Había fallecido un hombre, y al preguntarle a la esposa el objetivo de colocar el recipiente sobre el difunto, me respondió que siempre se había hecho así y que debía permanecer allí unas horas para ayudar a que el alma abandonara el cuerpo y así pudiera ir al cielo.
   Yo desconocía que las ánimas tuvieran tanta aprensión por la sal y la pimienta, pero si la mujer lo decía…
  
   En lo tocante a las almas, uno de los recuerdos que guardo de mi infancia tuvo lugar en mi pueblo durante un velatorio. Una mujer que había enviudado hacía poco tiempo, me dejó muy sorprendido cuando se acercó al ataúd del fallecido y le habló así a su ocupante:
-      Le dices a ***** (su marido fallecido) que hemos ganado el juicio y que tenía toda la razón…ya verás lo contento que se va a poner cuando lo sepa (La mujer se refería a un proceso judicial por una herencia ¡cómo no!)
 A aquel muerto, no recuerdo que le hubieran puesto una taza con sal y pimienta en el pecho, así que es muy posible que el espíritu aún permaneciera por allí y escuchara el recado.  
   Los tiempos cambian y hoy, posiblemente, si se desarrollara una escena similar, la familia de la viuda la llevaría, a la mayor brevedad posible, al psiquiatra; ya que tendrían serias dudas de que la mujer tuviera sus facultades mentales en orden; sin embargo, en aquella época, y, sobre todo, en tiempos anteriores, la gente vivía plenamente convencida de que el otro mundo debía ser bastante similar a éste -un lugar de compadreo- y por eso, aquella viuda consideraba que era muy normal enviar al marido un recado, a través del espíritu del muerto.
  Los presentes en el velatorio, que contemplaron la escena de la mujer dando su encargo al fallecido, apenas hicieron comentario alguno; hablar con el espíritu de los muertos, había sido una práctica habitual hasta entonces y no debió resultarles demasiado extraño.
   También era muy común que los viudos/as, los días posteriores a la defunción, se acercaran al cementerio y, situándose ante la tumba del cónyuge difunto, mantuvieran conversaciones con él -unos monólogos, evidentemente- contándole los avatares de su vida diaria, convencidos de que el finado seguía escuchándole. Si algún día se encontraban el cementerio cerrado, no tenían inconveniente en contarle sus cosas desde la puerta del camposanto, a veces, en voz alta para que pudiera escucharle desde la tumba.
   Era su forma de entender que, como el alma del difunto era inmortal, aún debía andar por allí viéndole y escuchándole; se resistían a pensar que una persona, a la que has querido y con la que has convivido durante mucho tiempo, se hubiera ido para siempre.
 
   Continuando con el itinerario de las ánimas; al abandonar el cuerpo, como todo el mundo considera que es razonablemente bueno, la primera intención siempre es tomar el camino del cielo -no creo que a nadie se le ocurra ir al infierno voluntariamente-, y, una vez en las puertas del Paraíso, son recibidas por unos operarios que se ocupan de hacer la selección de las almas que llegan hasta allí, adjudicando los destinos -aunque San Pedro es conocido, vulgarmente, como el portero del lugar; en realidad es el Jefe de Admisión-. 
    Aquello debe ser muy similar a los exámenes de selectividad para entrar en una universidad pública española. Los malos -los peores de cada clase- son enviados directamente al Infierno (quedan  descartados para siempre); a los mejores -los números uno de cada promoción- se les franquean las puertas para entrar en el Cielo, tras darles las normas de vida y convivencia en ese lugar, y el resto -los regulares- son remitidos al Purgatorio, donde deben purgar sus pecados para poder entrar en el cielo (necesitan  una buena preparación con el fin de poder entrar en una segunda convocatoria).
 (La duda que me queda es adónde van los ateos, ya que, si no creen en Dios ni en el Paraíso, allí no pueden ir…aunque ellos se lo pierden ¡no haber sido ateo!)
  
   Los viajes que tienen que seguir los espíritus, hacia el “más allá” deben ser muy complicados, estas rutas no están incluidas en los programas de los GPS y, además, como tampoco tenemos valkirias que nos guíen, el camino hacia el Cielo sospecho que, muchas veces, debe ser muy similar a lo que sucede en invierno, en una autopista española, cuando nieva… un auténtico caos.
   Como ya expliqué antes, las almas, como son inmortales, al morir el cuerpo que las ha albergado, algunas se despistan, no se dan cuenta de que éste último ha llegado al final de sus días, y desconocen que tienen que iniciar su viaje permaneciendo por aquí, perdidas, algún tiempo; otras, en cambio, se dan cuenta del deceso e inician el viaje, pero, a pesar de poner voluntad, se pierden por el camino y vuelven a sus orígenes haciendo honor al refrán de  que “más vale lo malo conocido que…”  
   Existe aún un tercer grupo de almas, las más listas, que saben cuándo abandonar el cuerpo, inician su viaje en el momento oportuno, y llegan al Cielo en un periquete; claro que a estas no vamos a verlas nunca por aquí y, por eso, hoy no toca hablar de ellas.
 
   Los espíritus que no alcanzan los espacios celestes, se quedan por aquí pululando a nuestro alrededor; aunque, por suerte, son invisibles para nosotros. Hay personas que, en ocasiones, afirman haberlos sentido, e incluso insisten en haber visto alguno en forma de fantasmas -estadísticamente, está comprobado que quienes más ánimas ven, son aquellos que están pasados de cubatas- Yo, por mi parte, también reconozco haberme cruzado con más de un fantasma, pero de carne y hueso.

   Las ánimas que permanecen en La Tierra, tienden a concentrarse en determinados lugares como son las proximidades de los cementerios y los pueblos abandonados; estos, pueden haber sido
abandonados por los cuerpos, pero no ocurre lo mismo con las almas; por ello, cuando lleguemos a un sitio y no veamos a nadie, no debemos decir: ¡aquí no hay ni un alma!, porque seguramente no estemos acertados.

   La tradición, también dice que se acercan en gran número, a los pueblos y ciudades, durante la Noche de los Difuntos (madrugada del 2 de noviembre); ese día, deben sentir nostalgia y pretenden regresar a sus antiguos domicilios.  
   En tiempos pasados, cuando no había coches y la gente viajaba a lomos de caballerías o caminando; los viajeros, esa noche, evitaban a toda costa deambular por los caminos después del oscurecer, ya que las ánimas, aunque son invisibles, hay determinadas fechas en las que pueden hacerse visibles y esa noche es una de ellas.
  El peligro que corrían los caminantes, la Noche de los Difuntos, deambulando por los caminos, envueltos en una oscuridad que ese día era particularmente espectral, no era figurado…era real. Se cuentan terribles historias de personas que, por despiste, u obligadas por las circunstancias, habían tenido que desplazarse, de una  a otra población, esa noche, que aparecieron muertas en la mañana siguiente, en el medio del camino, por “causas desconocidas”; sin embargo, nadie albergaba duda alguna de que esta muerte había sido causada por las ánimas. Ellas, no es que intervinieran directamente en tales óbitos, sólo lo hacían indirectamente pues la causa de su muerte era el miedo que sentían hacia ellas.  
   Ese mismo día, era costumbre que, en los campanarios de pueblos y ciudades, durante toda la noche, hasta el amanecer, estuviese sonando una campana entonando el lúgubre toque de difuntos; además, en todas las casas, debía permanecer un cirio encendido, no sólo durante la noche, sino las 24 horas, del día.

    No hay un acuerdo unánime en cuanto al significado de las campanadas sonando durante la Noche de Difuntos, ni el cirio encendido; en este aspecto, las opiniones son muy diferentes.
   Los más piadosos, opinan que el sonido de las campanas y la luz de los cirios en las casas, servía para orientar, en esa noche tan especial, a las almas perdidas. Como cada campana tiene un sonido único, diferente a las demás, las ánimas reconocían el son de la de pueblo y, gracias a ello, sabían a qué lugar debían dirigirse; en cuanto a las luces de los cirios, en las casas, servirían para que se orientaran y pudieran regresar aquella noche a sus antiguos hogares.
   Otros, en cambio, sostienen que el objetivo del tañido de las campanas, aquella noche, lejos de tener un fin piadoso, era para ahuyentar a las ánimas, evitando, de este modo, que se acercaran a los pueblos para que no asustaran al personal. Respecto a las llamas de los cirios, tendrían como misión dar luz para combatir el miedo innato que los humanos tenemos a la oscuridad; esa noche en especial, con tanta alma en pena pululando a nuestro alrededor, cuando aún no había luz eléctrica, el ambiente de las casas era excesivamente tenebroso, siendo por ello necesario mantener una luz encendida con un fin protector ya que, como las ánimas prefieren la oscuridad, evitaban así que se acercaran a los hogares.
  A quienes son partidarios de esta segunda opinión, lejos de inspirar piedad, lo que producen las ánimas es pavor y por ello, consideran que es necesario protegerse de ellas, coincidiendo con el miedo de los celtas a los espíritus la noche de Halloween, ¿pura casualidad?... ¡de ningún modo!; el hecho de que la fiesta de Halloween y la de los Difuntos estén tan próximas en el calendario, no es casual.
   Del mismo modo que sucede con otras fiestas paganas anteriores al cristianismo, el Papa correspondiente, un día decidió cristianizar la fiesta y, con este fin, el Día de los Difuntos, que originariamente se celebraba en otras fechas, creo que en de mayo, pasó a realizarse también en noviembre, al día siguiente de la fiesta celta.
 
  Si consideramos que las almas perdidas, las “de por aquí” son invisibles, resulta difícil entender cómo es posible que se las tuviera tan presentes y se les guardara tanto respeto (miedo más bien) , especialmente en tiempos pasados; de todos modos,  es mejor que sigan siendo invisibles, pues, cuando una persona llega a verlas, significa que el final de sus días está muy próximo -son tan consideradas, que vienen a avisarnos de que falta poco para que les hagamos compañía, y de que es el momento de poner los papeles al día y así evitar problemas con Hacienda a los herederos-
  
   En algunas ocasiones, también es posible ver grupos de ánimas caminando en procesión; éstas, van caminando en hileras de dos, sin un rumbo determinado, portando hachones (o velas). Cuando alguna persona tiene la desgracia de cruzarse con una de estas procesiones de ánimas, es señal inequívoca de que alguien próximo va a morir pronto; el espectador que se cruza con el cortejo, además, corre un gran peligro ya que, a veces, una fuerza irresistible le lleva a acompañar a la comitiva y no vuelve a saberse más de él
   -Es preciso aclarar que no todo el mundo está “cualificado” para poder encontrarse con estas comitivas de ánimas, es condición indispensable estar solo en medio del campo, tiene que ser de noche y, además, debe tener mucho miedo. La verdad es que la gente que ve extraterrestres, ovnis, fantasmas, animas…, en todos ellos, se repiten los mismos patrones-
  A esta comitiva nocturna de ánimas en pena, nuestros antepasados la conocían como “La Huesteda”; así al menos es como me lo enseñaron a mí; sin embargo, en cada zona recibe nombres distintos.
   Esta tradición, la procesión de ánimas perdidas,  es poco conocida en nuestra comarca, al contrario de lo que sucede en Galicia, donde las costumbres relacionadas con la muerte se han mantenido “muy vivas” hasta nuestros días; allí, esta comitiva de ánimas es muy popular y la conocen como “La Santa Compaña”.
   La duda que tengo es si las comitivas son distintas y en cada lugar hay una; o bien, se trata siempre de la misma que anda recorriendo todo el país.
   Conocí a una persona que afirmaba haberse cruzado, en una ocasión, con “La Huesteda”. Por supuesto, las condiciones requeridas, para que esto sucediera, se cumplían en su totalidad: ocurrió en el campo, era de noche y se encontraba solo.
   Diodoro, el protagonista del suceso, me lo contó siendo ya mayor y situó la acción en la primera mitad del siglo pasado, cuando era un jovenzuelo bien parecido. Resulta que “hablaba” con una chica de un pueblo vecino y, entonces, como apenas había carreteras, los pueblos estaban unidos por caminos de herradura; obviamente, apenas había coches por estos lares.
  Era domingo y Diodoro había ido al pueblo de la novia para pasar la tarde con ella; al oscurecer, volvía de regreso a su pueblo subido en su burro y se encontraba muy cansado; iba quedándose dormido sobre el animal y, para evitar que le venciera el sueño y caerse del asno, decidió parar a descansar un rato; se apartó del camino, entró en un prado, colocó sobre la hierba una manta que llevaba, y se dispuso a echar una cabezadita.
   No supo determinar el tiempo que estuvo dormido, pero era ya noche cerrada cuando su sueño fue interrumpido por un fuerte olor a cera y el ruido de unos pasos -si eran ánimas, unos entes inmateriales, no entiendo lo de los pasos, pero él lo contaba así y ¡cómo iba yo a discutírselo!-  Desde la posición de tumbado en la que se encontraba, vio cómo una procesión de almas en pena, lentamente, en total silencio, pasaba ante su aterrorizada mirada.  Permaneció en el suelo, como hipnotizado, sin poder moverse del lugar, mientras la procesión seguía su camino, alejándose de allí, y volvió a quedar sumido en un profundo sueño del que se despertó al amanecer del nuevo día, sin tener la certeza de que lo ocurrido hubiera sido una pesadilla o algo real.
   Lo que había visto nuestro paisano, aquella noche ¿era, realmente, “La Huesteda”? Él afirmaba que sí, pues lo recordaba todo nítidamente y, a los pocos días, un paisano del pueblo -muy viejo eso sí- murió… y como estas procesiones, cuando aparecen, lo hacen para anunciar la muerte de alguien cercano.

    Freud, un célebre psicoanalista austriaco, intentando poner algo de raciocinio a estas cuestiones, llegó a la conclusión de que las religiones tienen su origen, precisamente, en el terror que la gente tiene a la muerte. Él consideraba que las distintas religiones, para intentar paliar el miedo del hombre a lo desconocido, han inventado auténticas fábulas ofreciéndonos la “certeza” de que algo hay más allá de este mundo terrenal. Cada una de ellas, partiendo de la premisa de ser la auténtica, para que sus seguidores puedan acceder a “ese lugar”, ha establecido una serie de normas a seguir, acorde a sus creencias, que les sirven de guía para poder alcanzarlo.       
  
   Independiente de que uno tenga o no tenga fe, y de lo que pensara Freud del asunto, la muerte no es ninguna fábula, es una realidad; un hecho inevitable y, además, necesario -¿a alguien le gustaría ser inmortal en un cuerpo cada vez más viejo y lleno de males?-

   Saber que todos tenemos un final, y que éste puede estar “a la vuelta de cualquier esquina”, debería servirnos, no para vivir amargados, pensando continuamente que nuestro fin puede llegar en cualquier momento, sino para apreciar nuestra existencia en su justo valor, considerando que la vida es algo maravilloso y que debemos vivirla plenamente, siendo conscientes de que cada día que vivimos es irrepetible.
   El tiempo que dure nuestra vida no depende de nosotros; en cambio, la forma en que lo  hagamos sí que está en nuestras manos.

                              Siempre mueren los mejores, dicen de uno cuando muere. Yo, como no
                              he muerto aún, debo ser de los peores. Pero me alegro de ello (Mark Twain)


martes, 2 de octubre de 2018


Historias riberanas II


Ocurrió un día de octubre…hace años

   
   Un tamborilero, es un músico que, tocando simultáneamente la gaita y el tamboril, interpreta, con mayor o menor maestría, música tradicional. Explicarle a alguien qué es un tamborilero resulta muy sencillo si vives en la franja oeste peninsular: León, Zamora, Salamanca, Norte de Cáceres, sur de Badajoz, Huelva y Sevilla, ya que, en todos estos sitios, es frecuente ver actuar a los tamborileros con ocasión de alguna fiesta; en cambio, fuera de estas zonas, si alguien lo pregunta, casi siempre hay que partir de cero a la hora de hablar de estos personajes, tal como me ocurrió recientemente.
   Al curioso -en realidad era una curiosa- le expliqué que estábamos ante un musico tradicional cuyos orígenes en el tiempo no son fáciles de determinar y que, con unos instrumentos bastante rústicos, es capaz de interpretar un amplio repertorio de canciones tradicionales: pasacalles, alboradas, ofertorios, danzas, bailes...  También le comenté que, antes de que llegara la electricidad a los pueblos, y, consecuentemente, los aparatos de música (tocadiscos y demás), estos músicos autóctonos, durante siglos, eran los encargados de amenizar las fiestas en sus correspondientes lugares, donde eran unos personajes muy valorados.
   La buena mujer, había a acertado a preguntar sobre un tema que era muy atractivo para mí y me explayé un buen rato sobre la vida y milagros de estos músicos, quizá demasiado (estoy totalmente convencido de que, en el futuro, jamás volverá a preguntar a alguien qué es un tamborilero. No creo que quiera correr el riesgo de que alguien se lo vuelva a contar).

   Este verano pasado, en uno de los recorridos que hice por nuestra comarca, volvía de “La Code”, uno de los parajes más impresionantes de los Arribes del Duero y, mientras iba en el coche por la carretera que une los pueblos de Mieza y Cerezal, recordé a una mujer que hizo este recorrido un día de octubre...ya hace años, con la diferencia de que ella lo hizo caminando y por motivos muy distintos a los míos.
   
   Actualmente, si alguien quiere aprender a tocar la gaita charra, y el tamboril, lo tiene bastante fácil; hay escuelas, tanto públicas como privadas, donde a uno le enseñan este arte; además, contamos con magníficos artesanos que fabrican unas gaitas y tamboriles estupendos; luego, si tenemos a nuestro alcance buenos instrumentos y excelentes maestros, sólo es necesario tener interés y mucha afición para unirse a este gremio de músicos tradicionales.
   Antiguamente, la tarea de aprendizaje no era tan sencilla, ya que no existían escuelas donde pudieran enseñarles “el oficio” a los interesados, por lo que los aspirantes a tamborilero tenían que ser autodidactas, aprendiendo por sí solos, viendo y escuchando a algún tamborilero cercano -con frecuencia era una afición que se transmitía de padres a hijos-.
   Como ocurre en todo tipo de aprendizaje, el grado de perfección que alcanzaban era muy variable: unos no lograban aprender nunca; otros adquirían unos conocimientos suficientes para desenvolverse, tocando los ritmos más básicos, y algunos, los menos, alcanzaban las más altas cotas de virtuosismo tamborilero.
  Respecto a los instrumentos, antaño, no era fácil hacerse con una gaita y un tamboril lo suficientemente buenos, y, a veces, incluso eran los propios tamborileros quienes tenían que fabricarlos.
   En lo referente a las gaitas, debido a la complejidad que conlleva su elaboración -fabricar una y lograr que tenga un buen sonido no es nada fácil-, casi siempre las adquirían a algún artesano “de probado oficio”.
   En cuanto al tamboril, el proceso era distinto; habitualmente, los tamborileros lo heredaban de algún pariente cercano: padre, abuelo, tío, hermano..., o bien, cada uno construía el suyo.
   Los tamboriles podían tener diferentes hechuras, unos estaban hechos con una caja de metal y otros, la gran mayoría de ellos, la tenían de madera. Para hacer estos últimos, se cogía una tabla con las
Tamboril charro
medidas apropiadas, eligiendo algún tipo de madera que se pudiera moldear con facilidad, y con ella se elaboraba la caja, continuando después haciendo los aros y añadiéndole los parches, las cuerdas, abrazaderas....
   También existían tamboriles -muy pocos, por lo costoso de su fabricación- que se construían vaciando el tronco de un árbol; estos, aparte de su gran valor etnológico, resultaban bastante pesados y, lo que es aún peor, con frecuencia, el sonido que emitían no era demasiado bueno.

   Así como las gaitas se vendían, compraban e intercambiaban con mucha frecuencia, los tamboriles casi nunca abandonaban el ámbito familiar, pasando de padres a hijos, hermanos, nietos, sobrinos… Para cualquiera de estos músicos, su tamboril no era un simple instrumento de percusión, significaba mucho más que eso; lo consideraban una parte más de ellos mismos, casi un apéndice de la propia persona -de hecho, el nombre de tamborilero deriva de este instrumento- y deshacerse de él, vendiéndolo, era algo impensable.
   Entre tamborileros, era una norma no escrita pero real: Nunca se preguntaba a un colega el precio de su tamboril, y, llegado el caso, si esto ocurría, la respuesta era siempre la misma:
   - Este tamboril no tiene precio, porque no se vende.

 Uno de estos músicos de la vieja escuela, la de los autodidactas; con un tamboril heredado; orgulloso de su condición de tamborilero, era el tío Quico, de Mieza (Salamanca) -En la década de 1960 ocurrieron los hechos que a continuación describo, y me fueron contados por el propio protagonista de la historia, años más tarde-
   Este hombre, había heredado el “oficio” y el tamboril de un hermano suyo, muerto prematuramente.  Quico hablaba de él, casi con veneración:
     - Mi hermano sí que tocaba bien, lo hacía muchísimo mejor que yo; el pobre murió joven y fue entonces cuando decidí yo dedicarme a esto.

   El tamboril de nuestro tamborilero era muy bueno. La caja, de madera, estaba hecha con una tabla convenientemente arqueada hasta completar un cilindro totalmente redondo, lo cual es difícil con estos materiales, en el que se fundían los extremos en una unión perfecta. Tenía un buen tamaño (unos 50 cm de altura y unos 40 cm de diámetro, aproximadamente), no pesaba mucho y tenía un sonido excelente.   
  Un tamborilero del vecino pueblo de Cerezal de Peñahorcada, en más de una ocasión, había pretendido comprar a Quico su tamboril, a sabiendas de que era una mercancía intransferible, y siempre había recibido la correspondiente negativa a su venta.

   Un año, durante las fiestas que celebran en Mieza, en honor a la Virgen del Árbol (8 de septiembre), una noche estaba el tamborilero tocando en un bar y algunos paisanos, a esas horas muy contentos, alentados por la ingestión de vino y otras bebidas espirituosas, se divertían de lo lindo bailando al son de Quico.
La gente de La Ribera es muy alegre y, a la vez, muy laboriosa; a la hora de trabajar, se dedican con
gran tesón a sus quehaceres -ganar terreno a las vertientes del Duero, en forma de bancales, fue un trabajo titánico; pero no lo hicieron titanes, sino estos hombres y mujeres- , pero cuando están de fiesta, se dedican a esta, si cabe, con más ahínco aún; disfrutando plenamente del jolgorio.
Bueno, pues aquel día la fiesta se prolongó más de lo recomendable, ¡eran ya pasadas las once de la noche! y en esa época, a partir de ciertas horas, no estaba permitido meter ruido en los bares ni en la calle porque interfería con el sueño de los vecinos y éstos tenían derecho a dormir (en la actualidad, cuando hay verbenas en las plazas de los pueblos hasta las tres de la madrugada, tiene uno la sensación de que este derecho ya no existe). 
Llegó la Guardia Civil al bar donde los miezucos bailaban, al son de la gaita y el tamboril, y, debido a "lo avanzado de la hora”, decidieron acabar de inmediato con el jaleo.
Hubo algunas protestas de la gente, por fastidiarles el divertimento; algunos solicitaron a los guardias una prorroga y éstos se enfadaron; entonces, el sentido de la autoridad se ejercía sin miramientos, y, como no se puede sancionar a nadie por bailar, quien “cargó en el mochuelo” fue el tamborilero, que para eso era quien “metía el ruido”, a quien decidieron imponerle una multa.
El pobre Quico no se lo creía: él, que había dejado de tocar cuando se lo indicaron los guardias, y que no había protestado en absoluto, resultó ser el chivo expiatorio de todo el asunto.
   El hecho fue muy comentado en el pueblo y nuestro tamborilero estaba enfadadísimo; no era sólo el importe de la multa lo que le dolía, lo peor de todo era que él, un hombre formal y respetuoso al máximo con las normas de convivencia, había sido multado como si fuera un vulgar delincuente. Todos eran igual de “culpables”, pero la autoridad sólo le había sancionado a él.
 Esta deshonra pública le dolió profundamente y, como todo había ocurrido por tocar el tamboril, se prometió a sí mismo no volver a hacerlo jamás…renunciaba a ser tamborilero.  
 A los pocos días, no sabemos si de forma casual o premeditada, el tamborilero de Cerezal, que en otras ocasiones había pretendido comprarle el tamboril, pasó por Mieza, se acercó a la casa de Quico, que aún continuaba muy enfadado, y esta vez sí consiguió que se lo vendiera. Éste, al fin y al cabo, había decidido dejar de ser tamborilero y no tenía intención alguna de volver a tocarlo más; si encima el otro mostraba tanto interés por él, por qué no iba a vendérselo.
 Es sabido que uno, cuando está enfadado, no debe tomar decisiones importantes pues luego, casi siempre, acaba arrepintiéndose; aunque, en este caso, la decisión adoptada por Quico parecía haber sido acertada ya que pasaban los días y él, anímicamente, se encontraba muy bien.   

El tiempo, que nunca se detiene, siguió su curso y se aproximaba la Fiesta del Ofertorio (Las Madrinas); esta fiesta, entonces, se celebraba en Mieza, en honor a la Virgen del Rosario, el día 7 de octubre.
 Cuando las madrinas de aquel año se dirigieron a Quico, requiriendo sus servicios, para que tocara el día de la Virgen, éste les notificó que, tras lo ocurrido en la pasada fiesta de septiembre, había perdido la ilusión de ser tamborilero y que ya no iba a volver tocar más.
Como prueba de que sus intenciones iban en serio, les informó que incluso había vendido su tamboril. 

 Aquel año, cuando llegó el Día de las Madrinas, éstas tuvieron que contratar al tamborilero de un pueblo vecino y Quico acudió a la ceremonia del ofertorio como un ciudadano más, convencido de que la decisión que había adoptado, de no volver a ejercer de   tamborilero, era la más apropiada.  A pesar de todo, sintió una sensación extraña; durante muchos años, siempre había sido él quien había acompañado a las madrinas durante El Ofertorio y era la primera vez que acudía como un simple espectador.
Un caballero, si no tiene caballo, deja de ser caballero; del mismo modo, un tamborilero, sin tamboril, ya no es tamborilero. Así lo había considerado Quico hasta entonces, plenamente convencido de que la decisión de renunciar a tocar el tamboril y, además venderlo, había sido acertada. No obstante, el escuchar los sones de gaita y tamboril por las calles de Mieza, interpretados por el colega del pueblo vecino, no le dejó indiferente.

Aquella noche, a la hora de acostarse, el "ex tamborilero" no tenía sueño alguno y sentía un desasosiego interior que no sabía explicar muy bien. Dicen que "la mejor almohada para dormir es tener una conciencia tranquila" y aquella noche la conciencia del tamborilero no lo estaba.
Tardó mucho en conciliar el sueño y, cuando por fin lo logró, éste no alcanzó el grado de profundidad que es deseable; aquello, ni de lejos, era un sueño reparador sino todo lo contrario; sólo pudo alcanzar un nivel de sueño muy superficial y las horas que permaneció en la cama se mantuvo en un nivel semi-vigil, (medio despierto-medio dormido). En este estado de semiinconsciencia, acudieron un montón de ideas a su cabeza.
 Aquellos pensamientos que, durante toda la tarde habían permanecido en su subconsciente, afloraron de golpe y con gran nitidez a su mente, haciéndose plenamente conscientes; fue entonces cuando comprendió qué es lo que realmente le pasaba (Los psicoterapeutas cobran dinero a sus pacientes por trabajar con ellos para lograr que hagan conscientes los pensamientos que tienen ocultos en su subconsciente; en cambio, a Quico, este proceso le salió barato: le fue suficiente apoyar la cabeza en la almohada y estar medio adormilado, para que estos pensamientos llegaran en tropel)

   Las preocupaciones que se habían hecho conscientes al acostarse, y que interferían el sueño de este hombre, estaban relacionadas con la decisión de haber abandonado el oficio de tamborilero. El firme convencimiento de haber tomado una decisión correcta, al vender su tamboril porque no iba a volver a tocarlo, había desaparecido.
 Tantos años de ser el tamborilero del lugar, no podían ser olvidados de la noche a la mañana: Por un lado estaba la gran afición que había desarrollado durante tanto tiempo y, por otro, la obligación que sentía hacía su hermano, de quien había heredado su tamboril, al morir este. ¿Pero quién era él para desprenderse de algo que era patrimonio de la familia? ¿Dónde se ha visto que un tamborilero venda su tamboril? ¿Quién iba a acompañar en el futuro a Las Madrinas; a tocar el Baile de La Bandera en la fiesta y a acompañar en las bodas y demás celebraciones a sus paisanos? Sí, podían contratar al tamborilero de otro pueblo, como había ocurrido en esta ocasión, pero la gente quiere que le toquen lo suyo, lo del pueblo. Además, si no quería ejercer de tamborilero, pues vale… pero es que además estaba el otro tema: la venta del tamboril. Aunque no quisiera tocarlo, nunca debió venderlo; no era un simple instrumento musical, formaba parte de su vida, de su persona y hasta de la familia; lo había heredado de su hermano y, por lo tanto, lo normal es que estuviera en su casa, de donde nunca debió haber salido.
 En cuanto al conflicto con la guardia civil, tampoco era para tanto; todos sus paisanos le habían apoyado dándole la razón; él, en su día, pagó la multa y se acabó...no le debía nada a nadie
(En prueba de solidaridad con Quico, hubiera estado muy bien haber hecho una colecta entre todos los presentes en el bar, la noche de autos, y entre todos haber abonado la multa; pero como esto no era una película con final feliz, sino un hecho de la vida real, quien la pagó fue él)

 Todos estos pensamientos estuvieron circulando, constantemente, por la cabeza del tamborilero, a lo largo de la noche. Al llegar la mañana, una vez que se levantó, le dijo a su mujer:
- ¡Mira!, esta tarde cojo la mula -entonces, apenas había coches particulares- y voy a Cerezal. A ver si ******** quiere devolverme el tamboril. No debí venderlo ¡Qué tonto fui!
- ¡Pues claro que no debiste venderlo!, le apoyó la esposa. Cuando uno es tamborilero lo es para siempre. Es tu tamboril ¡cómo no va a devolvértelo!; dile la verdad, que estabas enfadado y ya está. Él también es tamborilero y sabe lo que significa ese instrumento para ti.
- Ya veremos -respondió Quico-. Con lo que le costó hacerse con él, no va a ser fácil; a ver si esta noche el tamboril duerme en casa.

   El tamboril no durmió en casa esa noche; su nuevo propietario estaba encantado con él; era un tamboril excelente, le había costado mucho esfuerzo adquirirlo y se negó rotundamente a revenderlo a su antiguo dueño.
   Cuando Quico volvió a Mieza, estaba desesperado y renegado de la vida. Estaba enfadado consigo mismo, con el colega de Cerezal y con el mundo entero. Del disgusto que traía no quiso ni cenar y se fue directo a la cama con el convencimiento de que le esperaba una noche de insomnio. 
 Su esposa también estaba enojadísima; el tamboril…su tamboril, tenía que volver a casa como fuera; formaba parte del patrimonio familiar y era de ley que estuviese donde nunca debió faltar. Ella, como tamborilera consorte, decidió que debía tomar cartas en el asunto.
    Al día siguiente, la mujer de Quico recorrió a pie los seis kilómetros que separan Mieza de Cerezal, fue directa a la casa del tamborilero de este segundo pueblo y mantuvo una larga charla con éste:  le ofreció más dinero por el tamboril que el que éste había pagado por él…le rogó…le suplico…le dijo que si hacía falta se lo pedía de rodillas…que cómo iba a poder tocar aquel tamboril sabiendo que, en
Cerezal de Peñahorcada
realidad, pertenecía Quico…que su marido estaba muy arrepentido de haberle vendido un tamboril que había pertenecido a su difunto hermano…que por un momento de ira, su esposo iba a vivir amargado el resto de su vida…que ella no podía volver a Mieza sin el objeto de la discordia, que...que…que…
   El caso es que ocurrió lo que tenía que ocurrir. ¡Si es que, lo que no consiga una mujer...! El tamborilero de Cerezal, finalmente, accedió a devolverle el tamboril por el mismo dinero que a él le había costado. Era un hombre honrado y comprendía que el tamboril, aunque legalmente era suyo, moralmente no lo era.
 La esposa de Quico lo metió en un saco, se lo puso al hombro y desanduvo el camino hasta Mieza “la mar” de contenta. Ya estaba oscureciendo cuando llegó al pueblo y, cuando llegó a su domicilio, el marido reparó en el saco y, sobre todo, en la sonrisa que traía su mujer.
- ¡Toma!, dijo ésta a Quico. ¡Aquí lo tienes! ¡No sabes lo que ha costado convencerlo para que me lo devolviera! ¡Espero que, en toda tu vida, no se te ocurra volver a desprenderte de él!
- ¡Ni por todo el oro del mundo!, contestó este.
   Sacó el tamboril del saco y lo acarició por todos los lados. Era el reencuentro con un viejo amigo que volvía a casa tras un montón de vicisitudes; tensó las cuerdas con las abrazaderas, ajustó la cuerda del parche posterior, cogió la porra (baqueta) y comenzó a tocarlo ¡Cuánto tiempo sin oírlo!  Sonaba estupendamente, como siempre. Le debió parecer música celestial.
-  Fue uno de los días más felices de mi vida. Me confesó el tamborilero.

miércoles, 5 de septiembre de 2018


Historias del contrabando (III)

Un “Cuculumbrero” no era


   Ubaldo, desde la orilla del Duero hasta el pueblo, tenía un largo camino por recorrer, unos 4 km., aproximadamente, siguiendo un itinerario bastante complicado ya que se encontraba en la parte baja de los arrribes del río.
  Conocemos por Arribes, al terreno que circunda los ríos de nuestra comarca. Estos, durante millones de años, han ido erosionado el terreno conformando unos profundos cañones de gran pendiente en cuyo fondo discurren las corrientes fluviales; éstas depresiones del terreno, en algunos sitios, están formadas por barrancos con paredes verticales de gran altura superando en algunos sitios los 300 m. de caída libre; en aquellos lugares donde no hay barrancos, el terreno ofrece unos desniveles más suaves, pero siempre con una gran pendiente.
   La gran depresión del terreno existente, entre la meseta y la orilla del río, determina que la ladera del Duero presente unos grandes desniveles y, consecuentemente,  que los caminos que la recorren tengan interminables subidas (o bajadas, dependiendo del sentido de la marcha), rampas, repechos, cortados…para salvar la pendiente; esto supone una gran dificultad para el caminante que transita por ellos, que se ve obligado a realizar un esfuerzo considerable para superar las dificultades del terreno; en ocasiones, los caminos sólo son estrechos senderos y veredas y si a ello sumamos que los contrabandistas, muchas veces, recorrían los mismos a la luz de la luna, podemos hacernos una clara idea de lo complicada que era la labor de aquellos hombres.    

   La dificultad del camino era algo que Ubaldo ya tenía asumido y no le suponía problema alguno,  estaba en buena forma física, conocía perfectamente los vericuetos del terreno y, precisamente por eso, había sido elegido por su maestro como aprendiz de contrabandista (aparte de ser un enchufado, pues para eso eran cuñados).
   Si aquella noche la luna hubiese estado en fase de luna nueva, en vez de luna llena, y Ubaldo hubiese mirado en algún momento el firmamento, habría podido ver la bóveda celeste llena de estrellas con las constelaciones propias de la estación: Vía Láctea, las Osas Mayor y Menor, Casiopea, El Dragón, Perseo, Andrómeda...; a los planetas Venus y Marte y, con suerte, alguna estrella fugaz…un espectáculo nocturno que habría hecho las delicias de cualquier aficionado a la astronomía; pero él no estaba allí para ver espectáculos estelares sino por asuntos terrenales y  avanzaba mirando continuamente el suelo para evitar dar un traspiés y caerse. 
   Era medianoche y calculaba que, al paso que llevaba, el recorrido hasta el pueblo le llevaría  cerca de cuatro horas; una vez allí, descargaría la mercancía y, si todo iba bien, antes de 5 horas, con la satisfacción del deber cumplido, estaría durmiendo y soñando con los angelitos; eso, si no tenía la mala fortuna de encontrarse con la Guardia Civil, porque entonces...
   Una vez iniciada la ruta, avanzaba despacio tirando suavemente del rabero del mulo y éste le seguía dócilmente; el primer tramo del camino era el más dificultoso, el terreno era bastante irregular y con muchos repechos; pero, tras dos horas de marcha, ya había logrado superarlo.    
   Aunque algo fatigado, estaba satisfecho por lo bien que iba discurriendo todo; la temperatura de la noche estival era agradable, durante su marcha iba escuchando el canto insistente de los grillos junto al ulular lejano de algún ave nocturna, y el mulo iba con la carga, tras él. con paso seguro, como si lo que hacer caminatas nocturnas fuese algo habitual. 
  Con la mejoría del terreno, ya no era necesario ir tan pendiente del suelo que pisaba y su mente se entretuvo en pensar en el dinero que recibiría por el trabajo que estaba realizando, en el que le pagarían por los próximos viajes que haría, hasta que el maestro se recuperara, y en lo bien que le vendría la pasta. Estos pensamientos hicieron que le mejorara el ánimo y hasta le entraron ganas de cantar, pero se contuvo; alguien que debe pasar desapercibido, no puede hacerlo a las dos de la mañana. aunque esté en el campo.    
   Se encontraba ya próximo a una calleja bordeada por paredes de piedra, tan comunes en nuestra zona, que   le facilitaría mucho el camino y, como estaba algo cansado, al llegar al comienzo de la misma, decidió que era un buen momento para descansar. Encontró una piedra plana sobre la que se sentó y dejó al mulo suelto para que
Calleja bordeada de paredes de piedra
descansara también.
 Tras una corta pausa, decidió continuar la ruta y se adentró en la calleja; con la mejoría del firme y la referencia de las paredes a ambos lados, logró avanzar más deprisa.
  Aquella noche, el cielo estaba totalmente despejado y los rayos lunares permitían una aceptable visión del terreno más cercano; pero, unos metros más allá, ésta era muy limitada resultando imposible vislumbrar, con claridad, lo que había alrededor. Sólo era posible percibir un paisaje nocturno de tonos claro oscuros, conformado por bultos y sombras.
 
   Hasta ese momento, Ubaldo sólo se había preocupado en superar las dificultades propias del camino, y estaba tranquilo; como el pueblo aún quedaba lejos, sabía que hasta allí las posibilidades de ser pillado por la autoridad eran mínimas; sin embargo, éstas irían aumentando a medida que se fuera acercando al destino. Cuando estos pensamientos ocuparon su mente se intranquilizó un poco; hasta entonces, ni siquiera había barajado la posibilidad de que le cogiesen con el alijo de tabaco
  Era consciente de que la guardia civil, aunque vigilaba habitualmente las carreteras y los sitios próximos al pueblo,no se limitaba siempre a ello; en algunas ocasiones, también se adentraba en los caminos y por ello no podía descartar la posibilidad de poder encontrársela en cualquier lado.
  Tras hacer este razonamiento, comenzó a sentir algo de desasosiego; inconscientemente, fue disminuyendo la velocidad de su paso y acabó deteniéndose, algo que también hizo el mulo. Permaneció unos minutos quieto, reconsiderando la situación, respiró profundamente intentando tranquilizarse y, tras meditarlo un poco, determinó que no era momento para vacilaciones; lo que estaba haciendo ya no tenía vuelta atrás y la única alternativa que le quedaba era seguir hacia delante.
  Reanudó su camino, el mulo obedientemente le siguió y, tras haber avanzado un corto trayecto, percibió al lado de una de las paredes que bordeaban la calleja, dos bultos que le parecieron sospechosos  y, con el consiguiente susto, volvió a detenerse.  
  Demasiado sencillo estaba resultando todo, pensaba Ubaldo; la entrega de la mercancía, la subida desde el río hasta ese punto, lo contento que iba, pensando en el dinero que iba a ganar por este trabajo; evidentemente, había pecado de optimista ¿cómo no había pensado en la posibilidad de tener un encontronazo en el camino con la autoridad? ¿Y si resultaba que aquellos dos bultos sospechosos al lado de una pared, eran dos guardias al acecho de algún pringado, como él?
   Le entró un gran nerviosismo, sintió que el corazón se le aceleraba dentro del pecho y reconoció que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.
   Allí parado, en medio de la calleja, a pesar de que había una hermosa “lua cheia” como dicen los portugueses, por mucho que intentara aguzar la vista, la claridad ambiental era insuficiente para ver con nitidez la zona donde sospechaba que la patrulla se encontraba vigilando el camino.
  Permaneció unos minutos quieto y, tras comprobar que las sombras sospechosas no se movían, se serenó un poco; el sentido común le llevó a pensar que, como “de noche todos los gatos son pardos” y era su primer viaje, lo único que estaba ocurriendo es que, aquella noche, no es que fueran pardos, sino que  él lo veía todo muy negro, y que lo único que estaba pasando era, simplemente, que tenía miedo escénico.
   Lo lógico era que aquellas cosas oscuras y sospechosas, que sobresalían sobre la pared, fueran unas matas de zarzales u otro tipo de arbusto; porque, pensándolo bien ¿qué iban a hacer dos guardias civiles, allí perdidos, en el campo, en la mitad de la nada, al lado de un muro de piedras?
  Tras llegar a esta conclusión, se convenció a si mismo que sólo era una falsa alarma y esto le tranquilizó; pero allí seguía habiendo algo y, fuera lo que fuese, personas o elementos inanimados, a aquella distancia era imposible distinguir de qué se trataba.
   Nuestro becario contrabandista, aún estuvo un rato más en la calleja detenido sin saber cómo actuar, mientras que el mulo le miraba inquisitivamente, como si quisiera invitarle a que se moviera ya que, al fin y al cabo, quien llevaba la carga era él y no su dueño.
  Ubaldo intentó imaginar qué habría hecho su maestro en semejante circunstancia y no recordaba que Ezequiel le hubiese dicho nada sobre estos aspectos del oficio -seguramente, no lo había hecho para evitar que se asustara innecesariamente -, al no saber cómo proceder, tuvo que improvisar.
   Retrocedió unos metros por la calleja, metió el mulo en un prado, lo ató por el rabero a un árbol, volvió sobre sus pasos y avanzó hasta la zona conflictiva; si eran guardias civiles quienes estaban allí, la verdad es que iban a sorprenderse: un paisano, paseando sólo, de madrugada, tan lejos del pueblo, resultaba, si cabe, más sospechoso aún que un contrabandista con su alijo, pero no se le ocurrió otra cosa.
   Al llegar a la zona sospechosa pudo comprobar que los bultos que sobresalían sobre la pared sólo eran unas matas de zarzales y no cabezas de personas, sintió un gran alivio por ello y decidió proseguir su camino.
   Tras recoger la caballería, una vez reanudada la marcha, consiguió avanzar a buen paso  pero, tras haber caminado unos quince minutos, se llevó un nuevo sobresalto - Si hubiera leído el horóscopo, seguramente, éste, le hubiera informado que no era un buen día para los negocios y hubiera acertado, porque  aquella noche no ganaba para sustos- 
   A lo lejos, calleja adelante, se veía una luz por encima de las paredes; aunque, por suerte, estaba muy distante; fue entonces cuando reconoció que Ezequiel tenía razón cuando le dijo que no debía encender la linterna durante el trayecto,salvo extrema necesidad, porque podrían verle a gran distancia.
   Si allí adelante había gente con linternas, y no tenían inconveniente alguno en ser vistos, sólo podía ser la autoridad que estaba vigilando el camino; esto es lo que pensó Ubaldo, al ver aquella luz, y ahora sí llegó al convencimiento de que el peligro era real.
  Maldijo a su mujer y a Ezequiel por haberle convencido para que aceptara "el trabajo” y, sobre todo, se maldijo a sí mismo por haberse dejado convencer, dando lugar a que se hallara en esa situación, preguntándose que qué pintaba allí, en plena noche, en aquella calleja, con el mulo cargado con un alijo de tabaco, en vez de estar en la cama, tan a gusto...y todo por ganar algo de dinero.
   Para ser feliz, hacen falta pocas cosas: salud, dinero suficiente para vivir con desahogo, tener cerca a alguien a quien querer y que te corresponda, un trabajo que sea de tu gusto, y poco más. Si tienes eso, ganar más dinero contribuye muy poco para ser más feliz (Todo ello pensaba Ubaldo en ese momento, y es que uno se vuelve muy filosófico ante las situaciones más insospechadas)

   Afortunadamente, la luz que veía estaba lejos y, gracias a la distancia que les separaba, no podían verle a él. Alguien dijo: “si un día te encuentras en un callejón sin salida, no te quedes allí, sal por donde entraste” . Eso es lo que tuvo que hacer Ubaldo; como no podía avanzar, decidió retroceder sobre sus pasos por la calleja abajo, con la intención de buscar una ruta alternativa; aún quedaba mucha noche por delante para llegar al pueblo.
   El lado positivo del asunto era que ya sabía dónde se encontraba la patrulla de la benemérita, vigilando y, “si estaba allí…no podía estar en otro lado” -está visto que, para pensar con lógica, no hace falta ir a la universidad-
   Desanduvo el camino hasta el sitio donde se iniciaba la calleja, una vez allí, consideró que ya estaba lo suficientemente de lejos de la luz y decidió descansar un rato sentándose sobre la misma piedra que antes había usado para el mismo fin. Dejó suelto al mulo que permaneció quieto, a su lado, y se puso a planificar la nueva ruta que iba a tomar. 
   De pronto, el silencio de la noche quedó roto por un fuerte ruido entre la maleza, a escasa distancia  de donde se encontraban él y el mulo descansando.
   Es curioso comprobar cómo, cada uno de nosotros, ante un mismo hecho, reaccionamos de forma tan distinta. Ubaldo, a consecuencia del ruido, se llevó un susto tan grande que le dejó totalmente paralizado en el lugar donde estaba sentado; en cambio, en el mulo, el ruido ejerció el efecto contrario pues se espantó y, al estar suelto, inició una rápida carrera, tal como si se hubiera  transformado en un auténtico caballo pura sangre en un hipódromo, hacia la calleja por la que, con tanto sigilo, acababan de volver, en dirección a la luz que su dueño intentaba evitar. 
   Al ver hacia donde se había dirigido el mulo desbocado, Ubaldo quedó atónito. Ahora sí que se había fastidiado todo…cualquiera lo perseguía. Nunca, en sus pensamientos más pesimistas, había pensado que pudiera ocurrir algo así.
   El ruido había sido ocasionado por un tejón que andaba a aquellas horas de corribanda nocturna; El bicho, ajeno a los miedos del contrabandista novato, al detectar su presencia, había huido precipitadamente del lugar, metiendo mucho ruido al rozar su cuerpo con el pasto y los matorrales.
   Ubaldo se maldijo, nuevamente, por haber aceptado el encargo ¿¡¡A esto lo llamaban ganar un dinero fácil!!?; todo esto pensaba a la par que  unos pensamientos abrumadores acudían a su mente: Si la luz que había visto en la calleja pertenecía a la patrulla de la guardia civil, estaba perdido: cogerían el mulo con la carga, por la mañana ya sabrían quién era su dueño, irían a su casa a buscarle y después... No quería ni pensar lo que vendría después.
   De nuevo se encontró ante el dilema de no saber cómo actuar. Aventurarse por la calleja, a buscar el mulo, equivaldría a meterse voluntariamente en la boca del lobo y esa posibilidad inmediatamente la desechó. Permaneció un buen rato en el lugar, bastante abatido, sin saber qué hacer y, finalmente, optó por regresar a casa tomando una ruta alternativa; se alejaría de aquella zona dando un rodeo y ya, sin el mulo, incluso podría ir campo a través.
   Al menos, esta parte del plan salió bien y en poco más de una hora, con gran cautela, llegó al pueblo cuyas calles, al ser aún noche cerrada, permanecían desiertas.  
   Entró en su casa con gran sigilo, para no despertar a la familia, y, a pesar de las emociones pasadas: disgustos, sobresaltos, miedos… pensó que lo mejor que podía hacer era acostarse e intentar dormir algo; aún faltaban varias horas hasta el amanecer y quién sabía si  al día siguiente tendría que hacerlo en un calabozo.
   La esposa, ajena a todo, estaba profundamente dormida y, cuando Ubaldo se tumbó a su lado, en la cama, se despertó y preguntó:
  - ¿Ya has vuelto? - una pregunta de lo más retórico; tener delante a alguien que ha estado fuera, y preguntarle si ya ha vuelto, es algo que hacemos con frecuencia-.  ¡Qué bien! ¡menos mal que no ha pasado nada y estás aquí, sano y salvo!  
  - ¿¡¡Que no ha pasado nada!!?  contestó Ubaldo muy enfadado. Sí que ha pasado…y mucho.
 ­ - ¿Qué ha pasado? Preguntó Mari Flor que, sobresaltada, encendió la luz sentándose en la cama.
  - De momento nada, respondió él, lacónicamente...pero va a pasar. No sé cómo voy a salir de esta. Mañana va a venir los guardia a buscarme. Menudo lío se ha preparado…¡y todo por haceros caso a ti y a tu hermano!.
-        ¡Pero dime ya lo que te ha pasado!, exclamo ella muy preocupada.
-     A mi nada, pero el mulo, con la carga de tabaco, se espantó y echó a correr hacia una calleja donde estaba la guardia civil. Yo, lo que he hice fue alejarme de allí y he venido dando un rodeo. ¡Con que era un dinero fácil! ¡Verás tu por donde nos va a salir ese dinero!
-        Pero tú estás bien, ¿no?, insistió Mari Flor.
-        Sí, de momento sí; pero cuando vean el mulo con el tabaco…
-        ¿Y estás seguro de que eran guardias civiles?, volvió a insistir ella.
-      De cerca no los he visto; lo que vi fue una luz delante de mí, en la calleja por la que venía, a bastante distancia, y, a las 3 de la mañana, o era la Guardia Civil, o era “La Huesteda”; yo, como no creo en cosas raras, me inclino por lo primero. -Lo que nuestros abuelos llamaban “La Huesteda” es conocida, en Galicia, como La Santa Compaña. En todos los lados es lo mismo: una procesión nocturna de ánimas con velas; pero en cada sitio recibe un nombre diferente-  
-        A ti no te vieron en ningún momento ¿verdad?, continuo Mari Flor hablando, a la vez que pensaba cómo podía solucionarse aquel embrollo. En el peor de los casos, siguió diciendo ella,  puedes decir que alguien te cogió el mulo sin permiso y que se lo llevó para hacer contrabando. Aunque todos en el pueblo saben que Ezequiel se dedica a esto, es del dominio público que tiene una pierna rota y que él no puede haber sido…y a Portugal no van a ir preguntando que a quien le pasaron el tabaco.
-        ¡Qué fácil lo veis todo las mujeres!, protestó Ubaldo. Claro, como el delincuente soy yo…
-        ¡Fácil no es, y cuesta un poco creerlo!, respondió ella; pero algo habrá que contar. Si no te han visto, a ver cómo demuestran que has sido tú, siguió  Mari Flor con su razonamiento. Lo importante es que estás bien. Vamos a intentar dormir algo y que sea lo que Dios quiera. Es una pena…con lo bien que nos hubiera venido el dinero.
  
   Como aún era de noche, intentaron dormir algo; pero el pobre Ubaldo, después de tantas emociones, no logró pegar el ojo; la esposa, en cambio, pudo reanudar su sueño con facilidad.
      Se levantaron temprano y, tras desayunar, permanecieron en silencio, sentados en la mesa de la cocina, sin saber qué hacer; esperando que, de un momento a otro, llegara la Guardia Civil preguntando por Ubaldo…pero allí no venía nadie.
   Mari Flor, como había dormido bien, razonaba mucho mejor que Ubaldo y le dijo a éste:
   - ¡Mira! vamos a hacer nuestras tareas diarias como si no hubiera pasado nada. Si uno quiere pasar por inocente, debe parecerlo -Creo que algo parecido le dijo el Cesar, en la antigua Roma, en alguna ocasión, a su mujer, aunque, en este caso, referido a la decencia- No podemos estar aquí esperando a que vengan los guardias, con cara de culpables...como si hubiéramos hecho algo malo. Si te parece bien,  tú te vas al campo y yo me pongo a hacer los oficios de la casa.
 - Sí, tienes razón, contestó el marido. Me voy a la huerta hasta mediodía y que sea lo que tenga que ser. Cuando venga la Guardia Civil, les dices que no sabes nada y que yo he estado en casa toda la noche. Después los mandas para allá.
   Cuando Ubaldo salió a la calle para ir a trabajar a la huerta, lo hizo con cierto recelo. Estaba convencido de que la autoridad, de un momento a otro, iba a venir a detenerle y no quería que eso ocurriera allí, delante de todos los vecinos, por lo que tenía prisa por alejarse de la casa.
   Una vez que cerró la puerta, cuando se disponía a ir calle abajo, lo que vio le dejó sumamente
Calle de un pueblo ribereño
sorprendido. En ese momento, el mulo, con la carga de tabaco íntegra, subía calle arriba. Éste, tras el susto del tejón, cuando detuvo su carrera, había parado en algún lugar indeterminado y, una vez que amaneció, se había orientado perfectamente tomando el camino de vuelta al pueblo; había atravesado varias calles, a plena luz del día, y allí estaba... a punto de llegar al domicilio.
   En aquella época, en un pueblo ribereño, ver un mulo cargado era algo muy habitual y no había llamado la atención de nadie.
   Ubaldo, metió a la caballería en el corral, llamó a la mujer y entre los dos descargaron la mercancía, que no había sufrido daño alguno. Ambos estaban muy contentos, especialmente él que había pasado de la angustia más absoluta, a la euforia; tan exultante estaba que casi le dio un beso al mulo por el gran peso que acababa de quitarle de encima, mas no se atrevió; estaba la esposa delante y se hubiera enfadado con él. Podría haber pensado que lo quería tanto como a ella.
  En un momento determinado,preguntó Mari Flor: 
-        Entonces, la luz que viste... ¿era “La Huesteda?  
-    Pues no sé si lo sería, respondió Ubaldo, pero te aseguro que un Cuculumbrero no era.

 Post data:
   Existen dos interrogantes,
   a) La luz que vio aquella noche Ubaldo, si no pertenecía a la Guardia Civil, ¿qué otra cosa podía ser sino “La Huesteda”?. Los “Cuculumbreros”, aunque se vengan arriba e iluminen mucho, solo es posible verlos si estamos muy cerca de ellos; como la luz que él vio estaba bastante distante, era imposible que se tratara de uno de estos insectos..
   b) Este primer viaje de Ubaldo, tras las peripecias que sufrió, ¿Supuso el comienzo de una larga y prometedora carrera como contrabandista? Estoy convencido de que, tras los sustos y miedos, que pasó aquella noche, no le quedaron ganas de volver a hacer más viajes, aunque más vale que Mari Flor pensara igual que él, porque si no…