miércoles, 5 de abril de 2017

El hombre que no amaba a las mujeres


   Esto ocurrió hace ya bastantes años, cuando me encontraba estudiando en Salamanca; era un día de abril, un Viernes de Dolores para ser más exactos, y me iba al pueblo de vacaciones de Semana Santa. Entonces, tener coche era un auténtico lujo y, como la mayoría de las familias no disponían de él, cuando viajábamos, casi todos lo hacíamos en el transporte público. 
   Aquella tarde, la estación de autobuses estaba abarrotada de gente y maletas; daba la sensación de que todos los estudiantes habíamos decidido ir a nuestros pueblos, el mismo día y a la misma hora.
   La empresa Bautista, que era entonces la encargada de la ruta en nuestra zona, aquel día había reforzado el servicio con más autobuses y, aun así, todos iban  llenos de pasajeros.
   Tras localizar el autobús que me correspondía, guardé el equipaje en el maletero, subí al mismo y busqué el asiento que tenía asignado, que se encontraba en la parte de atrás. Unas filas anteriores a mí, viajaba un hombre de mi pueblo (vamos a llamarle Teodomiro) al que saludé al pasar por el pasillo, antes de acomodarme en mi asiento.
   A las seis de la tarde, hora oficial de salida, el autobús estaba completo con todos los pasajeros ya sentados en nuestros asientos, el equipaje guardado en los bajos de autobús con los portones ya cerrados,  y el conductor se encontraba también, ya sentado ante el volante… pero el coche no arrancaba. Nadie sabía por qué no nos íbamos ya.
   Salir con retraso era algo muy habitual y aquel día no fue la excepción, salimos de Salamanca “solo” veinte minutos más tarde de lo previsto. En esta ocasión, la demora era debida a que la empresa había vendido billetes por encima de la capacidad de los autobuses, y no había asiento para todos los pasajeros (aunque pueda parecer que el overbooking es un invento nuevo de las compañías aéreas, en realidad la línea salmantina de autobuses Bautista, ya lo había inventado hace más de 40 años). La empresa, en eso hay que alabarla, al contrario que las compañías aéreas, nunca dejaba a nadie “en tierra”. En nuestro autobús subieron, aquel día, dos pasajeros, “de más” que permanecieron de pie, en el pasillo. Irían allí hasta que bajase alguien, en alguno de los pueblos más próximos a la ciudad, y quedaran asientos libres.
   Actualmente, cuando viajamos en un medio de transporte público: tren, autobús, avión…podemos apreciar cómo ha cambiado la sociedad en lo que respecta a la comunicación entre las personas. Entonces no había móviles, mp3, tablets, ni ordenadores portátiles, y los pasajeros, durante el viaje, generalmente hablábamos con el compañero que te tocaba al lado. Estar dos horas sentado, a pocos  centímetros  de tu vecino de asiento, sin dirigirle apenas la palabra, era impensable. En cambio, hoy día, lo habitual es que el compañero de al lado se coloque los auriculares, se ponga a navegar -o divagar- por internet, o a hablar o “”guasapear” por el móvil, y ni te mira aunque compartas con él varias horas de viaje.  
  Los nuevos sistemas de comunicación, con los que contamos hoy día, nadie pone en duda que son una  maravilla; pero, en algunos aspectos, no son tan estupendos. Te acercan a la gente que está lejos, sí, pero te alejan de la que tienes al lado (este fenómeno ocurre también hasta en los propios domicilios, no hace falta viajar para para comprobarlo).
   En aquellos tiempos, como aún no existían estas nuevas tecnologías, una vez que el autobús arrancó e inició el recorrido, muchos pasajeros comenzaron a hablar con sus vecinos de asiento y , como buenos españoles, encima lo hacían bastante alto, oyéndose dentro del autobús, simultáneamente, varias conversaciones.
  Los dos pasajeros que iban de pie, en el pasillo, también conversaban y uno de ellos lo hacía en voz alta, gesticulando mucho,  parecía estar muy enfadado. En un momento dado, todos pudimos oírle decir con claridad, en un tono de voz bastante elevado:
-   ¡Si es que todas las mujeres son unas putas!
    A escuchar esto, casi todas las conversaciones se interrumpieron y muchos miramos al hombre que había hecho tal afirmación.
-        ¡Cáyate!¸ le recriminó el compañero, al darse cuenta. Nos están mirando todos.
   El autor de la frase, también se dio cuenta de que era observado por gran parte del pasaje  e hizo caso al compañero, permaneciendo los dos en silencio.
   A los diez minutos, cuando el autobús iba dejando atrás las últimas casas de la ciudad, casi todos los pasajeros, incluidos los que iban a pie en el pasillo, ya habían reanudado sus charlas. La conversación de estos dos últimos, en realidad, no era un diálogo, se trataba de un monólogo ya
WWW.monbus.es
que uno hablaba muy exaltado (el orador), elevando cada vez más el tono de la voz, mientras el otro sólo escuchaba (el escuchante).
   Un poco antes de llegar Doñinos, el primer pueblo de la ruta, donde tenía paraba al autobús,  todos pudimos oír de nuevo, al mismo pasajero del pasillo de antes, al orador, que decir con mucha vehemencia:
-   ¡De verdad. Todas las mujeres… pero todas…son unas zorras y unas putas!
   Lo cierto es que desagradaba tanta insistencia sobre el tema. Desde que somos niños, siempre
nos han enseñado que no hay que meterse en conversaciones privadas; pero aquella conversación era cualquier cosa menos privada ya que, sin pretenderlo,  la estábamos oyendo prácticamente todos los  que viajábamos en el autobús. Teodomiro, que se encontraba muy próximo al hombre que lanzaba aquellas aseveraciones sobre las mujeres, muy contrariado, se dirigió a él en estos términos:
-   ¡Oiga! Usted dice, que todas las mujeres son unas putas ¿no?
-   ¡Pues sí!, respondió el otro, muy seguro de sí mismo ¡lo digo y lo repito las veces que sea necesario!
-   Entonces…por lo que dice…su madre también lo es, claro, afirmó Teodomiro.
   Al escuchar estas palabras, el hombre enrojeció de ira, dudó durante un momento qué hacer, y se abalanzó sobre nuestro paisano. Éste, que tenía un paraguas en la mano, se levantó del asiento y le dijo que si se le acercaba  le arreaba  con él.
   Se armó una escandalera tremenda en el autocar. Se oyeron insultos, hubo amenazas, y no llegaron a las manos porque los viajeros, que estaban más próximos a ellos, se interpusieron entre los dos hombres. En la trifulca intervinieron también varias mujeres que apoyaron a su paladín, con palabras y de paso aprovecharon para insultar al deslenguado pasajero del pasillo.
   El conductor tuvo que parar el autobús, y, tras restablecer un poco el orden, para evitar nuevos enfrentamientos, sugirió que uno de los dos protagonistas de la gresca se bajara allí mismo para  continuar el viaje en otro autocar de la empresa que venía detrás de nosotros; pero ninguno quería abandonar el autobús,  eso suponía dar la razón al otro. 
   Un hombre, que iba en la parte delantera del autobús, se ofreció a dejar su asiento  a “el hombre que no amaba a las mujeres”, y siguió el viaje en pie, en el pasillo, en su lugar, con el fin de      separar a los dos contrincantes.
   De este modo, pudimos continuar la ruta (aquel día, el coche de línea, en vez de las dos horas      habituales que empleaba, en hacer el trayecto, tardó tres horas en llegar al pueblo; ya que, al horario  habitual hubo que sumar el retraso en la salida y la trifulca que hubo en el autobús.  
   Más de uno felicitamos a nuestro paisano por su buen hacer, defendiendo la honra de las mujeres, y  éste intentaba quitarle importancia al asunto, echando mano del refranero:
  ­- ¡Bah!, ha pasado lo de siempre: “Quien dice lo que no debe, escucha lo que no quiere”



sábado, 18 de marzo de 2017

Asuntos divinos y profanos II

Una voz “celestial”

   No hace mucho tiempo, en un pueblo de Extremadura, tuve ocasión de leer un letrero, que el cura había colocado en la puerta de  la iglesia, con el siguiente aviso: “Apaguen el móvil durante la misa. Para hablar con Dios, no lo van a necesitar”. Esto me hizo recordar una anécdota que ocurrió hace ya bastantes años.
   Todos sabemos que  los caminos de Dios son inconmensurables,  y que Éste puede manifestarse de las más diversas formas;  pero  hay modos de hacerlo que nunca, por mucha imaginación que le echemos al asunto, podemos sospechar  que ocurra, tal como sucedió aquel día.
   Situémonos  en 1970. En esta época, existía en Barruecopardo un instituto  de bachillerato elemental  que  dependía  del homónimo de Ciudad Rodrigo.  Un día, debían ser entre las cinco y

las seis de la tarde, los alumnos  nos encontrábamos  en clase de religión y el profesor de la asignatura,  uno de los curas del pueblo (entonces había dos) explicaba algún capítulo del Viejo Testamento. En un momento dado, exclamó:
-      Entonces  el Señor dijo…, e hizo un silencio calculado, antes de reproducir, con solemnidad, las palabras dichas por Dios). 
   Nosotros permanecíamos muy atentos, para escuchar lo que había dicho Dios, y  pudimos oír, con toda claridad, las siguientes palabras:  
-   ¡Vaaca, vaaca veeee! ¡Como te dé un estacazo, vas a ir por donde yo te diga!  (Esto es lo que oímos los alumnos, tras la introducción que había hecho el cura).
   Obviamente, estas palabras no salieron de la boca de nuestro profesor de religión. Las había dicho  un hombre que pasaba con sus vacas, en ese momento, por la calle; una de ellas debió desmandarse un poco y su dueño, para restablecer el  orden en el rebaño, le dedicó esos improperios.  El momento coincidió, exactamente,  con  el preámbulo que había hecho el profesor,  para  transmitirnos las palabras divinas, y  el resultado fue que los alumnos  lo único que  llegamos a oír fueron las amenazas que dedicó el dueño a su vaca. 
  El  profesor también oyó las voces del paisano, se dio cuenta de lo ocurrido y, ante nuestras risas, quiso guardar la compostura,  intentando mostrar enfado por lo sucedido; pero se tapaba  la boca con el libro que tenía en la mano  para disimular  una risa floja que intentaba contener.

 - ¡Dios no dijo eso, os lo aseguro! Aclaró el cura, que ya no podía disimular una risa franca. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Asuntos divinos y profanos 

El final del invierno

   Los misioneros/as son gente admirable que dedican su trabajo, y su vida, a ayudar a los más necesitados desarrollando una gran labor en los países más pobres. Actualmente,  también existen  ONG que prestan ayuda  a los ciudadanos de otros países en situaciones de pobreza, enfermedad, hambre…, pero, hasta no hace muchos años,  esta labor era desarrollada, fundamentalmente, por este colectivo de hombres y mujeres extraordinarios.
   Aunque pueden ser seglares, en su gran mayoría son religiosos, y allí donde van, además de  acristianar a la gente,  intentan mejorar las condiciones de vida de esas personas prestando ayuda sanitaria, alimentaria, educacional…. Pero, para  desarrollar estas actividades ,  no basta con ser personas virtuosas y tener buenas intenciones, también son necesarios medios materiales; por decirlo de otra forma:  si los misioneros  pretenden  vivir en otros países, construir escuelas, consultorios, capillas,  pozos de agua potable  y una larga lista de cosas,  en aquellos lugares donde realizan su labor,   necesitan dinero y éste nunca es suficiente (ni en las misiones, ni en ningún otro lado, todo hay que decirlo).  Por este motivo,  a mediados del siglo pasado, en las décadas de 1960 y 1970, algunos misioneros, cuando volvían a España de vacaciones desde los países donde desarrollaban su trabajo, aprovechaban su estancia aquí para visitar las parroquias de los pueblos, solicitando ayuda económica, con el fin de poder seguir desarrollando su actividad en aquellos lugares.  En realidad, era una continuación de su labor misionera: aquí recogían lo que podían, y allí lo distribuían después.
  Cuando venían a los pueblos, habitualmente,  lo hacían en tiempo cálido: primavera o  verano; pero  un  año llegaron a nuestro pueblo en la primera quincena de marzo, a finales del invierno. 
En estas fechas,  aunque la primavera cronológica ya está próxima, a veces no ocurre lo mismo con la primavera climática pues el ambiente aún sigue siendo demasiado invernal, manteniéndose las temperaturas excesivamente bajas, como ocurría aquel año.  
   Las iglesias suelen ser lugares bastante frescos; este hecho, que durante el verano es estupendo,  cuando llega el  invierno no lo es tanto, y en los pueblos, como antes en ninguna de ellas había  calefacción, en esta estación eran auténticas neveras.   
Las iglesia suelen ser sitios frescos
   Durante los días que permanecían los misioneros en el pueblo  se celebraban diversos  actos religiosos (rosarios, misas, o simples reuniones)  en el templo, y,  debido a que el  clima, aquel año, aún era bastante frío,  el párroco y los dos misioneros que habían venido al pueblo, en esta ocasión, conscientes de la situación, hablaron del tema y llegaron a la conclusión de que una cosa es ser buen cristiano  y otra quedarse congelado en la templo (debieron pensar que la iglesia católica ya tenía  muchos mártires, y que no necesitaba más), así que acordaron que el número de actos  con los feligreses se mantendría, pero procurando que  duraran el menor tiempo posible.
 
   Las celebraciones religiosas tenían lugar al caer la tarde y, más o menos, transcurrían de este modo: El párroco del pueblo oficiaba el  acto religioso oportuno, acompañado de los  misioneros y, en un momento dado, uno de estos  tomaba la palabra y hablaba a la grey sobre la bondad, la hermandad entre las personas, la desigualdad entre países pobres y ricos, y de lo bien que vivíamos nosotros -según ellos-   mientras que en los países, donde  estaban de misión,  todo eran necesidades… La conclusión final era que   nosotros, como buenos cristianos,  debíamos ser generosos con “los hermanos de los otros países”.
  Todo esto no se resumía a un solo día; los misioneros,  permanecían en el pueblo  dos o tres días y después se iban a otro lugar a continuar su labor.
   En aquella  época, la religiosidad de la gente era  mucho mayor que ahora y lo habitual era que los feligreses acudieran en gran número, a la iglesia.  
  Una noche, en plena celebración,  el misionero que hablaba aquel día debía estar muy inspirado pues, a pesar del clima tan gélido que había en esos momentos en el templo,  olvidó el compromiso que adquirido con los colegas, respecto a la brevedad de las celebraciones,  y llevaba más de media hora hablando sin parar, inmune al frío, mientras los feligreses le escuchaban  “engarañados”.
   Nuestros  paisanos: hombres,  mujeres, viejos, jóvenes y niños, todos ellos, estaban literalmente helados, aguantando estoicamente las palabras del orador, haciendo méritos para ir al cielo.  Éste  seguía con su plática,  como si nada, y,  en un momento dado, comenzó a amenazar con las llamas del infierno a aquellos malos cristianos que no fueran  generosos con los hermanos pobres de los otros continentes (a este tipo de acciones, hoy día, los psicólogos lo llaman chantaje emocional).
   Un hombre de reconocida religiosidad, hasta ese día,  como todos los demás, estaba aterido de frío; encogido, dentro de su abrigo,  tiritaba,  casi le castañeteaban los dientes  y apenas sentía los pies, de lo helados que los tenía. Por su mente pasaban un montón de pensamientos y todos estaban relacionados con el intenso frío que sentía (pensaba en lo bien que estaría en su casa al  brasero, en su mesa camilla. Se juraba a sí mismo que jamás volvería a escuchar  a ningún misionero aunque viniera en pleno  mes de julio; y, finalmente, llegó a la conclusión de que, como siguiera unos minutos más en la iglesia, le iba a pasar algo… y él no tenía madera de mártir).
  Se hallaba sumido en estos pensamientos, cuando oyó la amenaza de “las llamas del infierno para los malos cristianos”,  esto le  hizo recordar la acogedora lumbre que había dejado encendida en su casa, y ya no  aguantó más. Se levantó  del banco en el que se encontraba sentado y pudo apreciar  que todo el mundo le observaba. Hasta el misionero interrumpió la larga charla que estaba dando, mirándole también. Debieron pensar todos que quizá le sucedía algo malo; lo que, en cierto modo, no dejaba de ser verdad ya que el frío que tenía el hombre no era nada bueno.

   Pero nuestro paisano ya sólo pensaba  en su lumbre; se imaginaba lo bien que estaría sentado en la chimenea de su cocina, calentando el cuerpo por fuera, e incluso tomándose además una copa de coñac, para calentarlo también por dentro, y tomó una decisión irrevocable: no aguantaba en la iglesia un minuto más… se iba para casa. Allá los demás si querían seguir pasando frío;  por él,  podían seguir escuchando al misionero “hasta  el Día del Juicio, por la tarde”.
   A las personas, generalmente,   les avergüenza abandonar una celebración, sea religiosa, o de cualquier otro tipo, sin que ésta haya acabado;  pero este hombre estaba desesperado por el intenso frío que tenía  y, a pesar de que todos continuaban mirándole,  ya nada podía detenerle.
   Dirigió sus pasos hacia la salida del templo y cuentan que, en el trayecto, hasta llegar a la puerta, alguien le oyó mascullar:

-         ¡Qué suerte tienen los malos cristianos! ¡Lo a gusto que deben estar en el infierno! 

sábado, 18 de febrero de 2017


                                   El Jueves de Comadres (Jueves Merendero) 

   Dentro de las fiestas de invierno, una de las más señaladas, en nuestra zona, es el Jueves Merendero o Jueves de Comadres. Esta fiesta, conocida también en Villasbuenas como “La Corcová”, se celebra el jueves que precede al carnaval, y, tanto la una, como la otra, no tienen una fecha fija; ambas fiestas son movibles y, por ello, su situación en el calendario varía todos los años; estando ligadas, las dos, a la fecha de celebración de la Semana Santa, que también es movible.
   Tras los carnavales, viene el Miércoles de Ceniza, que siempre lo encontramos situado, en el calendario, 40 días antes del Domingo de Ramos; fecha que da inicio a la Semana Santa, que finalizará el Domingo de Resurrección, una fecha clave para los cristianos, ya que conmemoran, este día, la resurrección de Jesús. Es también, este Domingo de Pascua, el que determina la movilidad de las fiestas anteriores; pero tampoco tiene una fecha fija en el calendario, y todos los años hay que calcularla.
   Todo partió del Primer Concilio de Nicea (año 325) en el que se dispuso que, cada año, la fecha de la Pascua de Resurrección “Se celebraría el primer domingo después de la luna llena que coincida, o suceda, al Equinocio de Primavera (21 de marzo); en el caso de que la luna llena tenga lugar en domingo, la Pascua se traslada al domingo siguiente” Ese es el motivo por el que todos los años, en Semana Santa, podemos ver en el cielo una hermosa luna llena; por otra parte, si hacemos cálculos, ateniéndonos a los requisitos exigidos en dicho concilio para establecer esa fecha, podemos observar que, como los ciclos lunares duran 28 días, las fechas posibles para celebrar el Domingo Pascua pueden ser muchas; en cambio, el espacio de tiempo en el que puede caer este día tan señalado es fijo: nunca antes del 22 de marzo, ni después del 25 de abril. 
   Nosotros, como lo que nos interesa aquí es la fecha del Jueves Merendero, podemos decir entonces que fue el Concilio de Nicea quien determinó que, todos los años, dicho jueves debía celebrarse 53 días antes del Domingo de Pascua.
   Una vez que ya sabemos calcular la fecha del Jueves Merendero, vamos a recordar cómo se celebraba en nuestra comarca ese día; indicando de antemano que, cada grupo de edad, lo festejaba de distinta forma.
   Para los niños, la celebración consistía en ir a comer la merienda al campo. En la escuela, ese día, sólo había clase hasta mediodía y los muchachos aprovechaban la tarde para ir al campo, en grupos, a comer la merienda, a algún lugar prefijado de antemano; generalmente, elegían sitios poco alejados del pueblo ya que esta época del año todavía es invierno, las tardes aún son cortas, y anochece pronto.    Cada chico/a llevaba las viandas en un fardel de tela -aún no habían llegado a nuestro país las mochilas que vemos ahora por todas partes- consistiendo la merienda, habitualmente, en algún
embutido de la reciente matanza, un huevo cocido o una tortilla, algo de pan y fruta (ese día, era muy habitual que a cada niño su madrina le regalase una pequeña longaniza de chorizo o salchichón reservada de antemano, para este menester, desde el mismo día de la matanza). En algunos pueblos hacían hornazos para merendar este día; en nuestra zona, en cambio, éstos se reservaban para “los otros días de la merienda”: Domingo, Lunes y Martes de Pascua (los Días del Hornazo).
   Para los varones adultos, este día no tenía significado especial alguno, era una jornada laboral más; en cambio, las mujeres sí hacían fiesta aprovechando, también, la tarde para comer la merienda, igual que los niños, aunque, en su caso, no lo hacían en el campo, sino en los propios domicilios. Esa tarde, las mujeres se reunían en grupos, en algunas casas, para merendar; cada grupo estaba integrado por mujeres que guardaban entre sí una profunda amistad y, como las amigas íntimas también son llamadas comadres, éste es el motivo por el que el Jueves Merendero también es conocido como Jueves de Comadres (también son conocidas como comadres las madrinas de bautizo de los niños que, en ese caso, son comadres de los padres de éste. Esta circunstancia podía darse también, en algunos casos, entre estas mujeres, por lo que algunas eran comadres por partida doble).
   Estas fechas aún son invernales y el clima sigue siendo hostil en nuestra zona; por ello, las comadres, al contrario que los niños, preferían reunirse alrededor de las mesas camillas, al calor del brasero de cisco, donde disfrutaban de una opípara merienda. El Jueves Merendero era una fecha muy apropiada para probar la matanza. Los chorizos, aún no solían estar en su punto para comerlos crudos y, por ello, habitualmente, eran asados en las brasas de la lumbre, o en el brasero; además, algunos filetes de lomo fresco, conservados dentro de las ollas, en manteca de cerdo, salían de éstas para la ocasión.
   Unas comadres aportaban productos de sus matanzas, y otras llevaban dulces elaborados por ellas mismas, así que era un auténtico banquete el que se daban esa tarde. Entonces, el colesterol aún no formaba parte de nuestras vidas, ni preocupaba tanto el valor calórico de los alimentos, tal como sucede ahora, así que lo comían todo a plena satisfacción.
   Estas reuniones eran exclusivamente para mujeres, y estaban vedadas a los hombres. Antiguamente, las mujeres apenas iban a los bares y casi ninguna ingería bebidas alcohólicas; en cambio, esa tarde no tenían reparo en acompañar la merienda con unos vasos de vino. La consecuencia que ello acarreaba es que algunas comadres se ponían muy alegres y acababan cantando; evidentemente, cuanto más vino bebían, más desafinaban, pero “un día, es un día”, y jueves merenderos al año sólo hay uno.
   Mientras los niños merendaban en el campo, y las comadres lo hacían en las casas, los hombres estaban trabajando “como si nada”, pues la fiesta no era para ellos; aunque imagino que cuando volvieran a casa, a la hora de cenar, sus mujeres les reservarían algo especial para que se notase que era el Jueves Merendero (les ofrecerían carne del cerdo en forma de exquisitos productos de la matanza, y quién sabe si, gracias al vino que se había tomado más de una, era una noche propicia para ofrecerles “otro tipo de carne”).
   Aún había otro grupo de edad que también hacía fiesta, el de los jóvenes “en edad de merecer”. En este caso, el eje central de la festividad no era gastronómico, como ocurría con los demás grupos; para ellos era día de jolgorio, una fecha propicia para relacionarse con chicos/as del otro sexo, ya que, ese día, era la auténtica antesala de los carnavales y había baile. Por ello, tras las tareas de la tarde, había que merendar pronto, ponerse “la ropa de los domingos”, e ir al salón del baile donde les esperaba la diversión. Para los quintos y quintas del año, que serían los protagonistas principales de las inminentes carnestolendas, se trataba de una fecha importantísima ya que, durante el baile del Jueves Merendero, tenía lugar un ritual que para ellos guardaba un gran significado: ese día se emparejaban para pasar los carnavales.
   Con ese fin, se hacía un sorteo que consistía en escribir en distintos papeles el nombre de cada uno de los quintos y quintas; a continuación, eran introducidos en dos sombreros, en uno se depositaban los papeles con los nombres de los chicos, en el otro los de las chicas, y empezaba el sorteo que discurría así: Dos personas, de probada honradez, metían la mano en los sombreros e iban sacando, de uno en uno, los papeles con los nombres de los protagonistas. El que tenía el sombrero de las quintas sacaba un papel y, en voz alta, pronunciaba el nombre escrito en el mismo, para que lo oyera todo el público; a continuación, quien tenía el sombrero con los papeles de los quintos hacía lo mismo y decía el nombre del chico, quedando así establecida la primera pareja. Este proceso se repetiría sucesivamente, las veces que fuera necesario, hasta que todos estuvieran emparejados.
   Estos emparejamientos debían mantenerse hasta que finalizaran los carnavales y conllevaban una serie de obligaciones; una de ellas era la que obligaba a cada quinto a recoger todos los días a su pareja para ir al baile y, una vez acabado éste, debía acompañarla de vuelta hasta su casa; en cambio, ella estaba obligada a bailar con él siempre que se lo demandara pues eran “una pareja oficial”; aunque esto no suponía una exclusividad para ninguno de los dos ya que, tanto ella como él, podían bailar con todo el mundo.
   Gracias a estos sorteos, algunas parejas comenzaban a relacionarse, se gustaban, y mantenían en el tiempo esa relación. Más de un noviazgo, y posterior matrimonio, tuvo sus inicios en un sorteo del Jueves Merendero. Otras veces, el azar no acompañaba mucho y el chico/a, que hubiera tocado en suerte, no era del agrado del otro/a, incluso el desafecto podía ser mutuo; pero, como públicamente eran “pareja oficial”, debían esforzarse y guardar la compostura hasta que el Miércoles de Ceniza, una vez acabado el carnaval, finalizaba “el compromiso” adquirido.
   El origen de esta fiesta es muy antiguo y se pierde en el tiempo; como sucede con otras tantas fiestas, existen diversas opiniones respecto al mismo.
   La fiesta es conocida como Jueves de Comadres porque en ella las mujeres hacían reuniones que estaban prohibidas a los hombres, y su origen, según Julio Caro Baroja, podría estar relacionado con la Matronalia, una fiesta romana dedicada a Juno, diosa de la maternidad, donde las mujeres casadas, durante ese día, tomaban el mando adquiriendo supremacía sobre los maridos (esta fiesta romana, en realidad, tiene una relación más próxima a la Fiesta de las Águedas, que al Jueves de Comadres, pero el sentido de ambas fiestas es el mismo: son fiestas sólo para mujeres).
   En cambio, otros opinan que el origen de la fiesta no guarda relación alguna con el mundo romano y consideran que surgió como consecuencia de algunos preceptos de nuestra religión. En los primeros tiempos del cristianismo, cuando se estableció la celebración de la Cuaresma y la Pasión, la Iglesia dictó una serie de directrices a seguir, durante ese espacio de tiempo, que obligaban ¡cómo no! a hacer penitencia; consistiendo, una de estas normas, en la prohibición de comer carne durante toda la Cuaresma -con el tiempo se suavizaría dicha restricción y, en la actualidad, el impedimento de la carne sólo afecta a los viernes cuaresmales-
   Por lo tanto, las circunstancias eran las siguientes: nuestros antepasados, por una parte, tenían en esta época del año, en sus casas, carne en abundancia procedente de la reciente matanza, y, por otra parte, estaba la prohibición de catarla, durante todo este tiempo, por mandato de la Santa Madre Iglesia; así que, para no pecar y evitar ir “de patitas al infierno” por comer carne en Cuaresma; como mal menor, la gente aprovechaba el Jueves Merendero y los carnavales, para despedirse de estas exquisiteces hasta que, una vez finalizado este período de abstinencia, el Domingo de Resurrección, con mucha alegría, se reenganchaban a su dieta habitual; celebrándose, para la ocasión, los días del hornazo (esta justificación, como origen de la fiesta, también es creíble ya que no parece casual el hecho de que el comienzo del Tiempo de Cuaresma y Pasión, y su final, coincidan con unas buenas merendolas).
   En cuanto al sorteo de quintos y quintas, para emparejarlos durante los carnavales, su origen no parece guardar relación con el asunto de la carne. El hecho de que el sorteo tuviese lugar ese día, parecer ser, simplemente, una coincidencia en el tiempo; además, no siempre se hacía durante el Jueves Merendero, a veces se realizaba al día siguiente, el viernes, pero no más adelante pues las “celebraciones oficiales” de los quintos comenzaban ya el sábado, la víspera del Carnaval, y para entonces todo quinto/a debía saber ya quién iba a ser su pareja.
   Independientemente de que el origen de la fiesta sea uno u otro, la verdad es que no importa mucho; el caso es que el Jueves Merendero, para aquellos que tenemos cierta edad (los que íbamos con el fardel a comer la merienda al campo), era una fiesta muy esperada y alegre que, como tantas otras costumbres que había en nuestros pueblos, fue decayendo progresivamente, con el paso del tiempo, y, en la actualidad, prácticamente ha desaparecido.
   Estamos ante una fiesta profana que no estaba dedicada a ningún cristo, virgen o santo; sino a las personas; donde la gente comía, bebía, cantaba, bailaba… en resumen, se divertía todo lo que podía. Era una fiesta cuyo fin no era otro que celebrar la alegría de vivir.

viernes, 3 de febrero de 2017

La fiesta de “Las Águedas”

 
      Santa Águeda nació en Catania, una ciudad de la isla de Sicilia (Italia), en el siglo III, cuando Roma aún era un imperio que se extendía por toda la cuenca mediterránea y gran parte de la Europa actual. En aquella época, los cristianos eran perseguidos a lo largo y ancho del imperio y resulta que ella era joven, muy bella, y cristiana.
   Quintiano, el gobernador de la isla,  cuando la conoció, se enamoró de ella y le pidió que fuera su esposa (o compañera o querida, este extremo no puedo precisarlo), exigiéndole, además, que abandonase la práctica del cristianismo; pero a Águeda debió gustarle poco el gobernador -debía ser muy feo- y, además, era una mujer de fuertes convicciones religiosas, así que no aceptó ninguna de las pretensiones de  Quintiano, y éste, muy irritado por no lograr sus propósitos, ordenó que torturaran a la joven y que le cortaran los senos; de ahí que muchas imágenes de la Santa  aparezcan acompañadas con una bandeja en la que reposan unos  pechos cortados.
   Su martirio se cree que tuvo lugar en el año 251 y, cuando fue elevada a la categoría de santa, pasó a ser la patrona de Sicilia, siéndolo también de muchos pueblos de España.  Además, es considerada  protectora de las mujeres ya que recurren a ella cuando tienen algún mal en los pechos, o problemas con la lactancia.
   
   Dentro del santoral, encontramos a Santa Águeda el 5 de febrero, teniendo su fiesta un gran arraigo en muchos pueblos de Salamanca. Ese día, tiene un significado muy especial para las mujeres, las auténticas protagonistas de la fiesta, ya que le arrebatan la autoridad a los hombres tomando ellas el mando. Éste es el motivo por el que el festejo también es conocido como  “El día de las Águedas”. 
   La celebración de esta fiesta es bastante antigua y, aunque la forma en que se desarrollaba el festejo ha evolucionado mucho a lo largo del tiempo, aún sigue manteniendo la mayor parte su esencia.
   Hace unos 50 años, en muchos pueblos, la fiesta discurría así:
    
   La fiesta comenzaba a media mañana cuando algunas “Águedas” tocaban las campanas para convocar a las mujeres, juntándose éstas en la plaza, o en  casa de la alcaldesa -previamente al día de la fiesta, habían mantenido una reunión para elegir a esta última - después, ésta y su cohorte  de mujeres entraban en el ayuntamiento donde las esperaba el alcalde, que cedía el bastón de mando a la alcaldesa de ese día; tomando las mujeres, desde ese momento,  el mando a todos los efectos.
Águedas de Barruecopardo  (2011)
 A continuación iban a misa, teniendo lugar, después de la misma, un convite sólo para mujeres, a base de dulces y chocolate. Del género masculino, sólo acudían el cura y el tamborilero.  
  A mediodía había una comida, también exclusiva para mujeres, y, tras los postres, tomaban café y, algunas, incluso se atrevían con una copa. El alcohol, ya sabemos que quita la vergüenza y suelta la lengua; así que, tras tomarse los licores, cantaban y brindaban.
   Los brindis eran variados y muy graciosos, algunos relacionados con la eterna guerra entre hombres y mujeres, como el siguiente: “En caso de dudas, que seamos nosotras las viudas”. También era frecuente escuchar: “El mejor hombrito, huerfanito” (ni que decir tiene, que éste  iba dirigido a las suegras… y eso que algunas de las asistentes lo eran).
   Los hombres, ese día, estaban obligados a cuidar de los niños y atender las tareas de la casa
   Acabada la sobremesa, “Las Águedas” recorrían el pueblo invitando a todo el mundo al baile. En éste, eran las mujeres quienes sacaban a bailar a los hombres, estando éstos, inexcusablemente,   obligados a aceptar.  El dar calabazas ese día, a alguna mujer, ni se contemplaba como posibilidad. Si alguno se negaba a bailar, podía pasarle de todo: se metían con él, lo empujaban hasta el centro del baile entre varias y allí lo acorralaban obligándole a bailar. Si el muy necio aún seguía negándose, le daban “los Gallos” (para quien no lo sepa, el hecho de dar a un hombre los gallos  no consistía, precisamente, en regalarle al mismo una cesta con pollos, sino en agarrarle los testículos y darle unos tirones. Cada tirón era un gallo. Es fácil comprender por qué ningún varón se negaba ese día a bailar con cualquier mujer que lo solicitara).  
   También podía ocurrir que, cuando los hombres iban por la calle, alguna mujer, desde el  balcón, les tirara encima un jarro de agua, o ceniza, o harina, o…
   Las féminas recorrían las calles en grupo  y, si se cruzaban con algún hombre, éste procuraba rodear por otra calle; o bien, se daba la vuelta volviéndose por donde había venido, para evitarlas,  ya que le piropeaban, le pedían dinero, o le gastaban alguna gamberrada.
   Sólo eran motivo de broma los hombres adultos y los jóvenes, con los niños no se metían.  
   Imaginaos, en un pueblo pequeño, a varias docenas de mujeres juntas, con ganas de juerga y llenas de autoridad  ante los hombres. Evidentemente, tal fecha no era el lugar ideal para estos.   Aunque algunos preferían ir  a pasar el día a la ciudad, con cualquier excusa, para evitar las bromas de “las Águedas”,  la mayoría de ellos participaba de la fiesta y acudían al baile para que las mujeres los sacasen a bailar. Eso sí,  al desplazarse por las calles del pueblo caminaban por el centro de éstas, lejos de balcones y ventanas, para evitar  que les tirasen algo encima. 
   Una vez finalizado el baile, cuando acababa la fiesta, la alcaldesa devolvía el bastón al alcalde y éste, una vez recuperado el mando, siempre repetía las mismas palabras rituales:    
-   ¡Que lo celebremos de hoy en un año!

   Se trata de una fiesta muy divertida y, aunque no puede determinarse con certeza desde cuando se celebra, tenemos la referencia del año 251 como fecha del martirio; por lo tanto, lo que sí puede asegurarse es que la conmemoración del  mismo, obligatoriamente, tuvo que comenzar después de esa fecha.

  A mediados  del pasado siglo XX, salvo honrosas excepciones, la fiesta de las Águedas dejó de celebrarse en muchos lugares, permaneciendo en el olvido durante mucho tiempo. Afortunadamente, hace algunos años volvió a recuperarse y, hoy día, continua formando parte, del calendario festivo, en muchos pueblos salmantinos.