miércoles, 19 de diciembre de 2018


Unas navidades inolvidables

   El frío era intenso aquella noche del 24 de diciembre y el reloj del ayuntamiento acababa de dar once campanadas, una hora en la que todas las familias se encontraban reunidas en torno a la mesa dando buena cuenta de la opípara cena que, para la Nochebuena, se prepara en todas las casas; por lo que resultaba sumamente extraño ver pasear por las solitarias calles del pueblo a aquel hombre.
  
   Fidencio, vamos a llamarle así, iba calle abajo, caminando muy despacio, paró un momento para encender un cigarro y a continuación lo acercó a los labios mientras miraba a lo lejos sin fijar  su mirada en nada concreto, mientras recordaba lo que había ocurrido en su casa, aquella noche tan entrañable y llena de emociones, haciendo balance de cómo había resultado la cena de Nochebuena que, con tanta ilusión, habían preparado, él y su mujer, para toda su familia. Se había propuesto que aquella noche fuera especial, y ¡vaya si lo había conseguido! Todos iban a guardar un recuerdo imborrable de aquella fecha.  
   Era un hombre muy ordenado, le gustaba planificar todo al detalle, sin dejar nada al azar, y la organización de la cena, que acababa de vivir, había empezado a gestarse con varias semanas de antelación a la llegada esta fiesta.    
  
   Para la Iglesia Católica, los prolegómenos de la Navidad comienzan con el Adviento; un tiempo litúrgico durante el cual los cristianos nos preparamos (o deberíamos hacerlo) espiritualmente para la Natividad de Jesús.
   El tiempo de Adviento, comprende los cuatro domingos previos al día de Navidad y su duración no es fija, oscila entre 22 y 28 días. Cada año, al llegar estas fechas, si queramos localizar el primero de estos domingos, podemos comprobar que, indefectiblemente, siempre se corresponde con el más próximo a San Andrés, (30 de noviembre), y, dependiendo de los años, puede estar situado entre el 27 de noviembre y el 3 de diciembre.
   Si prescindimos del ámbito religioso, la verdad es que no encontramos una fecha concreta que sirva para indicarnos que ya estamos en los preámbulos de la navidad. El primer aviso, suelen darlo las administraciones de lotería que comienzan a ofrecer sus números, para el sorteo de navidad, en pleno verano; las agencias de viajes, apenas ha finalizado el período estival, lanzan sus ofertas para viajar durante los últimos días del año; los productos navideños comienzan a aparecer en las estanterías de los supermercados en octubre; los operarios municipales, o empresas concesionarias, se afanan en colocar las luces para el alumbrado navideño de las calles, en noviembre… En fin, que desde varios meses antes, de la llegada de estas celebraciones, estamos recibiendo, continuamente, avisos desde  todos los sectores, recordándonos que la navidad está al caer; no sea que se nos olvide y, una vez lleguemos a ella, nos pase desapercibida.
  
   Los sentimientos que despiertan estas fiestas, en la gente, son muy diversos. En uno de los extremos están aquellos a quienes la llegada de las navidades les hace una tremenda ilusión pues en ellos, aún subyace la sensación de felicidad que sentíamos de niños, con la parafernalia asociada a estas fiestas; en cambio, en el polo opuesto se encuentran los que desearían cerrar los ojos, dormirse el 23 de
Alumbrado de Navidad
diciembre -vamos a dejarles despiertos el 22 por si les toca la lotería-, y despertarse el días 8 de enero, evitando así tener que vivir estas fechas de consumo compulsivo que parecen estar hechas a medida de los grandes almacenes, fábricas de juguetes, turrones y colonias; embotelladoras de cavas y “champanes”; telefonía… , y no de las personas normales, cuyas pagas extras se quedan cada vez más exiguas a la hora de afrontar lo que se nos viene encima.
  
   Fidencio, era una de las personas a quienes la celebración de las navidades despertaba sentimientos positivos y, al llegar estas fechas, sentía mucha nostalgia evocando la alegría que él sentía en la infancia, aunque ésta ya había quedado bastante lejana. Acababa de superar los setenta años, la salud le había respetado bastante y, tras haber desarrollado su vida laboral en la ciudad, tal como hacen las aves migratorias todos los años, que regresan a sus nidos tras pasar el invierno en África, al alcanzar su jubilación había decidido volver a vivir al pueblo con su esposa, Domitila -“La Domi”, como él, cariñosamente,  la llamaba-.
   Tenían dos hijas que eran mellizas bivitelinas, un término que emplean los médicos para definir a los hermanos nacidos en el mismo parto, cuyo parecido físico, entre sí, sólo es similar al que pueden tener con el resto de los hermanos; desde el momento del nacimiento, habían sido siempre el principal motivo de preocupación y de alegría, tanto de él como de su mujer, y estaban estrechamente unidos a ellas.  
   Los hermanos mellizos, tienen la siguiente particularidad: o se quieren mucho, o no se aguantan, no hay términos medios; ellas, por suerte, pertenecían al primer grupo y siempre se habían llevado muy bien; habían recibido la misma educación en los mismos colegios, habían compartido los mismos amigos… Sus vidas habían transcurrido siempre tan paralelas que, incluso a la hora del noviazgo, ambas se habían emparejado con dos chicos que, a su vez, eran amigos entre sí, y, a la vez, socios de un negocio.
   Los casamientos de las dos hermanas se habían realizado con tan sólo dos meses de diferencia y aunque los ahorros de los padres, Fidencio y Domitila, prácticamente, habían desaparecido tras las bodas; al verlas tan ilusionadas y felices, el dinero gastado lo dieron por bien empleado.
   Tras los casamientos, todo había ido muy bien; los amigos-cuñados-socios mantenían una estupenda relación entre sí y las dos hermanas estaban encantadas por la suerte que les había deparado el destino; mas al poco tiempo, el negocio de los socios-cuñados empezó a ir mal, las ganancias cada vez eran menores, y empezaron los problemas.
   Cuando un negocio no marcha bien, casi nunca es debido a una causa concreta, suelen concurrir varias; pero los dos cuñados, cada vez más angustiados por las estrecheces económicas, empezaron a culparse mutuamente del mal funcionamiento de la empresa, el descalabro empresarial siguió su curso y aquello acabó como el Rosario de la Aurora: la empresa cerró y ambos socios dejaron de hablarse. De socios-amigos-cuñados, pasaron a ser, únicamente, cuñados y mal avenidos.
   El efecto secundario que esto acarreó, fue que sus consortes, las hermanas mellizas, aunque sí se hablaban, acabaron distanciándose y esto disgustó mucho a sus padres.
   Fidencio, era un hombre afable, muy buena gente, como se dice vulgarmente, y para él era inconcebible que sus dos yernos, anteriormente tan amigos, hubiesen llegado a tal grado de enemistad.
Si el problema se ciñera exclusivamente a ellos dos, podían darle por saco a ambos -pensaba el suegro- lo que realmente le preocupaba era que la buena relación, que siempre habían mantenido sus hijas, hubiera empeorado tan ostensiblemente; ya que, aunque seguían llevándose bien, ese ambiente fraternal, de plena confianza, que habían mantenido desde que su más tierna infancia, había desaparecido a raíz de los problemas entre sus respectivos cónyuges.
   Cuando Fidencio hablaba con sus yernos, veía que el trato era muy correcto, incluso cordial -aunque a la relación entre suegros/as y yernos/nueras no se le puede pedir la excelencia, la que él mantenía con los maridos de sus hijas era  bastante buena- , así que llegó a la conclusión de que, si ambos eran buenas personas, lo único que se necesitaba, para reconducir la situación y superar sus desavenencias, pasaba porque ambos “enemigos” mantuvieran entre sí una charla sincera y clarificadora.
   Estaba plenamente convencido de que el problema personal, surgido a consecuencia del cierre del negocio, debió haber sido ocasionado por algún malentendido, ya que, si eran socios en la empresa al 50%, y ésta había fracasado, en ese aspecto, tan culpable era el uno como el otro. Pensaba que, si un día eran capaces de reconocerlo así, a partir de ese momento sería fácil solventar la situación, desaparecerían sus desavenencias, volverían a ser amigos y sus hijas podrían recuperar la óptima relación que siempre habían mantenido desde niñas.
   Como entre ellos no se hablaban, si quería que se reconciliaran, era imprescindible que lo hicieran, así que pensó que era necesaria la presencia de un consejero, una especie de intermediario que gozara de la confianza de los dos, capaz de mantener un equilibrio entre ambas partes, ¿y quién mejor que él, que era tan suegro del uno como del otro, para tal menester? 
   Sus dos hijas, y los cuñados enemistados, vivían en la ciudad; la Nochebuena estaba ya a unas semanas vista y Fidencio consideró que, si en esa fecha es habitual que las familias, por tradición, se reúnen en torno a la mesa, aquella era la ocasión perfecta para llevar a cabo su idea. Además, el espíritu navideño, que estos días impregna el ambiente, jugaría a su favor y favorecería sus propósitos. Plenamente convencido de que, si ambos cuñados se sentaban a la misma mesa, y él hacía de intermediario, todo iba a arreglarse volviendo a reinar la concordia en la familia, decidido a ejecutar el plan, así que habló con “Domi” y le dijo lo siguiente:

-       He pensado, que el Día de Nochebuena deberíamos cenar todos juntos; nuestros yernos no pueden seguir así. Tienen que hacer las paces y volver a ser amigos. ¿Qué culpa tienen nuestras hijas de lo que pasara con el negocio? Ellos ya trabajan, cada uno en un sitio distinto, y ya no tienen intereses en común, así que, en ese aspecto, está todo resuelto. Lo único que necesitan es hablar y aclarar sus diferencias. Los dos son buenos chicos y tienen que volver a entenderse. Creo que esa noche es una ocasión perfecta para encontrarnos todos y normalizar la situación.

-     No sabes lo que me gustaría que se reconciliaran y volvieran a ser amigos - respondió la mujer -. Te aseguro que lo deseo más que nadie, pero no es una buena idea Fidencio. Raquel y Ana - que eran las hijas-, dicen que por ahora lo ven imposible; nosotros, además, no somos sus padres, sólo los suegros y si la cosa sale mal, que es lo previsible, encima nos van a coger una manía tremenda.  
        Del tema de la Nochebuena y Navidad, aunque aún falta mucho, ya he hablado con nuestras hijas y las dos coinciden en que hay que evitar que estén juntos. Los dos matrimonios, por supuesto que vendrán a vernos, pero por separado…una pareja cenará con nosotros en Nochebuena, y la otra vendrá a comer el día de Navidad.

       Estas explicaciones, a Fidencio no le gustaron nada, ya que eso suponía no poder llevar a cabo su plan, por lo que le insistió a Domi:

-     Pues habla con ellas de nuevo. Tienen que estar todos aquí en Nochebuena. Puedes decírselo sólo a ellas, y, si es necesario, que los engañen y no sepan nada hasta que se encuentren aquí en pueblo, en nuestra casa. Cuando vengan, en primer lugar, hablaré con los dos por separado y después lo hacemos los tres juntos; al fin y al cabo, ellos conmigo no tienen nada.  Ya verás cómo consigo que esa noche se reconcilien…yo no lo veo tan difícil. Estoy convencido de que este año vamos a vivir unas navidades inolvidables.

-     ¡Tú estás tonto! -contestó la esposa enfadada-. ¡Cómo van a traerlos engañados! ¿Quieres apagar el fuego echándole más leña? ¡Pero a qué cazurro se le puede ocurrir eso! Con razón decía tu madre que eras el más tonto de todos sus hijos.

-     ¿Cómo iba a decir mi madre eso de mí? -respondió Fidencio sorprendido- ¡Pero si yo era hijo único!

-     ¿No ves cómo tu madre tenía toda la razón? -contestó Domi con ironía. Mira -continuó ella diciendo-, hablaré de nuevo con las dos, e insistiré…por eso no te preocupes. Yo tengo tanto o más interés que tú en que todo se solucione, pero hay cosas que llevan su tiempo. Siempre se ha dicho que los peores enemigos son los amigos más próximos, porque son los que más saben de ti, y nuestros yernos estaban próximos antes como amigos, y ahora lo siguen estando pero como enemigos;  por eso veo muy difícil que ellos acepten venir, a pesar de que ellas se lo pidan.   

-     Tú insísteles a las dos , dijo Fidencio. Que no quería renunciar a su proyecto de reconciliar a sus yernos el Día de Nochebuena.  

   Domitila habló por teléfono varias veces con sus hijas, para que intentaran convencer a las respectivos esposos de que sus suegros estaban muy ilusionados en que hicieran la cena de Nochebuena todos juntos…pero sin trampa alguna; ambas partes lo harían sabiendo que iban a compartir mantel con “el enemigo”, aunque éste estuviera en el lado opuesto de la mesa y no quisiera dirigirle la palabra durante la cena.  
   Ninguno de los matrimonios tenía hijos aún, así que a la pretendida “conferencia de paz” sólo asistirían los seis.

 Si hubiera sido la ONU, la encargada de organizar aquella cena, seguramente, nunca se hubiera celebrado; pero Domi era mucho más eficiente que este organismo, a veces tan inútil, y, tras numerosas conversaciones telefónicas con los aliados (las hijas), en un derroche de alta diplomacia, tras duras y laboriosas negociaciones entre todas las partes, por fin se llegó a un acuerdo de mínimos.
   Para conseguir que ambos contendientes accedieran a sentarse a la misma mesa, el Día de Nochebuena, fue necesario elaborar “unos estatutos”, con el fin de  evitar puntos de fricción, que todos tuvieron que aprobar:  

   El encuentro se reduciría a la cena y ninguno de los adversarios iba a permanecer en ella más allá de los postres; no habría sobremesa, porque ninguna de las partes estaba dispuesta a que el encuentro se prolongara más allá de lo recomendable.
   Comenzaría a las 22 horas y ambos antagonistas llegarían al evento tan solo unos momentos antes de su inicio; como es sabido que la falta de puntualidad, con frecuencia, es fuente de conflicto, ésta debería ser exquisita. Si se considera que vendrían al pueblo, desde la ciudad, se acordó que sólo se tolerarían demoras no superiores a los 15 minutos. El que tardara más en llegar, pasaría a ser tachado de impuntual por todos los asistentes; en cambio, el puntual tendría libertad para volverse a la ciudad sin quedarse a cenar y sin tener que dar explicación alguna.
   La cena tendría un tiempo límite de duración, de modo que ninguno de los matrimonios invitados estaba obligado a prolongar la estancia, en el hogar de los suegros, más allá de las 24 horas, sin posibilidad de prórroga, ambos regresarían a dormir a la ciudad, a sus respectivas casas; los suegros, a su vez, habían adquirido el compromiso de que en ningún momento se pondrían pesados, incitándoles a permanecer más tiempo del acordado en el “campo de maniobras” -en la mesa-.  
   Los asistentes acudirían vestidos de forma informal, con ropa cómoda, evitando ir elegantes para que no hubiese rivalidades respecto a calidad de la ropa, accesorios, joyas…
   Respecto a los alimentos, hubo arduas negociaciones para su elección -al fin y al cabo, se trataba de una cena-. Una vez descartado el pescado como plato estrella, tras decantarse por la carne, unos y otros fueron exponiendo sus preferencias y acabaron siendo rechazados, sucesivamente, pavo,  capón, lechazo, cochinillo, ternera…, por suerte, al final, hubo consenso resultando elegido el cabrito al horno -aquel año había poca oferta de cabritos, y Fidencio tuvo que recorrer varios pueblos hasta que pudo hacerse con uno. Mas, como era para una buena causa, se tomó con mucha deportividad el esfuerzo realizado- Tanto el cabrito, como el resto de los alimentos, incluidos los mariscos, postres, bebidas… todo ello, correría a cargo de los anfitriones; ninguno de los invitados podría aportar nada, para evitar que alguien cayera en la tentación de presumir de que su vino, turrón, mazapán…  era mejor que el del adversario. 
 Los temas de conversación también estaban seleccionados:
 La economía sería un tema tabú; no se podría hablar de trabajos, ni de negocios pasados, presentes o futuros -siempre se ha dicho que no se debe hablar de la cuerda en casa del ahorcado-

 En cuanto al fútbol, aunque no estaría prohibido hablar, se rogaba cierta contención, evitando posiciones extremas, aunque ambos cuñados coincidían en ser, los dos, hinchas del Real Madrid,  Fidencio -aún nadie ha logrado saber por qué- lo era del Barcelona.
 Los dos cuñados, aunque católicos, eran poco practicantes; por lo que se acordó también que no se hablaría de religión. No habría la más mínima insinuación para ir a la Misa del Gallo y estaría totalmente prohibido cantar y poner música ambiental, especialmente, villancicos con voces infantiles -si se contravenía alguno de estos apartados, especialmente el de los villancicos infantiles, cualquiera de los asistentes tendría plena libertad para levantarse de la mesa y largarse de allí sin necesidad de dar explicaciones-
Se sugería hablar del tiempo, de salud y del amor; debiendo evitar preguntar a ninguno de los jóvenes matrimonios ¿para cuándo los hijos?, con el fin de no dar pie a recibir alguna contestación extemporánea.  

Todos estos condicionantes, que habían ido poniendo las dos partes, a lo largo de las “negociaciones previas”; en realidad, eran objeciones que interponían los implicados, con la esperanza de que “el otro”, harto de tanta chorrada, se hartara, se echara para atrás y así suspender el evento; pero como nadie quería ser señalado de boicoteador, el caso es que pasó el tiempo y llegó el día  del encuentro.
 Algo que, semanas atrás, parecía totalmente irrealizable, estaba a punto de suceder.

    El día 24 de diciembre, ya desde la mañana, Domitila estaban bastante nerviosa por lo que se avecinaba. Era bastante pesimista al respecto y pensaba que, aunque en las cenas de nochebuena es típico utilizar el asunto de los cuñados como chiste; la cena de aquella noche, con los yernos-cuñados, no tenía visos de ser nada graciosa, ya que  ninguno de ellos iba a acudir, precisamente, con ganas de contar chistes, sino todo lo contrario.  
   Presionada por su marido, ella había presionado a sus hijas y estas, a su vez, a sus maridos…, allí había demasiada presión y cualquier pequeño detalle podía hacer que estallara todo, así que ella, en su fuero interno, estaba convencida de que aquello iba a ser un auténtico desastre.
Fidencio, en cambio,  se mostraba muy optimista por el resultado que esperaba obtener con su “conferencia de paz”; por fin había llegado el Día de Nochebuena, iban a estar sentados en la misma mesa los dos cuñados-enemigos-yernos, y era la ocasión ideal para que se reconciliaran.
Su plan era hablar, al principio, de banalidades; por supuesto, ajustándose a los “estatutos” negociados para la ocasión, y después abordaría directamente el tema. Incluso ya tenía preparadas las palabras que les iba a dirigir. Estaba plenamente convencido de que, gracias a él, la nochebuena de aquel año iba a resultar inolvidable para toda su familia.

La mañana y la tarde del día discurrieron sin novedad y, cuando llegó la noche, a la hora señalada, todo empezó muy bien pues el tema de la puntualidad se cumplió escrupulosamente. A las 21,50 horas, el coche de la primera pareja estaba aparcando a la puerta de la casa de Fidencio y éste salió a la calle a recibirlos. Tras saludar, efusivamente, a su hija y al marido, como la noche estaba muy fría, mientras ella entraba en la casa, él abrió la cochera para que el yerno guardara en su interior el coche durante la cena. 
Estaban los dos, aún, cerrando la puerta de ésta, y en ese momento vieron llegar el coche de la otra hija con su marido; así que Fidencio se acercó a la ventanilla a hablar con el yerno, que era quien conducía, para decirle que metiera también su ´vehículo en la cochera. Mientras tanto, su hija, que se había bajado del mismo, se acercó a saludarle, vio que el el primer yerno, su cuñado, había permanecido a la puerta de la cochera, mirándolos, y se acercó hasta él para darle dos besos, entrando a continuación en la casa, a saludar a su madre y la hermana.
Fidencio estaba muy complacido con lo que había visto. Su hija había ido a saludar al cuñado “enemigo”, lo cual era una muestra palpable de que la enemistad sólo existía entre ellos y, además, los dos habían sido muy puntuales. Para él, esto era un claro presagio de que todo iba a acabar bien.
Le indicó al yerno que había llegado en segundo lugar, cómo debía meter su automóvil en la cochera, y una vez que lo hizo, al bajarse del mismo, ya en el interior de la misma, se creó una situación bastante tensa: allí estaban ambos cuñados, a dos metros de distancia, mirándose entre sí, muy serios, sin dirigirse una palabra y sin hacer ademán de saludarse.
Al ver la escena, Fidencio decidió que aquello no podía esperar más; era hora de que “el pacificador” comenzara a realizar su cometido. Pensó que, si el problema real era exclusivamente entre hombres, y allí sólo estaban presentes ellos, era el momento idóneo para resolverlo; así que se dirigió a los dos en estos términos:

-        Estaría bien que os saludarais, pero no es necesario. Antes de entrar en casa, quiero deciros que estoy muy contento porque habéis aceptado venir, a sabiendas de que ibais a coincidir los dos. Yo eso lo valoro mucho. Sé que os va a costar mucho ahora, al principio, e imagino que no vais a empezar a hablaros sólo porque yo os lo diga; pero estoy convencido de que, en el futuro, volveréis a llevaros bien y a ser amigos como antes. Sólo os pido que pongáis algo de voluntad los dos.

Ambos yernos escucharon las palabras, que acababa de pronunciar Fidencio, en total silencio -en realidad, ninguno de los dos había abierto la boca desde el momento en que habían coincidido en el lugar-, y uno de ellos contestó:

-        Mira Fidencio, yo he venido por respeto a Domi y a ti, que sois mis suegros, y porque Ana (que era su mujer), me ha insistido mucho…pero olvídate de todo lo demás.

  El otro yerno, tampoco se quedó atrás y le dijo al suegro lo siguiente:
-        A mí me ocurre lo mismo, no quiero que pienses otra cosa.  He venido por vosotros dos, y por la insistencia de Raquel (la otra hija). La quiero mucho, no quería disgustarla y estoy aquí sólo por eso. Lo último que yo hubiera deseado hacer esta noche, sería cenar con el tonto este.

Cuando la palabra tonto salió a relucir, siendo españoles, es fácil suponer lo que ocurrió a continuación. Hubo palabras de grueso calibre por ambas partes, se escucharon voces e incluso intentaron agredirse ambos cuñados. Fidencio, que asistía atónito al intercambio dialéctico, se interpuso entre ellos para que no se alcanzaran y consiguió su objetivo, pues no se alcanzaron; además, la lid quedó muy equilibrada entre ambos ya que el pobre suegro se ganó un puñetazo de cada lado -es sabido que, si te interpones entre dos asnos, siempre acabas recibiendo coces-
Los yernos, al ver que le habían atizado al suegro es cuando se apaciguaron.
Al hombre que buscaba la paz, Fidencio, con los golpes recibidos, súbitamente, debió llegarle la lucidez, estuvo uno sisntantes en silencio sin saber cómo reaccionar, y después explotó; olvidó todo su pacifismo anterior, y tomó también los caminos de la guerra diciéndoles a los “púgiles”:
- ¡¡¡Sois unos imbéciles!!! ¡¡¡Cada cual, mayor!!! ¡¡¡Largaos de aquí!!! ¡¡¡Mis hijas pueden venir cuando quieran, pero a vosotros ni se os ocurra volver a mi casa!!!

       Excitadísimo, no sabiendo como actuar y al borde del infarto, Fidencio decidió abandonar el campo de batalla y alejarse de aquellos “gallos de pelea”, así que, desde la cochera, salió directamente a la calle, y se alejó de la casa.

      Si el reloj del ayuntamiento acababa de dar las once, ya había transcurrido una hora desde que ocurriera el incidente, exactamente el tiempo que llevaba deambulando por las calles del pueblo, sin un rumbo fijo. Debido a la hora, y a la celebración del día, no había llegado a cruzarse con nadie, cosa
A esas horas, no andaba nadie por la calle 
que agradeció.
      Suponía que al oír el jaleo, tanto Domi como sus hijas se habrían asomado a la cochera alarmadas a ver qué había pasado, y, cuando ellos se lo hubieran contado, no habrían demostrado extrañeza alguna por lo ocurrido. Estaba demostrado que, excepto él, todos los demás estaban convencidos de que el espíritu de la navidad, por sí solo, no sirve para solucionar conflictos.
     
      De pronto, oyó a sus espaldas llegar un automóvil que paró a unos veinte metros, al volverse, para ver de quién se trataba, observó que de él bajaba una persona que le resultó muy familiar. El vehículo, a continuación, reinició su marcha y se alejó calle adelante; se trataba del coche de uno de sus yernos y la persona que había bajado de él era Domi, que se acercó hasta aquel caminante que andaba vagando por las calles del pueblo, sin saber a dónde ir.
 
      Ella, cuando se enteró de lo sucedido, muy práctica, reaccionó con mucha naturalidad. Desde el principio, estaba totalmente convencida de que aquello no podía terminar bien y sus previsiones, simplemente, se habían cumplido. Dividió la suculenta cena que había estado elaborando, a lo largo de toda la tarde, en tres partes; les dio una de ellas a cada una de sus hijas y les agradeció  infinitamente que hubieran hecho el esfuerzo de ir a verles; aclarándoles que todo lo sucedido había sido consecuencia del empeño personal de Fidencio y, por lo tanto, si había que encontrar un responsable de todo lo ocurrido,  era exclusivamente él; así que no debían sentirse mal, ni ellas ni ellos; aunque sería bueno que éstos, más adelante, se disculparan con el suegro. Por último, les pidió que, aunque aún faltaba mucho para las doce, la hora establecida como tope para permanecer en el lugar, volvieran ya a sus casas; cosa que agradecieron mucho -ya habían tenido suficientes emociones aquella noche, y no querían estar allí presentes cuando volviera Fidencio- 

     Al llegar Domi a la altura del marido, se dirigió al mismo en estos términos:
-     Vamos a ver, calamidad. ¿Ya te has convencido, de que lo que no puede ser, no puede ser?

Este la miro muy serio y le respondió con otra pregunta
-     ¿Es verdad que mi madre, siendo hijo único, decía que yo era el más torpe de sus hijos?

Cuando oyó la pregunta, Domi, a pesar de la gravedad de lo sucedido, y de que "no estaba el horno para bollos" , le entro la risa y respondió:
-     Era una broma, hombre.  Una madre nunca habla mal de un hijo.
-     No estoy yo tan seguro -respondió Fidencio, que, tras los golpes recibidos, había comprobado cómo su bonhomanía había salido muy dañada, siendo esta sustituida por la triste realidad-. Hoy, si viviera mi madre, estoy convencido de que lo del hijo torpe sí lo diría.

viernes, 30 de noviembre de 2018


La peña de los zorros


    El Catastro, es el organismo oficial que se encarga de identificar y registrar cada punto geográfico del país; con este fin, dentro del término municipal de cualquier pueblo o ciudad, distingue el casco urbano, donde cada casa, piso, local o solar están identificados con arreglo a la calle o plaza donde están ubicados, según su número, planta, letra…, y el campo, al que dicho organismo oficial divide en polígonos y parcelas, teniendo  asignado, cada uno de ellos/as un número concreto; de este modo, es posible tener identificada cualquier zona del territorio, por muy remota que sea.
   Esta nomenclatura del Catastro, a base de letras y números, es la que se emplea en los distintos trámites o documentos oficiales; pero, en el ámbito rural, le gente de los pueblos, para distinguir los distintos lugares que integran la superficie de cada término municipal, lo que utiliza son topónimos, una serie de nombres propios con los que nuestros antepasados, hace cientos de años, fueron bautizando con mayor o menor acierto, los distintos parajes de cada municipio. 
   En cada pueblo, se cuentan por docenas, e incluso por cientos, los topónimos que se emplean para denominar los distintos emplazamientos del término municipal, utilizándose para ello nombres muy variados, a veces bastante extraños, que casi siempre guardan relación con algún accidente o característica determinada del terreno al que aluden.
   Si un sitio recibe el nombre de Vasito del Perdigón o Vasito del Cuco, no cabe duda alguna de que en esos lugares hay un manantial, en una peña, con alguna pequeña oquedad, en el que bebían, y seguramente sigan bebiendo, perdices, cucos y supongo que el resto de la avifauna de la zona. Tampoco puede sorprender a nadie que reciban los nombres de La Tejeda o El Carrascal, lugares  donde abundan, o abundaban, respectivamente, los tejos  y  los carrascos (encinas), dos conocidas especies de árboles.

    Son conocidos como berruecos o barruecos, las peñas graníticas que emergen, aisladamente, sobre el terreno, tan comunes en nuestra comarca. La etimología del nombre de Barruecopardo proviene, precisamente, de un gran peñascal granítico  al que los lugareños llamamos El Castillo, ya que allí, en tiempos pretéritos, hubo una fortificación,  a cuyo alrededor está ubicado el casco urbano; pero en este pueblo, no solo hay una peña, hay infinidad de ellas, cada cual más pintoresca. Una de ellas fue la protagonista de esta historia.

   Esto ocurrió hace mucho tiempo, en tiempos de mi tatarabuelo; unos tiempos en los que, para poder calentarse, en otoño e invierno, había que tener abundante leña en casa ya que la calefacción, en el medio rural, era algo inexistente y combatíamos el frío con el calor de la lumbre en la cocina, con braseros de cisco en la mesa camilla y con caloríferos en la cama, empleándose como combustible ramas y troncos secos de roble y encina.

  Una mañana de otoño, se dirigía Crispín, un hombre de este pueblo, con su hijo de corta edad, al campo a cortar leña; iban caminando, y al llegar a la altura de Val de las Uces, uno de los valles del pueblo, en un prado cercano al mismo, oyeron unos ruidos extraños.
   Se asomó Crispín por encima de la pared de piedra que circundaba el prado y comprobó que los
Se asomó por encima de la pared
ruidos procedían del interior de una peña que había en el mismo. Ésta, presentaba una hendidura a media altura a través de la cual comunicaba con un hueco que había en su interior.
   Entraron el padre y el hijo en el prado, se acercaron a la peña y el primero se asomó a través de la hendidura para ver el interior de ésta, intentando descubrir el origen de aquellos ruidos tan extraños.
   El niño, debido a su corta edad, como no llegaba a la altura de la hendidura, contemplaba con gran curiosidad a su padre, esperando que este le comunicara qué podía haber en dicho lugar:
 - ¡Coño!, pero si hay cuatro zorros dentro de la peña…son muy chiquitos, le oyó decir.
- ¡Qué bien!, dijo el niño muy contento ¡Yo quiero verlos!  ¿Está la zorra?
 - No, contestó Crispín. Habrá ido por ahí, a cazar algo.
 - ¿Y si los cogemos?, sugirió el niño, que estaba encantado por el descubrimiento de los zorritos en el interior de la peña. 
 - ¡Vale!, respondió su progenitor, lo que pasa es que yo no puedo alcanzarlos, este agujero es estrecho para mí; aunque yo creo que tu sí cabes. Métete tú y me los vas dando de uno en uno.
    El muchacho, que estaba entusiasmado por el hallazgo, introdujo la cabeza y la mitad superior del cuerpo en la abertura de la peña con tanto ímpetu, que se quedó “empesgado” en el agujero. No podía avanzar, ni retroceder.
   - ¡Padre!, gritó el niño, desde el interior de la peña. ¡No puedo salir! No puedo ir ni “pa lante”, ni “pa tras”.
   - ¡Espera! Tiro de ti y ahora te saco, respondió éste.
   Agarró al muchacho por las piernas y, empleando toda la fuerza que pudo, intentó arrastrarlo hacia fuera
   - ¡Ay! ¡ay! ¡ay! Me haces mucho daño, no tires. Se quejo el muchacho.
  - ¡Esta sí que es buena!, exclamó el padre. ¿Y ahora qué hacemos? ¡Inténtalo tú solo, a ver si puedes salir! ¡Tira del cuerpo hacia afuera, con mucha fuerza!
   Pero no había manera. Ni “a la de una”, ni “a la de dos”, ni “a la de tres”, el muchacho estaba atascado en el agujero y no podía salir del mismo.  
   Crispín estuvo unos instantes mirando al pobre chico que, con medio cuerpo metido en el interior de la peña y el otro medio sobresaliendo en el exterior, había quedado atrapado, sin saber cómo poder
Peña de los Zorros
sacarlo de allí. Tras pensarlo un momento, creyó haber encontrado una solución y le dijo al niño, hablándole fuerte para que le oyera desde el interior de la peña
- ¡Mira hijo!, voy al pueblo a buscar gente para que me ayude a sacarte de ahí. Traeremos palancas, martillos, marras…lo que haga falta. Si es necesario romper la peña, la rompemos…porque ahí no te vas a quedar.  Tú, debes estar tranquilo hasta que volvamos, tardaremos lo menos posible. ¡Y no te salgas de ahí!, a ver si vamos a volver, te has salido, y ya no te encontramos, dijo el padre socarronamente.
   - ¡Cómo me voy a ir, si no puedo salir de aquí!, respondió el niño irritado, ya que la situación no estaba para gastar bromas.
   - ¡Escúchame!, continuó hablándole el padre. Tienes que estar muy sereno; yo, te lo repito, enseguida vuelvo con gente para que me ayude. Ya verás como no pasa nada. Lo peor que puede ocurrir es que vuelva la zorra antes que nosotros y al ver que estás en su camada queriendo cogerle las crías, te muerda “a base de bien”.
   Si viene, la notarás porque tiene el hocico muy frío. Ya lo dice el refrán: “no hay cosa más fría que el hocico de un perro o las manos de una tía”; así que ya lo sabes, si notas algo muy frío en la espalda, seguro que es la zorra. Si se da el caso, estarás perdido ¡Pero tú no pienses en eso y ten ánimo, que vuelvo pronto!
   - ¡Vale, date mucha prisa!, respondió el niño bastante atemorizado.
   El pobre muchacho, si ya estaba amedrentado por verse aprisionado en la hendidura de la peña, las últimas palabras que escuchó decir al padre, lejos de tranquilizarle le habían asustado más aún.
   - ¡Hasta luego, hijo!, se despidió su progenitor.  Sé valiente, que “de cobardes no hay nada escrito”.
   Crispín se alejó un poco del lugar, y al instante el muchacho empezó a llamarlo:
-   ¡Padre! ¿Estás ahí? ¿Ya te has ido? 
  Al comprobar que no contestaba nadie, una vez que estuvo seguro de que el padre se había marchado; del miedo que tenía, se puso a llorar desconsoladamente.
   Crispín, en realidad, no se había ido. Simplemente, se había alejado unos metros de allí. Pasado un buen rato, se acercó sigilosamente a la peña, aunque procurando que el niño oyese los pasos.
-     ¡¡¿Padre, eres tú?!!  ¡¡¿Padre, ya has vuelto?!!, preguntaba el muchacho, que estaba muy nervioso y   cada vez más acongojado (al tener la cabeza dentro de la peña no podía ver el exterior).
   El padre, en total silencio, se detuvo al lado de la peña, cogió “la machada” -el hacha- que llevaba para partir la leña, y con gran cuidado puso la parte metálica en la espalda del hijo. Éste, desde un primer momento, sospechaba que los pasos que había escuchado, acercándose a la peña, correspondían a la zorra; así que, al sentir aquella cosa fría en la espalda, creyó que se trataba del hocico de la raposa dispuesta a atacarle por haber invadido su camada.
  Sintió que se le ponían los “pelos de punta” de la impresión, gritó aterrorizado, y del miedo que tenía dio tal tirón con el cuerpo hacia fuera, que salió de la peña en la que había permanecido aprisionado, con gran facilidad.
   Al ganar la luz, en vez de ver a una terrorífica zorra enfurecida, presta a atacarle, a quien vio fue a su padre riéndose fuertemente.
- ¡Padre!... que miedo he pasado, dijo al verle, abrazándose fuertemente a él.
- Pues gracias al miedo has salido de la peña. Respondió éste
   Continuaron los dos su camino, muy contentos por haber podido resolver el entuerto, y el hijo, que iba muy pensativo, preguntó:
 - Padre, ¿cómo se te ocurrió lo de “la machada”?
 - Mira hijo, respondió éste, todo lo que entra por un sitio puede volver a salir de él, eso no lo dudes nunca. Yo estaba seguro de que, si habías metido la cabeza en la peña, podías sacarla de allí; solo tenía que buscar el modo de que lo hicieras y una de las fuerzas más poderosas del hombre es el miedo; a veces, cuando se tiene mucho miedo, uno es capaz de cosas increíbles. Yo solo tuve que emplear tu propio miedo y todo salió bien.
- Sí, pero ¿cómo se te ocurrió lo de la machada? Insistió el hijo.
- La necesidad…fue la necesidad. Ya lo dice el refrán: “Piensa más un necesitado que el mejor abogado”.


miércoles, 31 de octubre de 2018


El itinerario de las almas


   La biología dice que son seres vivos aquellos que tienen la capacidad de nacer, crecer, reproducirse y morir, unas propiedades que, en la Naturaleza, poseen los animales y las plantas. Estos, al nacer, tienen unas expectativas de vida que son muy variables dependiendo de las distintas especies; mientras hay mosquitos que viven tan solo unos días – menos aún si nos pican y los pillamos-, algunas tortugas marinas y ballenas alcanzan una supervivencia que se aproxima a los 200 años; pero si buscamos récords de longevidad, donde vamos a encontrarlos es en el reino vegetal siendo las Secoyas Rojas quienes poseen el récord absoluto; algunas de estas espectaculares coníferas, que llegan a alcanzar los 100 metros de altura, pueden superar los 2.000 años. El problema que se plantea, para quien desee verlas, es que debe viajar hasta la costa oeste de Estados Unidos, que es donde se encuentran; por ello, si alguien quiere ver árboles longevos más cercanos, pueden servirle nuestros robles y encinas, cuya edad se contabiliza en centenares de años.  

   Independientemente de la mayor o menor supervivencia que alcanzamos los seres vivos, todos tenemos un inicio y un final -el nacimiento y la muerte-, el período tiempo que transcurre entre estos dos momentos tan importantes de nuestra existencia, es la vida.    
   Los humanos, como animales que somos -unos más que otros, eso sí-, tenemos las mismas propiedades biológicas que “nuestros hermanos”; sin embargo, hay algo que nos diferencia de ellos y es que, al ser racionales, como podemos pensar y razonar, somos conscientes de lo que es la vida y, lo que es más terrible, que esta tiene un final cuando llega la muerte; vivimos con la certeza de que estamos predestinados a morir en un plazo de tiempo más o menos lejano y esto es algo que no llevamos bien.
   
   Una de las grandes preguntas que se ha hecho el hombre, desde la más remota antigüedad, es qué pasa después de la muerte; enfrentarse a ese trance es algo que siempre nos ha creado una gran inquietud.
   Las distintas civilizaciones, siempre han intentado soslayar el hecho de la muerte negándose a admitir que ésta sea la meta final de nuestro camino y todas, sin excepción, han coincidido en aceptar la idea de que, tras la muerte, existe “un más allá”, un mundo diferente al nuestro, el terrenal, al que vamos después de morir.
   Esta idea de considerar a la muerte, “simplemente”, como un tránsito hacia “el otro mundo”, ha permitido al hombre que el hecho de enfrentarnos a ella no resulte tan abrumador; no obstante, hay que reconocer que, aunque la humanidad lleva sobre la tierra varios miles de años, y han existido (y existen), innumerables teorías que intentan proporcionar respuestas a esta duda, ninguna de ellas ha podido ser demostrada -seguimos sin saber dónde está  físicamente "ese otro mundo"-  por lo tanto, para seguir hablando del tema, es preciso abandonar los caminos de la ciencia y entrar en el terreno de la fe; es en este contexto, y no en otro, donde cada cultura o religión ha tratado de resolver este dilema según sus propias creencias.

   En la Grecia clásica, hace aproximadamente 2.500 años, algunos filósofos como Pitágoras, Platón y Empédocles intentaron explicar el asunto de la vida y la muerte afirmando que el hombre es la suma del cuerpo y del alma; una idea que, aunque la habían tomado de otras civilizaciones anteriores, ellos “perfeccionaron" y que, de un modo u otro, ha llegado hasta nuestros días. Ellos llegaron a esta conclusión:
   El cuerpo es el envase, la parte material u orgánica; si buscamos un símil con la informática, diríamos que es el hardware, y es mortal; mientras que el alma, ánima o espíritu, es la parte inmaterial de la persona -lo que determina que el hombre sea un ser racional-; vendría a ser el software, y es inmortal.
   Cuando un ser humano muere, no cabe discusión alguna con el destino del cuerpo; al tratarse de algo material, es incinerado o enterrado, la Naturaleza sigue su curso, y acaba convertido en polvo haciendo bueno el dicho de que “de un polvo vienes y, al final, en polvo te conviertes” (quizá no sea ésta, exactamente, la frase escrita en el Génesis, pero el sentido es el mismo)   
   El problema se plantea a la hora de buscar un destino al alma (Alma=espíritu=ánima). ¿Qué ocurre con el espíritu de las personas, cuando mueren?
   Los griegos creían que el espíritu de una persona, al morir, sufría una transmigración (reencarnación) de modo que al nacer otra persona, se incorporaba a ella. Sostenían que el alma era inmortal, sobrevivía a la muerte del cuerpo, y regresaba bajo otras formas.
   En este sentido, las diversas religiones han seguido caminos parecidos -en realidad, las ideas o creencias, como antes no existían los derechos de autor, han ido copiándose de unas religiones a  otras; por supuesto, cada una de ellas afirma que sus dogmas son los auténticos- y, de una u otra forma, todas prometen otro mundo -otra vida- en el más allá, marcando a los creyentes un camino a seguir, una serie de normas que deben cumplir, para poder alcanzarlo con garantías.

   La percepción que han tenido (y tienen) las distintas culturas, respecto al asunto de la muerte, coincide en lo fundamental: en la inmortalidad del alma y en la existencia de otro mundo tras la muerte; sin embargo, cada una de ellas le ha imprimido sus propias particularidades.

   Los nativos norteamericanos, cuando morían, estaban destinados a cabalgar por las Praderas del Gran Espíritu -supongo que los sioux debían imaginárselas llenas de bisontes para cazar y libres de rostros pálidos”-
 
   Los celtas, también creían en la existencia de dos mundos: el de los vivos -el nuestro-, y el de los muertos. La Fiesta de Halloween, que se celebra el 31 de octubre, tiene su origen en la tradición celta; ellos pensaban que ese día se abrían las puertas del otro mundo para que los espíritus pudieran volver a la Tierra a arreglar aquellos asuntos que hubieran dejado pendientes.
-La costumbre de disfrazarse de zombis, espantajos y demás lindezas, durante la noche de Halloween, parece tener su origen en la creencia del regreso, este día, de los espíritus a la Tierra. La gente, con sus disfraces, pretendía adoptar el mismo aspecto que ellos para evitar que les reconocieran-.

  Los vikingos, a su vez, tenían el Valhalla, la morada de los dioses. Éste era el destino de los guerreros que morían en batalla, al que eran conducidos por las Valkirias -imagino que el resto de los vikingos, aunque no murieran en combate, también tendrían sitio en el Valhalla, aunque fuese en lugares con menos glamour-.
 
 La gente de mi tribu (los de la zona noroeste de Salamanca), así como el resto de los cristianos, cuando la Parca viene a visitarnos, nuestras almas tienen como destino final el Cielo o Paraíso
-supongo que nuestro cielo, el Valhalla y los cielos de las otras religiones, deben estar colindantes y quedar todos en la misma zona-.    

   Los cristianos, tenemos razones suficientes para sentir envidia de los vikingos ya que nos cuesta mucho más que a ellos llegar al Cielo: no tenemos valkirias que nos enseñen el camino y, además, mientras que a ellos les bastaba morir en una batalla para ir hasta allí, nosotros necesitamos currárnoslo mucho si queremos que nos admitan en El Paraíso; para obtener este privilegio, estamos obligados a ser buenos a lo largo de toda la vida, y ¡eso es más difícil!
  
   Nuestra religión, que es la buena, en sus comienzos, también admitía la reencarnación de las almas, tal como pensaban los antiguos griegos, pero había algunos aspectos que no quedaban demasiado claros: Si uno era muy malo, la persona en quien se reencarnaba su alma, cuando moría,  ¿iba a ser malo también?; si en una época determinada había más recién nacidos que almas en uso ¿los sobrantes se quedaban sin alma?, y si sucedía lo contrario y había más almas que recién nacidos, ¿en qué lugar se almacenaban éstas?      
   Estas y otras preguntas, relacionadas con la transmigración de las almas, carecían de respuestas convincentes y esto creaba una gran confusión; por ello, un Papa, creo que fue en el siglo VI, decidió que eso de que las almas se reencarnaran en otras personas no molaba mucho y determinó que, a partir de ese momento, cada uno de nosotros, cuando viniéramos al mundo, lo haríamos con un alma de nueva generación. 
   Entonces, si al nacer venimos al mundo con un alma nueva; al morir, ¿cuál es el destino de las almas viejas…las de los difuntos?

    Cuando era niño, mi catequista, que sabía mucho de estas cosas,  nos contaba lo siguiente: las almas de los malos van de patitas al Infierno, las de los buenos -aquellos que tienen un expediente impecable-, van derechitas al Paraíso (Cielo), y las de los regulares (los que son buenos y malos a tiempo parcial) van al Purgatorio, que es un lugar de tránsito, donde las ánimas deben permanecer un tiempo, purgando sus pecados, para poder entrar en el cielo. Vendría a ser un lugar para el reciclado de almas.

   (Nota: Hasta que fui adulto, mi existencia era muy triste, desde pequeño siempre me habían dicho que para alcanzar el Paraíso, era condición “sine qua non” tener que morir, algo que no me hacía especial ilusión; sin embargo, un día descubrí que hay otro paraíso aquí en la tierra, concretamente, ¡en nuestra comarca! y mi vida cambió. ¡Es fantástico! Puedo ir al Paraíso, siempre que quiero, sin
necesidad de morirme; es un sitio muy recomendable y desplazarse hasta allí es muy fácil, se puede   llegar en coche hasta la misma puerta. Si alguien quiere ir a pasar un rato al Paraíso, sólo tiene que acercarse a Aldeadávila: La “Cafetería restaurante El Paraíso” es uno de los bares más emblemáticos de ese pueblo.

   Volviendo a las ánimas; cuando alguien muere, el espíritu debe abandonar el cuerpo y emprender el camino hacia el cielo; pero, en ocasiones, muchas almas, al ser inmortales, no son conscientes de que el cuerpo que las albergaba ha perdido su vitalidad, desconocen que tienen que abandonarlo y, por eso, hay que echarles una mano.
  En algunos pueblos de Salamanca, la familia del fallecido, para ayudar a que su alma abandonase el cuerpo, a veces colocaba encima del pecho del finado una taza con sal y pimienta. Esto lo pude ver, una vez, en la década de 1980, en un pueblo de la zona de Béjar (entonces los velatorios se realizaban en el domicilio del difunto).
  Había fallecido un hombre, y al preguntarle a la esposa el objetivo de colocar el recipiente sobre el difunto, me respondió que siempre se había hecho así y que debía permanecer allí unas horas para ayudar a que el alma abandonara el cuerpo y así pudiera ir al cielo.
   Yo desconocía que las ánimas tuvieran tanta aprensión por la sal y la pimienta, pero si la mujer lo decía…
  
   En lo tocante a las almas, uno de los recuerdos que guardo de mi infancia tuvo lugar en mi pueblo durante un velatorio. Una mujer que había enviudado hacía poco tiempo, me dejó muy sorprendido cuando se acercó al ataúd del fallecido y le habló así a su ocupante:
-      Le dices a ***** (su marido fallecido) que hemos ganado el juicio y que tenía toda la razón…ya verás lo contento que se va a poner cuando lo sepa (La mujer se refería a un proceso judicial por una herencia ¡cómo no!)
 A aquel muerto, no recuerdo que le hubieran puesto una taza con sal y pimienta en el pecho, así que es muy posible que el espíritu aún permaneciera por allí y escuchara el recado.  
   Los tiempos cambian y hoy, posiblemente, si se desarrollara una escena similar, la familia de la viuda la llevaría, a la mayor brevedad posible, al psiquiatra; ya que tendrían serias dudas de que la mujer tuviera sus facultades mentales en orden; sin embargo, en aquella época, y, sobre todo, en tiempos anteriores, la gente vivía plenamente convencida de que el otro mundo debía ser bastante similar a éste -un lugar de compadreo- y por eso, aquella viuda consideraba que era muy normal enviar al marido un recado, a través del espíritu del muerto.
  Los presentes en el velatorio, que contemplaron la escena de la mujer dando su encargo al fallecido, apenas hicieron comentario alguno; hablar con el espíritu de los muertos, había sido una práctica habitual hasta entonces y no debió resultarles demasiado extraño.
   También era muy común que los viudos/as, los días posteriores a la defunción, se acercaran al cementerio y, situándose ante la tumba del cónyuge difunto, mantuvieran conversaciones con él -unos monólogos, evidentemente- contándole los avatares de su vida diaria, convencidos de que el finado seguía escuchándole. Si algún día se encontraban el cementerio cerrado, no tenían inconveniente en contarle sus cosas desde la puerta del camposanto, a veces, en voz alta para que pudiera escucharle desde la tumba.
   Era su forma de entender que, como el alma del difunto era inmortal, aún debía andar por allí viéndole y escuchándole; se resistían a pensar que una persona, a la que has querido y con la que has convivido durante mucho tiempo, se hubiera ido para siempre.
 
   Continuando con el itinerario de las ánimas; al abandonar el cuerpo, como todo el mundo considera que es razonablemente bueno, la primera intención siempre es tomar el camino del cielo -no creo que a nadie se le ocurra ir al infierno voluntariamente-, y, una vez en las puertas del Paraíso, son recibidas por unos operarios que se ocupan de hacer la selección de las almas que llegan hasta allí, adjudicando los destinos -aunque San Pedro es conocido, vulgarmente, como el portero del lugar; en realidad es el Jefe de Admisión-. 
    Aquello debe ser muy similar a los exámenes de selectividad para entrar en una universidad pública española. Los malos -los peores de cada clase- son enviados directamente al Infierno (quedan  descartados para siempre); a los mejores -los números uno de cada promoción- se les franquean las puertas para entrar en el Cielo, tras darles las normas de vida y convivencia en ese lugar, y el resto -los regulares- son remitidos al Purgatorio, donde deben purgar sus pecados para poder entrar en el cielo (necesitan  una buena preparación con el fin de poder entrar en una segunda convocatoria).
 (La duda que me queda es adónde van los ateos, ya que, si no creen en Dios ni en el Paraíso, allí no pueden ir…aunque ellos se lo pierden ¡no haber sido ateo!)
  
   Los viajes que tienen que seguir los espíritus, hacia el “más allá” deben ser muy complicados, estas rutas no están incluidas en los programas de los GPS y, además, tampoco tenemos valkirias que nos guíen, por lo que el camino hacia el Cielo sospecho que, muchas veces, debe ser muy similar a lo que sucede en invierno, en una autopista española, cuando nieva… un auténtico caos.
   Como ya expliqué antes, las almas, como son inmortales, al morir el cuerpo que las ha albergado, algunas se despistan, no se dan cuenta de que éste último ha llegado al final de sus días, y desconocen que tienen que iniciar su viaje permaneciendo por aquí, perdidas, algún tiempo; otras, en cambio, se dan cuenta del deceso e inician el viaje, pero, a pesar de poner voluntad, se pierden por el camino y vuelven a sus orígenes haciendo honor al refrán de  que “más vale lo malo conocido que…”  
   Existe aún un tercer grupo de almas, las más listas, que saben cuándo abandonar el cuerpo, inician su viaje en el momento oportuno, y llegan al Cielo en un periquete; claro que a estas no vamos a verlas nunca por aquí y, por eso, hoy no toca hablar de ellas.
 
   Los espíritus que no alcanzan los espacios celestes, se quedan por aquí pululando a nuestro alrededor; aunque, por suerte, son invisibles para nosotros. Hay personas que, en ocasiones, afirman haberlos sentido, e incluso insisten en haber visto alguno en forma de fantasmas -estadísticamente, está comprobado que quienes más ánimas ven, son aquellos que están pasados de cubatas- Yo, por mi parte, también reconozco haberme cruzado con más de un fantasma, pero de carne y hueso.

   Las ánimas que permanecen en La Tierra, tienden a concentrarse en determinados lugares como son las proximidades de los cementerios y los pueblos abandonados; estos, pueden haber sido
abandonados por los cuerpos, pero no ocurre lo mismo con las almas; por ello, cuando lleguemos a un sitio y no veamos a nadie, no debemos decir: ¡aquí no hay ni un alma!, porque seguramente no estemos acertados.

   La tradición, también dice que se acercan en gran número, a los pueblos y ciudades, durante la Noche de los Difuntos (madrugada del 2 de noviembre); ese día, deben sentir nostalgia y pretenden regresar a sus antiguos domicilios.  
   En tiempos pasados, cuando no había coches y la gente viajaba a lomos de caballerías o caminando; los viajeros, esa noche, evitaban a toda costa deambular por los caminos después del oscurecer, ya que las ánimas, aunque son invisibles, hay determinadas fechas en las que pueden hacerse visibles, dando unos sustos tremendos, y esa noche es una de ellas.
  El peligro que corrían los caminantes, la Noche de los Difuntos, deambulando por los caminos, envueltos en una oscuridad que ese día era particularmente espectral, no era figurado…era real. Se cuentan terribles historias de personas que, por despiste, u obligadas por las circunstancias, habían tenido que desplazarse, de una  a otra población, esa noche, que aparecieron muertas en la mañana siguiente, en el medio del camino, por “causas desconocidas”; sin embargo, nadie albergaba duda alguna de que esta muerte había sido causada por las ánimas. Ellas, no es que intervinieran directamente en tales óbitos, sólo lo hacían indirectamente pues la causa de su muerte era el miedo que sentían hacia ellas.  
   Ese mismo día, era costumbre que, en los campanarios de pueblos y ciudades, durante toda la noche, hasta el amanecer, estuviese sonando una campana entonando el lúgubre toque de difuntos; además, en todas las casas, debía permanecer un cirio encendido, no sólo durante la noche, sino las 24 horas, del día.

    No hay un acuerdo unánime en cuanto al significado de las campanadas sonando durante la Noche de Difuntos, ni el cirio encendido; en este aspecto, las opiniones son muy diferentes.
   Los más piadosos, opinan que el sonido de las campanas y la luz de los cirios en las casas, servía para orientar, en esa noche tan especial, a las almas perdidas. Como cada campana tiene un sonido único, diferente a las demás, las ánimas reconocían el son de la de pueblo y, gracias a ello, sabían a qué lugar debían dirigirse; en cuanto a las luces de los cirios, en las casas, servirían para que se orientaran y pudieran regresar aquella noche a sus antiguos hogares.
   Otros, en cambio, sostienen que el objetivo del tañido de las campanas, aquella noche, lejos de tener un fin piadoso, era para ahuyentar a las ánimas, evitando, de este modo, que se acercaran a los pueblos para que no asustaran al personal. Respecto a las llamas de los cirios, tendrían como misión dar luz para combatir el miedo innato que los humanos tenemos a la oscuridad; esa noche en especial, con tanta alma en pena pululando a nuestro alrededor, cuando aún no había luz eléctrica, como el ambiente de las casas era especialmente tenebroso. era necesario mantener una luz encendida con un fin protector ya que, como las ánimas prefieren la oscuridad, evitaban así que se acercaran a los hogares.
  A quienes son partidarios de esta segunda opinión, lejos de inspirar piedad, lo que producen las ánimas es pavor y por ello, consideran que es necesario protegerse de ellas, coincidiendo con el miedo de los celtas a los espíritus la noche de Halloween, ¿pura casualidad?... ¡de ningún modo!; el hecho de que la fiesta de Halloween y la de los Difuntos estén tan próximas en el calendario, no es casual.
   Del mismo modo que sucede con otras fiestas paganas anteriores al cristianismo, el Papa correspondiente, un día decidió cristianizar la fiesta y, con este fin, el Día de los Difuntos, que originariamente se celebraba en otras fechas, creo que en de mayo, pasó a realizarse también en noviembre, al día siguiente de la fiesta celta.
 
  Si consideramos que las almas perdidas, las “de por aquí” son invisibles, resulta difícil entender cómo es posible que se las tuviera tan presentes y se les guardara tanto respeto (miedo más bien) , especialmente en tiempos pasados; de todos modos,  es mejor que sigan siendo invisibles, pues, cuando una persona llega a verlas, significa que el final de sus días está muy próximo -son tan consideradas, que vienen a avisarnos de que falta poco para que les hagamos compañía, y de que es el momento de poner los papeles al día y así evitar problemas con Hacienda a los herederos-
  
   En algunas ocasiones, también es posible ver grupos de ánimas caminando en procesión; éstas, van deambulando en hileras de dos, sin un rumbo determinado, portando hachones (o velas). Cuando alguna persona tiene la desgracia de cruzarse con una de estas procesiones de ánimas, es señal inequívoca de que alguien próximo va a morir pronto; el espectador que se cruza con el cortejo, además, corre un gran peligro ya que, a veces, una fuerza irresistible le lleva a acompañar a la comitiva y no vuelve a saberse más de él
   -Es preciso aclarar que no todo el mundo está “cualificado” para poder encontrarse con estas comitivas de ánimas, es condición indispensable estar solo en medio del campo, tiene que ser de noche y, además, debe tener mucho miedo. La verdad es que la gente que ve extraterrestres, ovnis, fantasmas, animas…, en todos ellos, se repiten los mismos patrones-
  A esta comitiva nocturna de ánimas en pena, nuestros antepasados la conocían como “La Huesteda”; así al menos es como me lo enseñaron a mí; sin embargo, en cada zona recibe nombres distintos.
   Esta tradición, la procesión de ánimas perdidas,  es poco conocida en nuestra comarca, al contrario de lo que sucede en Galicia, donde las costumbres relacionadas con la muerte se han mantenido “muy vivas” hasta nuestros días; allí, esta comitiva de ánimas es muy popular y la conocen como “La Santa Compaña”.
   La duda que tengo es si las comitivas son distintas, y en cada lugar hay una, o bien, se trata siempre de la misma que anda recorriendo todo el país.
   Conocí a una persona que afirmaba haberse cruzado, en una ocasión, con “La Huesteda”. Por supuesto, las condiciones requeridas, para que esto sucediera, se cumplían en su totalidad: ocurrió en el campo, era de noche y se encontraba solo.
   Diodoro, el protagonista del suceso, me lo contó siendo ya mayor y situó la acción en la primera mitad del siglo pasado, cuando era un jovenzuelo bien parecido. Resulta que “hablaba” con una chica de un pueblo vecino y, entonces, como apenas había carreteras, los pueblos estaban unidos por caminos de herradura; obviamente, apenas había coches por estos lares.
  Era domingo y Diodoro había ido al pueblo de la novia para pasar la tarde con ella; al oscurecer, volvía de regreso a su pueblo subido en su burro y se encontraba muy cansado; iba quedándose dormido sobre el animal y, para evitar que le venciera el sueño y caerse del asno, decidió parar a descansar un rato; se apartó del camino, entró en un prado, colocó sobre la hierba una manta que llevaba, y se dispuso a echar una cabezadita.
   No supo determinar el tiempo que estuvo dormido, pero era ya noche cerrada cuando su sueño fue interrumpido por un fuerte olor a cera y el ruido de unos pasos -si eran ánimas, unos entes inmateriales, no entiendo lo de los pasos, pero él lo contaba así y ¡cómo iba yo a discutírselo!-  Desde la posición de tumbado en la que se encontraba, vio cómo una procesión de almas en pena, lentamente, en total silencio, pasaba ante su aterrorizada mirada.  Permaneció en el suelo, como hipnotizado, sin poder moverse del lugar, mientras la procesión seguía su camino, alejándose de allí, y volvió a quedar sumido en un profundo sueño del que se despertó al amanecer del nuevo día, sin tener la certeza de que lo ocurrido hubiera sido una pesadilla o algo real.
   Lo que había visto nuestro paisano, aquella noche ¿era, realmente, “La Huesteda”? Él afirmaba que sí, pues lo recordaba todo nítidamente y, a los pocos días, un paisano del pueblo -muy viejo eso sí- murió, y como estas procesiones, cuando aparecen, lo hacen para anunciar la muerte de alguien cercano...

    Freud, un célebre psicoanalista austriaco, intentando poner algo de raciocinio a estas cuestiones, llegó a la conclusión de que las religiones tienen su origen, precisamente, en el terror que la gente tiene a la muerte. Él consideraba que las distintas religiones, para intentar paliar el miedo del hombre a lo desconocido, han inventado auténticas fábulas ofreciéndonos la “certeza” de que algo hay más allá de este mundo terrenal. Cada una de ellas, partiendo de la premisa de ser la auténtica, para que sus seguidores puedan acceder a “ese lugar”, ha establecido una serie de normas a seguir, acorde a sus creencias, que les sirven de guía para poder alcanzarlo.       
  
   Independiente de que uno tenga o no tenga fe, y de lo que pensara Freud del asunto, la muerte no es ninguna fábula, es una realidad; un hecho inevitable y, además, necesario -¿a alguien le gustaría ser inmortal en un cuerpo cada vez más viejo y lleno de males?-

   Saber que todos tenemos un final, y que éste puede estar “a la vuelta de cualquier esquina”, debería servirnos, no para vivir amargados pensando continuamente que nuestro fin puede llegar en cualquier momento, sino para apreciar nuestra existencia en su justo valor, considerando que la vida es algo maravilloso y que debemos vivirla plenamente, siendo conscientes de que cada día que vivimos es irrepetible.
   El tiempo que dure nuestra vida no depende de nosotros; en cambio, la forma en que lo  hagamos sí que está en nuestras manos.

                              Siempre mueren los mejores, dicen de uno cuando muere. Yo, como no
                              he muerto aún, debo ser de los peores. Pero me alegro de ello (Mark Twain)