martes, 23 de junio de 2020

La magia de los árboles

   Dendolatría, es una palabra formada con la unión de dos palabras griegas: dendron (árbol) y latría (adoración), que es empleada para denominar la veneración que sentían nuestros antepasados hacia los árboles y los espíritus que habitan los bosques; el hecho de que los hombres adorasen a los árboles, hoy día, puede parecernos algo sumamente extraño y propio de la Prehistoria, pero lo cierto es que ha sido una constante en todas las culturas que fueron sucediéndose a lo largo del tiempo en Occidente y no es necesario tener que remontarse al Paleolítico para encontrar pueblos que realizaban esta practicas pues hace “tan solo” unos 2500 años, centuria arriba, centuria abajo, aún era un hecho habitual entre las civilizaciones que vivían por estos lares. 
   Todos los antiguos pueblos europeos, tanto los germánicos del norte, los eslavos  del sureste, los iberos y los celtas, en la Península Ibérica, e incluso los griegos y romanos -estos últimos a pesar de ser muy cultos y estar bien surtidos de dioses- todos ellos practicaban el culto a los árboles.

   Linneo, en el siglo XVIII, clasificó los elementos de la naturaleza en tres grandes reinos: animal, vegetal y mineral; esta clasificación tuvo tan buena fortuna que ha sido empleada por los científicos de todo el mundo hasta épocas relativamente recientes y en la misma los seres vivos aparecen diferenciados en dos grandes reinos: el animal y el vegetal, que están muy relacionados.
   Nosotros los humanos pertenecemos al primero de estos, somos animales -unos más que otros eso sí- y, desde el principio de los tiempos, nuestra existencia siempre ha estado ligada al reino vegetal. Sin los vegetales nosotros no podríamos vivir porque dependemos de ellos; en cambio, los árboles y el resto de las plantas pueden vivir perfectamente sin nosotros pues ellos son autosuficientes. 
   Se alimentan -elaboran su propia materia orgánica- a partir de la materia inorgánica y el agua que absorben del suelo a través de sus raíces, y de la luz del sol que absorben a través de las hojas. Una vez que las plantas han hecho su trabajo y están bien desarrolladas, llegamos nosotros y nos las comemos; raíces, tallos, hojas, frutos…todo ello, dependiendo de la variedad vegetal que tengamos a mano en cada momento, forma parte de nuestra dieta. 
   Además de servirnos los vegetales, directamente, como sustento, también constituyen el alimento de los animales herbívoros, y como estos al final también acaban en nuestro plato, podemos afirmar, sin ningún genero de dudas, que nuestra fuente de alimento, de una u otra forma, siempre acaban siendo las plantas.

   Una vez tuve una conversación sobre este asunto con un dietista, yo afirmaba que cuando comemos jamón, indirectamente, lo que estamos ingiriendo son productos vegetales muy procesados ya que, en cierta forma, se trata de una dieta vegetal muy elaborada donde el cerdo solo es un ente intermedio entre las bellotas y nosotros. 
   A mi interlocutor, que no parecían convencerle mucho mis argumentos, me respondió hablando de grasas saturadas e insaturadas, lo dañinas que podían ser las primeras y lo abundantes que eran en la carne del cerdo. 
   El caso es que el muy ladino, a pesar de sus afirmaciones sobre lo mala y dañina que era la carne del cerdo, fue el que más metió la mano en el plato de jamón que teníamos en aquel momento ante nosotros. 

   Los vegetales, además de servirnos como alimento, fabrican el oxígeno que respiramos; luego, si consideramos que los humanos para poder vivir necesitamos comer y respirar, y eso lo podemos hacer gracias a las plantas, hay que reconocer que nuestros antepasados tenían sobradas razones para adorar no sólo a los árboles, también a las lechugas, a las patatas, tomates, manzanas, las cerezas…a todos los vegetales en general. 
  Como los humanos dependemos enteramente de los árboles y resto de vegetales para mantener nuestra existencia, si los valoráramos simplemente desde un punto de vista pragmático, este sería motivo más que suficiente para justificar la veneración que sentían nuestros antepasados hacia los árboles, pero en aquellas épocas la cuestión no iba por ahí. 
   Los primeros pobladores, antes del desarrollo de la agricultura en el Neolítico, eran cazadores y recolectores de frutos silvestres y comían lo que la naturaleza les ofrecía -creo que entonces no había gordos sobre la faz de la Tierra- y la preocupación fundamental de los humanos, en aquellos tiempos, consistía en obtener el sustento diario. Esto circunscribiéndonos al plano físico. En el plano mental, debieron tener pocos problemas, estoy convencido de que la depresiones, ansiedades y fobias, unos males propios de gente bien alimentada, eran desconocidos para ellos. 
   En cambio, en el plano espiritual, estaban un poco despistados, debieron tener muchas inquietudes y temores ante el desconocimiento de la mayoría de los fenómenos naturales que ocurrían a su alrededor y consideraban que todo era mágico o sagrado; de ahí la caterva de dioses que llegaron a tener: el sol, la luna, la lluvia, ríos, montañas, fuentes, dioses de la guerra, de la fertilidad, animales -lo verracos de piedra, tan comunes entre los vacceos y vetones, pueblos celtas que vivieron en nuestro territorio, podrían ser una manifestación de ello- y muchos más aún. Dentro de esta larga lista de divinidades también estaban los árboles. 

   La dendolatría, posiblemente fue una de las formas más primitivas de religión siendo practicada en la Península Ibérica tanto por los celtas como por los iberos. Intentar encontrar documentos que muestren cómo eran los rituales que practicaban nuestros antepasados, o que hagan referencia a la sacralidad de los bosques es una tarea imposible. Entonces, no había teléfonos móviles para tomar imágenes de todo lo que pasaba, como se hace ahora, y tampoco pueden ayudarnos los archivos ya sean parroquiales, provinciales, nacionales o de cualquier otro tipo, algo comprensible si consideramos que estamos hablando de una “época bárbara” de nuestra historia en la que no había cronistas en los pueblos que pudieran escribir sobre ello.

   Cuando los griegos y romanos llegaron Hispania, entre ellos había gente culta muy leída como Tito Livio, Plinio El Viejo o Herodoto, y estos, aunque escribieron fundamentalmente sobre hechos militares, también dejaron plasmadas, en sus escritos, las costumbres de los pueblos que ocupaban el territorio antes de su llegada. Gracias a ellos sabemos algo de los dioses vernáculos. Los hallazgos arqueológicos también han podido orientarnos algo en este sentido, pero sin duda alguna, quien más información nos ha ofrecido, sobre las antiguas prácticas “paganas” de nuestros antepasados, es la Iglesia Católica que en sus primeros tiempos estaba empeñada en que la población olvidara sus formas de religión anterior y adoptara el Cristianismo.     

   Este empeño se hizo especialmente patente a partir del siglo III, cuando el Cristianismo se instauró como la religión oficial del Imperio Romano. Nuestros antepasados, que hasta entonces habían vivido “tan a gustito” conviviendo con sus múltiples dioses y diosas, vieron como de la noche a la mañana, comenzaron a ser perseguidos por sus creencias ya que la nueva religión había proclamado la existencia de un único Dios y, consecuentemente, como era único y además el verdadero, no se admitía competencia alguna y no podía haber más dioses; por ello, la adoración de las múltiples divinidades de la naturaleza fue tachada de idolatría convirtiéndose en una constante la destrucción y profanación de los lugares y bosques sagrados, que a menudo eran quemados -Como podemos ver, los incendios forestales intencionados en España, que todos los veranos asolan nuestros montes, es algo que viene de lejos-

   A aquella gente, al principio no debía molarle mucho el cristianismo y durante muchos años aún siguieron apegados a sus antiguos dioses, debido a esta circunstancia en los primeros concilios cristianos, entre los asuntos a tratar en el orden del día, siempre había un apartado  en el que se decía que había que “perseguir y castigar a los adoradores de los ídolos, de las piedras, árboles, fuentes, ríos y demás divinidades”. 

  A pesar del gran empeño puesto por los primeros patriarcas cristianos para erradicar todo vestigio de los cultos paganos anteriores, muchas de estas arcaicas costumbres perduraron en el tiempo y, con frecuencia, la Iglesia, al ver que estas tradiciones estaban demasiado arraigadas y comprobar que no lograban suprimirlas optó por asumirlas como propias cristianizándolas, gracias  a ello aún podemos encontrar vestigios de la veneración que sentían nuestros ancestros hacia los árboles, como es el caso de "Los mayos".  

   En muchos pueblos de España, especialmente en el norte y centro peninsulares, se realiza el ritual de los “mayos”, una celebración que tiene lugar, generalmente, durante el mes de mayo, cuando la primavera está en pleno esplendor, los árboles de hoja caduca ya tienen sus copas pletóricas de hojas, y los campos aparecen alfombrados de flores como diría el poeta. 

   “Un mayo”, es el tronco de un árbol alto y recto al que, una vez cortado, se le quitan las ramas laterales y la corteza dejando el tronco lo más liso posible; en ocasiones, se deja un pequeño penacho de ramas en la parte alta del tronco que además muchas veces es adornado con cintas. Este árbol, así preparado, recibe el nombre de “mayo” y es pingado (plantado) en la plaza del lugar, o bien delante de la iglesia, un claro signo de la cristianización del evento.
    Recibe el nombre de “mayo”, porque en la mayoría de los sitios donde se practica (o practicaba) este ritual, es plantado en el pueblo la noche del 30 de abril permaneciendo allí durante todo el mes de mayo. 
  
   Los entendidos en estas cosas, casi todos ellos, están de acuerdo en que esta tradición tiene su origen en la veneración que sentían los primitivos pobladores hacia los árboles y justifican el ritual relacionándolo con lo sobrenatural. Era una forma de llevar la fuerza de la primavera, el dios forestal más vigoroso -el árbol más alto-, al poblado para que protegiera a sus habitantes. 
   El hecho de que este acto se realice sobre todo durante el mes de mayo, ha hecho que algunos lo relacionen con la fiesta celta de Beltane, que tenía lugar el primer día de mayo, o con Flora una divinidad de la mitología romana, que es la diosa de las flores y la primavera, aunque parece más creíble la teoría que asocia el origen de los “mayos” con los antiguos dendólatras ya que, aunque en la mayoría de los lugares “los mayos” son colocados durante el mes homónimo y, de hecho, reciben tal nombre por dicha circunstancia, en muchos sitios este ritual no solo se realiza en esta época,
El Mayo de Villasbuenas
como ocurre en Villasbuenas, el único lugar de nuestra comarca donde aún conservan esta costumbre.
   En este pueblo, es la víspera de San Juan, durante la noche mágica, cuando los mozos del lugar, al caer la tarde, todos los años, en la placita que hay delante de la iglesia, colocan un “mayo” al que habría que cambiar el nombre y llamarle “Árbol de San Juan” ya que, al fin y al cabo, es en esta fecha cuando, aunando fuerza y habilidad, pingan el mayo en el lugar de costumbre, donde va a permanecer hasta septiembre, que es cuando lo quitan. 
   Como podemos ver, en esta fecha, aunque esté recién estrenada la estación, ya no es primavera sino verano, en el campo ya apenas queda flor alguna y el suelo está alfombrado de un pasto tan seco que difícilmente puede ya inspirar a poeta alguno por muy vocacional que este sea. 
   Yo, un año, fui a Villasbuenas la noche de San Juan para ver cómo  plantaban “el mayo” y tuve la inmensa suerte de hablar con Flora, aunque no era la diosa romana de la primavera sino alguien más real: era la tía Flora, una mujer majísima que me contó cómo eran las tradiciones de su pueblo.

jueves, 21 de mayo de 2020

La tumba del apóstol Santiago




   Santiago de Compostela, tras Roma y Jerusalén, posiblemente sea, en el mundo occidental, el tercer centro en importancia de la cristiandad si nos atenemos al número de peregrinos que reciben cada año estas tres ciudades.
  Ir a Israel a recorrer los Santos Lugares (Belén, Jerusalén, Nazaret…) donde vivió y murió Jesús, para todo cristiano que se precie, debe ser una experiencia espiritual sublime difícil de olvidar; un sentimiento similar deben sentir, también, aquellos que acuden al Vaticano a ver al Papa, el máximo representante de Dios en la Tierra, ¿pero qué es lo que impulsa a centenares de miles de peregrinos, en pleno siglo XXI, ir a Compostela, cuando Santiago tan sólo era uno más de los doce apóstoles? Además, el mérito es doble si consideramos que la gran mayoría de ellos hacen la ruta hasta esa ciudad caminando.
   Los de Barrueco tienen sobradas razones para no ir en peregrinación a Compostela y yo,  como soy de este pueblo, tampoco he hecho nunca el Camino de Santiago, pero he tenido la oportunidad de hablar con bastante gente que sí lo ha hecho, unos en tu totalidad y otros tan sólo algunas etapas del mismo, y he podido apreciar que casi todos han vuelto encantados de esa experiencia.

  Al preguntarles sobre  las razones que les habían impulsado a ello, éstas resultaron ser muy diversas. En algunos predominaba el trasfondo religioso que hay en toda peregrinación, aunque estos eran los menos. El origen de las peregrinaciones, a los sitios de culto, surgieron en la Edad Media con el fin de ganar acciones para ir al cielo, pero hoy día esto ha pasado a un segundo plano y la gran mayoría de los peregrinos expone razones ajenas a la religión: convivir con unos amigos durante unos días a la par que hacen algunas etapas del camino de forma sana y saludable; pedir un novio/a al santo o intentar olvidar a un antiguo amor; hacer el Camino en solitario para tener una experiencia espiritual ajena a la religión, intentando encontrarse uno consigo mismo; tomarlo simplemente como una forma más de hacer turismo porque ir a Santiago de Compostela sigue estando de moda.,etc,etc. Lo cierto es que los motivos que llevan a la gente a seguir las rutas jacobeas son infinitos, tantos como las personas que las hacen.

   Curiosamente, si pedimos a estos peregrinos información sobre el personaje que dio origen a todo esto, casi todos muestran un alto grado de desconocimiento sobre el Apóstol y sus conocimientos  sobre el mismo se limitan a la información que ofrecen los folletos turísticos y poco más. La mayoría saben que se llamaba Santiago, que era un apóstol, que es el patrón de España, que el caballo blanco de Santiago era blanco y ahí acaba todo. Por eso creo que es bueno recordar, aunque sea someramente, algunos aspectos de su biografía.

  El Santiago del que hablamos, que dio origen y nombre a la ciudad de Santiago de Compostela, se llamaba Santiago Zebedeo, era pescador y fue uno de los apóstoles que convivieron con Jesucristo. De los doce, había dos que se llamaban Santiago y, para poder distinguirlos entre sí, uno de ellos es conocido como Santiago el Mayor, que era hermano de Juan, otro apóstol; mientras que el otro Santiago, que a su vez era hermano de Judas Tadeo - el judas bueno,que también era apóstol- es conocido como Santiago el Menor.

 No sé a qué es debida esta distinción, si uno era alto y otro bajo, o uno más viejo y el otro más joven, pero el caso es que así se les conoce. Por cierto, de los dos, el nuestro es Santiago el Mayor y también es conocido como Jacobo y Tiago.

    La tradición dice que, tras la muerte de Jesús, estuvo en España predicando una temporada, después volvió a Israel, y alrededor del año 40 de nuestra era, bajo el reinado de Herodes Agripa “perdió la cabeza”. Esto no quiere decir que nuestro apóstol se enamorara perdidamente de una mujer, ni que se volviera loco, simplemente, la perdió literalmente al ser decapitado -una forma algo exagerada que usaban entonces para curar la caspa- por orden de Herodes. Una vez muerto, sus discípulos, por lo que se ve, cogieron el cadáver del apóstol -cabeza incluida- y no sé cómo lo harían, ni qué camino siguieron -con los precios que tienen las funerarias, dudo mucho que fuera una de ellas quien se ocupara del traslado- pero el caso es que aparecieron en España, que entonces era una provincia romana, y lo enterraron en un sitio ignoto de la península donde permaneció “sin dar señales de vida” durante 800 años.

    Un día de verano, hace ya muchos años, allá en la verde Galicia, en la segunda quincena de julio, una noche se encontraba un pastor cuidando su ganado y de pronto vio que de la tierra salían “chispitas”; muy asustado, fue a avisar a las autoridades locales y les dijo ¡¡campustela!! ¡¡campustela!! (el buen hombre en su dialecto quería decir que en aquel campo había estrellas). Volvió al lugar con más gente, cavaron la tierra para intentar descubrir el origen de aquellas extrañas luces que surgían del suelo, y descubrieron que quien estaba allí enterrado era el ¡¡¡mismísimo apóstol Santiago!!!

   Lo que sucedió después de este hecho tan milagroso es fácil de imaginar: Si aquello era un “campo de estrellas y los restos enterrados allí eran los del apóstol Santiago, la autoridad competente decidió que aquel lugar debía llamarse, lógicamente, Santiago de Compostela.
  Así, de esta forma tan sencilla, contaba don Emiliano, mi maestro, a los alumnos, el origen de esta ciudad.

  ¿Hay algo real en todo ello? ¿Todo ello es sólo producto de la tradición?

   Estamos una vez más ante un hecho donde es difícil separar la ficción de la realidad. De todos modos, al menos un milagro sí que hubo y es fácil comprobarlo. Que el simple hecho de haber encontrado unos restos humanos haya sido el motivo para que en aquel lugar se haya construido una ciudad como Santiago de Compostela, que a pesar del tiempo transcurrido continúe siendo un centro de peregrinación de primer orden, que sea la capital autonómica de Galicia, que cuente con una gran universidad y una catedral que es una joya del barroco, y que tenga unos bares estupendos, no deja de ser un auténtico milagro. Pero volvamos a los orígenes.
 
   Tal como sucede con tantos acontecimientos históricos, aquí hay unos hechos que son reales y otros bastante discutibles; echando mano de unas fuentes de conocimiento tan solventes como “la Wikipedia”, pude enterarme de que, aunque la Virgen siempre ha tenido predilección por los pastores, a la hora de aparecerse a alguien, y aunque mi maestro nos había dicho que el protagonista del hallazgo también era un pastor, por lo visto este aspecto no está tan claro pues las crónicas de la época lo catalogan sólo como un eremita sin más, que se llamaba Pelayo, pero no aclaran suficientemente si guardaba o no ganado, lo cual es un dato muy importante a la hora de hablar de milagros; estas crónicas, además, hablan sólo de unas luces en un bosque sin más -como podemos ver, con unos datos tan poco precisos, es más verosímil la versión de don Emiliano, ya que él nos lo contaba todo con pelos y señales; además, vaya usted a saber quién escribió aquellas crónicas-

 El caso es que el tal Pelayo avisó a Teodomiro, un obispo que vivía en el pueblo de al lado, y cuando cavaron el lugar donde salían aquellas chispitas, no es que se encontraron el cuerpo del apóstol, allí estaban los restos de tres personas, por lo que la teoría del Santo que llevaba allí enterrado ocho siglos no encajaba bien con el asunto ya que sobraban dos cadáveres, pero Teodomiro, aprovechando que en materia religiosa era “el mandamás” que había allí, y que la ciencia forense aún no estaba muy desarrollada para  poder contradecirle, determinó que aquellos cuerpos eran Santiago y dos discípulos -supongo que saber cuál era el cuerpo de Santiago no tuvo que ser difícil: era el que no tenía al cabeza en su sitio, pues para eso estaba decapitado- dio conocimiento de tan importante hallazgo al rey que por lo visto era asturiano (tras la caída de los visigodos y la ocupación de la península por los árabes, en las tierras del norte al principio hubo un lío del carajo.
   En aquellos tiempos, dentro del poco terreno que no ocupaban los musulmanes en la península, en las actuales Galicia, Asturias, Navarra, Aragón -Cataluña y Vascongadas no existía como tales, por mucho que se empeñe más de uno- predominaba el sistema feudal y todos querían ser reyes de algo, tal como sucede hoy con las autonomías -los tiempos cambian pero está visto que no aprendemos- 

   Bueno, pues en aquella época Galicia, Asturias, León y norte de Portugal eran un territorio común, no existían como tales regiones, y tenían un rey común -si el territorio era común y no existían estas regiones como tales, no sé por qué las crónicas se empeñan en decir que el rey era asturiano-.

   El caso es que el monarca del momento era Alfonso II “el Casto” -extraño sobrenombre para un rey, cuando todos sabemos que los reyes de España, salvo alguna que otra excepción, han sido de todo menos eso- , a este le hizo mucha ilusión la noticia de que hubiese aparecido el cuerpo del apóstol Santiago en su territorio, y como al principio habían hecho una humilde “casinha” para albergar los restos de Santiago, el rey costeó los gastos para hacer una iglesia como “Dios manda” que unos siglos más adelante acabaría siendo una estupenda catedral.

   El apóstol Santiago pronto adquirió una gran popularidad siendo erigido como santo protector de todos los cristianos durante la Reconquista, y en las múltiples guerras contra los moros, que tuvieron lugar durante la misma, los ejércitos cristianos adquirieron la costumbre de invocar su nombre antes de entrar en batalla.
   En alguna de estas batallas contra el invasor, “llegó a verse” en el cielo a Santiago cabalgando en un caballo blanco, signo unívoco de su apoyo incondicional a nuestros antepasados en su lucha contra los moros, de ahí viene la imagen de Santiago Matamoros. De forma añadida, una de las más
Santiago Matamoros
importantes órdenes militares que hubo en España fue la Orden de Santiago.

  Como podemos ver, aunque del apóstol no sabemos a ciencia cierta si llegó a predicar o no en sus primeros tiempos en España, como dice la tradición, después de muerto, la figura del santo adquirió una importancia tremenda, llegando el influjo del apóstol incluso hasta nuestros días; una clara prueba de ello son los innumerables peregrinos que todos los años continúan yendo a Compostela, sin que podamos olvidarnos tampoco de las exquisitas Tartas de Santiago.

   Alfonso II declaró a Santiago patrón del reino, un patronazgo que se ha mantenido a lo largo del tiempo con sucesivos reyes, de todas las ramas y dinastías que hemos padecido tenido en este país, pasando a convertirse en el siglo XVII en patrón de España (catalanes y murcianos incluidos).

   Siempre ha habido bastante controversia en lo que respecta a la autenticidad de los restos hallados aquella noche de verano del año 813, año arriba o año abajo, ya que un cuerpo que lleva casi 800 años enterrado no es demasiado reconocible,  y el hecho de que Teodomiro dijera que eran los restos de Santiago porque a él le salía de los xxxxxx, no parecía argumento suficiente para convencer a todo el mundo.

   Entonces, como no había pruebas de ADN para poder aclarar definitivamente el asunto, siempre había gente incrédula que por "chinchar" disfrutaba poniendo en duda la autenticidad de los huesos del apóstol; esta cuestión, como a pesar del paso del tiempo nunca llegó a cerrarse del todo, el papa León XIII, en 1884, decidió que esto había que solucionarlo y acabar definitivamente con la duda, así que encargó un informe sobre este hecho a algunos entendidos y estos, basándose en ¿¿¿¿¿¿¿?????? argumentos, se lo dieron y en base al mismo emitió una Bula Papal, donde se reconocía que los restos de apóstol eran del apóstol y "san se acabó". ya no podía haber duda de sobre este asunto.
  Las bulas eran documentos papales que expresaban asuntos de gran importancia para la Iglesia -es sabido que, como los papas son infalibles, no se equivocan-, y quien contravenía alguna de ellas era declarado hereje, acababa excomulgado e, irremediablemente, acababa en el infierno.

  Llegados a este punto, hay que aclarar que a los de Barrueco el asunto de Santiago de Compostela, su catedral, los miles de peregrinos que recorren las rutas jacobeas y León XIII con su bula papal incluida, todo ello les trae al fresco. Además, pertenecen al grupo de quienes defienden que los restos hallados por Pelayo aquella noche de julio del año 830 no son los del apóstol
¿ Eso cómo es así? Puede preguntar más de uno.
  Pues eso es así porque porque Santiago nunca fue enterrado en Compostela. El sepulcro del apóstol Santiago, se encuentra en un paraje de Barruecopardo y eso sí que es algo "incuestionable".
   Desde tiempo inmemorial, hay una tumba antropomorfa, excavada en una peña granítica que es conocida como
Tumba de Santiago
la "Tumba del Apóstol Santiago", y si nuestros antepasados,  siempre  la han conocido por ese nombre, por algo será ¿no?
   Esta es la razón de que los de este pueblo no vayamos a Compostela. Cuando queremos ir a ver la “auténtica” tumba de Santiago, nos basta con dar un agradable paseo de apenas dos kilómetros (no necesitamos recorrer los casi 500 km que nos separan de Compostela).
   Cuando uno llega hasta el lugar donde se encuentra la tumba, puede verla, tocarla, e incluso meterse dentro e ir entrenando para cuando llegue el día D.
   Además, es un sitio muy tranquilo donde nunca hay nadie y no tenemos que soportar el agobio de tanto peregrino a la hora de querer abrazar la imagen del santo, como le ocurre a aquellos que llegan a la catedral  de Santiago de Compostela.

Nota
  Las tumbas antropomorfas, excavadas en la roca, las sitúan los historiadores en las épocas tardorromana o visigoda. Su construcción debía ser muy laboriosa vistas las herramientas con las que contaban nuestros antepasados, así que supongo que debían estar reservadas para algún personaje importante de aquella época. Una de las que hay en Barruecopardo es conocida como la "Tumba del Apóstol Santiago”.

martes, 21 de abril de 2020

La leyenda de La Lamia


   Las leyendas, son unas narraciones que han ido transmitiéndose oralmente de padres a hijos y su temática es muy variada. Tenemos leyendas épicas, basadas en hechos reales, donde es difícil discernir la realidad de la ficción, un claro ejemplo de ello lo tenemos en personaje tan cercano a nosotros como El Cid; hay leyendas de tipo religioso (la vida y milagros de algunos santos, caen dentro de este género); otras leyendas podríamos catalogarlas como "geográficas" ya que sirven para explicar el origen de algún fenómeno natural: un monte, un lago, una peña..., y aún podríamos añadir más tipos de leyendas, pero como no se trata de hacer un estudio pormenorizado del tema, voy a dejarlo aquí.
   Paralelamente a las leyendas están los mitos; estos, también son relatos tradicionales pero, a diferencia de las leyendas, no están basados en hechos históricos ni tienen conexión alguna con la realidad, son narraciones que describen hechos fabulosos protagonizados por seres sobrenaturales: dioses, semidioses, monstruos y otros seres fantásticos.
   A medio camino entre el mito y la leyenda podríamos situar a "Lamia" ya que, aunque es un ser mítico, este personaje es real y “vive" entre nosotros.

   Lamia ya era conocida en la Grecia Clásica, hace unos 2.500 años, y su leyenda está muy extendida por Europa. La historia de La Lamia junto a otras similares como La Marimanta, El Ojáncano, La Fiera Corrupia, Arboroso… son narraciones fantásticas muy interesantes que se contaban en nuestro pueblo, forman parte de nuestra cultura y están muy olvidadas.

   La “Lamia de Barrueco”, su leyenda, no surgió aquí; si consideramos que las primeras referencias que existen de ella son muy anteriores a la existencia del pueblo, no hace falta ser demasiado listo para entender que es imposible que fuera originaria de aquí; además, es conocida en otras regiones de España y también en otros países europeos, luego tampoco podemos considerarla exclusiva de nuestro pueblo; pero si aceptamos que Lamia, al principio, sólo era una, y ahora hay muchas, ya que en cada lugar tienen una propia, ¿cuál es la verdadera? Evidentemente, la nuestra ¡ahí no cabe duda alguna! Podemos afirmar “categóricamente, que la auténtica Lamia es paisana nuestra ya que vive aquí, en un paraje de nuestro pueblo.

   Hace ya cientos de años, no sé si casual o premeditadamente, pasó por estos pagos, le gustó el lugar y se estableció en nuestro pueblo. Su edad es indeterminada, ya que es inmortal, y, a pesar de los años, se conserva muy bien y tiene un aspecto magnífico; pero no adelantemos acontecimientos y comencemos desde el principio. Veamos quién es el personaje.

   Según la mitología griega, Lamia era una princesa libanesa y Zeus, el rey de los dioses del Olimpo, durante una temporada se sintió atraído por ella y, como no era precisamente amor platónico lo que había entre ellos, acabaron tuvieron varios hijos -Zeus, estaba un poco salido y, aprovechando su condición de dios, tuvo decenas de amantes-. 

   Hera, la mujer de Zeus, furiosa porque el marido la hubiera engañado con otra -ni de los dioses puede fiarse una- cuando se enteró y pidió explicaciones al "marido", éste, haciéndose el sueco y mintiendo descaradamente, al modo de los políticos españoles de ahora, le contestó que aquellos no hijos eran suyos y que a Lamia ni la conocía.
   Claro que Hera estaba al tanto del asunto y en un acto de celos mató a los hijos de Lamia, algo que a ésta le enfureció mucho. Desde entonces, como venganza, se dedica a matar y devorar los niños de los demás; además, al sentirse engañada por Zeus, cogió un odio mortal a los hombres y, como  segunda actividad, se carga a todos aquellos que pilla por delante; primero los seduce y después, cuando están dormidos, les chupa la sangre.

   A Lamia hay que incluirla en el mismo grupo que los centauros y las sirenas, ya que es un ser híbrido. Su cuerpo, de cintura para arriba, es el de una joven y bella mujer, mientras que de cintura para abajo es largo y escamoso como el de una serpiente, aunque tiene la propiedad de adquirir una apariencia totalmente humana cuando lo desea, algo que le es muy útil para atraer a los hombres que seduce ya que, si no fuera así, en vez de sentirse atraídos, huirían despavoridos al verla.

   Estos seres viven en las orillas de los ríos y evitan el contacto con los humanos, de ahí que siempre se establezcan al lado de cursos de agua alejados de la civilización. Cuando alguien se aproxima a estos lugares, se sumergen en el agua y permanecen en las profundidades hasta que el intruso/a se aleje de allí, por eso siempre pasan desapercibidas.
   Sólo si están descuidadas, lo cual es extremadamente raro, se las puede observar peinando su rubia y larga cabellera con un peine de oro.
    Otra de sus características, es que, contraviniendo las recomendaciones de los médicos de tomar el sol con moderación para mejorar el metabolismo de la vitamina D, evitan en lo posible exponerse a la luz de nuestra estrella.
    La leyenda también dice que para librarse de estos seres hay que arar los ríos y arroyos donde viven con dos novillos nacidos en la mañana de San Juan. 

   La historia de “La Lamia” ya era empleada por las madres de la antigua Grecia para asustar a los niños y así obligarles a comportarse bien; posteriormente, los romanos copiaron la leyenda y utilizaban también a las Lamías (ya no era una, sino varias) como argumento para asustar a niños y adolescentes junto a otra serie de monstruos y seres míticos. Estas narraciones fantásticas, asombrosamente, han llegado hasta nuestros días.

   A Barrueco no sabemos con certeza cuándo y cómo llegó, pero lo que está fuera de toda duda es que Lamía un día ya lejano decidió establecerse en nuestro pueblo y no fue por casualidad. Eligió nuestra comarca para vivir porque aquí encontró un lugar idóneo para fijar su morada; buscaba un río tranquilo y apartado de la civilización, lejos de las miradas de los humanos, donde los rayos del sol llegasen con dificultad, y si un río ofrece estas características es El Huebra.

   Vivimos en una comarca con una demografía muy pobre, justo lo que quería La Lamia -somos parte de la "España Vaciada", un concepto creado recientemente por los medios de comunicación. Nuestra provincia lleva décadas perdiendo población de forma brutal y hasta ahora, salvo nosotros, parece que nadie se había dado cuenta de ello-. 
   Además, aquí encontró un río perfecto para vivir: los impresionantes cañones del Huebra a la altura de nuestro pueblo ocasionan que la orilla del río, en alguno de sus tramos, sea prácticamente inaccesible; incluso la corriente de agua, desde lo alto de los cantiles no es posible verla en muchas zonas debido a la fragosidad del terreno. Si a ello sumamos el hecho de que el cañón del río, al ser profundo y estrecho, impide que muchos días, a lo largo del año, los rayos del sol apenas alcancen el lecho del río, nos da una clara idea de por qué Lamia encontró aquí un lugar idóneo para establecerse. 

   Además de vivir en una zona alejada del hombre y protegida de los rayos solares, allí se siente totalmente segura ya que las posibilidades de desalojarla de ese lugar son prácticamente nulas. ¡A ver quién es el majo capaz de arar el río con dos novillos, hayan nacido o no por San Juan! -que los baje primero, que baje el arado, y después de arar que lo suba-. ¿Qué mejor morada podía encontrar nuestra Lamia?

   El personaje de La Lamia también era usado en nuestro pueblo para asustar a los niños. Yo recuerdo de pequeño haber escuchado alguna vez que no debía ir al río porque en aquellos parajes había una serpiente enorme que se comía a los niños crudos. Hasta que fui mayorcito, evité acerqué a aquellos lugares (resultó efectiva la advertencia de mis padres). La amenaza de la serpiente me recuerda a Lamía ¿acaso no tiene la mitad inferior del cuerpo recubierta de escamas?
   De adolescente las cosas cambian. Nunca me dijeron que en el río uno podía encontrar a una bella y seductora mujer rubia. Seguramente, en vez de tener un efecto disuasorio, me hubiese parecido muy interesante acercarme hasta allí.
  Ya convencidos todos de que La Lamia vive en Barrueco, en El Huebra, ha llegado la hora de especificar un poco más. ¿En qué lugar concreto, de los incomparables parajes que ofrece nuestro río, tiene su morada este ser mítico?
   Creo que merece la pena saberlo por si un día logramos sorprenderla, algo muy improbable ya que al tratarse de un ser mágico detecta a los curiosos mucho antes de que estos puedan siquiera asomarse al río y siempre se esconde para no ser ser vista. Pero ¡quién sabe! si un día se despista y conseguimos verla en la orilla del Huebra, peinando su rubia y larga cabellera con peine de oro.

   Si alguien pretende verla, hay que aclarar que la Lamía vive exactamente, como alguno quizá haya ya adivinado, en el "Pozo de La Lamia".
   En el río, son conocidos como pozos cada uno de los tramos del cañón que éste ha ido labrando sobre el terreno a lo largo de millones de años, todos ellos tienen nombre propio. Algunos de estos pozos, siguiendo el curso del Huebra, de arriba hacia abajo, son: Pozo Redondo, que limita con el término de Saldeana, Pozo Lino, Pozo del Risco Chico, Pozo de la Lamia, Pozo de las Palomas…

   El Pozo de La Lamía se encuentra a la altura de Las Arribes. En la zona donde están el castro celta y la cabaña adyacente a este. Si seguimos en línea recta hacia el río, llegamos a un cantil desde el
Pozo de la Lamia
cual podemos apreciar a su vez otro que no tiene continuidad con el anterior, en el que habitualmente se posan los buitres. El pozo que hay inmediatamente a la derecha de este lugar, río abajo, es el Pozo de la Lamia.
   De los distintos pozos, éste es uno de los más recónditos. En este tramo del río, el cauce es bastante estrecho y las paredes de los barrancos, en ambas orillas, tanto en el lado de Bermellar como en el de Barrueco, son prácticamente verticales ocasionando que la que la corriente de agua apenas sea visible desde lo alto del precipicio - Lamia, evidentemente, escogió un sitio excelente para protegerse de los curiosos-  
   De toda formas, si alguien desea intentar sorprenderla ya sabe dónde tiene su morada. Suerte.

sábado, 21 de marzo de 2020

El misterio del Tío Amaro

   Si preguntásemos a una persona cualquiera, que encontráramos en la calle, qué es una biblioteca pública, seguramente nos respondería que es un lugar donde hay muchos libros, debidamente ordenados y catalogados, al que acude la gente para leer y, en ocasiones, llevar los libros en régimen de préstamo, a sus casas, para hacerlo allí; además, también podemos encontrar en ellas prensa diaria y revistas.

    Esta definición es válida, pero queda incompleta y algo desactualizada ya que, actualmente, en las bibliotecas, además de material impreso también lo hay en soporte audiovisual: microfilmado, fotográfico, películas…, debiendo sumar a ello la posibilidad de acceder, desde las bibliotecas, a través de Internet, a documentos que no están físicamente en ellas sino en servidores o en otros centros de lectura distantes, incluso en otros continentes.

   Los orígenes más remotos de las bibliotecas los sitúan los historiadores en las ciudades mesopotámicas (s.VIII-VII a.d.C.). Se trataba de colecciones de documentos escritos, generalmente en tablillas de barro o papiros, que pretendían dejar constancia escrita de hechos ligados a la actividad religiosa, y administrativa.

   En el Antiguo Egipto también tuvieron bastante relevancia las recopilaciones de documentos escritos, en este caso en papiros, existiendo un gremio, el de los escribas, que se dedicaba a su elaboración. Sin salirnos del tema y tampoco de este país, sería inexcusable no mencionar la Biblioteca de Alejandría, que fue la más famosa de la antigüedad.

  Aunque los especialistas en el tema sitúan los orígenes de las bibliotecas en estas dos civilizaciones,   si pretendemos buscar semejanzas entre estas colecciones de documentos escritos, con alguna institución actual, esta similitud, realmente,  no la encontraríamos con las bibliotecas sino con los archivos oficiales, debido a que la función que tenían, en ambos lugares, era almacenar documentos que estaban, exclusivamente, a disposición de los reyes o sacerdotes en los templos.

   Fue en la Grecia Clásica (s. III-II a.d.C), donde se crearon las primeras bibliotecas,  desvinculadas de los templos, a las que se permitía el acceso a un público, muy selecto eso sí; por ello, éstas sí que pueden ser consideradas como las auténticas antecesoras de las bibliotecas públicas actuales.

   La biblioteca de Barruecopardo no es tan antigua como las griegas, tan famosa como la de Alejandría, y tampoco tiene libros manuscritos e incunables como la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, por poner unos ejemplos; pero el solo hecho de su existencia, en un pueblo tan pequeño como el nuestro, ya constituye un gran mérito. Si a ello añadimos que abrió sus puertas hace más de
Antigua biblioteca
70 años, el mérito aún es mayor.

   Cuando yo aún era un niño, como casi todos los muchachos/as del lugar, era usuario de la biblioteca y, durante un tiempo, hubo algo que llamó mucho mi atención.
 
  Entre los adultos que la frecuentaban, que eran muy pocos, todo sea dicho, había un hombre ya mayor -desde mi perspectiva de niño, al menos a mí me lo parecía-, que tenía la particularidad de ser el único usuario que pedía al bibliotecario la revista “Time” y se la llevaba a casa para leerla.

   “Time” es una influyente revista de información general, que se edita en Estados Unidos desde 1923, con una temática que se centra en temas de actualidad. Cuenta con ediciones en diversas partes del mundo, la publicación europea, "Time Europe", se edita en Londres, y, obviamente, el idioma empleado en la misma es el inglés.

   La revista tiene un diseño muy característico, presentando una portada enmarcada con unos bordes rojos, y una de las acciones que promueve todos los años, con una gran repercusión mediática, es elegir a la Persona del Año que, según la revista, haya tenido un efecto mayor en las noticias y, obviamente, siempre son personajes muy conocidos. En 2019, por poner un ejemplo, la revista eligió persona del año a Greta Thunberg.

   A pesar del tiempo transcurrido, aún no acabo de entender por qué en aquella época, en la que casi nadie sabía inglés en España, y menos en pueblo perdido de Salamanca, casi en la frontera con Portugal, nuestra biblioteca tenía una suscripción con “Time”, pero el caso es que la revista llegaba regularmente y nuestro paisano, vamos a llamarlo el Tío Amaro, era el único de los usuarios que, cada vez que se acercaba a este lugar, sacaba el último número que hubiera llegado, para llevarla a casa y verla con detenimiento.

   A mí este asunto me tenía intrigado. Si la lógica te dice que para ser caballero necesitas tener un caballo, y que para ser trompetista necesitas tener una trompeta, era obvio que, para poder leer la revista “Time”, es necesario saber inglés, un idioma que entonces sólo estudiaban en la Universidad quienes hacían Filología Inglesa, que encima eran muy pocos ya que la demanda para estudiar esa materia en colegios e institutos era mínima, al contrario de lo que sucede ahora -entonces los estudiantes de enseñanza primaria no estudiaban lengua extranjera y, en secundaria el 99% de los estudiantes estudiaban francés- 

   El tío Amaro, como casi todos los hombres del pueblo, se dedicaba al campo y tan solo había cursado los estudios primarios correspondientes a la época que, en la mayoría de los casos, entonces finalizaban a los 10 años, así que yo era incapaz de entender cómo y dónde habría aprendido la lengua de Shakespeare este hombre, y, cada vez que le veía pedir la revista Time en la biblioteca, mi curiosidad iba en aumento, así que un día decidí investigar el tema.

   En los pueblos pequeños, la vida privada es un valor desconocido y, como todo es del dominio público, comencé preguntando a quién tenía más cerca, a mi padre, que si sabía dónde había aprendido inglés el tío Amaro, ya que era el único lector de la antedicha revista.
 Mi progenitor, al oír la pregunta, en vez de responder, empezó a reír fuertemente y tardó en contestarme. Yo quedé muy extrañado, el ver la reacción que había despertado en él la pregunta que le había planteado, y cuando recibí una respuesta, ésta no me convenció demasiado:

 - Donde yo hijo. Lo ha estudiado en el mismo sitio que yo.

  Sabía que los conocimientos de inglés de mi padre se limitaban a dos palabras: “The End”, y que las había aprendido viendo las películas americanas, así que el primer intento realizado, para resolver aquel enigma, había resultado baldío.
   Está mal dudar de lo que dicen los padres, pero ese día sí que lo hice. Si el tío Amaro sacaba de la biblioteca la revista “Time” era para leerla, y para ello, inexcusablemente, tenía que saber inglés…luego, mi padre, indefectiblemente, debía estar confundido.
   El caso es que yo seguía sin saber cómo había adquirido sus habilidades lingüísticas aquel anglófilo que teníamos en el pueblo; aquello era un auténtico misterio y, como estaba seguro de que por ciencia infusa no había sido, llegué a la conclusión que debía haber aprendido inglés haciendo algún curso por correspondencia y eso explicaba que ni mi padre, ni nadie , tuviera por qué saberlo.

   El tío Amaro, además de intriga,  despertaba admiración en mí. En aquella época, la persona que en España sabía inglés era una auténtica “rara avis” y, mira por donde, en el pueblo teníamos un lector avanzado de lengua inglesa, una persona que, con tan solo estudios primarios, era capaz de leer la revista “Time”. Si volvemos al mundo de las aves, podría decirse que este señor era un auténtico “mirlo blanco”.

   Estaba visto que si quería aclarar mis dudas debía tomar el camino recto y preguntar directamente al lector de “Time”, de donde provenían sus conocimientos de lengua inglesa, aun a riesgo de que me respondiera, y con razón, que qué coños me importaba a mí.

  Una tarde de primavera, ¡por fin se pudo aclarar el enigma!. No es que el asunto me quitara el sueño, pero aquello era un auténtico misterio y tenía grande deseos de resolverlo.

   En nuestra tierra, en invierno, debido al frío, se dice que la gente hace vida “de puertas para dentro”, mientras que en verano, con la mejoría de la temperatura, lo hace “de puertas para fuera” ya que se sale más a la calle, y aquel día, aunque aún era primavera, la temperatura era muy agradable, la luz del sol magnífica y esto invitaba a estar fuera de casa.

   En nuestros pueblos, antes era frecuente ver adosados a las fachadas de muchas casas  poyos, unos bancos construidos con tres grandes piedras de granito; dos de ellas se colocan verticalmente a modo de pilares y su función es dar soporte  a la tercera piedra, que debe tener una superficie lisa que es sobre lo que se sienta la gente.
 
   Bueno, pues el Tío Amaro, aquella tarde, aprovechando la bonanza del clima, estaba sentado en un poyo que había a la puerta de su casa; tenía sobre sus rodillas abierta la consabida revista y, con gran atención, estaba enfrascado en su lectura.
   En esos momentos, coincidió que pasaba yo por aquella calle con unos amigos y al ver a aquel hombre, en plena lectura de “Time”, decidí que había llegado la hora de aclarar la gran duda que me embargaba desde hacía varios días. Tenía incluso ensayado lo que le iba a decir: que le admiraba
mucho por saber inglés, y que si podía decirme cómo y dónde había aprendido el idioma, mas no fue necesario efectuar pregunta alguna ya que, al acercarme al atento lector, lo entendí todo, y es que, como dice la sabiduría popular: “Vale más una imagen que mil palabras”.
   El tío Amaro, aunque miraba con atención “Time” y tenía la revista abierta, la tenía colocada al revés. El pie de página, que siempre que leemos un libro o revista se encuentran en la parte baja de nuestro campo visual, estaba en la parte superior -la parte de arriba de la revista estaba orientada hacia abajo, y la de abajo hacia arriba- de tal modo que el único que hubiera podido leerla en aquel momento, si hubiera sabido inglés, claro está, hubiera sido yo desde mi posición, al estar enfrente de él, ya que el texto estaba orientado hacia mí; luego, era totalmente imposible que él pudiera estar leyendo aquella revista, tal como la tenía colocada la revista.
 
   El misterio sobre el origen de los conocimientos de inglés del Tío Amaro se había resuelto solo, pero esto supuso una tremenda desilusión para mí. En un instante acaba de desaparecer lo que para mí se había convertido en un auténtico mito: Al único anglófilo que, según mis cálculos, debía haber no solo en el pueblo sino en toda la comarca, resulta que le daba igual leer la revista “Time” tanto al derecho como al revés -sospecho que, incluso, aunque hubiera intentado leerla teniéndola cerrada hubiera sacado el mismo provecho de ello-.
  Aquello me convenció de que sabía el mismo inglés que yo. O sea, ninguno.

 NOTAS

 • El tío Amaro existió realmente, pero no se llamaba así. Aunque murió ya hace tiempo, he querido buscarle "un pseudónimo" para intentar evitar que sea demasiado reconocible.

Desconozco cuál era el motivo que impulsaba a este hombre a llevarse la revista “Time” a casa para verla, ya que leerla no podía. En el mundo siempre hay gente un poco “más rara de lo normal”, y el Tío Amaro, al cabo del tiempo, por esta y otras extravagancias añadidas, demostró sobradamente que pertenecía a este selecto grupo de gente.

martes, 25 de febrero de 2020

De cigüeñas y cigüeños





   La Cigüeña Blanca (Ciconia Ciconia), es un ave que nos resulta muy familiar ya que, al contrario de lo que sucede con su prima, la Cigüeña Negra (Ciconia Nigra), que es muy difícil de ver debido a que siempre busca sitios recónditos y alejados del hombre  para anidar y sacar adelante a su prole,  vive en estrecha vecindad con nosotros anidando, llegado el caso,   en pleno casco urbano, tanto en pueblos como ciudades. Aunque está ampliamente distribuida por toda Europa, las mayores densidades de población de estas aves las encontramos al suroeste de la Península Ibérica, tanto en España como en Portugal. 

  Los pájaros, desde el principio de los tiempos, saben que estar cerca del hombre no es bueno para ellos ya que siempre acaban malparados. Lo humanos, en lo concerniente a nuestra relación con las aves,  mostramos dos tipos de querencia. Por un lado, están a quienes les gusta ver a los pájaros en su medio natural y disfrutan viéndolos afanarse a diario en buscar su alimento mientras cantan alegremente, en ciudades y campos, sin importarles para nada los avatares de la vida , y, por otra parte, están aquellos a quienes también les gustan los pájaros, sí...pero fritos. De estos segundos, siempre han tenido que protegerse las aves manteniendo una distancia prudencial con ellos y, además, construyendo sus nidos en sitios escondidos,  alejados la vista de posibles depredadores, entre los que nos encontramos.  

   El método que siguen las cigüeñas, para proteger sus nidos, no consiste en ocultarlos como  las otras aves, algo extremadamente difícil si juzgamos su tamaño, sino en situarlos en lugares elevados, lejos de los depredadores terrestres,  a la vista de todo el mundo; eligiendo para ello campanarios y torres de iglesias y ayuntamientos, depósitos del agua, chimeneas abandonadas, silos, árboles, postes y torres del tendido eléctrico o telefonía, peñas altas…

   Habitualmente construyen sus nidos de forma aislada, evitando así conflictos con posibles vecinos molestos -como podemos ver, los problemas de vecindad no solo los tenemos los humanos-, aunque no es infrecuente ver varios nidos juntos, en el mismo tejado o en la misma zona. Se trata de plataformas que, con gran maestría, construyen a base de ramas vegetales, a las que. paulatinamente. van añadiendo otros materiales a lo largo del tiempò, ya que las cigüeñas que ocupan un nido suelen volver a utilizar el mismo durante los años siguientes.
   Estos habitáculos son de gran tamaño llegando a alcanzar hasta un metro de diámetro, e incluso más, y, como año tras año siguen añadiendo materiales al mismo, a veces llegan a adquirir un peso enorme habiéndose llegado a ver nidos de más de 50 kg. 
   Las cigüeñas vuelven de forma continuada al lugar de cría del año anterior, siendo el macho el primero que regresa al antiguo hogar, aunque no siempre ocupa el mismo nido pues a veces toma posesión de algún otro nido vacío que haya por la zona. 
   Son aves monógamas y resulta muy romántico pensar que son fieles entre sí a lo largo de toda su vida, de modo que las cigüeñas que forman pareja un año, mantienen esa relación para siempre compartiendo el mismo nido todos los años. Así nos lo contaban de pequeños, pero esto no funciona así. En este aspecto, hay que decir que también son "muy humanas", pues cambian con frecuencia de pareja; claro que a nosotros, cuando vemos todos los años un antiguo nido ocupado nuevamente por dos cigüeñas, es fácil pensar que son las mismas del año anterior, y veces hasta lo son, pero esto casi nunca es lo real. 
   En estos nidos, al ser tan grandes, no es raro que en los bajos de los mismos tengan okupas, anidando en ellos: gorriones, estorninos y otras aves. Estos,  aunque no pagan alquiler a los legítimos dueños de la "casa" , al menos no interfieren para nada con las actividades cotidianas de estos, haciéndoles la vida imposible, tal como sucede con sus colegas humanos en España. 
   De tamaño bastante considerable, la cigüeña común tiene el cuerpo recubierto de plumas blancas, siendo las plumas de las alas de color negro. Su cuello es muy largo y, tanto las patas como el pico, también muy largos, son de color rojo claro. No existe un dimorfismo sexual, siendo el aspecto  del macho y la hembra muy similar, variando, únicamente, el tamaño entre ambos a favor del macho, que es algo mayor.
   Una ficha de un ejemplar adulto podría ser la siguiente:

Cigüeña común (ciconia ciconia)
Altura : 100-125 cm
Envergadura: 150-200 cm
Longitud 110 cm
Peso 1.500 4.000 gr.
Pico: 16-20 cm.
Cola: 20-25 cm.
Ala 50-60 cm
                


     
  
 




   Son aves migratorias y empezamos a verlas surcar nuestros cielos, o en sus nidos, a mediados de enero, que es cuando vuelven a la Península Ibérica procedentes de África; si bien, cada vez van  adelantado más su llegada, no siendo raro verlas ya los primeros días de enero e incluso diciembre

   Cada pareja de cigüeña blanca cría sólo una nidada cada año. La hembra, a finales de marzo o primeros de abril, pone 3-5 huevos y ambos padres participan en la incubación durante el día, aunque, durante la noche, la tarea es realizada sólo por la hembra. Tras ser incubados de 30-35 días, nacen los "cigoñinos" que son alimentados por los padres durante dos meses; al cabo de este tiempo, ya han alcanzado un pleno desarrollo y abandonan el nido. 
   Estas aves, tienen una supervivencia media de 20 años, aunque ha habido ejemplares en cautividad que han llegado a vivir más de 30. 
   La cigüeña blanca busca su alimento en suelos con vegetación baja, así como en regatos y charcas poco profundas, esto le permite que sus presas sean más visibles; su dieta, que es muy variada  depende de la época del año. En verano, sus presas más comunes son los insectos, principalmente escarabajos,  saltamontes, langostas y grillos; mientras que en invierno, cuando vuelven a estos lares, se alimentan fundamentalmente de lombrices de tierra. También, cuando tienen ocasión, comen otras exquisiteces como culebras, ranas, lagartijas, y pequeños mamíferos, fundamentalmente, ratones de campo. 
   Fuera de la naturaleza, cada vez con más frecuencia, también buscan buscan alimento en los vertederos, donde encuentran abundante materia orgánica. Este hecho ha favorecido, notablemente, un cambio en sus hábitos, propiciando que, algunos ejemplares, al encontrar comida en los vertederos durante todo el año, ya no emigren a África. 
   En España permanecen con nosotros hasta agosto y septiembre; entonces, una vez que los cigoñinos ya están plenamente desarrollados, tanto estos como los padres abandonan sus zonas de reproducción estival y se van a pasar el otoño a África. Aunque son aves bastante solitarias durante la anidación, a la hora de emigrar son muy gregarias y se unen en grandes grupos para ir a pasar la estación fría, en la sabana africana, cruzando el Estrecho de Gibraltar en grandes bandos de cientos de ejemplares.Su destino es el África Central, al sur del desierto del Sahara: Kenia, Uganda, Chad, Nigeria y, si aquí gustan de vivir solas en su nido, criando a la prole en sus cuarteles de invierno, allí lo hacen en bandadas que a veces son de miles de ejemplares. 
   Las Cigüeñas Blancas, que nacen cada año, emigran hacia el sur, por primera vez, siguiendo la misma ruta que sus padres, familiarizándose así con los lugares por donde pasan de modo que, cuando vuelven a Europa, desde los lugares de invernada en África, lo hacen por los mismos lugares. 
  Estos largos viajes, de 4000-5000 km, los realizan en etapas empleando varias semanas en completarlos. 
   Es asombroso comprobar cómo estas aves, sin mapas, brújulas, GPS, ni otros artilugios que usamos los humanos para intentar no perdernos, son capaces de regresar, cada una de ellas, con total precisión, tras volar miles de kilómetros, a su lugar de origen. 
   Una vez que llegan a nuestras latitudes, se repite el ciclo: toman posesión de algún nido que esté vacío o construyen uno nuevo y comienza la "parada nupcial", durante la cual, tanto el macho como la hembra, castañetean ruidosamente el pico emitiendo un fuerte sonido conocido como crotoreo "Están machando el ajo", decimos los lugareños 

Algunas curiosidades en torno a las cigüeñas 

 a) La cigüeña blanca es un ave muy popular y querida en los pueblos debido a la estrecha relación que siempre ha mantenido con los humanos. Es muy beneficiosa para la agricultura, ya que come infinidad de insectos y roedores. Además, se decía que el tener un nido de cigüeña en el tejado de la casa era signo de buena suerte porque la protegía de los rayos; pero lo cierto es que, la mayoría de las veces, esa relación de vecindad no es tan bien recibida y los propietarios de esos "casas afortunadas" prefieren prescindir de tal suerte debido a que al enorme peso de los nidos estropea los tejados, a lo que hay que sumar la gran cantidad de excrementos y suciedad que desprenden sus moradores. 

 b) Según la tradición popular, cuando nacemos, la cigüeña blanca es la encargada de traer los niños, a cada casa. A los recién nacidos, los traían estas aves en un hatillo que colgaba del pico, dejándolos caer por las chimenea -ahora me explico yo por qué mucha gente somos como somos: se debe al porrazo que nos llevamos al nacer- Lo que agradecerían las mujeres que este mito de la cigüeña, trayendo los niños de París, fuera verdad pudiendo evitar así los embarazos y partos. 
  Antes, cuando los niños preguntábamos a los padres dónde estábamos antes de nacer, y cómo veníamos al mundo, nos daban esta respuesta evitándose así la incomodidad de tener que explicar la realidad de la cuestión. 

 c) En tiempos pasados, había una desinformación tremenda respecto a la sexualidad; tal ignorancia  era tan alta que llegaba a unos extremos impensables hoy día. Cuentan que en un pueblo había una pareja, llevaban poco tiempo casados y la mujer estaba embarazada. Él marido no estaba preparado aún para ser padre y, cuando le dijeron //- ¡Enhorabuena!, veo que está a punto de venir la cigüeña a tu casa//  Muy irritado, cogió la escopeta de caza, se plantó ante la fachada de su casa y, a todo aquel que pasaba por allí, como se extrañaba al verle con la escopeta, al preguntarle si pasaba algo, él respondía muy convencido: //- ¡Claro que pasa! Estoy vigilando para que no entre la cigüeña. Como vea que se acerque a la casa, le pego dos tiros ¿Esto fue un cuento?¿ Ocurrió realmente? La verdad es que no me atrevo a asegurar una cosa ni la otra. 

 d) Además de ser las responsables de “llenar las casas de niños”, su presencia entre nosotros significa que ya viene el buen tiempo, de ahí el dicho: "Por San Blas, la cigüeña veras, y si no la vieres, año de nieves”. En otros tiempos, cuando el clima era más estable, seguramente, pudo ser así; pero en los tiempos actuales esto no se ajusta a la realidad. Cuántas veces, tras la llegada de estas zancudas, el clima sigue siendo aún muy frío, ha nevado, y han tenido que aguantar estoicamente la nevada en sus nidos, porque esos días no pueden salir al campo a comer. 

 e) El hecho de tenerla como vecina, siempre tan cerca de nosotros, ha hecho que, de forma constante, esté presente en nuestro folklore. Canciones y cantinelas sobre las cigüeñas hay muchas. Los niños, cuando la veían, cantaban: “Cigüeña zaragüeña / que estás en la peña/ los hijos se te van/, a la Vera Vera van / te escriben una carta/ que pronto volverán”. 

 f) El hecho de que aniden en la torre de la iglesia, es algo muy común y queda reflejado en algunos cantares como el siguiente: ”En el campanario de Encinasola / la cigüeña anida airosa/ en el de Valderrodrigo/ el cura espía a las mozas”. 

 g) En nuestra zona, el cigüeño no es el “marido” de la cigüeña. Se trata de un artefacto, que se colocaba en los pozos para extraer agua del mismo, consistente en dos maderos articulados entre sí; uno clavado en el suelo con forma de horquilla en el extremo superior, donde se articulaba con el otro, que
era recto, al que se le colocaba en uno de sus extremos una errada -un cubo de zinc- para sacar agua de los pozos, mientras que en el otro extremo se le ponía un contrapeso. Recibe tal nombre porque su perfil recuerda al de una cigüeña también vista de lado.

 h) En España, es un ave protegida que no puede -no debe- ser cazaba; pero, como una parte de su vida transcurre en África y allí no existían estas restricciones,  era presa de los cazadores. En épocas de hambruna, se decía que en África todo animal que anduviera por la tierra, nadara o volara, era susceptible de servir de alimento, y la cigüeña no fue ajena a ello. Para cazarla, inicialmente, solo se utilizaban jabalinas y arcos y flechas; gracias a la poca precisión de estas armas aún hay cigüeñas, porque si no, hubieran desaparecido todas en ese continente. Cuando los cazadores ya dispusieron de mejores armas para la caza, se fijaron en otras presas más atractiva pues, si alguien tiene curiosidad en saber cómo sabe la carne de este ave, creo que está lejos de ser exquisita.