martes, 4 de enero de 2022
Etnografía para niños (como yo)
jueves, 18 de noviembre de 2021
Cosas de la caza
Actualmente, en España, a los curas podemos considerarlos un bien escaso, las vocaciones viven sus horas más bajas y los seminarios diocesanos están casi vacíos; esto, ha dado lugar a que, tanto en las ciudades, como en el medio rural, sea bastante común que un sacerdote esté al cargo de varias parroquias.
Este es un fenómeno relativamente
nuevo, ya que tiempos atrás había muchos
seminaristas, un buen número de ellos terminaban su formación religiosa y
acababan siendo sacerdotes. Los obispos, a veces, incluso tenían dificultades
para “colocar” a sus subordinados en las distintas parroquias, pues todas
estaban ocupadas por el correspondiente titular, pudiendo permitirse el lujo
de nombrar coadjutores, sacerdotes que ayudaban al párroco titular en sus funciones, en los pueblos con mayor población, e
incluso “exportar” sacerdotes a ejercer su labor pastoral a otras diócesis o países más necesitados de religiosos, que nosotros.
En todas las profesiones existe un estereotipo de cómo debe ser el profesional que se
dedica a una determinada actividad, pero siempre hay algunos personajes que
escapan a esos cánones preestablecidos y los curas no son ajenos a ello.
Últimamente, asistimos al caso de un obispo
que tiene una novia y se quiere casar con ella –hablo del antiguo obispo de Solsona (Lérida) y no de otro- que ha estado recientemente de actualidad en
la prensa, la radio y la televisión; pero no siempre se trata de casos tan extremos, hay algunos curas que,
debido a determinadas aficiones o actividades, llaman la atención del vecindario como ocurría en nuestra
comarca con el cura de los saltos de Saucelle y Aldeadavila. Este hombre, tenía la particularidad de ser gran aficionado a los coches. Mientras
que los compañeros de los pueblos vecinos tenían automóviles bastante modestos y
procuraban que les durasen todo posible, como el resto de la gente, él siempre
circulaba en unos vehículos estupendos y cambiaba frecuentemente de modelo,
causando gran envidia entre los compañeros y resto del paisanaje.
A su favor, hay que decir que viajaba continuamente entre los
dos saltos, por carreteras muy difíciles, varios días a la semana, y hacía muy
bien en tener el mejor automóvil posible para sus desplazamientos.
La gente comentaba, en broma, que poseía un segundo coche, un “Seat
Seiscientos” que lo reservaba para las ocasiones en que tenía que ir al
obispado, con el fin de pasar desapercibido y evitar que “su jefe” se enterara
de que “el cura de los saltos” era quien tenía el que mejor automóvil de toda la
diócesis.
Bueno, otro de los curas que se salía un poco del "prototipo", tenía la particularidad de ser muy cazador. Con una afición desmedida para la caza, para él el año se dividía en dos épocas: Veda abierta (hábil para cazar), y Veda cerrada, de modo que, cuando llegaba esta última, contaba los días que faltaban para que se abriera el siguiente período hábil para cazar
Comentaban los feligreses que en aquel pueblo había dos tipos de misa. En los períodos inhábiles para cazar, las homilías duraban habitualmente de 30 a 45 minutos, ya que el cura las oficiaba sin prisa; subía al púlpito para dirigir la palabra a los feligreses y les soltaba unos sermones
Durante la veda subía al púlpito
tremendos, hablándoles
de lo divino, de lo humano y de más cosas; en cambio, cuando se
levantaba la veda, como tenía que ir a cazar, las misas eran más breves; entonces, ni siquiera subía al
púlpito dirigiéndoles unas breves palabras a los parroquianos desde el altar, a
pie de suelo; estas misas sólo duraban entre 15 y 20 minutos, cosa que
encantaba a la grey ya que, como el período de la caza menor suele
coincidir con la temporada invernal y las iglesias entonces siempre estaban muy
frías, la brevedad de las homilías era un valor muy apreciado por el
vecindario.
Nuestro cura, habitualmente, salía a cazar con otros compañeros; pero
los días festivos, a pesar de que la envidia es uno de los Pecados Capitales,
confesaba sentirla a veces hacia el resto de la cuadrilla debido a que,
mientras que los demás podían madrugar y al amanecer ya estaban recorriendo el
campo a la búsqueda de liebres, perdices y conejos, él, como tenía que cumplir
con sus obligaciones pastorales, debía quedarse en el pueblo para celebrar la
misa dominical; de modo que, aunque abreviara todo lo posible la misma, hasta cerca
del mediodía no podía incorporarse a su
afición.
Uno domingo de otoño, en plena era temporada
hábil para la caza, este hombre, tras decir la misa, breve como era habitual en
esta época del año, nada más acabar la homilía se dirigió a su casa, cambio el
“atrezzo” de sacerdote por el de cazador, recogió al perro que tenía, así como
la escopeta, y a toda prisa salió al campo para aprovechar la tarde, ya que a estas alturas del año anochece pronto, con la esperanza de cruzarse con alguna buena pieza
que llevar al morral.
Él tenía su propio código ético en lo referente a los animales que cazaba y,
aunque muy ecológico no es que fuera, ya que al fin y al cabo mataba todo lo que podía, era bastante acorde con su condición de religioso. El destino de las presas cazadas era el siguiente: cada vez que volvía de una jornada
de caza, sólo conservaba una de las piezas abatidas. El ama que tenía, que era una gran cocinera, la preparaba, y entre los dos, tan ricamente, se la jalaban, En cuanto al resto, unas veces las regalaba a la gente no cazadora y otras se las vendía al
carnicero del pueblo, a bajo precio, empleando el dinero que obtenía en comprar velas para la iglesia. Él decía que los animales eran obra del Creador y por ello no podía obtener ganancia alguna con la
venta de las piezas cazadas.
Llamó al perro, se sentó en una peña a
descansar, sacó el bocadillo que le había preparado el ama, y se puso a comer
tras el infructuoso recorrido que había hecho hasta entonces, a la par que reflexionaba sobre cómo iba desarrollándose la cacería.
Aunque era un día con cielos claros, el sol de
otoño, a estas alturas del año, calienta poco; además, corría en aquellos momentos un vientecillo
fresco del norte, un cierzo que no resultaba agradable, pero la gruesa zamarra que llevaba le
protegía debidamente y estaba a gusto allí, descansando en mitad
del campo, tras la larga caminata; si a ello sumamos que el paisaje era bonito y que pasear es una
actividad magnífica, podríamos pensar que eso era suficiente motivo para estar
satisfecho, pero sus pensamientos no iban en esa dirección
precisamente. Él había salido a cazar, no a hacer senderismo, y de momento no había pasado de hacer esta segunda actividad.
Un auténtico cazador, si sale con la escopeta y el perro al campo, no es para pasear, es para experimentar la emoción de la caza; es para ver cómo salen ante él, ya sea corriendo o volando, a toda prisa, conejos, liebres, perdices...; es para empuñar la escopeta, apuntar con rapidez, calcular la velocidad y la trayectoria de las presas, y disparar. Son unos instantes de emoción, difíciles de explicar, que no los cambia por nada en el mundo. Y no digamos cuando acierta y el perro le acerca la presa abatida. Él había salido al campo a sentir todo eso y hasta ese momento sólo sentía decepción.
Ante las malas expectativas que tenía el asunto -más de dos horas de camino, sin haber podido realizar ningún disparo- estaba muy insatisfecho y, pensando... pensando, de pronto le vino la inspiración (dudo mucho que le llegara por parte del Espíritu Santo en forma de paloma, ya que, con las ganas que tenía de cazar algo, estoy seguro que le hubiera disparado) y tuvo una idea que le permitiría evitar tener que volver a casa de vacío. Aprovechando que estaba solo y nadie le veía, decidió hacer uso de su condición de religioso, con enchufe directo con el cielo, para solicitar la intercesión de alguna divinidad con el fin de que ésta le echara una mano con la caza.
Estaba próximo el día de la Inmaculada
Concepción y, como tenía en la iglesia una imagen de esa virgen, decidió
dirigirse a ella; así que juntó las manos, dirigió su mirada al cielo y, con
mucha fe, exclamó:
-
¡Oh Señora! Haz
que salga algo de caza. Si mato una perdiz se la llevo a Nano, el carnicero, y
con el dinero que me dé por ella te compro una vela. Si cazo dos, las
repartimos.
No sé si la Virgen, realmente, tuvo que ver
algo en ello, o todo fue fruto del azar, pero el caso es que, cuando nuestro cura
cazador reanudó su recorrido y apenas había avanzado cien metros, el perro
olfateó algo, echó a correr, ladrando fuertemente, entre unas escobas y el cura pudo ver cómo dos perdices levantaban el vuelo desde el suelo, con gran
celeridad, al sentir el perro tan cercano.
El cazador, muy excitado, cogió rápidamente la
escopeta superpuesta que tenía, con capacidad para dos disparos, y apuntó raudo
a los dos pájaros que intentaban alejarse del lugar. El primer disparo resultó infructuoso, no
acertó a ninguna de las aves; en cambio, con el segundo sí tuvo éxito y consiguió
abatir a una perdiz.
A ver el resultado del lance, el cura
exclamó:
- - Hay que ver lo aprisa
que vuela la perdiz de la Virgen.
jueves, 21 de octubre de 2021
El tío Contrapunto
Un filósofo, es aquella persona que se dedica profesionalmente a la filosofía; esta afirmación, aunque es correcta, no se ajusta totalmente a la realidad ya que el término es más amplio y hay que hacerlo extensivo, además, a toda persona aficionada a filosofar, independientemente de que se dedique, profesionalmente o no, esta actividad.
Filósofos famosos, a lo largo de la historia, ha habido muchos y hacer una selección de quiénes fueron los más influyentes no es una tarea fácil; si pidiésemos a dos expertos en el tema, que elaborasen por separado una relación de los pensadores más importantes que ha habido a lo largo del tiempo, ambas listas no iban a ser iguales pues cada una de ellas iba a depender del gusto de cada uno; pero quien, con total seguridad, no iba a aparecer en una lista de estas características sería el “Tío Contrapunto”, un paisano del pueblo; él no se reconocía, ni mucho menos, como filósofo, a pesar de que las circunstancias le habían llevado a tomarse la vida con filosofía.
“Yo soy yo y mi circunstancia”, es una conocida frase de Ortega y Gasset, un filósofo español del siglo XX, que viene “que ni pintada” para entender lo que es “tomarse la vida con filosofía”; esta frase refleja perfectamente cómo vivimos las personas, enfrentándonos, día a día, a todo tipo de situaciones, tanto favorables como desfavorables, especialmente a estas últimas; donde la paciencia y el buen humor juegan un importante papel para sobrellevar nuestra existencia, sin que el desánimo prenda en nosotros ¡Quién
iba a decirle a Torcuato, conocido por todos en el pueblo como el Tío
Contrapunto, veinticinco siglos más tarde, que Sócrates tenía razón y no
precisamente por lo feliz que era en su matrimonio!
Se había casado a los 22 años, una edad
normal para la época –entonces la mayoría
de la gente lo hacía entre los 18 y los 25 -, con su novia de siempre, una
chica guapa y agradable, de su misma edad, después de tres años de noviazgo; entonces,
estos, generalmente, eran prolongados para que los contendientes -perdón, los pretendientes- pudieran conocerse bien.
Como curiosidad, resaltar que en un pueblo
de la comarca hubo una pareja que mantuvo el noviazgo durante más de 50 años,
cada uno viviendo en su casa, -no como
ahora-, y, aunque con frecuencia hacían amagos de casarse señalando
posibles fechas, siempre muy lejanas, fiándolo para largo, creo que nunca
llegaron a encontrar el momento de hacerlo.
Un matrimonio, no es una unidad, es la suma de dos individualidades,
marido y mujer, o compañero y compañera, si no hay matrimonio por medio; ambos,
tanto física como espiritualmente, a medida que pasa el tiempo, crecen y
maduran, siendo lo ideal que lo hagan paralelamente…en la misma dirección, de tal
modo que ese amor inicial, ciego y apasionado, con el tiempo va, paulatinamente,
transformándose en un tipo de amor más maduro y sosegado donde ambos
componentes de la pareja continúan haciendo su itinerario espiritual juntos; aunque a veces la relación se deteriora, desaparece el amor, y estos
caminos paralelos pasan a ser divergentes, cuando no opuestos, llegando a preguntarse
los dos componentes de la pareja cómo es posible qué sigan conviviendo con una
persona a la que ya no quieren.
Llegados a este punto, en la actualidad, la solución es fácil: se separa
la pareja y cada uno inicia una nueva vida por su lado, pero esto aún no
era posible en los tiempos de Torcuato y resulta que, al cabo de los años, la
situación a la que había llegado el matrimonio era que Torcuato y Casilda ya no se querían y el desapego era mutuo; pero, como no podían separarse, ni civil ni eclesiásticamente, seguían conviviendo
bajo el mismo techo haciendo una vida de pareja donde los desencuentros eran
continuados.
No consta que hubiera violencia física entre
ellos en ningún momento, ni que uno tuviera subyugada la voluntad del otro; habían llegado a un punto de tolerancia mutua bastante equilibrado, pero existía bastante ensañamiento psicológico de uno hacia el otro, una actividad en la que ambos se empleaban a fondo.
El marido insistía en que el grado de encono que
ella empleaba hacia él era excesivo, y tenía la seguridad de que Casilda hasta entrenaba
para aprender adjetivos despectivos, con el fin de dedicárselos cuanto tenía
ocasión; en cambio, ella vivía con el convencimiento de que Torcuato, a quien
le gustaba mucho la lectura, leía solamente para averiguar nuevas palabras con
las que ofenderla de una forma más culta.
Evidentemente, una relación entre dos
personas que no se llevan bien y que tienen que vivir “forzosamente” en la
misma casa, debe ser sumamente complicada.
La consecuencia de todo ello es que, tanto Torcuato como Casilda,
necesitaban tomarse la vida con mucha… mucha… mucha filosofía.
Largos años de convivencia, en esta situación, dieron lugar a anécdotas
de todo tipo y calibre, estando el chantaje emocional, entre ambos cónyuges, a la
orden del día.
Cuentan que ella, a veces, cuando buscaba a Torcuato y no sabía adonde
ido, preguntaba a las vecinas:
-- ¿Habéis visto al indeseable de mi marido?
Otras veces,
los adjetivos empleados eran: golfo, granuja, “el tonto este”, etc.
Él, a su vez, cuando preguntaba a las vecinas
por su mujer, su frase favorita era que si sabían dónde había ido “la
Trotaconventos”, una prueba evidente de que había leído el Libro del Buen Amor,
del Arcipreste de Hita.
Un día, sonaban las campanas de la iglesia y Torcuato preguntó a un vecino que si sabía el motivo, ya que no era día festivo -Él, nunca iba a misa porque decía que fue allí, el día de la boda, donde habían empezado todos sus males- Cuando el vecino le contestó que “tocaban a casar” porque había una boda, respondió.
- ¡Qué pena! A ver si hay suerte y algún día tocan a descasar para que pueda ir yo.
Una tarde de verano, tras una de sus discusiones habituales, creo que ya
reñían por todo - si la puerta de la
calle debía estar cerrada, abierta o medio abierta y cosas así, era motivo suficiente
para ello-, ella, muy enfadada, le dijo al marido que no aguantaba más y se iba a tirar a
un pozo. Ante tal amenaza, él, “visiblemente afectado”, le indicó que se
llevara una toalla para poder secarse, cuando saliera del mismo. Casilda, al
ver el poco efecto que su arrebato había causado en Torcuato, no llegó ni a
asomarse al brocal del mismo.
En otra ocasión, una noche antes de acostarse, fue él quien amenazó a
Casilda diciéndole que al día siguiente, no quiso
precisar la hora, quien iba a tirarse al pozo sería él - por cierto, seguían acostándose juntos. No sé si se limitaban sólo a
dormir o si, de vez en cuando, hacían un armisticio y se entretenían en otras
actividades- el caso es que al amanecer, Casilda, al despertarse, vio que el
marido ya no estaba en el lecho. Como no lo veía por ninguna parte y los
vecinos tampoco sabían nada de él, ante la duda de que hubiese cumplido su
amenaza, fue a denunciar el hecho a la Guardia Civil.
Los guardias estuvieron recorriendo las huertas -entonces había muchas- buscando en todos los pozos, sin resultado
alguno. A mediodía, un paisano que había ido a Salamanca a media mañana, conocedor de la desaparición de Torcuato, llamó
por teléfono a la guardia Civil del pueblo para dar aviso de que le había visto vivo y en perfecto estado de salud. Lejos de cumplir la amenaza de tirarse al pozo,
había cogido el coche de línea que pasaba por el pueblo, muy temprano, para ir
a la ciudad y había sido visto por el paisano en un conocido bar capitalino,
dando claras muestras de que tenía mucha más afinidad por el vino y las tapas
de los bares, que por el agua de los pozos.
Otro día ocurrió... y otro……, y otro……La
cantidad de anécdotas que rodearon la vida de este peculiar matrimonio son
incontables, pero lo cierto es que continuaron conviviendo juntos hasta el
final de sus días, “hasta que la muerte los separó”, cumpliendo literalmente las
palabras rituales que dice el cura en las bodas de los matrimonios católicos.
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| Ante una copa de vino |
martes, 21 de septiembre de 2021
Los Borregos
En España tenemos varios tipos de fiestas, celebramos las fiestas nacionales, comunes a todas las regiones de España, como Semana Santa, Navidad o los Santos; están las fiestas autonómicas, donde cada región española, intentando parecer diferente a las demás, acaba haciendo lo mismo que el resto: hacer una fiesta (la nuestra es el 23 de abril), y, por último, están las fiestas locales, propias de cada pueblo o lugar, que se celebran, casi siempre, en honor del correspondiente patrón/a.
En verano, es cuando asistimos a la mayor
concentración de festejos. En julio está San Cristobal (Guadramiro); los primeros días de agosto, en Cerralbo, festejan Nuestra Señora de los Ángeles, y, después llegan San
Lorenzo (Saucelle y La Zarza), la Virgen del Socorro (Vitigudino), San Roque (Villarino),
San Bartolomé (Aldeadávila), para continuar en septiembre con las correspondientes
vírgenes del 8 de septiembre, y los cristos del 14, así como la virgen del Rosario,
ya en octubre, que es el día elegido en muchos lugares para celebrar la Fiesta
de las Madrinas.
La lista es mucho más amplia, pero voy a
dejarlo aquí.
Aunque el origen, y motivo fundamental de estas fiestas, es conmemorar al santo, virgen o cristo correspondiente, con los oportunos actos litúrgicos, paralelamente a estos tienen lugar las celebraciones “civiles” en las que destacan, de forma notoria, los toros en todas sus formas: encierros, capeas, novilladas, corridas… pues nuestra comarca siempre ha sido muy taurina.
Podemos asistir a espectáculos taurinos de
todo tipo. Si alguien desea disfrutar de una
corrida de toros, en toda regla, puede ir a Vitigudino donde es posible
ver primeras figuras del toreo, venidas a menos eso sí, pero que aún conservan
toda su esencia; también podemos asistir a encierros matutinos que, aunque no
son famosos como los de Pamplona, si cabe, son más divertidos que estos (los
más afamados y concurridos son los de Aldeadávila, Villarino y Lumbrales - ¡ojo!,
digo los más afamados, no los únicos-); y, por último, podemos asistir a novilladas
y capeas que se celebran en muchos de nuestros pueblos
Últimamente, la celebración de estas fiestas ha experimentado algunos cambios que, en algunos casos, pueden resultar incluso pintorescos; como celebrar a San Sebastián o San Marcos en agosto, o San Felipe, este año, en septiembre, que chocan un poco con la tradición.
Las fiestas religiosas que, según la
Iglesia, son inamovibles; justificada o injustificadamente, han dejado de serlo
(No sé qué pensarán los santos afectados,
desde “el cielo”, por haberles cambiado la fecha de su fiesta y si eso afecta a
sus currículums o qué, pero hay que ser realistas y vivir con los tiempos.
Supongo que ellos lo entenderán; al fin y al cabo “son buena gente”, pues para
eso son santos).
Actualmente, existe una normativa europea que regula todas las fases de producción de la carne; comienza en las propias fincas donde pastan los animales, vigilando la sanidad de estos; se extiende hasta la fase final del procesado y venta de la carne, y abarca todas fases y aspectos relacionados con la producción, como el bienestar animal –el bienestar del carnicero creo que no lo menciona- , la higiene, transporte, funcionamiento de los mataderos, distribución de los productos, venta al público…
Una de las consecuencias que trajo consigo esta
reglamentación, fue que desapareciera en los pueblos la figura del carnicero tradicional,
un profesional que antes se ocupaba de realizar todas las etapas del proceso como es la compra de la materia prima (los animales), así como de su sacrificio
y posterior venta, sin que mediara intermediario alguno en todo ello.
En cuanto al hijo, Ovidio, alguien podría
pensar que le correspondería ser subjefe de algo, en el escalafón, pero eso aún
estaba por llegar ya que, aunque ayudaba al padre y a la madre, de buen grado, en
sus correspondientes menesteres, no se implicaba demasiado en el aprendizaje
del oficio.
A los padres, lógicamente, les preocupaba mucho
el futuro del hijo; en cambio, las preocupaciones de
éste iban por otro camino, y se dedicaba a estas últimas con gran entusiasmo. Su
filosofía de la vida consistía en vivir el presente, sin preocuparle en absoluto el futuro, de modo que su principal actividad, a la que se dedicaba en cuerpo
y alma, no era otra que divertirse al máximo y no se perdía ninguna de las fiestas que
tenían lugar en los pueblos de la comarca.
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| wallpapeup.com |
El vehículo era empleado para transportar animales vivos, podríamos pensar que sólo
viajaban en él corderos, cabritos u ovejas, pues el tamaño de la furgoneta no
daba para más, pero Ovidio, que era muy habilidoso para estas cosas, se las
arreglaba para meter también terneras.
Como entonces muy poca gente tenía coche, cuentan
que, en alguna ocasión, llevando en la furgoneta una ternera, el joven recogió a algún
vecino que iba caminando por la carretera, para acercarle al pueblo. Éste, contento
y agradecido, una vez sentado en el sitio del copiloto, sin haberse fijado en la
carga, se llevó un susto tremendo al escuchar un mugido a tan solo unos
centímetros del oído.
Otras veces, cuando alguien se cruzaba en la
carretera con el vehículo, veía dos cabezas en su interior: a Ovidio, y una cabeza
sobresaliendo encima del otro asiento delantero. Aquellos con quienes se cruzaba
en la carretera, desconocedores de las habilidades de chico para transportar ganado, en ningún momento pensaban que una ternera pudiera viajar en tal vehículo y acababan convencidos de que el hijo del carnicero iba acompañado
por otra persona. Comentan que alguno llegó a decir:
El joven, que era muy extrovertido y dicharachero, se lo pasaba muy bien en todos los lugares a donde fuese; en cambio los progenitores, que ejercían de padres tolerantes (resignados más bien, -al fin y al cabo, era el mejor hijo que tenían. Y el único-), no ganaban para disgustos.
Cuando le preguntaba a Ovidio alguna mujer mayor, si él era Casto. Siempre respondía con la misma letanía:
- ¡Pues claro que soy casto! ¡Mucho más de lo que yo quisiera!
En
cambio, cuando la preguntaba procedía de una mujer joven, la respuesta tenía otro
matiz:
- Sí, soy casto. Pero cuando quieras, dejo de serlo.
Si
el curioso era un hombre, la respuesta era muy diferente:
- No señor, Casto es mi padre
Un día de finales de agosto, era la Fiesta del Toro en Vilvestre (esta fiesta creo que no tiene fecha fija y suele coincidir con el último fin de semana de ese mes); la Guardia Civil estaba de vigilancia en un cruce que carreteras que hay antes de llegar a este pueblo, y, ¡cómo no!, vieron acercarse la furgoneta de Ovidio que se dirigía a la fiesta.
Las furgonetas Citroën "Dos Caballos", tenían la particularidad de que sus amortiguadores eran muy blandos y, si se cargaba excesivamente la parte posterior del vehículo, se desequilibraban rápidamente elevándose la parte anterior. Daba la sensación de que, de un momento a otro, iba a ponerse a volar tal como hacen los aviones al iniciar el despegue; por lo que de lejos se sabía cuándo iban cargadas y cuando no.
Los guardias conocían sobradamente el
vehículo, así como a Ovidio, ya que pertenecían al puesto del pueblo donde éste
residía y, aunque entonces no se hacían pruebas de alcoholemia, no eran obligatorios los cinturones de seguridad, y tampoco había radares para controlar
la velocidad, existían otras posibles infracciones que había que vigilar, como
es el exceso de carga u ocupantes, y aquella furgoneta que se acercaba, podía
percibirse de lejos que iba muy cargada.
Al llegar a la altura de los guardias, estos hicieron
indicaciones al conductor para que parara, y vieron a Ovidio y a otra persona ocupando los asientos delanteros.
- ¡Hola! ¡Aquí trabajando! ¿No? Saludó Ovidio a la pareja, despreocupadamente.
Como pertenecían al cuartel del pueblo, conocía sobradamente a los dos guardias.
Estos, antes de contestar, miraron a través de la ventanilla del conductor el interior del vehículo, para ver
qué carga llevaba, y vieron que una cortinilla impedía ver la parte posterior
del mismo.
- ¡Qué tipo de carga lleva usted! Preguntó uno de ellos
Los guardias civiles, solían actuar así, para sorpresa de los paisanos. Cuando no estaban de servicio, trataban con familiaridad al paisanaje; pero cuando sí lo estaban, se mantenían serios y guardaban las distancias, aunque estuvieran ante personas conocidas (el deber es el deber, se justificaban ellos).
- Son unos borregos que ha comprado mi padre esta tarde. contestó Ovidio. Como los va a matar mañana temprano, por eso no los he bajado del coche.
En ese momento, como si se hubieran sentido aludidos, comenzaron a balar en la parte posterior de la furgoneta los borregos, y Ovidio siguió hablando.
- ¿No los oís? Al haber parado, los pobres deben pensar que ya los quieran matar, y se han asustado.
- Los va a matar tu padre mañana, ¿y te los llevas de fiesta? Preguntó uno de los guardias, sumamente extrañado.
- Sí, contestó Ovidio con naturalidad. Pero sólo vamos a estar un rato y nos damos la vuelta pronto. Si los hubiera soltado, mañana muy temprano tendría que ir a recogerlos al prado; por eso no los he sacado de la furgoneta.
(Hoy día, de
acuerdo a las normas de bienestar animal, el hecho de tener encerrados a unos
borregos en la furgoneta, en tan poco espacio, toda la noche, podría ser motivo
de sanción; pero ese tipo de sanciones, entonces, aún, no estaba contemplado)
Los borregos seguían balando, atropelladamente,
todos a la vez, y de pronto, ante el asombro de todos, tanto de los guardias
civiles, como de Ovidio y el acompañante, se oyó una fuerte carcajada en la
parte posterior del vehículo, tras la cortina que ocultaba “la mercancía”.
Que unos borregos balen asustados, porque
intuyen que cuando los separan del rebaño y los meten en un espacio cerrado y
estrecho, no es para nada bueno, es comprensible; pero que uno de ellos sufra
un ataque de risa ya no lo es tanto; así que los
guardias le ordenaron a Ovidio que bajase de la furgoneta y abriese el portón
trasero, para ver a “los asustados animales”.
Ellos,
sospechaban desde el principio que la cortinilla puesta, estratégicamente,
para separar los asientos del conductor y copiloto, de la parte posterior de la
furgoneta, no formaba parte del “mobiliario habitual” de ésta, sino que
había sido colocada allí, intencionadamente, para ocultar algo; además, desde lejos, era
evidente que venía con mucha carga atrás, por lo que estaban convencidos de que si había animales en la parte posterior del vehículo, eran de dos patas.
Una vez que el conductor abrió la puerta
trasera de la furgoneta, pudieron comprobar que sus sospechas eran fundadas.
Ovidio había invitado a cinco amigos a ir a
la fiesta del pueblo vecino; uno iba con él, adelante, y los otros cuatro lo hacían en la parte trasera de la furgoneta; ese era el motivo de que esta fuese tan
cargada. Habían colocado aquella cortina, y también tapado las ventanas
posteriores para impedir que los pasajeros traseros pudieran ser visibles desde
el exterior del vehículo. En cuanto a los falsos balidos, también formaba parte del plan.
Las instrucciones que les había dado el Ovidio
a los amigos que iban atrás, es que, si les paraban, debían ponerse a
balar lastimeramente como unos auténticos borregos.
Con lo que no contaba Ovidio es que a uno de
los “borregos” pudiera darle un ataque de risa.
lunes, 16 de agosto de 2021
La boda
Todos los años, cuando llega agosto, nuestros pueblos presentan un aspecto inusual: coches aparcados por todos los lados, casas que permanecen cerradas y vacías el resto de año, ahora están abiertas y ocupadas, bares muy concurridos, hay niños y adolescentes por las calles…, claro que esto no es más que un espejismo de la realidad ya que, el resto del año, la imagen que ofrecen es muy distinta.
Durante el verano, muchas personas nacidas en los pueblos, y sus descendientes, que habitualmente residen en otras zonas del país, regresan a sus lugares de origen de vacaciones, a pasar unos días, para reencontrarse con la familia y amigos, con el paisaje, o consigo mismos.
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| Coches en todas la calles |
El estereotipo de unas vacaciones estupendas, casi siempre aparece asociado a sitios exóticos y lejanos, lugares paradisíacos e idílicos los llaman las agencias de viajes ¡casi nada!, que a veces están situados a miles de kilómetros, con playas espectaculares de arena muy fina, bañadas por mares de aguas claras y cristalinas; en los spots publicitarios, estas playas siempre aparecen soleadas y desiertas, para gozo y disfrute de quien elige estos destinos, aunque no es oro todo lo que reluce ya que, una vez que estás allí, te preguntas cómo lograron hacer la foto de la playa vacía, porque tú la encuentras llena de gente a todas horas.
En cuanto a los hoteles que nos muestran las
agencias o portales de internet, todos tienen un aspecto magnífico, sin colas
de gente en los comedores, con un camarero sonriente, siempre cerca de ti, para
que le pidas lo que desees; en cambio, una vez allí, te das cuenta que, a veces, encontrar un
camarero se convierte en una auténtica aventura.
Para poder disfrutar de todo lo anterior, obviamente,
es necesario desembolsar una cuantiosa cantidad de dinero, pero si el presupuesto no
alcanza para tanto, existe la alternativa de ir a destinos más cercanos, fundamentalmente
de sol y playa, algo que está a nuestro alcance sin tener que salir del país,
ya que en España tenemos unas magníficas costas.
Tanto en uno como en otro caso, son unas
vacaciones para los sentidos: tomar el sol, bañarse, comer bien, ver bonitos
paisajes, realizar actividades recreativas que uno no hace uno habitualmente…
Recuerdo una paisana mía que se trasladó hace
años, con su familia, a trabajar a San Sebastián; llevaban ya bastantes años residiendo
allí, y un día me confesó que, a pesar del tiempo transcurrido, raro era el día
que no tenía algún recuerdo del pueblo.
Si la mujer fuera portuguesa o gallega, le
hubiera informado que tenía saudade,
pero
como era de Salamanca, le aclaré que lo suyo era un claro caso de añoranza
crónica, haciéndole mucha gracia cuando le dije:
- Mira, lo que te pasa
es que, aunque el cuerpo esté en San Sebastián, tu espíritu nunca se ha ido del
todo y parte de él permanece por aquí.
Pero bueno, voy a dejar a un lado las saudades,
morriñas, nostalgias, añoranzas y similares, y me centraré en otro tema que en
los veranos está muy de actualidad, como son las bodas.
El trabajo en el campo está ligado a los ciclos de la naturaleza, por ello, hasta no hace muchos años, las bodas, generalmente, se celebraban una vez finalizada la cosecha, de ahí que en verano apenas hubiera enlaces matrimoniales pues, como el período estival era, posiblemente, la época del año en la que más labores había que realizar y no había tiempo para otras cosas, solían elegirse otras épocas del año para estas celebraciones. Con el tiempo, los modos de vida han evolucionado y el verano ha pasado a ser la época predilecta para celebrar las bodas, de modo que, actualmente, casi 90 de ellas tienen lugar en primavera y verano.
Claro que estas cosas siempre le ocurren a los demás, así pensaban Jonás y Yolanda; originarios los dos del medio rural, aunque de diferentes pueblos, eran gente formada, con estudios universitarios; los dos trabajaban en la misma ciudad, en aquello para lo que habían estudiado, algo que hoy en día es una auténtica suerte; llevaban viviendo juntos varios años, tenían un niño de dos, e incluso ya habían comprado un piso…todo iba de maravilla. Podríamos decir que eran un auténtico matrimonio de hecho, aunque no de derecho.
Con estos antecedentes, siendo además jóvenes
y guapos, a los ojos de los demás pasaban por ser la pareja ideal; además, si
esto no fuera suficiente, para contento de los padres, habían decidido casarse,
“como Dios manda”, aquel verano.
Llevaban varios meses, con gran ilusión, preparando
el acontecimiento para que no faltara detalle alguno, y llegó el gran día. La
fecha que habían elegido era un sábado del mes de agosto y a las siete de la
tarde estábamos citados los invitados en la iglesia para la celebración.
De los hombres, hay que decir que también
estábamos muy guapos, y nos dividíamos en dos categorías a) “Los adaptados” -al clima, evidentemente- vestidos de un
modo más informal, en camisa de manga corta y zapatos cómodos, b) “Los
inadaptados” –también al clima, claro-,
aquellos que, “obligados por las circunstancias”, íbamos con traje y corbata, en
pleno mes de agosto, soportando estoicamente la temperatura de aquella calurosa
tarde.
Algunos, como no estaban acostumbrados a
llevar corbata, se llevaban repetidamente la mano al nudo de ésta, intentando
aflojarlo, para paliar la incomodidad de llevar el cuello oprimido. También, en
el grupo de “los trajeados”, a más de uno se le notaba ostensiblemente que no
había comprado el traje para la ocasión, pues le quedaba demasiado ajustado. Seguramente
ya lo había usado tiempo atrás, en alguna otra celebración, y una de dos: o el
dueño del mismo había engordado, o el traje había encogido. Se dice irónicamente
que las calorías son unos bichitos que entran en los armarios y encogen la ropa;
por lo visto, deben cebarse, especialmente, con los trajes y vestidos de fiesta,
que nos ponemos de tarde en tarde.
En cuestión de celebraciones, un dicho popular afirma que es mejor asistir a una mala boda que a un buen entierro, y allí estábamos todos, amigos, familia y allegados, a la puerta del templo, dispuestos a celebrar el enlace de Jonás y Yolanda en lo que se presumía no una mala, sino una magnífica boda. Después de la ceremonia, el banquete nupcial iba a celebrarse en un local de prestigio, y, a continuación, había baile con un conjunto musical…aquel era el mejor plan posible para una tarde-noche de agosto.
Los invitados, a partir de las 6,30,
habíamos comenzado a llegar a la puerta de la iglesia aprovechando la circunstancia para saludarnos, ya que son ocasiones muy propicias para encuentros entre amigos y
familiares que llevan bastante tiempo sin verse, y las siete en punto llegó el
coche del novio.
Conducía Jonás, algo inusual en estos
casos, y al lado, como copiloto, le acompañaba su madre, que era la madrina. Pararon
a la puerta del templo y bajaron los dos a la vez.
La imagen que uno tiene de unos novios a
punto de casarse es de gente sonriente y feliz - la cara es el espejo del alma-, pero en este caso la cara de Jonás
era de circunstancias; además, tampoco se les veía, a él, ni a la madrina, demasiado
elegantes para la ocasión, algo que nos extrañó un poco a quienes estábamos
próximos a la puerta de la iglesia.
El novio hizo un gesto de saludo a la
concurrencia con la mano, y sin detenerse a hablar con nadie entró a toda prisa
en el templo. La madre, en cambio, quedó fuera y se dirigió a todos nosotros.
-
¡¡¡Acercaos
por favor!!! Dijo, en voz alta. ¡¡¡Acercaos, que tengo que deciros algo!!!
Hasta ese momento, se había oído un gran murmullo de conversaciones, debía haber más de 150 invitados, y hacerlos callar a todos parecía ser una empresa difícil; pero la voz de la madrina y lo extraño que nos estaba pareciendo todo aquello lograron que rápidamente se hiciera un silencio total. Todos presentíamos que allí estaba pasando algo serio, y atentos nos dispusimos a escuchar lo que la madre de Jonás iba a decirnos.
El silencio que se había producido, mientras
escuchábamos a la madrina, aún se prolongó unos segundos más ante lo inesperado
de la noticia, y otra vez volvieron las conversaciones.
-
¿Qué
le ha pasado a Yolanda? Preguntó a alguien. ¿Es grave?
- ¡No! Respondió, rápidamente la madrina. -evidentemente sabía que iba a recibir esa pregunta, y
ya tenía la respuesta preparada de antemano- ¡No, es grave! Le dolía mucho la cabeza
esta mañana. Supongo que es debido a las preocupaciones de la boda y el ajetreo que esto
conlleva, y no se le acaba de pasar. La ha visto el médico y seguramente tenga que ir al hospital.
Ella dice que no nos preocupemos y que estemos tranquilos, porque ya le ha pasado más veces. Jonás ha entrado a decirle al cura lo que pasa. Cuando salga, volvemos a casa y después, a las nueve, nos vemos en el salón de celebraciones.
A la
hora convenida, los invitados estábamos en el restaurante dispuestos a celebrar
¿¿¿¿¿??????, no sabíamos qué. La familia de la novia no se presentó al banquete
nupcial. No se escucharon vivas a los novios y, evidentemente, tampoco a
nadie se le ocurrió decir que se besaran los novios, ni los padrinos; en cuanto
a la tarta nupcial, tampoco era nupcial, pues alguien se había encargado de
retirar la figura de la pareja de novios que se le suele poner encima. Fue un
banquete un tanto atípico.
Entre los invitados, también se establecieron
dos grupos. El de los “bien pensados”,
que lamentaban el inoportuno dolor de cabeza de la novia, que había obligado a
suspender la boda, deseando que ésta se recuperara lo antes posible, para poder
celebrarla más adelante, aunque fuera en la intimidad; y el de los “mal pensados”, estos opinaban que los
novios, unas horas antes de la boda, se habían enfadado y Yolanda había
decidido no casarse.
Eso
sí, todos coincidíamos en “el papelón” que estaba haciendo la familia del novio
asistiendo a un banquete nupcial que no era nupcial.
Más adelante, nos enteraríamos que los “mal
pensados” fueron quienes estaban en lo cierto


