viernes, 23 de abril de 2021

El milagro de San Hermógenes

 


    Una vez estuve en un pueblo donde tenían a San Hermógenes  como patrón y, al visitar la iglesia de aquel lugar, vi su altar mayor de estilo neoclásico, con varias imágenes en el mismo, pero allí no estaba la del patrón; a éste, le tenían reservada una capilla en una de las zonas laterales del templo a la que se accedía a través de una gran puerta metálica enrejada que estaba abierta y, al pasar al interior, vi, adosado a la pared, un altar de piedra granítica de muy buena factura, destinado a albergar la imagen del santo, pero se encontraba vacío.

    En el cielo supongo que todos los santos merecen la misma consideración, pero aquí en la tierra no ocurre lo mismo, en el santoral hay categorías. En primer lugar están los santos más populares, vendría a ser la creme de la creme de la santidad, como San José, San Juan, San Pedro, San Sebastián, San Blas, San Antonio, San Miguel, San Roque…,  que son patronos de muchos lugares; después, tenemos una larga lista de santos que, aunque no son tan conocidos, mantienen un cierto renombre, vendrían a ser santos de  segunda división, como ocurre en nuestro pueblo con San Felipe, olvidado por todos en nuestra ermita, y, por último, están los santos menos conocidos, a los que podríamos catalogar

San Felipe: Olvidado en nuestra ermita

de tercera categoría, de los que apenas hay imágenes, como ocurre con San Hermógenes, un soldado romano que, en un ejercicio de transfuguismo, tan propio entre los políticos de hoy , se convirtió al cristianismo junto a otros compañeros; con la diferencia de que los tránsfugas de antes no eran tan bien tratados como a los de ahora. Cómo sería la cosa que, por este motivo, fue martirizado.

    De San Hermógenes, yo sabía muy poco…el nombre y poco más, por ello, cuando me enteré de que era el patrón de aquel pueblo, sentí una enorme curiosidad por ver cómo era su imagen. Al haber sido soldado, me lo imaginaba vestido de legionario romano, mas tuve que seguir sólo imaginándolo, pues, como ya comenté anteriormente, su altar estaba vacío.

   Ante la alternativa de que la imagen no estuviera en su lugar, por hallarse en proceso de restauración, y aprovechando que el cura, en ese momento, estaba en la sacristía, me dirigí hasta allí  a preguntarle por la imagen.

   Se trataba de un cura joven y, después de presentarme, tras oír mi pregunta, se sintió bastante extrañado por mi interés; debió llamarle mucho la atención que un forastero se interesara precisamente por ese santo.

  Me comentó que él llevaba ejerciendo de párroco, en aquel pueblo, cinco años, y que cuando llegó, San Hermógenes ya no estaba en su altar. El anterior cura le había dicho que él, a su vez, cuando había llegado a aquel pueblo, bastantes años atrás, tampoco estaba, así que no podía darme muchas noticias al respecto.

-             -  ¿Pero la imagen ha existido alguna vez?, insistí yo

-             -Sí. Contestó el párroco. Claro que existió. La gente mayor del pueblo aún la recuerda.

-            - ¿Y sigue siendo el patrón del pueblo? Volví a preguntar.

       Por supuesto, dijo el cura algo irritado por la pregunta. Una cosa es que no haya imagen y otra que no exista el santo. No tienen nada que ver una cosa con la otra. Verás, continuó hablando el párroco, comprendo que te resulte extraño el hecho de que San Hermógenes sea el patrón del pueblo y no tengamos imagen alguna del mismo. Esto se debe a que un día, ya hace muchos años, desapareció en unas circunstancias algo extrañas, pero no es óbice alguno para que siga siendo nuestro patrón. Es más, la gente de aquí incluso habla de un milagro ocurrido por mediación del santo, aunque oficialmente nunca llegó a reconocerse. Yo llevo varias parroquias, sabrás que ahora hay pocos curas, y tengo mucha prisa. Me están esperando en otro pueblo para decir una misa. Si tienes mucho interés en el asunto, te aconsejo que vayas a ver a Elpidio, el antiguo sacristán. Es natural del pueblo y siempre ha vivido aquí, él te puede informar mucho mejor que yo; tiene muchos años, pero su memoria es fantástica y creo que es la persona idónea para satisfacer su curiosidad. Puedes decirle que vas de mi parte.Además, dijo el párroco para rematar la cuestión, como cura que soy, no soy la persona más indicada para hablar del milagro. Sólo te pido una cosa, si te habla del mismo, no juzgues los hechos con los ojos de un hombre de hoy, aquello ocurrió hace más de 60 años y la perspectiva de las cosas de entonces y de ahora es muy diferente. No lo olvides. 

        Era evidente que el cura sabía mucho más de San Hermógenes de lo que me había dado a entender, y que, elegantemente, se estaba quitando del medio para no seguir hablando del tema. Debía sospechar que no iba a conformarme con sus breves explicaciones y que iba a continuar preguntando a la gente del pueblo sobre su “patrón ausente”, así que, como mal menor, había decidido remitirme al sacristán.

  Estaba en un pueblo cuyo patrón era San Hermógenes, su imagen había desaparecido de la iglesia, tiempos atrás, en condiciones poco claras, y, además, había un milagro del que el cura no quería dar detalle alguno. Aquello se estaba poniendo muy interesante, así que, siguiendo su consejo decidí ir a ver al sacristán, por lo que, desde la iglesia fui directamente a casa de Elpidio, que es como se llamaba aquel hombre.

  El “oficio” de sacristán era -¿es?-  una actividad que consistía en ayudar al sacerdote durante los oficios religiosos, recayendo el puesto, generalmente, en gente muy cristiana que se prestaba a ello, desinteresadamente, y que hoy día, prácticamente, ha desparecido.

   Cabía la posibilidad de que Elpidio estuviera en el campo trabajando; mucha gente en los pueblos, cuando se jubila, tienen huertas o animales para seguir haciendo alguna tarea y entretenerse en algo, y si esto era así, tendría que volver otro día, pero Dios, o San Hermógenes -vaya usted a saber- , quiso que aquel fuera mi día de suerte ya que la esposa del sacristán me dijo que estaba en el pueblo, y que si quería verle, a estas horas - era la una del mediodía - todos los días, acostumbraba ir a los bares del pueblo  y que no iba a tener dificultad alguna en encontrarlo ya que sólo había dos y ambos estaban en la plaza, así que la cuestión era fácil: Si no estaba en uno, estaba en el otro.

   En el primer bar que entré, había cuatro clientes y uno de ellos era Elpidio. Tras saludarle, le dije que venía de parte del cura, le expliqué el motivo de haber ido a verle, que el párroco había comentado que él la personan idónea para informarme, y esto pareció agradarle. Además, le indiqué que quería invitarle a algo mientras me lo contaba. De hecho, invité a todos los parroquianos que estaban con él.

 Hay personas que cuando hablas con ellas, notas rápidamente que son algo antipáticas y basan su lenguaje en monosílabos, economizando las palabras de tal modo que, si un día los encuentras simpáticos, hasta te preocupas por ellos, pensando que les está puede estar pasando algo; a otras, en cambio, les preguntas que cómo están, y te cuentan hasta como se llamaban sus padrinos de bautizo.

   La mayoría, nos encontramos en un término medio y ese supongo que era el caso de Elpidio, pero a aquellas horas, tras los vinos que se había trasegado anteriormente, y el que yo le invité, estaba bastante locuaz haciendo bueno el dicho “ Después de la lluvia nace la hierba; después del vino, las palabras “, así que, tras beber un poco del vaso -creo que era clarete de Cigales- que nos había puesto la camarera, empezó a contarme:

 -     Mira, yo ya soy muy viejo; tengo ochenta y tres años y he sido sacristán durante más de sesenta. Iba para cura y estuve en el seminario varios años, pero me gustaban las mujeres y lo del voto de castidad no me convencía nada, así que, a los diecisiete años, lo dejé ¿y sabes lo primero que hice cuando dejé el seminario?

-     Se buscó una novia. Respondí yo.

-       Efectivamente. Continuó, entre risas, Elpidio. A mí me gustaba estudiar y se me daba bien el latín, que entonces era fundamental para las misas y celebraciones religiosas; coincidió que por aquella época murió el antiguo sacristán, y el cura que había entonces, don Emeterio, un día se presentó en mi casa y dijo que, aprovechando que había sido seminarista y sabía latín, tenía que ser el nuevo sacristán. ¡Y eso que yo no iba ni a misa!

      No hay peor cristiano que aquel que, durante años, ha estado asistiendo, por obligación, a diario a misas, rosarios y resto de actividades que hay en los seminarios, como me había ocurrido a mí, así que la cosa no me hacía gracia alguna y me negué, pero don Emeterio insistió y supo convencerme con un buen argumento. Me ofreció un pequeño sueldo, al mes. Algo testimonial, todo sea dicho, así que acepté y hasta ahora. Actualmente los sacristanes ya no tenemos función alguna y hace años que “dejé de ejercer”, pero en el pueblo, para todos, sigo siendo el sacristán.

- ¿Sigue cobrando como sacristán? Pregunté yo.

- No. Hace mucho que dejé de hacerlo. Si no hago nada, no puedo cobrar nada.  Pero estuve cobrando mi sueldo bastante tiempo. Debía ser el único sacristán asalariado de toda la diócesis.

 -     En cuanto a la imagen de San Hermógenes, falta de su altar desde hace más de 50 años. Continuó hablando Elpidio. Por aquel entonces, se había casado el alcalde del pueblo, un hombre que sobrepasaba ampliamente los cuarenta, con una mujer de veinticinco, pasaba el tiempo, no tenían hijos, y en un pueblo pequeño donde la vida privada es un hecho desconocido, la gente preguntaba continuamente al matrimonio que qué pasaba con los hijos, y que a ver si es que “no valían” -una expresión muy corriente de entonces para referirse a los problemas de reproducción que tenemos algunas personas-

   El problema estaba en él y no de ella, como veras más adelante. Aclaró Elpidio. Se rumoreaba que, como él ya tenía sus años, “las cosas” en la cama no funcionaban como Dios manda, porque “el pajarito no le volaba bien”, y así, malamente, podían hacer lo que hay que hacer para poder tener un hijo.

   Hoy día, la medicina tiene remedios para arreglar esas cosas, pero en aquellos tiempos todavía no había los adelantos de hoy día, y, para intentar solucionar el problema, a Marcelina, así se llamaba la mujer del alcalde, se le ocurrió hacer una novena al patrón del pueblo, a San Hermógenes, pidiéndole que hiciera lo posible para que pudiera tener un hijo.

   Yo escuchaba atentamente al sacristán, y empecé a hacerme un esquema de lo que podía haber ocurrido: don Emeterio había escuchado las súplicas de la mujer al santo, había decidido ayudarla “debidamente”, ella, entonces, tuvo un hijo, y todos tan contentos. Pero no fue eso lo que sucedió; además, eso no era muy milagroso que digamos.    

   Resultó que la mujer del alcalde, la de los veinticinco años, le pidió a San Hermógenes con mucha fe que, como quería tener un hijo, hiciera lo posible para que esto pudiera suceder. Si una novena consiste en efectuar rezos a la Virgen o algún Santo durante nueve días, ya casi al final de la misma, al octavo día, el marido sufrió un infarto tremendo y murió “de repente”, quedando la mujer viuda; así que la novena de Marcelina, al santo, para poder tener un hijo, pensó ella que había quedado en agua de borrajas.

    Cuando en una pareja, uno de los dos cónyuges es 20 años mayor que el otro, hay muchas posibilidades de que uno de los dos sea rico -generalmente, el más viejo-, y aquí ocurría lo mismo. El alcalde era rico y Marcelina le heredó; así que ella, una mujer viuda, joven, rica y de buen ver, se convirtió en una mujer muy cotizada para todos los solteros de la comarca. Tras pasar el luto reglamentario, que entonces se cumplía, empezó a tener pretendientes, uno de ellos fue de su gusto, y volvió a casarse.

  El nuevo marido era parejo en edad y “todo lo tenía en buen uso” –el sacristán lo contó de otra manera más explícita-  así que al año del “casamento”, aproximadamente, la pareja tuvo un hermoso niño.

   Marcelina estaba inmensamente feliz con el retoño y decía a todo el mundo que ahora es cuando lo entendía todo; que su novena no había sido en balde, y que el embarazo y nacimiento de su hijo había sido un auténtico milagro propiciado por San Hermógenes. Ella se había dirigido al santo pidiéndole un hijo y lo tenía gracias a que éste que, siguiendo unos caminos un poco enrevesados eso sí, desde el cielo había hecho lo posible para que tal cosa sucediera.

  La feliz mamá, en agradecimiento al santo, hizo la promesa de que, durante un año, en su capilla no iba a faltar nunca una vela encendida y, a raíz de esto, por toda la comarca se corrió la voz de que San Hermógenes era un santo “muy apañao” para ayudar a las parejas a tener hijos. Debido a esta circunstancia, en su capilla, a partir de entonces, era muy habitual ver al lado de las velas que ponía Marcelina, otras que llevaban algunas mujeres pidiendo al santo otro milagro.

  Don Emeterio, siguió contando el sacristán, nunca admitió que aquello hubiera sido un milagro. Decía que todo había sido producto de la casualidad; pero, por otra parte, estaba contentísimo porque gracias al santo “milagrero”, la iglesia era muy muy visitada y las más devotas dejaban donativos en el cepillo, así que “por qué iba a estropearles la fe” en el patrón del pueblo.

   Todo iba sobre sobre ruedas, hasta que un día una mujer de un pueblo cercano, apareció en el templo con una vela y preguntó al cura que cual era la capilla de San Hermógenes. Don Emeterio se lo indicó, y le dijo que si no tenía hijos.

-     Sí. Respondió la mujer. Tengo cuatro hijos.

-  ¿¡¡Cuatro hijos!!? Contestó don Emeterio sumamente sorprendido ¿Y viene a pedirle otro a San Hermógenes?

-     ¡No señor! ¡Cómo voy a pedirle un hijo a San Hermógenes!  Contestó la mujer con desdén. Lo que pasa es que tengo un problema tremendo con mi marido. Es un mal esposo y ya no sé qué hacer con él -entonces no existía el divorcio en España, y cuando uno se casaba era para “ toda la vida”- Conozco a la Marcelina, sé que le pidió a San Hermógenes que hiciera lo posible para poder tener un hijo, y el santo lo solucionó todo: arregló el problema que tenía con el marido, y así pudo después tener el niño. Bueno, pues yo como ya tengo hijos, no necesito pedirle tanto al santo, con la mitad del milagro me conformo.

  

   Al oír esto, don Emeterio, se quedó helado. Siguió hablando Elpidio. Él pensaba que todas las velas que le llevaban las mujeres al santo eran para buscar descendencia, y ahora resultaba que aquella, y quien sabe si alguna más, iban sólo a pedirle la primera parte del milagro.

   Aquella misma tarde me encargó que llamara al herrero y que le ayudara a poner una cerradura a la puerta de la capilla de San Hermógenes, ya que sólo tenía un pasador, pues no quería que nadie volviera a entrar en la misma a pedirle milagros de ningún tipo al santo; pero, a pesar de todo, seguían apareciendo velas encendidas en el suelo, por fuera de la reja, de modo que, una madrugada, misteriosamente, desapareció la imagen del santo de su capilla, para evitar que  la gente continuara pidiéndole milagros.

-                    -   ¿ Y qué fue de la imagen?  Pregunté yo.

-     No estoy seguro del todo. Contestó el sacristán. Don Emeterio, decía que se la habían llevado al obispado y que este la había enviado a alguna parroquia de otra diócesis, lejos de la nuestra, para que las feligresas le perdieran la pista y se olvidaran de ella; pero yo tengo serias dudas de que acabara así.  

    Había un anticuario que venía mucho por los pueblos a comprar cosas viejas a la gente, y don Emeterio a veces le vendía cosas que decía que “ya no servían”. Unos días antes de la desaparición de la imagen, ese hombre había estado por aquí y yo mismo le vi hablando con él. Si a eso unimos que la desaparición, ocurrió una noche y a escondidas, creo que la sospecha es más que fundada de donde pudo acabar San Hermógenes. Habría que preguntarle al anticuario, pero murió ya hace muchos años.

sábado, 20 de marzo de 2021

El pájaro sagrado


   Es curioso comprobar cómo algunas culturas, a pesar de estar separadas entre sí por miles de kilómetros, y sin haber sido contemporáneas en el tiempo, comparten algunas costumbres, como es el hecho de considerar, en sus credos particulares, que algunos pájaros son sagrados. 
   Un ejemplo de ello lo encontramos en el antiguo Egipto, el de los faraones, en varios de sus jeroglíficos son fácilmente reconocibles aves como ibis y halcones que aparecen siempre asociadas a faraones y dioses; otro pueblo, los incas, en Sudamérica, consideraban al cóndor un pájaro sagrado; también los nativos norteamericanos guardaban la misma consideración hacia las águilas y aún podemos encontrar más pueblos que sentían especial veneración hacia algunas aves. 

    El hecho de considerar a los pájaros seres próximos a la divinidad viene de antiguo, de aquellos tiempos en los que en el cielo estaban los dioses, en la tierra el hombre y no había posibilidad alguna de "acercamiento físico" entre ambos, pues la capacidad de volar sólo estaba al alcance de las aves. 
    Los antropólogos piensan que esta divinización de las aves obedece al hecho de que, antiguamente, eran los únicos seres de la creación capaces de levantar el vuelo y acercarse hasta el cielo, a la “morada de los dioses”. Vendrían a ser unos intermediaros entre el hombre y la divinidad.  
   Cuando se inventó la aviación y los humanos pudimos elevarnos en el aire a alturas muy superiores a los pájaros, este hecho ocasionó que alguno incluso llegara a perder la fe, pues resulta que, por mucha altura que tomen los aviones, hasta ahora nadie ha conseguido ver, ni siquiera de lejos, la morada de los dioses, salvo que el avión sufra un accidente. Cuando esto ocurre, los pobres pasajeros, sí que la ven de cerca, tan cerca...tan cerca...que muchos acaban allí para siempre, entre las estrellas.
   No obstante, el invento de la aviación es relativamente reciente y, hasta entonces, los pájaros eran los únicos seres que tenían la capacidad de subir a las alturas, de ahí emana la creencia de considerarlos animales cercanos a la divinidad. 

   Hoy día, si en España nos pidieran que eligiésemos algún ave especial, seguramente encontraríamos diversas opiniones: imagino que algunos elegirían al pollo asado, otros se decantarían por otras aves como el pavo relleno, otros por la perdiz escabechada… Estos pájaros, aunque sean animales poco mitológicos, son sabrosos y nutritivos, y, cuando  están bien cocinados, a algunas personas les oímos decir que están “divinos”, pero eso no significa que sean pájaros sagrados. 
   El pájaro sagrado que tenemos en España, nuestro pájaro sagrado, es la golondrina. 

   Recuerdo que, hace dos o tres años, una señora de mi pueblo estaba muy enfada con unas golondrinas; éstas se habían empeñado en fabricar un nido en su balcón y la mujer había emprendido su particular guerra con ellas, de modo que, todos los días, el trozo de nido que aquellas hacían sobre la pared, lo deshacía con la escoba intentando así que desistieran en su intento y buscaran otro lugar; pero las golondrinas no cesaban en su empeño y un día tras otro reemprendían la construcción del nido.  Ella, a su vez, con su escoba, ese instrumento tan versátil que lo mismo vale para barrer la casa, como para darle unos escobazos a alguien, o derribar nidos, volvía a estropear el trabajo realizado por las andorinas, nombre con el que también son conocidas estas aves. 

   El año anterior se había descuidado, habían anidado allí, y, al intentar destruir el nido, la vio la Guardia Civil y los agentes le comunicaron que, al ser aves protegidas, debía respetar el nido hasta que acabara la etapa de cría,  pues si no tendrían que multarla. 
   La buena mujer, con resignación, tuvo que soportar a aquellas molestas vecinas y barrer a diario los excrementos y el barro que caían del nido, hasta que estas decidieron volver a sus cuarteles de invierno, Entonces, lo había quitado totalmente y cuando volvieron al año siguiente, no estaba dispuesta a que las andorinas okuparan nuevamente su balcón. 

   No sé si mi paisana había leído alguna vez a Bécquer, y conocía la famosa estrofa de uno de sus más conocidos sonetos: Volverán las oscuras golondrinas // En tu balcón sus nidos a colgar //Y otra vez, con el ala en tus cristales // Jugando llamarán. Dudo mucho que ella encontrara algo poético en su épico enfrentamiento con las oscuras golondrinas, empeñadas en volver en su balcón los nidos a colgar. 

   En España, aunque tenemos dos especies de golondrinas, la Golondrina Común (hirundo rústica), y la Golondrina Daúrica  (cecrópsis daúrica), cuando hablamos de golondrinas en términos genéricos, nos estamos refiriendo a la golondrina común; ya que, además de ser mucho más abundante que su hermana la daúrica, vive siempre próxima al hombre pues aprovecha las construcciones humanas para hacer sus nidos: como almacenes, establos, naves, graneros , puentes, chimeneas, las fachadas de las casas… siendo sus lugares predilectos los aleros de los tejados, lejos de posibles depredadores. 

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   Las golondrinas tienen un cuerpo alargado, muy aerodinámico, perfecto para volar, y son fácilmente reconocibles. La frente y la garganta son de color rojo, el dorso es negro, y la parte inferior de su cuerpo de color claro. Las plumas externas de las alas son alargadas y ello es lo que le proporciona el aspecto tan ahorquillado de la cola, cuando va volando

    Al ser insectívoras, es muy común verlas volar a baja altura, a pocos metros del suelo o de la superficie del agua, realizando unos vuelos ágiles, casi acrobáticos, para atrapar insectos en el aire. Beben agua mientras sobrevuelan lagos, ríos, charcas o pantanos, y también se bañan, en pleno vuelo, dándose chapuzones en el agua. 

   Al tener que cazar sus nutrientes en el aire, necesitan espacio suficiente para volar y por ello su hábitat preferido es el campo abierto con vegetación baja, como pastizales, prados, terrenos agrícolas y las calles de los pueblos con poco tráfico de coches, evitando áreas de vegetación alta,  como los bosques, y zonas muy urbanizadas. 

    Es un ave migratoria y podemos verla por estas latitudes desde la segunda quincena de febrero o primera de marzo, aprovechando la estancia, entre nosotros, para la cría de los golondrinos, hasta finales de verano que es cuando se marcha a pasar el otoño y el invierno a África tropical y austral.  Sus lugares de invernada van a ser siempre los mismos a lo largo de su vida, permaneciendo en ellos hasta el final del invierno, entonces, cuando considera que ha llegado el momento, todos los años, también de forma continuada, regresa a su lugar de nacimiento. Así que ya sabéis, esas golondrinas que anidan en vuestras fachadas, corrales, cocheras y chimeneas, hay muchas posibilidades de que, tras volar miles de kilómetros, con una increíble capacidad de orientación, sin necesidad de mapa ni GPS alguno, sean las mismas que habían anidado o nacido allí el año anterior. 

    Cuando llegan a la península, los machos nacidos el año anterior, obviamente, aún no tienen pareja y suelen ocupar algún nido que esté vacío. Entonces, una vez que ya tienen “el pisito”, intentan atraer a las hembras volando en círculo, para indicarles “que son un buen partido”. 
   Éstas, por lo visto se sienten particularmente atraídas hacia los machos mejor formados, aquellos que tienen las colas más largas y simétricas -como podemos ver, en este aspecto su comportamiento es similar a los humanos. Prefieren a  los más guapos y valoran poco la belleza interior-.
   Otras veces, fabrican un nido nuevo con bolitas de barro, demostrando que son unos arquitectos fabulosos ya que estas estructuras, que tienen forma de taza, quedan fuertemente adheridas a la pared que hayan elegido y son muy sólidas. Si no hay algún vecino/a que lo destruya, un nido puede durar muchos años, permaneciendo incólume al paso del tiempo, heredándolo los descendientes. Las golondrinas, pueden llegar a vivir más de 10 años, pero la gran mayoría de ellas no supera los cinco. 

   Las parejas que se han reproducido exitosamente, pueden convivir varios años y siempre vuelven al nido que dejaron el año anterior. Si se encuentran a algún okupa, como a ellas no les afecta la ley de la vivienda que padecemos los españoles, no se andan con pamplinas y lo echan de allí a picotazos ahorrándose la necesidad de llamar a la policía ni de entablar eternos pleitos judiciales para poder echar al intruso y recuperar la propiedad, como nos ocurre a los ciudadanos de este país. 
   Cuando no encuentran su nido, porque el dueño de la fachada se lo ha tirado, como tienen mucha querencia por el lugar donde han nacido, hacen uno nuevo en el mismo lugar  o en sus proximidades. 

  Algunos machos no llegan emparejarse, no sé si es debido a que son algo misóginos o un poco más feos de lo habitual - es posible que el motivo sea porque la tienen corta… la cola, evidentemente- y con frecuencia se asocian con alguna pareja durante toda la temporada reproductiva - hacen las veces del tío solterón- ayudando en la construcción o reconstrucción del nido, en su defensa y hasta en la incubación de los huevos, pero no en la alimentación, esa ya solo es una tarea exclusiva de los padres, no del tito. 

   En su día a día, cuando no están atareadas en sus vuelos cazando insectos, o dedicadas al cuidado de los huevos o de las crías, es común verlas posadas en grupos, en los cables del teléfono, u otras estructuras, cantando. Sus cantos que no son especialmente melodiosos, se componen de largos gorjeos a modo de parloteo musical. La gente dice que las golondrinas no cantan, sino que hablan entre ellas. 

   La Sociedad Española de Ornitología (SEO), nombró a la golondrina común Ave del Año en 2014, y, según esa organización, en relación a los 10 años anteriores, había disminuido su población  en nuestro país, alrededor de un 30%, por diferentes causas, entre las que se encuentran el uso de pesticidas en el campo, el abandono de los sistemas tradicionales agrarios y los depredadores. Estos últimos pueden ser   gavilanes, azores, halcones, milanos negros… , así como  los gatos, y, ¿ cómo no?, el ser humano. 

  Las golondrinas son unos excelentes insecticidas naturales y esto, unido al hecho de que eran considerados pájaros sagrados, ha hecho que desde siempre hayan sido unas aves muy respetadas entre nosotros - En África, creo que no tanto-. 
    La leyenda dice que, cuando Jesucristo estaba en la cruz, un bando de golondrinas comunes intentó arrancar la corona de espinas de su cabeza para aliviar su sufrimiento, y, también que, el color rojizo de su cara es debido a que, en el intento, se mancharon con la sangre del Hijo de Dios, de ahí parte el hecho que sean consideradas aves sagradas y de que sus nidos deban ser respetados, aunque no esté la Guardia Civil por medio. 
   Nuestros mayores decían, con total convencimiento, que las golondrinas eran “Pájaros de Dios”, habiendo canciones tradicionales que se hacen eco de esta circunstancia. 

   El hecho de que hubiera uno o varios nidos de golondrina en una casa, era considerado signo de buena suerte; en cambio, cuando alguien llegaba a destruirlos, recibía el correspondiente castigo divino: las gallinas ponían menos huevos, las vacas lecheras comenzaban a dar menos leche, las ovejas parían menos crías… 

   Aunque la golondrina es considerada el pájaro sagrado por excelencia, entre los ornitólogos no hay un acuerdo general sobre este asunto, ya que algunos defienden que los pájaros que realmente estuvieron intentando quitarle a Jesús la corona de espinas no fueron golondrinas, sino jilgueros. 
arcadenoe.org

   Estos bonitos y cantarines pájaros, con frecuencia se alimentan de semillas de cardos y están muy acostumbrados a posarse en estas plantas, así que son expertos en “trabajar” entre espinas, ese es el argumento que esgrimen quienes afirman que fueron jilgueros y no golondrinas los que intentaron ayudar a Jesucristo. Además, también el color de su cara es de un color rojo intenso, tal como sucede con las golondrinas.

Post Data:    Como esta última cuestión sigue abierta, estoy plenamente convencido que la señora de mi pueblo, aquella que con la escoba en ristre mantenía su particular guerra con las golondrinas, si tuviera que elegir un pájaro sagrado, se inclinaría por los jilgueros.

viernes, 19 de febrero de 2021

De brujas y otras cosas

 


   Las brujas, bruxas, meigas, hechiceras…son unos personajes que, desde antiguo, han estado presentes en la cultura occidental y siempre han despertado una gran curiosidad entre la gente. La información   que nos ha llegado de estas señoras -aunque también ha habido brujos, éste era un gremio ampliamente dominado por las mujeres-  es abundante y proviene de fuentes muy diversas. 

   Por un lado, tenemos los cuentos populares, películas, novelas, narraciones… que nos hablan de ellas situándolas en un mundo irreal e imaginario, y, por otro lado, están los libros de historia que las ubican en el mundo real; todo ello, hace que no podamos hacer afirmaciones categóricas sobre las brujas, tanto de su existencia, como del resto de aspectos relacionados con “el brujerio”, pues la leyenda y la realidad, a menudo, están entremezcladas de tal modo que no hay forma de discernir donde acaba una y comienza la otra.

   En la Edad Media y en la Edad Moderna, en muchos países, entre ellos el nuestro, hubo numerosos procesos en los que gran cantidad de mujeres fueron acusadas de brujería y de hacer pactos nada menos que con el diablo, “obligando” a las autoridades pertinentes, en España creo era la Inquisición quien se ocupaba de estos menesteres, a emplearse a fondo para poder llevar a estas señoras “al buen camino”, que muchas veces acababa en la hoguera.

   Las mujeres, acusadas de brujería, claro que existieron, no estamos ante personajes de ficción; pero… ¿eran realmente brujas? Situémonos en el contexto del asunto: unas pobres mujeres, algunas incluso con enfermedades mentales (seguro que las esquizofrénicas y fibromiálgicas de entonces estaban incluidas en el lote) eran acusadas de brujería y, tras ser torturadas, como todas ellas acababan confesando que eran brujas, oficialmente pasaban a serlo.

   Si ésta es la prueba fehaciente de su existencia, evidentemente, no podemos estar seguros de nada ya que los inquisidores o sus equivalentes, si se hubieran empeñado en que confesaran que, en vez de brujas, eran palomas mensajeras, también lo hubieran confesado, y, evidentemente, no eran palomas.

   Pero bueno, no es mi intención intentar descubrir si hubo brujas entonces, o si continúa habiéndolas en la actualidad; en lo concerniente a este asunto, creo que cada uno debe sacar sus propias conclusiones, ya que la cosa, como indiqué anteriormente, no está nada clara.

   En Galicia, cuando a alguien le preguntan sobre las meigas, suele responder con la coletilla: “yo no creo en ellas, pero haberlas, “haylas”, por lo tanto, no están muy seguros de ello.  En cambio, tengo un amigo al que lo le cabe duda alguna de su existencia. Un día, hablando del tema me respondió:

 -    ¡Por supuesto que creo en las brujas! ¡No ves que estoy casado!

  Aunque él afirma que su mujer es una auténtica bruja, yo, cada vez que la veo, la observo con detenimiento y no le veo nada especial; claro que quién convive con ella es el amigo y sus razones tendrá para asegurarlo.

 El estereotipo que siempre nos han presentado de ellas, las describe como unas mujeres viejas y feas que llevan sobre su cabeza un amplio sombrero cónico, y esto es algo con lo que yo no estoy de acuerdo ya que muchas son jóvenes y guapas -la esposa de mi amigo, al menos lo es-.

  Conocen las propiedades tanto terapéuticas y no terapeúticas  de las plantas, y elaboran con ellas brebajes de todo tipo para tratar males, tanto físicos como espirituales, por eso, en sus casas, siempre tienen un caldero humeante a la lumbre. Sus animales de compañía son cuervos, sapos, gatos negros…, se transforman a voluntad en animales para pasar desapercibidas y pueden echar el mal de ojo.

   Los cuentos infantiles indican que, para pasar desapercibidas, suelen vivir apartadas de la civilización, en plena naturaleza, concretamente, en el medio del bosque, algo que tampoco se ajusta a la realidad. La bruja de mi amigo…perdón, la mujer de mi amigo vive en la ciudad, en un piso como tantos y tantos urbanitas, y no desea pasar desapercibida ya que sale con las amigas a tomar café, va al gimnasio, le encanta ir de compras, sale de noche con el esposo y los amigos …

  Volviendo a las brujas clásicas, les gusta mucho la juerga nocturna y en las noches de luna llena se reúnen con sus colegas en zonas apartadas, lejos de miradas ajenas. Estas reuniones, conocidas como aquelarres, son una especie de botellón donde practican ritos mágicos, beben licores que fabrican ellas

freepik.es

mismas, bailan, cantan y, si algún brujo de buen ver acude a la reunión, también se dedican a “otras actividades. Vamos, que se lo pasan de miedo.

   A estas reuniones, no viajan en metro, taxi o en coche propio, gastando gasolina como el resto de los mortales, ya que tienen la particularidad de hacerlo volando en escobas.

   A mí, particularmente, las brujas no me caen mal, el único aspecto negativo que les veo, aparte de la envidia que les tengo por poder volar sin gastar dinero para viajar en avión, ni tener que hacer colas interminables en aeropuertos, es que, cuando tienen hambre, no tienen reparo alguno en comer niños pequeños.

   Antiguamente, el universo de los niños era terrorífico, al menos en el mundo rural, ya que constituíamos un bocado exquisito para todos los seres maléficos habidos y por haber. Si salíamos solos de casa y nos alejábamos de ella, podíamos caer en manos del Hombre del Saco, o el Sacamantecas, que siempre estaban al acecho; si íbamos al campo, y nos alejábamos mucho del pueblo, podíamos ser víctimas de la Fiera Corrupia, el Ojáncano, Arboroso y algún otro ser mitológico más; si nos asomábamos a los pozos, allí la encargada de arrastrarnos a sus profundidades y “comernos crudos”, era la Marimanta… Y, si esto no fuera suficiente y uno lograba sobrevivir a todas estas amenazas diurnas, cuando llegaba la noche, el peligro llegaba del aire pues era la “hora de las brujas”. Éstas, si pillaban a un niño andando solo por la calle, le agarraban por los pelos y se lo llevaban volando en la escoba.

  Evidentemente, si una bruja se llevaba a un niño era para comérselo también, en este caso no sé si crudo, asado o al ajillo –ellas, como siempre tenían un caldero a la lumbre, supongo que, en alguna ocasión, también lo preparaban a la caldereta-  

 Con el fin de poder evitar todos estos posibles contratiempos, nuestros padres, cuando éramos pequeños, nos advertían de todos estos peligros, y, en lo referente a las brujas, las indicaciones eran muy claras: al oscurecer, no debíamos andar solos por la calle para evitar ser víctima de alguna de ellas.

  Estas historias de seres fantásticos “ asusta niños” , producto de leyendas o cuentos, nos las contaban nuestros progenitores pretendiendo con poco éxito, todo hay que decirlo, amedrentarnos para evitar que nos expusiésemos peligros innecesarios, pero los muchachos lo veíamos como  lo que eran: historias fantásticas ajenas a la realidad; no obstante,  en mi pueblo, el  asunto de las brujas no nos dejaba del todo indiferentes, ya que había una calle que  era conocida como la “Calle de las Brujas” y el sentido común nos decía que si tal calle existía, era evidente que  allí debían haber vivido no una, sino varias de estas mujeres.

  Esta calle, actualmente está muy reformada y su estructura es muy distinta al trazado original; en el callejero local figura como Calle Rua, y une la Calle Real (carretera de Aldeadávila) con la Calle de la Ortiga.

  Si entramos en la calle, desde la primera, en dirección a la Calle de la Ortiga, el lado izquierdo de la misma está flanqueado por una alta pared de piedra que delimita una huerta y alguna construcción más. Este lado no ha variado mucho, desde sus orígenes. En cambio, el lado derecho de la calle ha sufrido una total transformación ya que en la década de 1960 había varias casas que fueron posteriormente derribadas, para poder hacer las construcciones actuales.  

  En dos de las casas que había entonces, en este lado derecho de la calle, habitaban dos mujeres mayores y vivían solas, cada en la suya.  Aunque ambas moraban en la “Calle de Las Brujas”, eran personas con un aspecto normal, similar al resto de las ancianas del pueblo de aquella época. Recuerdo que no usaban sombreros cónicos, sino pañuelos en la cabeza, como las demás señoras mayores de aquella época, sus gatos no eran negros, las escobas las usaban sólo para barrer…vamos, que en ellas no había nada que las hiciera parecer brujas.

  Un día, era ya noche cerrada, un niño iba solo, caminando por aquella calle que estaba poco iluminada,  podríamos decir que presentaba un aspecto bastante tenebroso, pero era muy similar  al que presentaba el resto de las calles del pueblo, ya que entonces, en todas ellas, el alumbrado público nocturno era muy pobre. 

  Como la rúa era, y es, estrecha, y por ella entonces no circulaban coches, caminaba por la parte central de la misma; de pronto, al llegar a la altura de una de las casas, oyó unos sonidos extraños que provenían del interior de la misma. Era una especie de cantinela ininteligible que emitía una voz estridente, con continuos altibajos en la intensidad del sonido. En un momento determinado, se oyó una fuerte tos y la cantinela se interrumpió, se hizo el silencio y unos instantes después volvió a oírse nuevamente aquella voz chirriante, repitiendo la misma cantinela ininteligible, que resultaba sumamente desagradable.

  El niño nunca había escuchado un sonido tan extraño. Se asemejaba, vagamente, a la voz de una mujer mayor; pero, si realmente lo era, estaba muy distorsionada y era imposible saber lo que decía, así que llegó a la conclusión de que aquello, ni de lejos tenía parecido alguno a una voz humana; luego, si la voz no era humana, debía ser sobrenatural, pensaba el rapaz.

   Se encontraba parado en la mitad de la calle, confundido, escuchando aquella extraña voz con su cántico persistente, y entonces se dio cuenta que se encontraba en la ¡¡¡“Calle de Las Brujas”!!!  viniéndole a la mente las palabras de su madre respecto a lo que éstas hacen con los niños si los encuentran de noche solos en la calle, sobrecogiéndose de espanto cuando llegó a la conclusión de que aquella horrible voz sólo podía pertenecer a una bruja. 

  Un miedo pavoroso le embargó y su corazón comenzó a latir muy deprisa. El pánico a veces inmoviliza las piernas e impide moverse a quien es presa de él, pero en este caso ocurrió todo lo contrario. Echó a correr despavorido, calle adelante, como alma que lleva el diablo, y llegó en un periquete a su domicilio. Encontró la puerta abierta, entró precipitadamente en la casa y cerró la misma con violencia.  

  La madre, al sentir el fuerte golpe de la puerta, salió al pasillo a ver qué pasaba y vio al niño aterrorizado, apoyada la espalda sobre la puerta, respirando agitadamente por el esfuerzo de la rápida carrera.

-     ¿Hijo, qué pasa? ¿Te persigue alguien?

-     ¡Sí, una bruja quiere cogerme!, contestó el niño atropelladamente.

    Al oír la respuesta, la madre comenzó a reírse y respondió:

-     Eso es imposible ¡Cómo te va a perseguir una bruja! Las brujas no existen.

-     ¡Sí existen, madre! ¡He oído a una, y me quería coger!

-     A ver, cuéntame lo de la bruja- dijo la madre, muy extrañada, queriendo enterarse del hecho que tanto había asustado al niño-.

-     Venía por la “Calle de Las Brujas” y oí una voz muy rara, unos gritos tremendos…no sé lo que quería decir, porque no la entendía, pero era una bruja. Seguro que quería cogerme para cenar esta noche, así que eché a correr… ¡qué miedo he pasado!

-     ¿Pero te perseguía? - Insistió la madre-

-     No sé, yo no he mirado para atrás por si acaso.

Al escuchar las explicaciones del niño, empezó a reír a carcajadas ante el asombro del muchacho que estaba muy extrañado por lo que estaba pasando. Había estado a punto de ser víctima de una bruja horrible y su madre, en vez de abrazarle y tranquilizarle, como hacen habitualmente las madres con sus hijos, cuando éstos han estado expuestos a algún peligro, estaba partiéndose de risa, por el suceso ¿Acaso prefería que se lo hubiera comido la bruja y no volver a verle más?

  La progenitora, llamó al padre y el niño pensó que este no dudaría en coger una estaca y acercarse a la “Calle de Las Brujas” a buscar a ese ser maléfico “come niños”, para darle su merecido, por haber querido comerse a su hijo pequeño, pero, tras escuchar lo que le contó la madre, estalló, a su vez, en carcajadas.

  Desde luego, qué padres más desconsiderados, pensaba el niño. Él muerto de miedo, y ellos también muertos…pero de risa. 

  Cuando por fin se calmaron los padres y cesaron en sus carcajadas, le explicaron al hijo el motivo de la risa. Le aclararon que no había oído a bruja alguna, sino a una mujer normal -lo de normal vamos a dejarlo entrecomillado- y podía tratarse tanto de la Tía Pelagia, como de la tía Apolonia, ya que ambas residían en aquella calle, eran vecinas y tenían los mismos hábitos. Vivían solas, imagino que serían viudas, y muchas noches, para aliviar su soledad –entonces se hacía poco uso de la televisión, ya que eran contadas las televisiones particulares- se trincaban unos vasos de vino con la cena, antes de dormir - aún no se había generalizado el uso del orfidal, y muchas mujeres echaban mano del vino peleón para “descansar mejor”-  

   Aquella noche, a alguna de ellas se le debía haber ido la mano con el vino, estaría muy alegre, se habría puesto a cantar (si es que se puede llamar así lo que hacía) y esa era la voz “sobrehumana” que había escuchado.

  Esta explicación, tan racional, no pareció convencer del todo al niño pues, aunque esas señoras, según sus padres, eran personas normales, él tenía serias dudas de que la voz que había escuchado pudiera haberla emitido una persona humana, por mucho morapio que se hubiera trasegado aquella noche. Además, aquella calle recibía le nombre de “Calle de las Brujas”, desde mucho antes de que aquellas mujeres vivieran allí, y nuestros antepasados, que no eran tontos, si le habían puesto tal nombre, por algo sería.

 Notas

·         * La Tía Pelagia y la Tía Apolonia, no se corresponden con los nombres reales de aquellas señoras, pero al tratarse de personas reales, he preferido buscarles estos “pseudónimos”.

·         * En cuanto a la “víctima”, al niño. Hasta que no pasaron bastantes años, y éste se hizo mayor, no osó volver a pasar, de noche por dicha calle. 

sábado, 23 de enero de 2021

El ultimo cabrero



   Cuando era niño, hace…vamos a dejarlo, tendría unos ocho o nueve años, una tarde, en la escuela, nos preguntó el maestro qué queríamos ser de mayores. A esa edad, entonces y ahora, uno sólo vive el presente y el presente de los niños consiste en jugar y pasarlo lo mejor posible, así que este tipo de preguntas, tan trascendentes, quedaban un poco fuera de lugar; de todos modos, nosotros, muy obedientes, contestamos raudos a lo que nuestro profesor nos había preguntado.

   Las respuestas que dimos fueron variadas. Hoy, seguramente, algún espabilado hubiera dicho que en el futuro querría ser diputado, senador, presidente del gobierno, de la autonomía, de la diputación, o vaya usted a saber. En resumen, un profesional de la política, gente que, la mayoría de las veces, sin realizar esfuerzo académico alguno, ocupa cargos, siempre bien remunerados, y que, aunque son elegidos para servir al ciudadano, casi siempre a lo que dedican es a servirse a sí mismos. Claro que era otra época, estos personajes no existían entonces, y fuimos contestando, uno a uno, lo que nos pareció más oportuno.

  Hubo contestaciones de todo tipo, unas más normales y otras más pintorescas. Alguno, a pesar de no haber visto el mar en su corta vida, quería ser capitán de un barco; a otro esto debió parecerle poco y respondió que él iba a ser almirante; también hubo un aspirante a torero, a cantante famoso, a piloto de avión; otro eligió ser futbolista, creo recordar que del Real Madrid. El último de la clase – entonces, el orden para sentarse en los pupitres lo establecía el grado de conocimientos de cada uno- hoy pienso que fue el más sabio de todos, demostrando que ocupaba aquel lugar injustamente, ya que eligió ser rico directamente, sin que tuviera que mediar profesión alguna por medio.

   Así, uno a uno, los treinta niños que íbamos a aquella clase, todos varones - entonces los niños y las niñas estudiábamos en las aulas separadas -, fuimos exponiendo nuestras preferencias futuras.

  Uno de los compañeros la respuesta que dio, fue que quería ser pastor de cabras.

  Al día siguiente, por la mañana, el aspirante a pastor, nada más entrar el maestro en el aula, dijo en voz alta:

- ¡Don Emiliano! ¡Que ya no quiero ser pastor!

- ¡Bueno, hombre! Me parece muy bien que ya no quieras ser pastor, respondió el maestro mientras tomaba asiento en su la mesa. ¿Entonces qué quieres ser?

- No lo sé todavía -contestó nuestro compañero algo confuso- es que cuando le conté a mi padre, que había preguntado usted qué queríamos ser de mayores, y le dije que había respondido que cabrero, me dio un tortazo y dijo que estaba tonto, que un pastor trabaja mucho y gana poco, y que lo de ser pastor ni se me “pasara por la cabeza”.

- Algo de razón tiene tu padre. Respondió el maestro. Un pastor es verdad que gana poco, pero todas las profesiones son dignas y no creo que uno tenga que ganarse un guantazo por querer ser pastor. Cuando vea a tu padre, hablo con él.

- Después -continuó hablando nuestro colega- le dije que quería ser otra cosa y también se enfadó mucho conmigo.

- ¿Y qué le dijiste, la segunda vez, que querías ser? Inquirió con curiosidad don Emiliano.

- Como mi padre dijo que uno tiene que buscar un oficio donde se trabaje poco y se gane mucho, entonces le dije que, en vez de pastor, quería ser atracador de bancos.

- Y, claro, te ganaste otro pescozón. Afirmó el maestro.

- No. Cuando vi que se acercaba mi padre eché a correr. Respondió el compañero con mucha naturalidad (entonces, ese tipo de pedagogía, tan explícita, era demasiado común; tanto en la escuela como en nuestras casas). Así que ahora no sé lo que quiero ser, concluyó el chico.

- No te preocupes. Contestó el maestro, sin poder disimular una risa floja. Eres muy joven y tienes mucho tiempo por delante para pensar lo que vas a ser en el futuro. Pero un atracador de bancos, aunque gane mucho en poco rato, es un delincuente. No lo olvides. Yo espero que ninguno de vosotros acabéis siendo un delincuente. Estas últimas palabras las hizo ya extensivas a toda la clase.

   En aquel momento, reconozco no me llamó excesivamente la atención que mi colega quisiera ser cabrero, ni que el padre al enterarse que el hijo quería ser pastor, se hubiera enfadado con él de esa manera y que éste perdiera súbitamente la vocación, tras la accidentada conversación que había tenido con el progenitor.

  Años más tarde, lo comprendí todo. El padre de ****** Voy a obviar su nombre, era cabrero, sabía mucho de la profesión y aspiraba, como todos los padres, a que su hijo tuviera un oficio que le permitiera ganarse la vida dignamente, sin pasar las penalidades que conllevaba, al menos en aquella época, ser pastor de cabras.

   En los pueblos, hasta no hace mucho tiempo, había una serie de oficios que han ido desapareciendo progresivamente a medida que ha ido evolucionando la sociedad; unas profesiones, que antes eran necesarias, dejaron de serlo al ir perdiendo progresivamente su función como el colchonero, hojalatero, pregonero, alfarero, guarda jurado, herrero, lavandera, matancera … y en ellas hay que incluir al cabrero comunal.

  La figura del cabrero era casi una constante en todos los pueblos. Muchas familias tenían unas cuantas cabras, pocas, y como llevar dos, tres, cuatro… animales al campo a pastar, vigilándolas todo el día, no resultaba rentable, era necesaria la figura del cabrero comunal. Éste hombre, que era contratado por la Hermandad de Labradores y Ganaderos, se ocupaba de cuidar las cabras de todo el vecindario. Los contratos duraban un año y comenzaban y terminaban el día de San Juan, una de las fechas más señaladas en el mundo rural; entre otras cosas, era el día en el que los criados cambiaban de amo. Los honorarios que recibía el cabrero, procedían de una pequeña cuota que pagaban los dueños de las cabras por cada cabeza de ganado.

  En nuestro pueblo, el cabrero comenzaba su jornada, con las primeras luces del día, recorriendo las calles para recoger las cabras de la gente. Cuando llegaba a la plaza y a otros sitios estratégicos, señalados de antemano como lugares de encuentro, hacía sonar un cuerno de vaca, que siempre llevaba consigo y la gente iba a su encuentro, a llevarle las cabras. Una vez que la piara ya estaba completa, al frente de su ejército caprino y los perros, que siempre le acompañaban, salía al campo donde permanecería hasta al atardecer.

  Cuando volvía al pueblo, el proceso era más rápido ya que, simplemente, hacía sonar el cuerno para avisar que estaba de vuelta y las cabras, que sabían perfectamente el camino hasta el domicilio de los respectivos dueños, de dirigían hacia los mismos sin necesidad de que nadie las guiase.

  El trabajo de cabrero no exigía grandes esfuerzos físicos, pero las condiciones laborales eran poco favorables. Trabajaba los 365 días del año, sin descanso en los días festivos;  las vacaciones eran pura ciencia ficción -no entraban en su cartera de servicios-, ya que las cabras acostumbran a comer todos los días, y su horario se prolongaba desde el amanecer hasta el atardecer.

  Resultaría más poético decir que trabajaban de sol a sol, pero la realidad es que muchos días, en invierno, al sol ni lo veían viéndose obligados a pasar jornadas enteras expuestos a fríos, lluvias, heladas, nieblas, vientos, tormentas…

  En nuestra comarca, es bastante común ver en el campo arrimaderos, abrigaderos y casetos, unas singulares construcciones de piedra que usaban los pastores para protegerse de las inclemencias del tiempo. Yo, aún guardo en mi recuerdo la imagen de los viejos pastores, en el medio del campo, a la
Abrigadero

intemperie, soportando estoicamente, en invierno, las inclemencias del clima mientras guardaban el

ganado, envueltos en una manta, con el pasamontañas tapándoles la cara hasta los ojos. Cuando tenían ocasión, se sentaban en uno de estos abrigaderos, que eran sus lugares de “confort”, y allí intentaban calentarse al lado de una hoguera que previamente habían encendido.

   Si a la dureza del oficio le sumamos que el sueldo era muy escueto, no es nada extraño que el padre de mi compañero, con largos años en el oficio a sus espaldas, se enfadara con su hijo cuando le dijo que quería seguir sus pasos.

  Pastores, actualmente, hay pocos, y los que hay, generalmente, se dedican a cuidar su propio ganado; en cuanto a los cabreros comunales, podríamos catalogarlos como “una especie en extinción”. Conocí un pastor de los que guardaba su propio ganado, y decía así.

  - Este oficio no es para la gente de ahora. Mira si estará mal la cosa, afirmaba este hombre, con ironía, que a los pastores ya “ni siquiera se nos aparece la Virgen”.

   Hace unos meses, vi un documental en la televisión que hablaba sobre los cabreros, donde ponderaban “las excelencias” del oficio y lo beneficioso que es el ganado caprino para los montes, ya que, al comer muchos arbustos y otras malezas, contribuyen eficazmente a prevenir los terribles incendios forestales que todos los veranos asolan nuestros campos; además, en dicho programa se valoraba muy positivamente la gran aportación que los cabreros han realizado a nuestra cultura tradicional.

  Concluía el documental afirmado que nuestra sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir de estos profesionales, y que es imprescindible mantener a toda costa estas formas de vida. Demasiada retórica si consideramos que el reportaje incluía una entrevista a un cabrero de 64 años, que confesaba ser último cabrero que quedaba en su pueblo.

  Las cabras, son unos animales magníficos y, además de ser muy beneficiosas para el ecosistema, nos proporcionan una leche estupenda con la que se elabora un queso excelente; en cuanto a la carne de cabrito, sólo podemos hablar de sus excelencias; un dicho popular, relacionado con esto dice: “Triste fin el del cabrito. Acaba cabrón, o acaba frito”.
  
  Coincido plenamente con el comentarista del documental sobre el beneficio que supone, para nuestros campos, la existencia de las cabras, pero la propuesta que hacía de mantener estas formas de explotación tradicional en régimen extensivo, donde el cabrero sale a diario al campo, a pastorear el ganado, a cambio de unos ingresos muy ajustados, creo que es poco realista. Seguramente, es mucho más rentable atracar bancos, como decía mi compañero en la escuela; por cierto, muchas veces, cuando voy al banco, el que se siente atracado soy yo.

Nota

* El ultimo cabrero que hubo en mi pueblo, allá por la década de 1950, un día de San Juan, decidió no renovar el contrato y nadie quiso ocupar el puesto. Desde entonces, el sonido del cuerno que todos los amaneceres y atardeceres retumbaba por las calles del pueblo, no ha vuelto a oírse.

* Mi compañero, finalmente, no fue cabrero. Seguramente, “aquella conversación” que tuvo con su padre, cuando íbamos a la escuela, fue el hecho decisivo que le disuadió de ello. Cuando le vea, pienso preguntárselo.