lunes, 17 de julio de 2023

El fresno y el pajarito

 


   Muchos de nosotros - los más viejos- recordamos que “el pajarito” era un personaje muy presente en el imaginario popular. Cuando un varón se dejaba la bragueta del pantalón abierta, sin darse cuenta de ello, la expresión más común que solía escuchar para avisarle era: - Se te va a enfriar el pajarito.

   También, cuando éramos niños y nuestros padres se enteraban de alguna travesura que habíamos hecho, porque alguien se lo había contado; para exculpar al chivato y darle más teatralidad al asunto, a menudo, nos decían, por poner un ejemplo:  

 - “Me ha dicho un pajarito”, que, hoy, el maestro te ha reñido por haber hecho tal cosa.

 (Esto de que el maestro pudiera reñir a un alumno, sin que ello tuviera consecuencias para el docente, es algo propio del siglo pasado; hoy día, es posible que los padres del niño hasta acaben denunciándole si tuviera tal osadía).

  Otro día, el pajarito, a lo mejor, les decía que no habíamos ido a la catequesis; otro, que habíamos estado en una huerta robando manzanas (entonces, como no había móviles ni tablets, algunos nos entreteníamos haciendo cosas que nos situaban al borde de la delincuencia).

 El caso es que no sé cómo se las arreglaba el pelma del pajarito, para estar en todos los sitios espiándonos y después ir a contar a los padres nuestras andanzas.

   Que la dichosa ave delatara a los niños ante los padres, por sus trastadas, hasta podría tener un pase; era tiempos en que los padres hablaban y los niños solo podían escuchar lo que sus progenitores decían –estos , a veces no solo se conformaban con hablar, algunos, además, tenían la mano “muy larga”- , y los roles de unos y otros estaban muy establecidos –ojo, no confundir roles con rólex- , el problema era que, a veces, el pajarito también se empeñaba en inmiscuirse en las travesuras de los adultos y éstas, a menudo, no eran tan inocentes como las infantiles.

    Esto sucedió un día en…bueno, vamos a dejar el lugar en el aire y decir que sucedió en un pueblo que podía ser cualquiera, incluso el nuestro (no perdáis el tiempo indagando quienes fueron los protagonistas ni cuando sucedió, porque no merece la pena; si llegó a ocurrir, fue hace mucho tiempo y hoy día ya nadie sabe nada de ello).  

    En este caso, no se trataba de un padre o una madre que, aprovechando la omnipresencia del pajarito,  se hubiera enterado que su hijo/a se había peleado con alguien o había molestado a alguna vecina llamando de noche al timbre o llamador de la puerta, escondiéndose posteriormente para ver, desde lejos, la cara que ésta ponía al abrirla y comprobar que allí no había nadie; en este caso, no era una pillería infantil, sino una travesura de adultos.

  En aquel pueblo había un matrimonio, Pepe San Romualdo y Pepa La Brava –entonces es que había muchos Pepes y Pepas y eso hacía necesario que el nombre de cada uno siempre fuera acompañado por el apellido o un apelativo, más o menos afortunado; en este caso, lo de él era su apellido y lo de ella era un sobrenombre o mote, que supongo se lo había ganado por méritos propios-

    No eran viejos...hoy pasarían por jóvenes, lo que ocurre es que se habían casado a edad temprana, tal como se hacía entonces; llevaban algo más de 10 años casados; los dos eran guapos y simpáticos y, ante la vecindad, pasaban por ser un matrimonio bien avenido; pero, como ocurre en muchos casos, la trastienda de una relación no siempre coincide con la fachada que ven los demás; en cualquier pareja, solo sus  protagonistas conocen la auténtica realidad de como marcha la relación, y algo así sucedía con Pepa y Pepe, pues lo que para todos era un pareja bien avenida, eso no era así. 

     Resulta que a Pepa La Brava, desde hacía algún tiempo, le habían salido unas protuberancias virtuales en la frente y no es que estuviera convirtiéndose en diablesa, estoy hablando de unas astas –sin h-, vamos…que el marido le estaba poniendo los cuernos.

   Al respecto, hay un dicho de los vikingos, ese pueblo del norte de Europa que, durante la Edad Media, asoló las costas europeas; de ellos se dice: “bienaventurados los vikingos porque los suyos eran postizos”, haciendo alusión a la forma de sus cascos de combate.

   Lo bueno del asunto, es que Pepa la Brava no estaba sola en su circunstancia, ya que, al marido, Pepe San Romualdo, le sucedía lo mismo que a ella: le estaban saliendo también unos apéndices similares a los de la esposa. Mientras que  él, desde hacía una temporada, tenía una amiga con derecho a roce –creo que cuando se veían se rozaban mucho-, Pepa también tenía un amigo íntimo.

    Se dice que las cosas nunca suceden por casualidad, pero es indudable que las casualidades existen y la situación de ambos cónyuges habría que catalogarla como un empate técnico.

    No sé si los astros se habían alineado de una forma determinada, que Eros y Afrodita (dioses mitológicos del amor), habían influido para que se diera esta circunstancia, o que aquello era, simplemente, producto del azar; pero la realidad era que, ambos cónyuges estaban siendo infieles el uno al otro simultáneamente; luego, los dos engañaban y eran engañados a la vez –si esto no es justicia divina, ¿qué otra cosa puede serlo? -

    Si buscamos la causa de que, en un matrimonio, uno de los dos cónyuges decida buscarse un amigo / a y ser infiel a su pareja, posiblemente no encontremos una...sino varias. De ello, ya hablaba Antístenes (445 - 365 a. C, un filósofo griego de la escuela cínica, este hombre decía: “Si tu mujer es bella, no solo será tuya; si no es bella, tuya sola será la desgracia”.

   Hoy día, no sé qué opinarían, de Antístenes, en el Ministerio de Igualdad; de todos modos, como pertenecía a la escuela cínica, cualquiera de sus opiniones habría que dejarla entre paréntesis antes de tomarla literalmente.

   El caso es que los dos, Pepe y Pepa , después de varios años de estar casados, no tenían hijos, estaban aburridos uno del otro o no sé qué pasaría y, como ambos eran guapos, dándole la razón al filósofo, decidieron compartir su belleza con otras personas.

   Como suele ocurrir en estos casos, el último en enterarse es el cónyuge engañado y aquí sucedía lo mismo, pero por partida doble. Pepe no sabía que Pepa le era infiel y Pepa tampoco sabía que Pepe, a su vez, lo era con ella; en cambio, en el pueblo, casi todos lo sabían.

    Hay amigos buenos, regulares y malos. Estos últimos, son peores que los enemigos pues, aparentan ser amigos, te fías de ellos, y encima no lo son. Un aforismo, posiblemente de origen medieval, dice: “De mis amigos...líbrame Señor, de mis enemigos me ocupo yo”.

    Bueno, pues una buena amiga, una tarde, fue a casa de Pepa la Brava y le dijo:

       -          Pepa, no estoy segura si estoy haciendo bien, pero quiero decirte algo; si a mí me ocurriera      

              lo mismo y tú lo supieras, me gustaría que me lo dijeras y por eso estoy aquí.

    Pepa miró a la amiga bastante intrigada, intuyendo que se trataba de un asunto serio, y respondió:

       -          Dime ya lo que sea, me estás preocupando.


-          ¿Dónde estuviste ayer a las seis? -preguntó la amiga-

      -          Ayer estuve toda la tarde aquí, en casa.

      -          ¿Y Pepe? Él no estaba aquí a las seis ¿verdad? -insistió la amiga-

      -           No, a esas horas estaba en el campo, saldría a las cinco o así y volvió al atardecer.

-           Deberías saber que ayer, a las seis, vieron a tu marido en un prado.

      -           Si fue al campo y le vieron en un prado, ¿qué problema hay en ello?

      -          Estaba debajo de un árbol. Quien le vio, estaba un poco lejos y no se fijó si era un roble o un 

             fresno.

     Pepa, estaba empezando a hartarse de tanta retórica y echó mano de la ironía:

  -     ¡Bueno! ¿eso qué tiene de extraño? Lo raro es que le hubieran visto debajo de una palmera tropical.

      -   ¡Espera, que todavía no he acabado!

      - ¡Pues acaba! - dijo Pepa, que estaba empezando a enfadarse por las banalidades que estaba                      oyendo-

   -   ¡No me interrumpas hasta que acabe! -continuó diciendo la amiga- Ayer a las seis de la tarde, han visto a Pepe...en el campo...en un prado...debajo de un árbol y no estaba sentado a la sombra, sino  tumbado. boca abajo y no sobre la hierba; debajo de él, boca arriba, se encontraba una mujer. No creo que sea necesario decirte lo que estaban haciendo.

 Antes que digas nada, además quiero que sepas que, también ayer, a la misma hora, vieron entrar en tu casa, por la parte trasera, a un hombre que no es Pepe. Quien lo vio afirma que no era la primera vez que venía a verte.

        Pepa quedó muy sorprendida al oírla. Lo suyo, era evidente que lo sabía, pero la infidelidad del           marido era algo nuevo para ella.

     -   ¿Hay alguien más, aparte de ti, que sepa lo mío y lo de Pepe?

-     ¿Qué si lo sabe alguien más? ¡Hija, parece que no eres de este pueblo! ¿Cómo quieres que te  diga el número de personas que lo saben?, en unidades o en docenas.

          ¡Mira Pepa! Lo vuestro lo sabe todo el mundo. Como estáis los dos en la misma situación, te             aconsejo que lo arregléis de la mejor manera posible y sin armar escándalo alguno. Tú no puedes            reprocharle nada a él y él tampoco a ti; aquí los dos sois igual de buenos o igual de malos, eso                 depende de cómo queráis catalogarlo cada uno.

 

   -          Entonces, dices que Pepe me está engañando con una mujer. ¿Tú crees que él sabe  que yo también me estoy viendo con alguien?

 

  -          Eso no lo sé, habría que preguntárselo a él, lo que sí sé, es que mucha gente sabe que ayer tarde tuviste una visita, aquí en tu casa, mientras él estaba en el campo con la otra, así que no me extrañaría nada que también supiera lo tuyo.

    -    Y tú como es que lo sabes todo -preguntó Pepa con mucho interés- ¿quién te lo ha dicho?

    -   Eso importa poco. Además, no quiero que le digas a Pepe que esto te lo he dicho yo  

 -    Y si me pregunta cómo me he enterado ¿qué le respondo?

   -     Yo que se… dile que ha sido un pajarito.

   -     Eso es muy infantil y no lo va a creer. 

   -     Pues tú veras como lo haces, es tu marido y eso ya es cosa tuya.

   Cuando volvió Pepe a casa, al atardecer, se sentaron a cenar y ambos cónyuges estaban poco habladores; permanecían pensativos mirándose sin decir nada y esto acabó de convencer a Pepa que él sabía que le estaba siendo infiel con un hombre.

    Habían acabado el primer plato, iban por el segundo y aquel silencio tan prolongado estaba 

 siendo ya demasiado molesto para los dos, siendo él quien decidió sacar el tema a relucir, para ver        cómo reaccionaba Pepa:

   -   ¿Sabes una cosa? Esta tarde me ha hablado un pajarito y me ha dicho algo.

 

 -   ¿Qué? -respondió Pepa sorprendida-. Cuando había hablado con la amiga le había dicho que no era partidaria de usar al pajarito, porque aquello resultaba muy infantil y ahora se encontraba que era el marido quien había sido informado por el ave acusica  ¿Qué es lo que te ha dicho el pajarito?


-     Me ha dicho una poesía:

        Las esposas son jardines

Que cuidan los jardineros

         Algunos cuidamos los propios

Y otros cuidan los ajenos

 

   Pepa, al oírle, observaba al marido, sin saber qué responder y, en vista de que el pajarito ya se lo había apropiado él, decidió contestarle así:

 

    -    Pues a mí quien me ha hablado ha sido un fresno:


-     ¿Desde cuando hablan los árboles?

 

    -    Desde el mismo momento que lo hacen los pajaritos.

 

    -    Vale…vale. Y que te ha dicho el fresno.

            Aunque solo soy un árbol,

            y creen que no puedo hablar

   lo que sucedió bajo mis ramas

  

    a ti te lo voy a contar.

   Volvió a hacerse el silencio entre los dos esposos, que se miraban fijamente; ambos sabedores  que estaban igual de implicados en el asunto de la infidelidad y al fin dijo el marido: 

   -     ¿Qué te parece si dejamos de hablar con pajaritos y fresnos y lo olvidamos todo? ¿Qué hay de               postre?

 

Nota

Aunque a alguno/a le cueste creerlo, esto es un cuento popular. Además, de los cuentos infantiles, que eran los mas comunes, también existían cuentos para adultos. Obviamente, este pertenece al segundo grupo.

lunes, 19 de junio de 2023

La Soberbia

   Un pueblo, no solo es un conjunto de casas situadas unas al lado de las otras, con mejor o peor estilo urbanístico; es, sobre todo, una comunidad de personas, cada una de ellas con su propia fisonomía y sus particulares defectos y virtudes. Cada uno somos como nuestra madre nos parió y algunos incluso  peores, decía Cervantes, y es que hay gente que, en vez de emplear su tiempo en ser mejores personas e intentar vivir bien, disfrutando de la vida y haciéndola grata a aquellos que forman parte de su entorno; son unos infelices y encima intentan que los demás también lo sean. 
   Si alguna vez tenéis la mala suerte de convivir con gente con una personalidad tóxica, no os dejéis influir por ellos y dejadles que se amarguen solos; es más, si tenéis ocasión, no perdáis ocasión de recordarle que no anden fastidiando al prójimo ya que eso,  "hasta puede ser pecado".
 
   Hace años…bastantes, cuando aún había muchos curas, íbamos a la catequesis y era obligatorio  estudiar el catecismo, aprendimos que hay una caterva de pecados y, según la gravedad de los mismos, se clasificaban en mortales (los graves) y los veniales (leves). 

  Los primeros, son aquellos que comete la gente que es mala a conciencia, rompiendo, a través de ellos, su amistad con Dios, según el catecismo; en cambio, los pecados veniales, son más leves y no rompen nuestra amistad con el Creador…solo la enfrían. 

   Conclusión, que quienes cometemos estos “pecadillos veniales” seguimos siendo buena gente a pesar de ello, aunque cometamos dos docenas a diario. Dentro de este segundo grupo, están los pecados capitales que, si no recuerdo mal, son siete: Soberbia, Avaricia, Lujuria, Ira, Gula, Envidia y Pereza. 

   Fernando Díaz-Plaja, un escritor español, en 1966 publicó un libro: “El Español y los Siete Pecados Capitales”, en el que, con mucho humor, analizaba cuál era el comportamiento de los españoles de entonces, en lo relativo a dichos pecados. Aunque leí en su día el libro, no tengo la certeza de que hubiese algún pecado con el que los ciudadanos de este país nos identificáramos de una forma más llamativa que con el resto...creo que todos nos valen y que no somos ajenos a ninguno de ellos. 

   ¿Eso significa que los españoles somos soberbios, perezosos, avariciosos, lujuriosos, iracundos, comilones, envidiosos, y perezosos? Pues sí, en mayor o menor grado, todos lo somos; aunque siempre hay excepciones; uno de mis amigos tiene un abuelo muy longevo, noventa y ocho años tiene el hombre, y presume que, desde hace mucho tiempo, no ha vuelto a cometer pecado alguno relacionado con la carne -no hablo de la carne de vaca, cerdo, cordero cabrito, conejo…, esto sería un pecado de gula, sino de “la otra carne” (lujuria)- , aunque muy contento no debe estar con ello, porque le escuché decir una vez ¡quien pudiera cometer algunos pecados! 

   Hablando de los pecados capitales y aprovechando que el El Pisuerga pasa por Valladolid El Huebra pasa por Barrueco, hoy voy a recordar una anécdota ocurrida hace bastantes  años en uno de nuestros pueblos, que no sé cómo definirla, quizá podría decir que era un secreto colectivo, aunque  emplear este término no parece demasiado correcto ya que, si algo es un secreto, no puede ser colectivo porque  entonces deja de ser secreto, vendría a ser un secreto a voces pero mejor…voy directo al asunto. 

  En aquel pueblo, existía una mujer que se llamaba  Eudivigis, aunque era conocida por todos como Vigis “La Soberbia”. Identificarla por su apodo, ese era el secreto colectivo ya que todo el paisanaje la nombraba por el mote cuando ella no estaba presente, pero cuando lo estaba, la llamaban simplemente Vigis.
  El auténtico misterio radicaba, precisamente, en el origen del mote ¿qué había hecho aquella mujer para que un día alguien hubiera comenzado a llamarla así? 

  Un conocido aforismo, atribuido a los nativos norteamericanos -los indios de las películas del Oeste que luchaban con los rostros pálidos-  dice: “antes de juzgar a una persona, debes calzarte sus mocasines y caminar al menos tres kilómetros con ellos”. 
  Nosotros, en cambio, decimos que, antes de juzgar a nadie, deberíamos meternos por un momento, en su pellejo. 
  Ambas frases tienen el mismo sentido, aunque la nuestra, tiene la ventaja añadida de no tener que andar calzándonos los zapatos usados de nadie. 

   Yo conozco el motivo por el que Eudivigis recibió el sobrenombre de “la Soberbia”; y es mi propósito contar el hecho que dio lugar a que, a partir de entonces, todos la conociesen por ese sobrenombre - cuando no estaba presente, claro-. 

  El origen del sobrenombre que recibía aquella mujer estaba relacionado con unos chícharros (en Barrueco llamábamos chícharros, con acento por ser una palabra esdrújula, a las alubias carillas que no hemos de confundir con los chicharros, en este caso la palabra es llana y se refiere a los jureles, una variedad de pescado azul).
Alubias carillas(Chícharros)

 
  . Actualmente, tanto en lo pueblos como en las ciudades, casi todos los alimentos los compramos en el supermercado y el hecho de que una familia tenga su propio huerto ha pasado a ser algo prácticamente anecdótico; pero antes, en lo que respecta a los alimentos, en los pueblos, mucha gente tenía su propio huerto o huerta, y comía lo que obtenía de allí -para quien no lo sepa, huerto y huerta son sinónimos, la única diferencia entre ellos es que las huertas son extensiones de terreno de mayor tamaño- 
  Las legumbres, hortalizas, fruta y demás productos vegetales, que comían las familias, eran las que ellas mismas producían; de ahí que sólo se consumían productos de temporada, lo que proporcionaba la huerta en cada momento. Era prácticamente una economía de autosuficiencia y, cuando había excedente de algún producto, su propietario lo vendía tal como ocurrió aquel año con Bruno Ávila. 

  Este hombre, había sembrado en su huerta chícharros y era la primera vez que cultivaba esta variedad de alubias. Le habían regalado la simiente y como buen agricultor que era, decidió arriesgar poco sembrando una pequeña cuadrícula de terreno, ya que aquello no dejaba dejaba de ser una prueba y, para su sorpresa, obtuvo unos resultados óptimos; la cosecha fue muy abundante y obtuvo 30 kg que no estaba nada mal para el poco terreno que le había dedicado; pero, como la felicidad nunca es completa, ya se encuentre uno en New York o en un pueblo perdido, cuando los comieron por primera vez, resultó que a la mujer, a sus hijos y a él mismo, al ser un sabor nuevo para ellos, no les satisfizo nada y la cosecha entera de chícharros, pasó a engrosar la lista de mercancía excedente, por lo que Bruno Ávila, decidió vender toda la producción.

  Cuando un vendedor tiene un producto para vender, una de las premisas fundamentales, antes de introducirlo en el mercado, es hacer un sondeo para comprobar su posible aceptación por parte de los potenciales consumidores y, llegado el caso, una vez que tiene un pleno convencimiento de que va a tener aceptación, lo pone a la venta; pero, en el caso de los chícharros, este hombre consideró que el sondeo era innecesario ya que el objetivo no era otro que desprenderse de la mercancía, en vista de que eran ellos a quienes no les gustaba el producto. 

 Con estas premisas, cuando Bruno Ávila puso a la venta las judías, quedó demostrado que carecía totalmente de conocimientos comerciales. Comentaba a la gente que las vendía porque no le gustaban a la familia, y tanta honradez se volvió en su contra, pues, al cabo de tres semanas, no había vendido nada en absoluto.  

 Afortunadamente, el azar quiso que se encontrara en la calle con Eudivigis, una vecina suya que, aunque  trabajaba en la ciudad de vendedora, en unos grandes almacenes, se encontraba de vacaciones en el pueblo. 
 
 Al vivir en su misma calle, Bruno Ávila, se alegró mucho al verla, se dirigió hacia ella y la saludó: 

 - ¡Qué tal Vigis! ¿de vacaciones? 

 Ella, le miró, dudando un poco antes de responder y al fin dijo: 

 - Pues sí...de vacaciones. A pasar unos días por aquí con vosotros. 

 - ¿Podías hacerme un favor? –continuó hablando él- Llevo unas semanas intentando vender unos chícharros que sembré en la huerta, no he conseguido vender ni siquiera un kilo y mi mujer dice que la culpa es mía porque no los sé vender. Tú, como trabajas en una tienda y sabes cómo vender las cosas, me gustaría que me ayudaras diciéndome qué puedo hacer. 

 - ¿No has vendido nada? Preguntó ella muy extrañada. 

 - ¡Nada...ni un kilo! 

 - Eso es muy raro. ¿Los has puesto muy caros? 

 -¡Qué va! Ni siquiera me han preguntado el precio. 

 Ella, a medida que le escuchaba, iba aumentando su extrañeza y dijo

 - A ver, cuéntamelo todo desde el principio... porque esto es demasiado raro. 

 Cuando Vigis supo que había contado a varios paisanos que el motivo de vender las alubias era porque no le gustaban a la familia, hasta le entró risa. 

 - Pero hombre! Un vendedor no puede desprestigiar su propia mercancía, siempre tiene que alabarla...eso es fundamental. Recuerdo una vez, siendo niña, que mi padre tenía un caballo muy falso, a veces doblaba las patas delanteras, le cayó varias veces y, como acabó cogiéndole una manía tremenda, decidió deshacerse de él. El día antes de llevarlo al mercado de ganado para su venta, le oí decir: - ¡Y pensar que encima tengo que decir que es bueno! 

   Con los chícharros, tienes que hacer lo mismo...alabar la mercancía. No puedes decir que quieres venderlos todos, porque no os gustan, al contrario, lo que debes hacer es comentar a la gente que están buenísimos y que sólo quieres vender unos pocos, porque te sobran. 

 - Vas a tener razón –afirmó él- El problema es que todo el mundo sabe la verdad y eso ya no tiene remedio. 

  La mujer, que era buena gente, miró hasta con pena al vecino; éste, había sembrado y trabajado la tierra, ahora quería  vender unas alubias y era incapaz de desprenderse de la mercancía por ser honrado en demasía,. Así que decidió ayudarle: 

 - ¡Mira, Bruno!, la única persona capaz de vender tus chícharros, en un pueblo de 300 habitantes como el nuestro, donde todos nos conocemos, soy yo - eso sí que es tener una autoestima alta-  
   Si quieres, yo me encargo que venderlos; pero en esta vida no hay nada gratis, tienes que darme una pequeña comisión por el trabajo. 

 Bruno Ávila, al ver la seguridad que mostraba Vigis, encontró “el cielo abierto”; estaba desesperado pensando que iba a tener que quedarse con toda la cosecha de chícharros; buscaba una consejera comercial y, sin pretenderlo, había encontrado una intermediaria dispuesta a encargarse de todo, no   dudando un momento en aceptar el ofrecimiento de Vigis. 

  Ella, como era avispada, a la hora de ajustar su comisión, empezó a tantearle comenzando desde arriba, diciendo que quería el 50 % de las ganancias (avaricia severa), y él, a pesar de ser incapaz de haber vendido una sola alubia, le ofreció el 5% (tacañería severa).
  Vigis, entonces, bajó el umbral a un 30% (avaricia moderada), el subió al 10% (tacañería moderada); acordando, finalmente, que la comisión fuera de un 20 %, consiguiendo así que la avaricia y tacañería quedaron bastante equilibradas. 

 - ¿Qué precio de salida se le puede poner a las alubias?  -preguntó ella-. Tú, tendrás que amortizar los gastos de producción: adquisición de la simiente, abonos, riego, trabajo de cultivo y recogida. Ten en cuenta que tu trabajo no puede ser a perdidas. 

  Bruno Ávila, al escuchar esa pregunta, la miró extrañado y confuso a la vez; pensaba que los dolores de cabeza de la venta habían acabado, al delegar totalmente la venta en Vigis, y ésta le hacía preguntas relacionadas con cálculos económicos que ni había hecho, ni estaba dispuesto a hacer...y todo por 30 kg de alubias carillas, pensaba -quien me mandaría a mí haber sembrado esto, se reprochaba a sí mismo- 

 - ¡Mira!, a mí no me ha costado casi nada; me regalaron la simiente y todo el trabajo lo he hecho yo, así que pide lo que tú quieras y hazlo como quieras; yo, con tal de quitarme los chícharros de encima, me doy por contento. 

 - ¡Estupendo!, entonces tenemos mucho margen comercial -contestó la mujer satisfecha-. El plan es muy simple: tú no debes hacer nada ni contarle nada a nadie, y yo me ocupo de todo. Verás cómo, con un poco de marketing, en pocos días está todo vendido. 

 - ¿Qué es eso del marketing? 

 - No estoy muy segura...creo que es engañar a la gente, pero en inglés. 

 - Pero si aquí nadie sabe inglés! Avisó él. 

 Ella le miró con algo de fastidio y exclamo: 

 - ¡Tú, olvídate de todo desde ahora mismo y déjame a mí! Lo primero que voy a hacer, es poner un letrero bien visible para anunciar la mercancía, porque si nadie sabe que vendes una cosa, cómo te la van a comprar; en cuanto a ti, te repito que no debes decir nada a nadie, ni siquiera a tu mujer. Lo que estamos hablando  debe quedar entre nosotros y, por supuesto, nadie debe saber que las alubias son tuyas, así que esta noche vienes a mi casa, por la parte de atrás, sin que te vean, y las traes. 

 - ¡Perfecto! -respondió él, satisfecho por la explicación

 - Bruno Ávila, cumplió a rajatabla las instrucciones de Vigis, llevó a su casa las alubias y no dijo nada a nadie, tal como habían quedado. Ella, a su vez, pidió prestada una pizarra en el bar del pueblo, de esas donde anuncian los pinchos en esos establecimientos, y al día siguiente Bruno vio dicha pizarra expuesta en la fachada de la casa de Vigis, donde podía leerse el siguiente texto:

 >>>  Se venden exquisitas alubias de B. de Ávila.

  Entonces fue cuando él empezó a comprender qué era eso del marketing. Las judías de El Barco de Ávila, son famosas desde hace mucho tiempo y gozan, incluso, de la Denominación de Origen Protegida. En la pizarra ponía “judías”, lo cual era totalmente cierto; y después, “de B. de Ávila”; lo cual también era cierto. Él,  sabía que se refería a él, Bruno Ávila, pero la gente, como desconocía ese detalle, todo aquel que leyera la pizarra, estaba seguro que pensarían que se refería a Barco de Ávila. 
 
   Tuvo que reconocer que Vigis, sabía lo que hacía. La gente tiende a valorar más las cosas de fuera, en detrimento de las propias, y había estado muy atinada con el mensaje escrito en la pizarra; si hubiera puesto “Se venden alubias de Bruno Ávila” estaba seguro que nadie querría comprárselas. 
 
   Al día siguiente, observó que el mensaje había sufrido un pequeño cambio: 

>>> Alubias de B. de Ávila. Muy baratas. Solo quedan 10 kg. 

  Cuando leyó esto, pensó que la vendedora había tenido un gran éxito en la venta con el primer anuncio, pues, si las matemáticas no fallaban, si sólo le quedaban ya 10 kg, era porque había vendido 20 kg. 

  Al tercer día, por la mañana, el letrero había cambiado totalmente su mensaje: 

 >>> No te quedes sin probar las alubias. Solo quedan 2 kilos. 

  A mediodía, Bruno, como vivía en la misma calle que Vigis, al pasar ante su casa vio que la pizarra había desaparecido de la fachada. Casualmente, ella, también venía caminando por la calle, pero en sentido contrario, y se dirigió a él. 

 - ¡Ya está todo vendido! Ven conmigo a casa, que hagamos las cuentas. 

 -¡Estupendo! Respondió Bruno lleno de admiración. Te felicito, poner que las judías eran de B. de  
   Ávila, fue un acierto. Ya ves, en tan sólo tres días las has vendido todas...y pensar que yo, en un mes, 
   no vendí nada.

 - ¿Sabes lo mejor? –dijo ella- las he vendido todas, esta mañana. 

 - ¡Cómo dices! ¿hasta hoy no habías vendido ninguna? 

 - ¡Efectivamente! Cuando han leído que sólo quedaban 2 kilos, cada vecina ha pensado que todo el 
    mundo las había comprado, menos ella y han venido una tras otra a comprarlas, para poder comerlas 
    y no ser menos que las demás. Alguna hasta se ha llevado dos kilos pensando que ya eran las 
    últimas. 

  -¡Estupendo! -dijo Bruno, sintiendo cada vez más admiración hacia su socia - lo del “marketing 
    ese” que decías, ha funcionado. ¡Has estado soberbia!   - ahí es donde estuvo el origen de que Vigis 
    empezara a ser conocida por su sobrenombre-  

 Tras repartir las ganancias, Bruno llegó a su casa muy contento y preguntó a la mujer: 

 - ¡Ama! ¿qué comemos hoy? 

 - Hoy hay macarrones con carne picada y  para mañana voy a preparar alubias de las que ha estado 
    vendiendo Vigis; son de un pariente suyo que le había pedido que se las vendiera. Esta noche las 
    pongo en remojo. 

 - ¿Has ido a comprarle alubias a la vecina? Preguntó él, sin poder ocultar su asombro. 

 - Sí, y vamos a poder probarlas de milagro. Cuando fui a su casa, ya no le quedaba ninguna; menos 
   mal que mi hermana Julia le compró los dos últimos kilos que le quedaban y me ha cedido uno. 

 Bruno miraba a la esposa atónito, sin saber qué decir y al final comentó: 

 - ¿Tú crees que van a saber mejor que nuestros chícharros? 

 - ¡Por supuesto! ¿No ves que son de El Barco de Ávila?

miércoles, 24 de mayo de 2023

El día después

   
   En la vida, todos los días son importantes, aunque, si debemos darle prioridad a alguno de ellos, sin duda alguna, es el actual; una vez, un pensador decía “el pasado ya no volverá, el futuro aún no ha llegado, aprovechemos el presente, vivamos lo mejor posible el día de hoy, es el mejor día de nuestra  vida...es el único real” ; pero, a lo largo de la biografía personal de cada uno, además del día actual, hay algunas fechas que representan  hitos importantes en nuestras vidas y que determinan un antes y un después, como el día que te casas por primera vez; ese día dejas de ser soltero para siempre, porque, aunque después vuelvas a casarte por segunda vez, tercera, cuarta o quinta -no sigo enumerando, porque insistir en casarse más de cinco veces roza lo patológico-, ya sólo puedes hacerlo en calidad de separado, viudo o divorciado, porque ya no eres soltero. 

   El día que nace tu primer hijo, también es una fecha única e irrepetible en la que cambias de estatus para siempre...pues pasas a ser padre o madre -podrás, posteriormente,  tener hasta diez hijos o más, si se diera el caso; pero a partir del primero, variará la cantidad de hijos, pero no tu condición de padre o madre, porque ya lo eras- 

  La fecha en que te incorporas al mundo laboral, en tu primer trabajo, es otra fecha única en tu historia personal pues, aunque cambies posteriormente de trabajo, media docena de veces, a los sucesivos empleos ya no accedes a ellos como neófito, sino como un antiguo trabajador. 

  El día que te tocan dos millones de euros en la Lotería Primitiva, también supongo que debe ser un día único e irrepetible y que va a cambiar tu vida para siempre –la verdad es que, hablar de ello, es entrar dentro del terreno de la fabulación y esa experiencia no la he vivido aún ...la tengo pendiente- 

   A las anteriores fechas, aún debemos sumar otras dos que, además de importantes, son claves en la vida de las personas; me refiero al día que nacemos y el día que morimos. De este último, muchos no quieren ni oír hablar de él, pero de poco les sirve no hacerlo, ese día nos va llegar a todos antes o después -mejor que sea después-, y tomaremos el camino del “más allá”

    Sólo nacemos una vez y solo morimos una vez, aquí no cabe discusión alguna. 
  Lo de “ha vuelto a nacer”, es una expresión que oímos con cierta frecuencia, cuando alguien sobrevive a un incidente grave, sea del tipo que sea, pero no deja de ser un simple eufemismo. El cese de las funciones vitales, la auténtica muerte, sólo ocurre una vez y nadie vuelve a nacer  . 

   Si el día de nuestro nacimiento, como indiqué anteriormente, es una de las dos fechas claves que marcan nuestra existencia; la otra es el día en que estiramos la pata, abandonamos este mundo, descansamos en paz -mucha paz, eso sí-, o entregamos nuestra alma a Dios (que cada cual lo adorne como quiera) en resumen…cuando morimos. 
   Entre esas dos fechas, ocurre un hecho maravillo que a veces no sabemos valorarlo debidamente y no es otro que la vida. 

   Mi abuelo decía al respecto “Dios nos libre del día de las alabanzas”, refiriéndose a la última de las dos fechas anteriores, y es que él, aunque no pertenecía a ninguna prestigiosa escuela filosófica, a su modo era un auténtico filósofo. 

  Cuando una persona deja de existir, todos, sin excepción, hablan bien de ella; sus antiguos amigos, la gente que le apreciaba, ese día, recuerdan las cosas buenas del fallecido y le alaban por ello; mientras que los enemigos del finado, como a partir de ese día dejan de ser enemigos, por razones obvias, también hablan en positivo de él (en este caso, porque ahora ya tienen un enemigo menos). 

  Una vez se encontraron dos amigos, llevaban tiempo sin verse, y dijo el uno al otro: 

 - ¡No sabes lo que me alegra verte! Últimamente, me han hablado tan bien de ti, que hasta pensé que te habías muerto. 

  Cuando a una persona le llega el día D –De    palmarla- podríamos pensar que, para ella, ya todo se ha acabado, pero eso no es así; aún queda otra fecha importante, si no para él, al menos para los parientes cercanos, que es “el día después”. 

  El “día después”, es el del entierro o la incineración del finado, según los casos. En tal fecha, como el protagonista del evento, evidentemente, solo lo es de forma pasiva, lo lógico sería pensar que es imposible que se entere de como discurre la jornada 
 ¿Imposible? Aquí no hay nada imposible, una vez, una persona, en la ciudad de Badajoz, tuvo ocasión de asistir a su “día después”. 

   Esto ocurrió en la década de 1980, unos tiempos en que los móviles e internet aún no formaban parte de nuestras vidas. 
   Una mañana, en el domicilio de un médico, un conocido ginecólogo para más señas,  desde muy temprano la esposa empezó a recibir llamadas, a través del teléfono fijo, para darle el pésame por la defunción del marido, preguntando, además, a qué hora era el entierro. 

  Ella, como le había visto salir de casa para ir trabajar, un rato antes, camino del su hospital, y estaba,  aparentemente sano, no hizo caso alguno a la primera llamada pensando que estaba siendo víctima de una broma de mal gusto; pero las llamadas fueron sucediéndose y alguien le aclaró que había visto la esquela en el periódico. 
   La mujer, entonces decidió llamar al hospital para ponerle al corriente de lo sucedido y asegurarse, a su vez, que no era una neo viuda; cuando habló con él, éste le dijo que ya conocía la noticia e incluso hasta le habían enseñado un periódico con la correspondiente esquela. Alguien había tenido la humorada de encargarla y pagarla. 

  El encargo había sido hecho la tarde anterior, no en las oficinas del periódico, sino en una librería donde, además de vender aquel diario, colaboraban con él en estos asuntos. Allí, el autor o autora de la broma, vamos a llamarlo/a así, había elegido el tamaño de la esquela, así como el contenido; la había pagado en mano; nadie le pidió identificación alguna, y cuando el muerto-vivo, el ginecólogo, denunció el hecho a la policía, ya que leer su propia esquela no le había hecho gracia alguna, esta no logró encontrar al autor/a de la gamberrada. 

   Si esto hubiera sucedido en Sicilia, nuestro ginecólogo, seguramente, lo hubiera tomado como un aviso subliminal (o no tan subliminal) de la mafia, se sentiría amenazado y hubiera puesto tierra por medio; pero como sucedió en la ciudad de Badajoz que es un lugar muy pacífico donde, generalmente, todos son buena gente, aunque alguno sea más gamberro de lo habitual, no huyó de la ciudad y siguió viviendo tan feliz en ella, ejerciendo su profesión como si nada hubiera pasado. 

   Lo que no preveía, él, ni nadie, es que al cabo de algún tiempo, alguien volvió a encargar otra esquela similar, en el mismo periódico; aunque en esta ocasión, al leerla la gente, casi nadie creyó que fuese verdadera y todos los que llamaron a su domicilio, en esta ocasión, no lo hicieron para preguntar a qué hora era el entierro, como la vez anterior, sino para asegurarse si era verdad o no lo del óbito del ginecólogo.. 

  Sospecho que, en esta ocasión,  la mujer ni se molestó en llamarle al hospital para avisarle de que, según los “los papeles”, había “muerto” por segunda vez. 

   Por cierto, creo que tampoco pudo ser identificado el autor/a que encargó aquella segunda esquela (es probable que en los dos casos se tratara de la misma persona). 

  Como nunca apareció el causante de esta broma tan macabra, tampoco pudo saberse cuál era el objetivo o razón de la misma; lo que sí quedó fuera de toda duda es que, si pretendía fastidiar y amargarle el día al médico, lo consiguió y por partida doble. 

  Lo único en claro que podemos sacer de lo ocurrido, es que el ginecólogo tuvo la oportunidad de asistir a “su día después”, aunque solo fuera sobre el papel, en dos ocasiones y, a pesar de que las esquelas decían que había fallecido, él siguió vivo y coleando -bueno, lo de mover la cola, aunque lo doy por supuesto, eso ya era un asunto particular entre él y su mujer-. 

  Unos años después, en un hospital distinto, también en Badajoz, otro médico, en este caso no era ginecólogo -Voy a llamarlo Dr. X-, había estado de guardia un fin de semana; la madrugada del domingo al lunes la había tenido muy complicada, pues había tenido dos urgencias de las auténticas,  las que requieren una atención inmediata, y había estado en el quirófano, durante varias horas, operando a sus dos pacientes; acabó todo alrededor de las 7 de la mañana y ya no se acostó. 
   A las 8, cuando llegó el primer compañero de su servicio, le dio el relevo y se fue a su casa a descansar, ya que era su día de libranza; llegó a su domicilio, desayunó y se acostó para recuperarse del sueño y cansancio acumulados. 

   Aquella misma mañana del lunes, una doctora que era compañera suya, aunque de otra especialidad, que trabajaba en el mismo hospital; alrededor de las 9 recibió una llamada desde su casa. Era el marido quien la llamaba y, muy alarmado, le preguntó qué era lo que le había ocurrido al Dr. X, al que también conocía, informándola que estaba viendo el periódico, lo tenía abierto en la página de las esquelas y que en una de ellas aparecía X con los correspondientes apellidos. 
  Eso la había llamado poderosamente la atención, porque el primer apellido era extremadamente  raro, posiblemente único, en aquella zona, y por ello estaba casi seguro que la esquela era de su compañero. 

  Ella respondió que ni sabía ni había oído nada, pero que iba a preguntar por él y después le llamaría para confirmar si se trataba o no del mismo. 

   Llamó a la planta del hospital, donde estaban ingresados los pacientes pertenecientes al servicio del Dr. X, y habló con el control de enfermería, un lugar de apenas dos metros cuadrados, existente en todas las plantas hospitalarias, donde a veces hay una persona, a veces dos, en ocasiones ninguna y otras, en cambio, seis, siete o más: dos enfermeras o más enfermeras, dos o más auxiliares de enfermería, una enfermera supervisora, un celador, algún médico… y todos hablando; siendo muy frecuente que se mezclen varias conversaciones distintas, tal como sucedía aquella mañana, formándose a veces un guirigay del carajo. 

   Cuando sonó el teléfono en el control, lo cogió la enfermera que estaba más próxima al mismo y al oír la pregunta de la doctora, preguntando por el compañero, ella contestó que no le había visto, pero que iba a preguntar a las compañeras. 

- ¿Ha visto alguien al Dr. X o sabe algo de él? Oyó la doctora preguntar a la enfermera, al otro lado del teléfono. 

 - ¡Esta mañana, a primera hora, me crucé con él! Respondió una compañera, desde lejos, mientras se acercaba al control. -Esto lo oyó la enfermera que estaba al teléfono, pero no la doctora que había llamado- 
   Lo vi en el pasillo, cuando entraba yo -continuó relatando la enfermera que lo había visto- El pobre tenía un aspecto horrible porque ha tenido una guardia muy mala y se ha pasado toda la noche en quirófano…estaba muerto -le faltó decir que de cansancio y sueño-.

   La frase estaba muerto, la había pronunciado una vez había llegado al control con las demás compañeras  y fue la única que oyó la doctora con claridad, siendo eso es lo que desencadenó todo. 

  Al oír, través del auricular, dicha frase, su cerebro debió bloquearse ahí y no quiso escuchar más, colgando el aparato muy angustiada, sin esperar más aclaraciones de la enfermera que le había respondido; había llegado a la conclusión de que las sospechas de su marido eran reales.

  Éste, la había llamado diciendo que estaba leyendo una esquela con el nombre y apellidos del Dr. X, y una enfermera de su propio servicio acababa de decir que estaba muerto, ¿ qué más pruebas necesitaba para comprender lo que había pasado? Su ya ex compañero, había pasado a mejor…o quién sabe, si a peor vida -algunos doctores también van al infierno- 

  No pudo reprimir las lágrimas de la rabia que le entró; pensó que la vida no era justa ya que, una persona tan joven, con la que había estado trabajando y bromeando dos días antes, el viernes anterior, había fallecido, repentinamente, durante el fin de semana, sin tener ninguna enfermedad conocida. Además, estaba enfadada porque nadie la había avisado del suceso, a pesar de que eran amigos además de compañeros.

  Llamó al marido para confirmarle la mala noticia, fue a ver a los compañeros del servicio del "compañero fallecido", para preguntarles qué era exactamente lo que le había sucedido,  y al primero que vio lo encontró en un pasillo. 

   No se anduvo con rodeos y le preguntó, directamente, de qué había muerto X,  dejándole pasmado por la noticia. 

 - ¡Pero qué dices! ¡No tengo ni idea! ¡Me dejas de piedra! ¡No sabía que había muerto! He estado de viaje el fin de semana, volví ayer noche, esta mañana he venido directamente al hospital y nadie me ha dicho nada. 

 - ¿Quién puede informarnos qué lo que ha pasado? Preguntó ella 

 - Pues el director del hospital; a él, indudablemente, se lo tienen que haber comunicado…es más, como X estaba de guardia el fin de semana, seguro que le han llamado para que, además de saberlo, localizaran  a otro compañero para que viniera a hacerse cargo de la guardia. 
  Yo, como no estaba aquí, no sé si me habrán llamado a casa, pero si lo hicieron no pude contestar porque estaba de viaje, como te he dicho - como en esa época aún no se había generalizado el uso de los móviles, teníamos que apañarnos sólo con los fijos- 

   Cuando los dos llegaron al despacho del director, comprobaron que éste desconocía que hubiera “muerto” alguno de sus médicos durante el fin de semana, así que llamó al jefe del servicio al que pertenecía X que, obviamente, tampoco sabía que había tenido una baja en el mismo. 

  El jefe, cuando averiguó que X estaba saliente de guardia, y por tanto era su día de libranza, llamo a su casa para comprobar si debía encargar una corona de flores o no, de parte de los compañeros del servicio. 

  El Dr. X , estaba tan a gusto en su cama, profundamente dormido, tras la pésima noche que había pasado y como a esas horas estaba solo en el domicilio, el sonido del teléfono, que estaba en la mesilla de noche, fue quien le despertó, después de sonar con insistencia. 

   Fue una voz, casi de ultratumba, la que oyó el jefe al otro lado del auricular:

 - ¡Sí...Diga! 

 - ¿Hola X?  Mira, soy R… ¿Estás bien? 

 - Todo lo bien que puede estar uno en la cama después de una mala guardia -contestó- , ¿ qué pasa? 

 - No pasa nada. Sigue durmiendo. Solo quería saber si estabas vivo…es que hay una esquela tuya en el periódico de hoy…bueno, como veo que no es tuya, ahora ya no sabemos de quien puede ser, pero tiene tú nombre y apellidos. 

 - Y para eso me llamas y me despiertas ¿Para hablarme de una esquela? 

 - No te he llamado por eso, sino para saber si eras tú el muerto o se trataba de otro. Me alegro que sea otro. Descansa y disculpa que te haya despertado. 

 Colgó el jefe del servicio el teléfono, también colgó X, y, aunque permaneció aún un rato más en la cama, fue incapaz de volver a conciliar el sueño. 

  La noticia de que había una esquela en el periódico con su nombre y apellidos y que algunos compañeros hubieran pensado que había fallecido, no le agradó demasiado, y, vista la imposibilidad de seguir durmiendo, se levantó. 

  Estaba suscrito al periódico provincial y como se lo llevaban todos los días a casa, a primera hora de la mañana, salió a la puerta, abrió el buzón, comprobó que allí estaba y lo recogió; una vez que  entró en casa, se sentó en una mesa, lo abrió, buscó la página donde estaban las esquelas y pudo comprobar que, efectivamente, de las tres que había aquel día, en una de ellas estaban escritos su nombre y el primer apellido, el segundo apellido ya no coincidía con el suyo. Estaba asistiendo involuntariamente a "su día después" aunque ficticio.  
El cielo debe esperar


 - Menos mal que no soy yo (se dijo a sí mismo),   el cielo aún debe esperar - el hombre, como podemos ver, era muy optimista y  esperaba acabar allí-  
   Además - siguió pensando- un domingo  es un día horrible para morirse; si ya de por sí es una pena hacerlo, eso de que te entierren un lunes, y encima lloviendo como hoy...

domingo, 23 de abril de 2023

¿Saya o saia?



   Hasta la segunda mitad del siglo XX, la religiosidad en España era un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad, lo cual no debe extrañarnos lo más mínimo si consideramos que, durante siglos, para la gente, siempre había sido la providencia quien había regulado y guiado sus vidas. 

   Los matrimonios tenían los hijos que Dios les concedía; la gente enfermaba y sanaba porque Dios lo disponía; si alguien moría, también era por voluntad del Creador; cuando había sequía, se hacían rogativas al Ser Supremo para que lloviera; las chicas pedían un novio a San Antonio; los toreros se encomendaban a multitud de cristos y vírgenes antes de salir al ruedo para no tener percances…Aún podríamos seguir nombrando un sinfín de ejemplos, pero hoy voy a centrarme exclusivamente en la salud y el dinero –el amor, aunque también es muy importante, queda pendiente para otro día-. 

  Un psiquiatra norteamericano, de origen húngaro, Thomas Szasz, decía: “Antiguamente, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora, cuando la ciencia es fuerte y la religión débil, toma la medicina por magia” 
  Esto, explicado en términos menos técnicos, significa que, hasta la segunda mitad del siglo pasado, la ciencia (la medicina) desafortunadamente, aún era poco eficaz para tratar muchas enfermedades; esta situación, por suerte, ha mejorado considerablemente y, actualmente, la medicina ha avanzado bastante (la ciencia hoy es fuerte) siendo posible tratar eficazmente muchas patologías, que antes carecían de un tratamiento eficaz. 

  Pero antes, cuando la “ciencia aún era débil”, la gente, con frecuencia, pretendía recuperar la salud dirigiéndose a Dios a través de algún cristo, virgen o santo, para que este, en su infinita bondad, como dice la gente religiosa, le restituyese la salud perdida; de todos modos, cuando venían mal dadas, y las enfermedades eran incurables, tal como sucede ahora, “no te salvaba ni Dios”, pero algo había que hacer y, como la esperanza es lo último que se pierde… 

  Dios, aunque esté en todos los lados, no lo vemos, y como mirar a la nada no nos ha gusta a los humanos -al menos a mí me sucede- esto explica que tanto nuestros abuelos, como nuestros padres y algún contemporáneo que otro, a la hora de pedir a Dios las cosas, lo hacían y hacen, dirigiéndose a Él través de alguna imagen de nuestras iglesia o ermitas. 

  Sobre este particular, hay que decir que, en nuestra comarca, había dos cristos muy milagreros, nuestro Cristo de las Mercedes, que si se llama así es, precisamente, por las mercedes o favores que concedía a quienes a él se dirigían, y el Nazareno de San Felices de los Gallegos. 
   
  Cuando existen dos figuras similares, sean del tipo que sean, cada una de ellas tiene sus partidarios y esto también ocurría con nuestros dos cristos, estando, en este caso, las preferencias, sobre el uno o el otro, determinadas, fundamentalmente, por la zona donde vivía cada uno de sus adeptos; es obvio que, en la margen derecha del Huebra, en nuestro lado, nuestro cristo ganaba en número de fieles; mientras que en el otro lado, en El Abadengo (Lumbrales y alrededores), quien se llevaba las preferencias, con diferencia, era el Nazareno de San Felices. 
  Lo bueno del asunto es que aquí ni hay, ni había, competencia o rivalidad de ningún tipo, como ocurre con otras cosas – cuando eres hincha del Real Madrid o del F. C. Barcelona, lo eres del uno o del otro, pero de los dos es imposible – Uno puede ser devoto de ambos cristos y asistir, además, a sus respectivas fiestas, ya que ambas de celebran en fechas diferentes. 
   
  El día 3 de mayo, se celebra la Cruz de Mayo o Invención de la Santa Cruz, conmemorándose,
Jesús Nazareno. San Felices
según la tradición, el hallazgo de la Cruz por Santa Elena; siendo ésta la fiesta dedicada al Nazareno de San Felices.

   El 14 de septiembre, se festeja la Cruz de Septiembre o Exaltación de la Cruz, fecha que recuerda la consagración de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén (año 335), siendo este día del año cuando celebramos la fiesta del Cristo de las Mercedes. 

  Como ser devoto de los dos cristos era y es perfectamente compatible, antes había mucha gente que no dudaba en acudir a ambas fiestas. 

   Ir de Barrueco al Cristo, es uno de los clásicos paseos que hacemos y apenas supone esfuerzo alguno ya que la ermita está cerca, menos de un km, y supone una agradable caminata que podemos hacer siguiendo varios trayectos. Podemos ir por Santana - Santana, Santa Ana, La Cruz de los Caídos y el antiguo cementerio son todo lo mismo, no olvidarlo -, o bien a través del valle Cardadal (o Cadadal), donde estaba La Alameda. 

 Hace muchos años, el ayuntamiento de aquel momento -hay que aclarar que el actual no tiene nada que ver con esto- decidió cortar los chopos del valle, supongo que para vender la madera -no creo que lo hicieran porque daban demasiada sombra en verano - y nos quedamos sin alameda. No critico que tomaran esa decisión, supongo que lo hicieron pensando en el bien del pueblo, pero podían haber plantado después otros chopos y hoy día podríamos seguir teniendo otra hermosa alameda, igual o mejor que la desaparecida. 

  Ir hasta San Felices, a la ermita del Nazareno, desde nuestro pueblo, si queremos hacerlo dando un paseo, ya es otra cosa. “Google maps” indica que hay 32,5 km, y que para hacer ese trayecto, caminando, se tardan 7 horas, en coche 31 minutos y en bici 1 hora y 52 minutos -si paramos ocho minutos para mear y descansar, ya tenemos las dos horas justas- 

   Lo que no dice Google, es cuanto se tarda en burro o en caballo, vehículos en los que, antes, mucha gente iba a la Fiesta de la Cruz del 3 de mayo de ese pueblo, cuando aún no había coches y las carreteras eran caminos. 

  La gente que iba a San Felices desde Barrueco, Saldeana, Villasbuenas, etc cruzaba el río por el puente Resbala y seguía, habitualmente, el camino hasta el cruce con la carretera C-517, Salamanca–La Fregeneda, tomando dirección a Lumbrales. 
   
   Una vez en la carretera comarcal, aproximadamente a medio km del cruce, en el lado izquierdo de la misma, existe un pequeño tramo de la antigua carretera, fuera de servicio, donde hay una fuente conocida como “Caño de Bebe y Vete”, porque al lado del caño existía una inscripción con ese mensaje, dirigido a quienes pasaban por allí y paraban a beber agua. 
   Visité el caño el verano pasado y como ocurre con tantas cosas de nuestra comarca, la fuente existe; obviamente, nadie se la ha llevado a otro lugar, pero el entorno estaba totalmente abandonado. 

   En relación con la fiesta de los dos cristos, existía una costumbre en nuestra comarca que tenía una conexión directa, nada y nada menos, con la siesta, ese deporte nacional que, al ser desconocido en muchos países, dudo mucho que pueda ser admitido alguna vez como deporte olímpico –llegado el caso, los españoles, ahí, nos llevaríamos todas las medallas, no me queda duda alguna- 
   Una vez un pensador dijo que “La siesta es la forma en que la naturaleza nos recuerda que la vida es grata”. Estoy seguro que se le ocurrió una tarde de verano al levantarse de una de ellas. 

  Volviendo a la siesta, nuestros antepasados decían que el período hábil para echársela, era aquel que transcurría desde “la Cruz de Mayo” hasta “la Cruz de Septiembre” habiendo mucha gente que respetaba escrupulosamente esta costumbre. 

  En esta vida, todo es a cambio de algo. Una persona trabaja a cambio de su salario; cuando vas a comprar algo, tienes que pagar su valor con dinero; para viajar en autobús, tren, barco o avión, es necesario pagar el billete…, pero no todo se resume a las cosas materiales. Así, cuando tienes novio/a  lo que hay es un intercambio de afectos -y otras cosas- pero es un intercambio, al fin y al cabo. 

  Esto, si lo trasladamos al campo de la religión, podemos ver que también ocurría con las peticiones que hacía la gente al Creador. Cuando una persona pedía algún bien a Dios a través de algún intermediario, ya fuera un santo, virgen o cristo, lo hacía a cambio de una promesa. 
  Una promesa, religiosa en este caso, es una petición que se hace a la divinidad comprometiéndose  a hacer algo a cambio. Un ejemplo muy simple de promesa, era la que hacían las madres cuando aún había servicio militar obligatorio -la famosa mili- Antes del sorteo de los quintos, en el que se determinaba el lugar donde cada uno era destinado, algunas le llevaban una vela al Cristo pidiéndole que su hijo obtuviera un buen destino. No era lo mismo acabar haciéndola en Cáceres, por poner un ejemplo, que en Ceuta o Melilla. 

   Las peticiones, y promesas correspondientes, eran de todo tipo; como pedir un buen trabajo, aprobar una oposición a guardia civil, policía, bombero o incluso a catedrático de universidad, etc. a cambio de ofrecer velas, acudir a novenas, encargar misas -pagándolas, evidentemente- . Eran promesas que suponían un mayor o menor coste económico para el interesado/a ; de modo que, cuando alguien andaba liado en alguno de estos menesteres, no dudaba en solicitar la ayuda del cielo, siendo acorde a la categoría de la petición, el alcance de la promesa que el interesado hacía. 
  Éstas últimas, no siempre se cumplían; unas veces era la providencia quien hacía oídos sordos a las peticiones, y otras eran los interesados quienes, a pesar de recibir el bien solicitado, incumplían lo prometido. 
  Aunque en la política esto es lo habitual, ya que muchos políticos hacen todo tipo de promesas antes de las elecciones y, una vez consiguen ser elegidos, se olvidan de todo; las promesas religiosas casi siempre se cumplían. 

  En ocasiones, la promesa era de tipo espiritual -vamos a llamarlo así-, consistiendo la misma en realizar algún esfuerzo o una acción externa significativa, estando relacionadas las peticiones, muchas veces, con algún problema de salud. 
  Si una persona o algún familiar próximo, como un hijo pequeño, tenían alguna enfermedad; era frecuente hacer una promesa, pidiendo ayuda al cielo, para recuperar la salud perdida. 

   En lo que respecta al Nazareno de San Felices, una de las promesas más comunes, que hacía la gente, era acudir a rezarle el día de su fiesta (el 3 de mayo), oír misa y/o rosario en la ermita y acompañar a la imagen en la procesión de su traslado a la iglesia. 
 La promesa podía consistir, simplemente, en acudir hasta ese pueblo, el día de su fiesta, en peregrinación; un año, dos, tres, cinco e incluso de por vida, dependiendo de los casos. 
  Algunos peregrinos iban caminando descalzos desde su pueblo hasta a la ermita y muchos portaban un escapulario, para que no le quedara duda a nadie de cuál era su destino. 
  También había personas que sólo iban descalzas durante la procesión. Otros, al llegar desde su pueblo a la ermita, se postraban de rodillas y se ponían a rezar durante mucho tiempo, sin cambiar de posición, a veces con los brazos extendidos en cruz -un sufrimiento o mortificación que visto desde los tiempos actuales no es fácil entender- 

  En ocasiones, las promesas eran exageradísimas llegando a extremos inimaginables. Siendo muy niño, una vez fui con mi familia, un 3 de mayo, a San Felices; nosotros fuimos en coche y la promesa que habían hecho mis padres, aquel año, era muy sencilla ya que consistía, simplemente, en ir a la fiesta del nazareno y acudir a los oficios religiosos.  
  Había mucha gente; la ermita estaba a rebosar; en la calle estábamos una multitud esperando la salida de la imagen para iniciar la procesión, en su bajada hasta la iglesia del pueblo, y una vez iniciado el
Ermita de Jesús Nazareno San Felices

recorrido, una mujer había hecho la promesa de hacerlo entero avanzando de rodillas; tras recorrer tan solo unos metros, empezaron a sangrarle ambas piernas y el cura, con muy buen criterio, detuvo la procesión y le impidió seguir. 
  Le dijo que ya era suficiente, que Dios había visto que había cumplido la promesa y que ya sólo tenía que rezar para hacerle sus peticiones. 

 Las mejores promesas, las más sinceras, eran aquellas que se hacían a nivel particular…un compromiso entre Dios y el interesado, sin que éste comunicara a los demás lo que pensaba hacer; de ahí que mucha gente no hiciera público el tipo de promesa que había hecho. 

  Una vez, en un pueblo, a comienzos del siglo pasado, había una joven pareja -a diferencia de ahora, entonces, todas las parejas, estaban compuesta por un hombre y una mujer y estaban casados por la iglesia, “como Dios mandaba”- y el 3 de mayo de aquel año fueron a San Felices, dirigiéndose a la ermita del Nazareno porque ella había hecho una promesa. 

  Aquí el asunto no tenía nada que ver con la salud, eran jóvenes y estaban muy sanos. El tema iba por otros derroteros; ella tenía un tío ya mayor, bastante rico, estaba soltero, no tenía hijos y ella había dicho al marido que tenía hecha una promesa al Nazareno para que su tío, en vez de repartir la herencia entre todos los sobrinos, se la diera solo a ella -como podemos ver, al pobre nazareno las peticiones que le llegaban, a veces, eran bastante pintorescas-

  El marido no la había tomado en serio, pensaba que tan solo era una excusa para ir a la Fiesta de San Felices, no dijo nada, y allí que se presentaron los dos. 

 Actualmente, cuando hay una fiesta religiosa, podemos ver que el vestuario de las mujeres es muy variado: vestidos de fiesta; trajes pantalón; ropa actual y no tan actual; faldas largas y cortas; a veces, incluso hay chicas con minifalda ante el disgusto de algunos curas –los que no somos curas, no nos disgustamos tanto- , pero, hasta mediados del siglo pasado, los vestidos de las mujeres, tanto para fiestas como para cualquier actividad eran más homogéneos ya que, sin excepción, todas vestían con saya, una falda larga de vuelo ancho, que cubría desde la cintura hasta los tobillos - no estaba bien visto que las mujeres usaran pantalones-. 
  Debajo de la saya llevaban, sobre todo en invierno, un refajo, otra falda gruesa, en este caso de paño más basto que servía para protegerse del frío; y algunas, aún, llevaban una tercera capa: unas enaguas: otra falda de tela lisa y más fina, que estaba en contacto con la piel; o pololos, aunque estos últimos eran muy poco usados. 
  Cada mujer vestía a su gusto igual que ahora, con/sin refajo; con/sin enaguas. 
  En cuanto a las bragas… pues bueno, ¿qué era eso?, preguntaban algunas, y es que muchas nunca las usaban. 
 Una vez oí a una mujer decir: ¡Que suerte tenéis los hombres, porque podéis mear de pie! 
 Le respondí que mi abuela sí lo hacía. Se subía un poco la saya para no mojarla y era capaz de hacerlo perfectamente. 

  Bueno, pues nuestra mujer, la que quería que el nazareno hiciera lo posible para que el tío la dejara como heredera universal, era de esa época; de cuando las mujeres vestían sayas que iban desde la cintura a los tobillos y, si se lo proponían, también meaban de pie. 

  Una vez que comenzó la procesión de traslado de la imagen del nazareno, desde su ermita a la iglesia del pueblo, comenzó a lloviznar y ella se disgustó mucho, ya que había ido a la peluquería el día anterior; pensó que la lluvia iba a estropearle el peinado y, para protegerlo, como aquel día iba con saya y enaguas, se le ocurrió subirse la saya por detrás, para proteger el cabello de la lluvia, con la intención de dejar cubierta la retaguardia con las enaguas;  mas no cálculo bien y se subió las dos prendas quedando a la vista, de todos los que iban tras ella, las piernas y las posaderas; pero ella,  como no se veía por atrás, continuo en la procesión, caminando tan tranquila. 

 “Casualmente”, la gente que iba tras ella, en la procesión, eran hombres; estos, quedaron sorprendidos por lo que veían y no la avisaron, ya que estaban encantados por el espectáculo que ella, involuntariamente, estaba ofreciendo. 
  Al cabo de un rato, fue una mujer quién la avisó de lo que estaba sucediendo y ella, muy enfadada, se bajó a toda prisa la saya y las enaguas para taparse, encarándose después con el marido preguntándole que por qué no la había alertado, ya que él sí estaba al tanto de lo que pasaba, respondiendo éste: 

 - Es que pensaba que esa era la promesa que habías hecho. 

 Nota

   A la fiesta de la Cruz, de San Felices, acudían también muchos portugueses de los pueblos próximos, del otro lado de La Raya y este cuento, historia, anécdota o como cada cual quiera catalogarlo, se contaba en los pueblos de ambos lados de la frontera. 
  En el lado español, decían que la protagonista de la historia, la mujer que se había subido la saya, era portuguesa; en cambio, en el lado portugués afirmaban que "a mulher que tinha subida a saia” era española; y ahí está el dilema. ¿Con qué se protegió la protagonista el peinado?, ¿era una saya? o ¿era uma saia?.