martes, 1 de febrero de 2022

La Fiesta de las Candelas

   Cuando el mochuelo canta en febrero,
  llueve, graniza, hay nevada;
  o se queda el tiempo como estaba  

   Dentro del ciclo festivo de invierno, durante los primeros días de febrero, tenemos varias fiestas muy nombradas; la más temprana de ellas, el día 2, es  La Candelaria; a continuación viene San Blas, el patrón de los males de la garganta, y de los otorrinos, que aparece en el santoral el día 3, siguiéndole, dos días más tarde, el día 5, Santa Águeda, que es una fiesta muy celebrada en algunos lugares, donde las mujeres, ese día, mandan un poco más de lo habitual. 

    La fiesta de las Candelas, también es conocida por otros nombres como fiesta de la Candelaria, Purificación de la Virgen, Presentación de Jesús en el Templo o Fiesta de la Luz, y es una advocación mariana que conmemora la Purificación de la Virgen. 
   Cuando nació el niño Jesús, en aquellos tiempos, las mujeres judías, tras el parto, debían estar cuarenta días sin acudir al templo porque “estaban impuras” "-eso ocurría hace 2000 años-, una vez pasado ese plazo, siguiendo la Ley de Moisés,  debían  acudir hasta él para purificarse llevando como ofrenda un cordero; aunque si la familia era poco pudiente, bastaba con ofrecer dos palomas o tórtolas. 
 
  El día 2 de febrero se cumplen 40 días desde el día de Navidad, por ello, éste fue el día elegido por la Virgen para acudir al templo, tal como contemplaba la ley judía. Si alguien siente especial curiosidad respecto a los pormenores de tal ley, puede consultarlo en el Antiguo Testamento (Levítico 12; 1-8). Yo, confieso que no lo he hecho, pero ahí queda la referencia para los aficionados a estos asuntos. 

  La fiesta de la Candelaria conmemora este hecho y, aunque en muchos sitios ha dejado de celebrarse, en aquellos lugares donde siguen haciéndolo, el festejo casi siempre se circunscribe a una sencilla ceremonia religiosa. 
   En nuestra comarca, siendo niño, recuerdo haber asistido una vez a tal celebración en Villasbuenas, y, aunque el desarrollo de la fiesta puede variar en cada pueblo, dependiendo de las costumbres locales, la esencia de la misma es común a todos los lugares.

   La mañana de ese mismo día, o bien el día anterior, la imagen de la Virgen, que cada parroquia reserva para esta celebración, es bajada de su altar y colocada en unas andas lista para salir en procesión, algo que sucede, generalmente, durante la tarde del 2 de febrero tras la celebración de un oficio religioso, habitualmente una misa. La procesión es de corto recorrido, habitualmente transcurre alrededor del templo, aunque en algunos sitios ni siquiera sacan la imagen a la calle, discurriendo la misma  en el interior de la iglesia, desde el fondo hasta el altar. 

  En aquellos casos donde la comitiva sale a la calle, una vez que está de regreso, ante las puertas de la iglesia, los parroquianos entran al interior quedando en exterior, únicamente, los porteadores/as de la Virgen, el sacerdote con los monaguillos, y uno de los asistentes que ha acudido a la ceremonia llevando dos palomas,  
   Una vez acomodados los asistentes, es entonces cuando hace su entrada la imagen a la par que el encargado de custodiar las palomas, abre la jaula y les da la libertad, simbolizando de este modo la ofrenda que la Madre de Jesús, hiciera en su día. 

   Uno de los aspectos más destacables que tiene la celebración de la Candelaria, es que los fieles ese día acuden a la iglesia con velas. Éstas, que son bendecidas por el sacerdote, son encendidas por los parroquianos durante la procesión y, cuando acaba la ceremonia, no las dejan en la iglesia para el culto sino que, como están bendecidas, se las llevan a casa, donde son celosamente guardadas, para volver a  encenderlas cuando la ocasión lo requiera: cuando hay tormenta, para que proteja a la casa y a las personas de los rayos; si algún familiar o amigo se pone enfermo, para pedirle al cielo que se recupere; en caso de pérdida de alguna cabeza de ganado, para que aparezca…en esencia, cuando alguna calamidad ronda a la familia ( esto apenas se hace ya en el presente, pero era una constante en el pasado ya que buscar el apoyo de la divinidad daba mucha confianza a nuestros abuelos y abuelas)

   A modo de curiosidad, destacar que, durante la procesión, los parroquianos siempre observaban  con atención la llama de las velas que acompañaban a la Virgen en las andas; que solían ir colocadas en unos pequeños faroles; cuando aguantaban la totalidad del recorrido sin apagarse, esto era considerado por la gente un signo de buen augurio para todo: las cosechas, la salud... Al ser cuatro los farolillos, si se apagaba solo uno, la cosa era pasable y apenas causaba preocupación alguna en la grey; si lo hacían dos, el asunto aunque empezaba a complicarse un poco, como aún quedan los otros dos encendidos, los asistentes entendían que aún podían seguir razonablemente tranquilos; en cambio, si se apagaban tres, eso ya no auguraba nada bueno y era motivo de gran recelo, pensando que alguna desgracia estaba al caer. Lo peor de lo peor, era cuando se apagaban los cuatro; entonces, había que echarse a temblar ya que era signo de que las desgracias, irremediablemente, iban a venir en cadena: habría malas cosechas, la suegra de alguno estaba pensando ir a vivir a su casa, alguna epidemia estaba a punto de llegar...- en el 2020, cuando llegó el coronavirus a España, estoy seguro que ese año  debieron apagarse todas las velas-. 
 
    El caso es que, con más o menos farolillos encendidos o apagados, mientras los cargadores de la imagen avanzaban por el interior del templo, los asistentes, aún con sus velas encendidas, cantaban una canción específica para el evento que comienza así: 

Hoy día de las Candelas,
el segundo de febrero,
salió a misa de parida, 
María madre del Verbo 

   A esta primera estrofa le seguían muchas más; de modo que, cuando las personas que cargaban la imagen, aunque realizaban el recorrido por el templo muy despacio...con solemnidad, una vez que llegaban junto al altar, depositaban la imagen en el sitio reservado para ello, los feligreses aún seguían cantando un buen rato, pues la canción es bastante larga. 

  Otra de las características que reúne esta fiesta es que, en muchos pueblos, durante la tarde-noche se hacen hogueras en la calle; como las hogueras también son conocidas, popularmente, como candelas, es ahí donde algunos quieren encontrar el origen del nombre de la fiesta: Día de las Candelas; otros, en

cambio, recurren a argumentos de corte teológico y lo explican de una forma muy bonita afirmando que Jesús vino al mundo a darnos luz, a iluminarlos para ofrecernos un nuevo amanecer; siendo éste el motivo de que este día también sea conocido como la Fiesta de la Luz. 

    Por último, están los antropólogos, unos señores/as que estudian al ser humano, con sus rarezas incluidas, basando sus estudios en la ciencia (textos, hallazgos arqueológicos, estudio de comportamientos sociales de los pueblos y culturas...), y la conclusión a la que han llegado, buscando el origen de la Fiesta de las Candelas, es que, como siempre suele suceder en las celebraciones, tanto de carácter religioso como profano, casi nunca asistimos a un hecho original; todo está basado en acontecimientos anteriores. 
   En el caso de esta celebración, debió resultarles bastante fácil indagar en sus orígenes ya que no hay que remontarse a muchos milenios atrás para encontrarlos, sino a la antigua Roma, en los primeros siglos de nuestra era, donde hallaron similitudes muy sospechosas entre nuestra fiesta de las Candelas y otra fiesta que celebraban los antiguos romanos, a mediados de febrero, conocida como fiesta de “Las Lupercales” o Lupercalia. 

   Las Lupercales, era una celebración que se realizaba en honor a la fecundidad, tanto de las personas como de la Naturaleza, siendo una festividad de todo incluido, algo así como alcohol, sexo y rock and roll, pero acorde a la época. Las fiestas romanas, todo hay que decirlo,  no se quedaban atrás si las comparamos con muchas fiestas actuales, ya que,  durante las Lupercales, había comida, vino, música y “lo otro”, (cuando hablo de “lo otro”, no me refiero que se juntaran para rezar, pues, entre otras cosas, aún no se había inventado el rosario). 
    Uno de los actos que tenía lugar durante la Lupercalia era una procesión con antorchas, de ahí la similitud que encuentran los estudiosos del tema con nuestra procesión de las Candelas, aunque el parecido sólo queda en eso, ya que la procesión romana, más que religiosa, parecía un desfile de carnaval. 

   Resulta que en esa época, las etapas finales del imperio romano, convivían en Roma cristianos, no cristianos y gente que estaba  a medio camino entre ambos credos, y todos, sin distinción, acudían a la fiesta de las Lupercales y se lo pasaban muy bien  ante el enojo de los primeros patriarcas cristianos que no veían con buenos ojos este tipo de fiestas, y menos aún que los cristianos participaran en ellas. 
   Entonces, ya existía la figura papal, con sede en Roma, y los papas de entonces, que eran contrarios a estas bacanales, intentaron acabar con el jolgorio, siendo el papa Gelasio -no confundir con Gervasio- el que decidió abolir la fiesta de las Lupercales; pero el senado romano, que era la autoridad civil del momento, no le hizo caso alguno aduciendo que la fiesta era buena para los ciudadanos ya que “las fiestas eran fundamentales para la seguridad y el bienestar de Roma. Vamos, que no querían líos con el pueblo (una actitud muy similar a lo que sucede con las autoridades actuales, viendo  la pasividad que muestran para controlar los botellones en la calle).
 
  En vista de que el poder civil se resistía a aguarles la fiesta a los ciudadanos, Gelasio determinó que los cristianos harían su fiesta aparte, en este caso mucho más comedida, acorde a los principios  cristianos, tomando un cariz exclusivamente religioso y espiritual -vamos, que a los cristianos se les acabó lo bueno-, y aprovechando que la purificación de la Virgen había tenido lugar en febrero, y que Lupercalia se celebraba también ese mismo mes, fundó nuestra fiesta eligiendo como protagonista, obviamente, a la Virgen María. 

   Evidentemente, no estamos hablando de sucesos prehistóricos, carentes de pruebas documentales que avalen estos hechos, sino de una época civilizada donde sí hay constancia escrita de lo sucedido; sin embargo, mientras que algunos historiadores afirman que Gelasio fue quien finalmente abolió las Lupercales, después de una larga disputa con el senado romano, reemplazándola por la  Purificación de la Virgen y así evitar que los cristianos romanos se condenaran y fueran derechitos al infierno, otros investigadores afirman que no hay ningún registro escrito donde conste que el papa Gelasio hubiese querido abolir ni reemplazar la fiesta de las Lupercales, y menos aún que fuese el artífice de la fiesta de la Purificación de la Virgen. 

   En cuanto al destino de las palomas que recuperaban ese día la libertad, con motivo de la ofrenda, hay que aclarar que eran palomas domésticas; de modo que, una vez se veían fuera de la jaula, "no es que recuperaran la libertad perdida y se dedicaran, desde ese día, a surcar con su rápido vuelo los azules cielos del lugar", sino que regresaban al palomar de su dueño.

martes, 4 de enero de 2022

Etnografía para niños (como yo)

   
   La forma de celebrar la navidad ha evolucionado mucho a lo largo del tiempo, tanto, que el sentido religioso que la originó ha quedado relegado a un segundo plano. El problema llega a tal punto, decía alguno, que a la Misa del Gallo ya no va ni el gallo. 
    La televisión, internet y el resto de medios de comunicación audiovisual, unido a la facilidad para viajar por el mundo…en resumen, la globalización, han determinado que el modo de celebrar la navidad sea bastante homogéneo aquí y en los países de nuestro entorno tomando como modelo ¡cómo no!, las costumbres norteamericanas. Cómo será la cosa, que ,antes, poner un árbol de navidad en el exterior de las casas y adornar sus fachadas, profusamente, con luces de todos los colores, era algo que solo veíamos en las películas de aquel continente y este año, en un pueblo, una noche fui a una casa y era tal el espectáculo de luz que los dueños habían montado en la fachada, que, cuando llamé a la puerta y me abrieron, estuve a punto de decirles ¡Good Nigth!, en vez de ¡Buenas noches! 

   Sin embargo, en épocas no tan lejanas, la celebración de la navidad tenía en cada lugar sus peculiaridades, como sucedía en nuestro pueblo donde, paralelamente a la fiesta religiosa, se celebraba la fiesta profana en la que una de sus manifestaciones consistía en cortar un árbol en el campo, llevarlo al pueblo y plantarlo en el medio de la plaza. 

   Unos veranos atrás, en Asturias, pasé por una aldea próxima a Oviedo, en una plazuela vi  plantado un árbol alto y recto, y no es que hubiera nacido allí. La gente del lugar había iba al campo, seleccionado un buen chopo -el pueblo estaba rodeado por unas magníficas arboledas -lo habían cortado por su base, habían recortado sus ramas dejando su tronco completamente liso, y, tras cavar un hoyo en el suelo, lo habían plantado en aquel lugar. 
   Un lugareño, me informó que era una ancestral costumbre, en aquel pueblo, la víspera de San Juan, plantar todos los años en la plaza “el árbol de San Juan”, un acto que iba asociado al encendido de una hoguera. El ritual, en su conjunto, era conocido como hacer “la Joguera” (quiero creer que hablaba de “la hoguera” aspirando la hache).
   Este acto de plantar un árbol durante unos días dentro del pueblo, cerca de sus habitantes, se hace en muchos lugares de nuestra geografía como Galicia, Asturias, Castilla, León, La Mancha, Aragón y en otras regiones (yo una vez pude verlo en un pueblo de la Sierra de Gata, al norte de Cáceres). 

   Mientras que en unos lugares el ritual se hace, o se hacía (casi siempre hay que hablar en pasado) la noche de San Juan, a comienzos del verano, como en aquella aldea asturiana; en otros sitios esto sucede al comienzo del invierno eligiendo un día cercano al 21 de diciembre; en ambos casos, las fechas no están elegidas al azar, sino que están relacionadas con los solsticios de verano e invierno. 
   En otros pueblos, en cambio, plantan su árbol la noche del 30 de abril para recibir al mes de mayo; siendo conocido, en estos casos, como árbol mayo, y el acto de colocarlo: plantar “el mayo”. 

   Estamos ante un rito antiquísimo, una reminiscencia de cultos precristianos, en unos casos relacionados con la fecundidad de la tierra y los animales, y en otros con los ciclos de luz solar…con los solsticios. 
   A lo largo del año, tenemos el solsticio de invierno y el de verano. En el hemisferio norte, el solsticio de invierno tiene lugar el 21-22 de diciembre; en esta fecha, el sol alcanza su cenit en el punto más bajo del horizonte siendo el día con menos horas de luz; a partir de entonces, la claridad de los días va alargándose progresivamente en detrimento de la oscuridad de las noches hasta el solsticio de verano (21-22 de junio), el día más luminoso del año, invirtiéndose entonces el proceso hasta el siguiente solsticio de invierno, cerrándose así el ciclo anual solsticial. 

   En aquellos lugares donde aún practican este rito de plantar un árbol dentro del pueblo, si preguntas a la gente el motivo de su realización, casi todos contestan que es una costumbre que se ha hecho desde siempre y esa es suficiente razón para ello, sin importarles demasiado su origen. 
   
   Esta costumbre, es un claro vestigio de dendolatría, la veneración que sentían nuestros antepasados más remotos por los bosques en general, y los árboles en particular. 
   En la antigüedad, en Europa, estuvo muy difundido el culto a los árboles, los bosques y los espíritus que los habitan, por parte de los pueblos germánicos, eslavos, celtas, iberos, celtíberos, e incluso por los civilizados griegos y romanos, perdiéndose los orígenes de esta tradición en la noche de los tiempos –una forma elegante de decir que ignoramos el inicio de algo – 

    Antes de que existieran las modernas religiones, nuestro credo, el cristianismo, es muy joven. “apenas” tiene 2021 años";  por lo tanto, “antes de que Dios anduviera por el mundo”, nuestros antepasados, durante muchos miles de años, no tenían los dioses modernos que tenemos ahora y creían en una serie de fuerzas superiores que regían sus destinos, eran “sus dioses”. 
   Los celtas, el primer pueblo que ocupó nuestro territorio, del que existen referencias escritas, tenían una caterva de divinidades: el sol, la luna, ríos, fuentes, montañas y otros accidentes orográficos…, y también rendían culto a los árboles. 
   Los historiadores romanos, que escribieron sobre este particular, hablaban de los bosques sagrados celtas, casi siempre robledales, y de las ceremonias que realizaban los druidas: solicitar buenas cosechas en mayo; adorar al sol durante el día más largo (Solsticio de Verano), ayudar al sol a renacer (Solsticio de Invierno) -yo no puedo confirmar que esto ocurriera realmente así, ya que, aunque no soy joven, esto sucedía hace unos 3000 años, siglo arriba, siglo abajo, me pilla lejos, y no estaba allí para verlo, pero los estudiosos del tema así lo cuentan-. 

   Cuando hizo acto de presencia el cristianismo, sus inicios fueron muy modestos; al principio, sólo eran doce (los apóstoles) y el Jefe: Jesucristo, y les costó arrancar, pero pronto fue ganando acólitos, creció espectacularmente y en el siglo III pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano proclamando la existencia de un único y verdadero Dios, tachando de paganismo la adoración de las múltiples divinidades de los no cristianos (en pocas palabras, el que no fuera cristiano “se la estaba jugando”). 

   El caso es que, aunque se elaboraron los correspondientes edictos, con mucha solemnidad, la verdad es que nuestros antepasados, en sus pueblos, con las comunicaciones que había: sin carreteras, correo, televisión, teléfono, radio, ni internet, seguramente ni se enteraron de tales prohibiciones. 
   Pasaban los siglos, y nuestros antepasados “los herejes”, si tuvieron conocimiento de la nueva normativa, en materia religiosa, hicieron caso omiso del asunto pues las autoridades cristianas continuaron persiguiendo y amenazando todo lo que pareciera idolatría, unas veces con las llamas del infierno y otras con las de la tierra; así, en el  Concilio de Toledo (año 661); se anuncia la persecución y castigo de “los adoradores de los ídolos, los que veneran piedras y dan culto a árboles y fuentes”.
  En Portugal, la Câmara de Lisboa, que por lo visto también se dedicaba a estos menesteres, allá por el año 1283, prohibió celebrar la Fiesta de los Mayos. 

    A pesar de ello, nuestros antepasados continuaron, a lo largo del tiempo, plantando todos los años un árbol en los pueblos, una tradición que en Barrueco se vino haciendo, el día de Nochevieja, hasta mediados del siglo pasado. 
   En nuestro pueblo, si consideramos que el acto se desarrollaba la tarde-noche del 31 de diciembre, evidentemente, no era para recibir al mes de mayo como ocurre en otros lugares; por ello, obviamente, no podemos decir que plantaban un mayo. Si lo hacían recibiendo al nuevo año, estimo que es más apropiado llamarle el “Árbol de Año Nuevo”.
    
   En Barrueco, hasta comienzos de la década de 1950, los encargados de ir al campo a cortar un árbol, transportarlo en un carro tirado por ellos mismos, alisar el tronco y cortarle todas las ramas, excepto un pequeño peñacho que dejaban en la parte superior, eran los quintos del año - aquí, para enojo de los señores/as de Podemos/as, no podemos incluir a las quintas, ya que entonces sólo los varones eran “los agraciados” con la obligación de cumplir el servicio militar-. 
   La "plantá” del árbol, antes de que hubiera luz eléctrica, supongo que tenía lugar la tarde del último día del año, aprovechando la luz del día; por estas fechas, anochece pronto, alrededor de las seis y media de la tarde, y, aunque existe la posibilidad de que el acto pudiera celebrarse a la luz de una hoguera dándole al ritual un aspecto más mágico y de gran belleza plástica, nuestros antepasados serían antiguos, pero no tontos, por ello, creo que, antes de que llegara la noche, el árbol ya estaba colocado en su sitio “alzando inhiesta su esbelta figura hacia el cielo”, como diría el poeta. 

   Los quintos, además, ataban un gallo en la parte superior del mismo, colocando también un letrero con el siguiente mensaje: “kikirikí, un año llevo aquí". Si esto sucedía la tarde del 31 de diciembre, y el árbol era retirado la tarde del día siguiente, 1 de enero del nuevo año; si nadie conseguía subir al árbol y rescatar el gallo antes, cuando lo quitaban y éste era bajado de su atalaya, efectivamente, había estado allí desde el año anterior (lo bien que lo hubieran pasado los animalistas criticándonos, si hubieran existido entonces y se hubieran enterado de las peripecias del pobre gallo)
   
   Los maltratadores de aves, en la plaza, también hacían una hoguera, con leña que habían acarreado previamente, que ardería durante toda la noche ya que iban a permanecer allí, amparados por el calor y resplandor que desprendían las llamas, hasta el amanecer; pasaban el tiempo asando chorizos, comiendo dulces, bebiendo vino u otros licores, cantando, e invitando a todo aquel que pasara por la plaza. 
   Aunque a ratos faltasen algunos, siempre permanecía algún componente del grupo manteniendo la hoguera y cuidando que nadie trepara hasta lo alto del árbol y se llevara el gallo, pues si alguien conseguía hacerlo y liberarlo, pasaba a ser de su propiedad. 
   Cuando llagaba la hora de su retirada, el árbol era troceado y la gente tenía mucho interés en llevar una porción del mismo a sus casas; aunque era mágico y había sido llevado al pueblo para proteger a toda la comunidad, quien tenía un trozo del mismo en su domicilio debía sentirse más seguro aún. Los tocones que llevaba la gente hasta sus domicilios, eran quemados y sus cenizas, posteriormente, esparcidas en las huertas para aprovechar sus efectos benefactores y así obtener buenas cosechas. 
   En cuanto al pobre gallo, que llevaba “un año allí”, acababa en la cazuela; lo comían los quintos si es que alguien, aprovechando algún descuido de estos, no había trepado al árbol y se lo había llevado. 
 
   Esta tradición estuvo sin efectuarse varias décadas, hasta que a mediados de la década de 1970, no recuerdo exactamente el año, los quintos de entonces, la noche del 31 de diciembre, volvieron a repetir el ritual, esta vez sin gallo ni letrero, siendo la última vez que se hizo; en cambio, la hoguera que se hacía en la plaza, durante la Nochevieja, aún siguió realizándose durante muchos años.


  La desaparición de esta costumbre milenaria, que persistió en el tiempo a pesar de los esfuerzos que la iglesia hizo para que desapareciera, no hay que considerarla ni buena ni mala; simplemente, obedece a la evolución natural de las cosas.
    A pesar de que ya no hay quintos que planten en el medio de la plaza todos los años un chopo, y de que la gente sea descreída y haya perdido la fe en el dios sol, en los espíritus arbóreos, e incluso en Dios, la magia de los árboles sigue vigente. 
   Si consideramos que nos proporcionan el oxígeno que respiramos, nos alimentamos con sus frutos, son un excelente combustible para cocinar y darnos calor en invierno, con su madera podemos construir viviendas y muebles, así como instrumentos de trabajo, ocio y un sinfín de utilidades más, ¿ cómo puede extrañarnos que los primeros pobladores los adoraran? 
   Si los dendólatras fueron tachados de herejes por ese motivo, yo, confieso que debo ser uno de ellos. También venero a los árboles a mi modo : me encanta la fruta.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Cosas de la caza

 


   Actualmente, en España, a los curas podemos considerarlos un bien escaso, las vocaciones viven sus horas más bajas y los seminarios diocesanos están casi vacíos; esto, ha dado lugar a que, tanto en las ciudades, como en el medio rural, sea bastante común que un sacerdote esté al cargo de varias parroquias.

   Este es un fenómeno relativamente nuevo, ya que tiempos atrás había muchos seminaristas, un buen número de ellos terminaban su formación religiosa y acababan siendo sacerdotes. Los obispos, a veces, incluso tenían dificultades para “colocar” a sus subordinados en las distintas parroquias, pues todas estaban ocupadas por el correspondiente titular, pudiendo permitirse el lujo de  nombrar coadjutores, sacerdotes que ayudaban al párroco titular en sus funciones, en los pueblos con mayor población, e incluso “exportar” sacerdotes a ejercer su labor pastoral a otras diócesis o países más necesitados de religiosos, que nosotros.

  En todas las profesiones existe un estereotipo de cómo debe ser el profesional que se dedica a una determinada actividad, pero siempre hay algunos personajes que escapan a esos cánones preestablecidos y los curas no son ajenos a ello. 

   Últimamente, asistimos al caso de un obispo que tiene una novia y se quiere casar con ella –hablo del antiguo obispo de Solsona (Lérida) y no de otro-  que ha estado recientemente de actualidad en la prensa, la radio y la televisión;  pero no siempre se trata de casos tan extremos, hay algunos curas que, debido a determinadas aficiones o actividades, llaman la atención del vecindario como ocurría en nuestra comarca con el cura de los saltos de Saucelle y Aldeadavila. Este hombre, tenía la particularidad de ser gran aficionado a los coches. Mientras que los compañeros de los pueblos vecinos tenían automóviles bastante modestos y procuraban que les durasen todo posible, como el resto de la gente, él siempre circulaba en unos vehículos  estupendos y cambiaba frecuentemente de modelo, causando gran envidia entre los compañeros y resto del paisanaje.

   A su favor, hay que decir que viajaba continuamente entre los dos saltos, por carreteras muy difíciles, varios días a la semana, y hacía muy bien en tener el mejor automóvil posible para sus desplazamientos.

   La gente comentaba, en broma, que poseía un segundo coche, un “Seat Seiscientos” que lo reservaba para las ocasiones en que tenía que ir al obispado, con el fin de pasar desapercibido y evitar que “su jefe” se enterara de que “el cura de los saltos” era quien tenía el que mejor automóvil de toda la diócesis.

  Bueno, otro de los curas que se salía un poco del "prototipo", tenía la particularidad de ser muy cazador. Con una afición desmedida para la caza, para él el año se dividía en dos épocas: Veda abierta (hábil para cazar), y Veda cerrada, de modo que, cuando llegaba esta última, contaba los días que faltaban para que se abriera el siguiente período hábil para cazar

   Comentaban los feligreses que en aquel pueblo había dos tipos de misa. En los  períodos inhábiles para cazar, las homilías duraban habitualmente de 30 a 45 minutos, ya que el cura las oficiaba sin prisa; subía al púlpito para dirigir la palabra a los feligreses y les soltaba unos sermones 

Durante la veda subía al púlpito


tremendos, hablándoles de lo divino, de lo humano y de más cosas; en cambio, cuando se levantaba la veda, como tenía que ir a cazar, las misas eran más breves; entonces, ni siquiera subía al púlpito dirigiéndoles unas breves palabras a los parroquianos desde el altar, a pie de suelo; estas misas sólo duraban entre 15 y 20 minutos, cosa que encantaba a la grey ya que, como el período de la caza menor suele coincidir con la temporada invernal y las iglesias entonces siempre estaban muy frías, la brevedad de las homilías era un valor muy apreciado por el vecindario.

    Nuestro cura, habitualmente, salía a cazar con otros compañeros; pero los días festivos, a pesar de que la envidia es uno de los Pecados Capitales, confesaba sentirla a veces hacia el resto de la cuadrilla debido a que, mientras que los demás podían madrugar y al amanecer ya estaban recorriendo el campo a la búsqueda de liebres, perdices y conejos, él, como tenía que cumplir con sus obligaciones pastorales, debía quedarse en el pueblo para celebrar la misa dominical; de modo que, aunque abreviara todo lo posible la misma, hasta cerca del mediodía  no podía incorporarse a su afición.

   Uno domingo de otoño, en plena era temporada hábil para la caza, este hombre, tras decir la misa, breve como era habitual en esta época del año, nada más acabar la homilía se dirigió a su casa, cambio el “atrezzo” de sacerdote por el de cazador, recogió al perro que tenía, así como la escopeta, y a toda prisa salió al campo para aprovechar la tarde, ya que a estas alturas del año anochece pronto, con la esperanza de cruzarse con alguna buena pieza que llevar al morral. 

  Él tenía su propio código ético en lo referente a los animales que cazaba y, aunque muy ecológico no es que fuera, ya que al fin y al cabo mataba todo lo que podía, era bastante acorde con su condición de religioso. El destino de las presas cazadas era el siguiente: cada vez que volvía de una jornada de caza, sólo conservaba una de las piezas abatidas. El ama que tenía, que era una gran cocinera, la preparaba, y entre los dos, tan ricamente, se la jalaban, En cuanto al resto, unas veces las regalaba a la gente no cazadora y otras se las vendía al carnicero del pueblo, a bajo precio, empleando el dinero que obtenía  en comprar velas para la iglesia. Él decía que los animales eran obra del Creador y por ello no podía obtener ganancia alguna con la venta de las piezas cazadas.

   El caso es que aquel día la cosa iba rematadamente mal, llevaba más de dos horas caminando campo a través; el perro, aunque rastreaba continuamente el terreno, no levantaba pieza alguna, y llegó a la conclusión de que por el paraje que había elegido aquel día, ya debían haber pasado previamente otros cazadores, por lo que los animales  que no habían caído bajo los disparos, habían huido hacia otros lados más seguros.

   Llamó al perro, se sentó en una peña a descansar, sacó el bocadillo que le había preparado el ama, y se puso a comer tras el infructuoso recorrido que había hecho hasta entonces, a la par que reflexionaba sobre cómo iba desarrollándose la cacería. 

   Aunque era un día con cielos claros, el sol de otoño, a estas alturas del año, calienta poco; además, corría en aquellos momentos un vientecillo fresco del norte, un cierzo que no resultaba agradable, pero la gruesa zamarra que llevaba le protegía debidamente y estaba a gusto allí, descansando en mitad del campo, tras la larga caminata; si a ello sumamos que el paisaje era bonito y que pasear es una actividad magnífica, podríamos pensar que eso era suficiente motivo para estar satisfecho, pero sus pensamientos no iban en esa dirección precisamente. Él había salido a cazar, no a hacer senderismo, y de momento no había pasado de hacer esta  segunda actividad. 

  Un auténtico cazador, si sale con la escopeta y el perro al campo, no es para pasear, es para experimentar la emoción de la caza; es para ver cómo salen ante él, ya sea corriendo o volando, a toda prisa, conejos, liebres, perdices...; es para empuñar la escopeta, apuntar con rapidez, calcular la velocidad y la trayectoria de las presas, y disparar. Son unos instantes de emoción, difíciles de explicar, que no los cambia por nada en el mundo. Y no digamos cuando acierta y el perro le acerca la presa  abatida. Él había salido al campo a sentir todo eso y hasta ese momento sólo sentía decepción. 

  Ante las malas expectativas que tenía el asunto -más de dos horas de camino, sin haber podido realizar ningún disparo- estaba muy insatisfecho y, pensando... pensando, de pronto le vino la inspiración (dudo mucho que le llegara por parte del Espíritu Santo en forma de paloma, ya que, con las ganas que tenía de cazar algo, estoy seguro que le hubiera disparado) y tuvo una idea que le permitiría evitar tener que volver a casa de vacío. Aprovechando que estaba solo y nadie le veía, decidió hacer uso de su condición de religioso, con enchufe directo con el cielo, para solicitar la intercesión de alguna divinidad con el fin de que ésta le echara una mano con la caza.

   Estaba próximo el día de la Inmaculada Concepción y, como tenía en la iglesia una imagen de esa virgen, decidió dirigirse a ella; así que juntó las manos, dirigió su mirada al cielo y, con mucha fe, exclamó:

-          ¡Oh Señora! Haz que salga algo de caza. Si mato una perdiz se la llevo a Nano, el carnicero, y con el dinero que me dé por ella te compro una vela. Si cazo dos, las repartimos.

  No sé si la Virgen, realmente, tuvo que ver algo en ello, o todo fue fruto del azar, pero el caso es que, cuando nuestro cura cazador reanudó su recorrido y apenas había avanzado cien metros, el perro olfateó algo, echó a correr, ladrando fuertemente, entre unas escobas y el cura pudo ver cómo dos perdices levantaban el vuelo desde el suelo, con gran celeridad, al sentir el perro tan cercano.

El cazador, muy excitado, cogió rápidamente la escopeta superpuesta que tenía, con capacidad para dos disparos, y apuntó raudo a los dos pájaros que intentaban alejarse del lugar.  El primer disparo resultó infructuoso, no acertó a ninguna de las aves; en cambio, con el segundo sí tuvo éxito y consiguió abatir a una perdiz.

     A ver el resultado del lance, el cura exclamó:

-          - Hay que ver lo aprisa que vuela la perdiz de la Virgen.

jueves, 21 de octubre de 2021

El tío Contrapunto

 

    Un filósofo, es aquella persona que se dedica profesionalmente a la filosofía; esta afirmación, aunque es correcta, no se ajusta totalmente a la realidad ya que el término es más amplio y hay que hacerlo extensivo, además, a toda persona aficionada a filosofar, independientemente de que se dedique, profesionalmente o no, esta actividad.

   Filósofos famosos, a lo largo de la historia, ha habido muchos y hacer una selección de quiénes fueron los más influyentes no es una tarea fácil; si pidiésemos a dos expertos en el tema, que elaborasen por separado una relación de los pensadores más importantes que ha habido a lo largo del tiempo, ambas listas no iban a ser iguales pues cada una de ellas iba a depender del gusto de cada uno; pero quien, con total seguridad, no iba a aparecer en una lista de estas características sería el “Tío Contrapunto”, un paisano del pueblo; él no se reconocía, ni mucho menos, como filósofo, a pesar de que las circunstancias le habían llevado a tomarse la vida con filosofía.

   “Yo soy yo y mi circunstancia”, es una conocida frase de Ortega y Gasset, un filósofo español del siglo XX, que viene “que ni pintada” para entender lo que es “tomarse la vida con filosofía”; esta frase refleja perfectamente cómo vivimos las personas, enfrentándonos, día a día,  a todo tipo de situaciones, tanto favorables como desfavorables, especialmente a estas últimas; donde la paciencia y el buen humor juegan un importante papel para sobrellevar nuestra existencia, sin que el desánimo prenda en nosotros  

   Una persona que ha aprendido a tomarse la vida con filosofía, es aquella que, a la hora de enfrentarse a determinados actos o hechos, aún en las condiciones más hostiles, sabe abordarlos estoicamente, con una actitud positiva, consiguiendo así que todo ello -la circunstancia- repercuta lo menos posible en su estado de ánimo -en el yo-, algo que el “tío Contrapunto”, tras largos años de entrenamiento, había logrado a la perfección. 

    A Sócrates, un filósofo griego del siglo V a. de C, un día le preguntó un joven ateniense si era bueno casarse, y el le respondió de este modo:

 - ¡Cásate! Si te va bien en el matrimonio, serás feliz…y si no, te harás filósofo.

  ¡Quién iba a decirle a Torcuato, conocido por todos en el pueblo como el Tío Contrapunto, veinticinco siglos más tarde, que Sócrates tenía razón y no precisamente por lo feliz que era en su matrimonio!

  Se había casado a los 22 años, una edad normal para la época –entonces la mayoría de la gente lo hacía entre los 18 y los 25 -, con su novia de siempre, una chica guapa y agradable, de su misma edad, después de tres años de noviazgo; entonces, estos, generalmente, eran prolongados para que los contendientes -perdón, los pretendientes-  pudieran conocerse bien.

   Como curiosidad, resaltar que en un pueblo de la comarca hubo una pareja que mantuvo el noviazgo durante más de 50 años, cada uno viviendo en su casa, -no como ahora-, y, aunque con frecuencia hacían amagos de casarse señalando posibles fechas, siempre muy lejanas, fiándolo para largo, creo que nunca llegaron a encontrar el momento de hacerlo.

   Uno de los motivos por el que los noviazgos fueran tan prolongados, era para que las parejas se conociesen bien antes de tomar la decisión de unirse en matrimonio, algo sumamente importante ya que entonces no existía el divorcio en España –este no llegó hasta 1981-  y quienes se casaban lo hacían “para siempre”.

     Torcuato y Casilda, su mujer, al principio fueron felices o al menos quiero suponer que sí, pero a medida que pasaba el tiempo la relación fue deteriorándose progresivamente hasta unos extremos inimaginables.

    Un matrimonio, no es una unidad, es la suma de dos individualidades, marido y mujer, o compañero y compañera, si no hay matrimonio por medio; ambos, tanto física como espiritualmente, a medida que pasa el tiempo, crecen y maduran, siendo lo ideal que lo hagan paralelamente…en la misma dirección, de tal modo que ese amor inicial, ciego y apasionado, con el tiempo va, paulatinamente, transformándose en un tipo de amor más maduro y sosegado donde ambos componentes de la pareja continúan haciendo su itinerario espiritual juntos; aunque a veces la relación se deteriora, desaparece el amor, y estos caminos paralelos pasan a ser divergentes, cuando no opuestos, llegando a preguntarse los dos componentes de la pareja cómo es posible qué sigan conviviendo con una persona a la que ya no quieren. 

  Llegados a este punto, en la actualidad, la solución es fácil: se separa la pareja y cada uno inicia una nueva vida por su lado, pero esto aún no era posible en los tiempos de Torcuato y resulta que, al cabo de los años, la situación a la que había llegado el matrimonio era que Torcuato y  Casilda ya no se querían y el desapego era mutuo; pero, como no podían separarse, ni civil ni eclesiásticamente, seguían conviviendo bajo el mismo techo haciendo una vida de pareja donde los desencuentros eran continuados.

   No consta que hubiera violencia física entre ellos en ningún momento, ni que uno tuviera subyugada la voluntad del otro; habían llegado a un punto de tolerancia mutua bastante equilibrado, pero existía bastante ensañamiento psicológico de uno hacia el otro, una actividad en la que ambos se empleaban a fondo.

   El marido insistía en que el grado de encono que ella empleaba hacia él era excesivo, y tenía la seguridad de que Casilda hasta entrenaba para aprender adjetivos despectivos, con el fin de dedicárselos cuanto tenía ocasión; en cambio, ella vivía con el convencimiento de que Torcuato, a quien le gustaba mucho la lectura, leía solamente para averiguar nuevas palabras con las que ofenderla de una forma más culta.

   Evidentemente, una relación entre dos personas que no se llevan bien y que tienen que vivir “forzosamente” en la misma casa, debe ser sumamente complicada.

   La consecuencia de todo ello es que, tanto Torcuato como Casilda, necesitaban tomarse la vida con mucha… mucha… mucha filosofía.

   Largos años de convivencia, en esta situación, dieron lugar a anécdotas de todo tipo y calibre, estando el chantaje emocional, entre ambos cónyuges, a la orden del día.

  Cuentan que ella, a veces, cuando buscaba a Torcuato y no sabía adonde ido, preguntaba a las vecinas:

         -- ¿Habéis visto al indeseable de mi marido?

Otras veces, los adjetivos empleados eran: golfo, granuja, “el tonto este”, etc. 

    Él, a su vez, cuando preguntaba a las vecinas por su mujer, su frase favorita era que si sabían dónde había ido “la Trotaconventos”, una prueba evidente de que había leído el Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita.

  Un día, sonaban las campanas de la iglesia y Torcuato preguntó a un vecino que si sabía el motivo, ya que no era día festivo -Él, nunca iba a misa porque decía que fue allí, el día de la boda, donde habían empezado todos sus males- Cuando el vecino le contestó que “tocaban a casar” porque había una boda, respondió.

    - ¡Qué pena! A ver si hay suerte y algún día tocan a descasar para que pueda ir yo.

   Una tarde de verano, tras una de sus discusiones habituales, creo que ya reñían por todo - si la puerta de la calle debía estar cerrada, abierta o medio abierta y cosas así, era motivo suficiente para ello-, ella, muy enfadada, le dijo al marido que no aguantaba más y se iba a tirar a un pozo. Ante tal amenaza, él, “visiblemente afectado”, le indicó que se llevara una toalla para poder secarse, cuando saliera del mismo. Casilda, al ver el poco efecto que su arrebato había causado en Torcuato, no llegó ni a asomarse al brocal del mismo.

   En otra ocasión, una noche antes de acostarse, fue él quien amenazó a Casilda diciéndole que al día siguiente, no quiso precisar la hora, quien iba a tirarse al pozo sería él - por cierto, seguían acostándose juntos. No sé si se limitaban sólo a dormir o si, de vez en cuando, hacían un armisticio y se entretenían en otras actividades- el caso es que al amanecer, Casilda, al despertarse,  vio que el marido ya no estaba en el lecho. Como no lo veía por ninguna parte y los vecinos tampoco sabían nada de él, ante la duda de que hubiese cumplido su amenaza, fue a denunciar el hecho a la Guardia Civil. 

   Los guardias estuvieron recorriendo las huertas -entonces había muchas- buscando en todos los pozos, sin resultado alguno. A mediodía, un paisano que había ido a Salamanca a media mañana,  conocedor de la desaparición de Torcuato, llamó por teléfono a la guardia Civil del pueblo para dar aviso de que le había visto vivo y en perfecto estado de salud. Lejos de cumplir la amenaza de tirarse al pozo, había cogido el coche de línea que pasaba por el pueblo, muy temprano, para ir a la ciudad y había sido visto por el paisano en un conocido bar capitalino, dando claras muestras de que tenía mucha más afinidad por el vino y las tapas de los bares, que por el agua de los pozos.

   Otro día ocurrió... y otro……, y otro……La cantidad de anécdotas que rodearon la vida de este peculiar matrimonio son incontables, pero lo cierto es que continuaron conviviendo juntos hasta el final de sus días, “hasta que la muerte los separó”, cumpliendo literalmente las palabras rituales que dice el cura en las bodas de los matrimonios católicos.

   Conocemos como contrapunto, al contraste entre dos cosas opuestas, donde la definición de una lleva implícita la referencia de la contraria; así, el día es el contrapunto de la noche, del bien lo es el mal, de la belleza la fealdad, de la salud la enfermedad, de la alegría la tristeza… 

   La explicación de por qué Torcuato era conocido en el pueblo como “El Tío Contrapunto”, tuvo su origen en una conversación que mantuvo con uno de sus “psicoterapeutas”. 
    Actualmente, cuando alguien desea ir al psicoterapeuta, pide una cita y asiste a la consulta de este/a, pero en los tiempos de Torcuato, la cosa era más simple. Entonces, uno, generalmente, hacía psicoterapia todos los días, sin ser consciente de ello, aunque la “consulta” en estos casos era el bar. Allí, a diario, sobre todo los hombres, coincidían con los amigos y, como tenían mucha confianza entre ellos, delante de una copa de vino, se contaban sus penas -supongo que también sus alegrías- 
Ante una copa de vino


   Fue en una de estas sesiones de "psicoterapia de taberna", a las que asistía Torcuato a diario, cuando le confesó a uno de los amigos: 
    - A veces me preguntan por qué Casilda y yo nos llevamos tan mal, y eso tiene una fácil explicación: ella y yo somos el contrapunto uno del otro. 

 Nota 
    Recientemente, tuve una conversación con un abogado que lleva más de veinte años en la profesión y decía que el índice de separaciones, desde sus inicios profesionales, a la actualidad, no había dejado de crecer. Además, opinaba que el 50% de las parejas, que se casan hoy día, van a terminar separándose. ¿Excesivo? No me atrevo a opinar al respecto.

    Antes de que existiera el divorcio en España , la situación que vivieron Torcuato y Casilda era bastante común en los matrimonios. Obviamente, no hay estadísticas de la cantidad de gente que, aun deseándolo, no podía separarse porque la ley no contemplaba ese supuesto y tenían que sobrellevarlo como podían,  por ello, aún desconociendo la cantidad de afectados, ahora sí opino, seguro que fue excesiva.

martes, 21 de septiembre de 2021

Los Borregos

 

      En España tenemos varios tipos de fiestas, celebramos las fiestas nacionales, comunes a todas las regiones de España, como Semana Santa, Navidad o  los Santos; están las fiestas autonómicas, donde cada región española, intentando parecer diferente a las demás, acaba haciendo lo mismo que el resto: hacer una fiesta (la nuestra es el 23 de abril), y, por último, están las fiestas locales, propias de cada pueblo o lugar, que se celebran, casi siempre, en honor del correspondiente patrón/a.

   En nuestra comarca, estas últimas, se suceden a lo largo de todo el año. La más temprana de todas, ya en enero, es San Sebastián (Vilvestre), a continuación, empezamos el mes de febrero con San Blas (Corporario); en abril encontramos a San Jorge (Olmedo de Camaces) y a San Marcos (Cerezal); iniciamos el mes de mayo con San Felipe (Barrueco) y la Santa Cruz, ( Masueco y San Felices de los Gallegos) y, cuando llega junio llegan las festividades de San Antonio (El Milano), y San Juan ( Villasbuenas e Hinojosa).

   En verano, es cuando asistimos a la mayor concentración de festejos. En julio está San Cristobal (Guadramiro); los primeros días de agosto, en Cerralbo, festejan Nuestra Señora de los Ángeles, y, después llegan San Lorenzo (Saucelle y La Zarza), la Virgen del Socorro (Vitigudino), San Roque (Villarino), San Bartolomé (Aldeadávila), para continuar en septiembre con las correspondientes vírgenes del 8 de septiembre, y los cristos del 14, así como la virgen del Rosario, ya en octubre, que es el día elegido en muchos lugares para celebrar la Fiesta de las Madrinas.

  La lista es mucho más amplia, pero voy a dejarlo aquí.

  Aunque el origen, y motivo fundamental de estas fiestas, es conmemorar al santo, virgen o cristo correspondiente, con los oportunos actos litúrgicos, paralelamente a estos tienen lugar las celebraciones “civiles” en las que destacan, de forma notoria, los toros en todas sus formas: encierros, capeas, novilladas, corridas… pues nuestra comarca siempre ha sido muy taurina.

  Podemos asistir a espectáculos taurinos de todo tipo. Si alguien desea disfrutar de una  corrida de toros, en toda regla, puede ir a Vitigudino donde es posible ver primeras figuras del toreo, venidas a menos eso sí, pero que aún conservan toda su esencia; también podemos asistir a encierros matutinos que, aunque no son famosos como los de Pamplona, si cabe, son más divertidos que estos (los más afamados y concurridos son los de Aldeadávila, Villarino y Lumbrales - ¡ojo!, digo los más afamados, no los únicos-); y, por último, podemos asistir a novilladas y capeas que se celebran en muchos de nuestros pueblos

   Últimamente, la celebración de estas fiestas ha experimentado algunos cambios que, en algunos casos, pueden resultar incluso pintorescos; como celebrar a San Sebastián o San Marcos en agosto, o San Felipe, este año, en septiembre, que chocan un poco con la tradición.

   Las fiestas religiosas que, según la Iglesia, son inamovibles; justificada o injustificadamente, han dejado de serlo (No sé qué pensarán los santos afectados, desde “el cielo”, por haberles cambiado la fecha de su fiesta y si eso afecta a sus currículums o qué, pero hay que ser realistas y vivir con los tiempos. Supongo que ellos lo entenderán; al fin y al cabo “son buena gente”, pues para eso son santos).

  Cuando oímos el nombre de Ovidio, generalmente, lo relacionamos con el poeta romano de ese mismo nombre que, en los comienzos de nuestra era, escribió obras tan conocidas como Las Metamorfosis, y El Arte de Amar; pero, para la gente de su pueblo, Ovidio no era otro que el hijo de Casto, el carnicero.

   Actualmente, existe una normativa europea que regula todas las fases de producción de la carne; comienza en las propias fincas donde pastan los animales, vigilando la sanidad de estos;  se extiende hasta la fase final del procesado y venta de la carne, y abarca todas fases y aspectos relacionados con la producción, como el bienestar animal –el bienestar del carnicero creo que no lo menciona- ,  la higiene, transporte, funcionamiento de los mataderos, distribución de los productos, venta al público…

   Una de las consecuencias que trajo consigo esta reglamentación, fue que desapareciera en los pueblos la figura del carnicero tradicional, un profesional que antes se ocupaba de realizar todas las etapas del proceso como es la compra de la materia prima (los animales), así como de su sacrificio y posterior venta, sin que mediara intermediario alguno en todo ello.

  Casto, era uno de estos carniceros tradicionales, estoy hablando de comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, cuando aún no había comenzado a aplicarse la normativa actual; su padre, también carnicero, le había enseñado el oficio, y él, que tenía un único hijo, Ovidio, intentaba enseñárselo a éste para que pudiera dedicarse también a ello y así ganarse la vida.

 El negocio iba bien y el funcionamiento de la empresa era el siguiente: Casto era el “Jefe del Departamento de Compras” ya que era quien seleccionaba y compraba los animales, una labor que compaginaba con la “Jefatura de Producción”, pues también era el encargado de sacrificar los animales y procesar la carne ( la verdad  es que era jefe, operario y capataz a la vez, ya que no tenía empleados), mientras que su mujer, Otilia, era la “Jefa de Ventas” y “Administradora General de la empresa”, ya que se encargaba de vender los productos en la carnicería y llevar la contabilidad.

  En cuanto al hijo, Ovidio, alguien podría pensar que le correspondería ser subjefe de algo, en el escalafón, pero eso aún estaba por llegar ya que, aunque ayudaba al padre y a la madre, de buen grado, en sus correspondientes menesteres, no se implicaba demasiado en el aprendizaje del oficio.

   A los padres, lógicamente, les preocupaba mucho el futuro del hijo; en cambio, las preocupaciones   de éste iban por otro camino, y se dedicaba a estas últimas con gran entusiasmo. Su filosofía de la vida consistía en vivir el presente, sin preocuparle en absoluto el futuro, de modo que su principal actividad, a la que se dedicaba en cuerpo y alma, no era otra que divertirse al máximo y no se perdía ninguna de las fiestas que tenían lugar en los pueblos de la comarca.

    (Aunque a los jóvenes de hoy la actitud de Ovidio puede parecerles muy normal, ya que muchos de ellos se incorporan al mercado laboral muy tarde y siguen conviviendo con los padres hasta pasados los treinta, e incluso hasta edades más avanzadas; en aquellos tiempos, un chico de 21, que era la edad de Ovidio, era ya muy común “que volara solo”).

  Cuando a alguien le gusta mucho un lugar o un paisaje, es frecuente oírle decir: “Si un día me pierdo, que me busquen en tal o cual sitio, que allí me encontrarán”. Esto, si lo trasladamos a Ovidio, podríamos decir que, si un día se perdía, no era necesario indagar demasiado para encontrarlo, pues todo el mundo sabía que si había fiesta en algún pueblo de la comarca, indefectiblemente podían encontrarle allí, ya que acudía a todos los festejos.

   Su padre, para el negocio, había comprado una furgoneta Citroën Dos Caballos, que entonces eran muy populares, y en la misma había encargado que le pintasen, con grandes letras, lo siguiente: “Carnicería Casto”, con el nombre de su pueblo debajo. Él, no tenía carnet de conducir y el conductor

habitual de la misma era su hijo.

 

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El vehículo era empleado para transportar animales vivos, podríamos pensar que sólo viajaban en él corderos, cabritos u ovejas, pues el tamaño de la furgoneta no daba para más, pero Ovidio, que era muy habilidoso para estas cosas, se las arreglaba para meter también terneras.

  Como entonces muy poca gente tenía coche, cuentan que, en alguna ocasión, llevando en la furgoneta una ternera, el joven recogió a algún vecino que iba caminando por la carretera, para acercarle al pueblo. Éste, contento y agradecido, una vez  sentado en el sitio del copiloto, sin haberse fijado en la carga, se llevó un susto tremendo al escuchar un mugido a tan solo unos centímetros del oído.

   Otras veces, cuando alguien se cruzaba en la carretera con el vehículo, veía dos cabezas en su interior: a Ovidio, y una cabeza sobresaliendo encima del otro asiento delantero. Aquellos con quienes se cruzaba en la carretera, desconocedores de las habilidades de chico para transportar ganado, en ningún momento pensaban que una ternera pudiera viajar en tal vehículo y acababan convencidos de que el hijo del carnicero iba acompañado por otra persona. Comentan que alguno llegó a decir:

    -      No sé quién iba hoy con Ovidio en la furgoneta, pero ¡qué feo era!


  El joven, que era muy extrovertido y dicharachero, se lo pasaba muy bien en todos los lugares a donde fuese; en cambio los progenitores, que ejercían de padres tolerantes (resignados más bien, -al fin y al cabo, era el mejor hijo que tenían. Y el único-), no ganaban para disgustos.

  Aunque el padre había comprado la furgoneta para el negocio, Ovidio la empleaba para éste y para otros menesteres, sobre todo para “los otros”, pues usaba el vehículo para ir a todas las fiestas. Lo único positivo que se podría extraer de todo ello, es que, gracias al letrero escrito en la misma, en todos los pueblos de la comarca sabían que en el pueblo X había un hombre llamado Casto que tenía una carnicería, porque el coche recorría todos los lugares.

   Cuando le preguntaba a Ovidio alguna mujer mayor, si él era Casto. Siempre respondía con la misma letanía:

  -   ¡Pues claro que soy casto! ¡Mucho más de lo que yo quisiera!

 

En cambio, cuando la preguntaba procedía de una mujer joven, la respuesta tenía otro matiz:

- Sí, soy casto. Pero cuando quieras, dejo de serlo.

 

Si el curioso era un hombre, la respuesta era muy diferente:

   -      No señor, Casto es mi padre

Un día de finales de agosto, era la Fiesta del Toro en Vilvestre (esta fiesta creo que no tiene fecha fija y suele coincidir con el último fin de semana de ese mes); la Guardia Civil estaba de vigilancia en un cruce que carreteras que hay antes de llegar a este pueblo, y, ¡cómo no!, vieron acercarse la furgoneta de Ovidio que se dirigía a la fiesta.

Las furgonetas Citroën "Dos Caballos", tenían la particularidad de que sus amortiguadores eran muy blandos y, si se cargaba excesivamente la parte posterior del vehículo, se desequilibraban rápidamente elevándose la parte anterior. Daba la sensación de que, de un momento a otro, iba a ponerse a volar tal como hacen los aviones al iniciar el despegue; por lo que de lejos se sabía cuándo iban cargadas y cuando no.

   Los guardias conocían sobradamente el vehículo, así como a Ovidio, ya que pertenecían al puesto del pueblo donde éste residía y, aunque entonces no se hacían pruebas de alcoholemia, no eran obligatorios los cinturones de seguridad, y tampoco había radares para controlar la velocidad, existían otras posibles infracciones que había que vigilar, como es el exceso de carga u ocupantes, y aquella furgoneta que se acercaba, podía percibirse de lejos que iba muy cargada.

  Al llegar a la altura de los guardias, estos hicieron indicaciones al conductor para que parara, y vieron a Ovidio y a otra persona ocupando los asientos delanteros.

-     ¡Hola!  ¡Aquí trabajando! ¿No? Saludó Ovidio a la pareja, despreocupadamente.

 

Como pertenecían al cuartel del pueblo, conocía sobradamente a los dos guardias.

      Estos, antes de contestar, miraron a través de la ventanilla del conductor el interior del  vehículo, para ver qué carga llevaba, y vieron que una cortinilla impedía ver la parte posterior del mismo.

   ¡Qué tipo de carga lleva usted! Preguntó uno de ellos


 Los guardias civiles, solían actuar así, para sorpresa de los paisanos. Cuando no estaban de servicio, trataban con familiaridad al paisanaje; pero cuando sí lo estaban, se mantenían serios y guardaban las distancias, aunque estuvieran ante personas conocidas (el deber es el deber, se justificaban ellos).

-       Son unos borregos que ha comprado mi padre esta tarde. contestó Ovidio. Como los va a matar mañana temprano, por eso no los he bajado del coche.


   En ese momento, como si se hubieran sentido aludidos, comenzaron a balar en la parte posterior de la furgoneta los borregos, y Ovidio siguió hablando.

-   ¿No los oís? Al haber parado, los pobres deben pensar que ya los quieran matar, y se han asustado.

- Los va a matar tu padre mañana, ¿y te los llevas de fiesta? Preguntó uno de los guardias, sumamente extrañado.

-     Sí, contestó Ovidio con naturalidad. Pero sólo vamos a estar un rato y nos damos la vuelta pronto. Si los hubiera soltado, mañana muy temprano tendría que ir a recogerlos al prado; por eso no los he sacado de la furgoneta.

 

 (Hoy día, de acuerdo a las normas de bienestar animal, el hecho de tener encerrados a unos borregos en la furgoneta, en tan poco espacio, toda la noche, podría ser motivo de sanción; pero ese tipo de sanciones, entonces, aún, no estaba contemplado)

 

   Los borregos seguían balando, atropelladamente, todos a la vez, y de pronto, ante el asombro de todos, tanto de los guardias civiles, como de Ovidio y el acompañante, se oyó una fuerte carcajada en la parte posterior del vehículo, tras la cortina que ocultaba “la mercancía”.

 

   Que unos borregos balen asustados, porque intuyen que cuando los separan del rebaño y los meten en un espacio cerrado y estrecho, no es para nada bueno, es comprensible; pero que uno de ellos sufra un ataque de risa ya no lo es tanto; así que los guardias le ordenaron a Ovidio que bajase de la furgoneta y abriese el portón trasero, para ver a “los asustados animales”.

   Ellos, sospechaban desde el principio que la cortinilla puesta, estratégicamente, para separar los asientos del conductor y copiloto, de la parte posterior de la furgoneta, no formaba parte del “mobiliario habitual” de ésta, sino que había sido colocada allí, intencionadamente, para ocultar algo; además, desde lejos, era evidente que venía con mucha carga atrás, por lo que estaban convencidos de que si había  animales en la parte posterior del vehículo, eran de dos patas.

   Una vez que el conductor abrió la puerta trasera de la furgoneta, pudieron comprobar que sus sospechas eran fundadas.

   Ovidio había invitado a cinco amigos a ir a la fiesta del pueblo vecino; uno iba con él, adelante, y los otros cuatro lo hacían en la parte trasera de la furgoneta; ese era el motivo de que esta fuese tan cargada. Habían colocado aquella cortina, y también tapado las ventanas posteriores para impedir que los pasajeros traseros pudieran ser visibles desde el exterior del vehículo. En cuanto a los falsos balidos, también formaba parte del plan.

   Las instrucciones que les había dado el Ovidio a los amigos que iban atrás, es que, si les paraban, debían ponerse a balar lastimeramente como unos auténticos borregos.

  Con lo que no contaba Ovidio es que a uno de los “borregos” pudiera darle un ataque de risa.