Orión, es una conocida constelación fácil observar tanto en el
hemisferio norte como en el sur, y, aunque es posible verla durante todo el año,
es especialmente visible, en nuestra bóveda celeste nocturna, en invierno,
sobre todo entre noviembre y enero.
También es conocida como constelación del
cazador, ya que representa al mítico guerrero alzando su espada, enfrentándose
a Tauro que va persiguiendo a las Pléyades, y su cinturón está formado por tres estrellas muy brillantes: Mintaka, Altinak y Alminam, que también son conocidas, en el mundo de la astrofísica,
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como
las tres Marías; los antiguos egipcios, grandes conocedores de nuestro firmamento, pensaban que era el
lugar donde reposaba el alma de Osiris, uno de sus dioses más destacados.
Otras tres
Marías, mucho más conocidas, son las del Evangelio; en este caso, se trata de
María Salome, que era mujer de Zebedeo y madre de los apóstoles Santiago el
Mayor y de Juan; María de Cleofás, hermana de la Virgen María, y la propia
Virgen María, que acompañaron a Jesús en sus últimos momentos. Sobre este
particular, hay que decir que no hay un acuerdo unánime respecto a quienes
fueron exactamente estas tres mujeres, pues uno de los evangelios afirma que eran María Magdalena, la Virgen María y María Salomé; otro, en cambio, afirma que las tres Marías eran María Magdalena, María Salomé y María de Cleofás.
De una u otra
forma, son tradiciones basadas en relatos bíblicos y tampoco tienen demasiada
importancia estas disquisiciones sobre quienes eran las tres Marías que
acompañaron a Jesucristo, en su etapa final en la Tierra.
Claro que Apolinar no tenía duda alguna de
quienes eran las tres Marías de su pueblo. Él, era el clásico solterón que con
frecuencia encontramos en muchas familias, y, al ser el pequeño de los
hermanos, una vez que los demás se casaron, continuó viviendo con su madre, que
era viuda; de modo que, cuando ésta murió, continuó morando solo en la casa
familiar.
Mientras convivió
con la progenitora, su vida transcurría con total normalidad; ella se ocupaba de hacer las tareas domésticas y él siempre estaba impecable: bien vestido y alimentado, la casa siempre limpia …, todo iba sobre
ruedas; pero, desde el fallecimiento de la madre, su vida había
experimentado un cambio muy significativo, en este caso, en sentido negativo, y la cosa iba de mal en peor.
En aquellos tiempos, a pesar de que aún ni se hablaba aún de machismo en España, las labores domésticas eran una tarea exclusiva de mujeres y él, tras la muerte de la madre, siguió viviendo como si no hubiera pasado nada; pero sí que pasaban cosas ya que el polvo y la suciedad no tienen consideración con nadie, viva solo o acompañado, y, a medida
que pasaba el tiempo, se acumulaban por todos los rincones de la casa.
Su morada, cada vez estaba más sucia y las vecinas hasta hacían bromas
sobre el asunto diciendo que la casa de Apolinar era “El Palacio de las Telarañas”, también, jocosamente, comentaban que allí, si alguien caía al suelo, era imposible hacerse daño, porque, al haber tal cantidad de polvo sobre el piso, lo haría en
sitio mullido.
En fin, ya
sabemos que en los pueblos pequeños la gente a veces se aburre y todo aquello
que se sale de lo habitual es motivo de burla y escarnio. Somos “tan buena
gente”, que, a menudo, nos “preocupamos” demasiado de los problemas ajenos olvidándonos
de los propios, a pesar de que, en ocasiones, son mayores que los de nuestros
vecinos.
Apolinar, no sabía, ni quería, cocinar y
tampoco lavaba la ropa, por lo que siempre comía platos fríos y a menudo se tiraba semanas con la misma vestimenta que, obviamente, con el paso del tiempo, iba estando cada vez más sucia y deteriorada…
Él, se había
adaptado perfectamente a la nueva situación y, aparentemente, vivía satisfecho en su
“Palacio”, en compañía de las arañas, despreocupado por estas “menudencias”. Su día a día consistía en
trabajar y, cuando se terciaba, iba al “club social”, que en los pueblos no es otro que el bar, y así iba discurriendo plácidamente el tiempo hasta que un día recibió la visita de dos de sus hermanos que estaban preocupados por la forma de vivir
que llevaba.
- - ¡Apolinar!,
dijo la hermana. Esto no puede seguir así. La casa está hecha una pena. Si
llega a resucitar nuestra madre y ve cómo la tienes, se muere otra vez del
susto; tu alimentación deja mucho que desear ; vistes peor que mal, y cuando estás en casa no tienes ni un gato con
quien hablar. Antes estabas acostumbrado a comer bien y estar siempre bien arreglado
con madre, pero la pobre ya no está y esto tiene que cambiar.
-- ¡Mira Generosa!,
así se llamaba la hermana. Yo estoy bien y no me importa vivir solo. Ya lo dice
el refrán: “El buey solo bien se lame”.
- ¡Vamos a ver !, continuó hablando el otro hermano. Una
mujer se las arregla bien viviendo sola, pero nosotros los hombres, en ese
aspecto, somos unos inútiles. Así que Gene y yo hemos pensado que lo mejor que
puedes hacer es casarte.
-
¡¡Yoooooo!! ¿¿Casarme?? Respondió Apolinar, muy sorprendido,
ante lo que acababa de oír.
- ¡Sí! ¡¡Tu!! Contestó secamente Generosa. Necesitas una
mujer que te gobierne un poco y haga las cosas de la casa, y como ya eres un poco mayor para andar
buscando una novia, Bernabé, -así se llamaba el otro hermano- y yo, ya hemos
pensado en una. Sólo hace falta que aceptes . De lo demás no tienes que preocuparte en absoluto, yo hablo con ella y creo que no va a haber problema alguno.
Apolinar no daba crédito a lo que estaba
escuchando, en boca de sus hermanos. Cuando era jovencito, había salido con una
chica, pero la cosa no cuajo, tras una corta relación lo dejaron y desde
entonces nunca había vuelto a tener novia.
Se dice que el amor y la amistad no se
buscan, sino que se encuentran; y él, ni había buscado, ni había encontrado a alguien de
quien enamorarse. Las circunstancias que llevan a una persona a no encontrar
pareja son muchas. Unas veces por timidez hacia las personas del otro sexo; otras
porque “lo que quiero no me lo dan y lo
que me dan no lo quiero”; otras por vagancia mental, ya que buscar una
novia/o requiera un esfuerzo, otras por… Apolinar, no es que tuviera fobia
social, pero para relacionarse con los demás, era
más bien perezoso.
El caso es que la situación había llegado
hasta donde estaba y ahora se encontraba con que sus hermanos, haciendo de
celestinos, (obviando, descaradamente, todas
las fases de una relación hombre-mujer convencional) querían hacer un
matrimonio de conveniencia donde los presuntos novios, tanto él como ella, sospechaba
que eran los últimos en enterarse.
- Entonces, sin contar conmigo, habéis pensado que lo mejor
que puedo hacer es casarme.
- ¡Así es!, respondieron
al unísono sus dos hermanos. Creemos que es lo mejor para ti. Para enamoramientos y demás, tú ya no tienes edad.
Pero una buena mujer te vendría bien, y si encima a ella también le viene bien,
“miel sobre hojuelas”. Si os enamoráis después, eso que ganáis los dos.
- ¿Y quién es esa buena
mujer en la que habéis pensado? Preguntó Apolinar que, aunque estaba enfadado con
sus hermanos, por meterse donde nadie les había llamado, sentía curiosidad por
saber quién era la “afortunada novia” que le tenían destinada.
-
Yo he pensado en María… “la del Medio”, claro. Respondió
Generosa. Evidentemente, no te vas a casar con la abuela o con la nieta.
En el pueblo, había tres mujeres que eran
conocidas como las tres Marías y eran parientes entre sí: abuela, hija y nieta
respectivamente. La hija, María la “del Medio”, como era conocida por los
paisanos, era madre soltera, tenía una hija de 8 años, María “la Chica”, y del
padre, que era un forastero, nunca más se supo.
Esto
que hoy, afortunadamente, lo hubiéramos tomado con mucha naturalidad, hasta
mediados del siglo XX constituía, muchas veces, un hándicap tremendo para estas
mujeres, pues casi nunca conseguían rehacer una vida en pareja, ya que encontrar
un marido en aquella época, aportando el hijo de otro, era una empresa harto difícil;
así que, con gran esfuerzo, unas veces con ayuda de la familia y otras veces
sin ella, estas valerosas mujeres tenían que educar a sus hijos y salir
adelante por sí solas.
María
“la del Medio”, era muy trabajadora y se ganaba la vida haciendo trabajos
eventuales, limpiando las casas de los demás y en todo aquello que se terciara; con
un físico agradable, incluso Apolinar se había fijado más de una vez en ella,
pero nunca había pensado siquiera “decirle algo”.
- ¡¡Estáis tontos los dos!! ¿Pensáis que María se va a casar conmigo,
sólo porque vosotros se lo digáis?
-
¡Vamos a ver!, contestó Generosa. ¡Tranquilízate! Eso se
lo tienes que decir tú. Yo primero tengo que tantear el terreno, hablo con su
madre y veo que cara pone. Si le parece bien, las dos hablamos con ella, la
convencemos, y entonces ya es cuando intervienes tú. El plan es que vayas a
tiro hecho, porque como dejemos que lo intentes tú sólo, vas listo.
(El plan
del que hablaba Generosa, es lo que se conocía popularmente como “hacer un apaño”. La RAE tiene varias
definiciones de apaño: Disposición, maña o habilidad para hacer algo. Relación
amorosa circunstancial o irregular. Acomodo, avío, conveniencia... Como podemos ver, todas van bastante acorde
con lo que allí se estaba tratando)
Los tres hermanos aún siguieron un buen rato debatiendo
sobre el tema. Los dos mayores, persuadidos de que el arreglo que pretendían era
estupendo, intentaban convencer al pequeño de que aquello era lo más
conveniente para él; lo veían muy factible por varias razones a) Desde un punto
de vista legal, los dos “afectados”, estaban solteros y sin compromiso, así
que en ese sentido no había impedimento alguno por parte del poder civil, ni
eclesiástico, que pudiera alterar sus propósitos, y b) Desde el punto de vista
práctico, ambos saldrían ganando. Apolinar, solterón y huérfano, perdería
la primera condición, y María “la del Medio”, que se dedicaba a realizar
trabajos eventuales para poder ganarse la vida, haciendo limpieza en algunas
casas, sería la señora de Apolinar, económicamente, tendría asegurado su futuro,
y pasaría a limpiar, únicamente, su propia casa; por añadidura, c) desde el punto
de vista social, su hija tendría un padre como los demás niños del pueblo.
Apolinar, que
consideraba aquello un auténtico disparate, en principio se mantuvo firme en
sus convicciones de permanecer soltero y tachaba a sus hermanos de ser unos entrometidos
e ilusos, pero ante tanta insistencia, acabó haciendo introspección sobre el asunto, pensó fríamente en cómo
le gustaría que fuera su futuro, y se dio cuenta de que María era una mujer que realmente le agradaba, así que dejó de oponerse de forma tan decidida al plan
que sus hermanos tenían sobre “su vida amorosa”, si a esto se le puede llamar
así; reconociendo que quizá tuvieran razón y había llegado la hora de ingresar
en el honorable –a veces no tan honorable-
gremio de los casados.
Pero el
camino a seguir, para poder alcanzar el objetivo, lo veía largo y tortuoso, y no se veía con fuerzas para recorrerlo. En cambio, Generosa y Bernabé iban
disparados, deseaban que tomara la decisión ya mismo y no estaban dispuestos a abandonar
la casa del hermano con un no por respuesta y tampoco les valía un “lo pensaré”.
Querían un compromiso inmediato por su parte, aceptando lo que ellos
consideraban una buena oportunidad para mejorar su vida.
Nuestro
soltero escuchaba a sus dos hermanos, mientras exponían sus argumentos a favor
de la idea, y pensó que eran excesivamente optimistas… demasiado fácil lo veían
los dos; en cambio, él, tenía muchas dudas. ¿Y si María se negaba? Sentiría un
ridículo espantoso.
Cuando alegó tal
posibilidad, Generosa dejó cerrado ese camino diciéndole que esa disyuntiva ya estaba contemplada, y que por ello era necesario que predominara, ante
todo, la discreción. Así que, de forma oficiosa, todo pasaría porque él no
sabía nada, y que el asunto era exclusivamente “cosa” de sus hermanos, de este modo, que, si se "torcía la cosa", él quedaría al margen de todo.
A Sócrates,
un filósofo griego, un día le preguntó un joven ateniense que debía tener las
mismas dudas de Apolinar, si debía casarse a no. El filósofo le dio esta
respuesta:
- Haz lo que te
parezca, ya que, hagas lo que hagas, te arrepentirás
Si Apolinar hubiera
conocido la respuesta de Sócrates, posiblemente ésta le hubiese generado aún más
dudas de las que ya tenía, pues sabría que, hiciera lo que hiciera, en el
futuro, siempre habría momentos en los que iba a acabar teniendo la sensación
de no haber acertado en su elección, pero como no lo conocía, tuvo que tomar la
decisión por sí solo y, “ligeramente” influido por sus hermanos mayores, acabó
aceptando su propuesta.
- Yo ya lo tengo
todo pensado. Dijo Generosa, que por lo visto era la ideóloga del plan trazado
para casarle. Como María se dedica a limpiar casas, tienes que contratarla para
limpiar la tuya. Eso sí, la pobre, vaya trabajo que va a tener; porque ¡hay que
ver cómo está esto!, pero mejor, así le puedes decir que venga varios días.
- Antes de eso, hay que adecentarte a ti y tienes
que dejar de vivir como un guarro en su zahurda. Mañana vengo a por tu ropa y
me la llevo toda para lavarla. Además, Bernabé va a venir conmigo y te va a
ayudar a afeitarte y lavarte, no vaya a ser que, en la espalda, como no te ves,
sea necesario tener que refregarte con un estropajo. De ahora en adelante, vas
a ser la persona más limpia y aseada del pueblo.
En cuanto a los modales, también hay que
pulirte un poco. Llevas mucho tiempo viviendo solo y hay cosas que se olvidan
rápido cuando uno deja de convivir con otras personas. Tienes que volver a ser el
hombre educado y agradable que siempre has sido; pero bueno, ya vendré yo a
aleccionarte sobre todo ello.
Al cabo de una semana, la
primera parte del plan establecido por la hermana había ido cumpliéndose
minuciosamente. Tal como había indicado Generosa, Bernabé acudió a la casa de Apolinar
para asegurarse de que estaba limpio por todos los lados; ella, a su vez, se
ocupó de que su ropa estuviera impecable, le aleccionó sobre lo que las mujeres
de entonces esperaban de un hombre honesto y cabal, y llegó el día D.
María “la
del Medio”, al día siguiente, iba a ir a su casa para empezar a limpiarla.
Apolinar, la noche
anterior, no durmió bien debido al nerviosismo; tuvo varias pesadillas y todas giraban
en torno al mismo tema. En una de ellas, incluso se despertó sobresaltado pues soñaba
que, cual Jesucristo camino del calvario, al que acompañaban las tres Marías,
las originales, mostrando angustia y pena; en su sueño, él iba por una larga y
desconocida calle y le seguían las tres Marías del pueblo burlándose de él por
sus pretensiones de enmaridarse con María la “del Medio”. En fin, el
subconsciente que a veces es muy puñetero, le impidió dormir en condiciones esa
noche.
El caso es que, al llegar
la mañana, media hora antes de que “la futura novia” llamara a su puerta, dispuesta
a enfrentarse al polvo y telarañas acumulados a lo largo de tantos meses; siguiendo
las instrucciones establecidas por la hermana, estaba mejor vestido de lo
habitual y olía a colonia. Aquello “cantaba” mucho, pero Generosa le había
dicho que eso daba igual, pues si María pensaba que le recibía así, porque quería darle una buena impresión, ese era, precisamente,
el objetivo.
A las
nueve en punto, que era la hora convenida, sonó el llamador de la puerta y sintió
una sensación extraña, algo similar al miedo escénico que sienten los actores cuando
se enfrentan a un primer papel.
En
la vida de las personas, a menudo, nos encontramos ante situaciones donde un acto,
aparentemente banal, es determinante para nuestro futuro, pudiéndonos llevar
al éxito o al fracaso: acudir o no a una cita, elegir uno u otro trabajo, aprobar una oposición y elegir uno u otro
destino… (en el casamiento, aun accediendo a
él con las mejores expectativas posibles, el futuro es siempre incierto, esto le llevó a alguien a decir : “El matrimonio es un puente que conduce al cielo, o al infierno”).
En aquel
momento, el acto que iba a condicionar el futuro de Apolinar también parecía muy simple, y era decidir si abrir o no la puerta de la
calle. Si no la abría, sabía lo que acontecería después: despedirse para siempre de María y seguir viviendo solo; en cuanto a
sus hermanos… ¡cualquiera volvía a vérselas con Generosa! En cambio, si la
abría…
Indeciso,
permaneció inmóvil en la sala donde se encontraba y el llamador de la puerta volvió
a sonar por segunda vez. Esta vez, recorrió lentamente el pasillo, se detuvo
unos segundos ante la misma, y…
Nota
·
El hecho
de conocer a alguien, ir intimando con él/ella progresivamente, enamorarse y,
posteriormente emparejarse, con matrimonio o sin él, es algo bonito, natural y
siempre ha sido planteado como el modelo ideal a seguir en las relaciones de
pareja en nuestra cultura. Pero los apaños, esas “cosas que se hacían antes”, en cierto modo, aún existen en nuestros días, aunque a otro nivel, ya que, que intentar encontrar un novio/a por internet, bajo mi
criterio, si no es un apaño, se le asemeja bastante.