domingo, 20 de septiembre de 2020

El regreso de El Lobo



   El lobo es un animal que despierta pasiones, tanto a favor como en contra. Mientras que para unas personas es un simpático e inofensivo animal que, injustificadamente, se ha ganado la mala fama de ser el malo de los cuentos infantiles; para otras, especialmente los ganaderos que son víctimas de sus tropelías, es un ser dañino y sanguinario, solo comparable a una maldición divina. 

   Este animal, últimamente, está de actualidad en nuestra comarca ya que, tras haber desaparecido de la provincia de Salamanca durante 60-70 años, ha vuelto a aparecer por estos pagos atacando rebaños de ovejas, con la consiguiente desesperación de los dueños debido a las pérdidas económicas que ello ocasiona. La realidad es que, durante siglos, el lobo siempre había convivido con nosotros y su presencia en nuestros campos no supone ninguna novedad; simplemente, asistimos a un reencuentro con el animal que se comió a Caperucita y a su abuelita. 
   Como en todo conflicto es aconsejable conocer “al enemigo”, creo que es bueno saber cómo es el lobo, así como “su vida y milagros”. 

   El lobo (Canis Lupus), es un animal salvaje que pertenece a la especie de los mamíferos. Su aspecto, como ocurre con las personas, puede variar de unos ejemplares a otros; debido a estas diferencias, podemos decir que no hay dos lobos iguales. La altura de un lobo adulto, a la altura del hombro, oscila entre los 60 y los 80 centímetros, su peso varía entre 30 y 50 kilos, y la longitud, medida desde el hocico hasta el extremo distal de la cola, puede estar entre 1,3 a 1,8 metros.
   El color del pelo no es monocromático, suele presentar una mezcla de colores cuyas tonalidades varían entre blanco, gris, rojo, marrón y negro; a medida que envejecen va adquiriendo un matiz grisáceo y es que, tal como ocurre con las personas, la edad tampoco les sienta bien -vamos que también encanecen- 
   Hay perros con pelaje muy similar a los lobos, así que, para distinguirlos de ellos, hay que fijarse en otros datos anatómicos como la mayor longitud de las patas, el color amarillo de los ojos y el hocico que es más grande y estrecho que el de los perros. 

   Es un carnívoro depredador que se alimenta, básicamente, de las presas que caza: grandes y pequeños herbívoros: corzos, muflones, ciervos, jabalíes, conejos…, así como, de roedores, aves y otros pequeños animales. Si esto acabara aquí, todo iría muy bien; el problema es que también le “inca el diente” a las ovejas y cabras domésticas. 
   Puede sobrevivir hasta 2 semanas sin probar bocado, pero cuando el hambre aprieta, cosa que ocurre a menudo, si no encuentra nada que cazar, es “poco exquisito” y no duda en compartir con las aves carroñeras restos de animales que han muerto de forma natural o por accidente, incluso, en condiciones extremas, pueden llegar a comerse a otro lobo más débil que ande por allí, ya que las muestras de canibalismo entre lobos no son una rareza -Tomas Hobbes, un filósofo inglés, cuando decía que “el hombre es un lobo para el hombre”, debió inspirarse en esta propiedad lobuna- . 

   Están perfectamente adaptados para cazar, tanto de día como de noche, gracias a un agudísimo sentido del olfato y a una visión perfectamente adaptada para ver sus presas con nitidez, incluso en plena noche; a todo lo anterior, hay que sumar una excelente capacidad motora, siendo capaces de recorrer varios kilómetros trotando a una velocidad de 10 km/h; además, en un momento determinado, cuando persiguen una presa, pueden alcanzar velocidades punta de 65 km/h. 

   Son animales muy sociales que viven en grupos perfectamente estructurados: las manadas, y, además son muy territoriales. Cada manada ocupa una extensión de terreno que oscila entre los 100 y los 200 kilómetros cuadrados, recorren constantemente el territorio en busca de presas, llegando a cubrir a diario distancias de hasta 25 km/ día, y evitan en lo posible invadir el territorio de otras manadas. Cuando esto ocurre, los lobos que están asentados en el territorio invadido no usan precisamente la diplomacia para indicarles amablemente a los forasteros que se vayan por donde han venido, sino que los atacan con ferocidad - Como podemos ver, la hospitalidad no es una de sus virtudes - 
   Aunque la mayoría de los lobos viven en manadas, existe un pequeño porcentaje de la población lobuna, un 10% aproximadamente, que no se integra en grupo alguno y prefieren vivir solos, son lobos solitarios que vendrían a ser los “inadaptados sociales” de la especie. 
elobservador.comuyos

  Cada manada está formada por una pareja reproductora constituida por un macho dominante (macho alfa) y una hembra beta -aquí las lobas feministas aún no han conseguido imponer su bandera- y los hijos de las camadas anteriores, existiendo en ellas una estricta jerarquía social. Al frente de cada manada está el macho alfa, que es quien toma la iniciativa en la caza, ejerce de guía en los desplazamientos, vela por la seguridad del grupo y será siempre el primero en comer. No tolera que ningún otro miembro de la manada se alimente antes que él, haciéndolo a continuación, o a la vez, su compañera, la hembra beta. 
   Aunque el número de lobos que componen una manada puede ser muy variable, en general, cada una de ellas no suele superar los 6-7 ejemplares. 
   Es admirable ver cómo se desarrolla la convivencia de los lobos dentro de la manada, observándose en la misma una serie de comportamientos que no cabría esperar en unos animales salvajes, llamando poderosamente la atención la calidad de las relaciones lobunas que, en algunos aspectos, llega incluso a superar los estereotipos que cabe esperar en las relaciones humanas.

   Un hecho destacable, en la pareja reproductora, es la fidelidad que guardan entre sí sus dos componentes. Un perro se aparea con una perra y “si te he visto no me acuerdo”, ahí acaba la relación; incluso, si encuentra otra perra en celo, también “se lía” con ella, quedando todo el proceso de embarazo, parto y crianza de la prole en manos exclusivamente de la “mamá perra”, ya que del padre nunca se volvió a saber; en cambio, las parejas de lobos son estables y suelen permanecer unidas “para siempre”, para lo bueno y para lo malo, tal como hacen las parejas humanas bien avenidas, y los dos, tanto el padre como la madre, se implican en la crianza de sus cachorros. 
   
   Cuando una pareja de lobos inicia una relación y se aparea, permanecerán juntos en la misma manada durante toda la vida (Los lobos, si llegan a viejos, pueden vivir de 6 a 8 años). 
   Si buscamos alguna razón especial que motive el que la pareja reproductora de cada manada permanezca junta a lo largo de los años, la verdad es que no se sabe por qué; del mismo modo, tampoco se sabe con exactitud en que aspectos se fija un lobo para elegir a una determinada loba como pareja, ya que la belleza, la simpatía y una buena situación económica, algo que valoran mucho hombres y mujeres, carecen de sentido para los ellos. 

   Un macho alfa sólo se reproducirá con otra loba diferente a su pareja oficial, en el caso de que ésta haya muerto o haya desaparecido. Como podemos ver, son animales muy fieles, bastante más que muchos humanos - nunca va a ponerle los cuernos el uno al otro-. 

   Mantener la misma pareja, durante toda la vida, no resulta sencillo para los lobos -ni para las personas- y por ello, esta relación lobuna deben trabajársela mucho. 
   Una de las “virtudes” de la hembra beta es que tiene muy “mala leche”, especialmente con las otras hembras de la manada, mostrándose siempre muy agresiva con ellas; esta actitud de hostilidad las estresa mucho y causa en ellas la inhibición del celo, de modo que no sienten necesidad, ni deseos, de buscar un novio para poder ***** -Consejo para los hombres: hay que tomar nota de los lobos y procurar no estresar a vuestras parejas si queréis que estas sean receptivas para ****-. 
   El macho alfa, a su vez, cuando se inicia la época de celo de la pareja, empieza a ser muy cariñoso con ella mostrándole constantemente su afecto a través de diversos gestos -segundo consejo, también para los hombres: sed atentos y cariñosos con la pareja ayuda mucho a conseguir que ésta acepte *****- 

   En cada grupo de lobos, solo la pareja reproductora puede aparearse y procrear, mientras que el resto de los lobos deben mantenerse castos y puros, cosa que no es tan sencilla. Este voto de castidad involuntario origina que haya mucha tensión en las manadas durante las épocas de celo, ya que el resto de los lobos -los que no la catan- se mueren de envidia al ver cómo el macho alfa y la hembra beta se dedican a sus quehaceres amorosos mientras que ellos deben guardar contención y abstinencia, esto hace que se sienten impulsados a buscar pareja. 
   Los lobos jóvenes, ya maduros, cuando quieren reproducirse, deben buscarse la vida fuera de su manada de nacimiento, abandonándola para buscar novia y un territorio propio. 
   Estos “jóvenes” que se emancipan de la manada, pueden viajar a grandes distancias debiendo evitar aquellos territorios ya ocupados por otros lobos, como ya se indicó anteriormente. Si un intruso llega a “una propiedad privada”, aunque sólo sea con la intención de buscar novia, no es bien recibido y tiene muchas probabilidades de ser matado por la manada propietaria del lugar -los lobos tendrán otros muchos problemas, pero los líos que tenemos en este país con los okupas es algo desconocido para ellos- 
   Una nueva manada se forma cuando un lobo ya adulto deja su grupo y encuentra una pareja y un territorio que esté libre, creando allí “un nuevo hogar”. 

   Otra de las características de los lobos es que, cuando alguno de los integrantes de la manada, tiene alguna enfermedad grave que le limita mucho, o está malherido por alguna trampa o por haber sido alcanzado por algún cazador, normalmente es matado por el resto de los compañeros -como podemos ver, son partidarios de la eutanasia-. 

   Las parejas reproductoras sólo tienen una camada de cachorros al año. El apareamiento tiene lugar a comienzos de año, entre enero y abril, y la loba, tras dos meses de embarazo, pare una media de seis cachorros que van a ser amamantados por la madre durante el primer mes; el padre, a su vez, ejerciendo una paternidad responsable, alimenta a la hembra durante este periodo.
   Los lobeznos aún van a permanecer en la guarida durante varios meses y, durante ese tiempo, todos los miembros de la manada, que son los hermanos mayores, además de los padres, cuidan de los pequeños -La madre loba puede ir a trabajas (cazar) y salir libremente de la guarida sin tener la necesidad de pagar guardería ni buscarse canguro alguno para que le cuiden los “niños”-

   Antiguamente, los lobos eran abundantes y se distribuían, prácticamente, por todo el mundo: Europa, Asia, Norteamérica y África, pero, en la actualidad, ocupan una zona muy inferior al que antes era su territorio. Respecto a la población de lobos, existe una amplia variabilidad dependiendo de las distintas regiones del planeta donde habitan, ya que, mientras en algunos países la cantidad de ejemplares es abundante como es el caso de Rusia, China y algún otro país asiático, en otros su número se ha reducido drásticamente encontrándose la especie en peligro de extinción. 

   En España tenemos el lobo ibérico (Canis Lupus Signatus), aunque es catalogado por algunos zoólogos, como una subespecie endémica de la Península Ibérica, no todos lo reconocen como tal, y su situación podríamos catalogarla como intermedia, ya que ni es abundante ni está al borde de la extinción. 
    A comienzos del siglo XX, en nuestro país, a pesar de que el lobo era considerado una alimaña y los ayuntamientos incluso pagaban primas a quienes los cazaban, era abundante y se distribuía por la práctica totalidad de la península; pero, a partir de entonces, inició una fuerte regresión, debido a la fuerte persecución que sufrían, y su número se redujo drásticamente llegando a su mínima expresión a mediados del siglo, sobre todo en las décadas de 1960 y 1970. 
  En esa época, el gobierno estableció una normativa que prohibía su caza directa, así como la colocación de trampas y venenos en el campo y, gracias a ello, su número volvió a incrementarse. 
  
   Un estudio realizado en 1990, para evaluar la situación del lobo en España, indicaba que por aquellas fechas existían en nuestro país entre 1500 y 2000 lobos, localizándose el 90% de la población en el cuadrante noroccidental del país: Galicia, noroeste de Castilla y León, y sur de Asturias y Cantabria (En Portugal, es la zona norte del país donde se concentra su población lobera y hemos de considerarla la misma que la nuestra. No tiene sentido alguno hablar de lobos lusos y españoles, ellos no entienden de fronteras). 
   Además, en la mitad sur de España, se localizaban dos núcleos aislados, uno en Extremadura, concretamente en la Sierra de San Pedro, y otro en Andalucía, en Sierra Morena 
  Desde entonces, la evolución del lobo en la Península ha sido dispar, mientras que las poblaciones al norte del Duero se han mantenido relativamente estables, en Extremadura y Andalucía el lobo ha desaparecido. 
   En los comienzos del presente siglo, gracias a los trabajos de protección del lobo ibérico, este animal, tras largos años de permanecer confinado -una palabra que ahora está de plena actualidad- en el norte de la península, un día, “solo o con ayuda de otros”, decidido cruzar el Duero hacia el sur, y desde hace varios años se han localizado ejemplares en Salamanca, Ávila, Segovia, norte de la comunidad de Madrid y en Guadalajara. 
   Los más optimistas también hablan del avistamiento de algunos ejemplares en Sierra Morena y las sierras del norte de Extremadura, pero creo que esto, simplemente, obedece más a los deseos de algunos que a la realidad.

miércoles, 19 de agosto de 2020

El Cura Chico

 


   Un cura chico, como el propio nombre indica, es un señor que es cura y además de baja estatura; la gente de “antes”, en los pueblos, tan amiga de poner apodos a sus convecinos, muchas veces utilizaba las características físicas de las persona con este fin: El Rubio, Manos Grandes, El Orejotas, El Bizco, El Gordo… eran nombres empleados para nombrar a algunas personas, motes que a veces no se limitaban a un individuo concreto, sino que alcanzaban a sus allegados e incluso llegaban a ser heredados, constituyéndose, en muchas ocasiones, auténticas sagas con ellos: La mujer de Muchohombre (éste es que tenía muchos hijos), la hija de la Guapa, el nieto del Rompebragas, etc.

   Esta costumbre de poner apodos a la gente, afortunadamente, ya casi ha desaparecido y es algo que no hemos de añorar ya que, en ocasiones, alguno de estos alias era ofensivo o de mal gusto, al afectado/a no le hacía gracia alguna, y era origen de conflictos.

   Si buscamos una posible justificación al empleo de estos apodos, la encontramos en la excesiva concentración de personas que compartían el mismo nombre. No era raro que en un pueblo de 500 habitantes hubiera treinta Manolos, otros tantos Josés, veinticinco Franciscos, veinte Juanes… lo cual hacía sumamente difícil localizar a una persona concreta sólo por su nombre de pila, de ahí que fuera preciso añadir algún otro “dato identificativo” a cada una de ellas para distinguirla de los demás: Manolo el de “la Nati”, Manolo “el zapatero de la plaza”, Manolo “El Carbonero”, Manolo “el de Saldeana”…Esto ya es otra cosa ¿verdad?. Gracias a estos calificativos, todos los manolos estaban perfectamente identificados, tal como sucedía con el resto de los hombres y mujeres de cada lugar.

   En la primera mitad del siglo XX, la profesión (vocación) de sacerdote, al contrario de lo que sucede ahora, estaba muy extendida entre los jóvenes y, gracias a ello, todos los pueblos tenían su propio sacerdote dándose la circunstancia de que, en los municipios grandes, incluso había dos o más curas.

   En el nuestro, por esa época, teníamos dos; un párroco, que actuaba como “jefe del negocio” y un coadjutor que vendría a ser el “pringao de turno”. Si el primero era el que oficiaba la misa mayor del domingo, a las once de la mañana, el segundo decía la de las ocho de la mañana del lunes y cosas así. Además, el coadjutor se encargaba de echar una mano a los curas de los pueblos próximos cuando en ellos sólo había un titular y este se ausentaba por alguna circunstancia.

   Bueno, pues el Cura Chico era coadjutor en Barruecopardo y con cierta frecuencia tenía que desplazarse a los pueblos cercanos a realizar su trabajo como pastor de las almas del lugar que le correspondiese en cada caso.

   En aquella época, en nuestra comarca, aún no había carreteras asfaltadas, como ahora,  sino caminos de tierra para unir los distintos pueblos, apenas circulaban coches y la gente para desplazarse de un pueblo a otro lo hacía con vehículos de tracción animal: carruajes, a lomos de alguna caballería, o bien caminando -hoy día, hacer caminatas por el campo es considerada una actividad deportiva conocida como senderismo. ¿Quién le iba a decir a nuestros antepasados, obligados a veces a realizar largas caminatas campestres por necesidad, que esto acabaría convirtiéndose en una actividad lúdica? -

    El Cura Chico, al ser sacerdote y “tener posibles”, para sus viajes no tenía necesidad de caminar, ya que poseía un buen caballo, éste era de gran alzada y por lo visto era todo un espectáculo verle montar al mismo pues, debido a su baja estatura, como desde el suelo le era imposible alcanzar la grupa, cada vez que tenía que subirse al animal lo hacía desde en un poyo de piedra a la par que alguien sujetaba el caballo por las bridas para evitar que se moviera.

   Una vez, el cura de El Milano tuvo que ausentarse de la parroquia por problemas personales y el Cura Chico le sustituyó en sus quehaceres, cosa que no suponía problema alguno para él ya que, si el clima acompañaba, como disponía de un buen caballo, hacer el camino entre ambos pueblos era un agradable paseo.  

   En aquellos tiempos, la profesión de sacerdote estaba muy bien considerada y la buena gente de ese pueblo lo acogió de forma exquisita, sobre todo las mujeres; éstas, con frecuencia, tras los oficios religiosos, se quedaban a hablar con él y le obsequiaban invitándole en sus casas a tomar una copa y unos dulces, e incluso, si se terciaba, también a comer; así que nuestro cura, cada vez que iba a El Milano lo hacía encantado pues pasaba de ser un cura segundón en su lugar de origen, a ser la primera   autoridad religiosa de este otro pueblo -y la única- . Los lugareños le trataban tan bien que, si no fuera una falta de respeto al Sumo Hacedor, podría decirse que cada vez que iba a este pueblo de adopción se sentía “como Dios”.

  De todas las mujeres, había una que le acogió especialmente bien, tan bien…tan bien que la cosa acabó en ******** -que cada uno se imagine lo que quiera-; ella estaba casada y se daba la circunstancia de que uno de sus hijos era monaguillo y ayudaba al sacerdote en la misa.

   El cura titular de El Milano tenía una vaca lechera que se la había regalado la gente del lugar y su ama (la criada) todos los días la ordeñaba y a veces con su leche hacía queso. Un día, con nocturnidad y alevosía, resulta que desapareció la vaca; el ama del cura se lo dijo al alcalde; este hizo algunas pesquisas y, como en un pueblo pequeño hasta los secretos más secretos son del dominio público, le costó poco saber quién había robado la vaca.

  El domingo siguiente, cuando llegó el Cura Chico en su caballo, desde Barrueco, a decir la misa, el alcalde estaba esperándole en la puerta de la iglesia y le puso al corriente del asunto:

 -   ¡Mire usted! El cura de aquí, don ******, tiene una vaca lechera que se la hemos regalado entre todos, alguien la ha robado y la tiene en su casa, encerrada en el corral. La vaca, hasta que vuelva nuestro cura, en realidad es como si fuera de usted y hay que hacer algo para que se la devuelvan. Yo, si quiero tomar cartas en el asunto, tendría que ir a la Guardia Civil y denunciar a la familia que la tiene, pero este pueblo es muy pequeño, nos conocemos todos y sería muy desagradable. Creo que lo mejor es que hable usted con quien la tiene para que la devuelva, ya que a todos los efectos usted es el dueño actual de la vaca; si se niega me lo dice y entonces sí que le denuncio.

   Al Cura Chico le pareció bien la idea del alcalde. En un pueblo, cuando un hombre o mujer denuncian a un paisano/a, se inicia una enemistad entre ambos que “es para siempre”. Él, como hombre de la iglesia que era, una de sus misiones consistía en favorecer la convivencia entre los parroquianos y se mostró de acuerdo con el alcalde en que era la persona indicada para para solucionar aquel problema de una forma pacífica.

 -   ¿Quién tiene la vaca en su corral? Pregunto al alcalde.

-   ¡El marido de la Alejandrina! Respondió éste mirándole fijamente a los ojos, para ver su reacción.

 

   Resulta que la Alejandrina era “la amiga especial” del cura, así que al oír las palabras de su interlocutor

no pudo disimular algo de fastidio, a la par que le embargó una duda. ¿El alcalde, se había dirigido a él porque, simplemente, en aquellos momentos era la autoridad religiosa del lugar y por tanto la persona idónea para solucionar los problemas de la grey? ¿O porque era “amigo” de la Alejandrina y quería que, aprovechando esta “amistad”, influyera en ella para que hablara con el marido y éste accediera a liberar la res secuestrada?

       De uno u otro modo, comprendió que, si el alcalde se había dirigido a él para intentar solucionar el secuestro de la vaca, “por las buenas”, no tenía argumentos para poder negarse, así que aceptó el encargo.

       -   No te preocupes -dijo al alcalde-yo me encargo de que devuelvan la vaca.

 

Aquel día, antes de comenzar la misa, el cura habló a solas con el monaguillo, el hijo de “la amiga” y le dijo:

 

 -   Cuando yo acabe el sermón y te avise, subes al púlpito y recitas la siguiente:

 

La vaca galana

la del cura del lugar

Desde hace unos días

está encerrada en mi corral.


   Una vez que acabó la misa, cuando volvió el monaguillo a casa, le contó a su madre lo ocurrido y esta se enfadó mucho por la denuncia pública de la que había sido objeto la familia, desde el púlpito, durante la misa, y le dijo a su hijo:

 

   -  ¡Mira! Lo de la vaca es verdad. Está en el corral, la ordeñamos todos los días y nos quedamos con la leche; al fin y al cabo, don ****, el cura de aquí no está y al Cura Chico, como vive en otro pueblo, no le hace falta alguna, así que no la vamos a soltar todavía. El próximo domingo, le dices que te deje subir al púlpito otra vez, pero entonces tienes que decir:

 

El Cura Chico

duerme con mi madre

la danza va a ser 

si se entera mi padre.

 Notas


   *   Este es un cuento tradicional que contaban nuestros mayores dándose la circunstancia de que su protagonista, el Cura Chico, no era un personaje de ficción, era una persona real. El cuento, a mí me lo contaron tal cual lo trascribo y, durante mucho tiempo, incluso llegué a creer que era originario del pueblo por este motivo. Pude comprobar, posteriormente, que también es conocido no sólo en otros pueblos, sino en otras provincias. Curiosamente, en las distintas versiones que conozco, el protagonista siempre es un Cura Chiquito.

 *   Nuestro Cura Chico se llamaba Nicolás y, además de atribuirle la gente del pueblo el protagonismo del presente cuento, un “poeta” local elaboró unas coplas (un romance) basado en estos presuntos amores clandestinos. Quiero aclarar que la mujer implicada no se llamaba Alejandrina.

sábado, 18 de julio de 2020

El Tío de las Guindas

   En el campo decimos que es tiempo de cerezas cuando este fruto ya está maduro y listo para su consumo, una época que en nuestro medio transcurre generalmente desde primeros de mayo hasta mediados de julio; todos los años, cuando llegaba la temporada de las cerezas, la gente, en nuestra zona, hablaba indistintamente de guindas y cerezas, como esto era algo que estaba habituado a oír desde niño, nunca había llamado excesivamente mi atención. Fue el año pasado cuando reparé en ello y me surgió la duda ¿Cerezas y guindas son sinónimos del mismo fruto? ¿Acaso corresponden a dos frutos diferentes?

    Sócrates uno de los grandes filósofos en la Grecia Clásica (el siglo V a. de C.), vivía en Atenas y acostumbraba a ir al ágora (la plaza) para hablar con la gente. Si hubieran existido entonces las tabernas, seguramente estas conversaciones socráticas hubieran tenido lugar en algún bar ateniense, ante una copa de vino griego, que creo que es muy bueno, pero como en esos tiempos los bares aún no se habían inventado, todo esto tenía lugar en plena calle.
   Este filósofo se caracterizaba por plantear, a quienes le escuchaban, preguntas trascendentes que hoy día, a pesar de los años transcurridos, siguen estando vigentes, del tipo: ¿Todo lo que es legal es justo?, ¿Crees que los dioses escuchan por igual a los ricos que a los pobres? ¿Piensas que los políticos buscan el bien del pueblo, o el bien propio?   

   Actualmente, en pueblos y ciudades, por suerte sí hay bares y yo un día, en una cafetería de la plaza de mi pueblo, emulando a Sócrates, pregunté a dos paisanos que estaban a mi lado cuál era la diferencia entre las guindas y las cerezas -la pregunta muy trascendental no es que fuera, pero era la duda que yo tenía aquel día y aquellos dos parroquianos tenían pinta de saber del tema -   
   La cuestión parecía muy simple y yo esperaba una respuesta clara y sencilla, pero, para mí sorpresa, allí se estableció un auténtico debate sobre el asunto. Aunque la pregunta iba dirigida a los dos hombres que estaban a mi lado, en aquel momento había cuatro o cinco clientes más en el bar y todos acabaron opinando sobre el tema; además, como casi siempre ocurre en los grandes debates académicos, tampoco hubo un acuerdo final.

   Uno afirmaba que no había diferencia alguna y que simplemente eran dos formas diferentes de llamar al mismo fruto; otro opinaba no tenían nada que ver una con la otra, “que las guindas eran guindas y las cerezas eran cerezas” -esto último no pudo rebatírselo nadie- ; otro contaba que siempre prefería comer guindas en vez de cerezas porque eran más digestivas; un cuarto afirmaba que las guindas no eran buenas para comer en fresco y que sólo valían para meterlas en aguardiente, pues le daban un buen sabor  -imagino que después, cuando se bebiera el aguardiente, aprovecharía para comer alguna guinda y entonces hasta le parecerían exquisitas-… En fin, no sé cómo volvía Sócrates a casa después de cada uno de sus debates en el ágora ateniense, pero yo volví a la mía con las mismas dudas que tenía cuando hice la pregunta. 
   Por lo visto, todos debían ser especialistas en cerezas, o al menos creían serlo, y cuando abandoné el bar aún seguían discutiendo sobre el tema, así que tuve que valerme de otros medios para enterarme del asunto.

  Aquellos que empleen ambos nombres, guindas y cerezas, indistintamente, hay que decirles que no están cometiendo error alguno ya que ambas son cerezas que se corresponden con distintas variedades del mismo fruto.
   Las guindas son cerezas que proceden de un árbol: prunus cerasus (conocido popularmente como “guindo”), tienen un sabor agridulce y, aunque se puede comer el fruto fresco y antes era muy común encontrarlas a la venta, hoy día se emplean fundamentalmente para elaborar aguardiente y hacer mermeladas u otro tipo de conservas.
   El resto de las cerezas proceden de otro árbol: prunus avium (el cerezo común) que da un tipo de cerezas más dulces que las guindas. Pero de ningún modo hemos de pensar que sólo hay dos tipos de cerezas, en el mundo hay muchas variedades de ellas; sólo en España, existe más medio centenar.
  
   Hasta no hace mucho tiempo, en las tiendas encontrábamos indistintamente cerezas y guindas, pero, como la cereza dulce, comercialmente, tenía más aceptación, los agricultores han ido seleccionando las variedades en aras a una mayor rentabilidad, se ha ido industrializando el cultivo, y hoy día casi el 100% de las cerezas que vemos a la venta en las fruterías corresponden a variedades de cerezas dulces.

   Se trata de un fruto muy apreciado, cuyo cultivo está muy difundido por todo el mundo; propio de climas templados, en España los cerezos crecen muy bien en las zonas con clima mediterráneo. En Salamanca, así como en el resto de la Submeseta Norte, tenemos un clima de tipo continental que no es apropiado para este tipo de cultivo; no obstante, hay algunas zonas donde existe un microclima muy parecido al mediterráneo, como ocurre en las Arribes Duero, y ello ha hecho posible el cultivo de la cereza en algunos pueblos, especialmente en Mieza que es el único lugar de la comarca donde la producción de este fruto ha alcanzado cierta entidad.
   En este pueblo, actualmente, está muy racionalizado el cultivo y hay una cooperativa que comercializa casi toda la cosecha, pero antes cada productor, a título individual, cultivaba sus cerezos y, cuando el fruto ya estaba maduro, metía las cerezas en unas banastas, las colocaba a lomos de un mulo o un burro, a modo de alforjas, y recorría la comarca vendiendo la mercancía por los pueblos, directamente. Era un comercio sin intermediarios, de productor a consumidor.
   En aquellos tiempos, hasta hace unos 50-60 años, apenas existían los coches particulares y menos entre la gente del campo, así que la imagen de un hombre con una caballería cargada con unas banastas, no solo de cerezas sino con otras variedades de fruta, vendiendo por las casas, puerta a puerta, formaba parte del paisaje habitual en las calles de nuestros pueblos.

   Esto ocurrió hace ya muchos años, un día de primeros de julio. Situémonos en la hora incierta que es el mediodía - aunque el mediodía cronológico de cada jornada son las 12 horas y ahí no cabe discusión alguna, la gente no tiene tan claro el concepto del mediodía. Cada uno tenemos nuestra propia “hora del mediodía” y ésta, a menudo, no coincide con la hora de los demás. Si tenemos en cuenta que casi todos consideramos que la tarde comienza una vez que hemos comido, obviamente, el “mediodía de cada uno” es el tiempo que transcurre desde las doce hasta este momento, de ahí que para algunos “su mediodía” incluso puede durar horas-
   
   Era “el mediodía” y un grupo de cuatro hombres, que estaba en una de las tabernas del pueblo, salió del establecimiento con intención de ir a otro bar antes de dispersarse y regresar cada uno a su casa para comer. Una vez en la calle, vieron que pasaba en ese momento un hombre vendiendo guindas.
   El vendedor era de Mieza, había salido de su pueblo temprano y, tras pasar por Cerezal, como allí no vendiera toda la mercancía, había continuado hasta Barrueco. Una vez aquí, si no conseguía acabar con las existencias del día, aún continuaría su recorrido por algún otro pueblo ya que el objetivo siempre era el mismo: volver a casa después de haber vendido toda la fruta que llevaba. 
   Estos hombres de Mieza eran gente muy laboriosa. Se levantaban al amanecer, aparejaban la caballería con la carga y salían de su pueblo a recorrer la comarca para vender la fruta. Cuando   regresaban a su lugar de origen, como en esta época del año las tardes son muy largas, muchas veces el descanso que se tomaban consistía en ir al campo a recoger la fruta que saldrían a vender el día siguiente y así un día tras otro hasta que acababa la temporada y en los árboles ya no quedaba fruto alguno.

   (Aviso: Si alguien pretende, hoy día, hallar algún ejemplar de este tipo de personas tan trabajadoras, que no pierda el tiempo. No lo va a encontrar. Tal como ocurriera con los dinosaurios hace millones de años, más recientemente, eso sí, también se han extinguido).   
 
     Como ya indiqué anteriormente, entonces casi nadie tenía coche y los burros y mulos eran los vehículos empleados habitualmente para estos menesteres.
     Aquellos hombres, al salir del bar y ver al miezuco, uno de ellos preguntó:

   -   ¡Qué vende, buen hombre!
   ¡Tengo guindas! ¡Muy buenas! ¡Además, están recién cogidas! Contestó el vendedor
   -   ¡A cuánto son!, preguntó otro.
   -   ¡Muy baratas!, respondió el de Mieza, sin dar más detalles.

   Él sabía que quien se encargaba de hacer la compra de cada casa siempre era la mujer, así que no mostró demasiado interés en perder el tiempo con aquella cuadrilla de hombres que ya de mañana andaban de bares.
   Entonces, los hombres repararon en la burrita que traía el hombre para transportar las cerezas -esta iba habitualmente en unas banastas a modo de alforjas- y les hizo mucha gracia ya que era muy pequeña.
   En el mundo hay muchas razas de burros de distintos tamaños y pelajes; en lo referente al tamaño, hay asnos grandes, otros que podríamos catalogarlos de tamaño intermedio, y también pequeños que resultan muy simpáticos a la vista como era el caso.
   Análogamente a lo que sucede hoy día con los coches, ya que mientras unos los prefieren  grandes y largos otros los eligen cortos y pequeños, entonces con los burros sucedía lo mismo. Algunos preferían burros corpulentos de gran alzada, para el trabajo, y otros en cambio los elegían  pequeños; quienes tenían burros chicos,  casi siempre era para hacer labores menores o, simplemente, como vehículo para desplazarse a los distintos lugares. A veces resultaba grotesco ver hombres muy altos subidos en burros bajitos, que iban casi arrastrando los pies por el suelo.
 
   La burrita del hombre de las guindas era de este tipo. De pelaje marrón oscuro, apenas medía 1,20 m. de alzada; sumamente dócil, allí estaba al lado del dueño sin que éste necesitase sujetarla para que permaneciera a su vera, soportando en el lomo la carga de cerezas.

-   ¿De dónde viene usted con una burra tan pequeña? Preguntó otro. ¿Viene de Mieza?
-    ¡Pues sí! Soy de Mieza y vengo de Mieza. Contestó el vendedor. La burra, aunque la ven chica, tiene mucha fuerza, lo que pasa es que yo he venido andando con ella; cuando venda todas las guindas, entonces ya me subo en la burra para volver a mí pueblo.
  
   Todos miraban con atención a la simpática burrita y ésta le miraba a ellos con indiferencia. Entonces comentó uno:

   La burra es bonita. Si casi debe dar pena subirse en ella. ¿Es una cría?
-  ¡Qué va a ser una cría! Contestó el de Mieza con desdén, al ver que aquellos hombres, de pronto, habían perdido todo el interés por las guindas, si es que lo habían tenido alguna vez, y ahora este se centraba en la burra. La tengo desde hace tiempo y el animal es así, pequeño… como el dueño.
- Bueno amigos, continuó hablando el dueño del animal, yo he venido a vender cerezas y si quieren comprar alguna…vale, y si no…yo sigo mi camino. Está empezando a hacer calor y tengo que acabar de vender toda la fruta para poder volver pronto “pal” pueblo.
¡No tenga tanta prisa!, dijo otro. Si hace falta, nosotros le compramos algunas guindas y ya 
 está. Déjenos admirar la burrita un poco más.

   Eran hombres jóvenes los que formaban el grupo y el que acababa de hablar estaba encantado con el animal, empezó a acariciarle la cabeza y el cuello a la par que le dirigía algunas palabras para que se tranquilizara ante la presencia de un extraño como él, y ella se dejaba hacer.

  -  Si no llevara usted la carga de guindas, le pedía que me dejara dar un paseo en la burra. ¡Qué bonita es! Aunque al verla tan pequeña, casi da pena subirse en ella. Dan ganas hasta de cogerla.
-   ¡Pues cógela si puedes! Contestó el dueño que estaba empezando a cansarse de la situación. Él había llegado a ese pueblo a vender guindas, tenía que continuar recorriendo las calles del lugar anunciando la mercancía por las casas, y estaba allí parado en mitad de la calle con aquellos hombres a quienes lo único que les interesaba era lo graciosa que era la burra que llevaba. Así que decidió zanjar la conversación y seguir con su actividad mercantil.
-    Mirad, la burra la compré siendo una cría hace 3 años, y aunque la veáis pequeña es muy fuerte, me lleva a todos los sitios y me hace el avío. Además, añadió a modo de broma, tiene la ventaja de que si un día voy subido y me caigo de ella, como es bajita, el suelo está cerca y me haré poco daño. Al principio, cuando la compré, alguna vez la cogí, así que imaginad lo pequeña que era cuando era una cría, pero creció y ahora cualquiera carga con ella. En fin, me alegra que os guste la burra, pero ella y yo tenemos que seguir nuestro camino.

-       ¡Espere un poco, hombre! Dijo el que acariciaba al animal. Nosotros vamos al bar que se ve allí adelante. ¿Qué le parece si cojo la burra, con la carga y todo, y la llevo hasta allí sin parar? Si puedo hacerlo, nos paga usted una ronda a todos, y si no logro llegar hasta allí, con la burra encima, los compañeros y yo le compramos todas las guindas que le quedan y así se puede volver para su pueblo ya mismo.

   Todos quedaron muy sorprendidos al escuchar lo que acababa de proponer el compañero, y el primero que reaccionó ante la propuesta fue el dueño del animal:

  ¿Pero dónde se ha visto tal cosa? Estoy acostumbrado a ver burros cargando con personas, pero nunca he visto personas cargando con burros.
            -  Si acepta, lo va a poder ver. Respondió el que había lanzado el desafío. Eso sí, se dirigió a 
           los amigos, si no soy capaz de llegar hasta allí, tenéis que comprometeros a comprar las         
           guindas conmigo. 
            -  ¡Venga, vale! Contestaron estos.

   El dueño de la burra aceptó de buen grado aquella inusual apuesta, convencido de que ya 
tenía vendida toda la mercancía del día; "el porteador" de burros se situó debajo del animal y los compañeros le ayudaron a sujetar la burra que, a pesar de su docilidad, lógicamente estaba algo asustada. La cargó sobre sus hombros, sujetando las patas adelante, sobre el pecho, para impedir que el animal se moviera, la izó del suelo y comenzó el recorrido cuya meta era un bar que estaba a la vista, frente a ellos, calle arriba, a unos cien metros aproximadamente de donde se encontraban.
 
   Con paso firme, el joven que cargaba con la burra avanzaba y sus compañeros, que iban tras él con el vendedor, no dejaban de animarle, jaleándole; en cambio, el dueño del animal, el “Tío de las Guindas”, caminaba en silencio convencido de que de un momento a otro iba a acabar el espectáculo.       
   Un hombre cargando con un asno, seguido por una cuadrilla de hombres animándole, no es un espectáculo que pueda verse todos los días, así que todo aquel que pasaba en aquellos momentos por la calle se detenía a mirar aquella extraña comitiva.
 
   El centenar de metros que separaban ambos bares, sin faltar ninguno, fue capaz de recorrer el fornido joven que cargaba con el animal. Cuando estaba a punto de llegar a su meta, los clientes de aquel establecimiento, al ver acercarse aquella extraña procesión, entre risas y comentarios salieron a la calle a recibirlos.
 
       Cuando la comitiva alcanzó la meta, llegando a la puerta del establecimiento, los compañeros           ayudaron al cargador de burros a dejar el animal en el suelo, le felicitaron por haber ganado la     
    apuesta y entraron en el bar a celebrar lo sucedido, a la par que el dueño del animal maldecía para 
    sus adentros haber aceptado el desafío; no solo había perdido la venta de las cerezas, sino que 
    además debía invitar a los apostantes. Él había dado su palabra y no podía faltar a ella.
¿Quién era más burro?   


   Este hecho sucedió realmente y, aunque no es un cuento, también tuvo un final feliz como las narraciones infantiles, pero los protagonistas no acabaron comiendo perdices, sino guindas.     El hombre que susurraba y cargaba con burros, y sus compañeros, eran buena gente y, en un acto de generosidad y gratitud,- La gratitud es la señal de las almas nobles (Esopo) - por el buen rato que habían pasado con el vendedor y su burra, hablaron con los demás clientes que había en el bar y entre todos los allí presentes, incluida la dueña del establecimiento, le compraron todas las guindas que aún le quedaban por vender;  gracias a ello, éste con su burra, subido en ella…ahora sí, desde el bar, muy contento,  emprendió el camino de regreso a su pueblo.

Nota
 Esto ocurrió a comienzos de 1960; ese día, mi padre, "a mediodía” (debían ser las 3 de la tarde) volvió a casa con dos kilos de cerezas.

martes, 23 de junio de 2020

La magia de los árboles

   Dendolatría, es una palabra formada con la unión de dos palabras griegas: dendron (árbol) y latría (adoración), que es empleada para denominar la veneración que sentían nuestros antepasados hacia los árboles y los espíritus que habitan los bosques; el hecho de que los hombres adorasen a los árboles, hoy día, puede parecernos algo sumamente extraño y propio de la Prehistoria, pero lo cierto es que ha sido una constante en todas las culturas que fueron sucediéndose a lo largo del tiempo en Occidente y no es necesario tener que remontarse al Paleolítico para encontrar pueblos que realizaban esta practicas pues hace “tan solo” unos 2500 años, centuria arriba, centuria abajo, aún era un hecho habitual entre las civilizaciones que vivían por estos lares. 
   Todos los antiguos pueblos europeos, tanto los germánicos del norte, los eslavos  del sureste, los iberos y los celtas, en la Península Ibérica, e incluso los griegos y romanos -estos últimos a pesar de ser muy cultos y estar bien surtidos de dioses- todos ellos practicaban el culto a los árboles.

   Linneo, en el siglo XVIII, clasificó los elementos de la naturaleza en tres grandes reinos: animal, vegetal y mineral; esta clasificación tuvo tan buena fortuna que ha sido empleada por los científicos de todo el mundo hasta épocas relativamente recientes y en la misma los seres vivos aparecen diferenciados en dos grandes reinos: el animal y el vegetal, que están muy relacionados.
   Nosotros los humanos pertenecemos al primero de estos, somos animales -unos más que otros eso sí- y, desde el principio de los tiempos, nuestra existencia siempre ha estado ligada al reino vegetal. Sin los vegetales nosotros no podríamos vivir porque dependemos de ellos; en cambio, los árboles y el resto de las plantas pueden vivir perfectamente sin nosotros pues ellos son autosuficientes. 
   Se alimentan -elaboran su propia materia orgánica- a partir de la materia inorgánica y el agua que absorben del suelo a través de sus raíces, y de la luz del sol que absorben a través de las hojas. Una vez que las plantas han hecho su trabajo y están bien desarrolladas, llegamos nosotros y nos las comemos; raíces, tallos, hojas, frutos…todo ello, dependiendo de la variedad vegetal que tengamos a mano en cada momento, forma parte de nuestra dieta. 
   Además de servirnos los vegetales, directamente, como sustento, también constituyen el alimento de los animales herbívoros, y como estos al final también acaban en nuestro plato, podemos afirmar, sin ningún genero de dudas, que nuestra fuente de alimento, de una u otra forma, siempre acaban siendo las plantas.

   Una vez tuve una conversación sobre este asunto con un dietista, yo afirmaba que cuando comemos jamón, indirectamente, lo que estamos ingiriendo son productos vegetales muy procesados ya que, en cierta forma, se trata de una dieta vegetal muy elaborada donde el cerdo solo es un ente intermedio entre las bellotas y nosotros. 
   A mi interlocutor, que no parecían convencerle mucho mis argumentos, me respondió hablando de grasas saturadas e insaturadas, lo dañinas que podían ser las primeras y lo abundantes que eran en la carne del cerdo. 
   El caso es que el muy ladino, a pesar de sus afirmaciones sobre lo mala y dañina que era la carne del cerdo, fue el que más metió la mano en el plato de jamón que teníamos en aquel momento ante nosotros. 

   Los vegetales, además de servirnos como alimento, fabrican el oxígeno que respiramos; luego, si consideramos que los humanos para poder vivir necesitamos comer y respirar, y eso lo podemos hacer gracias a las plantas, hay que reconocer que nuestros antepasados tenían sobradas razones para adorar no sólo a los árboles, también a las lechugas, a las patatas, tomates, manzanas, las cerezas…a todos los vegetales en general. 
  Como los humanos dependemos enteramente de los árboles y resto de vegetales para mantener nuestra existencia, si los valoráramos simplemente desde un punto de vista pragmático, este sería motivo más que suficiente para justificar la veneración que sentían nuestros antepasados hacia los árboles, pero en aquellas épocas la cuestión no iba por ahí. 
   Los primeros pobladores, antes del desarrollo de la agricultura en el Neolítico, eran cazadores y recolectores de frutos silvestres y comían lo que la naturaleza les ofrecía -creo que entonces no había gordos sobre la faz de la Tierra- y la preocupación fundamental de los humanos, en aquellos tiempos, consistía en obtener el sustento diario. Esto circunscribiéndonos al plano físico. En el plano mental, debieron tener pocos problemas, estoy convencido de que la depresiones, ansiedades y fobias, unos males propios de gente bien alimentada, eran desconocidos para ellos. 
   En cambio, en el plano espiritual, estaban un poco despistados, debieron tener muchas inquietudes y temores ante el desconocimiento de la mayoría de los fenómenos naturales que ocurrían a su alrededor y consideraban que todo era mágico o sagrado; de ahí la caterva de dioses que llegaron a tener: el sol, la luna, la lluvia, ríos, montañas, fuentes, dioses de la guerra, de la fertilidad, animales -lo verracos de piedra, tan comunes entre los vacceos y vetones, pueblos celtas que vivieron en nuestro territorio, podrían ser una manifestación de ello- y muchos más aún. Dentro de esta larga lista de divinidades también estaban los árboles. 

   La dendolatría, posiblemente fue una de las formas más primitivas de religión siendo practicada en la Península Ibérica tanto por los celtas como por los iberos. Intentar encontrar documentos que muestren cómo eran los rituales que practicaban nuestros antepasados, o que hagan referencia a la sacralidad de los bosques es una tarea imposible. Entonces, no había teléfonos móviles para tomar imágenes de todo lo que pasaba, como se hace ahora, y tampoco pueden ayudarnos los archivos ya sean parroquiales, provinciales, nacionales o de cualquier otro tipo, algo comprensible si consideramos que estamos hablando de una “época bárbara” de nuestra historia en la que no había cronistas en los pueblos que pudieran escribir sobre ello.

   Cuando los griegos y romanos llegaron Hispania, entre ellos había gente culta muy leída como Tito Livio, Plinio El Viejo o Herodoto, y estos, aunque escribieron fundamentalmente sobre hechos militares, también dejaron plasmadas, en sus escritos, las costumbres de los pueblos que ocupaban el territorio antes de su llegada. Gracias a ellos sabemos algo de los dioses vernáculos. Los hallazgos arqueológicos también han podido orientarnos algo en este sentido, pero sin duda alguna, quien más información nos ha ofrecido, sobre las antiguas prácticas “paganas” de nuestros antepasados, es la Iglesia Católica que en sus primeros tiempos estaba empeñada en que la población olvidara sus formas de religión anterior y adoptara el Cristianismo.     

   Este empeño se hizo especialmente patente a partir del siglo III, cuando el Cristianismo se instauró como la religión oficial del Imperio Romano. Nuestros antepasados, que hasta entonces habían vivido “tan a gustito” conviviendo con sus múltiples dioses y diosas, vieron como de la noche a la mañana, comenzaron a ser perseguidos por sus creencias ya que la nueva religión había proclamado la existencia de un único Dios y, consecuentemente, como era único y además el verdadero, no se admitía competencia alguna y no podía haber más dioses; por ello, la adoración de las múltiples divinidades de la naturaleza fue tachada de idolatría convirtiéndose en una constante la destrucción y profanación de los lugares y bosques sagrados, que a menudo eran quemados -Como podemos ver, los incendios forestales intencionados en España, que todos los veranos asolan nuestros montes, es algo que viene de lejos-

   A aquella gente, al principio no debía molarle mucho el cristianismo y durante muchos años aún siguieron apegados a sus antiguos dioses, debido a esta circunstancia en los primeros concilios cristianos, entre los asuntos a tratar en el orden del día, siempre había un apartado  en el que se decía que había que “perseguir y castigar a los adoradores de los ídolos, de las piedras, árboles, fuentes, ríos y demás divinidades”. 

  A pesar del gran empeño puesto por los primeros patriarcas cristianos para erradicar todo vestigio de los cultos paganos anteriores, muchas de estas arcaicas costumbres perduraron en el tiempo y, con frecuencia, la Iglesia, al ver que estas tradiciones estaban demasiado arraigadas y comprobar que no lograban suprimirlas optó por asumirlas como propias cristianizándolas, gracias  a ello aún podemos encontrar vestigios de la veneración que sentían nuestros ancestros hacia los árboles, como es el caso de "Los mayos".  

   En muchos pueblos de España, especialmente en el norte y centro peninsulares, se realiza el ritual de los “mayos”, una celebración que tiene lugar, generalmente, durante el mes de mayo, cuando la primavera está en pleno esplendor, los árboles de hoja caduca ya tienen sus copas pletóricas de hojas, y los campos aparecen alfombrados de flores como diría el poeta. 

   “Un mayo”, es el tronco de un árbol alto y recto al que, una vez cortado, se le quitan las ramas laterales y la corteza dejando el tronco lo más liso posible; en ocasiones, se deja un pequeño penacho de ramas en la parte alta del tronco que además muchas veces es adornado con cintas. Este árbol, así preparado, recibe el nombre de “mayo” y es pingado (plantado) en la plaza del lugar, o bien delante de la iglesia, un claro signo de la cristianización del evento.
    Recibe el nombre de “mayo”, porque en la mayoría de los sitios donde se practica (o practicaba) este ritual, es plantado en el pueblo la noche del 30 de abril permaneciendo allí durante todo el mes de mayo. 
  
   Los entendidos en estas cosas, casi todos ellos, están de acuerdo en que esta tradición tiene su origen en la veneración que sentían los primitivos pobladores hacia los árboles y justifican el ritual relacionándolo con lo sobrenatural. Era una forma de llevar la fuerza de la primavera, el dios forestal más vigoroso -el árbol más alto-, al poblado para que protegiera a sus habitantes. 
   El hecho de que este acto se realice sobre todo durante el mes de mayo, ha hecho que algunos lo relacionen con la fiesta celta de Beltane, que tenía lugar el primer día de mayo, o con Flora una divinidad de la mitología romana, que es la diosa de las flores y la primavera, aunque parece más creíble la teoría que asocia el origen de los “mayos” con los antiguos dendólatras ya que, aunque en la mayoría de los lugares “los mayos” son colocados durante el mes homónimo y, de hecho, reciben tal nombre por dicha circunstancia, en muchos sitios este ritual no solo se realiza en esta época,
El Mayo de Villasbuenas
como ocurre en Villasbuenas, el único lugar de nuestra comarca donde aún conservan esta costumbre.
   En este pueblo, es la víspera de San Juan, durante la noche mágica, cuando los mozos del lugar, al caer la tarde, todos los años, en la placita que hay delante de la iglesia, colocan un “mayo” al que habría que cambiar el nombre y llamarle “Árbol de San Juan” ya que, al fin y al cabo, es en esta fecha cuando, aunando fuerza y habilidad, pingan el mayo en el lugar de costumbre, donde va a permanecer hasta septiembre, que es cuando lo quitan. 
   Como podemos ver, en esta fecha, aunque esté recién estrenada la estación, ya no es primavera sino verano, en el campo ya apenas queda flor alguna y el suelo está alfombrado de un pasto tan seco que difícilmente puede ya inspirar a poeta alguno por muy vocacional que este sea. 
   Yo, un año, fui a Villasbuenas la noche de San Juan para ver cómo  plantaban “el mayo” y tuve la inmensa suerte de hablar con Flora, aunque no era la diosa romana de la primavera sino alguien más real: era la tía Flora, una mujer majísima que me contó cómo eran las tradiciones de su pueblo.