martes, 21 de abril de 2020

La leyenda de La Lamia


   Las leyendas, son unas narraciones que han ido transmitiéndose oralmente de padres a hijos y su temática es muy variada. Tenemos leyendas épicas, basadas en hechos reales, donde es difícil discernir la realidad de la ficción, un claro ejemplo de ello lo tenemos en personaje tan cercano a nosotros como El Cid; hay leyendas de tipo religioso (la vida y milagros de algunos santos, caen dentro de este género); otras leyendas podríamos catalogarlas como "geográficas" ya que sirven para explicar el origen de algún fenómeno natural: un monte, un lago, una peña..., y aún podríamos añadir más tipos de leyendas, pero como no se trata de hacer un estudio pormenorizado del tema, voy a dejarlo aquí.
   Paralelamente a las leyendas están los mitos; estos, también son relatos tradicionales pero, a diferencia de las leyendas, no están basados en hechos históricos ni tienen conexión alguna con la realidad, son narraciones que describen hechos fabulosos protagonizados por seres sobrenaturales: dioses, semidioses, monstruos y otros seres fantásticos.
   A medio camino entre el mito y la leyenda podríamos situar a "Lamia" ya que, aunque es un ser mítico, este personaje es real y “vive" entre nosotros.

   Lamia ya era conocida en la Grecia Clásica, hace unos 2.500 años, y su leyenda está muy extendida por Europa. La historia de La Lamia junto a otras similares como La Marimanta, El Ojáncano, La Fiera Corrupia, Arboroso… son narraciones fantásticas muy interesantes que se contaban en nuestro pueblo, forman parte de nuestra cultura y están muy olvidadas.

   La “Lamia de Barrueco”, su leyenda, no surgió aquí; si consideramos que las primeras referencias que existen de ella son muy anteriores a la existencia del pueblo, no hace falta ser demasiado listo para entender que es imposible que fuera originaria de aquí; además, es conocida en otras regiones de España y también en otros países europeos, luego tampoco podemos considerarla exclusiva de nuestro pueblo; pero si aceptamos que Lamia, al principio, sólo era una, y ahora hay muchas, ya que en cada lugar tienen una propia, ¿cuál es la verdadera? Evidentemente, la nuestra ¡ahí no cabe duda alguna! Podemos afirmar “categóricamente, que la auténtica Lamia es paisana nuestra ya que vive aquí, en un paraje de nuestro pueblo.

   Hace ya cientos de años, no sé si casual o premeditadamente, pasó por estos pagos, le gustó el lugar y se estableció en nuestro pueblo. Su edad es indeterminada, ya que es inmortal, y, a pesar de los años, se conserva muy bien y tiene un aspecto magnífico; pero no adelantemos acontecimientos y comencemos desde el principio. Veamos quién es el personaje.

   Según la mitología griega, Lamia era una princesa libanesa y Zeus, el rey de los dioses del Olimpo, durante una temporada se sintió atraído por ella y, como no era precisamente amor platónico lo que había entre ellos, acabaron tuvieron varios hijos -Zeus, estaba un poco salido y, aprovechando su condición de dios, tuvo decenas de amantes-. 

   Hera, la mujer de Zeus, furiosa porque el marido la hubiera engañado con otra -ni de los dioses puede fiarse una- cuando se enteró y pidió explicaciones al "marido", éste, haciéndose el sueco y mintiendo descaradamente, al modo de los políticos españoles de ahora, le contestó que aquellos no hijos eran suyos y que a Lamia ni la conocía.
   Claro que Hera estaba al tanto del asunto y en un acto de celos mató a los hijos de Lamia, algo que a ésta le enfureció mucho. Desde entonces, como venganza, se dedica a matar y devorar los niños de los demás; además, al sentirse engañada por Zeus, cogió un odio mortal a los hombres y, como  segunda actividad, se carga a todos aquellos que pilla por delante; primero los seduce y después, cuando están dormidos, les chupa la sangre.

   A Lamia hay que incluirla en el mismo grupo que los centauros y las sirenas, ya que es un ser híbrido. Su cuerpo, de cintura para arriba, es el de una joven y bella mujer, mientras que de cintura para abajo es largo y escamoso como el de una serpiente, aunque tiene la propiedad de adquirir una apariencia totalmente humana cuando lo desea, algo que le es muy útil para atraer a los hombres que seduce ya que, si no fuera así, en vez de sentirse atraídos, huirían despavoridos al verla.

   Estos seres viven en las orillas de los ríos y evitan el contacto con los humanos, de ahí que siempre se establezcan al lado de cursos de agua alejados de la civilización. Cuando alguien se aproxima a estos lugares, se sumergen en el agua y permanecen en las profundidades hasta que el intruso/a se aleje de allí, por eso siempre pasan desapercibidas.
   Sólo si están descuidadas, lo cual es extremadamente raro, se las puede observar peinando su rubia y larga cabellera con un peine de oro.
    Otra de sus características, es que, contraviniendo las recomendaciones de los médicos de tomar el sol con moderación para mejorar el metabolismo de la vitamina D, evitan en lo posible exponerse a la luz de nuestra estrella.
    La leyenda también dice que para librarse de estos seres hay que arar los ríos y arroyos donde viven con dos novillos nacidos en la mañana de San Juan. 

   La historia de “La Lamia” ya era empleada por las madres de la antigua Grecia para asustar a los niños y así obligarles a comportarse bien; posteriormente, los romanos copiaron la leyenda y utilizaban también a las Lamías (ya no era una, sino varias) como argumento para asustar a niños y adolescentes junto a otra serie de monstruos y seres míticos. Estas narraciones fantásticas, asombrosamente, han llegado hasta nuestros días.

   A Barrueco no sabemos con certeza cuándo y cómo llegó, pero lo que está fuera de toda duda es que Lamía un día ya lejano decidió establecerse en nuestro pueblo y no fue por casualidad. Eligió nuestra comarca para vivir porque aquí encontró un lugar idóneo para fijar su morada; buscaba un río tranquilo y apartado de la civilización, lejos de las miradas de los humanos, donde los rayos del sol llegasen con dificultad, y si un río ofrece estas características es El Huebra.

   Vivimos en una comarca con una demografía muy pobre, justo lo que quería La Lamia -somos parte de la "España Vaciada", un concepto creado recientemente por los medios de comunicación. Nuestra provincia lleva décadas perdiendo población de forma brutal y hasta ahora, salvo nosotros, parece que nadie se había dado cuenta de ello-. 
   Además, aquí encontró un río perfecto para vivir: los impresionantes cañones del Huebra a la altura de nuestro pueblo ocasionan que la orilla del río, en alguno de sus tramos, sea prácticamente inaccesible; incluso la corriente de agua, desde lo alto de los cantiles no es posible verla en muchas zonas debido a la fragosidad del terreno. Si a ello sumamos el hecho de que el cañón del río, al ser profundo y estrecho, impide que muchos días, a lo largo del año, los rayos del sol apenas alcancen el lecho del río, nos da una clara idea de por qué Lamia encontró aquí un lugar idóneo para establecerse. 

   Además de vivir en una zona alejada del hombre y protegida de los rayos solares, allí se siente totalmente segura ya que las posibilidades de desalojarla de ese lugar son prácticamente nulas. ¡A ver quién es el majo capaz de arar el río con dos novillos, hayan nacido o no por San Juan! -que los baje primero, que baje el arado, y después de arar que lo suba-. ¿Qué mejor morada podía encontrar nuestra Lamia?

   El personaje de La Lamia también era usado en nuestro pueblo para asustar a los niños. Yo recuerdo de pequeño haber escuchado alguna vez que no debía ir al río porque en aquellos parajes había una serpiente enorme que se comía a los niños crudos. Hasta que fui mayorcito, evité acerqué a aquellos lugares (resultó efectiva la advertencia de mis padres). La amenaza de la serpiente me recuerda a Lamía ¿acaso no tiene la mitad inferior del cuerpo recubierta de escamas?
   De adolescente las cosas cambian. Nunca me dijeron que en el río uno podía encontrar a una bella y seductora mujer rubia. Seguramente, en vez de tener un efecto disuasorio, me hubiese parecido muy interesante acercarme hasta allí.
  Ya convencidos todos de que La Lamia vive en Barrueco, en El Huebra, ha llegado la hora de especificar un poco más. ¿En qué lugar concreto, de los incomparables parajes que ofrece nuestro río, tiene su morada este ser mítico?
   Creo que merece la pena saberlo por si un día logramos sorprenderla, algo muy improbable ya que al tratarse de un ser mágico detecta a los curiosos mucho antes de que estos puedan siquiera asomarse al río y siempre se esconde para no ser ser vista. Pero ¡quién sabe! si un día se despista y conseguimos verla en la orilla del Huebra, peinando su rubia y larga cabellera con peine de oro.

   Si alguien pretende verla, hay que aclarar que la Lamía vive exactamente, como alguno quizá haya ya adivinado, en el "Pozo de La Lamia".
   En el río, son conocidos como pozos cada uno de los tramos del cañón que éste ha ido labrando sobre el terreno a lo largo de millones de años, todos ellos tienen nombre propio. Algunos de estos pozos, siguiendo el curso del Huebra, de arriba hacia abajo, son: Pozo Redondo, que limita con el término de Saldeana, Pozo Lino, Pozo del Risco Chico, Pozo de la Lamia, Pozo de las Palomas…

   El Pozo de La Lamía se encuentra a la altura de Las Arribes. En la zona donde están el castro celta y la cabaña adyacente a este. Si seguimos en línea recta hacia el río, llegamos a un cantil desde el
Pozo de la Lamia
cual podemos apreciar a su vez otro que no tiene continuidad con el anterior, en el que habitualmente se posan los buitres. El pozo que hay inmediatamente a la derecha de este lugar, río abajo, es el Pozo de la Lamia.
   De los distintos pozos, éste es uno de los más recónditos. En este tramo del río, el cauce es bastante estrecho y las paredes de los barrancos, en ambas orillas, tanto en el lado de Bermellar como en el de Barrueco, son prácticamente verticales ocasionando que la que la corriente de agua apenas sea visible desde lo alto del precipicio - Lamia, evidentemente, escogió un sitio excelente para protegerse de los curiosos-  
   De toda formas, si alguien desea intentar sorprenderla ya sabe dónde tiene su morada. Suerte.

sábado, 21 de marzo de 2020

El misterio del Tío Amaro

   Si preguntásemos a una persona cualquiera, que encontráramos en la calle, qué es una biblioteca pública, seguramente nos respondería que es un lugar donde hay muchos libros, debidamente ordenados y catalogados, al que acude la gente para leer y, en ocasiones, llevar los libros en régimen de préstamo, a sus casas, para hacerlo allí; además, también podemos encontrar en ellas prensa diaria y revistas.

    Esta definición es válida, pero queda incompleta y algo desactualizada ya que, actualmente, en las bibliotecas, además de material impreso también lo hay en soporte audiovisual: microfilmado, fotográfico, películas…, debiendo sumar a ello la posibilidad de acceder, desde las bibliotecas, a través de Internet, a documentos que no están físicamente en ellas sino en servidores o en otros centros de lectura distantes, incluso en otros continentes.

   Los orígenes más remotos de las bibliotecas los sitúan los historiadores en las ciudades mesopotámicas (s.VIII-VII a.d.C.). Se trataba de colecciones de documentos escritos, generalmente en tablillas de barro o papiros, que pretendían dejar constancia escrita de hechos ligados a la actividad religiosa, y administrativa.

   En el Antiguo Egipto también tuvieron bastante relevancia las recopilaciones de documentos escritos, en este caso en papiros, existiendo un gremio, el de los escribas, que se dedicaba a su elaboración. Sin salirnos del tema y tampoco de este país, sería inexcusable no mencionar la Biblioteca de Alejandría, que fue la más famosa de la antigüedad.

  Aunque los especialistas en el tema sitúan los orígenes de las bibliotecas en estas dos civilizaciones,   si pretendemos buscar semejanzas entre estas colecciones de documentos escritos, con alguna institución actual, esta similitud, realmente,  no la encontraríamos con las bibliotecas sino con los archivos oficiales, debido a que la función que tenían, en ambos lugares, era almacenar documentos que estaban, exclusivamente, a disposición de los reyes o sacerdotes en los templos.

   Fue en la Grecia Clásica (s. III-II a.d.C), donde se crearon las primeras bibliotecas,  desvinculadas de los templos, a las que se permitía el acceso a un público, muy selecto eso sí; por ello, éstas sí que pueden ser consideradas como las auténticas antecesoras de las bibliotecas públicas actuales.

   La biblioteca de Barruecopardo no es tan antigua como las griegas, tan famosa como la de Alejandría, y tampoco tiene libros manuscritos e incunables como la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, por poner unos ejemplos; pero el solo hecho de su existencia, en un pueblo tan pequeño como el nuestro, ya constituye un gran mérito. Si a ello añadimos que abrió sus puertas hace más de
Antigua biblioteca
70 años, el mérito aún es mayor.

   Cuando yo aún era un niño, como casi todos los muchachos/as del lugar, era usuario de la biblioteca y, durante un tiempo, hubo algo que llamó mucho mi atención.
 
  Entre los adultos que la frecuentaban, que eran muy pocos, todo sea dicho, había un hombre ya mayor -desde mi perspectiva de niño, al menos a mí me lo parecía-, que tenía la particularidad de ser el único usuario que pedía al bibliotecario la revista “Time” y se la llevaba a casa para leerla.

   “Time” es una influyente revista de información general, que se edita en Estados Unidos desde 1923, con una temática que se centra en temas de actualidad. Cuenta con ediciones en diversas partes del mundo, la publicación europea, "Time Europe", se edita en Londres, y, obviamente, el idioma empleado en la misma es el inglés.

   La revista tiene un diseño muy característico, presentando una portada enmarcada con unos bordes rojos, y una de las acciones que promueve todos los años, con una gran repercusión mediática, es elegir a la Persona del Año que, según la revista, haya tenido un efecto mayor en las noticias y, obviamente, siempre son personajes muy conocidos. En 2019, por poner un ejemplo, la revista eligió persona del año a Greta Thunberg.

   A pesar del tiempo transcurrido, aún no acabo de entender por qué en aquella época, en la que casi nadie sabía inglés en España, y menos en pueblo perdido de Salamanca, casi en la frontera con Portugal, nuestra biblioteca tenía una suscripción con “Time”, pero el caso es que la revista llegaba regularmente y nuestro paisano, vamos a llamarlo el Tío Amaro, era el único de los usuarios que, cada vez que se acercaba a este lugar, sacaba el último número que hubiera llegado, para llevarla a casa y verla con detenimiento.

   A mí este asunto me tenía intrigado. Si la lógica te dice que para ser caballero necesitas tener un caballo, y que para ser trompetista necesitas tener una trompeta, era obvio que, para poder leer la revista “Time”, es necesario saber inglés, un idioma que entonces sólo estudiaban en la Universidad quienes hacían Filología Inglesa, que encima eran muy pocos ya que la demanda para estudiar esa materia en colegios e institutos era mínima, al contrario de lo que sucede ahora -entonces los estudiantes de enseñanza primaria no estudiaban lengua extranjera y, en secundaria el 99% de los estudiantes estudiaban francés- 

   El tío Amaro, como casi todos los hombres del pueblo, se dedicaba al campo y tan solo había cursado los estudios primarios correspondientes a la época que, en la mayoría de los casos, entonces finalizaban a los 10 años, así que yo era incapaz de entender cómo y dónde habría aprendido la lengua de Shakespeare este hombre, y, cada vez que le veía pedir la revista Time en la biblioteca, mi curiosidad iba en aumento, así que un día decidí investigar el tema.

   En los pueblos pequeños, la vida privada es un valor desconocido y, como todo es del dominio público, comencé preguntando a quién tenía más cerca, a mi padre, que si sabía dónde había aprendido inglés el tío Amaro, ya que era el único lector de la antedicha revista.
 Mi progenitor, al oír la pregunta, en vez de responder, empezó a reír fuertemente y tardó en contestarme. Yo quedé muy extrañado, el ver la reacción que había despertado en él la pregunta que le había planteado, y cuando recibí una respuesta, ésta no me convenció demasiado:

 - Donde yo hijo. Lo ha estudiado en el mismo sitio que yo.

  Sabía que los conocimientos de inglés de mi padre se limitaban a dos palabras: “The End”, y que las había aprendido viendo las películas americanas, así que el primer intento realizado, para resolver aquel enigma, había resultado baldío.
   Está mal dudar de lo que dicen los padres, pero ese día sí que lo hice. Si el tío Amaro sacaba de la biblioteca la revista “Time” era para leerla, y para ello, inexcusablemente, tenía que saber inglés…luego, mi padre, indefectiblemente, debía estar confundido.
   El caso es que yo seguía sin saber cómo había adquirido sus habilidades lingüísticas aquel anglófilo que teníamos en el pueblo; aquello era un auténtico misterio y, como estaba seguro de que por ciencia infusa no había sido, llegué a la conclusión que debía haber aprendido inglés haciendo algún curso por correspondencia y eso explicaba que ni mi padre, ni nadie , tuviera por qué saberlo.

   El tío Amaro, además de intriga,  despertaba admiración en mí. En aquella época, la persona que en España sabía inglés era una auténtica “rara avis” y, mira por donde, en el pueblo teníamos un lector avanzado de lengua inglesa, una persona que, con tan solo estudios primarios, era capaz de leer la revista “Time”. Si volvemos al mundo de las aves, podría decirse que este señor era un auténtico “mirlo blanco”.

   Estaba visto que si quería aclarar mis dudas debía tomar el camino recto y preguntar directamente al lector de “Time”, de donde provenían sus conocimientos de lengua inglesa, aun a riesgo de que me respondiera, y con razón, que qué coños me importaba a mí.

  Una tarde de primavera, ¡por fin se pudo aclarar el enigma!. No es que el asunto me quitara el sueño, pero aquello era un auténtico misterio y tenía grande deseos de resolverlo.

   En nuestra tierra, en invierno, debido al frío, se dice que la gente hace vida “de puertas para dentro”, mientras que en verano, con la mejoría de la temperatura, lo hace “de puertas para fuera” ya que se sale más a la calle, y aquel día, aunque aún era primavera, la temperatura era muy agradable, la luz del sol magnífica y esto invitaba a estar fuera de casa.

   En nuestros pueblos, antes era frecuente ver adosados a las fachadas de muchas casas  poyos, unos bancos construidos con tres grandes piedras de granito; dos de ellas se colocan verticalmente a modo de pilares y su función es dar soporte  a la tercera piedra, que debe tener una superficie lisa que es sobre lo que se sienta la gente.
 
   Bueno, pues el Tío Amaro, aquella tarde, aprovechando la bonanza del clima, estaba sentado en un poyo que había a la puerta de su casa; tenía sobre sus rodillas abierta la consabida revista y, con gran atención, estaba enfrascado en su lectura.
   En esos momentos, coincidió que pasaba yo por aquella calle con unos amigos y al ver a aquel hombre, en plena lectura de “Time”, decidí que había llegado la hora de aclarar la gran duda que me embargaba desde hacía varios días. Tenía incluso ensayado lo que le iba a decir: que le admiraba
mucho por saber inglés, y que si podía decirme cómo y dónde había aprendido el idioma, mas no fue necesario efectuar pregunta alguna ya que, al acercarme al atento lector, lo entendí todo, y es que, como dice la sabiduría popular: “Vale más una imagen que mil palabras”.
   El tío Amaro, aunque miraba con atención “Time” y tenía la revista abierta, la tenía colocada al revés. El pie de página, que siempre que leemos un libro o revista se encuentran en la parte baja de nuestro campo visual, estaba en la parte superior -la parte de arriba de la revista estaba orientada hacia abajo, y la de abajo hacia arriba- de tal modo que el único que hubiera podido leerla en aquel momento, si hubiera sabido inglés, claro está, hubiera sido yo desde mi posición, al estar enfrente de él, ya que el texto estaba orientado hacia mí; luego, era totalmente imposible que él pudiera estar leyendo aquella revista, tal como la tenía colocada.
 
   El misterio sobre el origen de los conocimientos de inglés del Tío Amaro se había resuelto solo, pero esto supuso una tremenda desilusión para mí. En un instante acaba de desaparecer lo que para mí se había convertido en un auténtico mito: Al único anglófilo que, según mis cálculos, debía haber no solo en el pueblo sino en toda la comarca, resulta que le daba igual leer la revista “Time” tanto al derecho como al revés -sospecho que, incluso, aunque hubiera intentado leerla teniéndola cerrada hubiera sacado el mismo provecho de ello-.
  Aquello me convenció de que sabía el mismo inglés que yo. O sea, ninguno.

 NOTAS

 • El tío Amaro existió realmente, pero no se llamaba así. Aunque murió ya hace tiempo, he querido buscarle "un pseudónimo" para intentar evitar que sea demasiado reconocible.

Desconozco cuál era el motivo que impulsaba a este hombre a llevarse la revista “Time” a casa para verla, ya que leerla no podía. En el mundo siempre hay gente un poco “más rara de lo normal”, y el Tío Amaro, al cabo del tiempo, por esta y otras extravagancias añadidas, demostró sobradamente que pertenecía a este selecto grupo de gente.

martes, 25 de febrero de 2020

De cigüeñas y cigüeños





   La Cigüeña Blanca (Ciconia Ciconia), es un ave que nos resulta muy familiar ya que, al contrario de lo que sucede con su prima, la Cigüeña Negra (Ciconia Nigra), que es muy difícil de ver debido a que siempre busca sitios recónditos y alejados del hombre  para anidar y sacar adelante a su prole,  vive en estrecha vecindad con nosotros anidando, llegado el caso,   en pleno casco urbano, tanto en pueblos como ciudades. Aunque está ampliamente distribuida por toda Europa, las mayores densidades de población de estas aves las encontramos al suroeste de la Península Ibérica, tanto en España como en Portugal. 

  Los pájaros, desde el principio de los tiempos, saben que estar cerca del hombre no es bueno para ellos ya que siempre acaban malparados. Lo humanos, en lo concerniente a nuestra relación con las aves,  mostramos dos tipos de querencia. Por un lado, están a quienes les gusta ver a los pájaros en su medio natural y disfrutan viéndolos afanarse a diario en buscar su alimento mientras cantan alegremente, en ciudades y campos, sin importarles para nada los avatares de la vida , y, por otra parte, están aquellos a quienes también les gustan los pájaros, sí...pero fritos. De estos segundos, siempre han tenido que protegerse las aves manteniendo una distancia prudencial con ellos y, además, construyendo sus nidos en sitios escondidos,  alejados la vista de posibles depredadores, entre los que nos encontramos.  

   El método que siguen las cigüeñas, para proteger sus nidos, no consiste en ocultarlos como  las otras aves, algo extremadamente difícil si juzgamos su tamaño, sino en situarlos en lugares elevados, lejos de los depredadores terrestres,  a la vista de todo el mundo; eligiendo para ello campanarios y torres de iglesias y ayuntamientos, depósitos del agua, chimeneas abandonadas, silos, árboles, postes y torres del tendido eléctrico o telefonía, peñas altas…

   Habitualmente construyen sus nidos de forma aislada, evitando así conflictos con posibles vecinos molestos -como podemos ver, los problemas de vecindad no solo los tenemos los humanos-, aunque no es infrecuente ver varios nidos juntos, en el mismo tejado o en la misma zona. Se trata de plataformas que, con gran maestría, construyen a base de ramas vegetales, a las que. paulatinamente. van añadiendo otros materiales a lo largo del tiempò, ya que las cigüeñas que ocupan un nido suelen volver a utilizar el mismo durante los años siguientes.
   Estos habitáculos son de gran tamaño llegando a alcanzar hasta un metro de diámetro, e incluso más, y, como año tras año siguen añadiendo materiales al mismo, a veces llegan a adquirir un peso enorme habiéndose llegado a ver nidos de más de 50 kg. 
   Las cigüeñas vuelven de forma continuada al lugar de cría del año anterior, siendo el macho el primero que regresa al antiguo hogar, aunque no siempre ocupa el mismo nido pues a veces toma posesión de algún otro nido vacío que haya por la zona. 
   Son aves monógamas y resulta muy romántico pensar que son fieles entre sí a lo largo de toda su vida, de modo que las cigüeñas que forman pareja un año, mantienen esa relación para siempre compartiendo el mismo nido todos los años. Así nos lo contaban de pequeños, pero esto no funciona así. En este aspecto, hay que decir que también son "muy humanas", pues cambian con frecuencia de pareja; claro que a nosotros, cuando vemos todos los años un antiguo nido ocupado nuevamente por dos cigüeñas, es fácil pensar que son las mismas del año anterior, y veces hasta lo son, pero esto casi nunca es lo real. 
   En estos nidos, al ser tan grandes, no es raro que en los bajos de los mismos tengan okupas, anidando en ellos: gorriones, estorninos y otras aves. Estos,  aunque no pagan alquiler a los legítimos dueños de la "casa" , al menos no interfieren para nada con las actividades cotidianas de estos, haciéndoles la vida imposible, tal como sucede con sus colegas humanos en España. 
   De tamaño bastante considerable, la cigüeña común tiene el cuerpo recubierto de plumas blancas, siendo las plumas de las alas de color negro. Su cuello es muy largo y, tanto las patas como el pico, también muy largos, son de color rojo claro. No existe un dimorfismo sexual, siendo el aspecto  del macho y la hembra muy similar, variando, únicamente, el tamaño entre ambos a favor del macho, que es algo mayor.
   Una ficha de un ejemplar adulto podría ser la siguiente:

Cigüeña común (ciconia ciconia)
Altura : 100-125 cm
Envergadura: 150-200 cm
Longitud 110 cm
Peso 1.500 4.000 gr.
Pico: 16-20 cm.
Cola: 20-25 cm.
Ala 50-60 cm
                


     
  
 




   Son aves migratorias y empezamos a verlas surcar nuestros cielos, o en sus nidos, a mediados de enero, que es cuando vuelven a la Península Ibérica procedentes de África; si bien, cada vez van  adelantado más su llegada, no siendo raro verlas ya los primeros días de enero e incluso diciembre

   Cada pareja de cigüeña blanca cría sólo una nidada cada año. La hembra, a finales de marzo o primeros de abril, pone 3-5 huevos y ambos padres participan en la incubación durante el día, aunque, durante la noche, la tarea es realizada sólo por la hembra. Tras ser incubados de 30-35 días, nacen los "cigoñinos" que son alimentados por los padres durante dos meses; al cabo de este tiempo, ya han alcanzado un pleno desarrollo y abandonan el nido. 
   Estas aves, tienen una supervivencia media de 20 años, aunque ha habido ejemplares en cautividad que han llegado a vivir más de 30. 
   La cigüeña blanca busca su alimento en suelos con vegetación baja, así como en regatos y charcas poco profundas, esto le permite que sus presas sean más visibles; su dieta, que es muy variada  depende de la época del año. En verano, sus presas más comunes son los insectos, principalmente escarabajos,  saltamontes, langostas y grillos; mientras que en invierno, cuando vuelven a estos lares, se alimentan fundamentalmente de lombrices de tierra. También, cuando tienen ocasión, comen otras exquisiteces como culebras, ranas, lagartijas, y pequeños mamíferos, fundamentalmente, ratones de campo. 
   Fuera de la naturaleza, cada vez con más frecuencia, también buscan buscan alimento en los vertederos, donde encuentran abundante materia orgánica. Este hecho ha favorecido, notablemente, un cambio en sus hábitos, propiciando que, algunos ejemplares, al encontrar comida en los vertederos durante todo el año, ya no emigren a África. 
   En España permanecen con nosotros hasta agosto y septiembre; entonces, una vez que los cigoñinos ya están plenamente desarrollados, tanto estos como los padres abandonan sus zonas de reproducción estival y se van a pasar el otoño a África. Aunque son aves bastante solitarias durante la anidación, a la hora de emigrar son muy gregarias y se unen en grandes grupos para ir a pasar la estación fría, en la sabana africana, cruzando el Estrecho de Gibraltar en grandes bandos de cientos de ejemplares.Su destino es el África Central, al sur del desierto del Sahara: Kenia, Uganda, Chad, Nigeria y, si aquí gustan de vivir solas en su nido, criando a la prole en sus cuarteles de invierno, allí lo hacen en bandadas que a veces son de miles de ejemplares. 
   Las Cigüeñas Blancas, que nacen cada año, emigran hacia el sur, por primera vez, siguiendo la misma ruta que sus padres, familiarizándose así con los lugares por donde pasan de modo que, cuando vuelven a Europa, desde los lugares de invernada en África, lo hacen por los mismos lugares. 
  Estos largos viajes, de 4000-5000 km, los realizan en etapas empleando varias semanas en completarlos. 
   Es asombroso comprobar cómo estas aves, sin mapas, brújulas, GPS, ni otros artilugios que usamos los humanos para intentar no perdernos, son capaces de regresar, cada una de ellas, con total precisión, tras volar miles de kilómetros, a su lugar de origen. 
   Una vez que llegan a nuestras latitudes, se repite el ciclo: toman posesión de algún nido que esté vacío o construyen uno nuevo y comienza la "parada nupcial", durante la cual, tanto el macho como la hembra, castañetean ruidosamente el pico emitiendo un fuerte sonido conocido como crotoreo "Están machando el ajo", decimos los lugareños 

Algunas curiosidades en torno a las cigüeñas 

 a) La cigüeña blanca es un ave muy popular y querida en los pueblos debido a la estrecha relación que siempre ha mantenido con los humanos. Es muy beneficiosa para la agricultura, ya que come infinidad de insectos y roedores. Además, se decía que el tener un nido de cigüeña en el tejado de la casa era signo de buena suerte porque la protegía de los rayos; pero lo cierto es que, la mayoría de las veces, esa relación de vecindad no es tan bien recibida y los propietarios de esos "casas afortunadas" prefieren prescindir de tal suerte debido a que al enorme peso de los nidos estropea los tejados, a lo que hay que sumar la gran cantidad de excrementos y suciedad que desprenden sus moradores. 

 b) Según la tradición popular, cuando nacemos, la cigüeña blanca es la encargada de traer los niños, a cada casa. A los recién nacidos, los traían estas aves en un hatillo que colgaba del pico, dejándolos caer por las chimenea -ahora me explico yo por qué mucha gente somos como somos: se debe al porrazo que nos llevamos al nacer- Lo que agradecerían las mujeres que este mito de la cigüeña, trayendo los niños de París, fuera verdad pudiendo evitar así los embarazos y partos. 
  Antes, cuando los niños preguntábamos a los padres dónde estábamos antes de nacer, y cómo veníamos al mundo, nos daban esta respuesta evitándose así la incomodidad de tener que explicar la realidad de la cuestión. 

 c) En tiempos pasados, había una desinformación tremenda respecto a la sexualidad; tal ignorancia  era tan alta que llegaba a unos extremos impensables hoy día. Cuentan que en un pueblo había una pareja, llevaban poco tiempo casados y la mujer estaba embarazada. Él marido no estaba preparado aún para ser padre y, cuando le dijeron //- ¡Enhorabuena!, veo que está a punto de venir la cigüeña a tu casa//  Muy irritado, cogió la escopeta de caza, se plantó ante la fachada de su casa y, a todo aquel que pasaba por allí, como se extrañaba al verle con la escopeta, al preguntarle si pasaba algo, él respondía muy convencido: //- ¡Claro que pasa! Estoy vigilando para que no entre la cigüeña. Como vea que se acerque a la casa, le pego dos tiros ¿Esto fue un cuento?¿ Ocurrió realmente? La verdad es que no me atrevo a asegurar una cosa ni la otra. 

 d) Además de ser las responsables de “llenar las casas de niños”, su presencia entre nosotros significa que ya viene el buen tiempo, de ahí el dicho: "Por San Blas, la cigüeña veras, y si no la vieres, año de nieves”. En otros tiempos, cuando el clima era más estable, seguramente, pudo ser así; pero en los tiempos actuales esto no se ajusta a la realidad. Cuántas veces, tras la llegada de estas zancudas, el clima sigue siendo aún muy frío, ha nevado, y han tenido que aguantar estoicamente la nevada en sus nidos, porque esos días no pueden salir al campo a comer. 

 e) El hecho de tenerla como vecina, siempre tan cerca de nosotros, ha hecho que, de forma constante, esté presente en nuestro folklore. Canciones y cantinelas sobre las cigüeñas hay muchas. Los niños, cuando la veían, cantaban: “Cigüeña zaragüeña / que estás en la peña/ los hijos se te van/, a la Vera Vera van / te escriben una carta/ que pronto volverán”. 

 f) El hecho de que aniden en la torre de la iglesia, es algo muy común y queda reflejado en algunos cantares como el siguiente: ”En el campanario de Encinasola / la cigüeña anida airosa/ en el de Valderrodrigo/ el cura espía a las mozas”. 

 g) En nuestra zona, el cigüeño no es el “marido” de la cigüeña. Se trata de un artefacto, que se colocaba en los pozos para extraer agua del mismo, consistente en dos maderos articulados entre sí; uno clavado en el suelo con forma de horquilla en el extremo superior, donde se articulaba con el otro, que
era recto, al que se le colocaba en uno de sus extremos una errada -un cubo de zinc- para sacar agua de los pozos, mientras que en el otro extremo se le ponía un contrapeso. Recibe tal nombre porque su perfil recuerda al de una cigüeña también vista de lado.

 h) En España, es un ave protegida que no puede -no debe- ser cazaba; pero, como una parte de su vida transcurre en África y allí no existían estas restricciones,  era presa de los cazadores. En épocas de hambruna, se decía que en África todo animal que anduviera por la tierra, nadara o volara, era susceptible de servir de alimento, y la cigüeña no fue ajena a ello. Para cazarla, inicialmente, solo se utilizaban jabalinas y arcos y flechas; gracias a la poca precisión de estas armas aún hay cigüeñas, porque si no, hubieran desaparecido todas en ese continente. Cuando los cazadores ya dispusieron de mejores armas para la caza, se fijaron en otras presas más atractiva pues, si alguien tiene curiosidad en saber cómo sabe la carne de este ave, creo que está lejos de ser exquisita. 

lunes, 23 de diciembre de 2019

Cosas de la caza




  Si queremos definir al deporte, en pocas palabras, podemos decir que es una actividad física de carácter competitivo, sujeta a unas normas, en la que todos los participantes tienen las mismas oportunidades de ganar. Hasta ahí, el asunto parece estar bastante claro y acepta poca discusión;  cosa bien distinta es cuando pretendemos identificar la caza como una actividad deportiva. Éste es ya un viejo debate donde no hay un acuerdo unánime.
 
   Por un lado están los cazadores, para ellos no cabe discusión alguna, y, si hablas del asunto, con alguno de ellos, seguramente, te dirá que la actividad cinegética es el mejor deporte del mundo. 

   Si estimamos que un cazador, cada día que sale a desarrollar su afición, pasa caminando, en plena naturaleza, una media de 8 horas, esto supone un importante esfuerzo físico equiparable al que realizan  los  corredores de fondo o los practicantes de esquí,  por poner unos ejemplos; entonces, si nadie pone en tela de juicio que estas últimas actividades sean un deporte, ¿hay alguna razón para negar que la caza  pueda serlo?

   En el lado contrario encontramos a los defensores de los animales. Ellos opinan que la caza en modo alguno debe ser considerada un deporte.
   Una actividad, donde uno de los competidores, el cazador/a, sale al campo provisto de un arma de largo alcance, con capacidad de efectuar varios disparos en cuestión de segundos, acompañando  de un perro que le levanta las piezas, evitando que los “otros adversarios”: conejos , liebres, perdices, codornices, tórtolas y demás, puedan permanecer escondidos, y donde la única oportunidad que tienen estos últimos de “competir” -más bien de sobrevivir-, es salir corriendo o, en su caso, volando a toda prisa para evitar ser alcanzados por los disparos del cazador, ni de lejos puede ser catalogada como un deporte, si ya de entrada, en el 100% de los casos, se sabe que la victoria va a decantarse siempre del mismo lado.

   Independientemente de que la caza sea o no considerada un  deporte, se trata de una práctica que ha acompañado al hombre desde la Prehistoria, ya que los primeros pobladores necesitaban ser  cazadores para poder comer.
   Antes de que en el Neolítico apareciera la agricultura, nuestros antepasados más remotos, sobrevivían comiendo frutos silvestres y carne (habría que incluir los peces, también en este apartado)  de los animales que cazaban con armas muy rústicas –aún faltaban milenios para que aparecieran las  escopetas repetidoras-.
   En aquellos tiempos, ser cazador era un oficio de alto riesgo ya que debía enfrentarse, cuerpo a cuerpo, a los animales que pretendía abatir. Entonces, sí que podríamos catalogar a la caza como un auténtico deporte de competición. Aquí, ambos rivales, estaban muy igualados y las dos partes tenían similares posibilidades “de ganar”. De hecho, muchas veces, era el cazador quien acababa siendo la víctima.
    Debía ser un auténtico espectáculo ver a aquellos hombres, provistos únicamente con lanzas y hachas rudimentarias, cazando mamuts; tengo la sensación de que no debían disfrutar demasiado a la hora de cazar uno de estos mastodontes.
 
  Afortunadamente, la cosa ha cambiado mucho y hoy resulta mucho más sencillo llenar la despensa; sólo tiene uno que coger el coche,  acercarse a Mercadona, Carrefour, Alcampo … y en poco rato, sin más arma que la tarjeta de crédito, está uno de vuelta  en casa, con el deber cumplido. 
 -Un estudio sociológico reciente, ha determinado que los hombres, cuando van a comprar, se dividen en dos categorías: los que van con una lista a comprar, y los que dejan la lista en casa. ¡Ojo!, no confundir una nota con una lista; esta última es la mujer del comprador…la que  le elabora la nota a éste,  para que haga bien “el mandao”-

  Bueno, pues siguiendo con el tema de la caza, aunque a otro nivel, recuerdo un cuento que contaban nuestros abuelos.
   Había una vez en un pueblo tres amigos,  los tres que eran cazadores y habían formado una partida para salir a cazar juntos aquella temporada. Como el resultado de las jornadas cinegéticas es muy variable, dependiendo de las circunstancias del día: clima, abundancia de piezas, puntería, que hayan pasado por el terreno previamente otros cazadores… ,habían llegado al acuerdo de que el total de piezas que se hubieran cobrado al final de cada jornada, entre los tres, lo repartirían equitativamente. 
   Una abierta la veda, el primer día hábil para cazar, los tres amigos salieron al campo, a disfrutar de su afición, y la cosa no es que fuera espectacular, pero, para los tiempos que corren, tampoco estuvo mal del todo ya que por la tarde, a la hora del reparto, entre los tres habían cazado once piezas: 5 conejos, 5 perdices y 1 liebre; con lo cual, era imposible dividir aquello a partes iguales.
   En cuanto a los animales de pelo, la cosa estaba bien equilibrada: uno tocó a dos conejos, otro dos  conejos y al tercero le correspondieron la liebre y el otro conejo; pero con los animales de pluma, la cosa estaba bastante complicada ya que dos de ellos tocaban a un par  dos perdices y para el tercero sólo quedaba una, y no sabían cómo llegar a un acuerdo.
   Entonces, muy cerca de donde se encontraban los tres cazadores haciendo el reparto, acertó a pasar  un pájaro volando a baja altura; uno de ellos, rápidamente,  cogió la escopeta, le quitó el seguro, apuntó hacia el pájaro, calculó el trayecto y la velocidad que llevaba y, tras efectuar un certero disparo,  pudo ver cómo el pobre animal caía abatido al suelo. 
   Muy contento el cazador, corrió hasta donde se encontraba la pieza,  la cogió y se la dio al compañero que le faltaba una perdiz.
  ´- Toma, Teodomiro. Ahora ya estamos los tres en paz. 
    Éste, cogió el pájaro en su mano, lo miró con  extrañeza y dijo a los compañeros:
-         ¡Pero si es un mochuelo!
-         ¡Ya! Pero está gordo y algo de carne tendrá. Respondió el compañero que lo había cazado.
-         ¡Efectivamente! Intervino el otro cazador. Además, hay que ver lo oportuno que ha sido el  mochuelo. Ha acertado a pasar, precisamente, en el momento del reparto; gracias a ello, éste ha sido equitativo y estamos ya los tres iguales.
   Teodomiro, al ver a sus dos compañeros convencidos de que el destino había querido que fuese él quien debía quedarse con aquel pájaro,  consideró que no merecía la pena protestar; así que cogió el mochuelo para sumarlo a las piezas que le habían tocado en el reparto, lo comparó con la
Mochuelo común. Seo.org
hermosa perdiz que tenía, comprobando que la calidad de las piezas no tenía parecido
alguno y, aunque interiormente estaba bastante enfadado, intentó disimularlo como pudo.
   Si en aquel momento sus compañeros hubieran podido leer sus pensamientos, habrían comprobado que Teodomiro opinaba como Chamfort, un pensador francés del siglo XVIII, que decía de la amistad: “Existen tres clases de amigos: los amigos que nos aman, los amigos que se burlan de nosotros y los amigos que nos odian”. En aquellos momentos, él tenía la sensación de pertenecer al segundo grupo. 

  El domingo siguiente, al amanecer, los tres cazadores habían quedado en la plaza del pueblo para salir a cazar y el último en llegar, al punto de encuentro, fue Teodomiro. Éste, al encontrarse con los dos compañeros, tras darle los buenos días,  les dijo:
 -         Antes de nada, quiero que quede clara una cosa. No sé cómo se nos va a dar hoy la jornada, y si  vamos a cazar mucho o poco…pero comprenderéis que yo, hoy, “no voy a cargar con el mochuelo”.

Notas pseudo etnológicas

a)       Cargar con el mochuelo”, es una expresión muy común que se usa para expresar desagrado cuando uno se ve obligado a ocuparse de un trabajo que nadie quiere hacer, o bien en situaciones, donde sucede algún desaguisado colectivo, ninguno de los implicados quiere asumir la responsabilidad de ello y la culpa acababan endosándosela a alguien en concreto.

b)        En cuanto a la procedencia de esta la expresión, algunos encuentran relación entre este cuento popular y la misma, opinando que la frase es consecuencia del cuento; sin embargo, también existe la posibilidad de que pueda haber sucedido exactamente lo contrario, y que el cuento sea una consecuencia de la frase.
  Otros localizan el origen de la expresión en la Edad Media relacionándolo con la cetrería, una actividad consistente en emplear aves rapaces para la caza.
          En aquella época, los reyes eran aficionados a este tipo de caza y, aunque las aves favoritas
para estos menesteres eran habitualmente halcones, azores y gavilanes, algunos monarcas eran muy caprichosos  y , además de las aves habituales, empleaban para esta actividad  aves “más raras”, y, a poder ser, que no las tuvieran los vecinos para darles envidia, así que no era infrecuente que en su colección también hubiese mochuelos.
 Si consideramos que estos últimos son aves nocturnas que no están acostumbradas a cazar a la luz del día, debía ser muy costoso adiestrarlos para que cazaran de día, al gusto del señor; por lo que no debe extrañarnos en absoluto que, entre los cetreros reales, ninguno quisiera “cargar con el mochuelo”

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Toponimia Popular (II). La Zarza

 
 
   Si hacemos un recorrido por la toponimia de los pueblos de nuestra comarca, encontramos muchos lugares cuyo nombre tiene su origen en el mundo vegetal como es el caso de Ahigal de los Aceiteros, Almendra, Carrasco, los dos Cerezales, de Peñahorcada y de Puertas, Encinasola, El Manzano, Olmedo, Pozos de Hinojo, Robledo Hermoso, Zarza de Don Beltrán, Zarza de Pumareda… 
    En el caso de este último pueblo, la relación con el reino vegetal la encontramos por duplicado.
    Por una parte, tenemos Zarza, que es el nombre abreviado de Zarzamora, un arbusto silvestre, muy abundante en la comarca; sus tallos, que están cubiertos de espinas -los zarzales-, llegan a alcanzar hasta 4 metros de longitud y de ellos nacen, en verano, sus frutos: las moras, que son comestibles. Es una planta muy invasiva, de rápido crecimiento, y, aunque es común verla al lado de las paredes que delimitan las fincas, puede colonizar amplias extensiones del terreno si se la deja crecer a su libre albedrío. 
   En segundo lugar, como apellido, encontramos Pumareda, cuya etimología parece provenir de un tipo de fruta concreta: los frutos pomáceos, entre los que se encuentran la manzana, la pera y el membrillo. Los nombres de Pomar, Pumar, Pomareda y Pumarada, derivan de este tipo de fruto y se emplean mucho en Asturias haciendo referencia a las plantaciones de manzanos. Si consideramos que, cuando se fundó este pueblo, los reyes de León también lo eran de Asturias, esto nos lleva a pensar que los primeros pobladores, de Zarza de Pumareda  debieron ser asturianos y decidieron ponerle el apellido Pumareda, a este pueblo, para diferenciarlo del resto de lugares con los que comparte el nombre de Zarza.
   Lo expuesto anteriormente son, únicamente, especulaciones, ya que el origen del nombre de este pueblo pudo ser éste, o bien otro distinto, -nunca tendremos una certeza absoluta de ello-; en cambio, los “expertos” en toponimia popular no tienen duda alguna de por qué, este pueblo, se llama así. 
   A mí, siendo adolescente, uno de estos “entendidos” me contó el motivo de que “La Zarza”, que es el nombre abreviado que empleamos la gente de la zona para referirnos a La Zarza de Pumareda, tenga este nombre. 
   Volvíamos una noche de Aldeadávila a Barrueco en coche, y este hombre, que compartía los asientos traseros conmigo, al pasar por allí, me dijo: - ¿Sabes por qué este pueblo se llama “La Zarza?     
 - Supongo que porque habría muchas zarzas por aquí. Respondí yo, dejándome llevar por la lógica.
 - ¡Qué va…!, respondió mi compañero de viaje. Si fuera así, se llamaría “Las Zarzas” ¿no crees? 

   Voy a contártelo, tal como me lo contaron a mí. Este pueblo antes se llamaba de otra manera, pero un día ocurrió aquí un suceso muy señalado, y fue entonces cuando le cambiaron el nombre. Es una historia muy interesante en la que se entremezclan, a partes iguales, la superstición con el terror, faltando el canto de un duro -hoy diríamos el canto de un euro- para que aquello acabara en tragedia.     La culpable de todo ello, ya te lo adelanto, fue una lechuza. 
   Como la cosa se estaba poniendo interesante y aún faltaban unos kilómetros para llegar a nuestro destino, animé a aquel improvisado narrador a que me contara la historia. 

   - Esto ocurrió hace muchos años, aunque no demasiados -continuó hablando él- A mí me lo contó un hombre y a él, a su vez, se lo había contado su abuelo que afirmaba haber conocido a un amigo que era amigo de un primo segundo del hombre que protagonizó el suceso -con tales referencias, no cabe duda alguna que el hecho tuvo que ser “verídico”-. 
   En aquella época, aún no circulaban coches por nuestra comarca y la gente que viajaba de un pueblo a otro, o a la ciudad, lo hacía en caballería: burro, caballo o mulo, que venían a ser los coches de ahora; o en coches tirados por caballos. Los más pobres lo hacían en el coche de San Fernando…ya sabes: unos a pie y los otros andando. 
   Bueno, pues resulta que el protagonista fue un hombre de Mieza que era tratante de ganado, y había venido a La Zarza porque un hombre de este pueblo quería comprar un mulo. El tratante tenía uno muy bueno para vender, había quedado con el posible comprador para enseñárselo, y una tarde se vino con el mulo para acá. El zarceño, cuando lo vio, le gustó mucho el animal y, tras regatear un poco el precio, pronto llegaron a un acuerdo. Entonces, cuando los tratos acababan bien, siempre se celebraba el “alboroque”, así que tras la venta del mulo fueron a la taberna y se entretuvieron allí un buen rato.     Cuando el tratante y el comprador decidieron acabar la celebración, salieron del bar y resulta que  ya había anochecido. El de Mieza, como ya no tenía mulo, debía volver andando a su pueblo, así que el comprador le invitó quedarse en La Zarza, hasta la mañana siguiente, ofreciéndole cama y cena, para que pudiera hacer el camino de vuelta a casa con la luz del día, pero el miezuco desestimó la propuesta del compañero porque había quedado con la mujer en que regresaría aquella noche, aunque fuera tarde, ya que tenía que hacer algo en su pueblo al día siguiente, a primera hora, y no podía aplazar el regreso. 
   En aquellos tiempos, ir caminando de un lugar a otro era algo muy habitual. En nuestra comarca, aún no había luz eléctrica, tampoco circulaban coches, y creo que Graham Bell ni siquiera había inventado el teléfono. 
   Por suerte, aquella noche, había una hermosa luna llena y ello permitía a Bibiano, que así se llamaba el tratante, caminar, viendo con claridad el suelo que pisaba, sin correr el riesgo de romperse la crisma a consecuencia de algún tropezón. 
   Los dos paisanos, tras haberse trasegado dos jarras de vino y haber comido unos buenos pinchos; con la barriga llena y el vinillo circulando por todo el cuerpo estaban muy alegres, y Bibiano le dijo al compañero: 
   - ¡Por mí no te preocupes! Esto sólo es un paseo. Y si llego tarde… ¡qué se le va a hacer!, como dice el refrán “más tarde…será más tarde…pero más de noche ya no va a ser”. Si me espabilo un poco, aunque llegue “entre gallos y medianoche”, aún podré dormir lo suficiente hasta la mañana.          - Como quieras, respondió el compañero. 

   Se despidieron con un apretón de manos y Bibiano dirigió sus pasos hacia la salida del pueblo, al camino que une La Zarza con Mieza. 

   Hoy día, a nadie, ni siquiera al senderista más avezado, se le ocurriría emprender una ruta en solitario, de 5 km, en plena noche, tan sólo iluminado por “la luar” (luz de la luna en el antiguo dialecto leonés, en gallego y en portugués), pero estamos hablando de la gente de antes, personas duras como los robles, y esto, para ellos, era una nadería…tan solo un paseo a la luz de la luna. 
   Una vez que Bibiano tomó el camino hacia su pueblo, apenas había dejado atrás las últimas casas de La Zarza, -las casas que hoy día podemos ver a las afueras, en la salida hacia Mieza, aún no se habían construido- de pronto sintió en el aire un sonido extraño, como un chirrido metálico, por encima de su cabeza, y al mirar hacia arriba, intentando localizar su origen, pudo apreciar que lo emitía un pájaro de alas blancas que pasaba volando a baja altura. 
   El caminante, rápidamente supo identificar al pájaro: era una coruja, nombre con el que es conocida popularmente la lechuza, y eso le inquietó un poco. 
   Los búhos, mochuelos, cárabos, autillos y lechuzas, son aves rapaces nocturnas que viven en nuestros campos y siempre han despertado mucha curiosidad, a la vez que recelo, entre la gente, debido a que su actividad la desarrollan durante la noche...la hora de las brujas, espíritus, fantasmas. 
   La coruja, es un ave muy bonita y de aspecto inconfundible. Tiene el cuerpo cubierto por un plumaje en el que predomina el color blanco, y una cara en forma de corazón en la que destacan unos ojos negros que contrastan, profundamente, con el resto del disco facial que es blanco.
   Los clásicos griegos profesaban un gran respeto a la lechuza, que era considerada el símbolo de Atenea, diosa de la sabiduría, siendo también el símbolo de la filosofía; en cambio, en el imaginario popular, las rapaces nocturnas, en general, y, de un modo especial, la coruja, eran considerados pájaros de mal agüero. Esto último es debido a que, mientras que el resto de las aves nocturnas viven en el campo, alejadas del hombre, las lechuzas, con frecuencia, anidan en sitios cercanos a él: corrales, edificios abandonados, campanarios de las iglesias…. , y, a causa de esta proximidad es  más probable encontrarse con una lechuza que con cualquiera de las otras rapaces nocturnas. 
   Se creía que algunas brujas se convertían en lechuzas para ir volando de unos sitios a otros; de ahí la expresión “bruja-coruja” - Imagino que esto ocurriría antes de que se inventaran las escobas voladoras, algo que supuso un gran “avance tecnológico” para el gremio brujeril-. 
   Además de su relación con las brujas, también se creía que si una persona oía y/o veía una lechuza, ello presagiaba una desgracia: una enfermedad o, lo que es peor aún, la muerte de un familiar 
cercano o de uno mismo. Por ello, a Bibiano, el hecho de haber tenido ese inesperado encuentro le inquietó un poco. ¿Qué desgracia habrá venido a anunciar esta coruja ?, pensaba el caminante. 
   Los suyos, a mediodía, cuando había salido de su pueblo, con el mulo, camino de La Zarza; estaban muy sanos, así que no pensaba que pudiera venir algo malo por ahí; de modo que quedaba él. ¿Acaso iba a tener algún contratiempo en el camino? 
   Afortunadamente, él no era medroso y el hecho de haber visto una lechuza no iba a cambiar para nada sus planes, así que continuó la marcha sin darle excesiva importancia al asunto. 
   Apenas había avanzado veinte metros, volvió a oír de nuevo, en el aire, el mismo sonido agudo, una mezcla de siseo y chirrido metálico, que oyera antes, y vio pasar, nuevamente, volando ante él, a baja altura, a la lechuza. 
   Una vez, vale, ¡¡pero dos!! Esto ya no es una casualidad, pensó Bibiano. 
   Había oído, en más de una ocasión, historias escabrosas sucedidas a caminantes solitarios, siempre ambientadas en la oscuridad de la noche, donde una lechuza había estado presente, y, ¡mira por donde! era de noche, estaba solo, y una coruja se había cruzado ya dos veces, en su camino. 
   Esta vez notó que la pequeña inquietud que sintiera con el primer avistamiento, había aumentado bastante e, inconscientemente, fue disminuyendo el ritmo de la marcha, llegando, en un momento dado, a detenerse en el medio del camino sin saber que actitud tomar. Tras los dos avisos de la coruja, tenía el presentimiento de que algo malo iba a suceder aquella noche, pero no tenía la más remota idea de lo que pudiera ocurrir. Él estaba sano y se sentía bien; así que, si no existía un problema interno de salud, lo que ocurriera debía ser algo externo ¿Pero qué? 
   Ante unos pensamientos tan poco tranquilizadores, por un momento, incluso estuvo tentado de volver sobre sus pasos y aceptar el generoso ofrecimiento que le hiciera el comprador del mulo para que se quedara a dormir en su casa aquella noche; pero el hecho de tener que justificarse diciendole que había reconsiderado la invitación porque se le había cruzado una coruja en el camino, le pareció demasiado ridículo, así que desecho de inmediato la idea; por ello, tras dudarlo durante unos instantes, decidió continuar la ruta. Su objetivo aquella noche era llegar a Mieza, y ninguna lechuza iba a impedirlo. 

   Antes, la gente, que era muy creyente, consideraba que su vida estaba en manos del destino y que poco podían influir en él, por ello, cuando uno debía enfrentarse a alguna situación imprevisible, era frecuente oír en los pueblos: “No te preocupes demasiado, pasará lo que tenga que pasar, y eso no hay quien lo cambie”. A esa conclusión había llegado Bibiano mientras proseguía su camino. 
  Apenas había avanzado unos cincuenta pasos desde que reanudara la marcha, observó que en la margen izquierda del camino, unos metros más adelante, había unas tapias pintadas de blanco en las que se reflejaba muy bien la luz de la luna. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que aquello era el cementerio del pueblo y que, quisiera o no, debía pasar por allí ya que se encontraba al mismo
Cementerio de La Zarza
borde del camino.
   Él, anteriormente, había pasado muchas veces por aquel lugar, pero, como siempre lo había hecho de día, nunca había llamado su atención el hecho de que estuviera allí el camposanto; sin embargo, cuando llega la noche, las cosas cambian, y, la perspectiva de estar al lado del cementerio, a aquella hora, le intranquilizó bastante. 
   Los humanos, desde el comienzo de los tiempos, hemos sentido un miedo innato a la oscuridad; además, a ello hay que añadir que, antes, los padres, cuando éramos niños, con frecuencia fomentaban este miedo, para que no saliéramos de noche hablándonos de brujas, espíritus, y otros seres maléficos que acostumbran a hacer sus actividades durante la noche -respecto a las brujas, nuestros padres siempre decían que eran viejas, feas y malas. Yo, más adelante, descubrí, por mí mismo, que esto no siempre es así pues también las hay jóvenes y guapas- 
   Afortunadamente, los tiempos cambian y, actualmente, aquella vieja costumbre de los padres, de amedrentar a los hijos, ha desaparecido; hoy día, algo así, incluso, sería considerado como maltrato psicológico infantil; pero como Bibiano era de aquella época, de niño también había sido amedrentado por sus progenitores y aún no había superado totalmente sus miedos infantiles a la oscuridad; así que, al percatarse de que tenía que pasar al lado del cementerio, notó que la leve inquietud inicial, súbitamente, había aumentado muchos enteros transformándose en angustia, y ésta iba acrecentándose por momentos. 
   Sentía una opresión que, partiendo del pecho, le subía hasta la garganta, donde notaba la sensación de tener “un nudo” apretándole el cuello (cuando un hombre está asustado y siente opresión en la garganta, con frecuencia dice que es porque los ******** se le han subido hasta allí y los lleva de corbata, lo cual es pura metáfora. Anatómicamente, está demostrado que ello es totalmente imposible.  Sólo es una somatización de la angustia).
   El tratante se detuvo nuevamente  en el medio del camino, sin dejar de observar aquella tapia que se encontraba a tan solo a unos metros de donde estaba parado y volvió a oír el mismo sonido chirriante de las veces anteriores veces… fue entonces cuando la vio. 
   La luz lunar permitía ver, perfectamente, desde donde él se encontraba, la encalada tapia del camposanto y, encima de ella, mirándole fijamente, estaba posada la coruja. El pájaro, en vez de asustarse por la proximidad del caminante, permanecía inmóvil, sobre la tapia, como si estuviera esperándole. Entonces lo entendió todo. 
   El mal que intuía que iba a ocurrir aquella noche, y que hasta ese momento no sabía de dónde podía provenir, ahora ya estaba claro…procedía del cementerio. Algún espíritu sabía que aquella noche iba a pasar por allí un pobre desgraciado, y estaba esperándolo para llevárselo al otro mundo.     Notó que el corazón palpitaba aceleradamente en su pecho, la angustia que sentía en la garganta aumentaba por momentos, haciéndose casi asfixiante, y hasta el vello del cuerpo se le erizó...ahora sí que no podía disimular que estaba acojonado en grado sumo. 
   Bibiano, ya sin pararse a pensar en nada, siguió avanzando mecánicamente y, al llegar a la altura del cementerio, aceleró el paso arrimándose todo lo posible al lado opuesto del camino, para pasar lo más alejado posible de la lechuza que, posada en la tapia, no dejaba de mirarle fijamente. 
   Los rayos de la luna llena permitían ver cómo el pájaro seguía los movimientos del caminante, girando la cabeza, sin mover el cuerpo -las rapaces nocturnas pueden girar el cuello ampliamente, permitiéndoles mantener un campo visual de 270 grados. Aunque la gente cree que pueden girar la cabeza 360 grados, eso no es así- 
   Bibiano, a su vez, no dejaba de mirar a la lechuza que permanecía inmutable sobre la tapia del cementerio y, como iba caminando sin mirar donde ponía los pies, acabó pisando en el mismo borde del camino, resbaló y fue a dar con sus huesos en la cuneta. 
   Muy dolorido, por el golpe dado contra el suelo, se maldijo a sí mismo por caminar sin ir mirando por dónde pisaba. Se sentó y, cuando se disponía a levantarse, sintió que varias manos le sujetaban con fuerza por la espalda impidiéndole incorporarse. 
 - ¡Suéltame! ¡¡Por favor no me hagas nada!! ¡¡¡No me hagas nada!!! 
  - ¡¡Socorro!! ¡¡¡socorro!!! 
   El miezuco, aterrorizado, con voz desgarrada, gritaba desesperadamente al sentir aquella extraña fuerza que, tras haberle atrapado por la espalda, le impedía moverse; pero allí, los únicos seres vivos que había, eran él y la lechuza - ¿A quién pretendería pedir socorro, aquel pobre hombre?- 
   Con sus voces, lo único que consiguió es que la lechuza levantara el vuelo y abandonase la tapia, del cementerio.
   No sabemos si los esfuerzos que realizaba Bibiano, para intentar desprenderse de aquella fuerza extraña que le atenazaba por la espalda, fueron insuficientes; o si en realidad era el terror que sentía lo que le mantuvo allí paralizado, pero el caso es que era incapaz de incorporarse desde el suelo, y, tras unos largos segundos que debieron parecerle horas, comenzó a sentir que todo a su alrededor empezaba a dar vueltas y acabó perdiendo la conciencia. 

   El asunto se aclaró en la mañana siguiente, al amanecer, cuando un hombre de La Zarza, que iba al campo, al pasar por aquel lugar, vio al tratante que permanecía sentado en la cuneta. Tenía enganchada la ropa, por la espalda, en un zarzal, y ya ni siquiera hacía esfuerzo alguno por levantarse. 
   El pobre, estaba delirando y decía una y otra vez: 
    - Por no hacerle caso a la coruja…por no hacerle caso a la coruja... 

   El caso es que la noticia de lo sucedido corrió como la pólvora por todos los pueblos de la comarca - siguió contando mi compañero de asiento- y la gente, cuando pasaba por este pueblo, al principio, decía: Aquí fue donde ocurrió “lo de la zarza”. Más adelante, para abreviar, decían: Éste es el pueblo de “la zarza”, y, así es como acabo siendo conocido por todos. 
   Con el paso del tiempo, un día, el ayuntamiento del lugar, en vista de que todo el mundo en la comarca decía que los habitantes de allí eran del pueblo de La Zarza, decidieron cambiarle el nombre y, desde ese día, se llama “La Zarza”

 Nota 
   El cuento de un hombre que, una noche, en un camino, queda atrapado por una zarza, pensando que es un espíritu, lo contaban en todos los pueblos de la zona; sin embargo, mi informante afirmaba que no se trataba de cuento alguno, sino de una historia real que había sucedido en La Zarza. Y yo… ¿por qué iba a contradecirle?