martes, 20 de julio de 2021

El Apaño

 

     Orión, es una conocida constelación fácil observar tanto en el hemisferio norte como en el sur, y, aunque es posible verla durante todo el año, es especialmente visible, en nuestra bóveda celeste nocturna, en invierno, sobre todo entre noviembre y enero.

   También es conocida como constelación del cazador, ya que representa al mítico guerrero alzando su espada, enfrentándose a Tauro que va persiguiendo a las Pléyades, y su cinturón está formado por tres estrellas muy brillantes: Mintaka,  Altinak y Alminam, que  también son conocidas, en el mundo de la astrofísica,

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como las tres Marías; los antiguos egipcios, grandes conocedores de nuestro firmamento, pensaban que era el lugar donde reposaba el alma de Osiris, uno de sus dioses más destacados.

   Otras tres Marías, mucho más conocidas, son las del Evangelio; en este caso, se trata de María Salome, que era mujer de Zebedeo y madre de los apóstoles Santiago el Mayor y de Juan; María de Cleofás, hermana de la Virgen María, y la propia Virgen María, que acompañaron a Jesús en sus últimos momentos. Sobre este particular, hay que decir que no hay un acuerdo unánime respecto a quienes fueron exactamente estas tres mujeres, pues uno de los evangelios afirma que eran María Magdalena, la Virgen María y María Salomé; otro, en cambio, afirma que las tres Marías eran María Magdalena, María Salomé y María de Cleofás.

  De una u otra forma, son tradiciones basadas en relatos bíblicos y tampoco tienen demasiada importancia estas disquisiciones sobre quienes eran las tres Marías que acompañaron a Jesucristo, en su etapa final en la Tierra.

  Claro que Apolinar no tenía duda alguna de quienes eran las tres Marías de su pueblo. Él, era el clásico solterón que con frecuencia encontramos en muchas familias, y, al ser el pequeño de los hermanos, una vez que los demás se casaron, continuó viviendo con su madre, que era viuda; de modo que, cuando ésta murió, continuó morando solo en la casa familiar.

   Mientras convivió con la progenitora, su vida transcurría con total normalidad; ella se ocupaba de hacer las tareas domésticas y él siempre estaba impecable: bien vestido y alimentado, la casa siempre limpia …, todo iba sobre ruedas; pero, desde el fallecimiento de la madre, su vida había experimentado un cambio muy significativo, en este caso, en sentido negativo, y la cosa iba de mal en peor.

   En aquellos tiempos, a pesar de que aún ni se hablaba aún de machismo en España, las labores domésticas eran una tarea exclusiva de mujeres y él, tras la muerte de la madre, siguió viviendo como si no hubiera pasado nada; pero sí que pasaban cosas ya que el polvo y la suciedad no tienen consideración con nadie, viva solo o acompañado, y, a medida que pasaba el tiempo, se acumulaban por todos los rincones de la casa.

    Su morada, cada vez estaba más sucia y las vecinas hasta hacían bromas sobre el asunto diciendo que la casa de Apolinar era “El Palacio de las Telarañas”, también,  jocosamente, comentaban que allí, si alguien caía al suelo, era imposible hacerse daño, porque, al haber tal cantidad de polvo sobre el piso, lo haría en sitio mullido.

   En fin, ya sabemos que en los pueblos pequeños la gente a veces se aburre y todo aquello que se sale de lo habitual es motivo de burla y escarnio. Somos “tan buena gente”, que, a menudo, nos “preocupamos” demasiado de los problemas ajenos olvidándonos de los propios, a pesar de que, en ocasiones, son mayores que los de nuestros vecinos.

    Apolinar, no sabía, ni quería, cocinar y tampoco lavaba la ropa, por lo que siempre comía platos fríos y a menudo se tiraba semanas con la misma vestimenta que, obviamente, con el paso del tiempo, iba estando cada vez más sucia y deteriorada…

   Él, se había adaptado perfectamente a la nueva situación y, aparentemente, vivía satisfecho en su “Palacio”, en compañía de las arañas, despreocupado por estas “menudencias”. Su día a día consistía en trabajar y, cuando se terciaba, iba al “club social”, que en los pueblos no es otro que el bar, y así iba discurriendo plácidamente el tiempo hasta que un día recibió la visita de dos de sus hermanos que estaban preocupados por la forma de vivir que llevaba.

-          - ¡Apolinar!, dijo la hermana. Esto no puede seguir así. La casa está hecha una pena. Si llega a resucitar nuestra madre y ve cómo la tienes, se muere otra vez del susto; tu alimentación deja mucho que desear ; vistes peor que mal,  y cuando estás en casa no tienes ni un gato con quien hablar. Antes estabas acostumbrado a comer bien y estar siempre bien arreglado con madre, pero la pobre ya no está y esto tiene que cambiar.

  -- ¡Mira Generosa!, así se llamaba la hermana. Yo estoy bien y no me importa vivir solo. Ya lo dice el refrán: “El buey solo bien se lame”.

        -  ¡Vamos a ver !, continuó hablando el otro hermano. Una mujer se las arregla bien viviendo sola, pero nosotros los hombres, en ese aspecto, somos unos inútiles. Así que Gene y yo hemos pensado que lo mejor que puedes hacer es casarte.

          -  ¡¡Yoooooo!! ¿¿Casarme?? Respondió Apolinar, muy sorprendido, ante lo que acababa de oír.

         -  ¡Sí! ¡¡Tu!! Contestó secamente Generosa. Necesitas una mujer que te gobierne un poco y haga las cosas de la casa, y como ya eres un poco mayor para andar buscando una novia, Bernabé, -así se llamaba el otro hermano- y yo, ya hemos pensado en una. Sólo hace falta que aceptes . De lo demás no tienes que preocuparte en absoluto, yo hablo con ella y creo que no va a haber problema alguno.

   Apolinar no daba crédito a lo que estaba escuchando, en boca de sus hermanos. Cuando era jovencito, había salido con una chica, pero la cosa no cuajo, tras una corta relación lo dejaron y desde entonces nunca había vuelto a tener novia.

   Se dice que el amor y la amistad no se buscan, sino que se encuentran; y él, ni había buscado, ni había encontrado a alguien de quien enamorarse. Las circunstancias que llevan a una persona a no encontrar pareja son muchas. Unas veces por timidez hacia las personas del otro sexo; otras porque “lo que quiero no me lo dan y lo que me dan no lo quiero”; otras por vagancia mental, ya que buscar una novia/o requiera un esfuerzo, otras por… Apolinar, no es que tuviera fobia social, pero para relacionarse con los demás, era más bien perezoso.

   El caso es que la situación había llegado hasta donde estaba y ahora se encontraba con que sus hermanos, haciendo de celestinos, (obviando, descaradamente, todas las fases de una relación hombre-mujer convencional) querían hacer un matrimonio de conveniencia donde los presuntos novios, tanto él como ella, sospechaba que eran los últimos en enterarse.

     - Entonces, sin contar conmigo, habéis pensado que lo mejor que puedo hacer es casarme.

- ¡Así es!, respondieron al unísono sus dos hermanos. Creemos que es lo mejor para ti. Para   enamoramientos y demás, tú ya no tienes edad. Pero una buena mujer te vendría bien, y si encima a ella también le viene bien, “miel sobre hojuelas”. Si os enamoráis después, eso que ganáis los dos.

- ¿Y quién es esa buena mujer en la que habéis pensado? Preguntó Apolinar que, aunque estaba enfadado con sus hermanos, por meterse donde nadie les había llamado, sentía curiosidad por saber quién era la “afortunada novia” que le tenían destinada.  

-   Yo he pensado en María… “la del Medio”, claro. Respondió Generosa. Evidentemente, no te vas a casar con la abuela o con la nieta.

    En el pueblo, había tres mujeres que eran conocidas como las tres Marías y eran parientes entre sí: abuela, hija y nieta respectivamente. La hija, María la “del Medio”, como era conocida por los paisanos, era madre soltera, tenía una hija de 8 años, María “la Chica”, y del padre, que era un forastero, nunca más se supo.

   Esto que hoy, afortunadamente, lo hubiéramos tomado con mucha naturalidad, hasta mediados del siglo XX constituía, muchas veces, un hándicap tremendo para estas mujeres, pues casi nunca conseguían rehacer una vida en pareja, ya que encontrar un marido en aquella época, aportando el hijo de otro, era una empresa harto difícil; así que, con gran esfuerzo, unas veces con ayuda de la familia y otras veces sin ella, estas valerosas mujeres tenían que educar a sus hijos y salir adelante por sí solas.

  María “la del Medio”, era muy trabajadora y se ganaba la vida haciendo trabajos eventuales, limpiando las casas de los demás y en todo aquello que se terciara; con un físico agradable, incluso Apolinar se había fijado más de una vez en ella, pero nunca había pensado siquiera “decirle algo”.

-   ¡¡Estáis tontos los dos!!  ¿Pensáis que María se va a casar conmigo, sólo porque vosotros se lo digáis?

 -     ¡Vamos a ver!, contestó Generosa. ¡Tranquilízate! Eso se lo tienes que decir tú. Yo primero tengo que tantear el terreno, hablo con su madre y veo que cara pone. Si le parece bien, las dos hablamos con ella, la convencemos, y entonces ya es cuando intervienes tú. El plan es que vayas a tiro hecho, porque como dejemos que lo intentes tú sólo, vas listo.

(El plan del que hablaba Generosa, es lo que se conocía popularmente como “hacer un apaño”. La RAE tiene varias definiciones de apaño: Disposición, maña o habilidad para hacer algo. Relación amorosa circunstancial o irregular. Acomodo, avío, conveniencia... Como podemos ver, todas van bastante acorde con lo que allí se estaba tratando)

  Los tres hermanos aún siguieron un buen rato debatiendo sobre el tema. Los dos mayores, persuadidos  de que el arreglo que pretendían era estupendo, intentaban convencer al pequeño de que aquello era lo más conveniente para él; lo veían muy factible por varias razones a) Desde un punto de vista legal, los dos “afectados”, estaban solteros y sin compromiso, así que en ese sentido no había impedimento alguno por parte del poder civil, ni eclesiástico, que pudiera alterar sus propósitos, y b) Desde el punto de vista práctico, ambos saldrían ganando. Apolinar, solterón y huérfano, perdería la primera condición, y María “la del Medio”, que se dedicaba a realizar trabajos eventuales para poder ganarse la vida, haciendo limpieza en algunas casas, sería la señora de Apolinar, económicamente, tendría asegurado su futuro, y pasaría a limpiar, únicamente, su propia casa; por añadidura, c) desde el punto de vista social, su hija tendría un padre como los demás niños del pueblo.

  Apolinar, que consideraba aquello un auténtico disparate, en principio se mantuvo firme en sus convicciones de permanecer soltero y tachaba a sus hermanos de ser unos entrometidos e ilusos, pero ante tanta insistencia, acabó haciendo introspección sobre el asunto, pensó fríamente en cómo le gustaría que fuera su futuro, y se dio cuenta de que María era una mujer que realmente le agradaba, así que dejó de oponerse de forma tan decidida al plan que sus hermanos tenían sobre “su vida amorosa”, si a esto se le puede llamar así; reconociendo que quizá tuvieran razón y había llegado la hora de ingresar en el honorable –a veces no tan honorable- gremio de los casados.

  Pero el camino a seguir, para poder alcanzar el objetivo, lo veía largo y tortuoso, y no se veía con fuerzas para recorrerlo. En cambio, Generosa y Bernabé iban disparados, deseaban que tomara la decisión ya mismo y no estaban dispuestos a abandonar la casa del hermano con un no por respuesta y tampoco les valía un “lo pensaré”. Querían un compromiso inmediato por su parte, aceptando lo que ellos consideraban una buena oportunidad para mejorar su vida. 

  Nuestro soltero escuchaba a sus dos hermanos, mientras exponían sus argumentos a favor de la idea, y pensó que eran excesivamente optimistas… demasiado fácil lo veían los dos; en cambio, él, tenía muchas dudas. ¿Y si María se negaba? Sentiría un ridículo espantoso.

  Cuando alegó tal posibilidad, Generosa dejó cerrado ese camino diciéndole que esa disyuntiva ya  estaba contemplada, y que por ello era necesario que predominara, ante todo, la discreción. Así que,  de forma oficiosa, todo pasaría porque él no sabía nada, y que el asunto era exclusivamente “cosa” de sus hermanos, de este modo, que, si se "torcía la cosa", él quedaría al margen de todo. 

   A Sócrates, un filósofo griego, un día le preguntó un joven ateniense que debía tener las mismas dudas de Apolinar, si debía casarse a no. El filósofo le dio esta respuesta:

- Haz lo que te parezca, ya que, hagas lo que hagas, te arrepentirás

   Si Apolinar hubiera conocido la respuesta de Sócrates, posiblemente ésta le hubiese generado aún más dudas de las que ya tenía, pues sabría que, hiciera lo que hiciera, en el futuro, siempre habría momentos en los que iba a acabar teniendo la sensación de no haber acertado en su elección, pero como no lo conocía, tuvo que tomar la decisión por sí solo y, “ligeramente” influido por sus hermanos mayores, acabó aceptando su propuesta.

 -    Yo ya lo tengo todo pensado. Dijo Generosa, que por lo visto era la ideóloga del plan trazado para casarle. Como María se dedica a limpiar casas, tienes que contratarla para limpiar la tuya. Eso sí, la pobre, vaya trabajo que va a tener; porque ¡hay que ver cómo está esto!, pero mejor, así le puedes decir que venga varios días.

- Antes de eso, hay que adecentarte a ti y tienes que dejar de vivir como un guarro en su zahurda. Mañana vengo a por tu ropa y me la llevo toda para lavarla. Además, Bernabé va a venir conmigo y te va a ayudar a afeitarte y lavarte, no vaya a ser que, en la espalda, como no te ves, sea necesario tener que refregarte con un estropajo. De ahora en adelante, vas a ser la persona más limpia y aseada del pueblo.

   En cuanto a los modales, también hay que pulirte un poco. Llevas mucho tiempo viviendo solo y hay cosas que se olvidan rápido cuando uno deja de convivir con otras personas. Tienes que volver a ser el hombre educado y agradable que siempre has sido; pero bueno, ya vendré yo a aleccionarte sobre todo ello.

  Al cabo de una semana, la primera parte del plan establecido por la hermana había ido cumpliéndose minuciosamente. Tal como había indicado Generosa, Bernabé acudió a la casa de Apolinar para asegurarse de que estaba limpio por todos los lados; ella, a su vez, se ocupó de que su ropa estuviera impecable, le aleccionó sobre lo que las mujeres de entonces esperaban de un hombre honesto y cabal, y llegó el día D. 

    María “la del Medio”, al día siguiente, iba a ir a su casa para empezar a limpiarla. 

 Apolinar, la noche anterior, no durmió bien debido al nerviosismo; tuvo varias pesadillas y todas giraban en torno al mismo tema. En una de ellas, incluso se despertó sobresaltado pues soñaba que, cual Jesucristo camino del calvario, al que acompañaban las tres Marías, las originales, mostrando angustia y pena; en su sueño, él iba por una larga y desconocida calle y le seguían las tres Marías del pueblo burlándose de él por sus pretensiones de enmaridarse con María la “del Medio”. En fin, el subconsciente que a veces es muy puñetero, le impidió dormir en condiciones esa noche. 

 El caso es que, al llegar la mañana, media hora antes de que “la futura novia” llamara a su puerta, dispuesta a enfrentarse al polvo y telarañas acumulados a lo largo de tantos meses; siguiendo las instrucciones establecidas por la hermana, estaba mejor vestido de lo habitual y olía a colonia. Aquello “cantaba” mucho, pero Generosa le había dicho que eso daba igual, pues si María pensaba que le recibía así, porque quería darle una buena impresión, ese era, precisamente, el objetivo.

A las nueve en punto, que era la hora convenida, sonó el llamador de la puerta y sintió una sensación extraña, algo similar al miedo escénico que sienten los actores cuando se enfrentan a un primer papel.

En la vida de las personas, a menudo, nos encontramos ante situaciones donde un acto, aparentemente banal, es determinante para nuestro futuro, pudiéndonos llevar al éxito o al fracaso: acudir o no a una cita, elegir uno u otro trabajo, aprobar una oposición y elegir uno u otro destino… (en el casamiento, aun accediendo a él con las mejores expectativas posibles, el futuro es siempre incierto, esto le llevó a alguien a decir : “El matrimonio es un puente que conduce al cielo, o al infierno”).   

En aquel momento, el acto que iba a condicionar el futuro de Apolinar también parecía muy simple,  y era decidir si abrir o no la puerta de la calle. Si no la abría, sabía lo que acontecería después:  despedirse para siempre de María y seguir viviendo solo; en cuanto a sus hermanos… ¡cualquiera volvía a vérselas con Generosa! En cambio, si la abría…

Indeciso, permaneció inmóvil en la sala donde se encontraba y el llamador de la puerta volvió a sonar por segunda vez. Esta vez, recorrió lentamente el pasillo, se detuvo unos segundos ante la misma, y…

Nota

·  El hecho de conocer a alguien, ir intimando con él/ella progresivamente, enamorarse y, posteriormente emparejarse, con matrimonio o sin él, es algo bonito, natural y siempre ha sido planteado como el modelo ideal a seguir en las relaciones de pareja en nuestra cultura. Pero los apaños, esas “cosas que se hacían antes”, en cierto modo, aún existen en nuestros días, aunque a otro nivel, ya que, que intentar encontrar un novio/a por internet, bajo mi criterio, si no es un apaño, se le asemeja bastante.

viernes, 25 de junio de 2021

La Leyenda del Cautivo

   Hacer una ofrenda votiva, es una acción que consiste en dejar un objeto en un lugar sagrado con el fin de solicitar, o agradecer, algún tipo de favor a las fuerzas sobrenaturales, llámense dioses o como cada uno quiera considerarlo. 
   Esta actividad, que era ya realizada por los antiguos egipcios, así como los griegos y romanos, posteriormente, fue adoptada por el catolicismo y perdura aún en nuestros días ya que ofrecer velas u otros donativos a Dios, por motivos concretos, o echar monedas en fuentes y pozos porque eso trae buena suerte, no deja de ser una ofrenda “a las fuerzas sobrenaturales”. 

   Los objetos votivos que depositaban nuestros antepasados en los santuarios eran de todo tipo: figurillas que representan personas o animales, armas, alimentos…y, aunque es una actividad que podemos considerarla desaparecida en nuestros días, no hay que remontarse en  el tiempo, muchos años  atrás, para encontrar unas fechas en las que esta acción seguía siendo algo habitual. 
    A mediados del siglo XX, aún era un hecho común que en los santuarios o ermitas, donde había algún Cristo o Virgen milagrero/a, se acumularan objetos de este tipo a modo de ofrendas. Muchas veces, la gente que tenía alguna enfermedad o había sufrido algún accidente, se dirigía a la divinidad correspondiente pidiéndoles recuperar la salud. Si la cosa iba bien, en estos casos, las ofrendas consistían a veces en la reproducción en cera de brazo o una pierna, cuando el problema se localizaba en alguno de estos órganos. 
    Otras veces, el objeto dejado en señal de agradecimiento, era un texto, muchas veces enmarcado, donde el interesado/a expresaba su gratitud, al cristo correspondiente, por el favor recibido. 
   También, era común que las adolescentes, cuando “se hacían mayores” y decidían dejarse el pelo corto, elaboraban con el pelo cortado una trenza, dejándola como ofrenda en las ermitas o santuarios para que el santo correspondiente las guiara por el buen camino a lo largo de la vida y tuviesen un buen novio, marido, hijos... 

   Estas actividades, con el paso del tiempo, dieron lugar a que algunas ermitas acabaran convirtiéndose en una exposición de exvotos, nombre con el que eran conocidas estas ofrendas, presentando un aspecto más parecido a un bazar que a un lugar de culto; de ahí que la Iglesia, en su día, decidió acabar, o limitar al máximo, esta actividad y los curas correspondientes acabaron deshaciéndose de todo ello, casi siempre vendiendo a los anticuarios todo aquello por lo que estuvieran dispuestos a pagar por ello. En este aspecto, hay que decir que las trenzas de pelo, aunque no eran un artículo propio de anticuarios, sin embargo, eran un producto muy cotizado y acabaron en manos de otros compradores ocasionando que, muchas mujeres, que habían donado su pelo al cristo, se llevaron un gran disgusto al ver cómo acabó aquello, sintiéndose engañadas. Aquello fue, según alguna afectada, literalmente, una tomadura de pelo. 

    En Barrueco, como nuestro cristo tenía mucho prestigio, su ermita tampoco se libró de esta 

actividad y también allí había numerosos exvotos, hasta que un día, para adaptarse a “los nuevos tiempos”, el párroco de entonces decidió hacer una limpia de cuidado y, con anticuarios de por medio o sin ellos, hizo que desaparecieron casi todos los exvotos. Digo casi todos, porque aún es posible contemplar dos: un pequeño texto de agradecimiento, enmarcado, dando gracias al Cristo por la recuperación de la salud, de una señora de Villasbuenas, y la cadena de un cautivo. 
   Llegados a este punto, hay que decir que la señora de Villasbuenas está perfectamente identificada, pero: ¿Quién era ese cautivo que dejó como exvoto la cadena de convicto que había tenido en el presidio? ¿En qué época ocurrió eso? ¿Cómo se llamaba el encausado? ¿Dónde cumplió la condena? ¿Cuándo fue liberado? ¿Existe algún descendiente suyo en nuestro pueblo? 

   Antes de responder a estas preguntas, me gustaría aclarar que uno presume de rico, guapo, de listo… pero normalmente no lo hace de haber delinquido ni de haber estado en la cárcel; seguramente, por ello, la donación fue anónima y carecemos de datos directos del cautivo; no obstante, creo que merece la pena hacer un acercamiento a este personaje que forma parte de las leyendas del pueblo, una leyenda que se remonta varios siglos atrás. 
    La historia de España viene de lejos. Aunque algunos quieren hacernos creer que nuestra historia comenzó en 1936, con la Guerra Civil, y no quieren ir más allá, lo cierto es que comenzó hace varios milenios, aunque la estructura del país, tal como lo vemos en la actualidad, comenzó con los Reyes Católicos en 1492, cuando culminó la conquista de Granada; un hecho que puso fin a la presencia musulmana en la Península. 
   Desde entonces, la frontera entre las religiones cristiana y musulmana pasó a ser el mar Mediterráneo, pero los conflictos entre ambas culturas continuaron sucediéndose durante siglos –algunos opinan que nunca han dejado de existir-. 
   Unas veces, eran los musulmanes quienes pretendían invadir Europa a través de los países del este, y otras eran los cristianos quienes, con sus cruzadas, pretendían “recuperar” los Santos Lugares, entonces ocupados por el poder musulmán, para la cristiandad; así que hubo guerras a tutiplén. Pero los conflictos armados no sólo se circunscribían a las batallas en tierra, también hubo batallas navales buscando el dominio del mar Mediterráneo. Otras veces, no eran grandes batallas y los conflictos consistían en actos de piratería de unos hacia los otros. La conclusión que podemos sacar de todo esto, es que siempre fuimos vecinos mal avenidos. Podríamos decir que nos queríamos como hermanos; pero no como unos hermanos al uso, sino como Caín y Abel, dándonos de palos siempre que había ocasión. 
   Una de las consecuencias de estas desavenencias, fue la costumbre de hacer prisioneros en los dos bandos, tanto por la parte cristiana como musulmana. Los presos, al contrario que ahora, las pasaban canutas ya que tenían que ganarse la comida diaria. Eso de estar encerrados en la celda viendo pasar el tiempo, hasta la llegada de las horas de comer, entonces no se llevaba, los presos tenían que trabajar y lo hacían en situaciones muy penosas. 

   En el siglo XII, concretamente en 1198, había nacido la “Orden religiosa de la Santísima Trinidad y de los Cautivos”, también conocida como Orden Trinitaria o, “los trinitarios”, que es como son conocidos popularmente estos frailes, fundada por San Juan de Mata, en Francia, y uno de los preceptos de la Regla Trinitaria era dedicar todos los esfuerzos posibles a liberar cautivos. La Orden Trinitaria, de hecho, fue la primera institución oficial de la Iglesia dedicada a la liberación o redención de presos. 

   Esta loable actividad, de liberar cautivos, fue pasando por diversas etapas. Inicialmente, los padres trinitarios confiaban en el buen rollo de los gobernantes, y hablaban con ellos intentando convencerlos para hacer intercambios de prisioneros cristianos por musulmanes o viceversa, indicándoles que estas buenas acciones les llevarían directos al cielo. Los gobernantes cristianos irían al nuestro y, seguramente, una vez allí, ocuparían los lugares VIP por sus buenas acciones, y los musulmanes al suyo -supongo que ambos deben estar muy próximos y en los dos “se está” muy bien- y así fue funcionando el asunto una temporada, pero la cosa fue degenerando y con el tiempo los reyes, tanto cristianos como musulmanes, como los gobernados les importaban un carajo –en ese aspecto compartían los mismos sentimientos de nuestros políticos actuales hacia nosotros; seguimos sin importándoles una mi***a* - empezaron a pedir dinero a los frailes, por los prisioneros que estos pretendían liberar, así que los trinitarios tuvieron que dedicarse a hacer colectas entre la gente pudiente de entonces: nobles y comerciantes, y de las propias familias de los reclusos, cuando estas tenían dinero, para poder pagar los rescates de los cautivos; por lo que el asunto de redimir cautivos acabó convirtiéndose en un negocio donde la mercancía eran los pobres prisioneros. 

   Fueron muchos los cautivos liberados gracias al buen oficio y al dinero que pudieron recaudar y después pagar los trinitarios. El propio Miguel de Cervantes, fue liberado, en 1580 de su cautiverio por estos frailes. El escritor quedó profundamente agradecido por su libertad, y dejó plasmado su agradecimiento hacia esta orden religiosa en alguno de sus escritos. 

  Por la libertad del Cervantes, dicen las crónicas que los trinitarios pagaron 500 ducados de oro, al rey

de Argel, que es donde el escritor estaba preso; una auténtica fortuna para la época. Esta suma fue aportada conjuntamente por la familia de Cervantes, por mercaderes españoles en Argel y sobre todo por los propios Trinitarios, que fueron quienes más pasta soltaron. 
   Lo que no dicen las crónicas, es que Cervantes no estaba sólo, formaba parte de un lote de cautivos integrado por media docena de hombres. Los trinitarios que sabían lo que hacían y eran expertos en regatear, lo hicieron muy bien y aquel día, con los 500 ducados, no sólo consiguieron la libertad de Cervantes, sino también, por añadidura, la del resto de los compañeros. 
   Uno de los hombres que aquel día lograron la libertad, junto con el autor de El Quijote, “casualmente”, era de Barrueco y le había rezado mucho al Cristo de Las Mercedes…al nuestro, pidiéndole que hiciera lo posible para que pudiera obtener su libertad y, ¡mira por donde!, gracias a su fe en el Cristo, y al dinero que apoquinaron los trinitarios, todo sea dicho, encontró la libertad. 
   Una vez que volvió al pueblo, fue a la ermita, dejó su cadena de cautivo como exvoto, y allí sigue. 

 Algunas notas 

 * Una leyenda, es una narración popular que cuenta un hecho real o fabuloso,  a veces adornado con elementos fantásticos, que se transmite de forma oral. Este escrito lo titulo “Leyenda del Cautivo” porque, aunque a mí me lo contaron y narra un hecho real, al no estar documentados los hechos, al menos hasta ahora, sigue siendo una leyenda. 

* Reconozco que en el relato hay mucha literatura, y espero que nadie se crea a pie juntillas lo que aquí se expone, respecto a nuestro cautivo. Alguien puede preguntarse qué pintaba un paisano nuestro, y  preso, en Argel, en aquellos tiempos; pero considerando que uno de Alcalá de Henares, Cervantes, estaba allí, ¿por qué no iba a poder estarlo uno de Barrueco?
 
* Existe una estrecha relación entre la Orden Trinitaria y Barrueco, pues ha habido paisanos nuestros que fueron frailes trinitarios, y creo que alguno aún sigue siéndolo.
 
* El padre José Hernández Sánchez, natural de Aldeadávila de la Ribera, fue Ministro General de la Orden entre 1995 y 2001, siendo reelegido en el cargo, entre 2001 – 2007 

* Los restos mortales de San Juan de Mata, el fundador de la Orden Trinitaria,  reposan en Salamanca, en el colegio que estos tienen en la calle Filiberto Villalobos, frente a la estación de autobuses.

domingo, 30 de mayo de 2021

La segunda oportunidad

 


    En España, nuestros antepasados más lejanos, vamos a situarlos en unos 25.000 años atrás, por poner una fecha, no tenían las preocupaciones que mantenemos los españoles actuales con el coronavirus, no pagaban impuestos, y tampoco padecían a los políticos que tenemos ahora, así que alguno de nuestros contemporáneos incluso podría llegar a envidiarles, pero viendo las condiciones en las que vivían, más bien sobrevivían, pienso que no debemos añorar excesivamente unos tiempos en los que la preocupación esencial de los humanos (y humanas), de entonces, consistía en intentar comer todos los días, algo que no resultaba nada fácil ya que Mercadona, Alcampo, Carrefur  y demás  establecimientos del ramo, aún tardarían muchos años en abrir  sus establecimientos por todo el país.

 La ropa era de poca calidad, los más privilegiados vivían en cuevas sin calefacción ni aire acondicionado; para procurarse la comida cazaban y pescaban con armas rudimentarias, y, como  la agricultura aún no se había “inventado”, recolectaban las plantas y frutos que la Naturaleza, espontáneamente, les proporcionaba. Con todos estos condicionantes, el hecho de sobrevivir ya de por sí constituía un éxito ,pues las probabilidades de morir de hambre, frío en invierno, o atacados por animales o por otros humanos, eran muy altas, de modo que nadie llegaba a viejo.

  En la vida, primero tienen que estar cubiertas las necesidades vitales y, una vez que esto se logra, es cuando uno comienza a sentir las necesidades espirituales, por lo que tener “pensamientos profundos”, en aquellos tiempos era algo inusual.

   Seguramente, en una época de bonanza climática, primavera o verano, con abundante caza a la vista, y con árboles frutales silvestres dando sus frutos, los hombres prehistóricos estarían satisfechos y se reconciliarían con la vida, pero cuando llegaba el invierno, arreciaba el frío y escaseaban los alimentos, en medio de tantas penalidades, alguno de los humanos de entonces, en un momento de bajón,  pudo pensar: “Estoy pasando más hambre que el perro del afilador, tengo un frío del carajo y mi existencia es una pena...no sé qué pinto aquí. ¿Para qué coños nacemos las personas, si todos acabamos muriendo, tras un montón de penalidades?”. 

   Había nacido el primer filósofo -esto debió pensarlo un homo sapiens, los neandertales por lo visto no pensaban tanto-

  Esta pregunta, aparentemente tan tonta, sobre el sentido de la vida, que aquel hombre, fuese o no un homo sapiens, pudo llegar a hacerse; desde entonces, ha sido planteada, a largo de los siglos, infinidad de veces, por todo tipo de personas, tanto filósofos como no filósofos, y sigue sin tener una clara respuesta que convenza a todos por igual.  

  Todos sabemos qué es la vida, no en vano somos seres vivos y, como humanos que somos, pensamos, aunque a veces no lo parezca; pero si alguien nos pidiera que definiéramos en pocas palabras qué es la vida, comprobaríamos que no resulta una tarea fácil; además, encontraríamos tantas definiciones como personas, ya que cada uno tendríamos una respuesta diferente acorde a nuestra propia existencia

   Desde el punto de vista de la biología, la respuesta es fácil y sirve todo el mundo, tanto para los guapos como para los feos; aquí no hay diferencias: somos seres vivos porque nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Pero, desde el punto de vista espiritual, la cosa cambia. Vivir no solo consiste en existir; ahí tenemos los árboles, que también son seres vivos, y  mucha espiritualidad no se les ve; ésta, es una propiedad exclusiva de los humanos -de todos modos, si miramos a nuestro alrededor, a veces encontramos personas con un nivel de espiritualidad similar a la de los vegetales-.

   Los  antiguos filósofos griegos, que eran muy aficionados a estos temas, cuando hablaban de la vida no perdían el tiempo buscando su origen, para ellos “la culpa de nuestra existencia” la tenían los dioses, que un día, no sé si por aburrimiento o qué, se les ocurrió crear al hombre –por cierto, el resto de las religiones, antes y después que ellos, siempre, han seguido el mismo camino, afirmando que el hombre fue creado por el dios correspondiente, "porque sí"- en cambio, se preocupaban mucho de cómo debíamos vivir, llegando a la conclusión de que, ya que existimos, nuestra misión en la Tierra es vivir bien, contentos y felices.  Pura utopía, ya que a diario podemos comprobar que hay gente de todo tipo:  feliz, infeliz y a medio camino entre ambos extremos.

   Unos siglos más adelante, Bertrand Russell, un filósofo inglés que también se dedicó a pensar sobre el tema, consideraba que, para mantener una vida agradable, eran necesarias al menos cuatro condiciones:  Salud, trabajar en un ambiente laboral agradable, tener medios suficientes para vivir sin privaciones y mantener unas relaciones personales adecuadas.

  Sólo son cuatro, pero qué difícil reunirlas todas ¿verdad?

  Dentro de sus cuatro condiciones, muy acertadamente, situaba en primer lugar la salud.

    Schopenhauer, otro filósofo, en este caso alemán, de comienzos del siglo XIX, sospecho que debió estar enfermo una buena temporada, pues en sus escritos también ponderaba mucho la salud. Durante un tiempo, estuve trabajando en una sala que tenía colgado, en una de sus paredes, un cartel en el que estaba escrito uno de sus aforismos: “La salud no lo es todo, pero sin salud, lo demás es nada”.

   La salud, con diferencia, es el bien más importante que tenemos, pero somos tan tontos que sólo sabemos valorarla cuando nos falta, y es que forma parte de la condición humana no saber apreciar las cosas, en su justo valor, hasta que las perdemos.

      A Bertrand Russell, aunque vivió en el siglo XX, no le conocí; a Schopenhauer, menos aún ya que era del siglo anterior, así que ellos no pudieron darme, directamente, ninguna lección sobre la vida; en cambio, de quien sí la recibí fue de un paisano. El lugar, donde recibí la lección, aunque no podemos compararlo, ni de lejos, con la Escuela de Atenas, sí que podríamos equipararlo, en cierto modo, con una tribuna de oradores, ya que fue en un bar y en estos lugares,  con frecuencia, encontramos "muchos oradores" espontáneos.  

  Esto sucedió  hace años, recuerdo que era por este tiempo, primavera, concretamente, a mediodía. Entró en el bar un paisano, vamos a llamarlo X, debía andar entre los cuarenta y los cincuenta años, y tenía una herida en una sien, conveniente tapada por gasa y esparadrapo. Se dirigió a la camarera, y le dijo:

-          ¡ Ponle a todos lo mismo que estén tomando, que les quiero invitar! ¡ Hoy estoy muy contento!  

   Tanta generosidad, suele tenerla uno cuando tiene algo que celebrar: se va a casar con un/a buen/a novio/a, le ha tocado la lotería, le han aumentado sustancialmente el sueldo en el trabajo (esto último queda para la nostalgia), etc…pero no era el caso. 

   En un pueblo, donde todo el mundo se conoce, sabíamos que X había sufrido un accidente de tráfico  dos días antes. Iba acompañado por la esposa y un hijo, conducía él, el coche era nuevo, apenas llevaba con el mismo dos semanas, y habían dado varias vueltas de campana, quedando el auto totalmente destrozado. De hecho, el seguro lo había catalogado como siniestro total. Afortunadamente, los ocupantes, aparte de haber sufrido magulladuras por todo el cuerpo, y pequeñas heridas, a pesar de lo aparatoso del accidente, habían salido indemnes del percance.

    El automóvil, nos hizo saber después, lo había comprado a plazos, aún tenía un año por delante para pagarlo y, por ahorrar algo, no había hecho un seguro a todo riesgo. El coche, como dije anteriormente, había quedado para chatarra, así que el panorama que tenía por delante, aquel hombre,  era desalentador: pagar durante un año un coche inexistente, por lo que todos coincidíamos en que el pobre X tenía poco que celebrar por la importante pérdida económica que para él le suponía el asunto.

  Otro, en su lugar, estaría apesadumbrado, echando maldiciones sobre el asunto, y, seguramente, permanecería deprimido en su casa, sin gana alguna de salir, para evitar "malgastar el dinero en bares", pero aquel hombre estaba con nosotros en el bar y muy sonriente. Era la cara de la felicidad.

  -       ¡Déjalo! Dijo uno de los parroquianos. Debió pensar que a X, los golpes del accidente debían haber desarreglado algo la mollera. Tú tienes poco que celebrar. Te invito yo a ti.

-          ¡De eso nada! Respondió el accidentado. ¡Claro que tengo mucho que celebrar!

-          ¿Te va a dar un coche nuevo el seguro? Preguntó alguien.

-          ¡De ningún modo! Respondió el implicado. Compré un coche nuevo hace dos semanas y me he quedado sin él, pero eso a mí ya no me importa en absoluto.  Soy viejo, saqué el carnet a trancas y barrancas y reconozco que conduzco fatal,  así que he decidido no volver a conducir más en la vida, para evitar poner a alguien en peligro. En cuanto al coche, que le den por saco; tengo un año por delante para pagarlo....eso se arregla con dinero y ya está. Lo que realmente me importa son los míos, en el accidente he podido matarlos y, por suerte, a ellos no les ha pasado nada y a mi tampoco. Los tres estamos bien y eso hay que  celebrarlo, por ello quiero invitaros, porque estoy muy contento. Para mí, anteayer, es como si hubiera vuelto a nacer. Al contrario de algunos, que no pudieron contarlo,  yo he vuelto  a tener una segunda oportunidad.


Post Data

 * El paisano X existió realmente. Un día, con su coche recién estrenado, sufrió un accidente en un cambio de rasante. El hombre, haciendo honor a su palabra, no volvió a conducir nunca más.



viernes, 23 de abril de 2021

El milagro de San Hermógenes

 


    Una vez estuve en un pueblo donde tenían a San Hermógenes  como patrón y, al visitar la iglesia de aquel lugar, vi su altar mayor de estilo neoclásico, con varias imágenes en el mismo, pero allí no estaba la del patrón; a éste, le tenían reservada una capilla en una de las zonas laterales del templo a la que se accedía a través de una gran puerta metálica enrejada que estaba abierta y, al pasar al interior, vi, adosado a la pared, un altar de piedra granítica de muy buena factura, destinado a albergar la imagen del santo, pero se encontraba vacío.

    En el cielo supongo que todos los santos merecen la misma consideración, pero aquí en la tierra no ocurre lo mismo, en el santoral hay categorías. En primer lugar están los santos más populares, vendría a ser la creme de la creme de la santidad, como San José, San Juan, San Pedro, San Sebastián, San Blas, San Antonio, San Miguel, San Roque…,  que son patronos de muchos lugares; después, tenemos una larga lista de santos que, aunque no son tan conocidos, mantienen un cierto renombre, vendrían a ser santos de  segunda división, como ocurre en nuestro pueblo con San Felipe, olvidado por todos en nuestra ermita, y, por último, están los santos menos conocidos, a los que podríamos catalogar

San Felipe: Olvidado en nuestra ermita

de tercera categoría, de los que apenas hay imágenes, como ocurre con San Hermógenes, un soldado romano que, en un ejercicio de transfuguismo, tan propio entre los políticos de hoy , se convirtió al cristianismo junto a otros compañeros; con la diferencia de que los tránsfugas de antes no eran tan bien tratados como a los de ahora. Cómo sería la cosa que, por este motivo, fue martirizado.

    De San Hermógenes, yo sabía muy poco…el nombre y poco más, por ello, cuando me enteré de que era el patrón de aquel pueblo, sentí una enorme curiosidad por ver cómo era su imagen. Al haber sido soldado, me lo imaginaba vestido de legionario romano, mas tuve que seguir sólo imaginándolo, pues, como ya comenté anteriormente, su altar estaba vacío.

   Ante la alternativa de que la imagen no estuviera en su lugar, por hallarse en proceso de restauración, y aprovechando que el cura, en ese momento, estaba en la sacristía, me dirigí hasta allí  a preguntarle por la imagen.

   Se trataba de un cura joven y, después de presentarme, tras oír mi pregunta, se sintió bastante extrañado por mi interés; debió llamarle mucho la atención que un forastero se interesara precisamente por ese santo.

  Me comentó que él llevaba ejerciendo de párroco, en aquel pueblo, cinco años, y que cuando llegó, San Hermógenes ya no estaba en su altar. El anterior cura le había dicho que él, a su vez, cuando había llegado a aquel pueblo, bastantes años atrás, tampoco estaba, así que no podía darme muchas noticias al respecto.

-             -  ¿Pero la imagen ha existido alguna vez?, insistí yo

-             -Sí. Contestó el párroco. Claro que existió. La gente mayor del pueblo aún la recuerda.

-            - ¿Y sigue siendo el patrón del pueblo? Volví a preguntar.

       - Por supuesto, dijo el cura algo irritado por la pregunta. Una cosa es que no haya imagen y otra que no exista el santo. No tienen nada que ver una cosa con la otra. Verás, continuó hablando el párroco, comprendo que te resulte extraño el hecho de que San Hermógenes sea el patrón del pueblo y no tengamos imagen alguna del mismo. Esto se debe a que un día, ya hace muchos años, desapareció en unas circunstancias algo extrañas, pero no es óbice alguno para que siga siendo nuestro patrón. Es más, la gente de aquí incluso habla de un milagro ocurrido por mediación del santo, aunque oficialmente nunca llegó a reconocerse. Yo llevo varias parroquias, sabrás que ahora hay pocos curas, y tengo mucha prisa. Me están esperando en otro pueblo para decir una misa. Si tienes mucho interés en el asunto, te aconsejo que vayas a ver a Elpidio, el antiguo sacristán. Es natural del pueblo y siempre ha vivido aquí, él te puede informar mucho mejor que yo; tiene muchos años, pero su memoria es fantástica y creo que es la persona idónea para satisfacer su curiosidad. Puedes decirle que vas de mi parte.Además, dijo el párroco para rematar la cuestión, como cura que soy, no soy la persona más indicada para hablar del milagro. Sólo te pido una cosa, si te habla del mismo, no juzgues los hechos con los ojos de un hombre de hoy, aquello ocurrió hace más de 60 años y la perspectiva de las cosas de entonces y de ahora es muy diferente. No lo olvides. 

        Era evidente que el cura sabía mucho más de San Hermógenes de lo que me había dado a entender, y que, elegantemente, se estaba quitando del medio para no seguir hablando del tema. Debía sospechar que no iba a conformarme con sus breves explicaciones y que iba a continuar preguntando a la gente del pueblo sobre su “patrón ausente”, así que, como mal menor, había decidido remitirme al sacristán.

  Estaba en un pueblo cuyo patrón era San Hermógenes, su imagen había desaparecido de la iglesia, tiempos atrás, en condiciones poco claras, y, además, había un milagro del que el cura no quería dar detalle alguno. Aquello se estaba poniendo muy interesante, así que, siguiendo su consejo decidí ir a ver al sacristán, por lo que, desde la iglesia fui directamente a casa de Elpidio, que es como se llamaba aquel hombre.

  El “oficio” de sacristán era -¿es?-  una actividad que consistía en ayudar al sacerdote durante los oficios religiosos, recayendo el puesto, generalmente, en gente muy cristiana que se prestaba a ello, desinteresadamente, y que hoy día, prácticamente, ha desparecido.

   Cabía la posibilidad de que Elpidio estuviera en el campo trabajando; mucha gente en los pueblos, cuando se jubila, tienen huertas o animales para seguir haciendo alguna tarea y entretenerse en algo, y si esto era así, tendría que volver otro día, pero Dios, o San Hermógenes -vaya usted a saber- , quiso que aquel fuera mi día de suerte ya que la esposa del sacristán me dijo que estaba en el pueblo, y que si quería verle, a estas horas - era la una del mediodía - todos los días, acostumbraba ir a los bares del pueblo  y que no iba a tener dificultad alguna en encontrarlo ya que sólo había dos y ambos estaban en la plaza, así que la cuestión era fácil: Si no estaba en uno, estaba en el otro.

   En el primer bar que entré, había cuatro clientes y uno de ellos era Elpidio. Tras saludarle, le dije que venía de parte del cura, le expliqué el motivo de haber ido a verle, que el párroco había comentado que él la personan idónea para informarme, y esto pareció agradarle. Además, le indiqué que quería invitarle a algo mientras me lo contaba. De hecho, invité a todos los parroquianos que estaban con él.

 Hay personas que cuando hablas con ellas, notas rápidamente que son algo antipáticas y basan su lenguaje en monosílabos, economizando las palabras de tal modo que, si un día los encuentras simpáticos, hasta te preocupas por ellos, pensando que les está puede estar pasando algo; a otras, en cambio, les preguntas que cómo están, y te cuentan hasta como se llamaban sus padrinos de bautizo.

   La mayoría, nos encontramos en un término medio y ese supongo que era el caso de Elpidio, pero a aquellas horas, tras los vinos que se había trasegado anteriormente, y el que yo le invité, estaba bastante locuaz haciendo bueno el dicho “ Después de la lluvia nace la hierba; después del vino, las palabras “, así que, tras beber un poco del vaso -creo que era clarete de Cigales- que nos había puesto la camarera, empezó a contarme:

 -     Mira, yo ya soy muy viejo; tengo ochenta y tres años y he sido sacristán durante más de sesenta. Iba para cura y estuve en el seminario varios años, pero me gustaban las mujeres y lo del voto de castidad no me convencía nada, así que, a los diecisiete años, lo dejé ¿y sabes lo primero que hice cuando dejé el seminario?

-     Se buscó una novia. Respondí yo.

-       Efectivamente. Continuó, entre risas, Elpidio. A mí me gustaba estudiar y se me daba bien el latín, que entonces era fundamental para las misas y celebraciones religiosas; coincidió que por aquella época murió el antiguo sacristán, y el cura que había entonces, don Emeterio, un día se presentó en mi casa y dijo que, aprovechando que había sido seminarista y sabía latín, tenía que ser el nuevo sacristán. ¡Y eso que yo no iba ni a misa!

      No hay peor cristiano que aquel que, durante años, ha estado asistiendo, por obligación, a diario a misas, rosarios y resto de actividades que hay en los seminarios, como me había ocurrido a mí, así que la cosa no me hacía gracia alguna y me negué, pero don Emeterio insistió y supo convencerme con un buen argumento. Me ofreció un pequeño sueldo, al mes. Algo testimonial, todo sea dicho, así que acepté y hasta ahora. Actualmente los sacristanes ya no tenemos función alguna y hace años que “dejé de ejercer”, pero en el pueblo, para todos, sigo siendo el sacristán.

- ¿Sigue cobrando como sacristán? Pregunté yo.

- No. Hace mucho que dejé de hacerlo. Si no hago nada, no puedo cobrar nada.  Pero estuve cobrando mi sueldo bastante tiempo. Debía ser el único sacristán asalariado de toda la diócesis.

 -     En cuanto a la imagen de San Hermógenes, falta de su altar desde hace más de 50 años. Continuó hablando Elpidio. Por aquel entonces, se había casado el alcalde del pueblo, un hombre que sobrepasaba ampliamente los cuarenta, con una mujer de veinticinco, pasaba el tiempo, no tenían hijos, y en un pueblo pequeño donde la vida privada es un hecho desconocido, la gente preguntaba continuamente al matrimonio que qué pasaba con los hijos, y que a ver si es que “no valían” -una expresión muy corriente de entonces para referirse a los problemas de reproducción que tenemos algunas personas-

   El problema estaba en él y no de ella, como veras más adelante. Aclaró Elpidio. Se rumoreaba que, como él ya tenía sus años, “las cosas” en la cama no funcionaban como Dios manda, porque “el pajarito no le volaba bien”, y así, malamente, podían hacer lo que hay que hacer para poder tener un hijo.

   Hoy día, la medicina tiene remedios para arreglar esas cosas, pero en aquellos tiempos todavía no había los adelantos de hoy día, y, para intentar solucionar el problema, a Marcelina, así se llamaba la mujer del alcalde, se le ocurrió hacer una novena al patrón del pueblo, a San Hermógenes, pidiéndole que hiciera lo posible para que pudiera tener un hijo.

   Yo escuchaba atentamente al sacristán, y empecé a hacerme un esquema de lo que podía haber ocurrido: don Emeterio había escuchado las súplicas de la mujer al santo, había decidido ayudarla “debidamente”, ella, entonces, tuvo un hijo, y todos tan contentos. Pero no fue eso lo que sucedió; además, eso no era muy milagroso que digamos.    

   Resultó que la mujer del alcalde, la de los veinticinco años, le pidió a San Hermógenes con mucha fe que, como quería tener un hijo, hiciera lo posible para que esto pudiera suceder. Si una novena consiste en efectuar rezos a la Virgen o algún Santo durante nueve días, ya casi al final de la misma, al octavo día, el marido sufrió un infarto tremendo y murió “de repente”, quedando la mujer viuda; así que la novena de Marcelina, al santo, para poder tener un hijo, pensó ella que había quedado en agua de borrajas.

    Cuando en una pareja, uno de los dos cónyuges es 20 años mayor que el otro, hay muchas posibilidades de que uno de los dos sea rico -generalmente, el más viejo-, y aquí ocurría lo mismo. El alcalde era rico y Marcelina le heredó; así que ella, una mujer viuda, joven, rica y de buen ver, se convirtió en una mujer muy cotizada para todos los solteros de la comarca. Tras pasar el luto reglamentario, que entonces se cumplía, empezó a tener pretendientes, uno de ellos fue de su gusto, y volvió a casarse.

  El nuevo marido era parejo en edad y “todo lo tenía en buen uso” –el sacristán lo contó de otra manera más explícita-  así que al año del “casamento”, aproximadamente, la pareja tuvo un hermoso niño.

   Marcelina estaba inmensamente feliz con el retoño y decía a todo el mundo que ahora es cuando lo entendía todo; que su novena no había sido en balde, y que el embarazo y nacimiento de su hijo había sido un auténtico milagro propiciado por San Hermógenes. Ella se había dirigido al santo pidiéndole un hijo y lo tenía gracias a que éste que, siguiendo unos caminos un poco enrevesados eso sí, desde el cielo había hecho lo posible para que tal cosa sucediera.

  La feliz mamá, en agradecimiento al santo, hizo la promesa de que, durante un año, en su capilla no iba a faltar nunca una vela encendida y, a raíz de esto, por toda la comarca se corrió la voz de que San Hermógenes era un santo “muy apañao” para ayudar a las parejas a tener hijos. Debido a esta circunstancia, en su capilla, a partir de entonces, era muy habitual ver al lado de las velas que ponía Marcelina, otras que llevaban algunas mujeres pidiendo al santo otro milagro.

  Don Emeterio, siguió contando el sacristán, nunca admitió que aquello hubiera sido un milagro. Decía que todo había sido producto de la casualidad; pero, por otra parte, estaba contentísimo porque gracias al santo “milagrero”, la iglesia era muy muy visitada y las más devotas dejaban donativos en el cepillo, así que “por qué iba a estropearles la fe” en el patrón del pueblo.

   Todo iba sobre sobre ruedas, hasta que un día una mujer de un pueblo cercano, apareció en el templo con una vela y preguntó al cura que cual era la capilla de San Hermógenes. Don Emeterio se lo indicó, y le dijo que si no tenía hijos.

-     Sí. Respondió la mujer. Tengo cuatro hijos.

-  ¿¡¡Cuatro hijos!!? Contestó don Emeterio sumamente sorprendido ¿Y viene a pedirle otro a San Hermógenes?

-     ¡No señor! ¡Cómo voy a pedirle un hijo a San Hermógenes!  Contestó la mujer con desdén. Lo que pasa es que tengo un problema tremendo con mi marido. Es un mal esposo y ya no sé qué hacer con él -entonces no existía el divorcio en España, y cuando uno se casaba era para “ toda la vida”- Conozco a la Marcelina, sé que le pidió a San Hermógenes que hiciera lo posible para poder tener un hijo, y el santo lo solucionó todo: arregló el problema que tenía con el marido, y así pudo después tener el niño. Bueno, pues yo como ya tengo hijos, no necesito pedirle tanto al santo, con la mitad del milagro me conformo.

  

   Al oír esto, don Emeterio, se quedó helado. Siguió hablando Elpidio. Él pensaba que todas las velas que le llevaban las mujeres al santo eran para buscar descendencia, y ahora resultaba que aquella, y quien sabe si alguna más, iban sólo a pedirle la primera parte del milagro.

   Aquella misma tarde me encargó que llamara al herrero y que le ayudara a poner una cerradura a la puerta de la capilla de San Hermógenes, ya que sólo tenía un pasador, pues no quería que nadie volviera a entrar en la misma a pedirle milagros de ningún tipo al santo; pero, a pesar de todo, seguían apareciendo velas encendidas en el suelo, por fuera de la reja, de modo que, una madrugada, misteriosamente, desapareció la imagen del santo de su capilla, para evitar que  la gente continuara pidiéndole milagros.

-                    -   ¿ Y qué fue de la imagen?  Pregunté yo.

-     No estoy seguro del todo. Contestó el sacristán. Don Emeterio, decía que se la habían llevado al obispado y que este la había enviado a alguna parroquia de otra diócesis, lejos de la nuestra, para que las feligresas le perdieran la pista y se olvidaran de ella; pero yo tengo serias dudas de que acabara así.  

    Había un anticuario que venía mucho por los pueblos a comprar cosas viejas a la gente, y don Emeterio a veces le vendía cosas que decía que “ya no servían”. Unos días antes de la desaparición de la imagen, ese hombre había estado por aquí y yo mismo le vi hablando con él. Si a eso unimos que la desaparición, ocurrió una noche y a escondidas, creo que la sospecha es más que fundada de donde pudo acabar San Hermógenes. Habría que preguntarle al anticuario, pero murió ya hace muchos años.