domingo, 30 de mayo de 2021

La segunda oportunidad

 



    En España, nuestros antepasados más lejanos, vamos a situarlos en unos 25.000 años atrás, por poner una fecha, no tenían las preocupaciones que mantenemos los españoles actuales con el coronavirus, no pagaban impuestos, y tampoco padecían a los políticos que tenemos ahora, así que alguno de nuestros contemporáneos incluso podría llegar a envidiarles, pero viendo las condiciones en las que vivían, más bien sobrevivían, pienso que no debemos añorar excesivamente unos tiempos en los que la preocupación esencial de los humanos (y humanas), de entonces, consistía en intentar comer todos los días, algo que no resultaba nada fácil ya que Mercadona, Alcampo, Carrefur  y demás  establecimientos del ramo, aún tardarían muchos años en abrir  sus establecimientos por todo el país.

 La ropa era de poca calidad, los más privilegiados vivían en cuevas sin calefacción ni aire acondicionado; para procurarse la comida cazaban y pescaban con armas rudimentarias, y, como  la agricultura aún no se había “inventado”, recolectaban las plantas y frutos que la Naturaleza, espontáneamente, les proporcionaba. Con todos estos condicionantes, el hecho de sobrevivir ya de por sí constituía un éxito ,pues las probabilidades de morir de hambre, frío en invierno, o atacados por animales o por otros humanos, eran muy altas, de modo que nadie llegaba a viejo.

  En la vida, primero tienen que estar cubiertas las necesidades vitales y, una vez que esto se logra, es cuando uno comienza a sentir las necesidades espirituales, por lo que tener “pensamientos profundos”, en aquellos tiempos era algo inusual.

   Seguramente, en una época de bonanza climática, primavera o verano, con abundante caza a la vista, y con árboles frutales silvestres dando sus frutos, los hombres prehistóricos estarían satisfechos y se reconciliarían con la vida, pero cuando llegaba el invierno, arreciaba el frío y escaseaban los alimentos, en medio de tantas penalidades, alguno de los humanos de entonces, en un momento de bajón,  pudo pensar: “Estoy pasando más hambre que el perro del afilador, tengo un frío del carajo y mi existencia es una pena...no sé qué pinto aquí. ¿Para qué coños nacemos las personas, si todos acabamos muriendo, tras un montón de penalidades?”. 

   Había nacido el primer filósofo -esto debió pensarlo un homo sapiens, los neandertales por lo visto no pensaban tanto-

  Esta pregunta, aparentemente tan tonta, sobre el sentido de la vida, que aquel hombre, fuese o no un homo sapiens, pudo llegar a hacerse; desde entonces, ha sido planteada, a largo de los siglos, infinidad de veces, por todo tipo de personas, tanto filósofos como no filósofos, y sigue sin tener una clara respuesta que convenza a todos por igual.  

  Todos sabemos qué es la vida, no en vano somos seres vivos y, como humanos que somos, pensamos, aunque a veces no lo parezca; pero si alguien nos pidiera que definiéramos en pocas palabras qué es la vida, comprobaríamos que no resulta una tarea fácil; además, encontraríamos tantas definiciones como personas, ya que cada uno tendríamos una respuesta diferente acorde a nuestra propia existencia

   Desde el punto de vista de la biología, la respuesta es fácil y sirve todo el mundo, tanto para los guapos como para los feos; aquí no hay diferencias: somos seres vivos porque nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Pero, desde el punto de vista espiritual, la cosa cambia. Vivir no solo consiste en existir; ahí tenemos los árboles, que también son seres vivos, y  mucha espiritualidad no se les ve; ésta, es una propiedad exclusiva de los humanos -de todos modos, si miramos a nuestro alrededor, a veces encontramos personas con un nivel de espiritualidad similar a la de los vegetales-.

   Los  antiguos filósofos griegos, que eran muy aficionados a estos temas, cuando hablaban de la vida no perdían el tiempo buscando su origen, para ellos “la culpa de nuestra existencia” la tenían los dioses, que un día, no sé si por aburrimiento o qué, se les ocurrió crear al hombre –por cierto, el resto de las religiones, antes y después que ellos, siempre, han seguido el mismo camino, afirmando que el hombre fue creado por el dios correspondiente, "porque sí"- en cambio, se preocupaban mucho de cómo debíamos vivir, llegando a la conclusión de que, ya que existimos, nuestra misión en la Tierra es vivir bien, contentos y felices.  Pura utopía, ya que a diario podemos comprobar que hay gente de todo tipo:  feliz, infeliz y a medio camino entre ambos extremos.

   Unos siglos más adelante, Bertrand Russell, un filósofo inglés que también se dedicó a pensar sobre el tema, consideraba que, para mantener una vida agradable, eran necesarias al menos cuatro condiciones:  Salud, trabajar en un ambiente laboral agradable, tener medios suficientes para vivir sin privaciones y mantener unas relaciones personales adecuadas.

  Sólo son cuatro, pero qué difícil reunirlas todas ¿verdad?

  Dentro de sus cuatro condiciones, muy acertadamente, situaba en primer lugar la salud.

    Schopenhauer, otro filósofo, en este caso alemán, de comienzos del siglo XIX, sospecho que debió estar enfermo una buena temporada, pues en sus escritos también ponderaba mucho la salud. Durante un tiempo, estuve trabajando en una sala que tenía colgado, en una de sus paredes, un cartel en el que estaba escrito uno de sus aforismos: “La salud no lo es todo, pero sin salud, lo demás es nada”.

   La salud, con diferencia, es el bien más importante que tenemos, pero somos tan tontos que sólo sabemos valorarla cuando nos falta, y es que forma parte de la condición humana no saber apreciar las cosas, en su justo valor, hasta que las perdemos.

      A Bertrand Russell, aunque vivió en el siglo XX, no le conocí; a Schopenhauer, menos aún ya que era del siglo anterior, así que ellos no pudieron darme, directamente, ninguna lección sobre la vida; en cambio, de quien sí la recibí fue de un paisano. El lugar, donde recibí la lección, aunque no podemos compararlo, ni de lejos, con la Escuela de Atenas, sí que podríamos equipararlo, en cierto modo, con una tribuna de oradores, ya que fue en un bar y en estos lugares,  con frecuencia, encontramos "muchos oradores" espontáneos.  

  Esto sucedió  hace años, recuerdo que era por este tiempo, primavera, concretamente, a mediodía. Entró en el bar un paisano, vamos a llamarlo X, debía andar entre los cuarenta y los cincuenta años, y tenía una herida en una sien, conveniente tapada por gasa y esparadrapo. Se dirigió a la camarera, y le dijo:

-          ¡ Ponle a todos lo mismo que estén tomando, que les quiero invitar! ¡ Hoy estoy muy contento!  

   Tanta generosidad, suele tenerla uno cuando tiene algo que celebrar: se va a casar con un/a buen/a novio/a, le ha tocado la lotería, le han aumentado sustancialmente el sueldo en el trabajo (esto último queda para la nostalgia), etc…pero no era el caso. 

   En un pueblo, donde todo el mundo se conoce, sabíamos que X había sufrido un accidente de tráfico  dos días antes. Iba acompañado por la esposa y un hijo, conducía él, el coche era nuevo, apenas llevaba con el mismo dos semanas, y habían dado varias vueltas de campana, quedando el auto totalmente destrozado. De hecho, el seguro lo había catalogado como siniestro total. Afortunadamente, los ocupantes, aparte de haber sufrido magulladuras por todo el cuerpo, y pequeñas heridas, a pesar de lo aparatoso del accidente, habían salido indemnes del percance.

    El automóvil, nos hizo saber después, lo había comprado a plazos y aún tenía un año por delante para pagarlo y por ahorrar algo, no había hecho un seguro a todo riesgo. El coche, como quedó dicho anteriormente, había quedado para chatarra, así que el panorama que tenía por delante, aquel hombre,  era desalentador: pagar durante un año un coche inexistente, por lo que todos coincidíamos en que el pobre X tenía poco que celebrar por la importante pérdida económica que para él le suponía el asunto.

  Otro, en su lugar, estaría apesadumbrado, echando maldiciones sobre el asunto, y, seguramente, permanecería deprimido en su casa, sin gana alguna de salir, para evitar "malgastar el dinero en bares", pero aquel hombre estaba con nosotros en el bar y muy sonriente. Era la cara de la felicidad.

  -          ¡Déjalo! Dijo uno de los parroquianos. Debió pensar que a X, los golpes del accidente debían haber desarreglado algo la mollera. Tú tienes poco que celebrar. Te invito yo a ti.

-          ¡De eso nada! Respondió el accidentado. ¡Claro que tengo mucho que celebrar!

-          ¿Te va a dar un coche nuevo el seguro? Preguntó alguien.

-          ¡De ningún modo! Respondió el implicado. Compré un coche nuevo hace dos semanas y me he quedado sin él, pero eso a mí no me importa en absoluto. Ya soy viejo, saqué el carnet a trancas y barrancas y reconozco que conduzco fatal,  así que he decidido no volver a conducir más en la vida, para evitar poner a alguien en peligro. En cuanto al coche, que le den por saco; tengo un año por delante para pagarlo....eso se arregla con dinero y ya está. Lo que realmente me importa son los míos, en el accidente, a ellos no les ha pasado nada y a mi tampoco. Los tres estamos bien y eso hay que  celebrarlo, por ello quiero invitaros, porque estoy muy contento. Para mí, anteayer, es como si hubiera vuelto a nacer. Al contrario de algunos, que no pudieron contarlo,  yo he vuelto  a tener una segunda oportunidad.


PostData

 * El paisano X existió realmente. Un día, con su coche recién estrenado, sufrió un accidente en un cambio de rasante. El hombre, haciendo honor a su palabra, no volvió a conducir nunca más.



2 comentarios:

  1. Sabio, sin duda el tal señor X, pues su decisión lo acredita. Quién sabe si descendí a de aquel primer filósofo de tu relato.
    Cierto, cada persona somos un mundo, o varios, vete a saber.

    -Manolo-

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  2. Valorar lo que tienes, algo que parece tan simple, claro que es de sabios.
    Respecto a la posibilidad de que X fuera descendiente del primer filósofo, ¿por qué no?. Si tenemos dos padres, 4 abuelos, ocho bisabuelos, diez y seis tatarabuelos...si seguimos tirando del hilo hacia atrás, aquel hombre puede ser antepasado directo de media humanidad

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