martes, 19 de abril de 2022

Un remedio natural

  Hace varias semanas, en una revista de información general (no era una revista científica), leí un artículo que trataba sobre la nutrición y me sorprendió un poco lo que allí escribía el articulista al afirmar que las funciones vitales eran tres: Nutrición, reproducción y relación.

   Aparte de estar en desacuerdo con ella (era una mujer), llegué a la conclusión que debía tratarse de una persona muy sana que nunca había tenido enfermedad respiratoria alguna, ya que en su lista no había incluido la respiración que es la función vital más importante, algo que es consustancial al hecho de estar vivo. Cuando nacemos, el inicio de nuestra existencia coincide con un primer movimiento respiratorio, siendo a su vez, dejar de respirar, lo último que hacemos cuando abandonamos este mundo.

   Las funciones vitales o básicas, desde un punto de vista estrictamente biológico, en los animales, - por si alguno lo ha olvidado, los humanos somos animales; algunos más que otros, eso sí - son respirar, comer y dormir. Las tres son esenciales para poder vivir y, a partir de ahí, podemos hablar de otras funciones, como las que nos permiten relacionarnos con el ambiente a través de los sentidos, o las funciones cognitivas, propias de los seres humanos, como las emociones, la inteligencia, la capacidad de ser felices (o desgraciados)…

    Volviendo a las funciones vitales, respirar es fácil y barato, pero no gratis; los gobiernos, con la excusa de que hay que cuidar el medioambiente -por cierto, cuando hablan de cuidar sólo el “medio ambiente”, se crea la duda de saber qué pasa con el otro medio que queda sin cuidar- cobran bastantes impuestos a las empresas para poder contaminar, en un puro ejercicio de cinismo recaudatorio.

   Dormir también es gratis, a no ser que lo hagas en un hotel, aunque allí, realmente, no te cobran por dormir, sino por ocupar una habitación para que lo hagas.

    En cuanto a comer…qué queréis que os diga. En términos económicos, es lo que más nos cuesta y así es desde el principio de los tiempos. Según la Biblia, cuando Dios echó a Adán y Eva del Paraíso, ya les advirtió que debían ganarse el pan con el sudor de su frente. Esto, llevado a la práctica, significa que si queremos comer todos los días, tenemos que trabajar –Dios no preveía entonces, que en el siglo XXI, habría un país llamado España donde una lista interminable de políticos de todo pelaje, con sus correspondientes asesores y allegados, se las arreglarían para comer ese pan, casi sin sudar-  

    Los problemas derivados de la nutrición son diversos. El más grave de todos, sin duda alguna, es el hambre que sufren los ciudadanos de algunos países, donde la escasez de alimentos es un mal endémico.

   En España, nuestros antepasados, en la Prehistoria, tampoco debían estar sobrados de alimentos. Antes de que se inventara la agricultura, comían los frutos silvestres que les proporcionaba la naturaleza y carne de los animales y peces que cazaban o pescaban con armas y herramientas rudimentarias, - tengo la sensación de que debían estar todos muy delgados-  así que su día a día distaba de ser fácil.  Supongo que cazar mamuts, por poner un ejemplo, debía ser un acto muy peligroso en el que muchas veces el cazado era el propio cazador; en cambio, hoy día, obtener alimentos en nuestro país es relativamente fácil. Va uno al supermercado y al poco rato vuelve a casa con todo lo necesario para comer ese día, sin correr los riesgos a los que se exponían nuestros ancestros en el intento.

    Además de los problemas de intendencia que conlleva la alimentación, si entramos en el terreno de la medicina, tenemos los trastornos alimentarios que son muchos y variados, relacionados, casi todos ellos, con la cantidad de alimentos que comemos y bebemos a diario.

Quien come mucho engorda, y quien no come lo suficiente, adelgaza -evidentemente, no hace falta ser un Premio Nobel para llegar a esta conclusión- de ahí que lo ideal sea ingerir una dieta equilibrada y en cantidad suficiente para mantenernos sanos. Hipócrates (siglos V y IV a. de C.), considerado el padre de la medicina, decía al respecto “Que tu alimento sea tu única medicina”. Esto, aunque teóricamente parece muy sencillo, no lo es tanto a la hora de llevarlo a la práctica.

  Cuando comemos en exceso, acumulamos grasa en nuestro organismo, esa cosa que algunos llaman metafóricamente el “enemigo invisible” –demasiado metafórico si consideramos que, quien más grasa tiene, es más voluminoso y por lo tanto más visible- tenemos sobrepeso y ello repercute en las articulaciones, aparato circulatorio, nuestra figura deja de ser estilizada…

  Cuando comemos menos de lo recomendable, adelgazamos y, aunque todos queremos estar guapos y delgados, y ello pueda ser una aspiración loable, los excesos son contraproducentes ya que, si nuestra alimentación no nos proporciona los suficientes aportes proteínicos, de carbohidratos, grasas -sí, la grasa también es necesaria-, vitamínicos y minerales, podemos tener no una, sino un rosario de enfermedades, algunas muy graves.

  Hay ocasiones en que la delgadez es debida a la falta de apetito o inapetencia (a esto, lo llaman los libros de medicina anorexia).

  A veces, sobre todo en los niños, la inapetencia es selectiva:  no tienen apetito para comer frutas o verduras, y en cambio sí lo tienen para comer un flanes y pizzas. En estos casos, no estamos ante un trastorno alimentario, sino educacional.

   El problema de la anorexia existe, es real, y los humanos hemos tenido que echar mano, con mayor o menor éxito, de diferentes remedios.

   Hasta bien avanzado el siglo pasado, era muy común el uso de “Quina Santa Catalina”, o de “Kina San Clemente” (aún hay más marcas), unos vinos dulces a los que se le añade quina, para recuperar el apetito perdido. Estaba muy extendida la costumbre de dar una copita, de estos preparados, a los niños inapetentes sin importar la edad, porque eran “medicinales, tónicos y reconstituyentes”, y eso que algunos tenían hasta 13 grados.

  También las sopas de vino y los huevos batidos con vino y azúcar formaban parte del “arsenal terapéutico” que empleaban nuestras madres para estos menesteres.

   Con tales remedios, no sé si recuperábamos el apetito o no, pero algunos nos poníamos muy contentos.

   Otros remedios caseros, pasaban por tomar infusiones de manzanilla con un poco de miel y canela, aunque algunos cambiaban la manzanilla por tomillo blanco; siendo también muy popular el aceite de hígado de bacalao, en forma de jarabe, también empleado con estos fines. Entonces, como no llevaba saborizantes asociados, tenía un sabor horrible, aprovechando nuestros padres esta propiedad con un fin coercitivo ya que, si no querías comer, la amenaza era que tenías que tomar una doble ración del mismo.

  Además de estos remedios tan elaborados, en nuestro pueblo contábamos con otro recurso 100% natural que nos permitía recuperar el apetito perdido, un producto en estado líquido, incoloro, inodoro e insípido; por si alguien no lo ha adivinado es el agua.

   Es del dominio público el hecho de que el pilar del valle de la Mata de las Cubas “da hambre” a todo aquel que bebe su agua. El conocimiento de la propiedad que tiene dicha agua, ya era conocido desde hace siglos por nuestros antepasados y ha ido transmitiéndose de generación en generación.

   En los tiempos que vivimos, donde nadie se cree las cosas “porque sí”, -la publicidad ha tenido mucho que ver en ello, ya que a menudo promete cosas que no se corresponden con la realidad- yo tenía serias dudas de que el agua de ese pilar tuviera tal cualidad, así que decidí experimentar por mí mismo si ese efecto era ficticio o real.

  No es que estuviera inapetente, más bien peco de lo contrario, pero consideraba que, si bebía de esa agua, durante unos días tendría más apetito del habitual.

   El año pasado, a mediados de marzo, un día, decidí acercarme al pilar de la Mata de las Cubas con ese fin. Cogí el coche, llegué a las inmediaciones del valle, me acerqué hasta el pilar con una botella, la llené y regresé al pueblo. A lo largo del día bebí todo su contenido y la verdad es que no noté nada extraordinario. Tanto ese día, como el siguiente, mi apetito fue el habitual llegando a la conclusión de que estaba ante otra creencia más, carente de fundamento.

   No obstante, aún mantenía mis dudas; consideraba que, si a lo largo de muchas generaciones nuestros antepasados habían mantenido que bebiendo dicha agua se recuperaba el apetito, era improbable que todos ellos estuvieran confundidos.

  Por otra parte, dicen que Edison, para lograr inventar la bombilla, necesitó hacer cerca de 1000 experimentos hasta que lo consiguió, y yo tan sólo tan solo había hecho una prueba, así que decidí repetir la experiencia, esta vez, cambiando de táctica, siguiendo el axioma de que uno no puede pretender resultados distintos, haciendo siempre lo mismo.

   Hace 2 semanas, estuve en el pueblo un fin de semana y decidí volver al pilar. Era el inicio de la  primavera y amaneció una mañana soleada con la temperatura templada para la época; un día magnífico para realizar una ruta campestre,  así que decidí ir hasta ese valle, en esta ocasión, caminando.

   La distancia hasta el mismo, desde el pueblo, debe rondar los 2 km; pero no fui directo hasta allí, decidí alargar el recorrido y pasar por el mismo ya de regreso. .

   Por cierto, pasé por “Mata Hijas”. Alguien me habló una vez de ese valle, afirmando que recibía tal nombre porque allí, tiempos atrás, un padre se había cargado a sus hijas. Yo le respondí que estaba equivocado, que la explicación era bastante más sencilla y que allí no había ocurrido parricidio alguno. El valle se llama realmente “La Mata de las Hijas”, pero los humanos, como somos vagos por naturaleza, hasta para hablar, hemos abreviado el nombre, de ahí que lo conozcamos como “Matahijas”.

  Aquella mañana, pasé por ese, por otros muchos parajes, y cuando llegué al pilar en cuestión ya llevaba más de dos horas caminando ininterrumpidamente. Como no llevaba botella alguna, bebí directamente del caño y proseguí mi camino para regresar al pueblo alargando el recorrido aún durante una hora y media más. Había desayunado poco y no había llevado nada para comer ni beber en el camino.

   Una vez llegué al pueblo, antes de volver a casa, pasé por la panadería; el pan recién hecho olía de maravilla, compré una barra de pan y durante el trayecto de la panadería a casa, me comí casi la mitad. Algo insólito...nunca me había sucedido algo así.

   Reconozco que en otras ocasiones, cuando he comprado pan en el pueblo, este nunca ha llegado indemne a casa -el pan que hace nuestra panadera es estupendo- y siempre lo he empezado en el camino, pero aquel día me sabía demasiado bien pues tenía “más apetito del habitual”; así que llegué a la conclusión de que nuestros antepasados, una vez más, tenían razón: Es cierto que: Quien bebe agua del pilar del Valle de la Mata de las Cubas, recupera el apetito.

 Nota

 · Actualmente, estoy intentando descubrir si hay algún otro pilar cuyo agua tenga la propiedad contraria: disminuir el apetito. Si alguien conoce alguna fuente o manantial con esta característica,  se agradecería que lo pusiera en conocimiento de todos para ayudar a enmagrecer y mejorar la figura de todo aquel que lo precise

sábado, 26 de marzo de 2022

Asuntos divinos y profanos : El “tío Dios”

   Esto ocurrió por la Pascua y, aunque las crónicas no aclaran con precisión el año, todos los datos parecen indicar que debió acaecer a finales de la década de 1950 o comienzos de 1960, una época, en España, donde la gente aún era muy creyente y la religión se hallaba muy presente en todos los ámbitos de la vida (familia, educación, trabajo, fiestas); tanto… tanto, que hasta se respiraba en el ambiente.

   La Pascua de Resurrección, Pascua Florida o Domingo de Pascua, es la fiesta central del cristianismo, donde conmemoramos la resurrección de Jesucristo, marca el final de la Semana Santa y, tal como sucede con esta última, no tiene una fecha fija variando cada año según los ciclos de la luna. 
  Para un cristiano, que es practicante, antes y ahora, sobre todo antes, confesarse y comulgar son actos habituales que realiza con más o menos frecuencia a lo largo del año; pero la Iglesia, sabedora de que no todos somos tan buenos cristianos, y que no nos gusta excesivamente andar contando nuestros pecados a nadie; pensando en este alto porcentaje de potenciales remolones, ya en el Concilio de Letrán, el año 1251, instituyó un mandato para todos los cristianos, que vendría a ser un acuerdo de mínimos, mediante el cual todos estamos obligados a comulgar por esta época, un acto que es conocido popularmente como " cumplir con el precepto pascual”. 
   Este norma, en la década de 1950, era rigurosamente respetada por todos y, como para poder comulgar es necesario confesarse primero, y el confesor de los feligreses era, y es, habitualmente, el cura de cada parroquia; don Tolentino, el párroco del aquel pueblo, aprovechando que la Pascua ya estaba próxima, había planeado aprovechar esta circunstancia para enterarse quién era el autor del robo del que había sido víctima, unas semanas atrás, en lo que él consideraba un auténtico acto de felonía. Pero empecemos por el principio. 

   El sacerdote, tan sólo llevaba medio año al frente de la parroquia. Cuando llegó destinado al pueblo 

para sustituir al anterior párroco, que había sido trasladado a otro lugar; éste, le había presentado al sacristán aconsejándole que lo mantuviera en el puesto, ya que era muy discreto y, viniendo la recomendación, de parte del compañero, no dudó un momento en aceptar su consejo, pero, a los pocos días, llegó a la conclusión de que la decisión había sido algo precipitada y que debió haberse tomado un tiempo para pensarlo ya que las circunstancias personales del sacristán eran un tanto especiales y tenía serias dudas de que fuera la persona más indicada para tenerlo como ayudante. 

   Tal desazón, se debía a que el sacristán se llamaba Diosdado, pero nadie le llamaba así. En el pueblo era conocido por la gente como ”el tío Dios”; además, muchos vecinos ni se molestaban en anteponer el tratamiento de “tío”, llamándole directamente “Dios”. 
   No es que la gente de aquel pueblo fuera especialmente irreverente; simplemente, obraban así porque estaban acostumbrados a hacerlo desde siempre y a nadie llamaba la atención, excepto al sacerdote y esto le “ponía de los nervios”. 
   En la vida real, Dios está en todas partes y no se le ve; pero en aquel pueblo “Dios” sí era visible y además le gustaba mucho frecuentar las tabernas. Por otra parte, lo normal es que los curas estén al servicio del Creador, en cambio, allí, resultaba que “Dios” era su subordinado. 
   Otra de las particularidades que acompañaban a Diosdado, era que tenía una hija llamada María; luego, contraviniendo a lo que dicen los evangelios, en aquel lugar, Dios no era hijo de María, sino que María era hija de “Dios”. 
   Aún había otro asunto que tampoco gustaba nada al párroco y era que, en sus años de formación en el seminario, a pesar de haber leído muchos de los libros que componen la Biblia, en ninguno de ellos, ni siquiera en la letra pequeña, había visto reseña alguna de que Dios tuviera nietos, y en aquel pueblo la gente hablaba con total naturalidad de los nietos de “Dios”. 
 María, la hija de Diosdado, estaba casada con un hombre que, precisamente, se llamaba José - que también es casualidad, razonaba el cura - y con él había tenido dos hijos. Al menos, ninguno de los dos se llamaba Jesús, para alivio de don Tolentino, que pensaba que era lo único que le faltaba “al pastel”.

   El que hubiese dos dioses en aquel pueblo, uno divino, el Dios el Auténtico, y otro humano, el “tío Dios”, daba lugar a innumerables bromas, chascarrillos, chanzas o humoradas entre los vecinos, algo que el cura consideraba que, si no era un sacrilegio, se le parecía bastante; además, no hacía más que preguntarse cómo era posible que el anterior párroco le hubiera recomendado a Diosdado como sacristán, admirándose a la vez de que hubiera podido convivir con él, tan estrechamente, sin los problemas de conciencia que él arrastraba desde el día que había llegado a aquel pueblo,   envuelto en tal situación sin pretenderlo. 
  Llevaba un tiempo dándole vueltas al asunto, reflexionando sobre cómo podría acabar con este jaleo,  y cada vez estaba más convencido de que el primer paso para solucionar “el berenjenal pseudoteológico” en el que, a su juicio, se hallaba inmerso, pasaba por prescindir del sacristán. Pero éste,  como realizaba con eficacia su labor y, además, lo hacía altruistamente, ya que no cobraba nada por ello, no encontraba una excusa razonable para poder despedirle, de modo que comenzó a cogerle manía a Diosdado. 
  Una persona, en su trato con la gente, generalmente, no necesita ser demasiado aguda para saber si a alguien le cae bien, mal o le es indiferente, e, inconscientemente, el sentimiento, rápidamente, se hace mutuo, de modo que, Diosdado, que había convivido “divinamente” con el anterior párroco, rápidamente se percató de que no le caía bien a don Tolentino, empezó a incomodarle la relación “profesional” que mantenía con el cura, y un día le dijo que dejaba el puesto, “por motivos personales"  –léase, porque estaba hasta los XXX de que le mirara mal el párroco, sin causa justificada, a pesar de ejercer el oficio de sacristán de forma ejemplar- 

   Don Tolentino agradeció profundamente la dimisión del sacristán y se puso muy contento pensando que los chistes relacionados con los dos dioses, que la gente contaba a veces, se iban a acabar; pero la alegría sólo duró unas horas. Al día siguiente, se enteró que “Dios” se había emborrachado -obviamente,  se trataba del dios de la tierra…del “tío Dios”- Para celebrar el cese, Diosdado había ido a la taberna, allí había coincidido con unos amigos y se les había ido la mano con el vino. 

  En aquel pueblo, existía la costumbre de que el Ayuntamiento, todos los años, regalaba un cerdo al cura, tal como se hace en La Alberca (Salamanca), con el cerdo de San Antón, aunque el cerdo, en este caso, no era para santo alguno, sino para el párroco. 
   A primeros de marzo, recibía un lechón por parte de la corporación, que era cebado hasta diciembre y, una vez pasada la Purísima, entre varios vecinos/as, organizaban la matanza del “puerco del cura” –perdón. Organizaban la matanza del puerco, que el ayuntamiento regalaba al cura- 
   Al llegar la fecha correspondiente, el Ayuntamiento hizo entrega del garrapito al cura y, cuando apenas llevaba dos semanas cebándose en la cuadra, una mañana, la persona que lo alimentaba todos los días, fue a la casa del párroco para informarle de que su lechón había desaparecido. 
   Como aún era pequeño, no debió costarle mucho al cuatrero afanarlo. Éste, además de ladrón, resultó ser poeta pues había tenido la humorada de escribir con tiza en la puerta de la cuadra. 

“El puerco de don Tolentino, 
  Ha encontrado mejor destino” 

   Esto enojó muchísimo al párroco, ya que el hurto tenía dos lecturas paralelas: a) El daño económico: le habían privado de jamones, chorizos, lomos… b) El daño espiritual: En la comunidad había un ladrón, y encima le había robado a él…al pastor del rebaño… al encargado de aleccionar a la gente a hacer el bien (Si se enteraba el obispo iba a decir que vaya éxito estaba teniendo en su labor pastoral)

   Desde el primer momento, tuvo la sospecha de que el autor del robo había sido Diosdado, pues consideraba que era el único que podía tener motivos para ello. Reconoció que, como nunca había puesto buena cara al sacristán, éste se había dado cuenta de ello, había cesado por este motivo, y, seguramente, había decidido vengarse de él robándole el garrapito. 
   Claro que no tenía pruebas, pero pronto iba conseguirlas pues se acercaba la Pascua, los feligreses estaban obligados a comulgar como era preceptivo, para poder hacerlo debían pasar, previamente, por el confesionario y allí era donde pensaba conminar al presunto ladrón para que confesara y asumiera su culpabilidad, si quería comulgar aquel año. Si decidía zafarse y no acudía a confesarse, eso ya de por sí constituiría un claro signo de culpabilidad. 
   Pero, llegado el día, Diosdado, como el resto de los feligreses, acudió a confesarse con don Tolentino que esperaba impaciente aquel momento. 
   El cura lo tenía todo previsto, haría una confesión dirigida, realizando un recorrido por todos los mandamientos, y cuando llagara a “No hurtarás”, ahí es donde, irremisiblemente, iba a pillarlo. 

   El acto de la confesión, cada uno de sus protagonistas lo vio desde una perspectiva diferente: 

   Diosdado lo percibió así: 
   El día que fui a confesarme, don Tolentino, en vez de dejar que le contara mis pecados libremente, que no dan para mucho, todo sea dicho. ¡Ya me gustaría a mí poder pecar más!, se empeñó en hacer un recorrido didáctico por los mandamientos, como si estuviera empeñado en que yo hubiese faltado a todos, para que no se escapase ninguno. 
   Él está convencido de que he sido yo quien le robó el cerdo, así que pensaba que iba “a cantar” durante la confesión. Con lo que no contaba, es que para llegar al séptimo mandamiento (no hurtarás), primero hay que pasar por los seis anteriores.

Don  Tolentino, por su parte, lo vio así: 
  La confesión fue larga y un tanto extraña. Tras llegar el pecador al confesionario, le avisé de que íbamos a hacer un recorrido por los mandamientos, para ayudarle a reconocer sus pecados.     Previamente, ya le había avisado que,  si quería evitar abrasarse eternamente en las llamas del infierno, no debía mentir -esta táctica de acojonar a los feligreses, para que “cantaran” y contaran todas “sus maldades” era muy empleada entonces por los antiguos confesores -, y el muy ladino respondió que, aunque estaba seguro de que en el infierno hay mejor ambiente, y que la gente que va allí debe ser más divertida que la que va al cielo, él pretendía ir a este segundo lugar y que por eso había ido a confesarse. 

   Al interpelarle sobre el primer y segundo mandamientos, ambos relacionados directamente con la figura de nuestro Creador, le pregunté que si le gustaba que los vecinos le llamaran “Dios” y que si en algún momento había creído serlo, respondiéndome que el asunto le era indiferente. Que él se llama Diosdado como su padre, su abuelo, su bisabuelo, y quien sabe si algún otro antepasado anterior; que en el pueblo le llaman “tío Dios” o “Dios”, porque es más corto y familiar que Diosdado; que su mujer, cuando vivía y se enfadaba con él, le llamaba además de otras muchas maneras que no quiso repetir para no escandalizarme, y que si los demás le llamaban así, por educación, tenía que responderles 
   Pensándolo bien, las personas no se llaman a sí mismas; luego, el problema está en los demás. Así que, en lo referente a los dos primeros mandamientos, no pude reprocharle nada. 

  En cuanto al tercero, “Santificar las fiestas”, como ha sido sacristán, ha asistido a misas, bodas, funerales, entierros… en número muy superior al resto de feligreses, así que tampoco encontré aquí nada reprobable. 

 En lo referente al cuarto, “Honrar a los padres”, hubo un momento de confusión inicial, ya que al preguntarle si honraba a sus padres, respondió que no. Ante tal respuesta, pensé que aquí ya había encontrado materia para empezar a recriminarle sus acciones, y le dije: 
   - ¡No honrar a los padres, es pecado mortal! Nos han dado la vida, y nos lo han dado todo.   
   Respondiéndome él: 
  - Mis padres murieron hace años, así que difícilmente puedo honrarlos; pero mientras vivieron siempre lo hice. 
   - Entonces vale. Respondí tras la aclaración. 

  El quinto fue puro trámite: 
 - Espero que no hayas matado a nadie. Pregunté 
 - Si hubiera matado a alguien, imagino que estaría en la cárcel, en vez de estar aquí confesándome ¿No cree? 
 - ¡De acuerdo! Respondí yo. Vamos a continuar 

  Al llegar al sexto mandamiento, sucedió lo siguiente: 
- ¿Has cometido actos impuros? Pregunté. 
- ¿Yo?. Ya soy muy viejo para esas cosas ¡Qué más quisiera! Respondió el pecador. 
    A los viudos nos pasa lo mismo que a ustedes, los curas. Tenemos mala fama, en este sentido. Si yo le contara… 
   Cuando me quedé viudo, aún era joven y hubo un año que “pequé un poco”. Resulta que una vez se me ocurrió ir a una casa de “señoras simpáticas” ¿y sabe a quién me encontré allí? A la última persona en el mundo que hubiera sospechado ver en uno de esos esos sitios. ¡Vaya susto que se llevó al verme! La verdad es que a mí tampoco me hizo gracia alguna que un conocido me viese allí. 
  Yo, al fin y al cabo, era viudo y no tenía que rendir cuentas a nadie; ¡¡¡pero él!!! Si se llega a enterar la gente, menudo escándalo se hubiera armado. El caso es que, como a ninguno de los dos nos interesaba que aquello se supiera, ambos acordamos ser muy discretos. Él no iba a decir nada de mí y yo tampoco de él. Lo bueno de aquel inoportuno encuentro es que, a partir de ahí, nos hicimos muy amigos. Mire si hemos sido discretos, que hasta ahora nadie se ha enterado de este asunto. Yo, es la primera vez que lo cuento porque sé que ustedes los sacerdotes tienen que guardar el secreto de confesión, si no, tampoco se lo hubiera dicho. 
   No obstante, si para poder absolverme, usted considera necesario que le diga quién es, se lo digo. Aunque él ya no vive aquí, porque hace unos meses fue destinado a otro pueblo, sí le conoce.
 
   Don Tolentino, a medida que escuchaba las palabras del confesado, iba alarmándose por momentos.     Su afirmación de que los curas y los viudos tenían mala fama en los asuntos del sexo, y que había coincidido con un conocido en un establecimiento de mujeres de moral distraída, le llevó a pensar que estaba a punto de entrar en un “terreno pantanoso”. 
   Había dicho que “el otro” era alguien muy conocido, y que si el asunto hubiese trascendido  se habría  convertido un auténtico escándalo para la comunidad, algo que no había sucedido porque los dos eran muy discretos. 
   También recordaba que el antiguo párroco, al irse, le había recomendado al sacristán, alabando en él, ,principalmente, la discreción. ¡otra vez esa palabra! Este hecho, y el saber que la persona implicada, desde hacía varios meses, vivía en otra localidad convertían al párroco anterior en el principal sospechoso de ser “el otro”. 
  Cuando llegó a esta conclusión, inmediatamente intentó borrar este pensamiento de su mente, pero no lo lograba...eran demasiadas casualidades. Sin embargo, ¿y si el pecador implicado no era el compañero sino una persona “normal”, y el auténtico pecador era él por la falta de confianza hacia su antecesor en el cargo? 
   Ante él estaba el antiguo sacristán dispuesto a decirle quien era “el otro”, y, si lo decía, podría resolver la duda... pero ¿ qué pasaría si "el otro" resultaba ser el compañero? ¿Tendría que decírselo al obispo? 
   Ante semejante dilema, tuvo unos momentos de incertidumbre en los que no sabía qué camino seguir y, tras meditarlo unos instantes, decidió que prefería quedarse con la duda. 

   Diosdado, vivió el final de la confesión así: 
  Cuando llegamos al sexto mandamiento y comencé a contar mis pecados, observé que don Tolentino se iba poniendo muy nervioso a medida que le iba poniendo al corriente de todo, llegando un momento en el que no me dejó seguir, despidiéndome de este modo: 

  - ¡Mira! Ya es suficiente. Te absuelvo de todo. No hace falta que me cuentes más. Además, si has sido tu quien me robó el lechón, que te aproveche…también te absuelvo de ello. 
  ¡Vete y reza lo que te parezca!. Aún tengo que seguir confesando a mucha gente

lunes, 28 de febrero de 2022

La leyenda del Gigante

 



         El Castillo, nuestro castillo, es un paraje en pleno casco urbano de singular belleza. Una magnífica atalaya desde la que podemos contemplar un amplio territorio de la comarca y del vecino Portugal.

  Otro atractivo, que encierra el Castillo, es su valor histórico; no olvidemos que su nombre proviene de una fortificación que se construyó allí, siglos atrás, aprovechando la altitud de este magnífico cerro. Aunque no queda ni una sola piedra de la fortaleza, aún podemos ver en la roca, las marcas donde se cimentó la construcción.

   El hecho de que aquí hubiese una fortificación, fue debido a nuestra condición de ser un pueblo fronterizo; si nos remontamos varios siglos atrás, hubo una época de nuestra historia en la que portugueses y españoles no nos llevábamos demasiado bien y, al haber guerras por medio entre ambos países, eran abundantes las fortificaciones a lo largo de toda la frontera en los pueblos de ambos lados de la raya, para protegerse del enemigo correspondiente.

   Los problemas territoriales, entre países vecinos, siempre han existido y lusos y españoles, en épocas pasadas, también competíamos por ver “quien la tenía más larga” -me refiero al “ansia de victoria” sobre el otro, no a otra cosa-

 

   Subir al Castillo es una delicia para la vista cualquier día, a cualquier hora, en toda época del año; pero, si hay que elegir una ocasión idónea, yo recomendaría la hora de la puesta de sol, un momento mágico que causa admiración y asombro a todo aquel que la ha contemplado alguna vez.   

   Desde este otero, especialmente en verano, los días cercanos al solsticio, cuando las tardes parecen interminables porque nuestra estrella se resiste a esconderse en el horizonte; una vez que acaba haciéndolo, podemos ver unas puestas de sol espectaculares.

   El sol, al amanecer, hace su aparición por el Este; a mediodía está situado en el Sur, y cuando llega la hora del crepúsculo, se pone por el Oeste. Aunque todo el mundo sabe -o debería saber- que es así, en mi niñez, hubo una época en la que llegué a pensar que el Sol, en nuestra comarca, tenía personalidad propia debido a que el maestro, en la escuela, para explicarnos del fenómeno del día y la noche no hablaba de puntos cardinales, sino de pueblos. Recuerdo que en un ejercicio pedagógico algo discutible, pero sin embargo eficaz, nos decía que “nuestro sol”, salía todas las mañanas por El Milano, a mediodía se situaba entre Saldeana y Bermellar, a la hora del ocaso, por la tarde, se ponía en Portugal, y por la noche estaba escondido, mientras “dormía”, a la altura de Cerezal y La Zarza.

 

    Volviendo a las puestas de sol, es sorprendente ver cómo, al declinar el día, este astro va situándose lentamente sobre los montes de nuestro vecino país, al otro lado del Duero, manteniendo aún una alta potencia lumínica; mas, una vez que se sitúa encima de aquellos montículos, entre Freixo de Espada à Cinta y Mazouco, dispuesto a desaparecer; una vez que alcanza la cima de aquellas colinas, se esconde tras ellas con inusitada rapidez. En menos de dos minutos, podemos ver cómo el disco solar pasa de ser visible en su totalidad a desaparecer completamente de nuestra vista. Este hecho, lleva aparejada una gran pérdida de la luminosidad ambiental, pero los rayos solares aún permanecen unos momentos incidiendo indirectamente en el horizonte y en el cielo, proporcionando un magnífico espectáculo visual, demostrando, una vez más, que por mucho arte que pueda producir el hombre, jamás puede igualar al que ofrece la Naturaleza. 

   Estas magníficas puestas de sol ocurren desde el comienzo de los tiempos, antes incluso de que existiese el hombre; claro que entonces los de Barrueco no estábamos allí para poder apreciarlas.

    A veces nos preguntamos, si antes de que la humanidad apareciera sobre la faz de la Tierra había algún ser, ente, criatura, o espécimen que la habitase, y la respuesta es afirmativa; antes de que el hombre apareciese sobre nuestro planeta, según la mitología griega, la Tierra estaba “habitada” por los dioses y los gigantes.

   Los primeros, vivían como dioses. Es decir, no tenían necesidades, no sufrían enfermedades, no debían preocuparse de trabajar para comer, no tenían políticos ineptos que los gobernaran, y, además, eran inmortales (sé que este es el ideal de vida para cualquier español y, aunque no quiero desanimar a nadie, la verdad es que lo tenemos difícil para poder vivir así, especialmente, en lo relativo al asunto de la inmortalidad y al de tener buenos políticos). Si hacemos caso a los antiguos griegos, los dioses tenían su morada en el Monte Olimpo.

   Los gigantes, en cambio, eran unos seres que estaban a medio camino entre los humanos y los dioses; en realidad, eran hombres muy grandes…enormes, y no habitaban en el Olimpo. Como hombres que eran, tenían las necesidades propias de los humanos: eran mortales, necesitaban trabajar para comer, enfermaban… y, aunque no pagaban hipotecas, ni impuestos, y tampoco les molestaban continuamente las compañías telefónicas ni eléctricas, por el teléfono, a las cuatro de la tarde, como a nosotros, la vida para ellos era casi tan dura como la de los humanos actuales.

   Además, eran un poco salvajes y, por lo que se ve, envidiosos, lo cual no debe extrañarnos en absoluto, si consideramos que eran hombres. Un día, no aguantando más su envidia hacia los dioses, se rebelaron contra ellos y, como era de esperar, llevaron las de perder siendo exterminados por estos.

   En realidad, hay que aclarar que sobrevivió uno que, casualmente, tiene relación con Barrueco.  

   ¿Qué por qué sobrevivió uno y, además, apareció en nuestro pueblo? Caben varias teorías; es más, cada uno de nosotros puede elaborar una teoría propia y nadie va a poder contradecirle (es una de las ventajas que tiene la mitología).

    Seguramente, una tarde cualquiera, uno de los gigantes, cuando era niño, en su Grecia natal, salió de paseo, caminó hacia el oeste, se despistó un poco y se perdió; como entonces no había letreros en las carreteras -creo que no había ni carreteras- , y mucho menos GPS y móviles, y además el día estaba nublado y no podía orientarse por el sol ni las estrellas, siguió caminando sin saber hacia dónde iba, siendo el azar quien lo trajo a nuestra comarca, algo que resultó providencial para él,ya que en su ausencia fue cuando tuvo lugar Guerra de los Dioses y los Gigantes, en la que estos últimos fueron derrotados, pudiendo así salvar el pellejo.

   Hay que aclarar que cuando los gigantes la diñaban, se convertían en roca; de modo que, cuando fueron vencidos por los dioses, acabaron convertidos en montañas. 

    Nuestro territorio, debió resultarle bastante atractivo a nuestro gigante, único superviviente de estos seres, y decidió quedarse a vivir en nuestra comarca, donde residió largo tiempo, de modo que, cuando le llegó la hora, murió de muerte natural.

    Nuestro gigante, no era ajeno a la belleza del paisaje, estaba prendado de las puestas de sol que se ven desde nuestro pueblo y todos los atardeceres, extasiado, las contemplaba Por ello, cuando consideró que el final de sus días estaba cercano y vio que iba convirtiéndose en una roca de granito, decidió realizar su metamorfosis convirtiéndose en un montículo, en el lugar que hay es nuestro castillo, siendo éste el “verdadero” origen de mismo. Así que ya lo sabéis, nuestro castillo no es un simple accidente geológico más, como el resto de los montes comarcanos, es un gigante dormido que mira, desde hace millones de años, hacia el oeste, hacia Portugal, hacia las puestas de sol.

      Si hablamos de gigantes, estamos moviéndonos en el ámbito de los mitos y las leyendas y a mí, la verdad es que nadie me había mencionado nunca que nuestro castillo fuese un gigante dormido, en vez de un peñascal a cuya sombra surgió nuestro pueblo. Me enteré de su existencia de forma casual.

  Como todos los del pueblo, he ido al Castillo, y sigo haciéndolo, en innumerables ocasiones, en todas las etapas de mi vida: infancia, adolescencia, adulto; he recorrido todos sus rincones y nunca había encontrado nada que llamase mi atención, en este sentido, hasta que una tarde de otoño, paseando por allí, casualmente, quedé muy sorprendido al reconocer su cara.

    Los gigantes, cuando fueron derrotados por los dioses, quedaron todos ellos muy maltrechos, -hechos cachitos, como diría un niño de los de antes. Un niño de ahora, diría que quedaron desintegrados- y acabaron convertidos en montañas informes, siendo, totalmente irreconocibles; en cambio nuestro amigo, como palmó de “muerte natural”, sí es reconocible, algo que constituye un hecho insólito y único en el mundo.

 

   Si alguien quiere ver la cara de nuestro gigante, lo tiene muy fácil, sólo debe acercarse a la Peña del Miedo –un nombre muy sugerente para la cara de un gigante- desde el camino que cruza este paraje; al llegar a la altura de la peña, si se acerca hacia la misma en línea recta, a una distancia concreta, y si se fija con un poco atención, y bastante  imaginación, no le costará demasiado poder apreciar el perfil de las facciones del gigante dormido.

  

Cara del gigante dormido

 

 

 

 

 

martes, 1 de febrero de 2022

La Fiesta de las Candelas

   Cuando el mochuelo canta en febrero,
  llueve, graniza, hay nevada;
  o se queda el tiempo como estaba  

   Dentro del ciclo festivo de invierno, durante los primeros días de febrero, tenemos varias fiestas muy nombradas; la más temprana de ellas, el día 2, es  La Candelaria; a continuación viene San Blas, el patrón de los males de la garganta, y de los otorrinos, que aparece en el santoral el día 3, siguiéndole, dos días más tarde, el día 5, Santa Águeda, que es una fiesta muy celebrada en algunos lugares, donde las mujeres, ese día, mandan un poco más de lo habitual. 

    La fiesta de las Candelas, también es conocida por otros nombres como fiesta de la Candelaria, Purificación de la Virgen, Presentación de Jesús en el Templo o Fiesta de la Luz, y es una advocación mariana que conmemora la Purificación de la Virgen. 
   Cuando nació el niño Jesús, en aquellos tiempos, las mujeres judías, tras el parto, debían estar cuarenta días sin acudir al templo porque “estaban impuras” "-eso ocurría hace 2000 años-, una vez pasado ese plazo, siguiendo la Ley de Moisés,  debían  acudir hasta él para purificarse llevando como ofrenda un cordero; aunque si la familia era poco pudiente, bastaba con ofrecer dos palomas o tórtolas. 
 
  El día 2 de febrero se cumplen 40 días desde el día de Navidad, por ello, éste fue el día elegido por la Virgen para acudir al templo, tal como contemplaba la ley judía. Si alguien siente especial curiosidad respecto a los pormenores de tal ley, puede consultarlo en el Antiguo Testamento (Levítico 12; 1-8). Yo, confieso que no lo he hecho, pero ahí queda la referencia para los aficionados a estos asuntos. 

  La fiesta de la Candelaria conmemora este hecho y, aunque en muchos sitios ha dejado de celebrarse, en aquellos lugares donde siguen haciéndolo, el festejo casi siempre se circunscribe a una sencilla ceremonia religiosa. 
   En nuestra comarca, siendo niño, recuerdo haber asistido una vez a tal celebración en Villasbuenas, y, aunque el desarrollo de la fiesta puede variar en cada pueblo, dependiendo de las costumbres locales, la esencia de la misma es común a todos los lugares.

   La mañana de ese mismo día, o bien el día anterior, la imagen de la Virgen, que cada parroquia reserva para esta celebración, es bajada de su altar y colocada en unas andas lista para salir en procesión, algo que sucede, generalmente, durante la tarde del 2 de febrero tras la celebración de un oficio religioso, habitualmente una misa. La procesión es de corto recorrido, habitualmente transcurre alrededor del templo, aunque en algunos sitios ni siquiera sacan la imagen a la calle, discurriendo la misma  en el interior de la iglesia, desde el fondo hasta el altar. 

  En aquellos casos donde la comitiva sale a la calle, una vez que está de regreso, ante las puertas de la iglesia, los parroquianos entran al interior quedando en exterior, únicamente, los porteadores/as de la Virgen, el sacerdote con los monaguillos, y uno de los asistentes que ha acudido a la ceremonia llevando dos palomas,  
   Una vez acomodados los asistentes, es entonces cuando hace su entrada la imagen a la par que el encargado de custodiar las palomas, abre la jaula y les da la libertad, simbolizando de este modo la ofrenda que la Madre de Jesús, hiciera en su día. 

   Uno de los aspectos más destacables que tiene la celebración de la Candelaria, es que los fieles ese día acuden a la iglesia con velas. Éstas, que son bendecidas por el sacerdote, son encendidas por los parroquianos durante la procesión y, cuando acaba la ceremonia, no las dejan en la iglesia para el culto sino que, como están bendecidas, se las llevan a casa, donde son celosamente guardadas, para volver a  encenderlas cuando la ocasión lo requiera: cuando hay tormenta, para que proteja a la casa y a las personas de los rayos; si algún familiar o amigo se pone enfermo, para pedirle al cielo que se recupere; en caso de pérdida de alguna cabeza de ganado, para que aparezca…en esencia, cuando alguna calamidad ronda a la familia ( esto apenas se hace ya en el presente, pero era una constante en el pasado ya que buscar el apoyo de la divinidad daba mucha confianza a nuestros abuelos y abuelas)

   A modo de curiosidad, destacar que, durante la procesión, los parroquianos siempre observaban  con atención la llama de las velas que acompañaban a la Virgen en las andas; que solían ir colocadas en unos pequeños faroles; cuando aguantaban la totalidad del recorrido sin apagarse, esto era considerado por la gente un signo de buen augurio para todo: las cosechas, la salud... Al ser cuatro los farolillos, si se apagaba solo uno, la cosa era pasable y apenas causaba preocupación alguna en la grey; si lo hacían dos, el asunto aunque empezaba a complicarse un poco, como aún quedan los otros dos encendidos, los asistentes entendían que aún podían seguir razonablemente tranquilos; en cambio, si se apagaban tres, eso ya no auguraba nada bueno y era motivo de gran recelo, pensando que alguna desgracia estaba al caer. Lo peor de lo peor, era cuando se apagaban los cuatro; entonces, había que echarse a temblar ya que era signo de que las desgracias, irremediablemente, iban a venir en cadena: habría malas cosechas, la suegra de alguno estaba pensando ir a vivir a su casa, alguna epidemia estaba a punto de llegar...- en el 2020, cuando llegó el coronavirus a España, estoy seguro que ese año  debieron apagarse todas las velas-. 
 
    El caso es que, con más o menos farolillos encendidos o apagados, mientras los cargadores de la imagen avanzaban por el interior del templo, los asistentes, aún con sus velas encendidas, cantaban una canción específica para el evento que comienza así: 

Hoy día de las Candelas,
el segundo de febrero,
salió a misa de parida, 
María madre del Verbo 

   A esta primera estrofa le seguían muchas más; de modo que, cuando las personas que cargaban la imagen, aunque realizaban el recorrido por el templo muy despacio...con solemnidad, una vez que llegaban junto al altar, depositaban la imagen en el sitio reservado para ello, los feligreses aún seguían cantando un buen rato, pues la canción es bastante larga. 

  Otra de las características que reúne esta fiesta es que, en muchos pueblos, durante la tarde-noche se hacen hogueras en la calle; como las hogueras también son conocidas, popularmente, como candelas, es ahí donde algunos quieren encontrar el origen del nombre de la fiesta: Día de las Candelas; otros, en

cambio, recurren a argumentos de corte teológico y lo explican de una forma muy bonita afirmando que Jesús vino al mundo a darnos luz, a iluminarlos para ofrecernos un nuevo amanecer; siendo éste el motivo de que este día también sea conocido como la Fiesta de la Luz. 

    Por último, están los antropólogos, unos señores/as que estudian al ser humano, con sus rarezas incluidas, basando sus estudios en la ciencia (textos, hallazgos arqueológicos, estudio de comportamientos sociales de los pueblos y culturas...), y la conclusión a la que han llegado, buscando el origen de la Fiesta de las Candelas, es que, como siempre suele suceder en las celebraciones, tanto de carácter religioso como profano, casi nunca asistimos a un hecho original; todo está basado en acontecimientos anteriores. 
   En el caso de esta celebración, debió resultarles bastante fácil indagar en sus orígenes ya que no hay que remontarse a muchos milenios atrás para encontrarlos, sino a la antigua Roma, en los primeros siglos de nuestra era, donde hallaron similitudes muy sospechosas entre nuestra fiesta de las Candelas y otra fiesta que celebraban los antiguos romanos, a mediados de febrero, conocida como fiesta de “Las Lupercales” o Lupercalia. 

   Las Lupercales, era una celebración que se realizaba en honor a la fecundidad, tanto de las personas como de la Naturaleza, siendo una festividad de todo incluido, algo así como alcohol, sexo y rock and roll, pero acorde a la época. Las fiestas romanas, todo hay que decirlo,  no se quedaban atrás si las comparamos con muchas fiestas actuales, ya que,  durante las Lupercales, había comida, vino, música y “lo otro”, (cuando hablo de “lo otro”, no me refiero que se juntaran para rezar, pues, entre otras cosas, aún no se había inventado el rosario). 
    Uno de los actos que tenía lugar durante la Lupercalia era una procesión con antorchas, de ahí la similitud que encuentran los estudiosos del tema con nuestra procesión de las Candelas, aunque el parecido sólo queda en eso, ya que la procesión romana, más que religiosa, parecía un desfile de carnaval. 

   Resulta que en esa época, las etapas finales del imperio romano, convivían en Roma cristianos, no cristianos y gente que estaba  a medio camino entre ambos credos, y todos, sin distinción, acudían a la fiesta de las Lupercales y se lo pasaban muy bien  ante el enojo de los primeros patriarcas cristianos que no veían con buenos ojos este tipo de fiestas, y menos aún que los cristianos participaran en ellas. 
   Entonces, ya existía la figura papal, con sede en Roma, y los papas de entonces, que eran contrarios a estas bacanales, intentaron acabar con el jolgorio, siendo el papa Gelasio -no confundir con Gervasio- el que decidió abolir la fiesta de las Lupercales; pero el senado romano, que era la autoridad civil del momento, no le hizo caso alguno aduciendo que la fiesta era buena para los ciudadanos ya que “las fiestas eran fundamentales para la seguridad y el bienestar de Roma. Vamos, que no querían líos con el pueblo (una actitud muy similar a lo que sucede con las autoridades actuales, viendo  la pasividad que muestran para controlar los botellones en la calle).
 
  En vista de que el poder civil se resistía a aguarles la fiesta a los ciudadanos, Gelasio determinó que los cristianos harían su fiesta aparte, en este caso mucho más comedida, acorde a los principios  cristianos, tomando un cariz exclusivamente religioso y espiritual -vamos, que a los cristianos se les acabó lo bueno-, y aprovechando que la purificación de la Virgen había tenido lugar en febrero, y que Lupercalia se celebraba también ese mismo mes, fundó nuestra fiesta eligiendo como protagonista, obviamente, a la Virgen María. 

   Evidentemente, no estamos hablando de sucesos prehistóricos, carentes de pruebas documentales que avalen estos hechos, sino de una época civilizada donde sí hay constancia escrita de lo sucedido; sin embargo, mientras que algunos historiadores afirman que Gelasio fue quien finalmente abolió las Lupercales, después de una larga disputa con el senado romano, reemplazándola por la  Purificación de la Virgen y así evitar que los cristianos romanos se condenaran y fueran derechitos al infierno, otros investigadores afirman que no hay ningún registro escrito donde conste que el papa Gelasio hubiese querido abolir ni reemplazar la fiesta de las Lupercales, y menos aún que fuese el artífice de la fiesta de la Purificación de la Virgen. 

   En cuanto al destino de las palomas que recuperaban ese día la libertad, con motivo de la ofrenda, hay que aclarar que eran palomas domésticas; de modo que, una vez se veían fuera de la jaula, "no es que recuperaran la libertad perdida y se dedicaran, desde ese día, a surcar con su rápido vuelo los azules cielos del lugar", sino que regresaban al palomar de su dueño.

martes, 4 de enero de 2022

Etnografía para niños (como yo)

   
   La forma de celebrar la navidad ha evolucionado mucho a lo largo del tiempo, tanto, que el sentido religioso que la originó ha quedado relegado a un segundo plano. El problema llega a tal punto, decía alguno, que a la Misa del Gallo ya no va ni el gallo. 
    La televisión, internet y el resto de medios de comunicación audiovisual, unido a la facilidad para viajar por el mundo…en resumen, la globalización, han determinado que el modo de celebrar la navidad sea bastante homogéneo aquí y en los países de nuestro entorno tomando como modelo ¡cómo no!, las costumbres norteamericanas. Cómo será la cosa, que ,antes, poner un árbol de navidad en el exterior de las casas y adornar sus fachadas, profusamente, con luces de todos los colores, era algo que solo veíamos en las películas de aquel continente y este año, en un pueblo, una noche fui a una casa y era tal el espectáculo de luz que los dueños habían montado en la fachada, que, cuando llamé a la puerta y me abrieron, estuve a punto de decirles ¡Good Nigth!, en vez de ¡Buenas noches! 

   Sin embargo, en épocas no tan lejanas, la celebración de la navidad tenía en cada lugar sus peculiaridades, como sucedía en nuestro pueblo donde, paralelamente a la fiesta religiosa, se celebraba la fiesta profana en la que una de sus manifestaciones consistía en cortar un árbol en el campo, llevarlo al pueblo y plantarlo en el medio de la plaza. 

   Unos veranos atrás, en Asturias, pasé por una aldea próxima a Oviedo, en una plazuela vi  plantado un árbol alto y recto, y no es que hubiera nacido allí. La gente del lugar había iba al campo, seleccionado un buen chopo -el pueblo estaba rodeado por unas magníficas arboledas -lo habían cortado por su base, habían recortado sus ramas dejando su tronco completamente liso, y, tras cavar un hoyo en el suelo, lo habían plantado en aquel lugar. 
   Un lugareño, me informó que era una ancestral costumbre, en aquel pueblo, la víspera de San Juan, plantar todos los años en la plaza “el árbol de San Juan”, un acto que iba asociado al encendido de una hoguera. El ritual, en su conjunto, era conocido como hacer “la Joguera” (quiero creer que hablaba de “la hoguera” aspirando la hache).
   Este acto de plantar un árbol durante unos días dentro del pueblo, cerca de sus habitantes, se hace en muchos lugares de nuestra geografía como Galicia, Asturias, Castilla, León, La Mancha, Aragón y en otras regiones (yo una vez pude verlo en un pueblo de la Sierra de Gata, al norte de Cáceres). 

   Mientras que en unos lugares el ritual se hace, o se hacía (casi siempre hay que hablar en pasado) la noche de San Juan, a comienzos del verano, como en aquella aldea asturiana; en otros sitios esto sucede al comienzo del invierno eligiendo un día cercano al 21 de diciembre; en ambos casos, las fechas no están elegidas al azar, sino que están relacionadas con los solsticios de verano e invierno. 
   En otros pueblos, en cambio, plantan su árbol la noche del 30 de abril para recibir al mes de mayo; siendo conocido, en estos casos, como árbol mayo, y el acto de colocarlo: plantar “el mayo”. 

   Estamos ante un rito antiquísimo, una reminiscencia de cultos precristianos, en unos casos relacionados con la fecundidad de la tierra y los animales, y en otros con los ciclos de luz solar…con los solsticios. 
   A lo largo del año, tenemos el solsticio de invierno y el de verano. En el hemisferio norte, el solsticio de invierno tiene lugar el 21-22 de diciembre; en esta fecha, el sol alcanza su cenit en el punto más bajo del horizonte siendo el día con menos horas de luz; a partir de entonces, la claridad de los días va alargándose progresivamente en detrimento de la oscuridad de las noches hasta el solsticio de verano (21-22 de junio), el día más luminoso del año, invirtiéndose entonces el proceso hasta el siguiente solsticio de invierno, cerrándose así el ciclo anual solsticial. 

   En aquellos lugares donde aún practican este rito de plantar un árbol dentro del pueblo, si preguntas a la gente el motivo de su realización, casi todos contestan que es una costumbre que se ha hecho desde siempre y esa es suficiente razón para ello, sin importarles demasiado su origen. 
   
   Esta costumbre, es un claro vestigio de dendolatría, la veneración que sentían nuestros antepasados más remotos por los bosques en general, y los árboles en particular. 
   En la antigüedad, en Europa, estuvo muy difundido el culto a los árboles, los bosques y los espíritus que los habitan, por parte de los pueblos germánicos, eslavos, celtas, iberos, celtíberos, e incluso por los civilizados griegos y romanos, perdiéndose los orígenes de esta tradición en la noche de los tiempos –una forma elegante de decir que ignoramos el inicio de algo – 

    Antes de que existieran las modernas religiones, nuestro credo, el cristianismo, es muy joven. “apenas” tiene 2021 años";  por lo tanto, “antes de que Dios anduviera por el mundo”, nuestros antepasados, durante muchos miles de años, no tenían los dioses modernos que tenemos ahora y creían en una serie de fuerzas superiores que regían sus destinos, eran “sus dioses”. 
   Los celtas, el primer pueblo que ocupó nuestro territorio, del que existen referencias escritas, tenían una caterva de divinidades: el sol, la luna, ríos, fuentes, montañas y otros accidentes orográficos…, y también rendían culto a los árboles. 
   Los historiadores romanos, que escribieron sobre este particular, hablaban de los bosques sagrados celtas, casi siempre robledales, y de las ceremonias que realizaban los druidas: solicitar buenas cosechas en mayo; adorar al sol durante el día más largo (Solsticio de Verano), ayudar al sol a renacer (Solsticio de Invierno) -yo no puedo confirmar que esto ocurriera realmente así, ya que, aunque no soy joven, esto sucedía hace unos 3000 años, siglo arriba, siglo abajo, me pilla lejos, y no estaba allí para verlo, pero los estudiosos del tema así lo cuentan-. 

   Cuando hizo acto de presencia el cristianismo, sus inicios fueron muy modestos; al principio, sólo eran doce (los apóstoles) y el Jefe: Jesucristo, y les costó arrancar, pero pronto fue ganando acólitos, creció espectacularmente y en el siglo III pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano proclamando la existencia de un único y verdadero Dios, tachando de paganismo la adoración de las múltiples divinidades de los no cristianos (en pocas palabras, el que no fuera cristiano “se la estaba jugando”). 

   El caso es que, aunque se elaboraron los correspondientes edictos, con mucha solemnidad, la verdad es que nuestros antepasados, en sus pueblos, con las comunicaciones que había: sin carreteras, correo, televisión, teléfono, radio, ni internet, seguramente ni se enteraron de tales prohibiciones. 
   Pasaban los siglos, y nuestros antepasados “los herejes”, si tuvieron conocimiento de la nueva normativa, en materia religiosa, hicieron caso omiso del asunto pues las autoridades cristianas continuaron persiguiendo y amenazando todo lo que pareciera idolatría, unas veces con las llamas del infierno y otras con las de la tierra; así, en el  Concilio de Toledo (año 661); se anuncia la persecución y castigo de “los adoradores de los ídolos, los que veneran piedras y dan culto a árboles y fuentes”.
  En Portugal, la Câmara de Lisboa, que por lo visto también se dedicaba a estos menesteres, allá por el año 1283, prohibió celebrar la Fiesta de los Mayos. 

    A pesar de ello, nuestros antepasados continuaron, a lo largo del tiempo, plantando todos los años un árbol en los pueblos, una tradición que en Barrueco se vino haciendo, el día de Nochevieja, hasta mediados del siglo pasado. 
   En nuestro pueblo, si consideramos que el acto se desarrollaba la tarde-noche del 31 de diciembre, evidentemente, no era para recibir al mes de mayo como ocurre en otros lugares; por ello, obviamente, no podemos decir que plantaban un mayo. Si lo hacían recibiendo al nuevo año, estimo que es más apropiado llamarle el “Árbol de Año Nuevo”.
    
   En Barrueco, hasta comienzos de la década de 1950, los encargados de ir al campo a cortar un árbol, transportarlo en un carro tirado por ellos mismos, alisar el tronco y cortarle todas las ramas, excepto un pequeño peñacho que dejaban en la parte superior, eran los quintos del año - aquí, para enojo de los señores/as de Podemos/as, no podemos incluir a las quintas, ya que entonces sólo los varones eran “los agraciados” con la obligación de cumplir el servicio militar-. 
   La "plantá” del árbol, antes de que hubiera luz eléctrica, supongo que tenía lugar la tarde del último día del año, aprovechando la luz del día; por estas fechas, anochece pronto, alrededor de las seis y media de la tarde, y, aunque existe la posibilidad de que el acto pudiera celebrarse a la luz de una hoguera dándole al ritual un aspecto más mágico y de gran belleza plástica, nuestros antepasados serían antiguos, pero no tontos, por ello, creo que, antes de que llegara la noche, el árbol ya estaba colocado en su sitio “alzando inhiesta su esbelta figura hacia el cielo”, como diría el poeta. 

   Los quintos, además, ataban un gallo en la parte superior del mismo, colocando también un letrero con el siguiente mensaje: “kikirikí, un año llevo aquí". Si esto sucedía la tarde del 31 de diciembre, y el árbol era retirado la tarde del día siguiente, 1 de enero del nuevo año; si nadie conseguía subir al árbol y rescatar el gallo antes, cuando lo quitaban y éste era bajado de su atalaya, efectivamente, había estado allí desde el año anterior (lo bien que lo hubieran pasado los animalistas criticándonos, si hubieran existido entonces y se hubieran enterado de las peripecias del pobre gallo)
   
   Los maltratadores de aves, en la plaza, también hacían una hoguera, con leña que habían acarreado previamente, que ardería durante toda la noche ya que iban a permanecer allí, amparados por el calor y resplandor que desprendían las llamas, hasta el amanecer; pasaban el tiempo asando chorizos, comiendo dulces, bebiendo vino u otros licores, cantando, e invitando a todo aquel que pasara por la plaza. 
   Aunque a ratos faltasen algunos, siempre permanecía algún componente del grupo manteniendo la hoguera y cuidando que nadie trepara hasta lo alto del árbol y se llevara el gallo, pues si alguien conseguía hacerlo y liberarlo, pasaba a ser de su propiedad. 
   Cuando llagaba la hora de su retirada, el árbol era troceado y la gente tenía mucho interés en llevar una porción del mismo a sus casas; aunque era mágico y había sido llevado al pueblo para proteger a toda la comunidad, quien tenía un trozo del mismo en su domicilio debía sentirse más seguro aún. Los tocones que llevaba la gente hasta sus domicilios, eran quemados y sus cenizas, posteriormente, esparcidas en las huertas para aprovechar sus efectos benefactores y así obtener buenas cosechas. 
   En cuanto al pobre gallo, que llevaba “un año allí”, acababa en la cazuela; lo comían los quintos si es que alguien, aprovechando algún descuido de estos, no había trepado al árbol y se lo había llevado. 
 
   Esta tradición estuvo sin efectuarse varias décadas, hasta que a mediados de la década de 1970, no recuerdo exactamente el año, los quintos de entonces, la noche del 31 de diciembre, volvieron a repetir el ritual, esta vez sin gallo ni letrero, siendo la última vez que se hizo; en cambio, la hoguera que se hacía en la plaza, durante la Nochevieja, aún siguió realizándose durante muchos años.


  La desaparición de esta costumbre milenaria, que persistió en el tiempo a pesar de los esfuerzos que la iglesia hizo para que desapareciera, no hay que considerarla ni buena ni mala; simplemente, obedece a la evolución natural de las cosas.
    A pesar de que ya no hay quintos que planten en el medio de la plaza todos los años un chopo, y de que la gente sea descreída y haya perdido la fe en el dios sol, en los espíritus arbóreos, e incluso en Dios, la magia de los árboles sigue vigente. 
   Si consideramos que nos proporcionan el oxígeno que respiramos, nos alimentamos con sus frutos, son un excelente combustible para cocinar y darnos calor en invierno, con su madera podemos construir viviendas y muebles, así como instrumentos de trabajo, ocio y un sinfín de utilidades más, ¿ cómo puede extrañarnos que los primeros pobladores los adoraran? 
   Si los dendólatras fueron tachados de herejes por ese motivo, yo, confieso que debo ser uno de ellos. También venero a los árboles a mi modo : me encanta la fruta.