domingo, 14 de julio de 2019


Historias “extraordinarias”


El monstruo (del lago Ness) de la charca de “Praueso”


    Hace años, los sistemas de explotación ganadera eran muy distintos a los actuales; entonces, el ganado y la gente convivían en estrecha proximidad. Todos, personas y animales, pasaban la noche en los pueblos; por la mañana, los animales eran llevados por sus dueños a pastar al campo y, cuando llegaba la tarde, el ganado era recogido y llevado nuevamente al núcleo urbano, a los corrales. Como podemos ver, la gente de los pueblos pasaba gran parte del día paseando vacas, ovejas, cabras… de un lado para otro. Esta era la rutina diaria de los ganaderos a lo largo de todo el año, excepto en verano. En esta estación, las labores de siega, acarreo y trilla de las mieses ocupaban casi todo el tiempo de los campesinos y, en lo que respecta al ganado, variaban las costumbres ya que casi todos los animales, durante el periodo estival, permanecían día y noche en el campo, tal como ocurre ahora a lo largo de todo el año; pero era necesario llevarlos todos los días, de los prados o valles comunales donde permanecían, a abrevar a los pilares y charcas, ya que entonces no existían los depósitos y bebederos móviles que los ganaderos emplean, actualmente, llevar agua a las fincas.

   Las ovejas, todas las primaveras, una vez que son esquiladas para despojarlas de los vellones de lana que han estado protegiéndolas de los fríos invernales, quedan preparadas para enfrentarse a los calores estivales mas, aun así, cuando aprieta el calor, éste les afecta mucho y como están amodorradas, apenas comen durante el día; por ello, en aquella época, al oscurecer, los pastores acostumbraban a llevarlas desde los prados, donde pasaban el día, a beber agua a pilares y charcas y aprovechaba esos paseos nocturnos para que pastaran con “la fresca”, así que era muy común que anduviesen con los rebaños, por el campo, hasta bien avanzada la noche,  antes de volver a encerrar los animales.  

   Clodoaldo, aquel verano, guardaba su rebaño de ovejas en la parte alta de un valle cuyo nombre  no tengo la certeza de cómo se llama, ya que cada uno lo llama como le parece: Praueso, Prau Gueso, Prao Hueso, Prao Bueso, Prao Beso, Praweso.… y a estas alturas, es prácticamente imposible saber cuál es su auténtico nombre.
   Se trata de un paraje que está a unos cien metros del cementerio, en la parte baja de dicho valle hay una pequeña laguna -una charca-, próxima a un pilar, y aquel verano éste era el lugar al que Clodoaldo, todos los días, llevaba sus ovejas a abrevar.     

   Era una hermosa noche de verano y el cielo, totalmente estrellado, ofrecía un aspecto espléndido, pletórico de constelaciones y estrellas.  El espectáculo que ofrece la bóveda celeste, durante la noche, en nuestra comarca, es magnífico; especialmente, cuando estamos en el campo alejados de los núcleos de población y con una mínima claridad ambiental, como sucede cuando estamos fase de Luna Nueva.
  En noches así, las estrellas en el firmamento se ven muy bien; en cambio, la superficie terrestre es poco visible y, al no poder apreciar las irregularidades del suelo, andar por el campo es bastante dificultoso; pero esto no suponía problema alguno para las ovejas ni para al pastor que, como estaban acostumbrados a hacer el mismo recorrido todas las noches, desde el prado hasta la charca y el pilar, conocían a la perfección el camino.

   Bajaban por el valle despacio, dando tiempo el pastor al ganado para que comiera lo poca hierba que a estas alturas del verano quedaba en el suelo, y, cuando las primeras reses llegaron a las inmediaciones de la charca, en vez de correr hacia la misma, como hacían habitualmente todas las noches, al sentir la proximidad del agua, las primeras de la avanzadilla se detuvieron, imitándolas a continuación el resto del rebaño -las  ovejas son muy gregarias y, aunque, a los profanos en la materia, nos parecen todas iguales y con los mismos comportamientos, esto no es así. Cada una tiene su “propia personalidad ovejuna” de modo que en cada rebaño siempre están las “jefas” del mismo, que son las que siempre van por delante, abriendo el camino, dirigiendo al resto de las compañeras de redil, que las siguen ciegamente-.
   Aquella noche, a pesar de la sed acumulada a lo largo del día, ya que desde primeras horas de la mañana no habían vuelto a probar el agua, y a pesar de estar tan próximas a la laguna, se resistían a avanzar hacia la misma.

   Los animales poseen algunas facultades, de las que carecemos los humanos, que les permiten intuir el peligro, y aquellas ovejas parecían haber detectado la existencia de algo extraño en la charca.
   Era ya pasada la media noche y la intención del pastor pasaba porque el ganado bebiera agua,  desandar el camino a través del valle para devolverlo al prado, donde pasaba el día y, a continuación, irse a casa a descansar, culminando así su larga y agotadora jornada de trabajo; así que al ver a las ovejas detenidas se impacientó y les dio unas voces, arreándolas para que avanzaran. Algunas respondieron a su requerimiento y se movieron, pero lo hicieron hacia los lados negándose a seguir hacia delante. 
   Esto extrañó mucho a Clodoaldo, que no apreciaba nada anómalo que justificara el recelo del ganado para acercarse a la charca. Aunque las ovejas mostraban aquel insólito comportamiento,  él no percibía nada extraño en el valle; allí, en aquel momento, aparentemente, solo se encontraban él y el rebaño, por lo que no encontraba justificación alguna para que las reses, a pesar de la gran sed que debían tener, no quisieran acercarse a la laguna que se encontraba a tan solo unos metros de donde 
Abrevadero de ganado
estaban parados, al contrario de lo que hacían habitualmente, que se acercaban a la carrera, al sentir la presencia del agua.

   Siempre se ha dicho que hasta el burro más listo a veces necesita un estímulo para que obedezca -es la teoría del palo y la zanahoria - y Clodoaldo, que, a esas horas del día, tenía unas ganas tremendas de irse a dormir, se impacientó y decidió echar mano de esas ancestrales enseñanzas.
   Como buen líder del rebaño que era, a pesar de no haber pisado ninguna facultad de psicología, ni haber realizado máster alguno en terapia conductual, ni motivación personal; la experiencia le había proporcionado suficientes conocimientos empíricos para saber guiar al ganado y lograr que obedeciera; así que consideró que, si ya había agotado el recurso de la palabra -las voces que les había dado a las ovejas no habían surtido efecto alguno-, debía cambiar de táctica empleando métodos más expeditivos, cosa que hizo dirigiéndose a una de las ovejas que encabezaban el rebaño y le dio un “toque de atención” con la cayada -vamos, que le arreó un estacazo en los cuartos traseros-. Su intención era que avanzara y así las demás, al verla, siguieran su ejemplo; pero el intento resultó fallido pues la res sólo avanzó unos dos metros alejándose del pastor -sus motivos tenía para hacerlo- y volvió a pararse en seco, ya que en la charca había algo que la asustaba aún más que el cayado de su dueño.
    Para el amo del rebaño, era inconcebible que aquellas ovejas, tras haber estado todo el día encerradas en el prado, sin haber bebido nada de agua desde la mañana, no quisieran avanzar a la charca “ni a palos”; así que decidió adelantarse un poco intentando averiguar qué era aquello que ocasionaba la negativa del ganado para acercarse a la charca.
  
   La oscuridad de la noche, al estar nuestro satélite en fase de luna nueva, era tan intensa que solo permitía la visión a muy corta distancia y, al no ver nada sospechoso, aguzó el oído por si oía algo extraño, pero sólo logró escuchar los sonidos propios de la noche: el gri-gri-gri insistente de los grillos, el buh-buh de algún búho, los ladridos de algún perro lejano… Esto le recordó que llevaba casi un mes sin perro, pues había muerto el que tenía y le estaban criando un cachorro -lo que hubiera agradecido el pastor, aquella noche, haber tenido un perro que le ayudase a guiar el ganado-.
   Lo único que llamó su atención fue que en la charca había un silencio inhabitual, ya que no se oía el croar de las ranas.
  
  Todos los días, cuando se acercaba con las ovejas a la charca, oía el alegre croar de estos anfibios; pero aquella noche reinaba en la misma un silencio que resultaba sumamente extraño. Escudriñó con detenimiento tanto la superficie de laguna como sus orillas, intentando descubrir algo sospechoso que justificara ese silencio; pero, al estar la noche tan oscura y ser la visibilidad tan escasa, apenas podía vislumbrar lo que había unos metros más allá de donde él se encontraba.  
  Si la luna hubiese estado en cualquiera de las otras fases: Llena, Menguante o Creciente, sus rayos hubieran bastado para ver con nitidez toda la superficie de la laguna, y las orillas; incluso nuestro satélite se reflejaría en el agua ofreciendo una imagen de lo más bucólico, pero al estar aquella noche, en fase de Luna Nueva, apenas pudo distinguir nada.
   Quizá, en la orilla opuesta de la charca, del lugar donde él se encontraba con el ganado, le pareció distinguir una silueta algo más oscura que el entorno, pero debido a la poca visibilidad reinante, no podía asegurar nada. Era totalmente imposible distinguir qué era aquello que había en la orilla opuesta de la charca, si es que había algo. Será alguna “zarzalera”, pensaba el pastor…o unos juncos. En estos pensamientos estaba, cuando un terrorífico sonido surcó la oscuridad.
-        - ¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuh!!!
   Hasta a un hombre como él, acostumbrado a bregar por el campo desde niño, en todas las condiciones posibles, le sobrecogió aquel aullido. Nunca había oído algo así. No era un lobo…estaba seguro de ello. Hacía muchos años que no había lobos por la zona y, aunque alguno pudiera haber venido de algún otro lado, él recordaba haberlos oído alguna vez en su infancia y estaba convencido de que no lo era. No sabía qué podría ser, pero era evidente que allí había algo y “ese algo” era lo que habían percibido las ovejas.

   Otro, en su lugar, habría echado a correr sin pensárselo dos veces, alejándose del lugar; pero él era un hombre valiente y, a pesar del susto, permaneció inmóvil en el lugar donde se encontraba. Además, un buen pastor nunca debe abandonar al rebaño, sino defenderlo, y él lo era.
   Mantuvo la calma como pudo, miró a ambos lados para controlar si el peligro se le acercaba por alguno de los costados y, al ver que por allí no había nada de particular, fijó nuevamente la vista sobre la charca, intentando distinguir algo, ya que el bramido parecía proceder del extremo opuesto de ésta, del mismo sitio donde creyó percibir anteriormente el bulto sospechoso.  
   Fue entonces cuando reparó que, en ese lugar, ahora, había dos luces que antes no había logrado ver en ningún momento. Eran unos ojos que resplandecían en la oscuridad y le miraban amenazadores. Afortunadamente, el ser que le miraba, fuera lo que fuera, se encontraba en el lado opuesto de la charca, continuaba allí y no parecía tener intención de desplazarse hasta el lugar donde él estaba con las ovejas.  Observó que la distancia entre ambos ojos era muy grande y por ello calculó que aquel bicho, fuese lo que fuese, debía tener una cabeza enorme.
   Volvió a aullar, si cabe, más fuerte que antes, y el rugido, si es que puede llamarse así al horrible sonido que emitía aquella criatura, se extendió por todo el valle.
   Clodoaldo, se sobrecogió al oírlo, se le aceleró el corazón y hasta creyó notar que los pelos se le ponían de punta.  ¡Qué coños podría ser aquel bicharraco que, amparado en la oscuridad de la noche, bramaba de aquel modo emitiendo un sonido tan aterrador!  Ahora entendía por qué las ranas habían dejado de croar.
    Por su cabeza, los pensamientos circulaban a gran velocidad intentando hallar una explicación lógica a lo que estaba sucediendo, y no se le ocurría nada. Estaba ante algo desconocido. En toda su vida, nunca se había encontrado en una situación similar y tampoco había oído contar a alguien del pueblo que le hubiera ocurrido un algo parecido; así que, por expresarlo en pocas palabras, la verdad es que nuestro paisano estaba muy sorprendido y, a la vez, acojonado.  
   En un momento de lucidez, cayó en la cuenta de que el cementerio estaba muy próximo al valle y fue entonces cuando creyó haber hallado una respuesta a sus dudas: Aquella “cosa desconocida” que le miraba fijamente desde el extremo opuesto de la charca, sólo podía tratarse de algo sobrenatural. Seguramente era un espíritu que había decidido salir aquella noche del camposanto, y se encontraba en el valle. ¿Qué otra cosa podía ser, si no?
   La verdad es que, haber llegado a la conclusión de que se encontraba ante un espíritu, no le tranquilizó lo más mínimo. Estaba bien no haber huido a “las primeras de cambio”, pero tampoco era plan de ser tan temerario como para rodear la charca y acercarse a comprobarlo ¡Quien sabe lo que podía pasarle!
   De todos modos, siempre había oído que los espíritus son inmateriales, invisibles y no rugen; además, ¿qué pintaba un espíritu en una charca entre el barro, agua y ranas? Inmediatamente, desechó ese pensamiento. Lo que él estaba viendo era algo visible y material; calculó que la distancia entre ambos ojos sobrepasaba el metro, por lo que, si el resto de su cabeza y el cuerpo eran proporcionales a ese dato, el bicho debía ser enorme. Si aquello no era ningún espíritu, sólo podía ser un monstruo.
   Cuando llegó a esta conclusión, no lo dudó un momento; lo más prudente era alejarse de aquel ser desconocido lo antes posible; aunque tuviera que ir a algún lugar más lejano, aquella noche allí no iba a abrevar el rebaño.
  Decidió arrear las ovejas en dirección contraria, valle arriba, para alejarse lo antes posible de la charca y de aquella extraña criatura, y ahora sí que respondieron los animales a sus indicaciones. En un momento determinado, incluso adelantó al rebaño y se puso a caminar delante de las ovejas a toda prisa. Al menos, si el monstruo se acercaba para atacar, que empezara por las ovejas, pensaba el pastor.
  
   Clodoaldo estaba muy confuso ante lo que estaba ocurriendo. Cuando era niño, había escuchado contar a los mayores historias relacionadas con espíritus, monstruos y otros seres extraordinarios, pero lo que estaba viviendo aquella oscura noche estival, era  algo real…de eso no había duda alguna. Aquello no era ninguna leyenda.  
  ¡No sé si será un espíritu, un monstruo u otra cosa!, se decía a sí mismo el pastor mientras se alejaba con su rebaño, precipitadamente de la charca, ¡pero cualquiera se queda para comprobarlo!

Algunas notas aclaratorias:
*  A comienzos de la década de 1970, un hombre de nuestro pueblo contó a sus vecinos que había visto un monstruo en la charca de "Praueso"; pero, a excepción de las ovejas, que también vivieron la experiencia en directo, nadie le creyó.
* El terrorífico ser que, emboscado en la oscuridad , tanto asustó a nuestro paisano, en  realidad eran dos hombres  que estaban cazando ranas; un plato que, con frecuencia, comían nuestros padres y abuelos -hoy día, están protegidas y ya no es posible esta actividad-  Estos dos depredadores nocturnos, aprovechando la oscuridad de la noche, gastaron  una broma al pastor y la terrorífica mirada que éste creyó ver en la orilla de la charca, no eran otra cosa que las linternas que  utilizaban para ¿cazar/ pescar? las ranas.

miércoles, 19 de junio de 2019

Historias del Verano: El Ovni



   OVNI, es el acrónimo de “Objeto Volador No Identificado”, en inglés se corresponde con UFO, que son las iniciales de “Unidentifield Flying Object”, y ambos términos se refieren a la observación de un objeto volador, real o aparente (a veces puede tratarse, simplemente, de una luz en la noche), que no puede ser identificado por el observador, cuyo origen sigue siendo desconocido después de una investigación. 

   El asunto de los ovnis y la posible existencia de vida extraterrestre, siempre ha despertado un gran interés entre los humanos ya que no nos resignamos a ser los únicos seres vivos, con vida inteligente, del universo; esto, ha determinado que, con frecuencia, acabe entremezclándose la ficción con la realidad. Hay que tener en cuenta que, si hubiera vida extraterrestre y un día los seres de otros mundos decidieran visitarnos, indudablemente, lo harían en ovnis, ya sean platillos volantes u otras naves aeroespaciales más sofisticadas. 
   
   El cine y la literatura se han ocupado ampliamente del tema a través de libros, series televisivas y películas de ciencia ficción; en ocasiones, con un enorme éxito. Sirva de ejemplo la saga Star Wars, conocida en español como “La Guerra de las Galaxias”, una colección de películas que han acompañado, y siguen haciéndolo, a varias generaciones de terrícolas -nosotros-, que ha llegado a convertirse en un auténtico fenómeno de la cultura popular. 
   Todo esto, aunque es sumamente divertido e interesante, es pura ciencia ficción; pero ¿hay algo real en el tema de los ovnis? 

   En nuestro planeta, a lo largo del tiempo, en todas las latitudes, ha habido y sigue habiendo gente que afirma haber visto luces u objetos volando en el cielo, a los cuales no se le encuentra una explicación; en este caso, estaríamos hablando de cosas reales: de ovnis, y no de ciencia ficción.
   El estudio más importante que se ha hecho, hasta la fecha, sobre este asunto, lo realizó el ejército estadounidense en la segunda mitad del siglo XX;  concretamente, su fuerza aérea en 1969, elaboró un extenso informe tras haber investigado cerca de 40.000 de avistamientos de ovnis, con los siguientes resultados: La gran mayoría de los ovnis estudiados, una vez realizada la investigación oportuna, perdieron esa categoría al ser identificados de una forma científica, ya que pudieron ser explicados por fenómenos naturales. Casi todos ellos, resultaron ser estrellas, planetas, meteoritos, globos aerostáticos, sondas meteorológicas, aviones, satélites artificiales y un largo etcetera de objetos cercanos, procedentes de la Tierra. Entre la larga lista, de los ovnis estudiados, llegaron incluso a detectar fraudes por parte de algunos bromistas. 
   En ninguno de los casos hallaron indicios de vida extraterrestre; no obstante, para quien todavía  conserve la ilusión de poder encontrarse, una noche cualquiera, con una nave extraterrestre tripulada, aún puede mantener la esperanza ya que, en el 30% de los expedientes, los investigadores no hallaron explicación científica alguna; sin embargo, quisieron dejar constancia de que estos casos, pendientes de resolución, no habían sido investigados en profundidad al ser considerados irrelevantes. 

   En España, durante el año 1978, el fenómeno de los ovnis estaba de plena actualidad debido a que el Canal Uno de Televisión Española emitía por entonces, con gran éxito de audiencia, una serie americana “Proyecto UFO: Operación ovni”; en la que un grupo de científicos se dedicaba a investigar los distintos avistamientos de ovnis que acontecían en Estados Unidos -la serie estaba basada en el estudio que sobre el tema había realizado, años antes, el ejército de ese país-. 

   Ese mismo año, coincidiendo en el tiempo con la emisión de la antedicha serie, en Barrueco tuvimos “la suerte” de ver un OVNI. 

   El solsticio de verano (21 de junio) supone el inicio de la época estival y son los días del año con más horas de luz natural, ya que el dios sol, para mostrarnos su fortaleza, ilumina con sus rayos nuestro planeta durante una gran cantidad de horas, haciendo que los días parezcan interminables. 

   Aún recuerdo cómo, en la escuela del pueblo, nos decía el maestro a los niños, con un claro fin pedagógico: El sol, por las mañanas, sale por este, en El Milano; a mediodía se sitúa al sur, encima de Saldeana, y al atardecer se esconde por el oeste, entre Saucelle y Vilvestre -ahora me doy cuenta de que Cerezal y La Zarza, para los escolares de Barrueco, no estaban en el itinerario solar-. 

   Más tarde, me enteraría de que no es el Sol quien se mueve, sino que es La Tierra, nuestro planeta, quien se desplaza realizando un giro sobre sí misma, en dirección oeste-este, que se completa cada 24 horas, determinando así la duración de los días; realizando, además, un movimiento alrededor de nuestra estrella solar que completa cada 365 días, determinando, en este caso, la duración de los años.  
   Bueno, pues fue al atardecer de uno de estos días tan largos y con tanta luz, propios de los comienzos de verano, cuando tuvo lugar el acontecimiento. No fue un avistamiento cuya credibilidad pudiera quedar en entredicho, como ha sucedido en muchas ocasiones cuando el protagonista del mismo resultó ser un borracho de vuelta a casa, a altas horas de la madrugada, con alucinaciones visuales y auditivas motivadas por el alcohol y quien sabe si por otras cosas. Aquel día, fuimos muchos los testigos que pudimos ver un ovni sobrevolar sobre nuestras cabezas; el suceso tuvo lugar alrededor de las 22,30 horas -el adelanto de la hora que venimos haciendo en España, desde último fin de semana de marzo, ya venía realizándose desde 1973- y aunque en aquel momento alguno pudiera estar ya pasado de vinos y cervezas, casi todos los que vimos aquel extraño acontecimiento estábamos muy serenos. 

   La gente, en los pueblos, durante el invierno, debido a los rigores del clima, hace la vida, preferentemente en sus casas, de puertas para adentro; en cambio, en verano, cambian totalmente los hábitos y vive sobre todo de puertas para afuera, como ocurría aquel día; así que, a aquella hora, había mucha gente en la calle. 
   A finales de la década de 1970, como aún no había teléfonos móviles, consolas, ni internet, los niños, en los pueblos, aún jugaban unos con otros en la calle; mientras que los adultos, cuando llegaba la noche, tras la cena, era habitual que sacaran unas sillas a la puerta de las casas y se sentaran al serano. 

   Aquel día en Barrueco, como en cualquiera de los pueblos de la comarca, la vida transcurría sin novedad alguna, como una jornada cualquiera propia de comienzos de verano; la temperatura, a aquella hora, era muy agradable y cada uno de los habitantes del lugar estaba dedicado sus rutinas habituales. Nada hacía prever que iba a suceder un hecho tan extraordinario. 
   El acontecimiento ocurrió al final de la tarde, a la hora del crepúsculo; el sol ya se había escondido en el horizonte, tras los montes de Freixo de Espada à Cinta (Portugal), al otro lado del Duero, nuestra frontera natural, y la claridad, que ya era bastante pobre, disminuía por momentos a la par que la oscuridad iba haciéndose dueña y señora de las calles del pueblo; de pronto, comenzó a sonar un extraño ruido a lo lejos, un zumbido muy potente que parecía provenir del cielo y cuya intensidad iba aumentando a medida que pasaban los segundos. Aquello tenía todos los visos de ser el ruido de un motor que cada vez sonaba vez más próximo. 

   En nuestra comarca existe un pasillo aéreo por el que día y noche, continuamente, pasan sobre nuestras cabezas multitud de aviones comerciales y también, en ocasiones, lo hacen aviones militares; pero todos ellos, como lo hacen a gran altura, generalmente no oímos el sonido de sus motores. Aquellos casos aislados, en los que algún avión sobrevuela nuestra comarca a baja altura, el sonido de sus motores es claramente audible desde el suelo y todos sabemos reconocerlo perfectamente; por eso, todos éramos conscientes de que el ruido del motor, que estábamos escuchando, en aquellos momentos, no pertenecía a ningún avión. El sonido que oíamos era muy potente, cada vez estaba más cercano, y era algo nuevo y totalmente desconocido para nosotros. 

    La gente que estaba en el interior de las casas, al escuchar aquel ruido tan extraño, salió a la calle sumándose a los que ya estábamos allí, y todos mirábamos hacia el cielo intentando localizar la procedencia de aquel sonido, que parecía proceder del espacio. En un momento determinado, por fin pudimos localizar su origen; procedente del sur, un extraño aparato apareció sobrevolando las casas del pueblo; pero, debido a que la luminosidad ambiental, que en aquel momento era ya muy tenue, resultaba imposible discernir con claridad la estructura de aquel objeto volador; sólo alcanzábamos a distinguir su silueta y de forma muy imprecisa. No obstante, pudimos apreciar que se movía en el aire con bastante rapidez. Hizo un rápido recorrido circunferencial sobre el pueblo, volando bastante bajo; en un momento determinado se mantuvo estático sobre nuestras cabezas durante unos segundos, y, tras aumentar las revoluciones del motor, reinició la marcha alejándose en dirección oeste, ante el alivio de todos los paisanos. 
   A lo lejos, vimos que iba perdiendo altura y todos llegamos a la conclusión de que estaba buscando un lugar, a las afueras del núcleo urbano, donde aterrizar. 
   
   La confusión era general y se formaron múltiples corrillos de gente que, nerviosa, comentaba lo sucedido; todos habíamos permanecido expectantes ante la presencia de aquel objeto volador y habíamos seguido, con gran atención, sus evoluciones; pero desconocíamos de qué podría tratarse.         
   Como entonces estaba de plena actualidad el asunto de los ovnis, debido a la serie de TV que casi todos seguíamos, la opinión general era que, si aquello era un objeto volador y ninguno sabíamos qué era; aunque pareciera increíble, ¡sólo podía tratarse de un ovni! Menos mal que sus intenciones habían sido pacíficas y no nos había atacado. 

   Al cabo de media hora, sin necesidad de que viniera la fuerza aérea estadounidense a investigar el caso, y ni tan siquiera la española, pudo aclararse la naturaleza de aquella extraña nave voladora. La respuesta, la trajo una pareja de jóvenes que se encontraba dando un paseo a las afueras del pueblo. Resulta que el ovni, en realidad, era un helicóptero del ejército portugués que se había extraviado. Había estado haciendo una ruta próxima a la frontera; al comenzar a oscurecer, el piloto se había despistado y, en vez de volver a Portugal, entró en territorio español, llegando un momento en el que no supo dónde se encontraba -los GPS aún tardarían bastante en llegar a nuestras vidas
   En un momento dado, los ocupantes del helicóptero se dirigieron a la población más próxima que vieron, que en ese momento debía ser nuestro pueblo, y aterrizaron en un prado, a unos 150 metros del casco urbano; se había bajado uno de sus ocupantes, se acercó hasta la carretera próxima y, a aquella pareja, que andaba por allí paseando en esos momentos, le consultó si aquello era Portugal. Una vez que supo que habían aterrizado en suelo español, preguntó por la dirección del vecino país y,
Lugar donde aterrizó el ovni
al indicarle donde estaba el oeste, volvió corriendo al helicóptero, reanudando éste, rápidamente, el vuelo hacia Portugal, antes de que se hiciese totalmente de noche y aumentaran las dificultades para encontrar su base.
   
   La reacción de los lugareños, en general, fue buena y no cundió el pánico en ningún momento, tal como ocurre en las películas de ciencia ficción, cuando lo extraterrestres invaden New York u otras urbes de allá, haciendo unos estropicios tremendos. En realidad, yo creo que, al haber sucedido todo tan rápido, a los habitantes el lugar no nos dio tiempo ni a asustarnos. 

   De todos modos, en la mañana siguiente, supimos que alguna familia, tras ver a aquel “ovni” sobrevolando el pueblo, se encerró en su casa, “echó el candado” por dentro de la puerta, y no volvió a salir hasta la mañana siguiente, en prevención de que los ocupantes del “vehículo espacial” vinieran en son de guerra y hubieran decidido iniciar “la Guerra de los Mundos”, precisamente, en nuestro pueblo. 

   La guardia civil, como siempre, aquel día supo estar a la altura de las circunstancias. En vez de dirigirse rápidamente, en coche, hacia el sitio donde había aterrizado el “ovni”, para defendernos de los “presuntos extraterrestres”, acudió hacia allí, al lugar del aterrizaje, caminando y a paso lento. Querían dejar un margen de tiempo suficiente “al enemigo”, para que se largara del lugar. 
   Los guardias, seguramente, desde un primer momento, sospecharon que se trataba de un helicóptero, y, si estaba perdido, prefirieron darle tiempo para que se orientara y pudiera irse, evitando así un “conflicto internacional”. 

   Realmente, no hubiese pasado nada; pero resolver “la invasión” del espacio, tanto aéreo como terrestre -ya que, al fin y al cabo, habían aterrizado- por fuerzas militares de otro país, aunque fuera involuntariamente, hubiese llevado las consiguientes consultas a instancias superiores, algún que otro papeleo y hubiera resultado un incordio para todos…tanto para ellos, como para los tripulantes del aparato. 

   La verdad es que, tras el susto inicial, una vez que se aclaró todo, algunos nos llevamos una gran desilusión al saber que el “ovni” no era ninguna sofisticada nave intergaláctica con una tecnología puntera, sino un simple helicóptero, y encima no demasiado bueno -a la vista estaba que ni siquiera contaba con los medios suficientes para orientarse debidamente en el aire, viéndose obligado a aterrizar, para que uno de sus ocupantes ¡¡¡bajase a preguntar dónde estaban y la dirección que debían tomar!!!- 
   ¡En fin! Habrá que seguir mirando al cielo durante las noches y no perder la esperanza de que un día podamos recibir la visita de una auténtica nave extraterrestre.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El burro enfermo




     Todos los días son importantes en la vida de las personas, pero hay fechas en nuestras biografías que resultan más significativas que otras como son los cumpleaños. El hecho de cumplir un año más siempre es motivo de alegría;  al fin y al cabo, esto significa que seguimos estando vivos, y además, como el tiempo no para, si tenemos suerte, después de otros trescientos sesenta y cinco días, podremos volver a celebrar otro nuevo cumpleaños.
  
   Es curioso ver cómo, casi todos queremos cumplir muchos años y, sin embargo, nadie quiere hacerse viejo; dos hechos que resultan totalmente incompatibles ya que, a medida que pasa el tiempo, las personas vamos sufriendo un proceso de involución natural que lleva asociado un deterioro orgánico, mental y hasta espiritual.
   Cuentan que un hombre, el día que cumplió los 70 años, recibió, por parte de un amigo algo mayor que él, como regalo, un libro titulado. “La vida sexual a partir de los 70”. Cuando llegó a casa, lleno de curiosidad, se encerró en su despacho dispuesto a leer el libro para aprender de sus enseñanzas, y una vez que lo abrió, pudo comprobar que, a pesar del gran número de páginas que tenía, todas estaban en blanco.

   Esto sucedió hace ya muchos años; cuando los coches aún no formaban parte de nuestras vidas. Entonces, en los pueblos, le gente usaba como vehículos, para ayudarse en sus tareas, caballerías: caballos, mulos y asnos. Unos vehículos 100% ecológicos, mucho más baratos que los coches híbridos y eléctricos actuales que hoy día nos venden a unos precios desorbitados, con la excusa de cuidar el medio ambiente.  
   En esa época, rara era la casa donde no había un burro que era utilizado, como “vehículo urbano”, para todo tipo de actividades, como animal de carga: ir a la fuente a por agua con las aguaderas,
www.peraledadelamata
acompañar a las mujeres cargando con la ropa y la banqueta para lavar en las bordas, llevar y traer sacos desde la huerta, arar…o, simplemente, para desplazarse a los sitios.
  
   Un día, iban subidos en el burro un hombre con un hijo de corta edad, camino de la huerta, y en una de las calles del lugar, ya casi a la a la salida, se cruzaron con otro hombre que volvía en ese momento al pueblo, con una burra.
   Ésta estaba en celo, y el asno al verla se desvió del camino, intentando, con gran ímpetu, acercarse a la misma, a la par que rebuznaba fuertemente; de modo que faltó el canto de un duro -hoy diríamos el canto de un euro- para que ambos jinetes, padre e hijo, acabaran con sus huesos en el suelo.    
   El niño, muy asustado por el empuje del asno, en su afán de acercarse a la burra, y la potencia del rebuzno -nunca le había hasta entonces rebuznar de aquella manera-, preguntó a su progenitor:
-       ¡Padre!¿Qué le pasa al burro?
-       ¡Nada hijo, no le pasa nada! Respondió el progenitor, que no quería dar muchas explicaciones al niño. Rebuzna así porque está enfermo

   A los pocos días, se dio la circunstancia de que iban subidos en el burro el niño con la madre; se cruzaron con el mismo un hombre de la ocasión anterior, que iba con su burra, y se repitió la misma escena. El burro se puso a rebuznar escandalosamente.
-       Yo sé por qué rebuzna así el burro, dijo el niño a la madre. Padre me lo contó el otro día…es porque está enfermo.
-       ¡Qué va a estar enfermo!, respondió la madre, con desdén. ¡Ojala! tuviera tu padre la mitad de la salud que tiene el burro!


   (Es éste, un cuento popular, quizá habría que catalogarlo de “chiste verde”, que contaban nuestros padres y abuelos, generalmente tras la cena, después de haber bebido unos cuantos vasos de vino, o haber empinado la bota más de lo recomendable.
  Entonces, se desinhibían y, tras mandar a los niños a la cama, para evitar que escucharan cosas inconvenientes, se divertían contando historias de este tipo, “no aptas” para menores).

miércoles, 8 de mayo de 2019


La Marimanta


   Dentro de las leyendas, encontramos una serie de seres fantásticos como el coco, el hombre del saco o el sacamantecas, que tenían una misión “pedagógica”, ya que el fin de estas narraciones, que tenían de protagonistas a estos personajes míticos, era amedrentar a los niños para evitar que se vieran envueltos en situaciones de peligro.
   Uno de estos entes “asusta niños”, muy conocido en el pueblo, era La Marimanta; un ser sobrenatural que vivía en los pozos.
   A los niños, se nos advertía con frecuencia: “No te asomes a los pozos; porque si lo haces, la Marimanta te coge por los pelos, te arrastra hasta el fondo y no volvemos a saber de tí”.

   Nadie sabe, con exactitud, cómo es La Marimanta. Cuando nos asomamos a un pozo clásico, con pocos metros de profundidad, de los que hacían nuestros antepasados manualmente a pico y pala; si tiene el brocal estrecho, cuando el nivel del agua está bajo, vemos en el fondo una inquietante oscuridad. En cambio, si es poco profundo, o el pozo está lleno, lo que apreciamos es la superficie de unas aguas tranquilas que reflejan la claridad del exterior: el cielo y la silueta de quien se asoma.
   Tanto en uno como en otro caso, es imposible ver el fondo del pozo y lo que se esconde bajo la superficie del agua; por ello, resulta fácil imaginar que La Marimanta more en las profundidades de los pozos y no podamos verla…pero ¿cómo vive? ¿Cómo respira? ¿Qué come cuando no tiene niños que llevarse a la boca?
Como quiera que estamos ante un ser mítico, estas preguntas tan racionales y mundanas no encuentran respuesta; estamos ante un enigma muy difícil de resolver.
Nadie sabe, realmente, qué aspecto tiene este ser tan extraordinario, y, cuando alguien se aventura a describirlo, ofrece unas explicaciones muy imprecisas; de hecho, si preguntamos a dos personas distintas, sobre La Marimanta, comprobamos que las respuestas, en ambos, casos no son coincidentes, lo cual es lógico si consideramos que ninguna de ellas ha tenido oportunidad de enfrentarse ante esta fiera; estamos ante un ser fantástico del que tenemos conocimiento sólo de “oídas”, no de haberlo visto  -Al ser personaje de leyenda es imposible verlo, ya que, si alguien lo hubiera visto, dejaría de ser una leyenda y pasaría a ser  una realidad-.
Claro que, si se indagamos un poco, en ocasiones, nuestra curiosidad obtiene recompensa.  
Una vez, conocí a una persona que afirmaba haber visto a La Marimanta y pudo describirla con todo detalle, sin titubear ¿Estábamos ante el fin de la leyenda?
Los hechos ocurrieron así:
Un día, en un pueblo de nuestra comarca, estaba una abuela con su nieto de corta edad en la huerta y ésta decidió aleccionar al niño para que no se acercase al pozo, intentando así evitar que pudiera caer al mismo.  
Una vez que se acercaron al mismo, se asomaron dentro para poder ver el agua y ella, empleando un tono de voz muy serio, comenzó a hablar al nieto de este modo:
Un pozo clásico

- Los niños, cuando están solos, nunca deben asomarse a los pozos porque en ellos vive La Marimanta. Si lo hacen, ésta sale, los agarra por los pelos, los lleva al hondón y después que se ahogan, se los come crudos. Como comprenderás, yo no quiero que te pase una cosa tan terrible, así que ya lo sabes;  cuando estés solo, no te asomes a ningún pozo para evitar que no te coja a ti.

Lejos de asustarse, el niño se sintió embargado por una gran curiosidad y, con gran atención, se puso a mirar las profundidades del pozo mientras preguntaba a la abuela:
- ¿Cómo es La Marimanta? Yo quiero verla.
- ¡De ningún modo! Exclamó la abuela, muy contrariada por la poca credibilidad que sus palabras habían obrado en el nieto.  Había intentado infundir al nieto temor y respeto hacia los pozos, y veía que sólo había conseguido despertar su atención hacia los mismos.
- Es mejor que nunca la veas -continuó hablando la abuela- Te ibas a asustar mucho. Yo, la verdad es que no la he visto nunca, pero debe tener un aspecto horrible. Como vive en el fondo de los pozos, seguro que tiene el cuerpo cubierto de escamas; además, en vez de dedos supongo que debe tener unas garras tremendas para poder coger a los niños y que no se le escapen, una vez que los ha atrapado; así como una boca grande, con unos dientes largos y afilados para poder comérselos.  
Pero tú tienes que estar tranquilo y no asustarte para nada, ella sólo vive en los pozos y nunca sale de allí. Únicamente hay peligro, si te acercas a uno de ellos estando solo.

   El nieto, lejos de asustarse, observaba con gran atención el interior del pozo intentando atisbar al monstruo, en la profundidad, a través del agua; de pronto, aterrorizado, dio un fuerte grito y se alejó de allí, chillando fuertemente, hasta un extremo de la huerta.
La abuela, muy extrañada, corrió tras él para tranquilizarlo. Ella pretendía amedrentar un poco al niño para evitar que se asomara a los pozos, pero no hasta ese extremo; nunca llegó a pensar que sus palabras hubiesen producido tal pavor a su nieto.
Cuando lo alcanzó, comprobó que se encontraba muy asustado, y respirando agitadamente, tras la rápida carrera.
- ¿Pero bonito?  Preguntó la abuela- ¿Te has asustado por lo que te he dicho?
- ¡Abuela! ¡La he visto! ¡La he visto! ¡He visto a la Marimanta!, gritaba el niño, con palabras entrecortadas.  Pero no es como tú dices…es una vieja horrible…está en el fondo del pozo y ha cogido un niño como yo

La abuela, rápidamente, comprendió que su nieto había divisado en el interior del pozo algo real; aunque no se trataba de ningún ser fantástico. Lo que éste había visto, que tanto le había asustado, eran sus propias caras reflejadas en la superficie del agua, mientras los dos estaban asomados al pozo.
 El problema era que él afirmaba haber visto dos seres: un niño como él, lo cual estaba fuera de toda duda, ya que era su propia imagen reflejada en la superficie del agua, pero… la otra persona…la vieja horrible, a quien el niño había identificado con la Marimanta, era el reflejo de ella misma, y esto la disgustó mucho,

 De todos modos, si el niño insistía en haber visto a La Marimanta, y ya creía en ella ¿Por qué contradecirle? ¿Acaso no era lo que pretendía?                  

jueves, 11 de abril de 2019


Curanderos: Entre la ciencia y la magia IV


El curandero de Muñoz
  

   Volviendo al mundo de los curanderos, sanadores o sabios, como también eran conocidos, que tanta aceptación tenían en el siglo pasado; dentro del gremio, había algunos que estaban especializados en  tratar  enfermedades concretas como los culebrones (herpes zóster); la hiperhidrosis (sudoración excesiva, fundamentalmente de los pies y las manos), las verrugas, las hernias inguinales…; otros, con sus manos, mediante masajes y amasamientos, tenían habilidad para tratar dolores articulares y musculares, y, por último, estaban aquellos que poseían unos conocimientos más amplios y trataban todo tipo de males.

    Para acceder al oficio de sanador, no había escuelas, academias o cursos a distancia; cada uno de los hombres y mujeres, que se dedicaban a ello, aprendía la “profesión” siguiendo distintos caminos.
Algunos, habían tenido un maestro que les había transmitido los conocimientos necesarios para desarrollar su labor, que casi siempre eran el padre o la madre, quienes a su vez también habían sido curanderos.
   Otros, en cambio, eran autodidactas; de forma empírica, llegaban a conocer las propiedades beneficiosas que para la salud tenían algunas plantas o productos de origen animal, y decidían aplicar sus conocimientos para tratar los males de las personas.
   Tanto los unos como los otros, habían tenido un aprendizaje previo, y los remedios que administraban, a la gente que acudía a ellos, eran naturales y tangibles; cosa bien distinta, es que resultaran eficaces.
 
   Al lado de estos curanderos que, para aprender el oficio, habían tenido que currárselo mucho, existían otros que lo eran porque “poseían” una gracia o don especial para curar las enfermedades. Eran los curanderos-magos.
   El don, que estos afirmaban poseer, casi siempre era innato; se trataba de personas muy singulares -eso creían ellos- que ya, desde antes de nacer, estaban predestinadas a ser curanderos.
   Se sabía que eran tan especiales, porque habían llorado en el vientre de la madre durante el embarazo -no sé quién había oído el llanto, para certificarlo; imagino que la madre claro-, o bien, que habían nacido en fechas muy señaladas como el 29 de febrero, en la noche de San Juan (24 de junio), o en Nochebuena (24 de diciembre), durante los solsticios de verano o de invierno.
   Sin embargo, el don que afirmaban tener estos curanderos-magos no siempre era innato; en algunas ocasiones, también podían haberlo adquirido tras el nacimiento. En un pueblo del norte de Cáceres, había un famoso curandero que sufría ataques epilépticos y afirmaba que era durante los mismos, cuando recibía la energía -la gracia- para poder desarrollar sus poderes. 
  
   Estos curanderos, los que tenían “el don”, podían sanar a la gente a través de la palabra, mediante determinados rezos o invocaciones, e imponiendo las manos. Eso sí, los pacientes, para poder sanar, debían tener una fe absoluta en la curación; si no sanaban, era debido a que no tenían suficiente fe, así que culpa de dicho fracaso siempre recaía en el cliente, nunca del curandero - hoy día, con la medicina, ocurre todo lo contrario. Cuando un tratamiento fracasa, aunque el paciente no haya seguido las indicaciones del médico, la culpa, habitualmente, acaba siendo de este último-  
   Este tipo de sanadores, incluso podían curar a los pacientes desde la distancia; bastaba que algún allegado: vecino, familiar o amigo del afectado/a, llevara un mechón de pelo del enfermo, o una prenda de ropa que se hubiera puesto recientemente, ante el curandero; para que éste, gracias a sus poderes, simplemente, tocando la prenda o el mechón de pelo, tras hacer los conjuros correspondientes, pudiera sanar al afectado.
   Si era pelo lo que le habían llevado, el curandero, usualmente, lo quemaba como parte del ritual; en cambio, cuando se trataba de una prenda de ropa; ésta, tras el oportuno “tratamiento”, era devuelta a su portador para que la entregara al enfermo, ya que éste recuperaría la salud una vez que volviera a ponérsela. Evidentemente, el curandero cobraba por todos estos rituales de sanación.
   A pesar de que los curanderos-magos podían curar desde la distancia, casi todos los pacientes preferían acudir, personalmente, a ellos, pues pensaban que, si tenían un contacto directo con el curandero, los tratamientos resultaban más eficaces. Además, a pesar de contar con el don para realizar sus curas, muchos de ellos, no debían estar plenamente convencidos de que la magia fuera suficiente para sanar a la gente y por ello, además de ésta, también recurrían a los remedios naturales, como los curanderos “vulgares”.

   En la provincia de Salamanca, en lo que es el centro geográfico provincial, se encuentra La Fuente de San Esteban. Muy próximos a este lugar, hay dos pueblos que causan algo de confusión entre la gente que no somos de la zona, por tener nombres muy similares. Uno es Muñoz, y el otro San Muñoz.
   En el primero de ellos, Muñoz, en la segunda mitad del siglo pasado, vivía uno de los sanadores más conocidos de Salamanca, cuya fama llegó a sobrepasar los límites de la provincia.
    No tenía ningún don especial-supongo que empezó a llorar después de nacer, como cualquiera de nosotros- y, por lo tanto, no empleaba la magia en sus tratamientos sino productos más o menos naturales, con los que trataba “casi” todo tipo de males.
   Este “casi”, hay que subrayarlo, porque, aunque trataba muchas enfermedades, sabía reconocer sus límites y cuando llegaba ante él, requiriendo sus servicios, alguien a quien no podía aliviar, evitaba “meterse en berenjenales” que no le convenían…ni a él, ni al enfermo.
   Un día, acudió a este curandero un hombre con un tumor avanzado; los médicos le habían dicho que no podían curarle y, desesperado, tenía la esperanza de encontrar en la magia, lo que no podía ofrecerle la ciencia.
   El curandero de Muñoz, como casi todos sus colegas, tenía una gran capacidad de observación; por ello, nada más aparecer ante él el pobre enfermo, al verle la cara, rápidamente, adivinó la gravedad del proceso que tenía aquel hombre; consciente, de que lo que realmente buscaba era un milagro, se sinceró con él y, amablemente, le dijo:

  - Lo que usted tiene, yo no puedo curarlo. Lo siento mucho.

   El familiar, que acompañaba al enfermo, cuando pretendió pagarle la consulta al curandero, éste se negó rotundamente a ello, alegando que sólo cobraba cuando curaba o mejoraba a quien acudía a él, y que éste no era el caso.

 El sanador, además de pasar su consulta en Muñoz, también lo hacía en Salamanca, a donde acudía un día a la semana. Una vez, en una de estas consultas que pasaba en la ciudad, tuve ocasión de conocerle. Por suerte, en este caso, el paciente presentaba un proceso tratable y “leve”.

  Entre los médicos, a veces se establecen discusiones sobre cuándo los procesos deben ser considerados leves o graves, pretendiendo encontrar cuál es la línea que separa a unos de los otros;  lo cierto es que, tras múltiples reuniones, congresos de alto nivel y symposiums, a día de la fecha, no hay un acuerdo unánime que permita discernir cuándo un proceso puede ser catalogado como leve, y cuándo deja de serlo.
El único criterio aceptado por todos, tanto por los médicos como por los pacientes, para que una enfermedad sea considerada leve, es que el afectado debe ser siempre otra persona y no uno mismo. Cuando una enfermedad la padece otro, los demás la consideramos leve; en cambio, si esa misma enfermedad la padecemos nosotros, deja se ser leve pasando a ser "grave o gravísima"; no sé si fue Platón quien dijo - y si no lo hizo él, debería haberlo dicho- que “el dolor que mejor se soporta es el ajeno”.

  Yo era muy escéptico y no creía en curanderismos, magia, ni en cosas milagrosas ajenas a la ciencia; pero, cuando tuve ocasión de conocer al curandero de Muñoz, el descreimiento que sentía hacia estos personajes desapareció y se transformó en auténtica admiración. 

   Ese día, había ido mi padre a Salamanca; estaba en un bar con Silverio, un amigo suyo que también había ido a la ciudad a hacer algunos asuntos, y resulta que uno de ellos era, precisamente, acudir a la consulta del mencionado curandero. Creo que era los jueves cuando se desplazaba a la ciudad a ejercer la profesión. 
   El amigo de mi padre, que pretendía ir al sanador, no conocía el sitio donde éste pasaba la consulta -no se anunciaban en la guía telefónica, ni en la prensa-; mi progenitor, aunque sabía la dirección, tenía que hacer otras cosas y, como no podía acompañarle, me pidió…más bien me ordenó -entonces los padres no se sabe si pedían u ordenaban-, que le acompañara yo; así que, sin comerlo ni beberlo, con la dirección anotada en un papel, me encontraba camino de la consulta de aquel sabio de la salud, acompañando al “enfermo”.
   Cuando estábamos a punto de llegar a nuestro destino, le hice a Silverio esta advertencia:

    - Mire, no se le ocurra decir, en ningún momento, que estoy estudiando medicina. Como se entere el curandero, me va a dar mucha vergüenza. 
    - Tu tranquilo, que no diré nada -contestó éste-. Además, te va a interesar, ya lo verás... dicen que lo adivina casi todo. Creo que te ve y, sin apenas preguntarte nada, casi siempre sabe lo que te pasa. 
 
   Una vez que llegamos ante el portal del edificio, pudimos comprobar que aquello, ni de lejos, respondía al estereotipo de lo que se esperaba de un curandero. Estos, solían vivir en los pueblos y citaban a los pacientes a deshoras (temprano, o ya entrada la noche), para que su actividad pasase lo más desapercibida posible, ya que no era una actividad reconocida y, por lo tanto, no era legal.
   Este hombre, en cambio, además de trabajar en su pueblo, no tenía reparo alguno en desarrollar su actividad también en la ciudad; la consulta la tenía en un piso normal, y era el mediodía. Evidentemente, no deseaba pasar desapercibido.
  Cuando estuvimos ante la puerta del piso, llamamos al timbre y desde dentro, antes de abrir, alguien preguntó:

 - ¿Quién es?

   Como sea el curandero, quien ha contestado, todo no lo adivina -pensé yo para mis adentros-. Pero no había contestado él, sino una mujer.  Le contamos el propósito de nuestra visita y, tras esperar unos instantes en el pasillo, nos hizo pasar a una habitación en la que pudimos ver a un hombre de mediana edad, bien vestido -la gente de los pueblos, cuando íbamos a la capital, nos vestíamos "con la ropa de los domingos" y el señor, por lo visto, también lo hacía- 
   No sé por qué, yo había imaginado que el encuentro iba a ser en un despacho en toda regla: una mesa con dos sillas frente a la misma, y tras ella un sillón donde se sentaría el sanador; una estantería con algunos libros de consulta…pero aquello era una sala normal en la que había una mesa con varias sillas alrededor.
    Tras los oportunos saludos, nos echó una rápida mirada a los dos y después acabó fijando la mirada en Silverio. Éste, debía rondar los 70 años, estaba gordo y en la mano llevaba un bastón con el que ayudaba para caminar; yo, en cambio, andaba por los 21, estaba delgado, andaba perfectamente,  y en la mano llevaba una carpeta.
   Evidentemente, averiguar quién era el enfermo no le supuso dificultad alguna.
   Nos hizo sentar en la mesa, él también se acomodó en una de las sillas y se dirigió al paciente en estos términos:

- No me diga usted nada. Responda sólo, cuando pregunte.

   Nosotros, en silencio, mirábamos al curandero, y éste, durante unos segundos, observó con gran atención a Silverio; a continuación, comenzó a hablar lentamente.

 - Usted anda mal y cojea un poco, porque le duelen la espalda y una cadera ¿Me equivoco?
 - No. Respondió el aludido. 
  Tras la respuesta, siguió hablando el curandero:
 - No ve bien para cerca, pero de lejos se defiende. Seguro que hasta tiene gafas, pero no le gusta mucho ponérselas. Fuma bastante, aunque sabe que le perjudica. Come bien y le gustaría perder algunos kilos, pero no lo intenta porque no desea pasar hambre alguna. 
   Está casado y su mujer debería portarse con usted mucho mejor de como lo hace.
   Es buena persona, tiene buen humor y es valiente; por eso, no le da miedo morirse, pero no quiere padecer males cuando le llegue la hora.
   Ha estado en manos de médicos y, como no han podido curarle, por eso ha venido a verme a mí.

   Finalizó su disertación con las siguientes palabras:

   -  Mire, yo le puedo mejorar bastante el problema de la pierna y de la espalda, pero no puedo curarle del todo; si lo acepta así, seguimos…y si no, lo dejamos. Elija usted
    
   Mi acompañante estaba encantado, no había abierto la boca y el curandero había adivinado el objetivo de la visita, así que respondió que, efectivamente, ese era el motivo de la consulta y que aceptaba su tratamiento. Un hombre que tenía tantos poderes y que sabía tantas cosas sobre él, sólo con mirarlo, indudablemente era capaz de mejorar el problema de su espalda…o él… o nadie.
   Sin ver la pierna que le dolía, ni la espalda del paciente; simplemente, manipulando la zona de la columna vertebral a través de la ropa ¡para qué más!, le recetó unas friegas en la espalda con un "ungüento" que vendían en una farmacia próxima; le recomendó que no cogiese grandes pesos,  que adelgazase, ya que perder peso le iría bien para el problema que tenía, y que no dejara de moverse: debía pasear, aunque sin cansarse demasiado -las misma recomendaciones que todos los reumatólogos, traumatólogos y rehabilitadores del mundo hacen a sus pacientes, el curandero de Muñoz ya las hacía entonces-
 
   Acabó su consulta con unos "sabios" consejos:
  - El vino, si es bueno, no hace daño alguno cuando no se abusa; puede tomar varios vasos al día sin ningún problema. Los alcoholes blancos no le convienen; en cambio, una copa de coñac, de vez en cuando, viene bien -del Whisky no dijo nada…si era bueno a malo para la salud, y he tenido que vivir con esta incertidumbre durante años; afortunadamente, hace algún tiempo que logré resolverla-.   
  - La matanza, siguió hablando el curandero (se refería a los productos de la matanza del cerdo), puede comerla sin ningún problema: chorizo, jamón, lomo, tocino…puede comer todo lo que quiera, pero siempre sin abusar. La ternera, el cordero y el pescado, así como los productos de la huerta, cómalos también siempre que quiera.

   Respecto al ejercicio, que el sanador le indicó a Silverio, debía ser suave y sin excesos. Con buen criterio, consideró que, a pesar de que era bueno que estuviera activo, no era recomendable ponerse a hacer movimientos que quizá llevara años, posiblemente décadas, sin realizar; ya que, si forzaba mucho el cuerpo, esto sólo podía empeorar la situación.       

    Yo estaba asombrado por la capacidad de observación del curandero. Una persona, sobre todo si es una mujer, cuando echa una mirada a otra, en un instante es capaz de apreciar, al menos, media docena de detalles: cómo viste, el peinado, tipo y color de los zapatos, color de los ojos… Si el observador es un hombre, la capacidad de observación es mucho más limitada; a lo sumo es capaz de distinguir dos o tres características; en cambio, lo de aquel curandero era espectacular.
   Por la forma de caminar de Silverio y el modo de ayudarse con el bastón; así como, al ver el cuidado que había puesto al sentarse y la forma de hacerlo, había apreciado que tenía una dolencia en la espalda y que esta no se limitaba a la misma, ya que también afectaba a una pierna. Debido a su edad, sabía que la vista ya no funcionaba demasiado bien y algunos dedos amarillentos, delataban que fumaba en demasía.
   La obesidad, era una clara muestra de su afición a la buena mesa, y de que no debían gustarle demasiado los esfuerzos, además, como todos los gordos del universo, deseaba adelgazar, pero sin pasar hambre.   
   Los obesos, suelen ser gente simpática, muy apegada a la vida, y les gusta vivir bien -como a todo el mundo-, por ello, cuando el curandero le dijo que era una persona alegre y valiente, le agradó mucho, pues en realidad estaba alabándolo y las alabanzas siempre son bienvenidas, vengan de donde vengan. 
   Lo de la mujer, fue un golpe maestro; la alianza en el dedo le delataba como hombre casado, y, ¿qué hombre que lleve muchos años de matrimonio no piensa que su esposa le trata peor de lo que se merece? -ellas, seguro que opinan lo mismo de los maridos, todo sea dicho-.
  La gente que decidía acudir a los curanderos, lo hacía, habitualmente, tras haber consultado con uno o varios médicos, cuando la medicina no había sido capaz de curar u obtener un alivio suficiente de sus procesos, y eso también lo había “adivinado”.
   Cada vez que el curandero hacía sus afirmaciones, miraba fijamente al rostro del enfermo y este, inconscientemente, asentía a cada apreciación que hacía el primero, con lo cual estaba seguro de acertar en las aseveraciones que hacía.
   Respecto a las indicaciones del tratamiento eran impecables: adelgazar, comiendo de todo con moderación; hacer algo de ejercicio sin cansarse en exceso y “las friegas” en la espalda con el producto que le recomendó. Todo ello, si no le aliviaba, al menos, no iba a causarle mal alguno.

   Silverio estaba encantado cuando le pagó al curandero "la voluntad"; mientras tanto, yo pensaba que, si un señor le dice a la gente, lo ésta quiere oír, merece que se le pague.


Nota: Cuando una persona va al médico -o al curandero-, es porque está enferma, o cree estarlo. La salud, es el bien más importante que tenemos los humanos, aunque somos tan tontos que sólo la valoramos cuando nos falta.
  Alguien, después de sufrir uno grave enfermedad, aprendió a valorarla en su justo valor y llegó a la siguiente conclusión: "Si al despertarte cada mañana, compruebas que estás sano, alégrate. Ya tienes un buen motivo para estar contento durante todo el día”.