jueves, 11 de abril de 2019


Curanderos: Entre la ciencia y la magia IV


El curandero de Muñoz
  

   Volviendo al mundo de los curanderos, sanadores o sabios, como también eran conocidos, que tanta aceptación tenían en el siglo pasado; dentro del gremio, había algunos que estaban especializados en  tratar  enfermedades concretas como los culebrones (herpes zóster); la hiperhidrosis (sudoración excesiva, fundamentalmente de los pies y las manos), las verrugas, las hernias inguinales…; otros, con sus manos, mediante masajes y amasamientos, tenían habilidad para tratar dolores articulares y musculares, y, por último, estaban aquellos que poseían unos conocimientos más amplios y trataban todo tipo de males.

    Para acceder al oficio de sanador, no había escuelas, academias o cursos a distancia; cada uno de los hombres y mujeres, que se dedicaban a ello, aprendía la “profesión” siguiendo distintos caminos.
Algunos, habían tenido un maestro que les había transmitido los conocimientos necesarios para desarrollar su labor, que casi siempre eran el padre o la madre, quienes a su vez también habían sido curanderos.
   Otros, en cambio, eran autodidactas; de forma empírica, llegaban a conocer las propiedades beneficiosas que para la salud tenían algunas plantas o productos de origen animal, y decidían aplicar sus conocimientos para tratar los males de las personas.
   Tanto los unos como los otros, habían tenido un aprendizaje previo, y los remedios que administraban, a la gente que acudía a ellos, eran naturales y tangibles; cosa bien distinta, es que resultaran eficaces.
 
   Al lado de estos curanderos que, para aprender el oficio, habían tenido que currárselo mucho, existían otros que lo eran porque “poseían” una gracia o don especial para curar las enfermedades. Eran los curanderos-magos.
   El don, que estos afirmaban poseer, casi siempre era innato; se trataba de personas muy singulares -eso creían ellos- que ya, desde antes de nacer, estaban predestinadas a ser curanderos.
   Se sabía que eran tan especiales, porque habían llorado en el vientre de la madre durante el embarazo -no sé quién había oído el llanto, para certificarlo; imagino que la madre claro-, o bien, que habían nacido en fechas muy señaladas como el 29 de febrero, en la noche de San Juan (24 de junio), o en Nochebuena (24 de diciembre), durante los solsticios de verano o de invierno.
   Sin embargo, el don que afirmaban tener estos curanderos-magos no siempre era innato; en algunas ocasiones, también podían haberlo adquirido tras el nacimiento. En un pueblo del norte de Cáceres, había un famoso curandero que sufría ataques epilépticos y afirmaba que era durante los mismos, cuando recibía la energía -la gracia- para poder desarrollar sus poderes. 
  
   Estos curanderos, los que tenían “el don”, podían sanar a la gente a través de la palabra, mediante determinados rezos o invocaciones, e imponiendo las manos. Eso sí, los pacientes, para poder sanar, debían tener una fe absoluta en la curación; si no sanaban, era debido a que no tenían suficiente fe, así que culpa de dicho fracaso siempre recaía en el cliente, nunca del curandero - hoy día, con la medicina, ocurre todo lo contrario. Cuando un tratamiento fracasa, aunque el paciente no haya seguido las indicaciones del médico, la culpa, habitualmente, acaba siendo de este último-  
   Este tipo de sanadores, incluso podían curar a los pacientes desde la distancia; bastaba que algún allegado: vecino, familiar o amigo del afectado/a, llevara un mechón de pelo del enfermo, o una prenda de ropa que se hubiera puesto recientemente, ante el curandero; para que éste, gracias a sus poderes, simplemente, tocando la prenda o el mechón de pelo, tras hacer los conjuros correspondientes, pudiera sanar al afectado.
   Si era pelo lo que le habían llevado, el curandero, usualmente, lo quemaba como parte del ritual; en cambio, cuando se trataba de una prenda de ropa; ésta, tras el oportuno “tratamiento”, era devuelta a su portador para que la entregara al enfermo, ya que éste recuperaría la salud una vez que volviera a ponérsela. Evidentemente, el curandero cobraba por todos estos rituales de sanación.
   A pesar de que los curanderos-magos podían curar desde la distancia, casi todos los pacientes preferían acudir, personalmente, a ellos, pues pensaban que, si tenían un contacto directo con el curandero, los tratamientos resultaban más eficaces. Además, a pesar de contar con el don para realizar sus curas, muchos de ellos, no debían estar plenamente convencidos de que la magia fuera suficiente para sanar a la gente y por ello, además de ésta, también recurrían a los remedios naturales, como los curanderos “vulgares”.

   En la provincia de Salamanca, en lo que es el centro geográfico provincial, se encuentra La Fuente de San Esteban. Muy próximos a este lugar, hay dos pueblos que causan algo de confusión entre la gente que no somos de la zona, por tener nombres muy similares. Uno es Muñoz, y el otro San Muñoz.
   En el primero de ellos, Muñoz, en la segunda mitad del siglo pasado, vivía uno de los sanadores más conocidos de Salamanca, cuya fama llegó a sobrepasar los límites de la provincia.
    No tenía ningún don especial-supongo que empezó a llorar después de nacer, como cualquiera de nosotros- y, por lo tanto, no empleaba la magia en sus tratamientos sino productos más o menos naturales, con los que trataba “casi” todo tipo de males.
   Este “casi”, hay que subrayarlo, porque, aunque trataba muchas enfermedades, sabía reconocer sus límites y cuando llegaba ante él, requiriendo sus servicios, alguien a quien no podía aliviar, evitaba “meterse en berenjenales” que no le convenían…ni a él, ni al enfermo.
   Un día, acudió a este curandero un hombre con un tumor avanzado; los médicos le habían dicho que no podían curarle y, desesperado, tenía la esperanza de encontrar en la magia, lo que no podía ofrecerle la ciencia.
   El curandero de Muñoz, como casi todos sus colegas, tenía una gran capacidad de observación; por ello, nada más aparecer ante él el pobre enfermo, al verle la cara, rápidamente, adivinó la gravedad del proceso que tenía aquel hombre; consciente, de que lo que realmente buscaba era un milagro, se sinceró con él y, amablemente, le dijo:

  - Lo que usted tiene, yo no puedo curarlo. Lo siento mucho.

   El familiar, que acompañaba al enfermo, cuando pretendió pagarle la consulta al curandero, éste se negó rotundamente a ello, alegando que sólo cobraba cuando curaba o mejoraba a quien acudía a él, y que éste no era el caso.

 El sanador, además de pasar su consulta en Muñoz, también lo hacía en Salamanca, a donde acudía un día a la semana. Una vez, en una de estas consultas que pasaba en la ciudad, tuve ocasión de conocerle. Por suerte, en este caso, el paciente presentaba un proceso tratable y “leve”.

  Entre los médicos, a veces se establecen discusiones sobre cuándo los procesos deben ser considerados leves o graves, pretendiendo encontrar cuál es la línea que separa a unos de los otros;  lo cierto es que, tras múltiples reuniones, congresos de alto nivel y symposiums, a día de la fecha, no hay un acuerdo unánime que permita discernir cuándo un proceso puede ser catalogado como leve, y cuándo deja de serlo.
El único criterio aceptado por todos, tanto por los médicos como por los pacientes, para que una enfermedad sea considerada leve, es que el afectado debe ser siempre otra persona y no uno mismo. Cuando una enfermedad la padece otro, los demás la consideramos leve; en cambio, si esa misma enfermedad la padecemos nosotros, deja se ser leve pasando a ser "grave o gravísima"; no sé si fue Platón quien dijo - y si no lo hizo él, debería haberlo dicho- que “el dolor que mejor se soporta es el ajeno”.

  Yo era muy escéptico y no creía en curanderismos, magia, ni en cosas milagrosas ajenas a la ciencia; pero, cuando tuve ocasión de conocer al curandero de Muñoz, el descreimiento que sentía hacia estos personajes desapareció y se transformó en auténtica admiración. 

   Ese día, había ido mi padre a Salamanca; estaba en un bar con Silverio, un amigo suyo que también había ido a la ciudad a hacer algunos asuntos, y resulta que uno de ellos era, precisamente, acudir a la consulta del mencionado curandero. Creo que era los jueves cuando se desplazaba a la ciudad a ejercer la profesión. 
   El amigo de mi padre, que pretendía ir al sanador, no conocía el sitio donde éste pasaba la consulta -no se anunciaban en la guía telefónica, ni en la prensa-; mi progenitor, aunque sabía la dirección, tenía que hacer otras cosas y, como no podía acompañarle, me pidió…más bien me ordenó -entonces los padres no se sabe si pedían u ordenaban-, que le acompañara yo; así que, sin comerlo ni beberlo, con la dirección anotada en un papel, me encontraba camino de la consulta de aquel sabio de la salud, acompañando al “enfermo”.
   Cuando estábamos a punto de llegar a nuestro destino, le hice a Silverio esta advertencia:

    - Mire, no se le ocurra decir, en ningún momento, que estoy estudiando medicina. Como se entere el curandero, me va a dar mucha vergüenza. 
    - Tu tranquilo, que no diré nada -contestó éste-. Además, te va a interesar, ya lo verás... dicen que lo adivina casi todo. Creo que te ve y, sin apenas preguntarte nada, casi siempre sabe lo que te pasa. 
 
   Una vez que llegamos ante el portal del edificio, pudimos comprobar que aquello, ni de lejos, respondía al estereotipo de lo que se esperaba de un curandero. Estos, solían vivir en los pueblos y citaban a los pacientes a deshoras (temprano, o ya entrada la noche), para que su actividad pasase lo más desapercibida posible, ya que no era una actividad reconocida y, por lo tanto, no era legal.
   Este hombre, en cambio, además de trabajar en su pueblo, no tenía reparo alguno en desarrollar su actividad también en la ciudad; la consulta la tenía en un piso normal, y era el mediodía. Evidentemente, no deseaba pasar desapercibido.
  Cuando estuvimos ante la puerta del piso, llamamos al timbre y desde dentro, antes de abrir, alguien preguntó:

 - ¿Quién es?

   Como sea el curandero, quien ha contestado, todo no lo adivina -pensé yo para mis adentros-. Pero no había contestado él, sino una mujer.  Le contamos el propósito de nuestra visita y, tras esperar unos instantes en el pasillo, nos hizo pasar a una habitación en la que pudimos ver a un hombre de mediana edad, bien vestido -la gente de los pueblos, cuando íbamos a la capital, nos vestíamos "con la ropa de los domingos" y el señor, por lo visto, también lo hacía- 
   No sé por qué, yo había imaginado que el encuentro iba a ser en un despacho en toda regla: una mesa con dos sillas frente a la misma, y tras ella un sillón donde se sentaría el sanador; una estantería con algunos libros de consulta…pero aquello era una sala normal en la que había una mesa con varias sillas alrededor.
    Tras los oportunos saludos, nos echó una rápida mirada a los dos y después acabó fijando la mirada en Silverio. Éste, debía rondar los 70 años, estaba gordo y en la mano llevaba un bastón con el que ayudaba para caminar; yo, en cambio, andaba por los 21, estaba delgado, andaba perfectamente,  y en la mano llevaba una carpeta.
   Evidentemente, averiguar quién era el enfermo no le supuso dificultad alguna.
   Nos hizo sentar en la mesa, él también se acomodó en una de las sillas y se dirigió al paciente en estos términos:

- No me diga usted nada. Responda sólo, cuando pregunte.

   Nosotros, en silencio, mirábamos al curandero, y éste, durante unos segundos, observó con gran atención a Silverio; a continuación, comenzó a hablar lentamente.

 - Usted anda mal y cojea un poco, porque le duelen la espalda y una cadera ¿Me equivoco?
 - No. Respondió el aludido. 
  Tras la respuesta, siguió hablando el curandero:
 - No ve bien para cerca, pero de lejos se defiende. Seguro que hasta tiene gafas, pero no le gusta mucho ponérselas. Fuma bastante, aunque sabe que le perjudica. Come bien y le gustaría perder algunos kilos, pero no lo intenta porque no desea pasar hambre alguna. 
   Está casado y su mujer debería portarse con usted mucho mejor de como lo hace.
   Es buena persona, tiene buen humor y es valiente; por eso, no le da miedo morirse, pero no quiere padecer males cuando le llegue la hora.
   Ha estado en manos de médicos y, como no han podido curarle, por eso ha venido a verme a mí.

   Finalizó su disertación con las siguientes palabras:

   -  Mire, yo le puedo mejorar bastante el problema de la pierna y de la espalda, pero no puedo curarle del todo; si lo acepta así, seguimos…y si no, lo dejamos. Elija usted
    
   Mi acompañante estaba encantado, no había abierto la boca y el curandero había adivinado el objetivo de la visita, así que respondió que, efectivamente, ese era el motivo de la consulta y que aceptaba su tratamiento. Un hombre que tenía tantos poderes y que sabía tantas cosas sobre él, sólo con mirarlo, indudablemente era capaz de mejorar el problema de su espalda…o él… o nadie.
   Sin ver la pierna que le dolía, ni la espalda del paciente; simplemente, manipulando la zona de la columna vertebral a través de la ropa ¡para qué más!, le recetó unas friegas en la espalda con un "ungüento" que vendían en una farmacia próxima; le recomendó que no cogiese grandes pesos,  que adelgazase, ya que perder peso le iría bien para el problema que tenía, y que no dejara de moverse: debía pasear, aunque sin cansarse demasiado -las misma recomendaciones que todos los reumatólogos, traumatólogos y rehabilitadores del mundo hacen a sus pacientes, el curandero de Muñoz ya las hacía entonces-
 
   Acabó su consulta con unos "sabios" consejos:
  - El vino, si es bueno, no hace daño alguno cuando no se abusa; puede tomar varios vasos al día sin ningún problema. Los alcoholes blancos no le convienen; en cambio, una copa de coñac, de vez en cuando, viene bien -del Whisky no dijo nada…si era bueno a malo para la salud, y he tenido que vivir con esta incertidumbre durante años; afortunadamente, hace algún tiempo que logré resolverla-.   
  - La matanza, siguió hablando el curandero (se refería a los productos de la matanza del cerdo), puede comerla sin ningún problema: chorizo, jamón, lomo, tocino…puede comer todo lo que quiera, pero siempre sin abusar. La ternera, el cordero y el pescado, así como los productos de la huerta, cómalos también siempre que quiera.

   Respecto al ejercicio, que el sanador le indicó a Silverio, debía ser suave y sin excesos. Con buen criterio, consideró que, a pesar de que era bueno que estuviera activo, no era recomendable ponerse a hacer movimientos que quizá llevara años, posiblemente décadas, sin realizar; ya que, si forzaba mucho el cuerpo, esto sólo podía empeorar la situación.       

    Yo estaba asombrado por la capacidad de observación del curandero. Una persona, sobre todo si es una mujer, cuando echa una mirada a otra, en un instante es capaz de apreciar, al menos, media docena de detalles: cómo viste, el peinado, tipo y color de los zapatos, color de los ojos… Si el observador es un hombre, la capacidad de observación es mucho más limitada; a lo sumo es capaz de distinguir dos o tres características; en cambio, lo de aquel curandero era espectacular.
   Por la forma de caminar de Silverio y el modo de ayudarse con el bastón; así como, al ver el cuidado que había puesto al sentarse y la forma de hacerlo, había apreciado que tenía una dolencia en la espalda y que esta no se limitaba a la misma, ya que también afectaba a una pierna. Debido a su edad, sabía que la vista ya no funcionaba demasiado bien y algunos dedos amarillentos, delataban que fumaba en demasía.
   La obesidad, era una clara muestra de su afición a la buena mesa, y de que no debían gustarle demasiado los esfuerzos, además, como todos los gordos del universo, deseaba adelgazar, pero sin pasar hambre.   
   Los obesos, suelen ser gente simpática, muy apegada a la vida, y les gusta vivir bien -como a todo el mundo-, por ello, cuando el curandero le dijo que era una persona alegre y valiente, le agradó mucho, pues en realidad estaba alabándolo y las alabanzas siempre son bienvenidas, vengan de donde vengan. 
   Lo de la mujer, fue un golpe maestro; la alianza en el dedo le delataba como hombre casado, y, ¿qué hombre que lleve muchos años de matrimonio no piensa que su esposa le trata peor de lo que se merece? -ellas, seguro que opinan lo mismo de los maridos, todo sea dicho-.
  La gente que decidía acudir a los curanderos, lo hacía, habitualmente, tras haber consultado con uno o varios médicos, cuando la medicina no había sido capaz de curar u obtener un alivio suficiente de sus procesos, y eso también lo había “adivinado”.
   Cada vez que el curandero hacía sus afirmaciones, miraba fijamente al rostro del enfermo y este, inconscientemente, asentía a cada apreciación que hacía el primero, con lo cual estaba seguro de acertar en las aseveraciones que hacía.
   Respecto a las indicaciones del tratamiento eran impecables: adelgazar, comiendo de todo con moderación; hacer algo de ejercicio sin cansarse en exceso y “las friegas” en la espalda con el producto que le recomendó. Todo ello, si no le aliviaba, al menos, no iba a causarle mal alguno.

   Silverio estaba encantado cuando le pagó al curandero "la voluntad"; mientras tanto, yo pensaba que, si un señor le dice a la gente, lo ésta quiere oír, merece que se le pague.


Nota: Cuando una persona va al médico -o al curandero-, es porque está enferma, o cree estarlo. La salud, es el bien más importante que tenemos los humanos, aunque somos tan tontos que sólo la valoramos cuando nos falta.
  Alguien, después de sufrir uno grave enfermedad, aprendió a valorarla en su justo valor y llegó a la siguiente conclusión: "Si al despertarte cada mañana, compruebas que estás sano, alégrate. Ya tienes un buen motivo para estar contento durante todo el día”.

3 comentarios:

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  2. Interesante artículo este d los "curanderos". Al que te refieres de Muñoz, me suena, pues como dices sería unos de los más importantes y de renombre en su época, la mía de joven. Pero, en la actualidad, siguen existiendo?...

    -Manolo-

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  3. A pesar de los grandes avances de la medicina, aún sigue habiendo curanderos, especialmente masajistas no titulados que tratan problemas articulares, sobre todo de la espalda; también videntes y magos que se anuncian en internet o en la prensa vendiendo "energías positivas" u ofreciéndose para curar "males de ojo" sin importar el lugar del mundo en que te encuentres, previo pago con tarjeta de crédito, por supuesto; así como otros personajes por el estilo; pero curanderos, como los clásicos, ya apenas hay; además, en cualquier herboristería te ofrecen muchas de las cosas que ellos daban a sus pacientes.
    Antes, a menudo, se confundía la magia con la medicina, de modo que, a veces, no se sabía donde acababa una y empezaba la otra, pero eso hoy apenas ocurre.

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