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| Bifurcación de caminos (opción A y Opción B) |
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| Cachón de Carranzo |
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| Bifurcación de caminos (opción A y Opción B) |
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| Cachón de Carranzo |
Aquel día, tras cerrar el consultorio del pueblo, el médico miró el
reloj y comprobó con satisfacción que la consulta había acabado a una hora
razonable. Estaba contento ya que, tras el intenso trabajo que había
tenido a lo largo de la semana anterior, la situación parecía haberse
normalizado y el estado de salud de los pacientes había vuelto a su nivel
habitual. Era mediodía y como buen español que era, antes de regresar a su
casa, decidió tomar algo en el bar, así que dirigió sus pasos hacia el mismo y
en el camino fue recordando lo sucedido.
Era la primera semana de julio, el verano estaba en sus
inicios y en el pueblo, como era habitual por estas fechas, la
población se había incrementado notablemente; pero el motivo que tanto
había intensificado su trabajo, durante los días previos, no había sido
originado por este crecimiento poblacional, sino por otro muy distinto
El agua es un elemento imprescindible para nuestra existencia,
que siempre ha condicionado, enormemente la vida del hombre ya que, desde el
principio de los tiempos, se ha visto obligado a asentarse en lugares donde
fuera fácil el acceso a este preciado elemento. Algo tan sencillo como
abrir un grifo en casa y que por él salga agua apta para el consumo, para
nosotros es algo rutinario y parece muy simple; pero hasta que
esto ha podido ser una realidad, tanto los habitantes de los pueblos como los
de las ciudades han tenido que sufrir, previamente, un montón de vicisitudes.
Esta dependencia del agua, entre otras cosas, ha sido el motivo
de que la mayoría de las ciudades estén ubicadas al lado de algún río, y de que
los pueblos, cuando no tienen algún curso de agua cercano, se encuentren
situados en lugares donde el agua subterránea, a través de fuentes, pozos y
pilares pueda ser accesible a sus habitantes.
Durante siglos, para el consumo habitual, la gente recogía el agua
directamente de ríos, arroyos, lagos, fuentes…, ésta en ocasiones se
contaminaba y quienes la bebían contraían infecciones gastrointestinales, un
hecho que era bastante común de modo que el problema que nuestros
antepasados tenían, respecto al agua, no se limitaba únicamente a poder
disponer de ella en cantidad suficiente, siendo también necesario que fuese potable,
algo que no siempre era posible.
Beber agua potable que procede directamente del manantial, ya
sea en pozos, pilares o fuentes, es un lujo que aún nos podemos permitir en
nuestros pueblos; es un agua natural, sin cloro ni sustancias añadidas que
interfieran con sus características organolépticas y, aunque es un agua
estupenda, a veces puede llegar a contaminarse por gérmenes, un hecho que es
más común en verano cuando disminuye el caudal de los ríos y las fuentes y
con ello las posibilidades de depuración natural.
El refranero popular dice al
respecto que “agua corriente no mata a la gente”; también podríamos decir que “cuando
el caudal flojea, llega la diarrea” (esto
último no sé si lo dice también el refranero, o quizá fuera Platón. Y si no fue
alguno de ellos, pues lo añado yo).
Bueno, pues el problema de salud que había ocurrido en
el pueblo, durante los días anteriores, estaba relacionado con el agua;
concretamente, con una fuente pública. Ésta, proporcionaba un agua abundante,
de gran calidad que, desde tiempo inmemorial, había saciado la sed de los
lugareños; por ello, cuando en el pueblo se hicieron las obras de
abastecimiento para llevar el agua a los domicilios, habían decidido
mantenerla, tal como estaba, para que quien lo deseara pudiera seguir
utilizándola.
Desde el otoño, cuando comenzaban las lluvias, hasta los inicios del
verano siguiente, la fuente conservaba un abundante caudal, pero cuando
llegaba el estío, a medida que pasaban las semanas, el chorro del
caño iba decreciendo progresivamente de modo que, aunque el manantial casi
nunca llegaba a secarse, cuando llegaba septiembre por el caño solamente
corría un pequeño hilillo de agua dando la sensación de que iba a agotarse en
cualquier momento.
En el pueblo, a pesar de que en todas las casas
ya había agua corriente, la gente seguía utilizando para beber el
agua de la fuente, pues la calidad de ésta era muy superior a la del
abastecimiento general; reservando, ésta última, para el aseo, la limpieza de
la casa y demás menesteres.
El tema del agua funcionaba de ese modo: casi todo el mundo la
bebía de la fuente durante otoño, invierno y primavera con total confianza,
pues el caño mantenía un copioso caudal. En cambio, al llegar el verano, cuando
el chorro de la fuente empezaba a menguar, los habitantes del lugar, conscientes
de que, a medida que el caudal del mismo disminuía, aumentaban las
posibilidades de que el agua se contaminara; por prudencia, casi todos ellos
dejaban de beberla de allí pasando a beber entonces el agua del grifo de sus
casas.
La fecha en la que la gente cambiaba sus hábitos respecto al
agua no era fija ya que oscilaba todos los años dependiendo de lo abundante que
hubiera sido la temporada de lluvias que condicionaba el caudal del caño; por
esta circunstancia, todos los veranos el asunto de calcular cuándo dejar
de beber agua de la fuente levantaba mucha expectación.
El boticario había recomendado, repetidamente, al
alcalde, que prohibiese a los paisanos beber agua de la fuente durante el
verano ya que, al no estar potabilizada como la del suministro general,
raro era el año en el que no había algún caso de gastroenteritis, mas éste
nunca le había hecho caso.
Aunque eran los últimos tiempos del
franquismo y España seguía siendo un estado totalitario, donde el sentido de la
autoridad se mantenía muy arraigado, el regidor del pueblo debía ser
algo libertario, una cosa extremadamente rara para esa época (quizá es que no tenía los suficientes
redaños para enfrentarse a los vecinos, algo que no podemos descartar ) y
siempre le respondía que el agua de la fuente era estupenda, así que
tenían que ser los vecinos del pueblo, y no el alcalde ni el boticario, quienes
debían decidir, libremente, cuándo dejar de utilizar el agua de la fuente, cada
verano.
En realidad, casi nunca pasaba nada importante pues todos los
años, cuando alguien pillaba una diarrea, lo comunicaba a los vecinos y
familiares, el “boca a boca” funcionaba muy bien, y, en cuestión de horas,
todos los habitantes del lugar sabían que el agua de la fuente ya no era
potable y dejaban de consumirla hasta el otoño, cuando el caño volvía a
recuperar un buen caudal.
Este asunto se había convertido en una tradición más del
pueblo y sus habitantes, conscientes de que a medida que avanzaba el verano
aumentaban las probabilidades de que se contaminara el agua de la fuente,
habían establecido la costumbre de considerar al día de la Virgen del
Carmen (16 de julio) como la fecha límite para dejar de beberla; así que,
“por si acaso”, a partir de ese día, casi todo el mundo empezaba a beber el
agua que llegaba del suministro general a los domicilios.
Evidentemente, esto no era nada científico y, como la fecha
era meramente orientativa, siempre había “valientes” que apuraban mucho los
días y continuaban bebiendo agua de la fuente durante más allá de ese día.
Curiosamente, los más imprudentes eran los más viejos, que seguían
consumiéndola durante varias semanas más y casi nunca les pasaba nada (o si les
pasaba, no lo decían).
Del mismo modo que en Asturias hay un día al año en el que celebran
la pesca en los ríos del primer salmón de la temporada, al que llaman “El
Campano”, siendo una fecha muy señalada en el principado, en el
pueblo -salvando las distancias- también era un día muy señalado
aquel en el que aparecía la primera persona de la temporada con diarrea,
pues ese era el indicador de que la gente debía dejar de beber definitivamente
el agua de la fuente hasta el otoño.
Ese año, el otoño y el invierno anteriores habían sido
especialmente secos y la primavera también había sido muy
pobre en lluvias; por ello, como los manantiales se habían cebado
poco, el caudal de la fuente comenzó a mermar muy pronto. Debido a esta
circunstancia, o bien a alguna otra causa que nunca llegó a
saberse, resultó que, en la última semana de junio, el agua de la fuente
perdió su salubridad.
El primer aviso, de que el agua del caño había dejado de ser
potable, no sobrevino del mismo modo a lo que venía siendo habitual durante
los años anteriores; hasta entonces, cuando alguno de “los valientes” que
seguían bebiendo agua de la fuente, más allá del día de la Virgen del Carmen,
resultaba afectado, lo que siempre había acontecido,
cuando aparecía la primera persona afectada por gastroenteritis -que
venía a ser como “El Campano” del pueblo-, ésta avisaba a los demás y, en
cuestión de horas, o a lo sumo un día, desaparecían “todos los valientes”
y ya nadie bebía agua de la fuente.
En esta ocasión, lo ocurrido fue que, como aún faltaban tres
semanas para el día de la Virgen del Carmen, todo el mundo seguía bebiendo
agua de la fuente ya que aún eran “fechas seguras”, y sobrevino un verdadero
boom…una auténtica explosión gastroenterítica (vamos, una cagalera
generalizada), resultando afectados, los habitantes del pueblo, por docenas.
Durante el tiempo que duró la epidemia, los medicamentos para
tratar vómitos, diarreas y dolores de abdominales corrieron a raudales, ya que era
rara la familia donde uno o varios de sus integrantes no hubieran enfermado por
el agua contaminada. Mientras tanto, la conciencia del farmacéutico estaba en
un estado de disociación múltiple: Pensamiento positivo: estaba
contento porque, al aumentar la venta de medicamentos y agua mineral (entonces,
el agua mineral en los pueblos apenas se usaba y sólo se vendía en farmacias),
el negoció mejoró ostensiblemente esos días. Él, no es que se
alegrara porque los vecinos se “fueran de vareta”, pero consideraba que, si
estaban así y necesitaban medicamentos, alguien tenía que
vendérselos. Pensamiento negativo: en su fuero interno estaba muy
cabreado con el “alcalde libertario”, esa “rara avis franquista” que, haciendo
caso omiso a su recomendación, nunca había querido poner un letrero en la
fuente avisando de que el agua no estaba potabilizada.
En la intrahistoria de los pueblos siempre acontecen hechos
significativos, hitos importantes que marcan un antes y un después, tal como
ocurrió con la epidemia de gastroenteritis de aquel año. Al haber sido ésta tan
brutal y afectar a tantos paisanos, motivó que el alcalde perdiera súbitamente
su “sensibilidad libertaria” olvidándose del derecho de los vecinos a elegir
libremente el sitio donde coger el agua para beber, que tantas veces había
defendido ante el boticario y decidió ejercer de alcalde con “mando en plaza”
(en este caso, quizá habría que decir con “mando en fuente”), así que ordenó al
alguacil poner un letrero en la fuente, para avisar del problema del agua
Letrero sugerido por el boticario: “Agua no potabilizada”
Letrero que finalmente se puso: “Prohibido beber agua de la
fuente hasta nueva orden”
Cuentan las crónicas que el motivo que llevó al
alcalde, mandar colocar el letrero, no obedeció a la sugerencia
del farmacéutico -éste llevaba años intentando convencerle de ello, sin
éxito-, sino a que él resultó ser uno de los afectados (como podemos ver, las bacterias, al contrario que las personas, son
justas e imparciales y les importan “un comino” las jerarquías y la
autoridad).
Lo cierto es que el aviso del letrero no tuvo utilidad
alguna ya que, cuando lo colocó el alguacil en la fuente, los vecinos
llevaban ya varios días sin beber agua de la misma.
(Nota aclaratoria: Aunque la foto que acompaña al texto corresponde a la
fuente de Vilvestre, y en ella hay un letrero donde pone “Agua no potable”
quiero aclarar que esto no ocurrió en ese pueblo).
Siendo estudiante en Salamanca, muchas
tardes iba a estudiar a la biblioteca universitaria que entonces estaba en el
edificio histórico, en la calle Libreros y en ella coincidíamos
estudiantes de diversas facultades siendo allí donde conocí a una chica llamada Jimena, como la mujer del Cid.
Como entonces no había móviles ni internet, los
estudiantes, cuando nos tomábamos un rato de descanso, salíamos de la biblioteca y hablábamos entre
nosotros, siendo en una de esas pausas cuando la conocí. Estudiaba Filología
Hispánica (Lengua y Literatura Española) y, aunque era de León, estaba cursando su carrera en
la universidad salmantina.
Ya estaba en su último año, le
interesaba mucho el dialecto leonés y, cuando le dije que era de Barrueco
y que el pueblo estaba situado en la frontera portuguesa, comentó que nuestra
zona, lingüísticamente, debía ser muy interesante ya que había oído que la gente
de aquellos pueblos aún seguía utilizando muchas palabras del dialecto leonés, añadiendo que le gustaría ir un día a alguno de aquellos lugares para realizar un “trabajo de campo” y así poder comprobarlo.
Yo, hasta ese día, pensaba que un trabajo de campo era la tarea que a diario hacía la gente de los pueblos, criando ganado y
labrando la tierra, aclarándome ella que no era lo mismo trabajar en el campo, que hacer un “trabajo de campo” ya que este último es un método de
investigación que se desarrolla en un entorno determinado, para conocer
directamente, sobre el terreno, aquello
sobre lo que se quiere investigar.
En este caso, la pretensión de Jimena era recoger palabras del léxico que hablaba la gente en su vida cotidiana y averiguar cuales de ellas se correspondían con el dialecto leonés, insistiendo en que lo ideal sería poder hablar con los viejos de entonces –me temo que hoy pasaría yo por ser uno de ellos- porque eran quienes mejor conservaban el vocabulario que a ella le interesaba investigar.
La chica tenía
tanto interés, y hablaba con tanto entusiasmo del tema, que la invité a ir al
pueblo donde le presentaría a algún viejo para que hablaran con
ella y así pudiera comprobar, si lo que le habían dicho de nosotros, respecto al antedicho dialecto, se correspondía con la
realidad.
Ella no pretendía obtener material para hacer una tesis doctoral; simplemente, deseaba obtener una pequeña colección de palabras, las suficientes para escribir un artículo en una revista...eso fue lo que me confesó, y aceptó encantada la invitación. Iríamos los dos un día a nuestro pueblo, para que conociera y hablara con algunos lugareños.
Aunque le propuse emplear un día entero
(llegaríamos al pueblo una tarde y regresaríamos a Salamanca el día siguiente, advirtiéndole que el hospedaje iba a ser gratuito, ya que estaríamos en casa de mis padres) esa opción no la aceptó alegando que eso
requeriría hacer equipaje, por lo que acordamos ir y volver al pueblo en el día. Más adelante, dependiendo del material
que encontrase, valoraría si merecía la pena volver o no otro día.
En
aquella época, los estudiantes, salvo rarísimas excepciones, no teníamos coche –en realidad, ni siquiera muchos de nuestros padres lo tenían- así que fuimos al pueblo en el
autobús de la línea regular que entonces había, perteneciente a la
Empresa Bautista.
El plan era coger el autobús que salía de
Salamanca a las 10 de la mañana, llegando a Barrueco alrededor de las 12 si el viaje se
daba bien (este duraba dos horas, sumado el recorrido y la inevitable e interminable
parada técnica en Vitigudino), para regresar aquella misma tarde a Salamanca, en el autobús que pasaba por
nuestro pueblo a las 3 de la tarde, llegando a las 5 a la ciudad, tras las dos horas correspondientes de recorrido
Conclusión: Aquel viaje nos llevaría siete horas en total, cuatro en realizar el trayecto de ida y vuela, y tres de permanencia en Barrueco.
Como la estancia en el pueblo iba ser muy
corta y había que aprovechar el tiempo, cuando llegamos al pueblo, para no perder tiempo, una vez bajamos del autobús, fuimos directos a
casa de los informantes que previamente le había buscado a mi amiga la filóloga y que eran gente de confianza; eso al menos pensaba yo entonces, ya que eran uno de mis
tíos, que, por cierto, era bastante bromista y su mujer... mi tía consorte.
Ella, a aquellas horas, estaba haciendo la comida y no pudo atenderla como es debido según supe después, así que el responsable de proporcionar el 100% de la información fue él.
A las 15 horas, subimos en el autobús para regresar a Salamanca y, una vez
acomodados en nuestros asientos, le
pregunté cómo había ido la entrevista añadiendo además que, si necesitaba regresar al
pueblo para ampliar la investigación, podía hacerlo cuando lo deseara sin necesidad de que yo la acompañara, ya que mis padres la recibirían gustosos, aunque volviese sola. Ella, al oírme, comenzó a reír...algo que me desconcertó
un poco.
- Ahora te explico por que me río. Dijo. Tu tío es muy majo y ha colaborado muy bien
en la entrevista; en cambio tu tía apenas ha intervenido porque estuvo casi todo el rato en la cocina. Al principio empezó en serio, después fue cogiendo confianza y al
final se reía todo el rato cada vez que iba recordando algunas palabras antiguas...así es como él las llamaba. Ha dicho bastantes, aunque algunas dudo hasta que
existan y que no las haya inventado él.
Para empezar, me preguntó si me sonaba
machado, le respondí que, si se refería Antonio Machado, y comentó riendo:
- Te he pillado...sabía que ibas a responder eso. Un machado es un hacha que se maneja con dos manos y una machada es un hacha más pequeña, que solo se utiliza con una mano.
Mientras yo tomaba nota de ello en el cuaderno, él siguió preguntando
- Y un machadón ¿sabes lo
que es?
Cuando respondí que no, él, entre risas, dijo que tampoco lo sabía. Entonces le pedí que hiciera el favor de evitar las bromas, porque teníamos poco tiempo; tu tía, que estaba cerca, le riñó diciéndole que dejara de decir tonterías; que yo había ido a vuestro pueblo, desde Salamanca, solo para verles a ellos; que aquello era un trabajo serio, y que dejara de bromear y tomarme el pelo.
La riña le vino bien ya que a partir de ese momento se formalizó un poco y empezó a recordar “palabras más raras de lo
habitual”, repito que así era como las denominaba él.
- A partir de ahí supongo que todo iría bien. Comenté yo ¿Dijo alguna palabra del antiguo dialecto leonés?
- Palabras dijo muchas, pero la mayoría creo que son simples vulgarismos del castellano; aunque hay una porción de ellas que no estoy segura y tengo que investigarlo.
- Dime algunas, a ver si las reconozco. Al fin y al cabo, yo también soy un nativo de Barrueco
- ¿Te suena “contrimas”?
- Por supuesto. Es el
equivalente a “cuanto más esto…o lo otro”.
- Eso no es leones. Aclaró Jimena. Solo es un vulgarismo del castellano
- Dime con otra. Insistí.
- "Má”, “pá”, “va pallá”,
“ven pacá”
- Eso es muy fácil: Mamá;
papá, voy para allá y ven para acá. Más vulgarismos ¿cierto?
- Efectivamente. Respondió ella. Eso es puro castellano. La gente, para economizar el esfuerzo fonético, con frecuencia se come letras de algunas palabras, aunque conservan el
significado
- Entonces tampoco es leonés. Afirme yo.
- ¡Leones dices…! Hasta
en Barcelona puedes oírlo.
- También dijo: “Aahpayá” y “vaaacaveé”
Al oírla decir eso, los dos comenzamos a reír, aclarándole yo.
- Eso
no pertenece al dialecto leonés ni al de ningún lado; es una jerga que usan los vaqueros para dirigirse a las vacas cuando quieren dirigirlas por donde ellos quieren; pero, aunque digan esas palabras, las vacas no hacen caso alguno por mucho que se esfuercen en hablarlas así, pero bueno… lo intentan.
- Tu tío también dijo
“Cagondiez”, un taco con tintes escatológicos
- Eso seguro que sí es
leones. Bromeé yo.
- Eso se dice en León, en
tu pueblo y hasta en Logroño.
A medida que transcurría la conversación, estaba viendo que la
filóloga no había quedado demasiado satisfecha de la entrevista; pero aun así,
no quise darlo todo por perdido.
- Dime alguna palabra más, a ver si encontramos algo
- “Ir
a firmar un papel a la cuadra”. Esa frase también la dijo, pero de leonés te
garantizo que no tiene absolutamente nada; es una frase, en un perfecto castellano,
que se empleaba como metáfora para indicar que iba uno la cuadra, cuando no
había servicios aún.
A continuación, siguió
contando:
- Después
me dijo que si sabía lo que era una “Moñiga”, respondí que suponía que eran
las heces de las vacas, pero que se conocían como “Boñigas” y, a partir de ahí,
me informó que los “Boñigos” eran la heces del cerdo; los “cagajones”
del caballo y burro y las “cagalitas” de cabras y ovejas”
- ¡Pero que coños le pasaba a mi tío hoy! ¡Se estaba doctorando en Escatología o qué!
- Ha debido ser eso. Respondió ella riendo. A pesar de todo, algo aprendí, porque, aunque conocía el nombre de los excrementos de casi todos los animales, el boñigo de los cerdos no... esa palabra es nueva para mí. Después dijo otra palabra y cuando le indiqué que tampoco la conocía, comentó que, como era muy descriptiva, no hacía falta que me dijera el significado y que intentase adivinarla por mí misma; también me dijo que, si no lo averiguaba, que te lo preguntase a ti.
- Que palabra es.
- “Cagalambres”
- Yo nunca he oído esa palabra. Respondí. ¡Este tío! ¡Vaya desastre de entrevista! Cuando vuelva al pueblo me acerco a verle y le riño. No sabes cuánto lo siento. Creo que no se ha tomado en serio lo de tu trabajo. Viajar casi 200 km, entre ida y vuelta, en un autobús, para saber como se llaman las cagadas de los animales, no es muy edificante que digamos.
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| Llevo anotadas en el cuaderno |
- No te preocupes; además dijo otras palabras que llevo anotadas en el cuaderno; así que no todo está perdido. Además, he
descubierto, y sin pretenderlo, algo que posiblemente sea un localismo.
- Que has descubierto. Pregunté lleno de curiosidad.
- Ha sido en tu casa, lo usan tus padres y seguro que tú también, al menos cuando estas con ellos. Les he oído emplear varias
veces, el verbo dar a modo de verbo auxiliar
En el idioma español, sabes que los verbos auxiliares son haber, ser y estar, usándose en los tiempos compuestos; unos ejemplos pueden ser: fui admitido, estuvo riendo, está haciendo, ha comido, estuvo llorando, etc. Bueno, pues vosotros, además de ellos, usáis el verbo dar como auxiliar. Les he oído decir: no lo daba hecho, no lo daba empezado, no daba venido…
- Ese localismo, es del pueblo o solo de mi familia. Pregunté ¿Qué crees?
- Eso ya no lo sé, tendrás que averiguarlo tú. Cuando hables con tus paisanos, comprueba si ellos también la usan y podrás saberlo.
Mi amiga acababa de descubrir
que en Barrueco se usaba el verbo dar como verbo auxiliar y yo, intentando justificar ese hecho, le dije:
- Creo que lo que sucede es que en mi pueblo somos muy generosos, por eso usamos tanto el verbo dar.
Postdata
- Jimena no volvió después al pueblo para continuar con su trabajo de campo, fui yo quien le proporcionó posteriormente una lista con varias docenas de “palabras típicas" de nuestra comarca, que recopilé.
- Por cierto,
“cagalambres”, nunca supe lo que significaba y, al cabo de los años, aún sigo
sin saberlo
La tradición oral, constituye una parte muy importante del patrimonio inmaterial de una comunidad, ya sea un país, región, provincia, comarca o pueblo y la integran aquellas canciones, cuentos, poesías, fábulas, acertijos, dichos, refranes y leyendas que han sido transmitiéndose de generación en generación..
Dentro de las leyendas, una de las más conocidas es la que hace referencia a “la
Mora Encantada”; aunque en unos lugares la denominan de este modo, con el nombre y
adjetivo correspondientes, en otros es conocida simplemente por “La Mora”, o también por “La
Encantada” siendo numerosísimas las localidades, a lo largo y ancho
de la geografía, tanto española como portuguesa, en las que encontramos
referencias o narraciones de este ser mitológico.
El
personaje de La Mora (Moura en Galicia y Portugal), está íntimamente
relacionado con otros seres fantásticos como las Xanas (Janas), las Lamias, con
la Dama del Lago de las tradiciones celtas e incluso con algunas hadas y
hechiceras de los cuentos infantiles.
Aunque a primera vista pudiera parecer que nos encontramos ante distintos seres mitológicos, en realidad solo se trata de uno, ya que, todos ellos, vienen a ser versiones diferentes del mismo personaje que ha sido adaptado a los entornos culturales
particulares de cada lugar. Prueba de ello es que todas ellas: Moras, Janas,
Lamias…, reúnen una serie de características que les son comunes.
La protagonista siempre es una joven y bella
mujer con largos cabellos rubios que solo puede ver vista de madrugada, antes
de la salida del sol y casi siempre está peinando su cabello con un peine de
oro, siendo el día más propicio para poder verla la noche mágica…la madrugada de San
Juan.
Mientras que las Janas y las Lamias aparecen habitualmente
vinculadas a fuentes, lagunas o corrientes de agua, ya sean ríos o arroyos, las
moras son más polivalente ya que, además de aparecer asociadas al agua, igual
que las anteriores, también lo están a otros
accidentes orográficos como montes y cuevas siendo muy frecuente encontrar
pueblos que tienen su correspondiente Fuente de la Mora, Cueva de la Mora,
Monte de la Mora…
Una vez que ya conocemos el personaje, vamos a centrarnos en sus características.
Si en esta vida todo tiene una misión, nuestra mora no iba a ser
menos y también la tiene, aunque solo sea en el imaginario popular.
La tarea
que tienen encomendadas las moras de cada lugar, es proteger un tesoro...efectivamente, estamos hablando de tesoros y no solo de uno... sino de
muchos. Como hay muchas moras dispersas por toda la península y cada una está
guardando un tesoro, es evidente que existen por ahí muchos tesoros y todos aún pendientes de descubrir.
Estoy hablando de encontrar una auténtica “mora encantada”, las moras normales
no sirven para hallar tesoros, prueba de ello es que yo, a diario, me cruzo con
alguna de estas últimas por las calles de la ciudad donde vivo y, si hablamos de encontrar tesoros, aún “estoy a verlo venir”.
Como supongo que “a nadie le amarga un dulce”; aunque para ser puristas, en este caso, sería más correcto decir: como a “nadie le amarga un tesoro”, a todo aquel o aquella que esté interesado en mejorar espectacularmente su situación económica, voy a proporcionarle unas pistas para que pueda encontrar el tesoro, indicando cuando, como y donde pueden alcanzar su objetivo.
Cuando
Quien
pretenda ver una mora encantada, debe saber que se hace visible o
invisible a voluntad, siendo siempre durante la noche cuando se hace visible, permaneciendo así hasta que los primeros rayos solares aparecen en el horizonte; por lo tanto, para poder verla, hay que madrugar bastante ya que es preciso estar en el lugar indicado antes del alba, previamente a que la mora se haga invisible.
Como ella puede aparecer o no a voluntad, si el día aparece lluvioso, nieva, hace frío…, no os molestéis en buscarla porque, con toda seguridad, no se va a hacer visible ¡Que pinta una mora encantada bajo la lluvia!. Además, se le mojaría el pelo que tanto se cuida.
Por lo tanto, los mejores días para intentar verla deben ser
soleados, lo cual quiere decir que la mejor época para intentar verla, son los días próximos
al solsticio de verano y, dentro de estos, si hay una noche especialmente
propicia es la madrugada de San Juan (24 de junio).
Cómo
Una vez que conocemos la fecha más favorable para encontrar a la mora, el segundo paso a seguir consiste en saber cómo poder hacernos dueños del tesoro que la susodicha mora encantada está custodiando.
Quien consiga verla, se va a quedar fascinado al comprobar que está ante una mujer joven de gran belleza (aún a riesgo de que alguno/a pueda a morirse de envidia, a ella, al
contrario de lo que nos sucede a nosotros…pobres mortales, no le afecta en
absoluto el paso del tiempo y, a pesar de tener cientos de años, se conserva
eternamente joven)
Otro dato que debemos tener en cuenta es que, como siempre está peinando sus largos cabellos rubios con un peine de oro, siempre la verá muy bien peinada, de modo que si vemos a una mujer con greñas, rastas o similares no debemos fiarnos... no se trata de una mora encantada.
El detalle del peine es fundamental ya que ella, cuando ve al “buscador de tesoros”, le va a preguntar:
-
Que prefieres, que te dé este peine de oro… o que te de un beso.
Ante esa pregunta, al interesado/a que ha llegado hasta allí intentando mejorar su fortuna, suele entrarle una duda razonable. Mientras que la existencia del tesoro oculto tan solo puede ser una patraña, el peine de oro, que ella tiene en la mano está la vista... es real y, considerando que “más vale un peine en la mano que ciento volando”, suelen elegir el peine, respondiendo entonces la mora bastante enfadada:
-
Has sido muy torpe, deberías haber elegido el beso para desencantarme y así
poder llevarte el tesoro.
Tras
decir estas palabras, desaparece de su vista y lo peor de
todo, es que encima se lleva el peine con ella; así que ya sabéis, aquellos que
aspiréis a haceros con el tesoro. Si llegara a darse el caso, ya conocéis cual es
la mejor opción a la hora de responder.
Donde
Una vez el interesado sabe cuándo debe buscar a la mora encantada y como proceder para desencantarla y así poder llevarse el tesoro, todo lo anterior de poco le serviría si no sabe donde encontrar una cueva con su respectiva mora encantada, ya que cuevas hay muchas pero con un tesoro escondido, no hay tantas; pero eso no va suponer un problema, porque a continuación os voy a informar dónde es posible encontrar una cueva muy apañada para estas cosas.
Si alguien decide buscarla por su cuenta, lo único que se necesita es localizar algún pueblo en cuyo término municipal exista algún paraje, ya sea una cueva, fuente, un otero o un monte denominados de la Mora. Con este dato, ya tiene un claro indicio de que allí, con total seguridad, se encuentra un tesoro a su alcance. Pero si alguien quiere ir a lo seguro yo os digo donde encontrar una cueva muy accesible.
No es necesario ir a Albacete, por poner un ejemplo...ni mucho menos, eso pilla muy lejos. En Salamanca, el interesado/a podría ir a la famosa la Cueva de la Mora, en la Sierra de las Quilamas (Navarredonda de la Rinconada) a probar fortuna, pero ni siquiera es necesario desplazarse hasta allí. Los habitantes de nuestra comarca tienen otra "Cueva de la Mora" mucho mas cercana, especialmente los de Barrueco.
| Cueva de la Mora |
Alguno podría pensar que se encuentra en un sitio inhóspito y lejano, como “El Río” o “Los Tesos”, pero eso no es así. La cueva, a la que podéis acudir está muy cerca, casi en pleno casco urbano; concretamente en “El Castillo”, y para afinar más aún la localización, os diré que se haya en vertiente sur del mismo.
Post data
Hay
quien afirma que esa cueva, realmente, es conocida como “Cueva de la Zorra”,
pero eso nunca ha estado demasiado claro.
Una vez, hace años, yo aún era muy joven, asistí
a un pequeño debate entre dos paisanos de nuestro pueblo, grandes conocedores del término municipal, y ambos
discrepaban respecto al auténtico nombre de la mencionada cueva.
Uno afirmaba que su nombre era Cueva de la
Zorra, mientras que el otro decía que de eso nada, ya que su auténtico nombre
era Cueva de la Mora. Este segundo, preguntó al otro:
-
¿Tú crees que aquí, en el mismo pueblo, la zorra ha podido tener su camada alguna
vez?
- ¡Aquí…! Eso es imposible. Respondió inmediatamente el aludido.
-
No ves como tú mismo me estás dando la razón -respondió satisfecho el
compañero- Aquí nunca ha habido zorra alguna,
por lo tanto ¡cómo pretendes que se llame "cueva de la zorra"!; en cambio, una
mora es mágica y puede vivir donde quiera.