lunes, 3 de abril de 2023

Los amigos

 


   Fonsi y Boni tenían la misma edad, 46 años, y cuando eran niños habían sido compañeros de escuela; un día, se pelearon en el patio;  eran tiempos en que los profesores aún tenían licencia para educar libremente y su maestro les preguntó qué es lo que había pasado y quién había comenzado la contienda;  viendo que ambos se culpaban mutuamente, rememorando a Salomón resolviendo disputas, no anduvo perdiendo el tiempo con indagaciones ya que entonces las peleas entre chicos eran un juego más, así que decidió que ambos eran culpables -nadie era inocente hasta que se demostrara lo contrario- , uno por haber iniciado la reyerta y al otro por haber sido incapaz de controlar sus impulsos primarios y haberla continuado, imponiendo  a los dos el mismo castigo..

   Los dos chicos, sintiéndose víctimas del “dictador del maestro”, al tener un enemigo común, olvidaron sus propias rencillas, comenzaron a sentir un aprecio mutuo y, a partir de ahí, se hicieron amigos inseparables; continuaron su amistad en la adolescencia, juventud, y en la edad adulta. Se casaron ambos con dos chicas del lugar continuando, ya de casados, siendo camaradas y, como vivían en un pueblo y en estos lugares, antes, la gente  era muy dada a poner  apodos a las personas; en su caso, compartían el mismo, algo que, por otra parte, les satisfacía mucho a los dos, cosa extraña tratándose de un mote. Ambos, eran conocidos en el pueblo por el sobrenombre de “los amigos”, debido a su inquebrantable amistad.

   Tras tantos años de relación, habían sido inevitables las riñas y disputas entre ambos, casi siempre por nimiedades; pero siempre se habían reconciliado rápidamente ya que su amistad estaba firmemente  consolidada; aun en las etapas de mayor enfado, incluso cuando dejaban de hablarse, algo que no duraba más allá de unas horas o como mucho un día, siempre hablaba bien uno del otro diciendo entonces: “yo ahora no me hablo con “mi amigo” Boni, o Fonsi -según los casos- .O sea, durante esas breves etapas de enfado, ellos en vez de amigos, pasaban a ser “enemigos amigables” y de ahí no pasaba el asunto. Por ello, aquel día de abril, a las doce del mediodía, nadie se explicaba qué cosa tan terrible debía haber pasado entre ellos, para que ambos estuvieran en el cuartel de la Guardia Civil declarando sobre un hecho ocurrido dos horas antes.

    No solo se habían peleado verbalmente, también habían llegado a las manos; no teniendo la pelea  consecuencias más serias, gracias a la intervención de dos paisanos que se hallaban cerca. Estos, habían oído los improperios que se habían dirigido los rivales al empezar la gresca, se habían acercado a ver lo que pasaba, y los encontraron en el  suelo dándose puñetazos en la cara, costándole un enorme esfuerzo  separarlos ya que los dos insistían en continuar el combate pues aún no estaban satisfechos de la ración de golpes que cada uno le había proporcionado al otro –me atrevo afirmar que aún  los estaban menos de los golpes recibidos-.

  Una vez consiguieron apartarlos, cada pacificador se llevó a uno de los púgiles, alejándose de allí por caminos diferentes para evitar que aquellos boxeadores noveles tuvieran la tentación de enzarzarse en un segundo asalto. Como ambos tenían erosiones y contusiones en la cara, sus asistentes decidieron llevar, cada uno por su lado, al luchador correspondiente, a la consulta del médico para que les curara las heridas de guerra.

   Era media mañana, en la sala de espera del consultorio se encontraban varios “pacientes y pacientas” esperando su turno para ser atendidos por el médico, que en ese momento estaba en la consulta viendo a una mujer, y cuando vieron llegar al primero de los contendientes, a Boni, con las heridas en la cara, acompañado de su asistente, todos se dirigieron a  él preguntando qué había pasado; pero el lesionado fue muy parco en sus explicaciones y contestó que había tenido un incidente sin mencionar con quién.

  Le informaron que el doctor estaba ocupado y que cuando saliera le cedían la vez, dándole preferencia absoluta, por ser un herido en combate; alguien le cedió una silla y todos los presentes permanecían mirando en silencio al herido que en ningún momento quiso dar explicaciones sobre lo sucedido, pero la paz de la sala de  espera se rompió cuando apareció por la puerta Fonsi con su acompañante y con la cara en el mismo estado que Boni, algo que dejó estupefactos a todos los presentes. Este ultimo,  les dijo que había tenido un incidente sin dar más información, y lo que menos se esperaban todos era que hubiera sido, precisamente, con su amigo del alma...con Fonsi.

   Aunque todos sentían una gran curiosidad por saber lo ocurrido, nadie pudo preguntar nada pues, al verse de nuevo, frente a frente, “los amigos”, ahora tornados enemigos, empezaron a increparse y amenazarse de nuevo y, a semejanza de lo que sucede en un ring de boxeo, donde cada uno de los luchadores, al comenzar cada asalto, sale de su esquina al sonar el gong; allí, sin necesidad de que sonara nada, los dos avanzaron hacia el centro de la sala, con intención de zurrarse de nuevo. 

  Lo espectadores -los usuarios de la sala de espera- , al ver que aquellos boxeadores aficionados se disponían a reanudar su pelea particular, intervinieron interponiéndose entre ellos y gritándoles para intentar calmarles, formándose tal el guirigai, que hasta el médico y la mujer que estaba atendiendo, alarmados se asomaron a la sala de espera, ahora convertida en campo de batalla, a ver qué es lo que sucedía.

  El sanitario, al ver aquella revuelta y tanta violencia verbal, volvió a entrar rápidamente en la consulta y avisó telefónicamente a la guardia civil, para evitar males mayores, presentándose, en cuestión de minutos, una pareja de agentes en el lugar, para poner orden.

   El hecho de que el coche de la guardia civil llegara a toda prisa a la puerta del consultorio y de que los agentes bajaran del mismo a toda prisa y pasaran al interior, fue motivo suficiente para  que todo el que pasara por la calle parase a ver qué es lo que estaba pasando allí dentro, dando lugar a que, en poco rato, hubiese en la calle una caterva de curiosos esperando a ver si salía alguien del interior e informaba de lo que estaba sucediendo, pues dentro seguía oyéndose un tremendo vocerío.   

  Los guardias civiles, al entrar en la sala de espera y ver tal algarabía, decidieron poner orden mostrando gran eficacia y un buen hacer; lo primero que hicieron, fue pedirle a la gente, no directamente implicada, que abandonaran la sala de espera y salieran a la calle para quedarse ellos solos, con los luchadores y los asistentes que les habían acompañado allí, consiguiendo, de este modo, tras mucho esfuerzo, que reinara el silencio.

   Una vez que pasó Boni a ser atendido por el médico, de sus heridas, los agentes aprovecharon para avisar a otra patrulla de modo que, cuando salió de la cura se lo llevaron al cuartel a declarar. Después, pasó Fonsi a recibir atención médica y una vez acabada la misma, siguió el mismo camino siendo también conducido por los guardias al puesto, tal como sucediera con su compañero, a declarar.

    Mientras tanto, en la calle, se habían concentrado frente al consultorio médico más de dos docenas de personas, preguntando, sumamente extrañados, unos a otros, qué es lo que había pasado exactamente, sin dar crédito a lo que estaban viendo: Boni y Fonsi  se habían enfadado, insultado y hasta agredido…algo inaudito; era lo último que podían esperar de aquellos dos hombres que, si por algo se caracterizaban era, precisamente, por la profunda amistad que, al menos hasta ese momento, siempre habían mantenido y que era el motivo de ser conocidos en el pueblo por el sobrenombre de “los amigos”.

   El caso es que ninguno de los dos había abierto la boca para decir qué es lo que realmente había pasado, ni cuál había sido el origen de tamaña trifulca, y cada espectador, aunque  cada uno expresaba su propia teoría, todos coincidían en lo mismo: No les cabía duda alguna de que el origen de aquel monumental zipizape debía haber sido motivado por algo sumamente grave.

   El sargento de la guardia civil, que fue quien se encargó de tomar declaración a los contendientes, tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no reírse cuando supo la causa que había ocasionado la pelea entre “los amigos”. Ambos coincidieron en señalar que el origen de lo ocurrido, que había desembocado en aquel enorme alboroto, había sido consecuencia de una broma surgida a raíz del canto de ¡¡un pájaro!!, concretamente, de un cuco.

    Las aves pueden ser clasificadas de diversas formas, siendo una de ellas la que las diferencia en dos grandes grupos: sedentarias, que son aquellas que permanecen entre nosotros a lo largo de todo el año, y migratorias, grupo en el que se incluyen las que pasan solo una determinada época del año por estas latitudes. A este segundo grupo, pertenecen los cucos.

    Todos los años, a finales de marzo o comienzos abril, en nuestros campos, comienzan a oírse unos sonidos inconfundibles, los cuu-cus que emiten estos pájaros y que causan gran alegría a la gente en los pueblos, pues esto es un anuncio sonoro de la llegada de la primavera.

   Los cucos, tras pasar el otoño y el invierno en el sur de África, hacen coincidir su regreso a España con el comienzo de esta estación, lo que supone que el invierno ya ha quedado atrás y que el florecimiento de las plantas, tras el descanso invernal, va a dar comienzo de forma inminente acorde a los ciclos de la naturaleza, como viene ocurriendo desde el principio de los tiempos.

    Estos pájaros, como el resto  de las aves migratorias, aprovechan su estancia en la península para criar, permaneciendo entre nosotros toda la primavera y la mayor parte del verano, regresando a sus cuarteles de invierno, a África, en agosto, o comienzos de septiembre los más rezagados.   En junio, con la llegada del verano, dejan de cantar y no porque se queden mudos por el aumento del calor, sino porque su canto, que es un reclamo de los machos para atraer a las hembras -cosas del ligoteo-, ya no es necesario, porque el periodo de celo y crianza ya ha acabado.

    A partir junio, como dejan de cantar, da la sensación de que han desaparecido, lo que podría hacernos  pensar que han adelantado su marcha pero eso no es así, pues, como indiqué anteriormente, se van  al final del verano, y aún siguen con nosotros. No los vemos, simplemente, porque son unas  aves muy reservadas y, cuando dejan de cantar, pasan totalmente desapercibidas ya que están siempre están emboscadas en las ramas de los árboles que en esta época del año se encuentran pletóricos de hojas, por lo que no es fácil apreciar la avifauna que se refugia en ellos.

    Una de las características más destacables de los cucos, es que son aves parásitas. Ellos, no elaboran, como otras aves, nidos para criar a sus polluelos, y tampoco los incuban. La hembra del cuco,   cuando necesita poner un huevo, localiza el nido de alguna pareja que está criando y empollando sus huevos, aprovecha uno de los ratos en que los propietarios del nido lo abandonan, se posa en el mismo en calidad de okupa, elimina uno de los huevos de la pareja titular y en su lugar pone el suyo,  abandonando después el "nido okupado"; así, cuando vuelven los "dueños legales" del nido , no se dan cuenta del cambio y siguen incubando los huevos, tanto los propios como el depositado por la cuca, convirtiéndose así en padres adoptivos del pollo de un cuco, sin saberlo.

  Cuando nacen los pollos, el del cuco suele ser mayor que los pollos auténticos, sin embargo, los padres adoptivos creen que es suyo –como ellos lo han empollado, piensan que, aunque ese hijo es un poco más raro de lo habitual, es suyo- 

    Los pájaros, cuando llega la época de criar, habitualmente se emparejan; construyen su nido; la hembra deposita en él sus huevos; los empollan y, cuando eclosionan los huevos y salen los pollos, los alimentan y protegen hasta que son capaces de volar y emanciparse, comportándose como “unos padres ejemplares”.

   En cambio, los cucos, como podemos ver, son unos auténticos vividores y la paternidad responsable no es una de sus virtudes. En el mismo territorio suelen coincidir una hembra y varios machos, no hay parejas establecidas, y ella “se relaciona” con unos y con otros – lo del poliamor, ese concepto nuevo, que algunos consideran tan actual, ya estaba inventado por los cucos desde hace  miles de años- 

   Además, tampoco construyen nido alguno  –¿para qué, dirá la cuca, si sus huevos se los empollan otros pájaros-

 Simbolismos y supersticiones en torno a los cuccos

   Los cucos, al ser unas aves tan conocidas, están presentes de manera notoria en el folklore en forma de canciones, supersticiones, refranes, historias y leyendas.

 

Si el cuco no viene, entre marzo y abril,

Es que el cuco se ha muerto, o ha llegado el fin

 

 ¿Quién no ha oído este refrán alguna vez?

 

En lo alto la cigüeña, en el nido está ya

A lo lejos el cuco, no deja de cucar

Y de noche a las ranas, se las oye croar


  Es el fragmento de una canción, una jota, concretamente, de Cerezal de Peñahorcada, en la que, curiosamente aparece el verbo cucar. En el diccionario, cucar existe con el significado de azuzar, incitar o estimular; pero no he encontrado nada que lo relaciona con el cuco (Si la RAE, continuamente, está admitiendo anglicismos; supongo que no debería tener inconveniente en admitir que, en Cerezal, el canto del cuco es cucar ¿no os parece?).

     Los cucos, con frecuencia, también se asocian con la locura; de hecho, la gente a veces emplea la palabra «cuco» para describir a una persona loca. A los cinéfilos supongo que esto debe recordarles la película “Alguien voló sobre el nido del cuco”, donde el actor Jack Nicholson, desempeña un magistral papel como protagonista.

   Otra de las curiosidades relacionadas con esta ave, son los relojes de cuco; aunque sigue habiéndolos, ya no son tan populares como hace años, donde eran numerosas las casas que presumían de tener uno de estos relojes.

Reloj de cuco (Wikipedia)

   Se trata de unos relojes de pared que tienen, además de las agujas o el mecanismo digital, una figura en forma de pájaro, con movimiento, que representa un cuco; éste, está habitualmente escondido tras una puerta, en el cuerpo del reloj, y, cada vez que le aguja grande recorre toda la esfera del reloj y llega a las doce, el pájaro sale de su escondite a la par que el reloj emite unos  sonidos que recuerdan los cuu-cus, coincidiendo el número de los sonidos con la hora que marca el reloj.

    Sobre el cuco, también existen algunas supersticiones de tipo adivinatorio; así, las chicas que no tenían novio, al llegar la primavera, al primer cuco que oían le preguntaban cuántos años quedaban para su boda. El número de veces seguidas que oían su canto, a continuación de la pregunta, coincidía con el número de años que restaban para la misma -si el cuco estaba inspirado en ese momento y cantaba muchas veces, seguro que la chica no quedaba demasiado contenta, pero le estaba bien empleado por fiar su futuro, nada menos que a un cuco-   

    También los recién casados que aún no tenían hijos, a veces utilizaban la misma técnica para saber el número de ellos que iban a tener, debiéndose llevar, algunas parejas, unos sustos tremendos -como desde que aparecieron los anticonceptivos, la gente ya no deja en manos del azar el número de hijos que desea tener, dudo mucho de que aún haya alguien que siga preguntándole al cuco sobre este particular-

  Aunque esta ave resulta simpática, ya que su presencia y sus cantos están asociados a la primavera, la época más bonita que nos proporciona la naturaleza a lo largo del año; también existen en él algunas connotaciones menos positivas, ya que el cuco es considerado un símbolo de fraude; decir de una persona que es muy cuca, implica que es muy astuta y se vale,  a menudo, de malas prácticas para obtener beneficio propio. Esta similitud, no debe extrañarnos demasiado a la vista de los hábitos de esta ave parásita, que elimina huevos de nidos ajenos, tirándolos al suelo e introduciendo en su lugar los suyos, engañando a otras aves para que estas empollen otras aves.

También se le asocia, frecuentemente, con el adulterio, algo que, si nos atenemos a la realidad, no es correcto. Tanto la cuca, como el cuco, no practican el adulterio, ellos no se inmiscuyen en las parejas ya establecidas, haciendo que un pájaro / a sea infiel a su “consorte”, ya que ni siquiera se emparejan entre ellos, sino que practican, como indiqué anteriormente, el “poliamor”. Aunque, tanto el cuco como la cuca, cada temporada suelen tener “varios novios/as”, no se lían con la pareja de nadie.

De todos modos, la relación del cuco con el adulterio sigue presente y los hombres, cuando escuchan cantar al cuco, a menudo bromean con ello; pero hay bromas que no gustan a nadie,  si uno le dice a otro que el cuco le está cantando a él, indirectamente, le está llamando cornudo, y la respuesta que suele dar el compañero es bastante previsible.

Aquella mañana del mes de abril, Boni y Fonsi caminaban juntos por un valle; era un magnífico día soleado, la temperatura era muy agradable y las expectativas de que ambos iban tener una buena jornada eran óptimas. Todo iba perfectamente, hasta que cantó un cuco.

-        Ya está el cuco por aquí y creo que te ha cantado a ti. Dijo Boni, que tenía ganas de broma.

   A Fonsi, no le gustó demasiado la broma y contestó:

     -        En todo caso te habrá cantado a ti…no te jode.

-        A mí, jamás me va a cantar el cuco.

-      ¿Jamás dices?  Nunca podemos estar seguros al 100% de nada. Ya lo dice el refrán: “Nunca digas de esta agua no beberé y este cura no es mi padre”.

-        ¿Estás insinuando, que mi mujer me la puede estar pegando?

-        No estoy dando a entender nada, sólo pretendo decirte que ninguno estamos totalmente a salvo.

-        Serás tú con tu mujer.

-        A mi mujer ni se te ocurra mencionarla, porque si no…

-        Porque si no…qué.

 

   Y llegaron el qué, el cual y el cómo. 


    Así es como había empezado el conflicto que había dado lugar a que ambos amigos acabaran en el cuartel de la guardia civil aquella mañana.

 

   Al ser Boni el primero en ser llevado por los guardias al cuartel, también fue el primero a quien el sargento tomó declaración. Una vez acabada la misma, mientras que el sargento le leía la transcripción de lo que había dicho, para ver si estaba de acuerdo;  el declarante apenas le prestaba  atención pues estaba sumido en sus pensamientos, meditando lo ocurrido.


-        ¿Estás de acuerdo?, dijo el sargento. ¡Si es así…firma aquí!

-        ¿Y qué pasa si la firmo?. Preguntó Boni.

-       La envío al juzgado, te avisarán de allí para que te ratifiques en la declaración y ya te dirán como se va desarrollar el proceso

-        O sea, que si firmo significa que estoy denunciando a mi amigo.

-        ¡Pues claro!, él te ha pegado ¿No acabas de decir eso?

-        Sí, pero yo también le he pegado a él; así que estamos en paz. Además, es mi amigo ¿Cómo voy a denunciarle? Yo no voy a firmar nada.

 

    El sargento quedó muy sorprendido al escuchar las palabras que acababa de oír. Tenía ante él a un hombre que una hora antes estaba enfadadísimo con otro paisano; ambos  se habían lanzado amenazas de todo tipo, se habían agredido físicamente y ahora, tras haberlo pensado fríamente, mientras hacía la declaración, había llegado a la conclusión de que una cosa era pelearse con él y otra denunciarle ante la justicia, algo que no estaba dispuesto a hacer porque, a pesar de todo, incluso de los golpes recibidos, seguía considerando que era su amigo.  


     - Ahí fuera está Fonsi -advirtió el sargento- y le voy a tomar declaración también; si opina lo mismo que tú...pues se acabó. Si él tampoco firma la denuncia, como comprenderás, no voy enviar nada a ningún lado; pero tengo que tomarle declaración, así que no te vayas aún, después hablamos.

      Cuando salió Boni del despacho, vio a Fonsi sentado, vigilado por un guardia, esperando su       turno. Tenía algún apósito en la cara, tapando alguna herida, también hematomas y sintió un enorme       remordimiento al recordar que las heridas se las había ocasionado él. Fonsi, a su vez, le miró y  seguramente debió sentir la misma sensación.

        La declaración de Boni había durado cerca de una hora, pero la de Fonsi apenas cinco minutos. 

        Se  abrió la puerta del despacho, se  asomó el sargento y dijo:


-        ¡Boni, entra! 

        El sargento se sentó en la mesa, le hizo sentar al otro lado de la misma, junto a Fonsi y se  dirigió a los dos:

 -        Lo primero que quiero deciros, es que siento envidia de vosotros. No sabéis lo que me gustaría que mis amigos tuvieran un sentido de la amistad tan alto como el que los dos tenéis, ya que, a pesar de partiros la cara el uno al otro, insistís en que seguís siendo amigos.

  -      ¡Mira Boni!, Fonsi tampoco te va a denunciar.

martes, 21 de marzo de 2023

El curandero de Coria

 



Las palabras son una medicina para el alma que sufre (Esquilo)

   Los curanderos o sanadores, eran unas personas que, sin haber realizado estudios académicos, realizaban procedimientos curativos basándose en creencias y empleando métodos que carecen de base científica.
   
   Dentro del gremio, se podían distinguir dos grandes grupos. Uno, en el que se incluían aquellos que trataban problemas físicos u orgánicos mediante el empleo de remedios naturales, como hierbas medicinales, o bien aprovechaban su destreza manual para tratar dolores articulares y/o musculares dando masajes; y otro que estaba integrado por aquellos que se ocupaban, fundamentalmente, de tratar trastornos psicológicos y mentales.

   Lo cierto es que sus campos de actuación no estaban tan netamente delimitados ya que algunos ejercían una actividad mixta y trataban problemas de ambos tipos.

   Mientras que para llegar a ser curandero del primer grupo, bastaba con aprender el oficio; los del segundo grupo eran personas que poseían un don o gracia especial para curar, estaban predestinados para ello ya antes de nacer, y existían varios signos externos que presagiaban, en ellos, la posesión de una gracia innata para curar como haber llorado en el vientre de la madre durante el embarazo – a día de hoy, sigo sin entender cómo se perciben esos llantos- , haber venido al mundo en fechas tan significativas como el 29 de febrero y el 21 de junio o el 21 de diciembre -solsticios de verano e invierno -, o ser el séptimo de los hermanos –como podemos ver, el tamaño de las familias actuales no da para que las parejas puedan tener hijos curanderos-.

  La gracia, energía o el don que poseían estas personas, que las capacitaba para curar, procedía de unas fuerzas ocultas o potencias sobrenaturales -no me estoy refiriendo a Dios, en este caso estaríamos hablando de hacer milagros- inaccesibles al resto de los mortales, a las que sólo ellos tenían acceso.
 
  Para nuestros antepasados más lejanos, la práctica de la medicina estaba ligada a la magia, existiendo  en el mundo mágico o espiritual fuerzas sobrenaturales de dos tipos. Los espíritus malos, que eran los causantes de todas las desgracias que les ocurrían a nuestros antepasados: malas cosechas, las enfermedades, guerras…, y los espíritus buenos, responsables de las cosas positivas: buenas cosechas, la salud y otras.

   Estas fuerzas extrañas, para algunas culturas, eran los dioses.

   Por “suerte”, estos espíritus buenos no han desaparecido, siempre han estado ahí, siguen estándolo y eran quienes les proporcionaban los poderes curativos, “el don”, a estos curanderos.

   Alguno/a puede pensar que estos hombres y mujeres eran, simplemente, unos farsantes que intentaban engañar a la gente con “esas cosas tan raras” , pero esto no era así; ellos, estaban plenamente convencidos de poseer el don de curar; si a ello sumamos que casi todos los enfermos, que a ellos acudían, creían que estaban en posesión de esa energía positiva y eran capaces de canalizarla hacia ellos para sanarlos, tenemos un caldo de cultivo muy favorable para que la gente,  que a esos profesionales acudía, pudiera ser curada.

  Ya que estamos hablando de fuerzas sobrenaturales habría que plantearse unas preguntas, en este caso relacionadas con el mundo real (o natural), ¿sus tratamientos eran eficaces? ¿La gente que a ellos acudía recuperaba total o al menos parcialmente la salud?

  Hay una máxima en medicina - en la medicina convencional- que dice que “Sólo se curan los que se pueden curar”, algo que, aunque parece demasiado obvio, es así ya que hay enfermedades que pueden curarse y otras que no; ocurriendo algo similar con los curanderos, a unos lograban curarlos y a otros no.

  El acto de sanación se iniciaba, habitualmente, con una entrevista en la que el curandero hablaba con el afectado/a para conocer cuál era el problema que le había llevado hasta él, aunque no era imprescindible acudir físicamente; a veces, bastaba que alguien cercano al enfermo le llevara un mechón de cabello o algún objeto personal del afectado, comúnmente ropa que hubiera usado recientemente, con la condición de no haber sido lavada -el wipp express, el jabón Lagarto y similares, como podemos ver, serán excelentes detergentes, pero no eran buenos para la magia-

  Una vez que el sanador conocía lo que le pasaba al afectado/a, se iniciaba el procedimiento mágico en el que, habitualmente, le imponía o estrechaba las manos del enfermo –era necesario un contacto directo para poder transmitirle la energía curativa-, a la vez que se dirigía a las fuerzas sobrenaturales protectoras empleando un lenguaje ininteligible que sólo él entendía. O bien, mientras pronunciaba sus locuciones, tenía en sus manos el mechón de pelo o la prenda de ropa que le hubieran llevado, cuando el afectado no había ido.

   Aunque cada sanador tenía sus particulares formas de proceder, la esencia del ritual que empleaban era así.

   La gente que acudía a estos personajes, casi siempre, eran personas con trastornos psicológicos, mentales y hasta espirituales (aquellos que pensaran que le habían echado mal de ojo, o que hubiera ocurrido en su entorno alguna desgracia injustificada, a menudo también acudían a ellos).

  A menudo, eran pacientes que habían buscado, previamente, curación en la medicina convencional, no habían logrado recuperar la salud y decidían acudir al sanador por iniciativa propia o persuadidos por alguien próximo, con el siguiente razonamiento: “No tienes nada que perder”

 Aunque, a veces, también empleaban medios terapéuticos naturales, casi siempre hierbas con propiedades medicinales, estas muchas veces actuaban como un placebo, ya que la fortaleza del
tratamiento radicaba en la sugestión que ejercían sobre las personas que a ellos acudían.
   Sugestionar a alguien, consiste en influirle de tal modo que acabe convencido para seguir un determinado camino, pensando y actuando, tal como le indica el “influencer” de turno, en este caso el curandero. Si consideramos que los pacientes que acudían a ellos, lo hacían persuadidos de que podían mejorarse por las grandes capacidades sanadoras del personaje, tenemos la situación perfecta para que pudieran recuperar la salud perdida..

   Hasta bien avanzada la década de 1970, existían varios curanderos, en el norte de la provincia de Cáceres, siendo el curandero de Coria el más conocido en nuestra zona. No sé si era originario de esa ciudad –Coria, aunque pequeña, es una bonita e histórica ciudad- o era de un pueblo cercano, pero el caso es que pasaba consulta en Coria al menos un día de la semana.
Coria (Cáceres)


   Aunque nosotros teníamos curanderos más cercanos en nuestra provincia, eran del grupo de los clásicos, quienes trataban enfermedades orgánicas, pero carecían del “don” necesario para curar determinadas enfermedades; en cambio, el curandero de Coria sí lo poseía y acudían a él clientes de Cáceres, Salamanca y hasta de la vecina Portugal.

  Este señor, además de tener su don innato para curar, poseía una particularidad de la que carecían otros colegas y es que, la potencia de la gracia curativa que tenía, no disminuía con el paso del tiempo...al contrario, se recargaba de vez en cuando, de un modo natural (eso creía él). Tenía epilepsia - aunque él decía que no lo era, su médico afirmaba que sí- y cuando sufría convulsiones, a través de las mismas afirmaba que recibía un plus de energía para seguir curando –vamos, que así recargaba la batería de su don-

  Conocí a una joven pareja de nuestra zona, trabajaban ambos cónyuges en Madrid, esperaban ilusionados un hijo, nació el mismo y ella sufrió una depresión postparto, una terrible enfermedad que descoloca a cualquier familia que tenga la desgracia de sufrir un hecho así, ya que lo habitual es que una madre se ocupe de su bebé, pero, en estos casos, la recién parida es incapaz de cuidarse a sí misma y menos del recién nacido.
  
  Ante la imposibilidad de recibir apoyo familiar en Madrid, debido a que los abuelos del niño, por ambas partes, vivían en el pueblo, la familia decidió que la madre y el bebé vinieran a casa de los padres de ella -esto sucedió en un pueblo de la comarca, no en el nuestro- para que ambos, madre y niño, pudieran ser atendidos por ellos, ya que el marido tenía que trabajar - entonces, los permisos de paternidad sólo duraban un día, lo justo para ir al registro civil a inscribir al recién nacido - , la madre, obviamente, recibió atención psiquiátrica, pero pasaban las semanas y no experimentaba mejoría alguna; el bebé recibía atención por la abuela, teniéndolo la madre lo justo para amamantarlo, -la pobre no estaba ni para cuidarse a sí misma-, como pasaba el tiempo y la enferma no mejoraba, una vecina bienintencionada propuso al padre de la deprimida que por que no la llevaba al curandero de Coria, porque había curado al tal, al cual, a la tala, a la cuala… y el hombre le respondió que no estaba para escuchar tonterías.

  Pasaron varias semanas más, sin que la enferma experimentara mejoría alguna, para desesperación de todos y el abuelo del niño, totalmente desbordado por aquella desgracia que le tocaba vivir diario, se acordó de la sugerencia de la vecina, de recurrir al curandero de Coria, llamó al yerno a Madrid pidiendo su opinión y éste aceptó basándose en el clásico “no tenemos nada que perder”. La pobre deprimida, que no estaba para tomar decisiones, aceptó, alquilaron un taxi y, como sabían qué día de la semana pasaba consulta el sanador de Coria, se presentaron en esa ciudad una mañana.

  El curandero necesitó poco esfuerzo para saber lo que le pasaba a la chica. Un deprimido tiene el ánimo bastante bajo y la chica, concretamente, lo tenía por los suelos. Cuando les indicó a ambos, padre e hija, que para poder curarla era imprescindible tener fe en que él podía hacerlo, porque si no era así, no había nada que hacer, le respondió el padre que habían recorrido más de 150 km para llegar hasta allí y que eso sólo lo hacía alguien plenamente convencido de que él podía curarle, unas palabras que agradaron al curandero.

  Entonces, el sanador dijo al padre que pasara a la habitación de al lado, dejándole a solas con la hija; comenzó explicándole a ella, que lo que le sucedía, aunque era poco habitual, no era algo excepcional,  y que ya había curado a alguna recién parida, en su misma situación, anteriormente. A continuación, le comentó que era debido a los cambios que sufría el organismo de las mujeres durante el embarazo; estos, aunque desaparecen paulatinamente, tras dar a luz; a veces tardan más de lo habitual en volver a la normalidad y que a ella, concretamente, le sucedía que aún tenía “la sangre de la cabeza” muy alterada -esa fue la justificación que dio-. Lo siguiente que le dijo fue que debía estar totalmente convencida, que aquello iba a remediarlo él.

  Al acabar sus explicaciones, tomó las manos de la chica entre las suyas y entonó en voz alta un largo conjuro… una serie de palabras ininteligibles –era un diálogo exclusivo entre los espíritus y él, no apto para simples mortales– acabando el ritual con unas palabras de agradecimiento, que ahora sí eran inteligibles, para que pudiera entenderlas la enferma:

 - Quiero daros las gracias por haberme escuchado y afirmar - por lo visto, aquel día, eran varios los espíritus a los que se había dirigido- que vais a ayudar a XXXXX, y así yo puedo adelantarle que en unos días estará perfectamente.

   Entonces, miró fijamente a los ojos a la chica, como queriendo hipnotizarla, a la par que le decía:

- A veces “ellos” no responden y yo no puedo confirmar nada, pero quiero que sepas que contigo sí lo han hecho…han respondido y puedes estar segura que te vas a curar muy pronto, no tengas duda alguna.

   El curandero, a continuación, le soltó las manos y dio por terminada la ceremonia.

   Cuando preguntó el padre de la chica, al curandero, si ésta debía seguir tomando las pastillas que le prescribió le psiquiatra, le contestó que, tras el ritual realizado, no necesitaba tomar nada, añadiendo a continuación:

- No sé si XXXXX tiene la suficiente fe, pero, aunque no la tenga, puedo aseguraros a los dos que se va a curar, porque "ellos" me lo han dicho.

   Tanto al padre como a la hija, aunque no estaban tan convencidos como el curandero, les confortó saber que, tras varios meses de incertidumbre, sufriendo aquella pesadilla, había alguien plenamente seguro de que se iba a curar y, además, pronto.

  Antes de una semana, XXXXX se encontraba bastante mejor y aceptaba coger en brazos a su hijo, algo que, hasta entonces, nunca había hecho; también le apetecía salir a la calle a pasearlo en el cochecito, aunque la abuela del niño la acompañaba siempre porque aún no se fiaba de la mejoría y no deseaba dejarla sola con el bebé, aun viendo que cada día la hija se encontraba mejor. El colmo de la felicidad fue cuando un día, la ex enferma les dijo a los padres que ya no pintaba nada allí con ellos, y que quería volver a Madrid, a su casa, con el marido.

Nota

- Tanto detalle de lo sucedido sólo lo conocían el curandero y la afectada: A él no le llegué a conocer, luego es fácil comprender que fue ella quien me lo contó, varios meses después. Yo, en aquella época, estudiaba medicina y quería saber mi opinión de lo sucedido.

- Existen dos posibilidades. La depresión postparto tiene un período de evolución y, antes o
después, acaba curándose. ¿Fue pura casualidad que coincidiera la mejoría con la consulta del
curandero? ¿O, realmente, fue el curandero quien la curó, logrando sugestionarla valiéndose de sus palabras y la oportuna comunicación con los “espíritus protectores”? Esto último, al fin y al cabo, no deja de ser un modo, un tanto sui géneris, de hacer psicoterapia.

lunes, 20 de febrero de 2023

De viejos y nuevos curanderos

   El desarrollo de la medicina ha sido extraordinario a lo largo de las últimas décadas, en todos los aspectos, excepto en la atención a los habitantes del medio rural; estos, con bastante frecuencia, asisten impotentes al hecho de ver cómo, cada vez que en la Consejería de Sanidad hablan de reestructurar las áreas de salud, en realidad, de lo que están hablando es de suprimir plazas de sanitarios en algún lugar de la provincia; un hecho que conlleva una progresiva disminución del número de médicos en el medio rural, con la consecuente merma del número de consultas. 

 Si nos remontamos a tiempos atrás, muchos pueblos, especialmente los más pequeños, no disponían de médico, de ahí que lo que sucede actualmente podría parecer un regreso al pasado, dando la sensación de que, en este aspecto,  no ha cambiado nada, pero eso no es así. Afortunadamente, en lo relacionado con la salud, han cambiado muchas cosas y para bien. 

  Actualmente, cuando una persona, en un pueblo, tiene alguna dolencia y considera que no puede esperar hasta la siguiente consulta del médico, que a veces no tendrá lugar hasta varios días más adelante, si es que allí hay consulta, ya que en los pueblos excesivamente pequeños la atención al ciudadano es a la demanda – creo que en los lugares con menos de 50 habitantes, el médico solo acude cuando hay algún enfermo que no puede desplazarse- en esos casos, tiene que ir al centro de salud, directamente, a ver al médico de guardia o llamar al 112, donde, seguramente, le dirán que, si su problema no es urgente, vaya al centro de salud y no moleste innecesariamente -se lo dicen con palabras más amables, eso sí- 

  Hasta hace 40 años, en los pueblos, especialmente en los más pequeños, donde no había médico o este pasaba por allí una o dos veces por semana, cuando ocurría una situación similar y alguno de nuestros paisanos enfermaba; muchas veces, como estaban acostumbrados “a vivir sin médico”, intentaban solucionar su dolencia con remedios caseros y sólo, cuando con ellos no lograban recuperar la salud, consideraban que había llegado la hora de buscar ayuda externa planteándose entonces dos opciones: ir al médico o al curandero. 

  Hoy día, yo pensaba que la opción de ir al curandero, como alternativa al médico, ya no era posible porque los primeros se habían extinguido, tal como ocurriera con los dinosaurios, pero esto no ha sido así. En pleno siglo XXI sigue habiendo curanderos, aunque han adoptado otros nombres y emplean otras formas y hasta otros medios para tratar a las personas que acuden a ellos, buscando aliviar sus males. 

   Si antiguamente la alternativa a medicina habitual la ofrecían los antiguos curanderos, actualmente la alternativa a la medicina convencional, es lo que se conoce como medicina alternativa en sus múltiples variantes (homeopatía, tratamiento con plantas, osteopatía, acupuntura, imposición de manos…), procedimientos terapéuticos que, aunque a veces pueden resultar beneficiosos, carecen de una base científica clara. 

  Emplear el término “medicina alternativa” no es correcto. Si una cosa es una alternativa a algo, en este caso a la medicina, no puede ser catalogada también como medicina –si una cosa es X, no puede ser una alternativa a X. O es medicina, o no es medicina- Es más apropiado hablar de métodos o prácticas alternativos / as a la medicina –ahora sí- que tienen como propósito curar o mejorar la salud de las personas, sin emplear medicamentos. Esto es, exactamente, lo que hacían los viejos curanderos; luego, a las personas que ejercen la “medicina alternativa”, por similitud, y sin afán alguno de menosprecio, no se me ocurre mejor nombre que catalogarlas como los nuevos curanderos

  Si alguien busca información sobre los “nuevos curanderos”, lo tiene fácil. Entra en internet, escribe en Google “medicina alternativa”, y obtiene 230.000.000 de resultados (20/2/2023) -pretender leerlos todos no es muy recomendable ya que, posiblemente, necesitara varias vidas para ello, sólo tenemos una y hay que aprovecharla de la mejor manera posible

 En cambio, si deseamos buscar información sobre los viejos curanderos, los genuinos…los de aquí; y escribimos en el mismo buscador la palabra “curanderos”, obtenemos 2.660.000 resultados (20/2/23) que, aunque no está nada mal, ni se le aproxima a la cifra anterior, porque no dejan de ser una cosa pasada. 

 Decir que en la actualidad ya no queda ningún curandero que emplee métodos tradicionales de tratamiento, es incorrecto…alguno queda; pero si queremos hablar con propiedad de ellos, de los viejos curanderos, la verdad es que debemos hacerlo en pasado. Estos curanderos, ¿Quiénes eran? ¿Cómo actuaban? ¿Curaban realmente enfermedades? ¿Eran sólo unos farsantes? 

 Del mismo modo que sucede con otras profesiones y actividades, no se puede generalizar, así que imagino que habría de todo: buenos, regulares, malos y pésimos profesionales, dentro del gremio. 

  Estos sanadores, mantuvieron una importante actividad hasta la segunda mitad del siglo pasado. A partir de entonces, los avances de la medicina y el fácil acceso a los servicios médicos hizo que su estrella comenzara a declinar rápidamente, disminuyendo progresivamente su número hasta llegar a la época actual, donde casi podemos darlos por desaparecidos. 

  Aunque en nuestra zona recibían el nombre de curanderos, en otros lados, además eran llamados sanadores, sabios, brujos o magos y, si nos salimos de nuestro país, encontramos su equivalencia en los chamanes, hechiceros y santeros de otras culturas. 

 El curandero era una persona, hombre o mujer, que sin ser tener estudios académicos, trataba enfermedades orgánicas, de la mente y hasta del espíritu, a través de diferentes medios que podían ser físicos como plantas, productos animales, manipulación directa con sus manos (cuando se trataba de dolores articulares o musculares), o mediante la palabra, pudiendo ésta ser empleada de forma aislada o ayudándose de la magia, invocando la ayuda de poderes sobrenaturales para lo que empleaban conjuros o rezos. 
  Existían también curanderos que empleaban lo que podríamos llamar una técnica mixta, usando de forma asociada ambas modalidades de tratamiento. 

  No se anunciaban en internet ni tenían páginas web, como sucede ahora, y tampoco ponían anuncios ofreciendo sus servicios en la prensa o la radio; el conocimiento que se tenía de ellos era a través de una publicidad directa, el clásico “boca a boca” de la gente, llegando los pacientes a ellos por recomendación de allegados: amigos, vecinos, familiares o paisanos que, a veces, con mayor o menor éxito -supongo que más mayor que menor, pues si no, no los recomendarían-, habían sido tratados previamente por ellos. 

  Sus clientes eran de toda condición; podríamos pensar que acudían a ellos, exclusivamente, gente de pocos recursos, porque ir al médico era más caro; pero eso no era así, su clientela también estaba compuesta por gente con buena posición económica. 

 En cuanto al nivel cultural, identificar a los pacientes de los curanderos con gente inculta está muy lejos de la realidad; un día fue visto en la consulta de un conocido curandero ¡un médico! El pobre, tenía hemorroides, le había indicado un cirujano la conveniencia de operarse de ellas y había ido a la consulta del curandero como última esperanza, a ver si este le proporcionaba un tratamiento para curarlas y evitar tener que operarse (no lo consiguió, todo hay que decirlo). 

 Aclaración: Aunque el médico renuente a ser operado no fui yo, confieso no haber sido del todo ajeno al asunto ya que fui quien le sugirió al compañero acudir a la consulta del curandero, “por si acaso”. Mis palabras fueron “no tienes nada que perder”. 

 El aprendizaje del oficio lo adquirían, habitualmente, por transmisión oral, de padres a hijos; o bien, empíricamente, con la práctica. A veces les había ocurrido algo, se lo habían tratado ellos mismos con algún remedio natural, habían tenido éxito con el tratamiento y decidían compartir las bondades del mismo con los demás, unas veces de forma altruista y otras no tanto. 

  En cuanto a los honorarios, habitualmente, no cobraban por sus servicios, aunque siempre había alguna excepción. En nuestro pueblo tuvimos una curandera que trataba los culebrones y tampoco cobraba, diciéndoles a la gente unas palabras muy bonitas cuando le pedían la cuenta por sus servicios: “Mi madre me enseñó a curar los culebrones para ayudar a la gente que lo necesitara, así que no puedo cobrar nada por esto”. 
 De todos modos, los pacientes que acudían a estos profesionales pagaban “la voluntad”, lo que ellos consideraran que merecía el curandero por el servicio prestado, unas veces en especie (huevos, chorizos, lomos…), y otras monetariamente. 

  Dentro del gremio, existían dos tipos de curanderos. a) Los que trataban problemas físicos u orgánicos, empleando sustancias de diverso tipo: hierbas medicinales en forma de poción, cremas, lociones, productos animales (tocino, parte de alguna víscera u órgano, orina -sí orina-, o bien interviniendo directamente aprovechando su destreza manual para tratar problemas reumáticos (aún podemos encontrar masajistas no diplomados que saben aliviar los dolores de espalda). 
 Como dato añadido, referir que un curandero, en un pueblo de Badajoz, trataba las lumbalgias quemando una zona de la oreja con un hierro candente. Tuve ocasión de conocer directamente a alguno de los afectados que habían recibido dicho tratamiento, no “al tratador”
   b) Los que trataban trastornos psicológicos y mentales.
 
  Dentro del primer grupo, mientras que unos trataban todo tipo de enfermedades, otros estaban especializados en curar algunas concretas. 
 
   Varios ejemplos de los tratamientos empleados eran los siguientes: 

  Para obtener éxito en el tratamiento de las verrugas, uno de estos curanderos exigía a los afectados lo siguiente a) El afectado debía tener fe y estar plenamente convencido de que se iba a curar. b) Frotar las verrugas con hojas de hierbabuena que debían enterrar después en una zona por la que no podía volver a pasar, hasta que hubiera sanado totalmente. 

 Sugerencia 
 La hierbabuena huele muy bien y el método es bastante inocuo como podemos ver; por lo tanto, si alguien tiene verrugas, pide consulta con el dermatólogo y esta tarda en verle, puede probar el tratamiento. Eso sí, es recomendable que entierre las hojas de hierbabuena en un sitio que suela frecuentar poco por si las verrugas se resisten a desaparecer y no puede volver a pasar por allí en mucho tiempo 

  Algunos curanderos/as que trataban culebrones: echaban unos polvos secretos sobre las vesículas o ulceraciones; estos polvos secretos, casi siempre era harina de centeno -ya se fastidió el secreto- a la vez que rezaban un conjuro: “culebrón, culebrón; yo te juro y te conjuro, no crezcas ni ennoblezcas, ni juntes cabeza y culo”. 
  El fin de este rezo era porque el culebrón (herpes zoster) sale con frecuencia en el tórax, ocupando casi siempre solo una raíz nerviosa, o sea que se extiende sólo en uno de los lados, desde la columna al esternón, siguiendo la línea de una costilla, sin sobrepasar la línea media. Se pensaba que si crecía y se extendía por el lado contralateral y se unían ambos, el afectado moría irremisiblemente estrangulado, de ahí la necesidad del conjuro, para que no llegaran a juntarse la cabeza y el rabo alrededor del pecho. 

 Sugerencia II 
 Si alguien tiene un herpes zoster, que acuda siempre y lo antes posible a su médico; hoy día existe un tratamiento médico eficaz para el mismo. Después, si quiere que las “fuerzas sobrenaturales” contribuyan a su curación y desea que se lo recen, esto que lo haga a posteriori (si hace falta hasta se lo rezo yo, pero que no deje de ir al médico). 

  La hiperhidrosis (sudoración excesiva de pies, con el mal olor correspondiente) -no olvidar que los calcetines de algunas personas que tienen este problema pueden ser armas letales- era y es un problema bastante común y muy desagradable para quien lo padece. 
  Había un curandero que proponía, para solucionar el problema, pisar unas cuantas ranas vivas porque las glándulas de su piel eran muy buenas para tratar este proceso (supongo que lavarse los pies con frecuencia también formaba parte del tratamiento). 
pixabay.com


Sugerencia III 
 Si alguien desea echar mano de este remedio, sólo puede hacerlo bajo prescripción médica, empleando únicamente una rana para cada pie y siempre debe tener a mano la indicación en papel con la firma del prescriptor, debido a que son animales protegidos. Aquellos que tengáis este problema y queráis emplear este tratamiento, debéis cazarlas a mano con sumo cuidado, os frotáis con ellas las plantas de los pies y después las devolvéis vivas a su charca ¡no se os ocurra pisarlas! Si pisáis a una persona, sabéis que no pasa nada; en cambio, si pisáis una rana, no sé la ley que os van a aplicar, pero seguro que os la cargáis. 

 Otros se especializaban en tratar la alopecia (caída del cabello). Cuando aún no había viajes a Turquía, ni Ronaldo había montado sus clínicas para implantar el cabello, los curanderos que trataban este tipo de problema tenían una numerosa clientela constituida, principalmente, por jóvenes varones desesperados al ver que se les caía el pelo prematuramente y que ligaban poco. 
 Un remedio recomendado, para evitar la caída del pelo, que llegó  a mis manos es la siguiente fórmula: romero, albahaca, abrótano macho, raíz de espliego, rosas de Alejandría, corteza de sauce y cabello de Venus (disolver 10 gr. de cada componente en 1 litro de aguardiente). 

  Si alguien aprecia que en su cabeza el cabello cada vez va siendo más escaso y desea probar la anterior fórmula para intentar evitar un implante de cabello y así ahorrarse una buena cantidad de dinero, siento desilusionarle. Le advierto que yo la usé y conseguí ahorrar…claro que sí, pero en peines. 

  Los anteriores, son unos ejemplos de los tratamientos que prescribían algunos curanderos que trataban sobre todo problemas físicos. 
 Al lado de este tipo de curanderos, estaban aquellos que trataban fundamentalmente trastornos psicológicos, mentales y hasta espirituales, ya que tenían un don especial para ello. Uno de estos curanderos, que llegó a ser muy famoso en su tiempo, fue el curandero de Coria

domingo, 15 de enero de 2023

Arbideo

 


 Ir de paseo por el bosque es como recibir un fuerte abrazo de la Madre Naturaleza (J. Erwine)

 

   Los bosques, los árboles en general, son un auténtico regalo que nos ofrece la naturaleza, desde el principio de los tiempos, siendo providenciales para la humanidad pues aportan tal cantidad de beneficios para los otros seres vivos, hombres y animales que, si nos propusiéramos realizar una lista pormenorizada de ellos, ésta sería interminable.

     El principal regalo, que nos ofrecen los árboles es, a través de sus hojas, absorber dióxido de carbono y fabricar el oxígeno que respiramos, un elemento sin el cual la vida no sería posible. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los bosques son los pulmones del planeta.

   Además, los frutos del bosque fueron un componente fundamental en la dieta de los primitivos pobladores; estos, junto con la caza y la pesca, constituyeron uno de los pilares básicos en su alimentación, antes de la aparición de la agricultura, cuando aún eran exclusivamente cazadores y recolectores.

   La madera es una materia prima de primer orden con la que se construyen casas, muebles, útiles de trabajo y de ocio, carruajes, e incluso armas -un garrote es un arma mientras no se demuestre lo contrario-, sin olvidar que también es un excelente combustible, más ecológico que los derivados del petróleo, que permitió a nuestros antepasados, y hoy día nos sigue permitiendo, a nosotros, combatir el frío invernal y cocinar nuestros alimentos.

  Si quisiéramos continuar hablando de efectos beneficiosos, aún podríamos añadir que de algunos árboles se obtienen medicinas, y aún podríamos seguir sumando muchos más beneficios, pero para no alargar excesivamente la lista voy a dejarlo aquí.

    Otra utilidad asociada a las arboledas es la de proporcionar refugio, tanto a los hombres, sean estos héroes –todos los cinéfilos conocemos que en el bosque de Sherwood se refugiaban Robin Hood y sus amigos- o villanos, así como a los animales, unos lugares donde además de encontrar protección ante los cazadores, también hallan alimento en los frutos y hojas arbóreas.

   Sumado a todo lo anterior, el bosque ofrece ,además, beneficios de tipo espiritual. Para algunas culturas, ciertos bosques eran lugares sagrados donde recibían culto diversas divinidades; sin olvidar, además, algunos árboles mitológicos como el Árbol de la Vida, o el del Bien y del Mal (este último es mencionado en el Génesis).

  Actualmente, en el siglo XXI, aunque ya no vayamos a rendir culto alguno a estos lugares, allí seguimos encontrando un beneficio espiritual; en este caso, es la sensación de paz y bienestar que ofrece la floresta a las personas que a ellos se acercan.

   Un paseo por el encinar, el robledal o el castañar, a cualquier hora del día, es muy reconfortante para el senderista, una delicia para los sentidos

                                                                                                                               

   Este puede ver los cambios que va experimentando el paisaje, el aspecto de las arboledas, día a día, a largo de todo el año, acorde a los ciclos de la Naturaleza. Observar los variopintos colores que presentan las hojas del robledal en otoño, previamente a su caída, es un espectáculo visual inigualable, pura magia.

   También puede escuchar los sonidos del bosque, el canto de los pájaros cuyo hábitat principal son las ramas de los árboles, como los coloristas carboneros, herrerillos, oropéndolas y verdecillos…, y el del resto de la fauna que allí habita; sin olvidar que, a veces, es el propio bosque quien habla directamente a quien sabe escucharlo. No me digáis que el tenue sonido de las hojas arbóreas mecidas por el viento no es un susurro que se convierte casi en un grito cuando es una fuerte ráfaga quien las agita.

   Además, puede percibir el profundo olor que desprenden las flores, las que nacen directamente en el suelo, las de los árboles y arbustos: tomillo, romero, retama… y el olor de la hierba y la tierra mojada, tras las primeras gotas de la lluvia; una muestra variopinta de fragancias que deja un recuerdo imborrable en la mente en todo aquel que ha tenido la suerte de percibirlas.

   Si hay unos seres vivos capaces de transmitir energía positiva a otros, a través del tacto, estos son los árboles, ya que toman su alimento, a través de las raíces, directamente de la Madre Tierra. Es por ello, muy recomendable para la salud, abrazar todos los días un árbol para poder captar esa energía que desprenden –el beneficio curativo que supone abrazar a los árboles, no es algo que se  estudie en las facultades de medicina y tampoco hay evidencia científica que lo avale, pero ¿qué nos impide probarlo?. Al fin y al cabo, esta acción, a diferencia de los medicamentos, carece de efectos secundarios y no perdemos nada por intentarlo-  

    En cuanto al sentido del gusto, el bosque nos ofrece la posibilidad de degustar los frutos que, tan generosamente, nos ofrecen árboles y arbustos: castañas, bellotas, arándanos, zarzamoras, endrinos…, y el propio suelo, especialmente en otoño, una época idónea para recorrer las arboledas, a la búsqueda de setas.

  Además de todo lo anterior, el bosque aún nos reserva otras sorpresas ya que, en sus rincones más escondidos, moran seres fantásticos de todo tipo; tenemos un primer grupo integrado por los númenes (deidades protectoras), un segundo grupo en el que incluimos duendes, elfos, hadas, gnomos… que, aunque no puedan ser catalogados como benefactores, como los primeros, al menos son inofensivos, y un tercer grupo constituido por seres monstruosos y maléficos, entre los cuales está Arbideo.

 ¿Y quién es Arbideo, se preguntará alguno?

     Este ser, es el protagonista de una de las leyendas más extrañas que circulaban en nuestro pueblo y ya os adelanto que es un ser maléfico.

   Los árboles pertenecen al reino vegetal y tienen raíz, tronco y hojas; el hecho de tener raíces implica que estén fijos al suelo y nunca puedan moverse del lugar donde nacen, permaneciendo a lo largo de su vida siempre allí; en cambio, Arbideo, a pesar de ser un árbol, concretamente, un roble, se mueve a voluntad por el campo. Es bastante alto, mide cerca de 10 metros de altura y, al contrario que los demás robles, además de poder desplazarse a voluntad, no toma su alimento del suelo a través de las raíces, como el resto de los árboles, sino que se alimenta de carne.

Arbideo ( foto auténtica)

   Sí, Arbideo es carnívoro y le gusta la carne tierna, como a mí; con la diferencia de que yo no como niños como él, ya que las víctimas preferidas de este maléfico ser son aquellos muchachos que tienen la ocurrencia de andar solos por el campo.

   Este monstruo come-niños, como puede moverse libremente, a pesar de ser un árbol, siempre está al acecho de posibles víctimas.  Desconozco sus preferencias culinarias y no puedo afirmar si a los niños los come crudos, asados o fritos, pero el caso es que, si ve un muchacho que anda solo por el campo, irremisiblemente, acaba devorado.

   Las leyendas para meter miedo a los niños son muy abundantes, siendo el objetivo, común a todas ellas, asustarlos a fin de evitar su exposición a posibles peligros; en este caso, el objetivo perseguido era evitar que se alejaran solos del pueblo.

 En casi todas ellas, los protagonistas son animales míticos -el coco, la fiera Corrupia- u hombres muy malos –el hombre del saco y el sacamantecas son unos clásicos-  no siendo ajenas a ello, además, las brujas. Esta leyenda de Arbideo, es muy curiosa si tenemos en cuenta que se trata de un árbol que come personas.

    ¡ Y es que, amigos míos, ya no podemos fiarnos ni de las plantas!

Nota

    En la primera mitad del siglo pasado, una tarde de febrero, estaba un hombre de nuestro pueblo, en un valle, cuidando un rebaño de vacas y vio acercase cuatro niños que iban a comer la merienda al campo, ya que era el Jueves Merendero.

   A lo lejos, en el horizonte, se apreciaban nubes negras que presagiaban tormenta y este hombre, al ver a aquellos muchachos de corta edad, tan lejos del pueblo, les recomendó que regresaran a sus casas lo antes posible para evitar que les pillara la tormenta en pleno campo. Como viera que no le hicieran caso alguno (el no hacer caso a los consejos de los mayores no es algo exclusivo de los tiempos actuales, como podemos ver), les propuso escuchar la leyenda de Arbideo, a lo que se prestaron muy contentos, ya que aquel hombre era conocido por ser un gran narrador de historias.

   El dueño de las vacas, aunque sabía que este malévolo ser está especializado en comer a los niños, cuando salen solos al campo, aquel día, intencionadamente, desvirtuó un poco la narración afirmando que no era imprescindible estar solo para ser devorado por este monstruo, pues si tenía hambre atrasada, que era lo habitual, no tenía reparo alguno en comerse un muchacho, aunque perteneciera a un grupo, como ocurría con ellos cuatro. Concluyó la historia afirmando que, una vez que Arbideo hace acto de presencia, al tener un aspecto terrorífico, todos huyen despavoridos; pero él, que es bastante rápido, persigue a sus potenciales víctimas eligiendo para ser devorado, ¡cómo no!, al último, al menos veloz.

  Los chicos, tras escuchar al hombre, se burlaron de él afirmando que aquello sólo era un cuento y no hicieron caso alguno a su recomendación de volver al pueblo para evitar tener un desagradable encuentro con Arbideo, pero la tormenta sí era real. Al poco rato, empezó a correr el viento, se fueron aproximando las nubes, sonó el primer trueno a lo lejos y fue entonces cuando los chicos se asustaron y decidieron regresar a sus casas.

   Es sabido, por todos, que el miedo a veces hace ver cosas inexistentes; por ello, aunque estaban convencidos que Arbideo sólo era un personaje de ficción, iban mirando de soslayo los robles que encontraban en los prados que bordeaban el camino, no fuera el caso de que alguno se moviera.

    En un momento dado, uno de los muchachos creyó ver que un roble se movía (en realidad se movían las ramas de todo ellos, empujadas por el viento; pero la imaginación a veces es muy traicionera y él creyó ver que un roble, realmente, se movía y había cambiado de lugar)  lo comentó a los demás, que ya de por sí estaban asustados por la tormenta, que cada vez estaba más próxima, y se apoderó el pánico de todos ellos, convirtiéndose el paso ligero que llevaban hasta ese momento, en una carrera desesperada en la que ninguno quería ser el último para evitar ser víctima del monstruo.

  El más pequeño del grupo, obviamente, era el que menos corría y supongo que iría diciéndoles a los demás la clásica frase: - No corráis que es peor.  El pobre muchacho, aunque iba muerto de miedo corriendo a la zaga de los demás, que no le esperaron en ningún momento –la solidaridad del grupo, si brilló por algo fue su ausencia- “sobrevivió” y no murió aquel día víctima del monstruo vegetal. Murió de viejo y no hace mucho tiempo.  

   Ese niño, que se llamaba Manolo, fue quien me contó la leyenda de Arbideo. El hombre de las vacas, que a su vez se la había narrado a él, y al resto de los compañeros, era mi abuelo materno.

  Manolo, al acabar de contar el suceso, me confesó: -Vaya faena que nos hizo tu abuelo. Si su objetivo era asustarnos, lo consiguió. En mi vida he pasado tanto miedo como aquel día.