jueves, 11 de abril de 2019


Curanderos: Entre la ciencia y la magia IV


El curandero de Muñoz
  

   Volviendo al mundo de los curanderos, sanadores o sabios, como también eran conocidos, que tanta aceptación tenían en el siglo pasado; dentro del gremio, había algunos que estaban especializados en  tratar  enfermedades concretas como los culebrones (herpes zóster); la hiperhidrosis (sudoración excesiva, fundamentalmente de los pies y las manos), las verrugas, las hernias inguinales…; otros, con sus manos, mediante masajes y amasamientos, tenían habilidad para tratar dolores articulares y musculares, y, por último, estaban aquellos que poseían unos conocimientos más amplios y trataban todo tipo de males.

    Para acceder al oficio de sanador, no había escuelas, academias o cursos a distancia; cada uno de los hombres y mujeres, que se dedicaban a ello, aprendía la “profesión” siguiendo distintos caminos.
Algunos, habían tenido un maestro que les había transmitido los conocimientos necesarios para desarrollar su labor, que casi siempre eran el padre o la madre, quienes a su vez también habían sido curanderos.
   Otros, en cambio, eran autodidactas; de forma empírica, llegaban a conocer las propiedades beneficiosas que para la salud tenían algunas plantas o productos de origen animal, y decidían aplicar sus conocimientos para tratar los males de las personas.
   Tanto los unos como los otros, habían tenido un aprendizaje previo, y los remedios que administraban, a la gente que acudía a ellos, eran naturales y tangibles; cosa bien distinta, es que resultaran eficaces.
 
   Al lado de estos curanderos que, para aprender el oficio, habían tenido que currárselo mucho, existían otros que lo eran porque “poseían” una gracia o don especial para curar las enfermedades. Eran los curanderos-magos.
   El don, que estos afirmaban poseer, casi siempre era innato; se trataba de personas muy singulares -eso creían ellos- que ya, desde antes de nacer, estaban predestinadas a ser curanderos.
   Se sabía que eran tan especiales, porque habían llorado en el vientre de la madre durante el embarazo -no sé quién había oído el llanto, para certificarlo; imagino que la madre claro-, o bien, que habían nacido en fechas muy señaladas como el 29 de febrero, en la noche de San Juan (24 de junio), o en Nochebuena (24 de diciembre), durante los solsticios de verano o de invierno.
   Sin embargo, el don que afirmaban tener estos curanderos-magos no siempre era innato; en algunas ocasiones, también podían haberlo adquirido tras el nacimiento. En un pueblo del norte de Cáceres, había un famoso curandero que sufría ataques epilépticos y afirmaba que era durante los mismos, cuando recibía la energía -la gracia- para poder desarrollar sus poderes. 
  
   Estos curanderos, los que tenían “el don”, podían sanar a la gente a través de la palabra, mediante determinados rezos o invocaciones, e imponiendo las manos. Eso sí, los pacientes, para poder sanar, debían tener una fe absoluta en la curación; si no sanaban, era debido a que no tenían suficiente fe, así que culpa de dicho fracaso siempre recaía en el cliente, nunca del curandero - hoy día, con la medicina, ocurre todo lo contrario. Cuando un tratamiento fracasa, aunque el paciente no haya seguido las indicaciones del médico, la culpa, habitualmente, acaba siendo de este último-  
   Este tipo de sanadores, incluso podían curar a los pacientes desde la distancia; bastaba que algún allegado: vecino, familiar o amigo del afectado/a, llevara un mechón de pelo del enfermo, o una prenda de ropa que se hubiera puesto recientemente, ante el curandero; para que éste, gracias a sus poderes, simplemente, tocando la prenda o el mechón de pelo, tras hacer los conjuros correspondientes, pudiera sanar al afectado.
   Si era pelo lo que le habían llevado, el curandero, usualmente, lo quemaba como parte del ritual; en cambio, cuando se trataba de una prenda de ropa; ésta, tras el oportuno “tratamiento”, era devuelta a su portador para que la entregara al enfermo, ya que éste recuperaría la salud una vez que volviera a ponérsela. Evidentemente, el curandero cobraba por todos estos rituales de sanación.
   A pesar de que los curanderos-magos podían curar desde la distancia, casi todos los pacientes preferían acudir, personalmente, a ellos, pues pensaban que, si tenían un contacto directo con el curandero, los tratamientos resultaban más eficaces. Además, a pesar de contar con el don para realizar sus curas, muchos de ellos, no debían estar plenamente convencidos de que la magia fuera suficiente para sanar a la gente y por ello, además de ésta, también recurrían a los remedios naturales, como los curanderos “vulgares”.

   En la provincia de Salamanca, en lo que es el centro geográfico provincial, se encuentra La Fuente de San Esteban. Muy próximos a este lugar, hay dos pueblos que causan algo de confusión entre la gente que no somos de la zona, por tener nombres muy similares. Uno es Muñoz, y el otro San Muñoz.
   En el primero de ellos, Muñoz, en la segunda mitad del siglo pasado, vivía uno de los sanadores más conocidos de Salamanca, cuya fama llegó a sobrepasar los límites de la provincia.
    No tenía ningún don especial-supongo que empezó a llorar después de nacer, como cualquiera de nosotros- y, por lo tanto, no empleaba la magia en sus tratamientos sino productos más o menos naturales, con los que trataba “casi” todo tipo de males.
   Este “casi”, hay que subrayarlo, porque, aunque trataba muchas enfermedades, sabía reconocer sus límites y cuando llegaba ante él, requiriendo sus servicios, alguien a quien no podía aliviar, evitaba “meterse en berenjenales” que no le convenían…ni a él, ni al enfermo.
   Un día, acudió a este curandero un hombre con un tumor avanzado; los médicos le habían dicho que no podían curarle y, desesperado, tenía la esperanza de encontrar en la magia, lo que no podía ofrecerle la ciencia.
   El curandero de Muñoz, como casi todos sus colegas, tenía una gran capacidad de observación; por ello, nada más aparecer ante él el pobre enfermo, al verle la cara, rápidamente, adivinó la gravedad del proceso que tenía aquel hombre; consciente, de que lo que realmente buscaba era un milagro, se sinceró con él y, amablemente, le dijo:

  - Lo que usted tiene, yo no puedo curarlo. Lo siento mucho.

   El familiar, que acompañaba al enfermo, cuando pretendió pagarle la consulta al curandero, éste se negó rotundamente a ello, alegando que sólo cobraba cuando curaba o mejoraba a quien acudía a él, y que éste no era el caso.

 El sanador, además de pasar su consulta en Muñoz, también lo hacía en Salamanca, a donde acudía un día a la semana. Una vez, en una de estas consultas que pasaba en la ciudad, tuve ocasión de conocerle. Por suerte, en este caso, el paciente presentaba un proceso tratable y “leve”.

  Entre los médicos, a veces se establecen discusiones sobre cuándo los procesos deben ser considerados leves o graves, pretendiendo encontrar cuál es la línea que separa a unos de los otros;  lo cierto es que, tras múltiples reuniones, congresos de alto nivel y symposiums, a día de la fecha, no hay un acuerdo unánime que permita discernir cuándo un proceso puede ser catalogado como leve, y cuándo deja de serlo.
El único criterio aceptado por todos, tanto por los médicos como por los pacientes, para que una enfermedad sea considerada leve, es que el afectado debe ser siempre otra persona y no uno mismo. Cuando una enfermedad la padece otro, los demás la consideramos leve; en cambio, si esa misma enfermedad la padecemos nosotros, deja se ser leve pasando a ser "grave o gravísima"; no sé si fue Platón quien dijo - y si no lo hizo él, debería haberlo dicho- que “el dolor que mejor se soporta es el ajeno”.

  Yo era muy escéptico y no creía en curanderismos, magia, ni en cosas milagrosas ajenas a la ciencia; pero, cuando tuve ocasión de conocer al curandero de Muñoz, el descreimiento que sentía hacia estos personajes desapareció y se transformó en auténtica admiración. 

   Ese día, había ido mi padre a Salamanca; estaba en un bar con Silverio, un amigo suyo que también había ido a la ciudad a hacer algunos asuntos, y resulta que uno de ellos era, precisamente, acudir a la consulta del mencionado curandero. Creo que era los jueves cuando se desplazaba a la ciudad a ejercer la profesión. 
   El amigo de mi padre, que pretendía ir al sanador, no conocía el sitio donde éste pasaba la consulta -no se anunciaban en la guía telefónica, ni en la prensa-; mi progenitor, aunque sabía la dirección, tenía que hacer otras cosas y, como no podía acompañarle, me pidió…más bien me ordenó -entonces los padres no se sabe si pedían u ordenaban-, que le acompañara yo; así que, sin comerlo ni beberlo, con la dirección anotada en un papel, me encontraba camino de la consulta de aquel sabio de la salud, acompañando al “enfermo”.
   Cuando estábamos a punto de llegar a nuestro destino, le hice a Silverio esta advertencia:

    - Mire, no se le ocurra decir, en ningún momento, que estoy estudiando medicina. Como se entere el curandero, me va a dar mucha vergüenza. 
    - Tu tranquilo, que no diré nada -contestó éste-. Además, te va a interesar, ya lo verás... dicen que lo adivina casi todo. Creo que te ve y, sin apenas preguntarte nada, casi siempre sabe lo que te pasa. 
 
   Una vez que llegamos ante el portal del edificio, pudimos comprobar que aquello, ni de lejos, respondía al estereotipo de lo que se esperaba de un curandero. Estos, solían vivir en los pueblos y citaban a los pacientes a deshoras (temprano, o ya entrada la noche), para que su actividad pasase lo más desapercibida posible, ya que no era una actividad reconocida y, por lo tanto, no era legal.
   Este hombre, en cambio, además de trabajar en su pueblo, no tenía reparo alguno en desarrollar su actividad también en la ciudad; la consulta la tenía en un piso normal, y era el mediodía. Evidentemente, no deseaba pasar desapercibido.
  Cuando estuvimos ante la puerta del piso, llamamos al timbre y desde dentro, antes de abrir, alguien preguntó:

 - ¿Quién es?

   Como sea el curandero, quien ha contestado, todo no lo adivina -pensé yo para mis adentros-. Pero no había contestado él, sino una mujer.  Le contamos el propósito de nuestra visita y, tras esperar unos instantes en el pasillo, nos hizo pasar a una habitación en la que pudimos ver a un hombre de mediana edad, bien vestido -la gente de los pueblos, cuando íbamos a la capital, nos vestíamos "con la ropa de los domingos" y el señor, por lo visto, también lo hacía- 
   No sé por qué, yo había imaginado que el encuentro iba a ser en un despacho en toda regla: una mesa con dos sillas frente a la misma, y tras ella un sillón donde se sentaría el sanador; una estantería con algunos libros de consulta…pero aquello era una sala normal en la que había una mesa con varias sillas alrededor.
    Tras los oportunos saludos, nos echó una rápida mirada a los dos y después acabó fijando la mirada en Silverio. Éste, debía rondar los 70 años, estaba gordo y en la mano llevaba un bastón con el que ayudaba para caminar; yo, en cambio, andaba por los 21, estaba delgado, andaba perfectamente,  y en la mano llevaba una carpeta.
   Evidentemente, averiguar quién era el enfermo no le supuso dificultad alguna.
   Nos hizo sentar en la mesa, él también se acomodó en una de las sillas y se dirigió al paciente en estos términos:

- No me diga usted nada. Responda sólo, cuando pregunte.

   Nosotros, en silencio, mirábamos al curandero, y éste, durante unos segundos, observó con gran atención a Silverio; a continuación, comenzó a hablar lentamente.

 - Usted anda mal y cojea un poco, porque le duelen la espalda y una cadera ¿Me equivoco?
 - No. Respondió el aludido. 
  Tras la respuesta, siguió hablando el curandero:
 - No ve bien para cerca, pero de lejos se defiende. Seguro que hasta tiene gafas, pero no le gusta mucho ponérselas. Fuma bastante, aunque sabe que le perjudica. Come bien y le gustaría perder algunos kilos, pero no lo intenta porque no desea pasar hambre alguna. 
   Está casado y su mujer debería portarse con usted mucho mejor de como lo hace.
   Es buena persona, tiene buen humor y es valiente; por eso, no le da miedo morirse, pero no quiere padecer males cuando le llegue la hora.
   Ha estado en manos de médicos y, como no han podido curarle, por eso ha venido a verme a mí.

   Finalizó su disertación con las siguientes palabras:

   -  Mire, yo le puedo mejorar bastante el problema de la pierna y de la espalda, pero no puedo curarle del todo; si lo acepta así, seguimos…y si no, lo dejamos. Elija usted
    
   Mi acompañante estaba encantado, no había abierto la boca y el curandero había adivinado el objetivo de la visita, así que respondió que, efectivamente, ese era el motivo de la consulta y que aceptaba su tratamiento. Un hombre que tenía tantos poderes y que sabía tantas cosas sobre él, sólo con mirarlo, indudablemente era capaz de mejorar el problema de su espalda…o él… o nadie.
   Sin ver la pierna que le dolía, ni la espalda del paciente; simplemente, manipulando la zona de la columna vertebral a través de la ropa ¡para qué más!, le recetó unas friegas en la espalda con un "ungüento" que vendían en una farmacia próxima; le recomendó que no cogiese grandes pesos,  que adelgazase, ya que perder peso le iría bien para el problema que tenía, y que no dejara de moverse: debía pasear, aunque sin cansarse demasiado -las misma recomendaciones que todos los reumatólogos, traumatólogos y rehabilitadores del mundo hacen a sus pacientes, el curandero de Muñoz ya las hacía entonces-
 
   Acabó su consulta con unos "sabios" consejos:
  - El vino, si es bueno, no hace daño alguno cuando no se abusa; puede tomar varios vasos al día sin ningún problema. Los alcoholes blancos no le convienen; en cambio, una copa de coñac, de vez en cuando, viene bien -del Whisky no dijo nada…si era bueno a malo para la salud, y he tenido que vivir con esta incertidumbre durante años; afortunadamente, hace algún tiempo que logré resolverla-.   
  - La matanza, siguió hablando el curandero (se refería a los productos de la matanza del cerdo), puede comerla sin ningún problema: chorizo, jamón, lomo, tocino…puede comer todo lo que quiera, pero siempre sin abusar. La ternera, el cordero y el pescado, así como los productos de la huerta, cómalos también siempre que quiera.

   Respecto al ejercicio, que el sanador le indicó a Silverio, debía ser suave y sin excesos. Con buen criterio, consideró que, a pesar de que era bueno que estuviera activo, no era recomendable ponerse a hacer movimientos que quizá llevara años, posiblemente décadas, sin realizar; ya que, si forzaba mucho el cuerpo, esto sólo podía empeorar la situación.       

    Yo estaba asombrado por la capacidad de observación del curandero. Una persona, sobre todo si es una mujer, cuando echa una mirada a otra, en un instante es capaz de apreciar, al menos, media docena de detalles: cómo viste, el peinado, tipo y color de los zapatos, color de los ojos… Si el observador es un hombre, la capacidad de observación es mucho más limitada; a lo sumo es capaz de distinguir dos o tres características; en cambio, lo de aquel curandero era espectacular.
   Por la forma de caminar de Silverio y el modo de ayudarse con el bastón; así como, al ver el cuidado que había puesto al sentarse y la forma de hacerlo, había apreciado que tenía una dolencia en la espalda y que esta no se limitaba a la misma, ya que también afectaba a una pierna. Debido a su edad, sabía que la vista ya no funcionaba demasiado bien y algunos dedos amarillentos, delataban que fumaba en demasía.
   La obesidad, era una clara muestra de su afición a la buena mesa, y de que no debían gustarle demasiado los esfuerzos, además, como todos los gordos del universo, deseaba adelgazar, pero sin pasar hambre.   
   Los obesos, suelen ser gente simpática, muy apegada a la vida, y les gusta vivir bien -como a todo el mundo-, por ello, cuando el curandero le dijo que era una persona alegre y valiente, le agradó mucho, pues en realidad estaba alabándolo y las alabanzas siempre son bienvenidas, vengan de donde vengan. 
   Lo de la mujer, fue un golpe maestro; la alianza en el dedo le delataba como hombre casado, y, ¿qué hombre que lleve muchos años de matrimonio no piensa que su esposa le trata peor de lo que se merece? -ellas, seguro que opinan lo mismo de los maridos, todo sea dicho-.
  La gente que decidía acudir a los curanderos, lo hacía, habitualmente, tras haber consultado con uno o varios médicos, cuando la medicina no había sido capaz de curar u obtener un alivio suficiente de sus procesos, y eso también lo había “adivinado”.
   Cada vez que el curandero hacía sus afirmaciones, miraba fijamente al rostro del enfermo y este, inconscientemente, asentía a cada apreciación que hacía el primero, con lo cual estaba seguro de acertar en las aseveraciones que hacía.
   Respecto a las indicaciones del tratamiento eran impecables: adelgazar, comiendo de todo con moderación; hacer algo de ejercicio sin cansarse en exceso y “las friegas” en la espalda con el producto que le recomendó. Todo ello, si no le aliviaba, al menos, no iba a causarle mal alguno.

   Silverio estaba encantado cuando le pagó al curandero "la voluntad"; mientras tanto, yo pensaba que, si un señor le dice a la gente, lo ésta quiere oír, merece que se le pague.


Nota: Cuando una persona va al médico -o al curandero-, es porque está enferma, o cree estarlo. La salud, es el bien más importante que tenemos los humanos, aunque somos tan tontos que sólo la valoramos cuando nos falta.
  Alguien, después de sufrir uno grave enfermedad, aprendió a valorarla en su justo valor y llegó a la siguiente conclusión: "Si al despertarte cada mañana, compruebas que estás sano, alégrate. Ya tienes un buen motivo para estar contento durante todo el día”.

lunes, 11 de marzo de 2019

El bar de los solteros




   Uno de los problemas que tienen los habitantes de los pueblos más pequeños -uno más entre tantos- es la falta de unos servicios adecuados; un hecho que les obliga a llevar una vida llena de limitaciones.  En muchas aldeas no hay carnicerías, pescaderías, panaderías, y, ni siquiera, comercios donde poder comprar los productos básicos que necesitamos para nuestra vida diaria; por ello, esta gente, cuando necesita adquirir cosas de uso cotidiano, o alimentos para llenar la despensa, tiene que echar mano del coche y desplazarse a algún pueblo vecino de mayor entidad, o esperar a que pase por allí algún vendedor ambulante.

  En los pueblos algo mayores, allí sí hay tiendas: pequeños negocios familiares que, aunque en la actualidad suelen centrar sus ventas en productos de alimentación y droguería, antes eran más polivalentes y vendían todo tipo de artículos a los clientes. Al respecto, recuerdo, hace ya muchos años, en un pueblo cercano de Lumbrales, una tienda que era a la vez comercio, bar y salón de baile. No tengo seguridad plena de ello, pero creo que el dueño de aquel “centro comercial y de ocio” además era el cartero del lugar.
  
   En estos establecimientos, podemos surtirnos de artículos de primera necesidad, pero si queremos adquirir algo fuera de lo habitual: ropa, zapatos, electrodomésticos, material informático o telefónico y un sinfín de artículos más, nos vemos obligados a desplazarnos a la ciudad, a las grandes superficies o a tiendas especializadas, con la consiguiente pérdida de tiempo y dinero, ya que los coches sin combustible no andan.
   Hasta ahora, ésta era la única opción que teníamos, en las zonas rurales, para realizar estas compras “inhabituales”; sin embargo, de un tiempo para acá, esto ha cambiado gracias a Internet;  este medio, ha hecho posible que, tener que desplazarse a la ciudad, para comprar los productos que no podemos adquirir en nuestros pueblos, haya pasado de ser una necesidad, a ser tan solo una opción.

   La Red Informática de Comunicación (Internet), ha hecho posible que, desde cualquier lugar donde vivamos, por muy apartado que esté, casi todo esté a nuestro alcance sin movernos de nuestro domicilio.  Esto, en una ciudad, no es tan importante, ya que allí encontramos tiendas de todo tipo; pero en un pueblo, donde sólo podemos encontrar los artículos básicos para la vida diaria, no deja de ser una maravilla poder comprar lo que queramos, en cualquier lugar del mundo, y que nos lo traigan hasta la puerta de casa.
   Este hecho es estupendo, aunque tiene el inconveniente de que, además de pagar el producto, los gastos de transporte corren de nuestra cuenta ¡cómo no!. 
   La conclusión a la que nos lleva esto, siempre acaba siendo la misma: independientemente de que vivas en el medio rural o en la ciudad, la vida siempre es más fácil cuando tienes dinero.

   En los pueblos, Internet no solo nos ha abierto una puerta al mundo para poder realizar compras on-line; además, ha permitido un cambio radical de la forma en que se relaciona la gente.
  
   Una de las virtudes que conlleva vivir en un lugar pequeño es que, al ser nuestro entorno personal muy limitado, el contacto entre sus habitantes es muy estrecho; como son pocos, todo el mundo se conoce. Es frecuente que un paisano, de cualquier pueblo, se relaciones más con alguien del lugar, aunque viva en el otro extremo del municipio, que un habitante de la ciudad con el vecino de la puerta de al lado.
  Una relación tan estrecha, tiene sus ventajas; cuando ocurre alguna desgracia o hay necesidad de que alguien nos eche una mano, esta ayuda nunca va a faltar ya que los vecinos de los pueblos suelen ser muy solidarios entre ellos; pero esta forma de vivir también lleva aparejados algunos inconvenientes, especialmente en lo relacionado con la vida privada; como se dice vulgarmente, “no hay cena sin factura”.
   En el medio rural, la vida privada es un bien prácticamente inexistente; todo el mundo quiere saberlo todo sobre los demás: su estado de salud, la situación laboral, y, sobre todo, hay una predilección especial en todo relacionado con el amor. No sé por qué, pero en todos los pueblos, sean chicos o grandes, uno de los “deportes” favoritos de la gente consiste en estar pendientes y hablar de las relaciones sentimentales de los vecinos.  
  
   En tiempos pretéritos, cuando alguien era joven y estaba en edad de buscar pareja, era tomado como un hecho normal por la comunidad y, aparte de la curiosidad sobre quién era el/la afortunado/a que pretendía cada uno/a, de ahí no pasaba el asunto; en cambio, cuando uno era ya mozo viejo, o viudo, era habitual que a uno no le dejaban en paz y, con frecuencia, recibía consejos y ofertas de ayuda para encontrar pareja, no siendo raro que escuchara cosas así: ¿Por qué no le dices algo a …?; también, era común que alguien le dijera: “Conozco a una moza en tal pueblo que es muy buena chica; si quieres le hablo de ti y te la presento”. 
   Algún viudo o solterón, también podía recibir la visita de algún bienintencionado/a que le decía: “Mi hermana la soltera, como mis padres ya han muerto, vive sola; ¿qué te parece si hablo con ella y llegáis a un arreglo?”

   Hoy día, escuchar este tipo de conversaciones, seguramente, podría ser motivo de risa; pero antes eran bastante comunes y a los pobres mozo/as viejos/as y viudos/ as - divorciados antes no había ya que el divorcio en nuestro país no se implantó hasta el año 1981- , no les dejaban tranquilos.
  Daba la sensación de que la comunidad estaba “preocupada” porque las necesidades amorosas de los paisanos estuvieran cubiertas y siempre había personas dispuestas a hacer “favores” de este tipo, sin comprender que se estaban metiendo en aspectos personales que solo incumbían a los protagonistas. Estos, por su parte, reaccionaban de distintas formas: A algunos, les parecía bien que intentaran echarles una mano para poder emparejarse; otros, simplemente, no respondían siguiendo literalmente el refrán de “a palabras necias, oídos sordos”, y, por último, también estaban aquellos que despedían con cajas destempladas a aquellos “celestinos/as” impertinentes que, muchas veces, incapaces de organizar sus propias vidas, se empeñaban en arreglar las ajenas.

   Este tipo de actitudes, antes tan comunes en los pueblos, hoy día, ya están superadas; actualmente, soy incapaz de imaginar que a alguna persona adulta se le dirija alguien, recomendándole lo que debe hacer con su vida -la respuesta que iba a llevarse el casamentero, es fácil imaginarla-; sin embargo, en los pueblos sigue habiendo solteros ya entrados en años, viudos, separados y divorciados -ahora sí-, de ambos sexos; muchos de ellos aún siguen abiertos al amor y, cuando deciden buscar “un apaño”, se dan de bruces con la triste realidad, ya que, en estos lugares, la tarea resulta sumamente complicada.  
   Si ya de por sí, en los pueblos, hay pocos habitantes; el “mercado amoroso”, a ciertas edades, es muy reducido, cuando no inexistente; así que encontrar una pareja, que sea del mismo pueblo, es una tarea tremendamente difícil, cuando no imposible.
   Llegados a este punto, algunos, sabiamente, deciden que, si en su pueblo no encuentran la pareja que quieren, y no quieren renunciar a ello, deben buscarla fuera de allí.

   Cuando uno cuenta sus años por decenas, es frecuente que no se sienta demasiado motivado para vestirse con elegancia, ponerse la mejor colonia que tenga  e ir a ligar por ahí, dando lugar a que  le cataloguen de viejo/a  salido/a,  o cosas peores; además; son personas que “tienen prisa” y no pueden, ni quieren, andar perdiendo el tiempo en largos noviazgos de resultado incierto; por ello,  gracias al “anonimato” que les permiten las redes sociales, no tienen reparos en acceder, a través de Internet, a un portal de amistad y expresar sus deseos de forma muy directa, escribiendo algo así:  

   “Chico de 65 años -o más-, busca amistad con mujer de menos de 55. Estoy sano, tengo un aspecto agradable y, económicamente, soy bastante solvente”
    Además del texto, suben una fotografía de cuando eran jóvenes y guapos, y a esperar respuesta

   -Aclaraciones:  a) Ellos siempre las prefieren más jóvenes, y el número de años, de la novia que buscan, depende de lo optimista que sea cada uno, b) El aspecto económico, a estas edades, es fundamental, no engañarse. Si uno no reúne “esa virtud” nunca va a tener éxito- c) Es aconsejable no exagerar demasiado con la foto; aunque pueda estar bien poner una de cuando se era más joven, la de la primera comunión no vale

   Con toda probabilidad, alguien igual de deseoso por emparejarse, responderá al anuncio de amistad y ya tenemos dos novios “virtuales”. 
   Seguramente, quien se muestre receptivo/a al anuncio y responda al mismo, es mayor de lo que afirmaba ser, y, si mostraba alguna foto en la página de contactos de internet, está no estaba actualizada; por ello, al llegar la hora de conocerse en persona, todas las mentiras publicadas van a quedar en evidencia, de ahí que no sea recomendable, al pregonar las bondades de cada uno, exagerar demasiado.
   Hay que tener en cuenta que el amor sólo es ciego cuando somos jóvenes; pero, cuando uno va haciéndose mayor, va recuperando la vista y sólo se cree lo que tiene ante sus ojos. 
   Cuando dos novios “virtuales”, que han contactado por Internet, llegan a conocerse personalmente, puede ocurrir lo de siempre: que se acepten y pasen a ser novios reales, o que no se gusten y, educadamente, “queden sólo como amigos”.

   Esta forma de iniciar una relación, hoy día, es bastante común; hay mucha gente que vive sola y, como las personas somos animales sociales por naturaleza, a través de Internet, no sólo en los pueblos, también en las ciudades, buscan la oportunidad que nunca tuvieron anteriormente; o bien, una segunda oportunidad.
   Esto, en absoluto es criticable;  cada uno es muy dueño de buscar pareja por el medio que sea y le parezca oportuno; si logra establecer una relación agradable es estupendo, aunque, cuando somos mayores, no es nada fácil encontrar al hombre o mujer de tus sueños…es más, si hay que hablar de sueños, más vale estar muy despierto, ya que la mayoría de las personas que se prestan este tipo de relación, a ciertas edades, casi siempre, vienen de vuelta de relaciones anteriores.   

   Esta facilidad que nos proporcionan las redes sociales, para poder relacionarnos desde casa, contrasta, notablemente, con las tremendas dificultades que antes encontraban los mozos viejos y los viudos, en los pueblos pequeños, para emparejarse. De hecho, muchos, aun pretendiéndolo, no lo lograban nunca.
   
   En la intrahistoria de cada lugar, siempre ocurren hechos destacados que afectan a toda la comunidad, y otros menos conocidos que afectan, únicamente, a determinados ámbitos.  
   El hecho que a continuación describo, no sé en cuál de las anteriores categorías habría que situarlo; sin embargo, no tengo duda alguna de que, si en mi pueblo, hubiera un cronista oficial, debería tomar nota de ello para que no se repitiera.

   Hace bastantes años, en Barrueco, hubo una época en la que había muchos solteros. ¡ojo! digo solteros, no solteras; ante este hecho tan fehaciente, yo no encontraba explicación alguna ya  que  veía que las cualidades de los chicos casaderos, de entonces, eran similares a las de los pueblos cercanos.  

   Ser guapo o feo, es algo que viene determinado por la Madre Naturaleza... es cuestión de genética; el clima, el aire y el agua de cada lugar, influyen poco en ello. Aunque para nuestras madres, los de Barrueco éramos los más guapos del mundo -la verdad es que muy imparciales no eran-; lo cierto es que éramos igual de atractivos que la gente de nuestro entorno; así que no veía yo que el asunto de la belleza pudiera ser el origen del problema.
   Además, en lo que respecta a nuestras cualidades personales, yo constataba que éramos igual de brutos que el resto de la gente de la comarca, e igual de ricos -más bien, igual de pobres-, así que, a primera vista, no evidenciaba ningún agente externo que justificara la abundancia de afectos a la soltería que había en el pueblo.  

   Al no existir una causa evidente que, desde un punto de vista científico, pudiera justificar la tremenda desproporción existente entre solteros y solteras que había en el pueblo -mientras que el número de solteras se ajustaba a la media, el índice de solteros era excesivamente alto- empecé a sospechar que estábamos ante un fenómeno sobrenatural que escapaba a mi entendimiento ¿Existía alguna fuerza oculta en el ambiente que impedía a los mozos del pueblo emparejarse debidamente? ¿Acaso se trataba de una maldición divina?
   Si las mozas del lugar, siendo igual de guapas que las de los pueblos vecinos, acababan casi todas casadas, ya fuera con algún eventual nativo, o con forasteros, ¿por qué muchos de nosotros, con el mismo grado de atractivo que los mozos de los pueblos de nuestro entorno, pasaba el tiempo y seguíamos estando solteros y sin compromiso?
   Evidentemente, esto debía tener una justificación, ya fuera normal o paranormal, que era necesario descubrir. Por suerte, un día, por casualidad, tal como ha ocurrido con otros tantos descubrimientos de la humanidad, pudo resolverse ese misterio.  

   Entre los bares del pueblo, había uno que siempre cerraba más tarde que los demás; esto favorecía  que los clientes adictos a visitar estos establecimientos siempre acabaran recalando. a última hora, en el mismo, antes de dar por finalizada la jornada. Esto ocurría a diario, pero era especialmente notorio los fines de semana; como a esas horas, siempre estaban los mismos personajes, en este lugar; aquello podríamos catalogarlo como “el club de los 

noctámbulos”.
  
   Un sábado por la noche, aunque no pertenecíamos a ese selecto club, un amigo y yo nos habíamos entretenido un poco más de lo habitual y, circunstancialmente, estábamos en dicho bar entremezclados con los parroquianos habituales.
   Mi compañero, aquel día, estaba muy contento ya que celebraba su cumpleaños y aún no tenía ganas de irse para casa. Ese era el motivo de que aún estuviéramos en aquel lugar, aquel día a aquella hora.
   En un momento dado, la dueña del bar levantó la voz y nos dijo a todos.

-     ¡Acabad lo que estáis bebiendo e id pagando, porque vamos a cerrar!

Supuse que aquel debía ser el de primer aviso de otros que vendrían a continuación, pues todos siguieron bebiendo y hablando sin hacer caso alguno al requerimiento. En aquel momento, debíamos estar en el establecimiento de doce a quince personas y Silvio, mi acompañante -no es su auténtico nombre- insistió en pagar, ya que era su celebración, y me dijo.

-     Vámonos, no sea que se enfade la *******, que era la dueña del local, salga con la escoba y nos barra los pies. A mí, me da igual; al fin y al cabo, ya estoy casado y no me va a pasar nada, pero a ti, como te barra los pies, no vas a poder casarte nunca.

Las palabras de Silvio me dejaron muy sorprendido. Era la primera noticia que tenía yo sobre este hecho y, además, eso lo explicaba todo. Si según la tradición, cuando una mujer le barre los pies a un hombre soltero, este ya no va a poder casarse;  estaba muy claro lo que estaba ocurriendo allí ¡¡¡esa era la causa de que en el pueblo hubiera tal caterva de solteros!!!.
A la mayoría de los hombres, que había en ese momento en el bar, les habían barrido...no una, sino muchas veces los pies; luego, no cabía la menor duda de que los pobres, sin saberlo, eran víctimas de “La leyenda de la escoba” -olvidaba decir que la mayoría de los allí presentes estaban  solteros-.

Pasado un cuarto de hora, la dueña del negocio, una vez que se aseguró que todos habíamos pagado lo que habíamos bebido,  al ver que la gente se resistía a abandonar el local, dejó su lugar tras la barra y salió al “terreno enemigo”, donde estábamos los clientes. Una vez allí, a modo de segundo aviso, abrió la puerta de la calle de par en par y, a continuación, con mucha energía, empezó a barrer el suelo del local comenzando en el lado de la barra, ¡entre los pies de los clientes!, obligándonos así a alejarnos de la misma y acercarnos a la puerta.
 Haciendo memoria de aquella noche, no estoy totalmente seguro de si la dueña del bar llegó o no a barrerme los pies a mí; aunque sospecho que no llegó a hacerlo. Hace ya muchos años que  deje de estar soltero. 

domingo, 17 de febrero de 2019


Man in the rain


   Los pueblos del oeste salmantino siempre han estado, y siguen estándolo, abandonados por las distintas administraciones, sin importar el régimen político existente en cada momento: monarquía o república, dictadura o democracia…, todos nuestros gobernantes, desde siempre, han debido pensar que somos ciudadanos de segunda categoría, y, por ello, los servicios públicos y estructuras necesarias para poder vivir en condiciones dignas: la luz eléctrica, teléfono, carreteras, ferrocarril, internet, concentraciones parcelarias… , cuando llegaron a estos lares, lo hicieron con importantes retrasos respeto a otras zonas del país.  

   Sólo en una ocasión, el gobierno de turno decidió que fuésemos los primeros en algo -para eso sí se acordaron de nosotros- La línea férrea que cruzaba nuestra comarca, uniendo La Fuente de San Esteban con  Barca d´Alva, fue una de las primeras, en toda España,  en ser suprimida;  concretamente, el 1 de enero de 1985 dejaron de circular los trenes por la misma, porque Renfe había decidido concentrar el empleo de sus recursos en otros lados (estaba a punto de construirse el AVE entre Madrid y Sevilla).
   Es lo que tiene vivir en zonas periféricas, lejos de todo, tanto de la  capital de la provincia, como de la autonómica y la de la nación. 

   Si pretendemos buscar ejemplos de este abandono secular, sobran por todos los lados; uno de éstos, lo constituyen el alcantarillado y pavimentación de las calles de nuestros pueblos.
   En la actualidad, cuando damos un paseo en cualquier municipio de la zona, podemos ver que el suelo de las calles está convenientemente recubierto  con cemento o alquitrán, pero esto no siempre fue así. Mientras que en nuestra comarca, la pavimentación de las calles no empezó a ser una realidad hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX;  en otros lugares de la geografía nacional, regional, e incluso provincial, ésta, ya había sido realizada con bastante anterioridad.
   Una vez que se inició el adecentamiento de las vía públicas, el proceso en ningún caso fue ágil. Era muy común que, en los planes provinciales de obras de la Diputación, cada año saliera aprobado, únicamente, el arreglo de una o  dos calles en cada lugar; tal dejadez, motivó que, en la mayor parte de los casos, pasaran bastantes años hasta que pudo completarse el proceso.
   Aunque tarde, gracias a ello, podemos decir que hoy día, cuando apenas queda gente para deambular por los paseos, plazas y  avenidas de los pueblos, cuando más despoblados están, es cuando mejor pavimentación tienen.

  Antes de que nuestras calles estuvieran debidamente pavimentadas, el piso de las calzadas era de tierra; de modo que, cuando llovía, en algunos sitios, se formaban unos barrizales tremendos que se mantenían, prácticamente, a lo largo de todo el invierno, dando lugar a que, durante largas temporadas, muchas
Unos barrizales tremendos
zonas, en las calles y plazas,  estuvieran prácticamente intransitables debido al barro, así que era muy común que el calzado preferido por la gente, para desplazarse por el pueblo, sobre todo los días de lluvia, fuesen las botas de agua -de caucho y de de caña alta-; las únicas que, a pesar de su incomodidad, permitían a la gente cruzar aquellos lodazales sin mojarse los pies.
   Cada vez que el “dios de la lluvia” lloraba sobre nuestra comarca y los habitantes de cada casa llegábamos a nuestro hogar, tras cruzar aquellos fangales, al franquear la puerta, o incluso antes de hacerlo, nos cambiábamos de calzado para evitar manchar con nuestras pisadas el suelo.  
   A veces, el problema surgía cuando una persona, hombre, mujer o niño, llegaba a algún domicilio ajeno con las susodichas botas llenas de barro. En estos casos,  solía ser considerado/a y permanecía en la puerta de la calle, sin traspasar el umbral de la misma, intentando resolver desde allí el asunto que le hubiera llevado hasta la casa; pero siempre había excepciones, gente descuidada que entraba en los domicilios dejando en el suelo las huellas de sus pisadas, algo que enfadaba mucho a la dueña del lugar, que se veía obligada a fregar el piso, para quitar el rastro que había dejado el inoportuno visitante.

 -Nota antropológica: Antes, era muy común que en el recibidor de las casas, los dueños, como muestra de hospitalidad,  colocasen una placa, casi siempre de cerámica, dirigida a los forasteros, que ponía “Bienvenido”. Se comenta que muchos de estos letreros  fueron retirados un día de lluvia, tras la inoportuna visita de algún hombre o mujer que había dejado manchado el suelo con el barro de la calle, al considerar el ama de la casa que, de allí en adelante, no todo el mundo podía ser bienvenido-

   A comienzos de la década de 1970, en nuestra comarca, todavía había bastantes pueblos cuyas calles aún tenían el piso de tierra; eran unos tiempos en los que la gente que vivía del campo lo hacía en un ambiente donde todo era superlativo: se trabajaba muchísimo y se ganaba poquísimo; por ello, en la mayoría de las familias, los padres, si era factible, querían que los hijos estudiasen  para que buscaran su futuro laboral en profesiones ajenas a la agricultura y ganadería.

   En esa época, en un pueblo de nuestra comarca, vivía una mujer: Dulce Nombre de María (vamos a dejarlo en Dulcenombre) con su marido, tenían tres hijas y la mayor estaba estudiando Filología Inglesa en la Universidad . En aquella época, estudiar esa carrera era una rareza ya que, en los colegios e institutos, casi todos los alumnos estudiaban francés como lengua extranjera -el boom de estudiar  inglés llegaría mucho más adelante-

   Un contemporáneo suyo era Críspulo “el Guapo”. Este hombre, vivía en otro municipio y era un pedigüeño muy conocido por la gente de la comarca.
   Si un indigente es aquella persona que carece de lo necesario para vivir; él, no reunía criterios para ser considerado como tal. Tenía casa en su pueblo, una buena huerta y, también, hacía trabajos eventualmente para el ayuntamiento; además, como era soltero y carecía de cargas familiares,  podemos afirmar que contaba con   medios suficientes para vivir holgadamente.
  Este hombre, había aprendido que se saca más de pedir que de dar y se pasaba el día pidiendo  dinero a los paisanos de la comarca; como no era un indigente al uso, realmente, habría que catalogarlo como un auténtico caradura.
   Hoy día, son multitud las personas, especialmente en las ciudades, que, formando parte del paisaje urbano, se pasan el día pidiendo dinero a los ciudadanos, con cualquier excusa. Ellos los consideran  “una profesión” donde el “material de trabajo” somos nosotros, aunque no jugamos un papel de benefactores -no nos engañemos-, sino de víctimas.
   Críspulo, como ya dominaba “este arte” a la perfección, hace mas de 40 años, podríamos considerarlo un auténtico adelantado del gremio.   

   Es sabido que donde hay gente hay negocio, así que él, con buen criterio “mercantil”, frecuentaba los sitios donde había concentraciones de personas, siendo habitual verle los martes en Vitigudino, ya que era día de mercado;  si había fiesta en un pueblo, a ella nunca faltaba este hombre; cuando se enteraba que tenían lugar, en alguno de los pueblos vecinos, celebraciones particulares: bodas, bautizos, comuniones, e incluso entierros, allí acudía también Críspulo para saludar a los novios, padres, padrinos o  familiares, y, de paso, solicitarles un donativo; mas esto no acababa aquí, ya que su actividad no se reducía a las fiestas y celebraciones. Su “trabajo” lo desarrollaba, de forma continuada, casi todos los días del año.
   Él, usualmente, planificaba su actividad del siguiente modo: como en su pueblo era sobradamente conocido y sus vecinos no le hacían caso alguno, su ámbito de actuación, generalmente, lo desarrollaba en el resto de los pueblos de la comarca -si para las cosas buenas, nadie es “profeta en su tierra”, para estas, que de buenas tienen poco,  menos aún-
   Subía al coche de línea que, procedente de la ciudad, pasaba por su pueblo, y desde allí se  desplazaba a los distintos lugares de la comarca por los que éste realizaba su recorrido;  permanecía unas horas en el municipio que hubiera elegido aquel día, y, cuando el autobús hacía el recorrido de vuelta, lo cogía de nuevo, regresando a su pueblo con la “satisfacción del deber cumplido”. Otras veces hacía auto stop, pero tenía poco éxito ya que los conductores al verle, en vez de parar, aceleraban el coche para perderle de vista lo antes posible.
   El muy pícaro, como era muy vocacional, no perdía tiempo alguno en su labor; así que una vez que subía la autobús, comenzaba allí mismo la faena pidiendo dinero a los viajeros que aquel día habían tenido la mala suerte de viajar con aquel inoportuno compañero de viaje; no se libraba ni el conductor del autobús. Cosa bien distinta es que éste y los viajeros respondieran a sus requerimientos. Es bien conocido por todos que, ante “el vicio de pedir, existe la virtud de no dar”, y, en su camino, encontraba muchos “virtuosos” que se negaban a darle algo a aquel perillán.  

   La buena gente de los pueblos, a pesar de todo, se preocupaba por él y, con frecuencia, le ofrecían alimentos que casi nunca aceptaba, a no ser que fuera mediodía, estuviera en otro pueblo y tuviera hambre en ese momento. En cambio, las invitaciones a tomar vino en los bares, nunca las rechazaba.
  Si es verdad que son necesarias 10.000 horas de trabajo, en cualquier actividad,  para ser considerado un experto en la misma, Críspulo ya hacía tiempo que había sobrepasado la excelencia, ya que eran muchos los años que llevaba dedicado al asunto del petitorio.   
  Era todo un profesional “en su oficio” y, como hacen los altos ejecutivos, administraba perfectamente su tiempo y planificaba muy bien la tarea, de modo que, a la hora de ejercer su labor, seguía unos itinerarios preestablecidos, con el correspondiente calendario de visitas, por los distintos pueblos. En ellos aparecía con una periodicidad determinada: semanal, bisemanal, mensual… y, cuando llegaba a los distintos lugares, incluso ya tenía un recorrido marcado, visitando, únicamente, los domicilios de la gente donde sabía que podía obtener algo.  
   En todos los sitios hay gente generosa, predispuesta a dar limosna, y él, que sabía quienes eran los benefactores de cada lugar, siempre iba a verles -vamos, que no se libraban de su visita- .
   En el polo opuesto está la gente “del puño cerrado”, aquella a la que, por mucho que se le insista, no sueltan ni un céntimo; lógicamente, a las casas de estas personas nunca se acercaba evitando así gastar energía inútilmente; no obstante, como buen “currante” que era,  todo aquel que se cruzara en  la calle con Críspulo “el Guapo”, sin importar el lugar, ni la hora, era susceptible de ser abordado por nuestro personaje.  

  Los días que se acercaba al pueblo de Dulcenombre, a veces pasaba por su casa. El coche de línea  llegaba a ese lugar un poco antes del mediodía y, una vez allí, el hombre procedía a realizar su recorrido habitual. Como el autobús, para regresar a su lugar de origen, tenía que cogerlo a las tres; la hora de la comida, en aquel pueblo, siempre le pillaba en plena “jornada laboral”.
  Dulcenombre, que entraba en la categoría de gente bondadosa, formaba parte de la “cartera de clientes” de Críspulo, así que la casa de esta mujer era uno de los sitios donde sabía que, si pasaba por allí, había altas probabilidades de obtener algo; ella nunca le daba dinero, pero siempre salía con un buen bocadillo para comer aquel día.

  Cuando alguien llega a una casa y encuentra la puerta cerrada, lo correcto es llamar al timbre o al picaporte y esperar a que el dueño/a salga a recibirle; sin embargo, el modus operandi de nuestro sacacuartos, cuando llegaba a un domicilio, no era llamar y esperar como hacemos el resto de los  mortales. Críspulo, como en los pueblos las puerta de las casas, habitualmente, no están cerradas con llave durante el día, empujaba la puerta, entraba sin llamar y, sin pedir permiso alguno, pasaba directamente hasta la cocina.
   Aunque era un auténtico sinvergüenza, él no robaba, todo hay que decirlo; pero los sustos que les daba a las mujeres, cuando entraba de esta forma en sus casas, eran bastante considerables.
 
   Nuestro pedigüeño, durante el invierno, habitualmente, calzaba las consabidas botas de agua para poder caminar por las calles embarradas; vestía unos pantalones de pana muy gastados que tuvieron sus mejores tiempos quizá una década atrás; se cubría con un grueso chaquetón que originalmente no debió ser suyo sino de alguien más alto, producto de alguna donación, ya que le quedaba fatal (era tan largo que le llegaba hasta las rodillas); siempe iba con barba de varios días y tapaba su cabeza con una gorra campera, gastadísima, calada hasta las orejas.
   Era el prototipo del desaliño, cosa que a él le traía sin cuidado y que le había valido el apodo de “el Guapo”.
  
   Un día, Críspulo fue a realizar su “tarea” al pueblo de Dulcenombre; había estado lloviendo los días previos, y aquella mañana seguía cayendo una lluvia fina sobre los campos y casas, purificando el ambiente.
   En aquella época, sólo unas pocas calles del pueblo estaban debidamente pavimentadas, así que el resto de ellas, como no lo estaban, con la lluvia estaban muy embarradas
  -Se dice que cuando llueve, los puercos se lavan y los hombres se empuercan, una expresión que, seguramente, debió orrurírsele a alguien un día de lluvia en medio de un barrizal-.
   Para él, los días de lluvia no eran el mejor escenario para “trabajar” ya que las calles estaban poco transitadas y apenas encontraba “clientes” en ellas. El plan establecido, en estos casos, consistía en refugiarse en los bares y, cuando dejaba de llover, se daba una vuelta por “las casas de confianza” donde sabía que siempre le daban algo.
  
   Eran las navidades y la hija mayor de Dulcenombre, la universitaria, estaba en el pueblo de vacaciones; se encontraba en una salita de la casa con sus hermanas pequeñas; estaba estudiando  inglés y, en un momento dado, a través de la ventana, vio pasar a Críspulo calle arriba.
  Como estaba lloviznando -los comarcanos decimos pingoteando-, y apenas andaba nadie por la vía pública, le hizo gracia ver a aquel hombre que, a pesar de la lluvia, sin paraguas ni chubasquero, había decidido ir a su pueblo aquel día, paseándo por la calle.
  Al verle pasar, frente a su casa, les dijo a las hermanas:
-     Mirad: “Man in the rain”.
-     ¿Eso qué significa? . Preguntaron sus dos hermanas, muy interesadas en los conocimientos de inglés de la primogénita -La frase les había sonado muy poética, y no concebían qué tipo de belleza había podido apreciar su hermana mayor en Críspulo “el Guapo”-.
-     Significa “Un hombre en la lluvia” -contestó la hermana- .

Apenas había transcurrido media hora, cuando Críspulo, tras haber visitado otros domicilios, llegó a la puerta de su casa y, siguiendo su costumbre, sin llamar, la empujó, abriéndola y entrando directamente, a través del pasillo, hasta la cocina; donde Dulcenombre estaba acabando de hacer la comida del día.
 Entonces, desde la salita en la que se encontraban, oyeron cómo su madre, muy enfadada, se dirigía al pedigüeño en estos términos.

-     ¡¡¡Vamos a ver, Críspulo!!!, ¡Esta mañana, ya he fregado el pasillo dos veces! ¡Como está lloviendo,  no “se me da secado”! ¡Y ahora vienes tú,  con esas botas llenas de barro, y me has puesto todo el pasillo perdido! ¡Esto es el colmo! ¡Mira!, como se te ocurra volver a entrar en esta casa sin llamar, aunque sea verano ¿eh? , en vez de darte un bocadillo, lo que te voy a dar son unos escobazos. ¡Será sinvergüenza este hombre!. ¡Encima que viene a pedir, mira cómo me lo ha puesto todo! ¡Ahora, otra vez que me toca volver a fregar el pasillo!

   Críspulo, permaneció imperturbable ante las palabras de la mujer; los largos años que llevaba en “el oficio” le habían hecho adquirir una gran autodisciplina mental y no se asustaba por cualquier cosa; de modo que, las amenazas por parte de la dueña de la casa, de recibir unos escobazos por haber llenado de barro, con sus pisadas, el suelo del corredor, le dejaron indiferente. Él no veía que eso fuera razón suficiente para irse sin más, así que le dijo a Dulcenombre:

-  ¿Por qué no me das algo para el coche de línea?, es que no tengo dinero para volver a mi pueblo.  
-  ¡¡¡Pues te vas caminando!!! Respondió Dulcenombre, que estabe enojadísima. Tengo a mis pobres hijas en la salita, sin dejarlas salir, hasta que se seque el pasillo, y ahora vienes tú, me lo llenas todo de barro y encima quieres que te de dinero…¡esto es inaudito!.
   ¡Lárgate!, que estoy muy enfadada y hoy no voy a darte nada. Tu no eres un necesitado, lo que eres es un sinvergüenza que te aprovechas de la buena voluntad de la gente…de lo tontos que somos los demás.

   Críspulo comprendió que el nivel de enfado, que aquel día tenía Dulcenombre, era excesivamente alto como para esperar recibir nada, así que inició la retirada y dirigió sus pasos hacia la puerta.   
 Las hijas, mientras tanto, al escuchar las voces de la madre, se habían asomado al pasillo para ver si ésta necesitaba ayuda de algún tipo, y Críspulo, al verlas, se puso muy contento y las saludó.

-       Que chicas tan guapas.  ¿Por qué no me dais un beso?
  
   A estas alturas, a Dulcenombre, una mujer que, haciendo honor a su nombre, habitualemnte era muy dulce, ya no le quedaba dulzura alguna y eso fue lo que colmó su paciencia. ¡¡¿Aquel sinvergüenza queriendo que sus hijas le dieran un beso?!! Enarboló la escoba y se dirigió hacia Críspulo con intención de atizarle con ella.

-       ¡Ni se te ocurra tocar a mis hijas!. Avisó la madre, enfurecida.

      Si aquel hombre no se resignaba a salir de la casa sin que le dieran algo, iba a salirse con
  la suya…aunque un escobazo no era, precisamente, lo que él pretendía llevarse.
   El pedigüeño, al ver que la amenaza de la mujer iba en serio, salió de la casa a toda prisa entre la risotadas de las chicas. Entonces la hija mayor, la estudiante de Filología Inglesa, dijo:

-  ¡Madre,! Eres una auténtica superwoman

(“Man in the rain”, es una canción, compuesta por Mike Oldfield, un músico inglés, que alcanzó un gran éxito a finales de la década de  1990. Confieso que, cada vez que la oigo, a quien recuerdo no es a su autor sino a Crispulo, con sus botas de goma, en invierno, recorriendo las calles de mi pueblo, ya que ese hombre y “la Superwoman” son -fueron- personajes reales)