lunes, 29 de junio de 2026

Amores extraños III

 


   Afirmar que el agua es un elemento fundamental para la vida, es algo tan obvio como decir que es bueno respirar; de ahí que, desde la más remota antigüedad, los humanos nos hayamos visto obligados a vivir en lugares donde el acceso a la misma fuese relativamente fácil.   

 Si hiciésemos un recorrido por toda la geografía peninsular y este incluyera todas las capitales de provincia, podríamos apreciar que todas ellas, excepto una, se encuentran situadas al lado de un río, algo que no obedece a la casualidad, sino a la necesidad de que la población pudiera tener el agua a mano.

  Por cierto, y esto va para los curiosos, si alguien desea saber cuál es la única capital de provincia que no está a la vera de un río, es Cáceres.

  Con los pueblos ocurre lo mismo que con las ciudades de modo que, cuando no están situados al lado de un río como aquellas, se encuentran ubicados en lugares donde hay una o varias fuentes naturales que proporcionaron en su día, a la población, agua para beber, asearse, abrevar el ganado, regar las plantas…

  Hoy día, el acceso al agua es muy sencillo, pues tan solo abriendo un grifo en nuestras casas tenemos agua limpia y potable a nuestra disposición. Este hecho, tener agua corriente en las casas, en nuestra comarca, es posible no hace tanto tiempo ya que fue en la segunda mitad del siglo XX cuando comenzaron a realizarse obras de abastecimiento y conducción del agua hasta nuestros domicilios, un hecho que supuso un hito importantísimo en la vida de nuestros padres y de nosotros mismos (cuando digo nosotros mismos, me estoy refiriendo solo a los más viejos… claro está).

  Actualmente, gracias a las tuberías, depósitos, estaciones de bombeo…, es posible llevar el agua a gran distancia; de hecho, el agua que utilizamos en nuestras casas viene desde la Presa de Almendra que no está ahí al lado precisamente. Gracias a ello, el hecho de que cualquier pueblo o ciudad esté más cercano a alejado de los ríos y fuentes, hace tiempo que dejó de ser un hecho tan trascendental como antes sucedía.

  Sin embargo, no debemos olvidar que una de las razones fundamentales de que los pueblos y ciudades, se encuentren localizados donde están, fue porque los primeros habitantes… los fundadores, eligieron lugares situados cerca de ríos, arroyos o fuentes para poder tener fácil acceso al líquido elemento, una forma algo cursi que a veces es empleada para llamar al agua (por qué será que la cerveza, que es tan líquida como el agua, todos la llamamos simplemente cerveza).

  La conclusión a la que quiero llegar, tras esta larga introducción, es que Barrueco está donde está, porque cuenta con unas fuentes cercanas que proporcionaban el agua suficiente a nuestros antepasados para beber, aunque supongo que alguno, además de beberla, también se aseaba con ella.

   En nuestro pueblo, en su término municipal, hay muchas fuentes, dando algunas de ellas nombre a los parajes donde se localizan como Fuente Cubierta, Fuente Losa, Fuente de la Sartén, Fuente Luenga, Fuente de la Toza, Fuente del Palacio, Fuente Elvira …, , pero hoy me voy a centrar únicamente en las que están en el propio pueblo o en las inmediaciones del mismo.

  Hace dos veranos (2024) estuve unos días en el pueblo y, como durante la época estival el agua del grifo prefiero no beberla, pregunté a un vecino si él la bebía, respondiendo que acostumbraba a hacer lo mismo que yo, afirmando que en verano no bebía agua del grifo porque, aunque fuera potable, no le gustaba el sabor (aunque por definición el agua es incolora, inodora e insípida, a veces la del grifo no cumple ninguna de esas tres propiedades). Además, me sugirió que, si quería beber un agua de calidad, hiciese lo mismo que él, ya que iba a la Fuente con una o dos garrafas y la cogía del caño.

  Cuando le pregunté a qué fuente se refería, me miró con incredulidad diciéndome que le parecía mentira que alguien como yo, con ocho apellidos vascos de Barrueco, no supiera cual era la Fuente, así que tuve que aclararle que, de mis posibles ochos apellidos barroqueños, solo tenía seis, porque uno procedía de Vilvestre y otro de Becedas, un pueblo de Ávila, de modo que, al no ser nativo al 100% como él, estaba exento de saber a qué fuente se refería, ya que en el pueblo había varias.

 Algunas de estas fuentes, en realidad, han desaparecido o perdido su función original, como La Fuentona, que estaba situada al lado del antiguo instituto, la Fuente de la Arena, la Fuente del Tirobarra que estaba en la plaza, en ella, hace años se hizo un sondeo y el Pozo de la Ollera que estaba y continua estándolo en la Zaranda (posiblemente falte alguna más).

  De todas las anteriores me habló el vecino, así como de aquellas que siguen “en activo” proporcionando aún una magnífica agua para beber, como el pilar del Manzanar, el pilar de La Fontanina o la que era y es considerada la Fuente por antonomasia, que era a la que él se refería y me estaba recomendando:

 - Vas al valle Cardadal, o a la Alameda... como prefieras llamarlo, y una vez pasado el Barrio Nuevo,           nada más salir del pueblo, tan solo unos metros más allá de donde está el almacén de piensos de             Miguel Delgado, a la derecha del camino, allí tienes la Fuente.

  Según lo estaba explicando mi vecino, enseguida recordé a qué fuente se refería. Seguramente, debido a que tan solo tengo seis apellidos barroqueños y no ocho, unido a que aquello me pillaba lejos de casa, se me había olvidado que allí había una fuente a la que aún sigue acudiendo gente a surtirse de agua para beber.

La Fuente 

  Tras nuestra conversación sobre geografía hídrica local, cogí una garrafa vacía y en el coche me acerqué hasta allí; mientas hacía el trayecto iba pensando que nuestros antepasados, cada vez que iban a aquella fuente a coger agua, no lo hacían en coche como yo; unos iban en el coche de San Fernando “ese que cuando no haces el trayecto corriendo lo haces andando”, otros llevaban los cántaros en un carretillo y los más “avanzados tecnológicamente“ llevaban un burro al que le colocaban sobre el lomo una especie de alforjas de mimbre –unas aguaderas- donde llevaban unos cántaros de barro cocido, habitualmente cuatro, dos a cada lado, equilibrando de este modo el peso.

  Era media mañana; cuando llegué a la altura de la fuente paré el coche bajando del mismo con mi garrafa, me acerqué a la misma y en uno de los poyos de piedra de la propia fuente, que hicieron en la misma cuando la remodelaron, encontré un hombre sentado frente al caño, pero no tenía recipiente alguno, así que fue fácil deducir que no había ido a por agua como yo.

  Como en el pueblo con conocemos casi todos, nos saludamos, me dijo que todas las mañanas pasaba por allí paseando, y que una de sus rutinas era pasar por la fuente para beber agua sentándose después un rato para ver como caía el agua del caño y escuchar el sonido del agua.

Y escuchar el sonido del agua

  Aquello me pareció bastante poético, le dije que me gustaba aquella costumbre suya de beber, mirar y escuchar el sonido del agua, e iniciamos una charla sobre cómo antiguamente se las arreglaba la gente para poder disponer de ella en sus casas, especialmente durante aquellos veranos excesivamente secos, cuando escaseaba.

  Actualmente, no son muchas las personas que va hasta allí a coger agua, pero en tiempo de nuestros antepasados, había un continuo tránsito de gente desde el pueblo hasta la fuente. Entonces no existía el Barrio Nuevo, siendo el lugar donde está ubicado un valle.

  Mi acompañante me explicó que a la fuente acudía gente de todas las edades; los niños a menudo eran enviados por los padres con botijos y barriles; algunas mujeres llevaban dos cántaros, uno en la cabeza y otro en el cuadril en un alarde de fortaleza y equilibrio y, cuando recordé a nuestro paisano, voy a llamarle EEE que los más afortunados eran aquellos que disponían de burro y aguaderas, al oír esto último asintió mientras una sonrisa cruzaba su cara, sonrisa que al final desembocó en una carcajada.

  Una vez oí decir a un payaso, un payaso auténtico… de los de circo, de los otros existimos muchos, que “la risa es la gasolina del alma” y tenía razón. Cuando alguien ríe, es signo de que es feliz, al menos en ese instante, así que permanecí a su lado en silencio pensando que tendría sus razones para reír de aquel modo y que, ya me explicaría la causa, cuando se calmara un poco, como así sucedió.

 - Me río –continuó diciendo-  porque estoy recordando que, por culpa del burro y las aguaderas, a mi abuelo le sucedió aquí, en esta fuente, algo gracioso que acabó convirtiéndose en un escándalo del que no te puedes hacer una idea. Fue algo comentadísimo en todo el pueblo y al final tuvo un desenlace inesperado.

  Aquello prometía ser interesante y no dudé en pedirle que me contara el suceso relacionado con su abuelo.

  - ¡Verás! Comenzó a contar. Mi abuelo tenía un nombre muy raro; antes la gente tenía muchos hijos, a los primeros empezaban poniéndoles el nombre de los padres, después el de los abuelos y, cuando se agotaban los nombres de la familia, a veces acababan poniéndoles el del santo del día en que nacían; de ahí que algunos, si tenían mala suerte, acababan teniendo unos nombres rarísimos.

 Mi abuelo nació el día de San Alpino, no Albino… ese es otro, y ese fue el motivo por el que se llamaba así.

   Eran seis hermanos, él era el más pequeño y, cuando sucedió lo que te voy a contar, era ya un mozo. Era verano como ahora, un día vino a por agua con el burro y las aguaderas y coincidió que, en aquel momento, había una chica más o menos de su misma edad, que también había venido a por agua.

  La chica era bastante guapa y se llamaba Caya como su padre; este se llamaba Cayo evidentemente, pero no tenía hijos varones, solo hembras, y por eso a ella le habían puesto ese nombre tan poco habitual para una mujer.

  La familia de ella tenía una burra para venir a por agua, la había traído para dicho menester, la había atado por el rabero para que no se alejara y cuando llegó mi abuelo, que entonces era un chico joven, evidentemente, estaba llenando los cántaros, coincidiendo que, en aquellos momentos, era la única usuaria de la fuente.

 A él le gustaba mucho la chica ya de antes y, al verla allí sola llenando sus cántaros, se puso muy contento porque así podía hablar ella. Al coincidir que estaban solos, debió pensar que era su día de suerte ya que la ocasión era ideal para cortejarla.

  Se emocionó demasiado, bajó del burro a toda prisa y se le olvidó atarlo, como había hecho ella con su burra, acercándose a la chica que, como ya te he dicho anteriormente, estaba al lado del caño llenando los cántaros.

  Se saludaron, él empezó a echarla piropos diciendo que estaba muy guapa y cosas así, y ella lo mandó a la mierda –palabras textuales de mi abuelo- respondiéndole que dejara de decir tonterías y que vigilara a su burro, ya que se había acercado a la parte trasera de la burra y, muy inquieto, empezó a olerla por detrás (vamos, que el burro estaba igual de emocionado que Alpino con la burra y, salvando las distancias, por el mismo motivo).

  Resulta que la burra de Caya estaba en celo y el burro de mi abuelo; cuando hablo del burro en este caso me estoy refiriendo al burro…burro, no es que mi abuelo fuese un burro, aunque muy fino tampoco es que fuera.

   ¡Bueno!, pues cuando el burro de mi abuelo Alpino notó que la burra estaba en celo, se puso como loco.

    Él, haciendo caso a la chica, se acercó al animal arreándole unos estacazos con un palo que traía, para que se apartara de la burra, y el pobre animal, ante unos argumentos tan convincentes, se alejó un poco de “su enamorada”.

  Alpino, pensando que la situación estaba controlada, volvió a lo suyo acercándose nuevamente a Caya y su burro, cuyo instinto era muy fuerte, a pesar de los palos que se había ganado, hizo lo mismo de  mod que, a la par que rebuznada de forma estruendosa, volvió a acercarse a la burra colocándose a la altura de sus ancas.

- ¡Llévate ese burro de ahí hasta que me vaya, que va a acabar rompiendo algún cántaro! Avisó Caya

  Ella tenía sus cántaros al pie de la fuente para llenarlos, pero los de Alpino aún estaban en las aguaderas sobre el burro, pues debido a la prisas por estar al lado de ella, no los había bajado aún.

Aguaderas. Museosdesobrarle.com

- ¡La culpa es de tu burra que está en celo!

  Respondió bromeando, y, para continuar con la chanza, siguió diciendo:

- Además, yo, si fuera el burro, haría lo mismo.

Caya, sin poder disimular su fastidio, le dirigió una mirada que hubiera hecho temblar al más valiente y por su mente debieron pasar media docena de insultos de grueso calibre para decírselos, pero, en aquellos tiempos, como no estaba bien visto que una chica dijera palabrotas, al final se conformó con exclamar: 

- ¡No me explico cómo puede haber alguien tan tonto como tú!

  Pero él ni se inmutó al escucharla; aquella chica le gustaba mucho y, aún enfadada, la encontraba guapísima así que el hecho de que le insultase le era indiferente.

  En ese momento, el burro volvió a rebuznar ruidosamente, pudieron ver cómo guiándose por un impulso irrefrenable había sacado su “propia estaca” -lo anterior solo es una metáfora, como comprenderéis, lo que el burro había sacado era otra cosa que es lo que os estáis imaginando- y estaba intentando subirse a la arte trasera de la burra con aguaderas y cantaros incluidos, cayendo dos de ellos al suelo que, al ser de barro, naturalmente, se rompieron.

  Alpino, atónito, permaneció inmóvil sin saber qué hacer ante lo que estaba pasando y entonces Caya, enfadadísima, al ver la inoperancia del chico, muy resuelta, le quitó el palo que llevaba en la mano y dijo:

- ¡A quien prefieres que le dé un estacazo para que tu burro deje en paz a mi burra, a ti… a él…o a             los dos!

  Reímos EEE y yo al llegar a este punto de su relato y comenté al convecino:

 - Supongo que te acordarás a menudo de todo esto, cuando vienes a la fuente.

-  Efectivamente, lo recuerdo muchas veces, me hace mucha gracia y, hasta siento cierta nostalgia               pensando en mi abuelo; él murió hace muchos años. A veces pienso que aquí, en este mismo lugar          donde estamos ahora tú y yo, hace ya más de cien años, cuando él era un jovenzuelo y estaba en la          edad del pavo, sentía atracción por el otro sexo y en las tonterías que haría cuando intentaba ligar.

 - Eso ocurría entonces y ahora. Respondí. Estoy seguro que, tú, en su día, también harías alguna que otra tontería.

  - ¡Alguna dices! Si te soy sincero, debo reconocer que bastantes.

  - ¡Supongo que este episodio que le ocurrió a tu abuelo con Caya, te lo contaría él.

  Mi interlocutor, me miró muy sonriente, permaneciendo en silencio unos instantes antes de responder e intuí que, a todo aquello que había contado, aún faltaba alguna puntualización que hacer y no me confundí, pues continuó diciendo:

 - Eso a él no le gustaba contarlo porque le daba vergüenza recordarlo. Fue mi abuela la que nos lo              contó a los nietos y más       de una vez ¿Sabes cómo se llamaba mi abuela...?  Caya.

- ¡No me digas! ¿Entonces al final Alpino, tu abuelo, logró conquistar a caya y se casaron?

- Sí, pero pasaron muchas cosas antes de eso sucediera. Una de ellas fue un escándalo tremendo que          estuvo corriendo "de boca en boca" por todo el pueblo. Si no tienes mucha prisa, y quieres, te lo cuento.

 Como ya dije antes, era una agradable mañana de verano; la temperatura a aquellas horas magnífica; había ido a la fuente a llenar una garrafa de agua; me había encontrado con un paisano al que le gustaba compartir sus recuerdos, estábamos sentados los dos viendo correr el agua del caño y, lo mejor de todo, era totalmente dueño de mi tiempo para seguir oyendo a EEE.¡Por supuesto que deseaba seguir escuchando las vicisitudes de Caya y Alpino y con escándalo incluido...faltaría más!

 

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