El conflicto entre
Lucrecia y Fabián comenzó un día de primeros de junio; él era electricista y a
la vez jefe de su empresa, un negocio que tan solo contaba con un empleado…él
mismo; luego, si jefe y empleado eran la
misma persona, es fácil deducir que estamos ante un autónomo ¡ un héroe para
los tiempos que corren !
Si Leónidas, el rey espartano, precisó morir en
la batalla de las Termópilas con sus trescientos guerreros, para ser considerado
un héroe; en la España actual, para serlo, le hubiera bastado montar un pequeño negocio y
luchar todos los días para mantenerlo.
Fabián
había ido a la ciudad a comprar material para una instalación eléctrica que
estaba haciendo en una casa y, como era el único productor de la empresa, siempre
que iba procuraba arreglar todos sus asuntos por la mañana para regresar al
pueblo a mediodía, comer con la familia e incorporarse a su actividad laboral
por la tarde, para no perder totalmente la jornada, ya que el día que no
trabajaba, "la empresa" no generaba ingresos.
Aquel
día, además de comprar material para su trabajo, a pesar de que aún faltaban algo más de dos meses para la “la media veda” , quería pasar por una armería a comprar
cartuchos.
Lucrecia se extrañó enormemente cuando a la
una del mediodía recibió una llamada telefónica suya para informarla que no le
esperara para comer, siendo muy parco en sus explicaciones
- Ha surgido “un
imprevisto”, pero no te preocupes que no pasa nada...todo va bien. Dijo
él. Te llamo para decirte que me quedo a comer aquí y vuelvo por la tarde.
Una vez
dicho lo anterior, cortó la llamada sin tan siquiera despedirse y sin dar tiempo
alguno a su mujer a reaccionar, dejándola muy sorprendida. Aquello era algo
inhabitual en él ya que siempre era muy cumplidor con su trabajo y aquella tarde iba a faltar al mismo.
Además, Lucrecia apreció una contradicción y eso creó aún
más desconfianza en ella. Si había surgido un imprevisto que le impedía volver al pueblo hasta la tarde, era imposible que todo estuviera tan bien como afirmaba; así que pensó que algo bastante serio debía haber sucedido.
Claro que aquello no iba a quedarse así; no
estaba dispuesta a esperar hasta que él regresara, para saber
lo ocurrido. Cogió su teléfono móvil y ahora fue ella quien le llamó.
Cuando respondió el marido, Lucrecia oyó a través del
teléfono hablar a varias personas y reír a una mujer.
-
¡Dime! Contestó Fabián sorprendido, ya que
no esperaba la llamada.
-
¡ Eres tú quien tiene que decirme ! ¿Dónde estás? Ese ruido es propio de un bar ¿Es ahí donde te ha surgido el imprevisto?
Él
permaneció un momento callado y al fin respondió:
-
¡Verás!, lo que pasa es que no me ha dado tiempo a comprarlo todo y aún queda
algo pendiente para esta tarde. La verdad es que con la prisa, no te he explicado nada.
- ¿Qué prisa tienes, si acabas de decir que hasta la tarde no vuelves?
Fabián, si pensaba que podía darle largas a
la esposa, estaba apañado. Entonces, Lucrecia volvió a oír nuevamente, con toda
claridad, una risa de mujer a través del teléfono y eso ya consiguió enfadarla
del todo. Cuando él se dispuso contestarla, comprobó que había cortado la
comunicación, siendo ahora él quien volvió a llamarla dos veces seguidas sin éxito, ya que ella no le
contestaba, fue en la tercera ocasión cuando al fin Lucrecia respondió
- ¡Lucrecia!, es muy largo de
explicar, pero si vas a quedar más tranquila por lo que me ha pasado, te lo cuento
todo...pero si no tiene importancia.
- Solo dime una cosa.
Respondió ella. ¿Con quien estás y quién es esa mujer que tanto se ríe? ¿El
imprevisto es ella?
Fabián, al escucharla, cayó
en la cuenta de que, o lo aclaraba todo, o se había metido en un buen lío.
- ¡De ningún modo! No estoy con ninguna
mujer, solo estoy con un amigo; se llama Teodosio y lo he conocido esta mañana.
Estamos en un bar y en la mesa de al lado hay un grupo de mujeres que hablan y
se ríen…qué quieres que yo le haga. ¡ Espera un momento !
Lucrecia oyó que hablaba con alguien y a
continuación se puso un hombre al teléfono.
- ¡Hola! Me llamo
Teodosio y soy yo quien está con Fabián. Cree que usted piensa que está con
una mujer y eso no es así, quédese tranquila porque estamos los dos solos. A
nuestra edad, aunque quisiéramos, no nos iba a hacer caso ninguna…ya somos demasiado viejos. Lo que sucede es que a mí me gusta mucho la caza, igual que a él, y cuando se juntan dos cazadores, ya se sabe…
Una vez aclarado el asunto, Lucrecia se
tranquilizó; volvió a coger el teléfono Fabián, hablaron un poco y se
despidieron hasta la tarde.
El imprevisto que había tenido Fabián era que
había coincidido en la armería con Teodosio, un hombre tan apasionado como él
por la caza; se habían puesto a hablar de la afición que compartían,
simpatizaron rápidamente y, aunque ambos
afirmaban tener prisa, una vez salieron juntos de la armería, decidieron ir a
tomar algo a un bar cercano para seguir hablando un poco más de la
actividad que a ambos les apasionaba.
Cuando
dos cazadores impenitentes, se ponen a hablar de caza, a veces se
olvidan del resto del mundo como a ellos les sucedió y hablaron de todos los
aspectos relacionados con la caza: piezas a cazar, cotos, armas, ropa, perros…
Al llegar al asunto de los perros, Fabián
comentó al compañero lo sucedido con Titán, su antiguo perro, fallecido por “muerte
natural” -si a un perro le disparan, el
disparo es certero y muere, eso también puede catalogarse como muerte natural ¿no os parece?- indicándole que estaba
pensando en adquirir otro perro, pidiendo
consejo al compañero para ver cual le
aconsejaba, con tan buena suerte que, Teodosio, además de cazador, era un
experto en perros.
A
aquellas alturas de la conversación, ya se habían olvidado de la prisa que
afirmaban tener ambos al salir de la armería.
-
Creo que te iría muy bien un “ Perdiguero de Burgos”.
-
Si es un perdiguero, será muy bueno para las perdices, pero yo quiero un perro
que valga para todo… para “pelo y pluma”, como el pobre Titán. Respondió
Fabián.
-
Se llaman perdigueros porque es el nombre de la raza y eso puede confundir a
cualquiera; son especialmente buenos para las perdices, pero también tienen un
comportamiento magnífico cazando conejos… eso te lo garantizo yo. Es el tipo de
perro que tengo ahora y estoy muy satisfecho.
Tengo una perra fabulosa que es de pura raza
y lo tengo documentado; te voy a dar una buena noticia, puedo ofrecerte un auténtico “Perdiguero de
Burgos” ya que hace tres semanas ha tenido una camada de seis cachorros. Solo me
quedaban dos, así que puedes hacerte una idea de lo demandados que están; cuando
se ha enterado la gente que mi perra ha tenido crías, me los han “quitado de
las manos” y eso que no son baratos. Si quieres te vendo uno y, aunque acabamos
de conocernos, te lo dejo a un “precio de amigo”.
“Me ha venido Dios a ver”, esa expresión tan
popular, que antes se decía cuando alguien recibía una buena noticia o un bien, fue
lo que debió pensar Fabián al oírle. Necesitaba un perro y el
destino, que a veces es muy caprichoso,
había querido que conociera a Teodosio, un hombre tan enamorado de la caza como
él; tenía una perra de pura raza; había parido hacia pocas semanas y encima
estaba dispuesto a venderle un cachorro a buen precio.
Tener una afición desmedida por algo, sea la
caza o cualquier otra actividad, es algo poco recomendable. Aristóteles decía
que “en el término medio está la virtud” y ellos, en cuestiones relacionadas
con la caza, lejos de encontrarse en el medio, se hallaban en el extremo; prueba
de ello era que llevaban más de dos horas hablando del tema totalmente ajenos a todo
lo demás.
Era ya mediodía, Fabián aún no había ido al
almacén donde compraba el material eléctrico y por eso había llamado a Lucrecia
diciéndole que no le esperase para comer, mientras que Teodosio, que era de
otro pueblo, al echársele el tiempo encima, también se vio obligado a llamar a
su mujer para decirle que, por “causas mayores”, no podía ir a comer aquel día
con ella.
Cuando
Fabián llegó al pueblo aquella tarde y entró en casa, llevaba en la mano una
bandeja, con una docena de pasteles, que había comprado para Lucrecia; algo que a ella le extrañó bastante porque era
algo inusual en él.
Si a una mujer el marido nunca le regala
flores y un día, inesperadamente, se presenta con un ramo de ellas, el hecho, lejos
de agradarle, suele ser motivo de alarma y lo habitual es que en vez de agradecerlo, pregunte: - ¡Que faena has
hecho hoy!
Algo así sucedió con Lucrecia al ver a Fabián
entregándole los pasteles, con la mejor de las sonrisas.
- ¡Esto a qué se debe! Preguntó.
- Me he acordado de ti y
por eso te he traído unos pasteles… como nunca te traigo nada.
- ¡Ese es el problema…ese!,
nunca traes nada y hoy te presentas con unos pasteles ¡Qué es lo que ha pasado!
- No ha pasado nada.
Simplemente, que he comprado una cosa para mí y por eso he comprado otra cosa
para ti.
- Ya me parecía a mí que
algo pasaba. En vez de volver a mediodía, llamas... dices que ha surgido un
imprevisto... que no vienes a comer y encima me haces hablar con un hombre a
quien no conozco. Explícame qué imprevisto has tenido y a que viene tanto
secretismo.
- Ha sucedido algo muy
bueno y vengo muy contento. Fui a la armería a por cartuchos, allí conocí a
Teodosio, que es un tío muy majo, hablamos un poco, fuimos a tomar algo a un
bar siendo allí donde estábamos cuando hablamos por el móvil; le conté que ahora estaba sin
perro y, casualidades de la vida, resulta que tiene una “Perdiguera de
Burgos” de pura raza que ha tenido crías hace pocas semanas. Estoy muy contento
porque ha hecho el favor de venderme un cachorro a muy buen precio.
- ¡Entonces eso ha sido
lo que ha pasado…un perro! Ese ha sido el motivo por el que, en vez de volver a
mediodía como pensabas, apareces en casa a media tarde. Ni que hubieras ido a buscarlo a Burgos.
-
No mujer, no es eso. Es que la raza del perro es esa, "Perdiguero de Burgos”.
Solo fuimos a la finca de Teodosio... a su pueblo, porque que es allí donde tiene los perros. Ahora
mismo traigo el cachorrito, ya verás lo bonito que es, lo tengo en el maletero
del coche y debe estar asustado.
A Lucrecia, las explicación del marido justificando
el retraso, tratándose de algo relacionado con la caza no le extraño en
absoluto. Fabián fue a la cochera y volvió con un cachorro en sus brazos.
- Mira que bonito es. A
que te gusta.
-
Es bonito...como todos los cachorros. Asintió Lucrecia, acariciando al perrito
que la miraba con desconfianza, ya que acababa de ser separado de la madre.
¿Cuánto te ha costado? Espero que no haya sido mucho. Titán no te
costó nada, recuerda que te lo regalaron.
-
¡Ya!, pero es que no era de raza, este en cambio sí lo es y no es lo mismo.
Ella, al oírle, miró con desconfianza al
marido; eran muchos los años que llevaban casados y, a aquellas alturas del matrimonio, le conocía perfectamente. Si hubiera sido barato, estaba segura que le
hubiera respondido diciéndole la cifra que había pagado, pero el hecho de no
hacerlo y, en vez de ello, valorar tanto "la mercancía" la puso en alerta.
-
¡Mira! Siempre habéis dicho tanto Lucas como tú, que Titán era buenísimo para
cazar y no sabíais ni de que raza era, así que déjate de tonterías. ¡Quiero saber cuánto has
pagado por el perro! Se va a casar nuestra hija dentro de un mes y medio, nuestra cuenta corriente más vacía no puede estar y ahora al señor cazador se le ha
antojado comprar un perro que sospecho que no es nada barato.
- Estos perros valen bastante...son de pura raza, pero Teodosio aún no me ha cobrado nada,
así que quédate tranquila.
-
¡Explícame eso bien, porque no lo entiendo! Acabas de decir que es un perro de raza y
que vale mucho. Si vas a decirme que te lo han regalado, eso no me lo creo.
El segundo intento de Lucrecia, para saber el
precio del cachorro, tampoco había obtenido sus frutos y eso la había enfadado
bastante.
- Espero que no hayas
hecho un disparate. Siguió diciendo ¿Quieres que te recuerde cuantas escopetas has
comprado durante el tiempo que llevamos casados? Si no recuerdo mal, llevas
cinco... la última el año pasado; en cambio, mi hermano sigue cazando con la de siempre...la que le compró mi padre cuando era casi un muchacho, y no creo que tu caces
cinco veces más que él.
- No he hecho ningún
disparate…no te pongas así. Como es un cachorro, Teodosio me lo ha dejado fiado porque
aún no sabe cazar; el perro tiene el instinto pero hay que enseñarle. Estos
perros, ya adultos, pueden llegar a valer hasta 800 euros, pero
a mí, como aún no sabe cazar y voy a enseñarle yo, me lo ha dejado sólo en 500 y repito que no he pagado nada. Hemos llegado al acuerdo de que, cuando acabe la
temporada de caza, si estoy conforme con el perro, será entonces cuando se lo
pague y, si no lo estoy, se lo devuelvo.
- ¡Quinientos euros por
un perro...!, con la que se nos viene ahora encima, con la boda de Marta. Exclamó ella al oírle.
Lucrecia tuvo que sentarse para poder digerir la noticia, aunque inmediatamente
se recuperó del susto, se puso en pie y le dijo una serie de palabras al marido que no son aptas para espíritus sensibles, dando comienzo, a partir de ese momento, una
temporada de hostilidad hacía Fabián que duró varios días.
Las últimas palabras que intercambiaron, antes
de estar varios días sin hablarse, fueron las siguientes:
- Vamos a gastarnos casi
todo el dinero que tenemos en la boda de nuestra hija y has sido capaz de gastarte
quinientos euros en un perro, cuando el otro que tenías no te había costado ni
un euro. Y supongo que encima pretenderás que lo cuide
yo.
-
Del perro me voy a ocupar yo para todo, tú no tienes que hacer
nada. Hay que cuidar mucho la alimentación, no podemos darle las sobras de la
comida como hacíamos con el otro ¡no ves que es un perro de raza!, además, tengo que enseñarle a cazar. ¿Te
parece bien que le llamemos también Titán?
- ¡Llámale como te de la
gana! Yo le voy a llamar “Ganga”, porque menuda ganga te has traído para
casa.
La
tormenta poco a poco fue amainando y al cabo de una semana ya reinaba la paz en aquella casa; todas
las tardes, cuando Fabián acababa su trabajo, cogía la bicicleta y salía con el perro llevándolo al campo, dando largos paseos para que estuviera en forma.
Al llegar octubre, el perro estaba
plenamente desarrollado y entrenado para ser un buen “perro de muestra” y su
dueño estaba encantado con el mismo, plenamente seguro de que, el nuevo Titán,
les iba a proporcionar, a Lucas y a él, unas jornadas de caza memorables.
Si todos los años Fabián estaba impaciente porque se levantara la veda para cazar, ese año lo estaba más aún; llevaba varios meses entrenando
al perro y había llegado la hora de recoger el fruto por todo el trabajo
realizado con Titán II.
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El primer día hábil para cazar, aún no había
amanecido y ya estaba Lucas llamando a la puerta. Él, que ya llevaba un buen
rato levantado y con todo a punto para salir, le abrió, fueron a por el perro y muy contentos salieron al
campo a disfrutar de los primeros lances cinegéticos de la temporada. Era el
debut del nuevo perro, las expectativas eran inmejorables, el clima era excelente,
no hacía frío ni llovía, y se las prometían muy felices…no podía fallar nada.
Lucrecia,
una vez levantada, tras desayunar, estaba sola en casa sabiendo que no iba
volver a ver a Fabián hasta la noche; se encontraba sentada en la salita con un
libro sobre la mesa, comenzó a leerlo y, apenas llevaba enfrascada en la
lectura diez minutos, oyó que alguien abría la puerta de la calle, desde fuera, y entraba en la casa.
Muy extrañada, ya que no esperaba a nadie y el
marido hasta la noche no tenía previsto regresar, se levantó de la mesa,
abandonando la lectura del libro; salió al pasillo a comprobar quien había
entrado sin llamar y se llevó una enorme sorpresa al ver que era Fabián.
En los treinta y cinco años de matrimonio, con
sus correspondientes temporadas de caza, era la primera vez que volvía del campo tan pronto.
Solo tuvo que ver su cara, totalmente desencajada, para adivinar que algo serio
había sucedido.
- ¡¡ Que ha ocurrido !! Preguntó alarmada.
Él, por toda respuesta, se acercó a ella
abrazándola fuertemente y eso sí que la preocupó. Ellos ya no se abrazaban
nunca; así que ya no le quedó duda alguna de que algo grave había ocurrido y, si había
salido a cazar, lo lógico era que se tratara de un accidente de caza.
El
presentimiento de que algo malo había pasado se convirtió en certeza cuando
Fabián, sin poder contenerse, comenzó a llorar sobre su hombro. Un hombretón como él, poco dado a las emociones, que no lloraba nunca, era la segunda vez que lo hacía sobre su hombro con pocos meses de intervalo.
Ella le abrazó
también esperando que se calmara un poco y pudiera contarle lo sucedido, siendo
entonces cuando recapacitó y se temió lo peor.
Si Fabián
y Lucas siempre salían juntos a cazar y solo había vuelto él… De pronto, un
terrible pensamiento acudió a su mente y casi le dio miedo preguntar.
- ¿ Ha ocurrido algún accidente con la escopeta ?
- Sí. Respondió él. No llevaba puesto el
seguro, al saltar una pared se me ha disparado y…
Hubo un intervalo de silencio por parte da
Fabián, incapaz de articular palabra antes de seguir, por lo afectado que estaba, y al final logró decir:
- Lo he matado...se me
disparó al escopeta sin querer y lo he matado. ¡Por qué ha tenido que pasarme
esto a mí!
Lucrecia,
que era mujer muy racional y con una autodisciplina mental envidiable, al
escuchar a Fabián, por poco se desmaya de la impresión. Se le aceleró el corazón,
sintió un nudo tremendo en la garganta debido a la angustia que la embargaba y
no pudo reprimir las lágrimas acompañando a Fabián en su llanto.
Si
antes había sido él quien había buscado amparo en ella, abrazándola; ahora ella también
se abrazó a él con el mismo fin. Permanecieron así, en silencio, un buen rato y ella acertó a decir:
- Tendremos que avisar a la guardia civil y al médico.
Él, que ya estaba más tranquilo que a su llegada, al oírla, se separó de ella mirándola extrañado y preguntó:
- ¡Para que!
- ¡¡¡Cómo que para qué!!!
Respondió Lucrecia, casi gritando. ¡¡Has perdido el juicio... o qué te
pasa!! ¡Quieres, dejar a mi hermano tirado en la mitad del campo!
Fabián, se quedó perplejo al oírla y comprendió el malentendido:
- Tu hermano está perfectamente. A quien he matado ha sido al perro. A Lucas le he pedido que coja una pala y lo entierre, me da mucha pena y
no quiero que lo coman los buitres. ¡ Desde luego... !, vaya año que llevo con los
perros - Siguió lamentándose - , hace unos meses tengo que deshacerme, con mucho
sentimiento, de uno... por viejo, y ahora, después de llevar meses adiestrando a
otro, el primer día que lo llevo a cazar, me lo cargo de un disparo.
Lucrecia, al saber que la víctima del
accidente había sido el perro, sintió un alivio inmenso. El corazón recuperó su
ritmo normal y su estado de ánimo se normalizó inmediatamente, tras el enorme sobresalto que
se había llevado.
- ¡Mira! Si ha sido el perro... Dios le ampare. No sé por qué te pones así. Cuando has dicho que lo habías matado y me has abrazado de ese modo, pensé que te referías a Lucas. Encima, te pones a llorar como un tonto ¿Tanto cariño le habías cogido en tan poco tiempo?
-
Cariño le tenía, pero no he llorado por eso, sino de rabia ¡No sabes el disgusto que tengo! Es la primera vez que tengo
un perro de raza; llevo entrenándolo varios meses empleando infinidad de horas en ello, hasta le he comprado alimentos especiales para perros, algo que nunca hice con Titán, y, una vez que está todo a punto, el primer día que lo llevo
a cazar, apenas llevábamos una hora de recorrido resulta que me lo cargo de un disparo. Ahora sí que tengo que pagarle a Teodosio los quinientos euros; aunque quisiera, ya no puedo devolvérselo.
Lucrecia, tras el enorme susto que acababa de llevarse, una vez supo que la víctima del disparo había sido Titan II y no Lucas, consideró que si para el marido aquello era una auténtica tragedia, para ella no lo era tanto y que la vida debía seguir su curso, diciendo a Fabián:
- Te recuerdo que hoy es “mi día de
soltera”. Después de misa, me voy con las amigas por ahí. Comeremos fuera y
hasta la tarde no volvemos. Esto es lo que conlleva ser la mujer de un cazador
como tú.