domingo, 5 de agosto de 2018

El terror de las huertas




   Los burros, asnos o pollinos, son animales domésticos que, desde la antigüedad,  han sido utilizados por el hombre en todo tipo de actividades: para trabajar (tirar del carro,  trillar, arar…); con un fin lúdico (ir a comer la merienda al campo, a la fiesta de algún pueblo vecino...), o como medio de transporte para ir de uno a otro pueblo o a la ciudad - igual que sucede actualmente con los coches, antes también había clases: la gente pudiente iba en caballo y la menos pudiente, en asnos o caminando -; como podemos ver, servían para todo.   Ahora que tanto nos preocupa el cuidado de la Naturaleza, hay que destacar que son unos “vehículos” 100% ecológicos; las continuas subidas de carburantes, a sus dueños, le traen al fresco; no necesitan pasar revisiones en el taller, no precisan hacer la ITV, y, además de no contaminar, producen abono natural.
   A pesar de estas ventajas “tan evidentes”; en la actualidad, apenas vemos
Argolla en la pared
ya, en nuestros pueblos, asnos y caballos, pues ya no son utilizados en  labores agrícolas, ni como medio de transporte para ir al campo; esta última actividad, la realiza la gente en todoterrenos o furgonetas.
   Antes de que llegara la mecanización al campo, en el medio rural, burros, mulos y caballos eran parte del paisaje habitual por ello, en cada casa, en las paredes de las fachadas, era frecuente encontrar argollas fijadas a la pared, para sujetar los raberos de las caballerías (era su lugar de aparcamiento)
  
   Centrándonos en los asnos domésticos; los hay grandes y pequeños, dóciles y broncos, de pelajes claros y oscuros…, pero,  independientemente de su morfología, estos animales siempre han tenido fama de ser torpes y testarudos.
   Todos nosotros, cuando cometemos algún error, es frecuente que nos digan (a unos más que a  otros): ¡pero qué burro eres!, cuando la realidad es que esta fama, muchas veces, es inmerecida. Algunos asnos, presentan rasgos de inteligencia que causan admiración entre sus dueños; al respecto, una vez hablaban dos hombres sobre las excelencias de estos animales y decía uno al otro: 
 - No sé por qué dicen que los burros son torpes, los hay muy inteligentes; es más, yo creo que algunos, incluso son más listos que el dueño.
  Su interlocutor asentía ante la afirmación del amigo, y contestó:
 - ¡Coño! el mío sin ir más lejos (éste hombre, se apresuró tanto en su respuesta, que no debió meditar bien lo que estaba diciendo).

  Bueno, pues esto sucedió en Barruecopardo, a mediados del siglo pasado; en esa época, el ganado equino aún era muy abundante en los pueblos, apenas había llegado la mecanización al campo, y, al contrario que ahora, rara era la casa donde no tuvieran uno o un par de asnos como animales de trabajo.
  Había una familia que tenía una burra muy fuerte, se desenvolvía bien en el trabajo y, además, era bastante dócil: la dueña la llevaba a buscar agua a la fuente, con las aguaderas, y nunca había roto un cántaro, aceptaba de buen grado que los niños se subieran a ella… El caso es que el dueño estaba muy satisfecho con ella; pero, como en esta vida no hay nada perfecto, también tenía un lado oscuro y, en sus ratos libres, tenía iniciativas propias que se salían de lo común.
   Al animal no le gustaba estar solo de modo que, cuando su amo la dejaba en algún lugar, aunque estuviera sujeta, había aprendido a desprenderse de la cabezada y volver al pueblo, al domicilio del dueño, dejándolo tirado, en el campo, en más de una ocasión. Esta habilidad asnal, había obligado al amo del animal a ingeniárselas para buscar nuevos métodos que permitieran un  reajuste en la cabezada, hasta que encontró uno con el que pudo de evitar que volviera a desprenderse de ella.
   Cuando el dueño pensó que ya tenía dominada la situación, un día volvió con la burra al campo, la dejó atada a la rama de un árbol, se alejó de allí un tiempo para hacer sus tareas y, cuando volvió, observó que no estaba; lo había vuelto a hacer… se había largado de allí tras roer la rama del árbol a la que estaba sujeta. Con el consiguiente enfado, el amo del animal tuvo que volver caminando a casa.
   En otra ocasión, volvió el dueño con el animal al campo y, para evitar que se fugase nuevamente, venía provisto de una buena cuerda, atando con ella uno de los extremos a una pata del animal a la vez que pasaba el otro cabo de la cuerda alrededor del tronco de  un roble; así sujeta, se fue a hacer las tareas con la certeza de que esta vez iba a ser imposible que se largara la burra ya que, por mucho que mordiera el tronco, no iba a poder escaparse de allí; pero, a las dos horas, cuando volvió a recogerla, se llevó una sorpresa mayúscula al comprobar que había vuelto a fugarse, en este caso, rompiendo la propia cuerda mediante mordiscos.
    La burra escapista, sólo realizaba estas “hazañas” cuando el amo la dejaba sola; estando presente, aunque estuviera suelta, no se alejaba de él, de modo que procuraba siempre tenerla cerca, a la vista y así es como iba soslayando el problema, para evitar que volviera a dejarle tirado.
   (El que a uno le deje plantado la novia, no tiene gracia alguna, pero tiene un pase…te buscas otra y ya está, ¡pero que lo haga tu burra!)

   Un día Clodoveo, así se llamaba el dueño del animal, fue con ella a la huerta; el acceso a la misma era a través de un valle, tenía una portera con una puerta de madera para entrar, que estaba bastante vieja, y le fue imposible abrirla; para evitar romperla, decidió crear un portillo en la pared
Pared de piedra granítica
retirando unas cuantas piedras y entró en la huerta a través de él, dejando a la burra en el valle, tras cerrar el portillo que había hecho, para evitar que entrara el animal.
   Era verano, la huerta presentaba un aspecto espléndido, y el hombre se puso a trabajar regando las plantas y quitando malas hierbas; estaba enfrascado en la tarea y, en un momento dado, al levantar la vista de los surcos, se llevó una gran sorpresa. El animal se encontraba dentro de la huerta y estaba comiéndose una lechuga, cosa que le enfadó mucho.
   El portillo de la pared, que él había hecho, retirando unas piedras, y que después había vuelto a rehacer, estaba abierto con las piedras caídas en el suelo, y por él había entrado el animal en la huerta. ¡Vaya con la burra!, no se conformaba con la hierba seca del valle y allí la tenía amenazando con comerse las plantas recién regadas.   
   La sacó de allí a cajas destempladas, para evitar que hiciera estropicios en la huerta, a través del portillo que estaba caído, y no dejaba de preguntarse si las piedras se habían caído solas, porque habían quedado mal colocadas, o había sido la burra quien las había empujado, tras haberle visto a él hacerlo anteriormente; esta segunda opción, automáticamente, la descartó. Consideró que era imposible que un asno, por muy listo que sea, fuera capaz de aprender esas cosas.

   En las relaciones humanas, se dice de forma metafórica que “uno recoge lo que siembra”; cuando esto lo llevamos al mundo real y uno tiene una huerta, como sucedía con Clodoveo, no hay metáfora que valga, eso es literal, uno recoge lo que ha sembrado previamente, y si quiere que la cosecha sea buena, tiene que esmerarse en cuidar la huerta, así que una de sus labores diarias, en aquella época del año, consistía en ir a la huerta a regar y a mimar sus patatas, melones, sandías, lechugas,  hortalizas,  frutales…
   Al día siguiente, cuando volvió a la huerta con su burra, iba prevenido con herramientas para abrir la vieja puerta de madera y, una vez que lo consiguió, entró en la huerta y cerró la puerta, dejando a la burra en el valle, ya que tenerla dentro de la huerta, por razones obvias, no era muy recomendable.
   Llevaba un buen rato trabajando sobre los surcos y,  de pronto, oyó un ruido a sus espaldas; al volverse pudo ver que el portillo de la pared, que había hecho el día anterior para poder entrar, y había reconstruido al irse, estaba caído, y, en ese momento, la burra, muy contenta, estaba entrando en la huerta a través del mismo.
   Clodoveo sólo había oído el ruido de las piedras de la pared al caer al suelo y no había visto lo ocurrido, pero estaba totalmente convencido de que había sido el animal, quien las había empujado desde el exterior. Era, junto con lo ocurrido el día anterior, ya la segunda vez que se caía el portillo de piedra y no creía que fuese una casualidad.
 -  Cuando cuente lo sucedido, no me van a creer, se decía a sí mismo; algo que pudo comprobar cuando regresó a casa. Le comentó a la familia lo ocurrido, y al decirles que la burra era muy lista, ya que había aprendido a caer las piedras de la pared para hacer portillos y entrar en la huerta, no le hicieron caso alguno, pensando que era una ocurrencia suya.

   En esa época, en los veranos, aún se trillaba en las eras y, al final del día, muchas veces,  se soltaba el ganado en los valles donde pasaban la noche; lugares donde coincidían caballerías de distintos dueños.
  Una mañana, en una huerta que tenía su entrada desde uno de estos valles, un vecino sorprendió, en el interior de la misma, a un grupo de caballos, mulos y burros; entre ellos se encontraba la burra de Clodoveo. Durante la noche, de forma inexplicable, en el muro de piedra que separaba la huerta del valle, se había caído un trozo de la pared creándose un portillo y, a través de él, habían penetrado las   caballerías en su interior, dándose un banquete de cuidado con los productos de la huerta.
   El paisano dio parte al guarda jurado, éste recogió a los equinos okupas y los encerró en el Corral del Concejo y; después, evaluó con el dueño de la huerta los daños, para pasarle la factura a los amos de los animales (el guarda jurado es un oficio ya desaparecido; se trataba de un hombre que contrataba la Hermandad de Labradores,  una entidad existente en los pueblos, cuyo fin era vigilar que todas las actividades del campo se desarrollaran con normalidad: vigilaban que los animales respetaran los cultivos como era el caso, que se respetaran las Hojas,  limpiaban y cuidan las fuentes y pilares..).
   Clodoveo, que resultó ser uno de los afectados, estaba totalmente seguro de que lo sucedido aquella noche, la caída de un trozo de pared, en aquella huerta, y la entrada del ganado en la misma,  no había sido accidental, sino que era consecuencia de las habilidades  de su burra; ésta, habría decidido invitar a sus colegas a comer productos frescos de la huerta y había caído las piedras para hacer el portillo; pero como nadie había visto la acción, tendría que seguir con sus suposiciones.
   Pagó la parte que le correspondió por los daños causados y decidió olvidar el asunto; aunque, en su fuero interno, estaba totalmente convencido de que esto no iba acabar aquí (Siempre se ha dicho que el primer pecado es el que más cuesta. Si cometes uno, ya tienes que confesarte, así que ya puestos a ello, ya da igual hacerlo por uno que por una docena… y la burra ya era reincidente).
   Sus temores se confirmaron a los pocos días pues una noche, una banda de ganado caballar y asnal que estaba pastando en un valle, entró en otra huerta a través de un portillo que “alguien” había hecho derribando unas cuantas piedras de la pared, con el agravante de que esta vez se trataba de su huerta.
   El guarda jurado fue a comunicarle lo ocurrido, y también le informó que entre los equinos delincuentes se encontraba su burra, cosa que Clodoveo ya daba por sentado.
   Fueron el guarda y él a la huerta a evaluar los daños ocasionados por la razzia equina nocturna y, al comprobar que estos no habían sido excesivos, declinó reclamar indemnización al resto de los dueños del ganado, ante la extrañeza del guarda. Estaba plenamente convencido de que la inductora, del ataque a la huerta, era precisamente su burra; a estas alturas, toda una experta en derribar con el hocico piedras de las paredes; aunque no quiso decirle al guarda el motivo de la negativa a que le indemnizaran los dueños de los otros animales, a quienes su burra, muy hospitalaria ella, había invitado a catar delicatessen de la huerta de su dueño.
   Clodoveo pasó el resto del día muy enfadado por lo ocurrido y, a la vez, preocupado; no tenía pruebas concluyentes de que su burra fuera la causante de crear portillos en las paredes de piedra y, encima, invitara a los colegas a darse un festín en las huertas, pero estaba totalmente seguro de ello.
Pensaba que debía actuar con prontitud, si quería evitar que el animal dejara de ser el terror de las huertas, y tomó la decisión de deshacerse de ella.
   Lo que estaba claro es que no podía vendérsela a alguien del pueblo, la burra conocía todo el término y de poco valdría que cambiara sólo de dueño.  
   Habló con un amigo de Vilvestre, un pueblo vecino, por si conocía a alguien que quisiera comprar una burra joven, sana y fornida (las otras virtudes se las calló) y antes de una semana el animal había cambiado de dueño y se había convertido en vilvestrano.
 
   Clodoveo, una vez que vendió la burra delincuente, por fin consiguió volver a dormir tranquilo por las noches, libre de pesadillas; pero, a pesar de todo, el hecho de haber tenido una burra tan peculiar les había marcado bastante y tanto a él, como al resto de la familia, se preguntaban cómo le iría al nuevo dueño con ella.
   Espero que le vaya bien, pensaba Clodoveo, algo arrepentido por no haberle explicado, al nuevo amo, las “cualidades ocultas del animal”; pero ya se sabe…si alguien quiere vender algo, su misión es nombrar las virtudes y alabarlo; quien tiene que buscar los defectos, para intentar bajar el precio, es la parte contraria, el comprador, y él, en este caso, era el vendedor.

     Habrían pasado unas dos semanas y una mañana, al salir de casa para ir al campo, a iniciar las tareas del día, tuvo un encuentro inesperado: ante la puerta de la casa estaba su burra con albarda, pero sin la cabezada; se la había quitado y, una vez libre, había decidido darse una vuelta, desde el pueblo vecino, e ir a saludar a su antiguo dueño.  
   Clodoveo, no es que la echase de menos, pero en el fondo se alegró al verla. Conociendo sus habilidades como escapista, no le extrañó en absoluto verla allí, mirándole y dándole los buenos días. Después, supo que su nuevo dueño había ido aquel día cerca del término de Barrueco, ella debió haber reconocido el terreno y, al dejarla sola, atada a algún lado; ésta, tras haberse soltado la cabezada, una nadería para ella, había decidió ir a dar un vuelta a su antigua casa. 
   Al rato, apareció su dueño preocupado por la burra perdida; no sabía si ésta había tirado hacia Vilvestre o hacia su antiguo pueblo, había decidió iniciar la búsqueda en el segundo lugar y se puso muy contento cuando la vio a la puerta de Clodoveo; éste, le hizo pasar a su casa, donde le invitó a tomar algo y aprovechó para aleccionarle de las virtudes del animal, advirtiéndole también que, como ya había tenido ocasión de comprobar, cuando se quedaba sola no era de fiar.
   Tal como ocurriera en su día, con su familia, cuando Clodoveo le contó “las virtudes” de la burra a su nuevo  dueño, éste tampoco quiso creerle, pues pensaba que lo que estaba oyendo, tratándose de un asno, era algo imposible. 
   No había pasado aún una semana, desde el episodio anterior, y, un día, al atardecer, cuando volvía Clodoveo del campo, al llegar a casa, salió la mujer a abrir la puerta, y le preguntó riendo:
   - ¿A que no sabes quién está en el corral?
   Él, no tuvo duda alguna de quien se trataba; entre otras cosas, porque si te visita una persona en tu casa no la encierras en el corral, así que tenía que ser un animal, y si era un animal sólo podía tratarse de la burra escapista.
   La esposa le informó que se había presentado a media tarde, ante la puerta de la casa, y que ya había telefoneado a Vilvestre para que le dieran el recado al dueño de “aquella joya”.
   Clodoveo estaba harto del asunto de la burra, el hecho de haberla vendido en otro pueblo no parecía haber resuelto el problema y aquella noche volvió a tener pesadillas en las que el actual amo del animal insistía para que se la recomprara porque ya no la quería.
   Al día siguiente, el dueño de la burra pasó a recogerla prometiendo que haría todo lo posible para que no se volviera a escapar ya que él no podía estar continuamente persiguiéndola.
   Pasó un tiempo y Clodoveo no volvió a tener noticias de la burra; a pesar de ello, no podía quitársela del pensamiento ya que eran muchas las peripecias que el jumento le había ocasionado.
   Al llegar el otoño, un día, Clodoveo y su familia fueron a una boda a Vilvestre y aprovecharon el viaje para visitar al dueño de la burra y preguntar por ella. Éste les contó lo siguiente:
-          ¡Pues qué queréis que os diga!, eso no es un asno… es un auténtico demonio. No quise creer lo que me decías de ella, Clodoveo, y debo reconocer que tenías toda la razón. Se suelta cuando le da la gana, da igual que esté atada a la argolla, a un árbol o a donde sea.  Además, un día la llevé a la huerta, se puso a tocar la pared con el hocico y, cuando llegó a un tramo donde las piedras no estaban bien colocadas, las tiró haciendo un portillo y entró dentro. No comió nada porque estaba yo allí y no la dejé.  
-          ¿Entonces viste cómo lo hacía?, preguntó Clodoveo con gran curiosidad. Lo pregunto porque yo sospechaba que lo hacía, pero nunca llegué a verla en plena faena.
-          ¡Claro que la vi!, respondió el de Vilvestre. No sabes con qué facilidad lo hizo; después, lo repitió más veces y en otras huertas que no eran la mía…ni sé las lechugas que se habrá comido, y los portillosde piedra que he tenido que levantar. ¡Cómo va a comer hierba seca y paja, como los demás asnos, si entra en las huertas cuando quiere, y come lo que se le antoja!
      El caso es que ya no vivía tranquilo. Cuando estaba sola, no sabía que trastada podría estar haciendo y acabé vendiéndola. La venta la hice la semana pasada; ¡Y pensar que encima le tuve que decir al tratante que era buenísima! Solo le puse una condición, que tenía que venderla lejos de aquí. ¡Pobre de aquel que la compre!

domingo, 1 de julio de 2018


Historias del contrabando (I)


De contrabando y contrabandistas

   Uno de los fundamentos del comercio, quizá el más importante de todos, consiste en llevar productos desde un lugar donde son abundantes, y por lo tanto baratos, a otro donde escasean  y, consecuentemente, son más caros; cuanto mayor sea la diferencia de precio, entre el punto de origen y el de destino, mas importantes serán las ganancias de los comerciantes.
  Según el ámbito geográfico, donde  se desarrolla el comercio, éste puede ser nacional, cuando el intercambio de productos ocurre entre distintas zonas de un mismo país; o internacional, si tiene lugar entre diferentes países. En este segundo caso,  al llegar a la aduana de un país las mercancías importadas desde el exterior, los funcionarios correspondientes inspeccionan las productos y determinan la cuantía de los impuestos que hay que pagar, los aranceles,  para que éstas puedan ser comercializadas en el país receptor.  Así es como funciona a nivel administrativo, a grandes rasgos, este tipo de comercio.

   Al lado de este comercio internacional, que se ajusta a la legalidad, está el contrabando; una actividad en la que , aunque también hay un intercambio de productos, entre países, es realizada fuera de los canales oficiales;  bien porque las mercancías son ilícitas -el tráfico de drogas, un tema de triste actualidad, no deja de ser contrabando - , o, aún siendo licitas, para evitar pagar en las aduanas los impuestos pertinentes.
  
   El contrabando es un delito muy perseguido por los distintos gobiernos, ya que les priva de recaudar los correspondientes aranceles aduaneros. Hay un conocido eslogan que dice: "No robes, al gobierno no le gusta la competencia", que le viene como anillo al dedo para estas situaciones. 
  En ambos casos, tanto si el comercio es legal como ilegal, las ganancias más sustanciosas del negocio acaban en manos del gobierno o de los contrabandistas, pero nunca en las de los productores, que resultan ser siempre los menos beneficiados en los distintos negocios.

    En el año 1985, España y Portugal pasaron a ser estados miembros de la UE y se incorporaron al espacio común europeo de libre comercio, un hecho que supuso la  desaparición de las aduanas entre ambos países; pero, hasta entonces, en lo referente al comercio, ambos países habían mantenido unos regímenes fiscales distintos, y esto era un campo abonado para el contrabando.
   Las mercancías que se pasaban clandestinamente, de uno a otro país, eran muy diversas y fueron variando a largo del tiempo.

   A comienzos de la década de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial,  el producto estrella, objeto de contrabando, fue el Wolframio: al tratarse de un mineral empleado en la fabricación de armamento, durante esa contienda se convirtió en un bien codiciado por todos los contendientes  subiendo mucho su precio; en España, lo compraban los alemanes, mientras que en Portugal los compradores eran los ingleses.
   El flujo de este contrabando, en la frontera, a lo largo de los años que duró la guerra, no era constante, tuvo lugar en ambas direcciones dependiendo de la cotización  que tenía el wolframio en cada momento. Éste, aunque mantuvo un elevado precio a lo largo de todo el tiempo que  duró esa guerra, hubo épocas en las que valía más en un país que en el otro y, dependiendo de esta circunstancia, cuando los británicos lo pagaban más, eran contrabandistas españoles quienes lo llevaban a Portugal; en cambio, cuando eran los alemanes, en España, quienes mejor lo pagaban, eran contrabandistas portugueses quienes pasaban, clandestinamente, la frontera española para venderlo aquí.

   Posteriormente, aunque, en un sentido estricto, no podemos considerarlo contrabando; a finales de la década de 1960 y comienzos de 1970, nuestra frontera fue testigo del tráfico  de personas.
     Entonces, Portugal aún mantenía sus colonias en África (Angola, Mozambique y Guinea Bisau), en estos territorios habían comenzado su actividad unos movimientos de independencia, integrados por grupos armados, y el gobierno luso procedió, de forma masiva, a reclutar jóvenes para ir a defender sus colonias africanas, ya que no quería desprenderse de ellas.  
   En teoría, los soldados sólo iban a las colonias a cumplir un "pacífico" servicio militar,  pero este podía durar años, y, además, era poco pacífico ya que  en la colonias había un permanente estado de guerra y morían muchos de ellos; por este motivo,  una gran cantidad de jóvenes portugueses optó por abandonar su tierra para evitar ser reclutados.
  Como Portugal sólo tiene frontera con España, aquellos chicos que querían abandonar el país, para evitar ir a las colonias, lo hacían a través de la frontera española; mas éste no era un lugar  seguro para ellos; eran tiempos de dictadura en ambos países, (en España nuestro destino estaba en manos de Franco, mientras que, en el vecino país, lo estaba en las de Salazar, presidente de la república portuguesa), había una gran sincronía entre ambos gobiernos y, cuando alguno de estos jóvenes, que intentaba huir de la guerra colonial, era pillado en España, inmediatamente era detenido y devuelto a Portugal.
  
   Aprovechando la circunstancia, en España surgieron organizaciones que ayudaban a cruzar la frontera  a los jóvenes portugueses que querían evitar ser enviados a las colonias. Estos, eran recogidos en la frontera portuguesa y desde allí eran trasladados hasta Francia, donde ya podían estar seguros de no ser devueltos a su país.
  Esta "ayuda" no era desinteresada y distaba mucho de ser una acción humanitaria; las organizaciones que se dedicaban a esta actividad no eran precisamente ONGs, y cada joven luso tenía que pagar elevadas cantidades de dinero "por el servicio recibido".

    En los dos casos anteriores, el wolframio y el tráfico de personas, el destino final de ambas actividades acababa muy lejos de la frontera;  en el primer caso, el wolframio iba a Inglaterra o Alemania, donde era utilizado para la fabricación de armas; mientras que en el caso de los jóvenes  portugueses, el objetivo consistía en llevarlos más allá de Los Pirineos; luego podríamos catalogarlo como un "contrabando" de largo alcance; pero, además de lo anterior, existía otro tipo de contrabando "más doméstico", cuyo objetivo era,  simplemente, ganar dinero, pasando clandestinamente mercancías de uno a otros país, aprovechando la gran diferencia de precio existente en algunos productos, dependiendo del lado de la frontera en el que fueran vendidos.
   Algunos de los artículos que se vendían en Portugal, llegaban a duplicar, e incluso triplicar, su precio cuando eran vendidos en España.
   Los productos, que despertaban el interés de los contrabandistas, fueron variando a lo largo del tiempo; ocupando el café y el tabaco rubio, durante muchos años, los primeros puestos del escalafón, pues cumplían plenamente los requisitos para realizar contrabando con ellos: eran muy demandados, la diferencia de precio entre ambos países era muy elevada, no eran perecederos y, además, eran fáciles de transportar y almacenar.
  
   Esta diferencia de precio, en muchos artículos, dependiendo del país en el que son vendidos, es lo que ha condicionado que, en los pueblos y ciudades fronterizos, siempre haya habido una gran actividad comercial, como es el caso de Fuentes de Oñoro y Miranda do Douro, por poner unos ejemplos cercanos.

   Hoy día, es común ver, especialmente los sábados, ciudadanos portugueses en los pueblos y ciudades españolas, próximos  a la frontera,  comprando distintos artículos y llenando los depósitos de sus coches de combustible, ya que éste es algo más barato aquí; en cambio, los españoles somos clientes habituales de los mercadillos que se organizan en algunos pueblos portugueses de la Raya; pero, tanto en uno como en otro caso, no hay excesivas diferencias en la disponibilidad, ni en el precio de las cosas entre ambos países, al pertenecer ambos al espacio común europeo.

   En aquellos tiempos, cuando España y Portugal aún no eran integrantes de la Unión Europea, como la diferencia de precios, en algunos productos, era muy significativa entre ambos países, los españoles. con frecuencia, cruzáramos la frontera lusa para comprar, entre otras cosas, café y tabaco rubio, aprovechando que en el país vecino valían mucho menos que aquí; con la salvedad de que, a partir de una determinada cantidad, estaban sujetos al pago del correspondiente arancel.
   En lo que respecta a los productos antes indicados, estaba establecido que cada persona podía volver a España con un kilo de café y un  cartón de tabaco  -10 cajetillas- , sin tener que pagar por ello impuesto alguno. 
Todocoleccion.net

   Recuerdo una anécdota que ocurrió en una fiesta de "El Almendro", en La Fregeneda, un festejo que celebran,  desde la década de 1960, en este pueblo, todos los años, al final del invierno, durante el último fin de semana de febrero, o el primero de marzo. En  sus inicios, ese día, excepcionalmente, se podía pasar a Portugal, a Barca D`Alva, y los españoles aprovechábamos la fiesta para hacer allí compras - la fiesta, cuyo nombre oficial era, y es,  "Fiesta del Almendro en Flor", entre los comarcanos, también era conocida, popularmente, como la "Fiesta del café", pues todo el mundo aprovechaba la misma para pasar a Portugal a comprar este producto- .
   Un año, entre los españoles que acudieron, lo hizo una pareja con su hijo de corta edad, de tan sólo unos meses.
   Cuando regresábamos a España, con lo comprado en Portugal,  había que pasar el control que hacía la Guardia Civil para que nadie pasara con más artículos de los autorizados, y la pareja con el bebé traía  3 kg.  de café  y 3 cartones de tabaco. Pudieron pasar el control sin problema alguno pues el límite autorizado era el correcto (además de los dos adultos, al bebé también tenía derecho a pasar su kilo de café y el tabaco correspondiente).

  Al lado de este comercio transfronterizo, que se ajustaba a la legalidad, existían "emprendedores", gente que pasaba la frontera clandestinamente, lejos de los pasos fronterizos; adquirían en Portugal una buena carga de café o tabaco, y la traían para España donde vendían la mercancía a un precio muy superior al que les había costado a ellos, obteniendo así pingües beneficios. Eran los contrabandistas.
   Salamanca, al ser una de las provincias fronterizas  con Portugal, era zona propicia para realizar contrabando y  esto determinaba que, en casi todos los pueblos de La Raya,  hubiera  puestos de la guardia civil, ya que la Benemérita debía patrullar constantemente la frontera para evitar que aquello fuera un coladero de contrabandistas.

   El contrabando, en la provincia de Salamanca, se desarrolló fundamentalmente en la comarca de Ciudad Rodrigo, (La Raya Seca), ya que, allí, la frontera es un simple hito en el terreno, con pocos obstáculos naturales,  y ello favorecía mucho el trabajo de los  contrabandistas,
   En cambio, en nuestra comarca, la frontera está conformada por los ríos Duero y Águeda (La Raya Húmeda). Ambas corriente fluviales discurren en el fondo de unos profundos cañones, de varios centenares de metros profundidad, en  algunos de sus tramos -a estos accidentes del terreno, los lugareños los conocemos como Arribes-  configurando  unas laderas de gran pendiente.
   A la existencia de estos profundos abismos, que separan ambos países, había que sumar la propia dificultad que suponía la corriente de los ríos, ya que, para pasar de uno a otro país, había que atravesarlos. Todo ello dificultaba, enormemente, la labor de los contrabandistas en nuestra zona; siendo éste el motivo de que 
El Duero Internacional (Raya Húmeda)
 el paso clandestino de mercancías entre ambos países, en nuestra comarca, fuese un hecho poco frecuente; pero,  pesar de todo, en nuestra zona  también hubo gente "muy vocacional" que no desperdiciaba la ocasión de ganar algún dinero.
  Entonces, casi todas las economías familiares eran muy escuetas, se vivía con lo justo para ir tirando, y el dinero extra que podía proporcionar esta actividad venía muy bien a estos aventureros.

   Los artículos, objeto de contrabando, fueron variando con el paso del tiempo; el contrabando de ganado sólo era posible en la Raya Seca, pues en esos pueblos fronterizos la cuestión no pasaba de arrear los animales hasta el otro país, mientras que por aquí, como había que atravesar el río en barca, "trabajar" con el ganado era poco factible; por ello, en nuestra comarca, el contrabando se centró en artículos inanimados, fácilmente transportables. 

   Dentro del gremio de los contrabandistas, había varias categorías: Estaban los "aficionados", aquellos que trabajaban, por su cuenta, con pequeñas cantidades. Se ocupaban de pasar la mercancía y, una vez aquí, ellos mismos, o alguien próximo, se ocupaba de venderla; eran unos auténticos   "artesanos" del oficio, que ejercían la profesión  con el fin de ganar algo de dinero para complementar los ingresos de la economía familiar.
   Paralelamente, a estos minoristas, estaban los "profesionales"; unas organizaciones que movían gran cantidad de mercancía a ambos lados de la frontera, cuyo funcionamiento, salvando las distancias, era similar al de cualquier empresa comercial.
   Al frente, de cada uno de estos consorcios había un jefe único, o varios socios, que eran quienes "hacían la inversión": ponían el dinero para la compra de la mercancía y, al final, recogían las ganancias tras la venta. Bajo su mando se encontraban los demás integrantes de la "empresa", los empleados, a quienes se les pagaba por trabajo realizado -recibían  habitualmente, una comisión que dependía de la cantidad de mercancía que transportaban-. 
   Las organizaciones contaban con proveedores en Portugal, gente que compraba el producto y lo acercaba a la frontera española donde españoles, habitualmente de los pueblos fronterizos, cruzaban La Raya, recogían los fardos y los traían para España.
   Una vez aquí, otros colegas se encargaban de trasladarlos lejos de la frontera, generalmente a la ciudad y a otros lugares, para su distribución y venta. 
    
   Dentro del comercio, conocemos por logística el nexo entre la producción (el origen del producto) y el mercado (el punto de venta del mismo); luego, nuestros paisanos, aquellos que se dedicaban al contrabando; sin saberlo, formaban parte de la logística del proceso.

  Como indiqué anteriormente, aunque por aquí el número de contrabandistas era muy inferior a los existentes en la zona de Ciudad Rodrigo, había gente muy dispuesta a ello pues, a pesar de las grandes dificultades que ofrecía el terreno, y de la guardia civil, que vigilaba continuamente la frontera, no dudaban en dedicarse a "este trabajo".
  En cuanto a su motivación...¿pues cuál iba a ser?: "Don Dinero", esa cosa que , desde el principio de los tiempos, ha sido objeto de deseo por parte de los hombres y mujeres de todas las civilizaciones y épocas, y que hace iguales al rico y al pordiosero, tal  como decía Quevedo.




domingo, 3 de junio de 2018


El patrón de los novios


   
   Dentro del santoral, podemos encontrar más de una docena de Antonios; de ellos, si preguntamos a varias personas que nos indiquen cuáles son los más conocidos, casi todas ellas nombran a San Antonio Abad,  San Antonio de Padua, San Antón y San Antonio de Lisboa; serían algo así como los más famosos -los más VIP - de "Los Toños".
  
   Existe cierta confusión, en este selecto grupo de Antonios, a la hora de ubicarlos y distinguirlos entre sí; especialmente, entre la gente poco experta en santificaciones y beatificaciones, como es mi caso; una confusión que viene determinada, en primer lugar, por su número, ya que, aunque tenemos  cuatro nombres distintos, estos no corresponden, exactamente, a cuatro santos distintos, sino a dos; en segundo lugar, también hay bastante desconocimiento respecto a sus cualidades: uno es el patrón de los animales, otro el de los novios; uno es el antecesor de los  anacoretas, otro es el protagonista de El Milagro de los Pajaritos... pero ¿quién es quién, y cuáles son sus virtudes ?.
  
   Con el fin de aclarar algunos aspectos, sobre la vida y milagro de estos Antonios, decidí investigar un poco el asunto y pude enterarme de lo siguiente:

  Respecto a  San Antonio Abad y San Antón; ambos nombres corresponden al mismo personaje,  siendo San Antón, simplemente, un diminutivo del primero.
  Este santo nació y vivió en Egipto entre los siglos III y IV,  pasó la mayor parte de su vida, como eremita, en la soledad en el desierto, y es el precursor de los anacoretas .
   Su fiesta se celebra el 17 de enero, y es el patrón de los animales (a veces, viendo algunos comportamiento humanos, no me cabe duda alguna que también podría serlo, perfectamente, de muchas personas, aunque tengo serias dudas de que el santo quisiera aceptarlas bajo su tutela).

    En cuanto a San Antonio de Padua y San Antonio de Lisboa, también los dos nombres corresponden a un único santo. 
   Éste fraile franciscano era portugués, ya que nació en Lisboa en 1191, murió en Padua (Italia) el año 1231 y, aunque, generalmente, es conocido como San Antonio de Padua, en algunos lugares también recibe el nombre de San Antonio de Lisboa, siendo éste el motivo de que  algunos piensen que estamos ante dos personajes diferentes.
  Es a él a quien se le atribuye "El Milagro de los Pajaritos", origen de la conocida canción tradicional, que lleva el mismo nombre.
   Su fiesta se celebra el 13 de junio, y  tiene la particularidad de ser el patrón de los novios; por ello, antes, las muchachas solteras, cuando la cosa no iba bien en el plano amoroso, a menudo recurrían a él para pedirle un novio.
  
   En nuestra comarca, si alguien quiere celebrar la fiesta de San Antonio, el de los novios; puede hacerlo en el pueblo de El Milano, ya que es su patrón.
   Una vez allí, si está soltero/a, puede aprovechar el viaje para pedirle un novio/a, al santo (si está divorciado/a, más vale que no pierda el tiempo haciéndole peticiones de este tipo, pues, quien se casa por la iglesia, como lo hace "para siempre", San Antonio no tiene previstas las segundas oportunidades) 


   Esto sucedió una vez en un pueblo -aunque los de El Milano afirman que este hecho no sucedió  allí,  yo no me atrevo a descartarlo- , donde tenían a San Antonio como patrón; consecuentemente, en la iglesia había una imagen del santo y a él acudían con frecuencia las chicas que no tenían novio, a pedirle que les concediera uno.
  
  Un día, Roque, el sacristan, observó que al acabar la misa, tras haber abandonado la gente el templo, una mujer permaneció en el mismo y, tras cercionarse de que estaba sola, se dirigió al santo; algo que llamó mucho su atención, ya que ella estaba casada.
 - ¿Qué le pedirá la Belarmina a San Antonio?, se preguntó extrañado el hombre.


   Él, ya había dejado atrás la juventud y seguía estando soltero; por ello, "ya que jugaba en casa",  tiempos atrás, alguna vez, también había llegado a pedirle al santo que le concediera una novia (aunque San Antonio es el patrón de los novios y siempre son mujeres quienes se dirigen a él para pedirle uno,  por qué no iba a poder él pedirle una novia, si estaba igual de necesitado).
   La verdad es que era bastante feo y no sabemos si por ello, o alguna otra causa, hasta la fecha, el santo había hecho oídos sordos  a su solicitud.
  
   A lo largo de los dos domingos siguientes, el sacristán observó que Belarmina, al acabar  la misa, mientras los feligreses abandonaban el templo, ella permanecía sentada en su banco y, una vez que se cercionaba de estar sola, se situaba ante la imagen de San Antonio y permanecía allí un rato haciéndole sus peticiones.
   Como se trataba de una mujer casada, Roque no comprendía muy bien qué es lo que le pedía al santo de los novios y, al ser tan grande la curiosidad que sentía, decidió investigar el asunto. 
 
  "Casualmente", detrás del altar del santo había un hueco, y el  domingo siguiente se  escondió en él. Desde allí, pudo observar que Belarmina, al acabar la misa, siguió la misma rutina de las veces anteriores, de modo que se acercó a la capilla del santo y oyó que le decía, en voz alta, lo siguiente:

   Bendito seas, San Antonio
   sólo te pido una cosa
   Concédele un buen novio
   a mi hija, la María Rosa.
  
   El sacristán, al oírla, comprendió que el novio que estaba solicitando al santo no era para ella, sino para su hija, y tuvo una idea:
   Él, en su día, ya le había pedido una novia a San Antonio, hasta la fecha  la petición no había tenido éxito alguno y allí había una mujer haciéndole una petición similar a la suya; luego, había dos peticiones "en el aire" que se complementaban perfectamente: alguien quería un novio, y  él quería una novia.
   Con la información privilegiada que tenía, pensó que, si le echaba una mano a San Antonio, el asunto podía tener un  final feliz como en los cuentos (mira por dónde, iba a resultar que el santo, aunque indirectamente, sí hacía milagros)

   El siguiente domingo, Belarmina demostró ser una persona persistente en sus convicciones, y, a la par, muy optimista; llevaba varios domingos pidiéndole a San Antonio un novio para su hija, esta seguía  "in albis" y, a pesar de ello, no cejaba en su empeño; así que, al acabar la misa, una vez más se dirigió a éste para efectuar su petición.
   Cuando acabó de hacerla, el sacristán, que estaba escondido tras la imagen, habló como si lo hiciera San Antonio.

 - ¡El mejor novio que puede haber para tu hija, es Roque, el sacristán!. ¡Dile a María Rosa que cuando se le acerque, lo acepte sin dudarlo un momento!

   La mujer, al principio, se quedó perpleja por las palabras que escuchó; mas, una vez que se recuperó del susto - no todos los día le habla a una un santo -  se puso muy contenta ¡por fin San Antonio había escuchado sus ruegos!
   Al volver a casa, le contó a su hija lo sucedido y, al día siguiente, "por casualidad" el sacristán se acercó a ella y le pidió relaciones, algo que María Rosa  aceptó  sin dudarlo un momento, ya que iba recomendado por el mismísimo San Antonio.

  Al poco tiempo celebraron la boda y, tras unas semanas de convivencia, la recién casada  llegó a la conclusión de que el santo, en esta ocasión, no había estado muy atinado con la recomendación que le había hecho, ya que el sacristán resultó ser un crápula de cuidado:  era muy vago,  se emborrachaba a menudo, la trataba muy mal ...
   (¿Por qué será que durante el noviazgo, tanto el hombre como la mujer, se comportan de un modo casi ejemplar y, una vez casados, cambian tanto, transformándose en unas personas totalmente distintas, con comportamientos que, a veces, dejan mucho que desear?. Este es un misterio que, tras arduas investigaciones antropológicas, aún permanece sin resolver).

   El caso es que María Rosa, que era una mujer muy práctica, llegó a la conclusión de que "no hay peor soledad que una mala compañía", y, a los pocos meses de la boda, ya se habían separado.

   La madre, de la decepcionada esposa, estaba muy enfadada con San Antonio -ni de los santos puede ya fiarse una-  ¿Cómo era posible que le hubiera recomendado para su hija, como marido, a un ser tan ruin como el sacristán?
   Al haber sido ella quien le había pedido al santo, con tanta insistencia, un novio para su hija, se sentía responsable del desgraciado matrimonio de ésta; así que un día, al acabar la misa, como hiciera
Iglesia de El Milano
en las ocasiones anteriores, una vez que la gente abandonó el templo, muy enfadada, se dirigió a la capilla de San Antonio,  se plantó ante la imagen y le dijo:

  Vaya vista que tuviste
  al recomendarme a Roque
  que era muy bueno, dijiste
  y es un auténtico bodoque
   

 
  



miércoles, 2 de mayo de 2018


El hombre callado


   Recientemente, tuve ocasión de conocer a una mujer peruana que reside, con su familia, en un pueblo de Extremadura; dicha población tiene cerca de 2500  habitantes y, como en todos los sitios, allí hay bastantes parados.
  Resulta que, en dicho pueblo, un día surgió una oferta laboral y ninguno de los parados del lugar  quiso aceptar el empleo; en cambio, el marido de esta mujer, que ni siquiera vivía allí, cuando se enteró de tal oferta, aceptó gustoso el trabajo y se trasladó con la familia a vivir a dicho municipio.   
   La conclusión que podemos sacar de ello, es que los desempleados del pueblo estarían parados, pero no necesitados; mientras que el peruano estaba parado y necesitado.
   El trabajo consiste en ser guardés de una finca;  el sueldo es normal, no es bajo; la vivienda es gratis; los gastos de agua y luz corren por cuenta del dueño de la finca, y tiene sus vacaciones reglamentarias. 
   Hasta aquí, todo parece estar correcto; luego, ¿por qué ninguno de los parados del pueblo aceptó el empleo?.  La verdad es que, a ciencia cierta, no lo sé; habría que preguntárselo a todos ellos, uno a uno, para que cada cual cuente su circunstancia; pero, aunque sí que me gustaría averiguar la causa , mi curiosidad no es tanta como para acercarme hasta allí y hacer una encuesta sobre el asunto. 

  Se dice que toda "cena conlleva una factura",  o, dicho de otro modo, que todo asunto tiene una cara buena, y otra menos buena; dependiendo, todo ello, del lugar desde el que se mire o aborde el mismo. En este caso, la cara menos buena de este trabajo, es que su desempeño requiere, como condición indispensable, que el guardés de la finca debe vivir en la misma, a 5 km. del pueblo más próximo.
 
   El paisaje es muy bonito; la pureza del aire que allí se respira es inmejorable; por las mañanas, los componentes de la familia son despertados por los trinos de los  pájaros;  no tienen vecinos molestos...  Una forma tan bucólica de vivir, cuando es para unas horas, o unos días, resulta  muy agradable;  pero, cuando vivir en medio de la dehesa extremeña, alejado de la civilización, se convierte en tu modo de vida habitual,  esto ya no resulta tan el atractivo.   
   Sospecho que ese fue el motivo por el que ninguno de los parados del  pueblo quiso aceptar el empleo; no obstante, la mujer me indicó que ellos ya llevaban viviendo, en la finca, más de dos años,  y que estaban muy contentos.

   En Salamanca, donde también abundan las dehesas, los dueños de las fincas, tal como ocurre con los cortijos o dehesas, en Extremadura y Andalucía, casi todos ellos  viven con su familia en la ciudad, siendo los empleados quienes residen (más bien, residían) en ellas.
  Debido a que trabajar en el campo es poco atractivo, para la mayoría de la gente, no resulta tarea fácil encontrar empleados dispuestos a  vivir en plena dehesa,  alejados del mundanal ruido, como decía el poeta; por ello; dentro de las pocas ofertas laborales  que tenemos en la provincia, no es raro ver anuncios en los que se ofrecen empleos para trabajar en explotaciones ganaderas.

   Esto es algo  que ocurre en la actualidad, pero no siempre fue así; hasta hace unos 30 años, los dueños de las fincas no tenían dificultad alguna para encontrar empleados dispuestos a vivir en el campo. Imagino que entonces debíamos estar más necesitados que ahora y,  por ello, nunca faltaban vaqueros dispuestos a aceptar estas condiciones de trabajo.
   En ocasiones, incluso se consideraban bastante afortunados por poder trabajar allí, en su tierra, sin tener que emigrar fuera de su entorno, desempeñando un empleo que les permitía vivir con bastante desahogo: recibían su sueldo, la casa era gratis y,  además, algunos, hasta podían criar algo de ganado propio.  

   Bueno, pues esto ocurrió en una dehesa salmantina, a comienzos de la década de 1970,  por la zona de Villavieja y Retortillo, ahora tan de actualidad debido a la mina de uranio, cuando los vaqueros y sus familias aún continuaban viviendo en las fincas.
  
   En aquella dehesa, residía un vaquero con su familia y el hombre, como buen charro, era trabajador, honrado y formal.
   Se dice de los salmantinos que, en general, somos poco simpáticos y que no nos gusta hablar demasiado; nuestro vaquero, no sólo se ajustaba al prototipo, lo superaba con creces ya que era de pocas palabras.
   La verdad es que para vivir en el medio del campo, sólo con la familia,  no hace falta ser un dechado de simpatía,  pero es que el hombre medía tanto sus palabras, y hablaba tan poco, que la mujer y los hijos, cuando no estaba presente, bromeaban sobre el asunto y preguntaban ¿dónde está "el hombre callado"?. 
   Es virtud bien sabida que, quien menos habla, menos tonterías dice; mas lo de este hombre era ya exagerado y su mujer tenía que sacarle las palabras casi a la fuerza; ella, por su parte, era muy parlanchina, y hablaba hasta por los codos, como se dice vulgarmente, compensando sobradamente a aquel hombre tan taciturno que el destino le había deparado por compañero  (sería interesante saber cómo habían llegado a relacionarse cuando eran novios; quizá entonces, él, hasta  era simpático y todo. Y es que, de novios, todos parecen buenos, pero luego...).
   Se han realizado estudios sobre la diferencia del lenguaje entre hombres y mujeres indicando alguno de ellos que, al cabo del día, los hombres emplean un promedio de 15.000 palabras,  mientras que las  mujeres utilizan unas 30.000.
    Este hombre, en una jornada normal,  apenas llegaba a las 500, excepto cuando bebía algo de vino; en esas ocasiones, se volvía más dicharachero y mejoraba un poco sus números. .
   
  La comarca donde está la finca, desde el punto de vista eclesiástico, pertenece a la diócesis de Ciudad Rodrigo, y, un domingo, el obispo de esa ciudad iba a ir al pueblo, donde esta ubicada la 
Diocesisciudadrodrigo.org
dehesa, a administrar el Sacramento de la Confirmación a los chicos del lugar y  de las fincas próximas; entre ellos, estaba una de las hijas de este matrimonio.
   - Mira Gaudioso, dijo la mujer al marido, el día antes de la ceremonia. Mañana, como sabrás, viene el obispo al pueblo y va a confirmar a la niña,  así que tendrás que hablar con él.
   - Vale, respondió nuestro paisano. ¿Y qué le digo?
   - ¡Pues qué le vas ha decir! -contestó exasperada la mujer- le dices lo normal... no puedes decirle solo ¡hola! y ya está. Lo único que debes hacer es ser amable con él y decirle lo que os decís siempre los hombres cuando os veis y no os conocéis. 
   La esposa observó con atención al marido, a ver qué contestaba, y vio que, como como siempre, no respondió nada. Poco convencida de que hubiera comprendido  bien, lo que le había dicho, decidió seguir aleccionándole respecto al comportamiento que debía seguir, ante la visita del mitrado:
   - Va a asistir bastante gente y, como el obispo no nos conoce a ninguno,  imagino que nos saludará a todos y  ya está...no creo que se pare a hablar mucho con la gente; así que le saludas, le dices alguna palabra más, y se acabó... es muy muy fácil. Eso sí, lo poco que hables con él, que sea correcto. Le preguntas...pues lo mismo que a tu hermano, cuando hace tiempo que no lo ves, por poner un ejemplo.
  - Vale, vale...lo he entendido - respondió Gaudioso- Tú tranquila. 

   Él, que vivía tan a gusto en la dehesa, con un círculo social tan limitado que se reducía a la familia, al dueño de la finca, cuando les visitaba, y a la gente que veía ocasionalmente, cuando se desplazaba al pueblo; aquella noche durmió muy inquieto por las recomendaciones que le había hecho su mujer: "Debía dirigirse al obispo y ser simpático" ¡Casi nada!. Aquello era algo que se alejaba totalmente de sus hábitos diarios y no estaba muy seguro de poder superar la prueba con solvencia.
   Llegó el domingo y, tras la ceremonia, hubo un convite organizado por los padres de los chicos, que habían sido confirmados,  para festejar el evento y agasajar al obispo.
   En un momento dado, Gaudioso, siguiendo las recomendaciones de su mujer, de ser comunicativo y amable con el obispo; algo nervioso, se acercó hasta él, y haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, acertó a decir:
   - ¿Que tal Sr. obispo? ¿Como está Vd.? ¿Y su señora? ¿Y sus hijos?
    El obispo, muy confuso, no supo qué responder.

(Desconozco la conversación que ambos esposos mantuvieron después, cuando el marido le explicó a la mujer lo simpático y amable que había sido con el obispo, mas cuentan las crónicas, que los gritos de la mujer, a pesar de que la dehesa es muy extensa, llegaron a oírse hasta en las dehesas vecinas)