miércoles, 26 de octubre de 2022

Las Peñas de la Marta

Uno nunca muere del todo, 
vive en la memoria de sus seres queridos (Cicerón) 

   Cuando en nuestro pueblo hablamos de La Moronta, lógicamente, pensamos en uno de los bares más emblemáticos del lugar; el decano, con diferencia, de todos ellos; un punto de encuentro idóneo al que siempre merece la pena ir  para ir a tomar algo, charlar con los paisanos, jugar una partida…, que ha estado, y sigue estándolo, regentado siempre por la misma familia, una gente magnífica, a lo largo de varias generaciones. 

   Pero, además del bar, aún tenemos otra Moronta; en este caso, se trata de un paraje en el campo localizado en un enclave muy estratégico, ya que es el lugar donde se unen los términos municipales de El Milano, Villasbuenas y Barruecopardo. Por allí, antiguamente, incluso había una zona conocida como los Tres Mojones, que correspondía con el lugar exacto donde coincidían los términos de los tres pueblos; allí, con toda seguridad, incluso hubo una época en la que estuvieron clavados en el suelo los susodichos mojones, pero, hoy día, si alguien pretende localizarlos, más vale que no pierda el tiempo porque no va a encontrar mojón alguno, al menos de piedra -de otro tipo, ya no estoy tan seguro- 

   La calidad del terreno, en esta zona, es buena; de modo que, antes, cuando en nuestra comarca aún se sembraban cereales, se dedicaba a la agricultura. Nuestros abuelos, a menudo, al trigo también lo llamaban pan; no en vano, la mayoría del pan se hace de trigo, de ahí que la Moronta y el resto de las superficies dedicadas al cultivo de este cereal, fueran conocidos como “Tierras de Pan Llevar”. 

  Actualmente, todo aquello está cerrado con paredes y alambradas, ya que es utilizado, principalmente, como pastos para el ganado; pero antes eran tierras abiertas y, a través de ellas, había caminos y senderos que comunicaban las mismas con los respectivos pueblos; pudiendo, además, ir de uno a otro pueblo a través de ellos. 

   Al ser una superficie de terreno bastante extensa y pertenecer a tres pueblos; antes, cuando no había paredes entre las parcelas y aún eran tierras abiertas, una de sus particularidades que tenía La Moronta era que el aprovechamiento de las rastrojeras, una vez recogido el cereal, hasta que llegaba la fecha de la siguiente siembra, cada año, sólo lo hacía la gente de uno de los tres pueblos. Para decidir cuál de ellos aprovechaba aquellos pastos, todos los años se hacía una subasta y el pueblo que más alto pujara, era quien lo hacía. El dinero recaudado, obviamente, era repartido entre los dos pueblos que tenían que ceder el terreno al pueblo ganador. 

   El verano pasado, un día salí de paseo en dirección a La Moronta, pero no al bar -allí voy a diario- sino a la otra Moronta, aunque sólo llegué a sus inmediaciones, al valle de las Peñas de la Marta, que linda con aquella, ya que mi objetivo era recorrer este valle. 

   Tiempos atrás, me habían hablado de Marta; una mujer que, por lo visto, era natural de El Milano; estaba casada con un hombre de Barrueco; el matrimonio vivía en nuestro pueblo y el valle tomó el nombre de esta mujer, tras un suceso acaecido en ese lugar.  
  Como a Marta ya la tenía localizada, el propósito del paseo era localizar las susodichas peñas y comprobé que realmente existen. Nuestros antepasados cuando ponían nombre a algo, fuera un paraje u otra cosa, no lo hacían porque sí, siempre tenían algún fundamento. 

   El valle no es muy extenso, pero el suelo es de buena calidad; la superficie del terreno, aunque no es llana, forma una suave pendiente desde la actual carretera hasta la parte baja del valle; recibe un pequeño caudal de agua, un regato, procedente de terrenos situados más al norte, tras atravesar la actual carretera por el Pontónevidentemente, el nombre este paraje indica que en tiempos pasados allí había un pontón para atravesar el regato-, y en la parte baja del valle hay un pilar. A pesar de la sequía del verano pasado, su caño aún mantenía un caudal aceptable el día que pasé por allí, aunque estoy seguro que, en fechas posteriores, como el resto de los pilares, dejó de correr. Allí mismo, muy próximas al pilar, pude localizar las peñas que buscaba. 

   Todos los años, a comienzos de octubre, empezamos a ver en los escaparates de los bazares chinos artículos propios de la celebración de Halloween, una fiesta norteamericana que se celebra la víspera de los Santos, ajena a nuestra cultura, que hemos adoptado en nuestro país con un entusiasmo desmesurado. Viene a ser un carnaval a destiempo, en el que los disfraces de la gente son  monotemáticos relacionados con muertos vivientes, esqueletos y toda la parafernalia asociada. 

   Esta fiesta, que hemos importado desde los Estado Unidos, no es originaria de allí; deriva de la fiesta que celebraban, tal día, los colonos europeos del norte de Europa, cuyas raíces se hunden una vez más en el mundo celta, hace unos 2500 años aproximadamente. 
   Según la tradición celta, el 31 de octubre se abrían las puertas del otro mundo y los muertos podían volver a la Tierra a arreglar asuntos pendientes (vengarse de alguien por no haberle organizado un buen funeral, porque le habían echado arsénico en el café, etc ). 

   Evidentemente, para regresar a este mundo, no compraban ropa nueva, iban a la peluquería a arreglarse el pelo, ni se hacían la manicura; se presentaban con el aspecto que tenían en ese momento, de ahí su facha tan terrorífica dependiendo del grado de putrefacción de cada cual: unos eran puro hueso, otros estaban a medio descomponer, a otros se les había caído la cabeza y la llevaban en la mano… (no sigo porque sólo con pensarlo, me da miedo hasta a mi) y ese es el auténtico origen de esta fiesta. La gente se disfraza en Halloween para recordar la vuelta de los difuntos, ese día, al mundo de los vivos. 

   Rendir culto a los muertos, ha sido una constante en todas las culturas. En lo que a nosotros respecta, los cristianos también tenemos el Día de los Difuntos (2 de noviembre) aunque, últimamente, centramos más la fiesta en el día de los Santos (1 de noviembre). 
   La coincidencia de ambas fechas, la fiesta de Halloween y la nuestra, una vez más, no es algo casual, es debida a que el cristianismo sobrepuso nuestra fiesta con la de los celtas, un claro ejemplo más de cristianización de una fiesta pagana anterior. 

  Si los disfraces de Halloween son ridículos y no dan miedo alguno, las celebraciones que hacían los cristianos, hasta mediados del siglo XX, en honor de los difuntos, “causaban respeto” (una forma elegante de decir que daban miedo a algunos, niños y no tan niños). 
   Antiguamente, cuando llegaban estas fechas, se les hacía una novena a los difuntos creándose en las iglesias una coreografía, para estas celebraciones religiosas, bastante tenebrosa. Cada familia llevaba al templo su hachero -una especie de candelero de madera parecido a una pequeña estantería- donde colocaban cirios que eran encendidos durante las novenas (entonces, como la gente era muy creyente, la cantidad de cirios que llegaba a encenderse era muy abundante). 
   A ello se sumaba la colocación de un túmulo (la gente del pueblo lo conocía como tumbo) en la parte delantera de la iglesia, una estructura semejante a una mesa grande de madera, cubierto por una tela oscura, simbolizando un sepulcro, y encima del mismo, para que no quedase duda alguna de que aquello iba de difuntos, se colocaba una calavera. 
   
   Estas novenas se hacían al caer la tarde, sin luz natural, la iglesia estaba iluminada con una pobre luz eléctrica y un montón de cirios encendidos que desprendían un intenso olor a cera quemada, para añadir "alegría" al paisaje acudían a las celebraciones muchas mujeres que habitualmente vestían de negro y a ello se sumaba el sacerdote que, esos días, se recreaba hablando constantemente a la grey de la muerte y de que los difuntos desde el más allá nos estaban esperando a los vivos de acá -todo muy divertido como podemos ver- Con un ambiente así, tan tenebroso, algunos niños que acudían a la novenas con sus padres, lo pasaban muy mal e incluso tenían pesadillas - Creo que en el Concilio Vaticano II (1962-1965) acertadamente, decidieron suprimir toda esta coreografía tan lúgubre-. 

   Todo lo anterior constituye, solamente, la parte superficial del asunto, “el teatrillo” de la fiesta; porque lo fundamental, el meollo del tema, sigue siendo el mismo que ya se plantaban en la antigüedad todos los pueblos: Cuándo una persona fallece, ¿ahí acaba ya todo, o hay algo más allá? 

   Todas las civilizaciones, sin excepción, desde la más remota antigüedad, no se resignan –excepto los ateos- a creer que cuando morimos aquí acaba todo. Prefieren pensar, cada religión a su modo, que, cuando a uno nos llega la hora y la palmamos, dejamos en este mundo el cuerpo (la parte material), mientras que el alma o espíritu (lo inmaterial) va a otro mundo imperceptible y sobrenatural. 
   Los griegos clásicos, en su mitología, decían que los muertos iban al Hades; la mitología nórdica hablaba del Valhalla y los cristianos -aquí ya sin mitología- lo complicamos un poco más y tenemos tres posibles destinos: purgatorio, cielo e infierno. 

  Independientemente de cómo llame cada religión al más allá, realmente hablan de lo mismo -como podemos ver, las religiones son poco originales y siempre se han copiado unas a otras- y todas coinciden en que, cuando uno muere, el alma abandona el cuerpo y se va para el “otro lado”, pero ¿todas las almas van, indefectiblemente, hasta allí, o algunas permanecen entre nosotros? 

  La ciencia, aquí ayuda poco a aclarar el tema; los médiums, programas televisivos como Cuarto Milenio y los libros dedicados al tema, por mucho que se empeñen, no demuestran nada; así que una vez más el conocimiento que tenemos en esta materia es producto de la superstición. 

   Cuando morimos, según la religión, las almas van al otro lado, al lugar que les corresponda; pero la tradición dice que algunas de ellas no se van y continúan por aquí; afortunadamente, no las vemos salvo casos excepcionales, como ocurre la noche de los difuntos en la que se hacen visibles. 
   Esa noche, en los campanarios de las iglesias, en todos los pueblos, las campanas estaban doblando desde que oscurecía hasta el amanecer, y, además, en todas las casas se dejaba encendida una vela. 
   El propósito de hacer sonar las campanas, según los más creyentes, era para que su sonido fuera oído desde el cielo por las almas de los finados, comprobando de este modo, que sus familiares y allegados se acordaban de ellos. 
   Los menos creyentes, en cambio, opinaban que el objetivo del insistente sonido de las campanas no era ese, sino ahuyentar a los espíritus para que no se acercaran a los pueblos; ya que esa noche, como eran visibles, procuraban llegar a las poblaciones a saludar a los familiares y paisanos dándoles unos sustos de muerte, nunca mejor dicho. 

   Si una persona, esa noche, se encuentra en un núcleo urbano, el sonido de las campanas le protege; pero, si por alguna circunstancia, se haya en la mitad del campo, las posibilidades de tener un encuentro indeseado con una de estas almas en pena, son enormes. 

   Y todo esto ¿ qué tiene que ver con Marta ? la señora que dio nombre al valle.
 
   Esta mujer debió vivir en el siglo XIX, y murió…eso ya lo veremos. En aquella época, no había aún coches ni carreteras, estando los pueblos unidos por caminos de herradura (los caminos de tierra de toda la vida) llamados así porque la gente, para ir de un pueblo a otro, transitaba por ellos a caballo, en burro o en carruajes tirados por caballos, aunque también era frecuente que lo hicieran caminando, tal como hizo Marta un día de los Santos. 

   Había fallecido uno de sus progenitores meses atrás, y partió de Barrueco a mediodía caminando hasta El Milano, para ir al cementerio a llevar un ramo de flores a la tumba del familiar. Entonces, para ir a ese pueblo, había varias alternativas, según la ruta que cada uno eligiera y ella, aquel día,  siguió el camino que pasaba por el paraje de La Moronta. 

   Como era una mujer joven y ágil, caminó a buen paso, y a las dos horas ya estaba en el cementerio de El Milano depositando su ramo de flores. Después, visitó a algunos familiares y, aunque tenía planeado volver a una hora temprana, para evitar que se le echara la noche encima en pleno campo, se descuidó un poco e inició la ruta de vuelta un poco apurada de tiempo. 

   Es sabido que andar por caminos solitarios, la noche de Difuntos, puede ser una imprudencia; por eso, los parientes la invitaron a quedarse hasta el día siguiente, pero Marta desechó la idea. Era una persona muy racional que no creía en espíritus ni nada que se le pareciera, y había quedado con el marido que regresaba a casa en el día. Además, aunque hubiera querido hacerlo, entonces no había teléfono para  avisarle que no la esperara. 

   Al iniciar el recorrido, ya se veían algunas nubes por el oeste; a medida que Marta iba dejando a sus espaldas las últimas casas de El Milano y progresaba en su avance, éstas, poco a poco fueron acercándose y esto ocasionó que oscureciera antes de lo previsto. Afortunadamente, había luna llena y su luz permitía ver bastante bien el trazado del camino. El problema era cuando alguna nube tapaba la luna, todo a su alrededor quedaba muy oscuro y esto la obligaba a aflojar el paso. 
   
   Por suerte, ella era una persona valiente y la falta de luz no la inquietaba la más mínimo. Claro que una cosa es ser valiente y otra transitar por el campo, sola, con poca luz ambiental, la noche de Difuntos, cuando el destino se empeña en depararte una desagradable sorpresa, como le ocurrió a ella.
 
  De pronto, a sus espaldas, oyó un siniestro y ronco sonido, un largo ¡uuuuuuuh! que la inquietó bastante, haciendo que, súbitamente, toda su valentía inicial disminuyera de nivel. Una nube inoportuna tapaba en ese momento la luna, y la oscuridad impedía ver lo que había unos metros más allá de donde se encontraba; al ser la noche que era, y encima no poder ver el lugar de donde procedía el sonido, la imaginación echó a volar y su seguridad inicial empezó a quebrantarse. 

   Dicen que los ateos, de noche, hasta creen en Dios, y a ella le pasó lo mismo. Empezó a considerar que una cosa es que no creyera en espíritus, y otra que realmente pudiera haberlos y que un alma en pena anduviera pululando por allí. 
 Aceleró el paso, aún a riesgo de caer y romperse la crisma, y volvió a oír de nuevo el ¡uuuuuuuuuuuuuhh!, ahora más largo y cercano. Como había llegado ya a la altura del valle que actualmente lleva su nombre (entonces se llamaba de otro modo), recordó que, al pasar por allí unas horas antes, haciendo el trayecto de ida, había visto unas peñas próximas al camino, y decidió buscar refugio en las mismas para tranquilizarse un poco y, de paso, dar tiempo a que el espíritu o lo que fuera se marchara a otro lado y la dejara tranquila. 

   Aunque estaba algo asustada y el corazón latía deprisa por la impresión; el pánico no se había adueñado de ella y razonaba perfectamente. Encontró sin dificultad las peñas, vio un hueco entre dos de ellas, y se situó allí sentándose en el suelo. 
   Permaneció en aquel lugar algo más de un cuarto de hora, aunque a ella debió parecerle una eternidad y, como ya le dolía el culo de estar sentada sobre la hierba y no había vuelto a oír aquel sonido tan inquietante, decidió reanudar el camino. 

   Apenas había caminado veinte metros, empezó a oír a sus espaldas un sonido, aunque diferente que el anterior. Era el tañido de una campana, pero esto ya no la intranquilizó recordando la noche que era; sabía que provenía del campanario de El Milano, y siguió caminando. Al instante, como si se hubiera

puesto de acuerdo, empezó a oír otra campana y a continuación una tercera. Se habían sumado a aquel sonsonete, las campanas de Villasbuenas y Barrueco emitiendo, todas ellas, de forma incesante, un toque de difuntos y así iban a permanecer toda la noche, tal como se hacía entonces. 
   
   Aquel día, la acústica era estupenda, así que desde el lugar donde se encontraba podía oír, perfectamente, las campanadas de los tres lugares de forma asíncrona, una tras otra; de modo que Marta tenía la sensación de que el sonido era continuado, y eso contribuía poco a que pudiera tranquilizarse. 

   Aunque el ambiente sonoro no era demasiado agradable y hubiera menoscabado el ánimo del más valiente, ella aún lo mantenía aun nivel bastante aceptable, dadas las circunstancias; pero este decayó, rápidamente cuando volvió a oír nuevamente el siniestro ¡uuuuuuuuuh! que ahora, incluso, parecía estar más cerca aún, y detuvo su marcha en seco. 

  A estas alturas ya estaba casi convencida de que había un alma en pena que la perseguía. El miedo estaba empezando a atenazarle el cuerpo y casi se le saltaban las lágrimas del pavor que sentía; el instinto le decía que debía volver al refugio que había abandonado un rato antes, pero el sentido común le indicaba que debía superar su miedo y llegar a su destino, a Barrueco, lo antes posible para poder dejar atrás la pesadilla que estaba viviendo. 
  Estaba parada en el medio del camino sin saber qué hacer, y la duda le duró poco. Ante ella, a una distancia indeterminada, vio de pronto una lucecita en medio de la oscuridad que cada vez se iba aproximando más, y el terror se apoderó de ella. Aquello ya no era sólo un sonido sospechoso del que desconocía su origen, pudiendo tratarse de un espíritu u otra cosa; era algo real, lo estaba viendo con sus ojos y ya se le disiparon todas las dudas: había un espíritu y se estaba aproximando hacia ella. 

   Gritó horrorizada, convencida que no había escapatoria posible, ya que la luz estaba ante ella en el camino, esperándola, y echó a correr hacia atrás, al refugio que había dejado momentos antes. Se tumbó sobre la hierba, boca abajo, llorando, tiritando de 
Peñas de la Marta

miedo y rezando entrecortadamente, aunque apenas podía hilvanar las oraciones, y se arrepintió una y mil veces de no haberse quedado en El Milano a dormir como le aconsejaron los parientes. A pesar de taparse los oídos, el tañido lúgubre de las campanas seguía escuchándolo y, de pronto, oyó una voz que la aterró aún más que el ¡uuuuuuuuuuuuh! que oyera antes; se trataba del espíritu y, encima, la llamaba por su nombre. - ¡Martaaaaaa!... ¡Maraataaaaaaaaaaaaa!......¡Martaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! 

   Comprendió que si el espíritu sabía su nombre, indudablemente, también sabía dónde se escondía y vendría directo hacia ella para llevarla al otro mundo. El estado de pavor que sentía, ante una situación tan terrorífica, no hay humano capaz de aguantarlo; por ello, de pronto, perdió la conciencia y nunca se supo realmente qué es lo que pasó a partir de ahí. 

   En la mañana siguiente, al amanecer, el marido y un hermano suyo que le acompañaba, la encontraron acurrucada en el hueco de las peñas, profundamente dormida. Curiosamente, a pesar del frío matutino de aquella mañana de noviembre, y de la gran cantidad de horas que llevaba allí tendida, en el suelo, a la intemperie, cuando despertó, no sentía frio alguno y tampoco le dolía el cuerpo, algo sumamente extraño. 

   Explicación racional de lo sucedido

   • El marido de Marta, al ver que ya había anochecido y aún no había regresado, llamó a un hermano para que le acompañara y partieron en su búsqueda; entonces no había coches, ni linternas, así que habían cogido unos faroles de aceite y salieron al camino a recibirla. Esa fue la luz que había visto Marta, frente a ella, que tanto la había asustado. Al gritar y echar a correr en dirección contraria, el marido la oyó y comenzó a llamarla, de modo que la voz del “espíritu” que había escuchado era la suya, pero Marta a esas alturas, era incapaz de reconocer la voz de nadie. Como no la vieron, ya que estaba escondida, pasaron de largo y llegaron a El Milano. 

• La disminución del número de aves, en España, tanto en el campo como en las ciudades, es un hecho evidente desde hace ya bastantes años; pero, en aquella época, aún eran muy abundantes y el “amenazante” sonido que Marta oyó, lo emitía un búho que, como todas las rapaces nocturnas, tiene su actividad durante la noche. Los humanos tenemos un miedo innato a la oscuridad; si además de ello,  una noche estamos en el campo y tenemos la suerte de oír el sonido que emite un ave nocturna, y no estamos sobre aviso de que se trata de un pájaro, podemos llevarnos un susto tremendo sea la noche de difuntos o la del marte de carnaval. 

 El lado esotérico del asunto 

   • El marido de Marta afirmaba que su mujer, desde aquella infausta noche, nunca volvió a ser la misma persona, y la verdad es que quedaron varios interrogantes por resolver. No existía explicación racional alguna que justificara el hecho de que, en la mañana siguiente, tras estar tendida tantas horas en el suelo, a la intemperie, en una fría madrugada de noviembre, no le doliera el cuerpo ni sintiera frío alguno cuando la encontraron. 

• Cuando una persona muere de miedo, la tradición dice que el espíritu abandona el cuerpo del interfecto y ya nunca abandona ese lugar; Marta no murió, pero entró en un coma profundo; tan profundo, que su espíritu pensó que sí lo había hecho y abandonó el cuerpo. Al ser una mujer joven y sana, las constantes vitales, en todo momento, se mantuvieron bien; de modo que, cuando llegó el amanecer, su alma, que había estado toda la noche dándose un garbeo por el valle, al comprobar que aún vivía, decidió regresar al cuerpo (esto justificaría la ausencia de frío y las molestias de yacer en el suelo tan duro, ya que esa alma no había estado allí tantas horas, acababa de regresar cuando la encontraron).

    También pudo ocurrir que, cuando el espíritu quiso volver por la mañana a ocupar su “antiguo envase”, el cuerpo de Marta, otra alma traviesa “que andaba por allí” le había cogido la delantera y por eso su marido decía que nunca volvió a ser la misma de antes. Si esto sucedió así,  eso quiere decir que el espíritu de Marta está condenado a andar vagando eternamente por el valle que lleva su nombre. Si alguien aún mantiene dudas al respecto, puede comprobarlo, personalmente, de manera muy sencilla: se acerca hasta ese valle la noche de difuntos y después que nos lo cuente  ¿Algún voluntario / a?

domingo, 2 de octubre de 2022

Un teso de leyenda



    Nuestra comarca no podemos decir que sea montañosa, pues aquí no hay montañas; y tampoco es, precisamente, una penillanura, ya que su relieve es bastante irregular coexistiendo el terreno llano, a veces salpicado de pequeños montículos, con profundas depresiones del mismo, que nosotros conocemos como arribes,  en cuyo fondo discurren nuestros ríos: el padre Duero y sus hijos o afluentes  Águeda, Huebra, Camaces (éste afluente del Huebra), Uces y Tormes; sin olvidar tampoco un sinnúmero de arroyos y riveras  que desembocan en los ríos.

Un montículo, es una elevación natural del terreno que recibe distintos nombres, dependiendo de sus características, algunos de ellos muy curiosos como: teso, picón, cabeza, cabezo, coto, cota, cotorro, lomo, loma, risco, otero, cerro, altozano, alto…     

   Si trazáramos un triángulo cuyos vértices coincidieran con los pueblos de Vilvestre, Cerezal y Barrueco, en el terreno delimitado por el mismo, formando parte de los términos municipales de los tres lugares, se localizan unos montículos que constituyen uno de los paisajes más característicos de la comarca, que conocemos como Los Tesos.

   Los tesos principales son cuatro, se sitúan formando una cadena en dirección nordeste-suroeste, y sus nombres, siguiendo dirección norte sur, son Peña Horcada, Omamula, Espinazo de Cabra y El Carrascal.

Peña Horcada

    El nombre de los topónimos de cada lugar, que recibieron de los primeros pobladores, los segundos, los terceros…vaya usted a saber; muchas veces se basaba en alguna característica del terreno, algún accidente geográfico que hubiera por allí, vegetación predominante, animales que allí abundasen, algún manantial…

   Si un sitio es conocido como Peña de la Tortuga, indudablemente, allí hay una peña que tiene mucha semejanza con este animal. Si otro lugar es conocido como La Tejeda, podemos estar seguros que allí hay, o hubo alguna vez, tejos (un tipo de árbol), y así sucesivamente.

                                                                                             Peña de la Tortuga

  Bueno, pues con estos tesos sucedió los mismo; cuando nuestros antepasados los bautizaron, les pusieron unos nombres que resultan muy descriptivos y que les vienen como "anillo al dedo" a todos ellos, como a continuación veremos:

    El Carrascal

   Es el teso que está más al sur. En el terreno próximo a este teso son abundantes los carrascos de encina. Aunque Barrueco pertenece a la comarca natural de La Ramajería, donde nuestro árbol totémico es el roble, en la zona suroeste del término, donde está situado este paraje, ya van apareciendo las encinas, árboles característicos del clima mediterráneo, propio de los vecinos pueblos de La Ribera del Duero.

   Luego, si al sitio donde hay peras recibe el nombre de peral, y donde hay melones es un melonar; ¿qué mejor nombre puede recibir un lugar donde son abundantes los carrascos?

    El nombre de Comarca Arribes del Duero, es un invento relativamente reciente; desde siempre, en nuestra zona, había dos comarcas naturales, La Ramajería y La Ribera. Esta segunda - su nombre, evidentemente, no los pueblos que la forman-, ha dejado de existir debido a intereses ajenos a sus gentes. Parece ser que no interesaba a la denominación de origen Vinos de la Ribera del Duero que existiese otra comarca también llamada Ribera del Duero; así que ya sabéis por qué Aldeadávila de la Ribera y Pereña de la Ribera perdieron el apellido y un día pasaron a ser simplemente Aldeadávila y Pereña    

   Espinazo de Cabra.

   Es el siguiente en dirección norte. Los sucesivos crestones de piedra que lo forman, groseramente, recuerdan la columna vertebral de un animal, en este caso, una cabra muy delgada a la que se le nota toda la osamenta. Algunos, también lo conocen como Espinazo del Can, en este caso el espinazo del pobre animal esquelético, sería un perro.

   Un dicho popular relacionado con la delgadez dice: “Pasar más hambre que el perro del afilador, lo único caliente que tenía para llevarse a la boca eran las chispas”.

   No quiero ni pensar la que le caería hoy día a un afilador que tuviese un perro muerto de hambre; si no acababa en la cárcel, se libraría por los pelos y, por supuesto, si se diera el caso, sin posibilidad de indulto (en este país, los indultos no se hicieron para afiladores con perros muy flacos, sino para los ……………. - te invito a que rellenes la línea de puntos tú mismo/a-).    

   Omamula.

   El nombre originario de este teso fue, seguramente, "Loma de la Mula" y, con el tiempo, derivó a su actual nombre de "Omamula", más corto y fácil de decir. Loma de Mula (Omamula) resulta muy adecuado, como nombre, para este teso pues, si nos fijamos en su morfología, podemos ver que guarda bastante parecido con el lomo de una mula, en este caso, muy bien alimentada a la que no se le nota hueso alguno.  

   La suavidad de sus laderas, si las comparamos con los demás tesos, permitía, antiguamente, aprovechar parte del terreno para cultivos de secano; generalmente, cebada o centeno.

   Peñahorcada.

   El más septentrional de los cuatro tesos, lo forman dos grandes rocas que dejan en medio una hondonada. Visto desde lejos, su figura rememora un horcón de heno. Al horcón, también se le conoce como horca u horcada; luego, Peña Horcada, como podéis ver, es también un nombre muy descriptivo del paraje al que da nombre, como ocurre con los otros tesos.

   También es el teso más humanizado, ya que en la cima del mismo se encuentran repetidores de telefonía móvil y una torre de observación para la prevención de incendios.

   En el lado oeste del teso, hay una cueva con su correspondiente leyenda; en este caso leyendas, pues son dos.

   La fascinación que ofrecen las cuevas, suele ir asociada al misterio que supone adentrarse en las entrañas de la tierra, envueltos en la oscuridad, donde la imaginación del explorador puede ser ilimitada, pero el hecho de que esta cueva sea pequeña, escasamente alcanza los dos metros profundidad, impide que podamos tomarnos demasiado en serio las leyendas que se le adjudican.

   La primera de las leyendas, similar a las cuevas de otros lugares, es la que afirma que en su interior hay un tesoro escondido.

   Aprovechando sus pequeñas dimensiones, confieso que yo un día lo busqué con sumo interés - la posibilidad de encontrar un tesoro no la tiene uno todos los días-. Entré en la cueva con una buena linterna, miré el suelo, techo, paredes laterales, el fondo de la misma y no encontré nada de valor.

   Como no hallé el tesoro, si realmente existe, ahí sigue, en la cueva, esperando desde tiempo inmemorial, a que alguien lo descubra.

La segunda leyenda, también es común a las cuevas de otros sitios. En aquellos lugares donde existe más de una cueva, los lugareños, con frecuencia, afirman que las cuevas están comunicadas entre sí, y nuestra comarca no es ajena a esta creencia.

   La leyenda dice que la cueva de Peña Horcada, comunica con la Cueva del Toral, que está en el Huebra. Por lo tanto, si los cálculos no me fallan, la comunicación subterránea entre ambas, discurriría a través de un pasadizo de unos 6 -7 km en línea recta.

   Cuando uno entra en la cueva del Toral, se halla en un lugar mágico donde te lo puedes creer todo; en cambio, la cueva de Peña Horcada es otra cosa.  Si entras en ella muy decidido y con poco cuidado, estás expuesto a darte, rápidamente, un cabezazo en el fondo de la misma y esto te servirá para sacar dos conclusiones: que la leyenda es falsa, ya que no comunica con nada, y que la piedra está muy dura.

   Aún hay una tercera leyenda asociada al Teso de Peña Horcada; en este caso, relacionada con la morfología del propio teso y, al contrario que las anteriores, hasta ahora nadie ha logrado aún desmitificarla ; gracias a ello, podemos seguir diciendo que Peña Horcada es un teso de leyenda.

   Si preguntáramos a un geólogo cómo se formaron los tesos, supongo que nos lo explicaría con mucho detalle echando mano de la geomorfología (una rama de la geología), diciéndonos que la formación del relieve terrestre obedece a procesos geológicos que comenzaron hace millones de años, y que esto no es un proceso estable sino dinámico, aunque no lo notemos, debido a la acción conjunta del viento, el agua y los seres vivos (hombre, animales y plantas), que moldean y transforman poco a poco el terreno, y después empezaría a hablar de plegamientos terrestres en el interior de la tierra, volcanes y terremotos.

   A estas alturas de la explicación, seguramente, ya estaríamos un poco perdidos y quizá hasta dispuestos a invitarle a que dejara la explicación, pues el geólogo aún podría seguir durante horas aclarándonos la pregunta.

     Nuestros antepasados, en cambio, lo explicaban de una forma más sencilla y amena echando mano de una leyenda. Ellos, afirmaban que la estructura del Teso de Peña Horcada (las dos moles de piedra separadas por una gran hendidura) es obra de un gigante.

   Antes de que los humanos poblaran la Tierra, en ella sólo había dioses y gigantes. Los primeros vivían como tales; según la mitología griega, se lo pasaban muy bien: comían, bebían, retozaban los unos con las otras, los otros con los otros, las otras con las otras… y no trabajaban -para eso eran dioses-; en cambio, los gigantes, eran muy parecidos a los humanos.

  No preguntéis qué comían los gigantes, donde compraban la ropa, ni qué marca de cerveza bebían, porque no lo sabemos; lo único que conocemos de ellos es que eran enormes, tenían una fuerza descomunal y, mira si serían parecidos a los humanos, que tenían que trabajar siendo los encargados de realizar las tareas que les encomendaban los dioses (vendrían a ser los pringaos de turno).

    Por lo visto, un dios de los de entonces, pasó por aquí, debía ser era algo caprichoso, y decidió construir un campo de golf en lo que hoy es nuestra comarca – y eso que aún no se había inventado este deporte-  encomendando a un gigante que fuera allanando el terreno.

   Éste, supongo que renegaría lo suyo ya que, como entonces no había maquinaria pesada, los trabajos se hacían a mano y, por muy forzudo que fuera, eso de allanar todo el terreno a pico y pala y, encima como único operario, no debió gustarle demasiado. Pero bueno, era cumplidor y un día, por la mañana temprano, se dispuso a allanar el terreno, empezando por el Teso de Peña Horcada.

   Este teso, originalmente, estaba formado por una piedra colosal de un solo cuerpo. El gigante picapedrero apareció con un pico y una pala enormes, acordes a su tamaño; dejó la pala en el suelo, cogió el pico con fuerza, dio un primer golpe en la mitad del teso y rompió aquella enorme piedra por la mitad, quedando una hendidura en medio, tal como lo vemos ahora, dando por concluido su trabajo.

   Hoy día, aún sigue especulándose por qué el gigante, tras el primer golpe, no continuó realizando su labor, cargándose este teso y el resto de los tesos, para allanar el terreno, ya que ese era el proyecto original.  

   La teoría más aceptada es que, con el primer y único golpe que dio, debió romperse el mango del pico, volvió a Grecia a reponerlo, ya que era originario de allí, se entretuvo en el camino, y nunca más volvió, siendo este el motivo de que la obra quedara inconclusa.

   Lo que son las cosas, si el mango del pico no se hubiera roto, hoy toda la zona sería una extensa llanura y los tesos no existirían; gracias a que no volvió el gigante, podemos admirar el teso de Peña Horcada tal como es.  

   Con sus 837 metros sobre el nivel del mar, representa la cima más alta de la comarca pudiéndose contemplar desde allí, a ambos lados del teso, un imponente paisaje que comprende  varios pueblos, tanto de la comarca como de Portugal,  los Arribes del Duero y del Huebra, la Sierra de San Jorge más allá del Huebra, entre Cerralbo y Olmedo. La Peña de Francia, a lo lejos, también es posible verla en los días claros, y, ya próximo, a nuestros pies, el paisaje comarcano tan característico a base de robles, piornos, tomillos, escobas, encinas, viñedos, almendros, olivos...Los sembrados, los valles...

   Yo, cada vez que estoy allí arriba, en el teso, siempre pienso lo mismo: Fue una suerte que  el gigante dejara el trabajo inacabado.

 

martes, 6 de septiembre de 2022

El tributo

 

 Ana y Melo formaban un matrimonio con muchos años de rodaje en común; un día, cuando se sentaron a comer, preguntó ella:

-      ¿Qué tal te ha ido hoy en el trabajo?

  

-      Bien. Respondió el marido. Aunque he tenido un pequeño incidente. Una compañera me ha llamado machista; en realidad, sólo fue una advertencia.  Íbamos juntos por un pasillo, al llegar a una puerta le cedí el paso y me dijo que esa era una actitud machista y que no iba a entrar…que pasara yo primero. Entonces, le respondí que la suya era una actitud feminista y que, si lo hacía yo antes que ella, me sentiría mal; así que le propuse que pasáramos los dos a la vez… pero no cabíamos.

 

-      ¡Vaya tontería! Hay que ver hasta donde han llegado algunas mujeres. Dijo Ana, mostrando su enfado habitual cuando salían a relucir temas de este tipo, y es que ella, una defensora a ultranza de la igualdad hombre mujer, casi desde la adolescencia, cuando aún faltaban muchos años para que, en nuestro país, el feminismo fuera un tema de actualidad, era una feminista convencida; pero renegaba del feminismo radical que pretende situar a la mujer en un nivel superior al hombre, una actitud propia de ese machismo al que tanto critica.

 

-   Ahí habéis estado los dos iguales…sí. Afirmó Ana. Pero igual de tontos. Vaya majadería. Con los problemas que hay en el mundo: hambre, guerras, enfermedades, desigualdades sociales, migraciones… y vosotros discutiendo a ver quién pasa primero por una puerta.

 -      No te pongas así, respondió Melo riendo -aquel era ya un tema manido para ellos -, tú lo ves como una tontería, pero mi compañera debe creer que es algo muy serio. Todo depende de la importancia que quiera darle cada uno. Te recuerdo que yo, cuando éramos novios, pagué un tributo por ti. Para mí era algo intrascendente y tú, en cambio… ¡hay que ver cómo te pusiste!

Al escuchar las palabras del marido, Ana le dirigió una mirada que hubiera asustado al más pintado, un claro aviso de que se acercaba “una tormenta dialéctica”; claro que Melo, tras muchos años de convivencia, era experto en “capear temporales”. Sabía que el “huracán” Ana” estaba a punto de descargar su furia, y con resignación se dispuso a soportar, estoicamente, la “borrasca” que él mismo había provocado:

-      ¡Aun no entiendo cómo te gusta recordar eso! ¡¡Pagaste porque te dio la gana!! ¡¡Sabes que yo no era partidaria de ello y que, si me llego a enterar antes, no hubiera ocurrido!! ¡¡¡Eso sí que fue un acto de machismo y no la tontería de quién debe pasar antes por una puerta!!! ¡¡¡Tratar a las mujeres como si fuéramos una mercancía que perteneciera a los hombres!!! ´

  ¿Qué era lo que había pagado Melo, cuando era novio de Ana, que tanto enojaba a su mujer cada vez que se lo recordaba? ¿Es posible que en el último tercio del siglo XX, aún tan cercano, en nuestro mundo occidental, tan civilizado y moderno, aún hubiese situaciones donde un hombre pagaba por el hecho de ser novio de una mujer?

Ambos cónyuges eran de pueblos distintos, aledaños uno del otro, y antes era muy común que los

habitantes de los pueblos vecinos estuvieran enemistados entre sí; por ello, todo chico sabía que, si iba a determinados lugares, era recibido con recelo por el simple hecho de ser forastero, de modo que, encontrar novia en un pueblo que no era el suyo, a veces resultaba algo complicado.

   

   Néstor, un amigo de Melo, se había enamorado de una chica del pueblo de al lado, llevaban poco tiempo de relación, y un domingo le pidió que le acompañara a ver a la novia, para no estar solo “en terreno hostil”.  Entonces, los domingos, había baile en casi todos los pueblos. El plan era que la enamorada iría al baile acompañada por una amiga y se la presentaría para que estuviera con ella, mientras los novios estaban a lo suyo.

Melo accedió a acompañarle y la amiga que le fue presentada resultó ser Ana -así es como ambos se habían conocido-. En un momento determinado, tres jóvenes del lugar se acercaron a Néstor que,  como ya había ido, repetidamente, a aquel pueblo, a ver a la misma chica, era evidente que estaba interesado por ella.

El motivo de dirigirse al amigo de Melo, fue para decirle que el siguiente domingo, si volvía por allí, debía abonar el “impuesto correspondiente”, un acto que era conocido, comúnmente como “pagar el vino”.

Ésta, era una antigua costumbre existente, tanto en Salamanca como en otras provincias, cuyo origen es bastante discutido. Mientras que algunos sostienen que, para encontrar el inicio de esta tradición, hay que remontarse a tiempos muy antiguos, casi en los albores de nuestra historia; otros lo sitúan en épocas mucho más modernas.

Quienes defienden que estamos ante una costumbre milenaria, piensan que su origen en un rito tribal, ¡casi nada! que ha perdurado en el tiempo. Nuestros antepasados más lejanos, cuando buscaban novia, a menudo iban a alguna tribu vecina y raptaban una mujer. No era demasiado romántico, pero debió ser una práctica bastante habitual. Evidentemente, los hombres de las otras tribus hacían lo mismo y esto era motivo de continuos conflictos entre vecinos.

 Más adelante, cuando nuestros antepasados se civilizaron “un poco” - a la vista de lo que ocurre en el mundo actual, creo que el proceso de civilización aún está bastante incompleto-, lo del rapto fue sustituido por un acuerdo económico, siendo el principal beneficiario del mismo el padre de la chica, ya que recibía de la familia del novio, fuera o no forastero, bienes de diverso tipo, a cambio de entregarle  la hija.

 

 (Como podemos ver, en aquella época, la mujer, a pesar de ser la principal afectada de los acuerdos, no pintaba nada en el asunto -si hubiese existido entonces una ministra de igualdad, como ahora, ahí sí que hubiera tenido trabajo-).

 

 Cuando el novio era forastero, además, debía organizar una fiesta para la gente del pueblo de la novia (de la tribu); como señal de que, al unirse a una mujer de aquel lugar, pasaba a ser uno más de ellos, buscando así el reconocimiento de los paisanos de la novia.

 

La obligación de pagar al padre de la chica, para poder casarse con ella, ha sido un hecho habitual a lo largo de los siglos, e incluso, actualmente, en algunas culturas - en pleno siglo XXI- , sigue realizándose. Pero en nuestro medio, esta práctica desapareció hace mucho tiempo.

 

Lo que aún persistió, en algunos lugares, fue la costumbre de que los novios forasteros pagasen la correspondiente fiesta a la comunidad, siendo una posible secuela de este acto el “pago del vino” ; un ritual que, aunque inicialmente estuvo muy generalizado, realizándose en varias regiones de nuestra geografía, con el paso del tiempo fue desapareciendo en casi todos los lados; sin embargo, a comienzos de la década de 1970, algunos pueblos aún mantenían esta tradición.

 

 En estos lugares, cuando un chico forastero encontraba novia, los jóvenes del pueblo le conminaban a pagar un tributo cuyo importe variaba dependiendo de cada lugar. En nuestra comarca, era muy común tener que aportar una cantara de vino (algo más de 16 litros) y embutidos; con ello, los receptores del canon hacían una merienda. Otras veces, en vez de realizar el pago en especie, el novio abonaba una cantidad de dinero, previamente estipulada, que era empleada con el mismo fin.  

 

Aquello no era, precisamente, un acto de buena voluntad -pagar impuestos a Hacienda, tampoco lo es- Todo forastero que fuera catalogado "oficialmente" como novio de una nativa, estaba obligado a ello. Si alguno se resistía a pagar, los mozos del lugar lo tiraban a un pilón (una fuente publica que además servía de abrevadero para el ganado),

advirtiéndole, además, que, hasta que no

 apoquinara el arancel correspondiente, el pilar
 estaba esperándole para remojarle las veces que fuera necesario.   

Este pagamento, además de servir para que sus beneficiarios celebraran una juerga, era útil para poner a prueba al pretendiente de la chica. Como primero recibía un aviso para cumplir “con la obligación”, si tenía poco interés por ella, no volvía por allí evitando, de este modo, pagar la tasa. En caso contrario, volvía y pagaba.

El día que Melo acompañó a Néstor, al pueblo de la novia, éste aceptó - él sí tenía interés por Elia, que así se llamaba la chica-  comprometiéndose a hacerlo el domingo siguiente; lo que a Melo le sorprendió, enormemente, fue que, a pesar de ser el primer día que aparecía por allí, los mismos que habían exigido el tributo al amigo, a él le dieron un primer aviso con el mismo fin; algo que estaba fuera de lugar, ya que ese desembolso era “un privilegio” reservado a los forasteros que claramente mantenían una relación con alguna chica, no a un recién llegado.

-  ¡Tú, como sigas viniendo por aquí, tienes que pagarlo también! Le dijeron los sacacuartos aquellos. No creas que te vas a librar

Melo, prudentemente, se dio por avisado y no protestó. No dejaba de ser un gallo en corral ajeno; en cambio Ana, que pertenecía a aquel corral y sabía perfectamente con quien estaba tratando, se enfadó con los pedigüeños:

-  ¡Vamos a ver! Este chico y yo sólo somos amigos, no somos novios, así que dejad de molestarle.  Además, si quiere venir por aquí, puede hacerlo, libremente, cuando le dé la gana. Estaría bueno que, porque vosotros lo digáis, tenga que pagar por venir a este pueblo. ¡Pero de donde salís vosotros! ¡Esa es una costumbre estúpida que ya casi no se hace en ningún lado!

 -  ¿Cómo que no se hace? Respondió uno de ellos. El novio de Elia ya está avisado, le parece bien y el próximo domingo lo va a pagar.

 -  Pues a mí me parece fatal, siguió hablando Ana, bastante alterada. Si Néstor y Elia están saliendo, lo que tenéis que hacer es dejarlos en paz.

 

  Cuando aquellos “mafiosos del vino” se alejaron, Melo le comentó a Ana:

 

-  Gracias por defenderme. Yo, como sabes, sólo he venido a acompañar a Néstor. Nunca pensé que fueran a pedirme el vino, precisamente hoy.

 

-  Esos están tontos, así que no les hagas caso alguno. Respondió ella. Saben perfectamente que el pago del vino a nadie se le ha pedido nunca el primer día, por eso me he puesto así. Sólo quieren fastidiar. Dirás que soy una arrabalera, pero es que me ha sentado muy mal.

 -  Debes gustarle a alguno de los tres –respondió él-  y al verme contigo se ha puesto celoso.

 -  ¿Esos? Pero si dos de ellos son primos míos…son hermanos mellizos. El caso es que son muy buena gente, pero algo brutos ¡Como no sea el otro! Pero a mí no me gusta nada, que quieres que te diga.

 

La tarde fue transcurriendo sin más novedad; Ana, que era muy agradable, le prestó a Melo mucha atención ya que era un favor que le había encomendado la amiga y, cuando llegó la hora, ellos volvieron a su pueblo y ellas a sus casas.

 

El domingo siguiente, Néstor volvió a aquel pueblo a ver de Elia y, como iba dispuesto a “abonar la tasa”, sabía que iba a ser bien recibido, así que esta vez fue solo. Soltó el dinero - no le apetecía a ir con la garrafa y los chorizos en la mano-  y, a partir de entonces, los jóvenes del lugar, una vez cumplido el rito,  se olvidaron del asunto. En cambio, Melo, ese domingo, no volvió. La verdad es que ni fue, ni se le esperaba.   

 

El tiempo siguió su curso, las estaciones fueron sucediéndose; pasado un año, llegó el verano, con él las fiestas del pueblo de las chicas: toros, encierros, verbenas en la plaza…y Melo, como el resto de los jóvenes de la comarca, acudió a la fiesta. En una calle se cruzó con Ana que iba con dos amigas y, al ser viejos conocidos, pararon a saludarse, él les presentó a sus amigos, ella a las amigas, les preguntaron si podían acompañarlas, ellas aceptaron, Melo se situó al lado de Ana y ya no se separaron en toda la tarde.

Al ser verano, como eran estudiantes, todos ellos estaban de vacaciones. Por la noche, al despedirse de Ana, antes de volver a su pueblo, le indicó si podía volver a verla el día siguiente, aunque fuera lunes, y ella aceptó. Los dos eran guapos, se caían bien, la relación siguió para adelante y al cabo de varias semanas, en el pueblo, era del dominio público que había un chico forastero que “hablaba” con Ana.

Melo, que ya llevaba un mes yendo regularmente a visitar a Ana,  estaba bastante extrañado de que nadie le hubiera abordado aún para exigirle el correspondiente “pago del vino”; así que un día, que volvió por allí, a ver a la chica, se cruzó en la calle con sus primos, los mellizos que el año anterior le habían avisado que, si volvía a aquel lugar, ya sabía a lo que atenerse, y se dirigió a ellos.

-      ¡Oye! ¿Sabéis que Ana y yo estamos saliendo?

 -      ¡Claro que lo sabemos!, respondió uno de ellos. En este pueblo se sabe todo.

 -      Estoy sorprendido de que hasta ahora nadie me haya “pedido el vino”. Continuó hablando Melo.  ¿Ya no lo pedís?

 -    Sí se pide. Respondió uno de los hermanos. Lo que pasa es que, si lo hacemos contigo, Ana se va a enfadar con nosotros, por eso no te lo hemos pedido.  Pero hay gente que te tiene ganas, así que no te despidas aún. De todos modos, no te preocupes; si alguien se mete contigo y estamos cerca, no vamos a dejar que te hagan nada.

A Melo le agradó la franqueza de los hermanos. No se lo pedían, simplemente, porque eran familiares de Ana y querían evitar que se disgustara con ellos; además, a pesar de llevar tan poco tiempo saliendo con la prima, sólo por este hecho, sin apenas conocerle, se sentían obligados a defenderle de lo que fuera. 

Pensó que gente así, tan maja, merecía una correspondencia por su parte, y ya que ellos habían sido quienes le advirtieran, tiempo atrás de que, si volvía por allí, debía realizar el pago correspondiente. Si decidía hacerlo voluntariamente, nadie mejor que ellos para recibir la dádiva.

Con esta acción, solo veía ventajas: Los primos podrían justificarse ante Ana alegando que él, voluntariamente,  había querido pagar sin que ellos le hubieran exigido nada y, como los hermanos, iban a invitar a sus amigos a la correspondiente merendola, todo el mundo se enteraría que él ya había cumplido con el requisito de  modo que, en el futuro, ya nadie podría incordiarle por ese motivo.  

A los hermanos le pareció una buena idea y les dio el dinero. 

Con esta maniobra “de alta diplomacia”, Melo se las prometía muy felices, pero con lo que no contaba fue que, al comunicarle a Ana “lo listo” que había sido, ésta se enfadó muchísimo diciéndole que podía volverse a su pueblo cuando quisiera, porque lo suyo había acabado.

 ¿Por qué Ana cortó de una forma tan tajante a Melo?

La discriminación de la mujer respecto al varón, a lo largo de la historia, ha sido una constante, en todas las culturas y, a raíz de ello, surgió el feminismo. Un movimiento social cuyo objetivo es lograr la igualdad a todos los niveles del hombre y la mujer.

    

Esta corriente, en un principio se centró en el logro del sufragio femenino (en España se consiguió en 1933); pasando, posteriormente, a ser su principal objetivo la emancipación de la mujer. Este hecho, que en otros países se desarrolló entre 1960 -1970, a España llegó mucho más tarde debido al régimen político que teníamos entonces.

 

En aquella época, en nuestro país, la emancipación femenina no era aún un tema de actualidad y, aunque la sociedad española era bastante machista, la mayoría de hombres y mujeres apenas tenían conciencia de ello.

 

Ana, en cambio, estaba muy sensibilizada ante este tema ya que estaba estudiando la Carrera de Derecho, el concepto de la justicia lo tenía a flor de piel, y el menoscabo de los derechos de la mujer por razón de sexo, le sentaba fatal.

 

Mientras que para Melo, el hecho de “pagar el vino” había sido un simple formalismo, para evitar que nadie le incordiara por salir con Ana; ella, en cambio, lo vio desde una perspectiva muy diferente. Un hombre había pagado a otros hombres, para ganarse “el derecho a salir con ella”, y eso era un signo externo, de machismo intolerable; un auténtico atentado a su dignidad. Ese había sido el origen del enfado y ruptura con el novio.

 

Como podemos ver, la maniobra de Melo acabó siendo un fiasco tremendo. No sólo había perdido el dinero y la novia; también, por añadidura, se había ganado una enemiga, “por machista”; aunque él, en aquel momento, no era consciente de ello.

 

 Aunque los dos, finalmente, acabarían uniendo sus vidas, retomar la relación llevó mucho tiempo y costó a Melo lo que no está escrito, pero esa es ya otra historia.

viernes, 5 de agosto de 2022

El Milagro


   Los cuentos, habitualmente, son narraciones breves que tratan de hechos ficticios e intemporales, algo que ya queda reflejado en la introducción que hace el narrador al inicio de los mismos situándolos en una época que nunca existió; para ello, utiliza frases hechas como: “Había una vez”, “En tiempos de Maricastaña”, ” Cuando las ranas tenían pelo”, “Cuando al tatarabuelo de mi tatarabuelo aún no le habían salido los dientes”, “Cuando Jesucristo andaba por el mundo”, etc. 

    Al finalizar el cuento, el cuentacuentos, de igual modo que al inicio, utiliza otras frases rituales para indicarnos que este ha llegado a su fin y devolvernos al mundo real, como el conocido “Colorín colorado, este cuento se ha acabado”, “Cuento y banasta, para cuento ya basta”, “y Como dijo Delfín, este cuento llegó a si fin”. 

   Bueno, pues el siguiente cuento pertenece al grupo de cuando Jesucristo andaba por el mundo, algo que hacía, generalmente, acompañado por San Pedro. Obviamente, si Jesucristo andaba por aquí, no era para pasear, sino para hacer milagros. 

   La ONCE, es una organización que desarrolla una extraordinaria labor, haciendo posible que los ciegos, en nuestro país, puedan vivir dignamente; pero ciegos ha habido siempre y, antes de que existiera esta organización, sobrevivían como buenamente podían; casi siempre, gracias a la caridad ajena. 
   Unos ejercían la mendicidad e iban de pueblo en pueblo pidiendo limosna; un claro ejemplo de ellos lo encontramos en los personajes protagonistas de la famosa novela picaresca ”Lazarillo de Tormes”.    
   Otros, en vez de buscar directamente la compasión de la gente, ejercían de copleros y recorrían pueblos y ciudades cantando o narrando coplas o romances cuya trama estaba formada por temas truculentos (crímenes famosos), o sucesos extraordinarios; algunas veces, además, llevaban impresas, en hojas de papel sueltas, las coplas que cantaban, unas cuartillas que eran conocidas como pliegos de cordel, para venderlas a los espectadores que les escuchaban. 
  Había un tercer grupo, que eran músicos. Es sabido que cuando una persona pierde un sentido, en este caso el de la vista, para compensar esta deficiencia desarrolla extraordinariamente el resto de los sentidos, de ahí que algunos invidentes tuvieran un magnífico oído musical, aprendían a tocar algún instrumento y se ganaban la vida como músicos callejeros.

   Al lado de los anteriores, a quienes podemos catalogar como “ciegos currantes”, existía otro grupo más favorecido, que eran aquellos que pertenecían a familias acomodadas; para estos, la vida era más fácil ya que no se veían obligados a realizar las tareas de los anteriores para poder subsistir. 
   Sin embargo, todos, sin distinción, tenían en común que necesitaban a alguien que viera por ellos y dirigiera sus pasos, un lazarillo, que podía ser un familiar cercano, o bien una persona ajena a la familia que era contratada con este fin. 

   Tiago -los diminutivos de Santiago pueden ser Santi, o Tiago- era uno de estos afortunados. Sus padres, económicamente, eran gente muy solvente, dueños de una buena hacienda, y ello le permitía vivir tranquilamente en su pueblo, sin tener necesidad de salir a buscarse la vida en otros lugares; además, en el plano amoroso, la vida también le había sonreído y estaba felizmente casado. 

   El matrimonio, evidentemente, no fue consecuencia de un amor a primera vista, si analizamos el problema de pobre Tiago, pero resultó ser muy ventajoso para ambos cónyuges. Su mujer, que era más joven que él, procedía de una familia muy humilde; había entrado a trabajar de criada en casa de sus padres, y como era simpática, trabajadora y muy desenvuelta, a estos les gustó mucho y habían hecho lo posible para que ella y el hijo se entendieran y llegaran a casarse. 

   Con el casamiento, la chica había ganado seguridad económica, pasando de ser criada a señora de la casa; y, en lo que a él respecta, también había salido favorecido: tenía una esposa que se portaba muy bien con él , además era su lazarillo y, aunque Tiago no podía apreciarlo, debido a su discapacidad, todos afirmaban que era muy guapa - no la veía, pero como el sentido del tacto también lo tenía muy desarrollado, lo que tocaba le complacía mucho-. 

    Claro que en la vida no hay nada perfecto; en las relaciones de pareja, aún en las mejor avenidas, siempre hay algún nubarrón amenazante en el horizonte y, en este caso, el problema era que el marido era bastante celoso, algo que a ella, naturalmente, le molestaba mucho. 
   La esposa no entendía cómo Tiago podía pensar que pudiera serle infiel, ya que casi siempre estaba a su lado llevándole de la mano a todos los sitios; por lo que no existía motivo alguno que pudiera justificar las sospechas del marido respecto a la posible infidelidad. Claro que el celoso no sufre por lo que se ve - y menos en el caso de Tiago -, sino por lo que se imagina. 

  Ella, aunque a veces se enfadaba mucho con el marido, ante los comentarios que a menudo hacía por este motivo, casi siempre lo tomaba a chanza respondiéndole que, en vista de que sus sospechas eran totalmente infundadas, y que, por lo tanto, en ese sentido, nunca tenía razón, algún día iba a hacer lo posible para que así pudiera tenerla, algo que irritaba más aún a Tiago. 

   El matrimonio tenía un criado para realizar las labores del campo, éste era ya bastante viejo, y un día les comunicó que debían buscar otro empleado, porque él había decidido dejarlo. 

  A la hora de buscar un sustituto, Tiago insistió mucho a la mujer que el nuevo criado debía ser un hombre muy experimentado en las labores del campo, ya que, prácticamente, debía ocuparse de todo el trabajo que requería la hacienda; por lo que no podía ser demasiado joven -la realidad era que  quería evitar contratar un criado joven y así evitar que la mujer se fijara en él- 
  La esposa, que sabía perfectamente por dónde iba el asunto, para que no se pusiera pesado y dejara de insistir tanto, le dijo que estaba de acuerdo en ello. 

  El “Departamento de Recursos Humanos” de aquella casa, encargado de la contratación, decidieron de mutuo acuerdo, que iba a estar constituido por los dos cónyuges, acordando que el candidato al puesto debía superar dos filtros. El primero lo haría la esposa; ésta se encargaría de valorar el aspecto del aspirante, asegurándose que era una persona de mediana edad y sana, sin problemas físicos que pudieran limitar el desarrollo de la actividad. Si ella daba el visto bueno, el aspirante, entonces, debía superar un segundo filtro, en este caso con Tiago que se encargaría de valorar la experiencia, pautas de trabajo, ajustar horarios, sueldo y, llegado el caso, sería quien decidiría, en última instancia, si el candidato era o no contratado. 

   Cuando llegó el primer aspirante al puesto, resultó que era joven y encima muy guapetón,  así que, debido a la edad, no reunía una de las condiciones estipuladas; pero a la mujer le agradó bastante y,  en vez de despedirlo con la excusa de no reunir el perfil adecuado, decidió aceptar su candidatura advirtiéndole que, como necesitaba la aprobación del marido y este no quería un criado joven, si deseaba quedarse con el puesto, cuando Tiago le preguntara la edad, debía decirle que era bastante más viejo de lo que era, sugiriéndole que se sumara 20 años a su edad real; el joven lo hizo así y, gracias la artimaña, pudo ser contratado. 

   Al poco tiempo, ocurrió lo que tenía que pasar; criado joven y ama joven, viviendo en estrecha proximidad; primero empezaron a entenderse regular…después bien …después muy bien, y cuando decidieron llevarse mejor aún, resulta que no sabían cómo ni dónde encontrarse sin despertar las sospechas del marido, que siempre estaba muy pendiente de ella, ya que, como bien dice el refrán “marido celoso no tiene reposo”. 

   Llegó el verano, el matrimonio tenía una huerta y en aquel lugar es donde la mujer vio una oportunidad. Además de las legumbres, lechugas , hortalizas, patatas…tenían árboles frutales, sobre todo manzanos. A Tiago le encantaba este fruto, tenían distintas variedades de manzanos y, como ya habían empezado a madurar, casi todas tardes iban a la huerta. 

   Al marido, le encantaba recorrer los frutales y, como no veía, tocaba las manzanas, las olía, elegía las que le parecían y las comía a pie de árbol. Al estar los manzanos plantados formando hileras, recorría el terreno despacio, él solo, sin necesidad de que la mujer le guiase en su recorrido, y se tomaba bastante tiempo en este menester; mientras tanto, ella le esperaba sentada a la sombra de alguna pared, o bien dentro de una pequeña nave -una caseta- que tenían en la huerta para guardar las herramientas. 

   El trabajo de la huerta lo hacía el criado por las mañanas, así que por las tardes allí solo estaban ellos dos. Un día, el criado y la mujer de Tiago, que andaban buscando un lugar y un el momento apropiados para mantener un encuentro, pensaron que habían encontrado la ocasión perfecta para ello. 
  
   El chico, iría a la huerta una tarde, antes de que ellos llegaran; una vez allí, se escondería en la caseta y, cuando el ciego hiciera su recorrido habitual por los frutales, ella le diría que iba a esperarlo, aburrida, dentro de la caseta, como hacía habitualmente, pero aquel día en vez de aburrirse ¿¿¿*****???
  El plan era perfecto y la tarde se presentaba muy prometedora para los dos - mejor los tres-, pues todos disfrutarían a su modo. Tiago lo haría con sus manzanas, y ella y el criado haciendo "gimnasia", dentro de la caseta, sin que nadie los viera. 

   Con lo que no contaba ninguno de ellos es que, en aquel momento, “casualmente” fueran a pasar por allí Jesucristo y San Pedro que se dieron cuenta del asunto. El apóstol comentó: 
  
   - ¿Has visto Maestro? Mientras el pobre Tiago se entretiene en coger manzanas de los árboles, la mujer y el criado, aprovechando que no ve, se divierten en la caseta cogiendo otras cosas.
 
   - Sí que lo veo Pedro. Respondió Jesucristo, muy pensativo. Comprendo que las manzanas no tienen culpa de nada…pero ¡qué casualidad! Mi Padre tuvo un conflicto con Adán y Eva por una manzana que  les valió la expulsión del Paraíso, y aquí, ya lo ves: mientras Tiago anda cogiendo manzanas, los

otros dos “se la están pegando”. ¿Sabes lo que voy a hacer? Le voy a dar la vista y ya verás el susto que se llevan los de la caseta. 

   Dicho y hecho. El ciego de pronto comenzó a ver, se puso muy contento y quedó asombrado en un grado superlativo por lo sucedido. Se acercó a toda prisa a la caseta a dar la noticia a la mujer y cuando llegó allí y se asomó, su asombró aún aumentó mucho más. 
  La suponía sola y aburrida, esperándole en su interior, tal como solía hacer habitualmente, y, para su sorpresa, pudo comprobar que no estaba ni sola, ni aburrida, ya que la acompañaba un hombre, y no estaban precisamente rezando un rosario. 

   Al ver lo que estaba sucediendo, muy irritado, empezó a recriminarles por lo que estaba pasando; ella, en cambio, muy serena, le dijo: 

  - ¡Hay que ver lo desagradecido eres! ¿No comprendes que, gracias a lo que estamos haciendo, has recuperado la vista?