martes, 6 de septiembre de 2022

El tributo

 

 Ana y Melo formaban un matrimonio con muchos años de rodaje en común; un día, cuando se sentaron a comer, preguntó ella:

-      ¿Qué tal te ha ido hoy en el trabajo?

  

-      Bien. Respondió el marido. Aunque he tenido un pequeño incidente. Una compañera me ha llamado machista; en realidad, sólo fue una advertencia.  Íbamos juntos por un pasillo, al llegar a una puerta le cedí el paso y me dijo que esa era una actitud machista y que no iba a entrar…que pasara yo primero. Entonces, le respondí que la suya era una actitud feminista y que, si lo hacía yo antes que ella, me sentiría mal; así que le propuse que pasáramos los dos a la vez… pero no cabíamos.

 

-      ¡Vaya tontería! Hay que ver hasta donde han llegado algunas mujeres. Dijo Ana, mostrando su enfado habitual cuando salían a relucir temas de este tipo, y es que ella, una defensora a ultranza de la igualdad hombre mujer, casi desde la adolescencia, cuando aún faltaban muchos años para que, en nuestro país, el feminismo fuera un tema de actualidad, era una feminista convencida; pero renegaba del feminismo radical que pretende situar a la mujer en un nivel superior al hombre, una actitud propia de ese machismo al que tanto critica.

 

-   Ahí habéis estado los dos iguales…sí. Afirmó Ana. Pero igual de tontos. Vaya majadería. Con los problemas que hay en el mundo: hambre, guerras, enfermedades, desigualdades sociales, migraciones… y vosotros discutiendo a ver quién pasa primero por una puerta.

 -      No te pongas así, respondió Melo riendo -aquel era ya un tema manido para ellos -, tú lo ves como una tontería, pero mi compañera debe creer que es algo muy serio. Todo depende de la importancia que quiera darle cada uno. Te recuerdo que yo, cuando éramos novios, pagué un tributo por ti. Para mí era algo intrascendente y tú, en cambio… ¡hay que ver cómo te pusiste!

Al escuchar las palabras del marido, Ana le dirigió una mirada que hubiera asustado al más pintado, un claro aviso de que se acercaba “una tormenta dialéctica”; claro que Melo, tras muchos años de convivencia, era experto en “capear temporales”. Sabía que el “huracán” Ana” estaba a punto de descargar su furia, y con resignación se dispuso a soportar, estoicamente, la “borrasca” que él mismo había provocado:

-      ¡Aun no entiendo cómo te gusta recordar eso! ¡¡Pagaste porque te dio la gana!! ¡¡Sabes que yo no era partidaria de ello y que, si me llego a enterar antes, no hubiera ocurrido!! ¡¡¡Eso sí que fue un acto de machismo y no la tontería de quién debe pasar antes por una puerta!!! ¡¡¡Tratar a las mujeres como si fuéramos una mercancía que perteneciera a los hombres!!! ´

  ¿Qué era lo que había pagado Melo, cuando era novio de Ana, que tanto enojaba a su mujer cada vez que se lo recordaba? ¿Es posible que en el último tercio del siglo XX, aún tan cercano, en nuestro mundo occidental, tan civilizado y moderno, aún hubiese situaciones donde un hombre pagaba por el hecho de ser novio de una mujer?

Ambos cónyuges eran de pueblos distintos, aledaños uno del otro, y antes era muy común que los

habitantes de los pueblos vecinos estuvieran enemistados entre sí; por ello, todo chico sabía que, si iba a determinados lugares, era recibido con recelo por el simple hecho de ser forastero, de modo que, encontrar novia en un pueblo que no era el suyo, a veces resultaba algo complicado.

   

   Néstor, un amigo de Melo, se había enamorado de una chica del pueblo de al lado, llevaban poco tiempo de relación, y un domingo le pidió que le acompañara a ver a la novia, para no estar solo “en terreno hostil”.  Entonces, los domingos, había baile en casi todos los pueblos. El plan era que la enamorada iría al baile acompañada por una amiga y se la presentaría para que estuviera con ella, mientras los novios estaban a lo suyo.

Melo accedió a acompañarle y la amiga que le fue presentada resultó ser Ana -así es como ambos se habían conocido-. En un momento determinado, tres jóvenes del lugar se acercaron a Néstor que,  como ya había ido, repetidamente, a aquel pueblo, a ver a la misma chica, era evidente que estaba interesado por ella.

El motivo de dirigirse al amigo de Melo, fue para decirle que el siguiente domingo, si volvía por allí, debía abonar el “impuesto correspondiente”, un acto que era conocido, comúnmente como “pagar el vino”.

Ésta, era una antigua costumbre existente, tanto en Salamanca como en otras provincias, cuyo origen es bastante discutido. Mientras que algunos sostienen que, para encontrar el inicio de esta tradición, hay que remontarse a tiempos muy antiguos, casi en los albores de nuestra historia; otros lo sitúan en épocas mucho más modernas.

Quienes defienden que estamos ante una costumbre milenaria, piensan que su origen en un rito tribal, ¡casi nada! que ha perdurado en el tiempo. Nuestros antepasados más lejanos, cuando buscaban novia, a menudo iban a alguna tribu vecina y raptaban una mujer. No era demasiado romántico, pero debió ser una práctica bastante habitual. Evidentemente, los hombres de las otras tribus hacían lo mismo y esto era motivo de continuos conflictos entre vecinos.

 Más adelante, cuando nuestros antepasados se civilizaron “un poco” - a la vista de lo que ocurre en el mundo actual, creo que el proceso de civilización aún está bastante incompleto-, lo del rapto fue sustituido por un acuerdo económico, siendo el principal beneficiario del mismo el padre de la chica, ya que recibía de la familia del novio, fuera o no forastero, bienes de diverso tipo, a cambio de entregarle  la hija.

 

 (Como podemos ver, en aquella época, la mujer, a pesar de ser la principal afectada de los acuerdos, no pintaba nada en el asunto -si hubiese existido entonces una ministra de igualdad, como ahora, ahí sí que hubiera tenido trabajo-).

 

 Cuando el novio era forastero, además, debía organizar una fiesta para la gente del pueblo de la novia (de la tribu); como señal de que, al unirse a una mujer de aquel lugar, pasaba a ser uno más de ellos, buscando así el reconocimiento de los paisanos de la novia.

 

La obligación de pagar al padre de la chica, para poder casarse con ella, ha sido un hecho habitual a lo largo de los siglos, e incluso, actualmente, en algunas culturas - en pleno siglo XXI- , sigue realizándose. Pero en nuestro medio, esta práctica desapareció hace mucho tiempo.

 

Lo que aún persistió, en algunos lugares, fue la costumbre de que los novios forasteros pagasen la correspondiente fiesta a la comunidad, siendo una posible secuela de este acto el “pago del vino” ; un ritual que, aunque inicialmente estuvo muy generalizado, realizándose en varias regiones de nuestra geografía, con el paso del tiempo fue desapareciendo en casi todos los lados; sin embargo, a comienzos de la década de 1970, algunos pueblos aún mantenían esta tradición.

 

 En estos lugares, cuando un chico forastero encontraba novia, los jóvenes del pueblo le conminaban a pagar un tributo cuyo importe variaba dependiendo de cada lugar. En nuestra comarca, era muy común tener que aportar una cantara de vino (algo más de 16 litros) y embutidos; con ello, los receptores del canon hacían una merienda. Otras veces, en vez de realizar el pago en especie, el novio abonaba una cantidad de dinero, previamente estipulada, que era empleada con el mismo fin.  

 

Aquello no era, precisamente, un acto de buena voluntad -pagar impuestos a Hacienda, tampoco lo es- Todo forastero que fuera catalogado "oficialmente" como novio de una nativa, estaba obligado a ello. Si alguno se resistía a pagar, los mozos del lugar lo tiraban a un pilón (una fuente publica que además servía de abrevadero para el ganado),

advirtiéndole, además, que, hasta que no

 apoquinara el arancel correspondiente, el pilar
 estaba esperándole para remojarle las veces que fuera necesario.   

Este pagamento, además de servir para que sus beneficiarios celebraran una juerga, era útil para poner a prueba al pretendiente de la chica. Como primero recibía un aviso para cumplir “con la obligación”, si tenía poco interés por ella, no volvía por allí evitando, de este modo, pagar la tasa. En caso contrario, volvía y pagaba.

El día que Melo acompañó a Néstor, al pueblo de la novia, éste aceptó - él sí tenía interés por Elia, que así se llamaba la chica-  comprometiéndose a hacerlo el domingo siguiente; lo que a Melo le sorprendió, enormemente, fue que, a pesar de ser el primer día que aparecía por allí, los mismos que habían exigido el tributo al amigo, a él le dieron un primer aviso con el mismo fin; algo que estaba fuera de lugar, ya que ese desembolso era “un privilegio” reservado a los forasteros que claramente mantenían una relación con alguna chica, no a un recién llegado.

-  ¡Tú, como sigas viniendo por aquí, tienes que pagarlo también! Le dijeron los sacacuartos aquellos. No creas que te vas a librar

Melo, prudentemente, se dio por avisado y no protestó. No dejaba de ser un gallo en corral ajeno; en cambio Ana, que pertenecía a aquel corral y sabía perfectamente con quien estaba tratando, se enfadó con los pedigüeños:

-  ¡Vamos a ver! Este chico y yo sólo somos amigos, no somos novios, así que dejad de molestarle.  Además, si quiere venir por aquí, puede hacerlo, libremente, cuando le dé la gana. Estaría bueno que, porque vosotros lo digáis, tenga que pagar por venir a este pueblo. ¡Pero de donde salís vosotros! ¡Esa es una costumbre estúpida que ya casi no se hace en ningún lado!

 -  ¿Cómo que no se hace? Respondió uno de ellos. El novio de Elia ya está avisado, le parece bien y el próximo domingo lo va a pagar.

 -  Pues a mí me parece fatal, siguió hablando Ana, bastante alterada. Si Néstor y Elia están saliendo, lo que tenéis que hacer es dejarlos en paz.

 

  Cuando aquellos “mafiosos del vino” se alejaron, Melo le comentó a Ana:

 

-  Gracias por defenderme. Yo, como sabes, sólo he venido a acompañar a Néstor. Nunca pensé que fueran a pedirme el vino, precisamente hoy.

 

-  Esos están tontos, así que no les hagas caso alguno. Respondió ella. Saben perfectamente que el pago del vino a nadie se le ha pedido nunca el primer día, por eso me he puesto así. Sólo quieren fastidiar. Dirás que soy una arrabalera, pero es que me ha sentado muy mal.

 -  Debes gustarle a alguno de los tres –respondió él-  y al verme contigo se ha puesto celoso.

 -  ¿Esos? Pero si dos de ellos son primos míos…son hermanos mellizos. El caso es que son muy buena gente, pero algo brutos ¡Como no sea el otro! Pero a mí no me gusta nada, que quieres que te diga.

 

La tarde fue transcurriendo sin más novedad; Ana, que era muy agradable, le prestó a Melo mucha atención ya que era un favor que le había encomendado la amiga y, cuando llegó la hora, ellos volvieron a su pueblo y ellas a sus casas.

 

El domingo siguiente, Néstor volvió a aquel pueblo a ver de Elia y, como iba dispuesto a “abonar la tasa”, sabía que iba a ser bien recibido, así que esta vez fue solo. Soltó el dinero - no le apetecía a ir con la garrafa y los chorizos en la mano-  y, a partir de entonces, los jóvenes del lugar, una vez cumplido el rito,  se olvidaron del asunto. En cambio, Melo, ese domingo, no volvió. La verdad es que ni fue, ni se le esperaba.   

 

El tiempo siguió su curso, las estaciones fueron sucediéndose; pasado un año, llegó el verano, con él las fiestas del pueblo de las chicas: toros, encierros, verbenas en la plaza…y Melo, como el resto de los jóvenes de la comarca, acudió a la fiesta. En una calle se cruzó con Ana que iba con dos amigas y, al ser viejos conocidos, pararon a saludarse, él les presentó a sus amigos, ella a las amigas, les preguntaron si podían acompañarlas, ellas aceptaron, Melo se situó al lado de Ana y ya no se separaron en toda la tarde.

Al ser verano, como eran estudiantes, todos ellos estaban de vacaciones. Por la noche, al despedirse de Ana, antes de volver a su pueblo, le indicó si podía volver a verla el día siguiente, aunque fuera lunes, y ella aceptó. Los dos eran guapos, se caían bien, la relación siguió para adelante y al cabo de varias semanas, en el pueblo, era del dominio público que había un chico forastero que “hablaba” con Ana.

Melo, que ya llevaba un mes yendo regularmente a visitar a Ana,  estaba bastante extrañado de que nadie le hubiera abordado aún para exigirle el correspondiente “pago del vino”; así que un día, que volvió por allí, a ver a la chica, se cruzó en la calle con sus primos, los mellizos que el año anterior le habían avisado que, si volvía a aquel lugar, ya sabía a lo que atenerse, y se dirigió a ellos.

-      ¡Oye! ¿Sabéis que Ana y yo estamos saliendo?

 -      ¡Claro que lo sabemos!, respondió uno de ellos. En este pueblo se sabe todo.

 -      Estoy sorprendido de que hasta ahora nadie me haya “pedido el vino”. Continuó hablando Melo.  ¿Ya no lo pedís?

 -    Sí se pide. Respondió uno de los hermanos. Lo que pasa es que, si lo hacemos contigo, Ana se va a enfadar con nosotros, por eso no te lo hemos pedido.  Pero hay gente que te tiene ganas, así que no te despidas aún. De todos modos, no te preocupes; si alguien se mete contigo y estamos cerca, no vamos a dejar que te hagan nada.

A Melo le agradó la franqueza de los hermanos. No se lo pedían, simplemente, porque eran familiares de Ana y querían evitar que se disgustara con ellos; además, a pesar de llevar tan poco tiempo saliendo con la prima, sólo por este hecho, sin apenas conocerle, se sentían obligados a defenderle de lo que fuera. 

Pensó que gente así, tan maja, merecía una correspondencia por su parte, y ya que ellos habían sido quienes le advirtieran, tiempo atrás de que, si volvía por allí, debía realizar el pago correspondiente. Si decidía hacerlo voluntariamente, nadie mejor que ellos para recibir la dádiva.

Con esta acción, solo veía ventajas: Los primos podrían justificarse ante Ana alegando que él, voluntariamente,  había querido pagar sin que ellos le hubieran exigido nada y, como los hermanos, iban a invitar a sus amigos a la correspondiente merendola, todo el mundo se enteraría que él ya había cumplido con el requisito de  modo que, en el futuro, ya nadie podría incordiarle por ese motivo.  

A los hermanos le pareció una buena idea y les dio el dinero. 

Con esta maniobra “de alta diplomacia”, Melo se las prometía muy felices, pero con lo que no contaba fue que, al comunicarle a Ana “lo listo” que había sido, ésta se enfadó muchísimo diciéndole que podía volverse a su pueblo cuando quisiera, porque lo suyo había acabado.

 ¿Por qué Ana cortó de una forma tan tajante a Melo?

La discriminación de la mujer respecto al varón, a lo largo de la historia, ha sido una constante, en todas las culturas y, a raíz de ello, surgió el feminismo. Un movimiento social cuyo objetivo es lograr la igualdad a todos los niveles del hombre y la mujer.

    

Esta corriente, en un principio se centró en el logro del sufragio femenino (en España se consiguió en 1933); pasando, posteriormente, a ser su principal objetivo la emancipación de la mujer. Este hecho, que en otros países se desarrolló entre 1960 -1970, a España llegó mucho más tarde debido al régimen político que teníamos entonces.

 

En aquella época, en nuestro país, la emancipación femenina no era aún un tema de actualidad y, aunque la sociedad española era bastante machista, la mayoría de hombres y mujeres apenas tenían conciencia de ello.

 

Ana, en cambio, estaba muy sensibilizada ante este tema ya que estaba estudiando la Carrera de Derecho, el concepto de la justicia lo tenía a flor de piel, y el menoscabo de los derechos de la mujer por razón de sexo, le sentaba fatal.

 

Mientras que para Melo, el hecho de “pagar el vino” había sido un simple formalismo, para evitar que nadie le incordiara por salir con Ana; ella, en cambio, lo vio desde una perspectiva muy diferente. Un hombre había pagado a otros hombres, para ganarse “el derecho a salir con ella”, y eso era un signo externo, de machismo intolerable; un auténtico atentado a su dignidad. Ese había sido el origen del enfado y ruptura con el novio.

 

Como podemos ver, la maniobra de Melo acabó siendo un fiasco tremendo. No sólo había perdido el dinero y la novia; también, por añadidura, se había ganado una enemiga, “por machista”; aunque él, en aquel momento, no era consciente de ello.

 

 Aunque los dos, finalmente, acabarían uniendo sus vidas, retomar la relación llevó mucho tiempo y costó a Melo lo que no está escrito, pero esa es ya otra historia.

viernes, 5 de agosto de 2022

El Milagro


   Los cuentos, habitualmente, son narraciones breves que tratan de hechos ficticios e intemporales, algo que ya queda reflejado en la introducción que hace el narrador al inicio de los mismos situándolos en una época que nunca existió; para ello, utiliza frases hechas como: “Había una vez”, “En tiempos de Maricastaña”, ” Cuando las ranas tenían pelo”, “Cuando al tatarabuelo de mi tatarabuelo aún no le habían salido los dientes”, “Cuando Jesucristo andaba por el mundo”, etc. 

    Al finalizar el cuento, el cuentacuentos, de igual modo que al inicio, utiliza otras frases rituales para indicarnos que este ha llegado a su fin y devolvernos al mundo real, como el conocido “Colorín colorado, este cuento se ha acabado”, “Cuento y banasta, para cuento ya basta”, “y Como dijo Delfín, este cuento llegó a si fin”. 

   Bueno, pues el siguiente cuento pertenece al grupo de cuando Jesucristo andaba por el mundo, algo que hacía, generalmente, acompañado por San Pedro. Obviamente, si Jesucristo andaba por aquí, no era para pasear, sino para hacer milagros. 

   La ONCE, es una organización que desarrolla una extraordinaria labor, haciendo posible que los ciegos, en nuestro país, puedan vivir dignamente; pero ciegos ha habido siempre y, antes de que existiera esta organización, sobrevivían como buenamente podían; casi siempre, gracias a la caridad ajena. 
   Unos ejercían la mendicidad e iban de pueblo en pueblo pidiendo limosna; un claro ejemplo de ellos lo encontramos en los personajes protagonistas de la famosa novela picaresca ”Lazarillo de Tormes”.    
   Otros, en vez de buscar directamente la compasión de la gente, ejercían de copleros y recorrían pueblos y ciudades cantando o narrando coplas o romances cuya trama estaba formada por temas truculentos (crímenes famosos), o sucesos extraordinarios; algunas veces, además, llevaban impresas, en hojas de papel sueltas, las coplas que cantaban, unas cuartillas que eran conocidas como pliegos de cordel, para venderlas a los espectadores que les escuchaban. 
  Había un tercer grupo, que eran músicos. Es sabido que cuando una persona pierde un sentido, en este caso el de la vista, para compensar esta deficiencia desarrolla extraordinariamente el resto de los sentidos, de ahí que algunos invidentes tuvieran un magnífico oído musical, aprendían a tocar algún instrumento y se ganaban la vida como músicos callejeros.

   Al lado de los anteriores, a quienes podemos catalogar como “ciegos currantes”, existía otro grupo más favorecido, que eran aquellos que pertenecían a familias acomodadas; para estos, la vida era más fácil ya que no se veían obligados a realizar las tareas de los anteriores para poder subsistir. 
   Sin embargo, todos, sin distinción, tenían en común que necesitaban a alguien que viera por ellos y dirigiera sus pasos, un lazarillo, que podía ser un familiar cercano, o bien una persona ajena a la familia que era contratada con este fin. 

   Tiago -los diminutivos de Santiago pueden ser Santi, o Tiago- era uno de estos afortunados. Sus padres, económicamente, eran gente muy solvente, dueños de una buena hacienda, y ello le permitía vivir tranquilamente en su pueblo, sin tener necesidad de salir a buscarse la vida en otros lugares; además, en el plano amoroso, la vida también le había sonreído y estaba felizmente casado. 

   El matrimonio, evidentemente, no fue consecuencia de un amor a primera vista, si analizamos el problema de pobre Tiago, pero resultó ser muy ventajoso para ambos cónyuges. Su mujer, que era más joven que él, procedía de una familia muy humilde; había entrado a trabajar de criada en casa de sus padres, y como era simpática, trabajadora y muy desenvuelta, a estos les gustó mucho y habían hecho lo posible para que ella y el hijo se entendieran y llegaran a casarse. 

   Con el casamiento, la chica había ganado seguridad económica, pasando de ser criada a señora de la casa; y, en lo que a él respecta, también había salido favorecido: tenía una esposa que se portaba muy bien con él , además era su lazarillo y, aunque Tiago no podía apreciarlo, debido a su discapacidad, todos afirmaban que era muy guapa - no la veía, pero como el sentido del tacto también lo tenía muy desarrollado, lo que tocaba le complacía mucho-. 

    Claro que en la vida no hay nada perfecto; en las relaciones de pareja, aún en las mejor avenidas, siempre hay algún nubarrón amenazante en el horizonte y, en este caso, el problema era que el marido era bastante celoso, algo que a ella, naturalmente, le molestaba mucho. 
   La esposa no entendía cómo Tiago podía pensar que pudiera serle infiel, ya que casi siempre estaba a su lado llevándole de la mano a todos los sitios; por lo que no existía motivo alguno que pudiera justificar las sospechas del marido respecto a la posible infidelidad. Claro que el celoso no sufre por lo que se ve - y menos en el caso de Tiago -, sino por lo que se imagina. 

  Ella, aunque a veces se enfadaba mucho con el marido, ante los comentarios que a menudo hacía por este motivo, casi siempre lo tomaba a chanza respondiéndole que, en vista de que sus sospechas eran totalmente infundadas, y que, por lo tanto, en ese sentido, nunca tenía razón, algún día iba a hacer lo posible para que así pudiera tenerla, algo que irritaba más aún a Tiago. 

   El matrimonio tenía un criado para realizar las labores del campo, éste era ya bastante viejo, y un día les comunicó que debían buscar otro empleado, porque él había decidido dejarlo. 

  A la hora de buscar un sustituto, Tiago insistió mucho a la mujer que el nuevo criado debía ser un hombre muy experimentado en las labores del campo, ya que, prácticamente, debía ocuparse de todo el trabajo que requería la hacienda; por lo que no podía ser demasiado joven -la realidad era que  quería evitar contratar un criado joven y así evitar que la mujer se fijara en él- 
  La esposa, que sabía perfectamente por dónde iba el asunto, para que no se pusiera pesado y dejara de insistir tanto, le dijo que estaba de acuerdo en ello. 

  El “Departamento de Recursos Humanos” de aquella casa, encargado de la contratación, decidieron de mutuo acuerdo, que iba a estar constituido por los dos cónyuges, acordando que el candidato al puesto debía superar dos filtros. El primero lo haría la esposa; ésta se encargaría de valorar el aspecto del aspirante, asegurándose que era una persona de mediana edad y sana, sin problemas físicos que pudieran limitar el desarrollo de la actividad. Si ella daba el visto bueno, el aspirante, entonces, debía superar un segundo filtro, en este caso con Tiago que se encargaría de valorar la experiencia, pautas de trabajo, ajustar horarios, sueldo y, llegado el caso, sería quien decidiría, en última instancia, si el candidato era o no contratado. 

   Cuando llegó el primer aspirante al puesto, resultó que era joven y encima muy guapetón,  así que, debido a la edad, no reunía una de las condiciones estipuladas; pero a la mujer le agradó bastante y,  en vez de despedirlo con la excusa de no reunir el perfil adecuado, decidió aceptar su candidatura advirtiéndole que, como necesitaba la aprobación del marido y este no quería un criado joven, si deseaba quedarse con el puesto, cuando Tiago le preguntara la edad, debía decirle que era bastante más viejo de lo que era, sugiriéndole que se sumara 20 años a su edad real; el joven lo hizo así y, gracias la artimaña, pudo ser contratado. 

   Al poco tiempo, ocurrió lo que tenía que pasar; criado joven y ama joven, viviendo en estrecha proximidad; primero empezaron a entenderse regular…después bien …después muy bien, y cuando decidieron llevarse mejor aún, resulta que no sabían cómo ni dónde encontrarse sin despertar las sospechas del marido, que siempre estaba muy pendiente de ella, ya que, como bien dice el refrán “marido celoso no tiene reposo”. 

   Llegó el verano, el matrimonio tenía una huerta y en aquel lugar es donde la mujer vio una oportunidad. Además de las legumbres, lechugas , hortalizas, patatas…tenían árboles frutales, sobre todo manzanos. A Tiago le encantaba este fruto, tenían distintas variedades de manzanos y, como ya habían empezado a madurar, casi todas tardes iban a la huerta. 

   Al marido, le encantaba recorrer los frutales y, como no veía, tocaba las manzanas, las olía, elegía las que le parecían y las comía a pie de árbol. Al estar los manzanos plantados formando hileras, recorría el terreno despacio, él solo, sin necesidad de que la mujer le guiase en su recorrido, y se tomaba bastante tiempo en este menester; mientras tanto, ella le esperaba sentada a la sombra de alguna pared, o bien dentro de una pequeña nave -una caseta- que tenían en la huerta para guardar las herramientas. 

   El trabajo de la huerta lo hacía el criado por las mañanas, así que por las tardes allí solo estaban ellos dos. Un día, el criado y la mujer de Tiago, que andaban buscando un lugar y un el momento apropiados para mantener un encuentro, pensaron que habían encontrado la ocasión perfecta para ello. 
  
   El chico, iría a la huerta una tarde, antes de que ellos llegaran; una vez allí, se escondería en la caseta y, cuando el ciego hiciera su recorrido habitual por los frutales, ella le diría que iba a esperarlo, aburrida, dentro de la caseta, como hacía habitualmente, pero aquel día en vez de aburrirse ¿¿¿*****???
  El plan era perfecto y la tarde se presentaba muy prometedora para los dos - mejor los tres-, pues todos disfrutarían a su modo. Tiago lo haría con sus manzanas, y ella y el criado haciendo "gimnasia", dentro de la caseta, sin que nadie los viera. 

   Con lo que no contaba ninguno de ellos es que, en aquel momento, “casualmente” fueran a pasar por allí Jesucristo y San Pedro que se dieron cuenta del asunto. El apóstol comentó: 
  
   - ¿Has visto Maestro? Mientras el pobre Tiago se entretiene en coger manzanas de los árboles, la mujer y el criado, aprovechando que no ve, se divierten en la caseta cogiendo otras cosas.
 
   - Sí que lo veo Pedro. Respondió Jesucristo, muy pensativo. Comprendo que las manzanas no tienen culpa de nada…pero ¡qué casualidad! Mi Padre tuvo un conflicto con Adán y Eva por una manzana que  les valió la expulsión del Paraíso, y aquí, ya lo ves: mientras Tiago anda cogiendo manzanas, los

otros dos “se la están pegando”. ¿Sabes lo que voy a hacer? Le voy a dar la vista y ya verás el susto que se llevan los de la caseta. 

   Dicho y hecho. El ciego de pronto comenzó a ver, se puso muy contento y quedó asombrado en un grado superlativo por lo sucedido. Se acercó a toda prisa a la caseta a dar la noticia a la mujer y cuando llegó allí y se asomó, su asombró aún aumentó mucho más. 
  La suponía sola y aburrida, esperándole en su interior, tal como solía hacer habitualmente, y, para su sorpresa, pudo comprobar que no estaba ni sola, ni aburrida, ya que la acompañaba un hombre, y no estaban precisamente rezando un rosario. 

   Al ver lo que estaba sucediendo, muy irritado, empezó a recriminarles por lo que estaba pasando; ella, en cambio, muy serena, le dijo: 

  - ¡Hay que ver lo desagradecido eres! ¿No comprendes que, gracias a lo que estamos haciendo, has recuperado la vista?

domingo, 10 de julio de 2022

El motín

 

 

   Un motín es una revuelta popular, ante un dirigente, por una orden que la gente considera injusta; ejemplos de motines famosos, que tuvieron lugar en nuestro país, fueron el motín de Esquilache, y el de Aranjuez.

   Una vez, en nuestro pueblo, ocurrió un suceso y no tengo la plena seguridad de que pueda ser catalogado como motín, eso lo dejo a criterio de cada uno.

    En el campo, cuando el terreno es poco fértil, como ocurre en nuestra comarca, no es cultivado dejándolo, de forma permanente, para pastos; de ahí que nuestra zona sea eminentemente ganadera, alimentándose el ganado con pastos naturales, cuando los hay, así como con forraje, pienso y, especialmente, paja empaquetada en pacas o rulos, en aquellas épocas del año donde los pastos escasean. Obviamente, la paja, si no se cultivan cereales, hay que comprarla en aquellos lugares donde sí lo hacen, pero esto no siempre ha sido así.

   Aunque, actualmente, la ganadería supone, prácticamente, el 100% de la actividad de nuestros paisanos, hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo pasado, la agricultura aún tenía un importante papel en la vida de nuestros pueblos, y el trabajo en el campo se repartía casi, a partes iguales, entre la agricultura y la ganadería, dedicándose grandes superficies de terreno a la siembra de cereales.    

   Si tenemos en cuenta que antes, en el campo, gran parte del terreno eran tierras abiertas, y que las explotaciones ganaderas se desarrollaban en régimen extensivo pastando el ganado, frecuentemente, en campo abierto, esto era origen de frecuentes conflictos por el peligro de que vacas, ovejas, cabras… se metieran en el terreno cultivado y comieran las cosechas.

   Para intentar solucionar esta circunstancia, haciendo posible que la agricultura y la ganadería fuesen compatibles, nuestros antepasados establecieron una serie de normas de obligado cumplimiento para todos, siendo éste el origen de las “Hojas de Cultivo”. Un método de producción, cuyo objetivo era hacer posible los cultivos en terrenos poco productivos; como en ellos no era posible sembrar las mismas parcelas todos los años, porque había que dejar descansar la tierra, la siembra de la siguiente cosecha se efectuaba en otros pagos.

   Este sistema de rotación de los cultivos, donde va alternándose cada año el terreno dedicado a la siembra de los cereales, era conocido como “Hojas de Cultivo”. Cuando la rotación era bianual se decía que había dos hojas, una reservada para siembra y otra de descanso; en cambio, cuando la rotación de los cultivos era trienal, entonces las hojas eran tres; siendo esta última modalidad la que se realizaba en nuestra comarca.

   En este segundo caso, el término municipal se dividía en tres hojas de superficies semejantes y lo más homogéneas posibles; una era la Hoja de Cultivo, que era el terreno destinado cada año a la siembra y cosecha de los cereales; en ella, obviamente, no debía pastar el ganado; la segunda, era la Hoja de Barbecho, integrada por el terreno que se preparaba para el cultivo del año siguiente, en el que se realizaban varias aradas (tras las lluvias del invierno para remover la tierra, en primavera para  eliminar las malas hierbas y enterrarlas, sirviendo estas como abono; y otra en otoño, para la siembra); la tercera hoja era la Hoja de Descanso, constituida por el terreno que había sido sembrado el año anterior.

   Tanto en la zona de barbecho como en la de descanso sí podía pastar el ganado, con la ventaja añadida de que el terreno era abonado de “forma natural” (una forma fina de decir que sus excrementos fertilizaban la tierra de un modo muy ecológico).

     La idea del cultivo en hojas tuvo su origen en la Edad Media no siendo exclusivo de nuestra zona, era una práctica muy extendida por todo el país y requería una buena coordinación entre los propietarios para evitar desfases en el uso de las parcelas (cada año debían estar al tanto de las hojas para realizar todos las mismas actividades en cada una de ellas: sembrar, llevar el ganado…).

   A grandes rasgos, este era el funcionamiento de las hojas; para vigilar que todos cumplieran las normas debidamente, existía un guarda jurado. Éste, cuando alguno incumplía la normativa, como por ejemplo llevar ganado a una zona que no correspondía, procedía a multarlo.

     Todos los años, una vez acababa la siega, cuando los manojos de cereal ya estaban apilados en las eras para proceder a la trilla (una actividad ya desaparecida desde que llagaron las cosechadoras); se daba por finalizada la Hoja de Cultivo, liberándose entonces el terreno perteneciente a la misma para que los animales pudieran aprovechar los rastrojos. Este acto era conocido como “Levantar la Hoja”, se anunciaba tocando la campana del ayuntamiento, y era una noticia muy esperada por los ganaderos,

 Si consideramos que esto tenía lugar en julio, cuando en los campos ya apenas quedaba pasto alguno para el ganado, liberar un tercio del término para que los animales aprovecharan los rastrojos suponía un gran alivio para todo el mundo. Nuestros paisanos, además del ganado para carne, cuando aún no había tractores, precisaban animales de tiro: bueyes, mulas o burros, así que la cabaña ganadera era muy numerosa y los animales, obviamente, necesitan comer a diario.

Una vez que el guarda se aseguraba que ya todo estaba segado y que en el campo ya no quedaba cereal alguno pendiente de recoger, lo comunicaba al alcalde y este mandaba al alguacil que tocara la campana del ayuntamiento. Esta era la señal de que el terreno dedicado a la hoja de siembra dejaba de estar acotado teniendo los ganaderos, a partir de ese momento, libertad para llevar al ganado a las rastrojeras, algo que venía sucediendo, ininterrumpidamente, desde siglos atrás.

  Un día de julio de aquel año, ya estaban todas las mieses en las eras dispuestas para la trilla, y un paisano se cruzó en la calle con el alcalde, dirigiéndose a él en estos términos:

-      Mira, XXXXX , ya está todo recogido. Creo que ha llegado la hora de “levantar la hoja” para poder llevar el ganado a los rastrojos; en las otras dos hojas ya está todo comido,así que cuanto antes des la orden, mejor.

   Era comienzos de la década de 1930, en plena Segunda República, y el alcalde había sido elegido recientemente, de forma democrática, para defender los intereses del pueblo, como debe ser. Claro que una cosa es la teoría y otra la realidad. Resulta que el hombre tenía el concepto de autoridad muy subido y eso de que un ciudadano cualquiera le dijese lo que tenía que hacer no le gustó nada.

-   Eso se hará cuando yo lo considere. Respondió, con algo de acritud. Mañana me aseguro personalmente de que todo el mundo ya ha acabado de segar y acarrear el cereal a las eras.

-        Yo te garantizo que no queda nada. Respondió el paisano, molesto por la desconfianza. .

-     Pues yo te repito que hasta que no lo vea personalmente y me asegure de ello, no se abren los rastrojos. Respondió el alcalde secamente.

   El regidor, a lo largo del día, aún se encontró con más paisanos que le hicieron la misma observación y esto cada vez le irritaba más. Debía tener un grado de autoestima demasiado elevado y eso de que la gente anduviera indicándole lo que debía hacer, no lo sentó demasiado bien. ¿Acaso desconfiaban de su capacidad gestora? ¿O es que no se habían enterado aún de que él era el alcalde, la máxima autoridad del lugar? Esto era inadmisible, pero pronto iban a enterarse todos quien mandaba allí.

   Pasó un día…y otro…y otro…, y no acababa de sonar la campana del ayuntamiento anunciando la apertura del aprovechamiento de los rastrojos, un hecho que tenía desconcertados a los vecinos del pueblo.

   Todos sabían que el cereal ya estaba totalmente recogido y que el siguiente paso era "levantar la hoja" para que los animales pudieran aprovechar las rastrojeras, algo que a estas alturas del año era muy necesario; pero pasaban los días y el ansiado anuncio no llegaba, así que una tarde, harto de esperar, un sobrino del alcalde, aprovechando la confianza que da el parentesco, fue a casa del tío a pedirle explicaciones y aquello acabó como el “rosario de la aurora”: uno diciendo que no existía excusa alguna para que aún no se hubiera levantado la hoja y el alcalde dando largas al asunto, diciendo que lo haría pronto, pero sin dar fecha y razón alguna de por qué no lo había hecho aún.

    El sobrino salió muy enfadado del “encuentro familiar”; aquella misma tarde pasó por casa de otros vecinos que estaban tan cabreados como él por la demora injustificada, haciéndoles partícipes que todo obedecía, únicamente, a una cabezonada del alcalde y acordaron que, en la mañana siguiente, pasándose la autorización del alcalde por ¿¿¿¿????, llevarían todos a la vez el ganado a los rastrojos, haciendo correr la voz de sus intenciones al resto de los ganaderos.

     Entonces, al contrario que ahora, el ganado se guardaba por las noches en el pueblo, en los corrales. 

  El plan era que al día siguiente, a primera hora de la mañana, harían sonar la campana del ayuntamiento, se reunirían todos en la plaza del pueblo con el ganado, y juntos irían a llevarlo a los rastrojos. Así que, una vez amanecido, varios hombres se presentaron en casa del alguacil indicándole que tocara la campana, a lo que este se negó alegando que sólo podía hacerlo si lo indicaba el alcalde; pero eso no les detuvo; ellos mismos entraron en el ayuntamiento y la hicieron sonar, indicando de este modo que, aunque fuese a espaldas de la autoridad, se daba por levantada la hoja aquel año y de paso convocar a los ganaderos en la plaza, tal como habían acordado la tarde anterior. Los dueños de los animales determinaron que la mitad de ellos irían al frente de la numerosa manada vacuna, y la otra mitad lo haría detrás, para guiarla hasta su destino.

 Mientras la gente, con sus animales, iba llegando a la plaza y ésta, poco a poco, fue llenándose de vacas, el alguacil se acercó a casa del alcalde a contarle lo que estaba ocurriendo, algo que le irritó mucho; para él, aquello era un menoscabo intolerable de su autoridad, un motín con todas las letras, así que le dijo al alguacil que, inmediatamente, se iba a encargar de cortar aquella rebelión de raíz.

   El subordinado no sé si sabría lo que era un motín, pero lo que sí sabía era que la gente estaba muy cabreada y así lo hizo saber al alcalde, pero éste no le hizo caso alguno.


    Mientras la manada de vacas, guiada por los dueños que iban a la cabeza, subía calle arriba, camino de las rastrojeras, el alcalde, a toda prisa, acompañado por el alguacil, atravesando algunas calles llegó a una que era de paso obligado para los insurgentes y su ganado, y se situó en el medio de la misma a esperarlos.

    Cuando llegó la comitiva a su altura, los hombres que iban a la cabeza de la manada vieron al regidor plantado en el medio de la calzada, pero no hicieron ademán de detenerse y el alcalde, entonces, comenzó a gritar, increpando al grupo de hombres ordenándoles que ¡¡tenían que darse la vuelta!!, porque aún no se había “levantado la hoja”. Estos, a su vez, le indicaron que se quitara del medio.

  El alcalde, entonces, empezó a mover los brazos y dar voces a las vacas que iban al comienzo de la manada, para espantarlas, y esta fue la gota que colmó el vaso.

  Los ganaderos se enfurecieron y, precisamente, el sobrino que iba en el grupo de cabeza;el mismo que el día anterior había ido en son de paz a hablar con él, invitándole a que abriera los pastos de una vez, con la ijada que llevaba en una mano, le arreó unos estacazos al alcalde que, ahora sí, abandonó el centro de la calle dejando paso a la comitiva.

  El alguacil, que contemplaba la acción unos metros atrás, desde el principio estaba convencido que aquello no podía acabar bien, así que, al ver que el sobrino se acercaba a “saludar” de aquella forma tan extraña a su tío, se alejó de allí metiéndose en una calle lateral -él solo era un mandado, y no estaba interesado en recibir lo que no quería- . Sabía que los héroes, aunque en las leyendas siempre acaban bien, en la vida real suele ocurrir lo contrario y el resultado de aquella gresca no hacía más que corroborar sus impresiones: El alcalde no le había hecho caso alguno; había querido ejercer aquella mañana de héroe, y el resultado a la vista estaba.

  Mientras que el rebaño de vacas, ya sin obstáculo alguno que dificultara el paso, siguió su camino, el imprudente alcalde y el prudente alguacil se retiraron del lugar de la contienda.

   Cuando el subordinado sugirió al jefe apaleado ir al médico, éste, tras comprobar que no tenía heridas externas, sino contusiones –sus heridas sobre todo eran morales- le dijo que no, que lo que iba a hacer era denunciar el hecho, a la Guardia Civil, inmediatamente.

  Al tratarse del alcalde, fue el sargento quien le atendió personalmente, y, cuando aquel le contó lo sucedido: Que se había plantado en el medio de una calle, delante de veinticinco ganaderos cabreados, que iban al frente de una manada de cerca de 300 vacas, para impedirles el paso, no supo que pensar. Por suerte, la cosa había quedado en contusiones; en cuanto al daño moral, el alcalde lo había sufrido, pero también lo habían sufrido los dueños del ganado viendo la tomadura de pelo de que habían sido objeto por el empecinamiento de la otra parte, así que, en ese aspecto, estaban empatados.

   Cuando pidió al alcalde que le dijera los nombres de los amotinados que le habían agredido, la respuesta de éste le dejó atónito.

-   Tienes que llamar a todos, y que paguen por lo que han hecho. Por incumplir el orden establecido y, además, por pegarme.

El desenlace:

ü  La Guardia Civil, tomó declaración a gran número de paisanos y todos contaron lo mismo. Al contrario que en Fuenteovejuna, la obra de Lope de Vega, donde la totalidad de los declarantes afirmaban haber matado al comendador, aquí nadie había visto que el alcalde hubiera sido agredido.

ü  El alguacil, a su vez, declaró que la agresión ocurrió a sus espaldas, en el preciso momento que, para alejarse de la gresca, se metió en una calle lateral, por lo que no pudo ver quien o quienes habían sido los agresores.

ü  Las vacas, si fueron llamadas a declarar, dudo mucho que pudieran decir algo más que ¡Muuú!

ü  En cuanto a las moreras que fueron testigos directos de la escena, resultaron ser las más discretas de todos ellos. No dijeron nada.

miércoles, 8 de junio de 2022

Amores extraños II. La ronda de San Juan

 


   Hoy día es difícil imaginar un mundo sin teléfonos móviles e internet, pero no siempre han estado ahí; su uso, de una forma generalizada, tal como los conocemos ahora, debió comenzar en España en torno a los inicios de la década de 1990.

   Desde entonces, cuando una pareja tiene una relación, resulta muy sencillo mantener un contacto diario, aunque sea virtual; pero cuando Jero y Juan eran jóvenes, aún faltaban más de 20 años para que el teléfono móvil fuera un artículo de uso cotidiano y las formas de comunicarse eran más “artesanas”, el contacto tenía que ser directo y los encuentros no eran diarios; de hecho, muchos novios solo se veían una vez a la semana (los domingos).

    En aquella época, mediados del siglo pasado, en España, especialmente en el medio rural, la sociedad era muy cerrada; con unas costumbres anacrónicas, el modelo de vida existente estaba marcado por el patriarcado en las familias, el machismo y la religión. Con una educación sexista, eran tiempos de “a las diez en casa” para ellas, el ambiente familiar era muy estricto para los hijos, lo que condicionaba que estos procuraban independizarse de los padres lo antes posible.    

    Se dice que “el amor y la amistad no se buscan, se encuentran”; pero mi abuelita pensaba de otra forma, ella decía: “la que quiera novio que vaya a la guerra y lo gane”; dicho de otro modo, quien deseaba encontrar pareja tenía que hacer una búsqueda activa o, al menos, hacer lo posible para que alguien le encontrara; siendo entonces, los principales lugares de encuentro los bailes dominicales en salones que, para tal fin, había en casi todos los pueblos, o las verbenas en la plaza, el día del patrón.

   Esperar a la chica, para verla, cuando iba a la fuente. con el cántaro a por agua, en su día debió ser bastante romántico, pero ya no era posible en la época moza de Juan y Jero; entonces ya había agua corriente a las casas y eso había quedado para el recuerdo.

     Además de las barreras “físicas” para poder iniciar una relación, había que añadir lo fundamental: que a uno le aceptara la chica -siempre era él quien tomaba la iniciativa-; de hecho,  en los inicios de la relación de Jero con Pepa, éste no es que se hubiera llevado alguna calabaza, creo que se ganó una cosecha entera, pero el chico era guapo, simpático, tenía verdadero interés por ella y, tras ¡varios meses! de lucha -evidentemente, no fue un amor a primera vista-  al fin logró que la chica acabara interesándose por él, ¡sólo como amigos y sin derecho a nada! –Por lo que podemos ver, aunque Cupido alcanzó con sus flechas a Pepa, éstas no fueron directas al corazón…como mucho, la alcanzaron en un pie-       

   Una vez vencidos los primeros obstáculos, Jero aún tenía que superar un importante hándicap. En aquella época, si los padres de la chica no aceptaban la relación, ésta tenía pocas posibilidades de prosperar y, en este caso, para desgracia de Pepa y Jero, sus padres no se hablaban. Era una antigua enemistad que venía de muy atrás pues sus abuelos ya se llevaban mal.  

     Como en una pequeña comunidad rural no existen los secretos, todo el mundo sabía que Jero y Pepa “hablaban” (por si alguien no lo sabe, entonces, aparte de hablar, poco más se hacía), pero, para no enfadar a los padres, ellos intentaban disimularlo y, como salir a pasear solos era muy comprometido, se buscaron una carabina cada uno  (carabina : persona, que acompañaba a las parejas de novios para evitar que hicieran cosas consideradas no decorosas (besos, abrazos, etc),  Jero echó mano del amigo Juan, y Pepa de su amiga Clara; los cuatro, formando pandilla, salían juntos, y, además, para intentar confundir al paisanaje, siempre muy pendiente de estas cosas,  hicieron correr el rumor de que quienes formaban las parejas eran Pepa y Juan, y Jero y Clara.

  Aunque “oficialmente” era Juan quien “tonteaba” con Pepa, la gente intuía que allí había gato encerrado, especialmente Severo, el padre de ella que, como no tenía el espíritu tranquilo,  preguntaba repetidamente a Pepa sobre el asunto, a ver si se delataba; pero ella eludía las preguntas respondiendo que no tenía novio alguno y que la dejara tranquila; hasta que un día, el padre habló mal de Jero y de su familia y la hija se enfadó con él defendiendo vivamente al chico, algo que irritó mucho al progenitor.

   Eran tiempos en que los padres hablaban y los hijos escuchaban, pero allí se rompió la norma; hablaron los dos y bastante alto -creo que hasta los vecinos llegaron a escucharles- la trifulca fue de alto nivel, hubo palabras mayores y ella le dijo que pensaba salir con quien le diera la gana y que él era un auténtico tirano. La consecuencia de aquella batalla dialéctica fue que el tirano…el padre…” el dueño del castillo”, decidió encerrar a la princesa en “el torreón”, como en los cuentos; en pocas palabras, prohibió a Pepa salir de casa hasta nueva orden.

  Hoy día, esa acción, aparte de que la hija no hubiera hecho caso alguno al padre, podría ser motivo de denuncia por secuestro, pero entonces la autoridad paterna era casi sagrada y Pepa se vio sometida a un arresto domiciliario impuesto por Severo, que intentaba así torpedear la relación de la hija con el hijo del enemigo.

    Esto ocurría en el mes de junio, se acercaba la víspera de San Juan y en aquel pueblo, como en tantos otros, era una noche muy festiva en la que se hacían hogueras en las calles cumpliéndose, además, el resto de los ritos propios de la fecha “imprescindibles” para que los espíritus de la naturaleza protejan a la comunidad; una fiesta, donde la gente, especialmente los jóvenes, se lo pasan muy bien; pero aquel año, “la pobre prisionera” se la iba a perder, pues tenía prohibido salir a la calle.

   Una de las costumbres que antiguamente realizaban los jóvenes, la noche de San Juan, era rondar a las chicas cantando canciones ante su ventana y, aunque en la época de la que estamos hablando, era una tradición ya desaparecida, Jero pensó que rondar a Pepa podía ser una buena idea: aliviaría el encierro de ésta y además serviría para fastidiar un poco a su severo padre.

   Como aquello era ya una cosa obsoleta, cuando intentó convencer a Juan y a otros dos amigos para que le acompañaran a hacer la ronda, estos se negaron alegando que aquello era una extravagancia (hoy diríamos que era cosa de gente muy friki), pero Jero estaba muy motivado, siguió insistiendo y acabó convenciéndolos con el clásico argumento de que si no le acompañaban era porque no tenían co…- a buen entendedor- y eso a un español, sobre todo de los de entonces, no se le puede decir.  Así que la víspera de San Juan de aquel año, pasada la media noche, con nocturnidad y alevosía, los cuatro amigos se acercaron a la calle de Pepa y, una vez situados frente a la ventana donde dormía, se dispusieron a cantar su ronda. 

Se colocaron ante la ventana 

 

   Obviamente, aquello no estaba improvisado; Juan se había encargado de recopilar una bonita canción de ronda, tradicional del pueblo, preguntando a una de sus abuelas; por ello, a su pesar, automáticamente quedó nombrado “especialista en rondas”.

   Les había enseñado a los compañeros la canción que iban a cantar, y, además, acordaron que, ya que se habían puesto a ello, iban a hacerlo bien. Cada uno cantaría una estrofa y, cada vez que llegara el estribillo, éste lo cantarían todos.

   Ese era el plan de trabajo establecido en el que Juan, al ser “el experto”, comenzaría la faena.  

   Cantó la primera estrofa y, cuando llegó al estribillo, los  demás rondadores fueron incapaces de acompañarle; no es que tuvieran miedo escénico, sino que les había entrado la risa; incluso el enamorado y promotor del acto, Jero, estaba carcajeándose al ver al amigo cantando ante la ventana. Esto hizo que Juan se cogiese un enfado tremendo.

   Su abuelo, que era muy filosófico, le había dicho alguna una vez que “uno debe pelear por cosas que merezcan la pena y que no debe perder energía en cosas inútiles”, y reconoció que andaba sobrado de razón. Se había implicado demasiado y estaba gastando mucha energía en un asunto que sólo le afectaba muy indirectamente.  

    No deseaba ir a ronda alguna y, finalmente, había aceptado para hacerle un favor al amigo; había hecho el trabajo de campo aprendiendo de su abuela la canción de ronda; se la había enseñado a los demás; habían acordado que cantarían todos y, a la hora de la verdad, además de no cantar dejándole tirado, allí estaban muertos de risa. No sabía si las risas eran debidas al acto en sí de la ronda, que les parecía muy jocoso, a que  no les convencía “su profesionalidad” como cantante, o a ambas cosas.

   A todo ello, había que añadir el agravante de que su voz era la única que había “roto el silencio de la noche”, algo que ya no tenía enmienda y ahora los vecinos, y hasta Severo, podían pensar que él era el auténtico enamorado.

   Muy cabreado, sin tan siquiera despedirse de los compañeros, comenzó a caminar calle abajo con intención de alejarse de allí y olvidar lo sucedido lo antes posible. Había decidido que los problemas amorosos de Jero y Pepa habían dejado de importarle.   

  Entretanto, la puerta de la casa se abrió y los compañeros, olvidando las risas, echaron a correr calle abajo y le adelantaron; curiosamente, el que más corría en la huida era Jero, el organizador del evento; en cambio, Juan, que iba absorto en lo que acababa de pasar, ni se inmutó al verlos pasar, como había decidido que aquello ya no iba con él...  

   Siguió a su ritmo, caminando por la calle, sin mirar para atrás, y, cuando quiso darse cuenta tenía ante sí a Severo; éste, que había salido de la casa, y no precisamente para felicitar a los rondadores, le había adelantado y estaba plantado ante él.

  Muy enfadado y a la vez extrañado de que uno de aquellos gamberros no hubiera huido como los demás, se dirigió a Juan en estos términos:

 - ¡Vamos a ver! ¿¡¡Qué es lo que estáis haciendo!!? ¿¡¡No veis la hora que es!!? ¿¡¡¡Es que no podéis dejar dormir a la gente!!!? Severo siguió soltando una retahíla de improperios, pero Juan estaba saturado emocionalmente: había ido de ronda sin gana ninguna, había acabado cantándole a la enamorada de otro, los demás le habían dejado tirado y ahora, como Gary Cooper en la película, estaba “sólo ante el peligro”, frente al enfurecido padre de Pepa. La noche iba de mal en peor; pero, como había decidido que él ya no formaba parte de aquello, hasta se sorprendió de lo tranquilo que estaba escuchando al irritado padre de Pepa y, cuando éste acabó con sus improperios, le respondió.

 - Es la noche de San Juan. Por eso hemos venido a rondar. Usted de joven, supongo que también lo haría. 

  Severo, que esperaba encontrar a un muchacho asustado y dispuesto a disculparse, se sorprendió tanto por la tranquilidad que mostraba, como por la respuesta.

-       ¡Sí!, yo cuando era joven rondaba a las mozas la noche de San Juan, ¿y qué?, pero entonces eran otros tiempos, lo hacíamos a horas mucho más tempranas y no molestábamos a nadie.

    ¿Y a quien querías rondar?, si puede saberse. Continuó preguntando Severo.

- ¡Pues a Pepa! Respondió Juan -cómo iba a negarlo-.

- ¿Entonces a ti te gusta mi hija o qué? Siguió interrogando, Severo, con cara muy seria.

   Él sabía perfectamente que el pretendiente de su hija era Jero, pues ella se lo había declarado abiertamente; pero tras aquella ronda en la que Juan, a su pesar, había sido el único cantor, le había entrado la duda y quería aclararlo (a ver si ahora iba a resultar que la chica tenía dos pretendientes)  El chico se encontraba en la misma tesitura y decidió que aquello había que aclararlo ya mismo, así que en un acto casi heroico, vistas las malas pulgas que se gastaba Severo, decidió tirar por el camino recto; al fin y al cabo, él no tenía nada que perder.

     - ¡Mire!, Jero es muy buena gente, y Pepa también…los dos son muy majos. Si usted se lleva mal con el padre del él…allá ustedes. Creo que lo que debería hacer es dejar en paz a su hija.

    Severo, al escuchar estas palabras, se exasperó aún más ¡Un muchacho de 20 años dándole     consejos!

 -      ¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer¡, respondió enfadadísimo ¡Vienes a mi calle de noche!          ¡Despiertas a la vecindad! ¡¡¡Y encima quieres darme lecciones!!! ¡Esto es inaudito! ¡Además! Y             tu, entonces, ¿ qué pintas en todo esto ?, continuo el hombre con su discurso.


-       ¡Eso mismo me pregunto yo! respondió el Juan. Pero no se preocupe; a partir de ahora, si pintaba poco le aseguro voy pintar menos todavía. 

 

      Severo, si oyó a Juan hizo como si no lo hubiera hecho y siguió hablando:

 

-       Antes de irte, quiero que sepas una cosa. Esta tarde, ha llegado, de vacaciones al pueblo, el hermano de mi mujer…el fraile, y está en nuestra casa ¿sabes qué habitación le hemos dado para dormir?  La de la ventana que acabáis de rondar. Llegó cansado, se ha acostado pronto y le habéis despertado. Eso es lo único que habéis conseguido. Es a él a quién habéis rondado, dijo mientras se alejaba de Juan, con intención de volver a su casa.

    Del mismo modo que “todo corpus tiene su octava”, aquella ronda, no iba a quedar así.

    Al día siguiente, las vecinas de Pepa hicieron llegar a oídos de los padres de Juan varias opiniones.  A una mujer mayor le había parecido muy bonita la ronda; seguramente le había traído recuerdos agradables de cuando era joven y la rondaban a ella; a otra –esta era más joven, claro- le había parecido un acto de gamberrismo y es que, en lo concerniente a la música tradicional, yo no eran buenos tiempos para la lírica. Además, aquella tarde, se presentó en casa de Juan el afectado por la ronda, la víctima inocente, el pobre fraile que había sido despertado la noche anterior por estar en la habitación equivocada, el día equivocado.

  Al contrario que Severo, era una persona muy amigable, se llevaba bien con todo el mundo y los veranos, cuando iba al pueblo de vacaciones, visitaba, prácticamente, a todo el paisanaje en sus casas, para saludarles; aquella tarde, “casualmente”, había decidido ir a la suya.

   Tras saludar a la madre de Juan, que fue quien le recibió,  preguntó por él y cuando salió a saludarlo, resignado a escuchar otra reprimenda, – a estas alturas del día, todo el pueblo sabía que el rondado había sido el fraile -  y se disponía a pedirle disculpas, el fraile no lo consintió. Comentó que le había hecho mucha gracia y que el hecho de haber sido rondado era una anécdota más para contar.

   Este religioso era un auténtico ciudadano del mundo. Había sido misionero en África, era profesor, había escrito varios libros y su vida se desenvolvía en esferas superiores, muy alejadas del modo de vida de los pueblos; esto no quitaba para que fuera un enamorado del pueblo, de sus gentes y de sus costumbres.

   Aquella extraña ronda, en contra de lo que pensó Juan en un primer momento, al final fue útil. Sirvió para que el fraile se enterara de que su sobrina era pretendida por Jero y de la fuerte oposición del padre a esta relación, llegando al convencimiento de que había encontrado  una nueva misión que cumplir,  en este caso  no en África sino en su propio pueblo, que consistiría en reconciliar a los Sánchez y los Hernando (los padres de Pepa y Jero).

   Obviamente, tomó partido por Pepa; él era una persona "normal" y entendía que toda individuo adulto es libre de elegir a su pareja, así que habló seriamente con el cuñado y la primera consecuencia de ello fue que “la princesa” pudo abandonar su encierro. Concertó una reunión entre Severo y el padre de Jero, ejerciendo de mediador, y consiguió que, aunque el asunto no acabara con un abrazo fraternal, al menos se dieran la mano y prometieran que “oficialmente”, dejaban de ser enemigos.

   Además, Severo dejó de inmiscuirse en los asuntos amorosos de Pepa, pudiendo ella y Jero ser novios formales, a la vista de todos; pero, al contrario de lo que sucede en los cuentos infantiles, no comieron perdices ni hubo un final feliz. Los novios, cuando dejaron de tener problemas ajenos a ellos, se centraron en los propios, se conocieron mejor y acabaron dejándolo.

 Nota

·         Todo parecido entre lo que se narra y la realidad, no es pura coincidencia.