otros dos “se la están pegando”. ¿Sabes lo que voy a hacer? Le voy a dar la vista y ya verás el susto que se llevan los de la caseta.
viernes, 5 de agosto de 2022
El Milagro
otros dos “se la están pegando”. ¿Sabes lo que voy a hacer? Le voy a dar la vista y ya verás el susto que se llevan los de la caseta.
domingo, 10 de julio de 2022
El motín
Un motín es una revuelta popular, ante un dirigente, por una orden que la gente considera injusta; ejemplos de motines famosos, que tuvieron lugar en nuestro país, fueron el motín de Esquilache, y el de Aranjuez.
Una vez, en nuestro pueblo, ocurrió un suceso y no tengo la plena
seguridad de que pueda ser catalogado como motín, eso lo dejo a criterio de
cada uno.
Si tenemos en cuenta que antes, en el campo, gran parte del terreno eran
tierras abiertas, y que las explotaciones ganaderas se desarrollaban en régimen
extensivo pastando el ganado, frecuentemente, en campo abierto, esto era origen
de frecuentes conflictos por el peligro de que vacas, ovejas, cabras… se
metieran en el terreno cultivado y comieran las cosechas.
Para intentar solucionar esta circunstancia, haciendo posible que la
agricultura y la ganadería fuesen compatibles, nuestros antepasados establecieron
una serie de normas de obligado cumplimiento para todos, siendo éste el origen
de las “Hojas de Cultivo”. Un método de producción, cuyo objetivo era hacer
posible los cultivos en terrenos poco productivos; como en ellos no era posible
sembrar las mismas parcelas todos los años, porque había que dejar
descansar la tierra, la siembra de la siguiente cosecha se efectuaba en otros
pagos.
Este sistema de rotación de los cultivos, donde va alternándose cada año el terreno dedicado
a la siembra de los cereales, era conocido como “Hojas de Cultivo”.
Cuando la rotación era bianual se decía que había dos hojas, una reservada para siembra y otra de descanso; en cambio,
cuando la rotación de los cultivos era trienal, entonces las hojas eran tres; siendo esta última
modalidad la que se realizaba en nuestra comarca.
En este segundo caso, el término municipal se dividía en tres hojas de
superficies semejantes y lo más homogéneas posibles; una era la Hoja
de Cultivo, que era el terreno destinado cada año a la siembra y
cosecha de los cereales; en ella, obviamente, no debía pastar el ganado; la
segunda, era la Hoja de Barbecho, integrada por el terreno que se
preparaba para el cultivo del año siguiente, en el que se realizaban varias
aradas (tras las lluvias del invierno para remover la tierra, en primavera
para eliminar las malas hierbas y
enterrarlas, sirviendo estas como abono; y otra en otoño, para la siembra); la
tercera hoja era la Hoja de Descanso, constituida por el terreno que había sido
sembrado el año anterior.
Tanto en la zona de barbecho como en la de descanso sí podía pastar el
ganado, con la ventaja añadida de que el terreno era abonado de
“forma natural” (una forma fina de decir que sus excrementos fertilizaban la tierra
de un modo muy ecológico).
La idea del cultivo en hojas tuvo su origen en la Edad Media no siendo exclusivo de nuestra zona, era una práctica muy extendida por todo el país y requería una buena coordinación entre los propietarios para evitar desfases en el uso de las parcelas (cada año debían estar al tanto de las hojas para realizar todos las mismas actividades en cada una de ellas: sembrar, llevar el ganado…).
A grandes rasgos, este era el funcionamiento de las hojas; para
vigilar que todos cumplieran las normas debidamente, existía un guarda jurado. Éste, cuando alguno incumplía la normativa,
como por ejemplo llevar ganado a una zona que no correspondía, procedía a multarlo.
Todos los años, una vez acababa la siega, cuando los manojos de cereal ya estaban apilados en las eras para proceder a la trilla (una actividad ya desaparecida desde que llagaron las cosechadoras); se daba por finalizada la Hoja de Cultivo, liberándose entonces el terreno perteneciente a la misma para que los animales pudieran aprovechar los rastrojos. Este acto era conocido como “Levantar la Hoja”, se anunciaba tocando la campana del ayuntamiento, y era una noticia muy esperada por los ganaderos,
Una vez que el guarda se aseguraba que ya todo estaba
segado y que en el campo ya no quedaba cereal alguno pendiente de recoger, lo
comunicaba al alcalde y este mandaba al alguacil que tocara la campana del
ayuntamiento. Esta era la señal de que el terreno dedicado a la hoja de
siembra dejaba de estar acotado teniendo los ganaderos, a partir de ese momento,
libertad para llevar al ganado a las rastrojeras, algo que venía sucediendo,
ininterrumpidamente, desde siglos atrás.
Un día de julio de aquel año, ya estaban todas
las mieses en las eras dispuestas para la trilla, y un paisano se cruzó en la
calle con el alcalde, dirigiéndose a él en estos términos:
- Mira, XXXXX , ya está
todo recogido. Creo que ha llegado la hora de “levantar la hoja” para poder
llevar el ganado a los rastrojos; en las otras dos hojas ya está todo comido,así
que cuanto antes des la orden, mejor.
Era comienzos
de la década de 1930, en plena Segunda República, y el alcalde había sido
elegido recientemente, de forma democrática, para defender los intereses del
pueblo, como debe ser. Claro que una cosa es la teoría y otra la realidad. Resulta
que el hombre tenía el concepto de autoridad muy subido y eso de que un ciudadano
cualquiera le dijese lo que tenía que hacer no le gustó nada.
- Eso se hará cuando
yo lo considere. Respondió, con algo de acritud. Mañana me aseguro
personalmente de que todo el mundo ya ha acabado de segar y acarrear el cereal
a las eras.
- Yo te garantizo que
no queda nada. Respondió el paisano, molesto por la desconfianza. .
- Pues yo te repito
que hasta que no lo vea personalmente y me asegure de ello, no se abren los
rastrojos. Respondió el alcalde secamente.
El regidor, a lo largo del día, aún se
encontró con más paisanos que le hicieron la misma observación y esto cada vez
le irritaba más. Debía tener un grado de autoestima demasiado elevado y eso de
que la gente anduviera indicándole lo que debía hacer, no lo sentó demasiado bien. ¿Acaso desconfiaban de su
capacidad gestora? ¿O es que no se habían enterado aún de que él era el
alcalde, la máxima autoridad del lugar? Esto era inadmisible, pero pronto iban
a enterarse todos quien mandaba allí.
Pasó
un día…y otro…y otro…, y no acababa de sonar la campana del ayuntamiento anunciando
la apertura del aprovechamiento de los rastrojos, un hecho que tenía desconcertados a
los vecinos del pueblo.
Todos sabían que el cereal ya estaba
totalmente recogido y que el siguiente paso era "levantar la hoja" para que los
animales pudieran aprovechar las rastrojeras, algo que a estas alturas del año
era muy necesario; pero pasaban los días y el ansiado anuncio no llegaba, así que una
tarde, harto de esperar, un sobrino del alcalde, aprovechando la confianza que
da el parentesco, fue a casa del tío a pedirle explicaciones y aquello acabó
como el “rosario de la aurora”: uno diciendo que no existía excusa alguna para
que aún no se hubiera levantado la hoja y el alcalde dando largas al asunto,
diciendo que lo haría pronto, pero sin dar fecha y razón alguna de por qué no
lo había hecho aún.
Entonces, al contrario que ahora, el ganado
se guardaba por las noches en el pueblo, en los corrales.
El subordinado no sé si sabría lo que era un motín, pero lo que sí sabía era que la gente estaba muy cabreada y así lo hizo saber al alcalde, pero éste no le hizo caso alguno.
Cuando llegó la comitiva a su altura, los hombres que iban a la cabeza de la manada vieron al regidor plantado en el medio de la calzada, pero no hicieron ademán de detenerse y el alcalde, entonces, comenzó a gritar, increpando al grupo de hombres ordenándoles que ¡¡tenían que darse la vuelta!!, porque aún no se había “levantado la hoja”. Estos, a su vez, le indicaron que se quitara del medio.
El alcalde, entonces, empezó a mover los
brazos y dar voces a las vacas que iban al comienzo de la manada, para
espantarlas, y esta fue la gota que colmó el vaso.
Los ganaderos se enfurecieron y, precisamente, el
sobrino que iba en el grupo de cabeza;el mismo que el día anterior había ido en
son de paz a hablar con él, invitándole a que abriera los pastos de una vez, con
la ijada que llevaba en una mano, le arreó unos estacazos al alcalde que, ahora sí, abandonó
el centro de la calle dejando paso a la comitiva.
El alguacil, que contemplaba la acción unos metros atrás, desde el principio estaba convencido que aquello no podía acabar bien, así que, al ver que
el sobrino se acercaba a “saludar” de aquella forma tan extraña a su tío, se alejó de allí metiéndose en una calle lateral -él solo era un mandado, y no estaba interesado en recibir lo que no quería- . Sabía que los héroes, aunque en las leyendas siempre acaban bien, en la vida real suele ocurrir lo contrario y el resultado de aquella gresca no hacía más que
corroborar sus impresiones: El alcalde no le había hecho caso alguno; había querido ejercer aquella mañana de héroe, y el resultado a la vista estaba.
Mientras que el rebaño de vacas, ya sin
obstáculo alguno que dificultara el paso, siguió su camino, el imprudente alcalde y el prudente alguacil se retiraron del lugar de la contienda.
Cuando
el subordinado sugirió al jefe apaleado ir al médico, éste, tras comprobar que no tenía
heridas externas, sino contusiones –sus
heridas sobre todo eran morales- le dijo que no, que lo que iba a hacer era
denunciar el hecho, a la Guardia Civil, inmediatamente.
Al tratarse del alcalde, fue el sargento
quien le atendió personalmente, y, cuando aquel le contó lo sucedido: Que se
había plantado en el medio de una calle, delante de veinticinco ganaderos
cabreados, que iban al frente de una manada de cerca de 300 vacas, para
impedirles el paso, no supo que pensar. Por suerte, la cosa había quedado en
contusiones; en cuanto al daño moral, el alcalde lo había sufrido, pero también lo habían sufrido los dueños del ganado viendo la tomadura de pelo de que habían sido objeto por el
empecinamiento de la otra parte, así que, en ese
aspecto, estaban empatados.
Cuando pidió al alcalde que le dijera los nombres de
los amotinados que le habían agredido, la respuesta de éste le
dejó atónito.
- Tienes que
llamar a todos, y que paguen por lo que han hecho. Por incumplir
el orden establecido y, además, por pegarme.
El
desenlace:
ü La Guardia Civil, tomó declaración
a gran número de paisanos y todos contaron lo mismo. Al contrario que en Fuenteovejuna,
la obra de Lope de Vega, donde la totalidad de los declarantes afirmaban haber matado al comendador, aquí
nadie había visto que el alcalde hubiera sido agredido.
ü El alguacil, a su vez, declaró que la agresión ocurrió a sus espaldas, en el preciso momento que, para alejarse de la gresca, se metió en una calle lateral, por lo que no pudo ver quien o quienes habían sido los agresores.
ü Las vacas, si fueron llamadas a
declarar, dudo mucho que pudieran decir algo más que ¡Muuú!
ü En cuanto a las moreras que fueron
testigos directos de la escena, resultaron ser las más discretas de todos ellos. No
dijeron nada.
miércoles, 8 de junio de 2022
Amores extraños II. La ronda de San Juan
Hoy día es difícil imaginar un mundo sin teléfonos móviles e internet, pero no siempre han estado ahí; su uso, de una
forma generalizada, tal como los conocemos ahora, debió comenzar en España en
torno a los inicios de la década de 1990.
Desde entonces, cuando una pareja tiene
una relación, resulta muy sencillo mantener un contacto diario, aunque sea
virtual; pero cuando Jero y Juan eran jóvenes, aún faltaban más de 20 años para
que el teléfono móvil fuera un artículo de uso cotidiano y las formas de
comunicarse eran más “artesanas”, el contacto tenía que ser directo y los
encuentros no eran diarios; de hecho, muchos novios solo se veían una vez a la semana
(los domingos).
En aquella época, mediados del siglo pasado, en España, especialmente en el medio rural, la sociedad era muy cerrada; con unas costumbres anacrónicas, el modelo de vida existente estaba marcado por el patriarcado en las familias, el machismo y la religión. Con una educación sexista, eran tiempos de “a las diez en casa” para ellas, el ambiente familiar era muy estricto para los hijos, lo que condicionaba que estos procuraban independizarse de los padres lo antes posible.
Esperar a la chica, para verla, cuando iba a
la fuente. con el cántaro a por agua, en su día debió ser bastante romántico, pero
ya no era posible en la época moza de Juan y Jero; entonces ya había agua
corriente a las casas y eso había quedado para el recuerdo.
Además de las barreras “físicas” para poder iniciar una relación, había que añadir lo fundamental: que a uno le aceptara la chica -siempre era él quien tomaba la iniciativa-; de hecho, en los inicios de la relación de Jero con Pepa, éste no es que se hubiera llevado alguna calabaza, creo que se ganó una cosecha entera, pero el chico era guapo, simpático, tenía verdadero interés por ella y, tras ¡varios meses! de lucha -evidentemente, no fue un amor a primera vista- al fin logró que la chica acabara interesándose por él, ¡sólo como amigos y sin derecho a nada! –Por lo que podemos ver, aunque Cupido alcanzó con sus flechas a Pepa, éstas no fueron directas al corazón…como mucho, la alcanzaron en un pie-
Como en una pequeña comunidad rural no existen los secretos, todo el mundo sabía que Jero y Pepa “hablaban” (por si alguien no lo sabe, entonces, aparte de hablar, poco más se hacía), pero, para no enfadar a los padres, ellos intentaban disimularlo y, como salir a pasear solos era muy comprometido, se buscaron una carabina cada uno (carabina : persona, que acompañaba a las parejas de novios para evitar que hicieran cosas consideradas no decorosas (besos, abrazos, etc), Jero echó mano del amigo Juan, y Pepa de su amiga Clara; los cuatro, formando pandilla, salían juntos, y, además, para intentar confundir al paisanaje, siempre muy pendiente de estas cosas, hicieron correr el rumor de que quienes formaban las parejas eran Pepa y Juan, y Jero y Clara.
Aunque “oficialmente” era Juan quien “tonteaba” con Pepa, la gente intuía que allí había gato encerrado, especialmente Severo, el padre de ella que, como no tenía el espíritu tranquilo, preguntaba repetidamente a Pepa sobre el asunto, a ver si se delataba; pero ella eludía las preguntas respondiendo que no tenía novio alguno y que la dejara tranquila; hasta que un día, el padre habló mal de Jero y de su familia y la hija se enfadó con él defendiendo vivamente al chico, algo que irritó mucho al progenitor.
Eran tiempos en que los padres hablaban y
los hijos escuchaban, pero allí se rompió la norma; hablaron los dos y bastante
alto -creo que hasta los vecinos llegaron
a escucharles- la trifulca fue de alto nivel, hubo palabras mayores y ella
le dijo que pensaba salir con quien le diera la gana y que él era un auténtico
tirano. La consecuencia de aquella batalla dialéctica fue que el tirano…el
padre…” el dueño del castillo”, decidió encerrar a la princesa en “el torreón”,
como en los cuentos; en pocas palabras, prohibió a Pepa salir de casa hasta
nueva orden.
Hoy día, esa acción, aparte de que la hija no
hubiera hecho caso alguno al padre, podría ser motivo de denuncia por
secuestro, pero entonces la autoridad paterna era casi sagrada y Pepa se vio
sometida a un arresto domiciliario impuesto por Severo, que intentaba así
torpedear la relación de la hija con el hijo del enemigo.
Una de las costumbres que antiguamente realizaban los jóvenes, la noche de San Juan, era rondar a las chicas cantando canciones ante su ventana y, aunque en la época de la que estamos hablando, era una tradición ya desaparecida, Jero pensó que rondar a Pepa podía ser una buena idea: aliviaría el encierro de ésta y además serviría para fastidiar un poco a su severo padre.
| Se colocaron ante la ventana |
Obviamente, aquello no estaba improvisado; Juan
se había encargado de recopilar una bonita canción de ronda, tradicional del
pueblo, preguntando a una de sus abuelas; por ello, a su pesar, automáticamente
quedó nombrado “especialista en rondas”.
Les había enseñado a los compañeros la
canción que iban a cantar, y, además, acordaron que, ya que se habían puesto a
ello, iban a hacerlo bien. Cada uno cantaría una estrofa y, cada vez que
llegara el estribillo, éste lo cantarían todos.
Ese era el plan de trabajo establecido en el que
Juan, al ser “el experto”, comenzaría la faena.
Cantó la primera estrofa y, cuando llegó al
estribillo, los demás rondadores fueron incapaces de acompañarle; no es que tuvieran miedo escénico, sino que les había entrado la risa;
incluso el enamorado y promotor del acto, Jero, estaba carcajeándose al ver al
amigo cantando ante la ventana. Esto hizo que Juan se cogiese un enfado tremendo.
Su abuelo, que era muy filosófico, le había
dicho alguna una vez que “uno debe pelear por cosas que merezcan la pena y que no debe perder energía en cosas inútiles”, y reconoció que andaba sobrado de razón. Se había implicado demasiado y
estaba gastando mucha energía en un asunto que sólo le afectaba muy
indirectamente.
No deseaba
ir a
ronda alguna y, finalmente, había aceptado para hacerle un favor al amigo; había
hecho el trabajo de campo aprendiendo de su abuela la canción de ronda; se la
había enseñado a los demás; habían acordado que cantarían todos y, a la hora de la verdad, además de no cantar dejándole tirado, allí estaban muertos de risa. No
sabía si las risas eran debidas al acto en sí de la ronda, que les parecía muy jocoso, a que no les convencía “su
profesionalidad” como cantante, o a ambas cosas.
A todo ello, había que añadir el agravante de que su voz era la única que había
“roto el silencio de la noche”, algo que ya no tenía enmienda y ahora los
vecinos, y hasta Severo, podían pensar que él era el auténtico enamorado.
Muy cabreado,
sin tan siquiera despedirse
de los compañeros, comenzó a caminar calle abajo con intención de alejarse de allí
y olvidar lo sucedido lo antes posible. Había decidido que los problemas amorosos
de Jero y Pepa habían dejado de importarle.
Entretanto, la puerta de la casa se abrió y los compañeros, olvidando las risas, echaron a correr calle abajo y le adelantaron; curiosamente, el que más corría en la huida era Jero, el organizador del evento; en cambio, Juan, que iba absorto en lo que acababa de pasar, ni se inmutó al verlos pasar, como había decidido que aquello ya no iba con él...
Siguió a su ritmo, caminando por la calle, sin
mirar para atrás, y, cuando quiso darse cuenta tenía ante sí a Severo; éste, que
había salido de la casa, y no precisamente para felicitar a los rondadores, le
había adelantado y estaba plantado ante él.
Muy enfadado y a la vez extrañado de que uno
de aquellos gamberros no hubiera huido como los demás, se dirigió a Juan en
estos términos:
- Es la noche de San Juan. Por eso hemos
venido a rondar. Usted de joven, supongo que también lo haría.
Severo,
que esperaba encontrar a un muchacho asustado y dispuesto a disculparse, se sorprendió tanto por la tranquilidad que mostraba, como por la respuesta.
- ¡Sí!, yo cuando era joven rondaba a las mozas la noche de San Juan, ¿y qué?, pero entonces eran otros tiempos, lo hacíamos a horas mucho más tempranas y no molestábamos a nadie.
¿Y a quien querías rondar?, si puede saberse.
Continuó preguntando Severo.
-
¡Pues a Pepa! Respondió Juan -cómo iba a negarlo-.
-
¿Entonces a ti te gusta mi hija o qué? Siguió interrogando, Severo, con cara muy
seria.
- ¡Mire!, Jero es muy buena gente, y Pepa también…los dos son muy majos. Si usted se lleva mal con el padre del él…allá ustedes. Creo que lo que debería hacer es dejar en paz a su hija.
Severo, al escuchar estas palabras, se exasperó aún más ¡Un muchacho de 20 años dándole consejos!
-
¡Eso mismo me pregunto yo! respondió el Juan. Pero no se preocupe; a partir
de ahora, si pintaba poco le aseguro voy pintar menos todavía.
Severo, si oyó a Juan hizo como si no lo hubiera hecho y siguió hablando:
-
Antes
de irte, quiero que sepas una cosa. Esta tarde, ha llegado, de vacaciones al
pueblo, el hermano de mi mujer…el fraile, y está en nuestra casa ¿sabes qué
habitación le hemos dado para dormir? La
de la ventana que acabáis de rondar. Llegó cansado, se ha acostado pronto y le
habéis despertado. Eso es lo único que habéis conseguido. Es a él a quién
habéis rondado, dijo mientras se alejaba de Juan, con intención de volver a su casa.
Del mismo modo que “todo corpus tiene su octava”, aquella ronda, no iba a quedar así.
Al día siguiente, las vecinas de Pepa hicieron llegar a oídos de los padres de Juan varias opiniones. A una mujer mayor le había parecido muy bonita la ronda; seguramente le había traído recuerdos agradables de cuando era joven y la rondaban a ella; a otra –esta era más joven, claro- le había parecido un acto de gamberrismo y es que, en lo concerniente a la música tradicional, yo no eran buenos tiempos para la lírica. Además, aquella tarde, se presentó en casa de Juan el afectado por la ronda, la víctima inocente, el pobre fraile que había sido despertado la noche anterior por estar en la habitación equivocada, el día equivocado.
Al contrario que Severo, era una persona muy
amigable, se llevaba bien con todo el mundo y los veranos, cuando iba al pueblo
de vacaciones, visitaba, prácticamente, a todo el paisanaje en sus casas, para
saludarles; aquella tarde, “casualmente”, había decidido ir a la suya.
Tras saludar a la madre de Juan, que fue
quien le recibió, preguntó por él y cuando salió a saludarlo, resignado a
escuchar otra reprimenda, – a estas
alturas del día, todo el pueblo sabía que el rondado había sido el fraile
- y se disponía a pedirle disculpas,
el fraile no lo consintió. Comentó que le había hecho mucha gracia y que el
hecho de haber sido rondado era una anécdota más para contar.
Este religioso era un auténtico ciudadano
del mundo. Había sido misionero en África, era profesor, había
escrito varios libros y su vida se desenvolvía en esferas superiores, muy
alejadas del modo de vida de los pueblos; esto no quitaba para que fuera un
enamorado del pueblo, de sus gentes y de sus costumbres.
Obviamente, tomó partido por Pepa; él era una persona "normal" y entendía que toda individuo adulto es libre de elegir a su pareja, así que habló seriamente con el cuñado y la primera consecuencia de ello fue que “la princesa” pudo abandonar su encierro. Concertó una reunión entre Severo y el padre de Jero, ejerciendo de mediador, y consiguió que, aunque el asunto no acabara con un abrazo fraternal, al menos se dieran la mano y prometieran que “oficialmente”, dejaban de ser enemigos.
Además, Severo dejó de inmiscuirse en los asuntos amorosos de Pepa, pudiendo ella y Jero ser novios formales, a la vista de todos; pero, al contrario de lo que sucede en los cuentos infantiles, no comieron perdices ni hubo un final feliz. Los novios, cuando dejaron de tener problemas ajenos a ellos, se centraron en los propios, se conocieron mejor y acabaron dejándolo.
·
Todo parecido
entre lo que se narra y la realidad, no es pura coincidencia.
martes, 31 de mayo de 2022
Amores extraños I
En aquel pueblo sólo había dos bares y ambos tenían nombres muy
evocadores: “La morada de los dioses” y “La taberna de felicidad”, ¡casi
nada!, claro que la gente los conocía con el nombre de los dueños, de ahí que para
referirse a ellos comentaban: Vamos a
“Ca” de Manolo, o nos vemos donde “la Dori”.
Bueno, pues en uno de ellos, a la hora de las cañas o vinos de mediodía –esto de pasar por el bar antes de comer, es
una afición muy arraigada entre los españoles- se reencontraron dos viejos
amigos, Juan y Jero, tras muchos años sin verse; ambos residían fuera del lugar
por cuestiones laborales y, tras los saludos iniciales, continuaron hablando de
diversos asuntos, entre ellos la familia.
- ¿Está enfermo?
Preguntó el amigo, alarmado.
- No, no se trata de
un problema de salud. Tiene mal de amores. Ha estado viviendo con una chica dos
años y todo iba muy bien. Los dos trabajaban; estaban muy enamorados, eso creía
yo al menos; vivían en un piso muy curiosito…, todo les iba de maravilla, y
resulta que hace unos días lo han dejado.
Tu hijo es joven y el tiempo es un gran aliado para estas cosas, seguro que pronto encuentra otra novia y se olvida de esta que dices, así que no te preocupes demasiado.
- ¡Nooo! ¡Nada de nada! Contestó el padre de Andrés, así que el chico está desmoralizado. Ha intentado hablar con ella varias veces y le ha mandado al menos dos docenas de mensajes con el móvil, pero ella lo ha bloqueado en el teléfono y no contesta. Yo le he dicho que no siga haciéndolo, no sea que encima lo tome como un acoso y lo denuncie. Ya sabes que estas cosas a veces pueden ser consideradas hasta un delito.
- ¡Pobre muchacho!,
sí que tiene que estar fastidiado, afirmó Juan. Cuando en una relación, uno de
los dos decide terminarla y es mínimamente educado, lo que tiene que hacer es
explicar el motivo, o los motivos si son varios, a la pareja…yo que sé: He
encontrado a otro/a que me gusta más...o, simplemente, se acabó el amor…o roncas,
sueñas en alto y siempre acabas en el medio de la cama mientras que yo acabo en
un lado a punto de caerme, o no me gusta tu peinado…algo. cuando dos personas han
estado conviviendo un tiempo, debe haber un mínimo de respeto. Despedirse
así, con un simple whatsapp, sin dar explicación alguna, es muy cómodo sí, pero
es un acto muy cobarde.
- De todos modos, siempre podemos sacar una
enseñanza positiva de todo lo que nos pasa -continuó hablando Juan, que aquel día estaba
muy inspirado- esto le va a servir de
experiencia a tu hijo…desagradable, eso sí. Cuando salga con otra chica, además
del físico, va a procurar, sin duda alguna, que sea una persona madura y
formal.
- ¡Mira! Yo no pido la excelencia -contestó Jero -,
con que sea normal me conformo.
- ¿Cómo se conocieron?, preguntó Juan, con curiosidad.
Si la cosa ha acabado así, supongo que el comienzo tampoco debió ser muy allá.
- ¡Pues sí! Andas muy acertado, respondió el
amigo. El inicio tampoco fue muy normal. Mi hijo tenía una novia muy maja,
nosotros la conocíamos, y un día, viniendo de Madrid en el tren, coincidió con
ésta última, que era su compañera de asiento; por lo visto, hablaron bastante
durante el trayecto, cosa rara, porque hoy la gente, durante los viajes, anda
a lo suyo con el móvil o el ordenador y
a los compañeros de asiento ni los miran; ella había roto recientemente con un
novio, en este caso la abandonada había sido ella y debía estar muy receptiva;
se intercambiaron los números de los móviles, mantuvieron el contacto los días
sucesivos hablando por teléfono y mediante whatsapps, quedaron en verse ya el
fin de semana siguiente y mi hijo, de un día para otro, decidió acabar su
relación con la anterior.
También se lo comunicó mediante un whatsapp; aunque él, al menos, lo hizo bien y le dio las explicaciones oportunas. A partir de ahí, empezó a salir con la otra y antes de un mes ya habían alquilado un piso y vivían juntos. Todo muy precipitado como puedes ver. Yo pensé, con esos antecedentes, que la cosa no iba a durar nada, pero ya ves…han estado dos años conviviendo y muy bien según mi hijo; de ahí la extrañeza de lo ocurrido.
Si te soy sincero, continuó Jero con la charla, a veces, cuando veo estas historias, tengo serias dudas de si estos comportamientos son raros, o el raro soy yo que vengo otra época.
Siguió un momento de silencio que los dos amigos aprovecharon para beber cerveza, y, mientas tanto Juan, en sus pensamientos, hizo un balance sobre lo que acababa de oír. Andrés, el hijo de Jero, dos años atrás, repentinamente, decidió dejar a la novia, se lo había comunicado a través de un mensaje, mediante el móvil evitando así dar la cara y no tener que decírselo personalmente, y eso le había parecido muy correcto.
En cambio, ahora había probado la “misma
medicina”, recibiendo un whatsapp por parte de la segunda exnovia, indicándole
que ya no quería seguir con él, y eso le había parecido una auténtica canallada. ¡Hay
que ver cómo cambia la percepción de las cosas dependiendo del lado desde donde
las miras!
- De todos modos, continuó hablando Juan tras la pausa, te quejas de lo extraño que ha resultado lo de tu hijo, pero si hablamos de amores extraños, los de antes tampoco se quedaban atrás. Reconocerás que lo tuyo con Pepa, fue de todo menos normal.
Jero, al escuchar el comentario de Juan, no pudo disimular una sonrisa a la par que asentía recordando las cuitas y avatares que tuvo que pasar para intentar formalizar su relación con Pepa. Al ser amigos desde la adolescencia, Juan había sido testigo directo de la operación “enamorar a Pepa” años atrás; una empresa tremendamente laboriosa, un auténtico maratón sentimental que, si hubiera tenido lugar en la actualidad, donde el esfuerzo ha dejado de ser una virtud, seguramente no hubiera sucedido.
Hoy día, el interés de los chicos/as por el sexo contrario comienza en la adolescencia, pero a esas edades, en la época de Juan y Jero, las relaciones entre ambos sexos eran casi inexistentes: los chicos, cuando eran adolescentes, estaban sólo con los chicos, y las chicas con las chicas. El fenómeno del enamoramiento ocurría, habitualmente, más tarde, al alcanzar la edad adulta.
Esta cercanía, que a primera vista podría parecer una ventaja, distaba
mucho de serlo. Aquello, desde el primer momento, se convirtió en una larga
carrera de obstáculos, constituyendo el principal escollo a superar la fuerte oposición
del padre de la chica que, ironías del destino, era y se llamaba Severo.
Pero cuando Jero era joven, el campo de acción de los aspirantes a
encontrar novio/a, casi nunca sobrepasaba los límites del pueblo, o, en todo
caso, de la comarca. O te casabas allí, o había muchas posibilidades de quedarte soltero.
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