viernes, 5 de agosto de 2022

El Milagro


   Los cuentos, habitualmente, son narraciones breves que tratan de hechos ficticios e intemporales, algo que ya queda reflejado en la introducción que hace el narrador al inicio de los mismos situándolos en una época que nunca existió; para ello, utiliza frases hechas como: “Había una vez”, “En tiempos de Maricastaña”, ” Cuando las ranas tenían pelo”, “Cuando al tatarabuelo de mi tatarabuelo aún no le habían salido los dientes”, “Cuando Jesucristo andaba por el mundo”, etc. 

    Al finalizar el cuento, el cuentacuentos, de igual modo que al inicio, utiliza otras frases rituales para indicarnos que este ha llegado a su fin y devolvernos al mundo real, como el conocido “Colorín colorado, este cuento se ha acabado”, “Cuento y banasta, para cuento ya basta”, “y Como dijo Delfín, este cuento llegó a si fin”. 

   Bueno, pues el siguiente cuento pertenece al grupo de cuando Jesucristo andaba por el mundo, algo que hacía, generalmente, acompañado por San Pedro. Obviamente, si Jesucristo andaba por aquí, no era para pasear, sino para hacer milagros. 

   La ONCE, es una organización que desarrolla una extraordinaria labor, haciendo posible que los ciegos, en nuestro país, puedan vivir dignamente; pero ciegos ha habido siempre y, antes de que existiera esta organización, sobrevivían como buenamente podían; casi siempre, gracias a la caridad ajena. 
   Unos ejercían la mendicidad e iban de pueblo en pueblo pidiendo limosna; un claro ejemplo de ellos lo encontramos en los personajes protagonistas de la famosa novela picaresca ”Lazarillo de Tormes”.    
   Otros, en vez de buscar directamente la compasión de la gente, ejercían de copleros y recorrían pueblos y ciudades cantando o narrando coplas o romances cuya trama estaba formada por temas truculentos (crímenes famosos), o sucesos extraordinarios; algunas veces, además, llevaban impresas, en hojas de papel sueltas, las coplas que cantaban, unas cuartillas que eran conocidas como pliegos de cordel, para venderlas a los espectadores que les escuchaban. 
  Había un tercer grupo, que eran músicos. Es sabido que cuando una persona pierde un sentido, en este caso el de la vista, para compensar esta deficiencia desarrolla extraordinariamente el resto de los sentidos, de ahí que algunos invidentes tuvieran un magnífico oído musical, aprendían a tocar algún instrumento y se ganaban la vida como músicos callejeros.

   Al lado de los anteriores, a quienes podemos catalogar como “ciegos currantes”, existía otro grupo más favorecido, que eran aquellos que pertenecían a familias acomodadas; para estos, la vida era más fácil ya que no se veían obligados a realizar las tareas de los anteriores para poder subsistir. 
   Sin embargo, todos, sin distinción, tenían en común que necesitaban a alguien que viera por ellos y dirigiera sus pasos, un lazarillo, que podía ser un familiar cercano, o bien una persona ajena a la familia que era contratada con este fin. 

   Tiago -los diminutivos de Santiago pueden ser Santi, o Tiago- era uno de estos afortunados. Sus padres, económicamente, eran gente muy solvente, dueños de una buena hacienda, y ello le permitía vivir tranquilamente en su pueblo, sin tener necesidad de salir a buscarse la vida en otros lugares; además, en el plano amoroso, la vida también le había sonreído y estaba felizmente casado. 

   El matrimonio, evidentemente, no fue consecuencia de un amor a primera vista, si analizamos el problema de pobre Tiago, pero resultó ser muy ventajoso para ambos cónyuges. Su mujer, que era más joven que él, procedía de una familia muy humilde; había entrado a trabajar de criada en casa de sus padres, y como era simpática, trabajadora y muy desenvuelta, a estos les gustó mucho y habían hecho lo posible para que ella y el hijo se entendieran y llegaran a casarse. 

   Con el casamiento, la chica había ganado seguridad económica, pasando de ser criada a señora de la casa; y, en lo que a él respecta, también había salido favorecido: tenía una esposa que se portaba muy bien con él , además era su lazarillo y, aunque Tiago no podía apreciarlo, debido a su discapacidad, todos afirmaban que era muy guapa - no la veía, pero como el sentido del tacto también lo tenía muy desarrollado, lo que tocaba le complacía mucho-. 

    Claro que en la vida no hay nada perfecto; en las relaciones de pareja, aún en las mejor avenidas, siempre hay algún nubarrón amenazante en el horizonte y, en este caso, el problema era que el marido era bastante celoso, algo que a ella, naturalmente, le molestaba mucho. 
   La esposa no entendía cómo Tiago podía pensar que pudiera serle infiel, ya que casi siempre estaba a su lado llevándole de la mano a todos los sitios; por lo que no existía motivo alguno que pudiera justificar las sospechas del marido respecto a la posible infidelidad. Claro que el celoso no sufre por lo que se ve - y menos en el caso de Tiago -, sino por lo que se imagina. 

  Ella, aunque a veces se enfadaba mucho con el marido, ante los comentarios que a menudo hacía por este motivo, casi siempre lo tomaba a chanza respondiéndole que, en vista de que sus sospechas eran totalmente infundadas, y que, por lo tanto, en ese sentido, nunca tenía razón, algún día iba a hacer lo posible para que así pudiera tenerla, algo que irritaba más aún a Tiago. 

   El matrimonio tenía un criado para realizar las labores del campo, éste era ya bastante viejo, y un día les comunicó que debían buscar otro empleado, porque él había decidido dejarlo. 

  A la hora de buscar un sustituto, Tiago insistió mucho a la mujer que el nuevo criado debía ser un hombre muy experimentado en las labores del campo, ya que, prácticamente, debía ocuparse de todo el trabajo que requería la hacienda; por lo que no podía ser demasiado joven -la realidad era que  quería evitar contratar un criado joven y así evitar que la mujer se fijara en él- 
  La esposa, que sabía perfectamente por dónde iba el asunto, para que no se pusiera pesado y dejara de insistir tanto, le dijo que estaba de acuerdo en ello. 

  El “Departamento de Recursos Humanos” de aquella casa, encargado de la contratación, decidieron de mutuo acuerdo, que iba a estar constituido por los dos cónyuges, acordando que el candidato al puesto debía superar dos filtros. El primero lo haría la esposa; ésta se encargaría de valorar el aspecto del aspirante, asegurándose que era una persona de mediana edad y sana, sin problemas físicos que pudieran limitar el desarrollo de la actividad. Si ella daba el visto bueno, el aspirante, entonces, debía superar un segundo filtro, en este caso con Tiago que se encargaría de valorar la experiencia, pautas de trabajo, ajustar horarios, sueldo y, llegado el caso, sería quien decidiría, en última instancia, si el candidato era o no contratado. 

   Cuando llegó el primer aspirante al puesto, resultó que era joven y encima muy guapetón,  así que, debido a la edad, no reunía una de las condiciones estipuladas; pero a la mujer le agradó bastante y,  en vez de despedirlo con la excusa de no reunir el perfil adecuado, decidió aceptar su candidatura advirtiéndole que, como necesitaba la aprobación del marido y este no quería un criado joven, si deseaba quedarse con el puesto, cuando Tiago le preguntara la edad, debía decirle que era bastante más viejo de lo que era, sugiriéndole que se sumara 20 años a su edad real; el joven lo hizo así y, gracias la artimaña, pudo ser contratado. 

   Al poco tiempo, ocurrió lo que tenía que pasar; criado joven y ama joven, viviendo en estrecha proximidad; primero empezaron a entenderse regular…después bien …después muy bien, y cuando decidieron llevarse mejor aún, resulta que no sabían cómo ni dónde encontrarse sin despertar las sospechas del marido, que siempre estaba muy pendiente de ella, ya que, como bien dice el refrán “marido celoso no tiene reposo”. 

   Llegó el verano, el matrimonio tenía una huerta y en aquel lugar es donde la mujer vio una oportunidad. Además de las legumbres, lechugas , hortalizas, patatas…tenían árboles frutales, sobre todo manzanos. A Tiago le encantaba este fruto, tenían distintas variedades de manzanos y, como ya habían empezado a madurar, casi todas tardes iban a la huerta. 

   Al marido, le encantaba recorrer los frutales y, como no veía, tocaba las manzanas, las olía, elegía las que le parecían y las comía a pie de árbol. Al estar los manzanos plantados formando hileras, recorría el terreno despacio, él solo, sin necesidad de que la mujer le guiase en su recorrido, y se tomaba bastante tiempo en este menester; mientras tanto, ella le esperaba sentada a la sombra de alguna pared, o bien dentro de una pequeña nave -una caseta- que tenían en la huerta para guardar las herramientas. 

   El trabajo de la huerta lo hacía el criado por las mañanas, así que por las tardes allí solo estaban ellos dos. Un día, el criado y la mujer de Tiago, que andaban buscando un lugar y un el momento apropiados para mantener un encuentro, pensaron que habían encontrado la ocasión perfecta para ello. 
  
   El chico, iría a la huerta una tarde, antes de que ellos llegaran; una vez allí, se escondería en la caseta y, cuando el ciego hiciera su recorrido habitual por los frutales, ella le diría que iba a esperarlo, aburrida, dentro de la caseta, como hacía habitualmente, pero aquel día en vez de aburrirse ¿¿¿*****???
  El plan era perfecto y la tarde se presentaba muy prometedora para los dos - mejor los tres-, pues todos disfrutarían a su modo. Tiago lo haría con sus manzanas, y ella y el criado haciendo "gimnasia", dentro de la caseta, sin que nadie los viera. 

   Con lo que no contaba ninguno de ellos es que, en aquel momento, “casualmente” fueran a pasar por allí Jesucristo y San Pedro que se dieron cuenta del asunto. El apóstol comentó: 
  
   - ¿Has visto Maestro? Mientras el pobre Tiago se entretiene en coger manzanas de los árboles, la mujer y el criado, aprovechando que no ve, se divierten en la caseta cogiendo otras cosas.
 
   - Sí que lo veo Pedro. Respondió Jesucristo, muy pensativo. Comprendo que las manzanas no tienen culpa de nada…pero ¡qué casualidad! Mi Padre tuvo un conflicto con Adán y Eva por una manzana que  les valió la expulsión del Paraíso, y aquí, ya lo ves: mientras Tiago anda cogiendo manzanas, los

otros dos “se la están pegando”. ¿Sabes lo que voy a hacer? Le voy a dar la vista y ya verás el susto que se llevan los de la caseta. 

   Dicho y hecho. El ciego de pronto comenzó a ver, se puso muy contento y quedó asombrado en un grado superlativo por lo sucedido. Se acercó a toda prisa a la caseta a dar la noticia a la mujer y cuando llegó allí y se asomó, su asombró aún aumentó mucho más. 
  La suponía sola y aburrida, esperándole en su interior, tal como solía hacer habitualmente, y, para su sorpresa, pudo comprobar que no estaba ni sola, ni aburrida, ya que la acompañaba un hombre, y no estaban precisamente rezando un rosario. 

   Al ver lo que estaba sucediendo, muy irritado, empezó a recriminarles por lo que estaba pasando; ella, en cambio, muy serena, le dijo: 

  - ¡Hay que ver lo desagradecido eres! ¿No comprendes que, gracias a lo que estamos haciendo, has recuperado la vista?

domingo, 10 de julio de 2022

El motín

 

 

   Un motín es una revuelta popular, ante un dirigente, por una orden que la gente considera injusta; ejemplos de motines famosos, que tuvieron lugar en nuestro país, fueron el motín de Esquilache, y el de Aranjuez.

   Una vez, en nuestro pueblo, ocurrió un suceso y no tengo la plena seguridad de que pueda ser catalogado como motín, eso lo dejo a criterio de cada uno.

    En el campo, cuando el terreno es poco fértil, como ocurre en nuestra comarca, no es cultivado dejándolo, de forma permanente, para pastos; de ahí que nuestra zona sea eminentemente ganadera, alimentándose el ganado con pastos naturales, cuando los hay, así como con forraje, pienso y, especialmente, paja empaquetada en pacas o rulos, en aquellas épocas del año donde los pastos escasean. Obviamente, la paja, si no se cultivan cereales, hay que comprarla en aquellos lugares donde sí lo hacen, pero esto no siempre ha sido así.

   Aunque, actualmente, la ganadería supone, prácticamente, el 100% de la actividad de nuestros paisanos, hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo pasado, la agricultura aún tenía un importante papel en la vida de nuestros pueblos, y el trabajo en el campo se repartía casi, a partes iguales, entre la agricultura y la ganadería, dedicándose grandes superficies de terreno a la siembra de cereales.    

   Si tenemos en cuenta que antes, en el campo, gran parte del terreno eran tierras abiertas, y que las explotaciones ganaderas se desarrollaban en régimen extensivo pastando el ganado, frecuentemente, en campo abierto, esto era origen de frecuentes conflictos por el peligro de que vacas, ovejas, cabras… se metieran en el terreno cultivado y comieran las cosechas.

   Para intentar solucionar esta circunstancia, haciendo posible que la agricultura y la ganadería fuesen compatibles, nuestros antepasados establecieron una serie de normas de obligado cumplimiento para todos, siendo éste el origen de las “Hojas de Cultivo”. Un método de producción, cuyo objetivo era hacer posible los cultivos en terrenos poco productivos; como en ellos no era posible sembrar las mismas parcelas todos los años, porque había que dejar descansar la tierra, la siembra de la siguiente cosecha se efectuaba en otros pagos.

   Este sistema de rotación de los cultivos, donde va alternándose cada año el terreno dedicado a la siembra de los cereales, era conocido como “Hojas de Cultivo”. Cuando la rotación era bianual se decía que había dos hojas, una reservada para siembra y otra de descanso; en cambio, cuando la rotación de los cultivos era trienal, entonces las hojas eran tres; siendo esta última modalidad la que se realizaba en nuestra comarca.

   En este segundo caso, el término municipal se dividía en tres hojas de superficies semejantes y lo más homogéneas posibles; una era la Hoja de Cultivo, que era el terreno destinado cada año a la siembra y cosecha de los cereales; en ella, obviamente, no debía pastar el ganado; la segunda, era la Hoja de Barbecho, integrada por el terreno que se preparaba para el cultivo del año siguiente, en el que se realizaban varias aradas (tras las lluvias del invierno para remover la tierra, en primavera para  eliminar las malas hierbas y enterrarlas, sirviendo estas como abono; y otra en otoño, para la siembra); la tercera hoja era la Hoja de Descanso, constituida por el terreno que había sido sembrado el año anterior.

   Tanto en la zona de barbecho como en la de descanso sí podía pastar el ganado, con la ventaja añadida de que el terreno era abonado de “forma natural” (una forma fina de decir que sus excrementos fertilizaban la tierra de un modo muy ecológico).

     La idea del cultivo en hojas tuvo su origen en la Edad Media no siendo exclusivo de nuestra zona, era una práctica muy extendida por todo el país y requería una buena coordinación entre los propietarios para evitar desfases en el uso de las parcelas (cada año debían estar al tanto de las hojas para realizar todos las mismas actividades en cada una de ellas: sembrar, llevar el ganado…).

   A grandes rasgos, este era el funcionamiento de las hojas; para vigilar que todos cumplieran las normas debidamente, existía un guarda jurado. Éste, cuando alguno incumplía la normativa, como por ejemplo llevar ganado a una zona que no correspondía, procedía a multarlo.

     Todos los años, una vez acababa la siega, cuando los manojos de cereal ya estaban apilados en las eras para proceder a la trilla (una actividad ya desaparecida desde que llagaron las cosechadoras); se daba por finalizada la Hoja de Cultivo, liberándose entonces el terreno perteneciente a la misma para que los animales pudieran aprovechar los rastrojos. Este acto era conocido como “Levantar la Hoja”, se anunciaba tocando la campana del ayuntamiento, y era una noticia muy esperada por los ganaderos,

 Si consideramos que esto tenía lugar en julio, cuando en los campos ya apenas quedaba pasto alguno para el ganado, liberar un tercio del término para que los animales aprovecharan los rastrojos suponía un gran alivio para todo el mundo. Nuestros paisanos, además del ganado para carne, cuando aún no había tractores, precisaban animales de tiro: bueyes, mulas o burros, así que la cabaña ganadera era muy numerosa y los animales, obviamente, necesitan comer a diario.

Una vez que el guarda se aseguraba que ya todo estaba segado y que en el campo ya no quedaba cereal alguno pendiente de recoger, lo comunicaba al alcalde y este mandaba al alguacil que tocara la campana del ayuntamiento. Esta era la señal de que el terreno dedicado a la hoja de siembra dejaba de estar acotado teniendo los ganaderos, a partir de ese momento, libertad para llevar al ganado a las rastrojeras, algo que venía sucediendo, ininterrumpidamente, desde siglos atrás.

  Un día de julio de aquel año, ya estaban todas las mieses en las eras dispuestas para la trilla, y un paisano se cruzó en la calle con el alcalde, dirigiéndose a él en estos términos:

-      Mira, XXXXX , ya está todo recogido. Creo que ha llegado la hora de “levantar la hoja” para poder llevar el ganado a los rastrojos; en las otras dos hojas ya está todo comido,así que cuanto antes des la orden, mejor.

   Era comienzos de la década de 1930, en plena Segunda República, y el alcalde había sido elegido recientemente, de forma democrática, para defender los intereses del pueblo, como debe ser. Claro que una cosa es la teoría y otra la realidad. Resulta que el hombre tenía el concepto de autoridad muy subido y eso de que un ciudadano cualquiera le dijese lo que tenía que hacer no le gustó nada.

-   Eso se hará cuando yo lo considere. Respondió, con algo de acritud. Mañana me aseguro personalmente de que todo el mundo ya ha acabado de segar y acarrear el cereal a las eras.

-        Yo te garantizo que no queda nada. Respondió el paisano, molesto por la desconfianza. .

-     Pues yo te repito que hasta que no lo vea personalmente y me asegure de ello, no se abren los rastrojos. Respondió el alcalde secamente.

   El regidor, a lo largo del día, aún se encontró con más paisanos que le hicieron la misma observación y esto cada vez le irritaba más. Debía tener un grado de autoestima demasiado elevado y eso de que la gente anduviera indicándole lo que debía hacer, no lo sentó demasiado bien. ¿Acaso desconfiaban de su capacidad gestora? ¿O es que no se habían enterado aún de que él era el alcalde, la máxima autoridad del lugar? Esto era inadmisible, pero pronto iban a enterarse todos quien mandaba allí.

   Pasó un día…y otro…y otro…, y no acababa de sonar la campana del ayuntamiento anunciando la apertura del aprovechamiento de los rastrojos, un hecho que tenía desconcertados a los vecinos del pueblo.

   Todos sabían que el cereal ya estaba totalmente recogido y que el siguiente paso era "levantar la hoja" para que los animales pudieran aprovechar las rastrojeras, algo que a estas alturas del año era muy necesario; pero pasaban los días y el ansiado anuncio no llegaba, así que una tarde, harto de esperar, un sobrino del alcalde, aprovechando la confianza que da el parentesco, fue a casa del tío a pedirle explicaciones y aquello acabó como el “rosario de la aurora”: uno diciendo que no existía excusa alguna para que aún no se hubiera levantado la hoja y el alcalde dando largas al asunto, diciendo que lo haría pronto, pero sin dar fecha y razón alguna de por qué no lo había hecho aún.

    El sobrino salió muy enfadado del “encuentro familiar”; aquella misma tarde pasó por casa de otros vecinos que estaban tan cabreados como él por la demora injustificada, haciéndoles partícipes que todo obedecía, únicamente, a una cabezonada del alcalde y acordaron que, en la mañana siguiente, pasándose la autorización del alcalde por ¿¿¿¿????, llevarían todos a la vez el ganado a los rastrojos, haciendo correr la voz de sus intenciones al resto de los ganaderos.

     Entonces, al contrario que ahora, el ganado se guardaba por las noches en el pueblo, en los corrales. 

  El plan era que al día siguiente, a primera hora de la mañana, harían sonar la campana del ayuntamiento, se reunirían todos en la plaza del pueblo con el ganado, y juntos irían a llevarlo a los rastrojos. Así que, una vez amanecido, varios hombres se presentaron en casa del alguacil indicándole que tocara la campana, a lo que este se negó alegando que sólo podía hacerlo si lo indicaba el alcalde; pero eso no les detuvo; ellos mismos entraron en el ayuntamiento y la hicieron sonar, indicando de este modo que, aunque fuese a espaldas de la autoridad, se daba por levantada la hoja aquel año y de paso convocar a los ganaderos en la plaza, tal como habían acordado la tarde anterior. Los dueños de los animales determinaron que la mitad de ellos irían al frente de la numerosa manada vacuna, y la otra mitad lo haría detrás, para guiarla hasta su destino.

 Mientras la gente, con sus animales, iba llegando a la plaza y ésta, poco a poco, fue llenándose de vacas, el alguacil se acercó a casa del alcalde a contarle lo que estaba ocurriendo, algo que le irritó mucho; para él, aquello era un menoscabo intolerable de su autoridad, un motín con todas las letras, así que le dijo al alguacil que, inmediatamente, se iba a encargar de cortar aquella rebelión de raíz.

   El subordinado no sé si sabría lo que era un motín, pero lo que sí sabía era que la gente estaba muy cabreada y así lo hizo saber al alcalde, pero éste no le hizo caso alguno.


    Mientras la manada de vacas, guiada por los dueños que iban a la cabeza, subía calle arriba, camino de las rastrojeras, el alcalde, a toda prisa, acompañado por el alguacil, atravesando algunas calles llegó a una que era de paso obligado para los insurgentes y su ganado, y se situó en el medio de la misma a esperarlos.

    Cuando llegó la comitiva a su altura, los hombres que iban a la cabeza de la manada vieron al regidor plantado en el medio de la calzada, pero no hicieron ademán de detenerse y el alcalde, entonces, comenzó a gritar, increpando al grupo de hombres ordenándoles que ¡¡tenían que darse la vuelta!!, porque aún no se había “levantado la hoja”. Estos, a su vez, le indicaron que se quitara del medio.

  El alcalde, entonces, empezó a mover los brazos y dar voces a las vacas que iban al comienzo de la manada, para espantarlas, y esta fue la gota que colmó el vaso.

  Los ganaderos se enfurecieron y, precisamente, el sobrino que iba en el grupo de cabeza;el mismo que el día anterior había ido en son de paz a hablar con él, invitándole a que abriera los pastos de una vez, con la ijada que llevaba en una mano, le arreó unos estacazos al alcalde que, ahora sí, abandonó el centro de la calle dejando paso a la comitiva.

  El alguacil, que contemplaba la acción unos metros atrás, desde el principio estaba convencido que aquello no podía acabar bien, así que, al ver que el sobrino se acercaba a “saludar” de aquella forma tan extraña a su tío, se alejó de allí metiéndose en una calle lateral -él solo era un mandado, y no estaba interesado en recibir lo que no quería- . Sabía que los héroes, aunque en las leyendas siempre acaban bien, en la vida real suele ocurrir lo contrario y el resultado de aquella gresca no hacía más que corroborar sus impresiones: El alcalde no le había hecho caso alguno; había querido ejercer aquella mañana de héroe, y el resultado a la vista estaba.

  Mientras que el rebaño de vacas, ya sin obstáculo alguno que dificultara el paso, siguió su camino, el imprudente alcalde y el prudente alguacil se retiraron del lugar de la contienda.

   Cuando el subordinado sugirió al jefe apaleado ir al médico, éste, tras comprobar que no tenía heridas externas, sino contusiones –sus heridas sobre todo eran morales- le dijo que no, que lo que iba a hacer era denunciar el hecho, a la Guardia Civil, inmediatamente.

  Al tratarse del alcalde, fue el sargento quien le atendió personalmente, y, cuando aquel le contó lo sucedido: Que se había plantado en el medio de una calle, delante de veinticinco ganaderos cabreados, que iban al frente de una manada de cerca de 300 vacas, para impedirles el paso, no supo que pensar. Por suerte, la cosa había quedado en contusiones; en cuanto al daño moral, el alcalde lo había sufrido, pero también lo habían sufrido los dueños del ganado viendo la tomadura de pelo de que habían sido objeto por el empecinamiento de la otra parte, así que, en ese aspecto, estaban empatados.

   Cuando pidió al alcalde que le dijera los nombres de los amotinados que le habían agredido, la respuesta de éste le dejó atónito.

-   Tienes que llamar a todos, y que paguen por lo que han hecho. Por incumplir el orden establecido y, además, por pegarme.

El desenlace:

ü  La Guardia Civil, tomó declaración a gran número de paisanos y todos contaron lo mismo. Al contrario que en Fuenteovejuna, la obra de Lope de Vega, donde la totalidad de los declarantes afirmaban haber matado al comendador, aquí nadie había visto que el alcalde hubiera sido agredido.

ü  El alguacil, a su vez, declaró que la agresión ocurrió a sus espaldas, en el preciso momento que, para alejarse de la gresca, se metió en una calle lateral, por lo que no pudo ver quien o quienes habían sido los agresores.

ü  Las vacas, si fueron llamadas a declarar, dudo mucho que pudieran decir algo más que ¡Muuú!

ü  En cuanto a las moreras que fueron testigos directos de la escena, resultaron ser las más discretas de todos ellos. No dijeron nada.

miércoles, 8 de junio de 2022

Amores extraños II. La ronda de San Juan

 


   Hoy día es difícil imaginar un mundo sin teléfonos móviles e internet, pero no siempre han estado ahí; su uso, de una forma generalizada, tal como los conocemos ahora, debió comenzar en España en torno a los inicios de la década de 1990.

   Desde entonces, cuando una pareja tiene una relación, resulta muy sencillo mantener un contacto diario, aunque sea virtual; pero cuando Jero y Juan eran jóvenes, aún faltaban más de 20 años para que el teléfono móvil fuera un artículo de uso cotidiano y las formas de comunicarse eran más “artesanas”, el contacto tenía que ser directo y los encuentros no eran diarios; de hecho, muchos novios solo se veían una vez a la semana (los domingos).

    En aquella época, mediados del siglo pasado, en España, especialmente en el medio rural, la sociedad era muy cerrada; con unas costumbres anacrónicas, el modelo de vida existente estaba marcado por el patriarcado en las familias, el machismo y la religión. Con una educación sexista, eran tiempos de “a las diez en casa” para ellas, el ambiente familiar era muy estricto para los hijos, lo que condicionaba que estos procuraban independizarse de los padres lo antes posible.    

    Se dice que “el amor y la amistad no se buscan, se encuentran”; pero mi abuelita pensaba de otra forma, ella decía: “la que quiera novio que vaya a la guerra y lo gane”; dicho de otro modo, quien deseaba encontrar pareja tenía que hacer una búsqueda activa o, al menos, hacer lo posible para que alguien le encontrara; siendo entonces, los principales lugares de encuentro los bailes dominicales en salones que, para tal fin, había en casi todos los pueblos, o las verbenas en la plaza, el día del patrón.

   Esperar a la chica, para verla, cuando iba a la fuente. con el cántaro a por agua, en su día debió ser bastante romántico, pero ya no era posible en la época moza de Juan y Jero; entonces ya había agua corriente a las casas y eso había quedado para el recuerdo.

     Además de las barreras “físicas” para poder iniciar una relación, había que añadir lo fundamental: que a uno le aceptara la chica -siempre era él quien tomaba la iniciativa-; de hecho,  en los inicios de la relación de Jero con Pepa, éste no es que se hubiera llevado alguna calabaza, creo que se ganó una cosecha entera, pero el chico era guapo, simpático, tenía verdadero interés por ella y, tras ¡varios meses! de lucha -evidentemente, no fue un amor a primera vista-  al fin logró que la chica acabara interesándose por él, ¡sólo como amigos y sin derecho a nada! –Por lo que podemos ver, aunque Cupido alcanzó con sus flechas a Pepa, éstas no fueron directas al corazón…como mucho, la alcanzaron en un pie-       

   Una vez vencidos los primeros obstáculos, Jero aún tenía que superar un importante hándicap. En aquella época, si los padres de la chica no aceptaban la relación, ésta tenía pocas posibilidades de prosperar y, en este caso, para desgracia de Pepa y Jero, sus padres no se hablaban. Era una antigua enemistad que venía de muy atrás pues sus abuelos ya se llevaban mal.  

     Como en una pequeña comunidad rural no existen los secretos, todo el mundo sabía que Jero y Pepa “hablaban” (por si alguien no lo sabe, entonces, aparte de hablar, poco más se hacía), pero, para no enfadar a los padres, ellos intentaban disimularlo y, como salir a pasear solos era muy comprometido, se buscaron una carabina cada uno  (carabina : persona, que acompañaba a las parejas de novios para evitar que hicieran cosas consideradas no decorosas (besos, abrazos, etc),  Jero echó mano del amigo Juan, y Pepa de su amiga Clara; los cuatro, formando pandilla, salían juntos, y, además, para intentar confundir al paisanaje, siempre muy pendiente de estas cosas,  hicieron correr el rumor de que quienes formaban las parejas eran Pepa y Juan, y Jero y Clara.

  Aunque “oficialmente” era Juan quien “tonteaba” con Pepa, la gente intuía que allí había gato encerrado, especialmente Severo, el padre de ella que, como no tenía el espíritu tranquilo,  preguntaba repetidamente a Pepa sobre el asunto, a ver si se delataba; pero ella eludía las preguntas respondiendo que no tenía novio alguno y que la dejara tranquila; hasta que un día, el padre habló mal de Jero y de su familia y la hija se enfadó con él defendiendo vivamente al chico, algo que irritó mucho al progenitor.

   Eran tiempos en que los padres hablaban y los hijos escuchaban, pero allí se rompió la norma; hablaron los dos y bastante alto -creo que hasta los vecinos llegaron a escucharles- la trifulca fue de alto nivel, hubo palabras mayores y ella le dijo que pensaba salir con quien le diera la gana y que él era un auténtico tirano. La consecuencia de aquella batalla dialéctica fue que el tirano…el padre…” el dueño del castillo”, decidió encerrar a la princesa en “el torreón”, como en los cuentos; en pocas palabras, prohibió a Pepa salir de casa hasta nueva orden.

  Hoy día, esa acción, aparte de que la hija no hubiera hecho caso alguno al padre, podría ser motivo de denuncia por secuestro, pero entonces la autoridad paterna era casi sagrada y Pepa se vio sometida a un arresto domiciliario impuesto por Severo, que intentaba así torpedear la relación de la hija con el hijo del enemigo.

    Esto ocurría en el mes de junio, se acercaba la víspera de San Juan y en aquel pueblo, como en tantos otros, era una noche muy festiva en la que se hacían hogueras en las calles cumpliéndose, además, el resto de los ritos propios de la fecha “imprescindibles” para que los espíritus de la naturaleza protejan a la comunidad; una fiesta, donde la gente, especialmente los jóvenes, se lo pasan muy bien; pero aquel año, “la pobre prisionera” se la iba a perder, pues tenía prohibido salir a la calle.

   Una de las costumbres que antiguamente realizaban los jóvenes, la noche de San Juan, era rondar a las chicas cantando canciones ante su ventana y, aunque en la época de la que estamos hablando, era una tradición ya desaparecida, Jero pensó que rondar a Pepa podía ser una buena idea: aliviaría el encierro de ésta y además serviría para fastidiar un poco a su severo padre.

   Como aquello era ya una cosa obsoleta, cuando intentó convencer a Juan y a otros dos amigos para que le acompañaran a hacer la ronda, estos se negaron alegando que aquello era una extravagancia (hoy diríamos que era cosa de gente muy friki), pero Jero estaba muy motivado, siguió insistiendo y acabó convenciéndolos con el clásico argumento de que si no le acompañaban era porque no tenían co…- a buen entendedor- y eso a un español, sobre todo de los de entonces, no se le puede decir.  Así que la víspera de San Juan de aquel año, pasada la media noche, con nocturnidad y alevosía, los cuatro amigos se acercaron a la calle de Pepa y, una vez situados frente a la ventana donde dormía, se dispusieron a cantar su ronda. 

Se colocaron ante la ventana 

 

   Obviamente, aquello no estaba improvisado; Juan se había encargado de recopilar una bonita canción de ronda, tradicional del pueblo, preguntando a una de sus abuelas; por ello, a su pesar, automáticamente quedó nombrado “especialista en rondas”.

   Les había enseñado a los compañeros la canción que iban a cantar, y, además, acordaron que, ya que se habían puesto a ello, iban a hacerlo bien. Cada uno cantaría una estrofa y, cada vez que llegara el estribillo, éste lo cantarían todos.

   Ese era el plan de trabajo establecido en el que Juan, al ser “el experto”, comenzaría la faena.  

   Cantó la primera estrofa y, cuando llegó al estribillo, los  demás rondadores fueron incapaces de acompañarle; no es que tuvieran miedo escénico, sino que les había entrado la risa; incluso el enamorado y promotor del acto, Jero, estaba carcajeándose al ver al amigo cantando ante la ventana. Esto hizo que Juan se cogiese un enfado tremendo.

   Su abuelo, que era muy filosófico, le había dicho alguna una vez que “uno debe pelear por cosas que merezcan la pena y que no debe perder energía en cosas inútiles”, y reconoció que andaba sobrado de razón. Se había implicado demasiado y estaba gastando mucha energía en un asunto que sólo le afectaba muy indirectamente.  

    No deseaba ir a ronda alguna y, finalmente, había aceptado para hacerle un favor al amigo; había hecho el trabajo de campo aprendiendo de su abuela la canción de ronda; se la había enseñado a los demás; habían acordado que cantarían todos y, a la hora de la verdad, además de no cantar dejándole tirado, allí estaban muertos de risa. No sabía si las risas eran debidas al acto en sí de la ronda, que les parecía muy jocoso, a que  no les convencía “su profesionalidad” como cantante, o a ambas cosas.

   A todo ello, había que añadir el agravante de que su voz era la única que había “roto el silencio de la noche”, algo que ya no tenía enmienda y ahora los vecinos, y hasta Severo, podían pensar que él era el auténtico enamorado.

   Muy cabreado, sin tan siquiera despedirse de los compañeros, comenzó a caminar calle abajo con intención de alejarse de allí y olvidar lo sucedido lo antes posible. Había decidido que los problemas amorosos de Jero y Pepa habían dejado de importarle.   

  Entretanto, la puerta de la casa se abrió y los compañeros, olvidando las risas, echaron a correr calle abajo y le adelantaron; curiosamente, el que más corría en la huida era Jero, el organizador del evento; en cambio, Juan, que iba absorto en lo que acababa de pasar, ni se inmutó al verlos pasar, como había decidido que aquello ya no iba con él...  

   Siguió a su ritmo, caminando por la calle, sin mirar para atrás, y, cuando quiso darse cuenta tenía ante sí a Severo; éste, que había salido de la casa, y no precisamente para felicitar a los rondadores, le había adelantado y estaba plantado ante él.

  Muy enfadado y a la vez extrañado de que uno de aquellos gamberros no hubiera huido como los demás, se dirigió a Juan en estos términos:

 - ¡Vamos a ver! ¿¡¡Qué es lo que estáis haciendo!!? ¿¡¡No veis la hora que es!!? ¿¡¡¡Es que no podéis dejar dormir a la gente!!!? Severo siguió soltando una retahíla de improperios, pero Juan estaba saturado emocionalmente: había ido de ronda sin gana ninguna, había acabado cantándole a la enamorada de otro, los demás le habían dejado tirado y ahora, como Gary Cooper en la película, estaba “sólo ante el peligro”, frente al enfurecido padre de Pepa. La noche iba de mal en peor; pero, como había decidido que él ya no formaba parte de aquello, hasta se sorprendió de lo tranquilo que estaba escuchando al irritado padre de Pepa y, cuando éste acabó con sus improperios, le respondió.

 - Es la noche de San Juan. Por eso hemos venido a rondar. Usted de joven, supongo que también lo haría. 

  Severo, que esperaba encontrar a un muchacho asustado y dispuesto a disculparse, se sorprendió tanto por la tranquilidad que mostraba, como por la respuesta.

-       ¡Sí!, yo cuando era joven rondaba a las mozas la noche de San Juan, ¿y qué?, pero entonces eran otros tiempos, lo hacíamos a horas mucho más tempranas y no molestábamos a nadie.

    ¿Y a quien querías rondar?, si puede saberse. Continuó preguntando Severo.

- ¡Pues a Pepa! Respondió Juan -cómo iba a negarlo-.

- ¿Entonces a ti te gusta mi hija o qué? Siguió interrogando, Severo, con cara muy seria.

   Él sabía perfectamente que el pretendiente de su hija era Jero, pues ella se lo había declarado abiertamente; pero tras aquella ronda en la que Juan, a su pesar, había sido el único cantor, le había entrado la duda y quería aclararlo (a ver si ahora iba a resultar que la chica tenía dos pretendientes)  El chico se encontraba en la misma tesitura y decidió que aquello había que aclararlo ya mismo, así que en un acto casi heroico, vistas las malas pulgas que se gastaba Severo, decidió tirar por el camino recto; al fin y al cabo, él no tenía nada que perder.

     - ¡Mire!, Jero es muy buena gente, y Pepa también…los dos son muy majos. Si usted se lleva mal con el padre del él…allá ustedes. Creo que lo que debería hacer es dejar en paz a su hija.

    Severo, al escuchar estas palabras, se exasperó aún más ¡Un muchacho de 20 años dándole     consejos!

 -      ¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer¡, respondió enfadadísimo ¡Vienes a mi calle de noche!          ¡Despiertas a la vecindad! ¡¡¡Y encima quieres darme lecciones!!! ¡Esto es inaudito! ¡Además! Y             tu, entonces, ¿ qué pintas en todo esto ?, continuo el hombre con su discurso.


-       ¡Eso mismo me pregunto yo! respondió el Juan. Pero no se preocupe; a partir de ahora, si pintaba poco le aseguro voy pintar menos todavía. 

 

      Severo, si oyó a Juan hizo como si no lo hubiera hecho y siguió hablando:

 

-       Antes de irte, quiero que sepas una cosa. Esta tarde, ha llegado, de vacaciones al pueblo, el hermano de mi mujer…el fraile, y está en nuestra casa ¿sabes qué habitación le hemos dado para dormir?  La de la ventana que acabáis de rondar. Llegó cansado, se ha acostado pronto y le habéis despertado. Eso es lo único que habéis conseguido. Es a él a quién habéis rondado, dijo mientras se alejaba de Juan, con intención de volver a su casa.

    Del mismo modo que “todo corpus tiene su octava”, aquella ronda, no iba a quedar así.

    Al día siguiente, las vecinas de Pepa hicieron llegar a oídos de los padres de Juan varias opiniones.  A una mujer mayor le había parecido muy bonita la ronda; seguramente le había traído recuerdos agradables de cuando era joven y la rondaban a ella; a otra –esta era más joven, claro- le había parecido un acto de gamberrismo y es que, en lo concerniente a la música tradicional, yo no eran buenos tiempos para la lírica. Además, aquella tarde, se presentó en casa de Juan el afectado por la ronda, la víctima inocente, el pobre fraile que había sido despertado la noche anterior por estar en la habitación equivocada, el día equivocado.

  Al contrario que Severo, era una persona muy amigable, se llevaba bien con todo el mundo y los veranos, cuando iba al pueblo de vacaciones, visitaba, prácticamente, a todo el paisanaje en sus casas, para saludarles; aquella tarde, “casualmente”, había decidido ir a la suya.

   Tras saludar a la madre de Juan, que fue quien le recibió,  preguntó por él y cuando salió a saludarlo, resignado a escuchar otra reprimenda, – a estas alturas del día, todo el pueblo sabía que el rondado había sido el fraile -  y se disponía a pedirle disculpas, el fraile no lo consintió. Comentó que le había hecho mucha gracia y que el hecho de haber sido rondado era una anécdota más para contar.

   Este religioso era un auténtico ciudadano del mundo. Había sido misionero en África, era profesor, había escrito varios libros y su vida se desenvolvía en esferas superiores, muy alejadas del modo de vida de los pueblos; esto no quitaba para que fuera un enamorado del pueblo, de sus gentes y de sus costumbres.

   Aquella extraña ronda, en contra de lo que pensó Juan en un primer momento, al final fue útil. Sirvió para que el fraile se enterara de que su sobrina era pretendida por Jero y de la fuerte oposición del padre a esta relación, llegando al convencimiento de que había encontrado  una nueva misión que cumplir,  en este caso  no en África sino en su propio pueblo, que consistiría en reconciliar a los Sánchez y los Hernando (los padres de Pepa y Jero).

   Obviamente, tomó partido por Pepa; él era una persona "normal" y entendía que toda individuo adulto es libre de elegir a su pareja, así que habló seriamente con el cuñado y la primera consecuencia de ello fue que “la princesa” pudo abandonar su encierro. Concertó una reunión entre Severo y el padre de Jero, ejerciendo de mediador, y consiguió que, aunque el asunto no acabara con un abrazo fraternal, al menos se dieran la mano y prometieran que “oficialmente”, dejaban de ser enemigos.

   Además, Severo dejó de inmiscuirse en los asuntos amorosos de Pepa, pudiendo ella y Jero ser novios formales, a la vista de todos; pero, al contrario de lo que sucede en los cuentos infantiles, no comieron perdices ni hubo un final feliz. Los novios, cuando dejaron de tener problemas ajenos a ellos, se centraron en los propios, se conocieron mejor y acabaron dejándolo.

 Nota

·         Todo parecido entre lo que se narra y la realidad, no es pura coincidencia.

martes, 31 de mayo de 2022

Amores extraños I

 

       En aquel pueblo sólo había dos bares y ambos tenían nombres muy evocadores: “La morada de los dioses” y “La taberna de felicidad”, ¡casi nada!, claro que la gente los conocía con el nombre de los dueños, de ahí que para referirse a ellos comentaban:  Vamos a “Ca” de Manolo, o nos vemos donde “la Dori”.

   Bueno, pues en uno de ellos, a la hora de las cañas o vinos de mediodía –esto de pasar por el bar antes de comer, es una afición muy arraigada entre los españoles- se reencontraron dos viejos amigos, Juan y Jero, tras muchos años sin verse; ambos residían fuera del lugar por cuestiones laborales y, tras los saludos iniciales, continuaron hablando de diversos asuntos, entre ellos la familia.

 -       Nosotros estamos todos bien, dijo Jero, excepto mi hijo pequeño. El pobre está fatal.

-       ¿Está enfermo? Preguntó el amigo, alarmado.

-       No, no se trata de un problema de salud. Tiene mal de amores. Ha estado viviendo con una chica dos años y todo iba muy bien. Los dos trabajaban; estaban muy enamorados, eso creía yo al menos; vivían en un piso muy curiosito…, todo les iba de maravilla, y resulta que hace unos días lo han dejado.

 -       Eso es algo muy normal…el pan nuestro de cada día -respondió Juan- Lo de enamorarse para siempre era propio de nuestra generación. Ahora, los amores son muy efímeros, pero eso no es auténtico amor sino enamoramiento, pasión. Una vez, alguien escribió que el enamoramiento, ese “amor eterno”, que cree tener la gente al comienzo de una relación, no dura más allá de tres meses. A partir de ahí, disminuye la pasión y el amor pasa a una fase más sosegada. El problema es que hoy los jóvenes quieren que su amor sea siempre como el del principio, el amor pasional, y, como eso es imposible, algunos no se adaptan a esta nueva fase más reposada, de ahí que muchos lo dejen y busquen un nuevo amor para empezar desde el principio.

    Tu hijo es joven y el tiempo es un gran aliado para estas cosas, seguro que pronto encuentra otra novia y se olvida de esta que dices, así que no te preocupes demasiado.

    Jero, tras escuchar las palabras del amigo, se extrañó de su sapiencia sobre las fases del amor y hasta se fijó en lo que estaba bebiendo, por si  era alguna cosa extraña y por eso estaba tan inspirado, pero comprobó que sólo era cerveza y de la misma marca que la suya. 

 -        ¡Eso espero!, dijo el padre del afectado. Lo que ocurre es que la separación es reciente y ha sido muy traumática, por eso está tan afectado. Fue ella quien le ha dejado, ¿sabes cómo se lo dijo? ¡con un triste whatsapp! Ellos viven en la ciudad, el fin de semana pasado, el viernes por la tarde, los dos se fueron a ver a los padres, cada uno a su pueblo, ella no es de aquí, algo que ya habían hecho anteriormente muchas veces, y el domingo a mediodía, ya ves, sólo día y medio más tarde, mi hijo recibió un mensaje en el móvil que ponía: “Andrés, no quiero seguir contigo, así que vamos a dejarlo. Ya he recogido todas mis cosas del piso, he hablado con el dueño y le he pagado medio mes de alquiler por adelantado. Así que no debo nada. Si quieres seguir viviendo allí, habla con él y os entendéis. No intentes llamarme porque no te voy a contestar”.


 -       ¿Y no le ha dado explicación alguna?, preguntó Juan extrañado.            ¿Habían reñido previamente?

-    ¡Nooo! ¡Nada de nada! Contestó el padre de Andrés, así que el chico está desmoralizado. Ha intentado hablar con ella varias veces y le ha mandado al menos dos docenas de mensajes con el móvil, pero ella lo ha bloqueado en el teléfono y no contesta. Yo le he dicho que no siga haciéndolo, no sea que encima lo tome como un acoso y lo denuncie. Ya sabes que estas cosas a veces pueden ser consideradas hasta un delito.

-       ¡Pobre muchacho!, sí que tiene que estar fastidiado, afirmó Juan. Cuando en una relación, uno de los dos decide terminarla y es mínimamente educado, lo que tiene que hacer es explicar el motivo, o los motivos si son varios, a la pareja…yo que sé: He encontrado a otro/a que me gusta más...o, simplemente, se acabó el amor…o roncas, sueñas en alto y siempre acabas en el medio de la cama mientras que yo acabo en un lado a punto de caerme, o no me gusta tu peinado…algo. cuando dos personas han estado conviviendo un tiempo, debe haber un mínimo de respeto. Despedirse así, con un simple whatsapp, sin dar explicación alguna, es muy cómodo sí, pero es un acto muy cobarde.

 -       Yo pienso lo mismo que tú, respondió el padre del abandonado. Pero a la gente de ahora, esto le               parece muy normal.  Ya ves, a ella le han bastado media docena de líneas para acabar con dos años         de relación, y tan contenta..

-        De todos modos, siempre podemos sacar una enseñanza positiva de todo lo que nos pasa  -continuó hablando Juan, que aquel día estaba muy inspirado-  esto le va a servir de experiencia a tu hijo…desagradable, eso sí. Cuando salga con otra chica, además del físico, va a procurar, sin duda alguna, que sea una persona madura y formal.

-       ¡Mira!  Yo no pido la excelencia -contestó Jero -, con que sea normal me conformo.

-   ¿Cómo se conocieron?, preguntó Juan, con curiosidad. Si la cosa ha acabado así, supongo que el comienzo tampoco debió ser muy allá.

-        ¡Pues sí! Andas muy acertado, respondió el amigo. El inicio tampoco fue muy normal. Mi hijo tenía una novia muy maja, nosotros la conocíamos, y un día, viniendo de Madrid en el tren, coincidió con ésta última, que era su compañera de asiento; por lo visto, hablaron bastante durante el trayecto, cosa rara, porque hoy la gente, durante los viajes, anda a lo suyo con el móvil o el ordenador  y a los compañeros de asiento ni los miran; ella había roto recientemente con un novio, en este caso la abandonada había sido ella y debía estar muy receptiva; se intercambiaron los números de los móviles, mantuvieron el contacto los días sucesivos hablando por teléfono y mediante whatsapps, quedaron en verse ya el fin de semana siguiente y mi hijo, de un día para otro, decidió acabar su relación con la anterior.

   También se lo comunicó mediante un whatsapp; aunque él, al menos, lo hizo bien y le dio las explicaciones oportunas. A partir de ahí, empezó a salir con la otra y antes de un mes ya habían alquilado un piso y vivían juntos. Todo muy precipitado como puedes ver. Yo pensé, con esos antecedentes, que la cosa no iba a durar nada, pero ya ves…han estado dos años conviviendo y muy bien según mi hijo; de ahí la extrañeza de lo ocurrido.

   Si te soy sincero, continuó Jero con la charla, a veces, cuando veo estas historias, tengo serias dudas de si estos comportamientos son raros, o el raro soy yo que vengo otra época.

       Juan, escuchaba con atención al amigo y contestó:

 -   Si hablamos de rarezas, confieso que tampoco estoy seguro si los raros somos nosotros que no estamos adaptados al mundo actual, lo son nuestros hijos, o todos lo somos por igual. Pero la convivencia de las parejas, en su día a día, no ha cambiado mucho. El éxito de una relación se basa en el amor y el respeto por parte de ambos, y eso siempre ha sido así. Lo único que han cambiado son las formas. Antes, cuando te gustaba una chica y la pretendías, llevaba mucho tiempo formalizar una relación, y para poder vivir juntos había que casarse previamente tras un largo noviazgo, porque si no estábamos en pecado e íbamos al infierno; ahora, en cambio, ya ves, apenas había pasado un mes, ya vivían juntos, y, seguramente, lo de casarse ni se les había pasado por la cabeza. Si es verdad lo del infierno, como nos decían a nosotros, a estas alturas, allí ya no debe caber ni un alfiler.

   Siguió un momento de silencio que los dos amigos aprovecharon para beber cerveza, y, mientas tanto Juan, en sus pensamientos, hizo un balance sobre lo que acababa de oír. Andrés, el hijo de Jero, dos años atrás, repentinamente, decidió dejar a la novia, se lo había comunicado a través de un mensaje, mediante el móvil evitando así dar la cara y no tener que decírselo personalmente, y eso le había parecido muy correcto. 

  En cambio, ahora había probado la “misma medicina”, recibiendo un whatsapp por parte de la segunda exnovia, indicándole que ya no quería seguir con él, y eso le había parecido una auténtica canallada. ¡Hay que ver cómo cambia la percepción de las cosas dependiendo del lado desde donde las miras!

-     De todos modos, continuó hablando Juan tras la pausa, te quejas de lo extraño que ha resultado lo de tu hijo, pero si hablamos de amores extraños, los de antes tampoco se quedaban atrás. Reconocerás que lo tuyo con Pepa, fue de todo menos normal.

   Jero, al escuchar el comentario de Juan, no pudo disimular una sonrisa a la par que asentía recordando las cuitas y avatares que tuvo que pasar para intentar formalizar su relación con Pepa. Al ser amigos desde la adolescencia, Juan había sido testigo directo de la operación “enamorar a Pepa” años atrás; una empresa tremendamente laboriosa, un auténtico maratón sentimental que, si hubiera tenido lugar en la actualidad, donde el esfuerzo ha dejado de ser una virtud, seguramente no hubiera sucedido.

   Hoy día, el interés de los chicos/as por el sexo contrario comienza en la adolescencia, pero a esas edades, en la época de Juan y Jero, las relaciones entre ambos sexos eran casi inexistentes: los chicos, cuando eran adolescentes, estaban sólo con los chicos, y las chicas con las chicas. El fenómeno del enamoramiento ocurría, habitualmente, más tarde, al alcanzar la edad adulta.

    Remontándonos a los años mozos de Jero y Juan, entonces, aunque ya había comenzado el éxodo de la gente del campo a la ciudad, los pueblos aún mantenían unos niveles de población aceptables y se veían bastantes jóvenes por sus calles. Gracias a ello, pudo encontrar Jero en el pueblo a su enamorada: Pepita Sánchez, conocida por todos como “Pepa”.

   Esta cercanía, que a primera vista podría parecer una ventaja, distaba mucho de serlo. Aquello, desde el primer momento, se convirtió en una larga carrera de obstáculos, constituyendo el principal escollo a superar la fuerte oposición del padre de la chica que, ironías del destino, era y se llamaba Severo.

   Actualmente, en los pueblos pequeños, como los de nuestra zona, apenas hay jóvenes; mas, al contrario de lo que podría pensarse, resulta más fácil encontrar pareja que antes. Gracias a las redes sociales, el ámbito de acción para buscar pareja casi no tiene límites, resultando a veces más sencillo emparejarse con una mujer de otro continente; pongamos como ejemplo una colombiana, por ser una hispanohablante, que con una vecina del lugar.

   Pero cuando Jero era joven, el campo de acción de los aspirantes a encontrar novio/a, casi nunca sobrepasaba los límites del pueblo, o, en todo caso, de la comarca. O te casabas allí, o había muchas posibilidades de quedarte soltero.