miércoles, 8 de junio de 2022

Amores extraños II. La ronda de San Juan

 


   Hoy día es difícil imaginar un mundo sin teléfonos móviles e internet, pero no siempre han estado ahí; su uso, de una forma generalizada, tal como los conocemos ahora, debió comenzar en España en torno a los inicios de la década de 1990.

   Desde entonces, cuando una pareja tiene una relación, resulta muy sencillo mantener un contacto diario, aunque sea virtual; pero cuando Jero y Juan eran jóvenes, aún faltaban más de 20 años para que el teléfono móvil fuera un artículo de uso cotidiano y las formas de comunicarse eran más “artesanas”, el contacto tenía que ser directo y los encuentros no eran diarios; de hecho, muchos novios solo se veían una vez a la semana (los domingos).

    En aquella época, mediados del siglo pasado, en España, especialmente en el medio rural, la sociedad era muy cerrada; con unas costumbres anacrónicas, el modelo de vida existente estaba marcado por el patriarcado en las familias, el machismo y la religión. Con una educación sexista, eran tiempos de “a las diez en casa” para ellas, el ambiente familiar era muy estricto para los hijos, lo que condicionaba que estos procuraban independizarse de los padres lo antes posible.    

    Se dice que “el amor y la amistad no se buscan, se encuentran”; pero mi abuelita pensaba de otra forma, ella decía: “la que quiera novio que vaya a la guerra y lo gane”; dicho de otro modo, quien deseaba encontrar pareja tenía que hacer una búsqueda activa o, al menos, hacer lo posible para que alguien le encontrara; siendo entonces, los principales lugares de encuentro los bailes dominicales en salones que, para tal fin, había en casi todos los pueblos, o las verbenas en la plaza, el día del patrón.

   Esperar a la chica, para verla, cuando iba a la fuente. con el cántaro a por agua, en su día debió ser bastante romántico, pero ya no era posible en la época moza de Juan y Jero; entonces ya había agua corriente a las casas y eso había quedado para el recuerdo.

     Además de las barreras “físicas” para poder iniciar una relación, había que añadir lo fundamental: que a uno le aceptara la chica -siempre era él quien tomaba la iniciativa-; de hecho,  en los inicios de la relación de Jero con Pepa, éste no es que se hubiera llevado alguna calabaza, creo que se ganó una cosecha entera, pero el chico era guapo, simpático, tenía verdadero interés por ella y, tras ¡varios meses! de lucha -evidentemente, no fue un amor a primera vista-  al fin logró que la chica acabara interesándose por él, ¡sólo como amigos y sin derecho a nada! –Por lo que podemos ver, aunque Cupido alcanzó con sus flechas a Pepa, éstas no fueron directas al corazón…como mucho, la alcanzaron en un pie-       

   Una vez vencidos los primeros obstáculos, Jero aún tenía que superar un importante hándicap. En aquella época, si los padres de la chica no aceptaban la relación, ésta tenía pocas posibilidades de prosperar y, en este caso, para desgracia de Pepa y Jero, sus padres no se hablaban. Era una antigua enemistad que venía de muy atrás pues sus abuelos ya se llevaban mal.  

     Como en una pequeña comunidad rural no existen los secretos, todo el mundo sabía que Jero y Pepa “hablaban” (por si alguien no lo sabe, entonces, aparte de hablar, poco más se hacía), pero, para no enfadar a los padres, ellos intentaban disimularlo y, como salir a pasear solos era muy comprometido, se buscaron una carabina cada uno  (carabina : persona, que acompañaba a las parejas de novios para evitar que hicieran cosas consideradas no decorosas (besos, abrazos, etc),  Jero echó mano del amigo Juan, y Pepa de su amiga Clara; los cuatro, formando pandilla, salían juntos, y, además, para intentar confundir al paisanaje, siempre muy pendiente de estas cosas,  hicieron correr el rumor de que quienes formaban las parejas eran Pepa y Juan, y Jero y Clara.

  Aunque “oficialmente” era Juan quien “tonteaba” con Pepa, la gente intuía que allí había gato encerrado, especialmente Severo, el padre de ella que, como no tenía el espíritu tranquilo,  preguntaba repetidamente a Pepa sobre el asunto, a ver si se delataba; pero ella eludía las preguntas respondiendo que no tenía novio alguno y que la dejara tranquila; hasta que un día, el padre habló mal de Jero y de su familia y la hija se enfadó con él defendiendo vivamente al chico, algo que irritó mucho al progenitor.

   Eran tiempos en que los padres hablaban y los hijos escuchaban, pero allí se rompió la norma; hablaron los dos y bastante alto -creo que hasta los vecinos llegaron a escucharles- la trifulca fue de alto nivel, hubo palabras mayores y ella le dijo que pensaba salir con quien le diera la gana y que él era un auténtico tirano. La consecuencia de aquella batalla dialéctica fue que el tirano…el padre…” el dueño del castillo”, decidió encerrar a la princesa en “el torreón”, como en los cuentos; en pocas palabras, prohibió a Pepa salir de casa hasta nueva orden.

  Hoy día, esa acción, aparte de que la hija no hubiera hecho caso alguno al padre, podría ser motivo de denuncia por secuestro, pero entonces la autoridad paterna era casi sagrada y Pepa se vio sometida a un arresto domiciliario impuesto por Severo, que intentaba así torpedear la relación de la hija con el hijo del enemigo.

    Esto ocurría en el mes de junio, se acercaba la víspera de San Juan y en aquel pueblo, como en tantos otros, era una noche muy festiva en la que se hacían hogueras en las calles cumpliéndose, además, el resto de los ritos propios de la fecha “imprescindibles” para que los espíritus de la naturaleza protejan a la comunidad; una fiesta, donde la gente, especialmente los jóvenes, se lo pasan muy bien; pero aquel año, “la pobre prisionera” se la iba a perder, pues tenía prohibido salir a la calle.

   Una de las costumbres que antiguamente realizaban los jóvenes, la noche de San Juan, era rondar a las chicas cantando canciones ante su ventana y, aunque en la época de la que estamos hablando, era una tradición ya desaparecida, Jero pensó que rondar a Pepa podía ser una buena idea: aliviaría el encierro de ésta y además serviría para fastidiar un poco a su severo padre.

   Como aquello era ya una cosa obsoleta, cuando intentó convencer a Juan y a otros dos amigos para que le acompañaran a hacer la ronda, estos se negaron alegando que aquello era una extravagancia (hoy diríamos que era cosa de gente muy friki), pero Jero estaba muy motivado, siguió insistiendo y acabó convenciéndolos con el clásico argumento de que si no le acompañaban era porque no tenían co…- a buen entendedor- y eso a un español, sobre todo de los de entonces, no se le puede decir.  Así que la víspera de San Juan de aquel año, pasada la media noche, con nocturnidad y alevosía, los cuatro amigos se acercaron a la calle de Pepa y, una vez situados frente a la ventana donde dormía, se dispusieron a cantar su ronda. 

Se colocaron ante la ventana 

 

   Obviamente, aquello no estaba improvisado; Juan se había encargado de recopilar una bonita canción de ronda, tradicional del pueblo, preguntando a una de sus abuelas; por ello, a su pesar, automáticamente quedó nombrado “especialista en rondas”.

   Les había enseñado a los compañeros la canción que iban a cantar, y, además, acordaron que, ya que se habían puesto a ello, iban a hacerlo bien. Cada uno cantaría una estrofa y, cada vez que llegara el estribillo, éste lo cantarían todos.

   Ese era el plan de trabajo establecido en el que Juan, al ser “el experto”, comenzaría la faena.  

   Cantó la primera estrofa y, cuando llegó al estribillo, los  demás rondadores fueron incapaces de acompañarle; no es que tuvieran miedo escénico, sino que les había entrado la risa; incluso el enamorado y promotor del acto, Jero, estaba carcajeándose al ver al amigo cantando ante la ventana. Esto hizo que Juan se cogiese un enfado tremendo.

   Su abuelo, que era muy filosófico, le había dicho alguna una vez que “uno debe pelear por cosas que merezcan la pena y que no debe perder energía en cosas inútiles”, y reconoció que andaba sobrado de razón. Se había implicado demasiado y estaba gastando mucha energía en un asunto que sólo le afectaba muy indirectamente.  

    No deseaba ir a ronda alguna y, finalmente, había aceptado para hacerle un favor al amigo; había hecho el trabajo de campo aprendiendo de su abuela la canción de ronda; se la había enseñado a los demás; habían acordado que cantarían todos y, a la hora de la verdad, además de no cantar dejándole tirado, allí estaban muertos de risa. No sabía si las risas eran debidas al acto en sí de la ronda, que les parecía muy jocoso, a que  no les convencía “su profesionalidad” como cantante, o a ambas cosas.

   A todo ello, había que añadir el agravante de que su voz era la única que había “roto el silencio de la noche”, algo que ya no tenía enmienda y ahora los vecinos, y hasta Severo, podían pensar que él era el auténtico enamorado.

   Muy cabreado, sin tan siquiera despedirse de los compañeros, comenzó a caminar calle abajo con intención de alejarse de allí y olvidar lo sucedido lo antes posible. Había decidido que los problemas amorosos de Jero y Pepa habían dejado de importarle.   

  Entretanto, la puerta de la casa se abrió y los compañeros, olvidando las risas, echaron a correr calle abajo y le adelantaron; curiosamente, el que más corría en la huida era Jero, el organizador del evento; en cambio, Juan, que iba absorto en lo que acababa de pasar, ni se inmutó al verlos pasar, como había decidido que aquello ya no iba con él...  

   Siguió a su ritmo, caminando por la calle, sin mirar para atrás, y, cuando quiso darse cuenta tenía ante sí a Severo; éste, que había salido de la casa, y no precisamente para felicitar a los rondadores, le había adelantado y estaba plantado ante él.

  Muy enfadado y a la vez extrañado de que uno de aquellos gamberros no hubiera huido como los demás, se dirigió a Juan en estos términos:

 - ¡Vamos a ver! ¿¡¡Qué es lo que estáis haciendo!!? ¿¡¡No veis la hora que es!!? ¿¡¡¡Es que no podéis dejar dormir a la gente!!!? Severo siguió soltando una retahíla de improperios, pero Juan estaba saturado emocionalmente: había ido de ronda sin gana ninguna, había acabado cantándole a la enamorada de otro, los demás le habían dejado tirado y ahora, como Gary Cooper en la película, estaba “sólo ante el peligro”, frente al enfurecido padre de Pepa. La noche iba de mal en peor; pero, como había decidido que él ya no formaba parte de aquello, hasta se sorprendió de lo tranquilo que estaba escuchando al irritado padre de Pepa y, cuando éste acabó con sus improperios, le respondió.

 - Es la noche de San Juan. Por eso hemos venido a rondar. Usted de joven, supongo que también lo haría. 

  Severo, que esperaba encontrar a un muchacho asustado y dispuesto a disculparse, se sorprendió tanto por la tranquilidad que mostraba, como por la respuesta.

-       ¡Sí!, yo cuando era joven rondaba a las mozas la noche de San Juan, ¿y qué?, pero entonces eran otros tiempos, lo hacíamos a horas mucho más tempranas y no molestábamos a nadie.

    ¿Y a quien querías rondar?, si puede saberse. Continuó preguntando Severo.

- ¡Pues a Pepa! Respondió Juan -cómo iba a negarlo-.

- ¿Entonces a ti te gusta mi hija o qué? Siguió interrogando, Severo, con cara muy seria.

   Él sabía perfectamente que el pretendiente de su hija era Jero, pues ella se lo había declarado abiertamente; pero tras aquella ronda en la que Juan, a su pesar, había sido el único cantor, le había entrado la duda y quería aclararlo (a ver si ahora iba a resultar que la chica tenía dos pretendientes)  El chico se encontraba en la misma tesitura y decidió que aquello había que aclararlo ya mismo, así que en un acto casi heroico, vistas las malas pulgas que se gastaba Severo, decidió tirar por el camino recto; al fin y al cabo, él no tenía nada que perder.

     - ¡Mire!, Jero es muy buena gente, y Pepa también…los dos son muy majos. Si usted se lleva mal con el padre del él…allá ustedes. Creo que lo que debería hacer es dejar en paz a su hija.

    Severo, al escuchar estas palabras, se exasperó aún más ¡Un muchacho de 20 años dándole     consejos!

 -      ¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer¡, respondió enfadadísimo ¡Vienes a mi calle de noche!          ¡Despiertas a la vecindad! ¡¡¡Y encima quieres darme lecciones!!! ¡Esto es inaudito! ¡Además! Y             tu, entonces, ¿ qué pintas en todo esto ?, continuo el hombre con su discurso.


-       ¡Eso mismo me pregunto yo! respondió el Juan. Pero no se preocupe; a partir de ahora, si pintaba poco le aseguro voy pintar menos todavía. 

 

      Severo, si oyó a Juan hizo como si no lo hubiera hecho y siguió hablando:

 

-       Antes de irte, quiero que sepas una cosa. Esta tarde, ha llegado, de vacaciones al pueblo, el hermano de mi mujer…el fraile, y está en nuestra casa ¿sabes qué habitación le hemos dado para dormir?  La de la ventana que acabáis de rondar. Llegó cansado, se ha acostado pronto y le habéis despertado. Eso es lo único que habéis conseguido. Es a él a quién habéis rondado, dijo mientras se alejaba de Juan, con intención de volver a su casa.

    Del mismo modo que “todo corpus tiene su octava”, aquella ronda, no iba a quedar así.

    Al día siguiente, las vecinas de Pepa hicieron llegar a oídos de los padres de Juan varias opiniones.  A una mujer mayor le había parecido muy bonita la ronda; seguramente le había traído recuerdos agradables de cuando era joven y la rondaban a ella; a otra –esta era más joven, claro- le había parecido un acto de gamberrismo y es que, en lo concerniente a la música tradicional, yo no eran buenos tiempos para la lírica. Además, aquella tarde, se presentó en casa de Juan el afectado por la ronda, la víctima inocente, el pobre fraile que había sido despertado la noche anterior por estar en la habitación equivocada, el día equivocado.

  Al contrario que Severo, era una persona muy amigable, se llevaba bien con todo el mundo y los veranos, cuando iba al pueblo de vacaciones, visitaba, prácticamente, a todo el paisanaje en sus casas, para saludarles; aquella tarde, “casualmente”, había decidido ir a la suya.

   Tras saludar a la madre de Juan, que fue quien le recibió,  preguntó por él y cuando salió a saludarlo, resignado a escuchar otra reprimenda, – a estas alturas del día, todo el pueblo sabía que el rondado había sido el fraile -  y se disponía a pedirle disculpas, el fraile no lo consintió. Comentó que le había hecho mucha gracia y que el hecho de haber sido rondado era una anécdota más para contar.

   Este religioso era un auténtico ciudadano del mundo. Había sido misionero en África, era profesor, había escrito varios libros y su vida se desenvolvía en esferas superiores, muy alejadas del modo de vida de los pueblos; esto no quitaba para que fuera un enamorado del pueblo, de sus gentes y de sus costumbres.

   Aquella extraña ronda, en contra de lo que pensó Juan en un primer momento, al final fue útil. Sirvió para que el fraile se enterara de que su sobrina era pretendida por Jero y de la fuerte oposición del padre a esta relación, llegando al convencimiento de que había encontrado  una nueva misión que cumplir,  en este caso  no en África sino en su propio pueblo, que consistiría en reconciliar a los Sánchez y los Hernando (los padres de Pepa y Jero).

   Obviamente, tomó partido por Pepa; él era una persona "normal" y entendía que toda individuo adulto es libre de elegir a su pareja, así que habló seriamente con el cuñado y la primera consecuencia de ello fue que “la princesa” pudo abandonar su encierro. Concertó una reunión entre Severo y el padre de Jero, ejerciendo de mediador, y consiguió que, aunque el asunto no acabara con un abrazo fraternal, al menos se dieran la mano y prometieran que “oficialmente”, dejaban de ser enemigos.

   Además, Severo dejó de inmiscuirse en los asuntos amorosos de Pepa, pudiendo ella y Jero ser novios formales, a la vista de todos; pero, al contrario de lo que sucede en los cuentos infantiles, no comieron perdices ni hubo un final feliz. Los novios, cuando dejaron de tener problemas ajenos a ellos, se centraron en los propios, se conocieron mejor y acabaron dejándolo.

 Nota

·         Todo parecido entre lo que se narra y la realidad, no es pura coincidencia.

martes, 31 de mayo de 2022

Amores extraños I

 

       En aquel pueblo sólo había dos bares y ambos tenían nombres muy evocadores: “La morada de los dioses” y “La taberna de felicidad”, ¡casi nada!, claro que la gente los conocía con el nombre de los dueños, de ahí que para referirse a ellos comentaban:  Vamos a “Ca” de Manolo, o nos vemos donde “la Dori”.

   Bueno, pues en uno de ellos, a la hora de las cañas o vinos de mediodía –esto de pasar por el bar antes de comer, es una afición muy arraigada entre los españoles- se reencontraron dos viejos amigos, Juan y Jero, tras muchos años sin verse; ambos residían fuera del lugar por cuestiones laborales y, tras los saludos iniciales, continuaron hablando de diversos asuntos, entre ellos la familia.

 -       Nosotros estamos todos bien, dijo Jero, excepto mi hijo pequeño. El pobre está fatal.

-       ¿Está enfermo? Preguntó el amigo, alarmado.

-       No, no se trata de un problema de salud. Tiene mal de amores. Ha estado viviendo con una chica dos años y todo iba muy bien. Los dos trabajaban; estaban muy enamorados, eso creía yo al menos; vivían en un piso muy curiosito…, todo les iba de maravilla, y resulta que hace unos días lo han dejado.

 -       Eso es algo muy normal…el pan nuestro de cada día -respondió Juan- Lo de enamorarse para siempre era propio de nuestra generación. Ahora, los amores son muy efímeros, pero eso no es auténtico amor sino enamoramiento, pasión. Una vez, alguien escribió que el enamoramiento, ese “amor eterno”, que cree tener la gente al comienzo de una relación, no dura más allá de tres meses. A partir de ahí, disminuye la pasión y el amor pasa a una fase más sosegada. El problema es que hoy los jóvenes quieren que su amor sea siempre como el del principio, el amor pasional, y, como eso es imposible, algunos no se adaptan a esta nueva fase más reposada, de ahí que muchos lo dejen y busquen un nuevo amor para empezar desde el principio.

    Tu hijo es joven y el tiempo es un gran aliado para estas cosas, seguro que pronto encuentra otra novia y se olvida de esta que dices, así que no te preocupes demasiado.

    Jero, tras escuchar las palabras del amigo, se extrañó de su sapiencia sobre las fases del amor y hasta se fijó en lo que estaba bebiendo, por si  era alguna cosa extraña y por eso estaba tan inspirado, pero comprobó que sólo era cerveza y de la misma marca que la suya. 

 -        ¡Eso espero!, dijo el padre del afectado. Lo que ocurre es que la separación es reciente y ha sido muy traumática, por eso está tan afectado. Fue ella quien le ha dejado, ¿sabes cómo se lo dijo? ¡con un triste whatsapp! Ellos viven en la ciudad, el fin de semana pasado, el viernes por la tarde, los dos se fueron a ver a los padres, cada uno a su pueblo, ella no es de aquí, algo que ya habían hecho anteriormente muchas veces, y el domingo a mediodía, ya ves, sólo día y medio más tarde, mi hijo recibió un mensaje en el móvil que ponía: “Andrés, no quiero seguir contigo, así que vamos a dejarlo. Ya he recogido todas mis cosas del piso, he hablado con el dueño y le he pagado medio mes de alquiler por adelantado. Así que no debo nada. Si quieres seguir viviendo allí, habla con él y os entendéis. No intentes llamarme porque no te voy a contestar”.


 -       ¿Y no le ha dado explicación alguna?, preguntó Juan extrañado.            ¿Habían reñido previamente?

-    ¡Nooo! ¡Nada de nada! Contestó el padre de Andrés, así que el chico está desmoralizado. Ha intentado hablar con ella varias veces y le ha mandado al menos dos docenas de mensajes con el móvil, pero ella lo ha bloqueado en el teléfono y no contesta. Yo le he dicho que no siga haciéndolo, no sea que encima lo tome como un acoso y lo denuncie. Ya sabes que estas cosas a veces pueden ser consideradas hasta un delito.

-       ¡Pobre muchacho!, sí que tiene que estar fastidiado, afirmó Juan. Cuando en una relación, uno de los dos decide terminarla y es mínimamente educado, lo que tiene que hacer es explicar el motivo, o los motivos si son varios, a la pareja…yo que sé: He encontrado a otro/a que me gusta más...o, simplemente, se acabó el amor…o roncas, sueñas en alto y siempre acabas en el medio de la cama mientras que yo acabo en un lado a punto de caerme, o no me gusta tu peinado…algo. cuando dos personas han estado conviviendo un tiempo, debe haber un mínimo de respeto. Despedirse así, con un simple whatsapp, sin dar explicación alguna, es muy cómodo sí, pero es un acto muy cobarde.

 -       Yo pienso lo mismo que tú, respondió el padre del abandonado. Pero a la gente de ahora, esto le               parece muy normal.  Ya ves, a ella le han bastado media docena de líneas para acabar con dos años         de relación, y tan contenta..

-        De todos modos, siempre podemos sacar una enseñanza positiva de todo lo que nos pasa  -continuó hablando Juan, que aquel día estaba muy inspirado-  esto le va a servir de experiencia a tu hijo…desagradable, eso sí. Cuando salga con otra chica, además del físico, va a procurar, sin duda alguna, que sea una persona madura y formal.

-       ¡Mira!  Yo no pido la excelencia -contestó Jero -, con que sea normal me conformo.

-   ¿Cómo se conocieron?, preguntó Juan, con curiosidad. Si la cosa ha acabado así, supongo que el comienzo tampoco debió ser muy allá.

-        ¡Pues sí! Andas muy acertado, respondió el amigo. El inicio tampoco fue muy normal. Mi hijo tenía una novia muy maja, nosotros la conocíamos, y un día, viniendo de Madrid en el tren, coincidió con ésta última, que era su compañera de asiento; por lo visto, hablaron bastante durante el trayecto, cosa rara, porque hoy la gente, durante los viajes, anda a lo suyo con el móvil o el ordenador  y a los compañeros de asiento ni los miran; ella había roto recientemente con un novio, en este caso la abandonada había sido ella y debía estar muy receptiva; se intercambiaron los números de los móviles, mantuvieron el contacto los días sucesivos hablando por teléfono y mediante whatsapps, quedaron en verse ya el fin de semana siguiente y mi hijo, de un día para otro, decidió acabar su relación con la anterior.

   También se lo comunicó mediante un whatsapp; aunque él, al menos, lo hizo bien y le dio las explicaciones oportunas. A partir de ahí, empezó a salir con la otra y antes de un mes ya habían alquilado un piso y vivían juntos. Todo muy precipitado como puedes ver. Yo pensé, con esos antecedentes, que la cosa no iba a durar nada, pero ya ves…han estado dos años conviviendo y muy bien según mi hijo; de ahí la extrañeza de lo ocurrido.

   Si te soy sincero, continuó Jero con la charla, a veces, cuando veo estas historias, tengo serias dudas de si estos comportamientos son raros, o el raro soy yo que vengo otra época.

       Juan, escuchaba con atención al amigo y contestó:

 -   Si hablamos de rarezas, confieso que tampoco estoy seguro si los raros somos nosotros que no estamos adaptados al mundo actual, lo son nuestros hijos, o todos lo somos por igual. Pero la convivencia de las parejas, en su día a día, no ha cambiado mucho. El éxito de una relación se basa en el amor y el respeto por parte de ambos, y eso siempre ha sido así. Lo único que han cambiado son las formas. Antes, cuando te gustaba una chica y la pretendías, llevaba mucho tiempo formalizar una relación, y para poder vivir juntos había que casarse previamente tras un largo noviazgo, porque si no estábamos en pecado e íbamos al infierno; ahora, en cambio, ya ves, apenas había pasado un mes, ya vivían juntos, y, seguramente, lo de casarse ni se les había pasado por la cabeza. Si es verdad lo del infierno, como nos decían a nosotros, a estas alturas, allí ya no debe caber ni un alfiler.

   Siguió un momento de silencio que los dos amigos aprovecharon para beber cerveza, y, mientas tanto Juan, en sus pensamientos, hizo un balance sobre lo que acababa de oír. Andrés, el hijo de Jero, dos años atrás, repentinamente, decidió dejar a la novia, se lo había comunicado a través de un mensaje, mediante el móvil evitando así dar la cara y no tener que decírselo personalmente, y eso le había parecido muy correcto. 

  En cambio, ahora había probado la “misma medicina”, recibiendo un whatsapp por parte de la segunda exnovia, indicándole que ya no quería seguir con él, y eso le había parecido una auténtica canallada. ¡Hay que ver cómo cambia la percepción de las cosas dependiendo del lado desde donde las miras!

-     De todos modos, continuó hablando Juan tras la pausa, te quejas de lo extraño que ha resultado lo de tu hijo, pero si hablamos de amores extraños, los de antes tampoco se quedaban atrás. Reconocerás que lo tuyo con Pepa, fue de todo menos normal.

   Jero, al escuchar el comentario de Juan, no pudo disimular una sonrisa a la par que asentía recordando las cuitas y avatares que tuvo que pasar para intentar formalizar su relación con Pepa. Al ser amigos desde la adolescencia, Juan había sido testigo directo de la operación “enamorar a Pepa” años atrás; una empresa tremendamente laboriosa, un auténtico maratón sentimental que, si hubiera tenido lugar en la actualidad, donde el esfuerzo ha dejado de ser una virtud, seguramente no hubiera sucedido.

   Hoy día, el interés de los chicos/as por el sexo contrario comienza en la adolescencia, pero a esas edades, en la época de Juan y Jero, las relaciones entre ambos sexos eran casi inexistentes: los chicos, cuando eran adolescentes, estaban sólo con los chicos, y las chicas con las chicas. El fenómeno del enamoramiento ocurría, habitualmente, más tarde, al alcanzar la edad adulta.

    Remontándonos a los años mozos de Jero y Juan, entonces, aunque ya había comenzado el éxodo de la gente del campo a la ciudad, los pueblos aún mantenían unos niveles de población aceptables y se veían bastantes jóvenes por sus calles. Gracias a ello, pudo encontrar Jero en el pueblo a su enamorada: Pepita Sánchez, conocida por todos como “Pepa”.

   Esta cercanía, que a primera vista podría parecer una ventaja, distaba mucho de serlo. Aquello, desde el primer momento, se convirtió en una larga carrera de obstáculos, constituyendo el principal escollo a superar la fuerte oposición del padre de la chica que, ironías del destino, era y se llamaba Severo.

   Actualmente, en los pueblos pequeños, como los de nuestra zona, apenas hay jóvenes; mas, al contrario de lo que podría pensarse, resulta más fácil encontrar pareja que antes. Gracias a las redes sociales, el ámbito de acción para buscar pareja casi no tiene límites, resultando a veces más sencillo emparejarse con una mujer de otro continente; pongamos como ejemplo una colombiana, por ser una hispanohablante, que con una vecina del lugar.

   Pero cuando Jero era joven, el campo de acción de los aspirantes a encontrar novio/a, casi nunca sobrepasaba los límites del pueblo, o, en todo caso, de la comarca. O te casabas allí, o había muchas posibilidades de quedarte soltero.

martes, 19 de abril de 2022

Un remedio natural

  Hace varias semanas, en una revista de información general (no era una revista científica), leí un artículo que trataba sobre la nutrición y me sorprendió un poco lo que allí escribía el articulista al afirmar que las funciones vitales eran tres: Nutrición, reproducción y relación.

   Aparte de estar en desacuerdo con ella (era una mujer), llegué a la conclusión que debía tratarse de una persona muy sana que nunca había tenido enfermedad respiratoria alguna, ya que en su lista no había incluido la respiración que es la función vital más importante, algo que es consustancial al hecho de estar vivo. Cuando nacemos, el inicio de nuestra existencia coincide con un primer movimiento respiratorio, siendo a su vez, dejar de respirar, lo último que hacemos cuando abandonamos este mundo.

   Las funciones vitales o básicas, desde un punto de vista estrictamente biológico, en los animales, - por si alguno lo ha olvidado, los humanos somos animales; algunos más que otros, eso sí - son respirar, comer y dormir. Las tres son esenciales para poder vivir y, a partir de ahí, podemos hablar de otras funciones, como las que nos permiten relacionarnos con el ambiente a través de los sentidos, o las funciones cognitivas, propias de los seres humanos, como las emociones, la inteligencia, la capacidad de ser felices (o desgraciados)…

    Volviendo a las funciones vitales, respirar es fácil y barato, pero no gratis; los gobiernos, con la excusa de que hay que cuidar el medioambiente -por cierto, cuando hablan de cuidar sólo el “medio ambiente”, se crea la duda de saber qué pasa con el otro medio que queda sin cuidar- cobran bastantes impuestos a las empresas para poder contaminar, en un puro ejercicio de cinismo recaudatorio.

   Dormir también es gratis, a no ser que lo hagas en un hotel, aunque allí, realmente, no te cobran por dormir, sino por ocupar una habitación para que lo hagas.

    En cuanto a comer…qué queréis que os diga. En términos económicos, es lo que más nos cuesta y así es desde el principio de los tiempos. Según la Biblia, cuando Dios echó a Adán y Eva del Paraíso, ya les advirtió que debían ganarse el pan con el sudor de su frente. Esto, llevado a la práctica, significa que si queremos comer todos los días, tenemos que trabajar –Dios no preveía entonces, que en el siglo XXI, habría un país llamado España donde una lista interminable de políticos de todo pelaje, con sus correspondientes asesores y allegados, se las arreglarían para comer ese pan, casi sin sudar-  

    Los problemas derivados de la nutrición son diversos. El más grave de todos, sin duda alguna, es el hambre que sufren los ciudadanos de algunos países, donde la escasez de alimentos es un mal endémico.

   En España, nuestros antepasados, en la Prehistoria, tampoco debían estar sobrados de alimentos. Antes de que se inventara la agricultura, comían los frutos silvestres que les proporcionaba la naturaleza y carne de los animales y peces que cazaban o pescaban con armas y herramientas rudimentarias, - tengo la sensación de que debían estar todos muy delgados-  así que su día a día distaba de ser fácil.  Supongo que cazar mamuts, por poner un ejemplo, debía ser un acto muy peligroso en el que muchas veces el cazado era el propio cazador; en cambio, hoy día, obtener alimentos en nuestro país es relativamente fácil. Va uno al supermercado y al poco rato vuelve a casa con todo lo necesario para comer ese día, sin correr los riesgos a los que se exponían nuestros ancestros en el intento.

    Además de los problemas de intendencia que conlleva la alimentación, si entramos en el terreno de la medicina, tenemos los trastornos alimentarios que son muchos y variados, relacionados, casi todos ellos, con la cantidad de alimentos que comemos y bebemos a diario.

Quien come mucho engorda, y quien no come lo suficiente, adelgaza -evidentemente, no hace falta ser un Premio Nobel para llegar a esta conclusión- de ahí que lo ideal sea ingerir una dieta equilibrada y en cantidad suficiente para mantenernos sanos. Hipócrates (siglos V y IV a. de C.), considerado el padre de la medicina, decía al respecto “Que tu alimento sea tu única medicina”. Esto, aunque teóricamente parece muy sencillo, no lo es tanto a la hora de llevarlo a la práctica.

  Cuando comemos en exceso, acumulamos grasa en nuestro organismo, esa cosa que algunos llaman metafóricamente el “enemigo invisible” –demasiado metafórico si consideramos que, quien más grasa tiene, es más voluminoso y por lo tanto más visible- tenemos sobrepeso y ello repercute en las articulaciones, aparato circulatorio, nuestra figura deja de ser estilizada…

  Cuando comemos menos de lo recomendable, adelgazamos y, aunque todos queremos estar guapos y delgados, y ello pueda ser una aspiración loable, los excesos son contraproducentes ya que, si nuestra alimentación no nos proporciona los suficientes aportes proteínicos, de carbohidratos, grasas -sí, la grasa también es necesaria-, vitamínicos y minerales, podemos tener no una, sino un rosario de enfermedades, algunas muy graves.

  Hay ocasiones en que la delgadez es debida a la falta de apetito o inapetencia (a esto, lo llaman los libros de medicina anorexia).

  A veces, sobre todo en los niños, la inapetencia es selectiva:  no tienen apetito para comer frutas o verduras, y en cambio sí lo tienen para comer un flanes y pizzas. En estos casos, no estamos ante un trastorno alimentario, sino educacional.

   El problema de la anorexia existe, es real, y los humanos hemos tenido que echar mano, con mayor o menor éxito, de diferentes remedios.

   Hasta bien avanzado el siglo pasado, era muy común el uso de “Quina Santa Catalina”, o de “Kina San Clemente” (aún hay más marcas), unos vinos dulces a los que se le añade quina, para recuperar el apetito perdido. Estaba muy extendida la costumbre de dar una copita, de estos preparados, a los niños inapetentes sin importar la edad, porque eran “medicinales, tónicos y reconstituyentes”, y eso que algunos tenían hasta 13 grados.

  También las sopas de vino y los huevos batidos con vino y azúcar formaban parte del “arsenal terapéutico” que empleaban nuestras madres para estos menesteres.

   Con tales remedios, no sé si recuperábamos el apetito o no, pero algunos nos poníamos muy contentos.

   Otros remedios caseros, pasaban por tomar infusiones de manzanilla con un poco de miel y canela, aunque algunos cambiaban la manzanilla por tomillo blanco; siendo también muy popular el aceite de hígado de bacalao, en forma de jarabe, también empleado con estos fines. Entonces, como no llevaba saborizantes asociados, tenía un sabor horrible, aprovechando nuestros padres esta propiedad con un fin coercitivo ya que, si no querías comer, la amenaza era que tenías que tomar una doble ración del mismo.

  Además de estos remedios tan elaborados, en nuestro pueblo contábamos con otro recurso 100% natural que nos permitía recuperar el apetito perdido, un producto en estado líquido, incoloro, inodoro e insípido; por si alguien no lo ha adivinado es el agua.

   Es del dominio público el hecho de que el pilar del valle de la Mata de las Cubas “da hambre” a todo aquel que bebe su agua. El conocimiento de la propiedad que tiene dicha agua, ya era conocido desde hace siglos por nuestros antepasados y ha ido transmitiéndose de generación en generación.

   En los tiempos que vivimos, donde nadie se cree las cosas “porque sí”, -la publicidad ha tenido mucho que ver en ello, ya que a menudo promete cosas que no se corresponden con la realidad- yo tenía serias dudas de que el agua de ese pilar tuviera tal cualidad, así que decidí experimentar por mí mismo si ese efecto era ficticio o real.

  No es que estuviera inapetente, más bien peco de lo contrario, pero consideraba que, si bebía de esa agua, durante unos días tendría más apetito del habitual.

   El año pasado, a mediados de marzo, un día, decidí acercarme al pilar de la Mata de las Cubas con ese fin. Cogí el coche, llegué a las inmediaciones del valle, me acerqué hasta el pilar con una botella, la llené y regresé al pueblo. A lo largo del día bebí todo su contenido y la verdad es que no noté nada extraordinario. Tanto ese día, como el siguiente, mi apetito fue el habitual llegando a la conclusión de que estaba ante otra creencia más, carente de fundamento.

   No obstante, aún mantenía mis dudas; consideraba que, si a lo largo de muchas generaciones nuestros antepasados habían mantenido que bebiendo dicha agua se recuperaba el apetito, era improbable que todos ellos estuvieran confundidos.

  Por otra parte, dicen que Edison, para lograr inventar la bombilla, necesitó hacer cerca de 1000 experimentos hasta que lo consiguió, y yo tan sólo tan solo había hecho una prueba, así que decidí repetir la experiencia, esta vez, cambiando de táctica, siguiendo el axioma de que uno no puede pretender resultados distintos, haciendo siempre lo mismo.

   Hace 2 semanas, estuve en el pueblo un fin de semana y decidí volver al pilar. Era el inicio de la  primavera y amaneció una mañana soleada con la temperatura templada para la época; un día magnífico para realizar una ruta campestre,  así que decidí ir hasta ese valle, en esta ocasión, caminando.

   La distancia hasta el mismo, desde el pueblo, debe rondar los 2 km; pero no fui directo hasta allí, decidí alargar el recorrido y pasar por el mismo ya de regreso. .

   Por cierto, pasé por “Mata Hijas”. Alguien me habló una vez de ese valle, afirmando que recibía tal nombre porque allí, tiempos atrás, un padre se había cargado a sus hijas. Yo le respondí que estaba equivocado, que la explicación era bastante más sencilla y que allí no había ocurrido parricidio alguno. El valle se llama realmente “La Mata de las Hijas”, pero los humanos, como somos vagos por naturaleza, hasta para hablar, hemos abreviado el nombre, de ahí que lo conozcamos como “Matahijas”.

  Aquella mañana, pasé por ese, por otros muchos parajes, y cuando llegué al pilar en cuestión ya llevaba más de dos horas caminando ininterrumpidamente. Como no llevaba botella alguna, bebí directamente del caño y proseguí mi camino para regresar al pueblo alargando el recorrido aún durante una hora y media más. Había desayunado poco y no había llevado nada para comer ni beber en el camino.

   Una vez llegué al pueblo, antes de volver a casa, pasé por la panadería; el pan recién hecho olía de maravilla, compré una barra de pan y durante el trayecto de la panadería a casa, me comí casi la mitad. Algo insólito...nunca me había sucedido algo así.

   Reconozco que en otras ocasiones, cuando he comprado pan en el pueblo, este nunca ha llegado indemne a casa -el pan que hace nuestra panadera es estupendo- y siempre lo he empezado en el camino, pero aquel día me sabía demasiado bien pues tenía “más apetito del habitual”; así que llegué a la conclusión de que nuestros antepasados, una vez más, tenían razón: Es cierto que: Quien bebe agua del pilar del Valle de la Mata de las Cubas, recupera el apetito.

 Nota

 · Actualmente, estoy intentando descubrir si hay algún otro pilar cuyo agua tenga la propiedad contraria: disminuir el apetito. Si alguien conoce alguna fuente o manantial con esta característica,  se agradecería que lo pusiera en conocimiento de todos para ayudar a enmagrecer y mejorar la figura de todo aquel que lo precise

sábado, 26 de marzo de 2022

Asuntos divinos y profanos : El “tío Dios”

   Esto ocurrió por la Pascua y, aunque las crónicas no aclaran con precisión el año, todos los datos parecen indicar que debió acaecer a finales de la década de 1950 o comienzos de 1960, una época, en España, donde la gente aún era muy creyente y la religión se hallaba muy presente en todos los ámbitos de la vida (familia, educación, trabajo, fiestas); tanto… tanto, que hasta se respiraba en el ambiente.

   La Pascua de Resurrección, Pascua Florida o Domingo de Pascua, es la fiesta central del cristianismo, donde conmemoramos la resurrección de Jesucristo, marca el final de la Semana Santa y, tal como sucede con esta última, no tiene una fecha fija variando cada año según los ciclos de la luna. 
  Para un cristiano, que es practicante, antes y ahora, sobre todo antes, confesarse y comulgar son actos habituales que realiza con más o menos frecuencia a lo largo del año; pero la Iglesia, sabedora de que no todos somos tan buenos cristianos, y que no nos gusta excesivamente andar contando nuestros pecados a nadie; pensando en este alto porcentaje de potenciales remolones, ya en el Concilio de Letrán, el año 1251, instituyó un mandato para todos los cristianos, que vendría a ser un acuerdo de mínimos, mediante el cual todos estamos obligados a comulgar por esta época, un acto que es conocido popularmente como " cumplir con el precepto pascual”. 
   Este norma, en la década de 1950, era rigurosamente respetada por todos y, como para poder comulgar es necesario confesarse primero, y el confesor de los feligreses era, y es, habitualmente, el cura de cada parroquia; don Tolentino, el párroco del aquel pueblo, aprovechando que la Pascua ya estaba próxima, había planeado aprovechar esta circunstancia para enterarse quién era el autor del robo del que había sido víctima, unas semanas atrás, en lo que él consideraba un auténtico acto de felonía. Pero empecemos por el principio. 

   El sacerdote, tan sólo llevaba medio año al frente de la parroquia. Cuando llegó destinado al pueblo 

para sustituir al anterior párroco, que había sido trasladado a otro lugar; éste, le había presentado al sacristán aconsejándole que lo mantuviera en el puesto, ya que era muy discreto y, viniendo la recomendación, de parte del compañero, no dudó un momento en aceptar su consejo, pero, a los pocos días, llegó a la conclusión de que la decisión había sido algo precipitada y que debió haberse tomado un tiempo para pensarlo ya que las circunstancias personales del sacristán eran un tanto especiales y tenía serias dudas de que fuera la persona más indicada para tenerlo como ayudante. 

   Tal desazón, se debía a que el sacristán se llamaba Diosdado, pero nadie le llamaba así. En el pueblo era conocido por la gente como ”el tío Dios”; además, muchos vecinos ni se molestaban en anteponer el tratamiento de “tío”, llamándole directamente “Dios”. 
   No es que la gente de aquel pueblo fuera especialmente irreverente; simplemente, obraban así porque estaban acostumbrados a hacerlo desde siempre y a nadie llamaba la atención, excepto al sacerdote y esto le “ponía de los nervios”. 
   En la vida real, Dios está en todas partes y no se le ve; pero en aquel pueblo “Dios” sí era visible y además le gustaba mucho frecuentar las tabernas. Por otra parte, lo normal es que los curas estén al servicio del Creador, en cambio, allí, resultaba que “Dios” era su subordinado. 
   Otra de las particularidades que acompañaban a Diosdado, era que tenía una hija llamada María; luego, contraviniendo a lo que dicen los evangelios, en aquel lugar, Dios no era hijo de María, sino que María era hija de “Dios”. 
   Aún había otro asunto que tampoco gustaba nada al párroco y era que, en sus años de formación en el seminario, a pesar de haber leído muchos de los libros que componen la Biblia, en ninguno de ellos, ni siquiera en la letra pequeña, había visto reseña alguna de que Dios tuviera nietos, y en aquel pueblo la gente hablaba con total naturalidad de los nietos de “Dios”. 
 María, la hija de Diosdado, estaba casada con un hombre que, precisamente, se llamaba José - que también es casualidad, razonaba el cura - y con él había tenido dos hijos. Al menos, ninguno de los dos se llamaba Jesús, para alivio de don Tolentino, que pensaba que era lo único que le faltaba “al pastel”.

   El que hubiese dos dioses en aquel pueblo, uno divino, el Dios el Auténtico, y otro humano, el “tío Dios”, daba lugar a innumerables bromas, chascarrillos, chanzas o humoradas entre los vecinos, algo que el cura consideraba que, si no era un sacrilegio, se le parecía bastante; además, no hacía más que preguntarse cómo era posible que el anterior párroco le hubiera recomendado a Diosdado como sacristán, admirándose a la vez de que hubiera podido convivir con él, tan estrechamente, sin los problemas de conciencia que él arrastraba desde el día que había llegado a aquel pueblo,   envuelto en tal situación sin pretenderlo. 
  Llevaba un tiempo dándole vueltas al asunto, reflexionando sobre cómo podría acabar con este jaleo,  y cada vez estaba más convencido de que el primer paso para solucionar “el berenjenal pseudoteológico” en el que, a su juicio, se hallaba inmerso, pasaba por prescindir del sacristán. Pero éste,  como realizaba con eficacia su labor y, además, lo hacía altruistamente, ya que no cobraba nada por ello, no encontraba una excusa razonable para poder despedirle, de modo que comenzó a cogerle manía a Diosdado. 
  Una persona, en su trato con la gente, generalmente, no necesita ser demasiado aguda para saber si a alguien le cae bien, mal o le es indiferente, e, inconscientemente, el sentimiento, rápidamente, se hace mutuo, de modo que, Diosdado, que había convivido “divinamente” con el anterior párroco, rápidamente se percató de que no le caía bien a don Tolentino, empezó a incomodarle la relación “profesional” que mantenía con el cura, y un día le dijo que dejaba el puesto, “por motivos personales"  –léase, porque estaba hasta los XXX de que le mirara mal el párroco, sin causa justificada, a pesar de ejercer el oficio de sacristán de forma ejemplar- 

   Don Tolentino agradeció profundamente la dimisión del sacristán y se puso muy contento pensando que los chistes relacionados con los dos dioses, que la gente contaba a veces, se iban a acabar; pero la alegría sólo duró unas horas. Al día siguiente, se enteró que “Dios” se había emborrachado -obviamente,  se trataba del dios de la tierra…del “tío Dios”- Para celebrar el cese, Diosdado había ido a la taberna, allí había coincidido con unos amigos y se les había ido la mano con el vino. 

  En aquel pueblo, existía la costumbre de que el Ayuntamiento, todos los años, regalaba un cerdo al cura, tal como se hace en La Alberca (Salamanca), con el cerdo de San Antón, aunque el cerdo, en este caso, no era para santo alguno, sino para el párroco. 
   A primeros de marzo, recibía un lechón por parte de la corporación, que era cebado hasta diciembre y, una vez pasada la Purísima, entre varios vecinos/as, organizaban la matanza del “puerco del cura” –perdón. Organizaban la matanza del puerco, que el ayuntamiento regalaba al cura- 
   Al llegar la fecha correspondiente, el Ayuntamiento hizo entrega del garrapito al cura y, cuando apenas llevaba dos semanas cebándose en la cuadra, una mañana, la persona que lo alimentaba todos los días, fue a la casa del párroco para informarle de que su lechón había desaparecido. 
   Como aún era pequeño, no debió costarle mucho al cuatrero afanarlo. Éste, además de ladrón, resultó ser poeta pues había tenido la humorada de escribir con tiza en la puerta de la cuadra. 

“El puerco de don Tolentino, 
  Ha encontrado mejor destino” 

   Esto enojó muchísimo al párroco, ya que el hurto tenía dos lecturas paralelas: a) El daño económico: le habían privado de jamones, chorizos, lomos… b) El daño espiritual: En la comunidad había un ladrón, y encima le había robado a él…al pastor del rebaño… al encargado de aleccionar a la gente a hacer el bien (Si se enteraba el obispo iba a decir que vaya éxito estaba teniendo en su labor pastoral)

   Desde el primer momento, tuvo la sospecha de que el autor del robo había sido Diosdado, pues consideraba que era el único que podía tener motivos para ello. Reconoció que, como nunca había puesto buena cara al sacristán, éste se había dado cuenta de ello, había cesado por este motivo, y, seguramente, había decidido vengarse de él robándole el garrapito. 
   Claro que no tenía pruebas, pero pronto iba conseguirlas pues se acercaba la Pascua, los feligreses estaban obligados a comulgar como era preceptivo, para poder hacerlo debían pasar, previamente, por el confesionario y allí era donde pensaba conminar al presunto ladrón para que confesara y asumiera su culpabilidad, si quería comulgar aquel año. Si decidía zafarse y no acudía a confesarse, eso ya de por sí constituiría un claro signo de culpabilidad. 
   Pero, llegado el día, Diosdado, como el resto de los feligreses, acudió a confesarse con don Tolentino que esperaba impaciente aquel momento. 
   El cura lo tenía todo previsto, haría una confesión dirigida, realizando un recorrido por todos los mandamientos, y cuando llagara a “No hurtarás”, ahí es donde, irremisiblemente, iba a pillarlo. 

   El acto de la confesión, cada uno de sus protagonistas lo vio desde una perspectiva diferente: 

   Diosdado lo percibió así: 
   El día que fui a confesarme, don Tolentino, en vez de dejar que le contara mis pecados libremente, que no dan para mucho, todo sea dicho. ¡Ya me gustaría a mí poder pecar más!, se empeñó en hacer un recorrido didáctico por los mandamientos, como si estuviera empeñado en que yo hubiese faltado a todos, para que no se escapase ninguno. 
   Él está convencido de que he sido yo quien le robó el cerdo, así que pensaba que iba “a cantar” durante la confesión. Con lo que no contaba, es que para llegar al séptimo mandamiento (no hurtarás), primero hay que pasar por los seis anteriores.

Don  Tolentino, por su parte, lo vio así: 
  La confesión fue larga y un tanto extraña. Tras llegar el pecador al confesionario, le avisé de que íbamos a hacer un recorrido por los mandamientos, para ayudarle a reconocer sus pecados.     Previamente, ya le había avisado que,  si quería evitar abrasarse eternamente en las llamas del infierno, no debía mentir -esta táctica de acojonar a los feligreses, para que “cantaran” y contaran todas “sus maldades” era muy empleada entonces por los antiguos confesores -, y el muy ladino respondió que, aunque estaba seguro de que en el infierno hay mejor ambiente, y que la gente que va allí debe ser más divertida que la que va al cielo, él pretendía ir a este segundo lugar y que por eso había ido a confesarse. 

   Al interpelarle sobre el primer y segundo mandamientos, ambos relacionados directamente con la figura de nuestro Creador, le pregunté que si le gustaba que los vecinos le llamaran “Dios” y que si en algún momento había creído serlo, respondiéndome que el asunto le era indiferente. Que él se llama Diosdado como su padre, su abuelo, su bisabuelo, y quien sabe si algún otro antepasado anterior; que en el pueblo le llaman “tío Dios” o “Dios”, porque es más corto y familiar que Diosdado; que su mujer, cuando vivía y se enfadaba con él, le llamaba además de otras muchas maneras que no quiso repetir para no escandalizarme, y que si los demás le llamaban así, por educación, tenía que responderles 
   Pensándolo bien, las personas no se llaman a sí mismas; luego, el problema está en los demás. Así que, en lo referente a los dos primeros mandamientos, no pude reprocharle nada. 

  En cuanto al tercero, “Santificar las fiestas”, como ha sido sacristán, ha asistido a misas, bodas, funerales, entierros… en número muy superior al resto de feligreses, así que tampoco encontré aquí nada reprobable. 

 En lo referente al cuarto, “Honrar a los padres”, hubo un momento de confusión inicial, ya que al preguntarle si honraba a sus padres, respondió que no. Ante tal respuesta, pensé que aquí ya había encontrado materia para empezar a recriminarle sus acciones, y le dije: 
   - ¡No honrar a los padres, es pecado mortal! Nos han dado la vida, y nos lo han dado todo.   
   Respondiéndome él: 
  - Mis padres murieron hace años, así que difícilmente puedo honrarlos; pero mientras vivieron siempre lo hice. 
   - Entonces vale. Respondí tras la aclaración. 

  El quinto fue puro trámite: 
 - Espero que no hayas matado a nadie. Pregunté 
 - Si hubiera matado a alguien, imagino que estaría en la cárcel, en vez de estar aquí confesándome ¿No cree? 
 - ¡De acuerdo! Respondí yo. Vamos a continuar 

  Al llegar al sexto mandamiento, sucedió lo siguiente: 
- ¿Has cometido actos impuros? Pregunté. 
- ¿Yo?. Ya soy muy viejo para esas cosas ¡Qué más quisiera! Respondió el pecador. 
    A los viudos nos pasa lo mismo que a ustedes, los curas. Tenemos mala fama, en este sentido. Si yo le contara… 
   Cuando me quedé viudo, aún era joven y hubo un año que “pequé un poco”. Resulta que una vez se me ocurrió ir a una casa de “señoras simpáticas” ¿y sabe a quién me encontré allí? A la última persona en el mundo que hubiera sospechado ver en uno de esos esos sitios. ¡Vaya susto que se llevó al verme! La verdad es que a mí tampoco me hizo gracia alguna que un conocido me viese allí. 
  Yo, al fin y al cabo, era viudo y no tenía que rendir cuentas a nadie; ¡¡¡pero él!!! Si se llega a enterar la gente, menudo escándalo se hubiera armado. El caso es que, como a ninguno de los dos nos interesaba que aquello se supiera, ambos acordamos ser muy discretos. Él no iba a decir nada de mí y yo tampoco de él. Lo bueno de aquel inoportuno encuentro es que, a partir de ahí, nos hicimos muy amigos. Mire si hemos sido discretos, que hasta ahora nadie se ha enterado de este asunto. Yo, es la primera vez que lo cuento porque sé que ustedes los sacerdotes tienen que guardar el secreto de confesión, si no, tampoco se lo hubiera dicho. 
   No obstante, si para poder absolverme, usted considera necesario que le diga quién es, se lo digo. Aunque él ya no vive aquí, porque hace unos meses fue destinado a otro pueblo, sí le conoce.
 
   Don Tolentino, a medida que escuchaba las palabras del confesado, iba alarmándose por momentos.     Su afirmación de que los curas y los viudos tenían mala fama en los asuntos del sexo, y que había coincidido con un conocido en un establecimiento de mujeres de moral distraída, le llevó a pensar que estaba a punto de entrar en un “terreno pantanoso”. 
   Había dicho que “el otro” era alguien muy conocido, y que si el asunto hubiese trascendido  se habría  convertido un auténtico escándalo para la comunidad, algo que no había sucedido porque los dos eran muy discretos. 
   También recordaba que el antiguo párroco, al irse, le había recomendado al sacristán, alabando en él, ,principalmente, la discreción. ¡otra vez esa palabra! Este hecho, y el saber que la persona implicada, desde hacía varios meses, vivía en otra localidad convertían al párroco anterior en el principal sospechoso de ser “el otro”. 
  Cuando llegó a esta conclusión, inmediatamente intentó borrar este pensamiento de su mente, pero no lo lograba...eran demasiadas casualidades. Sin embargo, ¿y si el pecador implicado no era el compañero sino una persona “normal”, y el auténtico pecador era él por la falta de confianza hacia su antecesor en el cargo? 
   Ante él estaba el antiguo sacristán dispuesto a decirle quien era “el otro”, y, si lo decía, podría resolver la duda... pero ¿ qué pasaría si "el otro" resultaba ser el compañero? ¿Tendría que decírselo al obispo? 
   Ante semejante dilema, tuvo unos momentos de incertidumbre en los que no sabía qué camino seguir y, tras meditarlo unos instantes, decidió que prefería quedarse con la duda. 

   Diosdado, vivió el final de la confesión así: 
  Cuando llegamos al sexto mandamiento y comencé a contar mis pecados, observé que don Tolentino se iba poniendo muy nervioso a medida que le iba poniendo al corriente de todo, llegando un momento en el que no me dejó seguir, despidiéndome de este modo: 

  - ¡Mira! Ya es suficiente. Te absuelvo de todo. No hace falta que me cuentes más. Además, si has sido tu quien me robó el lechón, que te aproveche…también te absuelvo de ello. 
  ¡Vete y reza lo que te parezca!. Aún tengo que seguir confesando a mucha gente

lunes, 28 de febrero de 2022

La leyenda del Gigante

 



         El Castillo, nuestro castillo, es un paraje en pleno casco urbano de singular belleza. Una magnífica atalaya desde la que podemos contemplar un amplio territorio de la comarca y del vecino Portugal.

  Otro atractivo, que encierra el Castillo, es su valor histórico; no olvidemos que su nombre proviene de una fortificación que se construyó allí, siglos atrás, aprovechando la altitud de este magnífico cerro. Aunque no queda ni una sola piedra de la fortaleza, aún podemos ver en la roca, las marcas donde se cimentó la construcción.

   El hecho de que aquí hubiese una fortificación, fue debido a nuestra condición de ser un pueblo fronterizo; si nos remontamos varios siglos atrás, hubo una época de nuestra historia en la que portugueses y españoles no nos llevábamos demasiado bien y, al haber guerras por medio entre ambos países, eran abundantes las fortificaciones a lo largo de toda la frontera en los pueblos de ambos lados de la raya, para protegerse del enemigo correspondiente.

   Los problemas territoriales, entre países vecinos, siempre han existido y lusos y españoles, en épocas pasadas, también competíamos por ver “quien la tenía más larga” -me refiero al “ansia de victoria” sobre el otro, no a otra cosa-

 

   Subir al Castillo es una delicia para la vista cualquier día, a cualquier hora, en toda época del año; pero, si hay que elegir una ocasión idónea, yo recomendaría la hora de la puesta de sol, un momento mágico que causa admiración y asombro a todo aquel que la ha contemplado alguna vez.   

   Desde este otero, especialmente en verano, los días cercanos al solsticio, cuando las tardes parecen interminables porque nuestra estrella se resiste a esconderse en el horizonte; una vez que acaba haciéndolo, podemos ver unas puestas de sol espectaculares.

   El sol, al amanecer, hace su aparición por el Este; a mediodía está situado en el Sur, y cuando llega la hora del crepúsculo, se pone por el Oeste. Aunque todo el mundo sabe -o debería saber- que es así, en mi niñez, hubo una época en la que llegué a pensar que el Sol, en nuestra comarca, tenía personalidad propia debido a que el maestro, en la escuela, para explicarnos del fenómeno del día y la noche no hablaba de puntos cardinales, sino de pueblos. Recuerdo que en un ejercicio pedagógico algo discutible, pero sin embargo eficaz, nos decía que “nuestro sol”, salía todas las mañanas por El Milano, a mediodía se situaba entre Saldeana y Bermellar, a la hora del ocaso, por la tarde, se ponía en Portugal, y por la noche estaba escondido, mientras “dormía”, a la altura de Cerezal y La Zarza.

 

    Volviendo a las puestas de sol, es sorprendente ver cómo, al declinar el día, este astro va situándose lentamente sobre los montes de nuestro vecino país, al otro lado del Duero, manteniendo aún una alta potencia lumínica; mas, una vez que se sitúa encima de aquellos montículos, entre Freixo de Espada à Cinta y Mazouco, dispuesto a desaparecer; una vez que alcanza la cima de aquellas colinas, se esconde tras ellas con inusitada rapidez. En menos de dos minutos, podemos ver cómo el disco solar pasa de ser visible en su totalidad a desaparecer completamente de nuestra vista. Este hecho, lleva aparejada una gran pérdida de la luminosidad ambiental, pero los rayos solares aún permanecen unos momentos incidiendo indirectamente en el horizonte y en el cielo, proporcionando un magnífico espectáculo visual, demostrando, una vez más, que por mucho arte que pueda producir el hombre, jamás puede igualar al que ofrece la Naturaleza. 

   Estas magníficas puestas de sol ocurren desde el comienzo de los tiempos, antes incluso de que existiese el hombre; claro que entonces los de Barrueco no estábamos allí para poder apreciarlas.

    A veces nos preguntamos, si antes de que la humanidad apareciera sobre la faz de la Tierra había algún ser, ente, criatura, o espécimen que la habitase, y la respuesta es afirmativa; antes de que el hombre apareciese sobre nuestro planeta, según la mitología griega, la Tierra estaba “habitada” por los dioses y los gigantes.

   Los primeros, vivían como dioses. Es decir, no tenían necesidades, no sufrían enfermedades, no debían preocuparse de trabajar para comer, no tenían políticos ineptos que los gobernaran, y, además, eran inmortales (sé que este es el ideal de vida para cualquier español y, aunque no quiero desanimar a nadie, la verdad es que lo tenemos difícil para poder vivir así, especialmente, en lo relativo al asunto de la inmortalidad y al de tener buenos políticos). Si hacemos caso a los antiguos griegos, los dioses tenían su morada en el Monte Olimpo.

   Los gigantes, en cambio, eran unos seres que estaban a medio camino entre los humanos y los dioses; en realidad, eran hombres muy grandes…enormes, y no habitaban en el Olimpo. Como hombres que eran, tenían las necesidades propias de los humanos: eran mortales, necesitaban trabajar para comer, enfermaban… y, aunque no pagaban hipotecas, ni impuestos, y tampoco les molestaban continuamente las compañías telefónicas ni eléctricas, por el teléfono, a las cuatro de la tarde, como a nosotros, la vida para ellos era casi tan dura como la de los humanos actuales.

   Además, eran un poco salvajes y, por lo que se ve, envidiosos, lo cual no debe extrañarnos en absoluto, si consideramos que eran hombres. Un día, no aguantando más su envidia hacia los dioses, se rebelaron contra ellos y, como era de esperar, llevaron las de perder siendo exterminados por estos.

   En realidad, hay que aclarar que sobrevivió uno que, casualmente, tiene relación con Barrueco.  

   ¿Qué por qué sobrevivió uno y, además, apareció en nuestro pueblo? Caben varias teorías; es más, cada uno de nosotros puede elaborar una teoría propia y nadie va a poder contradecirle (es una de las ventajas que tiene la mitología).

    Seguramente, una tarde cualquiera, uno de los gigantes, cuando era niño, en su Grecia natal, salió de paseo, caminó hacia el oeste, se despistó un poco y se perdió; como entonces no había letreros en las carreteras -creo que no había ni carreteras- , y mucho menos GPS y móviles, y además el día estaba nublado y no podía orientarse por el sol ni las estrellas, siguió caminando sin saber hacia dónde iba, siendo el azar quien lo trajo a nuestra comarca, algo que resultó providencial para él,ya que en su ausencia fue cuando tuvo lugar Guerra de los Dioses y los Gigantes, en la que estos últimos fueron derrotados, pudiendo así salvar el pellejo.

   Hay que aclarar que cuando los gigantes la diñaban, se convertían en roca; de modo que, cuando fueron vencidos por los dioses, acabaron convertidos en montañas. 

    Nuestro territorio, debió resultarle bastante atractivo a nuestro gigante, único superviviente de estos seres, y decidió quedarse a vivir en nuestra comarca, donde residió largo tiempo, de modo que, cuando le llegó la hora, murió de muerte natural.

    Nuestro gigante, no era ajeno a la belleza del paisaje, estaba prendado de las puestas de sol que se ven desde nuestro pueblo y todos los atardeceres, extasiado, las contemplaba Por ello, cuando consideró que el final de sus días estaba cercano y vio que iba convirtiéndose en una roca de granito, decidió realizar su metamorfosis convirtiéndose en un montículo, en el lugar que hay es nuestro castillo, siendo éste el “verdadero” origen de mismo. Así que ya lo sabéis, nuestro castillo no es un simple accidente geológico más, como el resto de los montes comarcanos, es un gigante dormido que mira, desde hace millones de años, hacia el oeste, hacia Portugal, hacia las puestas de sol.

      Si hablamos de gigantes, estamos moviéndonos en el ámbito de los mitos y las leyendas y a mí, la verdad es que nadie me había mencionado nunca que nuestro castillo fuese un gigante dormido, en vez de un peñascal a cuya sombra surgió nuestro pueblo. Me enteré de su existencia de forma casual.

  Como todos los del pueblo, he ido al Castillo, y sigo haciéndolo, en innumerables ocasiones, en todas las etapas de mi vida: infancia, adolescencia, adulto; he recorrido todos sus rincones y nunca había encontrado nada que llamase mi atención, en este sentido, hasta que una tarde de otoño, paseando por allí, casualmente, quedé muy sorprendido al reconocer su cara.

    Los gigantes, cuando fueron derrotados por los dioses, quedaron todos ellos muy maltrechos, -hechos cachitos, como diría un niño de los de antes. Un niño de ahora, diría que quedaron desintegrados- y acabaron convertidos en montañas informes, siendo, totalmente irreconocibles; en cambio nuestro amigo, como palmó de “muerte natural”, sí es reconocible, algo que constituye un hecho insólito y único en el mundo.

 

   Si alguien quiere ver la cara de nuestro gigante, lo tiene muy fácil, sólo debe acercarse a la Peña del Miedo –un nombre muy sugerente para la cara de un gigante- desde el camino que cruza este paraje; al llegar a la altura de la peña, si se acerca hacia la misma en línea recta, a una distancia concreta, y si se fija con un poco atención, y bastante  imaginación, no le costará demasiado poder apreciar el perfil de las facciones del gigante dormido.

  

Cara del gigante dormido