martes, 6 de agosto de 2019

La serpiente del verano (I)


                        

   Cuando hablamos de una “Serpiente de verano”, o un “Culebrón de verano”, no nos estamos refiriendo a un ofidio concreto que venga a hacernos compañía durante esta estación; ambas, son expresiones que se emplean para hacer referencia a noticias que son muy llamativas y, generalmente, de poca relevancia, que los periódicos publican, o las televisiones difunden, durante el periodo estival para rellenar sus páginas y espacios informativos, ante la falta de noticias importantes, ya que, en esta época del año, como los políticos están de vacaciones, los distintos gobiernos quedan en modo de espera -en stand by, como los aparatos eléctricos- hasta el otoño, que es cuando reinician sus actividades, lo que conlleva a que el número de noticias en verano, que pueden tener alguna trascendencia para la gente, disminuya considerablemente.
   Este tipo de noticias suelen ser muy llamativas y la pretensión de los dueños de los diarios que las publican, o de las cadenas de televisión que las emiten, no es otra que provocar la curiosidad de los lectores o espectadores, para que compren los periódicos o vean sus espacios televisivos.
   Su temática es muy variada y es condición inexcusable que sean raras y originales; eso sí, muchas veces son falsas. Por poner unos ejemplos, el famoso monstruo del lago Ness (Escocia), es un clásico que tenía la costumbre de hacer sus apariciones en verano. Otras noticias del mismo rango son los círculos en los cultivos de maíz que aparecieron a mediados de la década de 1970 al sur de Inglaterra, atribuidos a extraterrestres, o descubrimientos arqueológicos inverosímiles. También, en nuestro país, alcanzaron bastante eco, en esta época del año, noticias sobre hechos paranormales como las caras de Bélmez, o el fantasma de la Alhambra de Granada y de otros monumentos históricos.

    En el mismo sentido, recuerdo una noticia que también acabó siendo una “serpiente de verano”; ocurrió en Badajoz hace unos cuantos unos años, y se extendió como la pólvora por la ciudad.
   Una joven pareja de casados fue a pasar un fin se semana a la costa portuguesa, y tuvieron la ocurrencia de llevar con ellos a la madre de él -léase, la suegra de ella- ; el domingo por la tarde, cuando se disponían a regresar a España, a la suegra (de ella, claro), le dio un “arribucio” -la ciencia médica lo llama infarto de miocardio fulminante- y murió repentinamente.
   El hijo, muy afectado por la inesperada muerte de la madre, en los primeros momentos quedó en estado de shock, incapaz de reaccionar ante semejante trance;  como se encontraban en otro país, no sabía qué hacer ni qué pasos debían seguir; su mujer, en cambio, como “sólo” era la nuera y no estaba tan afectada, mantuvo la calma en todo momento y, tras pensarlo un poco, propuso al marido que, en vista de que la cosa ya no tenía remedio, para evitar los correspondientes líos legales: avisar a un médico, realización de una posible autopsia, la repatriar el cadáver a España, etc; con los cuantiosos costes económicos que conllevaría todo el proceso, podían envolver el cuerpo de la suegra entre las toallas de baño y, con el resto de equipaje playero: sillas, sombrilla y demás, lo colocarían todo, bien sujeto, en la baca del coche y, de este modo, volverían a Badajoz. Una vez allí, llevarían el cadáver de la suegra al domicilio de ésta; al poco rato, “irían a visitarla” y contarían al vecindario y resto de la familia que la habían encontrado muerta en su casa y que el deceso había sucedido durante el fin de semana, mientras ellos estaban en Portugal.
   Una vez superado el susto inicial, el hijo se calmó un poco, consideró la propuesta de la mujer y aceptó el plan; así que, tras colocar en el coche “el equipaje”, tal como ella había pensado, se dispusieron a realizar el trayecto desde la costa portuguesa hasta España
   -Entonces, España y Portugal aún no pertenecían a la unión europea, y los pasos fronterizos entre ambos países estaban muy vigilados, así que el principal obstáculo que iban a encontrar, en su camino, era pasar la aduana sin levantar sospechas por parte de los guardias de fronteras, tanto españoles como portugueses-.
   Cuando ya faltaban pocos kilómetros para llegar a España, ante la posibilidad de que todo el asunto fuera descubierto al pasar la aduana, se pusieron algo nerviosos y decidieron parar en un bar de carretera a descansar un poco, y supongo que para tomar una tila, antes de llegar a la frontera.
   Tras dar por concluida la parada, al salir del establecimiento para proseguir el viaje, se encontraron con la desagradable sorpresa de que les habían robado el coche con la carga incluida.
   Muy asustados, ambos cónyuges, no sabían cómo afrontar el lío que se les venía encima, ya que, además de denunciar el robo del coche, debían justificar la “extraña carga que llevaban”, pero el resultado final de todo este embrollo nunca llegó saberse.
   Esta noticia, estuvo circulando por la capital pacense durante varios días, e incluso hubo alguna persona que, para dar más credibilidad al asunto, afirmaba conocer a personas muy cercanas a los protagonistas de este extraño suceso; pero lo cierto es que el hecho nunca llegó a ocurrir…fue una “serpiente de verano” más.

   Los “culebrones, o serpientes, de verano”, se llaman así porque aparecen en esta estación, cuando más arrecia el calor, a semejanza de lo que sucede con las culebras, que aparecen ante nuestra vista en primavera y verano ; en cambio, cuando llega el frío, dejamos de verlas.
 
   Los reptiles, son animales ectotérmicos; esto es, como su cuerpo apenas genera calor para mantener una temperatura corporal adecuada, lo obtienen del ambiente, del medio externo. La ventaja que ello supone, para estos animales, es que apenas gastan energía alguna para mantener su temperatura corporal, lo que unido a unas bajas necesidades nutricionales hace que se puedan mantener sin tomar alimento durante mucho tiempo. La desventaja que esto conlleva es que, como todas sus actividades dependen de la temperatura ambiente, cuando llega el tiempo frío -generalmente de octubre a marzo- buscan un refugio, generalmente, un hueco o cavidad en el suelo, donde hibernan hasta la primavera siguiente, cuando aumenta la temperatura. Este el motivo de que, en otoño e invierno, cuando hace frío, sea prácticamente imposible toparnos con culebras, lagartos u otros animales de esta especie. 

   Los ofidios, son unos reptiles que causan en los humanos una mezcla de miedo, repulsión y curiosidad. Los que somos de pueblo, más de una vez, desde la orilla de una charca o regato, hemos podido asistir fascinados al espectáculo de una culebra viperina o de collar, atrapando a una pobre rana, que estaba tan tranquila en “su casa”, para comérsela entera -Esta voracidad de las culebras de agua, hacia a las ranas, es muy similar a la relación que mantiene Hacienda con los ciudadanos; en este caso, la voracidad es recaudatoria. En el asunto, nosotros ocupamos el lugar de las pobres ranas, mientras que el otro papel es desempeñado por la Agencia Tributaria, que no duda en “comernos” vivos- 

   En España hay, aproximadamente, una docena de especies de culebras, y, si exceptuamos a las víboras, que son las únicas que pueden suponer algún peligro para las personas, debido a su veneno; por suerte, casi todas ellas son inofensivas.
   De las distintas culebras peninsulares, la más conocida y “admirada”, y la que más leyendas ha originado en el imaginario popular es la Culebra Bastarda, conocida popularmente como Bastardo. Es éste, el mayor de los ofidios que conviven con nosotros, algunos ejemplares machos llegan a alcanzar los 2 metros de longitud y, aunque tienen algo de veneno, éste es poco tóxico y resulta inofensivo para las personas.
   Como el resto de las culebras, habitualmente, huye de los humanos; así que, si le dejamos en paz, no vamos a tener problema alguno con ellos; pero, si se siente acorralado, es impresionante ver cómo yergue la cabeza y la parte anterior del cuerpo, como las cobras, y sisea (algunos dicen que silba), en actitud amenazante. Si llegara mordernos -espero no tener nunca esa experiencia- no debemos preocuparnos en absoluto por su veneno pues es de muy baja toxicidad y no va a ocasionarnos problema alguno; así que, aparte del susto, nunca nos va a pasar nada; eso sí, creo que pega unos mordiscos de cuidado, que duelen lo suyo, como cualquier herida profunda que nos hagamos por cualquier otra circunstancia, que sólo requiere las curas propias de cualquier herida -Puestos a comparar, es más peligrosa la mordedura de un ser humano que la de un bastardo- 
   De hábitos diurnos, si un día nos encontramos ante una culebra muy larga y rápida, con una ceja supra ocular, que le da el aspecto de estar enfadada, o de tener cara“de mala leche”, podemos estar casi seguros de que se trata de un bastado, ya que son bastante comunes.
    Al “bichito”, podemos catalogarlo como el rey de los ofidios ibéricos -el Boss, como dicen los americanos- y come de todo: ratones, gazapos, pájaros, insectos; si se cruza con otra culebra, más vale que ésta se aleje porque si hace falta se la come también; y, si se le pone “a tiro” una víbora y tiene hambre atrasada, no tiene reparo alguno en comérsela, con su veneno y todo.

   Del mismo modo que sucede con el resto de las culebras, así como una gran cantidad de animales de todas las especies que pueblan nuestros campos, antes era mucho más abundante que ahora.
Actualmente, se ven pocos por los caminos
Recuerdo que, cuando era adolescente, en primavera o verano, raro era el día que salía al campo y no me encontraba con alguna culebra atravesando un camino, escondiéndose entre las piedras de alguna pared, o al acecho de alguna rana en cualquier charca.

   Entrando ya en el terreno de las leyendas, en lo referente a los bastardos, hay muchas. Una de ellas es la que dice que hay bastardos con pelo, algo que es totalmente imposible. Los reptiles tienen el cuerpo cubierto de escamas y nunca pueden tener pelo, éste es un patrimonio nuestro, de los mamíferos -algunos humanos, en la cabeza, ese patrimonio lo tenemos más bien escaso, todo sea dicho-.
    Este asunto, de los “bastardos peludos”, parece ser debido a que, en ocasiones, hay habido gente que ve a alguno de estos ejemplares renovando la piel, desprendiéndose de la camisa vieja, y quizá sea eso lo que puede haber causado la impresión de que tienen el cuerpo cubierto de pelo.

   Otra leyenda, es la que dice que, maman de las ubres de las vacas. Se dice que hay casos en que el dueño de alguna vaca que está criando un becerro, a pesar de que la madre tiene abundante leche en las ubres; éste, injustificadamente, está muy delgado y muerto de hambre porque la vaca lo rechaza debido a que algún bastardo espabilado, en vez de andar por ahí “deambulando” -es más correcto decir dicho, reptando- buscando cazar algo para su sustento, se enrosca en una de las patas traseras de la vaca, asciende hasta la altura de las ubres de esta y le mama toda la leche, dejando al becerro a “dos velas”.
   La vaca, por lo visto, prefiere que le mame este “hijo adoptivo” tan raro que le ha salido, a que lo haga su propio becerro -Posiblemente, la expresión de ser o tener un “hijo bastardo”, una actividad a la que eran muy aficionados los reyes, en épocas anteriores, pueda tener su origen en esta leyenda-
   Algún hombre, incluso me contó que la vaca, cuando tenía las ubres cargadas de leche, iba a escarbar en el suelo, al agujero donde vivía el bastardo catador y degustador de leche, llamándolo para que le mamara.
   Lo contaba con mucho detalle, afirmando que lo había visto con sus propios ojos, pero luego me contó también otros cuentos, más increíbles aún.
   Si tomamos en consideración que una vaca produce, por poner una cantidad, una media de 20 litros de leche al día, y el pobre bastardo tiene que tomársela toda, ya que si no se enfada la vaca con él; seguramente, tras darse esos atracones tan tremendos, no pueda volver a su escondrijo primitivo en una buena temporada, pues ya no cabe allí. 
   Además, otros cuentan que los bastardos son muy aficionados a entrar de noche en las casas donde hay alguna madre lactante, a robarle la leche materna a los bebes. Así, cuando las madres están dormidas, estos bichos, con nocturnidad y alevosía, les maman las tetas sin que éstas se enteren y, mientras tanto, los muy sibilinos, para evitar que los niños protesten y despierten a la madre, les meten la cola en la boca para que la chupen, entreteniéndoles de este modo, mientras que ellos se ponen tibios con la leche de la madre.
  - Si estos reptiles son diurnos, no entiendo qué extraño impulso les lleva a andar por las noches robándole la leche a los bebés; y menos mal que las mamás nunca se despiertan. Si esto llegara a ocurrir en alguna ocasión, los pobres niños se iban a quedar huérfanos del susto que ellas se llevarían - 
 
   Esto de que los bastardos anden mamando a las vacas y a las mujeres lactantes es algo muy serio, ya que contraviene alguno de los conceptos fundamentales de la Biología, concretamente de la Zoología, a la hora de clasificar las especies. Si una de las condiciones esenciales de los mamíferos es que mamamos en nuestra primera etapa de la vida, y resulta que los bastardos también lo hacen, ¡¡¿debemos considerarlos hermanos nuestros!!? ¡Menos mal que esto sólo pertenece al mundo de las leyendas!

   Otra leyenda dice que, cuando se sienten acorralados, además de erguirse y sisear fuertemente, a veces se defienden dando latigazos con la cola. -Realizar estos movimientos tan elaborados: elevar la parte posterior del cuerpo y moverla con tanta violencia, debiendo mantener, simultáneamente, apoyadas la parte anterior y media en la tierra, es una técnica de defensa muy sofisticada y supongo que requiere algún tipo da aprendizaje previo. Duda existencial: ¿lo aprenden instintivamente, o reciben clases de defensa personal por parte de algún maestro de “kárate bastardil”?-  Como estamos en el reino de las leyendas, tampoco es plan de andar perdiendo el tiempo investigando el hecho…prefiero quedarme con la duda.

   Siguiendo con las leyendas, otro día me contaron que, como los bastardos andan en todo tipo de terreno, cuando están en la parte alta de un monte, o en una zona con mucha pendiente, y quieren bajar sin cansarse, se muerden la cola, adoptan la forma de un aro y, después de tomar un poco de carrerilla, bajan rodando la cuesta abajo con suma facilidad. Así que, para el que no lo sepa, si un día en el campo veis un aro muy raro, rodando pendiente abajo, no lo dudéis; es un bastardo equilibrista que ha decidió adoptar esta forma y bajar así, en vez de hacerlo reptando, porque tiene prisa.

   Estas son las leyendas más conocidas sobre los bastardos, pero aún hay más. Tal abundancia, es una clara muestra de la gran curiosidad, mezclada con el pavor y, a la vez, la fascinación, que estos reptiles siempre han despertado entre nuestros antepasados; pero lo que sucedió aquel verano, a un paisano del pueblo, con uno de estos ofidios, fue un hecho terrorífico y muy real…aquello no fue ninguna leyenda.

domingo, 14 de julio de 2019


Historias “extraordinarias”


El monstruo (del lago Ness) de la charca de “Praueso”


    Hace años, los sistemas de explotación ganadera eran muy distintos a los actuales; entonces, el ganado y la gente convivían en estrecha proximidad. Todos, personas y animales, pasaban la noche en los pueblos; por la mañana, los animales eran llevados por sus dueños a pastar al campo y, cuando llegaba la tarde, el ganado era recogido y llevado nuevamente al núcleo urbano, a los corrales. Como podemos ver, la gente de los pueblos pasaba gran parte del día paseando vacas, ovejas, cabras… de un lado para otro. Esta era la rutina diaria de los ganaderos a lo largo de todo el año, excepto en verano. En esta estación, las labores de siega, acarreo y trilla de las mieses ocupaban casi todo el tiempo de los campesinos y, en lo que respecta al ganado, variaban las costumbres ya que casi todos los animales, durante el periodo estival, permanecían día y noche en el campo, tal como ocurre ahora a lo largo de todo el año; pero era necesario llevarlos todos los días, de los prados o valles comunales donde permanecían, a abrevar a los pilares y charcas, ya que entonces no existían los depósitos y bebederos móviles que los ganaderos emplean, actualmente, llevar agua a las fincas.

   Las ovejas, todas las primaveras, una vez que son esquiladas para despojarlas de los vellones de lana que han estado protegiéndolas de los fríos invernales, quedan preparadas para enfrentarse a los calores estivales mas, aun así, cuando aprieta el calor, éste les afecta mucho y como están amodorradas, apenas comen durante el día; por ello, en aquella época, al oscurecer, los pastores acostumbraban a llevarlas desde los prados, donde pasaban el día, a beber agua a pilares y charcas y aprovechaba esos paseos nocturnos para que pastaran con “la fresca”, así que era muy común que anduviesen con los rebaños, por el campo, hasta bien avanzada la noche,  antes de volver a encerrar los animales.  

   Clodoaldo, aquel verano, guardaba su rebaño de ovejas en la parte alta de un valle cuyo nombre  no tengo la certeza de cómo se llama, ya que cada uno lo llama como le parece: Praueso, Prau Gueso, Prao Hueso, Prao Bueso, Prao Beso, Praweso.… y a estas alturas, es prácticamente imposible saber cuál es su auténtico nombre.
   Se trata de un paraje que está a unos cien metros del cementerio, en la parte baja de dicho valle hay una pequeña laguna -una charca-, próxima a un pilar, y aquel verano éste era el lugar al que Clodoaldo, todos los días, llevaba sus ovejas a abrevar.     

   Era una hermosa noche de verano y el cielo, totalmente estrellado, ofrecía un aspecto espléndido, pletórico de constelaciones y estrellas.  El espectáculo que ofrece la bóveda celeste, durante la noche, en nuestra comarca, es magnífico; especialmente, cuando estamos en el campo alejados de los núcleos de población y con una mínima claridad ambiental, como sucede cuando estamos fase de Luna Nueva.
  En noches así, las estrellas en el firmamento se ven muy bien; en cambio, la superficie terrestre es poco visible y, al no poder apreciar las irregularidades del suelo, andar por el campo es bastante dificultoso; pero esto no suponía problema alguno para las ovejas ni para al pastor que, como estaban acostumbrados a hacer el mismo recorrido todas las noches, desde el prado hasta la charca y el pilar, conocían a la perfección el camino.

   Bajaban por el valle despacio, dando tiempo el pastor al ganado para que comiera lo poca hierba que a estas alturas del verano quedaba en el suelo, y, cuando las primeras reses llegaron a las inmediaciones de la charca, en vez de correr hacia la misma, como hacían habitualmente todas las noches, al sentir la proximidad del agua, las primeras de la avanzadilla se detuvieron, imitándolas a continuación el resto del rebaño -las  ovejas son muy gregarias y, aunque, a los profanos en la materia, nos parecen todas iguales y con los mismos comportamientos, esto no es así. Cada una tiene su “propia personalidad ovejuna” de modo que en cada rebaño siempre están las “jefas” del mismo, que son las que siempre van por delante, abriendo el camino, dirigiendo al resto de las compañeras de redil, que las siguen ciegamente-.
   Aquella noche, a pesar de la sed acumulada a lo largo del día, ya que desde primeras horas de la mañana no habían vuelto a probar el agua, y a pesar de estar tan próximas a la laguna, se resistían a avanzar hacia la misma.

   Los animales poseen algunas facultades, de las que carecemos los humanos, que les permiten intuir el peligro, y aquellas ovejas parecían haber detectado la existencia de algo extraño en la charca.
   Era ya pasada la media noche y la intención del pastor pasaba porque el ganado bebiera agua,  desandar el camino a través del valle para devolverlo al prado, donde pasaba el día y, a continuación, irse a casa a descansar, culminando así su larga y agotadora jornada de trabajo; así que al ver a las ovejas detenidas se impacientó y les dio unas voces, arreándolas para que avanzaran. Algunas respondieron a su requerimiento y se movieron, pero lo hicieron hacia los lados negándose a seguir hacia delante. 
   Esto extrañó mucho a Clodoaldo, que no apreciaba nada anómalo que justificara el recelo del ganado para acercarse a la charca. Aunque las ovejas mostraban aquel insólito comportamiento,  él no percibía nada extraño en el valle; allí, en aquel momento, aparentemente, solo se encontraban él y el rebaño, por lo que no encontraba justificación alguna para que las reses, a pesar de la gran sed que debían tener, no quisieran acercarse a la laguna que se encontraba a tan solo unos metros de donde 
Abrevadero de ganado
estaban parados, al contrario de lo que hacían habitualmente, que se acercaban a la carrera, al sentir la presencia del agua.

   Siempre se ha dicho que hasta el burro más listo a veces necesita un estímulo para que obedezca -es la teoría del palo y la zanahoria - y Clodoaldo, que, a esas horas del día, tenía unas ganas tremendas de irse a dormir, se impacientó y decidió echar mano de esas ancestrales enseñanzas.
   Como buen líder del rebaño que era, a pesar de no haber pisado ninguna facultad de psicología, ni haber realizado máster alguno en terapia conductual, ni motivación personal; la experiencia le había proporcionado suficientes conocimientos empíricos para saber guiar al ganado y lograr que obedeciera; así que consideró que, si ya había agotado el recurso de la palabra -las voces que les había dado a las ovejas no habían surtido efecto alguno-, debía cambiar de táctica empleando métodos más expeditivos, cosa que hizo dirigiéndose a una de las ovejas que encabezaban el rebaño y le dio un “toque de atención” con la cayada -vamos, que le arreó un estacazo en los cuartos traseros-. Su intención era que avanzara y así las demás, al verla, siguieran su ejemplo; pero el intento resultó fallido pues la res sólo avanzó unos dos metros alejándose del pastor -sus motivos tenía para hacerlo- y volvió a pararse en seco, ya que en la charca había algo que la asustaba aún más que el cayado de su dueño.
    Para el amo del rebaño, era inconcebible que aquellas ovejas, tras haber estado todo el día encerradas en el prado, sin haber bebido nada de agua desde la mañana, no quisieran avanzar a la charca “ni a palos”; así que decidió adelantarse un poco intentando averiguar qué era aquello que ocasionaba la negativa del ganado para acercarse a la charca.
  
   La oscuridad de la noche, al estar nuestro satélite en fase de luna nueva, era tan intensa que solo permitía la visión a muy corta distancia y, al no ver nada sospechoso, aguzó el oído por si oía algo extraño, pero sólo logró escuchar los sonidos propios de la noche: el gri-gri-gri insistente de los grillos, el buh-buh de algún búho, los ladridos de algún perro lejano… Esto le recordó que llevaba casi un mes sin perro, pues había muerto el que tenía y le estaban criando un cachorro -lo que hubiera agradecido el pastor, aquella noche, haber tenido un perro que le ayudase a guiar el ganado-.
   Lo único que llamó su atención fue que en la charca había un silencio inhabitual, ya que no se oía el croar de las ranas.
  
  Todos los días, cuando se acercaba con las ovejas a la charca, oía el alegre croar de estos anfibios; pero aquella noche reinaba en la misma un silencio que resultaba sumamente extraño. Escudriñó con detenimiento tanto la superficie de laguna como sus orillas, intentando descubrir algo sospechoso que justificara ese silencio; pero, al estar la noche tan oscura y ser la visibilidad tan escasa, apenas podía vislumbrar lo que había unos metros más allá de donde él se encontraba.  
  Si la luna hubiese estado en cualquiera de las otras fases: Llena, Menguante o Creciente, sus rayos hubieran bastado para ver con nitidez toda la superficie de la laguna, y las orillas; incluso nuestro satélite se reflejaría en el agua ofreciendo una imagen de lo más bucólico, pero al estar aquella noche, en fase de Luna Nueva, apenas pudo distinguir nada.
   Quizá, en la orilla opuesta de la charca, del lugar donde él se encontraba con el ganado, le pareció distinguir una silueta algo más oscura que el entorno, pero debido a la poca visibilidad reinante, no podía asegurar nada. Era totalmente imposible distinguir qué era aquello que había en la orilla opuesta de la charca, si es que había algo. Será alguna “zarzalera”, pensaba el pastor…o unos juncos. En estos pensamientos estaba, cuando un terrorífico sonido surcó la oscuridad.
-        - ¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuh!!!
   Hasta a un hombre como él, acostumbrado a bregar por el campo desde niño, en todas las condiciones posibles, le sobrecogió aquel aullido. Nunca había oído algo así. No era un lobo…estaba seguro de ello. Hacía muchos años que no había lobos por la zona y, aunque alguno pudiera haber venido de algún otro lado, él recordaba haberlos oído alguna vez en su infancia y estaba convencido de que no lo era. No sabía qué podría ser, pero era evidente que allí había algo y “ese algo” era lo que habían percibido las ovejas.

   Otro, en su lugar, habría echado a correr sin pensárselo dos veces, alejándose del lugar; pero él era un hombre valiente y, a pesar del susto, permaneció inmóvil en el lugar donde se encontraba. Además, un buen pastor nunca debe abandonar al rebaño, sino defenderlo, y él lo era.
   Mantuvo la calma como pudo, miró a ambos lados para controlar si el peligro se le acercaba por alguno de los costados y, al ver que por allí no había nada de particular, fijó nuevamente la vista sobre la charca, intentando distinguir algo, ya que el bramido parecía proceder del extremo opuesto de ésta, del mismo sitio donde creyó percibir anteriormente el bulto sospechoso.  
   Fue entonces cuando reparó que, en ese lugar, ahora, había dos luces que antes no había logrado ver en ningún momento. Eran unos ojos que resplandecían en la oscuridad y le miraban amenazadores. Afortunadamente, el ser que le miraba, fuera lo que fuera, se encontraba en el lado opuesto de la charca, continuaba allí y no parecía tener intención de desplazarse hasta el lugar donde él estaba con las ovejas.  Observó que la distancia entre ambos ojos era muy grande y por ello calculó que aquel bicho, fuese lo que fuese, debía tener una cabeza enorme.
   Volvió a aullar, si cabe, más fuerte que antes, y el rugido, si es que puede llamarse así al horrible sonido que emitía aquella criatura, se extendió por todo el valle.
   Clodoaldo, se sobrecogió al oírlo, se le aceleró el corazón y hasta creyó notar que los pelos se le ponían de punta.  ¡Qué coños podría ser aquel bicharraco que, amparado en la oscuridad de la noche, bramaba de aquel modo emitiendo un sonido tan aterrador!  Ahora entendía por qué las ranas habían dejado de croar.
    Por su cabeza, los pensamientos circulaban a gran velocidad intentando hallar una explicación lógica a lo que estaba sucediendo, y no se le ocurría nada. Estaba ante algo desconocido. En toda su vida, nunca se había encontrado en una situación similar y tampoco había oído contar a alguien del pueblo que le hubiera ocurrido un algo parecido; así que, por expresarlo en pocas palabras, la verdad es que nuestro paisano estaba muy sorprendido y, a la vez, acojonado.  
   En un momento de lucidez, cayó en la cuenta de que el cementerio estaba muy próximo al valle y fue entonces cuando creyó haber hallado una respuesta a sus dudas: Aquella “cosa desconocida” que le miraba fijamente desde el extremo opuesto de la charca, sólo podía tratarse de algo sobrenatural. Seguramente era un espíritu que había decidido salir aquella noche del camposanto, y se encontraba en el valle. ¿Qué otra cosa podía ser, si no?
   La verdad es que, haber llegado a la conclusión de que se encontraba ante un espíritu, no le tranquilizó lo más mínimo. Estaba bien no haber huido a “las primeras de cambio”, pero tampoco era plan de ser tan temerario como para rodear la charca y acercarse a comprobarlo ¡Quien sabe lo que podía pasarle!
   De todos modos, siempre había oído que los espíritus son inmateriales, invisibles y no rugen; además, ¿qué pintaba un espíritu en una charca entre el barro, agua y ranas? Inmediatamente, desechó ese pensamiento. Lo que él estaba viendo era algo visible y material; calculó que la distancia entre ambos ojos sobrepasaba el metro, por lo que, si el resto de su cabeza y el cuerpo eran proporcionales a ese dato, el bicho debía ser enorme. Si aquello no era ningún espíritu, sólo podía ser un monstruo.
   Cuando llegó a esta conclusión, no lo dudó un momento; lo más prudente era alejarse de aquel ser desconocido lo antes posible; aunque tuviera que ir a algún lugar más lejano, aquella noche allí no iba a abrevar el rebaño.
  Decidió arrear las ovejas en dirección contraria, valle arriba, para alejarse lo antes posible de la charca y de aquella extraña criatura, y ahora sí que respondieron los animales a sus indicaciones. En un momento determinado, incluso adelantó al rebaño y se puso a caminar delante de las ovejas a toda prisa. Al menos, si el monstruo se acercaba para atacar, que empezara por las ovejas, pensaba el pastor.
  
   Clodoaldo estaba muy confuso ante lo que estaba ocurriendo. Cuando era niño, había escuchado contar a los mayores historias relacionadas con espíritus, monstruos y otros seres extraordinarios, pero lo que estaba viviendo aquella oscura noche estival, era  algo real…de eso no había duda alguna. Aquello no era ninguna leyenda.  
  ¡No sé si será un espíritu, un monstruo u otra cosa!, se decía a sí mismo el pastor mientras se alejaba con su rebaño, precipitadamente de la charca, ¡pero cualquiera se queda para comprobarlo!

Algunas notas aclaratorias:
*  A comienzos de la década de 1970, un hombre de nuestro pueblo contó a sus vecinos que había visto un monstruo en la charca de "Praueso"; pero, a excepción de las ovejas, que también vivieron la experiencia en directo, nadie le creyó.
* El terrorífico ser que, emboscado en la oscuridad , tanto asustó a nuestro paisano, en  realidad eran dos hombres  que estaban cazando ranas; un plato que, con frecuencia, comían nuestros padres y abuelos -hoy día, están protegidas y ya no es posible esta actividad-  Estos dos depredadores nocturnos, aprovechando la oscuridad de la noche, gastaron  una broma al pastor y la terrorífica mirada que éste creyó ver en la orilla de la charca, no eran otra cosa que las linternas que  utilizaban para ¿cazar/ pescar? las ranas.

miércoles, 19 de junio de 2019

Historias del Verano: El Ovni



   OVNI, es el acrónimo de “Objeto Volador No Identificado”, en inglés se corresponde con UFO, que son las iniciales de “Unidentifield Flying Object”, y ambos términos se refieren a la observación de un objeto volador, real o aparente (a veces puede tratarse, simplemente, de una luz en la noche), que no puede ser identificado por el observador, cuyo origen sigue siendo desconocido después de una investigación. 

   El asunto de los ovnis y la posible existencia de vida extraterrestre, siempre ha despertado un gran interés entre los humanos ya que no nos resignamos a ser los únicos seres vivos, con vida inteligente, del universo; esto, ha determinado que, con frecuencia, acabe entremezclándose la ficción con la realidad. Hay que tener en cuenta que, si hubiera vida extraterrestre y un día los seres de otros mundos decidieran visitarnos, indudablemente, lo harían en ovnis, ya sean platillos volantes u otras naves aeroespaciales más sofisticadas. 
   
   El cine y la literatura se han ocupado ampliamente del tema a través de libros, series televisivas y películas de ciencia ficción; en ocasiones, con un enorme éxito. Sirva de ejemplo la saga Star Wars, conocida en español como “La Guerra de las Galaxias”, una colección de películas que han acompañado, y siguen haciéndolo, a varias generaciones de terrícolas -nosotros-, que ha llegado a convertirse en un auténtico fenómeno de la cultura popular. 
   Todo esto, aunque es sumamente divertido e interesante, es pura ciencia ficción; pero ¿hay algo real en el tema de los ovnis? 

   En nuestro planeta, a lo largo del tiempo, en todas las latitudes, ha habido y sigue habiendo gente que afirma haber visto luces u objetos volando en el cielo, a los cuales no se le encuentra una explicación; en este caso, estaríamos hablando de cosas reales: de ovnis, y no de ciencia ficción.
   El estudio más importante que se ha hecho, hasta la fecha, sobre este asunto, lo realizó el ejército estadounidense en la segunda mitad del siglo XX;  concretamente, su fuerza aérea en 1969, elaboró un extenso informe tras haber investigado cerca de 40.000 de avistamientos de ovnis, con los siguientes resultados: La gran mayoría de los ovnis estudiados, una vez realizada la investigación oportuna, perdieron esa categoría al ser identificados de una forma científica, ya que pudieron ser explicados por fenómenos naturales. Casi todos ellos, resultaron ser estrellas, planetas, meteoritos, globos aerostáticos, sondas meteorológicas, aviones, satélites artificiales y un largo etcetera de objetos cercanos, procedentes de la Tierra. Entre la larga lista, de los ovnis estudiados, llegaron incluso a detectar fraudes por parte de algunos bromistas. 
   En ninguno de los casos hallaron indicios de vida extraterrestre; no obstante, para quien todavía  conserve la ilusión de poder encontrarse, una noche cualquiera, con una nave extraterrestre tripulada, aún puede mantener la esperanza ya que, en el 30% de los expedientes, los investigadores no hallaron explicación científica alguna; sin embargo, quisieron dejar constancia de que estos casos, pendientes de resolución, no habían sido investigados en profundidad al ser considerados irrelevantes. 

   En España, durante el año 1978, el fenómeno de los ovnis estaba de plena actualidad debido a que el Canal Uno de Televisión Española emitía por entonces, con gran éxito de audiencia, una serie americana “Proyecto UFO: Operación ovni”; en la que un grupo de científicos se dedicaba a investigar los distintos avistamientos de ovnis que acontecían en Estados Unidos -la serie estaba basada en el estudio que sobre el tema había realizado, años antes, el ejército de ese país-. 

   Ese mismo año, coincidiendo en el tiempo con la emisión de la antedicha serie, en Barrueco tuvimos “la suerte” de ver un OVNI. 

   El solsticio de verano (21 de junio) supone el inicio de la época estival y son los días del año con más horas de luz natural, ya que el dios sol, para mostrarnos su fortaleza, ilumina con sus rayos nuestro planeta durante una gran cantidad de horas, haciendo que los días parezcan interminables. 

   Aún recuerdo cómo, en la escuela del pueblo, nos decía el maestro a los niños, con un claro fin pedagógico: El sol, por las mañanas, sale por este, en El Milano; a mediodía se sitúa al sur, encima de Saldeana, y al atardecer se esconde por el oeste, entre Saucelle y Vilvestre -ahora me doy cuenta de que Cerezal y La Zarza, para los escolares de Barrueco, no estaban en el itinerario solar-. 

   Más tarde, me enteraría de que no es el Sol quien se mueve, sino que es La Tierra, nuestro planeta, quien se desplaza realizando un giro sobre sí misma, en dirección oeste-este, que se completa cada 24 horas, determinando así la duración de los días; realizando, además, un movimiento alrededor de nuestra estrella solar que completa cada 365 días, determinando, en este caso, la duración de los años.  
   Bueno, pues fue al atardecer de uno de estos días tan largos y con tanta luz, propios de los comienzos de verano, cuando tuvo lugar el acontecimiento. No fue un avistamiento cuya credibilidad pudiera quedar en entredicho, como ha sucedido en muchas ocasiones cuando el protagonista del mismo resultó ser un borracho de vuelta a casa, a altas horas de la madrugada, con alucinaciones visuales y auditivas motivadas por el alcohol y quien sabe si por otras cosas. Aquel día, fuimos muchos los testigos que pudimos ver un ovni sobrevolar sobre nuestras cabezas; el suceso tuvo lugar alrededor de las 22,30 horas -el adelanto de la hora que venimos haciendo en España, desde último fin de semana de marzo, ya venía realizándose desde 1973- y aunque en aquel momento alguno pudiera estar ya pasado de vinos y cervezas, casi todos los que vimos aquel extraño acontecimiento estábamos muy serenos. 

   La gente, en los pueblos, durante el invierno, debido a los rigores del clima, hace la vida, preferentemente en sus casas, de puertas para adentro; en cambio, en verano, cambian totalmente los hábitos y vive sobre todo de puertas para afuera, como ocurría aquel día; así que, a aquella hora, había mucha gente en la calle. 
   A finales de la década de 1970, como aún no había teléfonos móviles, consolas, ni internet, los niños, en los pueblos, aún jugaban unos con otros en la calle; mientras que los adultos, cuando llegaba la noche, tras la cena, era habitual que sacaran unas sillas a la puerta de las casas y se sentaran al serano. 

   Aquel día en Barrueco, como en cualquiera de los pueblos de la comarca, la vida transcurría sin novedad alguna, como una jornada cualquiera propia de comienzos de verano; la temperatura, a aquella hora, era muy agradable y cada uno de los habitantes del lugar estaba dedicado sus rutinas habituales. Nada hacía prever que iba a suceder un hecho tan extraordinario. 
   El acontecimiento ocurrió al final de la tarde, a la hora del crepúsculo; el sol ya se había escondido en el horizonte, tras los montes de Freixo de Espada à Cinta (Portugal), al otro lado del Duero, nuestra frontera natural, y la claridad, que ya era bastante pobre, disminuía por momentos a la par que la oscuridad iba haciéndose dueña y señora de las calles del pueblo; de pronto, comenzó a sonar un extraño ruido a lo lejos, un zumbido muy potente que parecía provenir del cielo y cuya intensidad iba aumentando a medida que pasaban los segundos. Aquello tenía todos los visos de ser el ruido de un motor que cada vez sonaba vez más próximo. 

   En nuestra comarca existe un pasillo aéreo por el que día y noche, continuamente, pasan sobre nuestras cabezas multitud de aviones comerciales y también, en ocasiones, lo hacen aviones militares; pero todos ellos, como lo hacen a gran altura, generalmente no oímos el sonido de sus motores. Aquellos casos aislados, en los que algún avión sobrevuela nuestra comarca a baja altura, el sonido de sus motores es claramente audible desde el suelo y todos sabemos reconocerlo perfectamente; por eso, todos éramos conscientes de que el ruido del motor, que estábamos escuchando, en aquellos momentos, no pertenecía a ningún avión. El sonido que oíamos era muy potente, cada vez estaba más cercano, y era algo nuevo y totalmente desconocido para nosotros. 

    La gente que estaba en el interior de las casas, al escuchar aquel ruido tan extraño, salió a la calle sumándose a los que ya estábamos allí, y todos mirábamos hacia el cielo intentando localizar la procedencia de aquel sonido, que parecía proceder del espacio. En un momento determinado, por fin pudimos localizar su origen; procedente del sur, un extraño aparato apareció sobrevolando las casas del pueblo; pero, debido a que la luminosidad ambiental, que en aquel momento era ya muy tenue, resultaba imposible discernir con claridad la estructura de aquel objeto volador; sólo alcanzábamos a distinguir su silueta y de forma muy imprecisa. No obstante, pudimos apreciar que se movía en el aire con bastante rapidez. Hizo un rápido recorrido circunferencial sobre el pueblo, volando bastante bajo; en un momento determinado se mantuvo estático sobre nuestras cabezas durante unos segundos, y, tras aumentar las revoluciones del motor, reinició la marcha alejándose en dirección oeste, ante el alivio de todos los paisanos. 
   A lo lejos, vimos que iba perdiendo altura y todos llegamos a la conclusión de que estaba buscando un lugar, a las afueras del núcleo urbano, donde aterrizar. 
   
   La confusión era general y se formaron múltiples corrillos de gente que, nerviosa, comentaba lo sucedido; todos habíamos permanecido expectantes ante la presencia de aquel objeto volador y habíamos seguido, con gran atención, sus evoluciones; pero desconocíamos de qué podría tratarse.         
   Como entonces estaba de plena actualidad el asunto de los ovnis, debido a la serie de TV que casi todos seguíamos, la opinión general era que, si aquello era un objeto volador y ninguno sabíamos qué era; aunque pareciera increíble, ¡sólo podía tratarse de un ovni! Menos mal que sus intenciones habían sido pacíficas y no nos había atacado. 

   Al cabo de media hora, sin necesidad de que viniera la fuerza aérea estadounidense a investigar el caso, y ni tan siquiera la española, pudo aclararse la naturaleza de aquella extraña nave voladora. La respuesta, la trajo una pareja de jóvenes que se encontraba dando un paseo a las afueras del pueblo. Resulta que el ovni, en realidad, era un helicóptero del ejército portugués que se había extraviado. Había estado haciendo una ruta próxima a la frontera; al comenzar a oscurecer, el piloto se había despistado y, en vez de volver a Portugal, entró en territorio español, llegando un momento en el que no supo dónde se encontraba -los GPS aún tardarían bastante en llegar a nuestras vidas- 
   En un momento dado, los ocupantes del helicóptero se dirigieron a la población más próxima que vieron, que en ese momento debía ser nuestro pueblo, y aterrizaron en un prado, a unos 150 metros del casco urbano; se había bajado uno de sus ocupantes, se acercó hasta la carretera próxima y, a aquella pareja, que andaba por allí paseando en esos momentos, le consultó si aquello era Portugal. Una vez que supo que habían aterrizado en suelo español, preguntó por la dirección del vecino país y,
Lugar donde aterrizó el ovni
al indicarle donde estaba el oeste, volvió corriendo al helicóptero, reanudando éste, rápidamente, el vuelo hacia Portugal, antes de que se hiciese totalmente de noche y aumentaran las dificultades para encontrar su base.
   
   La reacción de los lugareños, en general, fue buena y no cundió el pánico en ningún momento, tal como ocurre en las películas de ciencia ficción, cuando lo extraterrestres invaden New York u otras urbes de allá, haciendo unos estropicios tremendos. En realidad, yo creo que, al haber sucedido todo tan rápido, a los habitantes el lugar no nos dio tiempo ni a asustarnos. 

   De todos modos, en la mañana siguiente, supimos que alguna familia, tras ver a aquel “ovni” sobrevolando el pueblo, se encerró en su casa, “echó el candado” por dentro de la puerta, y no volvió a salir hasta la mañana siguiente, en prevención de que los ocupantes del “vehículo espacial” vinieran en son de guerra y hubieran decidido iniciar “la Guerra de los Mundos”, precisamente, en nuestro pueblo. 

   La guardia civil, como siempre, aquel día supo estar a la altura de las circunstancias. En vez de dirigirse rápidamente, en coche, hacia el sitio donde había aterrizado el “ovni”, para defendernos de los “presuntos extraterrestres”, acudió hacia allí, al lugar del aterrizaje, caminando y a paso lento. Querían dejar un margen de tiempo suficiente “al enemigo”, para que se largara del lugar. 
   Los guardias, seguramente, desde un primer momento, sospecharon que se trataba de un helicóptero, y, si estaba perdido, prefirieron darle tiempo para que se orientara y pudiera irse, evitando así un “conflicto internacional”. 

   Realmente, no hubiese pasado nada; pero resolver “la invasión” del espacio, tanto aéreo como terrestre -ya que, al fin y al cabo, habían aterrizado- por fuerzas militares de otro país, aunque fuera involuntariamente, hubiese llevado las consiguientes consultas a instancias superiores, algún que otro papeleo y hubiera resultado un incordio para todos…tanto para ellos, como para los tripulantes del aparato. 

   La verdad es que, tras el susto inicial, una vez que se aclaró todo, algunos nos llevamos una gran desilusión al saber que el “ovni” no era ninguna sofisticada nave intergaláctica con una tecnología puntera, sino un simple helicóptero, y encima no demasiado bueno -a la vista estaba que ni siquiera contaba con los medios suficientes para orientarse debidamente en el aire, viéndose obligado a aterrizar, para que uno de sus ocupantes ¡¡¡bajase a preguntar dónde estaban y la dirección que debían tomar!!!- 
   ¡En fin! Habrá que seguir mirando al cielo durante las noches y no perder la esperanza de que un día podamos recibir la visita de una auténtica nave extraterrestre.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El burro enfermo




     Todos los días son importantes en la vida de las personas, pero hay fechas en nuestras biografías que resultan más significativas que otras como son los cumpleaños. El hecho de cumplir un año más siempre es motivo de alegría;  al fin y al cabo, esto significa que seguimos estando vivos, y además, como el tiempo no para, si tenemos suerte, después de otros trescientos sesenta y cinco días, podremos volver a celebrar otro nuevo cumpleaños.
  
   Es curioso ver cómo, casi todos queremos cumplir muchos años y, sin embargo, nadie quiere hacerse viejo; dos hechos que resultan totalmente incompatibles ya que, a medida que pasa el tiempo, las personas vamos sufriendo un proceso de involución natural que lleva asociado un deterioro orgánico, mental y hasta espiritual.
   Cuentan que un hombre, el día que cumplió los 70 años, recibió, por parte de un amigo algo mayor que él, como regalo, un libro titulado. “La vida sexual a partir de los 70”. Cuando llegó a casa, lleno de curiosidad, se encerró en su despacho dispuesto a leer el libro para aprender de sus enseñanzas, y una vez que lo abrió, pudo comprobar que, a pesar del gran número de páginas que tenía, todas estaban en blanco.

   Esto sucedió hace ya muchos años; cuando los coches aún no formaban parte de nuestras vidas. Entonces, en los pueblos, le gente usaba como vehículos, para ayudarse en sus tareas, caballerías: caballos, mulos y asnos. Unos vehículos 100% ecológicos, mucho más baratos que los coches híbridos y eléctricos actuales que hoy día nos venden a unos precios desorbitados, con la excusa de cuidar el medio ambiente.  
   En esa época, rara era la casa donde no había un burro que era utilizado, como “vehículo urbano”, para todo tipo de actividades, como animal de carga: ir a la fuente a por agua con las aguaderas,
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acompañar a las mujeres cargando con la ropa y la banqueta para lavar en las bordas, llevar y traer sacos desde la huerta, arar…o, simplemente, para desplazarse a los sitios.
  
   Un día, iban subidos en el burro un hombre con un hijo de corta edad, camino de la huerta, y en una de las calles del lugar, ya casi a la a la salida, se cruzaron con otro hombre que volvía en ese momento al pueblo, con una burra.
   Ésta estaba en celo, y el asno al verla se desvió del camino, intentando, con gran ímpetu, acercarse a la misma, a la par que rebuznaba fuertemente; de modo que faltó el canto de un duro -hoy diríamos el canto de un euro- para que ambos jinetes, padre e hijo, acabaran con sus huesos en el suelo.    
   El niño, muy asustado por el empuje del asno, en su afán de acercarse a la burra, y la potencia del rebuzno -nunca le había hasta entonces rebuznar de aquella manera-, preguntó a su progenitor:
-       ¡Padre!¿Qué le pasa al burro?
-       ¡Nada hijo, no le pasa nada! Respondió el progenitor, que no quería dar muchas explicaciones al niño. Rebuzna así porque está enfermo

   A los pocos días, se dio la circunstancia de que iban subidos en el burro el niño con la madre; se cruzaron con el mismo un hombre de la ocasión anterior, que iba con su burra, y se repitió la misma escena. El burro se puso a rebuznar escandalosamente.
-       Yo sé por qué rebuzna así el burro, dijo el niño a la madre. Padre me lo contó el otro día…es porque está enfermo.
-       ¡Qué va a estar enfermo!, respondió la madre, con desdén. ¡Ojala! tuviera tu padre la mitad de la salud que tiene el burro!


   (Es éste, un cuento popular, quizá habría que catalogarlo de “chiste verde”, que contaban nuestros padres y abuelos, generalmente tras la cena, después de haber bebido unos cuantos vasos de vino, o haber empinado la bota más de lo recomendable.
  Entonces, se desinhibían y, tras mandar a los niños a la cama, para evitar que escucharan cosas inconvenientes, se divertían contando historias de este tipo, “no aptas” para menores).

miércoles, 8 de mayo de 2019


La Marimanta


   Dentro de las leyendas, encontramos una serie de seres fantásticos como el coco, el hombre del saco o el sacamantecas, que tenían una misión “pedagógica”, ya que el fin de estas narraciones, que tenían de protagonistas a estos personajes míticos, era amedrentar a los niños para evitar que se vieran envueltos en situaciones de peligro.
   Uno de estos entes “asusta niños”, muy conocido en el pueblo, era La Marimanta; un ser sobrenatural que vivía en los pozos.
   A los niños, se nos advertía con frecuencia: “No te asomes a los pozos; porque si lo haces, la Marimanta te coge por los pelos, te arrastra hasta el fondo y no volvemos a saber de tí”.

   Nadie sabe, con exactitud, cómo es La Marimanta. Cuando nos asomamos a un pozo clásico, con pocos metros de profundidad, de los que hacían nuestros antepasados manualmente a pico y pala; si tiene el brocal estrecho, cuando el nivel del agua está bajo, vemos en el fondo una inquietante oscuridad. En cambio, si es poco profundo, o el pozo está lleno, lo que apreciamos es la superficie de unas aguas tranquilas que reflejan la claridad del exterior: el cielo y la silueta de quien se asoma.
   Tanto en uno como en otro caso, es imposible ver el fondo del pozo y lo que se esconde bajo la superficie del agua; por ello, resulta fácil imaginar que La Marimanta more en las profundidades de los pozos y no podamos verla…pero ¿cómo vive? ¿Cómo respira? ¿Qué come cuando no tiene niños que llevarse a la boca?
Como quiera que estamos ante un ser mítico, estas preguntas tan racionales y mundanas no encuentran respuesta; estamos ante un enigma muy difícil de resolver.
Nadie sabe, realmente, qué aspecto tiene este ser tan extraordinario, y, cuando alguien se aventura a describirlo, ofrece unas explicaciones muy imprecisas; de hecho, si preguntamos a dos personas distintas, sobre La Marimanta, comprobamos que las respuestas, en ambos, casos no son coincidentes, lo cual es lógico si consideramos que ninguna de ellas ha tenido oportunidad de enfrentarse ante esta fiera; estamos ante un ser fantástico del que tenemos conocimiento sólo de “oídas”, no de haberlo visto  -Al ser personaje de leyenda es imposible verlo, ya que, si alguien lo hubiera visto, dejaría de ser una leyenda y pasaría a ser  una realidad-.
Claro que, si se indagamos un poco, en ocasiones, nuestra curiosidad obtiene recompensa.  
Una vez, conocí a una persona que afirmaba haber visto a La Marimanta y pudo describirla con todo detalle, sin titubear ¿Estábamos ante el fin de la leyenda?
Los hechos ocurrieron así:
Un día, en un pueblo de nuestra comarca, estaba una abuela con su nieto de corta edad en la huerta y ésta decidió aleccionar al niño para que no se acercase al pozo, intentando así evitar que pudiera caer al mismo.  
Una vez que se acercaron al mismo, se asomaron dentro para poder ver el agua y ella, empleando un tono de voz muy serio, comenzó a hablar al nieto de este modo:
Un pozo clásico

- Los niños, cuando están solos, nunca deben asomarse a los pozos porque en ellos vive La Marimanta. Si lo hacen, ésta sale, los agarra por los pelos, los lleva al hondón y después que se ahogan, se los come crudos. Como comprenderás, yo no quiero que te pase una cosa tan terrible, así que ya lo sabes;  cuando estés solo, no te asomes a ningún pozo para evitar que no te coja a ti.

Lejos de asustarse, el niño se sintió embargado por una gran curiosidad y, con gran atención, se puso a mirar las profundidades del pozo mientras preguntaba a la abuela:
- ¿Cómo es La Marimanta? Yo quiero verla.
- ¡De ningún modo! Exclamó la abuela, muy contrariada por la poca credibilidad que sus palabras habían obrado en el nieto.  Había intentado infundir al nieto temor y respeto hacia los pozos, y veía que sólo había conseguido despertar su atención hacia los mismos.
- Es mejor que nunca la veas -continuó hablando la abuela- Te ibas a asustar mucho. Yo, la verdad es que no la he visto nunca, pero debe tener un aspecto horrible. Como vive en el fondo de los pozos, seguro que tiene el cuerpo cubierto de escamas; además, en vez de dedos supongo que debe tener unas garras tremendas para poder coger a los niños y que no se le escapen, una vez que los ha atrapado; así como una boca grande, con unos dientes largos y afilados para poder comérselos.  
Pero tú tienes que estar tranquilo y no asustarte para nada, ella sólo vive en los pozos y nunca sale de allí. Únicamente hay peligro, si te acercas a uno de ellos estando solo.

   El nieto, lejos de asustarse, observaba con gran atención el interior del pozo intentando atisbar al monstruo, en la profundidad, a través del agua; de pronto, aterrorizado, dio un fuerte grito y se alejó de allí, chillando fuertemente, hasta un extremo de la huerta.
La abuela, muy extrañada, corrió tras él para tranquilizarlo. Ella pretendía amedrentar un poco al niño para evitar que se asomara a los pozos, pero no hasta ese extremo; nunca llegó a pensar que sus palabras hubiesen producido tal pavor a su nieto.
Cuando lo alcanzó, comprobó que se encontraba muy asustado, y respirando agitadamente, tras la rápida carrera.
- ¿Pero bonito?  Preguntó la abuela- ¿Te has asustado por lo que te he dicho?
- ¡Abuela! ¡La he visto! ¡La he visto! ¡He visto a la Marimanta!, gritaba el niño, con palabras entrecortadas.  Pero no es como tú dices…es una vieja horrible…está en el fondo del pozo y ha cogido un niño como yo

La abuela, rápidamente, comprendió que su nieto había divisado en el interior del pozo algo real; aunque no se trataba de ningún ser fantástico. Lo que éste había visto, que tanto le había asustado, eran sus propias caras reflejadas en la superficie del agua, mientras los dos estaban asomados al pozo.
 El problema era que él afirmaba haber visto dos seres: un niño como él, lo cual estaba fuera de toda duda, ya que era su propia imagen reflejada en la superficie del agua, pero… la otra persona…la vieja horrible, a quien el niño había identificado con la Marimanta, era el reflejo de ella misma, y esto la disgustó mucho,

 De todos modos, si el niño insistía en haber visto a La Marimanta, y ya creía en ella ¿Por qué contradecirle? ¿Acaso no era lo que pretendía?