Si a finales de febrero o comienzos de marzo,
un día escuchas decir a alguno de nuestros paisanos que “es tiempo de mimosas”, no
se está refiriendo a que las mujeres, tanto las niñas como las que no lo son
tanto, son más cariñosas y zalameras que en otras épocas del año, sino que unos
árboles, las acacias amarillas (el nombre de Acacias dealbatas se lo dejamos a los biólogos) ya han florecido
mostrando sus ramas llenas de flores amarillas y desprendiendo un intenso aroma
si te acercas a ellas.
Uno de
estos días del final del invierno, con las mimosas ya florecidas, volvía de dar
un largo paseo por el campo; aquella vez había llegado hasta la Raya de
Saucelle; en mi recorrido había pasado por algunos parajes de nuestro pueblo
tan conocidos como Las Cabritas, Mata las Cubas, Vasito del Cuco, La Rodilla, Valle
de Penillas… y, cuando por fin llegué al Manzanar, me acerqué al pilar de cuyo caño
salía un abundante chorro de agua.
Como estaba cansado, me acerqué hasta allí sentándome en el borde del pilar para llenar una botella que llevo para mis paseos; una
vez llena, bebí aquel agua natural que provenía directamente del manantial y, cuando
sacié mi sed, volví a ponerla bajo el caño para rellenarla viendo que, en aquel
momento, se acercaban al pilar dos mujeres que salían del pueblo,
procedentes del Barrio de Cantarranas,
No iban por agua, pues no llevaban recipiente
alguno, simplemente iban de paseo; si yo volvía al pueblo por estar acabando el
mío, ellas estaban empezando el suyo.
Nos saludamos, yo aún permanecía al lado del
caño cerrando el tapón de la botella y una de ellas se acercó a mí diciéndome que iba a beber agua del caño, así que me aparté de allí para dejarla el
sitio libre, mientras ella comentaba:
- Siempre que paso
por aquí, paro a beber agua.
- Yo también hago lo
mismo. Respondí ¿Quieres beber de la botella?
- No, gracias; desde siempre estoy acostumbrada a hacerlo directamente del caño…lo
prefiero así.
Entonces yo, inspirado por las musas, aunque
quizá tratándose de un manantial fueron las ninfas de la mitología
griega, se me ocurrió decir:
- Haces
muy bien, así es como hay que beber en los pilares. Cuando alguien bebe agua del
caño, existe una comunión directa entre la madre tierra y dicha persona, sin recipientes intermedios que puedan alterar las propiedades del agua. Beberla así, de una forma tan natural, es pura
magia y resulta estupendo para nuestra salud espiritual.
A las dos mujeres les hizo gracia mi
comentario y empezaron a reír, diciendo con ironía la que no se había
acercado a beber:
- Pues tú bebes de
la botella, así que lo de la madre tierra veo que da de lado.
Reímos los tres por sus palabras y tuve
que darle la razón, “de poco sirven las
palabras ante la evidencia de los hechos” (esto ya lo decía Cicerón, un
filósofo romano hace más de 2000 años) para
salir airoso del paso, prometí que, a partir de aquel momento ya siempre bebería el agua directamente del caño tal como hacía su compañera, para que me llegase
directamente la magia de la madre tierra,
Cuando
eres de un pueblo pequeño, como nos conocemos casi todos, es estupendo cruzarte
con los paisanos/as pues, aunque hayan pasado meses e incluso años sin vernos,
nos saludamos como si nos hubiéramos visto el día antes, algo que es totalmente
impensable en una ciudad.
Una de
las cosas positivas que conlleva ser de un pueblo, son los vínculos que
proporciona el paisanaje… pertenecer a la misma tribu, donde los vecinos,
muchas veces, pasan a ser una extensión de la familia.
Aquellas dos mujeres no eran familiares y ni siquiera
vecinas de casa, pero las conocía mucho ya que eran amigas de la familia y
entre nosotros había una estrecha confianza. Si no hubiera sido así, el
comentario sobre la madre tierra no se me hubiera ocurrido decirlo.
Valiéndome
de la confianza pregunté:
- ¿Alguna de las dos
sabe por qué al sitio donde estamos recibe el nombre de Manzanal? Es que no veo manzano alguno por aquí.
- Pues no lo sé.
Respondió la que estaba a mi lado dispuesta a beber el agua, directamente, de la
madre tierra (o sea, del caño).
En
cambio, su compañera, que estaba más alejada, respondió:
- Ten en cuenta que todo esto, aunque actualmente casi
todo son prados y cortinas, antes debían ser huertas y quizá, en algún momento,
hubo muchos manzanos por aquí.
Si hubieran sido perales, imagino que, en vez de El Manzanal, este sitio se llamaría El Peral.
La gente de antes, muchas veces, ponía nombre
a los parajes dependiendo de lo que hubiera en cada lugar; por eso creo que
debieron llamarle en su día así y, aunque ahora no haya manzanos, se ha quedado
con el nombre.
Ocurre lo mismo que con “El Castañero”,
aunque le llamamos así, allí no hay ni un castaño, todo son robles
- Seguramente sea
por eso.
Respondí, apoyando su opinión, preguntando a continuación:
- Os voy a hacer otra
pregunta, a ver si la sabéis alguna de las dos. Los lugares donde brota el agua
de la tierra, decimos que son manantiales y es sobre ellos donde interviene la
mano del hombre construyendo fuentes o pilares como este, para un mejor
aprovechamiento del agua.
Aquí, antes que el pilar, estoy seguro que
había una fuente, ¿sabéis algo de esa fuente y si también la llamaban
fuente del Manzanal?
La mujer que estaba bebiendo del caño en ese
momento, una vez acabó de hacerlo, se incorporó y comentó:
- Esta otra pregunta
yo te la puedo responder y además me trae muy buenos recuerdos. Tienes razón en lo que has dicho, antes de que hicieran el pilar, aquí había una fuente.
En mi familia,
como siempre hemos vivido en Cantarranas, antes de que hubiera agua corriente
en las casas, nosotros veníamos aquí a coger el agua para beber y yo, desde que
era una niña, siempre he conocido el pilar, pero mi madre recordaba
perfectamente que, antes de que lo hicieran, aquí había una fuente.
Los pilares no suelen tener nombre, a
este lo llamamos pilar del Manzanal, simplemente, porque está en el Manzanal,
igual que hablamos del pilar del Candenal porque está en ese valle; en cambio, con
las fuentes sucede todo lo contrario, todas tiene nombre propio; ahí tenemos la
Fuente de la Toza, Fuente Elvira, Fuente de Penillas y muchas otras.
La que había aquí antes de que hicieran el
pilar, también tenía un nombre y además muy bonito, era conocida por la gente
como la “Fuente del Amor” y en torno a ella conozco una historia muy curiosa.
Si queréis os la cuento.
- ¡Claro que
queremos… cuéntanosla!
Esta respuesta la dio su compañera, que por lo visto estaba tan interesada como yo en saber qué historia había
sucedido relacionada con aquella fuente.
- Una de las
protagonistas fue mi madre, siguió su amiga contando, aunque ella solamente tuvo un papel secundario.
- ¿Entonces… eso que
nos vas a contar, sucedió realmente? Pregunté.
- ¡Pues claro que lo fue! Y estoy segura que conocéis a la protagonistas, después os digo de
quien se trata.
Tras
decir estas palabras, empezó a contar:
Antes, la gente se casaba siendo bastante más joven que
ahora de modo que, aquellos mozos y mozas que no estaban casados a determinadas
edades, eran catalogados como solterones o solteronas, y mi madre tenía unos
vecinos con una hija que entraba dentro de esa categoría.
Aquella
chica nunca había tenido un novio y nadie sabía por qué, ya que era agradable en el trato y “bastante curiosita” (ser bastante curiosita no tenía nada que ver con la curiosidad,
significaba que, sin llegar a ser un bellezón, era bastante guapa).
Al ser vecinas, tenían mucho trato y un día
mi madre, hablando con ella, le dijo:
- ¡Claudina! Con lo
maja que tú eres, pasa el tiempo y veo que aún “no te ha salido un novio”. ¿Qué ocurre…?, Eres muy exigente con los
hombres.
- ¡No!, no soy
exigente, pero no sé lo que pasa. Si no le gusto a ningún chico, ¡qué quieres
que yo le haga! Lo que sí que tengo claro es que a San Antonio no voy a hacerle
una novena y gastarme dinero en ponerle una vela, porque yo no creo en esas
cosas.
- A San Antonio no tienes por qué implicarle para esto, pero podrías hacer lo mismo que hizo la Etelvina (esta mujer era otra vecina del barrio, bastante mayor que Claudina)
A ella le pasaba lo mismo que a ti; todas sus amigas ya tenían novio o estaban
casadas, pensaba que se iba a quedar para vestir santos, buscó un remedio y al
poco tiempo ya había conseguido un novio. Tú deberías hacer lo mismo que hizo
ella.
- ¿Qué hizo ella? Preguntó la chica que, aunque era muy escéptica con el asunto de los novios, no pudo ocultar su curiosidad.
- El remedio es muy
sencillo y además lo tienes muy cerca; consiste en beber agua durante siete días seguidos en la Fuente del
Amor. Es importante que la bebas directamente del caño.
- ¡La Fuente del Amor…! Exclamó Claudina muy
sorprendida ¿Dónde está esa fuente? Nunca he oído hablar de ella.
- La Fuente del Amor
es el pilar del Manzanal, explicó mi madre; lo que sucede es que nunca has oído hablar de ella porque eres muy joven. Allí, antes había una fuente, sobre ella
hicieron el pilar y la gente olvidó el nombre de la fuente, pero el manantial y el agua son los mismos.
Claudina escuchaba a mi madre con una mezcla
de incredulidad y desconfianza y acabó preguntando:
- Dices que la Etelvina
bebió el agua del modo que estás diciendo, que después le apareció un novio y encima quieres que
me lo crea.
- Sé que cuesta
creerlo, pero para que te convenzas de que todo lo que digo es cierto, puedes preguntarle
a Etelvina.
- ¡Cómo voy a
preguntarle eso!, me muero de vergüenza si lo hago.
- ¡Mira! Yo en tu
lugar lo intentaba, no pierdes nada en hacerlo. El pilar del Manzanal lo tienes ahí mismo; si bebes agua del caño durante siete
días seguidos, siempre a la misma hora y del propio caño, este último detalle no lo olvides, te aseguro
que muy pronto te vemos paseando con un buen novio.
La narradora que nos contaba aquello a su
compañera de paseo y a mí, al llegar a este punto hizo una pausa y preguntó.
-
¿Qué os parece?
Los dos inconscientemente miramos hacia el
caño por el que salía un abundante chorro de agua y comenté yo:
- Sería estupendo
que el agua de este pilar tuviera esas propiedades. Se acabarían todos los solteros/as de la comarca; pero qué pasó con Claudina.
Ella
aún permaneció un momento en silencio, sin responder, mirándonos muy sonriente,
con la certeza de que su narración nos había sorprendido bastante y al fin contestó:
- Pues pasó lo que
tenía que pasar, Claudina vino al pilar durante siete días a beber al agua, antes
del séptimo día hubo un chico que se interesó por ella y se hicieron novios.
- Ahora ya solo hace
falta que digas “Cuento banasta…para cuento ya basta”, como decían nuestros abuelos cuando nos contaban un cuento.
Esto
último lo dije yo y provocó que la narradora de aquella historia se enojase un
poco.
- ¡Os he dicho que
esto sucedió realmente y que no es un cuento!
- ¡O sea! Según tú, el
agua del pilar tiene esa magia. Esto lo dijo su compañera de paseo que, igual que yo, había permanecido muy atenta escuchando aquella extraña historia.
- ¡Claro! Respondí
yo con ironía, dirigiéndome a la narradora; ahora entiendo por qué siempre bebes del caño… como Etelvina y
Claudina.
Reímos
los tres por el comentario, y la interpelada protestó:
-
¡Oye! Yo, aunque soy viuda, no busco novio alguno… eso te lo garantizo.
Hizo
una pausa antes de continuar y siguió contando:
- Veo que no acabáis
de creeros lo que os he contado, pero os aseguro que sucedió tal como os lo he dicho. Etelvina ya murió de mayor, pero Claudina vive; cuando la veáis, podéis preguntarla si eso ocurrió así.
Hace mucho que no vive en el pueblo ya que, al poco tiempo de
casarse, ella y el marido emigraron al Norte, pero viene todos los veranos.
Nuestra narradora hizo otra pausa mirándonos
con atención, intentando adivinar si al fin había conseguido convencernos de
que aquello había sucedido realmente y que la Fuente del Amor, si recibía tal nombre, era justificadamente y continuó diciendo:
- Como Claudina
consiguió un novio, supongo que os preguntaréis si es cierto que esta agua tiene magia; pero
no os preocupéis porque ahora mismo os explico lo que sucedió y salís de la duda.
El agua tuvo que ver bastante con el
noviazgo…eso cierto, pero hubo que ayudarla un poco. Si hubiese sido solo por el agua, posiblemente esa
mujer se hubiera quedado soltera.
Mi madre, tras aquella conversación con Claudina, a los dos
días la vio venir al pilar con un botijo en la mano; estuvo pendiente
el día siguiente a ver si hacía lo mismo y, con gran satisfacción, pudo comprobar
que, a la misma hora del día anterior, salía de nuevo de su casa con el botijo y
tomaba nuevamente el camino del Manzanal.
Venir todos los días tan solo a beber agua del
caño, podía haber despertado la curiosidad de alguien que la viera; ella no quería despertar sospechas de que estaba siguiendo aquel ritual y por ello,
para disimular, era por lo que traía un botijo con la excusa de que venía a llenarlo de agua.
Al
ver que venía al Manzanal repetidamente, a mi madre ya no le quedó duda alguna que estaba siguiendo sus indicaciones al pie de la
letra y entonces lo que hizo fue hablar con un
chico al que conocía mucho, también soltero, diciéndole que, si quería
una novia, sabía de una chica muy maja que estaba muy receptiva a tener un
novio.
Además, le informó a qué hora tenía que
pasar por el pilar “por casualidad”; recomendándole que se olvidara de
timideces y que hablara con Claudina, asegurándole que todo iba a ir muy bien.
El chico siguió las indicaciones y se hicieron
novios.
Ahora
que ya lo sabéis todo, qué opináis los dos ¿Tuvo o no tuvo que ver algo el agua
para que Claudina consiguiera un novio?