martes, 19 de julio de 2016

Historias del verano III

Filosofía en las eras

   Todos sabemos qué es la verdad, pero no es fácil encontrar una definición de la misma que convenza a todo el mundo. La religión, la filosofía, la ciencia, las matemáticas…,  todas estas disciplinas han estado buscando la verdad a lo largo de los siglos.
  Está la verdad de los políticos, esos señores que un día dicen una cosa, al día siguiente la contraria, y las dos veces afirman que es verdad -con razón tienen tan poca credibilidad-; tenemos la verdad de la Religión, donde cada corriente religiosa afirma estar en posesión de la verdad, “su verdad”, pero si las religiones son varias y cada cual tiene su propia verdad ¿cuál es “la buena”?  Está la verdad  de los matemáticos; ellos consideran que su verdad es indiscutible pues dicen: 1+1=2, ¿hay alguien que pueda poner este resultado en entredicho? Aparentemente no, pero resulta que uno más una no siempre son dos, a veces son tres si no se toman las debidas precauciones (con razón dice  el dicho: “más vale prevenir que amamantar”. Si entramos en el campo de la Filosofía la cosa se complica bastante pues los filósofos, en su caso, ya no defienden si la auténtica verdad es ésta o la otra; ellos lo que hacen es establecer un debate para discutir sobre el concepto: qué es la verdad.
  Como podemos ver,  el asunto era muy complicado y, a lo largo de la historia,  las distintas civilizaciones no acababan de encontrar una verdad real y definitiva, que convenciera a todos.
  Afortunadamente, a mediados del siglo XX, un día  alguien encontró la verdad  y  esto supuso un gran hito para la humanidad. Tan grande fue la importancia del hallazgo que, desde entonces, el mundo es más feliz e incluso el planeta Tierra gira con más brío alrededor del sol.
  Los autores de tan importante hallazgo descubrieron una verdad auténtica, genuina e indiscutible; por cierto, quienes la encontraron era gente muy cercana a nosotros y el suceso tuvo lugar en un lugar insospechado. 
   Es sorprendente que, con lo grande que es el mundo y lo alejada que está nuestra zona de los centros científicos, económicos y de poder, haya sido precisamente aquí, en uno de los pueblos de nuestra comarca, donde encontraron la verdad.
   No puedo precisar si  el hecho ocurrió en Peralejos de Arriba, o en el de Abajo, pero lo cierto es que sucedió en uno de los dos Peralejos. Un día, por casualidad, tal como ha ocurrido a lo largo de la historia con otros grandes descubrimientos, hallaron la verdad.  
  Las primeras cosechadoras de cereal no aparecieron en nuestra comarca hasta finales de la década de 1960;  por ello, en épocas anteriores, cuando llegaba el verano, comenzaba para las familias campesinas , posiblemente, la época más dura del año pues había que recolectar la cosecha de cereales y ello se hacía casi todo,  manualmente.  Esto conllevaba un largo y laborioso proceso en el que intervenían todos los componentes de la familia.
   Cuando los cereales estaban maduros, se  procedía a segarlos y acarrearlos hasta las eras, donde eran trillados. Después había que limpiarlos,  proceso que consistía en separar la paja del grano y, por último, la actividad concluía con el transporte del grano y la paja a los graneros y pajares. 
   Todo este proceso, que comenzaba con la siega de las mieses y terminaba cuando se recogía el último carro de paja, era muy laborioso requiriendo interminables jornadas de trabajo para la gente del campo. Posteriormente, con las cosechadoras, se ha simplificado  espectacularmente toda esta tarea y afortunadamente, han desapareciendo las agotadoras labores de siega, acarreo, trilla...
  
   Situémonos en un verano de aquellos, en los que aún no había cosechadoras, cuando todavía  se trillaba en las eras y ejidos a lo largo de los meses de julio y agosto. El panorama no podía ser más ingrato: días y días de intenso trabajo, bajo un sol abrasador propio de esta época del año.  
  Esta ingente labor,  en un ambiente tan caluroso, requería hidratarse bien; por ello,  para aliviar la sed, era necesario beber agua constantemente y el mejor amigo del labrador, a lo largo de todo el verano, era sin duda alguna el botijo de barro.    
  Existen diferentes tipos de botijo o botija (en nuestra comarca también lo llamábamos barril),  dependiendo del tamaño, color, número de bocas…. siendo el más común de todos el que tiene en la parte superior un asa y dos bocas: una ancha, por donde se echa el agua en el recipiente, conocida como boca o embocadura, y otra estrecha,  por donde sale el chorrito de agua para beber, conocida como pitorro.

Botijo de barro (Pereruela.net)

 
   Una tarde, en Peralejos, una familia estaba enfrascada en plena trilla y guardaba su botijo a la sombra de una parva. Un paisano que andaba por allí tenía mucha sed, vio la botija y, sin pedir permiso a sus dueños, la cogió y bebió largos tragos de agua fresca. Una vez sació la sed,  al ir a colocar el recipiente  entre los haces de trigo, en el lugar donde lo encontró, se dio cuenta de que el botijo apenas pesaba. Había bebido tanta agua que lo había dejado prácticamente vacío.
  Alguien más honesto hubiera cogido el botijo y se hubiera acercado a algún pozo o pilar cercano para rellenarlo de agua;  pero el hombre, para ahorrarse el trabajo de ir a rellenar la botija y evitar que se dieran cuenta los dueños que estaba casi vacía, miró  hacia ambos lados, se aseguró  que nadie le observaba y meó dentro de la vasija. Al acabar la faena, colocó el botijo en el mismo lugar donde lo encontró y se alejó de allí sin que nadie le viera -como podemos ver, era un auténtico cabronazo-. 

  Un poco más tarde, el dueño se acercó a la parva a beber agua y cogió el botijo, lo alzó por encima de su cabeza, apuntó el pitorro hacia la boca,  tomó un buen trago y cuando el líquido llegó a su garganta comenzó a escupir haciendo grandes aspavientos de asco. Entonces, dijo en voz alta:
  - ¡El agua está malísima! ¡Como si alguien hubiera meado en el botijo!
     Se acercó otro, bebió también, y dijo:
  - Es verdad.
     Vino un tercero, que a su vez probó el contenido, y afirmó.
  - Sí, es verdad.
     Cuentan que aún hubo un cuarto catador que bebió del botijo,  paladeó el líquido en la boca, como si de un vino de crianza se tratara, lo escupió,  y proclamó con solemnidad:
   - Pues sí, yo os garantizo que es verdad.

   Así, de esta manera, en las eras de Peralejos, una calurosa tarde de julio, sin pretenderlo, encontraron la verdad. 

jueves, 7 de julio de 2016

Historias del verano II

Una lección de salud

Continuando la historia anterior, habíamos dejado al médico  del pueblo caminando calle adelante, mientras  iba  recordando el “tsunami” gastroenterítico ocurrido la semana anterior  originado por el agua de la fuente y, cuando llegó a la plaza, vio al cura que, en ese momento, se disponía a entrar en el bar.  Era un hombre simpático y dicharachero que con frecuencia ejercía su apostolado en los bares - unos sitios muy propicios para encontrar  “ovejas descarriadas”-, rebasaba con holgura los sesenta años,  llevaba mucho tiempo en el pueblo ejerciendo su ministerio y estaba sanísimo. Pertenecía a ese selecto grupo de personas con una  “salud de hierro”, que son la envida de los demás.  
El doctor sólo coincidía con él  en la calle y en el bar -y en misa, cuando iba, claro está-, pues la consulta apenas la frecuentaba, y llevaba mucho tiempo preguntándose cómo se las arreglaría don Raimundo, que es como llamaba la gente al sacerdote,  para estar tan sano a pesar de haber dejado la juventud ya bastante atrás.

La edad, en sí, no es una enfermedad, pero la Madre Naturaleza,  a medida que cumplimos años,   va “llenándonos las alforjas” de dolencias y las de Raimundo estaban vacías, pues estaba sano como un roble  siendo esto,  precisamente, lo que suscitaba tanto interés del médico. De acuerdo que, como cura que era, no tenía mujer ni hijos y esto, llevado a terreno psicológico, ahorra un montón de preocupaciones,  pero no bastaba para justificar su excelente salud física.
Seguro que ha bebido agua de la fuente, como el resto de los vecinos, y no le ha afectado; cavilaba  el médico  mientras se acercaba a la puerta del bar donde el cura, que ya le había visto a lo lejos, estaba esperándole.       

 Se encontraba muy sonriente, como era habitual en él, y el doctor consideró que, al ser  la cara  el reflejo del alma, si tenía una gastroenteritis lo disimulaba muy bien. Mas el cura no tenía  enfermedad  alguna,  ni nada que se le pareciera. Tras saludarse, Raimundo aprovechó para preguntarle si había alguna persona enferma en la cama,  que hubiera que visitar, para auxiliarla espiritualmente; como los pacientes y los feligreses eran las mismas personas - él era médico de los cuerpos y el otro de las almas-   el “material” con el que ambos trabajaban era el mismo y  a veces hablaban del tema.

-  Mira, afortunadamente, ahora no hay nadie que tenga que guardar cama. Estos días pasados ha habido mucha gente con gastroenteritis,  por lo del agua de la fuente, pero ya se les ha pasado a casi  todos.
-  Eso está muy bien, respondió el cura. Pasa y tomamos algo, hoy  invito yo.
Una vez que ambos entraron en el bar,  el médico preguntó al sacerdote.
-  Raimundo, te he dicho más de una vez que estoy admirado por la buena salud que tienes, y, por supuesto, deseo que sigas así mucho tiempo; pero cada vez me tienes más asombrado. Esta semana pasada, más de la mitad del pueblo ha tenido  gastroenteritis y veo que eso a ti tampoco te ha afectado ¿Qué pasa? ¿Eres de los raros que, en vez de beber agua de la fuente, tomas la del  grifo de casa durante todo el año? ¿O es que a ti Dios te protege más que a los demás?, porque a los otros, en esta ocasión,  poco les ha protegido.

    Al cura le hizo gracia el comentario del doctor, comenzó a reír, y contestó:
-  No metas a Dios en esto. Él protege a todos por igual, sean curas o no lo sean. Además, yo no he bebido  agua de la fuente…y del  grifo, tampoco.  
-  ¿Entonces, qué bebes? ¿Agua mineral?
- Tampoco bebo agua mineral,  contestó el cura divertido, viendo cómo el médico  buscaba una explicación  que justificara el que no hubiera resultado afectado por gastroenteritis, como el resto de la grey.
-  No irás a decirme que estamos ante algo sobrenatural, ironizó el médico. ¿Por fin podemos ver un milagro en este pueblo?

   Raimundo, observaba  al médico en silencio, dudando si hacerle partícipe o no del “secreto” de su buena salud,  y decidió responderle. Al fin y al cabo, no era  ningún secreto. Él ya se lo había contado a mucha gente y  nunca lo había ocultado. Una cosa bien distinta es que la gente le creyera, o no.    
-  Siento decepcionarte. Aquí no hay milagro alguno. Vas a tener que seguir esperando. La explicación es muy  terrenal y te la voy a decir para que quedes tranquilo. A mí es imposible que el agua del  pueblo me siente mal porque, aunque llevo aquí de párroco más de 20 años, la verdad es que nunca la he probado.


   (Las palabras del cura, lejos de tranquilizar al médico, le dejaron confuso. Si, tal como afirmaba, no probaba el agua…entonces, qué es lo que bebía  que tan bien le conservaba la salud)