domingo, 13 de noviembre de 2016

El médico cazador

   En la sociedad actual, especialmente en las ciudades, podemos ver cómo ha aumentado espectacularmente el número de personas, de toda condición y edad, que tienen  perros como animales de compañía.
   La relación que establecen las personas, con estos animales, es muy positiva; con los perros se puede interactuar mucho: son inteligentes, cariñosos,  te defienden sin importar cual sea el enemigo; cada vez que regresas a casa te reciben  locos de alegría;  buscan el contacto para que les acaricies y ellos se refriegan a ti con el mismo fin;  son fieles hasta el infinito… (Alguien me contó que, en Londres, visitando  un cementerio de animales, vio una placa sobre la tumba de un perro donde la dueña había mandado grabar la siguiente inscripción: “A ******   que me fue más fiel que mi marido”. No es éste, precisamente, el tipo de fidelidad al que me refería, pero alguna relación sí que hay).
   Son unos estupendos animales de compañía, especialmente beneficiosos para aquellas personas, cada vez más abundantes,  que hacen su vida en solitario,  ya sea por decisión personal, u obligadas por las circunstancias. A estos, el hecho de tener un perro evita que se sientan solos, con la ventaja sobreañadida de que son muy discretos y, si llegan tarde a casa, nunca les piden explicaciones (la gente con pareja, en cambio, no tiene esa suerte… a ellos sí se las piden).
   Se convierten en un miembro muy importante de la familia y establecen unos fuertes lazos afectivos con sus dueños,  a quienes hacen  la vida  mucho más agradable (los vecinos no siempre piensan lo mismo, todo hay que decirlo).
  Aprovechando el amor que se les tiene a los perros, ha surgido toda una industria en torno a los cuidados que éstos precisan: hay tiendas especializadas en productos para animales donde se les puede comprar comida, productos para el aseo, juguetes,  ropa (y eso que todos vienen al mundo con un magnífico abrigo de piel) ; también hay peluquerías caninas, guarderías  para que los puedan dejar temporalmente allí sus dueños; clínicas veterinarias donde les vacunan y tratan sus enfermedades;  hospitales de animales donde son ingresados y operados si es necesario, y, cuando les llega la hora final, también existe la posibilidad de que sean convenientemente sedados para evitar sufrimientos innecesarios. 
   Este tipo de relaciones, que se establecen entre las personas y sus  perros de compañía,  son de carácter emocional… de afecto. Es un cariño en las dos direcciones  y ello determina que algunas personas, como quieren tanto a su perro,  no dudan en gastarse todo el dinero que sea necesario para el bienestar de éste.  
   Esto, a algunos, quizá les puede parecer excesivo;  especialmente, a aquellos que ya no somos tan jóvenes, y que en la infancia y adolescencia vivíamos en un medio rural, pues las relaciones que había entonces con los animales diferían algo de las actuales.
  Hasta hace unas cuantas décadas, la sociedad era diferente a la actual en muchos aspectos;  respecto a la  relación que mantenían entonces los perros y sus dueños, podríamos que era fundamentalmente “profesional”. La gente tenía perros sobre todo con un fin utilitario: cuidaban la casa, guardaban el ganado y eran un compañero insustituible  para la caza  (estas  funciones aún las mantienen, pero a un menor nivel).
 A pesar de que la relación con los canes era esencialmente “ laboral”,  y no se les compraban juguetes, champú y peines para el aseo, ni ropa de temporada;  también  se les quería mucho, y, cuando el perro ya era muy viejo, a veces perdía muchas de sus capacidades: no veía, no oía, apenas podía masticar,  le dolían las articulaciones y cualquier movimiento le ocasionaba dolor… en fin, que había llegado al final de su ciclo vital. 
   En los tiempos actuales, llegada esta situación, el camino a seguir es buscar un veterinario que puede sedar al animal y poner fin a su vida dignamente;  pero, en aquellos tiempos,  la mayoría de las veces, por no decir nunca, esto no era posible siendo el propio dueño del can el que, para evitar que sufriera innecesariamente, debía realizar la eutanasia activa -una forma fina de decir que tenía que “cargarse al perro”.
  Realizar este acto a un animal que  ha convivido contigo muchos años, al que le tienes mucho afecto, es muy duro y no todos tenían el suficiente valor para llevarlo a cabo. Aún recuerdo una ocasión en la que un hombre llevó a su perro al campo para acabar con él y regresaron los dos a casa porque decía que el pobre animal le miraba y no se atrevió a rematar la faena.
 En estos casos, había que recurrir a gente ajena a la familia, que no estuviera implicada emocionalmente con el perro, que tuviera experiencia en matar animales a sangre fría; unas personas resueltas  a madrugar todo lo necesario para estar en el campo con las primeras luces del amanecer,  sin importarles el frío, lluvia u otras inclemencias del tiempo; gente dispuesta a hacer muchos kilómetros a lo largo del día, cruzando montes, valles, regatos, y todo ello por el afán de encontrar alguna perdiz, conejo o liebre a la que pegarle un tiro...sí, había que recurrir a algún cazador.
  Éste era uno de los  clásicos favores que recibían los cazadores: “mira, cuando vayas de caza, haz el favor de llevarte un día a mi perro, y que no vuelva”.  
   Con estos antecedentes, no resulta extraño lo que ocurrió un día en un pueblo.  Resulta que el médico de ese lugar era un  cazador empedernido y  sólo vivía para la caza. A lo largo del año,  él sólo distinguía dos épocas: cuando se podía cazar, y cuando no se podía cazar; de forma que, cuando acababa la temporada de caza,  pasaba el tiempo contando los días que quedaban para el inicio de la siguiente.  
   Cada persona se imagina el Paraíso a su modo: un político lo imagina como un lugar donde la gente se deja engañar con facilidad, todos le votan y gana siempre por amplia mayoría. Un trabajador, como un lugar donde el horario es muy bueno, se trabaja poco, se gana mucho y tienes muchas vacaciones. Un hombre feo,  como una isla con muchas mujeres guapas donde él es el único varón -esto último, realmente,  no sé si acabaría siendo un paraíso o un infierno- … En fin, que cada cual que se lo imagina a su gusto.
   Este médico debía imaginarlo como un gran coto lleno de perdices, conejos y liebres, en el que no existiese restricción alguna para la caza,  pudiendo salir a ejercer su afición todos los días del año. De hecho, cuando se levantaba le veda, de los días hábiles para cazar no perdonaba ni uno.
   Un día, se encontraba cazando y fueron a avisarle porque en el pueblo uno de los convecinos, que ya era muy mayor, se había puesto malo.
   El galeno, tal como estaba, con su ropaje de cazador, se echó la escopeta a la espalda y  de esta manera se dirigió al domicilio del paciente, con el fin de perder el menor tiempo posible, para  volver al coto a continuar la jornada de caza, una vez hubiera atendido al enfermo.   
   Al llegar a la casa del paciente, entró en la habitación donde éste se encontraba y le vio postrado en la cama, sin apenas poder moverse.
    El hombre, al ver llegar al médico vestido con la ropa de camuflaje y la escopeta a la espalda, a pesar de lo fastidiado que estaba, sin saber de dónde, sacó fuerzas y se incorporó sobresaltado, diciendo:
- ¡Don ********, la escopeta no la habrá traído para rematarme! ¿Verdad?

                                                  

4 comentarios:

  1. Buena entrada, José, no hay más que decir, salvo el final con un punto de humor.

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  2. No te inquietes demasiado por el final. El médico no remató al paciente. Tras verlo, volvió por donde había venido a seguir cazando. Lo que no sé es cómo no murió de susto el pobre hombre.

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  3. De esta eutanasia especial que se presenta en tu relato, no había oído hablar nunca. Todo llegará, y cualquier día, alguna familia solicite al médico que cuando salga de caza, se pase por casa y termine con el enfermo pegándole un tiro. (jejeje)
    Del cariño a los animales, nosotros los de pueblo, sabemos un poco y hemos vivido experiencias varias; con perros, caballos, etc. Cuando yo nací en mi casa había un perro “Moro”, (negrito) uno más de la familia. Le teníamos tanto cariño, como el que el animal nos tenía a nosotros, que cuando murió el animal, mi hermana y yo, los pequeños de la familia, lloramos su pérdida. Otro tanto le pasó a mi hermano, el mayor, cuando murió el caballo, su caballo, con el que iba y venía a todas partes y hasta le hicieron un carro a su medida.

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  4. Claro que se les tenía y tiene mucho cariño a los animales. Desgraciadamente, también existen casos de maltrato animal, aunque por suerte son los menos. Seguramente, debido a estos últimos, hay un dicho que dice : el mejor amigo del hombre es el perro, el mejor amigo del perro es otro perro".

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