jueves, 7 de julio de 2016

Historias del verano II

Una lección de salud

Continuando la historia anterior, habíamos dejado al médico  del pueblo caminando calle adelante, mientras  iba  recordando el “tsunami” gastroenterítico ocurrido la semana anterior  originado por el agua de la fuente y, cuando llegó a la plaza, vio al cura que, en ese momento, se disponía a entrar en el bar.  Era un hombre simpático y dicharachero que con frecuencia ejercía su apostolado en los bares - unos sitios muy propicios para encontrar  “ovejas descarriadas”-, rebasaba con holgura los sesenta años,  llevaba mucho tiempo en el pueblo ejerciendo su ministerio y estaba sanísimo. Pertenecía a ese selecto grupo de personas con una  “salud de hierro”, que son la envida de los demás.  
El doctor sólo coincidía con él  en la calle y en el bar -y en misa, cuando iba, claro está-, pues la consulta apenas la frecuentaba, y llevaba mucho tiempo preguntándose cómo se las arreglaría don Raimundo, que es como llamaba la gente al sacerdote,  para estar tan sano a pesar de haber dejado la juventud ya bastante atrás.

La edad, en sí, no es una enfermedad, pero la Madre Naturaleza,  a medida que cumplimos años,   va “llenándonos las alforjas” de dolencias y las de Raimundo estaban vacías, pues estaba sano como un roble  siendo esto,  precisamente, lo que suscitaba tanto interés del médico. De acuerdo que, como cura que era, no tenía mujer ni hijos y esto, llevado a terreno psicológico, ahorra un montón de preocupaciones,  pero no bastaba para justificar su excelente salud física.
Seguro que ha bebido agua de la fuente, como el resto de los vecinos, y no le ha afectado; cavilaba  el médico  mientras se acercaba a la puerta del bar donde el cura, que ya le había visto a lo lejos, estaba esperándole.       

 Se encontraba muy sonriente, como era habitual en él, y el doctor consideró que, al ser  la cara  el reflejo del alma, si tenía una gastroenteritis lo disimulaba muy bien. Mas el cura no tenía  enfermedad  alguna,  ni nada que se le pareciera. Tras saludarse, Raimundo aprovechó para preguntarle si había alguna persona enferma en la cama,  que hubiera que visitar, para auxiliarla espiritualmente; como los pacientes y los feligreses eran las mismas personas - él era médico de los cuerpos y el otro de las almas-   el “material” con el que ambos trabajaban era el mismo y  a veces hablaban del tema.

-  Mira, afortunadamente, ahora no hay nadie que tenga que guardar cama. Estos días pasados ha habido mucha gente con gastroenteritis,  por lo del agua de la fuente, pero ya se les ha pasado a casi  todos.
-  Eso está muy bien, respondió el cura. Pasa y tomamos algo, hoy  invito yo.
Una vez que ambos entraron en el bar,  el médico preguntó al sacerdote.
-  Raimundo, te he dicho más de una vez que estoy admirado por la buena salud que tienes, y, por supuesto, deseo que sigas así mucho tiempo; pero cada vez me tienes más asombrado. Esta semana pasada, más de la mitad del pueblo ha tenido  gastroenteritis y veo que eso a ti tampoco te ha afectado ¿Qué pasa? ¿Eres de los raros que, en vez de beber agua de la fuente, tomas la del  grifo de casa durante todo el año? ¿O es que a ti Dios te protege más que a los demás?, porque a los otros, en esta ocasión,  poco les ha protegido.

    Al cura le hizo gracia el comentario del doctor, comenzó a reír, y contestó:
-  No metas a Dios en esto. Él protege a todos por igual, sean curas o no lo sean. Además, yo no he bebido  agua de la fuente…y del  grifo, tampoco.  
-  ¿Entonces, qué bebes? ¿Agua mineral?
- Tampoco bebo agua mineral,  contestó el cura divertido, viendo cómo el médico  buscaba una explicación  que justificara el que no hubiera resultado afectado por gastroenteritis, como el resto de la grey.
-  No irás a decirme que estamos ante algo sobrenatural, ironizó el médico. ¿Por fin podemos ver un milagro en este pueblo?

   Raimundo, observaba  al médico en silencio, dudando si hacerle partícipe o no del “secreto” de su buena salud,  y decidió responderle. Al fin y al cabo, no era  ningún secreto. Él ya se lo había contado a mucha gente y  nunca lo había ocultado. Una cosa bien distinta es que la gente le creyera, o no.    
-  Siento decepcionarte. Aquí no hay milagro alguno. Vas a tener que seguir esperando. La explicación es muy  terrenal y te la voy a decir para que quedes tranquilo. A mí es imposible que el agua del  pueblo me siente mal porque, aunque llevo aquí de párroco más de 20 años, la verdad es que nunca la he probado.


   (Las palabras del cura, lejos de tranquilizar al médico, le dejaron confuso. Si, tal como afirmaba, no probaba el agua…entonces, qué es lo que bebía  que tan bien le conservaba la salud)

2 comentarios:

  1. Hola Manolo, como ves, hay quien afirma que para la salud es mejor el vino que el agua. En cambio, otros opinan lo contrario. Yo soy de esta segunda opinión; pero el vino, con moderación, también es bueno para salud, así que habrá que beber las dos cosas.
    Un saludo

    ResponderEliminar