jueves, 2 de junio de 2016

Habitantes celestes 


   Una vez había un cabrero que era poco religioso y apenas cumplía con los preceptos que manda la Santa Madre Iglesia: no se confesaba, no comulgaba, no iba a misa.... , ponía como disculpa que, como tenía que llevar las cabras a pastar al campo todos los días, incluidos los domingos y fiestas de guardar, no tenía tiempo para otros menesteres.
    El cura del pueblo estaba muy enfadado con él y más de una vez le había amenazado con las llamas del infierno asegurando que acabaría allí por no ser buen cristiano; mas el cabrero era bastante escéptico al respecto y la amenaza de ir a ese lugar, una vez hubiera “estirado la pata”, no le preocupaba mucho. Debía pensar que bastante infierno tenía ya con cuidar las cabras, todos los días del año, en el campo, tal como se hacía antes: siempre a la intemperie, soportando fríos, calores, vientos, lluvias, granizos…, para obtener unos ingresos bastante escasos, así que la posibilidad de acabar en el “otro infierno” no le amedrentaba en absoluto.
   Un día, se encontraba el hombre cuidando su atajo de cabras y, en rato de descuido, una de ellas se metió en una tierra que estaba sembrada. Cuando se percató de que el animal se encontraba en medio del maraojo, comenzó gritar y a proferir amenazas de todo tipo para que saliera de allí; pero la cabra, que debía estar muy a gusto comiendo a su libre albedrío, no le hacía caso alguno.
   El cabrero, muy irritado con la cabra rebelde, corrió hacia ella blandiendo el cayado para obligarla a salir del sembrado, y tuvo tan mala fortuna que resbaló y cayó al suelo dándose un cogotón tremendo contra una peña.
   Un pastor que estaba cerca vio lo sucedido y acudió en auxilio del cabrero, que se encontraba tendido en el suelo, “cuan largo era”. Tenía una brecha en la cabeza, había perdido el conocimiento, y el compañero le llamaba moviéndole con insistencia, pero no respondía a estímulo alguno, por lo que llegó a pensar en la posibilidad de que se hubiera matado a consecuencia del golpe.
   Asustado, rápidamente fue a buscar ayuda y cuando volvió con otros hombres lo llevaron a casa; una vez allí, a pesar del largo tiempo transcurrido desde que se diera el golpe, el pobre cabrero continuaba inconsciente y todos temieron lo peor ¡Está muerto!, decían convencidos los vecinos, que se habían acercado a la casa del cabrero.
   Avisaron al médico y una vez que llegó, tras reconocer al herido, informó a la familia y a todos los allí presentes que estaba vivo pero que podía haberle ocurrido algo grave, ya que el tiempo que llevaba sin recuperar el conocimiento era excesivo. Entonces, decidieron avisar al cura, “por si acaso” y éste, cuando llegó, se dispuso a administrarle los Santos Óleos. Fue en estos momentos, mientras el sacerdote se encontraba realizando el ceremonial correspondiente, cuando nuestro hombre recuperó el conocimiento y al verse rodeado de tanta gente se asustó.
- ¿Qué ha pasado?, preguntó.
 - Te has dado un golpe tremendo en la cabeza y has estado inconsciente casi una hora. Pensábamos que te habías muerto.
- Claro que he estado muerto, afirmó este, y he visitado el cielo. San Pedro me dejó entrar un rato y vi mucha gente allí, lo que pasa es que no querían que me quedara aún en ese lugar, y por eso he vuelto.    Todos escuchaban asombrados las palabras del cabrero y el cura, muy intrigado, preguntó:
 - ¿Tú… en el cielo?
- Sí, señor. Respondió el cabrero, muy ufano. Yo he estado en el cielo.
  El sacerdote no daba crédito a las palabras del accidentado, y continuó indagando.
- Vamos a ver, además de San Pedro, ¿a quién más viste en el cielo? Porque has dicho que allí había mucha gente ¿no?
 - En el cielo había zapateros, cabreros, labradores, sastres, panaderos, y gente de otros oficios.
- ¿Y curas?, preguntó el sacerdote ¿No viste curas?
- No, dijo el cabrero muy seguro…en el cielo no hay curas.

3 comentarios:

  1. Tus historias, José, tus cuentos y otras cosas que te contaron, debieron explicártelas muy bien para que tú ahora las recuerdes y nos las transmitas magistralmente. Estoy seguro que tú ahora las cuentas mejor que a ti te las contaron. Mejoras el relato, describes situaciones y ambientes con la jerga de nuestra tierra y costumbres, que bien estaría que después de muchos relatos, éstos fueran recogidos, publicados, en un libro.

    -Manolo-

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  2. Hola Manolo. La mayorías de estos cuentos, historias, anécdotas...me las contaron así, unas veces más cortas y otras más largas. Reconozco que yo a veces las retoco algo y me permito sacar conclusiones a título particular. Respecto a que muchas las sitúe en nuestra zona, pues te diré que, cuando me atrevo a mencionar a algún pueblo concreto, es porque a mí me lo transmitieron así. El que sean o hayan sido verídicas, eso ya es otro cantar.

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