jueves, 7 de abril de 2016

Ay lomo, lomo


   Esto dicen que sucedió en Corporario. Una vez había una mujer que estaba muy enferma, se encontraba en la cama y la pobre estaba en las últimas (esto ocurría en aquellos tiempos, no tan lejanos, en los que las personas nacían en su casa y  cuando llegaba el final de sus días, morían en la misma. En la actualidad, estos dos momentos tan importantes de la vida, generalmente, suceden en un hospital).
  Los familiares próximos estaban acompañando a la pobre moribunda, pues se preveía que de un momento a otro iba a tomar el camino que nos lleva a ese lugar de donde nunca se vuelve, y la mujer mantenía los ojos cerrados. En esto que los abrió y fijó la vista en el techo del dormitorio del que colgaban los embutidos de la matanza, hecho muy habitual en aquellos tiempos.
   La matanza, los embutidos más bien, tras secarse durante unos días en las cocinas, una vez que dejaban de  “pingotear”, se colgaban del techo en una habitación que fuese fresca, para continuar su proceso de maduración y ésta, en ocasiones, era el propio dormitorio (debía ser estupendo despertarse por las mañanas y desde la cama elegir el próximo chorizo que ibas a descolgar para comértelo).
   Bueno, pues la mujer, tras abrir los ojos, tuvo un rato de lucidez y reparó en los embutidos que adornaban el techo y que debían tener un aspecto magnífico. Fijó su mirada en un hermoso lomo, y con mucho sentimiento, exclamó:
-         -   ¡Ay lomo, lomo! ¡Me voy y no te como!
 Los familiares, a pesar de lo trágico del momento, no pudieron reprimir una sonrisa. Evidentemente, la señora sentía morirse, como todo humano  que advierte  que el fin de su ciclo vital está próximo, pero este pesar se agudizaba, aún más, en aquella ocasión  pues, al hecho de morir,  se sumaba el agravante de hacerlo sin haber podido comer la matanza.
 



11 comentarios:

  1. Para el bloguero Salva (Mi rincón literario), natural de Corporario.
    Indaga, investiga sobre esta mujer moribunda de tu pueblo, que a la vista de su última frase, tiene que tener muchas otras a lo largo de su vida. Demostró tener un buen sentido del humor hasta en sus últimos momentos.¡Qué humor no habrá tenido la citada mujer!
    -Manolo-

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  3. Esto se lo contó mi abuelo a mi madre, y mi madre a mí; así que sospecho que si Salva decide investigar, lo va a tener difícil pues hay que remontarse a tiempos muy anteriores a los actuales. Al menos sería muy interesante saber si esta historia la conocen también en su pueblo.

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  4. Así me parecía que esta historia me resultaba familiar, mi padre también lo cuenta imagino que se lo contó el mismo abuelo.
    Un saludo.

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    1. Claro que de te debe sonar, la fuente es la misma.

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  5. Se agradece la llegada de nuevos blogueros que animen el Cotarro; sobre todo si nos brindan unas anécdotas tan amenas como las que nos cuenta el amigo José Carreto, que a mi personalmente, me resultan familiares, lo mismo que me imagino le ocurrirá a los zarceños de mi edad, a los que nos las contaban al calor del fuego de la chimenea cuando éramos niños.
    Bienvenido, José.
    Saludos. Luis

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  6. Gracias, Juan Luis, por tu bienvenida. Me alegro que te agraden estas anécdotas y claro que te deben sonar más de una, ya que las contaban nuestros abuelos, casi siempre al amor de la lumbre, como bien dices. Después, llegó la televisión y esta costumbre de escuchar "historias del abuelo" se perdió, como tantas otras cosas. Un saludo

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  7. No había oído nunca esta historia. Me parece curiosa y preguntaré cuando vaya. En los pueblos sucedían muchas historias que circulaban de generación en generación. Gracias a José Carreto que nos las trae. Envidiable señora, la del relato, ni la muerte le quitaba el apetito. Un saludo.

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