jueves, 31 de marzo de 2016

El milagro de Masueco

   Un milagro es un hecho extraordinario que carece de una explicación científica, y que es atribuido a una intervención sobrenatural, de origen divino. Más o menos, así lo define el Diccionario de la RAE. Pero, a veces, ocurren hechos extraordinarios, en los que no interviene divinidad alguna, que también son considerados auténticos milagros. Imaginaos por un momento que  os tocase un Bote de la Lotería Primitiva, y fueseis el único acertante. ¿Lo consideraríais, o no,un milagro? Yo desde luego, no tendría duda alguna.
  Bueno, pues una vez en Masueco,  ocurrió “un milagro”. Si hubiera que catalogar, de algún modo, el hecho extraordinario que ocurrió en ese lugar, quizá habría que situarlo entre los del primer tipo a pesar de que no cumplía,  exactamente, con todos los requisitos que indica el diccionario,  para este tipo de sucesos, ya que en este caso sí que hubo una “explicación  científica” para el mismo.
   Ocurrió una vez, en este pueblo, hace ya bastante tiempo, que los vecinos frecuentaban poco la iglesia, cosa que disgustaba sobremanera al cura. Éste, reconocía que el horario de las misas, a veces no era el más adecuado, y que con frecuencia “se le iba la mano” predicando en el sermón y ello hacía que  la misa quizá resultase un poco pesada  para la grey. Pero ¡oye!, si la gente quiere ir al cielo, algún sacrifico tendrá que hacer, pensaba el sacerdote.  
   La mayoría de los parroquianos, que asistían a los oficios religiosos, eran fundamentalmente mujeres, mientras que los varones cada vez se mostraban más remisos a ir a misa. y decía para sus adentros el párroco: ¡Muy bonito!, los hombres se quejan de la misa, diciendo que es muy larga y pesada, porque dura “sólo”  una hora,  y, en cambio, se pasan las horas muertas en la taberna y eso no se les hace pesado. Esto hay que arreglarlo, y pronto, pues, si no hago algo, van a acabar todos en el infierno.
   Coincidió que, en aquella época, estaban arreglando el tejado de la iglesia y el cura, aprovechando la circunstancia, con la ayuda del sacristán, planeó lo siguiente: Éste último, retiraría en el techo de la iglesia unas tejas y abriría un hueco en la estructura que las sujetaba, de forma que pudiera verse un trozo de cielo desde el interior del templo y un día, durante la misa, subiría al tejado con unos tizones encendidos de modo que, cuando él párroco invocara al cielo, el sacristán frotaría los tizones para que salieran chispas y éstas cayeran dentro de la iglesia, a través del agujero; así, la gente, creería que se trataba de un milagro, se amedrentaría y, de esta forma, volvería “el rebaño al redil”. Este era el plan que habían elaborado, acordando, entre los dos,que lo llevarían a cabo el domingo siguiente.  
   Ambos, el cura y el sacristán, habían recomendado, encarecidamente, a todos, que asistieran a la misa, aquel día, ya que iba a ocurrir un hecho extraordinario, y la gente, aunque escéptica, acudió en gran número al templo, que ese día estaba a rebosar.
  -  ¡Queridos hermanos!, exclamó el párroco, al comenzar el sermón, el Señor está muy enfadado con vosotros por no venir a misa, a cumplir con el precepto  -hizo una pausa calculada, mirándolos a todos con ojos amenazantes, y prosiguió su homilía-. Mirad si está enfadado, que como prueba de su ira, hoy caerán chispas del cielo.
   Extendió ambos  brazos hacia arriba, mirando al agujero que había hecho el sacristán en el techo de la iglesia, y dijo alzando la voz:
 - ¡Caigan chispas!
    Todos los feligreses miraron para arriba con atención, pero pasaba el rato y no caía chispa alguna, por lo que el cura se impacientó y repitió, casi gritando: ¡¡¡Caigan chispasssssss!!!
    Entonces, desde el tejado, a través del agujero del techo, todos pudieron escuchar una voz, y no precisamente celestial,  que decía:
 - ¡Qué chispas ni que cojones, se me han apagado los tizones!

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